jueves, 25 de agosto de 2011

AMANTE CONFESO/CAPITULO 10 11 12

CAPÍTULO 10


Mientras el amanecer llegaba y todas las contraventanas de acero bajaban alrededor de la sala de billar de la mansión, Vishous daba un mordisco al sándwich de rosbif de Arby. Sabía a guía telefónica, aunque no por culpa de los ingredientes.
Ante el suave chasquido de las bolas, levantó la mirada. Beth, la Reina, se enderezaba desde el fieltro.
—Bonito disparo —dijo Rhage mientras que se recostaba contra una pared de seda.
—Práctica meticulosa —rodeó la mesa, calculando su siguiente golpe. Cuando se agachó otra vez y sujetó el taco con la mano izquierda, el Rubí Saturnino de la Reina brilló intermitentemente en su dedo medio.
V se limpió la boca con una servilleta de papel.
—Te va a dar una paliza otra vez, Hollywood.
—Probablemente.
Salvo que no tuvo oportunidad. Wrath cruzó el umbral, claramente de mal humor. Su largo cabello negro, que le caía casi hasta el culo cubierto ahora de cuero, destelló tras él, y luego cayó para asentarse sobre su musculosa espalda.
Beth bajó su taco.
—¿Cómo está John?
—Quién diablos sabe. —Wrath se inclinó y la besó en la boca, luego en ambos lados del cuello sobre sus venas—. No irá a ver a Havers. Se niega a acercarse para nada a la clínica. El chico está dormido en la oficina de Tohr ahora, simplemente agotado.
—¿Cuál fue el disparador del ataque esta vez?
—Z estaba dando una clase sobre explosivos. El chico simplemente se volvió loco, acabó en el suelo.  Lo mismo que antes, cuando te vio por primera vez.
Beth envolvió los brazos alrededor de la cintura de Wrath y se apoyó en el cuerpo de su hellren. Los cabellos negros se entremezclaron, el de él liso, el de ella ondulado. Dios, el de Wrath era tan endemoniadamente largo ahora. Pero le había dado su palabra a Beth, a quien le gustaba, así que se lo dejaba crecer por ella.
V se limpió la boca otra vez. Extraño, cómo los hombres hacen mierdas como esa.
Beth negó con la cabeza.
—Quiero que John venga a quedarse en casa con nosotros. Pasar la noche en esa silla, quedándose en la oficina… pasa demasiado tiempo a solas y no come lo suficiente. Además Mary dice que no habla de lo que sucedió con Tohr y Wellsie en absoluto. Precisamente se niega a abrirse.
—Me importa poco lo que hable con tal de que vaya al condenado doctor. —Las gafas de sol cerradas de Wrath se posaron en V—. ¿Y cómo está nuestro otro paciente? Cristo, siento como si necesitásemos a un médico interno por aquí.
V extendió la mano en busca de la bolsa de Arby y sacó el sándwich número dos.
—El poli se está curando. Pienso que estará fuera en un día más o menos.
—Quiero saber que mierda le pasó. La Virgen Escriba no me cuenta nada sobre esto. Está callada como una piedra.
—Empecé la investigación ayer. Comencé con las Crónicas. —Que eran dieciocho volúmenes de historia de los vampiros en el Antiguo Idioma. Dios, habla sobre sus wallbangers. Las malditas cosas eran casi tan divertidas como leer el inventario de una ferretería—. Si no encuentro nada, hay algo de otros lugares que comprobar. Compendios de tradición oral que fueron reducidas a escritura, esa clase de mierda. Es altamente improbable que en nuestros veinte mil años de ocupar espacio en el planeta algo como esto no haya ocurrido antes. Voy a pasar el día de hoy trabajando en eso.
Porque como siempre no habría sueño para él. Había pasado una semana desde que había dormido por última vez, y no había razón para pensar que la cosa fuera a ser diferente esta noche.
Infierno sagrado…estar levantado ocho días seguidos no era bueno para su actividad cerebral. Sin entrar en un estado de sueño con regularidad, la psicosis podría arraigar y cambiar fácilmente y pelar tus circuitos. Era asombroso que no los hubiera perdido ya.
—¿V? —dijo Wrath.
—¿Perdón? ¿Qué?
—¿Estás bien?
Vishous dio un mordisco a su rosbif y masticó.
—Si, bien. Muy bien.

Cuando la noche cayó unas doce horas más tarde, Van Dean detuvo su camioneta debajo de un arce en una pequeña calle agradable y pulcra.
No le gustaba esta situación.
La casa al otro lado del césped recortado no era problema en la superficie, como cualquier otra casa colonial de este barrio cualquiera. El problema era el número de coches aparcados en el camino de entrada. Cuatro de ellos.
Se le había dicho que se encontraría con Xavier mano a mano.
Van estudió el lugar desde el interior de su camioneta. Las persianas estaban todas bajadas. Sólo dos luces dentro. La luz del porche estaba apagada.
Pero había bastante en juego. Decir que sí a este trabajo significaba que podría patear culos, reduciendo el deterioro en su cuerpo. Y podría ganar más de lo que ganaba ahora por partida doble y así poder ahorrar algo para sobrevivir cuando ya no pudiese pelear más.
Salió y se acercó al porche delantero. El felpudo de entrada con un motivo de hiedra en el que plantó sus botas era jodidamente raro.
La puerta se abrió antes de tocar el timbre. Xavier estaba al otro lado, todo grande y descolorido.
—Llegas tarde.
—Y tú dijiste que nos encontraríamos a solas.
—¿Preocupado por no poder arreglártelas con la compañía?
—Depende de qué clase sea.
Xavier dio un paso a la derecha.
—¿Por qué no entras y lo averiguas?
Van se quedó en el felpudo.
—Solo para que lo sepas, dije a mi hermano que venía aquí. Dirección y todo.
—¿Qué hermano, el mayor o el pequeño? —Xavier sonrió cuando Van entrecerró los ojos.—. Sí, sabemos de ellos. Como tú dices, direcciones y todo.
Van metió la mano en el bolsillo de su parka. La nueve milímetros se deslizaba en su  palma como si estuviera llegando a casa.
El dinero, piensa en el dinero.
Después de un momento, dijo,
—¿Llegaremos al fondo de la cuestión o seguiremos cotorreando sin fin?
—No soy yo el que está en el lado equivocado de la puerta, hijo.
Van entró, manteniendo un ojo en Xavier. Dentro, el lugar estaba frío, como si la temperatura estuviese baja, o quizás la casa estuviese abandonada. La falta de mobiliario sugería esto último.
Cuando Xavier metió la mano en su bolsillo trasero, Van se tensó. Y lo que sacó fue un arma en cierto sentido: Diez perfectamente crujientes billetes de cien dólares.
—¿Entonces tenemos un trato? —preguntó Xavier.
Van miró alrededor. Luego tomó el dinero y se lo guardó.
—Sí.
—Bien. Empiezas esta noche. —Xavier se giró y caminó hacia la parte trasera de la casa.
Van le siguió, permaneciendo alerta. Especialmente cuando bajaron al sótano y vio a seis hombres además de Xavier parados al pie de las escaleras. Los hombres eran todos altos, de cabello pálido, y olían a señora mayor.
—Parece como si tú también tuvieses algunos hermanos —dijo Van casualmente.
—No son hermanos. Y no se usa esa palabra por aquí. —Xavier recorrió con la mirada a los matones—. Serán tus aprendices.

Moviéndose a su propio aire, pero vigilado por una enfermera que llevaba un traje anticontaminación, Butch regresó a la cama después de haber tenido su primera ducha y afeitado. El catéter y las intravenosas se habían acabado y había logrado sorber una buena comida. También había dormido profundamente once de las pasadas doce horas.
Dios… empezaba a sentirse humano otra vez, y la velocidad a la que estaba recuperándose era un regalo divino por lo que a él se refería.
—Lo hiciste bien, señor —dijo la enfermera.
—Próxima parada, los Juegos Olímpicos. —Tiró de las sábanas sobre sí mismo.
Después de que la enfermera se marchara, miró fijamente a Marissa. Estaba sentada sobre el catre que él había insistido en que trajeran para ella y su cabeza estaba inclinada sobre el encaje que estaba haciendo. Desde que había despertado aproximadamente una hora antes, había estado actuando de forma un poco extraña, como si estuviera a punto de decir algo que no se las arreglaba del todo para soltar.
Sus ojos fueron de la corona brillante de su cabeza, a sus manos delicadas, hasta el traje de noche de color melocotón que inundaba su camastro… y luego dejó vagar su mirada de vuelta hasta el corpiño del vestido. Había delicados botones que bajaban por toda la parte delantera. Como un centenar de ellos.
Butch estiró las piernas, sintiéndose inquieto. Y se encontró preguntándose cuánto tiempo le llevaría soltar cada una de esas perlas flojas.
Su cuerpo se removió,  la sangre se acumuló entre sus piernas, haciéndole ponerse duro.
Bueno, qué sorpresa. Realmente estaba mejor.
Y Señor, era un hijo de puta.
Rodó lejos de ella y cerró los ojos.
El problema era, que con los párpados cerrados, todo lo que veía era a sí mismo besándola en el porche del segundo piso de la casa de Darius el verano pasado. Oh, mierda, lo recordaba tan claramente como si fuera una foto. Había estado sentado y ella había estado entre sus piernas y su lengua había estado en la boca de ella. Habían terminado en el suelo cuando él rompió la silla…
—¿Butch?
Abrió los ojos y volvió de un tirón. Marissa estaba justo delante de él, con la cara al mismo nivel. En un ataque de pánico, bajó la mirada para asegurarse de que las sábanas escondían lo que se fraguaba entre sus muslos.
—¿Si? —dijo con una voz tan ronca que tuvo que repetírselo a sí mismo. Jesús, su tono de voz siempre tuvo bordes groseros, sus palabras eran perpetuamente un poco roncas, pero si había una cosa que seguro la ponía peor era pensar en desnudarse. Especialmente con ella.
Cuando sus ojos le escudriñaron la cara, temió que lo viese todo, directamente hasta su corazón. Donde la obsesión por ella era lo más fuerte.
—Marissa, creo que ahora debería irme a dormir. Ya sabes, descansar y todo eso.
—Vishous dijo que viniste a verme. Después de que disparasen a Wrath.
Butch cerró los párpados con fuerza otra vez. Su primer pensamiento fue que iba a sacar su lamentable trasero de la cama, encontrar a su compañero de habitación, y vapulear al tipo. Maldita sea, V…
—No fui informada —dijo. Como la miró y frunció el ceño, negó con la cabeza—. No supe que habías estado hasta que Vishous me lo dijo anoche. ¿A quién viste cuándo viniste? ¿Qué pasó?
¿No lo sabía?
—Yo, ah, una doggen abrió la puerta. Después de que subiera arriba, dijo que no recibías visitas y que llamarías por teléfono. Como nunca lo hiciste… no iba a acecharte o algo por el estilo.
Bueno, vale… la había acechado un poco. Solo que ella nunca lo sabría, gracias a Dios. A menos que por supuesto, V, ese tonto de lengua suelto, la hubiese informado de eso también. Bastardo.
—Butch, enfermé y necesité algún tiempo para recuperarme. Pero quería verte. Por eso te pedí que telefoneases cuando me topé contigo en diciembre. Cuando dijiste que no, pensé… bueno, que habías perdido el interés.
¿Había querido verle? ¿Había dicho eso?
—Butch, quería verte.
Si, lo había dicho. Dos veces.
Bueno, vale… no es que eso estimulara a un tipo.
—Mierda —suspiró, encontrando su mirada— ¿Tienes idea de cuántas veces pasé con el coche frente a tu casa?
—¿Lo hiciste?
—Prácticamente todas las noches. Fue patético. —Infiernos, todavía lo era.
—Pero querías que saliera de esta habitación. Te enfadó verme aquí.
—Estaba cabreado… er, enfadado porque no llevabas puesto un traje. Y asumí que te habías sentido obligada a estar aquí. —Con manos temblorosas, buscó un mechón de su cabello. Dios mío, era tan suave—. Vishous puede ser muy persuasivo. Y no quería que la compasión o la piedad te hicieran estar en un lugar que no deseabas.
—Quería estar aquí. Quiero estar aquí. —Cogió su mano y apretó.
En el silencio oh—Dios—mío—debe—ser—Navidad que siguió, puso el máximo empeño en reordenar los últimos seis meses, para alcanzar esta realidad que en cierta forma se habían perdido. Él la quería. Ella le quería. ¿Era verdad?
Se sentía verdad. Se sentía bien. Se sentía…
Dejó que palabras descuidadas y desesperadas volaran.
—Soy patético cuando se trata de ti, Marissa. Si, completamente jod… er… realmente patético. Cuando se trata de ti.
Los pálidos ojos azules de ella se alzaron.
—Yo… también. Por ti.
Butch no fue consciente de estar haciendo el gran movimiento. Pero en un momento estaban separados por aire. Al siguiente, posaba la boca en la suya. Cuando ella se quedó sin aliento, retrocedió.
—Lo siento...
—No… yo… simplemente estaba sorprendida —dijo, con los ojos en sus labios—. Deseo que tú…
—Ok. —Inclinó la cabeza a un lado y rozó su boca.
—Acércate más a mí.
Con un tirón en su brazo, la acercó con cuidado a la cama, luego tiró de ella de forma que yaciera sobre él. Su peso era poco más que aire caliente y le encantaba, especialmente cuando fue rodeado por su cabello rubio. Poniendo ambas manos en su cara, la miró fijamente.
Cuando sus labios se separaron en una sonrisa gentil solo para él, vio las puntas de sus colmillos. Oh, Dios mío, tenía que entrar en ella, tenía que penetrarla de algún modo, así que se inclinó hacia arriba y lo hizo con la lengua. Gimió mientras él lamía el interior de su boca y luego se besaron profundamente, enterrando las manos en su cabello y acunando la parte de atrás de su cabeza. Extendió las piernas y el cuerpo femenino se deslizó entre ellas, aumentando la presión donde estaba duro, grueso y ardiente.
De la nada, una pregunta estalló en su mente, una que no tenía derecho a formular, una que le hizo tropezar y perder el ritmo. Se apartó de ella.
—¿Butch, qué pasa?
Le acarició la boca con el pulgar, preguntándose si había tenido a un hombre. En los nueve meses desde que la había besado antes, ¿había tomado un amante? ¿Quizás mas que uno?
—¿Butch?
—Nada —dijo, incluso cuando una feroz veta posesiva arañó en su pecho.
Volvió a tomar su boca, y ahora la besó con una sensación de propiedad a la que no tenía derecho, una mano disparándose hacia la parte baja de la espalda, presionándola contra su erección. Sintió la urgente necesidad de establecer un reclamo sobre ella para que cualquier macho supiera de quien era esta mujer. Estaba chiflado.
Ella se echó hacia atrás bruscamente. Cuando olisqueaba el aire, pareció confundida.
—¿Se vinculan los varones humanos?
—Ah… nos ponemos sensibles, claro.
—No… vínculo. —Enterró la cara en su cuello, inspiró, luego comenzó a restregar la nariz contra su piel.
La aferró de las caderas, preguntándose como de lejos iba a llegar la cosa. No estaba seguro de tener fuerzas para el sexo, si bien estaba completamente erecto. Y no quería presumir nada. Pero Jesús, Dios en cielo, lo deseaba.
—Me encanta como hueles, Butch.
—Probablemente sea el jabón que uso. —A medida que los colmillos subieron arrastrándose por su cuello, gimió.
—Oh, mierda…no…pares…

CAPÍTULO 11


Vishous entró en la clínica y se dirigió directamente a la habitación de cuarentena. Nadie en la enfermería había cuestionado su derecho a irrumpir allí, y mientras recorría el pasillo, el personal médico se tropezaba con sus propios pies para apartarse de su camino.
Inteligentes. Estaba muy armado y jodidamente nervioso.
El día había sido una pérdida total. No había encontrado nada en las Crónicas que se pareciese a lo que le habían hecho a Butch. Ni tampoco en las Historias Orales. Y lo peor, detectaba cosas en el futuro, partes de los destinos de la gente realineándose, pero no podía ver nada de lo que sus instintos le decían que sucedía. Era como ver teatro con el telón bajado: de vez en cuando veía moverse la cortina de terciopelo cuando un cuerpo rozaba el lateral, o escuchaba voces indistintas, o la luz se movía bajo el dobladillo borlado. Pero no sabía detalles, sus células grises estaban en blanco.
Avanzó con rápidas zancadas dejando atrás el laboratorio de Havers y entró en el armario de mantenimiento. Cuando pasó por la puerta oculta, se encontró la antesala vacía, las computadoras y monitores continuando sus deberes de vigilancia solos.
V se paró en seco.
En la pantalla encendida más cercana, vio a Marissa tumbada en la cama encima de Butch. Los brazos del poli la rodeaban, sus rodillas desnudas estaban abiertas de par en par para acomodar el cuerpo de la hembra mientras se movían ondulantes uno contra el otro. V no podría ver sus caras, pero era obvio que sus bocas estaban fundidas y sus lenguas entrelazadas.
V se frotó la mandíbula, vagamente consciente de que bajo sus armas y sus prendas de cuero, su piel se había puesto caliente. Dios... Joder... ahora la palma de Butch se deslizaba lentamente por la columna vertebral de Marissa, yendo bajo su abundante cabello rubio, encontrando y acariciando la parte posterior de su cuello.
El tío estaba totalmente excitado, pero era tan suave con ella. Tan tierno.
V pensó en el sexo que había tenido la noche que se habían llevado a Butch. No había tenido nada de suavidad. Cosa que había sido el objetivo de ambas partes implicadas.
Butch cambió de posición y rodó sobre Marissa, haciendo un movimiento de montarla. Al hacerlo, la bata de hospital se abrió, las costuras se rasgaron revelando su fuerte espalda y la poderosa parte inferior de su cuerpo. El tatuaje en la base de su columna se flexionó cuando empujó las caderas entre sus faldas, intentando llegar a casa. Y mientras frotaba contra ella lo que sin duda era una erección dura como una roca, las manos largas y elegantes de Marissa serpentearon alrededor y se clavaron en su trasero desnudo.
Cuando lo marcó con las uñas, la cabeza de Butch se elevó, sin duda dejando escapar un gemido.
Jesús, V incluso podía oír el sonido... Sí… podía oírlo. Y desde ninguna parte un sentimiento de anhelo parpadeó en su interior. Mierda. ¿Qué es lo que quería exactamente de esa escena?
La cabeza de Butch se desplomó en el cuello de Marissa, y sus caderas empezaron a avanzar y retroceder, después a avanzar otra vez. Su columna se onduló y los pesados hombros se encogieron y se aflojaron encontrando un ritmo que hizo parpadear a V realmente rápido. Y después lo dejó quieto.
Marissa se arqueó, con la barbilla elevada, la boca abierta. Cristo, qué cuadro presentaba debajo de su macho, el cabello todo derramado sobre las almohadas, parte enredado en el grueso bíceps de Butch. En su pasión, en su vibrante vestido color melocotón, era una salida de sol, un amanecer, una promesa de calor, y Butch disfrutaba de lo que tenía la suerte de tocar.
La puerta de la antesala se abrió y V se dio la vuelta, bloqueando el monitor con su cuerpo.
Havers puso el informe médico de Butch en un estante y alargó la mano para coger un traje especial.
buenas tardes, señor. Has venido otra vez a curarlo, ¿verdad?
sí... —la voz de V se quebró y se aclaró la garganta—. pero ahora no es un buen momento.
Havers se detuvo, con el traje en las manos.
—¿Está descansando?
En lo más mínimo.
—Sí. Así que tú y yo ahora vamos a dejarlo solo.
Las cejas del doctor se elevaron detrás de las gafas de pasta.
—¿Cómo dices?
V tomó el informe, lo empujó hacia el doctor y después cogió el traje y lo colgó de nuevo.
más adelante, doctor.
—T-tengo que hacerle un reconocimiento. Creo que puede estar listo para ir a casa.
—Genial. Pero nos vamos.
Havers abrió la boca para discutir y V se aburrió de la conversación. Poniendo una mano en los hombros del doctor, miró al macho a los ojos y lo forzó a aceptar.
sí... —murmuró Havers—. Más adelante. ¿M-mañana?
—Sí, mañana va bien.
Mientras V llevaba al hermano de Marissa agarrado de los brazos por el pasillo, todo en lo que podía pensar era en las imágenes de la pantalla. Tan mal por su parte por mirar.
Tan mal por su parte por… querer.

Marissa estaba ardiendo.
Butch… Buen señor, Butch. Se sentía pesado encima de ella y grande, tan grande que sus piernas se abrieron por completo debajo del vestido para acomodarlo. Y la manera que se movía... el ritmo de sus caderas la volvía loca.
Cuando finalmente Butch rompió el beso, respiraba con dificultad y sus ojos pardos estaban llenos de hambre sexual, una absoluta hambre masculina. Quizás se debería haber sentido abrumada porque no tenía ni idea de lo que hacía. En lugar de eso, se sentía poderosa.
Mientras se prolongaba el silencio, dijo —¿Butch? —aunque no estaba muy segura de lo que le preguntaba.
—Oh... Dios, cariño. —Con un ligero roce, la mano de Butch bajó de su cuello a la clavícula. Se detuvo al llegar al inicio del vestido, claramente pidiendo permiso para sacarlo.
Algo que la enfrió rápidamente. Sus pechos parecían bastante normales, pero no es como si hubiese visto a otras hembras para comparar. Y no podría soportar ver la repugnancia con la que otros machos de su clase la habían mirado. No en la cara de Butch, y especialmente no si estaba desnuda. Esa aversión ya había sido difícil de soportar, estando completamente vestida y viniendo de machos que no le importaban.
—Está bien —dijo Butch, quitando la mano—. No quiero presionarte.
La besó ligeramente y rodó a un lado, arrastrando una sábana sobre las caderas mientras se ponía de espaldas. Se cubrió los ojos con el antebrazo, y su pecho subía y bajaba como si hubiese estado corriendo.
Marissa bajó la mirada a su blusa y se dio cuenta de que agarraba la tela con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—¿Butch?
El macho bajó el brazo y su cabeza giró en la almohada. Su cara todavía estaba hinchada en algunas partes, uno de sus ojos aún negro y azul. Y ella notó que la nariz se había roto, pero no recientemente. Aún así, para ella era hermoso.
—¿Qué, cariño?
—¿Has… has tenido muchas amantes?
Frunció el ceño, inhaló y miró como si no desease contestar.
—Sí, las he tenido.
Los pulmones de Marissa se volvieron de hormigón cuando lo imaginó besando a otras hembras, desvistiéndolas, acostándose con ellas. Estaba dispuesta a apostar que la mayoría de sus amantes no habían sido vírgenes estúpidas.
Dios, iba a vomitar.
—Otra razón por la que es bueno que parásemos —dijo él.
—¿Cómo dices?
—No estoy diciendo que hubiéramos llegado tan lejos, pero habría necesitado un condón.
Bueno, por lo menos Marissa sabía lo que era uno de esos.
—Pero ¿por qué? No soy fértil.
La larga pausa no inspiró confianza. Y tampoco la manera en que maldijo por lo bajo.
no siempre he sido cuidadoso.
—¿Con qué?
—El sexo. He tenido... mucho sexo con gente que puede que no estuviese limpia. Y lo hice sin protección. —Se ruborizó como si estuviese avergonzado, el color subiendo por el cuello e instalándose en su cara—. Por lo que sí, necesitaría un condón contigo. No tengo ni idea de lo que puedo estar llevando.
—¿Por qué no fuiste más cuidadoso contigo mismo?
—Simplemente no me importaba una mi... eh, sí… —estiró una mano y tomó un mechón de su cabello. Cuando lo llevó a los labios y lo besó, dijo por lo bajo —Ahora desearía ser un jodido virgen.
no puedo coger virus humanos.
no fue sólo con humanos, Marissa.
Ahora se quedo totalmente fría. Por alguna razón, si era con hembras de su propia especie, con mujeres, lo sentía diferente. Pero ¿otra vampira?
—¿Quién? —preguntó tensa.
—De alguna manera no creo que la conozcas. —Dejó caer el mechón de cabello y volvió a ponerse el brazo sobre los ojos—. dios, desearía poder deshacer eso. Deshacer un montón de cosas.
Oh... Jesús.
—Pasó recientemente, ¿verdad?
sí.
—¿La... la amabas?
Frunció el ceño y la miró.
—Dios, no. Ni siquiera la conocía… oh, mierda, eso suena peor, ¿no?
—¿La tomaste en tu cama? ¿Dormiste a su lado después? —¿Por qué demonios estaba haciendo estas preguntas? Era como presionar un corte con un cuchillo.
—No, estaba en un club. —Debió aparecer conmoción en la cara de Marissa, porque Butch maldijo otra vez—. Marissa, mi vida no es bonita. La forma en que me has conocido, estando con la Hermandad, llevando ropas elegantes... no es la manera en que viví antes. Y en realidad no es quien soy.
—¿Quién eres, entonces?
nadie que hubieses conocido. Incluso si fuese un vampiro, nuestras trayectorias nunca se habrían cruzado. Soy del tipo trabajador. —Ante su mirada de confusión, Butch dijo— De clase baja.
Su tono se basaba en los hechos, como si estuviese recitando su altura o peso.
no pienso en ti como de clase baja, Butch.
como dije, en realidad no me conoces.
cuando estoy tumbada cerca de ti, cuando siento tu olor, cuando oigo tu voz, sé todo lo que importa. —Marissa lo miró recorriendo su longitud—. Eres el varón con el que deseo yacer. Ese es quién eres.
Una fragancia oscura y picante salió de la piel de Butch en una ráfaga, lo que ella reconocería como la marca de su vínculo si él fuese un vampiro. Cuando lo aspiró en su interior por la nariz, cogió fuerza en la respuesta.
Con dedos que se sacudían, fue al primero de los pequeños botones de su blusa.
Butch capturó las dos manos de ella en la suya.
no te fuerces, Marissa. Hay cosas que quiero de ti, pero no tengo ninguna prisa.
—Pero yo quiero. Quiero estar contigo. —Lo apartó y comenzó a trabajar en los botones, aunque no llegó lejos porque temblaba tremendamente—. Creo que tendrás que hacerlo tú.
La respiración de Butch salió en un siseo erótico.
—¿Estás segura?
sí. —Cuando él vaciló, ella asintió en dirección a la blusa—. Por favor. Sácame esto.
En lenta sucesión, liberó cada uno de los botones de perla, sus magullados dedos seguros, el vestido abriéndose poco a poco mientras continuaba. Sin el corsé puesto, la piel desnuda de Marissa se reveló en la profunda V que se formó.
Cuando llegó al último botón, todo el cuerpo de la hembra comenzó a temblar.
—Marissa, no estás conforme con esto.
—Es sólo... ningún macho me ha visto antes.
Butch se quedó inmóvil.
—Todavía estás...
—Intacta —dijo, odiando la palabra.
Ahora el cuerpo de Butch tembló y esa fragancia oscura fluyó de él con más fuerza.
—No habría importado si no lo fueses. Necesito que lo sepas.
Ella sonrió un poco.
—Lo sé. Ahora podrías... —cuando las manos de Butch subieron, susurró— sé amable, ¿Ok?
Butch frunció el ceño.
—Voy a amar lo que vea porque eres tú. —Cuando no lo miró a los ojos, Butch se inclinó adelante—. Marissa, para mí eres hermosa.
Impaciente consigo misma, Marissa agarró la blusa y descubrió sus pechos. Cerrando los ojos, encontró que no podía respirar.
—Marissa. Eres preciosa.
Levantó los párpados, preparándose. Pero él no estaba mirando lo que había revelado.
—Pero todavía no me has mirado, ¿verdad?
—No lo necesito.
Las lágrimas se asomaron en el borde de sus ojos.
—Por favor... sólo mírame.
Los ojos de Butch se deslizaron hacia abajo e inhaló bruscamente entre dientes, el siseo atravesando la habitación. Demonios, ella sabía que había algo malo…
—Jesús, eres perfecta. —Con una rápida pasada, le lamió el labio inferior con la lengua—. ¿Puedo tocarte?
Abrumada, asintió con un tirón de la barbilla y la mano masculina se deslizó bajo la blusa, pasó con suavidad por sus costillas y acarició el lateral de un pecho, suave como un suspiro. Se encendió con el contacto y después se calmó. Por lo menos hasta que rozó su pezón con el pulgar.
Entonces se arqueó involuntariamente.
—Eres... muy perfecta —dijo con voz ronca—. Me dejas ciego.
La cabeza de Butch bajó, sus labios encontraron la piel del esternón, después besaron el camino hacia un pecho. El pezón se erizó hacia arriba, tensándose para... sí, su boca. Oh... Dios, sí... su boca.
Sus ojos miraron fijamente los de Marissa cuando se pegó a la punta de su pecho, tirando entre los labios. Chupó durante un latido antes de soltarse y soplar sobre la punta reluciente. Entre sus piernas, ella sintió una ola de calor.
—¿Estás bien? —dijo él—. ¿Esto está bien?
no sabía que... se podían sentir así.
—¿No? —Le rozó otra vez el pezón con los labios—. Pero seguramente has tocado este lugar hermoso. ¿No? ¿Nunca?
Ella no podría pensar con claridad.
—A las hembras de mi clase... nos enseñan que no debemos... hacer tales cosas. A menos que estemos con un compañero e incluso entonces... —Dios, ¿de qué hablaban?
—Ah... bueno, ahora estoy aquí, ¿no? —Su lengua salió fuera y lamió el pezón—. sí, ahora estoy aquí. Así que dame tu mano, Marissa. —Cuando lo hizo, le besó la palma—. déjame demostrarte como se siente la perfección.
Le tomó el índice en la boca y lo chupó, después lo liberó y lo acercó al dilatado pezón. Describió círculos alrededor de la punta, tocándola a través de su propia mano.
Ella dejó caer la cabeza, pero mantuvo los ojos en los suyos.
—Es tan...
suave y apretado al mismo tiempo, ¿verdad? —Bajó la boca, cubriendo el pezón y la yema del dedo, un calor suave y líquido—. ¿Se siente bien?
sí... Virgen querida en el Fade, .
Su mano fue al otro pecho e hizo rodar el pezón, después masajeó la redondez debajo. Era tan grande asomándose sobre ella, con la ropa del hospital deslizándose de sus poderosos hombros, los fuertes brazos apretados para mantenerse sobre su cuerpo. Cuando cambió de lado y se ocupó del otro pezón, su cabello oscuro rozó la piel femenina, pálida, suave y sedosa.
Perdida en el calor y un creciente desasosiego, no notó que la falda se empezaba a mover... hasta que la tuvo por encima de los muslos.
Cuando se puso rígida, Butch le preguntó contra el pecho —¿Me dejarás ir un poco más lejos? ¿Si juro parar en el momento que desees?
—Um... sí.
La palma de su mano se deslizó por la desnuda rodilla femenina, y ella se sacudió, pero cuando Butch volvió a ocuparse de su pecho, se olvidó del miedo. Con círculos lentos y perezosos, la mano fue más arriba hasta que se deslizó entre sus muslos…
De repente, Marissa sintió que algo se derramaba fuera de ella. Entando en pánico, apretó las piernas fuertemente y lo empujó.
—¿Qué, cariño?
Ruborizándose ferozmente, murmuró —Siento algo... diferente...
—¿Dónde? ¿Aquí abajo? —acarició ligeramente la cara interior de su muslo.
Cuando asintió, la sonrisa de Butch se hizo lenta y atractiva.
—¿De verdad? —La besó, dejando un tiempo las bocas juntas—. ¿Quieres decirme lo que es? —Mientras ella se sonrojaba todavía más, su mano continuó la caricia—. ¿Qué tipo de diferencia?
—Estoy... —no podía decirlo.
La boca del macho cambió de posición para ponerse al lado de su oído.
—¿Estás mojada? —Cuando asintió, él gruñó profundamente en su garganta—. mojada está bien... mojada es justo como te quiero.
—¿Lo es? ¿Por qué…
Con un movimiento suave y rápido, tocó las bragas entre sus piernas, y ambos saltaron ante el contacto.
—Oh... Dios —gimió Butch, la cabeza cayendo sobre el hombro de Marissa—. Estás tan conmigo ahora. Estás tan bien conmigo ahora.
La erección de Butch latía mientras mantenía la mano en el satén caliente y húmedo que cubría el centro de Marissa. Sabía que si apartaba a un lado las bragas, se zambulliría en una gran cantidad de miel, pero por el momento no quería conmocionarla tanto.
Retorciendo los dedos alrededor de ella, frotó el borde de la mano contra la cima de su abertura, justo donde se sentiría mejor. Mientras ella jadeaba, sus caderas empujaron adelante, después siguieron un ritmo lento. Lo que naturalmente lo puso al límite. Para mantener el control, giró las caderas para que el estómago se asentase sobre su erección, atrapándola contra el colchón.
—Butch, necesito... algo... yo...
—Cariño, ¿alguna… —ah, demonios, de ninguna manera se había dado placer alguna vez. Si se había sorprendido por como se sentía su pezón.
—¿Qué?
—No importa. —Se alejó de su centro y acarició sus bragas, simplemente moviendo las yemas de los dedos sobre ella—. voy a cuidar de ti. Confía en mí, Marissa.
La besó en la boca, chupando sus labios, dejándola perdida. Después deslizó la mano bajo el borde de satén hacia su centro…
—Oh... joder —Butch respiró, esperando que estuviese demasiado aturdida como para oír la maldición.
Ella intentó retroceder.
—¿Qué está mal conmigo?
—Tranquila, tranquila. —La sostuvo quieta poniendo un muslo sobre sus piernas. Y después le preocupó haber tenido un orgasmo... dada la sensación de despegue que acababa de recorrer su miembro—. Cariño, nada está mal. Es sólo que estás... oh, dios, estás tan lisa ahí. —Movió la mano, los dedos resbalando entre los pliegues de su sexo... sagrado cielo, era tan suave. Tan melosa. Tan caliente.
Se estaba perdiendo en toda esa carne lisa cuando la confusión de la hembra se coló a través de la bruma.
—No tienes nada de vello —dijo Butch.
—¿Eso es malo?
Se rió.
es hermoso. Me resulta excitante.
¿Excitante? Mejor, explosivo. Lo único que quería hacer era arrastrarse bajo su falda, lamerla y chuparla, pero definitivamente era ir demasiado lejos.
Y mierda, era tan neandertal, pero la idea de ser el único que había puesto la mano donde estaba era totalmente erótica.
—¿Cómo es esta sensación? —le preguntó, poniendo las cosas un poco más a punto.
dios... Butch. —Se arqueó violentamente en la cama, con la cabeza inclinada hacia atrás de modo que su cuello se curvaba de forma encantadora.
Los ojos del macho se fijaron en su garganta, y el instinto más extraño pasó a través de él: quería morderla. Y su boca se abrió como si se preparase para hacer justo eso.
Maldiciendo, sofocó el extraño impulso.
—Butch... Me duele.
—Lo sé, cariño. Me voy a ocupar de eso. —Se enganchó a su seno con la boca y comenzó a tocarla seriamente, encontrando un ritmo con las caricias, teniendo cuidado de permanecer fuera para que no se lanzase.
Al final sucedió que fue él quien se lanzó. La fricción y la sensación de ella y el olor de todo eso, se multiplicaron en su interior hasta que se dio cuenta que la estaba presionando sin pensar, empujando las caderas en el colchón a ritmo de su mano. Cuando su cabeza cayó entre los pechos de Marissa porque no podía mantenerla más tiempo elevada, supo que tenía que parar el masaje que le estaba dando a su erección. Necesitaba prestarle atención a ella.
Butch levantó la mirada. Marissa tenía los ojos muy abiertos y un poco asustados. Estaba justo en el borde y se estaba poniendo nerviosa.
—Tranquila cariño, todo está bien. —no paró los movimientos entre sus piernas.
—¿Qué me está sucediendo?
Le puso la boca en su oído.
—Estás a punto de correrte. Sólo déjate sentirlo. Estoy aquí, te tengo. Agárrate a mí.
Las manos de Marissa se clavaron en sus brazos y cuando sus uñas hicieron sangre, sonrió, pensando que eso era perfecto.
Las caderas de la hembra se elevaron bruscamente.
—Butch...
—Eso es. Córrete para mí.
no puedo... No puedo... —Marissa sacudió la cabeza hacia adelante y atrás, quedando atrapada entre lo que quería su cuerpo y lo que su mente no conseguía asimilar. Iba a perder el ímpetu, a menos que él hiciese algo rápidamente.
Sin ni siquiera pensarlo o saber como ayudaría, enterró la cara en su garganta y la mordió, justo encima de la yugular. Eso fue el detonante. Ella gritó su nombre y comenzó a convulsionarse, sus caderas sacudiéndose, su cuerpo flexionándose a lo largo de toda la columna. Con profunda alegría, Butch la ayudó a pasar las ondas del orgasmo y le habló todo el tiempo… ¡aunque sólo Dios sabía lo que estaba diciendo!
Cuando Marissa se calmó, él levantó la cabeza de su cuello. Entre sus labios, Butch vio la punta de los colmillos y fue sacudido por un deseo irresistible contra el que no pudo luchar. Empujó la lengua dentro de su boca y lamió las agudas puntas, sintiéndolas raspar su carne. Quería los colmillos sobre su piel... quería que lo chupase, llenar su vientre, que viviese de él.
Se forzó a parar y la retirada fue tan vacía. Estaba tenso por necesidades desconocidas, y no todas eran sexuales. Necesitaba... cosas de ella, cosas que no entendía.
Marissa abrió los ojos.
no sabía que... sería como eso.
—¿Te gustó?
La sonrisa de Marissa era suficiente para hacerle olvidar su propio nombre.
—Oh, sí.
La besó suavemente, después le recolocó la falda y abrocho los botones de la blusa, envolviendo de nuevo el regalo de su cuerpo. Deslizándola en la curva de su brazo, se puso bien y cómodo. Ella ya se deslizaba en sueños, y él estaba condenadamente contento al verla así. Parecía la cosa más natural a hacer, permanecer despierto mientras ella descansaba, para cuidarla.
Aunque por alguna razón, deseaba tener un arma.
—No puedo mantener los ojos abiertos —dijo Marissa.
—Ni lo intentes.
Butch le acarició parte del cabello y pensó que, a pesar de que en unos diez minutos iba a tener el peor caso de testículos morados conocido por la humanidad, todo estaba bien en su mundo.
Butch O’Neal, pensó, has encontrado a tu mujer.




CAPÍTULO 12


—Se parece tanto a su abuelo.
Joyce O’Neal Rafferty se inclinó sobre la cuna y arropó la manta sobre su hijo de tres meses. Este debate tenía lugar desde que había nacido, y estaba cansada de él. Claramente, su hijo se parecía a su abuelo materno.
—No, es igualito a ti.
Cuando Joyce sintió los brazos de su marido abrazándola por la cintura, luchó contra el impulso de apartarse. No parecía importarle el peso del bebé, pero a ella la ponía malditamente ansiosa.
Esperando que se concentrase en cualquier otra cosa, dijo. —Así que el próximo domingo tienes donde elegir. Puedes cuidar a Sean tú solo o puedes traer a mamá. ¿Qué quieres hacer?
Dejó de sujetarla.
—¿Por qué no puede recogerla tu padre de la residencia de ancianos?
—Ya conoces a papá. No consigue manejarla demasiado bien, sobre todo en el coche. Se pondrá nerviosa, se frustrará con ella, y tendremos un lío en el bautizo cuando lleguen.
El pecho de Mike se hinchó y bajó.
—Creo que mejor te ocupes tú de tu madre. Sean y yo estaremos bien. ¿Quizás una de tus hermanas puede venir con nosotros?
—Sí, quizás Colleen.
Estuvieron un rato en silencio, mirando a Sean respirar.
Entonces Mike dijo. —¿Vas a invitarlo a él?
Quiso maldecir. En la familia O’Neal sólo había un “él”. Brian. Butch. “Él”. De los seis hijos que Eddie y Odell O’Neal habían tenido, dos de ellos se habían perdido. Janie había sido asesinada, y Butch básicamente había desaparecido después del instituto. Lo último había sido una bendición, lo primero una maldición.
—No vendrá.
—De todas formas deberías invitarlo.
—Si aparece, mamá se disgustará.
La rápida escalada de demencia de Odell hacía que a veces pensara que Butch estaba muerto, y que por eso no estaba por allí. Su otra opción para aguantar la pérdida era inventar locas historias sobre él. Como que ahora estaba en camino de ser alcalde en Nueva York. O cómo que estaba yendo a la escuela de Medicina. O cómo que no era hijo de su padre y por eso Eddie no podía soportarlo. Todo eran locuras. Las dos primeras por razones obvias y la tercera porque, aunque era cierto que a Eddie nunca le había gustado Butch, no era porque fuese un hijo bastardo. A Eddie nunca le había gustado demasiado ninguno de sus hijos.
—De todas formas deberías invitarlo, Joyce. Es su familia.
—No en realidad.
La última vez que había hablado con su hermano había sido... Dios, ¿en su boda hacía cinco años? Y tampoco ningún otro lo había visto u oído demasiado de él desde entonces. Se había corrido la voz en la familia de que su padre había recibido un mensaje de Butch en... ¿agosto? Sí, al final del verano. Les había dado un número con el que lo podían localizar, pero eso era todo.
Sean emitió un pequeño silbido por la nariz.
—¿Joyce?
—Oh, vamos, no aparecerá si le pregunto yo.
—Así que te llevarías el mérito por ofrecerle la oportunidad, y no tendrías que tratar con él. O quizás te sorprendería.
—Mike, no lo voy a llamar. ¿Quién necesita más drama en esta familia? —Como si su madre estando loca y teniendo Alzheimer no fuesen suficientes problemas.
Hizo un gran alarde de comprobar el reloj.
—Eh, ¿están poniendo CSI?
Con determinación, empujó a su marido fuera de la habitación de los niños, distrayéndole de cosas que no eran asunto suyo.

Marissa no estaba segura de la hora que era cuando se despertó, pero supo que no había estado dormida durante demasiado tiempo. Mientras sus ojos se abrían, sonrió. Butch estaba dormido y pegado a su espalda, un grueso muslo entre sus piernas, una mano rodeándole un pecho, la cabeza en su cuello.
Cuando rodó lentamente y se quedó mirándolo de frente, sus ojos bajaron por el cuerpo masculino. La sábana con la que se había cubierto antes se le había deslizado, y bajo el delgado camisón de hospital, algo grueso descansaba en sus caderas. Dios mío... una erección. Estaba excitado.
—¿Qué estás mirando, cariño? —La voz baja de Butch sonaba como grava.
Ella saltó y levantó la mirada.
—No sabía que estabas despierto.
—No me dormí en ningún momento. Llevo horas mirándote. —Puso la sábana de nuevo en su sitio y sonrió—. ¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Quieres que pidamos algo de desay...
—Butch —exactamente, ¿cómo iba a decir esto?—. Los machos hacen lo que me hiciste hacer, ¿verdad? Quiero decir, la noche pasada, cuando me estabas tocando.
Él se sonrojó y tiró de la sábana.
—Sí, lo hacemos. Pero no tienes que preocuparte por eso.
—¿Por qué?
—Simplemente no tienes que hacerlo.
—¿Me dejarías mirarte? —Miró a sus caderas—. ¿Ahí abajo?
Él tosió un poco.
—¿Quieres eso?
—Sí. Dios, sí... Quiero tocarte ahí.
Con un juramento suave, murmuró. —Lo que pasará puede que te conmocione.
—Me conmocioné cuando tu mano estuvo entre mis piernas. ¿Hablas de ese tipo de conmoción? ¿De esa forma tan buena?
—Sí —sus caderas se movieron, como si rotasen sobre la base de su espalda—. Jesús... Marissa.
—Te quiero desnudo. —Se sentó sobre las rodillas y estiró la mano hacia su bata—. Y quiero desnudarte.
Él le cogió las manos en un apretón fuerte.
—Yo, ah... Marissa, ¿tienes alguna idea de lo que pasa cuando un hombre se corre? Porque con total seguridad, eso es lo que va a pasar si empiezas a tocarme. Y no voy a tardar mucho.
—Quiero descubrirlo. Contigo.
Él cerró los ojos. Tomó una buena cantidad de aire.
—Dios mío del paraíso.
Elevando la parte inferior de su cuerpo de la cama, se inclinó hacia delante para que pudiese deslizar las dos partes de la bata por sus brazos. Después se dejó caer de vuelta sobre el colchón y su cuerpo se mostró: el grueso cuello encajado en esos amplios hombros... los duros músculos de sus pectorales que estaban cubiertos de vello... la torneada extensión de su vientre... y...
Ella tiró de la sábana. Dios mío, su sexo era...
—Se ha puesto tan... enorme.
Butch soltó una carcajada.
—Dices las cosas más estupendas.
—Lo vi cuando estaba... no sabía que se ponía...
Marissa simplemente no podía apartar la mirada de la erección que descansaba contra el vientre. El duro sexo era del color de sus labios, y sorprendentemente bello, la lisa cabeza con una grácil hendidura, el cuerpo perfectamente redondeado y muy grueso en la base. Y los pesos gemelos abajo eran pesados, descarados, viriles.
¿Quizá los humanos eran más largos que los de su especie?
—¿Cómo te gusta que te toquen?
—Si eres tú, de cualquier forma.
—No, enséñame.
Él cerró los ojos un momento, y su torso se expandió. Cuando abrió los párpados, su boca se abrió y con lentitud deslizó la mano hacia abajo por los pectorales y el vientre. Moviendo una pierna hacia un lado, se cogió con la mano, rodeando esa carne rosa oscura suya, la masculina mano suficientemente amplia como para sujetar la cosa. Con un movimiento lento y fluido, acarició su erección, desde la base a la punta, recorriendo el miembro.
—O algo así —dijo roncamente, continuando—. Dios mío, mirándote... podría explotar en cualquier momento.
—No —le apartó la mano de su camino y la erección rebotó rígida en su estómago—. Quiero hacerte llegar a eso.
Cuando lo cogió, él gimió, todo su cuerpo se onduló.
Butch estaba caliente. Estaba duro. Era suave. Era tan grueso que Marissa no podía cerrar la mano por completo a su alrededor.
Vacilante al principio, siguió su ejemplo, subiendo la mano de arriba a abajo, maravillándose ante como la carne satinada se deslizaba sobre la base rígida de él.
Cuando apretó los dientes, ella paró.
—¿Va todo bien?
—Sí... maldición... —su mandíbula cayó hacia atrás, las venas de su cuello se hicieron visibles—. Más.
Puso su otra mano sobre él, poniendo una palma sobre la otra, moviéndolas juntas. La boca de Butch se abrió por completo, sus ojos se pusieron en blanco y una capa de sudor cubrió todo su cuerpo.
—¿Cómo se siente esto, Butch?
—Estoy tan cerca ya. —Apretó las mandíbulas y respiró a través de dientes que estaban cerrados. Pero entonces le agarró las manos, parándola—. ¡Espera! Todavía no...
Su erección pulsó, golpeando en sus manos. Una gota cristalina apareció en la punta.
Tomó aire entrecortadamente.
—Retrásame. Hazme trabajar por ello. Cuanto más me quemes, mejor será el final.
Usando sus jadeos y los espasmos de su cuerpo como guía, aprendió las puntas y valles de su respuesta erótica, averiguó cuando se estaba acercando y como dejarlo suspendido en la punta de la espada sexual.
Dios, había poder en el sexo, y en ese momento ella lo tenía todo. Estaba indefenso, expuesto... justo como había estado ella la noche anterior. Amaba esto.
—Por favor.... cariño... —amaba esta falta de respiración ronca. Amaba los tensos músculos de su cuello. Amaba el poder de mando que tenía cuando lo sujetaba entre sus manos.
Lo que la hizo pensar. Lo dejó ir y atendió su saco, deslizando la mano bajo su peso, rodeándolo con los dedos. Con una maldición, el retorció las sábanas con los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Ella continuó lanzándose hasta que Butch estuvo nervioso y cubierto de sudor y temblando. Entonces bajó la cabeza y presionó la boca contra la suya. Él se la tragó, cogiéndole el cuello y sujetándola contra sus labios, murmurando, besándola, invadiéndola con su lengua.
—¿Ahora? —dijo en medio del beso.
Ahora.
Cogiéndolo con la mano, movió la palma cada vez más rápido, hasta que su cara se contorsionó en una preciosa máscara de agonía y su cuerpo se puso tenso como un cable.
Marissa... —sin coordinación, agarró la bata de hospital y se la puso sobre las caderas, cubriéndose de sus ojos. Entonces ella lo sintió dar una sacudida y temblar y algo caliente y espeso salió de él en pulsos, cubriéndole la mano. Supo instintivamente no perder el ritmo hasta que acabó.
Cuando los ojos de Butch finalmente se abrieron, estaban borrosos. Saciados. Llenos de un cariño adorador.
—No quiero dejarte ir —dijo ella.
—Entonces no lo hagas. Nunca.
Él se estaba relajando en su mano, un retroceso del duro miembro que había sido. Besándolo, sacó la mano de debajo de la bata de hospital y bajó la mirada, curiosa por lo que había salido de él.
—No sabía que sería negro —murmuró con una pequeña sonrisa.
El horror invadió la cara de Butch.
¡Oh, Cristo!

Havers caminó por el pasillo hacia la habitación de cuarentena.
De camino, comprobó el estado de la pequeña hembra que había operado días atrás. Estaba curando bien, pero le preocupaba enviarla a ella y su madre de vuelta al mundo. Aquel hellren era violento y era bastante probable que volviesen de nuevo a la clínica. ¿Pero qué podía hacer? No podía dejarlas estar aquí indefinidamente. Necesitaba la cama.
Continuó avanzando, pasando su laboratorio, haciéndole señas con la mano a una enfermera que estaba procesando varias muestras. Cuando llegó a la puerta del armario de mantenimiento, dudó.
Odiaba que Marissa estuviese encerrada con ese humano.
Pero el tema importante era que no había sido contaminada. De acuerdo con el examen físico que le habían hecho ayer, estaba bien, así que su pequeño error de juicio evidentemente no le iba a costar la vida.
Y respecto al humano, se iba a ir a casa. Su última muestra de sangre había estado bastante cerca de lo normal, y se estaba volviendo más fuerte a una velocidad increíble, por lo que era tiempo de alejarlo de Marissa. Havers ya había llamado a la Hermandad, y les había dicho que pasasen a recoger al hombre.
Butch O’Neal era peligroso, y no sólo por el asunto de la contaminación. Ese humano quería a Marissa... estaba en sus ojos. Y eso no era aceptable.
Havers sacudió la cabeza, pensando que había intentado separarlos en otoño. Al principio, había asumido que Marissa consumiría al humano, y eso habría estado bien. Pero cuando durante su enfermedad quedó claro que iba tras él, Havers tuvo que intervenir.
Dios, había esperado que alguna vez encontrase un verdadero compañero, pero desde luego no un inferior y violento humano. Necesitaba alguien respetable, aunque era muy poco probable que eso pasase en un tiempo cercano, dada la opinión que tenía la glymera de ella.
Pero quizás... bueno, se había dado cuenta de cómo Rehvenge la miraba. Quizás eso podía funcionar. Rehv tenía un linaje muy bueno por ambos lados. Quizás era un poco... duro, pero era apropiado a ojos de la sociedad.
¿Quizás esa pareja debería ser alentada? Después de todo, estaba intacta, tan pura como el día que había nacido. Y Rehvenge tenía dinero, mucha cantidad, aunque nadie sabía como o porqué. Incluso más importante, no le influían las opiniones de la glymera.
Sí, pensó Havers. Esa sería una buena pareja. La mejor que ella podría esperar.
Abrió la puerta del armario, sintiéndose un poco mejor. Ese humano estaba en camino de irse de la clínica, y nadie tenía porqué saber que habían estado encerrados juntos durante días. Su personal era benditamente discreto.
Dios, sólo podía imaginar lo que le haría la glymera a Marissa si supiese que había estado en contacto tan cercano con un macho humano. La destrozada reputación de Marissa simplemente no podría aguantar más controversia, y francamente, Havers tampoco podía soportarlo. Estaba totalmente cansado por sus fracasos sociales.
La quería, pero estaba al límite de su aguante.

Marissa no tenía ni idea de porqué Butch la estaba arrastrando al cuarto de baño casi corriendo.
—¡Butch! ¿Qué estás haciendo?
Abrió el grifo, le colocó las manos bajo el agua, y cogió una pastilla de jabón. Mientras la lavaba, el pánico en su cara le estiraba los ojos y estrechaba la boca.
¿Qué demonios está pasando aquí?
Marissa y Butch se dieron la vuelta hacia el umbral de la puerta. Havers estaba allí sin el traje especial anticontaminación... más furioso de lo que lo había visto nunca.
—Havers...
Su hermano la interrumpió lanzándose hacia delante y sacándola del cuarto de baño de un tirón.
—Para... ¡au! ¡Havers, eso duele!
Lo que pasó después fue demasiado rápido para que pudiese seguirlo.
De repente Havers simplemente... se fue. Un minuto estaba tirando de ella y ella estaba luchando contra él, y al siguiente Butch lo tenía aplastado contra la pared con una mano en la cara.
La voz de Butch salió en un peligroso tono.
—No me importa si eres su hermano. No la trates de esa forma. Nunca. —Puso el antebrazo en la nuca de Havers para enfatizar lo dicho.
—Butch, déjalo...
—¿Queda claro? —Butch rugió las palabras. Cuando su hermano gimió y asintió, Butch lo soltó, se movió hacia la cama y con calma se envolvió una sábana sobre las caderas. Como si no acabase de mover con el brazo a un vampiro.
Mientras tanto, Havers tropezó y se agarró en el borde de la cama, sus ojos locos cuando se recolocó las gafas y la miró airado.
—Quiero que dejes esta habitación. Ahora.
—No.
La mandíbula de Havers se aflojó.
—¿Cómo dices?
—Me quedo con Butch.
—¡De ninguna forma!
En la Lengua Antigua, dijo. —Si me aceptase, estaría a su lado como su shellan.
Havers la miró como si lo hubiese abofeteado: conmocionado y disgustado.
Y yo te lo prohibiría. ¿No tienes nobleza?
Butch interrumpió su respuesta.
—En realidad deberías irte, Marissa.
Ella y Havers lo miraron.
—¿Butch? —dijo.
Esa cara severa que adoraba se suavizó un momento, pero después se puso ceñuda.
—Si te deja salir, deberías irte.
Y no volver, decía su expresión.
Ella miró a su hermano, el corazón empezando a golpear.
—Déjanos. —Cuando Havers negó con la cabeza, gritó—. ¡Sal de aquí!
Había momentos que la histeria femenina captaba la atención de todo el mundo, y ese era uno de ellos. Butch se quedó quieto y Havers pareció pasmado.
Entonces los ojos de su hermano se movieron hacia Butch y se convirtieron en rendijas.
La Hermandad viene a recogerte, humano. Los llamé y les dije que eras libre de irte. —Havers lanzó el informe médico de Butch sobre la cama, como si estuviese abandonando toda la situación—. No vuelvas aquí otra vez. Nunca.
Cuando su hermano se fue, Marissa miró fijamente a Butch, pero antes de que alguna palabra pudiese salir de su apretada garganta, él habló.
—Cariño, entiende por favor. No estoy bien. Todavía hay algo dentro de mí.
—No tengo miedo de ti.
—Yo sí.
Ella juntó las manos alrededor del estómago.
—¿Qué va a pasar si me voy de aquí ahora? ¿Entre tú y yo?
Mala pregunta a hacer, pensó en el silencio que se estableció entre ellos.
—Butch...
—Necesito averiguar lo que me hicieron. —Bajó la vista y tocó con el dedo la herida negra cerca del ombligo—. Necesito saber lo que está dentro de mí. Quiero estar contigo, pero no así. No de la forma que estoy ahora.
—He estado contigo cuatro días y estoy bien. ¿Por qué parar...
—Vete Marissa —su voz sonaba angustiada y triste. Al igual que sus ojos—. Tan pronto como pueda, iré a buscarte.
Maldito si lo harás, pensó.
Virgen Querida en el Fade, esto era Wrath otra vez, claro que sí. La espera, siempre esperar, mientras un macho con mejores cosas que hacer estaba fuera por el mundo.
Ya había aguantado trescientos años de infundada expectación.
—No voy a hacer eso —murmuró. Con más fuerza, dijo—. No voy a volver a esperar. Ni siquiera por ti. Casi la mitad de mi vida ha pasado y la he desperdiciado sentada en casa esperando que un macho viniera a por mí. No puedo hacer eso más... no importa cuanto... me importes.
—A mi también me importas. Es por eso que te digo que te vayas. Te estoy protegiendo.
—Estás... “protegiéndome” —lo miró de arriba abajo, sabiendo perfectamente que había podido sacarse de encima a Havers sólo porque Butch había tenido el elemento sorpresa a su favor y el macho en cuestión era un civil. Si su hermano hubiese sido un luchador, Butch habría sido puesto en su lugar—. ¿Me estás protegiendo? Cristo, puedo levantarte sobre mi cabeza con un brazo, Butch. No hay nada que puedas hacer físicamente que no pueda hacer yo mejor. Así que no me hagas ningún favor.
Era, por supuesto, la peor cosa que podía decir.
Los ojos de Butch miraron hacia otro lado y cruzó los brazos sobre el torso, sus labios estrechándose en una línea.
Oh, Dios.
—Butch, no quise decir que seas débil...
—Estoy muy contento de que me hayas recordado algo.
Oh, Dios.
—¿Qué?
Su tensa sonrisa fue espantosa.
—Estoy al final de las cosas en dos frentes. El social y el de la evolución. —Inclinó la cabeza hacia la puerta—. Así que... sí, vete, ahora. Y tienes toda la razón. No me esperes.
Empezó a alargar una mano hacia él, pero sus ojos fríos y vacíos la retuvieron. Maldición, lo había fastidiado todo.
No, se dijo a si misma. No había habido nada que fastidiar. No si iba a apartarla de los aspectos feos de su vida. No si iba a marcharse y dejarla y quizás volver en un momento indefinido y poco probable en el futuro.
Marissa fue hacia la puerta y tuvo que mirarlo una vez más. Su imagen con esa sábana enrollada sobre las caderas, el torso desnudo, golpes todavía curando por todo el cuerpo... era una que iba a desear poder olvidar.
Salió de allí, el cierre de aire sellándolo con un siseo.

Maldición, pensó Butch cuando se dejó caer sobre el suelo. Así que esto era cómo se sentía al ser despellejado vivo.
Frotándose la mandíbula, se sentó allí mirando al vacío, perdido aunque sabía exactamente en qué habitación estaba, sólo con los restos de la maldad en su interior.
—Butch, colega.
Levantó la cabeza de golpe. Vishous estaba parado justo dentro de la habitación, y el hermano estaba vestido para luchar, una máquina de agujerear enorme vestida de cuero. La bolsa de ropa de Valentino colgando de su mano enguantada parecía totalmente fuera de lugar, tan extraña como un mayordomo preparando una AK-47.
—Joooder, Havers tiene que estar loco para dejarte ir. Pareces una mierda.
—Mal día, eso es todo. —E iba a haber muchos más de esos, así que debería habituarse a ellos.
—¿Dónde está Marissa?
—Se fue.
—¿Se fue?
—No me hagas decirlo otra vez.
—Oh. Demonios. —Vishous tomó aire fuertemente y lanzó la bolsa a la cama—. Bueno, te cogí algunas ropas y un nuevo teléfono móvil...
—Todavía está en mí, V. Puedo sentirlo. Puedo... saborearlo.
Los ojos diamantinos de V le dieron un rápido vistazo de arriba abajo. Después se acercó y le tendió la mano.
—El resto de ti está sanando bien. Curando rápido.
Butch cogió la palma de su compañero de habitación y fue levantado.
—Quizás si estoy libre de marcharme podemos resolverlo juntos. A menos que hayas encontrado...
—Todavía nada. Pero no he perdido esperanza.
—Eso nos une.
Butch abrió la bolsa, dejó caer la sábana y se puso unos calzoncillos. Después metió las piernas en un par de pantalones negros y metió los brazos en una camisa de seda.
Ponerse ropa de calle lo hacía sentir como un fraude, porque la verdad era que era un paciente, algo raro, una pesadilla. Jesucristo... ¿qué había salido de él cuando había tenido el orgasmo? Y Marissa... por lo menos la había limpiado lo antes posible.
—Tus resultados están bien —dijo V tras leer el informe que Havers había lanzado—. Todo parece haber vuelto a la normalidad.
—Eyaculé hace unos diez minutos, y la cosa era negra. Así que no todo está normal.
El silenció recibió ese pequeño y feliz comentario. Dios, si hubiese arrastrado y golpeado inesperadamente a V, habría obtenido una reacción menos asombrada.
—Oh, Cristo —murmuró Butch, deslizando el pie en sus mocasines de Gucci y cogiendo el abrigo negro de cachemir—. Vámonos.
Cuando fueron hacia la puerta, Butch miró atrás hacia la cama. Las sábanas todavía estaban deshechas después de que Marissa y Butch se hubiesen lanzado uno contra el otro.
Maldijo y salió a una habitación de control. Después V lideró el camino por un pequeño armario lleno de productos de limpieza. Fuera de él, recorrieron un pasillo, pasaron un laboratorio y entraron en la propia clínica, al lado de habitaciones de pacientes. Mientras pasaba, miró en cada una hasta que paró en seco
A través del marco de la puerta vio a Marissa, sentada en el extremo de una cama de hospital, ese vestido melocotón totalmente envolviéndola. Estaba sujetando la mano de una niña pequeña y hablando en voz baja mientras una hembra más mayor, probablemente la madre de la joven, miraba desde la esquina.
La madre fue la que levantó la mirada. Cuando vio a Butch y V, se retrajo en si misma, acercando un jersey apilado cerca de su cuerpo, y bajando sus ojos al suelo.
Butch tragó con fuerza y continuó caminando.
Estaban en la zona de ascensores, esperando por uno, cuando dijo: —¿V?
—¿Sí?
—Aunque no es nada concreto, tienes alguna idea de lo que me hicieron, ¿verdad? —no miró a su compañero de habitación. V no lo miró.
—Quizás. Pero no estamos solos en esto.
Un ding electrónico sonó y las puertas se abrieron. Continuaron en silencio.
Cuando salieron de la mansión y a la noche, Butch dijo. —Sangré negro durante un tiempo, ya sabes.
—Anotaron en tu informe que el color volvió.
Butch agarró el brazo de V y le dio la vuelta al macho.
—¿Ahora soy parte lesser?
Ahí. Estaba sobre la mesa. Su mayor miedo, su razón de escapar de Marissa, el infierno con en el que tenía que aprender a vivir.
V lo miró fijamente a los ojos.
—No.
—¿Cómo lo sabemos?
—Porque rechazo esa conclusión.
Butch soltó su agarre.
—Es peligroso poner la cabeza en la arena, vampiro. Podría ser tu enemigo ahora.
—Mi-er-da.
—Vishous, podría...
V lo agarró por las solapas y tiró de él con fuerza contra su cuerpo. El Hermano estaba temblando de pies a cabeza, sus ojos brillando como cristales en la noche.
No eres mi enemigo.
Al instante cabreado, Butch agarró los poderosos hombros de V, amasando la chaqueta de cuero en sus puños.
¿Cómo lo sabemos con seguridad?
V sacó los colmillos y siseó, sus cejas negras juntándose con fuerza. Butch le devolvió la agresión, esperando, rezando, preparado para que empezasen a darse tortas el uno al otro. Se moría por golpear y ser golpeado; quería sangre sobre ambos.
Durante un largo momento, estuvieron pegados juntos, los músculos tensos, el sudor saliendo, justo al límite.
Entonces la voz de V invadió el espacio entre los dos cuerpos, el tono roto con un aliento jadeante y desesperado, y desanimándose.
—Eres mi único amigo. Nunca mi enemigo.
No supieron quién abrazó a quién primero, pero la urgencia de darle una paliza al otro se fue de sus cuerpos, dejando sólo la unión entre ellos. Permanecieron abrazados juntos fuertemente, y se quedaron un rato bajo el frío viento. Cuando se separaron, fue con incomodidad y vergüenza.
Después de aclararse ambos la garganta, V sacó un cigarrillo liado a mano y lo encendió. Cuando exhaló, dijo. —No eres un lesser, poli. El corazón es sacado cuando pasa eso. El tuyo todavía late.
—¿Quizás fue un trabajo parcial? ¿Algo que fue interrumpido?
—A eso no puedo responder. Revisé los registros de la raza, buscando algo, lo que fuese. Pero no encontré una mierda en el primer intento, así que estoy volviendo a leer las Crónicas por completo. Demonios, incluso estoy investigando en el mundo humano, buscando alguna mierda oscura en Internet. —V exhaló otra nube de tabaco turco—. Lo encontraré. De algún modo, de alguna manera, lo haré.
—¿Intentaste ver lo que va a venir?
—¿Quieres decir el futuro?
—Sí.
—Por supuesto que lo he hecho. —V dejó caer el cigarrillo, lo pisó con las shitkickers, después se agachó y cogió la colilla. Cuando la deslizó en el bolsillo trasero, dijo—: Pero todavía sigo sin recibir nada. Mierda... necesito un trago.
—Yo también. ¿ZeroSum?
—¿Seguro que estás listo para eso?
—De ninguna forma.
—Muy bien entonces, al ZeroSum.
Anduvieron hacia el Escalade y se metieron, Butch colocándose en el asiento del acompañante. Después de ponerse el cinturón de seguridad, su mano fue al estómago. Le dolía un montón el abdomen porque había estado moviéndose, pero el dolor no importaba. De hecho, en realidad nada parecía hacerlo.
Justo estaban saliendo de la carretera de entrada a la clínica, cuando V dijo. —Por cierto, tuviste una llamada de teléfono en la línea general. Ayer por la noche, tarde. Un tipo llamado Mikey Rafferty.
Butch frunció el ceño. ¿Por qué lo llamaría uno de sus cuñados, en especial ese? De todos sus hermanos y hermanas, Joyce era la que más lo detestaba... que era decir bastante, considerando cómo se sentían los demás. ¿Habría tenido su padre el ataque al corazón que había estado esperando todos esos años?
—¿Qué dijo?
—El bautizo de un niño. Quería que lo supieras para que pudieses aparecer si querías. Es este domingo.
Butch miró por la ventana. Otro bebé. Bueno, el primero de Joyce, pero era el nieto número... ¿cuántos iban? ¿Siete? No... ocho.
Mientras conducían en silencio, dirigiéndose hacia la parte urbana de la ciudad, las luces de los coches en dirección contraria brillaban y se perdían a lo lejos. Después tiendas. Después edificios de oficinas construidos por el cambio de siglo. Butch pensó en toda la gente viviendo y respirando en Caldwell.
—¿Alguna vez has querido niños, V?
—No. No me interesa.
—Yo solía querer.
—¿Ya no?
—A mi no me va a pasar, pero no importa. Demasiados O’Neals en este mundo. Demasiados.
Quince minutos después, estaban en el centro de la ciudad y aparcados detrás del ZeroSum, pero a Butch le resultó difícil salir del Escalade. La familiaridad de todo eso —el coche, su compañero de habitación, su rincón de beber— lo perturbaba. Porque aunque era lo mismo, había cambiado.
Frustrado, reservado, se inclinó hacia delante y sacó una gorra de los Red Sox de la guantera. Al ponérsela, abrió la puerta, diciéndose que estaba siendo melodramático y que todo esto era rutina diaria.
En el momento en que salió del SUV, se congeló.
—¿Butch? ¿Qué pasa, hombre?
Bueno, no era la pregunta del millón de dólares. Su cuerpo parecía haberse convertido en una especie de diapasón. La energía estaba vibrando a través de él... llamándolo...
Se giró y empezó a caminar por la Calle Diez, moviéndose rápido. Simplemente tenía que encontrar lo que era, ese imán, esa señal familiar.
—¿Butch? ¿A dónde vas, poli?
Cuando V lo agarró del brazo, Butch se soltó y echó a correr despacio, sintiendo que estaba en el borde de una cuerda y alguien tiraba de él.
Estaba débilmente consciente de V corriendo despacio a su lado y hablando como si hubiese sacado el móvil.
—¿Rhage? Tengo un caso aquí. En la Calle Diez. No, es Butch.
Butch empezó a correr a toda velocidad, el abrigo de cachemira flotando por detrás. Cuando el gran cuerpo de Rhage se materializó en su camino de repente, Butch hizo un desvío para rodear al macho.
Rhage saltó justo en su camino.
—Butch, ¿a dónde vas?
Cuando el Hermano lo agarró, Butch empujó a Rhage hacia atrás con tanta fuerza que el tío se golpeó contra un edificio de ladrillo.
—¡No me toques!
Casi doscientos metros después de recorrido, encontró lo que lo estaba llamando: tres lessers saliendo de un callejón.
Butch se paró. Los asesinos se pararon. Y entonces hubo un horrible momento de comunión, uno que llevó lágrimas a los ojos de Butch cuando reconoció en ellos lo que estaba en su interior.
—¿Eres un nuevo recluta? —preguntó uno de ellos.
—Por supuesto que lo es —dijo otro—. Y te perdiste el registro esta noche, idiota.
No... no... oh, Dios, no...
En un movimiento sincronizado, los tres asesinos miraron por encima de su hombro a lo que tenían que ser V y Rhage apareciendo por la esquina. Los lessers se prepararon para golpear, poniéndose en posición de combate, levantando las manos.
Butch dio un paso hacia el trío. Después otro.
—Butch —la dolida voz detrás de él era de Vishous—. Dios... no.

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