viernes, 20 de mayo de 2011

AMANTE CONFESO/CAPITULO 13 14 15

CAPÍTULO 13


John encogió su pequeño cuerpo y cerró los ojos de nuevo. Aprisionado en el asiento de un desgastado y feísimo sillón verde aguacate, olía a Tohr con cada inspiración que hacia: La pesadilla del decorador había sido la posesión favorita del Hermano y la “seatus non grata” de Wellsie. Exiliado aquí en su oficina del centro de entrenamiento, Tohr había pasado horas sentado en él, con el trabajo de administración mientras John estudiaba.
Desde los asesinatos, John había usado esa cosa como cama.
Molesto, se retorció quedándole las piernas colgando sobre un brazo, y empujando hacia arriba con la cabeza y los hombros. Apretó los ojos cerrados todavía más fuerte, rezando por un poco de reposo. El problema era que la sangre le zumbaba por las venas y la cabeza le daba vueltas a todo y a nada en particular, todo cosas urgentes e innecesarias.
Dios, la clase había acabado hacía dos horas y había seguido entrenando incluso después de que los otros principiantes se hubieran marchado. Pero no había podido dormir bien durante la última semana. Pensarías que se le tendrían que haber acabado las pilas.
No obstante, quizás todavía estaba nervioso por lo de Lash. Ese HDP[1] había estado burlándose de él por el desmayo de ayer frente a toda la clase. Hombre, John odiaba a ese chico. Realmente lo odiaba. Ese arrogante, rico, mordaz…
—Abre los ojos, chico, sé que estás despierto.
John hizo un movimiento brusco y casi cayó al suelo. Mientras se levantaba, vio a Zsadist en la puerta de la oficina, vestido con ese uniforme de cuello alto ajustado y pantalones sueltos.
La expresión en la cara del guerrero era tan dura como su cuerpo. —Escúchame, porque no voy a repetirlo.
John agarró los brazos de la silla. Tenía un presentimiento sobre lo que iba a decir.
 —No quieres ir a Havers, bien. Pero corta esa mierda. Te saltas comidas, parece que no has dormido durante días, y tu actitud empieza a sacarme de quicio.
Bravo, esta no era la típica charla padre/profesor que John había tenido alguna vez. Y no se tomó la crítica demasiado bien: La frustración se arremolinaba en su pecho.
Z le señaló con el índice a través de la habitación. —Dejarás de prestar atención a Lash, ¿está claro? Sólo deja al capullo. Y a partir de ahora, irás a la casa durante las comidas.
John frunció el ceño, luego alcanzó su libreta para asegurarse de que Z entendiera lo que quería decirle.
 —Olvídate de responder, chico. No estoy interesado. —Mientras John empezaba a cabrearse del todo, Z sonrió, revelando sus enormes colmillos—. Y tienes mejor criterio que ponerte entre mis dientes, ¿no?
John apartó la mirada, era cierto que el Hermano podía partirlo por la mitad sin demasiado esfuerzo. Y se ofendió como el demonio por ese hecho.
—Harás las paces con Lash, ¿me sigues? No hagáis que me meta entre los dos. No os gustaría a ninguno. Asiente si has entendido.
John asintió, sintiendo vergüenza. Enfado. Cansancio.
Ahogado por toda la agresividad en su interior, soltó un suspiro y se restregó los ojos. Dios, había sido tan calmado durante toda su vida, quizás incluso tímido. ¿Por qué últimamente todo lo enojaba?
—Estas cercano al cambio. Eso es lo que te pasa.
Lentamente John levantó la cabeza. Había oído bien, ¿no?
¿Lo estoy? Escribió.
 —Si. Por eso es imprescindible que aprendas a controlarte. Si lo haces durante la transición, saldrás al otro lado con un cuerpo capaz de cosas que te abrumarán. Estoy hablando de fuerza bruta físicamente. Del tipo animal. De la clase que puede matar. ¿Piensas que ahora tienes problemas? Espera a tener esa carga entre tus manos. Necesitas aprender a controlarte ahora.
Zsadist se marchó, pero se detuvo mirando sobre su hombro. La luz caía sobre la cicatriz que recorría su cara y le deformaba el labio superior. Una última cosa. ¿Necesitas a alguien con quien hablar? Sobre... ¿mierda?
Bravo, bien, pensó John. Ni muerto volvería a lo de Havers para visitar a ese terapeuta.
Fue por él que rehusó a hacerse la revisión. La última vez que se había metido con el médico de la raza, el tipo lo había chantajeado con una sesión de terapia que él no había querido, y no tenía intención de repetir la cita con el Dr. Phil. Con todo lo que había ocurrido recientemente, no hurgaría en el pasado otra vez, así es que la única manera en que regresaría a esa clínica ahora sería si se estuviera desangrando.
—¿John? ¿Quieres hablar con alguien? —Cuando negó con la cabeza, los ojos de Z se estrecharon—. Bien. Pero pillaste el mensaje sobre ti y Lash, ¿quedó claro?
John bajó la mirada y asintió.
—Bien, Ahora arrastra tu culo a la casa. Fritz ha preparado tu cena y voy a observar como te la comes. Y te la vas a comer toda. Necesitas estar fuerte para el cambio.

Butch caminaba cerca de los asesinos y ellos no se sentían amenazados por él. Más bien, estaban molestos, ya que no hacía su trabajo.
—Detrás de ti, estúpido —dijo el del medio—. Tu blanco está detrás de ti. Dos Hermanos.
Butch rodeó a los lessers, leyendo sus huellas instintivamente. Sospechaba que el más alto había sido iniciado durante el último año más o menos: Tenía todavía algunos rasgos humanos, sin embargo Butch no estaba seguro que él lo supiera. Los otros dos eran bastante más antiguos en la Sociedad y estaba seguro de eso no sólo porque tenían el cabello y la piel pálida.
Se detuvo cuando estuvo detrás de los tres y se quedó mirando a través de sus grandes cuerpos hacia V y Rhage... que parecía que estuvieran viendo a un buen amigo muriéndose en sus brazos.
Butch supo exactamente cuando los lessers iban a atacar y se adelantó con ellos. Al mismo tiempo que Rhage y V se sumieron en postura de ataque, Butch agarró al asesino del medio por el cuello y lo lanzó al suelo.
El lesser gritó y Butch se tiró encima de el, sabiendo que no era contrincante. Efectivamente, lo sacó a patadas y el lesser tomó el mando, sentándose encima, estrangulándolo. El bastardo era brutalmente fuerte y estaba cabreado, como mínimo un luchador de sumo rabioso.
Mientras Butch luchaba para mantener la cabeza pegada a sus hombros, percibió vagamente un destello de luz y una pequeña explosión. Y luego otra. Evidentemente, Rhage y V habían limpiado la casa y Butch les oyó andar enfrente. Gracias a Dios.
Salvo que justo cuando llegaron el monstruoso espectáculo empezó.
Butch miró profundamente al interior de los ojos del no muerto por primera vez y algo hizo clic en su lugar, ambos estaban tan rígidos como si tuvieran barras de hierro rodeando sus cuerpos. Mientras el asesino estaba completamente tranquilo, Butch sentía el deseo abrumador de… bien, no sabía de qué. Pero el instinto fue lo suficientemente fuerte para hacerle abrir la boca y respirar.     
Y así fue como empezó a respirar. Antes de saber lo que hacía, sus pulmones empezaron a llenarse con una larga y segura inspiración.
—No... —susurró el asesino, temblando.
Algo ocurrió entre sus bocas, una especie de nube de negrura abandonó al lesser y se introdujo en Butch...
La conexión se rompió con el brutal ataque desde arriba. Vishous agarró al asesino y tiró bruscamente liberándole del no muerto, arrojando la cosa de cabeza contra el edificio. Antes de que el bastardo se pudiera recuperar, V dejó caer sobre él, la negra hoja y lo cortó en rodajas.
Mientras se marchitaban la chispa y chisporroteo, los brazos de Butch cayeron sin fuerzas contra el asfalto. Rodó sobre un costado y se enroscó sobre si mismo, con los brazos unidos estrechamente contra el estómago. Las tripas le estaban matando, pero más que nada, se sentía jodidamente mareado, una desagradable consecuencia de haber luchado mientras se encontraba tan enfermo.
Un par de botas entró dentro de su campo de visión, pero no podía alzar la vista y ver al hermano. No sabía que demonios había hecho o qué había pasado.
Todo lo que sabía era que los lessers y él eran parientes.
La voz de V era tan débil como la piel de Butch. —¿Estás bien?
Butch cerró fuertemente los ojos y negó con la cabeza. —Creo que es mejor... que me saques de aquí. Y no te atrevas a llevarme a casa.

Vishous abrió la puerta de su ático y metió a Butch dentro mientras Rhage aguantaba la puerta abierta. Los tres habían tomado el montacargas trasero del edificio, lo cual tenía sentido. El poli era un peso muerto, pesando más de lo que parecía, como si la fuerza de la gravedad le hubiera prestado especial atención.
Acostaron al poli en la cama y se giró con cuidado sobre un lado, subiendo las rodillas hasta el pecho.
Hubo un largo y amplio silencio, durante el cual Butch parecía estar inconsciente.
Como si se lo estuviera llevando la preocupación, Rhage empezó a pasear, y mierda, tras ese enfrentamiento, V estaba confundido también. Encendió uno y aspiró hondo.
Hollywood se aclaró la garganta. —Entonces, V… aquí es dónde traes a las mujeres, huh. —El hermano examinó y señaló un par de cadenas clavadas en la negra pared—. Oímos historias, por supuesto. Intuyo que todas son ciertas.
 —Que más da. —V se encaminó al bar y vertió una larga medida de Grey Goose—. Tenemos que dar el golpe a las casas de esos lessers esta noche.
Rhage señaló hacia la cama. —¿Qué hacemos con él?
Milagro de los milagros, el poli levantó la cabeza. —No voy a ir a ninguna parte ahora mismo. Confía en mí.
V estrechó los ojos hacia su compañero. La cara de Butch, que normalmente tenía el rubor irlandés como si se afanara en algo, estaba completamente pálida. Y olía... ligeramente dulce. Como a polvos de talco.
Jesús. Era como si estar alrededor de esos asesinos hubiera acentuado otra cosa en él… algo del Omega.
—¿V? —la voz de Rhage era suave. Realmente cerca—. ¿Quieres quedarte aquí? ¿O mejor lo llevamos a Havers?
—Estoy bien —dijo Butch con voz ronca.
Una mentira a varios niveles, pensó V.
Se acabó el vodka y miró a Rhage. —Voy contigo. Poli, volveremos y te traeremos comida, ¿Ok?
—No. Comida no. Y no regreséis esta noche. Sólo cierra para que no pueda salir y dejadme.
Joder. —Poli, si te ahorcas en el baño, juro que te mataré otra vez, ¿me oyes?
Unos apagados ojos color avellana se abrieron. —Quiero saber lo que me pasó muchísimo más de lo que me quiero suicidar. Así es que no te preocupes.
Butch apretó los párpados otra vez y tras un momento, Vishous y Rhage salieron al balcón. Mientras V cerraba las puertas, se percató que estaba más preocupado por mantener a Butch dentro que de proteger al tipo.
—¿Dónde vamos? —preguntó Rhage. Si bien él era el que normalmente tenía planes.
—La primera cartera tiene una dirección el Cuatro Cinco Nueve de Wichita Street, apartamento cuatro C.
—A por ellos.



[1] HDP: Hijo de puta.

CAPÍTULO 14


Cuando Marissa abrió la puerta de su habitación, se sintió como una intrusa en su propio espacio: Una extraña hecha polvo, con el corazón roto y… perdida.
Mirando alrededor, pensó, Dios, era tan bonita la blanca habitación, ¿no? La gran cama con dosel, las tumbonas, los tocadores antiguos y las mesillas. Todo era tan femenino, excepto por el arte en las paredes. Su colección de grabados en madera de Alberto Durero no pegaba con el resto de la decoración, esas austeras líneas y esos duros bordes más apropiados para unos ojos y objetos masculinos.
Excepto que las imágenes le hablaban.
Cuando fue a mirar una, tuvo la ligera impresión de que Havers siempre los había desaprobado. Pensaba que las pinturas de Maxfield Parrish de escenas románticas y de ensueño eran más apropiadas para una hembra Princeps.
Nunca habían estado de acuerdo en arte. Pero de todas formas le había comprado los grabados porque los amaba.
Obligándose a moverse, cerró la puerta y fue hacia la ducha. Tenía poco tiempo antes de que el regularmente programado Consejo de Princeps se reuniera esta noche, y a Havers siempre le gustaba llegar temprano.
Cuando estuvo bajo la ducha, pensó cuan extraña era su vida. Cuando había estado con Butch en esa habitación de cuarentena, se había olvidado completamente del Consejo, la glymera y… todo. Pero ahora, él se había ido y todo había regresado a la normalidad.
La vuelta a la realidad la golpeó trágicamente.
Tras secarse el cabello, se vistió con un traje turquesa de Yves St. Laurent de 1960, luego fue hacia el joyero y escogió un lujoso conjunto de diamantes. Las piedras se sentían pesadas y frías alrededor del cuello, los pendientes pesaban en sus lóbulos, la pulsera se cerraba en la muñeca. Cuando miró fijamente las centelleantes gemas, pensó que esas mujeres de la aristocracia eran realmente sólo unos escaparates para las riquezas de sus familias, no eran ellas.
Especialmente en reuniones del Consejo de Princeps.
Al bajar las escaleras, temió encontrarse con Havers, pero creyó que sería bueno llegar con él. No estaba en su estudio, entonces se encaminó hacia la cocina, pensando que estaría tomando un bocado antes de marchar. Justo cuando se dirigía hacia la despensa del mayordomo vio a Karolyn saliendo del sótano. La doggen acarreaba una pesada carga de cajas de cartón.
—Déjame ayudarte —dijo Marissa, corriendo hacia ella.
—No, gracias… ama. —La sirvienta se sonrojó y apartó la mirada, pero así eran los doggen. Odiaban aceptar ayuda de aquellos a quienes servían.
Marissa sonrió gentilmente. —Debes embalar la biblioteca para ese nuevo trabajo de pintura. ¡Oh! Eso me recuerda. Ahora tengo prisa, pero necesito hablar sobre el menú de la cena de mañana.
Karolyn se inclinó levemente. —Perdóneme, pero el amo me señaló que la fiesta con el Princeps leahdyre se había cancelado.
—¿Cuándo te lo ha dicho?
—Ahora mismo, antes de partir hacia el Consejo.
—¿Ya se ha ido? —Quizás pensó que quería quedarme—. Mejor me marcho corriendo… Karolyn, ¿estás bien? No tienes buen aspecto.
La doggen se inclinó tanto que las cajas rozaron el suelo. —Estoy muy bien, ama. Gracias.
Marissa corrió fuera de la casa y se desmaterializo hacia la casa Tudor del actual Leahdyre del Consejo. Cuando golpeó la puerta, esperó que Havers se hubiera calmado. Podía entender su enfado considerando que los había descubierto, pero él no tenía nada por lo que preocuparse. No era como si Butch estuviera en su vida o algo por el estilo.
Dios, sentía nauseas cada vez que pensaba en eso.
Fue recibida por un doggen y conducida hasta la biblioteca. Mientras se dirigía a la reunión, ninguno de los diecinueve de la educada mesa reconoció su presencia. Eso era normal. La diferencia estaba en que su hermano no alzó los ojos. Ni le había reservado un asiento a su derecha. Ni rodeó la mesa para acompañarla a su silla.
Havers no se había calmado. En absoluto.
Bien, no importaba, podría hablar con él tras la reunión. Calmarlo. Reconfortarlo, aunque la matara, porque ella podría haberse apoyado en él ahora mismo.
Se sentó lejos al final de la mesa, en medio de tres sillas vacías. Cuando el último hombre entró en la reunión, este quedó de piedra cuando vio que todas las sillas estaban ocupadas excepto las de su lado. Tras una pausa embarazosa, un doggen entró rápidamente con otra y el princeps se apretujó en otro lugar.
El leahdyre, un distinguido macho de cabello cano y gran linaje, revolvió algunos papeles, golpeteó sobre la mesa con una pluma de oro y se aclaró la garganta. —Por la presente declaro iniciada esta reunión y presento el orden del día que habéis recibido. Uno de los miembros del Consejo presentó un esbozo de una elocuente súplica al Rey, por lo que creo podemos considerarlo con premura. —Alzó  un  papel  de color crema y leyó de él—. A consecuencia del brutal asesinato de la Princeps Wellesandra, pareja del guerrero de la Daga Negra Tohrment hijo de Hharm e hija del Princeps Relix, y a consecuencia de la abducción de la Princeps Bella, pareja del guerrero de la Daga Negra Zsadist hijo de Ahgony e hija del Princeps Rempoon y hermana del Princeps Rehvenge, y a consecuencia de las numerosas muertes de machos de la glymera que han sido capturados en su juventud por la Sociedad Lessening, es obvio que el evidente y actual peligro al que se enfrenta la especie últimamente ha aumentado en extremo. Por consiguiente, este miembro del Consejo respetuosamente busca recuperar la práctica obligada de sehclusion para todas las hembras sin aparear de la aristocracia ya que se tiene que preservar el linaje de la raza. Es más, como el deber de este Consejo es salvaguardar a todos los miembros de la especie, este miembro del Consejo respetuosamente busca que la práctica de la sehclusion se extienda a todas las clases sociales. —El leahdyre alzó la vista—. Según la costumbre del Consejo de Princeps, ahora discutiremos la moción.
 Las alarmas sonaron en la cabeza de Marissa cuando miró alrededor de la habitación. De los veintiún miembros del Consejo actual, seis eran hembras, pero ella era la única a quién se aplicaría la orden. Aunque había sido la shellan de Wrath, nunca la había tomado, por lo que se clasificaba sin aparear.
Mientras en la biblioteca el consenso de aprobación y soporte aumentaba, Marissa clavó los ojos en su hermano. Havers tendría ahora completo control sobre ella. Buena jugada de su parte, ¿no?
Si fuera su ghardian, no podría salir de casa sin su permiso. No podría permanecer en el Consejo a menos que él estuviera de acuerdo. No podría ir a ninguna parte o hacer nada porque la poseería como su propiedad, a todos los efectos.
Y no había esperanza de que Wrath rechazara la recomendación si el Consejo de Princeps votaba a favor de la moción. Dado como estaban las cosas con los lessers, no había una posición racional para un veto, y aunque nadie podría derrocar a Wrath legalmente, la falta de confianza en su liderazgo podría conducir al malestar social. Lo cual era la última cosa que la raza necesitaba.
Al menos Rehvenge no estaba presente, así no podrían aprobar nada esta noche. Las ancestrales leyes de trámite del Consejo de Princeps condicionaban a que sólo los representantes de las seis familias originales podían votar, pero todo el Consejo tenía que estar presente para que una moción fuera aprobada. Así que si bien los linajes estaban en la mesa, sin la asistencia de Rehv, hoy no habría ninguna resolución.
Mientras el Consejo discutía con entusiasmo la proposición, Marissa negó con la cabeza. ¿Cómo podía Havers haber montado todo esto? Y todo por nada, porque ella y Butch O’Neal eran… nada. Maldición, tenía que hablar con su hermano y desbaratar esta ridícula propuesta. Sí, Wellesandra había sido asesinada y eso era una tragedia, pero obligar a las mujeres a permanecer ocultas era un paso atrás.
Una retirada hacia los años oscuros cuando las mujeres estaban escondidas y no eran más que posesiones.
Con gélida claridad, se imaginó a esa madre y a su cría con la pierna rota en la clínica. Sí, esto no era sólo represivo, era peligroso si el hellren equivocado estaba a cargo de la familia. Legalmente, nadie podía recurrir contra el ghardian de una mujer sehcluded. A su discreción, él podía hacer lo que quisiera con ella.

Van Dean estaba en otro sótano en otra casa en otro lugar de Caldwell, con un silbato entre los labios mientras sus ojos seguían los movimientos de los hombres de cabello decolorado frente a él. Los seis “estudiantes” estaban en fila, rodillas dobladas, puños en alto. Golpeaban el aire frente a ellos con velada velocidad, alternando izquierda y derecha, turnando los hombros en consecuencia. El aire estaba denso por su dulce fragancia, pero Van ya no notaba esa mierda.
Sopló el silbato dos veces. Como una unidad, los seis levantaron ambas manos como si agarraran la cabeza de un hombre como una pelota de baloncesto, y entonces golpearon con las rodillas derechas hacia delante repetidamente. Van sopló el silbato otra vez y cambiaron de pierna.
Odiaba admitirlo, porque eso significaba que se estaba haciendo mayor, pero enseñar a los hombres a pelear era mucho más fácil que estar cuerpo a cuerpo en el cuadrilátero. Y apreciaba el cambio.
Además evidentemente era bueno enseñando. Ya que esa banda aprendía rápido y pegaba fuerte, así tenía algo con lo que trabajar.
Y esos eran definitivamente miembros de una banda. Vestidos igual. Con el mismo color de cabello. Llevando las mismas armas. Lo que no era tan obvio era lo que hacían. Esos chicos tenían el enfoque de los militares; no de esos desaliñados gilipollas, la mayoría matones callejeros cubiertos de bravuconería y balas. Demonios, si no lo hubiera sabido habría asumido que pertenecían al gobierno: había brigadas de ellos. Tenían el último material. Eran apasionados como el carajo. Y había muchos de ellos. Sólo había estado a bordo durante una semana dando cinco clases al día, y cada una con diferentes tipos. Demonios, era sólo su segundo viaje a través del parque con ese particular puñado de hombres.
Salvo que, ¿por qué querrían los federales utilizar a alguien como él para enseñar?
Silbó largamente, deteniéndolos a todos. —Eso es todo por esta noche.
Los hombres rompieron filas y fueron a por sus bolsas de ropa. Sin decir nada. No socializaban entre ellos. No tenían ninguna de esas rutinas de machos rompe-huesos que los chicos practicaban normalmente cuando estaban en grupo.
Cuando desfilaron, Van fue hacia su bolsa y tomó la botella de agua. Sorbiendo un poco, pensó sobre cómo atravesaría el pueblo ahora. Tenía una pelea programada en una hora. Sin tiempo para comer, pero de todas formas no estaba tan hambriento.
Se puso la cazadora, subió trotando los escalones e hizo una vuelta rápida por la casa. Vacía. Sin muebles. Sin comida. Nada. Y cada uno de los otros lugares era exactamente igual. Caparazones de casas que por fuera parecían completamente normales.
Jodidamente raro.
Salió por delante, asegurándose que cerraba la puerta, y se encaminó hacia su camioneta. Los lugares donde se encontraban eran diferentes cada día y tuvo la impresión que siempre sería así. Cada mañana a las siete, recibía una llamada con una dirección, y cuando llegaba permanecía allí, los hombres iban cambiando, las clases de lucha de artes marciales mixtas duraban dos horas cada una. El horario funcionaba como un reloj.
Quizás eran trabajos de golpistas paramilitares.
—Buenas tardes, hijo.
Van se quedó helado cuando miró sobre el capó de la camioneta. Un monovolumen estaba aparcado enfrente de la calle, y Xavier se apoyaba contra la cosa tan tranquilo como la mami—mamita que tendría que haber estado conduciendo ese PDM [1]
—¿Qué pasa? —dijo Van.
—Vas bien con los hombres. —La sonrisa sin vida de Xavier encajaba con sus pálidos y mortecinos ojos.
—Gracias. Justo ahora he terminado.
—Todavía no. —La piel de Van se erizó cuando el tipo dejó el coche y cruzó la calle—. Pero, hijo, he estado pensando que quizás querrías empezar a involucrarte más estrechamente con nosotros.
Más estrechamente implicado, ¿huh?  —No estoy interesado en el crimen. Lo siento.
—¿Qué te hace pensar que lo que hacemos es delito?
—Vamos, Xavier. —El tipo odiaba cuando omitía el Señor así es que lo hacía a menudo—. Lo hice una vez. Era aburrido.
—Si, esa banda que robaba coches en la que caíste. Apuesto a que tu hermano tiene bastante que decir al respecto, ¿no? Oh… no hablo del hermano con el que robaste. Estoy hablando sobre el defensor de la ley de la familia. El que está limpio. Richard, ¿no?
Van frunció en ceño. —Que dices. No metas a mi familia en esto, no quiero lanzar un centavo y entregar a la policía esas casas que utilizas como sedes. Creo que a los polis les gustaría venir a la cena del domingo, estoy malditamente seguro. No necesitaría preguntarlo dos veces.
Cuando la cara de Xavier se volvió fría, Van pensó, te pillé.
Pero entonces el hombre sonrió. —Y te voy a decir el qué. Puedo darte algo que nadie más puede.
—¿Ah sí?
—Indudablemente.
Van cabeceó, en absoluto impresionado. —¿No es un poco pronto para invitarme? ¿Qué ocurre si no soy de fiar?
—Lo serás.
—Su fe en mí es jodidamente dulce. Pero la respuesta es no. Lo siento.
Esperó una réplica. Y todo lo que obtuvo fue un asentimiento de cabeza.
—Como quieras. —Xavier se volvió y regresó al monovolumen.
Raros, pensó Van cuando estuvo dentro del la camioneta. Esos chicos eran definitivamente raros.
Pero al menos pagaban a tiempo. Y bien.

Cruzando la ciudad, Vishous tomó forma sobre el césped de un edificio de apartamentos muy bien conservado. Rhage llegó justo después que él, materializándose en carne y hueso entre las sombras.
Mierda, pensó V. Deseó haber tenido un momento para otro pitillo antes de venir aquí. Necesitaba un cigarrillo. Necesitaba… algo.
—V, hermano, ¿estás bien?
—Si. Perfectamente. Hagámoslo.
Tras abrir la cerradura con la mente, se encaminaron hacia la puerta. El interior del lugar olía cómo un ambientador, un sucedáneo hedor de naranja que impregnaba las narices como la pintura.
Pasaron del ascensor porque estaba en uso y alcanzaron el hueco de la escalera. Cuando llegaron al segundo piso, dejaron atrás los apartamentos C1, C2 y C3. V mantuvo la mano bajo la chaqueta sobre su Glock, aunque tenía la impresión que lo peor que les podía pasar era que hubiera una cámara en el vestíbulo. El lugar estaba de punta en blanco y parecía sacado del de canal Teletienda mono-como-una-tarta: ramilletes de flores falsas colgaban en las puertas. Las alfombrillas de bienvenida con corazones o hiedra estaban en el suelo a la puerta de cada apartamento. Fotos enmarcadas inspiradas en rosadas puestas de sol y de color melocotón alternaban con otras de cachorros peludos y despistados gatitos.
—Amigo —masculló Rhage—, alguien le dio a este lugar con la varita de Hallmark.
—Hasta que se rompió.
V se detuvo frente a la puerta señalada con el C4 y ordenó a los cerrojos que se abrieran.
—¿Qué están haciendo?
Él y Rhage se dieron la vuelta.
Increíble, era una autentica Chica de Oro: Tres pies de alto con una blanca corona de rizos en la cabeza, la mujer mayor iba engalanada con un conjunto de bata acolchada, como si llevara puesta la cama.
El problema era que tenía la mirada de un pit bull. —Le he hecho una pregunta,  joven.
Rhage asumió el control, lo cual era lo mejor. Tenía más encanto. —Señora, estamos aquí visitando a un amigo.
—¿Conocen al nieto de Dottie?
—Ah, sí, señora. Le conocemos.
—Bien, parece que sí le conocen. —Lo cual evidentemente no era un cumplido—. Por cierto, creo que debería mudarse. Dottie murió hace cuatro meses y él no encaja aquí.
Y vosotros tampoco, añadió con la mirada.
—Oh, él se muda. —Rhage sonrió agradablemente mientras mantenía unidos los labios—.  Lo cierto es que se traslada. Si, esta noche.
V lo cortó.  —Perdón, vuelvo enseguida.
Cuando Rhage le lanzó una mirada no-te-atrevas-a-dejarme-con-esta-patata-caliente, V entró y  le cerró la puerta en las narices al hermano. Si Rhage no podía manejar a la chismosa, podía robarle los recuerdos, aunque sería el último recurso. Los ancianos humanos a veces no encajaban bien el borrado, sus cerebros no eran lo suficientemente elásticos para resistir la invasión.
Entonces bien, Hollywood y la vecina de Dottie estaban confraternizando mientras V registraba el lugar.
Con desprecio, echó un vistazo. Amigo, todo olía a lesser. Empalagoso. Como Butch.
Mierda. No pienses en eso.
Se obligó a centrarse en el apartamento. A diferencia de la mayoría de los pisos de lesser, este estaba amueblado, aunque obviamente por su anterior ocupante. Y el gusto de Dottie iba hacia los estampados de flores, tapetes y figurillas de gatos. Ella sí encajaba en ese edificio.
La suerte les sonrió a los lessers y leyeron sobre su muerte en el periódico obteniendo su identidad. Caramba, quizás incluso fuera su nieto que acampó aquí tras ser reclutado por la sociedad.
V entró a la cocina y salió otra vez, sin sorprenderse de que no hubiera comida en los armarios o en la nevera. Cuando se dirigió a la otra mitad del apartamento, pensó que era muy curioso que los asesinos no ocultaran el lugar donde dormían. Caramba, la mayoría morían con la tarjeta de identidad encima que además estaba en regla. Por otro lado, querían fomentar conflictos…
Hey.
V fue hacia un escritorio rosa y blanco dónde un Dell Inspiron 8600 estaba ligeramente abierto y funcionando. Golpeó el ratón con un dedo e hizo un rápido clic. Archivos encriptados. Todas las contraseñas súper protegidas. Bla, bla, bla...
Aunque los lessers dieran una total bienvenida a sus moradas, eran muy herméticos sobre su hardware. La mayoría de asesinos tenían una compu en casa, y la Sociedad Lessening les daba a todos las mismas protecciones y maniobras de codificaciones que V en el recinto. Así que básicamente su mierda era impenetrable.
Lo bueno era que él no conocía el significado de impenetrable.
Cerró el Dell de un golpe y lo desenchufó de la pared. Se metió el cable eléctrico en el bolsillo, se abrochó la chaqueta y se guardo el portátil cerca del pecho. Luego se adentró en el apartamento. En la habitación parecía que había estallado una bomba de chintz con flores y metralla de florituras cubriendo el colchón, las ventanas y las paredes.
 Y entonces, allí estaba. En una mesita al lado de la cama, colocado al lado del teléfono, un ejemplar de hacía cuatro meses del Reader’s Digest y un montón de botellas con píldoras anaranjadas: un jarrón de cerámica del tamaño de un cuarto de leche.
Abrió la tapa del teléfono y llamó a Rhage. Cuando el hermano descolgó, V le dijo — Me largo. Tengo un portátil y el pote.
Colgó, palmeó el contenedor de cerámica y lo agarró fuertemente contra el duro armazón del portátil. Luego se desmaterializó hacia el Pit, pensando cuan conveniente era que los humanos no forraran las paredes con acero.





[1] PDM: Pedazo de mierda.


CAPÍTULO  15


Mientras el Sr. X veía a Van irse, supo que la petición había llegado demasiado pronto. Debía haber esperado hasta que el chico estuviera un poco más enganchado a la sensación de control que surgía cuando entrenaba a los asesinos.
Excepto que el tiempo estaba pasando.
No es que estuviera preocupado porque se cerrara la escapatoria. La profecía no había dicho nada sobre ese tipo de cosa. Pero El Omega había estado jodidamente cabreado cuando el Sr. X lo había dejado la última vez. No se había tomado nada bien las noticias de que el humano contaminado había sido asesinado por los Hermanos en aquel claro del bosque. Así que las apuestas estaban aumentando, y no a favor del Sr. X.
De repente, el centro de su pecho comenzó a calentarse, y entonces sintió un latido donde una vez había estado su corazón. La rítmica pulsación le hizo maldecir. Hablando del diablo, el maestro le estaba llamando.
El Sr. X entró en el monovolumen, encendió el cacharro, y condujo siete minutos a través de la ciudad hasta una asquerosa casa de rancho en una irritante parcela, en un mal barrio. El lugar todavía apestaba al laboratorio de speed[1] que había funcionado allí hasta que al propietario anterior le había disparado un socio de negocios. Gracias a la toxicidad persistente, la Sociedad había conseguido hincarle el diente a precio reducido.
El Sr. X aparcó en el garaje y esperó hasta que la puerta chirrió al cerrarse antes de salir. Después de apagar la alarma de seguridad que había instalado, se dirigió hacia el dormitorio de atrás.
Mientras iba hacia allí, su piel estaba irritada y le picaba, como si por todo el cuerpo tuviese sarpullidos provocados por el calor. Cuanto más tiempo posponía responder al maestro, peor se volvía. Hasta que se volvió loco por la necesidad de rascarse.
Puesto de rodillas y bajando la cabeza, no quería ir a ninguna parte cerca del Omega. Los instintos del maestro eran como un radar y los objetivos del Sr. X eran ahora los suyos propios, no los de la Sociedad. El problema era, que cuando el Fore-lesser era llamado, era como un reclamo. Ese era el trato.

Tan pronto como Vishous entró en el Pit, oyó el silencio y lo odió. Afortunadamente, apenas quince minutos después de abrir el portátil de aquel lesser sobre el escritorio, hubo un golpe en la puerta. Tras echar una mirada al monitor, abrió las cerraduras con la mente.
Rhage entró masticando algo, con la mano metida en una bolsa Ziploc.
—¿Has tenido suerte con el excelente producto del Sr. Dell?
—¿Qué estás comiendo?
—Lo último en panecillos de nueces y plátano de Mrs. Woolly. Es impresionante. ¿Quieres?
V puso los ojos en blanco y volvió al portátil.
—No, pero puedes traerme una botella de Goose[2] y un vaso de la cocina.
—Sin problema. —Rhage hizo el encargo y luego se apoyó contra la pared—. Así que, ¿has encontrado algo ahí?
—Aún no.
Cuando el silencio se expandió hasta desplazar el aire del Pit, V supo que había más en la visita que la comprobación del Dell.
Efectivamente, Rhage dijo:
—Escucha, mi hermano…
—No soy muy buena compañía ahora mismo.
—Lo sé. Es por lo que ellos me pidieron que viniera.
V miró por encima del ordenador.
—¿Y quienes son “ellos”? —Aunque lo sabía.
La Hermandad está preocupada por ti. Te estás poniendo malditamente tenso, V. Jodidamente nervioso, y no lo niegues. Todo el mundo lo ha notado.
—Oh, así que ¿Wrath te ha pedido que vengas a hacer de Rorschach[3] conmigo?
—Una orden directa. Pero de todos modos me estaba dirigiendo hacia aquí.
V se frotó los ojos.
—Estoy bien.
—No importa si no lo estás.
No, en verdad no lo estaba.
—Si no te importa, me gustaría examinar cuidadosamente este PC.
—¿Vamos a verte en la Última Comida?
—Sí. Claro. —Seguro.
V jugueteó nerviosamente con el ratón y siguió examinando los archivos de sistema del ordenador. Mientras miraba la pantalla, se dio cuenta ausentemente que su ojo derecho, el que tenía los tatuajes en el lado, había comenzado a parpadear como si el párpado estuviera entrando en cortocircuito.
Dos puños enormes golpearon en el escritorio y Rhage se inclinó estricto.
—O vienes o vengo por ti.
Cuando Vishous fulminó con los ojos a su hermano, la mirada verde azulada de Rhage le observó fijamente desde su elevada altura y su increíble belleza.
Oh, así que iban a enfrentarse cara a cara hasta que uno desistiese, ¿eh? Bien, que te jodan, pensó V.
Salvo que V fue el que perdió. Momentos más tarde, bajó la mirada hacia el portátil, intentando hacer como si estuviera examinando algo.
—Tienes que desistir, ¿Ok? Butch es mi compañero de habitación, así que por supuesto estoy preocupado por él. Pero no es para tanto…
—Phury nos lo dijo. Acerca de que tus visiones se estaban agotando.
Cristo. —V se levantó bruscamente de la silla, apartó a Rhage a empujones y se paseó—. Ese charlatán hijo de p…
—Por si te consuela, en realidad Wrath no le dio opción.
—Así que, ¿el Rey se lo sacó a golpe de puño americano?
—Vamos, V. Cuando he estado loco, has estado ahí para mí. Esto no es diferente.
—Sí, lo es.
—Porque eres tú.
—Bingo. —Hombre, V simplemente no podía hablar de esta mierda. Él, que hablaba dieciséis idiomas, simplemente no tenía palabras para el increíble miedo que le daba el futuro: el de Butch. El suyo propio. El de toda la raza. Las visiones de lo que iba a suceder siempre le habían fastidiado, pero también habían sido un extraño consuelo. Incluso si no le gustaba porque lo volvía loco, al menos nunca había sido sorprendido.
La mano de Rhage se posó en su hombro y este saltó.
—La Última Comida, Vishous. O apareces o te recojo como al correo ¿lo entiendes?
—Sí. Bien. Ahora sal de aquí.
Tan pronto como Rhage se marchó, V volvió al portátil y se sentó. Excepto que en vez de volver al terreno de la Tecnología de la Información, llamó al nuevo teléfono de Butch.
La voz del policía estaba toda cascada.
—Hey, V.
—Hey. —V sostuvo el teléfono entre la oreja y el hombro y se sirvió algo de vodka. Mientras el líquido golpeaba el vaso, hubo un sonido de algo arrastrándose sobre el lino, como si Butch estuviera rodando por la cama o tal vez quitándose la chaqueta.
Estuvieron en silencio durante largo rato, nada excepto la conexión abierta del móvil. Y entonces V tuvo que preguntar:
—¿Quieres estar con ellos? ¿Sientes como si debieras estar con los lesser?
—No lo sé. —Inhaló profundamente. Exhaló lentamente y durante mucho tiempo—. No te mentiré. Reconocí a esos bastardos. Los sentí. Pero cuando miré a los ojos de ese asesino, quise destruirlo.
V levantó su vaso. Mientras tragaba, el vodka ardió en garganta del mejor modo posible.
—¿Cómo te sientes?
—No muy acalorado. Mareado. Como si hubiera perdido pie. —Más silencio—. ¿Es lo que soñaste? Allá al principio, cuando dijiste que se suponía que tenía que venir con la Hermandad… ¿soñaste conmigo y el Omega?
—No, vi algo más.
Aunque con todo lo que estaba ocurriendo, no podía ver un camino en lo que le había sido mostrado, no podía verlo en un montón de niveles: La visión había sido sobre él desnudo y Butch envolviéndolo, los dos muy alto en el cielo, entrelazados en mitad de un frío viento.
Jesucristo, estaba trastornado. Trastornado y pervertido.
—Mira, iré al atardecer y te golpearé un poco con las manos.
—Bien. Eso siempre ayuda. —Butch se aclaró la garganta—. Pero V, no puedo sentarme aquí y simplemente esperar a que esto pase. Quiero pasar a la ofensiva. Qué me dices si cogemos a unos pocos lessers y les damos una paliza, que por una vez sean ellos los que nos digan algo.
—Demasiado duro, poli.
—¿Tú viste lo que me hicieron? ¿Crees que estoy preocupado por la jodida Convención de Ginebra?
—Déjame hablar primero con Wrath.
—Hazlo pronto.
—Hoy.
—Excelente. —Hubo otro largo silencio—. Así que… ¿tienes una tele en este lugar?
—La pantalla plana está en la pared a la izquierda de la cama. El mando a distancia… no sé donde está. Normalmente no… bueno, no tengo la televisión en mente cuando estoy ahí.
—V, tío, ¿qué es este montaje?
—Está bastante claro, ¿no crees?
Hubo una pequeña risa ahogada.
—Supongo que esto era de lo que Phury estaba hablando, ¿eh?
—¿Qué dijo él?
—Que estabas metido en alguna mierda pervertida.
V tuvo una visión repentina de Butch encima de Marissa, el cuerpo masculino moviéndose mientras ella le agarraba el trasero con sus hermosas manos.
Entonces vio la cabeza de Butch levantarse y oyó en su mente el gutural y erótico gemido que brotó de los labios de su compañero de habitación.
A pesar de si mismo, Vishous se bebió con fuerza un trago de vodka y rápidamente se sirvió otro.
—Mi vida sexual es privada, Butch. Como también lo son mis… intereses no convencionales.
—Te oigo. No es asunto de nadie excepto tuyo. Pero, una pregunta más.
—¿Qué?
—Cuando las chicas te atan, ¿te pintan las uñas de los pies y esas cosas? ¿O sólo te maquillan? —Mientras V se reía en un estallido ruidoso, el poli dijo—: Espera… te hacen cosquillas en las corvas con una pluma, ¿verdad?
—Sabelotodo.
—Eh, solo soy curioso. —La propia risa de Butch se desvaneció—. Pero, ¿les haces daño? Quiero decir…
Más vodka.
—Todo es cuestión de consentimiento. Y yo no cruzo la línea.
—Bien. Es un poco raro para mi trasero católico, lo reconozco… salvo que, oye, lo que sea que te sirva de escape.
V hizo girar el Goose en el vaso.
—Entonces, poli, ¿te importa si te pregunto algo?
—Lo justo es justo.
—¿La amas?
Después de un momento, Butch murmuró.
—Sí. Que me jodan, pero sí.
Cuando el salva pantallas del portátil apareció, V puso la yema del dedo en la esquina del ratón e interrumpió las tuberías replicantes.
—¿Cómo es ese sentimiento?
Hubo un gruñido como si Butch se estuviera recolocando y estuviera rígido como una tabla.
—El infierno, en este mismo momento.
V jugó con la flecha en la pantalla, haciéndola girar por el escritorio.
—Sabes… me gusta ella contigo. Vosotros dos juntos tiene sentido para mí.
—Salvo por el hecho de que soy un obrero humano que podía ser en parte lesser, te diría que estoy de acuerdo contigo.
—No te estás volviendo un…
—Tomé algo de ese asesino en mí anoche. Cuando inhalé. Creo que es por eso que luego olía como uno. No porque hubiéramos estado luchando, sino porque algo del diablo estaba –está- en mi otra vez.
V maldijo, esperando como el demonio que ese no fuera el caso.
—Vamos a resolver esto, poli. No voy a dejarte en la oscuridad.
Colgaron un poco más tarde y V se quedó mirando al portátil mientras hacía remolinos con la flecha. Mantuvo el ejercicio con el índice hasta que se quedó totalmente impertérrito con el tiempo que estaba perdiendo.
Mientras estiraba los brazos sobre la cabeza, se dio cuenta de que el cursor había caído sobre la papelera de reciclar. Reciclar… reciclar… reprocesar para usar de nuevo.
¿Qué pasaba con Butch y el tema de inhalar? Ahora que V pensaba en ello, cuando le había sacado el lesser de encima al poli, había sido consciente de que estaba rompiendo alguna clase de conexión entre ellos.
Inquieto, cogió el Goose y el vaso y fue hacia los sillones. Cuando se sentó y tragó algo más, miró la pinta de Lag[4] que estaba en la mesita de café.
V se inclinó hacia delante y agarró el whisky escocés. Destapándolo, lo levantó hasta los labios y tomó un trago. Después llevó el Lag al borde del baso de vodka y lo vertió. Con los ojos entrecerrados, observó la combinación arremolinándose, viendo los dos mezclarse, el vodka y el whisky diluidos en su esencia pura y aún más fuertes juntos.
V se llevó la combinación a los labios, echó la cabeza hacia atrás, y tragó toda la maldita cosa. Entonces se acomodó hacia atrás en el sillón.
Estaba cansado… jodidamente cansado… can…
El sueño le llegó tan rápido que fue como si le hubieran golpeado la cabeza. Pero no duró mucho. El Sueño, como estaba empezando a llamarlo, le despertó minutos más tarde con su característica violencia: volvió en sí con un grito, con una sensación de ruptura en el pecho, como si alguien estuviera usando un separador de costillas en él. Mientras su corazón se paraba y luego latía con fuerza, el sudor brotó por todo su cuerpo.
Desgarrando la camisa para abrirla, bajó la mirada hacia su cuerpo.
Todo estaba donde debería estar, sin ninguna herida abierta a la vista. Excepto que las sensaciones permanecían: la horrible presión de ser disparado, la terrible condena de que la muerte había venido por él.
Respiró entrecortadamente y comprendió que ese era el fin de la cabezada.
Dejó el vodka atrás y se tambaleó hacia su escritorio, decidido a conocer bien e íntimamente a ese portátil.

Cuando el Consejo de Princeps acabó, Marissa estaba totalmente agotada. Lo cual tenía sentido, ya que el amanecer estaba cerca. Había habido un montón de discusiones sobre la moción de sehclusion, ninguna de modo negativo, todas centradas en la amenaza de los lesser. Evidentemente, cuando el voto fuese emitido, no solo pasaría, sino que si Wrath no emitía una proclama, el Consejo iba a verlo como evidencia de que el Rey faltaba a su compromiso con la raza.
Lo que era algo que los detractores de Wrath se morían por traer a primer plano. El estar trescientos años pasando del trono había dejado un gusto amargo en las bocas de algunos aristócratas, y estaban tras él.
Desesperada por marcharse, Marissa esperó y esperó a la puerta de la biblioteca, pero Havers continuaba hablando con los demás. Al final, salió fuera y se desmaterializó de vuelta a casa, considerando que tendría que acampar en la habitación de su hermano para poder hablar con él.
Cuando llegó a la puerta de la mansión, no llamó a Karolyn como normalmente hacía, sino que se dirigió escaleras arriba hacia su dormitorio. Empujando la puerta para abrirla…
Oh… Dios mío. —Su habitación era… una ciudad fantasma.
El vestidor estaba abierto y vacío, ni siquiera quedaba una sola percha. La cama estaba desnuda, las almohadas no estaban, ni las sábanas y mantas. Todos los cuadros estaban en el suelo, y había cajas de cartón apiladas contra la pared más lejana junto a cada maleta de Louis Vuitton que poseía.
—¿Qué…? —Su voz se apagó cuando entró en el baño. Los armarios estaban todos vacíos.
Cuando salió tambaleándose del baño, Havers estaba de pie junto a la cama.
—¿Qué es esto? —dijo pasando el brazo a su alrededor.
—Tienes que dejar esta casa.
Al principio todo lo que pudo hacer fue mirarlo parpadeando.
—¡Pero vivo aquí!
Él cogió su billetera, sacó un grueso fajo de billetes, y los esparció por el escritorio.
—Toma esto. Y vete.
—¿Todo a causa de Butch? —reclamó—. ¿Y cómo va a funcionar esto con la proposición de sehclusion que hiciste en el Consejo? Los Ghardians tienen que estar alrededor de sus…
—Yo no propuse la moción. Y por lo que respecta a ese humano… —Negó con la cabeza—. Tu vida es tuya. Y verte con un humano desnudo con el que habías tomado parte en un acto sexual… —La voz de Havers se quebró y se aclaró la garganta—. Vete ahora. Vive como desees. Pero no me quedaré sentado para ver como te destruyes a ti misma.
—Havers, esto es ridículo…
—No puedo protegerte de ti misma.
—Havers, Butch no es…
—¡Amenacé la vida del Rey para ahvenge tu honor! —El sonido de su voz rebotó por las paredes—. Y luego ¡te encuentro con un macho humano! Yo… yo no puedo tenerte cerca  más tiempo. No confío en esta ira que desatas en mí. Provoca actos de tanta violencia. Hace… —Se estremeció y se giró para irse—. Le he dicho a los doggen que deben dejarte en donde desees ir, pero después de eso, volverán a esta casa. Tendrás que encontrar los tuyos.
Su cuerpo se quedó completamente entumecido.
—Todavía soy un miembro del Consejo de Princeps. Tendrás que verme allí.
—No, porque no estoy obligado a poner mis ojos en ti. Wrath no tendrá motivo para negarse a la moción de sehclusion. Tú estarás sin un compañero y yo no actuaré como tu ghardian, así que no tendrás a nadie que te conceda permiso para salir al exterior, al aire libre. Ni siquiera tu linaje puede pasar por encima de la ley.
La mandíbula de Marissa se desencajó. Santo Cielo… sería una total paria social. Una auténtica… nadie.
—¿Cómo puedes hacerme esto?
Él miró sobre su hombro.
—Estoy cansado de mí mismo. Cansado de luchar contra el impulso de defenderte de las elecciones que haces…
—¡Elecciones! ¡Viviendo como una mujer de la aristocracia no tengo alternativas!
—Falso. Podías haber sido una compañera adecuada para Wrath.
—¡No me quería! Lo sabes, ¡lo viste con tus propios ojos! ¡Eso fue por lo que quisiste matarlo!
—Pero ahora que pienso en ello, me pregunto… ¿por qué no sentía nada por ti? Quizá no te esforzaste lo suficientemente fuerte para captar su interés.
Marissa sintió una cruda furia. Y la emoción creció más abrasadora cuando su hermano dijo:
—Y por lo que respecta a elecciones, podías haberte quedado fuera de la habitación de hospital del humano. Elegiste entrar allí. Y elegiste… podías haber… no yacido con él.
—¿Eso es de lo que va esto? Por el amor de Dios, todavía soy virgen.
—Ahora estás mintiendo.
Aquellas tres palabras soltaron sus emociones. Cuando el ardor se agotó, llegó la claridad, y por primera vez, vio realmente a su hermano: de mente brillante, devoto de sus pacientes, amante de su shellan muerta… y absolutamente rígido. Un macho de ciencia y orden al que le gustaban las reglas y la previsibilidad, y disfrutaba de una precisa visión de la vida.
Y estaba claramente decidido a proteger esa visión del mundo a costa de su futuro… su felicidad… ella misma.
—Tienes toda la razón —dijo con una extraña calma—. Tengo que irme.
Echó una mirada a las cajas que estaban llenas con las ropas que había llevado y las cosas que había comprado. Luego sus ojos le encontraron de nuevo. Él estaba haciendo lo mismo, mirándolas como si midiera la vida que ella había llevado.
—Dejaré que te quedes con los Durero, naturalmente —dijo.
—Naturalmente —susurró ella—. Adiós, hermano.
—Para ti ahora soy Havers. No hermano. Y nunca más.
Él dejó caer la cabeza y salió de la habitación.
En el silencio que siguió tuvo la tentación de caer en el colchón desnudo y llorar. Pero no había tiempo. Tenía tal vez una hora antes del alba.
Virgen querida, ¿dónde iría?





[1] Metanfetamina, esta droga también es conocida como crack
[2] Marca de vodka
[3] Rorschach (1884-1922) Psiquiatra suizo. Es conocido por la creación del mejor método proyectivo de psicodiagnóstico (1921)

[4] Whisky noruego


No hay comentarios: