viernes, 20 de mayo de 2011

AMANTE CONFESO/CAPITULO 16 17 18

CAPÍTULO 16


Cuando el Sr. X regresó de la reunión con el Omega en el otro lado, se sintió como si tuviese ardor de estómago. Lo cual parecía lógico, ya que había sido alimentado de su propio trasero.
El amo había hecho planes detallados sobre un montón de cosas. Quería mas lessers, más vampiros muertos, más avances, más... más... Pero la cosa estaba en que sin importar lo que le fuese dado, siempre estaría insatisfecho. Quizás esa era su maldición.
Lo que fuese. El cálculo del fracaso del Sr. X estaba en lo alto de la pizarra, la ecuación matemática de su destrucción esbozada en tiza. La incógnita en el álgebra era el tiempo. ¿Cuánto tiempo antes de que el Omega se quebrara y el Sr. X fuera recordado para la eternidad?
Las cosas necesitaban acelerarse con Van. El hombre tenía que subir a bordo y ocupar su lugar tan pronto como fuera posible.
El Sr. X fue hacia el portátil y encendió el Dell. Sentándose al lado de la seca mancha marrón de un charco de sangre, abrió los archivos de los Pergaminos y encontró el pasaje pertinente. Las líneas de la profecía lo calmaron.

Habrá uno que traerá el fin antes que el maestro,
Un guerrero de tiempos modernos encontrado en el séptimo del
veintiuno,
Y será conocido por los números que porta:
Uno más que el compás apercibe
Aunque solo cuatro puntos ha de marcar con su derecha,
Tres vidas tiene
Dos señales en su parte delantera,
Y con un solo ojo negro, en un pozo el será
Nacido y muerto

El Sr. X se relajó contra la pared, haciendo crujir el cuello y mirando alrededor. Los apestosos vestigios del laboratorio de speed, la porquería en el lugar, el aire de malas acciones hechas sin remordimientos eran como una fiesta en la que no quería estar pero de la que no podía irse. Algo así como la Sociedad Lessening.
Salvo que iba a estar bien. Al menos divisaba la salida de lesser.
Dios, había sido tan extraño cómo había encontrado a Van Dean. X había ido a los últimos combates de luchadores buscando a nuevos reclutas y Van inmediatamente había sobresalido sobre los demás. Había algo especial en él, algo que lo elevaba por encima de sus oponentes. Y observando los movimientos del tipo esa primera noche, el Sr. X había creído ver a una importante anexión a la Sociedad... hasta que se percató del dedo perdido.
No le gustaba introducir a nadie con un defecto físico.
Pero cuanto más veía pelear a Van, más claro estaba que un dedo meñique ausente no era ningún impedimento. Entonces un par de noches más tarde vio el tatuaje. Van siempre peleaba con una camiseta puesta, pero en una ocasión la ropa se le subió alrededor de los pectorales. En su espalda, con tinta negra, un ojo miraba fijamente entre sus omóplatos.
 Esto fue lo que envió al Sr. X a los Pergaminos. La profecía estaba profundamente sepultada en el texto del manual de la Sociedad Lessening, un completo-pero-olvidado párrafo en medio de las normas de iniciación. Afortunadamente, cuando el Sr. X fue Fore-lesser la primera vez, había leído los pasajes lo suficientemente a fondo para recordar que la maldita cosa estaba allí.
Al igual que con el resto de Pergaminos, que habían sido traducidos al español en 1930, la redacción de la profecía era abstracta. Pero si habías perdido un dedo en la mano derecha, entonces sólo tenías cuatro para señalar. “Tres vidas” eran infancia, edad adulta, y luego la vida en la Sociedad. Y según el público de la pelea, Van era nativo, nacido en la ciudad de Caldwell, la cual era también conocida como El Pozo.
Pero había más. Los instintos del hombre eran endemoniadamente nerviosos. Todo lo que tenías que hacer era observarlo en ese cuadrilátero de alambrada para saber que norte, sur, este y oeste eran sólo parte de lo que él estaba sintiendo: Tenía un raro talento para anticiparse al movimiento de su oponente. Eso era el don que lo diferenciaba.
De todas formas, el factor decisivo era el apéndice extirpado. La palabra marca podía ser interpretada de varias formas pero muy posiblemente se refería a cicatrices. Y todo el mundo tenía un ombligo, entonces si también tenías extirpado el apéndice, había dos cicatrices en tu “delantera”, ¿no?
Además era el año oportuno para encontrarle.
El Sr. X alcanzó el teléfono móvil y llamó a uno de sus subordinados.
Cuando la línea sonó, fue consciente de que necesitaba a Van Dean, ese luchador moderno, ese bastardo de cuatro dedos, más que a nadie en su vida. O tras su muerte.

Cuando Marissa se materializó en frente de la gris y severa mansión, alzó la mano hacia la garganta e inclinó la cabeza hacia atrás. Dios, tanta piedra levantada sobre la tierra, todas las canteras vacías para reunir la carga. Y tantas cristaleras, los vidrios en forma de diamante parecían barras. Y luego estaban los veinte pies de altura del muro de contención que abarcaba el patio y los jardines. Y las cámaras de seguridad. Y las puertas.
Tan seguro. Tan frío.
El lugar era precisamente como se esperaba que fuera, una fortaleza, no un hogar. Y estaba rodeada por un neutralizador de lo que en el Antiguo País se llamaba mhis, con el que a menos que debieras estar aquí, el cerebro no podría procesar la posición lo bastante bien para encontrar el camino. Demonios, la única razón por la que había logrado llegar al complejo de la Hermandad era porque Wrath estaba dentro. Después de trescientos años alimentándose de su sangre pura, había mucho de él en ella para que pudiera encontrarlo en cualquier lugar. Incluso en el mhis.
Mientras miraba hacia la montaña frente a ella, la nuca le hormigueó como si la vigilaran, y miró sobre su hombro. Al este, la luz del día cobraba impulso, y el resplandor le hizo arder los ojos. Estaba casi sin tiempo.
Con la mano todavía en la garganta, se acercó a un par de macizas puertas metálicas. No había timbre ni llamador, así que intentó con un lado. Se abrió, lo cual fue una conmoción… al menos hasta que llegó al vestíbulo. Ah, aquí era dónde te examinaban.
Puso la cara frente a la cámara y esperó. Sin duda una alarma había sonado cuando había traspasado la primera puerta, así que alguien vendría y la dejaría entrar… o la echaría. En cuyo caso optaría por su segunda opción. Correr a toda velocidad.
Rehvenge era la única otra persona a la que podría haber recurrido, pero era complicado. Su mahmen era una consejera espiritual, o algo por el estilo, de la glymera y no tenía duda de que estaría sumamente ofendida con la presencia de Marissa.
Con una oración a la Virgen Escriba, se atusó el cabello con la mano. Quizás había apostado mal, pero suponía que Wrath no la echaría tan cerca del amanecer. Por todo lo soportado con él, suponía que podría dejarla un día al amparo de su techo. Y era un hombre de honor.
Al menos Butch no vivía con la Hermandad por lo que sabía. Se había alojado en alguna otra parte durante el verano y supuso que todavía lo hacía. Eso esperaba.
Las pesadas puertas de madera frente a ella se abrieron, y Fritz, el mayordomo, pareció sorprendido al verla.
—¿Señora? —El anciano doggen se inclinó levemente—. ¿La… esperan?
—No, no me esperan. —Estaba tan lejos de ser esperada como podía estarlo—. Yo, eh...
—Fritz, ¿quién es? —se oyó una voz femenina.
Mientras unos pasos se acercaban, Marissa apretó las manos juntas y agachó la cabeza.
Oh, Dios. Beth, la Reina. Habría sido mucho mejor ver primero a Wrath. Y ahora sólo podía suponer que esto no iba a resultar.
Sin duda, su Majestad la dejaría utilizar el teléfono para llamar a Rehvenge.  Dios, ¿tenía tiempo aún para marcar?
Las puertas chirriaron hasta abrirse completamente.
—¿Quién es…? ¿Marissa?
Marissa mantuvo los ojos en el suelo e hizo una reverencia, como era costumbre.
—Mi Reina.
—Fritz, ¿puedes perdonarnos? —Un momento después, Beth dijo—. ¿Te gustaría entrar?
Marissa dudó, entonces dio un paso atravesando la puerta. Tenía un sentido periférico de color increíble y calidez, pero no podía levantar la cabeza para observarlo todo.
—¿Cómo nos has encontrado? —preguntó Beth.
—La sangre de tu… hellren perdura en mí. Yo… tengo que pedirle un favor. Querría hablar con Wrath, si no es molestia.
Marissa se conmocionó cuando le agarró la mano.
—¿Qué ha ocurrido?
Cuando levantó los ojos hacia la Reina, por poco da un grito sofocado. Beth estaba tan sinceramente afectada, tan preocupada. Ser recibida con cualquier clase de calidez era desarmador, especialmente de esa mujer que con todo derecho podía estar tentada de sacarla a patadas.
—Marissa, habla conmigo.
Por donde empezar.
—Yo... ah, yo necesito un lugar para quedarme. No tengo ningún sitio dónde ir. He sido expulsada. Estoy...
—Espera, habla más despacio. Más despacio. ¿Qué ha pasado?
Marissa inspiró profundamente y le dio una versión resumida de la historia, una que evitó cualquier mención de Butch. Las palabras salían de ella como el agua sucia, derramándose sobre el suelo de brillante mosaico, manchando la belleza bajo sus pies. La vergüenza de contarlo escocía en su garganta.
—Entonces te quedarás con nosotros —pronunció Beth cuando acabó.
—Sólo una noche.
—Por tanto tiempo como quieras. —Beth apretó la mano de Marissa—. Todo el tiempo. Cuanto quieras.
Mientras Marissa cerraba los ojos y trataba de no sufrir un colapso, vagamente fue consciente de un sonido de pasos, de unas pesadas botas descendiendo por la escalera alfombrada.
Entonces la profunda voz de Wrath llenó el cavernoso vestíbulo de la tercera planta.
—¿Qué demonios ocurre?
—Marissa se traslada con nosotros.
Cuando Marissa realizó otra reverencia, estaba totalmente despojada de orgullo, tan vulnerable como si estuviera desnuda. Estar sin nada y arrojarse a la misericordia de otros era una clase desconocida de terror.
—Marissa, mírame.
El duro tono de Wrath era completamente familiar, el que siempre había usado con ella, el que la había hecho sentir vergüenza durante tres siglos. Desesperadamente, echó un vistazo hacia la puerta abierta del vestíbulo aunque oficialmente ya estaba sin tiempo.
Los paneles de madera se cerraron de golpe como si el Rey así lo hubiese deseado.
—Marissa, habla.
—Para ya, Wrath —dijo bruscamente la Reina—. Ya ha pasado por demasiado esta noche. Havers la ha expulsado.
—¿Qué? ¿Por qué?
Beth hizo un rápido resumen de la historia, y oírlo de un tercero sólo incrementó su humillación. Mientras se le nublaba la vista, luchó para no desfallecer.
Y la batalla estuvo perdida cuando Wrath dijo. —Jesucristo, que idiota. Por supuesto que se queda aquí.
Con manos temblorosas, Marissa se restregó bajo los ojos, capturando las lágrimas y rápidamente quitándoselas con las yemas de los dedos.
—¿Marissa? Mírame.
Levantó la cabeza. Dios, Wrath estaba exactamente igual, una cara demasiado cruel para ser verdaderamente guapo, esas gafas envolventes que lo hacían parecer incluso más intimidante. Distraídamente, se dio cuenta de que su cabello estaba mucho más largo que cuando ella le había conocido, le llegaba casi hasta la cintura.
—Me alegro que hayas acudido a nosotros.
Se aclaró la voz.
—Agradecería una breve estancia aquí.
—¿Dónde están tus cosas?
—Están empaquetadas en mi casa… er, la de mi hermano… quiero decir, en la de Havers. Regresé del Consejo de Princeps y todas mis cosas estaban en cajas. Pero pueden quedarse allí hasta que resuelva...
—¡Fritz! —Mientras el doggen entraba corriendo, Wrath dijo—. Ve a lo de Havers y recoge sus cosas. Mejor llévate la furgoneta y un grupo adicional de brazos.
Fritz se inclinó y salió, moviéndose más rápido de lo que uno imaginaría que podía un anciano doggen.
Marissa intentó encontrar las palabras.
—Yo... yo...
—Voy a mostrarte tu habitación —dijo Beth—. Pareces a punto de sufrir un colapso.
La Reina llevó a Marissa hacia la enorme escalera, y mientras se iban, Marissa miró por encima del hombro. Wrath tenía una expresión completamente despiadada en su cara, la mandíbula tensa como el hormigón.
Tuvo que detenerse.
—¿Estás seguro? —le preguntó.
Su furiosa mirada empeoró.
—Ese hermano tuyo tiene un talento natural para cabrearme.
—No quiero incomodarte…
Wrath pisó sus palabras.
—Esto fue por Butch, ¿no? V me contó que fuiste con el poli y le rescataste. Déjame adivinar... Havers no apreció que estuvieras tan estrechamente ligada a nuestro humano, ¿correcto?
Marissa sólo pudo asentir.
—Lo que dije, tu hermano realmente me cabrea. Butch es nuestro chico incluso si no pertenece a la Hermandad y cualquiera que cuida de él cuida de nosotros. Así que establece tu residencia aquí para el resto de tu natural y maldita vida por lo que a mi se refiere. —Wrath se encaminó hacia la base de las escaleras—. Jodido Havers. Jodido idiota. Voy a buscar a V y hacerle saber que estás aquí. Butch no está por aquí, pero V sabrá dónde encontrarle.
—Oh... no, no tienes que...
Wrath no se detuvo, ni vaciló, recordándole que no le decías al Rey qué tenía que hacer. Incluso si no era algo por lo que preocuparse.
—Bien —murmuró Beth—, al menos no va armado.
—Estoy sorprendida de que le importe tanto.
—¿Estás bromeando? Es atroz. ¿Echarte fuera justo antes del amanecer? De todas formas, vamos a instalarte.
Marissa se resistió al suave tirón de la mujer.
—Me has recibido tan gentilmente. Cómo puedes ser tan…
—Marissa. —Los ojos azul oscuros de Beth eran francos—. Salvaste al hombre que amo. Cuando le dispararon y mi sangre no era lo suficientemente fuerte, lo mantuviste con vida al ofrecerle tu muñeca. Así que vamos a ser perfectamente claras. No hay absolutamente nada que no hiciese por ti.

Cuando llegó el amanecer y la luz entró a raudales en el ático, Butch se despertó completamente excitado y en el proceso de hacer girar las caderas en un revoltijo de sábanas de raso. Estaba cubierto de sudor, la piel hipersensible, la erección pulsando.
Aturdido, confundido entre lo que era real y lo que esperaba que fuera real, alargó la mano hacia abajo. Deshaciendo el cinturón. Hurgando a través de sus pantalones y boxers.
Imágenes de Marissa se arremolinaban en su cabeza, mitad fantasía en la que había estado tan gloriosamente perdido, mitad recuerdos de su tacto. Su mano cayó rítmicamente, sin estar seguro si era él el que se estaba acariciando… Quizás era ella… Dios, deseaba que fuera ella.
Cerró los ojos y arqueó la espalda. Oh, sip. Tan bueno.
Pero entonces se despertó.
Cuando se percató de lo que estaba haciendo, se puso violento. Enojado consigo mismo y todavía más por lo que estaba pasando, manoseó rudamente su sexo hasta que ladró una maldición y eyaculó. No podía llamar a eso un orgasmo. Más bien su polla soltó tacos en voz alta.
Con nauseabundo temor, se preparó y miró abajo hacia su mano.
Luego simplemente flaqueó de alivio. Al menos algo había regresado a la normalidad.
Tras patear fuera sus pantalones y limpiarse con los boxers, fue al baño y abrió la ducha. Bajo el chorro, todo en lo que podía pensar era en Marissa. La añoraba con un hambre punzante, una especie de dolor hambriento que le recordaba a cuando dejó de fumar un año atrás.
Y mierda, no había Nicoderm para esto.
Cuando salió del baño con una toalla alrededor de las caderas, su nuevo teléfono móvil estaba sonando. Revolvió entre las almohadas y finalmente lo encontró.
—Sip, ¿V? —habló con voz áspera. Hombre, su voz siempre había sonado como el culo por las mañanas y hoy no era diferente. Sonaba como el motor de un coche que no quería encenderse.
De acuerdo, ya había dos normalidades a su favor.
—Marissa se ha trasladado.
—¿Qué? —Se hundió en el colchón—. ¿De qué demonios estás hablando?
—Havers la echó a patadas.
—¿Por mi culpa?
—Sip.
—Ese bastardo…
—Está en el complejo, así que no te preocupes por su seguridad. Pero está desconcertada como el demonio. —Hubo un largo silencio—. ¿Poli? ¿Estás ahí, amigo?
—Sip. —Butch cayó de nuevo en la cama. Percatándose de que los tensos músculos se movían nerviosamente por la necesidad de llegar a ella.
—Como te he dicho, está bien. ¿Quieres que la lleve contigo esta noche?
Butch levantó la mano hacia los ojos. La idea que alguien la dañara de cualquier forma lo volvía completamente loco. Al extremo de la violencia.
—¿Butch? ¿Hola?

Cuando Marissa se acomodó en una cama con dosel, levantó las mantas hasta el cuello y deseó no estar desnuda. El problema era que no tenía ropas.
Dios, si bien nadie la molestaría aquí, estar desnuda… parecía incorrecto. Escandaloso, aunque nadie lo sabría.
Echó un vistazo alrededor. La habitación que le habían dado era preciosa, hecha de una tela transparente azul delphinium[1], con una escena pastoral de una dama y un pretendiente arrodillado repetida en las paredes, las cortinas, las colchas, la silla.
No exactamente lo que quería mirar. Los dos amantes franceses la agobiaban, pareciéndole no tan audible como visual, en un caótico staccato de lo que no tenía con Butch. Lo que nunca tendría con Butch.
Para solucionar el problema, apagó la luz y cerró los ojos. Y la versión ocular de los tapones para los oídos funcionó como un hechizo.
Virgen Santa, qué desastre. Y tenía que preguntarse de qué manera las cosas iban a empeorar. Fritz y los otros dos doggen habían ido a donde su hermano —a Havers— y medio esperaba que regresasen sin nada. Quizás Havers decidiría deshacerse de sus cosas mientras tanto. Como había hecho con ella.
Mientras yacía en la oscuridad, hurgó en los escombros de su vida, tratando de ver qué era todavía útil y qué tenía que abandonar como insalvable. Todo lo que encontró fueron desperdicios deprimentes, una mezcolanza de recuerdos infelices que no iban a ninguna parte. No tenía absolutamente ninguna idea de qué quería o a dónde podría ir.
Y nada de esto tenía sentido. Había pasado tres siglos aguardando y esperando que un macho se fijara en ella. Tres siglos tratando de encajar con la glymera. Tres siglos trabajando desesperadamente para ser la hermana de alguien, la hija de alguien, la compañera de alguien. Todas esas expectativas externas habían sido las leyes físicas que habían gobernado su vida, más omnipresentes y fundamentales que la gravedad.
Salvo que, ¿a dónde la había llevado intentar encontrarlos? A estar huérfana, sin pareja, y rechazada.
De acuerdo, entonces, la primera norma para el resto de sus días: no mirar al exterior para definirse. Podría no tener ninguna pista sobre quien era, pero mejor estar perdida y buscando, que empujada por algún otro dentro de un status social limitado.
Al sonar el teléfono al lado de la cama se sobresaltó. Después de sonar cinco veces, contestó sólo porque se negaba a parar.
—¿Hola?
—¿Señora? —Un doggen—. Tiene una llamada de nuestro amo Butch. ¿La acepta?
Oh, fenomenal. Así que se había enterado.
—¿Señora?
—Ah… sí, la acepto.
—Muy bien. Le he dado su marcación directa. Por favor no cuelgue.
Hubo un clic y entonces esa áspera voz delatora.
—¿Marissa? ¿Estás bien?
En realidad no, pensó, pero no era asunto suyo.
—Sí, gracias. Beth y Wrath han sido muy caritativos conmigo.
—Escucha, quiero verte.
—¿De verdad? Entonces, ¿supongo que todos tus problemas han desaparecido mágicamente? Debes estar encantado de volver a la normalidad. Felicidades.
Él maldijo.
—Estoy preocupado por ti.
—Muy amable de tu parte, pero...
—Marissa...
—… no queremos ponerme en peligro, ¿no?
—Escucha, sólo…
—Así que mejor te mantienes lejos para que no me haga daño…
Maldita seas, Marissa. ¡Maldita sea todo esto!
Cerró los ojos, enfadada con el mundo, con él, con su hermano y con ella misma. Y con Butch también enojándose, esta conversación era una granada de mano apunto de explotar.
En voz baja dijo. —Aprecio que llamases para ver cómo estaba, pero estoy bien.
—Mierda...
—Sí, creo que eso define bien la situación. Adiós, Butch.
Mientras colgaba el teléfono, se percató de que toda ella temblaba.
El tono volvió a sonar inmediatamente y miró encolerizada la mesilla de noche. Con un rápido movimiento de inclinación-y-agarre, estiró la mano y arrancó el cordón de la pared.
Empujando el cuerpo bajo las sábanas, se enroscó sobre un lado. No había forma de que pudiese dormir, pero de todas formas cerró los ojos.
Mientras echaba humo en la oscuridad, llegó a una conclusión. Aunque todo era… bueno, una mierda, para utilizar el elocuente resumen de Butch… podía decir esto al menos: Estar cabreada era mejor que tener un ataque de pánico.

Veinte minutos más tarde, con la gorra de los Sox levemente bajada y un par de gafas de sol en su lugar, Butch caminó hacia un Honda Accord verde oscuro del 2003. Miró a derecha e izquierda. No había nadie en el callejón. No había ventanas en los edificios. No pasaban coches en la Calle Novena.
Inclinándose, recogió una piedra del suelo e hizo un agujero en la ventanilla del conductor. Cuando la alarma se descontroló, se alejó del sedán mezclándose en las sombras. Nadie se acercó. El ruido fue disminuyendo.
No había robado un coche desde que tenía dieciséis años y era un delincuente juvenil en el sur de Boston, pero había regresado en plena forma. Caminó hacia allí serenamente, reventó la puerta y entró. La secuencia que siguió fue rápida y eficiente, probando que el crimen, como su acento southie[2], era algo que nunca había perdido: Arrancó el panel bajo el salpicadero. Encontró los cables. Puso juntos los dos correctos y… brrummmm
Butch quitó de en medio el resto de los pedazos de cristal con el codo y salió conduciendo tranquilamente. Como las rodillas casi le tocaban el pecho, estiró la mano hacia abajo, presionó la palanca y empujó el asiento hacia atrás tanto como pudo. Poniendo el brazo en la ventana, como si estuviera tomando el temprano aire primaveral, se inclinó hacia atrás, despreocupado.
Cuando llegó a la señal de pare al final del callejón, golpeó la señal de tráfico y frenó de golpe: Seguir las leyes de tráfico cuando estás en un vehículo robado y sin tener identificación era una misión crítica.
Al girar a la izquierda dirigiéndose hacia la Novena, se sintió mal por cualquier ciudadano al que acabara de joder magníficamente. Perder tu coche no era divertido, y al llegar al primer semáforo, abrió la guantera. El coche estaba a nombre de una tal Sally Forrester. 1247 Barnstable Street.
Juró devolverle el Honda tan pronto como fuera posible y dejarle un par de los grandes para cubrir los inconvenientes y la ventana rota.
Hablando de cosas rotas… inclinó el retrovisor hacia él. Oh, Cristo, estaba hecho un completo desastre. Necesitaba un afeitado y su cara todavía estaba hecha un desastre por las palizas. Con una maldición, recolocó el espejo para no tener que ver un plano detallado de su fealdad.
Desafortunadamente, todavía tenía una imagen bastante clara de qué estaba haciendo.
Saliendo de la ciudad en el Accord de Sally Forrester, alardeando de jeta en plan saco de boxeo, fue atrapado por un destello de su propia conciencia que no agradeció. Siempre se había movido en la línea entre en el bien y el mal, había estado siempre dispuesto a forzar las normas para convenir a sus propósitos. Demonios, golpeaba a los sospechosos hasta que se quebraban. Haciendo la vista gorda en alguna ocasión si eso podía conseguirle información en un caso. Consumiendo drogas incluso tras unirse al cuerpo… al menos hasta que abandonó el vicio de la coca.
Lo único que no aceptó fueron sobornos o favores sexuales en el cumplimiento del deber.
Así que, bien, parece que esos dos lo convirtieron en un héroe.
¿Y qué estaba haciendo ahora? Yendo tras una mujer cuya vida ya era un desastre. Sólo para poder unirse a la mierda de desfile que la estaba invadiendo por completo.
Salvo que no podría detenerse. Tras haber vuelto a llamar a Marissa repetidas veces al teléfono, había sido incapaz de detenerse en este viaje por carretera. Antes obsesionado, ahora estaba poseído por ella. Tenía que ver si estaba bien y… bueno, demonios, pensaba que tal vez podría explicarse un poco mejor.
Sin embargo, había una cosa buena. De verdad parecía estar normal por dentro. Cuando estaba en casa de V, se había hecho un nuevo corte en el brazo con un cuchillo porque pese a los resultados de la paja que se había hecho, tenía que comprobar su sangre. Había sido roja, gracias a Dios.
 Aspiró profundamente… y luego frunció el ceño. Poniendo la nariz bajo el bíceps, inspiró otra vez. ¿Qué demonios era esto? Incluso con el viento corriendo por el coche, y a pesar de las ropas, podía oler algo y no, no era la mierda empalagosa del talco, lo que afortunadamente había desaparecido. Ahora era algo que salía de él.
Cristo. Últimamente, era como si su cuerpo fuera un ambientador eléctrico que no podía controlar. Pero al menos este perfume especiado le gustaba…
Whoa. Podía ser... No, no era posible. Simplemente no lo era. ¿No?
Seguramente no. Agarró su teléfono móvil y marcó rápidamente. Tan pronto como oyó el “hola” de V, dijo. —Me dirijo hacia allí, estoy llegando.
Hubo un sonido áspero y una inhalación como si Vishous estuviera fumando.
—No estoy sorprendido. Pero ¿cómo vienes?
—En el Honda de Sally Forrester.
—¿De quién?
—Ni idea, lo robé. Mira, no llevo nada extraño. —Sí, seguro—. Bueno, extraño del tipo lesser. Sólo necesito ver a Marissa.
Hubo un largo silencio.
—Te dejaré entrar a través de las puertas. Demonios, el mhis ha mantenido a esos asesinos fuera de la propiedad durante setenta años, así que no es probable que te puedan rastrear aquí. Y no creo que vengas a por nosotros. ¿A no ser que estés mal de la cabeza?
—Maldición, claro que no.
Butch se recolocó la gorra de los Sox, y mientras pasaba la muñeca por la nariz, le llegó otro olorcillo de si mismo.
—Ah, V… escucha, hay algo un poco extraño que me está pasando.
—¿Qué?
—Huelo como a colonia de hombre.
—Mejor para ti. A las mujeres les chiflan ese tipo de cosas.
—Vishous, huelo a Obsession[3], y no llevo ninguna, ¿me entiendes?
Hubo un silencio en la línea. Luego. —Los humanos no se vinculan.
—Oh, en serio. ¿Quieres decirle eso a mi sistema nervioso central y a mis glándulas sudoríparas? Apreciarían las noticias de última hora, estoy seguro.
—¿Te diste cuenta de eso después de estar los dos juntos en esa habitación?
—Ha sido peor desde entonces, pero creo que olí algo parecido a eso en otra ocasión.
—¿Cuando?
—La vi entrar en el coche con otro macho.
—¿Hace cuando tiempo?
—Casi tres meses. Puse la mano encima de la Glock cuando vi lo que sucedía.
Silencio.
—Butch, los humanos no se vinculan como nosotros.
—Lo sé.
Más silencio. Entonces. —¿Por casualidad eres adoptado?
—No. Y no hay colmillos en la familia, si eso es lo que estás pensando. V, hombre, bebí algo de ti. ¿Estás seguro de que no me he…
—Genéticamente es la única forma. Esa cosa de morder/convertir son sólo tonterías del folklore. Mira, te dejo atravesar las puertas y ya hablaremos después de que veas a Marissa. Oh, y atiende. Wrath no tiene problema en darle una paliza a los lessers para averiguar que te sucedió. Pero no quiere que te involucres.
La mano de Butch giró bruscamente el volante.
—Joder. Eso. Pasé horas ganándome el derecho a vengarme, V. Sangré por el derecho de golpear a esos gilipollas y obtener mis propias respuestas.
—Wrath...
—Es un buen tipo, pero no es mi Rey. Así que puede dejar eso.
—Sólo quiere protegerte.
—Dile que no necesito el favor.
V soltó una retahíla de palabrotas o dos, en la Vieja Lengua, entonces masculló. —Bien.
—Gracias.
—Una última cosa, poli. Marissa es una invitada en la Hermandad. Si ella no quiere verte, te echaremos rápidamente, ¿Ok?
—Si no quiere verme, me iré yo mismo. Lo juro.




[1] Delphinium es el nombre de una familia de plantas perennes que agrupa unas 250 especies. Tienen flores arracimadas en vivos colores, entre ellos el azul.
[2] Acento de los irlandeses de Boston.
[3] Obsession es una colonia para hombre de Calvin Klein.


CAPÍTULO 17


Cuando Marissa escuchó la llamada en la puerta, entreabrió los ojos y comprobó el reloj. Las diez de la mañana y no había dormido nada. Dios, estaba exhausta.
Pero quizás era Fritz con un informe de sus cosas.
—¿Si?
La puerta se abrió para revelar una gran sombra oscura con una gorra de béisbol.
Se sentó, manteniendo las mantas sobre sus pechos desnudos.
—¿Butch?
—Hola. —Se quitó la gorra, estrujándola en una mano y alisándose el cabello con la otra.
Ella anheló una vela para tener luz.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Ah… Quería asegurarme en persona de que estabas bien. Además el teléfono… —Sus cejas se levantaron como si hubiera captado una vista del cable que había arrancado de la pared—. Um, si… tu teléfono no funcionaba. ¿Tienes inconveniente en que entre un minuto?
Mientras inspiraba profundamente, todo lo que pudo oler fue a él, el aroma llegó a su nariz y se derramó sobre todo su cuerpo.
Bastardo, pensó. Irresistible bastardo.
—Marissa, no voy a abalanzarme sobre ti, te lo prometo. Se que estas enojada. Pero ¿podemos simplemente hablar?
—Bien —dijo, sacudiendo la cabeza—. Pero no creas que vamos a resolver nada.
Mientras él daba un paso hacia adelante, cayó en la cuenta de que era una mala idea. Si quería hablar, deberían haberse encontrado en el piso de abajo. Después de todo, era muy masculino. Y ella estaba muy desnuda. Y ahora estaban… si, encerrados juntos en una habitación.
Buen plan. Excelente trabajo. Quizás lo próximo que debería hacer era saltar por la ventana.
Butch se apoyó en la puerta que había cerrado.
—Lo primero, ¿estás bien aquí?
—Si, lo estoy. —Dios, esto era embarazoso—. Butch …
—Siento haberme puesto en plan Humphrey Bogart contigo —su cara magullada simuló un respingo—. No es que crea que no eres capaz de cuidar de ti misma. Estoy totalmente acojonado y no puedo soportar la idea de que acabes herida.
Marissa lo miró. Mira, eso era simplemente aterrador. Esa humilde y chapucera disculpa fue la responsable de hacerle entender que no se sentía a su nivel.
—Butch …
—Espera, por favor… sólo escúchame. Escúchame hasta el final y entonces me marcharé. —Inhaló lentamente, su gran pecho se expandió bajo su fina chaqueta negra—. Que te mantengas lejos de mí parece ser la única forma de asegurarse de que estás a salvo. Pero es por ser yo el peligro, no por ser tú débil. Se que no necesitas protección o tener ningún tipo de vigilante.
En el largo silencio que siguió, lo midió.
—Pruébalo, Butch. Dime lo que te pasó realmente. No tuviste un accidente de coche, ¿verdad?
Él se frotó los ojos.
—Me alcanzaron algunos lessers. —Cuando ella jadeó, dijo rápidamente—. No fue un gran trato. Honestamente…
Ella levantó la mano.
—Para. Dímelo todo o nada. No quiero medias verdades. Eso nos rebaja.
Maldijo. Se restregó más los ojos.
—Butch, habla o vete.
—Ok… Ok. —Su mirada color avellana se elevó hacia su cara—. Por lo que nos imaginamos, fui interrogado durante doce horas.
Agarró las sábanas lo suficientemente fuerte como para entumecer los dedos.
—Interrogado… ¿cómo?
—No recuerdo mucho, pero basándonos en el daño, diría que con el precioso material habitual.
—¿Material … habitual?
—Electrochoque, puñetazos a puño descubierto, la mierda bajo-las-uñas. —Cuando se paró, tuvo la certeza de que la lista continuaba.
Un aluvión de bilis burbujeó en su garganta.
—Oh… Dios…
—No pienses en ello. Se acabó. Se terminó.
Dulce Virgen del Fade, ¿cómo podía decir eso?
—¿Por qué? —se aclaró la voz. Pensó que ya que había querido la historia completa era malditamente conveniente que le demostrara que podía manejarlo—. ¿Por qué estuviste en cuarentena, entonces?
—Me metieron algo. —Se desabotonó la camisa seda y le mostró la negra cicatriz de su abdomen—. V me encontró cuando me dieron por muerto en el bosque y sacó lo que quiera que fuese, pero ahora estoy como… conectado con los lessers. —Cuando ella se tensó, dejó caer la camisa—. Si, los asesinos. Los que tratan de exterminar a tu raza. Así que créeme cuando te digo, que mi necesidad de saber lo que me hicieron no es un tipo de kumbaya[1], de ésa mierda de encuéntrate-a-ti-mismo. Vuestros enemigos alteraron mi cuerpo. Pusieron algo dentro de mí.
—¿Eres… uno de ellos?
—No quiero serlo. Y no quiero herirte ni a ti ni a nadie más. Pero verás, ése es el problema. Hay mucha mierda que no sé.
—Butch, déjame ayudarte.
Él maldijo.
—¿Qué pasa si...
—Los qué pasa si no van a cambiar nada. —Inspiró profundamente—. No voy a mentir. Tengo miedo. Pero no quiero volverte la espalda y tú eres un necio por intentarlo y volvérmela a mí.
Él sacudió la cabeza, su mirada contenía respeto.
—¿Siempre has sido tan valiente?
—No. Pero parece ser que para ti, lo soy. ¿Me vas a dejar entrar?
—Quiero hacerlo. Siento como si lo necesitara. —Pasó bastante rato antes de que cruzara la habitación—. ¿Estaría bien si me siento cerca de ti?
Cuándo ella asintió y se movió, se sentó en la cama, el colchón se hundió bajo su peso y su cuerpo se deslizó hacia el de él. La miró durante mucho tiempo antes de buscarle la mano. Dios, su palma era tan cálida y grande.
Él se inclinó y le rozó los nudillos con los labios, entonces deslizó su boca adelante y atrás.
—Quiero acostarme cerca de ti. No por el sexo. No por nada de eso. Sólo...
—Si.
Mientras se levantaba, ella abrió las sábanas, pero él sacudió la cabeza.
—Me quedaré encima.
Se quitó el abrigo y se tendió a su lado. La acercó. La besó en lo alto de la cabeza.
—Pareces estar realmente cansada —le dijo a la luz de las velas.
—Me siento realmente cansada.
—Pues duérmete y déjame velar por ti.
Se apretó incluso más contra su gran cuerpo y exhaló. Era tan bueno descansar la cabeza en su pecho y sentir su calor y olerlo. Él le acarició la espalda lentamente, y cayó dormida tan rápidamente que no se dio cuenta de que lo había hecho hasta que sintió la cama moviéndose y despertó.
—¿Butch?
—Tengo que ir a hablar con Vishous. —Le besó el dorso de la mano—. Sigue descansando. No me gusta lo pálida que estás.
Ella sonrió un poco.
—Sin guardianes.
—Eso era sólo una sugerencia. —Sus labios se levantaron por un lado—. ¿Qué tal si nos encontramos antes de la Primera Comida? Te esperaré abajo, en la biblioteca.
Cuando asintió, él se inclinó y le recorrió la mejilla con las yemas de los dedos. Entonces le miró los labios y el aroma que despedía se hizo abruptamente más fuerte.
Sus ojos se cerraron.
Le tomó menos de un segundo antes de que la sed se encendiera en sus venas, un tipo de ardiente, apremiante necesidad. Por propia voluntad, sus ojos se deslizaron de la cara a la garganta y los colmillos empezaban a latirle mientras la realidad se reducía a nada que no fuera un instinto: quería perforarle la gruesa vena. Quería alimentarse de él. Y quería tener sexo con él mientras lo hacía.
Lujuria de Sangre.
Oh, Dios. Ése era el por qué de estar tan cansada. Había sido incapaz de alimentarse de Rehvenge la otra noche, y entonces había empezado todo el estrés por que Butch estuviera tan enfermo, seguido de su desaparición. Además del tema con Havers.
No era que los porqués importaran en éste momento. Todo lo que distinguía era el hambre.
Sus labios se abrieron y empezó a buscar hacia…
Pero, ¿qué pasaría si bebía de él?
Bueno, eso era fácil. Lo drenaría hasta dejarlo seco intentando satisfacerse porque su sangre humana era muy débil. Podría matarlo.
Pero Dios, debía de tener buen sabor.
Cortó la voz de la lujuria de sangre, y en un acto de voluntad de hierro, puso los brazos bajo las sábanas.
—Te veré ésta noche.
Mientras Butch se incorporaba, sus ojos se empañaron y se puso las manos frente a las caderas, como si estuviera escondiendo una erección. Lo que naturalmente hizo que la urgencia por agarrarlo se hiciera más fuerte.
—Cuídate, Marissa —dijo en tono bajo, triste.
Estaba en la puerta cuando ella dijo.
—¿Butch?
—¿Si?
—No creo que seas débil.
Él frunció el ceño como si se preguntara a qué venía eso.
—Tampoco yo. Duerme bien, preciosa. Te veré pronto.
Cuando se quedó sola, esperó a que el hambre pasara y lo hizo. Con todo lo que estaba pasando en estos momentos, adoraría tener el alimento lejos durante un rato. Acercarse tanto a Rehvenge no le parecía correcto.





[1] Kumbaya :Canción tradicional afro americana del siglo XIX


CAPÍTULO 18


Van condujo por el centro de la ciudad mientras la noche llegaba a Caldwell. Después de salirse de la carretera, tomó un desvió hacia el río, con cuidado el camión sorteó la carretera plagada de baches bajo el puente de la gran ciudad. Se detuvo bajo una torre metálica marcada con un  F-8 pintado con spray naranja, salió fuera y miró a su alrededor.
El tráfico corría por encima de su cabeza, semigolpeando al pasar con su eco, mientras  los coches dejaban atrás los ocasionales gritos de las bocinas. Aquí abajo, al nivel del río, el Hudson era casi tan ruidoso como el estrépito de arriba. Había sido el primer día en el que el calor primaveral se había disparado, y  el agua fluía rápidamente en su carrera por fundir la nieve.
El sombrío junco gris parecía asfalto líquido. Olía a lodo.
Examinó el área, con los instintos alerta. Hombre, estar solo bajo el puente nunca era un buen lugar para estar. Especialmente cuando la luz del día se desvanecía.
Que se jodan,  no debería haber venido. Se volvió hacia el camión.
Xavier avanzó desde las sombras.
—Me alegra que lo hayas hecho, hijo.
Van retrocedió por la sorpresa. Mierda, este tipo era una especie de fantasma.
—¿Por qué no pudimos hacerlo por teléfono? —Ok, no soné muy convincente—. Joder, tengo cosas que hacer y tendría que estar haciéndolas.
—Necesito que me ayudes con algo.
—Te dije que no me interesaba.
Xavier sonrió un poco.
—Si, lo hiciste, ¿verdad?
El sonido de ruedas en la grava suelta llegó a los oídos de Van y miró a su izquierda. El dorado Chrysler todo terrero, una furgoneta completamente inolvidable, estaba aparcando a la izquierda junto a él.
Manteniendo los ojos en Xavier, Van metió la mano en el bolsillo y deslizó el dedo en el gatillo de la nueve milímetros. Si querían intentarlo y pillarle, iban a tener que pelear antes.
—Hay algo para ti en la parte de atrás, hijo. Adelante. Ábrelo. —Hizo una pausa—. ¿Tienes miedo, Van?
—Que te jodan. —Se acercó, preparado para entrar en acción. Pero cuando abrió la puerta, todo lo que pudo hacer fue retroceder. Su hermano, Richard, estaba atado con una cuerda de nylon, y le habían puesto cinta aislante sobre la boca y los ojos.
—Jesús, Rich... —cuando intentó alcanzarle, oyó como una pistola era amartillada y levantó la mirada hacia el conductor de la furgoneta. El bastardo del cabello rapado tras el volante apuntaba lo que parecía una Smith & Wesson del cuarenta justo a la cara de Van.
—Me gustaría que reconsiderases mi invitación —dijo Xavier.

Tras el volante del Honda de Sally Forrester, Butch maldecía mientras giraba a la izquierda ante un semáforo y veía el coche patrulla de Caldwell aparcado en el Stewart en la esquina de Framingham y Hollis. Sagrado infierno. Conducir por ahí en un descapotable con dos de los grandes en efectivo no hacía que un tipo se sintiera relajado.
Buena cosa que tuviera refuerzos. V iba pegado a su trasero en el Escalade y se dirigían en dirección a Barnstable Road.
Nueve minutos y medio después, Butch encontró el pequeño Cape Cod[1] de Sally. Después de apagar los faros y dejar que el Accord rodara hasta pararse, rompió el cable de conexión para apagar el motor. La casa estaba oscura, así que se acercó directamente a la puerta principal, empujó el sobre con el efectivo a través de la ranura del correo y salió por pies atravesando la carretera hacia el Escalade. No se preocupó por que pudieran atraparle en esta calle tan tranquila. Si alguien hacía preguntas, V posiblemente les haría un Windex[2] mental.
Se estaba metiendo en el SUV cuando se quedó congelado, una extraña sensación de urgencia le atravesó.
Sin ninguna razón aparente, su cuerpo comenzó a zumbar... esa era la única forma en que podía describirlo. Como si hubiera un teléfono móvil con el vibrador puesto en el centro de su pecho.
Calle abajo... calle abajo. Tenia que ir calle abajo.
Oh, Dios...  lessers por allí.
—¿Que haces, poli?
—Lo siento, están cerca.
—Juguemos, entonces. —Vishous salió de detrás del volante y ambos cerraron las puertas. Cuando V puso la alarma, las luces del Escalade parpadearon una vez.
—Adelante, poli. Veamos adónde nos lleva esto.
Butch comenzó a andar. Después pasó a trotar.
Juntos corrieron a través de las sombras de la tranquila urbanización, permaneciendo fuera de los charcos de luz lanzados por porches y farolas. Cortaron por un patio trasero. Esquivando y rodeando  las piscinas portátiles. Pasaron furtivamente un garaje.
El barrio era de tipo vulgar. Los perros ladraron dando aviso. Pasó un coche con los faros apagados y un rap tronando. Y luego una casa abandonada. Seguida de un solar vacío. Hasta que finalmente llegaron a una decrépita casa de dos pisos estilo años setenta que estaba rodeada por una valla de madera de unos nueve pies de alto.
—Aquí dentro —dijo Butch aferrándose a la verja.
—Dame tu pierna, poli.
Mientras Butch se agarraba a la parte superior de la cerca y alzaba la rodilla, V  le lanzó por encima de la valla como si fuera el periódico de la mañana. Aterrizó en el suelo.
Ahí estaban. Tres lessers. Dos de los cuales arrastraban a un hombre fuera de la casa por los brazos.
Butch entró instantáneamente en punto de ebullición. Era un enfado radiactivo por lo que le habían hecho, frustrado por sus miedos por Marissa, atrapado por su naturaleza humana...  y esos asesinos se convirtieron en el punto focal de su agresividad.
Excepto que V se materializó a su lado y le agarró del hombro. Cuando Butch se volvió para decir al Hermano que se fuera a la mierda, Vishous siseó.
—Puedes enfrentarte a ellos. Solo mantén la calma. Hay ojos por todas partes y sin Rhage alrededor, necesito combatir a tope, ¿OK? Así que no puedo sacar ningún mhis. No voy a ser capaz de enmascarar esto.
Butch miró fijamente a su compañero de habitación, comprendiendo que era la primera vez en toda su vida que le daban rienda suelta para pelear.
—¿Por qué me lo permites ahora?
—Tenemos que asegurarnos de que lado estas —dijo V, desenfundando una daga—. Y así es como lo sabremos. Así que cogeré a los dos que tienen al civil y tu ve a por el otro.
Butch asintió al instante, luego se adelantó, consciente del gran rugido que crepitaba entre sus oídos y dentro de su cuerpo. Para cuando consiguió acercarse al lesser, este estaba a punto de entrar en la casa, el tipo cambió de dirección cuando oyó que se acercaba.
El bastardo simplemente observó fastidiado como Butch se aproximaba a él.
—Es el momento de que muestres tu apoyo. —El asesino se giró apartándose.
—Hay dos mujeres aquí dentro. La rubia es realmente rápida, así que la quiero...
Butch atacó desde atrás y le hizo una llave, sujetando la cabeza del cabrón y los hombros. Era como montar un caballo de rodeo. El asesino se sacudía salvajemente y daba vueltas, agarrando los brazos y las piernas de Butch. Cuando eso no funcionó, el tío los lanzó a los dos contra la casa  con la suficiente fuerza como para abollar la cubierta de aluminio.
Butch siguió sujetándole, el antebrazo apretado contra el esófago del lesser, su otra mano en la muñeca retorciéndola, tirando hacia atrás. Para conseguir un agarre aún mejor, enlazó las piernas alrededor de las caderas del asesino, cruzó los tobillos, y le estrujó con los muslos.
Llevó un rato, pero la asfixia y el esfuerzo finalmente hicieron caer al no-muerto.
Excepto que, sagrado infierno, para cuando las rodillas del lesser comenzaron a doblarse, Butch sabía lo que sentía una máquina de pinball. Había sido golpeado contra el exterior de la casa, después contra el marco de la puerta delantera, y ahora estaban en el vestíbulo y estaba siendo golpeando de acá para allá en el reducido espacio.
Sus sesos producían un ruido metálico en el interior del cráneo y  sus órganos internos parecían huevos revueltos, pero, maldita sea, no iba a dejarlo escapar. Cuanto más tiempo mantuviera al lesser ocupado, mas oportunidades tendrían esas mujeres de escapar.
Oh, mierda, era el momento de una vuelta en tiovivo. El mundo giró y Butch golpeó el suelo primero, el lesser  arrastrándose terminó encima de él.
Mal sitio para estar. Ahora era él quien no podía respirar.
Sacó una pierna, pateó contra la pared, y salió de debajo, tirando del torso del lesser. Desgraciadamente, el bastardo se retorció también, y los dos  comenzaron a rodar de acá para allá sobre la horrible alfombra naranja. Finalmente, la fuerza de Butch se agotó.
Con poco esfuerzo, el asesino se lanzó encima de él haciendo que quedaran cara a cara, después sujetó a Butch con una llave de sumisión, inmovilizándole.
Ok... Ahora sería un buen momento para que V apareciera.
Solo que el lesser miró hacia abajo y encontró la mirada de Butch, y todo simplemente se ralentizó. La tierra dejó de girar. Detenido. Muerto.
Otra clase de llave de tornillo los unía, pero esta era una lucha de miradas y Butch era el que tenía el control, aunque estaba en la parte inferior del montón de cuerpos. El lesser se transfiguró y Butch siguió sus instintos.
Lo que significa que abrió la boca y comenzó a inspirar lentamente.
Pero no estaba tomando aire. Estaba tomando al asesino. Absorbiéndole. Consumiéndole. Fue como antes en el callejón, pero ahora no había nadie para detener el proceso. Butch simplemente siguió succionando en una inhalación interminable, un flujo de sombras negras pasaba de los ojos, nariz y boca del lesser entrando en Butch.
Que se sentía como un globo lleno de polución. Se sentía como si estuviera asumiendo el mando del enemigo.
Cuando hubo terminado, el cuerpo del asesino simplemente se desintegró en cenizas, la fina neblina de partículas grises caía en sobre la cara, pecho y piernas de Butch.
—Mierda santa.
Absolutamente desesperado, Butch desplazó los ojos alrededor. V estaba inclinando en la entrada principal, sujetándose al marco como si la casa fuera lo único que siguiera manteniéndole en pie.
—Oh, Dios. —Butch rodó de costado, la fea alfombra raspaba sus mejillas. Tenía el estómago miserablemente revuelto, la garganta ardía como si hubiera estado tragando whisky escocés durante horas. Pero lo que era peor aún, el mal estaba otra vez en él, corriendo a través de sus venas.
Cuando respiró a través de la nariz, olió a talco de bebes.
Y supo que era él, no los restos del lesser.
—V...  —dijo con desesperación—. ¿Qué es lo que he hecho?
—No lo sé, poli. No tengo ni idea.

Veinte minutos después, Vishous se encerró con su compañero de piso en el Escalade y puso todos los seguros. Mientras marcaba con el teléfono móvil y lo ponía en la oreja, miraba de reojo a Butch. El poli parecía multifactorialmente enfermo en el asiento del pasajero, como si estuviera mareado, sufriendo un desfase horario y  cayendo enfermo de gripe al mismo tiempo. Y apestaba a talco de bebe, como si al sudar exudara la fragancia a través de cada uno de sus poros.
Mientras el teléfono sonaba, Vishous arrancó el SUV, y se lanzó a conducir, recordando como se defendió Butch aplicando alguna clase de mojo de mierda contra el lesser. Citando una frase del poli, Santa Maria, Madre de Dios.
Hombre... en un trabajo como este era un arma infernal. Pero las complicaciones eran inmensas.
V echó un vistazo otra vez. Y notó para su tranquilidad que Butch no le miraba como lo haría un lesser.
Mierda.
—¿Wrath? —Dijo V cuándo contestaron a su llamada—. Escucha, yo... mierda...  aquí nuestro chico acaba de consumir a un lesser. No... Rhage no. Butch. Sí, Butch. ¿Que? No, le vi... consumir al tipo. No sé cómo, pero el lesser se convirtió en polvo. No, no creo que hubiera un cuchillo involucrado. Inhaló la maldita cosa. Mira, para ser prudente, voy a llevarle a mi casa y le dejaré echar una cabezadita. Luego vuelvo a casa, ¿Ok?  Bien... no, no tengo ni idea de cómo lo hizo, pero te daré los detalles cuando llegué al complejo. ¿Que tal? Bien. Uh- huh. Oh, por Dios... si, estoy bien y deja de preguntarme eso. Luego.
Colgó y lanzó el teléfono a la carretera, la voz le llegó, toda débil y ronca.
—Me alegro de que no me lleves a casa.
—Lo desearía, sin embargo. —V cogió un puro y lo encendió, chapándolo fuertemente. Cuando sopló el humo, se agrietó una ventana.
—Jesucristo, poli, ¿cómo supiste que podías hacer eso?
—No lo sabía. —Butch tosió un poco, como si le molestara la garganta.
—Déjame tener una de tus dagas.
V frunció el ceño y miró a su compañero de piso.
—¿Por qué?
—Solo dámela. —Cuando V dudó, Butch sacudió con la cabeza con tristeza—. No voy a ir a por ti con ella. Lo juro por mi madre.
Se toparon con un semáforo en rojo y apartó su cinturón de seguridad de en medio para poder desenfundar una de las hojas de la cartuchera del pecho. Le dio  el arma a Butch por el mango, después estudió la carretera adelante. Cuando echó un vistazo encima, Butch se había subido la manga y se estaba cortando la parte interior del antebrazo. Ambos clavaron la mirada en lo que salía de allí.
—Pierdo sangre negra otra vez.
—Bueno... no es una sorpresa.
—Huelo como uno de ellos también.
—Si. —Hombre, a V no le gustaba la obsesión que el poli tenía con la daga—. ¿Qué tal si me devuelves la espada, colega?
Butch se la entregó y V limpió el negro acero en su ropa de cuero antes de volver a enfundar el arma.
Butch se envolvió los brazos alrededor de la cintura.
—No quiero estar alrededor de dondequiera que este Marissa cuando estoy así, ¿Ok?
—Ningún problema. Me encargaré de todo.
—¿V?
—¿Qué?
—Moriría antes de hacerte daño.
Los ojos de V cruzaron velozmente el espacio entre ellos. La cara del poli estaba gris y sus ojos color avellana absolutamente serios, las palabras no eran una mera expresión de pensamientos sino un voto: Butch O´Neal estaba preparado para sacarse a él mismo del juego si esta mierda se ponía crítica. Y era completamente capaz de hacer el trabajo.
V inhaló otra vez su cigarrillo e intentó no encariñarse incluso más con el humano.
—Con un poco de suerte no llegaremos a eso.
Por favor, Dios, no permitas que lleguemos a eso.





[1] Cape Cod: Lugar ideal de vacaciones
[2] Windex= marca de limpiador multiuso en spray.

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