sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE CONFESO/CAPITULO 19 20 21

CAPÍTULO 19


Marissa paseaba haciendo círculos a través de la biblioteca de la Hermandad que terminaban en la ventana que daba a la terraza y la piscina.
Pensó que el día debía haber sido cálido. Había parches en la nieve que se había derretido, revelando un negro esquisto  en el suelo de la terraza y tierra de color café en el sector del césped.
Oh, a quien demonios le importaba el paisaje.
Butch había salido después de la Primera Comida diciendo que debía realizar un recado y que no tardaría. Lo cual estaba bien. Estupendo. Vale. Pero eso había sido hacía dos horas.
Se volvió al escuchar que alguien entraba en la habitación.
—¿Butch? Oh... eres tú.
Vishous se detuvo en el dintel de la puerta, un legítimo guerrero rodeado por las extravagantes hojas doradas de la moldura.
Querida Virgen en el Fade… su expresión era totalmente vacía, el tipo de actitud que uno adopta cuando trae malas noticias.
—Dime que está vivo —dijo ella—, sálvame la vida y dime que está vivo.
—Lo está.
Las rodillas de Marissa se doblaron y tuvo que agarrarse de las estanterías de libros que cubrían las paredes.
—Pero no vendrá, ¿verdad?
—No.
Cuando se quedaron mirando fijamente uno al otro, ella notó distraídamente que vestía una fina camisa blanca con sus pantalones de cuero negro: una Turnbull and Asser con botones en las puntas del cuello. Ella reconoció el corte de las prendas, era lo que Butch vestía.
Marissa cruzó un brazo por encima de su cintura, abrumada por Vishous aunque él estaba al otro lado de la habitación. Parecía un macho tan peligroso… Y no por los tatuajes en su sien, ni por la negra barba de chivo que lucía, ni por su temible cuerpo. El Hermano era frío hasta la médula, y alguien tan distante era capaz de cualquier cosa.
—¿Donde está?—preguntó ella.
—Está bien.
—¿Entonces porque no está aquí?
—Fue solo una pequeña pelea.
Una pequeña pelea. Se le doblaron las rodillas nuevamente cuando los recuerdos de estar al lado de la cama de Butch volvieron a su cabeza. Lo vio yaciendo entre las sabanas de hospital con esa bata, vapuleado, casi muriendo, contaminado por algo malvado.
—Quiero verlo.
—No está aquí.
—¿Está con mi hermano?
—No.
—Y tú no vas a decirme donde está, ¿verdad?
—Te llamará en cualquier momento.
—¿Fue con los lessers? —cuando todo lo que hizo Vishous fue seguir mirándola fijamente, el corazón se le desbocó. No podía soportar que Butch se viera involucrado en esta guerra. Teniendo en cuenta lo que ya le había pasado—. ¡Maldición! ¡Dime si fue con los asesinos, engreído bastardo!
Solo silencio. Lo cual por supuesto respondía la pregunta. Y también sugería que a Vishous no le importaba si estaba o no enojada con él.
Levantándose la falda, Marissa se acercó al guerrero. Al hacerlo tuvo que doblar el cuello para poder mirarlo a la cara. Dios, esos ojos, ojos como diamantes blancos con líneas color azul medianoche alrededor del iris. Fríos. Muy, muy fríos.
Hizo lo mejor que pudo para ocultar que temblaba, pero el lo notó. Miró sus hombros. 
—¿Me tienes miedo Marissa? —dijo—. Exactamente, ¿que crees que puedo hacerte?
Ignoró eso.
—No quiero que Butch luche.
El enarcó una de sus negras cejas.
—No es de tú incumbencia.
—Es demasiado peligroso para él
—Después de esta noche, no estoy tan seguro de eso.
La rígida sonrisa del Hermano hizo que diera un paso atrás, pero la rabia la salvó de una retirada total
—¿Te acuerdas de esa cama de hospital? Viste lo que le hicieron la última vez. Pensé que Butch te importaba.
—Si resulta que es un miembro activo y está dispuesto, será utilizado.
—No me gusta la Hermandad en este momento —replicó ella—, ni tú tampoco.
Trato de pasar a su lado, pero una mano se movió rápidamente, tomándola por el brazo y acercándola de un tirón a él, sosteniéndola, aunque no lastimándola. Los ojos le recorrieron la cara, el cuello y luego se deslizaron por el cuerpo.
Y fue entonces cuando vio el fuego en él. El calor volcánico. El infierno interior que estaba encerrado por todo ese frío autocontrol.
—Suéltame —susurró, con el corazón martilleando fuertemente.
—No estoy sorprendido —Su respuesta fue tranquila. Tranquila como un cuchillo afilado descansando sobre una mesa.
—¿Acerca de que?
—Eres una hembra que vale la pena. Así que no debería agradarte —sus ojos centellearon, estrechándose sobre su rostro—. Sabes, realmente eres la gran beldad de la especie, ¿verdad?
—No… No lo soy.
—Si, lo eres —La voz de Vishous se fue haciendo cada vez más baja, más suave, hasta que no estuvo segura de si realmente lo oía o estaba en su mente —Butch es una sabia opción para ti, hembra. Cuidará de ti, si lo dejas. ¿Quieres, Marissa? ¿Permitirás que se haga cargo de ti?
Mientras esos ojos de diamante la hipnotizaban, sintió el pulgar de él moverse sobre su muñeca, hacia atrás y adelante. El ritmo de su corazón descendió gradualmente hasta hacerse perezoso.
—Responde a mi pregunta, Marissa.
Ella se tambaleó
—¿Qué?  ¿Cuál fue la pregunta?
—¿Lo dejaras tomarte? —Vishous inclinó la cabeza y puso la boca en su oído—. ¿Lo tomaras dentro de ti?
—Sí… —exhaló, consciente de que estaban hablando de sexo, pero demasiado seducida por la situación como para no responder—. Lo tomaré dentro de mí.
La fuerte mano que la sujetaba se aflojó, y comenzó a acariciarle el brazo, moviéndose cálida y firmemente sobre su piel. Él miró hacia donde la estaba tocando, con una expresión de profunda concentración en el rostro.
—Bien. Eso es bueno. Vosotros dos os veis hermosos juntos. Una maldita inspiración.
El macho se volvió sobre sus talones y salió majestuosamente de la habitación.
Desorientada y conmocionada Marissa se tambaleó hacia la puerta de la biblioteca y vio que Vishous empezaba a subir las escaleras, sus fuertes muslos ganando distancia sin ningún esfuerzo.
Sin previo aviso se detuvo y volvió la cabeza hacia ella. Marissa se llevó una mano a la garganta.
La sonrisa de Vishous era tan oscura como sus ojos eran pálidos
—Vamos, Marissa. ¿Realmente pensaste que te iba a besar?
Ella boqueó, eso era exactamente lo que había estado pensando.
Vishous sacudió la cabeza
—Eres la hembra de Butch y tanto si terminas junto a él como si no, siempre lo serás para mi —comenzó a subir de nuevo—. Además no eres mi tipo. Tu piel es demasiado suave.

V entró al estudio de Wrath y cerró las puertas dobles, pensando que esa pequeña charla con Marissa había sido perturbadora como el infierno en diferentes niveles. Dios, no había leído los pensamientos de nadie en semanas, pero los de ella los distinguió claros como el día. O tal vez sólo arriesgó una conjetura. Demonios, seguramente lo segundo. A juzgar por esos ojos, abiertos como platos, claramente había estado convencida de que la iba a besar.
La razón por la cual se había quedado mirándola fijamente era que lo fascinaba, no que se sintiera atraído por ella. Quería saber que había en ella que hacía que Butch la tocara con tanta calidez y amor. ¿Era algo en su piel? ¿En sus huesos? ¿Su belleza? ¿Como lo hacía?
¿Como llevaba a Butch a un lugar donde el sexo se convertía en comunión?
V se frotó el centro del pecho, consciente de una punzada de soledad.
—Hola mi hermano —Wrath se inclinó, sobre su delicado escritorio, todo él sólidos antebrazos y grandes manos—. ¿Estas aquí para informar o para hacer de modelo para una escultura?
—Yo… Lo siento. Estoy distraído.
Vishous se sentó y le contó todos los detalles sobre la pelea, especialmente el final, cuando había observado al lesser desaparecer en el aire, gracias a su compañero de habitación.
—¡Maldición! —exhaló Wrath.
V fue hacia la chimenea y tiró la colilla de un cigarro en el fuego.
—Nunca  había visto nada parecido.
—¿Está bien?
—No lo sé. Lo hubiera llevado a lo de Havers para un chequeo, pero para el poli no hay vuelta a la clínica. En este momento, está en mi ático con su móvil encendido. Me llamará si las cosas se ponen difíciles y ya pensaré en algo.
Las cejas de Wrath desaparecieron detrás de sus gafas de sol de espejo.
—¿Estas seguro estás de que los lessers no pueden rastrearlo?
—Endemoniadamente seguro. En ambos casos, fue él quien fue tras ellos. Es como si los oliera o algo así. Cuando se acerca parecen reconocerlo, pero es él siempre quien conecta primero.
Wrath miró hacia abajo a la pila de papeles en su escritorio
—No me gusta que esté ahí fuera solo. No me gusta nada.
Hubo una larga pausa hasta que V dijo:
—Podría ir a recogerlo. Traerlo a casa.
Wrath se quitó las gafas de sol. Cuando se frotó los ojos, el anillo del Rey, con ese macizo diamante negro, centelleó en el dedo del medio—. Tenemos hembras aquí. Una de las cuales está embarazada.
—Yo puedo vigilarlo. Puedo asegurarme de que se quede en el Pit. Puedo sellar el túnel de acceso.
—Demonios —dijo Wrath poniéndose de nuevo las gafas de sol—. Ve por él. Trae a nuestro muchacho a casa.

Para Van, la parte mas aterradora de su inducción a la Sociedad Lessening no fue la conversión física, ni El Omega, ni la naturaleza involuntaria de todo ello. No que esa mierda no fuera espeluznante.
Lo fue. Jesús… saber que el mal realmente existía y que caminaba por ahí y… le hacía cosas a la gente. Si, era un enorme despertador, de la peor de las formas.
Pero no  la parte más aterradora.
Con un gruñido, Van se levantó del colchón desnudo sobre el cual había estado, desde solo Dios sabia cuando. Mirando hacia abajo a su cuerpo, extendió el brazo fuera de la articulación del hombro, luego lo torció firmemente.
No, la parte más aterradora era el hecho de que cuando finalmente dejó de vomitar y se las arregló para tomar aliento, no pudo recordar exactamente porqué no había querido unirse en primer lugar. Porque el poder estaba de vuelta en su cuerpo, el rugido de la veintena estaba estacionado de nuevo en su garaje. Gracias al Omega, era de nuevo él mismo, ya no más una pálida y desvanecida sombra de lo que alguna vez había sido. Seguramente, los medios habían sido una manipulación de la mente de terror e incredulidad. Pero los resultados… eran gloriosos.
Flexionó su bíceps de nuevo, sintiendo sus músculos y huesos, amándolos.
—Estas sonriendo —dijo Xavier cuando entró en la habitación.
 Van miró hacia arriba.
—Me siento estupendo. Realmente,  jodidamente, estupendo.
Los ojos de Xavier eran distantes.
—No dejes que se te suba a la cabeza. Y escucha bien. Quiero que te quedes cerca de mí. Nunca vayas a ningún lugar sin mí. ¿Está claro?
—Si, seguro —Van sacó las piernas fuera de la cama. No podía esperar para correr y ver que se sentía.
Cuando se levantó, la expresión de Xavier era rara. ¿Frustración?
— ¿Pasa algo malo? —preguntó Van.
— Tu inducción fue tan… común.
¿Común? Que te saquen el corazón y que tú sangre sea cambiada por algo que parecía alquitrán no contaba como común para él. Y por Jesucristo, Van no estaba interesado en que le jugaran esa rutina destinada a aniquilarle la euforia. El mundo volvía a ser refrescante y nuevo en lo que a él concernía. Había renacido.
—Siento decepcionarte —murmuró.
—No estoy decepcionado de ti… todavía —dijo Xavier mirando su reloj—. Vístete. Nos iremos en cinco.
Van fue al baño y se puso frente al vater, solo para darse cuenta que no tenía ganas. Y que tampoco estaba sediento o hambriento.
Ok, esto era raro. Parecía antinatural no seguir su rutina de la mañana.
Inclinándose hacia delante, miró su reflejo en el espejo que estaba sobre el lavabo. Los rasgos eran los mismos, pero los ojos eran diferentes.
Sintió una incomodidad arrastrándose a través de él. Se frotó la cara con las palmas para asegurarse de que aún era de carne y hueso. Cuando sintió los huesos de su cráneo a través de la piel, pensó en Richard.
Quien estaba en su casa con su esposa y dos hijos. A salvo ahora.
Van no tendría más contacto con su familia. Nunca. Pero la vida de su hermano parecía un intercambio justo. Los padres eran importantes. 
Además, mira todo lo que había ganado por ese sacrificio. La parte más importante era que estaba de vuelta en el negocio.
—¿Listo para irnos? —llamó Xavier desde la sala.
Van tragó fuerte. Hombre, en lo que sea que él hubiese entrado era mucho más oscuro y profundo que solo una vida criminal. Era un agente del mal ahora, ¿no?
Y eso debería haberlo molestado más.
En lugar de ello, estaba descubriendo su poder, listo para utilizarlo
—Si, lo estoy.
Van le sonrió a su reflejo, sintiendo que su destino especial se había cumplido. Y era exactamente quien necesitaba ser.

CAPÍTULO 20


A la tarde siguiente, Marissa estaba saliendo de la ducha cuando escuchó las contraventanas levantarse para la noche.
Dios, estaba cansada, pero bueno había sido un día ocupado. Muy ocupado.
Aunque lo bueno era que por lo menos todo lo que había tenido que hacer la había mantenido apartada de su obsesión por Butch. Bueno, en su mayor parte mantuvo la mente apartada de él. Vale, a veces le impidió pensar en él.
El hecho de que nuevamente hubiese sido herido por un lesser era solo una parte de sus preocupaciones. Se preguntaba donde estaría y quien lo cuidaría. No su hermano, obviamente. Pero, ¿tenía Butch a alguien más?
¿Había pasado el día con otra hembra, siendo atendido por ella? Seguro, Marissa había hablado con él la noche anterior y él había dicho todas las cosas correctas: la había tranquilizado diciendo que estaba bien. No había mentido sobre la pelea con un lesser. Fue sincero acerca de no querer verla hasta que se sintiera más estable. Y le había dicho que se reuniría con ella en la Primera Comida de esta noche.
Ella había asumido que si había sonado forzado, era porque fue golpeado, y no lo culpaba. Pero fue solo después de que colgara el teléfono que se dio cuenta de todo lo que había olvidado preguntar.
Enojada por sus inseguridades, se inclinó sobre el recolector de la ropa sucia y tiró la toalla en él. Cuando se enderezaba, se sintió tan mareada que zigzagueó sobre sus pies descalzos y tuvo que agacharse hasta quedar en cuclillas. Era eso o desmayarse.
Por favor deja que esta necesidad de alimentarme pase. Por favor.
Respiró profundamente hasta que la cabeza se le despejó, entonces se puso de pie lentamente y se dirigió al lavabo. Cuando ahuecó las manos bajo el agua fría y se salpicó la cara, supo que tendría que acudir a Rehvenge. Pero no esta noche. Esta noche necesitaba estar con Butch. Necesitaba verlo de cerca y asegurarse de que estaba bien. Y necesitaba hablar con él. Él era lo importante, no su propio cuerpo.
Cuando se sintió lo suficientemente firme, fue a ponerse ese vestido verde azulado de YSL. Dios, realmente odiaba vestirlo ahora. Guardaba reminiscencias tan negativas, como si la escena con su hermano fuera un desagradable olor que hubiera penetrado en la tela del vestido.
La llamada a la puerta que estaba esperando, llegó justo a las seis en punto. Fritz estaba al otro lado de la puerta del dormitorio, el viejo macho sonreía al hacer una reverencia.
Buenas tardes, señorita.
Buenas tardes. ¿Tienes los documentos?
Como usted solicitó.
Tomó la carpeta que le ofrecía y fue hacia el escritorio, donde hojeó los documentos y firmó en varias líneas. Cuando cerró la tapa de la carpeta descansó la mano sobre ella. —Se hizo tan rápido.
Tenemos buenos abogados, ¿no cree?
Respiró profundamente y devolvió el poder para el abogado y los documentos de renta. Entonces fue hacia el tocador y tomó un brazalete del conjunto de diamantes que llevaba puestos cuando llegó al complejo de la Hermandad. Mientras llevaba la espléndida tira hacia el doggen, la asaltó el pensamiento fugaz de que su padre se los había regalado hacía más de 100 años.
Nunca hubiese adivinado como serian usados. Gracias a la Virgen Escriba.
El mayordomo frunció el ceño. —El amo no lo aprueba.
Lo sé, pero Wrath ha sido demasiado amable conmigo hasta ahora. —Los diamantes brillaron colgando entre las puntas de los dedos—. ¿Fritz? Toma el brazalete.
El amo realmente no lo aprueba.
No es mi ghardian. Por lo que no es su decisión.
Es el Rey. Todo es su decisión. —Pero Fritz tomó la joya.
Cuando se alejaba, el doggen se veía tan afligido, que ella dijo. —Gracias por traerme ropa interior y lavar este traje. Eres muy considerado.
Se alegró un poco por el reconocimiento a su labor. —¿Quizás le gustaría que recuperara algunos de sus vestidos de los baúles?
Ella miró el St. Laurent y sacudió la cabeza. —No estaré aquí mucho tiempo. Mejor dejarlos guardados. 
Como desee, señorita.
Gracias, Fritz.
Él se detuvo. —Debería saber que puse rosas frescas en la biblioteca para su cita de esta tarde con nuestro amo Butch. Me pidió que consiguiera algunas para complacerla. Me pidió que me asegurara de que fueran tan adorables y de color dorado pálido como su cabello.
Ella cerró los ojos. —Gracias, Fritz.

Butch enjuagó la hoja de afeitar, la golpeó contra el borde del lavabo, y cerró el agua. Según el espejo, la afeitada no lo había ayudado mucho; de hecho, ponía de manifiesto los moratones, que ahora se estaban volviendo amarillentos. Mierda. Quería lucir bien para Marissa, especialmente debido a que la noche anterior había resultado ser semejante desastre.
Mientras miraba fijamente su reflejo, escarbo el diente del frente, al que le faltaba un pequeño pedacito. Mierda… si quería lucir como si la mereciera, necesitaría cirugía plástica, desintoxicarse y una colección completa de gorras.
Como sea. Si iba a verla en diez minutos tenía otras cosas de que preocuparse. Había sonado como el infierno por teléfono la noche anterior, y parecía como si volviera a haber distancia entre ellos. Pero al menos estaba dispuesta a verlo.
Lo que lo llevaba a su mayor preocupación. Se estiró y tomó una cuchilla de afeitar del borde del blanco lavabo. Extendiendo el antebrazo…
Poli, terminarás lleno de agujeros si continuas con eso.
Butch miró en el espejo. Detrás de él, V estaba apoyado contra el marco de la puerta, con un vaso de Goose y un cigarrillo en la mano. Tabaco turco perfumaba el aire, acre, masculino.
Vamos V, necesito estar seguro. Se que tú mano hace maravillas, pero… —Llevó la hoja encima de la piel, luego cerró los ojos, temiendo lo que iba a salir.
Es roja, Butch. Estás bien.
Echó un vistazo a la húmeda raya carmesí. —Sin embargo ¿cómo estar absolutamente seguro?
Ya no hueles como un lesser y  anoche lo hacías —V entró al baño—. Y segundo…
Antes de que Butch supiera que estaba haciendo, V tomó su antebrazo, se inclinó, lamió el corte, y lo selló rápidamente.
Butch tiro del agarre de su compañero. —¡Jesús, V! ¡Que pasa si esa sangre está contaminada!
Está bien. De ver… —con una sacudida, Vishous jadeó y colapsó contra la pared, los ojos rodando hacia la parte de atrás de la cabeza, el cuerpo crispándose.
—¡Oh, Dios…! —Butch se tensó horrorizado…
Solo para ver a V acabar con el ataque y beber, con calma un trago del vaso. —Estás bien, poli. Sabes perfectamente bien. Bueno, bien para un tipo humano, lo cual realmente no está en mi lista de preferencias, ¿lo coges?
Butch retrocedió y le dio un puñetazo en el brazo a su compañero. Y cuando el Hermano maldijo, Butch le propinó otro.
V lo miró enfadado y se frotó a si mismo. —Cristo, poli.
Aguántate, te lo mereces.
Butch pasó empujando al Hermano y se dirigió al armario. Mientras trataba de decidir que ponerse, manipulaba bruscamente la ropa, empujándola de un lado a otro en las perchas.
Se detuvo. Cerró los ojos. —Que mierda, V. Anoche estaba sangrando negro. Ahora no. ¿Es mi cuerpo algún tipo de planta procesadora de aguas residuales?
V se acomodó sobre la cama, recostándose contra la cabecera y apoyando el vaso en el muslo cubierto de cuero. —Quizás, no lo se.
Hombre, estaba tan cansado de sentirse perdido. —Pensé que lo sabias todo.
Eso no es justo, Butch.
Mierda… tienes razón. Disculpa.
¿Podemos mandar a la mierda la parte de las disculpas y en vez de ello me dejas golpearte?
Cuando ambos rieron, Butch se forzó a escoger un traje y terminó tirando sobre la cama al lado de V, un Zegna azul marino. Entonces hurgó entre las corbatas. —Vi al Omega, ¿verdad? Esa cosa en mi era parte de él. Puso parte de él en mí.
Sip, eso es los que pienso.
Butch sintió la repentina necesidad de ir a la iglesia y rezar por su salvación. —No habrá vuelta a la normalidad para mi, verdad.
Probablemente no.
Butch miró fijamente la colección de corbatas, quedando abrumado por los colores y las alternativas. Mientras estaba de pie congelado por la indecisión, por alguna razón pensó en su familia en el sur de Boston.
Hablando de normalidad… ellos eran constantes, demasiado, tan implacablemente iguales. Para el clan O’Neal, había sucedido un acontecimiento fundamental, y esa tragedia había arrojado el tablero de ajedrez de la familia al aire. Cuando las piezas cayeron, aterrizaron en pegamento: después de que Jane fuera violada y asesinada a los quince años, todos se quedaron en sus lugares. Y él era el extraño sin redención.
Para cortar el tren de sus pensamientos, Butch agarró unos Ferragamo rojo sangre del estante. —Entonces, ¿qué planes tienes para esta noche, vampiro?
Se supone que es mi noche libre.
Bien.
No, mal. Sabes que odio no pelear, ¿verdad?
Estás demasiado tenso.
Nah.
Butch miró por encima de su hombro. —¿Necesito recordarte lo de esta tarde?
V bajó los ojos al vaso. —No pasó nada.
Despertaste gritando tan fuerte que pensé que te habían disparado. ¿Que demonios estabas soñando?
Nada.
No trates de evitarme, es molesto.
V hizo girar el vodka en el vaso. Lo tragó. —Sólo fue un sueño.
Mentira. He vivido contigo durante nueve meses, colega. Cuando duermes te quedas quieto como una piedra.
Lo que sea.
Butch dejó caer la toalla, se puso un par de calzoncillos negros y tomó una almidonada camisa blanca del armario. —Deberías decirle a Wrath lo que está pasando.
¿Que tal si no hablamos de ello?
Butch se puso la camisa, la abotonó, luego le pegó un tirón a los pantalones rayados para sacarlos de la percha. —Lo que quiero decir es…
Trágatelo, poli.
Dios, eres un bastardo reservado. Mira, estoy aquí si quieres hablar, ¿Ok?
No contengas la respiración. Pero… lo apunto. —V se aclaró la garganta—. A propósito, tomé prestada una de tus camisas anoche.
Está bien. Que uses mis calcetines es lo que me molesta.
No quería presentarme ante tu novia en ropa de combate. Que es todo lo que tengo. 
Dijo que le habías hablado. Creo que la pusiste nerviosa.
V dijo algo que sonó como. —Debería.
Butch lo miró. —¿Que has dicho?
Nada. —De repente V se levantó de la cama y se encaminó hacia la puerta—. Escucha, me quedaré en mi otra casa esta noche. Estar aquí solo cuando todos están en el trabajo me hace remover toda la mierda. Si me necesitas, búscame en el ático.
V. —Cuando su compañero se detuvo y miró hacia atrás, Butch dijo—. Gracias.
¿Por qué?
Butch levantó su antebrazo. —Ya sabes.
V se encogió de hombros. —Pensé que de ese modo te sentirías más tranquilo al estar con ella.

 John caminaba a través del túnel subterráneo, los pasos eran un retumbar de tambores que hacían eco y que le hacía notar lo solo que estaba como ninguna otra cosa lo hacía.
Bueno, solo excepto por la rabia. Ahora estaba siempre con él, cercana como su propia piel, cubriéndole como la piel. Hombre, no podía esperar para que empezara la clase de esta noche, así podría dejar salir algo. Estaba crispado, sobrexcitado, inquieto.
Pero quizás algo de eso era porque, mientras se dirigía hacia la casa principal, no pudo evitar recordar la primera vez que recorrió este camino con Tohr. Había estado tan nervioso en ese entonces, y tener al macho cerca había sido tranquilizador.
Feliz jodido aniversario, pensó John.
Esta noche hacía exactamente tres meses que todo se había venido abajo. Esta noche hacía tres meses que el asesinato de Wellsie, el asesinato de Sarelle y la desaparición de Tohr, habían sido repartidos como cartas del Tarot portadoras de malas noticias. Bang. Bang. Bang.
Y las consecuencias fueron un tipo especial de infierno. Durante un par de semanas después de la tragedia, John había asumido que Tohr volvería. Había esperado, había tenido esperanzas, había rezado. Pero… nada. Ninguna comunicación, ninguna llamada telefónica, no… nada.
Tohr estaba muerto. Tenía que estarlo.
Mientras John se acercaba a las cortas escaleras que llevaban al interior de la mansión, sintió que no podía soportar cruzar la puerta oculta para entrar al vestíbulo. No estaba interesado en comer. No quería ver a nadie. No quería sentarse a la mesa. Pero seguro como el infierno que Zsadist vendría por él. Los últimos días el Hermano lo había arrastrado a la casa grande para las comidas. Lo cual era embarazoso y había provocado que ambos se enojaran.
John se forzó a subir los escalones y entrar en la mansión. Para él, la cegadora explosión de colores del vestíbulo era una afrenta a los sentidos, ya no más un festín para los ojos, y se dirigió hacia el comedor con la mirada fija en el suelo. Cuando pasaba por debajo del gran arco, vio que la mesa estaba servida pero no ocupada aún. Y olió cordero asado… definitivamente la comida favorita de Wrath. 
El estomago de John rugió de hambre, pero no iba a dejarse llevar por ello. Últimamente, no importaba cuan hambriento estuviera, en el instante que ponía comida en su tripa, incluso el tipo especialmente hecho para un pre-trans[1], le daban calambres. ¿Y se suponía que tenía que comer más para el cambio? Si, seguro.
Cuando escuchó pasos ligeros y apresurados, volvió la cabeza. Alguien estaba corriendo a toda prisa en la galería del segundo piso.
Entonces le llegaron risas desde arriba. Gloriosas risas femeninas.
Se reclinó fuera del arco y echo un vistazo a la gran escalinata.
Bella apareció en el rellano de más arriba, sin aliento, sonriendo, con una túnica de satén negro en las manos. Cuando desaceleró en el comienzo de la escalera, miró sobre su hombro, el cabello grueso y oscuro balanceándose tras ella.
El golpeteo que vino después era pesado y distante, aumentando el sonido hasta que fue como rocas golpeando contra el suelo. Obviamente, era lo que estaba esperando. Dejó salir una risa, tiró con fuerza la túnica más alto, y comenzó a bajar la escalera, andando descalza sobre los escalones como si estuviera flotando. Cuando llegó abajo, golpeó el suelo de mosaico del vestíbulo y giró justo cuando Zsadist aparecía en el corredor del segundo piso.
El Hermano la avistó y fue derecho hacia el balcón, clavó las manos en la barandilla, balanceó las piernas hacia arriba y se impulsó hacia el vacío. Voló hacia afuera, el cuerpo en una perfecta zambullida de cisne… excepto que no estaba sobre el agua, estaba dos pisos por encima de la dura piedra.  
El grito pidiendo ayuda de John salió como una muda, y sostenida ráfaga de aire…
Que fue interrumpida cuando Zsadist se desmaterializó en la cumbre de la zambullida. Tomó forma veinte pies delante de Bella, quien miraba el espectáculo con resplandeciente felicidad.
Mientras tanto, el corazón de John golpeaba duramente por la conmoción… luego bombeó rápidamente por una razón diferente.
Bella sonrió a su compañero, la respiración todavía afanosa, las manos agarrando la túnica aún, los ojos intensos con invitación. Y Zsadist se acercó en respuesta a la invitación, pareciendo hacerse más grande todavía mientras se acercaba majestuosamente a ella. La esencia vinculante del Hermano llenó el vestíbulo, lo mismo que un bajo gruñido parecido al de un león. El macho era todo animal en este momento… un animal muy sexual.
Te gusta ser perseguida, nalla. —Dijo Z en un voz tan profunda que se distorsionaba.
La sonrisa de Bella se hizo más ancha mientras retrocedía hacia una esquina.
Quizás.
Entonces corre un poco más, ¿por qué no lo haces? —Las palabras fueron oscuras e incluso John captó la erótica amenaza en ellas.
Bella se escapó, pasando velozmente en torno a su compañero, dirigiéndose a la sala de billar. Volviéndose sobre sí mismo Z la siguió como a una presa, los ojos fijos en el ondeante cabello y el grácil cuerpo de la hembra. Mientras los labios mostraban los colmillos, alargados caninos blancos, sobresaliendo de la boca. Y no eran la única respuesta que tenía a su shellan.
En las caderas, presionando contra el frente de los pantalones de cuero, había una erección del tamaño del tronco de un árbol.
Z le echó a John una rápida mirada y luego volvió a la cacería, desapareciendo dentro de la habitación, aquel penetrante gruñido haciéndose más alto. A través de las puertas abiertas, llegó un chillido de deleite, un roce, un jadeo femenino y luego… nada.
La había capturado.
John puso las manos contra la pared, estabilizando una sacudida de la que no se había percatado. Al pensar en lo estaban haciendo, su cuerpo se aflojó curiosamente, hormigueándole un poquito. Como si quizás algo se estuviera despertando.
Cuando Zsadist salió un momento después, tenía a Bella en sus brazos, su oscuro cabello extendiéndose por el hombro de él, mientras languidecía contra la fuerza que la sujetaba. Tenía los ojos fijos en la cara de Z, mientras este veía por donde iban, la mano acariciándole el pecho y los labios curvándose en una sonrisa íntima.
Tenía una marca de mordida en el cuello, una que definitivamente no había estado ahí antes, y la satisfacción de Bella mientras contemplaba el hambre en la cara de su hellren era absolutamente fascinante. John supo instintivamente que Z iba a rematar dos cosas allá arriba: el apareamiento y la alimentación. El Hermano iba a penetrar su garganta y a meterse entre sus piernas. Probablemente al mismo tiempo.
Dios, John quería ese tipo de conexión.
Salvo que ¿que ocurría con su pasado? Aún si lograba pasar por la transición, ¿cómo iba a estar alguna vez así de cómodo y confiado con una hembra? Los verdaderos Machos no habían sufrido lo que él, no habían sido forzados a punta de cuchillo a una odiosa sumisión.
Infiernos, mira a Zsadist. Tan fuerte, tan poderoso. Las hembras querían ese tipo de cosas, no debiluchos como John. Y no había ninguna duda. No importaba lo grande que se hiciera el cuerpo de John, siempre sería un debilucho, marcado para siempre por lo que le habían hecho.
Se volvió y fue hacía la mesa del comedor, sentándose solo en medio de toda la porcelana, la plata, el cristal y las velas.
Pero estar solo estaba bien, decidió.
Al estar solo estaba a salvo.



[1] Pre-trans. Hace referencia al sujeto que todavía no ha pasado por la transformación a vampiro. Ya que tienen un estómago sensible y tienen que comer comida especialmente preparada.



CAPÍTULO 21


Mientras Fritz subía las escaleras para avisar a Marissa, Butch esperaba en la biblioteca y pensaba en lo buen tipo que era el doggen. Cuando le había pedido un favor, el anciano había estado encantado de ocuparse de su petición. Incluso aunque fuera algo extraño.
El aroma a brisa del océano llenó la habitación y el cuerpo de Butch se sacudió en una instantánea y muy visible respuesta. Mientras se daba la vuelta, se aseguró que la chaqueta del traje estuviera en su sitio.
Oh, Cristo, estaba hermosa con ése vestido verde azulado.
—Hey, cariño.
—Hola, Butch.
La voz de Marissa sonaba tranquila, pero su mano temblaba insegura mientras se alisaba el cabello.
—Te ves… bien.
—Si, estoy bien gracias a la mano sanadora de V.
Hubo un largo silencio. Y luego dijo,
—¿Estará bien si te saludo apropiadamente?
Cuando ella asintió, se acercó y le cogió la mano. Mientras se inclinaba y la besaba, sintió que la palma estaba fría como el hielo. ¿Estaba nerviosa? ¿O enferma?
Frunció el ceño.
—Marissa, ¿quieres sentarte un minuto antes de que vayamos a comer?
—Por favor.
La condujo a un sofá tapizado de seda y notó que estaba insegura mientras se recogía el vuelo del vestido y se sentaba junto a él.
Inclinó la cabeza.
—Háblame.
Cuando no habló en seguida, insistió.
—Marissa… tienes algo en mente, ¿verdad?
Hubo un silencio incómodo.
—No quiero que luches con la Hermandad.
Así que era eso.
—Marissa, lo de anoche fue inesperado. Yo no lucho. De verdad.
—Pero V dijo que si estabas dispuesto te iban a utilizar.
Whoa. Novedades para él. Hasta dónde sabía, lo de la noche anterior había sido para probar su lealtad, no para que entrara en combate de forma habitual.
—Escucha, los hermanos se han pasado los últimos nueve meses manteniéndome fuera de las peleas. No me meto con los lessers. No es mi cometido.
La tensión de ella se alivió.
—Es solo que no puedo soportar la idea de que te hieran otra vez.
—No te preocupes por eso. La Hermandad hace su trabajo, pero yo tengo poco que hacer.
Le metió un mechón de cabello tras la oreja.
—¿Hay algo más que quieras hablar conmigo, cariño?
—Tengo una pregunta.
—Pregúntame cualquier cosa.
—No sé dónde vives.
—Aquí. Vivo aquí.
Ante su confusión, le indicó con la cabeza las puertas abiertas de la biblioteca.
—Al otro lado del patio, en la casa del guarda. Vivo con V.
—Oh... entonces, ¿dónde estuviste anoche?
—Justo allí. Pero me quedé dentro.
Ella frunció el ceño, y luego dijo bruscamente,
—¿Tienes otras mujeres?
Como si alguna otra pudiera comparársele.
—¡No! ¿Por qué lo preguntas?
—No hemos yacido juntos y tú eres un hombre con evidentes… necesidades. Incluso ahora, tu cuerpo ha cambiado, se ha endurecido, ha crecido.
Mierda. Había intentado esconder la erección, realmente lo había hecho.
—Marissa...
—Seguramente necesitas ser aliviado frecuentemente. Tu cuerpo es temible.
Eso no sonaba bien.
—¿Qué?
—Potente y poderoso. Digno de penetrar en una hembra.
Butch cerró los ojos, pensando que ahora el Sr. Digno realmente se estaba elevando a la altura de las circunstancias.
—Marissa, no hay nadie excepto tú. Nadie. ¿Cómo podría haberlo?
—Los hombres de mi especie pueden tomar más de una compañera. No sé si los humanos...
—Yo no. No contigo. No puedo imaginarme a mí mismo con otra mujer. Quiero decir, ¿podrías verte a ti misma con alguien más?
En la vacilación que siguió, una corriente de frío atravesó su espina dorsal, corriendo desde el final de la espalda hasta la base del cráneo. Y mientras él enloquecía, ella jugaba con su extravagante falda. Mierda, también estaba sonrojándose.
—No quiero estar con nadie más —dijo.
—¿Qué no me estás contando, Marissa?
—Hay alguien del que he estado… cerca.
El cerebro de Butch empezó a fallar, como si sus vías neuroanatómicas se hubieran simplemente evaporado y ya no hubiera caminos para su materia gris.
—¿Cómo de “cerca”?
—No de forma romántica, Butch. Lo juro. Es un amigo, pero es un macho, y es por eso por lo que te lo estoy contando.
Le puso la mano en la cara.
—Eres el único al que quiero.
Mirando fijamente sus solemnes ojos, no podía dudar de la sinceridad de lo que decía. Pero mierda, se sentía como si hubiera sido encasillado. Lo cual era ridículo y mezquino y… ah, Dios… no podía soportar en absoluto que estuviera con otra persona.
Compórtate  O’Neal. Simplemente arrastra tu culo de nuevo a la realidad, colega. Ahora.
—Bien —dijo—. Quiero ser el único para ti. El único.
Dejando a un lado toda su mierda de tipo-celoso, le besó la mano… y se alarmó por lo mucho que temblaba.
Calentó los dedos fríos con las palmas de sus manos.
—¿A que se deben estos temblores? ¿Estás disgustada o enferma? ¿Necesitas un médico?
Ella le quitó importancia pero sin nada de su gracia habitual.
—Puedo ocuparme de ello. No te preocupes.
Y un infierno que lo haría. Cristo, estaba completamente débil, tenía los ojos dilatados, y sus movimientos eran descoordinados. Enferma, definitivamente enferma.
—¿Por qué no te llevo de vuelta arriba, cariño? Me matará no verte, pero no tienes aspecto de estar preparada para la comida. Y yo puedo llevarte algo de comer.
Ella hundió los hombros.
—Tenía tantas esperanzas… Si, creo que será lo mejor.
Se puso de pie y flaqueó. Mientras la tomaba por el brazo, maldijo a ése hermano suyo. Si necesitaba ayuda médica, ¿a quién podrían llevarla?
—Vamos pequeña. Apóyate en mí.
Tomándoselo con calma, la llevó hacia el segundo piso, pasaron la habitación de Rhage y Mary, la de Phury, e incluso fueron más lejos, hasta que llegaron a la habitación esquinera que le habían asignado.
Ella puso una mano en el pomo de metal.
—Lo siento, Butch. Quería pasar tiempo contigo ésta noche. Pensé que tenía más fuerzas.
—Por favor, ¿puedo llamar a un médico?
Sus ojos se veían aturdidos, pero curiosamente despreocupados mientras los alzaba para mirarlo.
—No es nada que no pueda manejar yo misma. Y pronto voy a estar bien.
—Hombre… justo ahora que yo quería protegerte como en eso que habías leído. 
Ella sonrió.
—No es necesario, ¿recuerdas?
—¿Cuenta si sólo lo hago por tranquilizarme?
—Si.
Mientras se miraban el uno al otro, un estupendo pensamiento radió a través de su cerebro de guisante: amaba a ésta mujer. La amaba a muerte.
Y quería que lo supiera.
Le acarició la mejilla con el pulgar y decidió que era una verdadera vergüenza que no tuviera el don de las palabras. Quería decir algo ingenioso y tierno, para tener una buena introducción antes de soltar la bomba. Salvo que se quedó simplemente seco.
Así que soltó, con su típica falta de sutileza:
—Te amo.
Los ojos de Marissa se agrandaron.
Oh, mierda. Demasiado, demasiado pronto...
Ella le echó los brazos al cuello y le abrazó con fuerza, enterrando la cabeza en su pecho. Cuando la envolvió en sus brazos, y se preparó para caer totalmente rendido a sus pies, llegaron voces por el pasillo. Abriendo la puerta, la hizo entrar en la habitación, intuyendo que necesitaban un poco de intimidad.
Mientras la llevaba a la cama y la ayudaba a acostarse, ordenó en su cabeza todo tipo de palabras cursis, preparándose para el cortejo. Pero antes de que pudiera decir nada, le cogió de la mano y lo apretó tan fuerte que creyó que le partiría los huesos.
—Yo también te amo, Butch.
Las palabras le hicieron olvidarse de cómo respirar.
Totalmente noqueado, se dejó caer de rodillas al lado de la cama y tuvo que sonreír.
—Ahora..., ¿por qué tenías que ir y hacer esto, cariño? Te tenía por una hembra inteligente.
Ella rió suavemente.
—Tú sabes porque.
—¿Por qué me compadeces?
—Porque eres un macho de valor.
Se aclaró la garganta.
—No lo soy realmente.
—¿Cómo puedes decir eso?
Bueno, vamos a ver. Había sido expulsado de Homicidios por reventarle la nariz a un sospechoso. Había jodido en su mayor parte con putas de los bajos fondos. Disparado y matado a otros hombres. Además, sí, estaba esa antigua mierda de aspirar coca y la presente y persistente de ahogarse en escocés. Oh, y ¿había mencionado que había sido algo suicida desde el asesinato de su hermana hacía todos esos años?
Si, tenía algo de valor. Pero sólo servía para un viaje al vertedero.
Abrió la boca, para revelar el secreto, pero se detuvo a sí mismo.
Cierra el pico, O’Neal. La mujer dice que te ama y ella es más de lo que te mereces. No lo arruines con los desagradables hábitos del pasado. Ten un nuevo comienzo, aquí y ahora, con ella.
Le pasó el pulgar sobre las perfectas mejillas.
—Quiero besarte. ¿Tienes ganas de permitírmelo?
Cuando vaciló, no pudo decir que la culpara. La última vez que habían estado juntos había sido un asco, con su cuerpo expulsando aquella porquería y su hermano deambulando. Además ahora estaba claramente cansada.
Se echó hacia atrás.
—Lo siento.
—No es que no quiera estar contigo. Sí quiero.
—No tienes que explicarte. Y yo soy feliz sólo con estar cerca de ti, incluso si no puedo... —Estar dentro de ti—. Incluso si nosotros nunca… ya sabes, hacemos el amor.
—Estoy reprimiéndome porque tengo miedo de hacerte daño.
Butch sonrió salvajemente, pensando que si le arañaba la espalda quitándole la piel a tiras al aferrarse con fuerza, estaría perfectamente bien para él.
—No me importa si me hieres.
—Me importa a mí.
Él empezó a levantarse.
—Es dulce de tu parte. Ahora, escucha, simplemente te traeré algo de...
—Espera. ¾Sus ojos brillaron en la penumbra¾.  Oh… Dios, Butch… bésame.
Se detuvo, arrodillándose junto a ella.
—Me lo tomaré con calma. Lo prometo.
Inclinándose, puso su boca sobre la de ella y le acarició los labios. Buen Señor, era suave. Cálida. Mierda… la necesitaba. Pero no iba a presionarla.
Hasta que se aferró a sus hombros y le dijo:
—Más.
Rezando para controlarse, acarició su boca de nuevo e intentó echarse hacia atrás. Ella lo siguió, manteniéndolos enlazados… y antes de poder detenerse, le pasó la lengua por el labio inferior. Con un erótico suspiro, ella se abrió y tuvo que deslizarse dentro, sin ser capaz de rechazar la oportunidad de penetrar en ella.
Cuando ella intentó acercarse más, se recostó sobre la cama, presionando el pecho contra ella. Lo cual no fue muy buena idea. La forma en que los pechos absorbían su peso envió una alerta máxima por su cuerpo, recordándole lo desesperado que un hombre podía estar cuando tenía a su mujer en posición horizontal.
—Cariño, debería parar.
Porque en un minuto más iba a tenerla bajo él, con el vestido arrancado de un tirón alrededor de las caderas.
—No. —Le deslizó las manos bajo la chaqueta y se la quitó—. Todavía no.
—Marissa, esto se está poniendo crudo. Rápidamente. Y tú no te encuentras bien...
—Bésame.
Le clavó las uñas en los hombros, las punzadas atravesaron la fina camisa con una sucesión de pequeños y deliciosos destellos.
Gruño y tomó su boca de una forma acalorada, ni mucho menos gentil.
De nuevo, mala idea. Cuanto más duro la besaba, más duro le devolvía ella el beso, hasta que sus lenguas se batieron a duelo y cada músculo en él se convulsionaba por montarla.
—Tengo que tocarte.
Subió todo su cuerpo a la cama deslizando su pierna sobre las de ella. Le tocó la cadera y apretó, moviendo la mano y subiéndola por sus costillas hasta justo debajo de la hinchazón de sus pechos.
Mierda. Estaba totalmente al límite ahora.
—Hazlo —le dijo ella en su boca—. Tócame.
Cuando se arqueó, tomó lo que le ofrecía, capturando sus pechos, acariciándolos a través del corpiño del vestido de seda. Aspirando, puso sus manos sobre las de él, apretándolo más contra si.
—Butch…
—Oh, mierda, déjame verte, pequeña. ¿Puedo verte?
Antes de que pudiera responder, le capturó la boca pero la forma en que enfrentó a su lengua le dio la respuesta. La sentó y empezó a desabrocharle los botones del vestido. Sentía las manos torpes, pero por algún milagro el raso se abrió.
Excepto que había muchas otras capas que atravesar. Maldita fuera, su piel… tenía que llegar a su piel.
Impaciente, excitado, obsesionado, la despojó del delantero del vestido, le bajó los tirantes de la combinación para descubrir la pálida piel hasta la cintura. El corsé blanco que se reveló fue una erótica sorpresa y lo recorrió con las manos, sintiendo la estructura de sus huesos y la calidez de su cuerpo debajo. Pero ya no pudo soportarlo más y se lo arrancó.
Cuando sus pechos quedaron libres, la cabeza le cayó hacia atrás, las largas y elegantes líneas del cuello y de los hombros se expusieron a él. Con la mirada sobre el rostro de ella, Butch inclinó la cabeza y tomó uno de los pezones en la boca, succionando. Dulce cielo, iba a correrse, era tan sabrosa. Estaba jadeando como un perro, ya desquiciado por sexo y aún no estaban ni cerca de estar desnudos.
Pero ella estaba ahí haciéndole justicia, tensa, caliente, necesitada, abriendo y cerrando las piernas bajo la falda. Tío, toda ésta situación era una espiral fuera de control, un motor de combustión girando más y más rápido a cada segundo. Y era incapaz de pararlo.
—¿Puedo quitarte esto?
Mierda, se le había ido la voz totalmente.
—Este vestido… ¿todo?
—Sí…
La palabra fue un gruñido, un desesperado gruñido.
Desafortunadamente, el vestido era de una pieza y maldito fuera, no tenía paciencia como para desabrochar todos aquellos botones de la espalda. Acabó amontonando la falda, larga hasta el suelo, en sus caderas y delineando un par de susurrantes y transparentes medias blancas, descendiendo por sus largas y suaves piernas. Entonces deslizó las manos por la parte interior de sus muslos, separándolos.
Cuando ella se tensó, se detuvo.
—Si quieres que me aparte, lo haré. En un latido. Pero yo sólo quiero tocarte de nuevo. Y quizás… mirarte. ¾Cuando frunció el ceño, empezó a bajarle el vestido­¾. Está bien.
—No estoy diciéndote que no. Es sólo que… oh, Dios… ¿qué pasará si soy poco atractiva ahí?
Jesús, no podía comprender cómo le preocupaba aquello.
—No es posible. Yo ya sé lo perfecta que eres. Te he sentido, ¿recuerdas?
Ella inspiró profundamente.
—Marissa, amo sentirte. Realmente lo amo. Y tengo una hermosa imagen de ti en mi mente. Sólo quiero conocer la realidad.
Tras un momento, asintió.
—Bien… sigue adelante.
Manteniendo sus miradas unidas, deslizó la mano entre sus muslos y... oh, sí, aquel suave y secreto lugar suyo. Tan resbaladizo y caliente que vaciló y descendió su boca hacia la oreja de ella.
—Eres tan hermosa aquí.
Sus caderas se agitaron cuando la acarició, los dedos suaves y resbaladizos por su miel.
—Mmm, si… quiero estar dentro de ti. Quiero meter mi... ¾La palabra polla era definitivamente demasiado soez, pero era lo que él estaba pensando¾.  Introducirme en ti, pequeña. Justo ahí. Quiero estar rodeado por toda tú, sostenido por tu abrazo. ¿Entonces me crees cuando te digo que eres hermosa? ¿Marissa? Dime lo que quiero escuchar.
—Si… —Cuando penetró un poco más profundo, ella se estremeció¾. Dios… sí.
—¿Quieres que me corra dentro de ti algún día?
—Si…
—¿Quieres que te llene?
—Si…
—Bien, porque eso es lo que yo quiero.
Le mordisqueó el lóbulo de la oreja.
—Quiero perderme profundamente en ti y tenerte apretándome mientras tú también te corres. Mmm… rózate contra mi mano, déjame sentir cómo te mueves para mí. Oh, mierda… esto es exquisito. Esto es… prepara tu interior para mí… oh, si...
Mierda, tenía que dejar de hablar. Porque si ella seguía sus órdenes un poco mejor iba a explotar.
Oh, al demonio con eso.
¾Marissa, extiende las piernas más separadas para mí. Sepáralas más. Y no pares lo que estás haciendo.
Cuando le obedeció, lentamente, suavemente, se movió hacia atrás y bajó la mirada a su cuerpo. Al otro lado de metros de enrollado satén verde-azulado, los cremosos muslos estaban abiertos, su mano desaparecía entre ellos, las caderas giraban en un ritmo que hacía que el miembro le saltara en los pantalones.
Se pegó al pecho más cercano y gentilmente le separó más una pierna. Apartó todo aquel dobladillo a un lado, bajó la cabeza y quitó la mano. Vagó por el liso vientre, pasando por el hoyuelo del ombligo, sobre la perfecta piel pálida de su pelvis, ante la elegante y pequeña abertura del sexo.
Todo su cuerpo tembló.
—Tan perfecta —susurró—. Tan… exquisita.
Embelesado, se movió hacia abajo por la cama y se llenó con la visión de ella. Rosa, brillante, delicada. Y él estaba pillando un colocón con su aroma, su cerebro cortocircuitándose en chispas titilantes.
—Jesús…
—¿Qué está mal?
Ella cerró las rodillas de golpe.
—Nada.
Presionó los labios contra la cima de su muslo y le acarició las piernas, tratando de separárselas gentilmente.
—Nunca había visto algo tan hermoso.
Demonios, hermoso ni siquiera se acercaba y él se relamió, su lengua desesperada por hacer mucho más que eso. Con voz ausente dijo.
—Dios, pequeña, deseo tanto abalanzarme sobre ti.
—¿Abalanzarte sobre mi?
Se sonrojó ante su confusión.
—Yo… ah, quiero besarte.
Ella sonrió y se incorporó, tomando su cara entre las manos. Pero cuando trató de acercarlo, él sacudió la cabeza.
—No en la boca esta vez.
Cuando ella frunció el ceño, volvió a ponerle con cuidado la mano entre los muslos.
—Aquí.
Sus ojos brillaron agrandándose tanto que quiso maldecir. Linda forma de hacerla sentir relajada, O‘Neal.
—¿Por qué…? ¾Se aclaró la garganta¾. ¿Por qué querrías hacer eso?
Buen Señor, nunca había oído hablar de… bueno, por supuesto que no. Los aristócratas probablemente tenían sexo muy educado, muy misionero, y si supieran algo sobre el asunto oral, ciertamente nunca le hablarían a sus hijas de ello. No le extrañaba que estuviera conmovida.
—¿Por qué, Butch?
—Ah… porque si yo lo hago bien, tú realmente lo disfrutarás. Y… sí, también yo.
Le echó un vistazo a su cuerpo. Oh, Dios, lo iba a gozar. Preparar a una mujer nunca había sido algo que hubiera tenido que hacer en el pasado. ¿Con ella? Lo necesitaba. Lo ansiaba. Cuando pensaba en hacerle el amor con la boca, cada centímetro cuadrado se le endurecía.
—Sólo quiero saborearte totalmente.
Los muslos de ella se relajaron un poco.
—¿Irás… despacio?
Sagrada mierda, ¿iba a permitírselo? Empezó a temblar.
—Lo haré, cariño. Y voy a hacerte sentir muy bien. Te lo prometo.
Se deslizó más abajo por el colchón, permaneciendo a un lado para que no se sintiera aplastada. Mientras se acercaba más a su centro, su cuerpo enloquecía incluso más y la parte baja de la espalda se le tensaba, tal y como lo hacía justo antes de tener un orgasmo.
Hombre, iba a tener que ir tan despacio. Por los dos.
—Amo tu olor, Marissa.
La besó en el ombligo, después la cadera, bajando centímetro a centímetro por la cremosa piel. Más abajo… más abajo… hasta que finalmente presionó la boca contra la cima de su hendidura.
Lo cual fue magnífico. El problema fue que ella se puso totalmente rígida. Y saltó cuando le puso la mano en la parte exterior del muslo.
Se echó un poco hacia atrás y rozó con los labios adelante y atrás su estómago.
—Soy muy afortunado.
—¿P...por qué?
—¿Cómo te sentirías si alguien confiara así en ti? ¿Te confiara una cosa tan íntima?
Sopló en su ombligo y ella se rió un poco, como si el aire cálido le hiciera cosquillas.
—Me honras, ¿sabes? Realmente lo haces.
La apaciguó con palabras y sosegados besos que se demoraban poco a poco e iban bajando más cada vez. Cuando estuvo preparada, deslizó la mano por la parte interior de su pierna, la cogió por la parte de atrás de la rodilla y gentilmente la abrió sólo un par de pulgadas hacia sí. Besó su hendidura suavemente, una y otra vez. Hasta que la tensión en ella se alivió.
Entonces bajó la barbilla, abrió la boca y la lamió. Ella boqueó y se sentó.
—¿Butch… ?
Como si  estuviera comprobando para estar segura de que él sabía lo que hacía.
—¿No te lo dije?
Se agachó y levemente esbozó hacia arriba la carne rosa con la lengua.
—De esto es de lo que se trata el Beso Francés, pequeña.
Cuando repitió el lento barrido, su cabeza cayó hacia atrás, las puntas de sus pechos se erizaron y se le curvó la espina dorsal. Perfecto. Justo dónde la quería. Sin preocuparse de la modestia o nada de eso, sólo disfrutando de sentirse amada por alguien, tal y como merecía.
Con una sonrisa, continuó avanzando gradualmente, más y más profundo hasta que consiguió su real y auténtico sabor.
Se le quedaron los ojos en blanco mientras sorbía. No se parecía a nada que hubiera bajado por su garganta antes. Era el mar, el melón maduro y la miel a la vez, un cocktail que hizo que quisiera llorar por su perfección. Más… aún necesitaba más. Pero maldición, tenía que ponerse un tope antes de seguir. Quería darse un festín con ella, pero no estaba realmente preparada para esa clase de glotonería.
Cuando se tomó un pequeño respiro, ella levantó la cabeza.
—¿Ya ha acabado?
—No por mucho tiempo.
Hombre, amaba esa brillante, sensual mirada en sus ojos.
—¿Por qué no te recuestas y me dejas hacer lo mío?. Estamos sólo al comienzo.
Cuando se relajó un poco, él bajó la mirada hacia sus secretos, viendo cómo brillaba la sensible carne, pensando que iba a haber mucho más de ese brillo cuando terminara. La besó de nuevo, después la chupó, adulándola con la lengua, alborotándola de forma delicada y perezosa. Siguió barriendo con su lengua de un lado al otro, empujando más allá con la nariz, oyendo su gemido. Con una suave presión, le abrió más los muslos y se cerró sobre ella, delineando su centro con la rítmica caricia de sus labios.
Cuando empezó a agitarse, un zumbido se encendió en su cabeza, la parte civilizada de él haciendo la estridente advertencia Peligro, Will Robinson[1] de que las cosas se estaban haciendo meteóricas. Pero no podía desistir, especialmente cuando ella se agarró a las sábanas y se arqueó como si fuera a correrse en cualquier momento.
—¿Te sientes bien?
Le hizo cosquillas en la parte superior de su hendidura, moviéndose rápidamente sobre su parte más sensible.
—¿Te gusta esto? ¿Te gusta que te lama? O quizás te guste esto…
La absorbió en su boca y ella gritó.
—Oh, sí… Dios, mis labios están cubiertos de ti… siéntelos, siénteme…
Le cogió la mano y se la llevó hasta su boca, moviéndole los dedos adelante y atrás, lamiéndolos después para limpiarlos. Lo miraba con los ojos abiertos, jadeando, con los pezones erectos. Estaba presionándola fuerte y lo sabía, pero ella estaba bien aquí con él.
Le mordió la palma de la mano.
—Dime que deseas esto. Dime que me deseas.
—Yo… — Su cuerpo ondeaba en la cama.
Dime que me deseas.
Le clavó más los dientes. Mierda, no estaba seguro de por qué necesitaba tanto escuchárselo decir, pero lo necesitaba.
Dilo.
—Te deseo —dijo ella entrecortadamente.
Desde algún lado, una peligrosa, ansiosa lujuria golpeó su control y su autodominio se rompió. Con un oscuro sonido que provenía de su garganta, le sujetó las piernas por su parte interior, separándoselas y se zambulló literalmente entre ellas. Cuando cayó sobre su carne, penetrándola con la lengua, encontrando el ritmo con su mandíbula, fue débilmente consciente de algún tipo de ruido en la habitación, un gruñido.
¿Suyo? No podía ser. Ese era el sonido de un… animal.
Marissa se había sobresaltado al principio por el acto. Por su carnalidad. La pecadora cercanía, la atemorizante vulnerabilidad. Pero pronto nada de esto importó. La calidez de la lengua de Butch era tan erótica que casi no podía soportar la melosa y resbaladiza sensación... y tampoco podía soportar la idea de que parara en algún momento lo que estaba haciendo. Luego empezó a chuparla, sorbiendo y tragando y diciendo cosas que hacían que su sexo se agitara hasta que el placer la atormentaba como el dolor.
Pero todo eso no fue nada comparado a cuando se desató. Con una oleada de masculina necesidad, sus pesadas manos la mantuvieron abajo, su boca, su lengua, su cara recorriéndola… Dios, ese sonido saliendo de él, ese gutural, vibrante ronroneo…
El orgasmo la atravesó salvajemente, la más destructiva, hermosa cosa que hubiera sentido nunca, su cuerpo arqueándose con las líquidas llamaradas de placer...
Menos en la cima.
La hirviente energía cambió, se transformó, se detonó.
La sed de sangre rugió por la corriente sexual entre ellos, arrastrándola hacia abajo en una espiral de inanición. El hambre se abrió paso a través de su naturaleza civilizada, desmenuzándolo todo menos la necesidad de ir a por su cuello, y desnudó los colmillos, preparada para darle la vuelta sobre la espalda, caer sobre su yugular y beber fuerte...
Iba a matarlo.
Gritó y lo sujetó por los hombros.
—Oh, Dios… ¡no!
—¿Qué?
Empujando a Butch por los hombros, apartó su cuerpo lejos de él, saliendo por el lado de la cama y cayéndose al suelo. Mientras la alcanzaba, confundido, se deslizó por la alfombra hasta la esquina más lejana, arrastrando el vestido tras ella, el corpiño colgando de su cintura. Cuando no pudo ir más lejos, se hizo un ovillo y se mantuvo allí. Mientras su cuerpo temblaba sin control, el dolor en su vientre la golpeaba en oleadas, redoblándose cada vez que volvía.
Butch fue tras ella, asustado.
—¿Marissa… ?
—¡No!
Se detuvo bruscamente. Su cara se veía afligida, todo el color había desaparecido de su piel.
—Lo siento tanto...querido Dios...
Tienes que irte.
Cuando los sollozos le subieron por la garganta, su voz se volvió gutural.
—Dulce Jesús, lo siento… lo siento tanto… Yo no quería asustarte…
Intentó controlar su respiración para poder tranquilizarlo, pero perdió la batalla: estaba jadeando, llorando. Los colmillos le latían. Su garganta estaba seca. Y en todo lo que podía pensar era en lanzarse contra su pecho. Echarlo al suelo. Clavarle los diente en el cuello.
Dios, su sangre. Debía de saber bien. Tan bien, que no podía imaginarse teniendo nunca bastante de él.
El intentó acercarse de nuevo a ella.
—No quería que las cosas fueran tan lejos.
Marissa se irguió, abrió la boca y le siseó.
—¡Sal! ¡Por el amor de Dios, vete! ¡O voy a herirte!
Echó a correr hacia el baño y se encerró en él. Cuando el sonido del golpe de la puerta se apagó, resbaló para detenerse en el mármol y captó una horrible visión de sí misma en el espejo. Tenía el cabello enredado, el vestido desabrochado, los colmillos revelándose, blancos y largos en la boca que se abría asombrada.
Fuera de control. Sin dignidad. Defectuosa.
Cogió la primera cosa que vio, un pesado candelabro de cristal y lo lanzó contra el espejo. Cuando su reflejo se rasgó, miró por entre sus amargas lágrimas cómo partes de ella se deshacían.




[1] Popular personaje de la serie de t.v. Lost in Space.

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