sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE CONFESO/CAPITULO 22 23 24

CAPÍTULO 22


Butch se lanzó hacia la puerta del cuarto de baño y golpeo con el puño hasta casi sangrar. Al otro lado oyó el llanto de Marissa. Entonces se escuchó un ruido aplastante.
Golpeó con el hombro los paneles de madera.
— ¡Marissa!
El golpe tras la puerta se escuchó otra vez, después solo hubo silencio.     
—¿Marissa?
—Vete.
La tranquila  desesperación de su voz hizo que le escocieran los ojos.
—Sólo… vete.
Extendió la mano por la  madera que los separaba.
— Lo siento tanto.
—Vete… sólo vete. Oh, Dios,  tienes que marcharte.
—Marissa.
No saldré hasta que te hayas ido. ¡Vete!
Sintiéndose como si estuviera en una pesadilla, agarró su chaqueta y salio tropezando del dormitorio, todo desarreglado, sentía las rodillas débiles. En el pasillo, se apoyó contra la pared y la golpeó con la cabeza.
Cerró los ojos, podía verla agachada en la esquina, el cuerpo tembloroso en cuclillas en una pose defensiva, con el vestido colgando revelando sus pechos desnudos como si hubiera sido rasgado.
A la mierda. Con el. Era una hermosa virgen y la había tratado como a una puta, empujándola demasiado lejos y demasiado duro porque no había sido capaz de controlarse. Cristo, no importaba lo caliente que estuviera, no estaba acostumbrada a lo que un hombre quería hacer durante el sexo.
O lo que pasaba cuando a un hombre lo dominaban sus instintos. Y aún sabiendo todo eso,  aún así la había retenido por los muslos en aquella cama, atrapándola mientras la jodía con la lengua, por Dios.
Butch se golpeó otra vez la parte de atrás de la cabeza contra la pared. Querido Dios, había estado tan asustada, hasta había desnudado los colmillos como si tuviera que protegerse de él.
Con una fuerte maldición, bajó la escalera, tratando de dejar atrás lo mucho que se despreciaba, sabiendo que no podría ir tan rápido o tan lejos como para lograrlo.
Cuándo llego al vestíbulo, alguien gritó.
—¿Butch? ¡Butch! ¿Estás bien?
Salió, saltó al Escalade, y arrancó el motor. Todo que lo quería hacer era pedir perdón hasta quedar ronco, pero era la última persona en el planeta que ella querría ver en ese momento, y no la culpaba.
Acelero el SUV hacia el centro de la ciudad, dirigiéndose directamente a la guarida de V.
Mientras detenía el Escalade y subía en el ascensor del rascacielos, estaba hecho un buen lío.  Golpeó la puerta de V abriéndola.
¡Mierda!
Rodeado por la luz de muchas velas negras, Vishous estaba inclinado, con la cabeza baja, las caderas cubiertas de cuero meciéndose hacia atrás y hacia delante con fuerza, los hombros desnudos y los brazos doblados con fuerza. Bajo él, había una hembra con las muñecas y los tobillos atados a la mesa, el cuerpo cubierto de cuero excepto las puntas de los pechos y el lugar donde V penetraba su centro. Incluso aunque tenía una máscara sobre la cara y una mordaza de pelota en la boca, Butch estaba malditamente seguro que estaba al borde del orgasmo. Emitía pequeños gemidos pidiendo más, aunque las lágrimas corrían por sus mejillas cubiertas por el cuero.
Cuando V levantó la cabeza del cuello de la hembra, le brillaban los ojos y sus colmillos eran tan largos como… bien, para decirlo de alguna forma, ella podría necesitar puntos de sutura.
—Me cago en…
Butch habló sin tino y salio del ático.
Volvió al Escalade aturdido, una vez que subió al SUV no podía pensar a donde ir. Sólo se sentó en el asiento del conductor, puso la llave en el arranque, apoyo la mano sobre la palanca de cambios… pensando en Vishous alimentándose.
Los ojos encendidos. Los largos colmillos. El sexo.
Butch pensó en que despreocupada se había mostrado Marissa en cuanto a estar enferma. Y su voz le resonó en la cabeza. Puedo encargarme de esto. Y luego No quiero hacerte  daño.
¿Y si Marissa había estado sintiendo la necesidad de alimentarse? ¿Y sí esa había sido la razón por la cual lo había despedido? Por el amor de Dios ella era un condenado vampiro. ¿O pensaba que aquellos hermosos colmillos eran pura decoración?
Dejó caer la cabeza en el volante. Oh, hombre, esto era tan poco atractivo. No necesitaba buscar más explicaciones. Además ¿por qué no le preguntó si podría tomar un poco de él? La habría dejado en un latido del corazón. Tal vez aún más rápido.
Infierno. Sólo de pensarlo le provocaba una tremenda erección. La idea de que se afirmara sobre su cuello y lo chupara era un tipo de afrodisíaco de los que nunca se había topado antes. La imaginó desnuda, tumbada sobre su pecho, la cara en su garganta...
Cuidado, O'Neal. Ten cuidado, no es solo una explicación lo que estas buscando.
Salvo que estaba excitada. La había probado. De hecho, cuando se había puesto duro con ella, había parecido como si aquella dulzura fluyera aún más. ¿Pero entonces por qué no le había dicho lo que andaba mal?
Tal vez no quería beber de él. Tal vez pensó que porque era un humano no podía tomarlo.
Tal vez porque era un humano, verdaderamente no podía.
Sí, a la mierda con eso. Prefería morir alimentándola a saber que algún otro hombre se hacía cargo de su mujer. La idea de la boca de Marissa en el cuello de alguien más, sus pechos contra el pecho de alguien más, su olor en la nariz de alguien más… de ella tragando la sangre de alguien más…
Mía.
La palabra se disparó por su cabeza. Y  se dio cuenta que la mano se había dirigido al abrigo y había encontrado el gatillo de la Glock.
Apretando el acelerador, salió hacia el ZeroSum, sabiendo que su siguiente movimiento tenía ir dirigido a calmar y aplacar su cabeza. Encauzar sus celos homicidas hacia algún vampiro macho no era parte de su lista de cosas pendientes.
Cuando el teléfono móvil comenzó a sonar en el bolsillo, agarró el Razr.
—¿Sí?
La voz de V era baja.
—Lamento que tuvieras que pasar por esto. No esperaba que llegaras...
—V, ¿qué pasa cuándo un vampiro no se alimenta?
Hubo una pausa.
—Nada bueno. Estás cansado, verdaderamente cansado. Y el hambre hace daño. Piensa en una intoxicación alimenticia. Oleadas de dolor en tu intestino. Si permites que se te escape de las manos, te conviertes en un animal. Te vuelves peligroso.
—He oído aquellas historias sobre Zsadist,  antes de que estuviera con Bella. ¿Vivió de humanos, verdad? Y sé que es un hecho que aquellas mujeres no murieron. Las veía en el club después que terminaba con ellas...
—¿Estas pensando en tu chica?
—Sí.
—Mira, ¿vas a tomar una copa?
—Más de una.
—Me encontraré contigo.
Cuando Butch aparcó en el ZeroSum, V lo  esperaba al lado del club, fumando. Butch salio  y activó la alarma del  Escalade.
—Poli.
—V.
Butch acarició su garganta y trató de no pensar en como se veía su compañero de habitación alimentándose y teniendo sexo. Falló. Todo lo que veía era a Vishous sobre aquella hembra, dominándola, entrando repetidamente en ella, el cuerpo moviéndose  como un pistón.
Hombre,  gracias a esa visión, iba a tener que reajustar su definición del sexo duro.
V aspiro con fuerza el cigarrillo, luego lo apagó en el talón de su shitkicker y guardó la colilla en el bolsillo trasero.
—¿Estás listo para entrar?
—Cristo, sí.
Los gorilas les dejaron pasar evitando la fila de espera y caminaron por el club pasando entre la serpenteante, sudorosa y sobreexcitada multitud, hacia la sección VIP. Al momento y sin pedirlo, una camarera les trajo un Lagavulin doble y un Grey Goose.
Cuando el teléfono de V sonó y éste comenzó a hablar, Butch echó un vistazo alrededor, poniéndose rígido soltó una maldición. En la esquina, en el refugio de las sombras, vio a una hembra alta y musculosa. Y la jefa de seguridad de Rehvenge lo observaba, sus ojos ardían como si deseara volver a repetir lo que había ocurrido entre ellos en el cuarto de baño.
No volvería a ocurrir.
Butch estaba mirando su copa cuando V cerró el teléfono.
—Era Fritz. Un mensaje de Marissa para ti.
Butch levantó la cabeza.
—¿Qué dijo?
—Quiere que sepas que se siente bien, ha dicho que necesita descansar esta noche, pero que estará bien mañana. No quiere que te preocupes por ella… Ah, dice que te ama y que no hiciste nada malo cuando hiciste lo que sea que hiciste.
Aclaró su garganta.
—¿Qué hiciste? ¿O es TMI[1]?
—Pésima TMI.
Butch se tomo de un trago el contenido del vaso y lo alzó vacío.  La camarera acudió inmediatamente.
Cuando ella los dejó para conseguirle uno nuevo, se miró las manos. Sentía los ojos de V taladrándolo.
—Butch, va a necesitar más de lo que puedes darle.
—Zsadist sobrevivió con…
—Z bebió de varios humanos distintos. Tú serás el único. El problema es que tu sangre es tan débil, que te drenará en poco tiempo ya que tendrá que hacerlo a menudo.
V respiró profundamente.
—Mira, ella puede usarme si tu quieres. Puedes estar ahí y saber lo que pasa. El sexo no tiene que estar implicado.
Butch inclinó su cabeza y se concentró en la yugular de su compañero de habitación. Entonces  imaginó a Marissa en aquel grueso cuello, ellos dos juntos. Entrelazados.
—V, sabes que te quiero  como un hermano, ¿verdad?
—Sí.
—La alimentas y te arrancaré la jodida garganta.
V sonrió con satisfacción, luego fue una amplia sonrisa. La sonrisa era tan amplia que  tuvo que cubrir sus colmillos con el dorso de la mano enguantada.
—No se hable más, hombre. Y menos mal. Nunca he dejado a alguien tomar de mi vena antes.
Butch frunció el ceño.
—¿Nunca?
—¡No! Soy una virgen vascular. Personalmente, odio la idea de que una hembra se alimente de mí.
—¿Por qué?
—Déjalo.
Butch abrió la boca y V alzó la mano.
—Suficiente. Sólo debes saber que estoy aquí si cambias de opinión y quieres usarme.
Eso no va a pasar, pensó Butch.  Nunca.
Respirando profundamente, agradeció a Dios por el mensaje de Marissa. Tenía razón. Lo había echado porque tenía que alimentarse. Tenia que ser eso. Hombre, estaba tentado de ir a casa, excepto que quería respetar sus deseos y no acosarla. Además, mañana por la noche, asumiendo que esto fuera sobre la sangre… bien, entonces tenía algo para ella.
Iba a beber de él.
Cuando la camarera volvió con más whisky escocés, Rehvenge apareció en la mesa. El cuerpo imponente del macho bloqueó la vista de la muchedumbre lo que significaba que Butch no podía ver a la guarda de seguridad del tipo. Lo cual significaba que podría tomarse un respiro.
—¿Mi gente os mantiene lo suficientemente regados?
Preguntó Rehv.
Butch saludó con la cabeza.
—Bien regados.
—Es lo que me gusta oír. —El Reverendo se deslizó en el banco fijo, escudriñando la sección VIP con sus ojos de amatista. Se veía bien, con ese traje negro y la camisa de seda negra, su mohawk era una franja oscura trasquilada desde el frente a la parte trasera del cráneo—. Bueno, me gustaría compartir algunas noticias.
—¿Vas a casarte? —Butch se bajo la mitad del nuevo Lag de un trago—. ¿Dónde has sacado la licencia? ¿En ”En caja y Enterrados”?
—Prueba Heckler y Koch[2]. —El Reverendo abrió su chaqueta y le dejo ver el extremo de una calibre cuarenta.
—Bonita pistola para caniches la que tienes ahí, vampiro.
—Al infierno con…
V interrumpió. —Miraros es como ver tenis, y los juegos de raqueta me aburren. ¿Qué novedades hay?
Rehv miró a Butch. —Tiene un gran don de gentes ¿no?
—Intenta vivir con él.
Rehvenge sonrió con satisfacción, luego se puso serio. Cuando habló, su boca apenas se movía y costaba escuchar las palabras.
—El Consejo de Princeps se reunió anoche. La cuestión es una orden de sehclusion para todas las hembras no apareadas. El leahdyre quiere una recomendación aprobada y presentada a Wrath lo antes posible.
V silbó bajo su aliento.
 —Un encierro.
—Exactamente. Usan el rapto de mi hermana y la muerte de Wellesandra como razones fundamentales. Que es una mierda poderosa, como debería ser.
Entrecerrando los ojos Rehvenge miro a V.
—Habla con tu  jefe. La glymera está enojada por la pérdida de civiles que ha habido alrededor de la ciudad. Este movimiento es una advertencia para Wrath, se están tomando muy en serio lo que paso. El leahdyre me está persiguiendo por que no pueden votar a menos que todos los miembros del consejo estén presentes y yo estoy ausente casi siempre.  Puedo aplazar la reunión durante un tiempo, pero no para siempre.
En aquel momento, un teléfono móvil sonó dentro de la chaqueta de Rehvenge y éste contestó.
—Y mira, aquí está Bella. Oye, hermana... —los ojos del macho destellaron y su cuerpo cambio.
—¿Tahlly?
Butch frunció el ceño, tenía la impresión de que quienquiera que estuviese en aquella línea era una hembra y no una hermana. El cuerpo de Rehvenge despedía tanto calor como el fuego de una hoguera.
Se preguntaba qué tipo de mujer se enredaría con una obra de arte como el Reverendo. Por otro lado, obviamente V conseguía aparearse, por lo que evidentemente existían esa clase de mujeres por ahí.
—Espera, tahlly.
Rehv frunció el ceño y se puso de pie.
—Hasta más tarde, señores. Y las bebidas corren por mi cuenta esta noche.
—Gracias por los tragos—dijo V.
—Maldición, soy un  modelo de ciudadano, ¿verdad?
Rehv se fue a su oficina y cerró la puerta tras de él.
Butch sacudió la cabeza.
—¿Entonces  Rehvenge tiene una chippie[3], eh?
V dijo gruñendo.
—Siento lástima por la hembra.
—Cierto.
Butch dejó vagar la mirada por el local y se puso tenso. Esa hembra despiadada con el corte de cabello masculino todavía lo miraba fijamente desde las sombras.
—¿Te la tiraste, poli?
Pregunto V suavemente.
—¿A quién? —respondió tomándose el resto de la bebida de un solo trago.
—Sabes perfectamente bien de quien estoy hablando.
—No es asunto tuyo, compañero.

Mientras Marissa  esperaba que Rehvenge contestara, se preguntó donde estaba. Se oía un alboroto de música y voces. ¿En una fiesta?
El ruido se cortó bruscamente, como si se hubiera cerrado una puerta.
Tahlly, ¿dónde estás? ¿O es que ahora Havers codifica sus teléfonos?
—No estoy en casa.
Silencio.
—¿Entonces, estás donde pienso que estás? ¿Estas con la Hermandad?
—¿Cómo lo sabes?
El murmuró algo, luego dijo:
—Sólo hay un número en el planeta que este teléfono no puede rastrear, y es desde donde mi hermana me llama. Ahora tu hablas del mismo lugar sin un identificador ¿Qué infiernos esta pasando?
Encubrió la situación, diciendo que ella y Havers habían discutido y había tenido que buscar algún sitio donde quedarse.
Rehv blasfemó.
—Deberías haberme llamado primero. Quiero cuidar de ti.
—Es complicado. Tu  madre...
—No te preocupes por ella. —La voz de Rehv se volvió un ronroneo—. Ven  conmigo, tahlly. Todo lo que tienes que hacer es materializarte en el ático y te haré recoger.
—Gracias, pero no. Sólo voy a estar aquí el tiempo suficiente hasta que pueda establecerme en otra parte.
—¿Establecerte en algún sitio...? ¡Qué demonios! ¡Esta tontería con tu hermano es permanente!
—Estaré bien. Escucha Rehvenge, yo… te necesito. Tengo que intentar otra vez…
Apoyo la cabeza en su mano. Odiaba usarlo, pero ¿a quien más podría recurrir? Y Dios… Butch… Butch... le parecía que lo estaba engañando. Salvo que, ¿cual era la alternativa?
Rehvenge gruñó,
 —¿Cuándo, tahlly? ¿Cuándo me quieres?
—Ahora.
—Sólo ve a... ah, infierno, tengo que encontrarme con el Princeps leahdyre. Y luego tengo algunas cuestiones relacionadas con el trabajo de las que tengo que ocuparme.
Ella agarró el teléfono. Maldita espera.
—¿Mañana, entonces?
—Al anochecer. A menos que quieras venir y quedarte en mi casa. Entonces podríamos tener… todo el día.
—Te veré a primera hora de la tarde.
—No puedo esperar, tahlly.
Después de colgar, se estiró en la cama y se hundió de puro agotamiento, su cuerpo se volvía indistinguible de las sabanas, mantas y almohadas, sólo otro objeto inanimado encima del colchón.
Oh,  infiernos… tal vez esperar hasta mañana fuera lo mejor. Podría descansar y hablar con Butch de lo que estaba pasando. Mientras no estuviera sexualmente motivada, debería ser capaz de controlarse con él y este era el tipo de conversación que era mejor tener en persona. Si la gente que estaba enamorada fuera de algún modo como los vampiros machos vinculados, Butch no iba a tomarse bien que tuviera que estar con alguien más.
Con un suspiro, pensó en Rehv. Luego en el Consejo de Princeps. En el sexo femenino en general.
Dios, aun si el movimiento de sehclusion fuera derrotado de milagro, ¿realmente habría algún lugar seguro para las hembras si eran amenazadas en sus casas? Con la desintegración de la sociedad vampírica y todos los enfrentamientos con los lessers, no había ninguna asistencia social para la raza. Ninguna red de protección. Nadie para ayudar a hembras jóvenes si el hellren en su casa era violento. O si la familia mandaba  a la hembra lejos.
¡Dios mío!, ¿qué le habría pasado si Beth y Wrath no la hubieran recogido? ¿O si no tuviera a  Rehvenge?
Bien podría haber muerto.

Abajo, en el centro de formación del complejo, John llego el primero a los vestuarios después de que terminara la clase. Se cambió rápidamente poniéndose el suspensorio y el ji, impaciente por que comenzara la práctica de combate.
—¿Cuál es la prisa, John? Ah, espera, te gusta que te den de patadas en el culo.
John miro sobre su hombro. Lash estaba de pie delante de su armario abierto, quitándose una elegante camisa de seda. Su pecho no era más grande que el de John y los brazos eran delgados, pero cuando el tipo lo miró fijamente, sus ojos quemaban como si tuvieran el tamaño de un toro.
John enfrentó directamente aquella mirada deslumbrante, su cuerpo enardeciéndose. Hombre, esperaba que Lash abriera la boca, ansiaba que dijera algo más. Solo una cosa más.
—¿Vas a desmayarte otra vez, John? ¿Cómo el mariquita que eres?
Bingo.
John se lanzó contra el muchacho, pero no llego lejos.  Blaylock, el pelirrojo, lo agarró y lo contuvo, tratando de evitar la lucha. Pero Lash no era ningún  peso muerto. El bastardo retiró su puño y le lanzó un gancho derecho con tanta  fuerza que John se soltó del agarre de Blaylock y golpeó los armarios con un sonido metálico.
Atontado,  sin  aliento, John extendió la mano ciegamente.
Blaylock lo agarró otra vez.
Jesucristo, Lash…
—¿Qué? Venía a por  mí.
—Lo comenzaste tú.
Los ojos Lash se entrecerraron.
—¿Qué dices?
—No tenías que ser tan gilipollas.
Cuando Lash señalo a Blaylock, su reloj de Jacob & Co. centelleó como una linterna bajo las luces.
—Cuidado, Blay. Jugar en su equipo no es buena idea.
El tipo sacudió la mano y dejo caer sus pantalones.
—Hombre, esto se sintió bien. ¿Cómo se sintió desde ese extremo, John… chaval?
John lo dejo estar y se liberó. Cuando su cara palpitó al ritmo del latido del corazón, por alguna absurda razón pensó en las luces intermitentes de un coche.
Oh, Señor… ¿tan mal estaba? Se tambaleó hasta llegar a la fila de lavabos, y consiguió echarse un vistazo en el espejo que abarcaba la pared. Genial. Simplemente genial. La mejilla y el labio ya se le estaban hinchando.
Blaylock apareció detrás de él con una botella fría de agua.
—Ponte esto.
John tomó el agua helada y se la puso sobre la cara. Cerró los ojos para evitar verse a si mismo y al pelirrojo.
—¿Quieres que le diga a Zsadist que no entrenarás esta noche?
John sacudió la cabeza.
—¿Estás seguro?
Ignorando la pregunta, John le devolvió la botella de agua y se dirigió al gimnasio. Los otros tipos lo siguieron tensos, pisando las colchonetas azules y alineándose a su lado.
Zsadist salió de la habitación de equipamiento, lanzó una mirada a la cara de John y se giró muy enojado. —Sacad las manos todos, con las palmas abajo.—Caminó por delante de cada aprendiz hasta que se detuvo delante de Lash—. Bonitos nudillos. Contra la pared.
 Lash se paseó a través del gimnasio, con el aire satisfecho del que se salva de trabajar.
Zsadist se paró delante de las manos de John.
—Voltéalas.
John lo hizo. Se hizo un silencio que duró lo que un latido. Entonces  Zsadist agarró la barbilla de John y le hizo subir la cabeza.
—¿Ves doble? —John sacudió la cabeza.
—¿Nauseas? —John sacudió la cabeza.
—¿Sientes dolor? —Zsadist tocó un poco la mandíbula. John se estremeció. Sacudió la cabeza.
—Mentiroso. Pero eso es lo que quería oír. —Z caminó y se dirigió a los aprendices.
—Vueltas. Veinte. Y cada vez que pasen por delante del compañero que está allí de pie, se detendrán y harán veinte flexiones. Estilo Marine. ¡Moveos!
Los gemidos eran fuertes.
—¿Les parece que me importa? —Zsadist silbó entre dientes. —¡Moveos!
John comenzó con el resto, pensando que esta iba a ser una noche demasiado larga. Pero al menos Lash no parecía  tan complacido consigo mismo…
Cuatro horas más tarde, resultó que John tenía razón.
Hacia el final de la sesión, todos estaban agotados. Z no sólo los molió en las colchonetas, también los mantuvo más tiempo que de costumbre. Probablemente, siglos más que de costumbre. El maldito entrenamiento fue tan penoso que ni siquiera John tuvo  energía para seguir practicando después de que terminara el entrenamiento de esa noche. En cambio, fue directamente a la oficina de Tohr y se derrumbó en la silla, sin siquiera ducharse.
Levanto las piernas y las apretó, calculó que  descansaría sólo un minuto, luego iría a enjuagarse.
La puerta se abrió de golpe,
—¿Estás bien? —exigió Zsadist.
John no lo miró, sólo saludó la cabeza.
—Voy a recomendar que echen a Lash del programa.
John se irguió y comenzó a sacudir la cabeza.
—De cualquier manera, John. Esta es la segunda vez que ha ido por ti. ¿O tengo que recordarte los nunchakus[4] de hace unos meses?
No, John lo  recordaba. Mierda, sin embargo...
Con demasiado que decir como para que Z cogiera todo por señas, alcanzó el cuaderno y escribió con  extremo cuidado: Si le echas, pareceré débil ante los demás. Voy a  luchar junto a estos tipos algún día. ¿Cómo pueden confiar en mí si piensan que soy un peso ligero?
Le dio el cuaderno a Zsadist, quien sostuvo las páginas en sus grandes manos con cuidado. La cabeza del Hermano bajó y frunció las cejas, su boca deformada se movió un poco como si  tanteara cada palabra.
Cuando Z hubo terminado,  tiró el cuaderno en el escritorio.
 —No tendré a esa pequeña mierda golpeándote John. Sencillamente no lo toleraré. Pero tienes un punto. Estaré vigilando a Lash continuamente. Pero uno más de estos bonitos episodios, y se va.
Zsadist caminó al armario donde estaba oculto el acceso al túnel, luego lo miró por encima del hombro.
—Escucha, John. No quiero una lucha general durante el entrenamiento. No quiero que vayas a por el bastardo aunque lo merezca. Solo mantén la cabeza baja y tus manos para ti mismo. Phury y yo le vigilaremos por ti, ¿de acuerdo?
John miró a lo lejos, pensando lo mucho que había querido golpear a Lash. Lo mucho que todavía quería hacerlo.
—¿John? ¿Está claro? Ninguna pelea.
Después de un largo momento, John asintió despacio con la cabeza.
Y esperó ser capaz de mantener su palabra.




CAPÍTULO 23

 
Horas y horas y horas después, el trasero de Butch estaba tan adormecido que no podría decir donde terminaba el suelo y empezaba su culo. Todo el día, había estado sentado en el vestíbulo a la puerta de la habitación de Marissa. Como el perro que era.
No podría decir que había sido tiempo perdido. Había pensando mucho. 
Y había hecho una llamada telefónica que aunque había sido lo correcto, se sintió miserable al hacerlo: hizo de tripas corazón y llamo a su hermana Joyce. 
Nada había cambiado en casa. Evidentemente su familia allá en el sur de Boston aún no tenía interés en tener nada que ver con él. Realmente eso no le molestaba porque ese era el status quo. Pero le hacía sentirse mal por Marissa. Ella y su hermano habían estado muy unidos, así que ser rechazada por el debió de haber sido una sorpresa verdaderamente desagradable.
—¿Amo?
Butch miró hacía arriba. —Eh, Fritz.
—Tengo lo que me pidió. —El doggen se inclinó y le ofreció una bolsa de terciopelo negro—. Creo que concuerda con sus especificaciones, pero si no es así, puedo buscar otra.
—Estoy seguro de que es perfecta. —Butch tomó la pesada bolsita, la abrió y vertió el contenido en su mano. La cruz de sólido oro era de tres pulgadas de largo y dos pulgadas de ancho, gruesa como un dedo. Suspendida al final de una larga cadena de oro, era exactamente lo que estaba buscando y se la  puso alrededor del cuello con satisfacción. 
El sustancial peso era justo lo que había esperado, una protección tangible. 
—Amo, ¿que tal esta?
Butch le sonrió a la cara arrugada del doggen mientras desabotonaba su camisa y dejaba caer la cadena dentro. Sintió la cruz deslizarse hacía abajo en su piel hasta que descanso justo sobre el corazón. —Como te dije, es perfecta. 
Fritz sonrió radiantemente, hizo una reverencia y se fue, justo cuando el antiguo reloj empezó a tañer al final del corredor. Una vez, dos veces… seis veces. 
La puerta de la alcoba frente a él se abrió. 
Marissa se mostró ante él como una aparición. Después de tantas horas de pensar en ella, sus ojos se velaron momentáneamente, viéndola como si no fuera real, sino como un invento de su desesperación, el etéreo vestido, el cabello como una gloriosa aura dorada, su rostro de inolvidable belleza. Cuando la miró fijamente, su corazón la transformó en un icono de su niñez católica, la Madonna de la Salvación y del Amor… y él su indigno sirviente. 
Se arrastró para levantarse del suelo, su columna crujió al verse obligada a soportar su peso.
—Marissa.
Ah, mierda, sus emociones estaban justo allí en su oxidada voz, el dolor, la tristeza, el pesar. 
Ella alzo la mano. —Sentí cada palabra de lo que te mandé decir anoche en ese mensaje. Me encantó estar contigo. Cada momento. Esa no fue la razón por la que tenías que marcharte y desearía haber sido capaz de explicarme mejor en ese momento. Butch, necesitamos hablar.
—Sí, lo sé. ¿Pero te importa si bajamos a la sala? —Porque no tenía ninguna intención de tener público, y sin importar lo que dijera, se daba cuenta que prefería no estar en una alcoba a solas con él. Estaba tan tensa como el infierno. 
Cuando asintió, se dirigieron a la sala de estar al final del corredor, y en el camino, se quedó atónito por lo débil que estaba ella. Se movía despacio, como si no pudiera sentir las piernas, estaba muy pálida, casi transparente por su falta de energía. 
Una vez dentro de la habitación melocotón y amarillo, se dirigió hacia las ventanas, lejos de él. 
Sus palabras fueron tan débiles como su respiración cuando habló. —Butch, no sé como decirte esto…
—Sé lo que está sucediendo.
—¿Lo sabes?
—Sí. —Se dirigió hacia ella, con los brazos extendidos.
—¿No sabes que yo haría cualquier cosa...
—No te acerques más. —dio un paso atrás—. Tienes que apartarte de mí.
Dejó caer las manos. —Necesitas alimentarte, ¿no es así?
Sus ojos se ensancharon. —¿Cómo supiste…
—Esta bien, cariño —sonrió un poco—. Todo está muy bien. Hablé con V.
—¿Pero sabes lo que tengo que hacer? ¿Y no te… importa?
Él asintió. —Lo veo bien. Más que bien.
—Oh, gracias a la Virgen Escriba. —Se tambaleó sobre el sofá y se sentó como si sus rodillas hubieran fallado—. Tuve tanto miedo que te ofendieras. También será duro para mí, pero es la única forma segura. Y yo ya no puedo esperar. Tiene que ser esta noche. 
Cuando dio golpecitos en el sillón, fue a su lado con alivio y se sentó con ella, mientras tomaba sus manos. ¡Dios, estaba tan fría!
—Estoy realmente listo para esto —dijo con gran anticipación.
Hombre, repentinamente se estaba muriendo por llevarla de vuelta a su alcoba. —Vamos.
Una expresión curiosa cruzó su cara. —¿Quieres mirar?
Dejo de respirar. —¿Mirar?
—Yo, ah… no estoy segura de que sea una idea buena.
Cuando sus palabras lo golpearon, Butch fue consciente de sentir un hundimiento en sus tripas. Como si alguien hubiera echo estallar sus órganos internos. —¿De qué estás hablando… mirar?
—Cuando esté con el hombre que me permite beber de su vena.
Abruptamente, Marissa retrocedió, dándole una buena idea de la expresión que debería tener. 
Sí, o quizá estaba reaccionando al hecho que había empezado a gruñir. 
—El otro hombre —dijo lentamente, mientras entendía todo—. El que me dijiste que has estado viendo. Te has estado alimentado de él.
Ella asintió despacio. —Sí.
Butch se alzó sobre sus pies. —¿A menudo? 
—Ah… cuatro o cinco veces.
—Y es un aristócrata, claro.
—Bueno, sí.
—Y sería un compañero socialmente aceptable para ti, ¿no? —No como un pedazo de mierda humano—. ¿No es así?
—Butch, no es romántico. Lo juro.
Sí, quizá de su lado no lo era. Pero era malditamente difícil imaginarse a cualquier hombre sin desear tener sexo con ella. El bastardo tendría que ser impotente o alguna mierda así. —Esta interesado en ti, ¿verdad? Contesta la pregunta, Marissa. El chico volador con el plasma de un superhéroe… te desea, ¿no? ¿No es así?
Dios ¿de dónde infiernos venían estos celos salvajes? 
—Pero él sabe que no siento lo mismo.
—¿Te ha besado?
Cuando no contestó, Butch se alegraba mucho de no saber el nombre del tipo y su dirección. —No lo usarás más. Me tienes a mí.
—Butch, no puedo alimentarme de ti. Tomaría demasiado… ¿a dónde vas?
Cruzó a zancadas la habitación, cerró las puertas dobles, y los encerró a los dos bajo llave. Mientras regresaba junto a ella, lanzó la chaqueta de su traje negro al suelo y rasgó su camisa, haciendo estallar los botones que volaron por todas partes. Arrodillándose delante de ella, echó la cabeza hacía atrás y le ofreció la garganta, se ofreció a si mismo, a ella. 
Me usarás a mí.
Hubo un largo silencio. Entonces su esencia, esa fragancia limpia vistosa, se intensificó hasta inundar la habitación. Su cuerpo empezó a temblar, empezó a abrir la boca. 
Cuando desnudó los colmillos, tuvo una erección al instante. 
—Oh… sí —dijo con voz oscura—. Tómame. Necesito alimentarte.
No —gimió, lágrimas brillando en sus ojos azul aciano. 
Hizo un movimiento para levantarse, pero saltó sobre ella, tomándola por los hombros, sujetándola contra el sillón. Se movió colocándose entre sus piernas, uniendo sus cuerpos, levantándose sobre ella. Aún cuando se estremecía contra él y lo empujaba, la mantuvo cerca, acariciándola suavemente con la nariz, mordiendo su oreja, lamiendo su mandíbula. Después de un rato, dejó de luchar para escaparse. Y lo tomó por los bordes de la camisa para acercarlo más a ella. 
—Así, cariño —gruñó—. Aférrate a mí. Déjame sentir esos colmillos entrar en mí profundamente. Lo deseo
Colocó la palma de la mano tras su cabeza y le acercó la boca a su garganta. Un arco de puro poder sexual explotó entre ambos, empezaron a jadear, sentía el aliento y las lágrimas de ella calientes sobre su piel. 
Pero entonces pareció recuperar el sentido. Luchó firmemente y él hizo lo que pudo para mantenerla en su lugar, aunque los dos iban a terminar con cardenales. Aunque al final perdería la lucha contra ella. Ya que como era simplemente un humano, ella era más fuerte, aunque la sobrepasar en peso por más de cien libras. 
Pero con suerte cedería y lo usaría antes de que su energía se debilitara. 
—Marissa, por favor, tómame —gimió, su voz ronca por el forcejeo y ahora suplicando. 
No
Su corazón se rompió cuando ella sollozó, pero no la dejó ir. No podía. —Toma todo lo que hay dentro de mí. Sé que no soy suficientemente bueno, pero tómame de todas formas…
—No me hagas hacer esto…
—Tengo que… —Dios, sentía las mismas ganas de llorar que ella. 
—Butch… —Su cuerpo se resistió y retorció contra el suyo, sus ropas se volaron cuando forcejeaban—. No puedo detenerme… por más tiempo… déjame ir… antes de que te haga daño…
Nunca.
Sucedió tan rápido. Su nombre se disparó fuera de ella en un grito y entonces sintió una llamarada de dolor a un lado de la garganta. 
Los colmillos se hundieron en su yugular. 
—¡Oh…Joder… sí…! —Relajó los puños y la acunó cuando se trabó en su cuello. Ladró su nombre al primer tirón erótico, la primera dura succión en su vena, su primer trago. Cuando se reposicionó en un mejor ángulo, el placer lo inundó, las chispas fluyeron a través de  todo su cuerpo como si tuviera un orgasmo. Esta era la forma en que tenía que ser.  Necesitaba que tomara de él para vivir…
Marissa rompió el contacto y se desmaterializó, fuera de sus brazos. 
Butch cayó de cabeza en el vacío donde ella había estado, su cara plantándose en los cojines del sofá. Habiendo caído totalmente enredado, se impulsó a si mismo para ponerse de pie y se dio la vuelta. —¡Marissa! ¡Marissa!
Se lanzó hacía las puertas y arañó la cerradura, pero no consiguió liberarse. 
Entonces escuchó su voz rota, desesperada al otro lado. —Te mataría… Dios me ayude, pero te mataría… te deseo tanto. 
Golpeó la puerta. —¡Déjame salir!
—Lo siento —Su voz se quebró, luego se hizo más firme. Temió su decisión más que nada—. Lo siento mucho. Vendré después por ti. Después de hacerlo.
—Marissa, no hagas esto…
Te amo.
Golpeó la madera con sus puños. —¡No me importa si muero! ¡No vayas con él!
Cuando la cerradura cedió finalmente, irrumpió en el vestíbulo y corrió hacia la escalera. 
Pero para el momento en que abrió la puerta principal de la mansión, ella se había ido.
 
 Al otro lado de la ciudad, en un aparcamiento subterráneo donde tenían lugar las luchas, Van saltaba dentro del enrejado de la jaula, rebotando sobre la planta de sus pies. El sonido de sus ejercicios de calentamiento sonaba como el retumbar de un tambor sobre los niveles de hormigón, cortando a través del silencio reinante. 
Esta noche no había una muchedumbre, sólo tres personas. Pero era vigorizante estar de pie solo en la habitación. 
Van era el que le había sugerido el local al Sr. X, y le había mostrado como irrumpir en el mismo. Como conocía el cronograma de las luchas, estaba seguro que esa tarde no habría nadie por allí y una gran parte de él quería tener su momento de gloria, su resurrección aquí en esta arena, no en algún anónimo sótano en alguna parte. 
Probó algunos patadas, muy satisfecho con su fuerza, entonces miró a su oponente. El otro lesser se veía tan motivado como él por la lucha cuerpo a cuerpo. 
Del otro lado de la jaula, Xavier ladró. —No te detengas hasta que haya terminado. Y Sr. D, que este el en suelo inmóvil no quiere decir “terminado”, ¿esta claro?
Van asintió, acostumbrado ya a ser llamado por su última inicial. 
—Bien. —Las palmas de Xavier aplaudieron y comenzó la lucha. 
Van y el otro lesser caminaron en círculos uno sobre el otro, pero Van no tenía intención de permitir que la lenta danza durara por mucho tiempo más. Se movió primero, lanzando puñetazos, forzando a su oponente a retroceder contra la jaula. El tipo recibió los golpes desafiantes de sus nudillos como si fuera nada más que lluvia de primavera en sus mejillas y entonces el imbécil lanzó un demoledor gancho de derecha. La maldita cosa cogió a Van en ángulo, abriendo su labio igual que un sobre. 
Dolió, pero el dolor era bueno, un refuerzo, algo más en que enfocarse. Van giró y envió una patada voladora, una bomba en el extremo de una cadena de acero. Seguro como la mierda de que lo tumbaría, dejando al tipo despatarrado. Van saltó sobre su oponente y lo dominó en un agarre de sumisión, torciendo su brazo por la espalda de manera que las articulaciones forzaran su hombro y codo. Solo un poco más de tensión y haría estallar a este idiota perfectamente.         
El lesser le dio un golpe bajo, de alguna forma clavándole a Van la rodilla en las pelotas. Un rápido cambio de posiciones y Van estaba debajo. Entonces con otro giro estuvieron en pie.
La lucha continuaba sin parar, sin tiempos fuera, sin descanso, los dos batiéndose para sacarse el infierno de su interior. Lo que era un jodido milagro. Van sentía que podría seguir por horas, sin importar cuan golpeado fuera su cuerpo. Era como si tuviera un motor dentro, una fuerza impulsándolo, una que no estuviera embotada por el agotamiento o el dolor como lo estaba su viejo ser.
Cuando la acción finalmente se rompió, el factor decisivo era la especialidad de Van… cualquiera cosa que fuera eso. Aunque los dos estaban igualados en fuerza, Van era el amo en esto, y vio la oportunidad para ganar. Hizo estallar los intestinos del otro asesino, clavándole un golpe en el hígado que podría lograr que un oponente humano se cagara en los calzoncillos. Entonces alzó a su oponente y lo golpeó lanzándolo al suelo de la arena. Cuando se elevó sobre el cuerpo y miró hacia abajo, la sangre de Van manaba de los cortes alrededor de sus ojos y caían sobre la cara del tipo como lágrimas… lágrimas negras. 
Momentáneamente los colores bailaron frente a Van, y el otro lesser tomo ventaja de su falta de concentración girando sobre su espalda. 
Sí, no pasaría, no esta vez. Van cerró su puño y lo chocó con la sien del lesser,  exactamente con la fuerza correcta y en el lugar correcto, noqueando al estúpido lesser. Con un rápido arranque, Van pateó a su oponente, se montó sobre el pecho del asesino y lo golpeó una y otra vez, rompiéndole el cráneo hasta que los huesos protectores se ablandaron. Y siguió haciéndolo, golpeándolo, dándose a la tarea de eliminar la estructura facial del tipo, la cabeza se volvió una bolsa floja, su oponente muerto y solo entonces. 
—¡Acábalo! —exigió Xavier desde los laterales. 
Van miró hacía arriba, jadeando con dificultad. —Acabo de hacerlo.
—No… ¡Acábalo
—¿Cómo?
—Deberías saber lo que tienes que hacer. —La descolorida mirada de Xavier brillaba con una luz misteriosa—. ¡Tienes que hacerlo!
Van no tenía claro exactamente cuanto de muerto tenía que estar el tipo, pero agarró al lesser por las orejas y le torció el cuello hasta que se rompió. Entonces soltó el cuerpo. Aunque ya no tenía corazón para que latiera, sus pulmones quemaban y su cuerpo estaba deliciosamente sin energía por el ejercicio... excepto que el cansancio no duraba.
Empezó a reírse. Ya que la fuerza regresaba a él, vertiéndose en alguna parte como si hubiera comido, dormido y hubiera tenido días para recuperarse. 
Las botas de Xavier aterrizaron con fuerza en la arena y el Fore-lesser camino a grandes pasos hacía él, furioso. —Te dije que acabaras con él, maldita sea. 
—Uh-huh. Está bien. —Cristo. Xavier tenía que quitarle el triunfo del momento—. ¿Piensas que saldrá caminando de esto?
Xavier tembló con rabia mientras tomaba una navaja. —Te dije que lo acabaras.
Van se tensó y se puso de pie de un salto. Pero Xavier simplemente saltó encima de esa suciedad, esa bolsa desecha de lesser y lo apuñalo en el pecho. Hubo una llamarada de luz y luego… se había ido. Nada más que manchas negras en la pista de la arena. 
Van retrocedió hasta chocar con la valla. —Que demonios…
Desde el otro lado, Xavier apuntó la navaja justo hacia el pecho de Van. —Tengo expectativas para ti.
—¿Cómo… que? 
—Debes poder hacer esto… —apuntó hacia la marca de la desintegración con la navaja—. Tu solo.
—Entonces dame un cuchillo la próxima vez.
Xavier agitó su cabeza, una extraña clase de pánico flameó en su cara. —¡Joder! —dio unos pasos a su alrededor, y entonces murmuró—. Esto simplemente tomará tiempo. Vamos.
—¿Que hay acerca de la sangre? —Hombre, esa aceitosa materia negra  repentinamente lo hizo marearse.
—¿Tiene que importarme una mierda? —Xavier recogió la bolsa de ropa que había quedado del lesser y se fue. 
Mientras Van lo seguía fuera hacia el aparcamiento, encontró realmente molesto que el Sr. X  jugara con algo así. Había sido una buena lucha y Van había ganado. Quería disfrutar del sentimiento.           
En un silencio forzado, los dos se dirigieron hacia el monovolumen que estaba estacionado unas manzanas más allá. Mientras caminaban, Van se restregó la cara con una toalla tratando de no maldecir. Cuando llegaron al automóvil, Xavier  se deslizó detrás del volante. 
—¿Hacía dónde vamos? —pregunto Van mientras subía.
Xavier no contestó, sólo empezó a conducir. Van miró fijamente el limpiaparabrisas, preguntándose como podría deshacerse del tipo. No fácilmente, sospechaba. 
Cuando pasaron frente a un nuevo rascacielos en construcción, observó a los hombres del turno de la noche. Bajo las luces eléctricas, las cuadrillas del sindicato estaban todos sobre el edificio igual que hormigas, y los envidió aunque había odiado todo lo que hacían.
Hombre, si todavía fuera uno de ellos, no tendría que estar lidiando con la mala actitud del Sr. X. 
En un capricho, Van alzó la mano derecha y observó el dedo meñique perdido, recordando cómo se lo había hecho. Jodido estúpido. Había estado en una construcción, cortando tablas sobre una mesa de aserrar, y decidió quitarle las guardas a la maquina para hacer el proceso más rápido. Después en un momento de distracción su dedo había terminado volando por el aire con gran facilidad. La pérdida de sangre le había parecido tremenda, la sustancia goteando sobre él, cubriendo el suelo bajo la sierra, empapando la tierra. Roja, no negra. 
Van se puso la mano sobre el pecho y no sintió latidos bajo el esternón. 
Un estremecimiento de ansiedad le recorrió la nuca, como arañas resbalando dentro del cuello de su camisa. Echó un vistazo a Xavier, el único recurso que tenía.
—¿Estamos vivos?
—No.
—Pero ese tipo fue asesinado, ¿no? Así que debemos estar vivos.
Los ojos de Xavier se dispararon hacia el otro lado del asiento. —No estamos vivos. Confía en mí.
—¿Que le sucedió, entonces?
El agotamiento se reflejó en la palidez de Xavier, en la mirada fija sin vida, los párpados caídos lo hacían verse como si tuviera millones de años de edad.
—¿Que le  pasó, Sr. X?
El Fore-lesser no le contestó, solo siguió conduciendo. 



[1]  TMI: Too Much Information = demasiada información.
[2] Heckler and Koch: Compañía alemana que fabrica armas.
[3] Chipie: Churri (coloquialmente, un ligue te tipo sexual)
[4] Nunchakus: Es un arma de artes marciales del Kobudo japonés. Esta arma está formada básicamente por dos varas unidas en un extremo por una cadena corta o soga.



CAPÍTULO 24


Marissa se materializó en la terraza del ático de Rehvenge y casi sufrió un colapso. Fue dando tumbos hacia la puerta corrediza que él abrió de par en par.
—¡Marissa, buen Dios! —la aferró entre sus brazos y la condujo adentro.
Dominada por la sed de sangre, se aferró a los músculos de sus brazos, la sed era tan fuerte que era probable que lo mordiera estando allí de pie. Para impedirse rasgarle la garganta, tiró de su asimiento, pero él la agarró y la hizo girar para enfrentarlo.
—¡Ven aquí ahora mismo! —La lanzó al canapé—. Estás a punto de sufrir una conmoción frente a mí.
Cuando cayó sobre un montón de cojines, sabía que tenía razón. Su cuerpo estaba desequilibrado, su cabeza daba vueltas, sentía las manos y los pies entumecidos. Su estómago era como un hoyo profundo y vacío, los colmillos temblaban, su garganta estaba seca como el invierno y caliente como agosto.
Pero cuando se desabrochó la corbata e hizo reventar los botones de su camisa, ella masculló:
—¡No en tu garganta! No puedo aguantar esto… no tu...
—Estás demasiado débil para alimentarte de la muñeca. No tendras suficiente y no tenemos tiempo.
Como si eso fuera una señal, su visión comenzó a volverse borrosa y a perder la conciencia. Marissa oyó que Rehvenge maldecía y luego la tiró sobre él, empujó su cara en su cuello y…
La biología asumió el control. Lo mordió tan fuerte que sintió temblar su poderoso cuerpo y succionó con desinhibido instinto. Con un gran rugido, su fuerza se vertió al estómago y se extendió a los miembros e hizo volver su cuerpo a la vida.
Mientras tragaba con desesperación, las lágrimas fluían tan espesas como su sangre.
Rehvenge sostuvo a Marissa suavemente, odiando el hambre que la consumía. Era tan frágil, tan delicada… nunca debería estar en este estado tan desesperado, le acarició la espigada espalda, tratando de calmarla. Mientras lloraba silenciosamente, él se enfadó. ¿Cristo, qué le ocurría a aquel tipo que ella estaba así? ¿Cómo podía obligarla a venir a otro?
Diez minutos más tarde, levantó la cabeza. Había una pequeño hilo de sangre en su labio inferior y Rehv tuvo que agarrarse al brazo del sofá para no inclinarse y lamerlo.
Saciada pero con la cara surcada por las lágrimas, Marissa se volvió y se recostó contra los cojines de cuero al otro extremo del sofá y se abrazó a si misma con los delgados brazos. Cerró los ojos y él vio regresar el color a las humedas mejillas.
Dios, mira aquel cabello suyo. Tan fino. Tan exuberante. Tan perfecto. Quería estar desnudo y no estar medicado y duro como una piedra, con aquellos rizados cabellos rubios ondeando por sobre todo su cuerpo. Y si no podía tenerlo todo, quería besarla. Ahora mismo.
En cambio, alcanzó el abrigo, tomó un pañuelo, y se inclinó hacia ella. Ella saltó cuando le secó las lágrimas, y tomó el pañuelo de lino rápidamente.
Revh volvió a su esquina del sofá.
—Marissa, quédate conmigo. Quiero cuidarte.
En el silencio que siguió, pensó en qué situación se encontraba ella, y calculó que el tipo del que estaba enamorada tenía que vivir en el complejo de la Hermandad. 
—Estás todavía enamorada de Wrath,¿cierto?
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué?
—Dijiste que no podías alimentarte del macho que querías. Wrath está emparejado ahora...
—No es él —dijo.
—¿Phury, entonces? Como es célibe...
—No... y no quiero hablar de ello, si no te importa —bajo la mirada hacia el pañuelo—. Rehvenge, realmente me gustaría estar un rato a solas ¿Puedo sentarme aquí durante un rato? Sola.
Aunque no estaba acostumbrado a ser despedido, sobre todo de su propia casa, estaba dispusto darle espacio.
—Quédate tanto tiempo como quieras, tahlly. Sólo cierra la puerta cuando te marches. Encenderé la alarma con el control remoto después de que te vayas.
Cuando se puso el abrigo, dejó la corbata suelta y el cuello de la camisa abierto porque lo había mordido rudamente y las marcas estaban demasiado sensibles para ser cubiertas. No es que le preocupara en lo más mínimo.
—Eres tan amable conmigo —dijo, contemplando sus mocasines.
—Realmente, no lo soy.
—¿Cómo puedes decir esto? Nunca pides nada a cambio.
—Marissa, mírame. Mírame —querida Virgen en el Fade, era hermosa. Sobre todo con su sangre en ella—. No te engañes. Todavía te quiero como mi shellan, te quiero desnuda en mi cama, te quiero hinchada con mi bebe en tu cuerpo. Quiero… sí, lo quiero todo contigo. No hago esto por ser agradable, lo hago para meterme bajo tu piel. Lo hago porque tengo esperanzas de que algún día, de alguna forma pueda tenerte donde quiero que estés.
Mientras sus ojos se agrandaban, él mantuvo el resto para sí mismo. No había razón para dar a conocer el hecho de que el Symphath que había en él quería arrastrarse por su mente y adueñarse de cada emoción que hubiera sentido alguna vez. O compartir la realidad de que el sexo con él sería… complicado.
Ah, las satisfacciones de su naturaleza. Y su anomalía.
—Pero quiero que confíes en algo, Marissa. Nunca cruzaré la línea si tu no quieres.
Además, Xhex estaba probablemente en lo cierto. Los mestizos como él estaban mejor solos. Incluso si los Symphath no fueran discriminados y pudiesen aparearse y vivir como los Normales, nunca deberían estar con alguien que estuviese indefenso contra su lado oscuro.
Se puso el abrigo largo de marta cibellina.
—Ese macho tuyo… mejor que se una al programa. Imbecil de mierda desperdiciando una hembra tan valiosa como tu. —Rehv agarró su bastón y se dirigió hacia la puerta—. Si me necesitas, llámame.

Butch anduvo por el ZeroSum, fue hacia a la mesa de la Hermandad, y se quitó el impermeable Aquascutum[1]. Iba a estar aquí un buen rato. Lo cual no sería una noticia de última hora, ¿verdad? Infiernos, debería montar una maldita caseta de perros y mudarse.
Cuando la camarera llegó con un whisky escocés, dijo:
—¿Hay alguna posibilidad de que puedas traerme la botella?
—Lo siento, no puedo.
—Ok, ven aquí —la llamó con el dedo. Cuando se inclinó, puso un billete de cien dólares sobre la bandeja—. Esto es para ti. Quiero que me mantengas contento y servido.
 —Claro.
Solo en la mesa, Butch se acarició el cuello tocando con las yemas de los dedos las punzantes heridas. Cuando sintió donde había sido mordido, trató de no imaginar lo que Marissa le estaba haciendo ahora mismo a alguien más. A un aristócrata. A un bastardo bien educado que era mejor que él, el platino frente a las simples moneditas que el representaba. ¡Oh, Dios!
Como un mantra, repitió lo que V había dicho. Que no tenía que ser sexual. Que esto era un mandato biológico. Que no había ninguna opción. Que… no tenía que ser sexual. Esperaba que si escuchaba la letanía lo suficientemente a menudo en su cabeza, calmaría el infierno de sus emociones, entonces podría aceptar la necesidad que ella tenía de hacer esto. Después de todo, Marissa no era cruel. Había estado tan afligida como él…
En un vivo pantallazo, vio su cuerpo desnudo y no pudo menos que imaginar las manos de otro hombre acariciando sus pechos. Los labios de otro hombre viajando a través de su piel. Otro hombre que tomaba su virginidad mientras la alimentaba, su cuerpo duro moviéndose encima de ella, dentro de ella.
Y todo el rato ella bebía… bebiendo hasta que se llenara, hasta que estuviera saciada, repleta.
Siendo cuidada. Por alguien más.
Butch martilló su doble Lag.
Mierda Santa. Iba a quebrarse por la mitad. Iba a deshacerse, aquí mismo, ahora mismo, su interior se derramaría en carne viva sobre el piso, los órganos vitales serían molidos bajo los pies de varios extraños junto a las servilletas de cóctel caídas y los recibos de tarjetas de crédito.
La camarera, bendito su corazón, vino con más whisky escocés.
Cuando recogió el segundo vaso, se sermoneó: O’Neal, compórtate y ten un poco de orgullo. Ten un poco de fe en ella, también. Nunca dormiría con otro hombre. Sencillamente no lo haría.
Pero el sexo era sólo una parte.
Cuando terminó el whisky, se dio cuenta que había otra dimensión en la pesadilla. Ella iba a tener que alimentarse con regularidad, cierto. Iban a tener que hacer esto una y otra vez.
Joder. Le gustaría pensar que era un hombre lo suficientemente grande, un hombre bastante seguro que podría manejar todo esto, pero era posesivo y egoísta. Y la próxima vez que se alimentara, estarían de vuelta donde estaban ahora, ella en los brazos de otro hombre, él bebiendo en un club solo, al punto de colgarse a si mismo. Sólo que sería peor. Y la siguiente vez aún peor. La amaba tanto, tan profundamente, que los destruiría a ambos y esto no tomaría mucho tiempo.
Además, ¿qué tipo de futuro podrían tener? Con el vicio de whisky que había cogido ultimamente, probablemente sólo le quedaran otros diez años de tener hígado y la raza de Marissa vivía durante siglos. Él sería sólo una nota al pie de página en su larga vida, un bache en el camino para finalmente descubrir un compañero que fuera el correcto, quien podría darle lo que necesitara.
Cuando la camarera le trajo un tercer whisky doble, Butch sostuvo su índice para mantenerla a su lado. Vació el vaso mientras esperaba, se lo dio, y ella volvió a la barra.
Cuando regresaba con el cuarto, dos mesas más allá, ese rubio huesudo, dilapidador de pasta con un trío de guardaespaldas de anchos cuellos, empezó a hacerle señas para llamar su atención.
Cristo, parecía como si el chico se pasara cada maldita noche en este lugar. O tal vez era simplemente que con ser un poco idiota alcanzaba.
—¡Hey! —Llamó el chico—. Necesitamos servicio. Saca a ese pesado de aquí.
—Enseguida voy —dijo la camarera.
—Ahora —dijo bruscamente el imbécil—. No más tarde.
—No tardaré mucho —le murmuró a Butch.
Cuando ella se acercó al punk, Butch observó mientras la acosaban. Malditos fanfarrones habladores, todos ellos. Y no iban a mejorar aunque la noche continuara.
Por otra parte, Butch tampoco lo haría.
—Pareces un poco agresivo, Butch O’Neal.
Cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió otra vez, la mujer con cabello de hombre y cuerpo masculino todavía estaba delante de él.
—¿Vamos a tener un problema contigo esta noche,  Butch O’Neal?
Deseó que dejara de decir su nombre.
—Nah, soy bueno.
Sus ojos destellaron con una luz erótica.
—Ah, eso yo lo se. Pero en serio esta vez. ¿Vas ser un problema esta noche?
—No.
Ella lo contempló fijamente durante largo tiempo. Entonces sonrió un poco.
—Bien… te estaré observando. Ten eso en mente.

 





[1] Aquascutum: Marca comercial de la clásica gabardina inglesa.

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