sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE CONFESO/CAPITULO 25 26 27

CAPÍTULO 25


Joyce O’Neal Rafferty esperó a su marido en la puerta con el bebé en la cadera y una mirada furiosa en la cara. Cuando Mike se quedó de pie en el lado frío del felpudo, estaba claramente cansado después de hacer turnos dobles en el T[1], pero a ella no podría haberle preocupado menos.
—Hoy tuve una llamada telefónica de mi hermano. Butch. Le hablaste sobre el bautizo, ¿no?
Su marido besó a Sean, pero no lo intentó con ella.
—Vamos, cariño...
—¡Esto no es asunto tuyo!
Mike cerró la puerta.
—¿Por qué lo odias tanto?
—No voy a discutirlo contigo.
Mientras ella giraba marchándose, él dijo:
 —Él no mató a su hermana, Jo. Tenía doce años. ¿Qué podría haber hecho?
Cambió a su hijo de brazo y no se volvió.
—Esto no es sobre Janie. Hace años que Butch le volvió la espalda a la familia. Su decisión no tuvo nada que ver con lo que sucedió.
—Tal vez todos le volvisteis la espalda a él.
Le fulminó con la mirada sobre su hombro.
—¿Por qué le defiendes?
—Era mi amigo. Antes de conocerte y casarme contigo, era mi amigo.
—Vaya amigo. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste noticias suyas?
—No importa. Fue bueno conmigo cuando le conocí.
—Eres un alma tan generosa. —Se dirigió hacia la escalera—. Voy a dar de comer a Sean. Te dejé algo de cena en la nevera.
Joyce se dirigió hacia el primer piso, y cuando llegó al descansillo superior, fulminó con la mirada al crucifijo que colgaba en la pared. Pasando de largo la cruz, entró en la habitación de Sean y se sentó en la mecedora que estaba cerca de la cuna. Dejó al descubierto un pecho, atrajo a su hijo que se prendió de él, su mano apretando la piel al lado de su cara. Mientras se alimentaba, el pequeño cuerpo saludable se sentía cálido y regordete, las pestañas bajas sobre las mejillas sonrosadas.
Joyce tomó varios alientos profundos.
Mierda. Ahora se sentía mal por los gritos. Y por dar la espalda a la cruz del Salvador. Dijo una oración a María y luego trató de calmarse contando los perfectos dedos del pie de Sean.
Dios… si algo le pasara, moriría, su corazón literalmente nunca latiría del mismo modo, otra vez. ¿Cómo lo había hecho su madre? ¿Cómo había sobrevivido a la pérdida de un hijo?
Y Odell había perdido dos, ¿no es cierto? Primero Janie. Después Butch. Gracias a Dios la mente de la mujer estaba débil. La liberación de los malos recuerdos debía ser una bendición.
Joyce acarició el fino cabello oscuro de Sean y se dio cuenta de que su madre ni siquiera había tenido la oportunidad de decir adiós a Janie. El cuerpo había estado demasiado maltratado como para colocarlo en un ataúd abierto, y fue Eddie O'Neal, su padre, quien había hecho la identificación en el depósito de cadáveres.
Dios, durante aquella horrible tarde de otoño, si Butch solamente hubiera seguido adelante y entrado corriendo en la casa y le hubiera dicho a un adulto que Janie acababa de marcharse… tal vez podrían haberla salvado. A Janie no le permitían meterse en coches con muchachos y todos conocían las reglas. Butch sabía las reglas. Si sólo…
Ah, ¡Maldición! Su marido tenía razón. La familia entera odió a Butch. No le extrañaba que se hubiera ido y hubiera tratado de desaparecer.
Con una exhalación, la boca de Sean se quedó floja y su pequeña mano la soltó. Pero enseguida se sacudió despertándose otra vez, retomando el programa.
Hablando de desapariciones… ¡Dios Mío!, su madre tampoco iba a tener la oportunidad de despedirse de Butch, ¿verdad? Sus momentos lucidos eran tan pocos y tan espaciados. Incluso si Butch apareciera en la iglesia este domingo, bien podría no reconocerlo.
Joyce oyó a su marido subir las escaleras, con pasos lentos.
—¿Mike? —llamó.
El hombre al que amaba y con el cual se había casado apareció en la entrada. Estaba desarrollando la barriga típica de la mediana edad, y perdiendo el cabello en la coronilla aunque sólo tenía treinta y siete años. Pero cuando lo contempló ahora, vio al muchacho que había sido: al atleta de la escuela secundaria. Al amigo de su hermano mayor Butch. Al excelente futbolista por el cuál había estado loca durante años.
—¿Síp? —dijo.
—Lo siento. Por enfadarme tanto.
Sonrió un poco.
—Este es un tema difícil. Lo entiendo.
—Y tienes razón. Probablemente debería haber invitado Butch. Es sólo que… quiero que el día del bautismo sea puro, ¿Sabes? Sólo puro. Son los inicios de Sean y no quiero que haya ninguna sombra. Butch… carga con esa sombra alrededor suyo y todos se pondrían tensos, y con mama estando tan enferma, no quiero tener que soportar todo eso.
—¿Dijo si vendría?
—No. Él…— Pensó en la conversación. Gracioso, había parecido el mismo. Su hermano siempre había tenido una voz de lo más extraña, tan ronca y gutural. Como si tuviese la garganta deforme o se guardara demasiadas cosas para si mismo—. Dijo que se alegraba por nosotros. Que agradecía la llamada. Dijo que esperaba que mamá y papá estuvieran bien.
Su marido bajó la mirada a Sean, que se había hundido en el sueño otra vez.
—Butch no sabe de la enfermedad de tu madre, ¿verdad?
—No. —Al principio, cuando Odell se había vuelto olvidadiza, Joyce y su hermana habían decidido esperar, hasta saber cuál era el daño, para avisar Butch. Pero en realidad, eso había sido hacía dos años. Y verdaderamente sabían lo que estaba mal. Alzheimer.
Dios sólo sabía cuanto tiempo más su madre iba a estar por aquí. La enfermedad progresaba despiadadamente.
—Soy una ladrona por no contárselo a Butch —dijo suavemente—. Es lo que soy
—Te amo —murmuró Mike.
Tenía los ojos anegados cuando alzó la mirada desde la cara de su hijo hacia la de su padre. Michael Rafferty era un buen hombre. Un hombre sólido. Nunca sería hermoso como Hugh Jackman o rico como Bill Gates o poderoso como el Rey de Inglaterra. Pero era suyo y era de Sean y eso era más que suficiente. Sobre todo durante noches como esta, durante conversaciones como esta.
—Yo también te amo —dijo.

Vishous se materializó detrás del ZeroSum y bajó por el callejón hacía la parte delantera del club. Cuando vio el Escalade aparcado en la Calle Décima, se sintió aliviado. Phury había dicho que Butch se había largado de la casa grande como Jeff Gordon[2] y no fue en una explosión de felicidad.
V entró en el club y se dirigió directamente hacia la sección VIP. Pero no logró llegar.
Aquella jefa de seguridad se cruzó delante de él, bloqueándole el camino con su poderoso cuerpo. Mientras le echaba un rápido vistazo de arriba a bajo, se preguntó como sería atarla. Probablemente le dejaría cicatrices en el proceso, y no sería esa una manera divertida de matar una o dos horas.
—Tu muchacho tiene que marcharse —dijo.
—¿Está en nuestra mesa?
—Sí, y mejor te lo llevas de aquí. Ahora.
—¿Cuál es el daño?
—Ninguno aún. —Ambos partieron hacia el área VIP—. Pero no quiero que las cosas lleguen tan lejos, y estamos exactamente en el borde.
Mientras se abrían paso entre la muchedumbre, V le echó un vistazo a aquellos brazos musculosos suyos y pensó en el trabajo que tenía en el club. Duro para cualquiera, pero sobre todo para una hembra. Tuvo que preguntarse por qué lo hacía.
—¿Te quitas de encima a los machos reventándoles? —dijo.
—A veces, pero con O'Neal prefiero el sexo.
V se detuvo repentinamente.
La hembra echó un vistazo sobre su hombro.
—¿Algún problema?
—¿Cuándo lo hiciste con él? —Aunque de algún modo sabía que había sido recientemente.
—La pregunta es cuando estaré con él otra vez. —Señaló con la cabeza hacia el punto de control del VIP—. Pero no será esta noche. Ahora ve a cogerle y arrástrale fuera de aquí.
V estrechó sus ojos.
—Disculpa la vieja escuela, pero Butch es OPP[3].
—Ah, ¿de veras? ¿Es por eso qué está aquí afrontando casi cada noche? Su compañera debe ser un autentico primor.
—No te acerques a él otra vez.
La expresión de la hembra se endureció.
 —Hermano o no, tú no me dices lo que hacer.
V se inclinó acercándose y le enseñó los colmillos.
 —Como dije, te alejas de él.
Por una fracción de segundo, pensó que irían a por ello, realmente lo hizo. Nunca antes se había trabado en una lucha mano a mano con una hembra, pero ésta… bien, realmente no parecía una hembra. Especialmente cuando miró su mandíbula como si midiera el alcance de su gancho.
—¿Vosotros dos queréis una habitación o un cuadrilátero?
Vishous se dio vuelta para ver a Rehvenge erguido a no más de tres pies de distancia, los ojos de amatista del macho brillaban en la penumbra. Bajo los focos, el mohawk era tan oscuro como el abrigo de cibelina largo hasta el suelo que llevaba puesto.
—¿Tenemos un problema? —Rehvenge paseó la mirada a uno y a otro mientras se quitaba el abrigo de piel y se lo daba a un gorila.
—En absoluto —dijo V. Echó un vistazo a la hembra—. No pasa nada, ¿verdad?
—Sí —dijo arrastrando las palabras, cruzando los brazos sobre el pecho—.Nada.
V pasó frente a los gorilas que estaban delante del cordón de terciopelo y fue directamente hacia la mesa de la Hermandad—. Oh… hombre.
Butch parecía totalmente destruido y no sólo porque estuviera bebido. Su cara estaba trazada con líneas sombrías, los ojos entreabiertos. La corbata fuera de lugar, la camisa parcialmente desabotonada… y había una señal de mordedura en su garganta que había dejado algunas manchas de sangre sobre el cuello de la camisa.
Y sí, estaba buscando pelea, fulminando con la mirada a los alborotadores de alto vuelo que estaban en una mesa dos bancos más allá. Mierda, el poli estaba a un pelo de saltar sobre ellos, todo preparado y listo para saltar.
—Hey, amigo. —V se sentó realmente despacio, pensando que los movimientos bruscos no eran un buen plan. — ¿Qué hay de nuevo?
Butch se bebió de un trago el whisky escocés sin apartar la mirada de los imbéciles de primera clase de al lado.
—¿Qué tal, V?
—Bien, bien. ¿Cuántos de estos Lags llevas?
—No los suficientes. Todavía estoy vertical.
—¿Quieres decirme qué está pasando?
—No especialmente.
—Recibiste un mordisco, compañero.
Mientras la camarera vino y recogió el vaso vacío del poli. Butch se tocó las heridas de mordedura en su garganta.
—Sólo porque la obligué. Y se detuvo. No me tomará, no realmente. Así que está con otro. Ahora mismo.
—Mierda.
—Esa es más o menos la raíz del problema. Mientras estamos sentados aquí, mi mujer está con otro hombre. Él es un aristócrata, por cierto. ¿Mencioné esto? Un macho ‘culo de lujo’ está tocando… Sí, de todos modos… Quienquiera que sea, es más fuerte que yo. Le da lo que necesita. La alimenta. Es… —Butch corta la caída en barrena—. ¿Y cómo está yendo tu noche?
—Te dije que  beber no tiene que ser por algo sexual.
—Ah, eso lo sé. —El poli se recostó hacía atrás cuando llegó la siguiente bebida—. Quieres un Goose? ¿No? Bien… lo soportaré por los dos—. Se metió la mitad del escocés antes de que la camarera se diera la vuelta—. Esto no es sólo por el sexo. No puedo soportar la idea de la sangre de alguien más en ella. Quiero se yo quien la alimente. Quiero ser yo quien la mantiene con vida.
—Esto no es lógico, amigo.
—Qué se joda la lógica. —Bajó la mirada al escocés. —¿Jesús… no hicimos esto mismo?
—¿Perdona?
—Quiero decir… Que estábamos justo aquí anoche. Misma bebida. Misma mesa. Mismo… todo. Es como estar encerrado en este patrón y estoy harto de ello. Estoy harto de mí.
—¿Qué te parece si te llevo a casa?
—No quiero volver a… —la voz de Butch se interrumpió y se puso rígido en el asiento, el vaso con su trago descendió despacio hasta la mesa.
V se puso en alerta roja. La última vez que el poli había lucido esa expresión obsesiva allí había habido lessers entre los jodidos arbustos.
Salvo que cuando Vishous miró alrededor, no vio a nadie especial, solamente al Reverendo caminando por el área VIP y dirigiéndose hacia su oficina.
—¿Butch? ¿Amigo?
Butch se levantó de la mesa.
Entonces se movió tan rápido que a V no le dio tiempo a agarrarlo.



[1] T, se refiere al transporte público, comúnmente el metro.
[2] Jeff Gordon, piloto de carreras Nascar Nextel Cup Series.
[3] OPP, acrónimo de Other People's Property (propiedad de otra persona).


CAPÍTULO 26


El cuerpo de Butch estaba fuera de control y actuando por su cuenta cuando se disparó a través de la sección VIP hacia Rehvenge. Todo lo que sabía era que había captado el olor de Marissa y lo había rastreado hasta el macho que lucía un mohawk. El siguiente movimiento fue salir disparado hacia el tipo como si fuera un criminal.
Derribó al Reverendo, el factor sorpresa trabajó a su favor. Cuando chocaron contra el suelo, se le oyó al macho. —¡Qué coño! —Y los gorilas comenzaron a llegar desde todas las direcciones. Justo antes de que lograran apartar a Butch, tiró con fuerza y logró abrir el cuello de la camisa de Rehvenge.
Allí estaban. Las marcas de punciones directamente en la garganta del tipo.
—No… Mierda, no. —Butch luchó contra las duras manos que le agarraron, peleó y pateó hasta que alguien se puso frente a él, levantó un puño y le atizó un derechazo en la cara. Cuando una bomba de dolor estalló en su ojo izquierdo, se dio cuenta de que era el guarda de seguridad femenino quien lo había golpeado.
Rehvenge clavó su bastón en el suelo y se levantó, sus ojos eran de un violento púrpura.
—A mi oficina. Ahora.
Hubo alguna conversación sobre ese tema, no es que Butch estuviera siguiéndola demasiado. La única cosa en la que podía concentrarse era en el macho que tenía delante y las evidencias de la alimentación. Imaginó el macizo cuerpo del tipo debajo de Marissa, la cara de ella descendiendo sobre su cuello, los colmillos perforando la piel.
Sin duda Rehvenge la había satisfecho. Ninguna. Duda.
—¿Por qué tenías que ser tú? —gritó Butch en la refriega —. Maldición me caes bien. ¿Por qué tuviste que ser ?
—Momento de irse. —V dobló a Butch en una llave de lucha de cabeza—. Te llevo a casa.
—No, en este momento no lo harás —gruñó Rehvenge—. Me derribó en mi casa. Quiero saber que coño pasaba por su cabeza. Y luego vas a querer darme una razón malditamente buena por la cual yo no debería machacar sus rodillas.
Butch habló alto y claro:
 —La alimentaste.
Rehvenge parpadeó. Levantó la mano a su cuello.
 —¿Perdona?
Butch gruñó a las señales de mordedura, su cuerpo tratando de liberarse otra vez. Dios, era como si hubiera dos mitades de él. Una ponía un poco de sentido común. Y la otra estaba completamente desmadrada. Adivina que mitad estaba ganando.
—Marissa —escupió—. La alimentaste.
Los ojos de Rehv se abrieron completamente.
—¿Tú eres él? ¿Eres del que está enamorada?
—Sí.
Rehv inspiró horrorizado. Después se frotó la cara y se cerró el cuello de la camisa, escondiendo las heridas.
—Oh… Demonios. Oh… Qué putada. —Se alejó —. Vishous, llévatelo y procura que esté sobrio. Jesucristo, el mundo parece condenadamente pequeño esta noche, realmente lo es.
A estas alturas, Butch sentía las rodillas de goma y el club comenzaba a girar como una peonza. Hombre, estaba mucho más borracho de lo que pensaba, y aquel leñazo a la jeta no había ayudado.
Justo antes de desmayarse, gimió:
 —Debería haber sido yo. Debería haberme usado…

El Sr. X aparcó el monovolumen en un callejón de Trade Street y salió. La ciudad se aprestaba ansiosa para la noche, los bares pinchaban música y comenzaban a llenarse con los que pronto estarían borrachos y drogados.
Momento de cazar Hermanos.
Mientras el Sr. X cerraba la puerta y ajustaba sus armas, miró por encima del capó de la Town & Country[1] a Van.
Hombre, todavía estaba decepcionado como el infierno por la actuación del tipo en el cuadrilátero. Y también asustado. Pero por otro lado, iba a llevar un tiempo hasta que el poder se fundiera con él. Ningún lesser había salido de una iniciación reciente con la fuerza al máximo, y no había ninguna razón para pensar que Van tuviera que ser diferente sólo por ser el que aparecía en la profecía.
Aun así, que mierda.
—¿Cómo distinguiré a los vampiros? —preguntó Van.
Ah, sí. El trabajo que tenemos entre manos. X aclaró su garganta.
 —Los civiles te reconocerán porque pueden olerte, y tú los percibirás cuando ellos se asusten. En cuanto a los Hermanos, no hay confusión con ellos. Son más grandes y más agresivos que cualquier cosa que hayas visto alguna vez y son los primeros en atacar. Si te ven, vendrán detrás de ti.
Marcharon por Trade. La noche era cortante como una bofetada, esa combinación de frío y humedad que siempre revitalizaba a X antes de luchar. Ahora, sin embargo, su enfoque era diferente. Tenía que estar en el campo porque era el Fore-lesser, pero todo lo que le importaba era mantenerse a si mismo y a Van en este lado de la realidad hasta que el tipo madurara en cuanto a lo que habría de convertirse.
Estaban a punto de meterse en un callejón cuando el Sr. X se detuvo. Girando la cabeza, miró hacia atrás. Después a través de la calle.
—Qué es...
—Cállate. —El Sr. X cerró los ojos y dejó trabajar a sus instintos. Calmándose, dividiendo en zonas, extendió sus sondeos mentales a través de la noche.
El Omega estaba cerca.
Abrió de golpe los parpados, aunque razonándolo eso era una tontería. El maestro no podía venir a este lado sin el Fore-lesser.
Y con todo el Mal estaba cercano.
El Sr. X giró sobre sus botas de combate. Mientras un coche circulaba por Trade, miró fijamente por encima de su techo hacia el ZeroSum, este era un club techno. El maestro estaba allí. Sin duda alguna.
Ah, mierda, ¿Había habido un cambio de Fore-lesser?
No. En ese caso, habrían llamado al Sr. X para que regresara a casa. ¿Entonces tal vez El Omega había empleado a alguien más para cruzar? ¿Podría suceder esto?
El Sr. X corrió a través de la calle hasta el club y Van iba justo detrás de él, ignorante pero listo para cualquier cosa.
La cola de espera del ZeroSum estaba llena de humanos con ropa llamativa, palpitando, fumando y hablando por teléfonos móviles. Hizo una pausa. En la parte de atrás… el maestro estaba en la parte trasera.

Vishous empujó la puerta antiincendios del ZeroSum abriéndola con su cadera y metió a la fuerza a Butch en el Escalade. Mientras embutía al poli en el asiento trasero como una pesada alfombra enrollada, rezaba para que el bastardo no se despertara dando puñetazos.
V se estaba poniendo detrás del volante cuando sintió la llegada de algo, sus instintos llamearon, con un ding-ding se encendió la glándula que liberaba la adrenalina. Aunque la Hermandad no huía de los conflictos ya fuera por naturaleza o por entrenamiento, su sexto sentido le dijo que se llevara a Butch jodidamente lejos del club. Ahora.
Encendió el motor y aceleró rápidamente. Justo cuando llegaba a la boca del callejón, vio a un par de hombres que venían hacia el SUV, uno de los cuales tenía el cabello blanco. Lessers. Salvo que ¿Qué sabían aquellos dos que los había hecho dirigirse aquí atrás?
V pisó a fondo el acelerador. Logró que él y Butch desaparecieran como un buen fantasma. Tan pronto como estuvo satisfecho de que no les estaban siguiendo, echó un vistazo atrás al poli. Fuera de combate. Impasible. Hombre, aquella jefa de seguridad le empaquetó un demonio de puñetazo. Por otra parte, también se lo habían asestado todos esos Lagavulin.
Butch no se movió durante el viaje al complejo. De hecho, no lo hizo hasta que V llevó al tipo al Pit y lo acostó en su cama, y el poli abrió los ojos.
—La habitación está girando.
—Ya me lo imagino.
—La cara duele.
—Espera a verte y sabrás por qué.
Butch cerró los parpados.
—Gracias por traerme a casa.
Vishous estaba a punto de ayudar al tipo a quitarse el traje cuando sonó el timbre.
Con una maldición, fue a la parte delantera de la casa del guarda y comprobó los monitores de seguridad en su escritorio. No le sorprendió ver quién era, pero ¡Demonios!, en ese momento Butch no estaba listo para que le vieran en el programa de máxima audiencia.
V entró en el vestíbulo y cerró la puerta detrás de si antes de abrir la del exterior. Cuando Marissa alzó la vista, podía oler la tristeza y la preocupación procedente de ella, el olor como a rosas secas.
Su voz fue grave.
—Vi el Escalade aparcado, así que sé que está ahora en casa. Tengo que verle.
—Esta noche no lo harás. Vuelve mañana.
Su cara se endureció hasta parecer una representación en mármol de su belleza.
—No me marcharé hasta que él me diga que me vaya.
—Marissa…
Sus ojos destellaron.
—No hasta que me lo diga él mismo, guerrero.
V midió su resolución y encontró que ella no tenía nada que envidiarle a la resolución demostrada por aquella musculosa jefa de seguridad del club, sólo que desprovista de los nudillos.
Bien, ¿no era esta la noche de las hembras temerarias?
V sacudió la cabeza.
—Al menos déjame limpiarle, ¿Ok?
El pánico brilló en sus ojos.
 —¿Por qué tendrías que hacerlo?
—Por Dios, Marissa. ¿Qué pensabas que iba a pasar cuándo te alimentaste de Rehvenge?
Se quedó con la boca abierta.
—¿Cómo sabes…?
—Butch fue a por él en el club.
—¿Qué? Él… ah, Dios. —Repentinamente, sus ojos se estrecharon—. Mejor déjame entrar. En este mismo instante.
V levantó las manos y refunfuñó:
 —Joder —mientras abría la puerta.







[1] Town & Country, en Europa la Chrysler Voyager


CAPÍTULO  27


Marissa pasó por delante de Vishous y el hermano se apartó de su camino, demostrando que era tan inteligente como sostenía su reputación.
Cuando llegó a la entrada de la habitación de Butch, se detuvo. Con el brillo de la luz del pasillo, lo vio echado en la cama sobre la espalda. Tenía todo el traje desencajado y había sangre en la camisa. También tenía sangre sobre la cara.
Avanzó y tuvo que cubrirse la boca con la mano. —Querida Virgen del Fade…
Uno de los ojos estaba hinchado y se estaba amoratando otra vez, y tenía un corte sobre el puente de la nariz, lo que explicaba la sangre. Y olía a fresco whisky escocés.
Desde la entrada, la voz de Vishous fue inusualmente suave. —Realmente deberías volver mañana. Se va a cabrear como el demonio por que lo has visto así.
—¿Exactamente quien le hizo esto? Y Dios me ayude, pero si me dices que sólo fue una pelea rápida, voy a gritar.
—Como te dije, fue tras Rehvenge. Y sucede que Rehv tiene muchos guardaespaldas.
—Deben de ser hombres grandes —dijo ella entumecidamente.
—En realidad, quien lo pilló fue una mujer.
—¿Una mujer? —Oh, pero que demonios importaban los detalles—. ¿Puedes traerme un par de toallas y algo de agua jabonosa caliente? —Fue hasta los pies de Butch y le quitó los zapatos. —Quiero lavarlo.
Después de que V se fue por el pasillo, desnudó a Butch dejándole los boxers, luego se sentó a su lado. La pesada cruz de oro que había sobre su pecho fue una sorpresa. En el anterior frenesí en la sala de estar, no le había prestado mucha atención a la cosa, pero ahora se preguntaba dónde la había obtenido.
Miró más abajo, hacia la negra cicatriz sobre el vientre. No parecía mejor, ni peor.
Cuando V regresó con un bol lleno de espuma de jabón y un montón de pequeñas toallitas, dijo. —Pon todo sobre esta mesa donde pueda cogerlo, después déjanos, por favor. Y cierra la puerta detrás de ti.
Hubo un silencio. Tenía sentido. Tú no le ordenabas nada a un miembro de la Hermandad de la Daga Negra, mucho menos en su propia casa. Pero tenía los nervios de punta y el corazón roto y la verdad, no le preocupaba lo que nadie pensara de ella.
Era su regla número uno cuando entraba en acción.
Después un largo momento de silencio, las cosas fueron colocadas donde las quería y luego se cerró la puerta.
Tomó aliento profundamente y mojó una toallita. Cuando tocó la cara de Butch con ella, él se estremeció y murmuró algo.
—Lo siento tanto, Butch… pero ahora ya ha terminado. —Devolvió la toallita al bol, sumergiéndola, después exprimió el exceso de agua. El goteo pareció muy ruidoso—. Y no ocurrió nada más que la alimentación, te lo juro.
Le limpió la sangre de la cara, y luego le acarició el cabello, las gruesas ondas húmedas tras el lavado. En respuesta, él se removió y giró la cara hacia su mano, pero era obvio que estaba perdidamente borracho y no se dio la vuelta.
—¿Vas a creerme? —susurró ella.
Por lo menos, tenía la prueba. Cuando fuera hacia él siendo una newling, sabría que ningún otro hombre la había tenido.
—Puedo olerlo sobre ti.
Se echó hacia atrás por el áspero sonido de su voz.
Los ojos de Butch se abrieron despacio y parecían negros, no color avellana. —Puedo olértelo por todas partes. Por que no fue de la muñeca.
No supo que responderle. Sobre todo cuando él se concentró en su boca y dijo. —Vi las señales sobre la garganta de el. Y tu olor también estaba por todas partes sobre él.
Cuando Butch extendió la mano, ella se estremeció. Pero todo lo que hizo fue acariciarle la mejilla con el dedo índice, suave como un suspiro.
—¿Cuánto tiempo te tomó? —preguntó él.
Se quedó silenciosa, el instinto le decía que cuanto menos supiera mejor.
Cuando retiró la mano, su cara se veía dura y agotada. Impasible. —Te creo. Sobre el sexo.
—No te ves como si lo hicieras.
—Lo siento, estoy un poco distraído. Intento convencerme de que me siento bien respecto de lo que ocurrió esta noche.
Ella dirigió la mirada hacia abajo, hacia sus manos. —Lo sentí todo equivocado, también. Lloré todo el tiempo.
Butch inhaló bruscamente, entonces toda la tensión se evaporó del ambiente entre ellos. Se sentó y le puso las manos sobre los hombros. —Oh, Dios… cariño, siento ser un dolor en el culo…
—No, siento tener que…
—Shh, esto no es culpa tuya. Marissa, esto no es culpa tuya…
—Se siente de esa forma…
—Es culpa mía, no tuya. —Sus brazos, aquellos maravillosos brazos, pesados, deslizándose a su alrededor y acercándola a su pecho desnudo. A cambio, se aferró a él como a la propia vida.
Cuando le besó la sien, murmuró. —No es culpa tuya. Para nada. Y desearía poder manejarlo mejor, de verdad. No se por qué es tan duro todo esto.
Ella se apartó bruscamente, arrastrada por una urgencia que no se cuestionó. —Butch, acuéstate conmigo. Se mi compañero. Ahora.
—Oh… Marissa… me encantaría, realmente lo haría. —Le alisó el cabello con cuidado—. Pero no así. Estoy bebido y tu primera vez debería ser…
Ella lo interrumpió con la boca, probando el whisky escocés y al hombre mientras lo empujaba sobre el colchón. Cuando deslizó las manos entre sus piernas, él gimió y se endureció directamente sobre su palma.
—Te necesito dentro de mí —le dijo violentamente—. Si no es tu sangre, entonces tu sexo. Dentro de mí. Ahora.
Lo besó otra vez y cuando él introdujo su lengua violentamente dentro su boca supo que lo tenía. Y ¡oh, era tan bueno! La arrolló y barrió con su mano desde el cuello hasta los senos, luego siguió el camino con los labios. Cuando llegó al corpiño del vestido, se detuvo y su cara se endureció nuevamente. Con un movimiento salvaje, agarró la seda y le rasgó limpiamente el frente del vestido. Y no se detuvo en la cintura. Continuó, trabajando con las grandes manos y los antebrazos donde sobresalían las venas mientras rasgaba el satén directamente por el medio del vestido, todo el camino hasta el dobladillo de la falda.
—Quítatelo —le exigió.
Se quitó los restos de los hombros y cuando levantó las caderas, él dio un tirón del vestido bajándoselo, sacándoselo y lanzándolo a través de la habitación.
Con ojos feroces, se giró hacia ella, empujó la combinación hacia arriba y le abrió los muslos. Mirándola por sobre su cuerpo, le dijo, con la voz áspera, —Nunca te pongas esa cosa otra vez.
Cuando ella asintió, le apartó las bragas y colocó la boca directamente sobre su centro. El orgasmo que le dio fue un reclamo en si mismo, la marca del compañero y la hizo remontarlo hasta que se sintió débil y conmocionada.
Entonces tiernamente le soltó las piernas juntándolas. Aunque era ella la que había tenido la liberación, él se veía mucho más relajado cuando se alzó sobre su cuerpo. Aun deslumbrada por lo que le había hecho, se sentía débil y no opuso resistencia cuando la desnudó completamente, luego se levantó y se quitó los boxers.
Cuando ella le midió el tamaño y comprendió lo que vendría después, el miedo cosquilleó los bordes de su conciencia. Pero estaba demasiado extasiada para que le importara mucho.
Era todo animal masculino cuando regresó a la cama, su sexo duro y grueso, listo para penetrar. Ella separó las piernas, pero él se puso a su lado, no encima.
Ahora fue despacio. La besó larga y dulcemente, la amplia mano viajando hacia sus pechos, tocándola con cuidado. Sin aliento, ella apretó las manos sobre los hombros de él y sintió los músculos tensándose bajo la cálida y flexible piel, mientras le acariciaba las caderas, los muslos.
Cuando la tocó entre las piernas, fue tierno y lento y un momento después uno de sus dedos se introdujo en su interior. Se detuvo justo cuando ella sentía como si un extraño en su interior tirara frunciendo el ceño y moviendo sus caderas hacia atrás.
—¿Sabes lo que esperar? —Le preguntó contra el pecho, su voz suave, baja.
—Um…sí. Supongo. —Pero entonces pensó en el tamaño de su erección. ¿Cómo en el nombre de Dios iba a caber?
—Seré tan gentil como pueda, pero esto… va a doler. Había esperado que tal vez…
—Sé que esto es una parte de ello. —Había oído que había involucrada una leve punzada, pero después un éxtasis maravilloso—. Estoy lista.
Retiró la mano y rodó sobre ella, bajando el cuerpo entre sus piernas.
Bruscamente, todo entró en una aguda concentración: sentir la piel caliente, la compresión de su peso, el poder de sus músculos… la almohada bajo la cabeza, el colchón donde estaba y exactamente como estaban extendidos sus muslos. Ella alzó la vista hacia el techo. Una oscilación de luces se movía alrededor de ellos, como si un coche acabara de aparcar en el patio.
Estaba tensa; no podía evitarlo. Incluso aunque era Butch y lo amaba, el miedo a la experiencia, su abrumadora naturaleza, la hundían. Trescientos años y de pronto había llegado aquí y ahora.
Por alguna estúpida razón, le brotaron lágrimas.
—Cariño, realmente no tenemos que hacerlo. —Sus pulgares le limpiaron las mejillas y retiró las caderas como si fuera a bajarse.
—No quiero parar. —Lo aferró por la parte baja de la espalda—. No… Butch. Espera. Quiero esto. De verdad que lo quiero.
Él cerró los ojos. Entonces bajó la cabeza hacia su cuello y colocó los brazos de manera que la envolvieran completamente. Girándose de lado, la abrazó contra su duro cuerpo y se quedaron así durante largo rato, su peso colocado de manera que ella pudiera respirar, su caliente sexo, marcando la longitud sobre su muslo. Ella comenzó a preguntarse si iba a hacer algo.
Justo cuando estaba a punto de preguntar, él se movió y las caderas cayeron firmemente entre sus piernas otra vez.
La besó profundamente, drogándola con una seducción que consiguió que se quemara, hasta que se onduló debajo de él, rozándose contra sus caderas, intentando acercarse más a él.
Y entonces sucedió. Se movió un poco hacia la izquierda y ella sintió la erección en su centro, dura y lisa. Sintió una profunda caricia satinada y después algo de presión. Se quedó inmóvil, pensando exactamente en que la empujaba y a dónde quería ir.
Butch tragó con suficiente fuerza para que ella lo pudiera oír y el sudor estalló a través de sus hombros hasta que se deslizó por su espalda. Cuando la presión entre sus piernas se intensificó, su respiración se hizo más profunda hasta que gimió en cada exhalación. Cuando ella se estremeció seriamente, él bruscamente se echó hacia atrás.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Estás muy apretada.
—Bueno, eres muy grande.
Él se rió en una explosión. —Cosas agradables… dices las cosas más agradables.
—¿Vas a parar?
—No, a no ser que tú quieras.
Cuando no hubo ningún “no” de parte de ella, el cuerpo se tensó y la cabeza encontró la entrada otra vez. Le pasó la mano por el lado de la cara y le retiró el cabello colocándolo detrás de la oreja.
—Si puedes, trata de relajarte, Marissa. Será más fácil para ti. —Comenzó un movimiento de balanceo, descargando las caderas entre las suyas y retirándose, un suave movimiento de vaivén. Pero cada vez que trataba de empujar una fracción, su cuerpo se resistía.
—¿Estás bien? —Dijo con los dientes apretados.
Ella asintió aún cuando estaba temblando. Todo era tan extraño, sobre todo cuando ellos no hacían ningún progreso real…
Con un repentino deslizamiento él estaba dentro, pasando algún músculo externo hasta que encontró la barrera que su dedo había encontrado. Cuando se puso tensa, Butch gimió y dejó caer la cara sobre la almohada al lado de su cabeza.
Ella sonrió inquietamente, la plenitud inesperada. —Yo… ah, parece que debería preguntarte si estás bien.
—¿Estás de broma? Creo que estoy a punto de explotar. —Tragó otra vez, desesperado por coger aire—. Pero odio la idea de hacerte daño.
—Entonces dejemos rápidamente esa parte atrás.
Ella sintió más que vio su asentimiento con la cabeza. —Te amo.
Con un rápido tirón, retiró las caderas y se deslizó hacia delante.
El dolor fue crudo y nuevo, provocando que jadeara y le empujara por los hombros para impedirle que se moviera más adentro. El instinto hacia que su cuerpo luchara, intentando encontrar una salida o al menos distanciarse.
Butch elevó el torso y los vientres se acariciaron mientras ambos respiraban con fuerza. Con la pesada cruz balanceándose entre ellos, ella soltó una dura maldición. La presión de antes había sido una mera incomodidad. Esto no lo era. Esto era dolor.
Y se sintió muy invadida por él, llena. Dios, aquella charla femenina que había oído por casualidad, como que todo esto era un maravilloso tesoro encerrado bajo llave, como que la primera vez era mágica, todo tan fácil, nada de eso había sido cierto para ella.
El pánico creció. ¿Y si estaba realmente rota interiormente? ¿Este era el defecto que los hombres de la glymera habían percibido? ¿Y si…
—¿Marissa?
…no podía pasar por ello en absoluto? ¿Y si siempre le hacía daño de esta manera? Oh, Jesús… Butch era muy masculino y muy sexual. Y si iba a buscar a otra…
—Marissa, mírame.
Ella arrastró los ojos hacia su cara, pero sólo podía prestar atención a la voz de su cabeza. Oh, Jesús, no se suponía que esto le hiciera tanto daño ¿verdad? Oh, Jesús… era defectuosa…
—¿Cómo estás? —Dijo bruscamente—. Háblame. No te lo guardes dentro.
—¿Y si no puedo soportarlo? —Le soltó.
Su expresión se volvió completamente suave, poniendo una máscara deliberada de tranquilidad. —No imagino que a muchas mujeres les haya gustado su primera vez. Esa versión romántica de perder la virginidad es una mentira.
O tal vez no lo era. Tal vez ella era el problema.
La palabra defecto corría aun más rápidamente alrededor de su cabeza, aún más fuerte.
—¿Marissa?
—Quería que fuera hermoso —dijo con desesperación.
Hubo un horrible silencio, durante el cual fue consciente de la tensión, de la erección en su interior. Entonces Butch dijo. —Lo siento si estás decepcionada. Pero no me sorprende para nada.
Comenzó a retirarse y al hacerlo hizo que algo cambiara. Cuando se movió, la sensación de arrastre hizo que un hormigueo la atravesara.
—Espera. —Se agarró a sus caderas—. Esto no es todo lo que hay, ¿verdad?
—Bastante. Aunque, sólo se hace más invasivo.
—Oh… pero tú no has terminado…
—Ya no lo necesito.
Cuando su erección se deslizó fuera, se sintió curiosamente vacía. Entonces se retiró de su cuerpo y ella al instante se enfrió. Cuando tiró un edredón sobre ella, pudo, durante un instante, apreciar la caricia de su excitación contra el muslo. El eje estaba mojado y se había ablandado.
Se colocó de espaldas al lado de ella, descansando ambos antebrazos sobre la cara.
Dios… que lío. Y ahora que había recuperado el aliento, ella quería que continuara, pero sabía lo que le iba a decir. El “no” estaba implícito en la rigidez de su cuerpo.
Mientras se colocaban uno al lado del otro, a ella le pareció que debía decir algo. —Butch…
—Estoy realmente cansado y para nada coherente. Vamos sólo a dormir, ¿ok? —Rodó alejándose, esponjó una almohada y exhaló una larga y entrecortada respiración.

 

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