jueves, 25 de agosto de 2011

AMANTE CONFESO/CAPITULO 4 5 6

CAPÍTULO 4


Lo primero que pensó Butch cuando volvió en sí fue que alguien debía cerrar el grifo. El drip, drip, drip, era muy molesto.
Luego abrió un párpado y se dio cuenta de que su propia sangre estaba haciendo la rutina de Kohler[1]. Ah…. genial. Le habían molido y ahora estaba goteando.
Este había sido un largo, largo y muy mal día. ¿Cuántas horas lo habían interrogado? ¿Doce? Parecían mil.
Trató de respirar hondo, pero algunas de sus costillas estaban rotas, así que le provocó hipoxia y más dolor. Hombre, gracias a la hospitalidad de sus captores, le dolía todo como su puta madre, pero al menos el lesser le había sellado la herida de bala.
Solo para poder interrogarlo por más tiempo.
Lo único que agradecía de toda esa pesadilla era que ni una sola palabra acerca de la Hermandad había abandonado sus labios. Ni una sola. Incluso cuando el asesino había trabajado bajo sus uñas y entre sus piernas. Butch iba a morir pronto, pero al menos cuando llegara al cielo podría mirar a San Pedro a la cara sabiendo que no era ningún soplón.
O, ¿había muerto y llegado al infierno? ¿De eso se trataba todo? Dada la mierda en la que había estado envuelto en la tierra muy bien podía haber ido a dar a la pensión del diablo. Pero entonces ¿no debería su torturador tener cuernos, como tenían los demonios?
Ok, ahora estaba jugando con caricaturas.
Abrió los ojos un poco más, suponiendo que ya era hora de separar la realidad de las tonterías que bailaban en su cabeza. Tenía la sensación de que probablemente este fuera su último rapto de conciencia, así que mejor lo  aprovechaba.
Su visión era borrosa. Las manos… los pies…yup, encadenados. Y estaba tendido quieto sobre algo duro, una mesa. La habitación era… oscura. El olor a polvo significaba que probablemente estuviera en un sótano... una lamparilla pelada… si, una herramienta de tortura. Estremeciéndose, apartó la vista de las cosas afiladas desparramadas por ahí.
¿Qué fue ese ruido? Un tenue bramido. Haciéndose más fuerte. Más fuerte.
Ni bien se detuvo, una puerta se abrió en el piso de arriba y Butch oyó decir a un hombre con voz ahogada —Maestro.
Una suave réplica. Indistinta. Luego una conversación, y unas pisadas andando de un lado a otro, causando que el polvo se filtrara hacia abajo por las tablas de madera del piso. Eventualmente, otra puerta chirrió al abrirse, y las escaleras cercanas a él empezaron a crujir.
Butch comenzó a sudar frío y bajo los párpados. A través de los ojos entrecerrados, espío para ver lo que se le acercaba.
El primer tipo era el lesser que había estado trabajando en él, el individuo del verano anterior, de la Academia Caldwell de Artes Marciales…. Si a Butch no le fallaba la memoria se llamaba Joseph Xavier. El otro estaba cubierto de los pies a la cabeza con una brillante túnica blanca, su rostro y manos completamente ocultos. Parecía alguna clase de monje o sacerdote.
Excepto que no había un hombre de Dios allí abajo. Cuando Butch absorbió la vibración de esa persona, se quedó sin aliento debido a la repulsión. Lo que fuera que estuviera oculto bajo esa túnica destilaba maldad, de la clase que motivaba a los asesinos en serie, violadores, asesinos y a la gente que disfrutaba golpeando a sus hijos: el odio y la malevolencia habían adoptado una forma erguida y sólida.
El nivel de temor de Butch se elevó hasta el techo. Podía soportar ser apaleado; el dolor era una mierda, pero había un punto final marcado por cuando su corazón dejara de latir. Pero lo que fuera que se escondía debajo de la túnica guardaba sufrimientos misteriosos de la clase que se consideraban bíblicos. ¿Y como lo sabía? Su cuerpo entero se estaba amotinando, sus instintos disparados diciéndole que corriera, que se salvara….que rezara.
Las palabras llegaron a él, marchando por su mente. El Señor es mi pastor; nada me faltará...
La capucha de la figura de la túnica, se volvió hacia Butch girándose como si no tuviera huesos, igual que la cabeza de una lechuza.
Butch cerró los ojos de golpe y se apuró a recitar el salmo 23. Más rápido… necesitaba traer las palabras a su mente, más rápido. En lugares de delicados pastos me hará yacer. Junto a aguas de reposo me pastoreará… Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre...
—¿Es este el hombre? —la voz reverberó a través del sótano haciendo que Butch se tropezara con las palabras, haciéndole perder el ritmo: Era resonante y hacía eco, algo sacado de una película de ciencia ficción con toda la distorsión sobrenatural.
—Su arma estaba cargada con balas de la Hermandad.
Vuelve al salmo. Y hazlo rápido. Aunque ande por el valle de la sombra de la muerte, no temeré mal alguno…
—Se que estás despierto, humano. —La voz con eco se disparó justo dentro del oído de Butch—. Mírame y conoce al amo de tu captor.
Butch abrió los ojos, giró la cabeza y tragó compulsivamente. La cara que lo miraba era oscuridad condensada, una sombra viva.
El Omega.
El Mal sonrió un poco. —¿Así que sabes lo que soy, verdad? —se enderezó—. ¿No te ha dicho nada, verdad, Fore-lesser?
—Aún no he terminado.
—Ah, así que eso es un no. Y has trabajado bien en él, dado lo cercano a la muerte que está. Si, puedo sentirla viniendo hacia él. Tan cercana. —El Omega se inclinó otra vez e inhaló el aire sobre el cuerpo de Butch—. Si, en una hora. O tal vez menos.
—Durará tanto como yo quiera que dure.
—No, no lo hará. —El Omega empezó a dar la vuelta a la mesa y Butch siguió sus movimientos, el terror creciendo y creciendo, consolidándose en la fuerza centrífuga del paseo del Malvado. Girando, girando, girando…. Butch temblaba tanto que sus dientes castañeteaban.
El temblor acabó en el segundo en que el Omega se detuvo en el extremo más alejado de la mesa. Espectrales manos se alzaron y agarraron la capucha de la túnica blanca, y la retiraron. Sobre sus cabezas la lamparilla descubierta parpadeo como si su iluminación hubiera sido absorbida por la oscura forma.
—Lo dejaras marchar —dijo el Omega, su voz como una onda, filtrada e intensificada por las variaciones de aire—. Lo dejaras afuera en los bosques. Les dirás a los otros que se mantengan alejados de él.
¿Qué? pensó Butch.
—¿Qué? —dijo el Fore-lesser.
La Hermandad cuenta entre sus debilidades con una lealtad paralizante, ¿no es así? Si, fidelidad paralizante. Reclaman lo que es suyo. Es el animal en ellos. —El Omega extendió la mano—. Un cuchillo, por favor. Soy de la opinión de que hagamos que este humano nos sea útil.
—Acaba de decir que iba a morir.
—Pero como están las cosas voy a darle algo de vida. Algo así como un regalo. Cuchillo.
Los ojos de Butch se abrieron completamente mientras un cuchillo de caza de ocho pulgadas cambiaba de manos.
El Omega puso una mano sobre la mesa, la hoja sobre la punta de uno de sus dedos, y empujó hacia abajo. Hubo un crujido, como cuando se corta una zanahoria.
El Omega se inclinó sobre Butch. —Donde esconderlo, donde esconderlo…
Cuando el cuchillo bajo y se cernió sobre el abdomen de Butch, el gritó.
Y todavía seguía gritando cuando cortaron superficialmente su vientre. Luego el Omega recogió la pequeña parte de si mismo, el negro dedo.
Butch luchó, tironeando de las ataduras. El horror hacía que sus ojos se hincharan hasta que la presión en sus nervios ópticos lo cegó.
El Omega insertó la punta de su dedo dentro de la tripa de Butch, luego se inclinó más abajo y sopló sobre el corte fresco. La piel se selló, la carne entretejiéndose. Inmediatamente Butch sintió la podredumbre dentro de él, sintió el mal deslizándose por él, moviéndose. Levantó la cabeza. La piel alrededor del corte ya estaba poniéndose gris.
Las lágrimas arrasaron sus ojos. Escurriéndose por sus mejillas.
—Suéltalo.
El Fore-lesser fue a abrir las cadenas pero cuando las soltó, Butch se dio cuenta de que no podía moverse. Estaba paralizado.
—Yo lo llevaré —dijo el Omega—. Y sobrevivirá y encontrara su camino de vuelta a la Hermandad.
—Le percibirán.
—Quizás, pero le acogerán.
—Les dirá.
—No, porque no me recordará. —La cara del Omega se inclinó hacia Butch—. No recordarás nada.
Cuando sus miradas se encontraron, Butch pudo sentir afinidad entre ellos, pudo sentir el vínculo, el parecido. Lloró por la violación que había sufrido, pero más por la Hermandad. Lo acogerían. Tratarían de ayudarlo de cualquier forma que pudieran.
Y seguro como el mal en él, que terminaría traicionándolos.
Salvo que tal vez Vishous o los hermanos no lo encontraran. ¿Cómo podrían? Y sin ropa seguro que moriría, rápidamente por la falta de protección contra el frío.
El Omega se estiró y limpió las lágrimas de una de las mejillas de Butch. El brillo de la humedad resultaba iridiscente contra esos negros dedos traslúcidos, y Butch quería de regreso lo que había salido de su ser. Que no hubiera ocurrido. Levantando la mano hacia la boca, el Malvado saboreó el dolor de Butch y su miedo, lamiendo… chupando.
La desesperación confundió los recuerdos de Butch, pero la fe que creyó que lo había abandonado arrojó otro párrafo del salmo: Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida. Y en la casa del Señor viviré para siempre.
Pero eso ya no era posible ahora, ¿o lo era? Tenía al mal dentro de él, debajo de la piel.
El Omega sonrió, si bien Butch no comprendía como podía darse cuenta de ello. —Es una lástima que no tengamos más tiempo, ya que tu condición es frágil. Pero en un futuro tú y yo ya tendremos la oportunidad. Lo que reclamo como mío siempre regresa a mí. Ahora, duerme.
Y como una lámpara a la que apagan, Butch se durmió.

 —Contesta la maldita pregunta, Vishous.
Justo cuando el reloj del abuelo empezaba a acallarse en la esquina, V apartó la mirada de su Rey. Se detuvo a la cuarta campanada, así que eran las cuatro de la tarde. La Hermandad había estado reunida en el comando central de Wrath todo el día, rondando por el ridículamente elegante salón Luis XIV, saturando el delicado aire del lugar con su furia.
—Vishous —gruñó Wrath—, estoy esperando. ¿Cómo sabrías donde encontrar al policía? Y ¿por qué no mencionaste esto antes?
Porque sabía que iba a crear problemas, y su carrito de compras ya estaba lleno de mierda.
Mientras V trataba de pensar en que podía decir, miro a sus hermanos. Phury estaba en el sillón azul pálido en frente del hogar, su cuerpo empequeñeciendo la pieza de mobiliario, su cabello multicolor ahora le sobrepasaba la línea de la mandíbula. Z estaba detrás de su gemelo, apoyado en la repisa, sus ojos nuevamente negros debido a que estaba enfurecido. Rhage estaba cerca de la puerta, su hermoso rostro lucía una peligrosa expresión, sus hombros crispándose como si su bestia interior estuviera igualmente enojada, tanto como para sacarle la mierda del cuerpo a alguien.
Y después estaba Wrath. Detrás del refinado escritorio, el Rey Ciego era toda una amenaza, su cruel semblante endurecido, sus débiles ojos ocultos detrás de sus envolventes gafas de cristales oscuros. Sus fuertes antebrazos, marcados en la parte interna con tatuajes que indicaban su linaje de sangre pura, apoyados en un libro de apuntes grabado con relieves de oro.
Que Tohr no estuviera en el grupo era una herida abierta para todos ellos.
—¿V? contesta la pregunta o que Dios me ayude te la sacaré a golpes.
—Solo te puedo decir que sé como encontrarlo.
—¿Qué estás escondiendo?
V fue hacia el bar, se sirvió un par de dedos de Grey Goose, y se lo bajo de un trago. Trago varias veces y luego dejo que salieran las palabras.
—Lo alimenté.
Un coro de inhalaciones flotó por toda la habitación. Mientras Wrath se levantaba mirándolo con incredulidad, V se sirvió otra medida de Goose.
    ¿Qué hiciste qué? —la última palabra fue un rugido.
—Lo deje beber de mí.
—Vishous… —Wrath anduvo majestuosamente dando la vuelta al escritorio, las shitkickers golpeando el suelo como canto rodado. El Rey se acercó hasta quedar cara a cara—. Es un macho. Es humano. ¿Que mierda estabas pensando? —Más vodka. Definitivamente era el momento de más Goose.
V trago la medida y se sirvió la cuarta. —Con mi sangre en él, puedo encontrarlo y por eso hice que bebiera. Vi…. que debía hacerlo. Así que lo hice, y lo volvería a hacer.
Wrath se giro y paseó por la habitación, las manos apretadas en puños. Como si el jefe caminara para aliviar la frustración, el resto de la Hermandad lo miraba con curiosidad.
—Hice lo que tenía que hacer, —estalló V, apoyando fuertemente el vaso.
Wrath se detuvo cerca de una de las puertas ventana. Las contraventanas estaban atrancadas para pasar el día, no entraba luz alguna. —¿Bebió de tu vena?
—No.
Un par de hermanos se aclararon la garganta, como si lo estuvieran urgiendo a ser honesto.
V maldijo y se sirvió más. —Ah, por el amor de Dios, no es de esa forma con él. Le di un poco en un vaso. No sabía lo que estaba bebiendo.
—Mierda, V —murmuró Wrath—, podrías haberlo matado en ese mismo momento…
—Fue hace tres meses. Sobrevivió a ello, así que no hay daño…
La voz de Wrath sonó fuerte como un golpe de aire. —¡Violaste la ley! ¡Alimentando a un humano! ¡Cristo! ¿Que se supone que debo hacer acerca de esto?
—Si quieres entregarme a la Virgen Escriba, iré con gusto. Pero aclaremos algo. Primero, encontraré a Butch y lo traeré a casa, vivo o muerto.
Wrath se levantó las gafas de sol y se frotó los ojos, un hábito que había desarrollado últimamente cuando estaba cansado de la mierda de ser rey. —Si fue interrogado, puede ser que haya hablado. Podríamos estar en peligro.
V miró hacia abajo dentro del vaso y negó lentamente con la cabeza. —Moriría antes de delatarnos. Lo garantizo. —Tragó el vodka y lo sintió deslizarse por su garganta—. Mi amigo es así de bueno.



[1] Kohler Disease Es una rara enfermedad al hueso del pie. Es causada cuando el hueso navicular pierde temporalmente el suministro de sangre, como resultado el tejido del hueso muere y este colapsa. Cuando es tratado no presenta problemas posteriores, cuando el hueso navicular vuelve a la normalidad los síntomas desaparecen


CAPÍTULO 5


Marissa pensó que Rehvenge no había parecido para nada sorprendido cuando lo llamó. Pero bueno, de alguna misteriosa forma siempre había podido leer en ella.
Tomando la capa negra, salió por la parte de atrás de la mansión de su hermano. Acababa de caer la noche, y se estremeció, aunque no fue a causa del frío. Era por el horrible sueño que había tenido durante el día. Había estado volando, volando a través del terreno, volando sobre un estanque congelado con pinos en su parte más lejana, había ido más allá del círculo de árboles, y luego aminoró la marcha y miró hacia abajo. En la tierra nevada, acurrucado y sangrando, vio a… Butch.
Tanto como por las imágenes de la pesadilla, se veía consumida por la necesidad de llamar a la Hermandad. Salvo que ¿cuán estúpida se sentiría cuando los guerreros le devolvieran la llamada muy enojados, para decirle que estaba perfectamente bien? Probablemente pensarían que estaba acosándolo. Pero, Dios… esa visión de él sangrando sobre la tierra cubierta de blanco, esa imagen de él, desvalido y en posición fetal, la perseguía.
Aunque era solo un sueño. Solamente… un sueño.
Cerrando los ojos, se forzó a si misma a adoptar una semblanza de calma y se desmaterializó hacia el centro de la ciudad a la terraza de un ático a unos treinta pisos del suelo. Tan pronto como tomó forma, Rehvenge abrió una de las seis puertas de vidrio.
Inmediatamente frunció el ceño. —Estás contrariada.
Mientras se acercaba a él forzó una sonrisa. —Sabes que siempre estoy un poquito incómoda.
La apuntó con su bastón grabado en oro. —No, esto es diferente.
Dios, nunca había conocido a alguien que fuera tan sensible respecto a sus emociones. —Estaré bien.
Mientras la tomaba por el codo y la llevaba dentro, se vio envuelta por un calor tropical. Rehv siempre tenía la temperatura así de alta, y siempre llevaba puesto un abrigo de marta cibelina largo hasta el piso que no se quitaba hasta que se hallaban en el sofá. No tenía idea como podía soportar el calor, pero parecía ansiarlo.
Cerró la puerta corrediza. —Marissa, quiero saber que te pasa.
—Nada, en serio.
Con un giro, se quito la capa y la colgó de una silla de color negro y cromo. Tres de los lados del ático estaban hechos de hojas de vidrio, y tras ellas se extendía la vista de las dos mitades de Caldwell incluyendo las brillantes luces del centro de la ciudad, la oscura curva del Río Hudson, y las estrellas brillando sobre todo ello. Sin embargo, en contraste con el centellante paisaje, la decoración era minimalista, todo elegantemente decorado en ébano y tonos crema… algo así como Rehv, con su mohawk negro, su piel dorada y su perfecta ropa.
En otras circunstancias, hubiera adorado el ático.
En otras circunstancias, podría haberle adorado a él.
Los ojos violetas de Rehv se estrecharon mientras se inclinaba sobre el bastón y caminaba hacia ella. Era un macho enorme, entrenado como uno de los Hermanos, y tenía práctica en el arte de amenazar, su apuesto rostro inclemente. —A mi no me mientas.
Apenas sonrió. Los machos como el tendían a ser muy protectores, y aunque ninguno de ellos estuviera emparejado, no le sorprendió que pareciera listo para cazar algo en su nombre. —Tuve un sueño inquietante esta mañana y no he dejado de temblar debido a ello. Eso es todo.
Mientras la estudiaba, tuvo la más extraña sensación que estaba escudriñando sus emociones, examinando como se interconectaban desde su interior.
—Dame la mano —le dijo.
La extendió sin dudarlo. Siempre observaba las formalidades de la glymera, y aún no la había saludado como dictaban las costumbres. Excepto que cuando sus palmas se encontraron, no rozó con los labios sus nudillos. Puso el pulgar sobre su muñeca y presionó un poco. Luego más fuerte. De repente, como si hubiera abierto alguna clase de drenaje, sus sentimientos de temor y preocupación le recorrieron el brazo hacia abajo y afuera, hacia él, extraídos por su contacto.
—¿Rehvenge? —susurró débilmente.
En el instante que la soltó, las emociones volvieron, como si la fuente de todo bien se hubiera cerrado.
—No serás capaz de estar conmigo esta noche.
Se ruborizó y se frotó la piel donde la había tocado. —Por supuesto que lo haré. Ya es… tiempo.
Para que las cosas se pusieran en movimiento, fue hacia el sofá de cuero negro que usaban habitualmente y se quedó allí parada. Después de un momento, Rehvenge fue hacia ella y se quitó el abrigo de marta cibelina, arrojando la piel y alisándola para que pudieran yacer sobre ella. Luego se desabrochó la chaqueta de su traje negro y se la quitó también. Luego con la punta de los dedos abrió la fina camisa de seda, que parecía tan blanca, por el centro, revelando un trozo de su pecho lampiño. Sus pectorales estaban tatuados, dos estrellas de cinco puntas rojas, y había más diseños sobre su acordonado estómago.
Mientras se sentaba y se acomodaba contra el brazo del sillón, sus músculos se flexionaron. Cuando miró hacia arriba, la atrajo su brillante mirada de amatista, tanto como su mano cuando extendió el brazo y le hizo señas con el dedo índice para que se acercara. —Ven aquí, tahlly. Tengo lo que necesitas.
Se levantó la falda del vestido y subió entre sus piernas. Rehv siempre insistía en que bebiera de su garganta, pero de las tres veces que lo habían hecho, ni una sola vez se había excitado. Lo que era a la vez un alivio tanto como un recordatorio. Tampoco Wrath había tenido nunca una erección cuando estaba cerca de ella.
Mientras miraba hacia abajo a la gloria de macho de piel suave que era Rehv, el hambre moderada que había sentido los últimos días la golpeó fuerte. Puso las palmas sobre sus pectorales y se arqueó sobre él, observándolo mientras cerraba los ojos, ladeaba la barbilla hacia un lado y le recorría los brazos con las manos. Un suave gruñido escapó de sus labios, era algo que siempre ocurría antes de que lo mordiera. Bajo otras circunstancias, hubiera dicho que era debido a la anticipación, pero sabía que no era cierto. Su cuerpo siempre estaba fláccido, y no podía creer que le gustara tanto ser usado.
Abrió la boca, sintiendo que los colmillos se alargaban, extendiéndose hacia abajo desde su mandíbula superior. Se inclinó hacia Rehv, ella…
La imagen de Butch en la nieve la paralizó, y tuvo que sacudir la cabeza para volver a enfocarse en la garganta de Rehv y en el hambre que sentía.
Aliméntate, se dijo a si misma. Toma lo que te ofrece.
Lo intento nuevamente, solo para detenerse con la boca sobre su cuello. Cuando cerraba los ojos con fuerza debido a la frustración, Rehv le colocó la mano debajo de la barbilla y le alzó la cabeza.
— ¿Quién es él, tahlly? —Rehv le acarició el labio inferior con el pulgar —. ¿Quién es ese macho al que amas que no te alimenta? Y me sentiré completamente insultado si no me lo dices.
—Oh, Rehvenge… no es nadie a quien tú conozcas.
—Es un tonto.
—No. Yo soy la tonta.
Con un inesperado arrebato, Rehv tiró de ella hacia su boca. Se sobresaltó de tal manera que boqueó, y con un erótico empuje, el le introdujo la lengua. La beso hábilmente, con suaves movimientos, deslizándose para penetrarla. No sintió que se excitara, pero podía decir que clase de amante sería: dominante, poderoso… consumado.
Cuando empujó contra su pecho, la permitió romper el contacto.
Mientras Rehv se dejaba caer hacia atrás, los ojos de amatista le brillaban, con una hermosa luz violeta emanando de ellos, derramándose dentro de ella. Aunque no podía sentir ninguna erección entre sus caderas, el temblor que corría por su gran y musculoso cuerpo le dijo que era un macho que tenía el sexo en mente y en la sangre…. y que deseaba penetrarla.
—Pareces muy sorprendida —dijo lentamente.
Considerando la manera en que la mayoría de los machos la miraban, lo estaba. —Eso fue algo inesperado. Especialmente debido a que no pensé que pudieras…
—Soy capaz de aparearme con una hembra. —Bajó las pestañas, y por un momento lució atemorizante—. Bajo ciertas circunstancias.
Aparecida de ninguna parte, una imagen chocante transitó por su cerebro: ella desnuda en una cama sobre una sábana de marta cibelina, Rehv desnudo y totalmente erecto, abriéndole las piernas con las caderas. En el interior de sus muslos, vio una marca de mordida, como si se hubiera alimentado de la vena que había allí.
Cuando inspiró profundamente y se cubrió los ojos, la visión desapareció y murmuró —Mis disculpas, tahlly. Temo que mis fantasías son muy explícitas. Pero no te preocupes, podemos hacer que permanezcan sólo en mi mente.
—Dios querido, Rehvenge, nunca lo hubiera adivinado. Y tal vez si las cosas fueran distintas…
—Suficientemente justo. —La miro a la cara y luego sacudió la cabeza—. Realmente me gustaría conocer a ese macho tuyo.
—Ese es el problema. No es mío.
—Entonces, como dije, es un tonto. —Rehv le tocó el cabello—. Y hambrienta como estas, tendremos que hacer esto en otro momento, tahlly. Ese corazoncito tuyo no va a permitírtelo esta noche.
Se apartó y se puso de pie, los ojos desviándose hacia las ventanas, hacia la brillante ciudad. Se preguntó donde estaría Butch y que estaría haciendo, luego volvió a mirar a Rehv y quiso saber porque demonios no se sentía atraída por él. Era hermoso de la forma en que lo era un guerrero…
Potente, de sangre espesa, fuerte…. especialmente ahora, con su imponente cuerpo despatarrado en el sillón cubierto de marta cibelina, las piernas estiradas en flagrante invitación sexual.
—Desearía quererte a ti, Rehv.
Se río secamente. —Gracioso, sé exactamente a lo que te refieres.

 V se desplazó a través del vestíbulo de la mansión y se detuvo en el patio. Al abrigo de piedra de la descollante mansión, mandó su mente hacia la noche, con su radar buscando una señal.
—No te lanzarás a esto solo, —gruñó Rhage en su oído—. Encuentra el lugar en el que lo tienen detenido y nos llamas.
Cuando V no respondió, fue agarrado por la parte de atrás del cuello y sacudido como un muñeco de trapo. A pesar del hecho de que tenía una altura de seis pies con seis.
Rhage acercó el rostro, poniendo cara de no-me-jodas. —Vishous, ¿me escuchaste?
—Si, Ok. —Se sacudió al macho de encima, sólo para encontrarse con que no estaban solos. El resto de la Hermandad estaba esperando, armada y enfurecida, un cañón listo para ser disparado. Salvo que… en el centro de toda su agresividad, lo estaban mirando con preocupación. Como esa preocupación lo volvía loco, les dio la espalda.
V ordenó su mente y se cernió sobre la noche, tratando de encontrar el pequeño eco de si mismo dentro de Butch. Penetrando la oscuridad, buscó a través de campos y montañas, lagos helados y corrientes que se precipitaban… Lejos… lejos…lejos…
Oh, Dios.
Butch estaba vivo. Apenas. Y estaba… al norte y al este. A doce, tal vez quince millas de distancia.
Cuando V sacó su Glock, una mano de hierro lo tomo por el brazo. De nuevo Rhage lo agarraba con firmeza. —Tú no te harás cargo de esos lessers solo.
—Lo tengo.
—Júramelo —chasqueó Rhage. Como si supiera demasiado bien lo que estaba pensando V acerca de cargarse a cualquiera que estuviera reteniendo a Butch y llamar a los demás solo para que ayudaran con la limpieza.
Salvo que esto era personal, no solo acerca de la guerra que había entre vampiros y la Sociedad Lessening. Esos bastardos no muertos se habían llevado a su… bueno, no sabía lo que significaba Butch específicamente para él. Pero le llegaba más profundamente que nada que hubiera sentido en un muy largo tiempo.
—Vishous…
—Os llamaré cuando esté total y malditamente listo. —V se desmaterializó libre de la sujeción de su hermano.
 Viajando en un desmenuzado revoltijo de moléculas, se materializó en una arboleda que había detrás de un estanque congelado en la zona rural de Caldwell. Trianguló su reaparición a unas cien yardas del lugar desde donde le había llegado la señal de Butch, acercándose al mismo, agazapado y listo para luchar.
Lo que resultó ser un buen plan, porque, sagrado infierno, podía sentir a los lessers por doquier…
V frunció el ceño y contuvo el aliento. Moviéndose lentamente, giró en semicírculo, buscando con ojos y oídos, sin utilizar sus instintos. Allí no había asesinos. No había nada en los alrededores. Ni siquiera una cabaña ni un pabellón de caza…
Abruptamente se estremeció. No, había algo en esos bosques, bueno… Un enorme algo, una marca condensada de malevolencia, un mal que lo crispaba.
El Omega.
Mientras giraba la cabeza hacia la repugnante concentración, una helada ráfaga de viento le dio de lleno en la cara, como si la Madre Naturaleza lo urgiera a encaminarse en dirección contraria.
Pues a joderse. Tenía que sacar a su compañero de habitación de allí.
V corrió hacia lo que podía percibir de Butch, dejando marcas en la crujiente nieve con sus shitkickers. Sobre su cabeza, la luna llena brillaba claramente en el límite de un cielo despejado, pero la presencia del mal era tan intensa que V podría haberla seguido a ciegas. Y mierda, Butch estaba cercano a esa oscuridad.
Cincuenta yardas después, V vio a los coyotes. Estaban rodeando a algo que estaba sobre el suelo, gruñendo no como si tuvieran hambre sino como si la manada estuviera siendo amenazada.
Y lo que fuera que hubiera captado su interés era de tal magnitud que ni siquiera notaron que V se aproximaba. Para que se dieran a la fuga, apuntó el arma hacia arriba y descargo un par de rondas. Los coyotes se dispersaron y…
V patinó hasta detenerse. Mientras miraba lo que estaba tendido en el suelo, no podía tragar. Lo que estuvo bien ya que se le había secado la boca.
Butch yacía en la nieve apoyado sobre un lado, desnudo, golpeado, con sangre por todo el cuerpo, el rostro hinchado y amoratado. Tenía el muslo vendado, pero fuera cual fuera la herida, la sangre había traspasado la gasa que la cubría. Sin embargo el horror no estaba representado por nada de eso.
La maldad estaba rodeando al poli… toda a su alrededor… mierda,  era la oscuridad, la viciada huella que V había percibido.
Oh, dulce virgen en el Fade.
Vishous examinó levemente el entorno, luego cayó de rodillas y suavemente colocó la mano enguantada sobre su amigo. Cuando un doloroso aguijonazo le subió por el brazo, los instintos de V le indicaron que retrocediera porque aquello en lo que había apoyado la palma debía ser evitado a toda costa. El Mal.
—Butch, soy yo. ¿Butch?
Con un gruñido, el poli se agitó, con algo de esperanza brillando en su golpeado rostro, como si hubiera levantado la cabeza hacia el sol. Pero luego la expresión se desvaneció.
Dios querido, los ojos del hombre se habían congelado cerrados debido a que había estado llorando y con el frío las lágrimas no habían rodado lejos.
—No te preocupes poli. Voy a… —¿Hacer qué?  El macho estaba a punto de morir aquí afuera, ¿Pero qué demonios le habían hecho? Estaba saturado de oscuridad.
Butch abrió la boca. Los ásperos sonidos que salieron podrían haber sido palabras, pero no logró pronunciarlas.
—Poli, no digas nada. Yo me haré cargo de ti…
Butch negó con la cabeza y comenzó a moverse. Con patética debilidad, estiró los brazos y agarró la tierra, tratando de arrastrar su cuerpo roto a través de la nieve. Alejándose de V.
—Butch, soy yo…
—No… —El policía se puso frenético, arañando, arrastrándose a sí mismo—. Infectado… no sé como… infectado… no puedes… llevarme. No sé porque…
V uso su voz como una bofetada, adoptando un tono agudo y alto. —¡Butch! ¡Detente!
El policía se detuvo, aunque no quedó claro si fue porque estaba siguiendo órdenes o porque se le había acabado la energía.
—¿Qué demonios te hicieron, amigo? —V sacó una manta de Mylar[1] de su chaqueta y la puso alrededor de su compañero de habitación.
—Infectado. —Butch se giró torpemente sobre la espalda y empujó la cubierta plateada hacia abajo, su mano rota cayendo contra el estómago—. In…fectado.
—Que demonios…
En el estómago del poli, había un círculo negro del tamaño de un puño, algo así como un moretón de bordes perfectamente definidos. En su centro, parecía haber… una cicatriz quirúrgica.
—Mierda. —Habían puesto algo en él.
—Mátame. —La voz de Butch era un escalofriante ronquido—. Mátame ahora. Infectado. Algo… dentro. Creciendo…
V se sentó sobre los talones y se mesó el cabello. Forzando las emociones a un segundo plano, puso su mente a trabajar y rezó para que la sobredosis de materia gris acudiera al rescate. La conclusión a la que llegó, momentos después, era drástica pero lógica, y se concentró en ella hasta que logró tranquilizarse. Desenfundó una de sus dagas negras con una mano perfectamente firme y se inclinó sobre su compañero de habitación.
Lo que no debía estar allí necesitaba ser removido. Y dado lo malvado que era, la extracción tenía que ser hecha aquí, en territorio neutral, y no en su hogar ni en la clínica de Havers. Además, la muerte le estaba respirando al poli en la nuca, y cuanto antes fuera descontaminado, mejor.
—Butch, compañero, quiero que respires hondo, y que luego te mantengas quieto. Voy a…
—Ten cuidado, guerrero.
V se dio vuelta agazapado. Justo allí detrás de él, flotando sobre la tierra, estaba la Virgen Escriba. Como siempre, era puro poder, su ropa negra imperturbable a pesar del viento, el rostro oculto, la voz clara como el aire nocturno.
Vishous abrió la boca, pero lo interrumpió. —Antes de que te excedas y empieces la indagación, te contestaré, no, no puedo ayudar directamente. Esto es un asunto del tipo del que debo mantenerme apartada. Sin embargo, te diré esto. Sería sabio revelar la maldición que aborreces. Manipular lo que está dentro de él te llevará más cerca de la muerte de lo que nunca has estado. Y nadie puede removerlo aparte de ti. —Sonrió un poco, como si le leyera los pensamientos—. Si, el momento actual es parte de la razón por la que soñaste con él en un principio. Pero hay otra causa de la cual puedes enterarte a su debido tiempo.
—¿Vivirá?
—Ponte a trabajar, guerrero —le dijo con tono duro—. Progresarás más en el camino de su salvación si actúas en vez de ofenderme.
V se inclinó hacia Butch y se movió con rapidez, dibujando con el cuchillo sobre el estómago del policía. En el momento que se abría un agujero, un gemido salía de los partidos labios del hombre.
—Oh, Jesús. —Había algo negro encerrado dentro de la piel.
La voz de la Virgen Escriba estaba más cerca ahora, como si estuviera justo sobre su hombro. —Descubre tu mano, guerrero, y actúa con rapidez. Se extiende con presteza.
V enfundó la daga en la vaina sobre el pecho y se arrancó el guante. Se estiró hacia abajo y luego se detuvo. —Espera, no puedo tocar a nadie con esto.
—La infección le proporcionará protección al humano. Hazlo ahora, guerrero, y cuando hagas contacto, visualiza el blanco brillo de tu palma extendiéndose a tu alrededor, como si estuvieras bañado en luz.
Vishous adelantó la mano mientras se imaginaba rodeado de una pura y radiante incandescencia. En el momento que hizo contacto con la pieza negra, su cuerpo se estremeció y se sacudió. La cosa, fuera lo que fuera, se desintegró con un siseo y estalló, pero, oh, mierda, se sintió enfermo.
 —Respira —dijo la Virgen Escriba—. Solo respira mientras pasa.
Vishous osciló y se apoyo en el suelo, la cabeza colgándole de los hombros, la garganta latiéndole. —Creo que voy a…
Si, vomitó. Y mientras las nauseas se apoderaban de él una y otra vez, sintió que sus brazos eran aliviados de su peso. La Virgen Escriba lo sostenía mientras vomitaba, y cuando terminó, se aflojó contra ella. Por un momento hasta le pareció que le estaba acariciando el cabello.
Luego salido de la nada, el móvil apareció en su mano buena, y la voz sonó alta en su oído. —Ve ahora, llévate al humano, y confía en que el asiento del mal está en el alma, no en el cuerpo. Y debes regresar con el pote de uno de tus enemigos. Tráelo a este lugar y usa tu mano sobre él. Hazlo sin demoras.
V asintió. Recibir un consejo de la Virgen Escriba sin haberlo solicitado no era el tipo de cosa que dejaras a la orilla del camino.
—Y, guerrero, mantén el escudo de luz en su lugar alrededor de este humano. Más adelante, usa tu mano para curarlo. Aún puede morir a no ser que penetre suficiente luz en su cuerpo y su corazón.
V sintió el poder de ella desvaneciéndose cuando otra oleada de nauseas golpeaba su estómago. Mientras lidiaba con los efectos secundarios resultantes del contacto con esa cosa, pensó, Jesús, si él se sentía así de mal, no podía ni imaginarse como se sentiría Butch.
Cuando sonó el teléfono que tenía en la mano, se dio cuenta que ya hacía algún tiempo que estaba yaciendo con la espalda sobre la nieve. —¿Hola? —dijo, completamente mareado.
—¿Dónde estás? ¿Qué está pasando? —escuchar el grito de la voz grave de Rhage fue un alivio.
—Lo tengo. Ya esta. —V miró hacia el sangriento enredo que era su compañero de habitación— Jesús, necesito que me recojan. Oh, mierda Rhage… —V se llevó la mano a los ojos y comenzó a temblar—. Rhage… lo que le han hecho…
El tono de la voz de su hermano se suavizó instantáneamente, como si el tipo supiera que V se había ido. —Ok, solo relájate. Dime ¿dónde estás?
—Bosques… No lo sé… —Dios, su cerebro estaba totalmente en cortocircuito—. ¿Puedes localizarme con el GPS?
Una voz de fondo, probablemente la de Phury, gritó — ¡Lo tengo!
—Bien, V, te tenemos y estamos yendo…
—No, el lugar está contaminado. —Cuando Rhage empezó con todos los q, V cortó al hermano—. Coche. Necesitamos un coche. Voy a tener que transportarlo fuera de aquí. No quiero que nadie más venga aquí.
Hubo una larga pausa. —Muy bien. Dirígete derecho hacia el norte, hermano. A una media milla te encontrarás con la ruta 22. Estaremos esperándote allí.
—Llama… —Tuvo que aclararse la garganta y secarse los ojos—. Llama a Havers. Dile que le llevaremos un caso de urgencia. Y dile que necesitamos una cuarentena.
—Jesús… ¿Qué infiernos le hicieron?
—Apúrate, Rhage… ¡Espera! Trae un pote de lesser.
—¿Por qué?
—No tengo tiempo de explicártelo. Sólo asegúrate de traer uno.
V se metió el teléfono en el bolsillo, cubrió nuevamente su brillante mano con el guante, y fue hacia Butch. Después de asegurarse que la manta de Mylar estaba en su lugar, tomo al poli entre sus brazos y levantó todo ese peso muerto. Butch siseo debido al dolor.
—Este va a ser un penoso viaje —dijo V—, pero debemos ponernos en movimiento.
Mirando el suelo V frunció el ceño. Ahora Butch no estaba sangrando tanto, pero santo infierno, ¿Qué hacer con las huellas que dejarían sobre la nieve? Si un lesser acertaba a regresar, podría sorprenderlos cuando estuvieran yéndose.
Salidas de ninguna parte, nubes de tormenta cubrieron el cielo y comenzó a nevar con fuerza.
Maldición, la Virgen Escriba era buena.
Mientras V partía a través de lo que ahora era casi una tempestad, se imaginaba una protectora luz blanca rodeándolos a ambos tanto a él como al hombre que tenía en brazos.

—¡Viniste!
Marissa sonrió mientras cerraba la puerta de la alegre habitación sin ventanas que se utilizaba para los pacientes. En la cama de hospital, viéndose pequeña y frágil, se hallaba una hembra de siete años. A su lado, viéndose un poco más grande pero mucho más quebradiza, estaba su madre.
—¿No te prometí anoche que volvería a visitarte?
Cuando la jovencita sonrió, se vio un agujero negro donde debería haber estado uno de sus dientes delanteros. —Pero aún así, viniste. Y te ves tan bella.
—También tú. —Marissa se sentó sobre la cama y tomó la mano de la niña—. ¿Cómo estás?
— ¡Mahmen y yo hemos estado mirando Dora la Exploradora!
La madre sonrió un poco, pero la expresión no llegó a cubrir mucho de su corriente rostro ni sus ojos. Desde que la jovencita había sido ingresada hacía tres días, la madre parecía estar en una especie de entumecido piloto automático. Bueno, excepto cuando saltaba cada vez que alguien entraba en la habitación.
Mahmen dice que solo podemos quedarnos aquí un corto tiempo. ¿Es verdad?
La madre abrió la boca, pero Marissa contestó, —No tienes que preocuparte acerca de tener que irte. Primero debemos curarte la pierna.
Estos no eran civiles ricos, probablemente no pudieran pagar nada de esto, pero Havers nunca se había negado a nadie. Y no iba a apurarlos para que se fueran.
Mahmen dice que mi pierna esta mal. ¿Es eso cierto?
—No por mucho tiempo. —Marissa miró hacia abajo a las mantas. Havers iba a operarle la fractura compuesta en cualquier momento. Con suerte sanaría correctamente.
Mahmen dice que iré a la habitación verde por una hora. ¿Puede ser por menos tiempo?
—Mi hermano te mantendrá allí solo el tiempo necesario.
Havers iba a reemplazar la tibia con una barra de platino, que era mejor que perder el miembro, pero aún así, un trago amargo. La joven necesitaría más operaciones cuando fuera creciendo, y a juzgar por los exhaustos ojos de la madre, la hembra sabía que esto sólo era el comienzo.
—No tengo miedo. –La joven apresó el desgastado tigre de peluche más cerca de su cuello—. Mastimon vendrá conmigo. La enfermera dijo que podía.
—Mastimon te protegerá. Es feroz, como debería ser un tigre.
—Le dije que no se comiera a nadie.
—Muy inteligente de tu parte. —Marissa metió la mano en el ladeado bolsillo de su vestido color rosa pálido y sacó una caja de cuero—. Tengo algo para ti.
—¿Un regalo?
—Sí. —Marissa dio vuelta la caja para que estuviera de frente a la joven y la abrió. Dentro, había una placa del tamaño de un plato de té, y el precioso objeto estaba tan pulido que resplandecía intensamente, brillante como un espejo, destellando como el sol.
—Es tan bonito. —Suspiró la niña.
—Esta es mi placa de los deseos. —Marissa la sacó y le dio vuelta—. ¿Ves mis iniciales en el reverso?
La joven entornó los ojos. —Si. ¡Y mira! Hay una letra igual a la de mi nombre.
—Hice que agregaran la tuya. Quiero obsequiártelo.
La madre emitió un pequeño jadeo desde el rincón donde estaba. Claramente sabía lo que valía todo ese oro.
—¿De verdad? —dijo la joven.
—Estira las manos. —Marissa puso el disco de oro en las palmas de la niña.
—Oh, es muy pesado.
—¿Sabes cómo funcionan estas placas de los deseos? —Cuando la joven negó con la cabeza, Marissa sacó una pequeña pieza de pergamino y un bolígrafo—. Piensa en un deseo y lo escribiré. Mientras duermes, la Virgen Escriba vendrá y lo leerá.
—Si no te concede el deseo, ¿significa que eres mala?
—Oh, no. Solo significa que tiene planeado algo mejor para ti. Así que ¿qué te gustaría? Puede ser cualquier cosa. Helado cuando te despiertes. ¿Más Dora?
La pequeña hembra frunció el ceño con concentración. —Quiero que mi Mahmen deje de llorar. Trata de fingir que no lo hace, pero desde que… me caí por las escaleras ha estado triste.
Marissa tragó, sabiendo demasiado bien que la niña no se había roto la pierna de esa forma. —Creo que eso está bien. Lo escribiré.
Usando los intrincados caracteres del Lenguaje Antiguo, escribió con tinta roja: Sin intención de ofender, estaría muy agradecida con la felicidad de mi mahmen.
—Ya está. ¿Qué te parece?
—¡Perfecto!
—Ahora lo doblamos y lo dejamos. Quizás la Virgen Escriba te conteste mientras estas en el quirófano… la habitación verde.
La niña abrazó al tigre más fuerte. —Eso me gustaría.
Cuando entró la enfermera, Marissa se puso de pie. En un arrebato de excitación, sintió un impulso casi violento de proteger a la joven, de escudarla de lo que había ocurrido en su hogar y de lo que estaba a punto de ocurrir en el quirófano.
En cambio, Marissa miro a la madre. —Todo saldrá bien.
Cuando se le acercó y coloco la mano en el delgado hombro, la madre se estremeció, luego agarró con fuerza la palma de Marissa.
—Dígame que él no puede entrar aquí —dijo la hembra en voz baja—. Si nos encuentra, nos matará.
Marissa susurró —Nadie puede entrar al ascensor sin identificarse frente a una cámara. Las dos están a salvo. Lo juro.
Cuando la hembra asintió con la cabeza, Marissa se retiró para que pudieran sedar a la joven.
Fuera de la habitación de la paciente, se inclinó contra la pared del pasillo y sintió más furia bullendo en su interior. El hecho que ellas dos estuvieran soportando el dolor causado por el temperamento violento de un macho era suficiente para que deseara aprender a disparar un arma.
Y Dios, no podía imaginarse dejando a esa hembra y su niña libres en el mundo porque seguramente ese hellren las encontraría cuando dejaran la clínica. Aunque la mayoría de los machos ponía a sus compañeras por encima de sí mismos, siempre habían habido entre la raza una minoría de abusadores y la realidad de la violencia doméstica era odiosa y sus efectos de gran alcance.
Una puerta cerrándose a su derecha hizo que levantara la cabeza, y vio a Havers que venía caminando por el corredor, la cabeza hundida en la historia de un paciente. Era extraño… sus zapatos estaban cubiertos con pequeñas botas plásticas amarillas, de la clase que siempre se ponía cuando usaba un traje aislante.
—Hermano mío, ¿has estado otra vez en el laboratorio?
Los ojos se alzaron rápidamente y se acomodó las gafas de pasta, subiéndolas más sobre la nariz. Su elegante corbata de lazo roja estaba torcida. —¿Cómo?
Ella sonrió y señaló sus pies con la cabeza. —El laboratorio.
—Ah… si. Estuve. —Se agachó para quitarse la cubierta de los mocasines, aplastando el plástico amarillo entre las manos. —Marissa, ¿me harías el favor de regresar a casa? Invité al leahdyre del Consejo de Princeps y a otros siete miembros a cenar el próximo lunes. El menú debe ser perfecto y hablaría con Karolyn personalmente, pero debo acudir al quirófano.
—Por supuesto. —Salvo que Marissa frunció el ceño, dándose cuenta de que su hermano estaba tan quieto como una estatua—. ¿Está todo bien?
—Si, gracias. Ve… ve ahora. Hazlo… si, por favor vete ahora.
Se sintió tentada a entrometerse, pero no quería demorarlo con la operación de la joven de por medio, así que lo beso en la mejilla, le enderezó la corbata de lazo, y se fue. Aunque cuando alcanzó las puertas dobles que llevaban al área de la recepción, algo la impulsó a echar una mirada atrás.
Havers estaba tirando lo que había estado usando en los pies dentro de un depósito contra riesgo biológico, su rostro se veía tenso. Con un hondo suspiro, se abrazó a si mismo, luego abrió la puerta que daba a la antesala del bloque quirúrgico.
Ah, pensó, así que era eso. Estaba preocupado por la operación de la joven. ¿Y quien podría culparlo?
Marissa se giró hacia las puertas… entonces escuchó las botas.
Se congeló. Solo una clase de macho hacía ese estruendo cuando se aproximaba.
 Girando sobre si misma, vio a Vishous andando a zancadas por el pasillo, su oscura cabeza baja, detrás de él, Phury y Rhage aparentando ser similares amenazas silenciosas. Los tres destilaban armas y preocupación, y Vishous tenía sangre seca sobre los pantalones de cuero y la chaqueta. Pero ¿qué habrían estado haciendo en el laboratorio de Havers? En realidad, esa era la única dependencia que había allí atrás.
Los Hermanos no advirtieron su presencia hasta que prácticamente la arrollaron. Deteniéndose como un grupo, apartando los ojos de ella, sin duda debido a que Wrath ya no la tenía en tan alta estima.
Querida Virgen, de cerca se veían verdaderamente mal. Indispuestos, aunque no enfermos, si eso tenía algún sentido.
—¿Hay algo que pueda hacer por vosotros? —les preguntó.
—Todo está bien —dijo Vishous con voz firme—. Discúlpanos.
El sueño… Butch tendido en la nieve…
—¿Hay alguien herido? Es… Butch…
Vishous solo se la saco de encima y paso junto a ella, abriendo las puertas que daban a la recepción de un puñetazo. Los otros dos le dirigieron engreídas sonrisas, y luego hicieron lo mismo.
Siguiéndoles de lejos, observó como pasaban el puesto de enfermeras yendo hacia el ascensor. Mientras esperaban que se abrieran las puertas, Rhage le puso la mano en el hombro a Vishous, y el otro Hermano pareció encogerse.
El intercambio hizo que sonaran campanas de alarma, y en el instante que las puertas del ascensor se cerraron Marissa se dirigió al ala de la clínica de la que habían salido esos tres. Moviéndose rápidamente, pasó el extenso y brillantemente iluminado laboratorio, luego metió la cabeza en cada una de las seis antiguas habitaciones para pacientes. Estaban vacías.
¿Qué hacían los Hermanos aquí? ¿Tal vez solo habían venido a hablar con Havers?
Por instinto, se dirigió al escritorio del frente, entró al ordenador y examinó las admisiones. Nada acerca del ingreso de ninguno de los Hermanos ni de Butch, pero eso no significaba nada.
Los guerreros nunca eran ingresados al sistema, y tenia que imaginar que sería lo mismo si Butch hubiera ingresado. Lo que perseguía era cuantas camas de las treinta y cinco que tenían estaban ocupadas.
Obtuvo la cantidad e hizo un rápido recorrido, explorando cada habitación. Todo estaba en orden. No había nada fuera de lo común. Butch no había sido admitido… a no ser que estuviera en una de las otras habitaciones del edificio principal. Algunas veces los pacientes VIP se quedaban allí.
Marissa se recogió la falda y caminó rápidamente hacia las escaleras traseras.

Butch se enroscó sobre si mismo aunque no tenía frío, basado en la teoría que si podía subir las rodillas lo suficientemente alto, el dolor que sentía en el estómago se aliviaría un poco.
Si, seguro. El ardiente atizador que sentía en el estómago no se sintió impresionado por ese plan.
Abrió sus hinchados párpados, y luego de parpadear varias veces y de tomar un hondo aliento, llegó a las siguientes conclusiones: No estaba muerto. Estaba en un hospital. Y no había duda que la mierda que lo mantenía con vida era la que le estaban inyectando en el brazo.
Mientras rodaba cautelosamente, se dio cuenta de otra cosa. Su cuerpo había sido usado como un saco de boxeo. Ah… y algo horrible le pasaba en el estómago, como si su última comida hubiera sido asado rancio.
¿Qué mierda le había pasado?
Solo una vaga serie de instantáneas acudía a su mente: Vishous encontrándolo en el bosque. El con un instinto que le gritaba que el hermano debía dejarlo allí para que muriera, luego algo de acción con un cuchillo y… algo acerca de la mano de V, esa cosa brillante utilizada para sacar un vil pedazo de…
 Butch se sacudió para ponerse de costado y tuvo nauseas solo por el recuerdo. Había habido algo maligno en su estómago. Pura, indisoluta maldad, y el oscuro horror había estado expandiéndose.
Con las manos temblorosas, agarró la bata de hospital que tenía puesta y tiró de ella hacia arriba. —Oh… Jesús…
Había una mancha en la piel de su estómago, como una marca de quemadura de un fuego que había sido extinguido. Desesperado, escarbó en su sensible cerebro, tratando de recordar como había llegado allí esa cicatriz y que la había ocasionado, pero terminó con un gran cero.
Así que, como detective que había sido, trato de examinar la escena… que en este caso era su cuerpo. Levantando una mano, vio que las uñas eran un desastre, como si algo como una lima o algunos pequeños clavos hubieran sido clavados bajo algunas de ellas. Una respiración honda le dijo que las costillas estaban rotas. Y a juzgar por los ojos hinchados, debía asumir que su cara se había ido de fiesta con un montón de nudillos.
Había sido torturado. Recientemente.
Tocando su mente otra vez, hizo un barrido buscando recuerdos, tratando de regresar al último lugar en el que había estado. ZeroSum. ZeroSum con… oh… Dios… esa hembra. En el baño. Sexo duro y sin preocupaciones. Luego había salido y… lessers. Había luchado con esos lessers. Le habían disparado y luego…
En ese punto sus recuerdos llegaron al final de la vía del tren. Se dispararon fuera del margen del razonamiento hacia un abismo de huh, ¿qué?
¿Había delatado a la Hermandad? ¿Los había traicionado? ¿Había entregado a las personas más cercanas y queridas que tenía?
¿Y que demonios le habían hecho en el estómago? Dios, se sentía como si hubiera lodo en sus venas gracias a lo que fuera que se hubiera dado un festín allí.
Permitiéndose aflojarse, paso un momento respirando por la boca. Y se dio cuenta de que no podía quedarse en paz.
Como si su cerebro no quisiera dejar de trabajar, o tal vez porque estaba intentando lucirse, la cosa le mandaba visiones al azar de su pasado distante. Cumpleaños con su padre mirándolo y su madre tensa y fumando como una chimenea. Navidades donde sus hermanos y hermanas recibían regalos y él no.
Noches cálidas de julio que ningún ventilador podía aliviar, el calor llevando a su padre a la cerveza fría. Las Pabst Blue Ribbon llevando a su padre a servir de despertador a golpe de puños solo para Butch.
Los recuerdos en los que no había pensado en años regresaban, todos visitantes no deseados. Vio a sus hermanos y hermanas, felices, gritando, jugando sobre el brillante césped verde. Y recordó como había deseado poder estar entre ellos en lugar de contenerse, la bala perdida que nunca encajaba.
Y luego… Oh, Dios, no… no este recuerdo.
Demasiado tarde. Se vio a si mismo con los doce años que tenía en ese entonces, delgado y desgreñado, de pie en el bordillo en frente de la casa adosada de la familla O’Neal en South Boston. Era una clara, hermosa tarde de otoño en que había  observado como su hermana Janie se subía a un Chevy Chevette rojo que tenía una franja con un arco iris en el costado. En un perfecto recuerdo vio como lo saludaba a través de la ventanilla del asiento posterior, mientras el coche arrancaba.
Ahora que la puerta hacia la pesadilla estaba abierta, no pudo detener el horroroso espectáculo. Recordaba que esa noche había llegado la policía y como se le habían aflojado las rodillas a su madre cuando terminaron de hablar con ella. Recordaba a los policías interrogándolo porque había sido la última persona que había visto a Janie con vida. Escuchó a su yo más joven diciendo a los uniformados que no había reconocido a los chicos y que había querido decirle a su hermana que no se subiera.
Más que nada, veía los ojos de su madre ardiendo con tanto dolor que no tenía lágrimas.
Luego avanzó hacia delante veinte y pico de años. Dios… ¿cuando había sido la última vez que había hablado o visto a uno de sus padres? ¿O a sus hermanos y hermanas? ¿Hacía cinco años? Probablemente. Hombre, la familia se había sentido muy aliviada cuando se mudó lejos y empezó a no acudir en las vacaciones.
Sí, alrededor de la mesa de Navidad, todos los demás habían sido una parte en el tejido de la familia O’Neal y él había sido la mancha. Eventualmente dejo de ir a casa, dejándoles solo números de teléfono para que pudieran localizarlo, números que nunca marcaban.
Entonces no se enterarían si moría ahora, ¿o sí? Sin duda Vishous sabía todo acerca del clan O’Neal, desde sus números de seguridad social hasta sus resúmenes bancarios, pero Butch nunca le había hablado de ellos. ¿Llamaría la Hermandad? ¿Qué les dirían?
Butch miró hacia abajo a si mismo y supo que había una buena posibilidad de que no saliera andando de esa habitación. Su cuerpo se veía muy similar a aquellos que había visto cuando trabajaba en Homicidios, de la clase que investigaba en los bosques. Bueno, naturalmente. Allí era donde lo habían encontrado. Descartado. Gastado. Dejado por muerto.
Algo así como Janie.
Exactamente como Janie.
Cerrando lo ojos, flotó alejándose del dolor de su cuerpo. Y desde fuera del aluvión de agonía, tuvo una visión de Marissa la primera noche en que la había conocido. La imagen era tan vívida, que casi podía percibir el aroma a océano de ella y vio exactamente como había sido: el delgadísimo vestido amarillo que llevaba puesto… la forma en que se veía su cabello, largo hasta los hombros… la sala de estar color limón en la que habían estado juntos.
Para él, era la mujer inolvidable, la que nunca había tenido y nunca tendría pero que no obstante le había llegado al alma.
Hombre, estaba tan endemoniadamente cansado.
Abrió los ojos y se puso en movimiento antes de tomar conciencia de lo que estaba haciendo. Alcanzando la parte interna de su antebrazo, desprendió la cinta plástica transparente de la piel alrededor del lugar donde estaba la inserción intravenosa. Deslizar la aguja para sacarla de la vena fue más sencillo de lo que había pensado, pero luego, el resto le dolía tanto, que manotear esa pequeña pieza de instrumental fue la gota que colmo el vaso.
Si hubiera tenido fuerzas, se hubiera ido en busca de algo con más filo para terminar consigo mismo. Pero el tiempo… el tiempo era el arma que iba a usar porque eso era lo que tenía a disposición. Y a juzgar por lo mal que se sentía, no iba a llevar mucho. Prácticamente podía oír a sus órganos escupiendo su vida.
Cerrando los ojos, se dejo ir del todo, apenas conciente de que las alarmas habían empezado a sonar en la maquinaria que estaba detrás de la cama. Para un luchador por naturaleza, la facilidad con la que se entregó fue una sorpresa, pero luego una fuerte ola de agotamiento lo golpeó Supo instintivamente que este no era el agotamiento del sueño sino más bien el de la muerte, y se alegro de que viniera tan rápidamente.
Flotando libre de todo, se imaginó que estaba al comienzo de un largo y oscuro pasillo al final del cual había una puerta. Marissa estaba parada en frente del portal y mientras le sonreía abría el camino hacia un dormitorio blanco lleno de luz.
Su alma se alivió cuando tomo un profundo aliento y comenzó a caminar hacia delante. Le gustaba pensar que iba a ir al paraíso, a pesar de todas las cosas malas que había hecho, así que esto tenía sentido.
No hubiera sido el paraíso sin ella.



[1] Mylar: marca de cierto tipo de poliéster de capa muy delgadita.


CAPÍTULO 6

  
Vishous se detuvo en el aparcamiento de la clínica y observó como Rhage y Phury sacaban el Mercedes negro. Iban al callejón que estaba detrás del Screamer a coger el teléfono de Butch, luego a recoger el Escalade del ZeroSum y después se irían a casa.
Sin siquiera hablarlo se decidió que V no saldría al campo de batalla esa noche. El remanente del mal que había manipulado se demoraba en su organismo, haciéndolo sentir débil. Pero más que nada, ver a Butch apaleado y cercano a la muerte había ocasionado algún tipo de daño interior. Tenía la sensación de que una parte de si mismo se había desquiciado, que alguna válvula de escape interior se había abierto y segmentos de sí mismo se estaban escapando de su esencia.
En realidad, desde hacía un tiempo, tenía la sensación de que por primera vez sus visiones lo habían abandonado. Pero esta película de terror lo hacía todo mucho peor.
Privacidad. Necesitaba estar solo. Pero no podía soportar la idea de volver al Pit. El silencio que habría allí, el vacío sofá donde siempre se sentaba Butch, el poderoso conocimiento de que faltaba algo, sería intolerable.
Así que se dirigió a su escondrijo. Tomando forma nuevamente a treinta pisos de altura, se materializó en la terraza de su ático del Commodore. El viento aullaba y se sentía bien, mordiendo a través de su ropa, haciéndolo sentir algo aparte de ese abierto agujero en el pecho.
Fue hacia el borde de la terraza. Trabando los brazos en la cornisa, miró sobre el borde del rascacielos, hacia las calles de abajo. Había coches. Gente yendo hacia el vestíbulo. Alguien inclinándose dentro de un taxi, pagándole al conductor. Tan normal. Tan perfectamente normal.
Mientras tanto, él estaba allí arriba muriéndose.
Butch no iba a lograrlo. El Omega había estado dentro de él; Esa era la única explicación para lo que le habían hecho. Y aunque el mal había sido removido, la infección era más que mortal y el daño estaba hecho.
V se frotó la cara. ¿Qué demonios iba a hacer sin el HDP[1]sabiondo y mal hablado bebedor de whisky? De alguna manera el tosco bastardo suavizaba los bordes de la vida, probablemente porque era como el papel de lija, áspero, persistente, a contrapelo, haciendo que todo estuviera más parejo.
V se alejó de la caída de trescientos pies hacia el pavimento. Yendo hacia una puerta, sacó una llave dorada del bolsillo y la colocó en la cerradura. El ático detrás de esa puerta era su espacio privado, para sus… asuntos privados. El aroma de la hembra que había tomado la noche anterior persistía en la oscuridad.
A su voluntad, las velas negras llamearon. Las paredes, el techo y los suelos eran negros y el vacío cromático absorbía la luz, succionándola, absorbiéndola. La única verdadera pieza de mobiliario era una cama king size que estaba igualmente cubierta de sábanas de satén negro. Pero no pasaba mucho tiempo en el colchón.
Con lo que contaba era con la mesa de tortura. La mesa de tortura con su duro soporte de madera y su medida. Y también empleaba las cosas que colgaban a un lado: las correas de cuero, los trozos de caña, las mordazas, los collares y pinchos, los látigos… y siempre las máscaras. Tenía que conseguir que las hembras fueran anónimas, cubrirles el rostro mientras ataba sus cuerpos. No quería conocerlas más que como instrumentos para sus aberrantes ejercicios.
Mierda, era un depravado en lo que concernía al sexo y lo sabía, pero luego de haber probado muchas cosas, finalmente se había dado cuenta de lo que funcionaba para él. Y afortunadamente había hembras a las que les gustaba lo que les hacía, lo ansiaban como el ansiaba la liberación que obtenía cuando las dominaba de a una o de a dos.
Salvo… que esta noche mientras miraba su equipo, su perversión lo hizo sentir sucio. Tal vez porque nunca venía aquí a no ser que estuviera preparado para usar lo que tenía, así que nunca le había dado un vistazo al lugar con la cabeza despejada.
El timbrazo del móvil lo sobresaltó. Cuando miró el número, se quedó paralizado.
—Havers, ¿está muerto?
El tono de voz de Havers era sensible como el de todo médico profesional. Lo que era un indicio de que Butch estaba colgando de la punta de una tela de araña.
—Colapsó, señor. Se arrancó las intravenosas y sus signos vitales decayeron. Lo trajimos de vuelta, pero no se cuanto tiempo sobrevivirá.
—¿Puedes mantenerlo?
—Lo hice. Pero quiero que esté preparado. Es solo un humano…
—No, no lo es.
—Oh… por supuesto, señor, pero no quise decir que...
—Mierda. Mira, voy a regresar. Quiero estar con él.
—Preferiría que no lo hiciera. Se agita cada vez que alguien entra en la habitación y eso no mejora las cosas. En este momento está todo lo estable que se puede y lo más cómodo posible.
—No quiero que muera solo.
Hubo una pausa.
—Señor, todos morimos solos. Aunque estuviera en la habitación con el, aún así partiría hacia el Fade… solo. Necesita estar tranquilo para que su cuerpo decida si va a revivir. Estamos haciendo todo lo posible por él.
V se puso una mano sobre los ojos. En una voz suave que no reconoció, dijo:
 —Yo no… no quiero perderlo. Yo, ah… sí, no sé lo que haría si el… —V tosió un poco—. Joder.
—Lo cuidaré como si fuera uno de lo míos. Déle un día para que trate de estabilizarse.
—Entonces hasta el anochecer de mañana. Y llámeme si su condición empeora.
V colgó el teléfono y se encontró a si mismo mirando fijamente una de las velas encendidas. Sobre su torso de cera negra, la pequeña cabeza de luz cautiva ondeaba con las corrientes de la habitación.
La llama lo hizo pensar. El brillante amarillo era… bueno, era algo parecido al color del cabello rubio, o no.
Sacó el móvil, decidiendo que Havers estaba equivocado sobre el asunto de que no debía tener visitas. Sólo dependía de quien fuera el visitante.
Mientras marcaba, se resentía de la única opción que tenía. Y sabía que lo que estaba haciendo probablemente no fuera justo. También era probable que causara un lío infernal. Pero, como que había un montón de cosas que te importaban una mierda, cuando tu mejor amigo estaba bailando con la parca sobre su lápida.

—¿Señorita?
Marissa levantó la vista del escritorio de su hermano. Tenía el plano con la disposición de lugares para la cena de los Princeps en frente de ella, pero no podía concentrarse. Toda esa búsqueda en la clínica y en la casa y no había logrado nada. Mientras tanto, sus sentidos le gritaban que algo estaba mal.
Forzó una sonrisa para la doggen que estaba en la entrada.
—¿Si, Karolyn?
La criada hizo una reverencia.
—Una llamada para usted. En la línea uno.
—Gracias. —La criada inclinó la cabeza y se retiró mientras Marissa levantaba el auricular. —¿Hola?
—Está en la habitación cercana al laboratorio de tu hermano.
—¿Vishous? —Se puso de pie de un salto—. ¿Qué…?
—Atraviesa la puerta que tiene un cartel de Mantenimiento. Hay un panel a la derecha que puedes empujar. Asegúrate de ponerte un traje contra riesgo biológico antes de entrar a verlo…
Butch… Dios querido. Butch.
—¿Que…?
—¿Me has oído? Ponte el traje y déjatelo puesto.
—¿Qué ha…?
—Un accidente de coche. Ve. Ahora. Se está muriendo.
Marissa tiró el teléfono y salió corriendo del estudio de Havers, casi atropellando a Karolyn en el vestíbulo.
—¡Señorita! ¿Qué ocurre?
Marissa salió disparada a través del comedor, empujó la puerta de servicio, y se tropezó dentro de la cocina. Cuando llegó a la esquina que llevaba a las escaleras traseras, perdió uno de sus zapatos de tacón alto, así que se sacudió el otro y siguió corriendo con los pies cubiertos por medias. Al final de lo escalones, introdujo el código de seguridad para abrir la entrada de la clínica e irrumpir dentro de la sala de espera de Urgencias.
Las enfermeras la llamaron por su nombre, pero las ignoró mientras corría hacia el corredor del laboratorio. Rasgando el aire a su paso por el laboratorio de Havers, encontró la puerta señalada como Mantenimiento y la abrió estrepitosamente.
Resollaba, mientras miraba alrededor a... nada. Solo fregonas, baldes vacíos y delantales. Pero Vishous había dicho…
Espera. Había tenues marcas sobre le piso, un pequeño rastro de desgaste que sugería el abrir y cerrar de una puerta oculta. Apartó los delantales fuera de su camino y encontró un panel plano. Arañando con las uñas, lo forzó para que se abriera y frunció el ceño. Era una especie de habitación de monitorización tenuemente iluminada con un equipo de ordenadores de alta tecnología y medidores de signos vitales. Inclinándose hacia el brillo azul de una de las pantallas, vio una cama de hospital. Sobre ella, yacía un macho despatarrado y controlado con tubos y cables que salían de él. Butch.
Se metió entre los trajes amarillos contra riesgo biológico y mascarillas que colgaban cerca de la puerta y prosiguió dentro de la habitación, sintiendo la cerradura de aire abriéndose con un siseo.
—Virgen en el Fade… —se subió la mano a la garganta.
Definitivamente se estaba muriendo. Podía sentirlo. Pero había algo más… algo atemorizador, algo que encendía sus instintos de supervivencia tanto como si se estuviera enfrentando con un atacante que portara un arma. Su cuerpo le gritaba que corriera, que saliera de allí, que se salvara a si misma.
Pero su corazón la llevó al lado de la cama.
—Oh… Dios.
La bata de hospital le dejaba al descubierto los brazos y las piernas, y parecía que tuviera moratones por todos lados. Y su rostro… Dios bendito, estaba terriblemente golpeado.
Cuando emitió un sonido como un gruñido desde el fondo de la garganta, se estiró para tomarle la mano… oh, no, no allí también. Sus romos dedos estaban hinchados en las puntas, la piel de color púrpura, faltándole algunas de las uñas.
Quería tocarlo, pero no había lugar donde pudiera hacerlo.
—¿Butch?
Con el sonido de su voz, el cuerpo se sacudió y abrió los ojos. Bueno, un ojo.
Cuando se enfoco en ella, el fantasma de una sonrisa tironeó de sus labios.
—Has vuelto. Acabo de… verte en la puerta. —La voz era débil, un pequeño eco del tono bajo que normalmente tenía. —Te vi después… te… perdí. Pero aquí estás.
Se sentó cuidadosamente en el borde de la cama y se preguntó con que enfermera la habría confundido.
—Butch…
—¿Donde está… el vestido amarillo? —Sus palabras eran confusas, la boca no se movía demasiado, como si su mandíbula estuviera rota—. Estabas tan hermosa… con ese vestido amarillo…
Definitivamente una enfermera. Esos trajes que colgaban cerca de la puerta eran amari… demonios. No se había puesto uno, ¿verdad? Santo infierno, si su sistema inmunológico estaba comprometido, necesitaba protegerlo.
—Butch, voy a salir y coger un…
—No… no me dejes… no te vayas… —Comenzó a retorcer las manos contra las ligaduras, las sujeciones de cuero crujieron—. Por favor… por Dios… no me dejes…
—Está bien, volveré enseguida.
—No… Mujer que amo… vestido amarillo… no me dejes
Sin saber que más hacer, se inclinó y suavemente apoyó la palma sobre su rostro.
—No te dejaré.
Arrastró la magullada mejilla contra su toque, sus labios partidos frotándose contra su piel mientras susurraba.
—Prométemelo.
—Yo…
La cerradura de aire se abrió con un siseo y Marissa miró por encima de su hombro.
Havers irrumpió en la habitación como si hubiera sido torpedeado dentro. Y aunque usaba una mascarilla amarilla, el horror en su mirada fue tan obvio como un grito.
—¡Marissa! —Se tambaleó dentro del traje protector que llevaba puesto, la voz atenuada y frenética—. Dulce Virgen del Fade, que estás… ¡deberías tener puesto un traje aislante!
Butch empezó a luchar en la cama, y ella le acarició suavemente el antebrazo.
—Shh… Estoy aquí. —Cuando se calmó un poquito, dijo— Me pondré uno ahora…
—No tienes idea… ¡Oh, Dios! —Todo el cuerpo de Havers tembló—. Ahora estas comprometida. Podrías estar contaminada.
—¿Contaminada? —Miró hacia abajo a Butch.
—¡Seguramente lo sentiste cuando entraste! —Havers se lanzó a decir todo tipo de palabras, ninguna de las cuales oyó.
Como su hermano seguía con lo mismo, sus prioridades se establecieron por sí solas, acero cerrándose sobre acero. No importaba si Butch no tenía ni idea de quién era ella. Si el haber confundido su identidad lo mantenía con vida y luchando, eso era todo lo que importaba.
—Marissa, ¿me estás escuchando? Estás contamin…
Ella miró sobre el hombro.
—Bueno, si estoy contaminada, entonces parece que me voy a quedar con él, ¿no es verdad?







[1] HDP: Hijo De Puta.

No hay comentarios: