viernes, 20 de mayo de 2011

AMANTE CONFESO/CAPITULO 7 8 9

CAPÍTULO 7

  
John Matthew se cuadró ante su blanco y apretó el puño sobre la espada. En la parte más alejada del gimnasio, a través de un mar de colchonetas azules, había tres sacos de boxeo colgando del borde más bajo de las gradas. Mientras se concentraba, en su mente, el del medio se transformo en un lesser. Se imaginó el cabello blanco, los pálidos ojos y la pálida piel que lo perseguían en sus sueños, y empezó a correr, sus pies descalzos sonando contra el plástico duro de las colchonetas.
Su pequeño cuerpo no tenía ni velocidad ni fuerza, pero su voluntad era enorme. Y algún día más o menos dentro del año siguiente, el resto de él se pondría a tono con el poder de su odio.
Maldición. No. Podía. Esperar. Para que lo golpeara la transición.
Levantando la espada sobre la cabeza, abrió la boca para dejar escapar un grito. No salio nada, porque era mudo, pero imaginaba que estaba haciendo muchísimo ruido.
Por lo que a él le concernía, los lessers habían matado a sus padres. Tohr y Wellsie lo habían acogido, le habían dicho lo que era realmente, le habían dado el único amor que conocía. Cuando esos bastardos asesinos la asesinaron a ella y Tohr desapareció, John se había quedado con nada más que su venganza… venganza por ellos y las otras vidas inocentes que habían sido perdidas el pasado enero.
John se aproximó a la bolsa corriendo agazapado, con los brazos sobre el hombro. En el último instante, se agachó formando una bola, rodó por las colchonetas, luego se puso de pie rápidamente con la espada, golpeando la bolsa desde abajo. Si hubiera sido un verdadero escenario de combate, la hoja hubiera entrado en las entrañas del lesser. Hondo.
Retorció el puño.
Luego se puso de pie de un salto y giró en círculo, imaginando que el no muerto caía de rodillas, sujetándose el agujero en el abdomen. Apuñaló la bolsa desde arriba, viéndose a si mismo enterrando la hoja en la nuca…
—¿John?
Giró sobre si mismo, resollando.
La hembra que se aproximaba hizo que temblara… y no solo porque le dio un susto de muerte. Era Beth Randall, la Reina mestiza, la hembra que también era su hermana, o eso era lo que indicaban las pruebas de sangre. Extrañamente, cada vez que estaba cerca de ella, su mente se iba de vacaciones, su cerebro dejaba de funcionar, pero al menos ya no se desmayaba. La cual había sido su primera reacción cuando la había conocido.
Beth caminó a través de las colchonetas, una alta y delgada hembra vestida con vaqueros y un jersey de cuello alto blanco, el oscuro cabello exactamente del mismo color que el suyo. Mientras se acercaba, pudo oler el aroma de emparejamiento de Wrath en ella, un oscuro perfume característico de su hellren. John sospechaba que la marca aparecía a causa del sexo, ya que la fragancia siempre era más fuerte en la Primera Comida cuando venían del dormitorio.
—John, ¿nos acompañarás para la última comida de la noche, en la mansión?
—Debo quedarme y practicar. —Le indicó usando el Lenguaje por Señas Americano. Todo el mundo en la casa había aprendido el LSA, y esa concesión a su debilidad, a su falta de voz, lo fastidiaba. Deseó que no hubieran tenido que hacerle ninguna concesión. Deseó ser normal.
—Nos gustaría verte. Y pasas tanto tiempo aquí.
—La práctica es importante.
Ella miró la espada en su mano.
—También lo son otras cosas.
Como el continuaba mirándola, los ojos azules de ella se deslizaron por el gimnasio como si estuviera tratando de encontrar un argumento atrayente.
—Por favor. John, estamos… estoy preocupada por ti.
En una época, unos tres meses atrás, le hubiera encantado oír esas palabras de su boca. De cualquiera. Pero ya no más. No quería su preocupación. Quería que se mantuviera apartada de su camino.
Cuando sacudió la cabeza, ella respiró profundamente.
—Está bien. Dejaré más comida en la cocina, ¿Ok? Por favor… come.
Inclinó la cabeza una vez, y cuando levantó la mano como para tocarlo, se apartó. Sin mediar otra palabra, ella se dio la vuelta y caminó de regreso a través de las colchonetas azules.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, John trotó de nuevo hacia la parte más alejada del gimnasio y se agachó para comenzar a correr. Mientras arrancaba una vez más, levantó en alto la espada, odio puro impulsando sus brazos y piernas.

El Sr. X se puso en acción al mediodía, entrando al garaje de la casa en la que paraba, se subió a la Monovolumen no-llames-la-atención que lo disimulaba tan bien entre el tránsito humano de Caldwell.
No tenía ningún interés en su asignación, pero si eras el Fore-lesser actuabas cuando el amo te daba una orden. Era eso o te aprehendían, algo por lo que el Sr. X ya había pasado una vez y no lo había disfrutado: Tener al Omega abofeteándote con una carta de despido era casi tan divertido como comerte una ensalada de alambre de púas.
Al Sr. X todavía le sorprendía el hecho de que estuviera de vuelta en este insensato planeta y en este cargo otra vez. Pero parecía como si el amo se hubiera cansado de la puerta de vaivén que eran sus Fore-lessers y quisiera tener uno fijo. Como evidentemente el Sr. X había sido el mejor del montón en los últimos cincuenta o sesenta años, había sido llamado al servicio para otra vuelta.
Una reedición sacada del infierno.
Así que hoy iba a trabajar. Mientras metía la llave en el arranque y el anémico motor del Town & Country tosía, se sentía absolutamente sin inspiración, ya no era el líder que había sido. Pero era difícil sentirse motivado en esta especie de situación perder-perder. El Omega iba a volver a enfurecerse y a descargarse con su número uno. Era inevitable.
Bajo el brillante sol de mediodía, el Sr. X salió de la fresca y alegre subdivisión, pasando frente a casas construidas a finales de los 90, que parecían salidas del Monopoly. Las cosas compartían una arquitectura vulgar, incorporando la particularidad de figuras que cercaban las casas con ordinarias variantes de adorables “patitos-y-conejitos”. Muchos porches delanteros con molduras insubstanciales. Muchas contraventanas de plástico. Muchas decoraciones de estación, esta vez basadas en el tema de la Pascua de Resurrección.
El perfecto escondrijo para un lesser: una maraña de dedicadas madres agotadas y molestos padres de clase media.
El Sr. X tomó Lily Lane hacia la Ruta 22, deteniéndose ante la señal de stop de la importante carretera. Usando el rastreador GPS, obtuvo una localización aproximada del lugar en el bosque que El Omega le había pedido que visitara. La duración del viaje sería de 12 minutos lo que estaba bien. El amo estaba muy impaciente, ávido de ver si su plan con el troyano humano había funcionado, ansioso de saber si la Hermandad se había llevado a su pequeño camarada a casa.
El Sr. X pensó en el hombre, estaba seguro que se habían conocido antes. Pero incluso aunque se preguntara acerca del donde y cuando, nada de eso importaba en ese momento. Y tampoco había importado cuando el Sr. X había estado trabajando en él.
Jesús, ese había sido un duro HDP[1]. Ni una sola palabra acerca de la Hermandad había salido de la boca del hombre, sin importar lo que le hicieran. El Sr. X se había quedado impresionado. Hombres como ese hubieran sido toda una adquisición si hubieran podido moldearlo.
O tal vez eso ya hubiera ocurrido. Tal vez ese humano era uno de ellos ahora.

Un poco más tarde, el Sr. X estacionó el Town & Country en una parte saliente de la Ruta 22 y se metió en el bosque. Había caído nieve la noche anterior debido a una extraña tormenta de marzo, y se apilaba en las ramas de los pinos, como si los árboles se hubieran ataviado para jugar al fútbol entre ellos. De hecho, era ciertamente bonito. Si te interesaba esa mierda de la naturaleza.
Cuanto más lejos se internaba en el bosque, menos necesitaba el rastreador porque podía sentir la esencia del amo, innegable como si El Omega estuviera allí adelante. Tal vez el humano no hubiera sido recogido por los Hermanos…
Bueno, quién sabe.
Cuando el Sr. X emergió en un claro, vio un círculo chamuscado en la tierra. El calor que había ardido allí había sido lo suficientemente fuerte para derretir la nieve y enlodar la tierra por un rato y la tierra ahora vuelta a congelar mostraba los contornos de la exposición. Todo alrededor, permanecían los residuos de la presencia del Omega, como lo hacía el hedor de los deshechos de verano mucho después de que se hubiera recogido la basura.
Aspiró por la nariz. Sip, también había algo humano en la mezcla.
Santa mierda, habían matado al tipo. La Hermandad había exterminado a ese humano. Interesante. Excepto que… ¿por qué no se había enterado El Omega de que el hombre estaba muerto? ¿Tal vez no había habido lo suficiente dentro de él para ser llamado a casa por el amo?
Al Omega no le iba a gustar este informe. Era alérgico al fracaso. Le daba picazón. Y la picazón derivaba en malas cosas para los Fore-lessers.
El Sr. X se arrodilló sobre la marchita tierra y envidió al humano. Afortunado bastardo. Cuando un lesser moría, lo que le esperaba al otro lado era un interminable sufrimiento líquido, un horrendo baño que equivalía a todas las visiones que tenía un cristiano del infierno multiplicadas por mil: después de que los asesinos eran destruidos, regresaban a las venas del cuerpo del Omega, circulando y volviendo a circular en una maligna inundación de otros lessers muertos, convirtiéndote en la misma sangre que el amo vertía en ti cuando eras iniciado en la Sociedad. Y por este reconstituir de asesinos, no había fin al cortante frío, ni al hambre enloquecedora ni a la aplastante presión porque permanecías conciente. Por toda la eternidad.
El Sr. X se estremeció. En vida había sido un ateo, nunca había pensado en la muerte más que como en una asquerosa siesta. Ahora, como lesser, sabía exactamente lo que le esperaba cuando el amo perdiera la paciencia y lo “despidiera” otra vez.
Y aun así había esperanzas. El Sr. X había encontrado una pequeña abertura, suponiendo que las piezas encajaran entre si.
Por un golpe de suerte, podía ser que hubiera encontrado una vía de escape para salir del mundo del Omega.


[1] HDP, Hijo de Puta.

CAPÍTULO 8


A Butch le costó tres largos y enfebrecidos días recobrar la consciencia, surgió del coma igual que una boya, emergiendo de las profundidades de la nada para balancearse por encima de la realidad de un lago de luces y sonidos. Casualmente, pudo recobrarse lo suficiente para entender que estaba mirando una pared blanca que había enfrente de él y escuchando un suave pitido de fondo.
Una habitación de Hospital. Correcto. Habían desaparecido las ataduras de sus brazos y piernas.
Sólo por diversión, rodó hasta quedar de espaldas y se impulsó para levantar la cabeza y los hombros de la cama. Se mantuvo erguido únicamente porque le gustaba la sensación de sentir la habitación girando a su alrededor. Lo distraía de su Muestrario de Whitman[1] particular de dolores y sufrimientos.
Hombre, había tenido extraños y maravillosos sueños. Marissa a su lado cuidándolo. Acariciando sus brazos, su cabello, su rostro. Susurrándole que se quedara con ella. La voz había sido la que lo había retenido en su cuerpo, la que lo había mantenido alejado de la luz blanca que cualquier idiota que hubiera visto Poltergeist sabría que era el otro mundo. Por ella, de alguna forma logró quedarse, y a juzgar por el firme y fuerte latido de su corazón, sabía que iba a lograrlo.
Salvo que, por supuesto, los sueños habían sido un fraude. Ella no estaba aquí y ahora estaba atrapado en su propio cuerpo hasta que la siguiente asquerosa cosa terminara con él.
Maldita fuera su podrida suerte de tener que seguir respirando.
Miró hacia arriba al poste del que colgaban los sueros intravenosos. Observó fijamente la bolsa conectada a un catéter.
Luego miró lo que parecía ser un baño. Ducha. ¡Oh, Dios!, daría su huevo izquierdo por una ducha.
Mientras deslizaba las piernas hacia un lado, se dio cuenta de que lo que estaba a punto de hacer era probablemente una jugada muy mala. Pero se dijo a sí mismo, mientras colgaba la bolsa que conectaba con el catéter cerca de su medicación intravenosa, que al menos la habitación ya casi no giraba a su alrededor.
Tomó un par de profundas bocanadas de aire y agarró el poste con los sueros para utilizarlo como bastón.
Sus pies golpearon el frío suelo. Descargó su peso sobre las piernas.
Al instante se le doblaron las rodillas.
Mientras caía de vuelta sobre la cama, supo que no iba lograr llegar hasta el baño. Perdiendo las esperanzas de lavarse con agua caliente, se dio la vuelta y observó la ducha con verdadera codicia.
Butch inhaló como si la parte posterior de la cabeza le hubiera estallado.
Marissa yacía dormida sobre el suelo en un rincón de la habitación, enroscada sobre sí misma, tumbada de lado. Su cabeza estaba apoyada sobre una almohada y su hermoso vestido de gasa celeste estaba esparcido cubriéndole las piernas. Su cabello alrededor de ella, una increíble cascada de color rubio platino, un torrente de ondas de novela romántica medieval.
Santa mierda. Había estado con él. Verdaderamente lo había salvado.
Su cuerpo encontró renovada fuerza mientras se ponía de pie y andaba dando tumbos a través del linóleo. Quería arrodillarse pero sabía que si lo hacía probablemente se quedaría en el suelo para siempre, así que se conformó con quedarse de pie cerca de ella.
¿Por qué estaba aquí? Lo último que había sabido, era que no quería tener nada que ver con él. Demonios, el último mes de septiembre se había negado a recibirlo cuando había ido a verla con la esperanza de… todo.
—¿Marissa? —Su voz era áspera, se aclaró la garganta—. Marissa, despiértate.
Sus pestañas revolotearon hasta abrirse y se levantó de golpe. Sus ojos, de un azul pálido, como vidrio de mar, se fijaron en los suyos.
—¡Te vas a caer!
Justo cuando su cuerpo oscilaba hacia atrás y se balanceaba sobre los talones, ella dio un salto y lo agarró. A pesar de su esbelto cuerpo, asumió todo su peso fácilmente, recordándole que no era una mujer humana y que probablemente fuera más fuerte que él.
Mientras lo ayudaba a acomodarse en la cama y lo tapaba con las sábanas, el hecho de estar débil como un niño y de que lo tratara necesariamente como a uno, mordió su orgullo.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó con un tono tan desagradable como su turbación.
Cuando evitó mirarlo de frente, supo que también se sentía incomoda con la situación.
—Vishous me dijo que estabas herido.
Ah, así que V le había hecho sentir culpable para convencerla de que ejerciera de Florence Nightingale para él. Ese bastardo sabía que Butch se convertía en un idiota sonriente cuando ella estaba cerca y que el sonido de su voz lograría exactamente lo que había conseguido, traerlo de vuelta. Pero el ser una cuerda fuerte para el consabido bote salvavidas, era una posición muy incómoda para ella.
Butch gruñó mientras se acomodaba. Y también debido al golpe que se estaba llevando su orgullo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Mejor. —En comparación. Por otro lado, le podría haber atropellado un autobús y aún así estar en mejor estado de lo que estaba después de lo que le había hecho el lesser—. Así que no tienes que quedarte.
Su mano resbaló de la sábana y respiró hondo, sus pechos se alzaron debajo del costoso corpiño de su vestido. Mientras se abrazaba a sí misma, su cuerpo se curvó elegantemente como una S.
Apartó la mirada avergonzado, porque parte de él quería aprovecharse de su lástima y mantenerla a su lado.
—Marissa, si quieres, puedes irte ahora.
—De hecho, no puedo.
Frunció el ceño y volvió a mirarla.
—¿Por qué no?
Ella perdió el color, pero luego levantó la barbilla.
—Estás bajo…
Se oyó un siseo y un alienígena entró en la habitación, una figura vestida con un traje amarillo y mascarilla de oxígeno. El rostro detrás de la máscara era el de una mujer, pero la figura era indefinida.
Butch miró a Marissa horrorizado.
—¿Por qué demonios no estás usando uno de esos trajes? —No sabía qué clase de infección tenía, pero si era lo suficientemente peligrosa para que el personal médico estuviera sacando a colación un Silkwood[2], debía imaginarse que era letal.
Marissa se encogió, haciéndolo sentir como un matón.
—Yo…. Yo sencillamente no lo hago.
—¿Señor? —Interrumpió gentilmente la enfermera—. Si no le molesta, me gustaría tomarle una muestra de sangre.
Sacó un antebrazo mientras continuaba mirando a Marissa.
—Se suponía que debías usar uno de esos cuando entraste, ¿no es así? ¿No es así?
—Sí.
—Maldita sea —dijo bruscamente—. ¿Por qué no…?
Cuando la enfermera lo pinchó en la cara interna del codo, la fuerza abandonó a Butch como si con la aguja hubiera desinflado el globo de su energía.
Un mareo se apoderó de él y su cabeza cayó hacia atrás contra la almohada. Pero aún estaba enojado.
—Deberías llevar uno de esos trajes.
Marissa no respondió, solo paseó alrededor de la habitación.
En el silencio que siguió, miró el pequeño tubo que estaba conectado a su vena. Mientras la enfermera lo sustituía por otro vacío, no pudo evitar notar que su sangre se veía más oscura de lo habitual. Mucho más oscura.
—Por Dios… ¿Qué diablos está saliendo de mí?
—Está mejor que antes. Mucho mejor —la enfermera sonrió a través de la máscara.
—Entonces, ¿de qué color era antes? —murmuró, pensando que el fluido parecía lodo marrón.
Cuando la enfermera terminó, le puso un termómetro debajo de la lengua y comprobó las máquinas que estaban detrás de la cama.
—Le traeré algo de comida.
—¿Ella ya ha comido? —masculló.
—Mantenga la boca cerrada —hubo un pitido y la enfermera le quitó el palito cubierto de plástico de los labios—. Mucho mejor. Ahora, ¿hay algo que pueda hacer por usted?
Pensó en Marissa arriesgando su vida por un sentimiento de culpa.
—Sí, quiero que ella salga de aquí.
Marissa escuchó esas palabras y dejó de pasear. Recostándose contra la pared, miró hacia abajo, a sí misma y se sorprendió al darse cuenta que su vestido todavía le quedaba bien. Se sentía de la mitad de su tamaño normal. Pequeña. Insustancial.
Cuando la enfermera se fue, los ojos castaños de Butch ardieron.
—¿Cuánto tiempo te tienes que quedar?
—Hasta que Havers me diga que puedo salir.
—¿Estás enferma?
Negó con la cabeza.
—¿Por qué me están tratando?
—Por las heridas que recibiste en el accidente de tráfico. Que fueron muchas.
—¿Accidente de tráfico? —Se le veía confuso, luego señaló la perfusión intravenosa con la cabeza como si quisiera cambiar de tema—. ¿Qué hay ahí adentro?
Ella cruzó los brazos sobre el pecho y recitó los antibióticos, los nutrientes, los analgésicos y los anticoagulantes que le estaban administrando.
—Y también Vishous viene a ayudarte.
Pensó en el Hermano, sus sorprendentes ojos de diamante, los tatuajes que llevaba en las sienes… y su obvia aversión hacia ella. Era el único que entraba a la habitación sin usar traje protector y acudía dos veces al día, al inicio y al final de la noche.
—¿V ha venido a visitarme?
—Pone su mano sobre tu estómago. Eso te calma. —La primera vez que el guerrero había destapado a Butch y le había levantado la bata de hospital, se había quedado muda tanto por la visión íntima como por la autoridad que emanaba del Hermano. Pero luego se había quedado muda por otra razón. La herida en el estómago de Butch era aterradora… y luego Vishous también la había asustado. Se había sacado el guante que siempre lo había visto usar, revelando una mano brillante que estaba completamente tatuada.
Había estado aterrada sobre lo que podría pasar después, pero Vishous sólo había pasado la palma de la mano como a tres pulgadas por encima del estómago de Butch. Incluso estando en coma, Butch había suspirado ásperamente denotando alivio.
Luego, Vishous le había vuelto a poner la bata de hospital, arreglado las sábanas y se había girado hacia ella. Le había dicho que cerrara los ojos, y como le temía, lo hizo. Casi inmediatamente la había inundado una profunda sensación de paz, como si fuera bañada por una calmante luz blanca. Le hacía eso cada vez antes de irse, y sabía que la estaba protegiendo. Aunque no podía imaginarse porqué, dado que claramente la despreciaba.
Volvió a centrarse en Butch y pensó en sus heridas.
—No estuviste involucrado en un accidente de tráfico ¿verdad?
Cerró los ojos.
—Estoy muy cansado.
Cuando la dejó fuera, se sentó sobre el frío suelo y se envolvió las rodillas con los brazos. Havers había querido traerle cosas como un catre o una silla cómoda, pero le preocupó que si los signos vitales de Butch volvían a colapsar, el personal médico no podría acercar a la cama el equipo necesario con la suficiente rapidez. Su hermano había estado de acuerdo.
Después de sólo Dios sabía cuantos días de esto, su espalda estaba rígida y sus párpados se sentían como papel de lija, pero no se había sentido cansada cuando había estado luchando para mantener a Butch con vida. Demonios, ni siquiera había notado el paso del tiempo, siempre se había sentido sorprendida cuando las enfermeras le traían la comida, o cuando venía Havers. O cuando Vishous llegaba.
Hasta el momento, no se sentía enferma. Bueno, se había sentido enferma antes de que Vishous viniera por primera vez. Pero después que empezara a hacer lo que fuera que le hiciera con esa mano suya, había estado bien.
Marissa miró hacia arriba a la cama de hospital. Todavía tenía curiosidad acerca de por qué Vishous la había enviado a esa habitación. Seguramente la mano de ese guerrero estaba reportando mucho más beneficio que ella.
Mientras las máquinas pitaban suavemente y el aire acondicionado soplaba desde el techo, sus ojos vagaron sobre la longitud del cuerpo en reposo de Butch. Cuando pensó en lo que había debajo de las mantas, un rubor cubrió su rostro.
Ahora, sabía como se veía cada parte de su cuerpo.
Su piel se veía suave cubriendo todos sus músculos y llevaba un tatuaje en la parte baja de la espalda en tinta negra… una serie de líneas agrupadas de cuatro en cuatro con cada haz atravesado por una línea en ángulo. Veinticinco de ellas, si había sumado correctamente. Algunas se habían desvanecido, como si hubieran sido hechas años atrás. Se preguntaba que recordarían.
En lo que respecta a su parte delantera, la sombra de vello negro sobre los pectorales había sido una sorpresa, ya que no sabía que los humanos no eran lampiños como lo eran los de su especie. Sin embargo, no tenía mucho vello sobre el pecho, y se estrechaba enseguida, volviéndose una fina línea debajo de su ombligo.
Y luego… Estaba avergonzada de sí misma, pero había observado su sexo. El vello en la coyuntura de sus piernas era oscuro y muy denso, y en el centro tenía un grueso tallo de carne casi tan ancho como su muñeca. Debajo de ello había un pesado y potente saco.
Era el primer macho que había visto desnudo y los desnudos de Historia del Arte sencillamente no eran lo mismo que la realidad. Estaba hermosamente hecho. Era fascinante.
Dejó que su cabeza cayera hacia atrás y miró el techo. ¿Estaba mal que hubiera invadido su privacidad? ¿Era correcto que su cuerpo se inflamara tan solo por recordarlo?
Dios, ¿Cuánto tiempo faltaba ahora para que pudiera salir de allí?
Perdida en sus pensamientos cogió entre los dedos el fino tejido del vestido y ladeó la cabeza para poder mirar la caída de la gasa celeste. La adorable creación de Narciso Rodríguez debería haber sido sumamente cómoda, pero el corsé, que siempre usaba porque era lo adecuado, realmente estaba empezando a fastidiarla sobremanera. Sin embargo, la razón era que quería lucir hermosa para Butch, aunque a él no le importara y no debido a su enfermedad. Ya no se sentía atraído por ella. Tampoco la quería cerca.
Aún así, continuaría vistiéndose bien cuando le trajeran mudas de ropa.
Lástima que lo que usara allí dentro tuviera que ir a parar al incinerador. Que pena tener que quemar todos esos vestidos.




 

CAPÍTULO 9


Aquel hijo de puta de cabello pálido estaba de vuelta, pensó Van Dean mientras echaba un vistazo sobre el grueso cercado de alambre.
Era la tercera semana seguida que el tipo venía a las peleas clandestinas de Caldwell. Contra la animada muchedumbre que estaba alrededor de la jaula de lucha, destacaba como un letrero de neón, aunque Van no tuviera claro exactamente el por qué.
Cuando una rodilla entró en contacto con su costado, se reconcentró en lo que estaba haciendo. Llevando hacia atrás el puño desnudo, hizo crujir el brazo y lo conectó con la cara de su oponente. La sangre voló de la nariz del tipo, fragmentos de rojo que aterrizaron directamente en la colchoneta antes de que lo hiciera el cuerpo del hombre.
Van plantó los pies y clavó los ojos en su caído oponente, las gotas de sudor aterrizaban en los abdominales del tipo. No había ningún árbitro para evitar que Van le lanzara más puñetazos. Ninguna regla que le impidiera darle patadas a este trozo de carne en los riñones hasta que el bastardo necesitara diálisis el resto de su vida. Y si ese pedazo de alfombra humana tan siquiera temblaba, se iba a dejar ir.
Traer la muerte con las manos desnudas era lo que su parte especial quería hacer, lo que su parte especial ansiaba hacer. Van siempre había sido diferente, no sólo de sus oponentes sino de todos los demás con los que se había encontrado alguna vez: el asentamiento de su alma no era el de un luchador simplemente, sino el de un guerrero del tipo Romano. Lamentaba no vivir en aquellos tiempos cuando destripabas a tu oponente si caía antes que tú… luego encontrabas su casa, violabas a su esposa y matabas a sus niños. Y después saqueabas su mierda, quemabas cualquier cosa que quedara hasta los cimientos.
Pero vivía aquí y ahora. Y últimamente existía otra complicación. El cuerpo que contenía esta parte especial comenzaba a envejecer en él. El hombro le estaba matando y también las rodillas, aunque se aseguraba de que nadie lo supiera, dentro o fuera de la jaula de lucha.
Extendiendo el brazo hacia un lado, oyó un estallido y disimuló un estremecimiento. Mientras tanto, la muchedumbre rugió y agitó la alambrada metálica de diez pies de alto. Dios, los aficionados lo amaban. Llamándole por su nombre. Queriendo ver más de él.
Sin embargo, eran, en su mayoría, irrelevantes para su parte especial.
En medio de la grada, encontró la mirada fija del hombre de cabello blanco. Maldición, aquellos eran unos ojos extraños. Apagados. Ningún brillo de vida en ellos. Y el tipo no aclamaba tampoco.
Lo que fuera.
Van pateó a su oponente con el pie desnudo. El tipo gimió, pero no abrió los ojos. Fin de la partida.
Los cincuenta y tantos hombres alrededor de la jaula se enloquecieron gritando con aprobación.
Van saltó el reborde de la cerca e impulsó su cuerpo de doscientas libras sobre la parte de arriba. Cuando aterrizó, la muchedumbre rugió más fuerte, pero retrocedió a su paso. La semana pasada, cuando uno de ellos, se había cruzado en su camino, el pringado había terminado por escupir un diente.
La “arena” de combate, tal como estaban las cosas, estaba ubicada en un aparcamiento subterráneo abandonado, y el dueño del solar negociaba los combates. Todo el asunto estaba sombreado por la muerte, Van y sus adversarios no eran nada más que el equivalente humano de peleas de gallos. Sin embargo, la paga estaba bien, y hasta ahora no había habido ninguna redada —aunque fuera siempre un problema—. En medio de la sangre y las apuestas, las placas del Departamento de Policía no habían aparecido en la escena para nada, así que era un club privado de miembros de la cosa, y si descubrías el pastel eras lanzado al aire. Literalmente. El dueño tenía un equipo de seis matones que mantenían la mierda a raya.
Van se acercó al hombre del dinero, cogió sus quinientos dólares y la chaqueta, luego se dirigió hacia la camioneta. La camiseta Hanes estaba manchada de sangre, pero no se preocupó. Por lo que estaba preocupado era por sus doloridas articulaciones. Y aquel hombro izquierdo.
Joder. Parecía como si, cada semana, le costara más y más servir a su parte especial y poner a los tipos sobre la tierra. Entonces de nuevo, se subía ahí. En el mundo de la lucha los treinta y nueve marcaban el momento de la dentadura postiza.
 —¿Por qué paraste?
Cuando iba a subir a la camioneta, Van examinó el parabrisas del lado del conductor. No estaba sorprendido de que el hombre de cabello blanco hubiera venido detrás de él.
—No respondo a admiradores, compañero.
—No soy un admirador.
Sus ojos se quedaron trabados en la superficie llana del cristal.
—¿Entonces por qué vienes tanto a mis peleas?
—Porque tengo una proposición para ti.
—No quiero un manager.
—Tampoco soy uno de esos.
Van miró por encima del hombro. El tipo era grande y se movía como un luchador, con los hombros alzados y los brazos sueltos. Tenía manos como cazos de hierro, de la clase que se podrían doblar en un puño tan grande como una bola para jugar a los bolos.
Así que ese era el trato, ¿eh?
—Si quieres entrar en el cuadrilátero conmigo, lo arreglas ahí. —Señaló al hombre del dinero.
—No, tampoco es eso.
Van se volvió, pensando que el jueguecito de las veinte preguntas era una mierda.
—¿Y qué quieres?
—Primero tengo que saber por qué paraste.
—Fue derribado.
La contrariedad destelló sobre la cara del tipo.
—¿Entonces?
—¿Sabes qué? Estas empezando a cabrearme.
—Muy bien. Estoy buscando a un hombre que encaje con tu descripción.
Ah, eso estrechaba el campo. Un tío de rostro corriente con la nariz rota, con un corte de cabello militar. Llanamente.
 —Muchos hombres se me parecen.
Bien, excepto por su mano derecha.
—Dime algo —preguntó el tipo—, ¿te has quitado el apéndice?
Van estrechó los ojos y volvió a ponerse las llaves de la camioneta en el bolsillo.
—Está a punto de pasar una de dos cosas y tú escoges. Te alejas y entro en mi vehículo. O sigues hablando y la mierda te cae encima. Es tu elección.
El hombre pálido se acercó. Jesús, olía raro. Cómo… ¿talco para bebes?
—No me amenaces, muchacho. —La voz era baja y el cuerpo que respaldaba las palabras estaba preparado para la acción.
Bien, bien, bien… ¿Qué te parece? Un verdadero contendiente.
Van aproximó la cara aún más cerca.
—Entonces llega al jodido asunto.
—¿Apéndice?
—No más.
El hombre sonrió. Retrocedió relajado.
—¿Te gustaría tener un trabajo?
—Tengo uno. Y esto.
—Construcción. Derribar extraños por dinero en metálico.
—Ambos, trabajos honestos. Y exactamente ¿cuánto tiempo llevas olfateando alrededor de mis negocios?
—El tiempo suficiente. —El tipo extendió la mano—. Joseph Xavier.
Van dejó a aquella palma ahí colgando.
—No estoy interesado en conocerte, Joe.
—Es Sr. Xavier para ti, hijo. Y seguramente no te opondrás a escuchar una proposición.
Van inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Sabes qué?, me parezco mucho a una puta. Me gusta que me paguen por hacer pajas. Así que porque no me entregas un benji[3], Joe, y después veremos acerca de tu proposición.
Cuando el hombre solamente se le quedó mirando, Van sintió un inesperado golpe de miedo. Hombre, algo en este tipo no estaba bien.
La voz del bastardo fue aún más baja cuando habló:
—Primero di mi nombre correctamente, hijo.
Cualquier cosa. Por cien dólares, agitaría sus encías hasta para un fenómeno como este.
—Xavier.
—Es Sr. Xavier. —El tipo sonrió como un depredador, todo dientes, nada de alegría—. Dilo, hijo.
Algún impulso desconocido hizo que Van abriera la boca.
Justo antes de dejar volar las palabras, tuvo un vívido recuerdo de cuando tenía dieciséis años y se dio una zambullida en el Río Hudson. En el aire, había visto la maciza roca submarina con la que iba a golpearse y sabía que no habría ningún cambio de curso. Efectivamente, su cabeza había hecho contacto como si la colisión hubiera sido predestinada, como si hubiera una cuerda invisible alrededor de su cuello y la roca lo hubiera arrastrado a casa. Pero no había sido algo malo, al menos no en seguida. Inmediatamente después del crujido del impacto, había habido una fluctuante, dulce, satisfecha calma, como si el destino hubiera sido cumplido. Y supiera por instinto que la sensación era precursora de la muerte.
Qué gracioso, ahora tenía aquella misma desorientación ausente. Y la misma percepción de que este hombre con la piel blanca como el papel era como la muerte: inevitable y predestinado— y que venía expresamente por él.
—Sr. Xavier —susurró Van.
Cuando el billete de cien dólares apareció delante de él, estiró la mano con cuatro dedos y lo cogió.
Pero sabía que aún sin el dinero habría escuchado.

Horas más tarde, Butch se puso boca arriba y la primera cosa que hizo fue buscar a Marissa.
La encontró sentada en la esquina de la habitación con un libro abierto a su lado. Sin embargo, sus ojos no estaban en las páginas. Contemplaba las pálidas baldosas de linóleo, rastreando el patrón de manchas con un dedo largo, perfecto.
Parecía dolorosamente triste y tan hermosa que sus ojos le escocieron. Dios, la idea de que podría infectarla o ponerla en peligro de cualquier modo le hizo querer cortarse su propia garganta.
—Lamento que hayas entrado aquí —graznó. Cuando ella se estremeció, pensó en la elección de palabras—. Lo que quiero decir es…
—Sé lo que quieres decir. —Su voz se endureció—. ¿Tienes hambre?
—Sí. —Se esforzó por incorporarse—. Pero lo que realmente me gustaría es una ducha.
Ella se levantó, elevándose como la niebla, tan elegante, y contuvo la respiración mientras caminaba hacia él. Tío, aquél vestido azul claro era del color exacto de sus ojos.
—Permíteme ayudarte a ir al baño.
—No, puedo hacerlo.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—Si intentas llegar al cuarto de baño por ti mismo, te caerás y te harás daño.
—Entonces, llama a una enfermera. No quiero que me toques.
Lo contempló durante un momento. Entonces sus ojos parpadearon una vez. Dos veces.
—¿Me disculpas durante un momento?— dijo en un tono sereno—. Tengo que usar el lavabo. Puedes llamar a la enfermera pulsando el botón rojo del mando de allí.
Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. El agua comenzó a correr.
Butch quiso llegar a la pequeña pieza del botón, pero se detuvo cuando la fuerte corriente del lavabo siguió desaguando detrás de la puerta. El sonido era continuo, no como cuando alguien se lavaba las manos o la cara o llenaba un vaso.
Y siguió, sin cesar.
Con un gruñido, se arrastró de la cama y se levantó, colgándose del poste de IV[4] hasta que la cosa tembló por el esfuerzo para mantenerlo derecho. Puso un pie delante del otro hasta que llegó a la puerta del cuarto de baño. Presionó su oído contra la madera. Todo lo que pudo oír fue el agua.
Por la razón que fuera, llamó suavemente. Después golpeó otra vez. Le dio un golpe más, luego giró el pomo, aun cuando les avergonzaría a ambos como el infierno si ella estaba usando las instalaciones…
Marissa estaba en el inodoro, cuando abrió. Pero el asiento estaba bajo.
Y lloraba. Estremeciéndose y sollozando.
—Ah… Jesús, Marissa.
Soltó un chillido, como si él fuera la última cosa en el planeta que quisiera ver.
—¡Sal!
Él trastabilló y se hundió de rodillas delante de ella.
—Marissa…
Sepultando la cara entre sus manos, estalló.
—Me gustaría un poco de intimidad, si no te importa.
Él llegó hasta el agua y la cerró. Cuando el lavabo se vació con un pequeño borboteo, la amortiguada respiración de ella ocupó el lugar que el sonido del grifo había dejado.
—Está bien —dijo—. Te marcharás pronto. Saldrás...
—¡Cállate! —Ella dejó caer sus manos lo suficiente como para fulminarle con la mirada—. Sólo vuelve a la cama y llama a la enfermera si no lo has hecho ya.
Él se sentó en sus talones, mareado, pero decidido.
—Siento que estés atrapada conmigo.
Apuesto a que sí.
Él frunció el ceño.
—Marissa…
El sonido de la desconexión de la exclusa de aire lo cortó.
—¿Poli? —La voz de V no sonó atenuada por el equipo protector.
—Detente —gritó Butch.  Marissa no necesitaba más de un espectador.
—¿Dónde estás, poli? ¿Algo va mal?
Butch pensó levantarse. Realmente lo hizo. Pero cuando se agarró del poste de IV y tiró, su cuerpo le falló, sencillamente se le volvió de goma. Marissa trató de agarrarlo, pero él se deslizó de su asimiento, acabando despatarrado en las baldosas del cuarto de baño, la mejilla junto al aro alrededor de la base del inodoro. Confusamente, oyó a Marissa hablando en urgentes estallidos. Entonces la perilla de V entró en su campo de visión.
Butch miró a su compañero de habitación… y mierda, su visión se hizo borrosa, estaba tan feliz de ver al bastardo. La cara de Vishous estaba exactamente igual, la oscura barba alrededor de la boca exactamente donde debería estar, los tatuajes en la sien sin alterar, aquellos iris de brillantes diamantes todavía encendidos. Familiar, tan familiar. Hogar y familia envuelto con un embalaje de vampiro.
Sin embargo, Butch no permitió que ninguna lágrima cayera. Ya estaba desesperadamente incapacitado junto a un inodoro, ¡Por Dios! Debilitarse sería la guinda del pastel de la vergüenza.
Parpadeando ferozmente, dijo.
—¿Dónde está tu jodida ropa, hombre? Ya sabes, el traje amarillo.
V sonrió, sus ojos un poco brillantes como si él también se sintiera algo emocionado.
—No te preocupes, estoy cubierto. Así que, presumo que estás de vuelta, ¿no?
—Y listo para el rock and roll.
—En efecto.
—Seguro. Pienso tener un futuro en la construcción. Por eso quería ver como estaba armado este baño. Un excelente trabajo de alicatado. Deberías comprobarlo.
—¿Qué te parece si te llevo de vuelta a la cama?
—Después quiero mirar las tuberías del lavabo.
El respeto y el afecto impulsaban claramente la calmada sonrisa burlona de V.
—Al menos déjame ayudarte.
—Nah, puedo hacerlo. —Con un gemido, Butch trató de ponerse vertical, pero entonces se aflojó nuevamente hacia abajo contra el azulejo. Resultó ser que levantar la cabeza era un poco abrumador. Pero ¿y si lo abandonaban aquí bastante tiempo… una semana, tal vez diez días?
—Vamos, poli. Grita, aquí tío y déjame ayudarte.
De repente Butch se encontró demasiado cansado como para afrontarlo. Mientras estaba totalmente sin fuerzas, fue consciente de que Marissa le miraba fijamente y pensó, hombre, ¿podría parecer más débil? Mierda, la única gracia que le salvaba consistía en que no sentía una brisa fría en el culo.
Lo cual daba a entender que la bata de hospital se había quedado cerrada. Gracias, Dios.
Loa gruesos brazos de V hicieron un túnel bajo él y luego fue levantado fácilmente. Mientras avanzaban, se negó a dejar descansar la cabeza en el hombro de su amigo, aun cuando el mantenerla erguida le diera sudores. Cuando estuvo de vuelta en la cama, su cuerpo se vio atormentado por temblores y la habitación giró.
Antes de que V se enderezara, Butch agarró el brazo del macho y susurró:
—Tengo que hablar contigo. A solas.
—¿Qué pasa? —dijo V con idéntica calma.
Butch echó un vistazo a Marissa, quién rondaba por la esquina.
Con un rubor, ella lanzó una mirada al cuarto de baño, luego recogió dos grandes bolsas de papel.
—Creo que tomaré una ducha. ¿Me perdonáis? —No esperó una respuesta, sólo desapareció dentro del baño.
Cuando la puerta se cerró, V se sentó en el borde de la cama.
—Dime.
—¿En qué tipo de peligro está?
—Me he encargado de ella y desde hace tres días, parece estar bien. Probablemente podrá marcharse pronto. Todos estamos bastante convencidos que ya no hay ninguna molesta cosa infecciosa en marcha.
—¿A qué fue expuesta? ¿A qué fui expuesto?
—Sabes que estuviste con los lessers, ¿verdad?
Butch levantó una de sus manos rotas.
—Y yo aquí pensando que había estado en Elizabeth Arden.
—Sabelotodo. Estuviste aproximadamente un día…
Repentinamente, agarró el brazo de V.
—No me rajé. No importa lo que me hicieron, no dije ni una cosa sobre la Hermandad. Lo juro.
V puso su mano sobre Butch y apretó.
—Sé que no lo hiciste, amigo. Sé que no.
—Bien.
Cuando ambos se soltaron, los ojos de V fueron a las puntas de los dedos de Butch, como si imaginara lo que le habían hecho.
—¿Qué es lo que recuerdas?
—Sólo los sentimientos. El dolor y el… terror. Pánico. El orgullo… el orgullo es por lo que sé que no los delaté, por lo que sé que ellos no me quebraron.
V asintió con la cabeza y sacó una ondulante mano fuera del bolsillo. Justo antes de encenderlo, miró el suministro de oxígeno, maldijo, y volvió a guardar el cigarro.
 —Escucha, camarada, tengo que preguntarte si… ¿tu cabeza está bien? Quiero decir, pasando por algo así...
—Estoy tranquilo. Siempre fui demasiado descerebrado como para tener PTSD[5] o alguna mierda, y además, no tengo realmente ningún recuerdo de lo que pasó. Mientras Marissa pueda salir bien de aquí, entonces, sí, estoy bien. —Se restregó la cara, sintiendo la picazón del crecimiento de la barba, luego dejó caer el brazo. Cuando la mano aterrizó en su abdomen, pensó en la negra herida—. ¿Tienes alguna idea de lo qué me hicieron?
Cuando V sacudió la cabeza, Butch maldijo. El tipo parecía un link andante del Google, así que, que no lo supiera era una mala cosa.
—Pero estoy en ello, poli. Encontraré una respuesta para ti, te lo prometo. —El hermano señaló con la cabeza al estómago de Butch—. ¿Entonces, como se ve eso?
—No sé. He estado demasiado ocupado estando en coma como para preocuparme por mi tableta de chocolate[6].
—¿Te molesta si yo lo hago?
Butch se encogió y empujó las mantas hacia abajo. Mientras V levantaba la bata de hospital, ambos miraron hacia su vientre. La piel no estaba bien alrededor de la herida, toda gris y fruncida.
—¿Te duele? —preguntó V.
—Como una hijaputa. Siento… frío. Como si hubiera hielo seco en mi tripa.
—¿Me dejarás hacer algo?
—¿Qué?
—Sólo una pequeña cura, una cosa que he estado proyectando en ti.
—Claro. —Excepto que cuando V sacó su mano de negociar y comenzó a sacarse aquel guante, Butch retrocedió—. ¿Qué vas a hacer con esa cosa?
 —Confías en mí, ¿no?
Butch ladró una risa.
—La última vez que me dijiste eso terminé con un cóctel de vampiro, ¿recuerdas?
—Salvó tu culo. Así es como te encontré.
Así que ese había sido el por qué de aquello.
—Bien, entonces, revolotea un poco esa mano sobre mí.
Aún así, cuando V puso cerca la cosa encendida, Butch se estremeció.
—Relájate, poli. Esto no te va a doler.
—Te he visto tostar una casa con esta bastarda.
—De acuerdo. Pero la rutina Firestarter[7] aquí se reduce.
V cernió su mano tatuada, encendida sobre la herida, y Butch dejo salir un áspero gemido de alivio. Era como si tibia, agua dulce se derramara en la herida, luego fluyera sobre él, por él. Limpiándole.
Los ojos de Butch rodaron hacia atrás en su cabeza.
—Ah… Dios… se siente bien.
Se quedó laxo, y después flotó, sin dolor, deslizándose en una especie de estado de sueño. Dejó a su cuerpo ir, dejándose ir.
Realmente podía sentir la curación, como si el proceso regenerativo de su cuerpo se hubiera lanzado a toda marcha. Mientras los segundos trascurrían, mientras los minutos pasaban, mientras el tiempo iba a la deriva en el infinito, sentía como si días enteros de descanso y comer bien y de estar en paz fueran y vinieran, haciéndole saltar por encima del maltratado estado en el que estaba hasta el milagroso regalo de la salud.

Marissa echó la cabeza hacia atrás y se plantó de pie directamente bajo la roseta de la ducha, dejando que el agua cayese por su cuerpo. Se sentía temblorosa, flácida y su piel delgada, sobre todo después de ver a Vishous llevar a Butch a la cama. Ellos dos eran tan íntimos, el vínculo era claramente mutuo en el modo en que sus ojos se encontraron y se sostuvieron
Después de mucho tiempo, salió, apenas se secó con la toalla, luego echó atrás su cabello seco. Cuando fue por un conjunto de ropa interior limpio, miró el corsé y pensó, que sería un infierno ponerse eso. Lo guardó de nuevo en la bolsa, incapaz de aguantar ahora mismo el apretón de hierro alrededor del tórax.
Cuando se puso el vestido color melocotón sobre los pechos desnudos, lo sintió extraño, pero había contado con que sería incómodo. Al menos durante un corto tiempo. Además, ¿quién lo sabría?
Dobló el Rodríguez azul claro y lo puso en una bolsa contra riesgo biológico junto con la ropa interior usada. Entonces se preparó y abrió la puerta entrando en la habitación del paciente.
Butch estaba tumbado en la cama, la bata de hospital remangada sobre su pecho, las sabanas abajo alrededor de sus caderas. La mano encendida de Vishous descansaba aproximadamente a tres pulgadas por encima de la herida ennegrecida.
En el silencio entre los dos machos, ella era una intrusa. Sin ningún sitio a donde ir.
—Está dormido —gruñó V.
Ella aclaró su garganta, pero no pudo pensar en nada que decir. Después de un prolongado silencio, finalmente murmuró:
—Dime… ¿sabe su familia lo qué ha pasado?
—Sí. En la Hermandad todos lo saben.
—No, quiero decir… su familia humana.
—Son irrelevantes.
—Pero ¿no deberían ser…
V levantó la vista con impaciencia, los ojos de diamante duros y poco caritativos. Por la razón que fuera, se le pasó por la mente justamente ahora que tan completamente armado iba con las dagas negras cruzando su grueso pecho.
Por otra parte, la cortante expresión armonizaba con las armas.
—La familia de Butch no lo quiere. —La voz de V era estridente, como si la explicación no fuera asunto suyo y se lo explicara sólo para callarla—. Así que ellos son irrelevantes. Ahora ven aquí. Necesita que estés cerca de él.
La contradicción entre la cara del Hermano y su orden de acercarse la confundió. Como lo era la realidad de que la mano era la ayuda más grande.
—Seguramente no me necesita ni me quiere aquí —murmuró. Y se preguntó otra vez por que diablos V la había llamado hacía tres noches.
—Está preocupado por ti. Por eso quiere que te vayas.
Ella enrojeció.
—Te equivocas, guerrero.
—Nunca me equivoco. —Con un destello rápido, aquellos iris blancos bordeados de azul marino se alzaron hacia su cara. Eran tan glaciares que retrocedió, pero Vishous negó con la cabeza.
—Venga, tócalo. Déjale sentirte. Tiene que saber que estás aquí.
Ella frunció el ceño, pensando que el Hermano estaba loco. Pero caminó hasta el lado opuesto de la cama y se acercó para acariciar el cabello de Butch. En el instante en que entró en contacto, giró su cara hacia ella.
—¿Ves? —Vishous volvió a contemplar la herida—. Te desea ardientemente.
Desearía que lo hiciera, pensó.
—¿De veras?
Se puso rígida.
—Por favor no leas mi mente. Es grosero.
—No lo hice. Tú hablaste en voz alta.
Su mano vaciló en el cabello de Butch.
—Ah. Lo siento.
Entre ellos creció el silencio, ambos se concentraron en Butch. Entonces Vishous dijo en un tono duro:
 —¿Por qué te cierras a él, Marissa? Cuándo vino a verte el otoño pasado, ¿Por qué  lo rechazaste?
Ella frunció el ceño.
 —Nunca vino a verme.
—Sí, lo hizo.
—¿Disculpa?
—Oíste lo que dije.
Mientras sus ojos se miraban directamente, se le ocurrió que a pesar de que Vishous era tan espeluznante como para espantar a todos, no era un mentiroso.
—¿Cuándo? ¿Cuándo vino?
—Esperó un par semanas después de que le pegaron un tiro a Wrath. Después fue a tu casa. Cuando regresó, dijo que no le recibiste en persona. Hombre, eso fue una jugada muy fría, mujer. Tú sabías lo que sentía, pero lo despediste por medio de un criado. ¡Estupendo!
—No... nunca hice eso… No vino, él… Nadie me dijo que él...
—Ah, por favor.
No emplees ese tono conmigo, guerrero. —Aunque Vishous disparó los ojos a su cara, estaba demasiado enfadada como para preocuparse por quién o por lo que él era—. Al final de verano pasado yo estaba en posición horizontal sobre mi espalda por la gripe, gracias a haber alimentado a Wrath excesivamente y por trabajar en la clínica. Cuando no tuve noticias de Butch, asumí que no estaba totalmente seguro respecto a nosotros. Como yo… no he tenido mucha suerte con los machos, necesité un tiempo para conseguir animarme a acercarme a él. Cuando lo hice, hace tres meses aquí, en la clínica, dejó claro que no quería verme. Así que haz el favor de no culparme por algo que no hice.
Hubo un largo silencio y después Vishous la sorprendió.
En realidad le sonrió un poco.
—Bueno, quien lo hubiera dicho.
Aturdida, bajó la mirada a Butch y continuó acariciando su cabello.
—Te juro, que si hubiera sabido que se trataba de él, me habría arrastrado de la cama para contestar la puerta yo misma.
En voz baja Vishous murmuró:
 —Genial, hembra. Geeenial.
En el silencio que siguió, ella pensó en los acontecimientos del verano anterior. La convalecencia por la que había pasado no fue solamente por la gripe. Había estado consternada por la tentativa contra la vida de Wrath por parte de su hermano —por el hecho de que Havers, el siempre tranquilo y apacible sanador, había acudido a un lesser con el fin de traicionar el emplazamiento del Rey. Seguramente Havers lo había hecho como ahvenge debido al modo en que fue desechada en favor de la Reina, pero esto no excusaba sus acciones.
Querida Virgen del Fade, Butch había tratado de verla, pero ¿por qué no se lo habían dicho?
—Yo nunca supe que viniste —murmuró, alisando el cabello de él hacia atrás.
Vishous retiró su mano, y tiró bruscamente de la sabana hacia arriba.
—Cierra los ojos, Marissa. Es tu turno.
Alzó la vista.
—Yo no lo sabía.
—Te creo. Ahora ciérralos.
Después de que la hubo curado, V caminó rápidamente hacia la puerta, los grandes hombros arrollando a su paso.
Al llegar a la esclusa de aire, miró hacia atrás sobre el hombro.
—No pienses que soy la única razón de su curación. Tú eres su luz, Marissa. No lo olvides nunca. —Los ojos del Hermano se estrecharon—. Pero debes tener algo presente. Si alguna vez le haces daño a propósito, te consideraré mi enemiga.

John Matthew se sentó en un aula que estaba fuera de la Escuela Secundaria de Caldwell. Había siete largas mesas frente a la pizarra, y todas excepto una tenían un par de aprendices ocupándolas.
John estaba solo en la parte de atrás. Que era así también como había estado en la ESC.
Sin embargo, la diferencia entre esta clase y la materia que había estudiado en la escuela, era que ahora tomaba notas atentamente y miraba directamente como en la pizarra se estaba desarrollando un maratón de Die Hard[8].
En cualquier caso, la geometría nunca era un tema que aquí se cubriera.
Esta tarde, Zsadist estaba a la cabeza de la clase, marcando el paso de acá para allá, hablando de la composición química de los explosivos plásticos C4. El Hermano llevaba puesta una de sus camisetas negras de cuello de tortuga de marca propia y un par de pantalones sueltos de nylon. Con aquella cicatriz en su cara, parecía exactamente como si hubiera hecho lo que gente decía de él: hembras asesinadas, lessers profanados, atacar hasta a sus Hermanos sin provocación.
Pero lo más extraño era, que era un profesor extraordinario.
—Ahora a por los detonadores —dijo—. Personalmente, prefiero la variante de control remoto.
Mientras John volvía una página limpia en su cuaderno, Z hizo un croquis de un mecanismo 3-D en el tablero, una especie de caja con el cableado de los circuitos. Siempre que el Hermano dibujaba, lo hacía con tanto detalle y con tanto realismo que casi podías extender la mano y tocar la cosa.
En el momento en que hubo una pausa, John comprobó el reloj. Otros quince minutos, entonces sería el momento de tomar una comida ligera e ir al gimnasio. No podía esperar.
Cuando comenzó en esta escuela, había odiado el adiestramiento en las diversas artes marciales. Ahora lo amaba. Todavía era el último de la clase en términos de habilidades técnicas, pero últimamente lo compensaba con la rabia. Y su agresividad había ocasionado una reestructuración en la dinámica social.
Volviendo al principio, tres meses antes, sus compañeros de clase lo habían ridiculizado. Acusándole de hacer la pelota a los Hermanos. Burlándose de su marca de nacimiento porque se parecía a la cicatriz en forma de estrella que tenían en el pecho los de la Hermandad. Ahora los otros tipos estaban más o menos pendientes de eso. Bien, todos excepto Lash. Lash todavía la tenía tomada con él, poniéndole en evidencia, rebajándole.
No, era que a John le preocupara. Podía estar en esta clase con el resto de los aprendices, podía, técnicamente, vivir en el complejo con los Hermanos, podía, supuestamente, estar unido a la Hermandad por la sangre de su padre, pero desde que había perdido a Tohr y a Wellsie, en lo que a él concernía, era independiente. No se comprometía con nadie.
Así pues la otra gente en esta habitación no era nada para él.
Fijó su mirada en la parte posterior de la cabeza de Lash. El tipo llevaba el largo cabello rubio en una cola de caballo que descansaba suavemente sobre una chaqueta hecha por algún diseñador de moda. ¿Y cómo es que John sabía sobre el diseñador? Porque Lash siempre decía a todos lo que llevaba puesto cuando entraba en clase.
También había mencionado esta noche que su nuevo reloj de Jacob, el joyero, era anti- hielo.
John estrechó sus ojos, disfrutando sólo de pensar en el combate que los dos tendrían en el gimnasio. Como si el tipo sintiera el calor, Lash se giró, su pendiente de diamante brillando. Los labios se elevaron en una pequeña sonrisa repugnante, frunciéndola después cuando le lanzó un beso a John.
—¿John? —La voz de Zsadist era dura como un martillo—. ¡Intenta mostrarme un poco de respeto!
Cuando John se ruborizó y miró al frente, Zsadist siguió, dando un toque al tablero con un largo índice.
 —Una vez que un mecanismo como este es activado puede accionarse por varias cosas, la frecuencia de sonido es la más común. Puedes llamar desde un teléfono móvil, un ordenador, o usar una señal de radio.
Zsadist comenzó a dibujar otra vez, el chirrido de la tiza sonaba estridente en la habitación.
—Aquí tenemos otra clase de detonador. —Zsadist retrocedió—. Éste es típico de las bombas en los coches. Se conecta la caja de acción al sistema eléctrico del coche. Una vez que la bomba está armada, en el momento en el que el coche sea arrancado, tick, tick, Boom.
La mano de John de repente apretó el bolígrafo y comenzó a parpadear con rapidez, sintiéndose mareado.
El aprendiz pelirrojo llamado Blaylock preguntó:
 —¿Estalla inmediatamente después de la ignición?
—Hay un retardo de un par de segundos. También apuntaría que puesto que la instalación eléctrica del coche ha sido desviada, el motor no encenderá. El conductor girará la llave y oirá solamente una serie de chasquidos.
El cerebro de John comenzó a encenderse en una rápida, intermitente secuencia.
Lluvia… lluvia negra en el parabrisas de un coche.
Una mano con una llave en ella, avanzando hasta alcanzar la base del volante de dirección.
Prendiendo un motor pero fallando en el arranque. Una sensación de temor, de que alguien estaba perdido. Después una luz brillante…
John cayó de la silla y se golpeó contra el suelo, pero no era consciente de que estaba convulsionando: Demasiado ocupado chillando en su cabeza, no sentía nada físicamente.
¡Alguien se perdió! Alguien… quedó atrás. Había abandonado a alguien…


[1] El término es Whitman’s Sampler. Se refiere al muestrario de chocolates de una compañía de chocolates americana con amplia variedad de chocolates y muchos años de trayectoria
[2] Silkwood: Se refiere a Karen Silkwood que murió en circunstancias extrañas mientras investigaba un malfuncionamiento en la planta nuclear de plutonio Kerr McGee donde trabajaba.
[3] Benjí, billete de 100 $ de Benjamín  Franklin.
[4] Intravenosas
[5] PTSD, Post Traumatic Stress Disorder Tanstorno por estrés post traumatico.
[6] Tableta de chocolate, se refiere a la apariencia de los músculos abdominales. En el original Six-Pack por el formato de los pack de seis latas de bebida.
[7] Firestarter, herramienta de cortafuegos en informática.
[8] Die Hard; La jungla de cristal, trilogía de películas de acción protagonizada por Bruce Willis.

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