jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 10 11 12

Capítulo 10

El reloj que había junto a Phury cambió haciendo que el visor digital formara un patrón de palitos: once y once de la mañana.
Comprobó su alijo. Era un poco escaso, e incluso fumado como estaba tuvo un acceso de taquicardia. Mientras procesaba las matemáticas intentó fumar más despacio. Hacía aproximadamente siete horas que estaba sumergiéndose dentro de la abierta bolsita de humo rojo… así que si hacía una extrapolación, iba a terminarla a las cuatro de la tarde.
El sol se ponía a las siete y media. No lograría llegar al ZeroSum antes de las ocho.
Una zona muerta de cuatro horas. O, para ser más precisos, cuatro horas durante las que probablemente estaría demasiado lúcido.
Si quieres, dijo el hechicero, puedo leerte un cuento para dormir. Este es el no va más. Se trata de un macho que se moldea a sí mismo a imagen y semejanza de su padre alcohólico. Termina muerto en un callejón. Nadie le llora. Un clásico, prácticamente shakesperiano.
A no ser que ya lo hayas oído antes, compañero.
Phury subió el volumen del «Donna non vidi mai» e inhaló con fuerza.
Cuando la voz del tenor remontó los acordes según los dictados de Puccini, pensó en Z cantando. Que voz tenía ese hermano. Como el órgano de una iglesia, su rango iba de las alturas líquidas a bajos tan profundos que convertían tu médula en un tambor de resonancia, y si oía algo una vez, podía reproducirlo perfectamente. Después dar su propio giro a la melodía o pensar en algo completamente nuevo. Su talento podía con todo: ópera, blues, jazz, rock and roll antiguo. Era su propia radio XM.
Y siempre era él el que conducía los cánticos en el templo de la Hermandad.
A Phury le resultaba duro asumir que nunca volvería a oír esa voz en la caverna sagrada.
O por la casa, ya que estábamos en ello. Habían pasado meses desde la última vez que Z había cantado algo, probablemente porque la preocupación por Bella no le ponía de un humor muy Tony Bennett, y no había forma de saber si volverían o no, a oír sus conciertos improvisados.
El destino de Bella sería el que decidiera eso.
Phury tomó otra calada del porro. Dios, deseaba ir a verla. Quería asegurarse por sí mismo de que estaba bien. La confirmación visual era tan diferente a una abundancia de ninguna-noticia-son-buenas-noticias.
Pero no estaba en condiciones de visitar a nadie, y no sólo porque estuviera fumado. Extendiendo el brazo, se puso las manos en el cuello y tanteó la magulladura de la cadena que había estado envuelta alrededor de su garganta. Sanaba rápidamente, pero no tan rápido, y los ojos de Bella funcionaban muy bien. No había razón para disgustarla.
Además Z estaría con ella, y estar cara a cara con su gemelo era como jugar a la ruleta rusa, considerando como habían quedado las cosas en ese callejón.
Un traqueteo sobre la cómoda le hizo alzar la cabeza.
Al otro lado de la habitación, el medallón Primale estaba vibrando, el antiguo talismán de oro funcionaba como un busca. Lo observó moverse sobre la madera, danzando en pequeños círculos como si estuviera buscando un compañero entre el juego de cepillos de plata colocados junto a él.
No iba a ir al Otro Lado. De ningún modo. Tener que lamer las botas de la Hermandad ya era suficiente por un día.
Terminando su porro, se levantó y abandonó su habitación. Cuando salió al pasillo, miró hacia la puerta de Cormia por costumbre. Estaba ligeramente entreabierta, lo cual era inusual, y oyó un sonido como de sacudida.
Se acercó y llamó.
—¿Cormia? ¿Estás bien?
—¡Oh! Sí... sí, lo estoy. —Su voz sonaba amortiguada.
Como ella no dijo nada más, se asomó.
—Tu puerta está abierta. —Bueno, para eso no había que ser Einstein—. ¿Quieres que la cierre?
—No tuve la intención de dejarla así.
—¿Te importa si entro? -dijo preguntándose como le habría ido con John Matthew
—Por favor.
Abrió la puerta del todo…
Oh... guau. Cormia estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, trenzándose el cabello húmedo. Había una toalla cerca, lo cual explicaba el sonido de sacudida, y su túnica... su túnica estaba abierta formando una profunda V y la suave hinchazón de sus pechos estaba en peligro de quedar totalmente expuesta.
¿De qué color serían sus pezones?
Rápidamente miró a otra parte. Sólo para encontrar una sola rosa color lavanda en un jarrón de cristal junto a la mesita.
Cuando su pecho se tensó sin ninguna buena razón, frunció el ceño.
—Entonces ¿John y tú habéis disfrutado?
—Si, claro. Es realmente encantador.
—¿De veras?
Cormia asintió mientras colocaba una cinta de satén blanco alrededor del extremo de la trenza. A la tenue luz de la lámpara, la gruesa cuerda de cabello relucía como si fuera de oro, y odió verla enrollar la larga extensión en círculos en la base de su nuca. Deseaba mirar su cabello un rato más, pero tuvo que conformarse con los mechones que ya comenzaban a soltarse alrededor de su rostro.
Menuda imagen presenta, pensó, deseando tener su pluma y algo de papel.
Qué extraño... parece diferente, pensó. Si bien, quizás fuera porque había color en sus mejillas.
—¿Qué habéis hecho?
—Yo corrí fuera.
Phury sintió como se profundizaba su ceño.
—¿Porque algo te asustó?
—No, porque era libre.
Tuvo una intensa visión de ella corriendo sobre la hierba en el patio de atrás, con el cabello flameando a su espalda.
—¿Y qué hizo John?
—Observar.
Ah sí.
Antes de que Phury pudiera decir nada, ella continuó:
—Tenía razón, él es muy amable. Esta noche va a mostrarme una película.
—¿Si?
—Me enseñó a usar la televisión. Y mire lo que me dio. —Extendió la muñeca. En ella había un brazalete hecho de cuentas color lavanda y eslabones de plata—. Nunca había tenido nada como esto antes. Lo único que he tenido desde siempre es mi perla de Elegida.
Cuando tocó la lágrima iridiscente que tenía en la garganta, él entrecerró los ojos. Parecía tan cándida, tan pura y encantadora como el capullo de rosa que había al otro lado de la habitación.
La atención que había tenido John hacia ella hizo que Phury viera su negligencia más claramente.
—Lo siento —dijo ella con voz queda—. Me quitaré el brazalete...
—No. Te queda bien. Hermosamente.
—Dijo que era un regalo —murmuró ella—. Me gustaría conservarlo...
—Y así lo harás. —Phury tomó un profundo aliento y recorrió el dormitorio con la mirada, divisando una compleja estructura hecha de palillos de dientes... ¿y guisantes?—. ¿Qué es eso?
—Ah... sí. —Ella se acercó rápidamente, como si quisiera proteger lo que quiera que fuera.
—¿Qué es?
—Es algo que está en mi cabeza. —Se giró hacia él. Luego le dio la espalda—. Sólo algo que he estado haciendo.
Phury atravesó la habitación y se arrodilló junto a ella. Con cuidado, pasó los dedos por un par de uniones.
—Es fantástico. Parece la forma de una casa.
—¿Le gusta? —Se arrodilló—. En realidad simplemente lo inventé.
—Me encanta la arquitectura y el arte. Y esto es... las líneas son geniales.
Ella inclinó la cabeza a un lado como si evaluara la estructura, y él sonrió, pensando que él hacía lo mismo al estudiar sus dibujos.
En un impulso, dijo:
—¿Te gustaría ir al pasillo de las estatuas? Estaba a punto de ir a dar una vuelta. Está pasando las escaleras.
Cuando alzó los ojos hacia los suyos, había un reconocimiento en ellos que le tomó por sorpresa.
Tal vez no era que tuviera un aspecto muy diferente, comprendió. Era que le estaba mirando de un modo diferente.
Mierda, tal vez de verdad le gustara John. Gustarle como para sentirse atraída por John. Menuda vuelta de rosca sería esa.
—Me gustaría ir con usted —dijo ella—. Me gustará ver el arte.
—Bien. Eso está... bien. Vamos. —Se puso de pie y extendió la mano sin ninguna razón aparente.
Después de un momento, ella deslizó su palma en la de él. Mientras afianzaban el apretón el uno sobre el otro, Phury comprendió que la última vez que habían tenido algún contacto físico había sido en aquella estrambótica mañana en su cama... cuando había tenido aquel sueño erótico y despertado con su cuerpo duro sobre el de ella.
—Vamos —murmuró. Y la condujo hacia la puerta.
Cuando salieron al pasillo, Cormia no podía creerse que su mano estuviera en la del Primale. Después de haber deseado pasar algún rato en privado con él durante tanto tiempo, era surrealista que finalmente no sólo tuviera eso, sino además un auténtico contacto físico.
Mientras se dirigían a donde ella ya había estado, él dejó caer su mano pero permaneció cerca. Su cojera apenas se notaba, sólo una ligera sombra en su andar elegante, y como de costumbre resultaba para ella más precioso que cualquier obra de arte que tuviera posibilidad de contemplar.
Sin embargo estaba preocupada por él, y no sólo por lo que había oído decir.
La ropa que llevaba no era la misma que vestía para las comidas. Eran los pantalones de cuero y la camisa negra con que había estado luchando, y estaban marcadas con manchas.
Sangre, pensó. Suya y de los enemigos de la raza.
Eso no era lo peor. Había una línea pálida alrededor de su cuello, como si algún daño le hubiera sobrevenido a la piel allí, y tenía magulladuras también, en el dorso de las manos y el costado de la cara.
Pensó en lo que el Rey había dicho sobre él. Un peligro para sí mismo y para los demás.
—Mi hermano Darius era coleccionista de arte —dijo el Primale mientras pasaban frente al estudio de Wrath—. Como todo lo demás en esta casa, todas estas eran suyas. Ahora son de Beth y John.
—¿John es hijo de Darius, hijo de Marklon?
—Sí.
—He leído sobre Darius. —Y sobre Beth, la Reina, siendo esta su hija. Pero no había nada sobre John Matthew. Qué raro... como hijo del guerrero, debería haber estado enumerado en la página delantera junto con el resto de la progenie del Hermano.
—¿Has leído la biografía de D?
—Sí. —Había estado buscando información sobre Vishous, el Hermano al que originariamente había estado prometida. Sin embargo, si hubiera sabido quien iba a terminar siendo el Primale tendría que haber buscado en las hileras de volúmenes de cuero rojo las de Phury, hijo de Ahgony.
El Primale hizo una pausa ante la entrada del pasillo de las estatuas.
—¿Qué hacéis cuando muere un Hermano? —preguntó—. Con sus libros.
—Una de los escribas marca todas las páginas en blanco con un símbolo negro chrih, y la fecha es anotada en la página delantera del primer volumen. También se practican ceremonias. Las realizamos por Darius y por consideración… esperamos para practicarlas en el caso de Tohrment, hijo de Hharm.
Él asintió una vez y avanzó, como si no hubieran estado discutiendo nada de particular importancia.
—¿Por qué lo pregunta? —dijo ella.
Hubo una pausa.
—Estas estatuas son todas del período greco-romano.
Cormia se cerró más las solapas de la túnica en el cuello.
—Sí.
El Primale pasó por alto las primeras cuatro estatuas, incluyendo el desnudo completo, gracias a la Virgen Escriba, pero se detuvo junto a una a la que le faltaban partes.
—Están un poco hechas polvo, pero considerando que tienen dos mil años, es un milagro que alguna parte de ellas haya sobrevivido. Er... espero que el desnudo no te ofenda.
—No. —Pero se alegraba de que él no supiera cómo había tocado la que estaba desnuda—. Creo que son hermosas sin importar si están cubiertas o no. Y no me importa que sean imperfectas.
—Me recuerdan al lugar donde crecí.
Ella esperó, agudamente consciente de lo mucho que deseaba que él terminara el pensamiento.
—¿En qué modo?
—Teníamos estatuas. —Frunció el ceño—. Sin embargo, estaban cubiertas de hiedra. Todo el jardín lo estaba. Había hiedra por todas partes.
El Primale reanudó el paseo.
—¿Dónde creció? —preguntó.
—En el Antiguo País.
—¿Sus padres están...?
—Las estatuas fueron compradas en los cuarenta o cincuenta. Darius experimentó una etapa tridimensional, y como siempre odió el arte moderno, esto fue lo que compró. —Cuando llegaron al final del pasillo, se detuvo delante de la puerta de uno de los dormitorios y la miró fijamente—. Estoy cansado.
Bella está en esa habitación, pensó ella. Resultaba obvio por su expresión.
—¿Ha comido? —le preguntó, pensando en que sería encantador llevarle en dirección opuesta.
—No me acuerdo. —Bajó la mirada a sus pies, calzados con shitkickers—. Buen... Dios. No me he cambiado, ¿no? —Había una extraña vacuidad en su voz, como si la compresión de ese hecho le hubiera dejado en blanco—. Debería haberme cambiado. Antes de que hacer esto.
Extiende el brazo, se dijo a sí misma. Extiende el brazo y coge su mano. Igual que él cogió la tuya.
—Debería cambiarme —dijo el Primale quedamente—. Tengo que cambiarme.
Cormia respiró hondo, y, extendiendo el brazo, le cogió la mano. Estaba fría al tacto. Alarmantemente fría.
—Volvamos a su habitación —le dijo—. Volvamos allí.
Él asintió pero no se movió, y antes de saber lo que pasaba, era ella la que le estaba conduciendo a él. O a su cuerpo, en cualquier caso. Presentía que su mente se había marchado a alguna otra parte.
Le llevó a su habitación, hacia los confines de mármol de su baño, y cuando le detuvo, él se quedó allí de pie donde le había dejado, delante de dos lavabos y el amplio espejo. Mientras abría la cámara que rociaba agua, a la que llamaban ducha, él esperó tan pacientemente como si estuviera inconsciente.
Cuando el chorro de agua estuvo lo bastante cálido bajo su mano, se giró hacia él.
—Su Gracia, todo está listo. Puede lavarse.
Los ojos amarillos de él miraban directamente hacia delante, a uno de los espejos, pero no había ningún signo de reconocimiento hacia el reflejo de su apuesto rostro. Era como si un extraño le confrontara en el cristal, un extraño en el que no confiaba ni aprobaba.
—¿Su Gracia? —dijo ella. La inmovilidad de él era alarmante, y de no haber estado de pie, habría comprobado el latido de su corazón—. Su Gracia, la ducha.
Puedes hacerlo, se dijo a sí misma.
—¿Puedo desvestirle, Su Gracia?
Después de que asintiera levemente, se colocó ante él y vacilantemente alzó las manos hasta los botones de la camisa. Uno por uno los desabrochó, la prenda negra se abrió gradualmente exponiendo su amplio pecho. Cuando soltó el botón del ombligo, tiró de los faldones para liberarlos de los pantalones y siguió. Todo el rato, él permaneció inmóvil y no opuso resistencia, con los ojos fijos en el espejo, incluso cuando ella separó las dos mitades de la camisa y las retiró de sus hombros.
Era magnifico a la tenue luz del baño, dejando en vergüenza a todas las estatuas. Su pecho era enorme, la amplitud de sus hombros era casi tres veces la de los de ella. La cicatriz en forma de estrella de su pectoral izquierdo parecía haber sido tallada en su piel por otra parte lisa y sin vello, y deseó tocar ese lugar, trazar los radios que irradiaban desde el centro de la marca.
Deseó presionar los labios sobre él allí, pensó, presionarlos sobre su corazón. Sobre la insignia de carne de la Hermandad.
Dejando caer la camisa al borde de la profunda bañera, esperó a que el Primale acabara de desvestirse. No hizo nada parecido.
—¿Debería… quitarle los pantalones?
La cabeza de él asintió.
Cuando le soltó la hebilla del cinturón, le temblaron los dedos, después desabotonó el botón de los pantalones de cuero. El cuerpo de él se movía adelante y atrás por los tirones, pero no mucho, y la asombró lo sólido que era.
Dulce Virgen Escriba, olía de un modo fantástico.
La cremallera de cobre bajó lentamente, y tuvo que sostener las dos mitades de la cinturilla unidas a causa del ángulo en el que estaba operando. Cuando las soltó, la parte delantera se abrió de golpe. Bajo el cuero, llevaba un apretado taparrabos negro, lo cual fue un alivio.
En cierto modo.
La protuberancia de su sexo la hizo tragar con fuerza.
Estaba a punto de preguntarle si debía continuar cuando levantó la mirada y comprendió que él se había ido, a todos los efectos. O seguía con lo que estaba haciendo, o lo metía bajo el agua parcialmente vestido.
Mientras tiraba del cuero hacia abajo deslizándolo por los muslos hasta las rodillas, sus ojos estaban fijos en la carne masculina acunada por el suave algodón. Recordó como la había sentido cuando él se había apoyado contra su cuerpo durante su sueño. Lo que estaba mirando ahora había parecido mucho más grande entonces, y había estado rígida cuando se presionó contra su cadera.
Ese era el cambio de la erección, ¿no? Las lecciones previas de la Directrix sobre el ritual marital habían sido detalladas sobre lo que ocurría cuando los machos estaban listos para el sexo.
También había narrado en forma detallada el dolor que sufrían las hembras cuando el miembro se endurecía.
Obligándose a dejar de seguir con esa línea de pensamiento, se puso de rodillas para terminar de sacarle los pantalones y comprendió entonces que debería haberle quitado las botas primero. Luchando por abrirse paso entre los pliegues de cuero de los tobillos, se las arregló para sacar una bota apoyándose en las piernas de él y obligándole a cambiar el peso. Continuó con el trabajo en la otra... y se encontró con el pie que no era auténtico.
Siguió, sin detenerse siquiera un momento. Su afección no le importaba, aunque deseaba saber cómo había resultado tan gravemente herido. Debía haber sido luchando. Sacrificar tanto por la raza...
Los pantalones salieron del mismo modo que las botas: con una serie de tirones torpes que el Primale no pareció advertir. Simplemente se quedaba de pie sobre cualquiera que fuera el pie que ella le dejaba apoyado sobre el mármol, tan firme como un roble.
Cuando finalmente levantó la mirada de nuevo, no quedaba nada más que dos adornos en su cuerpo: el taparrabos, que tenía las palabras Calvin Klein alrededor de la cinturilla, y las barras y el pie de metal que llenaban el hueco entre la rodilla derecha y el suelo.
Se acercó y abrió la puerta de la cámara de agua.
—Su Gracia, su baño chorreante está listo.
La cabeza de él giró hacia ella.
—Gracias.
Con un rápido movimiento se quitó el taparrabos y caminó hacia ella, desnudo.
La respiración de Cormia se detuvo. El enorme sexo colgaba suave y largo de su base, la cabeza redondeada se balanceaba ligeramente.
—¿Te quedarás mientras me ducho? —preguntó.
—Qué... ah, ¿es lo que desea?
—Sí.
—Entonces yo... Sí, me quedaré.




Capítulo 11

El Primale se metió detrás del cristal, y Cormia observó cómo se colocaba bajo la ducha y como su magnífico cabello se aplastaba al mojarse. Con un gemido, arqueó la espalda y subió las manos a la cabeza, el cuerpo formando una elegante y poderosa curva mientras el agua corría a través del cabello y sobre el pecho.
Cormia se mordió el labio inferior cuando extendió la mano y cogió un frasco. Hubo un ruido como de succión cuando lo apretó sobre su palma una… dos veces… Lo devolvió a su lugar, luego se llevó las manos hacia el cabello para masajear sus mechones. La espuma se deslizó hacia abajo recorriéndole los antebrazos hasta llegar a los codos para caer sobre las baldosas a sus pies. El perfume especiado que flotaba en el aire le recordó al aire libre.
Sintiendo las rodillas poco estables, y la piel tan caliente como el agua en la que él estaba, Cormia se sentó en el borde de mármol del jacuzzi.
El Primale tomó una pastilla de jabón, la frotó entre sus palmas, y se lavó los brazos y los hombros. Por el aroma supo que era del mismo tipo que el que ella usaba y se mezclaba magníficamente con lo que fuese que hubiera usado para lavarse el cabello.
Para su mortificación, pensó que la espuma que le bajaba por el torso, las caderas y los fuertes y suaves muslos era digna de sus celos, y se preguntó si le habría dejado unírsele. No había forma de saberlo con seguridad. A diferencia de ciertas hermanas, no podía adivinar los pensamientos de otras personas.
Pero sinceramente, ¿podría imaginarse estando de pie frente a él con las manos sobre su piel bajo esa ducha caliente…?
Sí. Sí, podía.
El Primale bajó el jabón, hacia el pecho y el estómago. Luego ahuecó las manos sobre lo que estaba entre sus muslos, deslizando las manos por encima y debajo de su sexo. Al igual que con el resto de sus acciones, se movió con decepcionante economía de movimientos.
Fue una extraña tortura, un dolor placentero observarle en un momento privado. Quiso que durara para siempre, pero supo que tendría que arreglárselas con los recuerdos.
Cuando cerró el agua y salió, le dio una toalla tan rápidamente como pudo para escudar de su vista esa pesada y oscilante carne masculina.
Mientras se secaba, sus músculos se flexionaban bajo la piel dorada, contrayéndose con fuerza y aflojándose al estirarse. Después de envolverse la toalla alrededor de las caderas, alcanzó otra y se secó el cabello frotando los espesos y mojados mechones de atrás hacia delante. El agitar de la toalla parecía retumbar en la habitación de mármol.
O tal vez fuese el golpeteo de su propio corazón.
Cuando terminó, tenía el cabello enmarañado, pero al levantar la vista para mirarla no pareció notarlo.
—Debería irme a la cama ahora. Tengo cuatro horas que ocupar, y tal vez podría comenzar a hacerlo ahora.
No supo a que se refería, pero asintió.
—Bien, pero su cabello…
Se lo tocó, como si recién se diera cuenta que lo llevaba pegado a su cabeza.
—¿Le gustaría que lo cepillara? —preguntó.
Una extraña expresión le cruzó el rostro.
—Si quieres. Alguien… Alguien me dijo una vez que soy demasiado rudo con él.
Bella, pensó ella. Bella se lo había dicho.
No sabría decir por qué, pero estaba mortalmente segura...
¡Oh! ¿A quién estaba engañando? Había dolor en su voz. Así fue cómo lo supo. El tono fue el equivalente verbal para lo que había en sus ojos cuando se sentaba frente a la hembra en la mesa del comedor.
Y aunque le pareció mezquino, Cormia quiso cepillarle los rizos para reemplazar a Bella. Quería imprimir un recuerdo suyo sobre el que tenía de la otra hembra.
La posesividad era un problema, pero no podía cambiar la forma en que sentía.
El Primale le entregó un cepillo, y aunque esperaba que se sentara en el borde de la profunda bañera, salió del baño y se sentó en la chaise que estaba cerca de la cama. Puso las palmas encima de las rodillas, inclinó la cabeza y la esperó.
Mientras se acercaba, pensaba en los cientos de veces que había cepillado el cabello de sus hermanas en el baño. En este momento, sin embargo, el objeto que tenía en la mano con todas esas cerdas, era una herramienta que no estaba segura de cómo usar.
—Avíseme si le hago daño —dijo.
—No lo harás —se estiró y tomó el mando a distancia. Cuando presionó un botón, esa música que él siempre escuchaba, la ópera, se extendió por la habitación.
—¡Qué hermoso! —dijo, dejando que los sonidos del tenor se filtraran dentro de ella—. ¿Qué idioma es?
—Italiano. Es Puccini. Una canción de amor. Es acerca de un hombre, un poeta, que encuentra a una mujer cuyos ojos le roban la única riqueza que tiene… Una mirada a sus ojos y los sueños, visiones y castillos en el aire le fueron robados y reemplazados por la esperanza. Ahora le está diciendo quien es él… y al final del solo le preguntará quién es ella.
—¿Cuál es el nombre de la canción?
—«Che Gelida Manina».
—La escucha a menudo, ¿verdad?
—De todos los solos éste es mi favorito. Zsadist…
—Zsadist, ¿qué?
—Nada —sacudió la cabeza—. Nada…
Cuando la voz del tenor se elevó, le extendió los rizos sobre los hombros y empezó por las puntas, pasando el cepillo por las ondas con cuidadosas y suaves cepilladas. El áspero ruido de las cerdas se unió a la ópera, y el Primale debió sentirse relajado por ambos, porque su pecho se expandió cuando inspiró lenta y profundamente.
Aún cuando ya se lo había desenredado completamente, siguió haciéndolo, continuó pasando la mano libre tras el rastro del cepillo para alisarlo. A medida que el cabello se iba secando, asomaban sus colores y regresaba su espesor, después de cada pasada los rizos quedaban formados, surgiendo la melena que tan bien conocía.
No podía seguir con esto para siempre. Y era una pena.
—Creo que terminé.
—No has hecho el frente.
En realidad, lo había hecho, en su mayor parte.
—Bien.
Lo rodeó y se detuvo frente a él, y no hubo forma de ignorar la forma que abrió los muslos, como si quisiera que se colocara entre ellos.
Cormia entró en el espacio que le había hecho entre sus piernas. Tenía los ojos cerrados, las pestañas doradas descansaban sobre sus altos pómulos, y sus labios estaban ligeramente abiertos. Alzó la cabeza hacia ella con la misma clase de invitación, ofrecida por su boca y sus rodillas.
Ella la aceptó.
Volviendo a pasar el cepillo a través del cabello, siguió la parte suelta que se había formado en el centro. Con cada tirón, los músculos del cuello se le tensaban para conservar la cabeza en su lugar.
Los colmillos de Cormia salieron disparados, desde su paladar.
En ese preciso instante él abrió los ojos. Y se encontró con el brillante amarillo de su mirada.
—Tienes hambre —dijo con un tono extrañamente gutural.
Dejó caer a un lado la mano en la que llevaba el cepillo. Habiendo perdido la voz, lo único que pudo hacer fue asentir. En el Santuario, las Elegidas no necesitaban alimentarse. Sin embargo, aquí, de este lado el cuerpo le exigía sangre. Debido a lo cual había estado luchando contra el letargo.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —Inclinó la cabeza hacia un lado—. Aunque si es debido a que no me quieres a mí, está bien. Podemos encontrar alguien más para que utilices.
—Por qué… ¿Por qué no le querría?
Se golpeó ligeramente la pierna artificial.
—No estoy entero.
Era cierto, pensó tristemente. No estaba entero, aunque no tenía nada que ver con la parte faltante de una extremidad.
—No quise imponerme —dijo—. Ese es el único motivo. Me parece atractivo, con o sin la parte inferior de la pierna.
La sorpresa centelleó en su rostro, y luego emitió un extraño sonido de bombeo… un ronroneo.
—No es una imposición. Si quieres tomar de mi vena, te la daré.
Se quedó inmóvil, sostenida por la mirada de sus ojos y la forma en que los rasgos de su rostro cambiaron cuando algo, que no había visto antes en ningún otro rostro, se apoderó de su expresión.
Lo deseaba, pensó. Mucho.
—Arrodíllate —dijo con un enigmático tono de voz.
Cuando Cormia se puso de rodillas, el cepillo se le cayó de la mano. Sin decir palabra, el Primale se inclinó hacia ella y la rodeó con sus enormes brazos. No la atrajo hacia él. Le deshizo el peinado, todo, el moño y luego la trenza.
Al extenderle el cabello sobre los hombros, emitió un gruñido, y ella se dio cuenta que a él le temblaba todo el cuerpo. Sin previo aviso, le agarró de la nuca y la arrastró hacia su garganta.
—Toma de mí —demandó.
Cormia dejó escapar un siseo que sonó como una cobra, y antes de saber lo que estaba haciendo, le clavó los colmillos en la yugular. Cuando lo mordió, él soltó una maldición y su cuerpo saltó.
Santa Madre de las Palabras… Su sangre era fuego, primero en la boca luego en sus entrañas, una omnipotente ola que la llenó de fuera hacia dentro, dándole una fuerza que nunca había conocido antes.
—Más fuerte —dijo mordiéndose los labios—. Chúpame…
Pasó los brazos por debajo de los de él, le hundió las uñas en la espalda y succionó con fuerza de su vena. Se mareó… no, espera, la estaba empujando hacia atrás, llevándola hacia abajo, al suelo. No le importaba lo que le hiciera o dónde terminaran, porque mientras lo tomaba se sentía consumida por ese sabor abrumador. Todo lo que necesitaba era la fuente de vida que tenía en sus labios, bajando por su garganta y dentro del estómago, y eso era todo lo que importaba.
La túnica... le estaba subiendo la túnica hasta las caderas. Muslos... los de ella abriéndose, esta vez abriéndose bajo las manos de él...
Sí.
El cerebro de Phury estaba sobre una repisa en alguna parte, fuera de su alcance, fuera de su vista. Era puro instinto con la alimentación de su hembra, su polla a punto de acabar, enfocado únicamente en entrar en ella antes de que eso sucediera.
Todo acerca de ella, acerca de él, repentinamente era diferente. Y urgente.
Necesitaba estar dentro de ella de todas las formas posibles, y no sólo dentro del tipo temporal que el sexo proveía. Necesitaba permanecer en ella, marcarla completamente, llenarla de su sangre y su simiente, y luego repetir el proceso de nuevo mañana y al otro día y al día siguiente. Tenía que estar sobre toda ella para que cada maldito idiota del planeta supiera que si se le acercaba, iba a tener que enfrentarse a él que le haría escupir los dientes y necesitar tablillas para los brazos y las piernas.
Mía.
Phury tiró bruscamente de la túnica apartándola del camino de su sexo y… oh, sí, ahí estaba. Podía sentir el calor surgir y…
—Mierda —gimió. Estaba mojada, resbaladiza, derramándose.
Si hubiese habido alguna manera de mantenerla en su vena mientras él bajaba hacia su centro, habría cambiado de posición inmediatamente. Pero lo mejor que podía hacer era hundir su mano en ella, para luego metérsela dentro de la boca y chupar…
Phury tembló ante el sabor, lamiendo y chupándose los dedos mientras sus caderas empujaban hacia delante y la cabeza de su polla se acomodaba en su entrada.
Justo cuando presionaba y sentía que la carne de ella cedía ante él… ese maldito, hijo de puta de medallón Primale sonó en el escritorio que había justo al lado de ellos. Estridente, como una alarma de incendios.
Ignóralo, ignóralo, ignóra…
La boca de Cormia rompió el contacto con su garganta, y levantó los ojos, muy abiertos y desenfocados por la lujuria de sangre y el sexo, hacia el sonido metálico.
—¿Qué es eso?
—Nada.
La cosa se sacudió aun más fuerte, como si estuviera protestando. Era eso o bien estaba celebrando el hecho de que había arruinado el momento.
Tal vez se hubiese puesto de acuerdo con el hechicero.
De nada, tarareó el hechicero.
Phury salió de encima de Cormia y la cubrió. Con una obscena y viciosa retahíla de maldiciones, se apartó hasta quedar recostado contra la cama y puso la cabeza entre las manos.
Ambos quedaron jadeantes y la porquería de oro esa continuó vibrando y dándose golpes contra el juego de cepillos.
El sonido de la cosa le recordó que no había privacidad entre él y Cormia. El manto de la tradición y las circunstancias los rodeaban y cualquier cosa que hicieran tenía enormes repercusiones que iban mucho más allá que la simple alimentación y el sexo entre un macho y una hembra.
Cormia se puso de pie como si supiera exactamente el tenor de sus pensamientos.
—Gracias por el regalo de su vena.
No había nada que pudiera decir en respuesta. Tenía la garganta demasiado llena de frustración y maldiciones.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, supo exactamente por qué se había detenido, y no tenía nada que ver con la interrupción. De haber querido, podía haber continuado.
Pero la cosa era, que si dormía con ella, tenía que dormir con todas ellas.
Se acercó a la mesita de noche, tomó un porro, y lo encendió.
Si se acostaba con Cormia, no habría vuelta atrás. Tendría que crear cuarenta Bellas… Fecundar a cuarenta Elegidas y dejarlas a merced de la cama de parto.
Tendría que ser un amante para todas ellas, un padre para todos sus niños y un líder para todas las tradiciones, en un momento que sentía que apenas podía lidiar con sus días y sus noches sin nadie más de quien ocuparse que de sí mismo.
Phury clavó los ojos en la resplandeciente punta del cigarro. Fue una conmoción darse cuenta de que habría tomado a Cormia si sólo se hubiese tratado de ellos. La deseaba muchísimo.
Frunció el ceño. Jesús… La había deseado todo el tiempo, ¿cierto?
Pero era más que eso. ¿Verdad?
Pensó en ella cepillándole el cabello, y se dio cuenta conmocionado, de que realmente había logrado calmarle en esos momentos y no sólo a través de las cepilladas. Su misma presencia le relajaba, desde la esencia de jazmín y la forma en que se movía tan fluidamente, hasta el suave sonido de su voz.
Nadie, ni siquiera Bella, podía relajarlo. Hacer que el pecho se le relajase. Permitiéndole respirar profundamente.
Cormia podía.
Cormia lo hacía.
Lo cual significaba que a estas alturas la ansiaba más o menos a todo desolado nivel de su existencia.
Y eso no la convierte en una chica afortunada, dijo el hechicero lenta y pesadamente. Oye, por qué no le dices que quieres convertirla en tu nueva droga de primera calidad. Se sentirá extasiada al saber que puede ser tu siguiente adicción, a la que usaras en un intento de huir de la basura que hay en tu jodida cabeza.
Se sentirá emocionada, compañero, porque ese es el sueño de toda muchacha y además, todos sabemos que eres el Rey de las relaciones saludables. Un verdadero ganador de la medalla de oro en ese departamento.
Phury dejó caer la cabeza hacia atrás, inhaló profundamente, y sostuvo el humo hasta que los pulmones le ardieron como un incendio de matorrales.



Capítulo 12

Aquella tarde, mientras la noche caía sobre Caldwell sin hacer absolutamente nada por mejorar la humedad ambiente, el señor D estaba en el cálido baño de la planta alta de la granja despegándose el vendaje que había aplicado horas y horas antes sobre sus tripas. La gasa estaba manchada de negro. El parche de piel bajo ella había mejorado mucho.
Al fin le estaba saliendo algo bien, aunque se tratara sólo de eso. Hacía menos de veinticuatro horas que había asumido el cargo de Fore-lesser y sentía que alguien había meado en el depósito de gasolina de su camioneta, alimentado a su perro con carne podrida e incendiado su granero.
Debería haber permanecido como soldado.
Aunque no era como si hubiera tenido elección.
Tiró el vendaje sucio en el cubo que la gente muerta aparentemente utilizaba como papelera y decidió no reemplazarlo. A juzgar por el gran dolor que había sentido y cuan profundamente había penetrado la daga negra, el daño interno debía haber sido realmente importante. Pero para los lessers, el tracto intestinal era inservible. Que sus tripas fueran un enmarañado desastre no era para nada importante, en tanto la hemorragia fuera restañada.
Hombre, la pasada noche apenas si había logrado salir con vida de aquel callejón. El señor D estaba condenadamente seguro de que, si no hubieran refrenado al hermano con el cabello de marica, éste le hubiera destripado como a un bagre
Un golpe en la plata baja hizo que levantara la cabeza. Las diez en punto.
Al menos eran puntuales.
Frenó su vehemencia, recogió su Stetson, y bajó las escaleras. Fuera había tres camionetas y un coche usado en el camino de tierra y dos escuadrones de lessers en el porche delantero. Mientras dejaba entrar a los chicos, pensó que los jodidos le sobrepasaban por al menos treinta centímetros y podía decir que no estaban demasiado impresionados por su promoción.
—Al comedor —les dijo.
Mientras los ocho desfilaban, tiró de la correa de su pistolera, sacó la Magnum 357, y la apuntó hacia el último que había entrado en la casa.
Apretó el gatillo una vez. Dos veces. Tres veces.
El ruido fue como un trueno; nada de aquellos sutiles estallidos que obtienes con una nueve milímetros. Los proyectiles entraron en la parte baja de la espalda del lesser, arrasando su columna vertebral y reventando en un agujero a través de su torso. El tipo golpeó la andrajosa alfombra con un golpe sordo, levantando una pequeña nube de polvo.
Mientras el señor D enfundaba su arma, se preguntaba cuando habría sido aspirado el lugar por última vez. Probablemente no desde que había sido construido.
—Me temo que tengo que probar mis espuelas —dijo rodeando al asesino que se retorcía.
Mientras una sangre negra y grasienta rezumaba sobre la alfombra marrón, el señor D puso el pie sobre la cabeza del asesino y sacó la sección de empapelado sobre la que el Omega había grabado la imagen.
—Quiero asegurarme de que la otra noche quedaron las cosas claras —les dijo mientras levantaba la imagen—. Encontráis a este macho. U os liquidaré uno por uno y comenzaré con un nuevo equipo.
Los asesinos clavaron los ojos en él guardando un silencio colectivo, como si tuvieran un único cerebro y estuviera dando vueltas para tratar de entender el nuevo orden de su mundo.
—Ahora, dejad de mirarme y mirad esto que tengo aquí—sacudió la imagen—. Traédmelo. Vivo. U os juro por mi Señor y Salvador que encontraré algunos sabuesos nuevos y les daré a comer vuestras tripas. ¿Estamos en la misma sintonía?
Uno por uno asintieron mientras el hombre caído emitía un gemido.
—Bien —el señor D apuntó a la cabeza del lesser con el cañón de la Magnum e hizo volar a aquel hijo de puta en pedacitos—. Ahora pongámonos en movimiento.

Aproximadamente veinticuatro kilómetros al este, en el vestuario del centro de entrenamiento subterráneo, John Matthew se enamoraba. Lo que no era algo que esperara que ocurriera en aquel lugar en particular.
—Zapatillas de Ed Hardy —dijo Qhuinn, mientras levantaba un par de zapatillas—. Para ti.
John alargó la mano y las cogió. Muy bien, eran geniales. Negras. Suela blanca. Diseño de calaveras en cada una, con la firma de Hardy en los colores del arco iris.
—Guau —dijo uno de los otros reclutas que iba de camino a la puerta de salida del vestuario—. ¿Donde las has conseguido?
Qhuinn enarco las cejas hacia el tipo.
—Están chulas, ¿eh? —Eran de Qhuinn, pensó John. Probablemente, se moría por usarlas y debía haber ahorrado para adquirirlas.
—Pruébatelas, John.
Son impresionantes, pero realmente, no puedo.
Cuando el último de sus compañeros salió, la puerta se cerró con suavidad y las bravatas de Qhuinn disminuyeron. Agarró las zapatillas, las puso a los pies de John, y levantó la vista.
—Siento haberte tomado el pelo anoche. Ya sabes, en A y F, con aquella chica... me porté como un imbécil.
Está todo bien.
—No, no es así. Estaba de mal humor y la tomé contigo, y eso no está bien.
Ves, ese era el tema con Qhuinn. Podía extralimitarse y podía ser que se saliera de sus casillas, pero siempre volvía y te hacía sentir como si fueras la persona más importante en el mundo para él y que de verdad sentía haber herido tus sentimientos.
Eres un maniático. Pero, realmente no puedo aceptarlas...
—¿Fuiste criado en un establo? No seas groseeeeeero amigo mío. Son un regalo.
Blay sacudió la cabeza.
—Acéptalas, John. Vas a perder esta discusión, y nos ahorrará la comedia.
—¿Comedia? —Qhuinn se levantó de un salto y adoptó la pose de un orador romano—. ¿Sabéis diferenciar vuestro culo de vuestro codo, joven escriba?
Blay se ruborizó.
—Venga ya...
Qhuinn se lanzó sobre Blay, aferrándose a los hombros del tipo y dejando que soportara todo su peso.
—Sujétame. Tu insulto me ha dejado sin aliento. Estoy boquituerto.
Blay gruñó y se revolvió para evitar que Qhuinn cayera al suelo.
—Se dice boquiabierto.
—Boquituerto suena mejor.
Blay estaba intentando no sonreír, no dejarse conquistar, pero tenía los ojos chispeantes como zafiros y se le estaban poniendo las mejillas coloradas.
Con una silenciosa carcajada, John se sentó en uno de los banquillos del vestuario, sacudió vehementemente un par de calcetines blancos, y se los puso bajo sus nuevos vaqueros gastados.
¿Estás seguro, Qhuinn? Porque tengo la sensación de que me van a quedar bien y tú podrías cambiar de idea.
Abruptamente, Qhuinn se despegó de Blay y se acomodó la ropa con un enérgico tirón.
—Y ahora ofendes mi honor. —Enfrentando a John, se estiró adoptando una postura de esgrima—. Touché.
Blay se echó a reír.
—Es en garde, condenado idiota.
Qhuinn le lanzó una mirada por sobre el hombro.
—¿Ça va, Brutus?
—¡Et tu!
—Eso quiere decir tutu, creo, y ya puedes guardarte el travestismo para ti mismo, pervertido. —Qhuinn irradió una brillante sonrisa, que demostraba los doce niveles distintos de satisfacción que sentía por ser tan listillo. —Ahora ponte las jodidas zapatillas, John, y terminemos con esto. Antes de que tengamos que poner a Blay en un pulmón de acero.
—¡Querrás decir, sanatorio!
—No, gracias, tomé un gran almuerzo.
Las zapatillas le sentaban perfectamente y de alguna manera hicieron que John se sintiera más alto, aunque todavía se tenía que poner de pie con ellas.
Qhuinn hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y actuó como si estuviera apreciando una obra maestra.
—Se ven bien. Sabes, quizás deberíamos endurecer tu aspecto un poco. Hacerte usar algunas cadenas. Hey, podríamos perforarte la oreja como la mía y añadir más negro...
—¿Sabes por qué a Qhuinn le gusta el negro?
Todos ellos giraron las cabezas y miraron hacia las duchas. Lash estaba saliendo de ellas, sosteniendo una toalla blanca delante de sus partes privadas, con el agua chorreando por sus amplios hombros.
—Es porque es daltónico, ¿cierto, primo? —Lash deambuló hasta su taquilla y la abrió con fuerza provocando que golpeara contra la de al lado—. Sabe que tiene los ojos de distinto color sólo porque la gente se lo dice.
John se pudo en pie, notando que las zapatillas tenían una tracción impresionante. Lo cual, dada la forma en que Qhuinn estaba mirando el culo desnudo de Lash, podría serle útil en cuestión de segundo y medio.
—Si, Qhuinn es especial ¿no es verdad? —Lash se enfundó un par de pantalones de camuflaje y una camiseta sin mangas, luego se deslizó un anillo de sello de oro en el dedo índice de la mano izquierda, haciendo toda una exhibición al respecto—. Algunas personas no encajan y nunca lo harán. Es jodidamente lamentable que sigan intentándolo.
—Vámonos, Qhuinn —susurró Blay
Qhuinn apretó los dientes.
—Deberías cerrar la bocaza, Lash. De verdad.
John se puso frente al rostro de su amigo y dijo por señas. Solo déjalo estar y vamos a lo de Blay a relajarnos, ¿de acuerdo?
—Hey, John se me acaba de ocurrir una pregunta. Cuándo ese humano te violó en el hueco de la escalera, ¿gritaste con las manos? ¿O solo respiraste muy fuerte?
John se quedó inmóvil, absolutamente devastado. Y lo mismo les pasó a sus dos amigos.
Nadie se movió. Nadie respiró.
El vestuario se quedó tan silencioso que el gotear de las duchas sonaba como un redoble de tambor.
Lash cerró su taquilla con una sonrisa y miró a los otros dos.
—Leí su expediente médico. Está todo allí. Lo enviaron con Havers para hacer terapia porque mostraba signos de —Lash hizo comillas en el aire— «estrés postraumático». Así que vamos, John, cuando el tipo te violó, ¿intentaste gritar? ¿Lo hiciste, John?
Seguramente. Que. Esto. Era. Una. Pesadilla, pensó John mientras sus pelotas se encogían.
Lash se rió mientras embutía los pies en las botas de combate.
—Miraos. Los tres golpeados por el estupor. Parecen los tres Retardateros chupapollas .
La voz de Qhuinn adquirió un tono que nunca antes había asumido. No era un matiz fanfarrón, ni un arrebato de ira. Era una dureza llena de peligrosa frialdad.
—Mejor ruega que esto no se sepa. Que nadie lo sepa.
—¿O qué? Vamos Qhuinn. Soy un hijo primogénito. Mi padre es el hermano mayor de tu padre, ¿realmente piensas que puedes tocarme? Hmmm... nah, no me parece, muchachito. Ni un poco.
—Ni una palabra, Lash.
—Si seguro. Si me perdonáis, me voy. Vuestra pandilla me está quitando las ganas de vivir. —Lash cerró la taquilla y caminó hacia la puerta. Naturalmente, se detuvo y miró sobre su hombro, alisándose el cabello rubio—. Apuesto que no gritaste, John. Apuesto que pediste más. Apuesto que le suplicaste…
John se desmaterializó.
Por primera vez en su vida, se movió de un lugar a otro a través del aire. Tomando forma frente a Lash y plantando su cuerpo contra la puerta para bloquear la salida del tipo, miró hacia atrás a sus amigos y descubrió sus colmillos. Lash era suyo y sólo suyo.
Cuando ambos asintieron, comenzó el combate.
Lash se preparó para el primer puñetazo, con las manos en alto y el peso distribuido en sus muslos. Entonces en lugar de lanzar un puñetazo, John se agachó, arremetió, y apretó la cintura del bastardo con un abrazo de oso, estrellándolo de espaldas contra la hilera de taquillas.
Lash no pareció desconcertado en lo más mínimo y se vengó propinándole un rodillazo que casi le parte la cara a John. Retrocediendo por el golpe, John se tambaleó, pero luego contraatacó, agarrando a Lash por el cuello, enganchando los pulgares bajo la mandíbula del chico, y apretando fuerte. Le dio un cabezazo en la nariz, destrozando a la maldita cabrona, haciendo que brotara un geiser, pero a Lash no le importó una mierda. Sonrió a través de la sangre que corría hacia su boca y le lanzó un puñetazo bajo, directo al abdomen que envió el hígado de John hasta sus pulmones.
Intercambiaban golpes adelante y atrás, adelante y atrás, golpeándose ambos contra hileras de taquillas, banquillos y papeleras. En algún momento, un par de reclutas intentaron entrar pero Blay y Qhuinn los obligaron a salir y bloquearon la puerta.
John agarró a Lash por el cabello, lo echó atrás y le mordió la parte alta del hombro. Cuando éste tironeó, la carne se desgarró, y los dos giraron, en tanto Lash unía sus palmas y le daba a John un golpe en la sien con las dos manos unidas. El impacto lo lanzó hacia la ducha bailando claqué, pero logró recobrar el equilibrio antes de caer. Desafortunadamente, sus reflejos no fueron lo bastante rápidos para evitar que le conectara un golpe en la mandíbula.
Fue como si le hubieran golpeado con un bate de béisbol, y se dio cuenta que Lash de algún modo se había deslizado un par de viejos puños americanos… probablemente porque necesitaba la ventaja, dado que John era más grande. Otro golpe aterrizó en algún lugar del rostro de John, y de repente estalló el 4 de Julio en su cabeza, fuegos artificiales por todas partes. Antes de que pudiera parpadear para aclararse la visión, su rostro fue estampado contra la pared embaldosada de la ducha y retenido en el lugar.
Lash extendió la mano hasta llegar a la parte delantera de los pantalones de John.
—¿Qué te parecería una repetición, John, muchacho? —espetó el tipo—. ¿O a tu culo solo le gustan los humanos?
La sensación de un gran cuerpo presionando el suyo desde detrás congeló a John en el lugar.
Debería haberlo alterado. Debería haberlo vuelto irracional. Sin embargo, volvió a ser el frágil chico que había sido, indefenso, asustado y a merced de alguien mucho, mucho más grande. En el acto fue transportado adónde había estado en aquel decrépito hueco de escalera, presionado contra la pared, atrapado y dominado.
Se le anegaron los ojos con lágrimas. No, esto no... esto otra vez, no. Llegado de ninguna parte, resonó un grito de guerra, y se vio libre del peso que comprimía su cuerpo.
John cayó de rodillas y vomitó en el suelo de baldosas mojadas.
Cuando sus arcadas remitieron, se dejó caer sobre el costado y se enroscó, adoptando una posición fetal, temblando como el maricón que era...
Lash estaba tumbado sobre el embaldosado junto a él... y tenía la garganta cortada de lado a lado.
El chico estaba intentando respirar, intentando contener la sangre, y no estaba consiguiéndolo.
John levantó la vista horrorizado.
Qhuinn permanecía sobre ellos, jadeando. En la mano derecha tenía un ensangrentado cuchillo de caza.
—Oh, Jesús… —dijo Blay—. ¿Qué coño hiciste, Qhuinn?
Esto era malo. Lo suficientemente malo como para alterarte la vida para siempre. La de todos ellos. Lo que había empezado como una reyerta... era probable que acabara con un asesinato.
John abrió la boca para pedir ayuda. Naturalmente, nada salió de ella.
—Traeré a alguien —dijo Blay, y salió corriendo.
John se incorporó, se quitó rápidamente la camisa, y se inclinó sobre Lash. Quitando las manos del chico, presionó lo que había estado en su espalda contra la herida abierta y rogó que la sangre parara. Lash encontró sus ojos, después levantó sus manos como para ayudar.
Quédate quieto, articuló John. Solo quédate quieto. Puedo oír que se aproxima alguien.
Lash tosió y de su boca salió sangre, salpicándole el labio inferior para luego deslizarse por su barbilla. Mierda, la sustancia roja lo cubría todo.
Pero habían hecho esto antes, se dijo John. Ambos habían luchado justo aquí en esta misma ducha, y en aquella oportunidad el desagüe también se había teñido de rojo, y todo había salido bien.
No esta vez, le advirtió una voz dentro de su mente. No esta vez...
Luego estalló con un rugido de pánico, y empezó a rezar para que Lash viviera. Después rezó por volver atrás en el tiempo. Luego deseó que esto fuera un sueño...
Alguien estaba de pie junto a él y decía su nombre.
—¿John? —levantó la vista. Era la doctora Jane, el médico privado de la Hermandad, y la shellan de Vishous. El traslúcido y fantasmal rostro estaba calmado, su voz regular y tranquilizadora. Cuando se arrodilló, se volvió tan sólida como él—. John, necesito que retrocedas para poder echarle un vistazo ¿de acuerdo? Quiero que lo sueltes y te apartes. Has hecho un buen trabajo pero ahora debo ocuparme yo de él.
Él asintió. Pero aún así, tuvo que tocarle las manos para hacerlo soltar su camisa.
Alguien lo levantó. Blay. Si, era Blay. Lo sabía por la loción para después de afeitar que usaba el tipo. Jump de Joop!
Había muchas otras personas en el vestuario. Rhage estaba justo al lado de la ducha, y junto a él estaba V. Butch también estaba allí.
Qhuinn... ¿Dónde estaba Qhuinn?
John miró a su alrededor y lo vio un poco más alejado. Ya no tenía el ensangrentado cuchillo en la mano, y Zsadist estaba al lado del chico, con aspecto amenazante.
Qhuinn estaba más pálido que las baldosas blancas, sus ojos dispares no parpadeaban al contemplar a Lash.
—Estás bajo arresto domiciliario en casa de tus padres —le dijo Zsadist a Qhuinn—. Si muere, serás acusado de asesinato.
Rhage se acercó a Qhuinn, como si pensara que el duro tono de Z no estaba siendo de ayuda.
—Vamos, hijo. Vayamos a recoger tus pertenencias de la taquilla.
Fue Rhage el que acompañó a Qhuinn cuando salió del vestuario, y Blay los siguió.
John permaneció justo donde estaba. Por favor deja que Lash viva, pensó. Por favor...
Joder, no le gustaba la forma en que la doctora Jane sacudía la cabeza mientras se ocupaba del chico, abrió el maletín de médico con brusquedad, los instrumentos volaban mientras intentaba suturar el cuello de Lash.
—Cuéntame.
John saltó y volvió la cabeza. Era Z.
—Cuéntame como ocurrió, John.
John volvió a bajar la vista hacia Lash y revivió la escena. Oh, Jesús... no quería hablar de los porqués. Aunque Zsadist conocía su pasado, no podía obligarse a decirle al Hermano la razón por la que Qhuinn había perdido el control.
Quizás era porque todavía no podía creer que su pasado hubiera resurgido de esa forma. Quizás era porque la antigua pesadilla acababa de ser reanudada.
Quizás era porque era un cobarde que no podía dar la cara por sus amigos.
A Z se le tensó el labio desfigurado.
—Escucha John, Qhuinn está hundido en la mierda. Legalmente todavía es menor, pero esto es ataque con arma mortal contra un primogénito. La familia va a ir tras su cabeza, aunque Lash sobreviva, y vamos a necesitar saber que ha ocurrido aquí.
La doctora Jane se levantó.
—Está cerrada, pero corre el riesgo de sufrir un paro cardíaco. Quiero llevarlo con Havers. Ya.
Z asintió y le hizo señas a los dos doggen que tenían la camilla, para que se adelantaran.
—Fritz está listo con el coche, y yo iré con ellos.
Mientras levantaban a Lash del suelo, el Hermano clavó sus implacables ojos en John.
—Si quieres salvar a tu amigo, vas a tener que decirnos que fue lo que pasó.
John observó al grupo sacar a Lash del vestuario.
Cuando la puerta se cerró con suavidad, le temblaron las rodillas, y miró el estanque de sangre que había en el centro de la ducha.
En una esquina del vestuario, había una manguera que era usada para la limpieza diaria de las instalaciones. John forzó a sus pies a cubrir la distancia hasta donde estaba montada en la pared. Desenrollándola, abrió el agua, acercó el extremo a la ducha, después giró la boquilla para abrirla. Deslizó el pulverizador hacia delante y hacia atrás una y otra vez, moviéndolo centímetro a centímetro, desplazando la sangre hacia el desagüe, donde era tragada con un sonido de borboteo.
Atrás y adelante. Atrás y adelante
Las baldosas pasaron del rojo al rosa y luego al blanco. Pero eso no conseguía limpiar el desastre. Mierda. Ni en lo más mínimo.

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