jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 13 14 15

Capítulo 13

Phury sentía manos sobre su piel, pequeñas manos de dedos ligeros, que viajaban hacia abajo por su estómago. Se encaminaban a la unión de sus muslos, y le daba gracias a Dios por eso. Su erección estaba hinchada, ardiente y hambrienta de alivio, y cuanto más se acercaban las manos, más se alzaban y retrocedían sus caderas, su trasero se tensaba y relajaba mientras se dejaba llevar por los embates que se moría por realizar.
Su polla goteaba… podía sentir la humedad en su estómago. ¿O quizás ya se había corrido una vez?
Oh, esas manos, haciéndole cosquillas sobre la piel. Ese toque especial como una pluma hacía que su erección se tensara aún más, como si pudiera extenderse más y ponerse en el camino de esas manos si lo intentaba con suficiente fuerza.
Manos pequeñas, dirigiéndose a su...
Phury despertó con una sacudida que lanzó su almohada disparada fuera de la cama.
Mierda.
Bajo el embrollo de mantas, su polla latía, y no por la acostumbrada necesidad que sentía un macho cuando se despertaba en medio de la noche. No... esto era específico. Su cuerpo deseaba algo muy específico de una hembra en particular.
Cormia.
Está justo en la habitación de al lado, se señaló a sí mismo.
Y menudo premio eres tú, devolvió el disparo el hechicero. ¿Por qué no acudes a ella, compañero? Estoy seguro de que estará verdaderamente emocionada al verte después de como la dejaste ir la noche pasada. Sin decirle ni una palabra. Sin siquiera un gesto de reconocimiento por la gratitud que te demostró.
Incapaz de discutirlo, Phury miró la chaise longue.
Era la primera vez que alimentaba a una hembra.
Cuando se tocó el cuello buscando la marca del mordisco, notó que había desaparecido, había sanado del todo.
Uno de los grandes hitos de su vida se había cumplido... y eso le entristecía. No es que se arrepintiera de haber estado con ella. En absoluto. Pero desearía haberle dicho que era su primera vez.
Apartándose el cabello de los ojos, miró al reloj. Medianoche. ¿Medianoche? Tío, había dormido alrededor de ocho horas, claramente a causa de la alimentación. Sin embargo no se sentía descansado. Tenía el estómago revuelto y le palpitaba la cabeza.
Extendió la mano en busca del porro del despertar, que había preparado antes de caer rendido, y se detuvo de repente. Le temblaba tanto la mano, que dudaba de su capacidad para poder levantar la cosa, y se quedó mirando fijamente su palma, ordenándole mentalmente que se estuviera quieta, lo cual no tuvo ningún efecto en lo absoluto.
Le llevó tres intentos conseguir agarrar el porro de la mesita de noche, y observó sus torpes intentos desde la distancia, como si fuera la mano de algún otro, el porro de algún otro. Una vez que el manojo de hojas y papel estuvo entre sus labios, luchó por colocar el encendedor en posición y accionar la rueda de pedernal.
Dos caladas y el temblor se detuvo. El dolor de cabeza se evaporó. Su estómago se calmó.
Desafortunadamente, un traqueteo recorrió la habitación y los tres volvieron: sobre la cómoda el medallón Primale volvía a comenzar otra de sus rutinarias danzas.
Dejó la cosa donde estaba y se dedicó a fumar el porro mientras pensaba en Cormia. Dudaba que ella le hubiera dicho que necesitaba alimentarse. Lo que había ocurrido durante las horas diurnas en esta habitación había sido una combustión espontánea generada por la lujuria de sangre de ella, y no podía tomarlo como señal de que Cormia le deseara sexualmente. La noche anterior no se había negado al sexo, cierto, pero eso era muy diferente a desearle específicamente a él, ¿no? La necesidad no era igual que la elección. Ella necesitaba la sangre de él. Él necesitaba el cuerpo de ella.
Las Elegidas necesitaban que los dos cumplieran con el programa.
Aplastando lo poco que le quedaba del porro, miró a través de su dormitorio hacia el escritorio. El medallón finalmente se había detenido.
Le llevó menos de diez minutos ducharse, vestirse de seda blanca, y pasarse la tira de cuero del medallón Primale por la cabeza. Cuando la pieza de oro se aquietó entre sus pectorales, resultó ser una carga cálida, probablemente a causa del ejercicio.
Viajó directamente al Otro Lado, en su calidad de Primale tenía una dispensa especial por lo que podía obviar el pasaje previo por el patio de la Virgen Escriba. Tomando forma en la parte delantera del anfiteatro del Santuario, donde todo el asunto había comenzado cinco meses atrás, encontró difícil de creer que realmente hubiera tomado el lugar de Vishous como Primale.
Era algo así como ver su mano temblorosa: Éste simplemente no era él.
Sí, salvo que en realidad sí lo era.
Frente a él, bajo la extraña e implacable luz del Otro Lado, brillaba la blanca plataforma con su pesada cortina blanca. Aquí no había sombras, ya que no había sol en el pálido cielo, y aún así había suficiente iluminación, como si cada cosa fuera su propia fuente de luz. La temperatura era de veintiún grados centígrados, ni demasiado frío ni demasiado cálido, y no había ninguna brisa que acariciara la piel ni hiciera ondear la ropa. Todo era de un suave y tranquilizante color blanco.
El lugar era el paisaje equivalente a lo que en música sería el Muzak .
Caminando sobre la corta hierba blanca, atravesó la parte trasera del anfiteatro grecorromano, y se dirigió hacia los diversos templos y habitaciones. En los alrededores, se extendía un bosque blanco que rodeaba todo el Complejo, y cortaba cualquier posible vista del horizonte. Se preguntó qué habría al otro lado. Probablemente nada. El Santuario daba la sensación de ser la maqueta de un arquitecto o la de un tren, como si, al caminar hasta el borde todo lo que fueras a encontrar fuera una caída pronunciada hacia un gigantesco suelo alfombrado de pared a pared.
Mientras continuaba su camino, no estaba seguro de cómo conseguiría llamar la atención de la Directrix, pero igual no tenía ninguna prisa porque eso ocurriera. Para retrasarlo, fue al templo del Primale y utilizó su medallón de oro para abrir las puertas dobles. Después de atravesar el vestíbulo de mármol blanco, entró a la única y majestuosa habitación del templo y miró la plataforma de la cama con sus sábanas blancas de satén.
Recordó el aspecto que había tenido Cormia atada y desnuda, con una sábana blanca cayendo desde arriba y acumulándose en su garganta para ocultarle el rostro. Él había arrancado la cosa y había quedado horrorizado al ver sus ojos llorosos y aterrorizados.
Había sido amordazada.
Levantó la vista hacia el techo, donde había estado colgada la cortina que le cubría el rostro. Había dos diminutos ganchos de oro incrustados en el mármol. Deseó sacarlos con un jodido martillo hidráulico.
Mientras miraba hacia arriba, recordó involuntariamente la conversación que había tenido con Vishous justo antes de que toda esta mierda del Primale le hubiera caído encima. Los dos habían estado en el comedor de la mansión y V había dicho algo sobre que había tenido una visión de Phury.
Phury no había querido entrar en detalles, pero de todas formas se los había dado, y las palabras que el hermano había pronunciado le resultaban extrañamente claras ahora, como una conversación grabada: Te vi de pie en una encrucijada en un campo inmaculado. Era un día tormentoso... sí, muchas tormentas. Pero cuando tomaste una nube del cielo y la envolviste alrededor del pozo, la lluvia dejó de caer.
Phury miró los dos ganchos con los ojos entrecerrados. Había arrancado la sábana de allí y había envuelto a Cormia. Y ella había dejado de llorar.
Ella era el pozo... el pozo que se suponía él debía llenar. Ella era el futuro de la raza, la fuente de nuevos Hermanos y Elegidas. El manantial.
Como lo eran todas sus hermanas.
—Su Gracia.
Se dio la vuelta. La Directrix estaba de pie en el umbral del templo, su larga túnica blanca rozaba el suelo, y tenía el cabello oscuro recogido en lo alto de la cabeza. Con su tranquila sonrisa y la paz que irradiaba de sus ojos, tenía la expresión beatífica de los espiritualmente iluminados.
Envidió toda esa serena convicción.
Amalya le hizo una reverencia, su cuerpo lucía delgado y elegante con el vestido ceremonial de Elegida.
—Me complace verte.
Él le devolvió la reverencia.
—Y a mí verte a ti.
—Gracias por esta audiencia. —Se irguió y hubo una pausa.
Él no la llenó.
Cuando finalmente ella lo hizo, pareció estar escogiendo sus palabras con mucho cuidado.
—¿Pensé que tal vez te gustaría reunirte con alguna otra Elegida?
¿Qué tipo de reunión tendrá ella en mente?, se preguntó.
Oh, sólo una merienda tardía, intervino el hechicero. Con emparedados de sexo oral, bollos en forma de sesenta y nueve y manos llenas de tus nueces.
—Cormia está bien —dijo él, esquivando la oferta.
—La vi ayer. —El tono de la Directrix era amable pero neutral, como si no estuviera de acuerdo con él.
—¿De veras?
Ella hizo otra reverencia.
—Perdóname, Su Gracia. Era el aniversario de su nacimiento, y la costumbre requería que le diera un pergamino. Cuando no pude dar contigo, me aparecí ante ella. Intenté ponerme en contacto contigo de nuevo durante el día.
Dios mío, ¿el cumpleaños de Cormia había llegado y pasado y ella no había dicho nada al respecto?
Sin embargo, se lo había dicho a John, ¿no? He ahí el motivo para el brazalete.
Phury deseó maldecir. Él debería haberle regalado algo.
Se aclaró la garganta.
—Lamento no haber respondido.
Amalya se irguió.
—Es tu prerrogativa. Por favor, no te disculpes.
En el largo silencio que siguió, leyó la pregunta en los amables ojos de la Directrix.
—No, no se ha hecho aún.
Los hombros de la mujer se encorvaron.
—¿Se ha negado a ti?
Él volvió a pensar en el suelo delante de su chaise longue. Había sido él quien se había detenido.
—No, soy yo.
—Ninguna falta podría ser nunca tuya.
—Falso. Y confía en mí en esto.
La Directrix se paseó, manoseando el medallón que pendía de su cuello. Era una copia exacta del que llevaba él, sólo que el de ella estaba suspendido de una cinta de satén blanco, y la cadena de él era negra.
Se detuvo junto a la cama, rozando ligeramente con los dedos la almohada.
—Pienso que tal vez debieras conocer a alguna de las otras.
Oh, demonios, no. No iba a dejar a Cormia por otra Primera Compañera.
—Veo a donde quieres apuntar con esto, pero el problema no es que no la desee.
—Está bien, pero aún así, deberías conocer a otra.
Estaba claro que esa era la forma que tenía la Directrix de exigirle que se acostara con Cormia o eligiera a otra Primera Compañera. No podía decir que le sorprendiera. Habían pasado cinco largos meses.
Dios, a lo mejor eso resolvería algunos problemas. El problema era que tomar otra Primera Compañera sería equivalente a lanzar una maldición sobre Cormia. Las Elegidas lo verían como que había fallado, y ella se sentiría igual, aunque ese no sería el caso en lo absoluto.
—Como ya he dicho, me va bien con Cormia.
—Indudablemente... sólo que ¿quizás el emparejamiento sería más probable con alguna otra de nosotras? Layla, por ejemplo, es bastante hermosa de cara y extremidades, y está adiestrada como ehros.
—No voy a hacerle eso a Cormia. La mataría.
—Su Gracia... ya está sufriendo ahora mismo. Lo vi en sus ojos. —La Directrix caminó lentamente hacia él—. Y además, el resto de nosotras estamos atrapadas en nuestra tradición. Teníamos grandes esperanzas que nuestras funciones volvieran a ser lo que habían sido. Si tomas a otra como Primera Compañera y completas el ritual, nos librarás a todas de esta carga de futilidad, y eso incluye a Cormia. Ella no es feliz, Su Gracia. No más que tú.
Pensó en ella otra vez, en esa cama, atada... Cormia no había deseado esto desde el principio, ¿verdad?
Pensó en ella tan callada en la mansión. Pensó en ella que no se sentía lo bastante cómoda como para decirle que tenía que alimentarse. Pensó en ella no diciendo nada sobre su cumpleaños. Nada sobre su deseo de salir. Nada sobre esas construcciones de su dormitorio.
Un paseo por un pasillo no compensaba lo mucho que la había abandonado.
—Estamos atrapados, Su Gracia —dijo la Directrix—. Tal y como están las cosas ahora, todos estamos atrapados.
¿Y si estaba aferrándose a Cormia porque, siendo ella su Primera Compañera, no tendría que preocuparse por todo el asunto del sexo? Desde luego, quería protegerla y hacer lo correcto por ella, y esas eran verdades honorables, pero sus ramificaciones le protegían a él también.
Había Elegidas que lo deseaban, que le deseaban a él. Cuando prestó juramento había sentido sus miradas fijas.
Había dado su palabra. Y estaba endemoniadamente cansado de romper los votos que había hecho.
—Su Gracia, ¿puedo pedirle que venga conmigo? Deseo mostrarle un lugar aquí en el Santuario.
Siguió a Amalya fuera del Templo Primale, y los dos permanecieron en silencio mientras bajaban la colina hacia un conjunto de estructuras blancas de cuatro pisos con columnas.
—Es la residencia de las Elegidas —murmuró ella—, pero tú y yo no nos dirigimos a ella.
Menos mal, pensó él, echándole un vistazo.
Mientras pasaba de largo, notó que ninguna de las ventanas tenía cristales, e imaginó que no había razón para molestarse en ello. No había insectos ni animales... ni tampoco lluvia, supuso. Y la falta de cristaleras significaba, por supuesto, que no había barreras entre él y las Elegidas que le devolvían la mirada desde sus habitaciones.
Había una hembra en cada ventana de cada habitación de cada edificio.
Oh, Jesús.
—Aquí estamos. ¬—La Directrix se detuvo delante de una estructura de un sólo piso y abrió un par de puertas dobles. Cuando las abrió del todo, el corazón de Phury se hundió.
Cunas. Filas y filas de cunas blancas vacías.
Mientras intentaba seguir respirando, la voz de la Directrix se hizo cada vez más triste.
—Este solía ser un lugar de alegría, lleno de vida, prolífico con el futuro. Si sólo tomaras a otra... ¿Te sientes indispuesto, Su Gracia?
Phury retrocedió. No podía respirar. No podía... respirar.
—¿Su Gracia? —Ella extendió la mano.
Él se apartó de un tirón.
—Estoy bien.
Respira, demonios. Respira.
Esto es lo que aceptaste. Enfréntalo.
En su mente, el hechicero le daba un ejemplo tras otro de cómo él decepcionaba a la gente, empezando en el presente con Z y Wrath y esa mierda de los lessers, yendo todo el camino hasta el pasado exponiendo sus fracasos ante sus padres.
Era deficiente en todos los aspectos de su vida, y también, se sentía atrapado en todas partes.
Al menos Cormia podía verse libre de esto. Libre de él.
La voz de la Directrix se tensó llena de alarma.
—Su Gracia, quizás deberías tomarte un descanso...
—Tomaré a otra.
—Tú...
—Tomaré a otra Primera Compañera.
La Directrix pareció atónita, pero luego hizo una profunda reverencia.
—Su Gracia, gracias... gracias... Verdaderamente eres la fuerza de la raza y nos liderarás a todos...
La dejó seguir recitando frases vacías mientras la cabeza le daba vueltas y se sentía como si hubieran dejado caer una carga de hielo seco en sus entrañas.
La Directrix aferró su medallón, la alegría impregnaba su rostro sereno.
—Su Gracia, ¿qué prefieres en una pareja? Tengo a un par en mente.
Perforó categóricamente a Amalya con ojos duros.
—Tiene que desear esto. Sin coerción. Ni ataduras. Tienen que desearlo. Cormia no lo deseaba, y eso no fue justo para ella. Yo me ofrecí voluntario para esto, ella no tuvo elección.
La Directrix le puso una mano en el brazo.
—Entiendo, y es más, estoy de acuerdo. Cormia nunca encajó en ese papel, de hecho por esa causa tuvo que ser coaccionada específicamente para ser Primera Compañera por la Directrix anterior. Yo nunca sería tan cruel.
—Y Cormia estará bien. Quiero decir, no la echaréis de aquí, ¿entendido?
—Será bienvenida de vuelta a su lugar. Es una buena hembra. Sólo que no... tan bien adaptada a esta vida como algunas de nosotras.
En los silenciosos instantes que siguieron, tuvo una imagen de ella desvistiéndole para la ducha, sus cándidos e inocentes ojos verdes mirándole mientras abría torpemente el cinturón y los pantalones de cuero.
Ella sólo quería hacer lo que era correcto. Por aquel entonces, cuando todo este lío había empezado, aunque había estado aterrada, habría hecho lo correcto por seguir con su tradición y le habría tomado. Lo que la hacía más fuerte que él, ¿no? Ella no estaba huyendo. Era él, el que estaba poniendo pies en polvorosa.
—Le dirás a las otras que no soy digno de ella. —Cuando la Directrix se quedó boquiabierta, la señaló con el dedo—. Es una maldita orden. Les dirás... que ella es demasiado buena para mí. Quiero que la eleven a un rango especial. La quiero puñeteramente consagrada, ¿me entiendes? Hazle justicia o convertiré este lugar en ruinas.
Cuando fue evidente que la mente de la Directrix era un mar de confusión, la ayudó a recomponerse recordándole:
—Éste de aquí es mi mundo. Yo doy las órdenes, ¿no es así? Yo soy la fuerza de la maldita raza, así que harás lo que te digo. Ahora asiente.
Cuando ella lo hizo, se tranquilizó un poco.
—Bien. Me alegro que estemos de acuerdo. Ahora, ¿Es necesario hacer otra ceremonia?
—Ah... ah, cuando pronunciaste las p-palabras ante Cormia, te uniste con todas nosotras. —Volvió a poner la mano sobre su medallón pero esta vez Phury tuvo el presentimiento que no fue en un arrebato de alegría. Era más bien como si necesitara sostenerse de algo para recuperar la confianza.
—¿Cuándo... vendrás aquí para quedarte?
Pensó en el embarazo de Bella. No podía perderse el nacimiento, y tal y como iban las cosas entre él y Z, puede que éste ni siquiera le avisara.
—No durante un tiempo. Podría ser un año.
—Entonces debo enviar a la primera de ellas a que se encuentre contigo en el Otro Lado, ¿verdad?
—Sí. —Le dio la espalda a la guardería, sintiendo como si todavía necesitara más aire—. Escucha, voy a pasear un rato.
—Le diré a las demás que te concedan privacidad.
—Gracias, y lamento ser tan inflexible. —Hizo una pausa—. Una última cosa... quiero ser yo el que hable con Cormia. Se lo diré yo.
—Como desees. —La Directrix hizo una profunda reverencia—. Necesitaré un par de días para preparar ritualmente…
—Solo avísame cuándo vayas a enviar a una de ellas.
—Sí, Su Gracia.
Cuando se marchó, se quedó mirando fijamente el paisaje blanco, y después de un rato, el espacio cambió ante sus ojos, alterándose hasta formar otro panorama completamente distinto. Desaparecieron todos los bien ordenados e incoloros árboles y la hierba que había parecido estar cubierta por una fina capa de nieve. En vez de eso, vio los sofocados jardines de la casa que su familia tenía en el Antiguo País.
Detrás de la enorme casa de piedra en la que había crecido había habido un jardín amurallado de alrededor de una hectárea de extensión. Dividido en cuadrantes por pasillos empedrados con guijarros, se había pretendido que fuera una muestra de especimenes de plantas y que ofreciera un lugar de belleza natural y calma para la mente. Las paredes de mampostería que encerraban el paisaje habían estado dominadas por cuatro estatuas en las esquinas, las figuras reflejaban las etapas de la vida, desde un infante en brazos de su padre, luego un joven y atlético macho de pie solo, pasando por el macho sujetando a una cría en brazos, para terminar sentado en su sabia vejez con el hijo adulto de pie tras él.
Recién construido el jardín, debía haber sido verdaderamente elegante, un auténtico espectáculo, y Phury podía imaginar la alegría de sus padres mientras lo contemplaban en todo su esplendor como recién emparejados.
Él no había conocido ninguna de las perfecciones prometidas en la elegante armazón del diseño. Lo que había visto del jardín había sido sólo el caos de la negligencia. Para cuando fue lo bastante mayor como para ser consciente de lo que le rodeaba, los lechos de flores habían quedado cubiertos de rastrojos, los bancos de reflexión estaban nadando entre algas acuáticas, y la hierba había invadido los caminos. Lo más triste para él eran las estatuas. La hiedra se enroscaba alrededor de éstas, consumiéndolas más y más cada año, las hojas oscurecían cada vez más lo que la mano del escultor había deseado mostrar.
El jardín era la representación visual de la ruina de su familia.
Y él había deseado arreglarlo. Todo.
Después de su transición, que casi le había matado, se había alejado de la debacle de la casa familiar, y podía recordar la partida tan claramente como veía en su mente el miserable jardín. La noche de su marcha había estado marcada por una luna llena de octubre, y había empaquetado algunas de las viejas y más finas ropas de su padre bajo su brillante luz.
Phury había tenido sólo un plan impreciso: retomar el rastro que su padre había dejado enfriar. En la noche del secuestro de Zsadist, había quedado claro que la niñera se había llevado al niño, y Ahgony, como habría hecho cualquier padre, había ido tras ella buscando venganza. Sin embargo, la mujer había sido lista, y él no había encontrado nada concreto hasta pasados dos años. Siguiendo pistas, sospechas y una trama de rumores, el Hermano había buscado por todo el Antiguo País y finalmente había localizado la mantita de bebé de Zsadist entre las cosas de la mujer... que había muerto sólo una semana antes.
Este fallo por escaso margen fue sólo otra página en la tragedia.
Había sido en ese momento en el que Ahgony había sido informado que su hijo había sido recogido por un vecino y vendido en el mercado de esclavos. El vecino había tomado el dinero y huido, y aunque Ahgony había acudido al tratante de esclavos más cercano, había demasiado niños sin padres siendo comprados y vendidos para rastrear a Zsadist.
Ahgony se había rendido, había vuelto a casa y empezado a beber.
Ya que Phury se preparaba para retomar la búsqueda de su padre, parecía apropiado vestir los trajes y sedas de su progenitor. También era importante. Aparentar ser un caballero sin dinero podría hacerle más fácil el infiltrarse en las grandes casas, que era donde se retenía a los esclavos. Con el viejo guardarropa de su padre, Phury podría ser tomado por otro vago bien educado, buscando pagar por su manutención con su ingenio y su encanto.
Vestido a la moda de veinticinco años atrás, y con una maltratada maleta de cuero en la mano, se enfrentó a sus padres para contarles lo que tenía planeado hacer.
Sabía que su madre estaba en cama en el sótano de la casa, porque era allí donde vivía. También sabía que no le miraría cuando entrara. Nunca lo hacía, y no la culpaba por ello. Él era la réplica exacta del que le había sido arrebatado, el recordatorio vivo, andante y parlante de su tragedia. Que fuera un individuo separado de Zsadist, que llevara luto por la pérdida como hacía ella, porque había perdido a la mitad de sí mismo desde que su gemelo había sido raptado, que necesitara apoyo y cariño, estaba más allá de la comprensión de ella a causa de su propio dolor.
Su madre nunca lo había tocado. Ni una sola vez, ni siquiera para bañarle cuando había sido niño.
Después de llamar a la puerta, Phury había puesto cuidado en decirle quien era antes de entrar para que pudiera prepararse psicológicamente en consecuencia. Cuando no respondió, abrió la puerta y se quedó de pie en el umbral, llenando el marco de la puerta con su recién transformado cuerpo. Cuando le dijo lo que iba a hacer, no estaba seguro de lo que esperaba de ella, pero no consiguió nada. Ni una sola palabra. Ni siquiera levantó la cabeza de su andrajosa almohada.
Había cerrado la puerta y acudido a las habitaciones de su padre.
El macho había perdido el conocimiento, borracho entre las botellas de cerveza barata que le mantenían, si no cuerdo, al menos lo suficientemente cerca de la enajenación mental como para no pensar demasiado. Tras intentar espabilarle, Phury había garabateado una nota, dejándola sobre el pecho de su padre, después había subido las escaleras y salido de la casa.
De pie en los restos de la terraza llena de hojas de la que una vez había sido la grandiosa casa familiar, había escuchado la noche. Sabía que había muchas posibilidades de que no volviera a ver nunca a sus padres, y le preocupaba que el único doggen que quedaba muriera o resultara herido. Y entonces, ¿qué harían ellos?
Mirando a la majestuosidad de lo que una vez había sido, presintió que su gemelo estaba en algún lugar en la noche, esperando a ser encontrado.
Mientras una hilera de lechosas nubes pasaba a la deriva descubriendo la cara de la luna, Phury había buscado profundamente dentro de sí mismo alguna clase de fuerza.
La verdad, había dicho una voz baja dentro de su cráneo, podrías buscas hasta contar mil amaneceres e incluso encontrar el cuerpo vivo de tu gemelo, aunque indudablemente no quedará nada que pueda ser rescatado. No estás a la altura de esta tarea, y además, tu destino decreta que fallarás sin importar cuál sea la meta que te impongas, y atraerás sobre todos la maldición del exhile dhoble.
Había sido el hechicero hablando por primera vez.
Y mientras las palabras calaban en él, en ese momento en que se sentía demasiado débil para el viaje que tenía por delante, hizo su voto de celibato. Levantando la vista hacia el gran disco brillante en el cielo negro azulado, juró por la Virgen Escriba que se mantendría apartado de toda distracción. Sería el salvador puro y concentrado. Sería el héroe que traería de vuelta a su gemelo. Sería el sanador que resucitaría al amargado y enmarañado amasijo de su familia y los devolvería a su anterior condición de salud y belleza.
Sería el jardinero.
Phury volvió al presente cuando el hechicero habló.
Pero yo tenía razón, ¿no? Tus padres murieron ambos prematuramente y en la miseria, tu gemelo fue usado como una puta, y tú eres un demente.
Yo tenía razón, ¿verdad compañero?
Phury volvió su atención a la extraña e inmensa extensión blanca del Otro Lado. Era tan perfecta, todo estaba en orden, no había nada fuera de lugar. Los tulipanes blancos con sus tallos blancos se balanceaban en sus lechos alrededor de los edificios. Los árboles no se desbordaban fuera de la linde del bosque. No había ni una mala hierba a la vista.
Se preguntó quién segaba el césped, y tuvo el presentimiento de que la hierba, como todo lo demás, simplemente crecía así.
Debía ser agradable.



Capítulo 14

En la mansión de la Hermandad, Cormia comprobó el reloj que había en su buró otra vez. Hacía una hora que John Matthew debería haber ido a buscarla para ver una película y esperaba que nada hubiese salido mal.
Paseándose un poco más, se dio cuenta que esa noche su habitación le parecía demasiado pequeña, demasiado atestada, aunque no tuviera ningún mueble nuevo y estuviera absolutamente sola.
Queridísima Virgen Escriba, tenía demasiada energía.
Era por la sangre del Primale.
Eso y una aplastante e insatisfecha urgencia.
Se detuvo al lado de la ventana, se llevó la yema de los dedos a los labios, y recordó el sabor de él, su textura. Qué arrebato tan insensato, qué éxtasis tan glorioso. Pero, ¿por qué se habría detenido? Esa pregunta había estado dándole vueltas en la cabeza. ¿Por qué no había seguido? Sí, el medallón lo había convocado, pero como Primale todo se hacía según sus términos. Él era la fuerza de la raza, el gobernante de las Elegidas, libre de ignorar a cualquiera y a todos a voluntad.
La única respuesta la había hecho enfermar del estomago. ¿Había sido por sus sentimientos hacia Bella? ¿Había pensado que estaba traicionando a la que amaba?
Era difícil definir que era peor: él estando con ella y todas sus hermanas, o él no estando con ninguna de ellas porque le había entregado el corazón a otra.
Mirando fuera, hacia la noche, estaba segura de que se iba a volver loca si se quedaba en su habitación, y sus ojos se vieron atraídos hacia la piscina con su superficie ondulante. El suave movimiento le recordaba los profundos baños del Otro Lado, y llevaba implícita la promesa de brindarle un pacífico respiro de todo lo que tenía en mente.
Antes de darse cuenta Cormia había abandonado el dormitorio, traspasado la puerta y estaba fuera en el pasillo. Moviéndose rápida y silenciosamente sobre sus pies descalzos bajó por la magnífica escalera hacia el vestíbulo y cruzó el suelo de mosaicos. En la sala de billar, usó la puerta que había utilizado John la noche anterior para salir al exterior y se liberó de la casa.
De pie sobre las frías piedras de la terraza, dejó que sus sentidos se extendieran en la oscuridad y recorrió con los ojos lo que podía ver del sólido muro que rodeaba propiedad. Parecía no haber ningún peligro. Nada se movía entre las flores y árboles del jardín excepto el denso aire de la noche.
Miró hacia atrás, a la sólida casa. Las luces brillaban en las ventanas enmarcadas de hierro, y podía ver a los doggens moviéndose en su interior. Había mucha gente cerca por si necesitaba ayuda.
Entrecerró las puertas casi cerrándolas por completo, recogió el ruedo de su túnica, y corrió atravesando la terraza en dirección al agua.
La piscina era rectangular y estaba rodeada con las mismas piedras negras planas que cubrían la terraza. A su alrededor había sillas largas hechas de tiras entretejidas y mesas con superficies de cristal. En uno de los costados, había un dispositivo negro con un tanque blanco. Las flores en macetas le aportaban color.
Arrodillándose, probó el agua, a la luz de la luna su superficie parecía aceitosa, probablemente porque el fondo de la piscina estaba hecho de hileras de las mismas piedras negras que la rodeaban. La forma en que estaba construida no se parecía a los baños de su hogar; no había niveles graduales para meterse, y sospechaba que tenía una profundidad considerable. Sin embargo, no corrías peligro de quedar atrapada. A intervalos regulares en los laterales, había agarraderas curvas que se podían utilizar para ayudarte a salir del agua.
Primero metió un dedo del pie y luego el pie entero, la superficie de la piscina ondeó por la penetración, como si el agua aplaudiera animándola.
A su izquierda había escaleras, peldaños poco profundos que eran claramente el modo de entrar. Fue hacia ellos, se quitó la túnica y entró desnuda en la piscina.
Su corazón palpitaba con fuerza, pero ah, el lujo de la suavidad del agua lo reguló. Continuó avanzando hasta que estuvo cubierta por ese suave abrazo móvil desde el pecho hasta los talones.
Qué encantador era.
El instinto le indicó que empujara con los pies, y así lo hizo, su cuerpo se deslizó hacia adelante en un movimiento ingrávido. Descubrió que si sacaba los brazos hacia arriba y luego los volvía a meter podía desplazarse, yendo dondequiera que escogiera… primero a la derecha luego a la izquierda, entonces adelante, adelante, adelante hasta el final, donde un delgado borde sobresalía por encima del agua.
Terminada la exploración, Cormia se puso de espaldas y se quedó flotando, mirando el cielo. Las luces centellantes que veía allí arriba la hicieron pensar en el lugar que ocupaba entre las Elegidas y en su deber de ser una más entre muchas, una molécula que era parte de un todo. Ella y sus hermanas eran indistinguibles dentro de la magnífica tradición a la que servían: eran como el agua, imperceptibles y fluidas, sin límites; igual que las estrellas de allí arriba, eran todas iguales.
Mirando el cielo de la tierra, tuvo otro de aquellos fortuitos pensamientos heréticos, sólo que éste no era sobre el diseño de la casa o acerca de lo que alguien llevaba puesto o si le gustaba determinada comida o no.
Este fue directamente a su alma y la marcó como a una pecadora y una hereje:
Ella no quería ser una de muchas.
No con el Primale. No para él.
Y no para sí misma.

Al otro lado de la ciudad, Qhuinn estaba sentado en la cama y tenía la mirada fija en el teléfono móvil que descansaba en la palma de su mano. Había escrito un texto que iba dirigido a Blay y a John, y sólo estaba esperando para enviar al cabrón.
Había estado sentado allí por lo que parecían varias horas, pero probablemente había sido sólo una como mucho. Después de haberse dado una ducha para lavarse la sangre de Lash, había plantado el culo en el suelo y se había preparado para lo que venía.
Por alguna razón, no podía dejar de pensar en la única cosa agradable, al menos que él recordara, que sus padres habían hecho por él. Había sido aproximadamente tres años atrás. Se había pasado meses dándoles la lata para que le permitieran ir a Connecticut a lo de su primo Sax. Saxton ya había pasado la transición y era un poco salvaje, así que naturalmente era el héroe de Qhuinn. Y naturalmente, los padres no aprobaban a Sax ni a sus padres… quienes no estaban del todo interesados en las cargas sociales que se autoimponía la glymera.
Qhuinn había pedido, suplicado y gimoteado y no había logrado nada por sus esfuerzos. Y luego cuando menos lo esperaba su padre le había informado que había logrado salirse con la suya e iba a pasar el fin de semana en el sur.
Alegría. Una completa y jodida alegría. Había empacado tres días antes, y cuando se subió en la parte trasera del coche después del anochecer y lo condujeron hacia la frontera con Connecticut, se había sentido como si fuera el Rey del mundo.
Sí, eso había sido un gesto agradable de parte de sus padres.
Claro, que luego se enteró del motivo por el que lo habían hecho.
La aventura con Sax no había funcionado del todo bien. Terminó bebiéndose todo lo bebible con su primo durante las horas diurnas del sábado y se había puesto tan enfermo a base de una combinación letal de Jägermeister y gelatinas hechas con vodka, que los padres de Sax habían insistido que fuera a su casa para recobrarse.
Ser llevado de vuelta por uno de sus doggen había sido el paseo de la vergüenza, y lo que era peor, a cada rato tenía que pedirle al chofer que se detuviera para vomitar un poco más. La única gracia era que los padres de Sax habían consentido en no decirles nada a sus padres… con la condición de que él hiciera una confesión completa cuando lo hubiesen dejado frente a la puerta principal de su casa. Era evidente, que ellos tampoco querían tratar con su padre y madre.
Cuando el doggen estacionó delante de la casa, Qhuinn había calculado que simplemente les diría que se había sentido indispuesto, lo cual era cierto, y que había pedido que lo trajeran de regreso a casa, lo cual no era cierto y nunca lo sería.
No obstante las cosas no se desarrollaron según lo planeado.
Todas las luces del lugar estaban encendidas, la música se derramaba en el aire, proveniente de una carpa levantada en la parte de atrás. Había velas encendidas en cada una de las ventanas; y gente pululando por todas las habitaciones.
—Que bien que consiguieras volver a tiempo —había dicho el doggen que estaba al volante en un tono feliz—. Hubiera sido una pena que te perdieras esto.
Qhuinn se había bajado del coche con su equipaje sin notar el momento en que el criado se había ido.
Por supuesto, había pensado. Su padre había culminado su período como leahdyre de la glymera después de un distinguido período de servicio encabezando el Consejo de Princeps. Esta era la fiesta para celebrar la tarea cumplida y realizar el traspaso del cargo al padre de Lash.
Y este era el motivo por el cual el personal había estado tan ajetreado el último par de semanas. Había supuesto que su madre estaba atravesando otro de sus períodos anuales de limpieza general, pero no. Toda la pulcritud había sido en previsión de esta noche.
Qhuinn se había dirigido a la parte de atrás de la casa, pegándose a las sombras lanzadas por los setos y arrastrando la mochila por el suelo. La carpa había tenido un aspecto encantador. Las arañas titilaban con luces que derramaban su brillo sobre las mesas revestidas con hermosos arreglos de flores y velas. Todas y cada una de las sillas habían sido decoradas con lazos de satén, y en los pasillos había caminadores que delimitaban la disposición de los asientos. Supuso que la combinación de colores de todo el diseño sería en tonos de turquesa y amarillo, reflejando las dos ramas de su familia.
Contempló los rostros de los invitados, reconociendo a todos y cada uno de ellos. Todo su linaje estaba allí, junto con las principales familias de la glymera, y todos los invitados estaban vestidos formalmente, las hembras luciendo vestidos de gala, los hombres de frac. Había jóvenes revoloteando como luciérnagas entre los adultos y los de edad avanzada estaban sentados al margen sonriendo.
Había permanecido allí en la oscuridad, sintiéndose como parte de los trastos de la casa que habían sido retirados antes de que llegaran los invitados, otro objeto inútil, y feo que debía ser escondido en un armario, para que nadie lo viera. Y no fue la primera vez que deseó meterse los dedos dentro de las cuencas de sus ojos y presionar, para destruir así lo que lo había destruido a él.
Abruptamente, la banda se había quedado en silencio, y su padre se había dirigido hasta el micrófono que estaba al frente de la pista de baile. Cuando todos los invitados se reunieron, la madre de Qhuinn, su hermano y su hermana fueron a situarse detrás de su padre, los cuatro brillaban de un modo que no tenía nada que ver con las luces resplandecientes.
—Si me prestan su atención —había dicho su padre en la Antigua Lengua—, me gustaría tomarme un momento para saludar a las familias fundadoras que están aquí esta noche. —Una ronda de aplausos—. Los otros miembros del Consejo. —Ronda de aplausos—. Y al resto de ustedes que forman parte del corazón de la glymera así como los que forman parte de mi línea de descendencia. —Ronda de aplausos—. Estos diez años pasados como leahdyre han sido todo un desafío, pero hemos progresado mucho, y sé que mi sucesor tomará las riendas con mano firme. Con la reciente ascensión del Rey, es incluso más primordial que nuestros intereses sean puestos en orden y se tengan en consideración. A través del continuo trabajo del Consejo, procuraremos que la raza avance según nuestra visión… sin miramientos ante la oposición poco meritoria de aquellos que no entienden el problema tan completamente como lo hacemos nosotros…
Hubo una resonante aprobación en este punto, seguida de un brindis por el padre de Lash. Luego el padre de Qhuinn se había aclarado la garganta y había echado un vistazo a las tres personas que tenía detrás. Con una voz ligeramente ronca, había dicho:
—Ha sido un honor servir a la glymera… y aunque echaré de menos mi puesto, sería negligente por mi parte no confesar que me complace muchísimo tener más tiempo para mi familia. Verdaderamente, ellos son la razón de mi vida y debo agradecerles la calidez y luminosidad que aportan a mi corazón cada día.
La madre de Qhuinn había hecho volar un beso y había parpadeado rápidamente. Su hermano se había puesto todo orgulloso hinchando el pecho como un petirrojo, con la adoración a su héroe pintada en los ojos. Su hermana había aplaudido y dado brincos, haciendo saltar sus rizos de la alegría.
En aquel momento, el rechazo demostrado a él como hijo, hermano y miembro de la familia había sido tan absoluto que ninguna palabra dirigida a él o hablada sobre él podría haber intensificado su agobiante tristeza.
Qhuinn abandonó los recuerdos cuando el golpe de su padre aterrizó bruscamente en la puerta, el golpe de los nudillos rompió el asimiento del pasado, quebrando repentinamente la escena que tenía en mente.
Presionó el botón de enviar en el móvil, se puso el teléfono en el bolsillo de la camisa, y dijo:
—Entre.
No fue su padre quien abrió la puerta.
Era un doggen, el mismo mayordomo que le había dicho que ese año no debía asistir al baile de la glymera.
Cuando el sirviente le hizo una reverencia, no tenía intención que fuera un gesto de respeto específico, y Qhuinn no lo tomó de ese modo. Los doggen le hacían reverencias a todo el mundo. Joder, si interrumpían a un mapache asaltando la basura, su primer movimiento antes de ahuyentarlo sería la vieja rutina de inclinémonos-por-la-cintura.
—Supongo que me voy —dijo Qhuinn cuando el mayordomo rápidamente hizo los típicos gestos con la mano para protegerse del mal de ojo.
—Con todo el debido respeto —dijo el doggen, con su frente todavía apuntando a sus pies—, su padre ha solicitado que abandonara la propiedad.
—Genial. —Qhuinn se levantó con la bolsa de lona en la cual había empacado su colección de camisetas y sus cuatro pares de vaqueros.
Mientras balanceaba la correa sobre su hombro, se preguntó por cuánto tiempo estaría pago el servició de su móvil. El último par de meses había estado esperando que se lo cortaran, desde que su pensión había desaparecido repentinamente.
Tenía el presentimiento de que el T-Mobile, al igual que él estaba BJ.
—Su padre solicitó que se le entregara esto. —El doggen no se irguió al extender la mano que sostenía un pesado sobre de tamaño comercial.
El impulso de decirle al sirviente que tomara la maldita cosa y que la enviara por correo aéreo al culo de su padre fue casi irresistible.
Qhuinn tomó el sobre y lo abrió. Después de mirar los papeles, tranquilamente los plegó y los volvió a guardar. Se metió la cosa en la parte de atrás de la pretina de sus vaqueros, y dijo:
—Iré a esperar mi transporte.
El doggen se enderezó.
—Al final del camino de entrada, si me hace el favor.
—Sí. Seguro. Bien. —Lo que sea—. Necesitas un poco de mi sangre, ¿no es así?
—Si usted fuera tan amable. —El doggen sostuvo una copa de cobre, el fondo de la cual estaba forrado en cristal negro.
Qhuinn usó su navaja del ejército suizo, porque el cuchillo de caza le había sido confiscado. Abriendo una veta con la hoja a través de su palma, cerró el puño para exprimir algunas gotas rojas dentro de la copa.
Cuando saliera de la casa, iban a quemar la sangre como parte de un ritual de limpieza.
No se trataba solamente de desechar algo defectuoso; se estaban librando del mal.
Qhuinn dejó su dormitorio sin mirar atrás y camino por el pasillo. No se despidió de su hermana, aunque oyó que estaba practicando con la flauta, y dejó a su hermano en paz para que siguiera recitando versos en latín. Tampoco se detuvo en la sala de dibujo de su madre cuando la oyó hablando por teléfono. Y seguro como la mierda que continuó caminando en línea recta cuando pasó frente al estudio de su padre.
Todos estaban al tanto de su partida. La prueba estaba en el sobre.
Cuando llegó a la planta baja, no cerró la magnífica puerta principal de un golpe. No había ninguna razón para montar un espectáculo. Todos sabían que se marchaba, que era el motivo por el cual todos estaban tan calculadamente ocupados en vez de estar tomando el té en el estar.
Apostaba que se reunirían tan pronto el doggen les dijera que estaba fuera de la casa. Apostaba que tendrían algún Earl Grey y un par de bollos. Apostaba que exhalarían un profundo, profundo suspiro de alivio y luego se lamentarían acerca de lo difícil que iba a ser mantener las cabezas en alto después de lo que él le había hecho a Lash.
Qhuinn vagó por el largo y sinuoso camino de entrada. Cuando llegó a las grandes puertas de hierro, estaban abiertas. Después de que las traspasara, se cerraron con un sonido metálico como si le hubieran dado una patada en el culo.
La noche de verano era cálida y húmeda, un relámpago brilló hacia el norte.
Las tormentas siempre venían del norte, pensó, y esto ocurría en ambas estaciones tanto en verano como en invierno. En los meses fríos, las que venían del norte podían sepultarte bajo tanta nieve que te sentías como un…
Wow. Estaba tan alterado, que estaba hablando del clima consigo mismo.
Dejó la bolsa en el bordillo de la acera.
Supuso que ahora debería mandarle un mensaje a Blay para ver si podía recogerlo. Desmaterializarse con el peso de la bolsa sería complicado y nunca le habían dado un coche, así que eso es lo que había. No iba a ninguna parte rápidamente.
Justo cuando iba a agarrar el teléfono, éste sonó. Era un mensaje de Blay: Tienes que venir a quedarte con nosotros. Déjame recogerte.
Comenzó a devolverle el mensaje a su amigo, pero entonces pensó en el sobre y se detuvo. Poniendo el teléfono en la bolsa, se echó la cosa con sus pertenencias a la espalda y comenzó a andar a lo largo del camino. Se dirigió al este, porque debido a la forma en que estaba dispuesto el camino, al elegir fortuitamente qué dirección tomar decidió ir hacia la izquierda y eso apuntaba al este.
Joder… ahora realmente era un huérfano. Parecía que sus íntimas sospechas se habían vuelto realidad. Siempre pensó que era adoptado o alguna mierda, porque nunca encajó con su familia… y no sólo debido al asunto de los globos oculares dispares. Estaba cortado de una tela diferente. Siempre lo había estado.
En parte quería enfadarse, realmente enfurecerse por haber sido expulsado de la casa, pero ¿qué era lo que esperaba? Nunca había sido uno de ellos, y derribar a su primo hermano con un cuchillo de caza, aun si hubiese estado totalmente justificado, era imperdonable.
También le iba a costar a sus padres unos cuanto verdes de los grandes.
En casos de asalto —o de asesinato, si Lash muriera— si la víctima era un miembro de la glymera, él o su familia debían pagar una suma, cuyo monto dependía del valor relativo del herido o muerto. ¿Un joven macho, post transición que además era el primogénito de una de las familias fundadoras? Sólo la muerte de un Hermano o de una hembra noble embarazada sería más costosa. Y sus padres eran los responsables de cubrir el pago, no Qhuinn, ya que legalmente no era considerado un adulto hasta un año completo después de su transición.
Lo bueno, supuso, consistía en que como todavía era técnicamente menor, no lo condenarían a muerte. Pero aun así, definitivamente iban a acusarlo, y la vida tal y como la conocía había concluido oficialmente.
Hablando de un cambio total. Estaba fuera de la glymera. De su familia. Del programa de entrenamiento.
Salvo someterse a un chapucero cambio de sexo, era difícil imaginar que más podría hacerse para joder su identidad.
Como estaban las cosas, tenía hasta el alba para decidir donde iría a esperar la noticia acerca de qué iba a pasar con él. Blay sería la opción obvia, excepto por un gran, gordo y peludo problema: darle cobijo a una persona desterrada por la glymera sería como una bomba H para el estatus social de esa familia, así que eso era un de-ninguna-manera. Y John no podría acogerlo tampoco. El tipo vivía con los Hermanos, y eso significaba que el lugar de su residencia era tan confidencial que no podía tener invitados, mucho menos un invitado a pasar la noche de forma semi-permanente.
Uno que había asaltado salvajemente a un compañero de entrenamiento. Y estaba esperando por su mono naranja.
Dios… John. Aquella mierda que Lash había dicho.
Esperaba que no fuera verdad, pero temía que si lo fuera.
Siempre había asumido que John se mantenía apartado de las mujeres porque era aún más torpe socialmente de lo que era Blay. ¿Ahora? Obviamente el tipo tenía serios problemas… y Qhuinn se sentía como un imbécil de proporciones épicas por darle la lata a su compañero acerca del sexo como lo había hecho.
No era de extrañarse que John nunca hubiera querido tomar a una hembra cuando iban al ZeroSum.
Maldito Lash.
Mierda, pasara lo que pasara como consecuencia de lo que había hecho con aquel cuchillo, no se arrepentía de nada. Lash siempre había sido un bastardo, y Qhuinn había pasado años queriendo reventarle el morro al hijo de puta. ¿Pero lanzarse sobre John de esa forma? Realmente esperaba que el chico muriera.
Y no sólo porque un cruel bastardo menos en el mundo era una cosa buena.
La realidad era, que Lash tenía una gran bocaza, y mientras él respirara aquella información sobre John no estaba segura. Y eso era peligroso. Había algunos en la glymera que considerarían que una mierda como esa era una castración total. Si John alguna vez esperaba convertirse en un Hermano y ser respetado en la aristocracia, si tenía la esperanza de aparearse y formar una familia, nadie podía saber que había sido violado por un macho, mucho menos un macho humano.
Mierda, el hecho de que hubiera sido un humano hacia que todo esto fuera astronómicamente peor. A los ojos de la glymera, los humanos eran ratas que caminaban en dos patas. ¿Ser dominado por uno de ellos? Inaceptable.
No, pensaba Qhuinn mientras caminaba solo, no cambiaría ni una cosa de lo que había hecho…



Capítulo 15

Después de limpiar el área de las duchas del vestuario, John entró en la oficina, se sentó en el escritorio y sólo Dios supo cuanto tiempo pasó mirando fijamente los papeles, que debería haber estado acomodando. En el silencio reinante, sentía que le latía el labio hinchado al igual que los nudillos, pero esas eran simples molestias menores en medio del rugido que le embotaba la cabeza.
La vida era demasiado jodidamente extraña.
La inmensa mayoría de ésta pasaba a un ritmo previsible, los acontecimientos se sucedían a una velocidad por debajo del límite o como mucho lo igualaban. No obstante, de vez en cuando, las cosas ocurrían a la velocidad de un rayo, como un Porsche que te pasaba en la carretera y la fuerza de su velocidad succionaba tus puertas. La mierda llegaba de la nada y lo cambiaba todo en un sólo instante.
La muerte de Wellsie había sido así. La desaparición de Tohr había sido así.
El ataque de Qhuinn a Lash había sido así.
Y la horrible cosa que le había pasado a John en el hueco de la escalera... sí, eso, también.
Esta era la versión del destino de ir un paso por delante.
Evidentemente la garganta de Lash había estado destinada a ser cortada por Qhuinn en aquel momento, y el tiempo se había acelerado para que no pudiera haber ninguna interferencia de nadie o de nada más.
Desistiendo del trabajo administrativo, John abandonó el escritorio y se dirigió hacia la parte posterior del armario. Mientras entraba en el túnel subterráneo que lo llevaría de regreso a la mansión, se odió a sí mismo por desear que Lash no sobreviviese. No le gustaba pensar que era tan cruel y además, si Lash moría, las cosas serían más difíciles para Qhuinn.
No obstante, no quería que su secreto fuera de público conocimiento.
Cuando entró al vestíbulo, su teléfono emitió un pitido. Era Qhuinn: he djado ksa No sé cuánto tiempo funcionará el tel. M entregaré cuando Wrath kiera.
Mierda. John le respondió rápidamente a su amigo: Blay stá lsto para ir a rcogert.
No hubo respuesta.
Lo intentó otra vez: ¿Q? spera a Blay, no t vayas sin él. Pdes kedart hasta l jueves.
John se detuvo al pie de la escalera y esperó una respuesta. La que obtuvo un minuto después, era de Blay: No t preocups, me ocupo d Q. T aviso qando tnga noticias d él. Si va mal? Lo rcojo.
Jodidas gracias.
Generalmente, John habría ido a encontrarse con sus amigos en casa de Blay, pero aun no podía enfrentarse a ellos. ¿Cómo harían para no pensar en él de manera diferente? Es más, lo que le había ocurrido iba a quedar grabado en sus mentes, tal y como le había sucedido a él en un principio.
Inmediatamente después del ataque, no podía dejar de pensar en lo que le habían hecho. Luego había pensado en ello durante la mayor parte del día y todo el tiempo durante la noche. Después era a veces durante el día, luego cada dos días; hasta llegar a pasar una semana entera sin pensar en ello. Las noches le habían costado mucho, mucho más tiempo, pero finalmente hasta los sueños se habían secado también.
Sí, en ese momento no tenía ningún interés en mirar a sus amigos a los ojos sabiendo lo que estaban pensando. Imaginando. Preguntándose.
Nop, todavía no podía estar con ellos.
Y además, no podía librarse de la sensación que todo el asunto de Lash era culpa suya. Si él no acarreara con todo ese bagaje, el tipo no lo habría sacado a relucir delante de sus amigos y no se habrían peleado y Qhuinn no se hubiera puesto todo «Rambo» con su primo hermano.
Otra vez, aquella jodida mierda del hueco de la escalera le causaba problemas. Era como si los efectos secundarios de lo que le había ocurrido, no fueran a acabarse nunca, jamás.
Cuando John pasaba frente a la biblioteca en su camino hacia la planta alta, se le antojo entrar y se puso a explorar las estanterías hasta que llegó a la sección legal… que tenía unos seis metros de altura. Dios, debía haber aproximadamente setenta volúmenes sobre leyes en la Antigua Lengua. Claramente los vampiros eran tan litigantes como los humanos.
Hojeó algunos tomos y a partir del código penal se hizo una idea de lo que podía ocurrir. Si Lash moría, Qhuinn tendría que responder ante Wrath por un cargo de asesinato y las cosas no pintaban bien, ya que Qhuinn no había sido atacado, por lo que no podría argumentar defensa propia. Su mejor opción era alegar homicidio justificado por una causa de honor, pero incluso eso conllevaría un tiempo en la cárcel, junto con una elevada multa que tendría que ser pagada a los padres de Lash. Por otra parte, si Lash vivía, sería una cuestión de agresión y lesiones con arma mortal, que también conducía a un tiempo entre rejas y una multa.
Ambos resultados planteaban el mismo problema: De acuerdo con lo que John sabía, la raza no poseía cárceles, el sistema penal de los vampiros se había ido degradando a lo largo de cuatrocientos años antes de la ascensión de Wrath. Por lo tanto Qhuinn estaría bajo arresto domiciliario en algún sitio hasta que la prisión fuera construida.
Era difícil imaginar que los padres de Blay estuvieran de acuerdo con mantener a un criminal bajo su techo indefinidamente. Entonces, ¿adónde iría el chico?
Con una maldición, John regresó los volúmenes encuadernados en cuero a los estantes. Mientras se giraba para alejarse, captó una visión a la luz de la luna y se olvidó de lo que acababa de leer.
Al otro lado de los ventanales de la biblioteca, Cormia salía de la piscina, los cristales de agua goteaban sobre su cuerpo desnudo, tenía la piel tan suave que parecía pulida, los largos y elegantes brazos y las piernas eran gráciles como una brisa de verano.
Oh... guau.
¿Cómo demonios podía Phury mantenerse alejado de ella?
Cuando se puso la túnica, se volvió hacia la casa y al verlo se quedó inmóvil. Cuando levantó la mano para saludarla torpemente se sintió como un mirón. Ella vaciló, como si no estuviera segura de si la habían sorprendido haciendo algo indebido, después le devolvió el saludo.
Abriendo la puerta, hizo los signos sin pensar:
De verdad siento llegar tarde.
Oh, eso era brillante. Ella no sabía el LSA…
—¿Sientes haberme visto o haber llegado tarde? Supongo que me has dicho una de esas dos cosas. —Cuando él le dio un toquecito al reloj, ella se ruborizó un poco—. Ah, es por haber llegado tarde.
Cuando asintió, se le acercó, sus pies no hacían ningún ruido pero dejaban huellas húmedas sobre las losas.
—Te esperé….Oh, queridísima Virgen Escriba. Estás herido.
Se tocó la contusión de la boca, deseando que su vista no hubiera sido tan buena en la oscuridad. Comenzó a hacer signos para desviar su atención, se sintió frustrado por la barrera de la comunicación y tuvo un golpe de inspiración.
Sacando el teléfono, escribió en el aparato: De cualquier forma me gustaría ver una película, si te parece.
Hasta el momento había sido una noche infernal, y sabía que cuando los Hermanos regresaran de la clínica y se supiera que suerte había corrido Lash, las cosas iban a ponerse aun más difíciles. Como apenas podía soportar estar en su propia piel, mucho menos en su propia mente, la idea de sentarse en la oscuridad con ella y distraerse, era todo lo que podía soportar en ese momento.
Ella lo estudió durante un rato, entrecerrando los ojos.
—¿Estás bien?
Sí, bien, escribió. Lamento haber llegado tarde. Realmente me gustaría ver una película.
—Entonces sería un placer para mí —dijo haciendo una reverencia—. No obstante, me gustaría enjuagarme y cambiarme.
Los dos volvieron a entrar a la biblioteca, subieron por la gran escalera y él se sintió impresionado. Ella no se había comportado como si estuviera demasiado incómoda, considerando todo lo que había visto y eso era atractivo, verdaderamente lo era.
Arriba, se dispuso a aguardarla mientras entraba en su habitación y suponía que iba a estar allí un rato, pero regresó al instante. Y tenía el cabello suelto.
Oh, dulce Jesús, qué visión. Los rizos rubios le caían hasta las caderas, el color era algo más oscuro que el pálido habitual del trigo debido a que estaba húmedo.
—Mi cabello está mojado. —Ruborizándose, le mostró un puñado de horquillas doradas—. Me lo recogeré en cuanto esté seco.
No por mi causa, pensó John mientras la miraba fijamente.
—¿Su Gracia?
John se espabiló y lideró el camino por el pasillo de las estatuas hasta las puertas batientes que marcaban la entrada a las habitaciones del personal. Las sostuvo abiertas para Cormia y luego se encaminó a la derecha, hacia una puerta acolchada con paneles de cuero que abrió ampliamente para revelar escalones alfombrados con brillantes luces embutidas.
Cormia se recogió la túnica blanca y comenzaron a subir y al seguirla, intentó no fijar la vista en las puntas del cabello que se rizaba sobre la parte baja de su espalda.
La sala de proyecciones de la tercera planta tenía el autentico aire de las de la Metro-Goldwyn-Mayer de los años 40, dado por las paredes art decó negras y plateadas con relieves en forma de flor de loto y los recargados candelabros de pared de oro y plata. Las butacas del aforo eran de la calidad que encontrarías en un Mercedes y no en un estadio de béisbol: Veintiuna butacas de cuero estaban agrupadas en tres secciones, los pasillos marcados con más luces pequeñas. Cada uno de los súper acolchados palacios-para-el-culo era del tamaño de una cama gemela, y en total tenían más porta bebidas que un Boeing 747.
A lo largo de la pared trasera de la sala de proyección había miles de DVDs y allí también había bocadillos. Junto con una máquina de palomitas de maíz, que no estaba conectada, ya que no le habían avisado a Fritz que iban a ir, había un dispensador de Coca-cola y una autentica máquina de caramelos.
Se detuvo e inspeccionó los Milk Duds, los Raisinets, los Swedish Fish, los M&Ms y los Twizzlers. Estaba hambriento pero también sentía náuseas y tuvo que someterse ante la aceitosa sensación que tenía en el estómago, pero pensó que tal vez a Cormia le gustaría comer algo. Mientras estaba ocupada mirando lo que la rodeaba con los ojos muy abiertos, sacó M&Ms, porque eran un clásico, y una bolsa de Swedish Fish por si acaso no le gustara el chocolate. Sacó dos vasos, los llenó con toneladas de hielo y sirvió dos ricas y oscuras cocas.
Silbando bajo para obtener su atención, le hizo señas con la cabeza, hacia la parte delantera. Cormia lo siguió, aparentemente fascinada por las luces insertadas en la parte baja de los peldaños. Una vez que consiguió instalarla en una de las butacas, corrió escaleras arriba e intentó pensar qué diablos poner.
Bien, las de terror, directamente descartadas, tanto por la delicada sensibilidad de ella como por la pesadilla real en la que había estado sumergido él esa noche más temprano. Desde luego… eso eliminaba aproximadamente el cincuenta por ciento de la colección, ya que por lo general era Rhage el que encargaba películas a Fritz.
John evitó la sección de Godzilla porque le recordaba a Tohr. Comedias gamberras como American Pie y Wedding Crashers no tenían la categoría suficiente para ella. La colección de Mary de películas extranjeras profundas y significativas eran… sí, eran demasiado serias para que John se sentara a mirarlas incluso en una buena noche. Buscaba evasión, no una clase diferente de tortura agobiante. ¿De acción trepidante? De algún modo no pensaba que Cormia fuera a comprender las sutilezas de Bruce Willis, Sly Stallone o Arnold.
Eso le dejaba esas películas de mujeres que los hombres odian. Pero, ¿cuál? Estaban los clásicos de John Hughes: Sixteen Candles, Pretty in Pink, The Breakfast Club. La sección de Julia Roberts con Mystic Pizza, Pretty Woman, Steel Magnolias, My best Friend’s Wedding... Jennifer Aniston hilera sobre hilera de poco memorables. Todo lo de Meg Ryan de los años noventa…
Sacó un estuche.
Mientras daba vueltas la cosa entre sus manos, pensó en Cormia bailando sobre la hierba. Bingo.
John justo se estaba dando la vuelta cuando sonó su teléfono. El texto de grupo era de Zsadist, quien evidentemente todavía estaba en la clínica de Havers: Lash no tiene buena pinta. Tratamiento en curso. Os mantendremos al corriente.
El mensaje era un toque para todos los de la casa y mientras John lo releía, se preguntó si debería reenviárselo a Blay y a Qhuinn. Al final, se volvió a guardar el teléfono en el bolsillo, imaginando que esos dos ya tenían bastante con que lidiar sin tener que andar recibiendo noticias sobre el estado de Lash. Si el tipo moría, entonces John se pondría en contacto con sus amigos.
Hizo una pausa y miró a su alrededor. Era completamente surrealista estar haciendo algo tan normal como pillarse una película y lo sintió vagamente inadecuado. Pero en ese momento lo único que podía hacer era esperar. Él y todos los demás implicados estaban en punto muerto.
Mientras se acercaba al aparato de DVD y ponía el disco sobre la negra bandeja de la máquina, todo lo que podía ver era a Lash tirado sobre aquellas baldosas, con miedo en los ojos y sangre saliendo a borbotones de su cuello.
Comenzó a rezar para que Lash lo consiguiera.
Incluso si eso significaba que tenía que vivir con miedo a que su secreto quedara expuesto, era mejor eso, a que Qhuinn fuera condenado como un asesino y que John cargara con una muerte sobre su conciencia.
Por favor Dios, deja que Lash viva.

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