jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 16 17 18

Capítulo 16

En el centro de la ciudad en el ZeroSum, Rehv había tenido una noche de mierda y su jefa de seguridad la estaba empeorando. Xhex estaba de pie delante de su escritorio con los brazos cruzados, mirándolo por encima de la nariz como si fuera mierda de perro en una noche calurosa.
Se frotó los ojos y después le dedicó una mirada feroz.
—¿Y por qué me dices que me quede aquí?
—Porque estás intoxicado y asustas al personal.
Lo cual demostraba que al menos tenían medio cerebro, pensó.
—¿Qué pasó anoche? —le preguntó suavemente.
—¿Te dije que compré ese solar cuatro bloques más abajo?
—Sí. Ayer. ¿Qué pasó con la Princesa?
—Esta ciudad necesita un club Gótico. Creo que lo llamaré La Máscara de Hierro. —Se inclinó hacia la brillante pantalla de su ordenador portátil—. El flujo de efectivo aquí es lo suficientemente fuerte como para cubrir un préstamo para construcción. O simplemente podría emitir un cheque, aunque eso haría que nos practicaran otra auditoria. El dinero sucio es jodidamente complicado de manejar, y si me vuelves a preguntar por la jodida noche pasada, voy a sacarte a patadas en el culo de aquí.
—Bueno, parece que hoy nos dio por ser corteses.
Cuando los colmillos salieron disparados dentro de su boca, se le tensó el labio superior.
—No me provoques, Xhex. No estoy de humor.
—Mira, puedes mantener la boca cerrada, está bien, pero no descargues la mierda que tienes en la cabeza sobre el personal. No tengo ningún interés de terminar limpiando los restos interpersonales de tus… ¿Por qué te estás frotando los ojos otra vez?
Estremeciéndose, le echó una mirada al reloj. En medio de su visión plana y enrojecida, comprendió que tan sólo habían pasado tres horas desde la última dosis de dopamina.
—¿Ya necesitas otra dosis? —preguntó Xhex.
No se molestó en asentir, tan sólo abrió el cajón y sacó un frasquito de cristal y una jeringuilla. Quitándose la americana, enrolló una manga, se hizo un torniquete en el brazo y luego intentó meter la fina cabeza de la aguja a través del sello rojo que tenía el recipiente.
No podía lograr dar en el blanco. Sin la percepción de profundidad, navegaba a través de un espacio vacío, intentando emparejar la punta de la aguja con la cima de la pequeña botella y obteniendo un montón de saltos fallidos.
Los symphaths sólo veían matices de rojo y en dos dimensiones. Cuando la medicación no funcionaba, ya fuera porque estaba nervioso o se había saltado una dosis, su cambio en la visión era el primer síntoma del problema.
—Mira, déjame.
Cuando una oleada de mareos lo atravesó, se percató de que no podía hablar, por lo que negó con la cabeza y continuó tratando de meter la jeringuilla. En el ínterin, su cuerpo comenzó a despertarse de su estado de profunda congelación, las sensaciones inundaron sus brazos y piernas provocando un leve hormigueo.
—Ok, ya tuve suficiente de tu ego. —Xhex dio la vuelta al escritorio poniéndose en modo polivalente—. Solo déjame...
Él intentó bajarse la manga de la camisa a tiempo. No lo consiguió.
—Jesucristo —siseó ella.
Apartó el antebrazo alejándolo de ella, pero era demasiado tarde. Muy, muy tarde.
—Déjame hacerlo —dijo Xhex, poniéndole la mano sobre el hombro—. Simplemente relájate, jefe… y deja que cuide de ti.
Con manos sorprendentemente suaves, cogió la jeringuilla y el frasco, después extendió el calamitoso antebrazo lleno de hematomas sobre el escritorio. Había estado pinchándose tanto últimamente que a pesar de lo rápido que sanaba, sus venas estaban diezmadas, todas hinchadas y agujereadas, llenas de hoyos asemejándose a carreteras con tránsito pesado.
—Vamos a utilizar el otro brazo.
Mientras estiraba el derecho, Xhex atravesó la tapa del frasco con la aguja sin problemas, succionando la que debería haber sido su dosis normal. Él negó con la cabeza y levantó dos dedos para que ella doblara la dosis.
—Eso es demasiado —le dijo.
Se abalanzó para coger la jeringuilla, pero ella la puso fuera de su alcance.
Golpeó el escritorio con el puño, y la atravesó con la mirada, con una cruda demanda en su expresión.
Pronunciando un par de palabras bien escogidas, sacó más medicación del frasco y luego se puso a buscar una toallita desinfectante dentro del cajón, mientras él la observaba, rasgó la cosa para abrirla y desinfectó una zona sobre el pliegue del codo. Después de pincharlo, lo liberó del torniquete y puso el equipo sobre el escritorio.
Él se aflojó en la silla y cerró los ojos. El rojo persistía incluso con los párpados cerrados.
—¿Cuánto hace que está sucediendo esto?—le preguntó tranquilamente—. ¿Las dosis dobles? ¿El inyectarte sin desinfectar el lugar previamente? ¿Cuántas veces por día haces esto?
Se limitó a sacudir la cabeza.
Momentos más tarde, la oyó abrir la puerta y decirle a Trez que acercara el Bentley. Justo cuando se estaba preparando para lanzarle un de-ninguna-jodida-forma, ella sacó uno de los abrigos de marta cibelina del armario.
—Vamos a ir a ver a Havers —dijo—. Y si discutes conmigo, voy a llamar a los muchachos y van sacarte de esta oficina como una alfombra enrollada.
Rehv la miró furioso.
—No eres… el jefe aquí.
—Cierto. Pero ¿piensas que si les dijera a tus muchachos como tienes de infectado el brazo se demorarían siquiera en respirar antes de moverte a pulso? Si eres agradable, puede que acabes en el asiento trasero del coche en vez de en el maletero. Si eres un gilipollas, serás el adorno del capó.
—Que te jodan.
—Lo intentamos, ¿recuerdas? Y a ninguno de los dos nos gustó.
Mierda, eso era algo que no necesitaba que le recordaran en ese momento.
—Sé simpático, Rehv. No vas a ganar esta vez, así que ¿por qué te molestas en discutir? Cuanto antes vayas, antes regresarás. —Se miraron furiosamente el uno al otro hasta que ella dijo—. Bien, omite lo de la dosis doble. Permite que Havers te mire el brazo. Una palabra: septicemia .
¿Cómo si el doctor no fuera a imaginarse lo que estaba ocurriendo en cuanto le viera el brazo?
Rehv palmeó su bastón y se levantó lentamente de la silla.
—Tengo demasiado calor… para llevar abrigo.
—Y yo lo llevaré para que cuando la dopamina te haga efecto y te enfríes no pilles un resfriado.
Xhex le ofreció el brazo sin mirarlo porque sabía que era un gilipollas demasiado lleno de orgullo como para apoyarse en ella de otra manera. Y él necesitaba apoyarse en ella. Estaba débil como la mierda.
—Odio cuando tienes razón —dijo.
—Lo que explica por qué siempre tienes tan mal genio.
Juntos caminaron lentamente saliendo de la oficina hacia el callejón.
Allí estaba el Bentley esperando, con Trez detrás del volante. El moro no formuló preguntas ni hizo comentarios, como era su costumbre.
Y, por supuesto, todo ese aplastante silencio siempre hacía que te sintieras peor cuando ya de por sí estabas actuando como un imbécil.
Rehv no hizo caso al hecho de que Xhex lo colocara en el asiento de atrás y se deslizara a su lado como si estuviera preocupada de que pudiera marearse en el coche o alguna mierda así.
El Bentley arrancó con la suavidad de una alfombra mágica y eso era jodidamente pertinente, ya que él sentía como si estuviera viajando en una. Con su naturaleza symphath combatiendo contra su sangre de vampiro, se estaba balanceando entre su lado malo y su lado medio decente y los cambios gravitatorios de su moralidad lo hacían sentir nauseoso como la mierda.
Tal vez Xhex había tenido razón al preocuparse de que fuera a tener ganas de vomitar.
Doblaron a la izquierda en Trade, conectando con la Décima Avenida y aceleraron en dirección al río, donde cogieron la carretera. Cuatro salidas más allá, se salieron de la carretera y se deslizaron por un distrito de clase alta, donde las grandes casas, erigidas sobre parcelas grandes como parques estaban apartadas de la carretera asemejando reyes que esperaban que se arrodillaran ante ellos.
Con su vista roja y bidimensional Rehv no percibía mucho con los ojos. Pero con su lado symphath, sabía demasiado. Podía sentir a la gente en las mansiones, conocía a los habitantes por la huella emocional que emitían, gracias a la energía que liberaban sus sentimientos. Mientras que su vista era plana como una pantalla de TV, su percepción de la gente era en tres dimensiones. Quedaban registrados como un modelo de rejilla psíquico, su interacción de alegría y tristeza, culpa y lujuria, cólera y sufrimiento creaban estructuras que para él eran tan sólidas como sus casas.
Aunque su mirada no podía penetrar los muros de contención y los árboles estratégicamente plantados, no podía abrir brechas en las piedras y la argamasa de las mansiones, su naturaleza maléfica veía a los hombres y mujeres por dentro tan claramente como si estuvieran desnudos de pie delante suyo y sus instintos cobraran vida. Se concentró en las debilidades que se filtraban por aquellas rejillas emocionales, encontrando las partes más débiles en las estructuras de la gente, deseando socavarlas aún más. Era un gato astuto persiguiendo a un ratón manso, el cazador con garras que quería juguetear con ellos hasta que sus pequeñas cabezas sangraran por sus sucios secretos, sus oscuras mentiras y sus vergonzosas preocupaciones.
Su parte maléfica los odiaba con sosegada indiferencia. Su naturaleza symphath, consideraba que los débiles no eran dignos de heredar la tierra. Deberían comerla hasta morir atragantados. Y después debías machacar sus cadáveres en el fango de su sangre para llegar hasta la siguiente víctima.
—Odio las voces en mi cabeza —dijo.
Xhex le echó un vistazo. En el resplandor del asiento trasero, su severo y elegante rostro le resultó curiosamente hermoso, probablemente porque era la única que realmente entendía los demonios contra los que luchaba y esa conexión la hacía adorable.
—Es mejor aborrecer esa parte de ti —dijo ella—. El odio te mantiene a salvo.
—Combatir esto es un coñazo.
—Lo sé. Pero, ¿Tolerarías que fuera de otro modo?
—A veces, no estoy tan seguro.
Diez minutos más tarde, Trez traspasó las puertas de la propiedad de Havers y para entonces las manos y los pies de Rehv volvían a estar entumecidos y su temperatura central había descendido. Mientras el Bentley daba la vuelta dirigiéndose a la parte posterior para luego detenerse frente a la entrada de la clínica, el abrigo de marta cibelina fue como un regalo del cielo y se acurrucó dentro de él para calentarse. Cuando salió del coche, notó que la visión enrojecida también había retrocedido, su vista volvía a percibir la paleta llena de colores del mundo normal, y su percepción de profundidad volvía a colocar los objetos en la orientación espacial a la que estaba acostumbrado.
—Me quedo aquí fuera —dijo Xhex desde el asiento trasero.
Ella nunca entraba a la clínica. Claro que, considerando lo que le habían hecho, podía entender el por qué.
Palmeó su bastón y se apoyó en él.
—No tardaré mucho.
—Tardarás tanto tiempo como sea necesario. Trez y yo te esperaremos.

Phury regresó del Otro Lado y tele-transportó el culo directo hacia el ZeroSum. Se abasteció con iAm ya que Rehv no estaba y el moro había quedado a cargo, después se fue a casa y corrió hasta su dormitorio.
Antes de golpear a la puerta de Cormia para decirle que era libre de volver al Santuario, iba a tener que fumarse un porro para tranquilizarse un poco. Y cuando hablara con ella, iba a prometerle que nunca la visitaría como Primale y también le diría que iba a protegerla de las habladurías y las críticas.
También iba a aclararle que lamentaba haberla mantenido apartada durante el tiempo que habían pasado en este lado.
Al sentarse sobre la cama, con los papeles de fumar en la mano, intentó ensayar lo que le diría... y terminó pensando en cómo ella lo había desvestido la noche anterior, en sus elegantes y pálidas manos tirando de su cinturón antes de pasar a ocuparse de la pretina de los pantalones de cuero. Como un torrente, una inyección de rabioso erotismo al rojo vivo, se apoderó de la cabeza de su polla y aunque hizo todo lo posible para no pensar en ello, fingiéndose tranquilo, calmado y absolutamente controlado era como estar en la cocina de una casa en llamas.
Tendías a notar el calor y todas las alarmas contra incendios que se disparaban.
Ah... pero no duró. El coche de bomberos y su equipo de enmascarados enguantados llegó en forma de una imagen de todas aquellas cunas vacías. El recuerdo fue como un arma cargada apuntada sobre su cabeza y seguro como la mierda extinguió sus llamas.
El hechicero apareció en su mente, de pie en su campo lleno de cráneos, delineado contra al cielo gris.
Mientras crecías, tu padre estaba borracho noche y día. ¿Recuerdas como te hacía sentir eso? Dime, compañero, ¿qué tipo de papá vas a ser para todos esos hijos de tus entrañas, considerando que estás fumado veinticuatro horas al día los siete días de la semana?
Phury dejó lo que estaba haciendo y pensó en el número de veces que había recogido a su padre de entre las malas hierbas del jardín y lo había arrastrado de vuelta a la casa justo cuando el sol comenzaba a salir. Tenía cinco años la primera vez que lo había hecho... y había estado aterrorizado, temiendo no ser capaz de llevar el tremendo peso de su padre a cubierto lo suficientemente rápido. Qué horror. Aquel enredado jardín le había parecido grande como una selva y sus pequeñas manos perdían una y otra vez el asidero sobre el cinturón de su padre. Su rostro había estado bañado con lágrimas de pánico mientras comprobaba el progreso del sol una y otra y otra vez.
Cuando finalmente había logrado entrar a su padre en la casa, Ahgony había abierto los ojos y había abofeteado a Phury cruzándole la cara con una mano tan grande como una sartén.
Yo pretendía morir allí, idiota.
En ese momento se había producido un instante de silencio; luego su padre había estallado en llanto, lo había agarrado, abrazado y le había prometido que nunca intentaría matarse otra vez.
Salvo que había habido una próxima vez. Y una próxima vez. Y una próxima vez. Siempre con el mismo intercambio al final.
Phury seguía rescatándole, porque estaba empeñado en que al volver a casa Zsadist encontrara un padre.
El hechicero sonrió.
Y aún así eso no fue lo que ocurrió, ¿verdad, compañero? Tu padre murió de todos modos y Zsadist nunca lo conoció.
A fin de cuentas, es bueno que empezaras a fumar así Z puede experimentar la herencia familiar de primera mano.
Phury frunció el ceño y miró a través de las puertas dobles del cuarto de baño hacia los servicios. Cerrando el puño alrededor de la bolsa de humo rojo, comenzó a levantarse, decidido a tirarla por la taza.
El hechicero se rió.
No serás capaz de hacerlo. No hay forma que puedas renunciar a ello. Joder. Ni siquiera puedes dejarlo durante cuatro horas por la tarde sin que te de un ataque de pánico. Honestamente, ¿puedes imaginarte los próximos setecientos años de tu vida sin fumar nunca más? Vamos, compañero, sé razonable.
Phury se volvió a sentar en la cama.
Oh, mira, tiene cerebro. Qué impresión.
Su corazón lo estaba matando mientras terminaba de lamer y retorcer el porro que tenía en la mano y se lo ponía entre los labios. En el momento en que sacaba el encendedor, sonó el teléfono al otro lado de la habitación.
La intuición le dijo quién era y cuando sacó el móvil de los pantalones de cuero, vio que tenía razón. Zsadist. Y el hermano había llamado tres veces.
Mientras contestaba deseó que su porro ya estuviera encendido.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
—Acabo de volver del Otro Lado.
—Ok, pues lleva tu culo a la clínica. Hubo una pelea en el vestuario. Pensamos que John Matthew la inició, pero Qhuinn la terminó acuchillando a Lash en el cuello y el chico ya ha tenido un paro cardiaco. Dicen que lo han estabilizado, pero nadie sabe qué va a pasar. Acabo de intentar llamar a sus padres otra vez, sólo obtengo el buzón de voz, probablemente debido a esa fiesta. Te quiero aquí cuando ellos lleguen.
Wrath no debía haberle dicho a Z la gran patada en el culo que le habían dado.
—¿Hola? —dijo bruscamente Zsadist—. ¿Phury? ¿Tienes algún problema conmigo?
—No. —Con un rápido giro a la tapa del encendedor y un golpe del pulgar, obtuvo fuego. Se volvió a poner el canuto en la boca, se inclinó para encenderlo y se preparó para lo que vendría—. Pero igualmente, no puedo ir.
—¿Qué significa que no puedes? Mi shellan está embarazada y confinada a la cama y yo me las arreglé para venir. Te necesito como representante del programa de adiestramiento y como miembro de la Hermandad…
—No puedo.
—¡Jesucristo, puedo oírte fumando! ¡Deja los jodidos porros y haz tu maldito trabajo!
—Ya no soy un Hermano.
Se hizo un absoluto silencio en el teléfono. Luego la voz de su hermano, baja y casi inaudible dijo:
—Qué.
No era una pregunta. Era más bien como si Z supiera la respuesta, pero esperase un milagro de todos modos.
Phury no podía dejar así a su gemelo.
—Mira… Wrath me echó de la Hermandad. Anoche. Asumí que te lo había dicho. —Phury inhaló con fuerza y dejó que el humo saliera de entre sus labios lentamente como la melaza. Tan sólo podía imaginarse como se vería su gemelo en ese momento, el RAZR apretado en un puño, los ojos negros por la cólera y el labio superior deformado retirado hacia atrás.
El gruñido que se disparó en su oído no fue una sorpresa.
—Genial. Bien hecho cabrón.
El teléfono quedó muerto.
Phury marcó el número de Z y fue remitido al buzón de voz. Tampoco fue una sorpresa.
Mierda.
No sólo quería suavizar las cosas con Zsadist; quería saber qué demonios había pasado en el centro de entrenamiento. ¿Estaba John bien? ¿Lo estaba Qhuinn? Ambos muchachos tenían un temperamento vivo, como todos los machos recién pasados por la transición, pero eran de buen corazón.
Lash debía haber hecho algo horrible.
Phury fumó el porro en un tiempo record. Mientras enrollaba otro y lo encendía, decidió que Rhage le contaría los detalles. Hollywood era siempre una fuente de…
El hechicero negó con la cabeza.
Comprendes, compañero, que Wrath no apreciará que sigas metiendo las narices en todos los asuntos de la Hermandad. Aquí sólo eres un invitado, un jodido bastardo. Ya no eres parte de la familia.

Arriba en la sala de proyección, Cormia se reclinó en un asiento que era tan cómodo como lo había sido el agua de la piscina, la rodeaba completamente, como la palma de un amable gigante.
Las luces se atenuaron y John bajó a la parte delantera de la sala.
Escribió algo en el teléfono y luego le mostró la pantalla.
¿Estás lista?
Cuando asintió, la sala oscura quedó alumbrada por una imagen enorme y el sonido comenzó a llegar de todas partes.
—¡Queridísima Virgen!
John extendió la mano y la puso encima de la de ella. Después de un momento, se calmó y se concentró en la pantalla propiamente, que estaba bañada en matices de azul. Las imágenes de humanos aparecían y desaparecían, machos y hembras bailando juntos, con los cuerpos muy juntos y las caderas girando al compás de la música.
Letreros en español de color rosa aparecían a intervalos regulares.
—¿Esto es lo mismo que la televisión? —preguntó—. ¿Funciona de la misma manera?
John asintió en el mismo momento que las palabras Dirty Dancing aparecían en rosa.
Repentinamente, apareció una máquina de esas a las que llamaban coche, bajando por una carretera rodeada de colinas verdes. Había gente en el coche. Una familia de humanos con un padre, una madre y dos hijas.
Una voz femenina inundó la habitación:
—Era el verano de 1963...
Cuando John le puso algo en la mano, apenas si pudo soportar apartar la mirada de la pantalla el tiempo suficiente para ver lo que era. La cosa resultó ser una bolsa, una bolsa pequeña, de color marrón oscuro que estaba abierta en la parte de arriba. Él hizo la pantomima de coger algo de ella y ponerlo en su boca, así que metió la mano dentro. Al sacarla tenía pequeñas piezas redondas multicolores y vaciló.
Definitivamente no eran blancos. E incluso estando de este lado sólo había comido comida blanca, como era tradición.
Pero francamente, ¿qué daño podría hacer?
Echó un vistazo a su alrededor, incluso sabiendo que no había nadie más con ellos y después, sintiéndose como si violara la ley, se metió unos cuantos en la bo…
¡Queridísima… Virgen… Escriba!
El sabor hizo que su lengua cobrara vida de una manera que le hizo pensar en la sangre. ¿Qué era este alimento? Cormia miró la bolsa. Había un par de personajes de dibujo animado en la parte delantera del paquete que se parecían al dulce. M&M’s, era lo que se leía.
Tenía que comerse la bolsa entera. Ahora mismo. No importaba que lo que estaba dentro no fuera blanco.
Cuando comió más y gimió, John se echó a reír y le dio una bebida en un vaso alto que decía Coca Cola sobre un fondo rojo. Dentro repiqueteaba el hielo y había un palito perforando la tapa. Él levantó la suya y chupó del palito. Ella hizo lo mismo y después regresó a su bolsa mágica y a la pantalla.
Ahora había un grupo de gente alineada al borde de un lago, intentando seguir el ejemplo de una bonita hembra rubia que se movía hacia la derecha y después hacia la izquierda. La joven hembra, Baby, la que había estado hablando al principio, luchaba por conseguir que su cuerpo siguiera el paso que todos los demás seguían.
Cormia se volvió hacia John para hacerle una pregunta y vio que estaba mirando su teléfono con el ceño fruncido como si estuviera contrariado.
Algo había pasado más temprano esa tarde. Algo malo. John estaba mucho más adusto de lo que nunca lo había visto, pero también era increíblemente reservado. Aunque quería ayudar de cualquier forma posible, no iba a presionarlo.
Como ella se guardaba muchas cosas para sí misma, entendía la importancia de la privacidad.
Dejándolo en paz, se acomodó en la butaca y permitió que la película la envolviera. Johnny era apuesto, aunque no tanto como el Primale y oh, como se movía cuando sonaba la música. Y la mejor parte era ver a Baby mejorar en el baile. Mirarla moverse torpemente, practicar, tropezar y finalmente hacer los movimientos bien hacían que su corazón la aclamara.
—Adoro esto —le dijo Cormia a John—. Me siento como si lo estuviera viviendo.
En el teléfono de John apareció.
Tenemos más películas. Toneladas de ellas.
—Quiero verlas. —Tomó un trago de la fría bebida—. Quiero verlas todas…
De repente, Baby y Johnny se quedaron solos en el espacio privado de él.
Cormia se quedó paralizada cuando se acercaron uno al otro y comenzaron a bailar en privado. Sus cuerpos eran tan diferentes, Johnny era mucho más grande que Baby, mucho más musculoso y aún así la tocaba con reverencia y cuidado. Y no era el único que acariciaba. Ella le devolvía las caricias, le recorría la piel con las manos y parecía que le encantaba lo que estaba sintiendo.
Cormia separó los labios y se irguió, acercándose más a la pantalla. En su mente, el Primale tomó el lugar de Johnny y ella se convirtió en Baby. Juntos se acariciaban el uno al otro con el cuerpo, friccionando las caderas, haciendo desaparecer la ropa. Estaban solos en la oscuridad, en un lugar seguro donde nadie podía verlos ni interrumpirlos.
Era lo que había pasado en el dormitorio del Primale, sólo que aquí no se detenían y no había otras implicaciones, ninguna pesada tradición, ningún miedo al fracaso y sus treinta y nueve hermanas quedaban fuera del escenario.
Tan simple. Tan real, aunque estuviera sólo en su mente.
Esto era lo que quería experimentar con el Primale, pensó, mirando fijamente la película. Esto era lo que quería.




Capítulo 17

Cuando John se sentó junto a Cormia, comprobó su teléfono otra vez por dos razones. La escena sexual le hacía sentir torpe, y estaba desesperado por saber algo de Qhuinn y Lash.
Maldita sea.
Le envío otro mensaje de texto a Blay, que le contestó inmediatamente diciendo que tampoco había tenido noticias y pensaba que iba siendo hora de sacar las llaves del coche.
John dejó el teléfono sobre su muslo. Era imposible que Qhuinn hubiera hecho algo realmente estúpido. Estúpido como colgarse en el cuarto de baño. Nah. De ninguna manera.
Su padre, sin embargo, era capaz de cualquier cosa. John nunca conoció al hombre, pero había oído las historias de Blay… y visto la prueba en ese ojo negro que Qhuinn había lucido la noche después de su transición.
John sintió que su pie temblaba ligeramente y lo detuvo colocando la palma en su rodilla. Como el hijo de puta supersticioso que era, seguía pensando en el cuento de viejas que decía que las malas noticias siempre venían de tres en tres. Si Lash moría, quedarían dos más.
Pensó en los Hermanos, afuera en las calles con los lessers. Y Qhuinn en alguna parte, solo en la oscuridad noche. Y Bella con su embarazo.
Comprobó el teléfono otra vez y gesticulo una maldición.
—Si necesitas irte —dijo Cormia—, estaré encantada de quedarme aquí sola.
Comenzó a negar con la cabeza, y ella le detuvo al tocarle ligeramente el antebrazo.
—Ocúpate de lo que sea. Es obvio que has tenido una tarde difícil. Te pediría que hablaras de ello, pero no creo que lo hagas.
Sólo porque estaba en su mente, escribió: Me gustaría poder regresar y no ponerme los zapatos.
—¿Perdona?
Bien, mierda, ahora tenía que explicarse o quedaría como un idiota.
Algo malo ha ocurrido esta noche. Justo antes que pasara, mi amigo me dio este par de zapatillas que llevo puestas. Si no me las hubiera puesto, los tres nos habríamos ido antes... Vaciló, pensando que él y sus amigos se hubieran ido antes de que Lash saliera de la ducha... de que sucediera lo que sucedió.
Cormia lo miró por un momento.
—¿Te gustaría saber lo que yo pienso?
Cuando asintió, le dijo:
—Si no hubieran sido las zapatillas, te hubieras demorado dondequiera que estuvieras por otra razón. Hubiera sido otra persona poniéndose algo. O una conversación. O una puerta que no se abriera. Del mismo modo que tenemos libre albedrío, el destino absoluto es inmutable. Lo que se supone que debe ocurrir, ocurre, de una forma o de otra.
Dios mío, cuando estaba en la Oficina del centro de entrenamiento, había seguido la misma línea de pensamiento. Salvo que…
No obstante es mi culpa. Se trataba de mí. Todo ocurrió debido a mí.
—¿Ofendiste a alguien? —cuándo John negó con la cabeza, preguntó—: Entonces ¿cómo puede ser culpa tuya?
No podía entrar en detalles. De ninguna manera. Simplemente lo es. Mi amigo hizo algo horrible para salvar mi reputación.
—Pero esa fue su elección como macho de valía. —Cormia le apretó el antebrazo—. No lamentes su libre albedrío. En lugar de ello, pregúntate que puedes hacer tú para ayudarle ahora.
Me siento tan malditamente impotente.
—Esa es tu percepción. No la realidad —dijo en voz baja—. Ve y piensa. El camino vendrá a ti. Lo sé.
Su tranquila fe en él era aún más poderosa porque se percibía en su rostro, no simplemente en sus palabras. Y era exactamente lo que él necesitaba.
Eres realmente estupenda, escribió.
Cormia enrojeció de placer.
—Gracias, señor.
Sólo John, por favor.
Le entregó el mando a distancia y se aseguró de que supiera cómo manejarlo. Cuando lo entendió a la primera, no se sorprendió. Era muy parecida a él. Sus silencios no significaban que no fuese lista.
Se inclinó ante ella, lo que lo hizo sentirse un poco extraño pero parecía ser lo adecuado, y luego se largó de allí. Mientras bajaba las escaleras hasta el segundo piso, envío un mensaje de texto a Blay. Habían pasado cerca de dos horas desde la última vez que habían tenido noticias de Qhuinn, y definitivamente era hora de ir a investigar. Como era probable que tuviera sus efectos personales con él, la desmaterialización no era una opción, así que no podía haber ido lejos, porque no tenía coche. ¿A menos que hubiera pedido a uno de los doggen de la familia que le llevara a alguna parte?
John empujó las puertas dobles, que se abrían hacia el pasillo con estatuas y pensó que Cormia tenía mucha razón: quedarse sentado sobre el culo no ayudaría a Qhuinn, mientras lidiaba con el problema de ser expulsado de su familia, y no iba a alterar el hecho de si Lash vivía o moría.
Y por muy incómodo que se sintiese por lo que sus amigos habían oído, ambos eran más importantes que esas palabras que habían sido pronunciadas tan cruelmente en el vestuario.
Justo cuando llegaba a las escaleras, su teléfono se iluminó con un mensaje de texto. Era de Zsadist: Lash tuvo un paro. No pinta bien.

Qhuinn caminaba por un lado del camino, con la mochila golpeándole el trasero a cada paso que daba. Más adelante, un relámpago culebreó en el cielo e iluminó los robles, convirtiendo sus troncos en lo que parecía una línea de gamberros de hombros anchos. El trueno que siguió no estaba muy lejos, se sentía el ozono en el aire. Tenía el presentimiento de que estaba a punto de empaparse.
Y así fue. Al principio, las gotas de tormenta eran gruesas y espaciadas, pero después se volvieron más pequeñas y frecuentes, como si las grandes hubieran saltado de las nubes primero y las crías las hubieran seguido sólo después de que fuera seguro hacerlo.
El agua que caía sobre la mochila de nailon sonaba como pequeños estallidos, y el cabello en lo alto de su cabeza comenzó a aplastarse. No tomó medidas para protegerse, porque la lluvia iba a ganar. No tenía paraguas y no estaba dispuesto a pararse bajo un roble para refugiarse.
Extra-crujiente no era considerado para nada buena pinta.
El coche se detuvo en el camino detrás de él, unos diez minutos después que hubiera comenzado a llover. Los focos delanteros iluminaron su espalda y delinearon su sombra en el pavimento frente a él. El resplandor se volvió más brillante cuando el quejido del motor dejó de acercarse.
Blay había venido tras él.
Se detuvo y se dio la vuelta, escudándose los ojos con el antebrazo. Bajo las luces la lluvia formaba un fino diseño blanco, y la niebla flotaba frente a los faros, recordándole algunos episodios de Scooby-Doo.
—¿Blay, podrías apagar las largas? Me están cegando.
La noche se volvió oscura y las cuatro puertas del coche se abrieron, no se veía ninguna luz interior.
Lentamente Qhuinn dejó caer la mochila al suelo. Éstos no eran lessers, eran machos de su especie. Lo cual, en vista que estaba desarmado, era sólo moderadamente reconfortante.
Las puertas se cerraron con una sucesión cíclica de pams. Cuando otro rayo relampagueó en el cielo, tuvo un atisbo de a qué se enfrentaba: los cuatro vestían de negro y llevaban capuchas que cubrían sus facciones.
Ah, sí. La tradicional guardia de honor.
Qhuinn no corrió cuando uno por uno fueron sacando sus garrotes negros; se colocó en posición de lucha. Iba a perder y perder a lo grande, pero maldita sea, caería con los puños ensangrentados y los dientes de estos chicos en el suelo.
La guardia de honor le rodeó en la clásica posición para dar una paliza, y él dio vueltas en el lugar, esperando el primer golpe. Éstos eran tipos grandes, todos de su tamaño, y su propósito era exigir una compensación física a su cuerpo por lo que le había hecho a Lash. Como esto no era un rythe, sino una revancha, podía defenderse.
Entonces Lash debía de haber sobrevivido…
Le dieron con uno de los garrotes en la parte de atrás de la rodilla, y fue como ser electrificado por un Taser. Se esforzó por conservar el equilibrio, sabiendo que si caía estaba jodido, pero alguien más se encargó de su otra pierna dándole un formidable golpe seco en el músculo del muslo. Cuando aterrizó sobre sus manos y rodillas, los garrotes le golpearon los hombros y la espalda, pero se abalanzó y atrapó a uno de los guardias por ambos tobillos. El tipo intentó apartarse, pero Qhuinn conservó su premio, causando un brusco cambio en el centro de gravedad del hombre. Afortunadamente, mientras el bastardo caía como un yunque, fue lo bastante amable como para llevarse a uno de sus amigos con él.
Qhuinn necesitaba un garrote. Esa era su única posibilidad.
En un arranque impresionante, intentó tomar el arma del que había derribado, pero otro garrote le golpeó de lleno en la muñeca. El dolor fue como un anuncio de neón rezando Estás jodido, y su mano quedó instantáneamente incapacitada, colgando floja e inútil de su brazo. Lo bueno era que era un hijo de puta ambidextro. Agarró el garrote con la izquierda y se lo clavó al que estaba delante de él, justo en la rodilla.
Después de eso las cosas se pusieron divertidas. Ponerse de pie estaba descartado, así es que fue letalmente rápido en tierra, yendo tras sus piernas y testículos. Era como estar rodeado de perros de presa que se abalanzaban y se retiraban, según hacia dónde se girase.
Estaba comenzando a pensar que realmente podría mantenerlos apartados, cuando uno de ellos cogió una piedra del tamaño de un puño y se la lanzó a la cabeza. Se agachó a tiempo pero la muy perra rebotó en el suelo… y le dio justo en la sien. Se detuvo durante un instante, y eso fue todo lo que necesitaron. Se amontonaron sobre él, y comenzó la verdadera paliza. Encogiéndose como una pelota, puso los brazos sobre su cabeza protegiéndose los órganos vitales y el cerebro lo mejor que pudo mientras lo machacaban.
Se suponía que no le matarían.
Realmente no deberían.
Pero uno de ellos le pateó la parte baja de la espalda, dándole directamente en los riñones. Cuando se arqueó, porque no pudo evitarlo, abrió un hoyo en su defensa que dejó al descubierto la parte baja de su barbilla. Fue allí donde le asestaron la segunda patada.
Su mandíbula no absorbía bien los golpes… de hecho, era un amplificador, ya que sus dientes inferiores golpeaban ruidosamente contra los superiores y el cráneo absorbía todo el embate del impacto. Atontado, se aflojó, al soltar los brazos, su posición defensiva se debilitó.
Se suponía que no le matarían, ya que si estaban haciendo esto, era porque Lash aún seguía con vida. Si el tipo hubiera muerto, habría sido llevado frente al Rey por los padres de su primo, quienes hubieran exigido su ejecución, aunque técnicamente fuera menor de edad. No, ésta paliza era un ojo por ojo por una lesión corporal. O al menos, así se suponía que debía ser.
El problema fue que, le patearon hasta ponerlo de espaldas, y luego uno de ellos tomó impulso y plantó ambas botas de combate en el centro del pecho de Qhuinn.
Su aliento salió disparado. Su corazón dejó de bombear. Todo se detuvo.
Y entonces fue cuando oyó la voz de su hermano:
—No vuelvas a hacer eso. Va contra las reglas.
Su hermano... ¿Su hermano...?
Entonces, esto no era por el agravio a Lash.
Esto venía de parte de su propia familia, para vengar la ofensa a su honor.
Mientras Qhuinn boqueaba tratando de respirar sin que sus intentos le valieran de nada, los cuatro se pusieron a discutir entre ellos. La voz de su hermano era la más alta.
—¡Es suficiente!
—¡Jodido bastardo mutante, merece morir!
Qhuinn perdió interés en el drama cuando se dio cuenta que su corazón todavía no había comenzado a funcionar nuevamente… y ni siquiera el repentino pánico que sintió al comprenderlo le sirvió de patada de arranque a la maldita cosa. Su vista se convirtió en un tablero de ajedrez y comenzaron a entumecérsele las manos y los pies.
Fue en ese momento que vio la luz brillante.
Mierda, el Fade venía a por él.
—¡Cristo! ¡Vámonos!
Alguien se agachó hasta él.
—Volveremos por ti, cabrón. Y la próxima vez, sin tu jodido hermano.
Hubo un revuelo de botas, una serie de abrir y cerrar de puertas, y luego un chirrido cuando el coche arrancó. Cuando otro coche se acercó, se percató que las luces que brillaban sobre él no eran las de la otra vida, sino alguien conduciendo otro coche.
Yaciendo en el lamentable estado en que lo habían dejado, tuvo un fugaz pensamiento de que tal vez él mismo podría golpearse el pecho. Como en Casino Royale y hacerse la reanimación cardio-pulmonar a sí mismo.
Cerró los ojos. Bueno, si sólo pudiera hacerlo al estilo 007... Ni hablar, no tenía ni la más mínima posibilidad. No podía lograr que sus pulmones fueran más allá de inspiraciones superficiales y su corazón no era más que un inútil nudo de músculos dentro de su pecho. El hecho que ya no sintiera dolor, era aún más preocupante.
La siguiente luz blanca que le iluminó era como la niebla que flotaba sobre la carretera, una niebla suave y apacible que le bañaba y le calmaba. Cuando lo iluminó, pasó de estar aterrorizado a absolutamente impertérrito. Esto, lo supo, no era un coche. Ahora si era el Fade.
Se sintió levitar alejándose del pavimento elevándose, ingrávido, hasta que estuvo frente a la entrada de un pasillo blanco. En el extremo más alejado, había una puerta que se sintió compelido a abrir. Caminó hacia ella con urgencia creciente, y en el momento en que la alcanzó, agarró el picaporte. Cuando su mano envolvió el metal caliente, tuvo la vaga idea que una vez que la atravesara, todo acabaría. Estaba en un punto intermedio mientras no abriera la puerta y cruzase hacia lo que había al otro lado.
Una vez que estuviera dentro, no habría forma de regresar.
Justo cuando estaba a punto de girar la mano, vio una imagen en los paneles de la puerta. Estaba borrosa e hizo una pausa, tratando de averiguar lo que era.
Oh... Dios... pensó, cuando se dio cuenta de lo que veía.
Santa... mierda.


Capítulo 18

Cormia no estaba en su habitación, ni en el baño.
Mientras Phury bajaba al vestíbulo para buscarla, tomó una decisión. Si se topaba con Rhage, no le iba a hacer las preguntas que tenía en mente. La mierda con los estudiantes, los lessers y la guerra ya no eran su territorio, y sería mejor que se acostumbrara a ello.
Las cuestiones sobre los Hermanos y los estudiantes ya no eran asunto suyo.
Cormia era su responsabilidad. Ella y las Elegidas. Y, maldición, ya iba siendo hora de que lo enfrentara.
Cuando llego a la arcada que conducía al comedor Phury se detuvo en seco.
—¿Bella?
La shellan de su gemelo estaba sentada en una de las sillas junto al aparador, tenía la cabeza inclinada y la mano en la barriga. Respiraba con pequeños resoplidos.
Levantó los ojos hacia él y sonrió débilmente.
—Hola.
Oh, Dios.
—Hola. ¿Qué haces?
—Estoy bien. Y antes que digas... que debería estar en la cama… justo me dirigía hacia allí… —sus ojos se desplazaron hacia la gran escalera—. Es sólo que en estos momentos parece un poco lejos.
En nombre del decoro, Phury siempre había tenido cuidado de no buscar la compañía de Bella fuera de las comidas comunitarias, incluso antes de que Cormia se mudara a la casa.
Sin embargo este no era el momento para mantener las distancias.
—¿Por qué no me permites llevarte?
Hubo una pausa, y se preparó para rebatir sus argumentos. Tal vez, ella lo dejara al menos cogerla del brazo…
—Sí. Por favor.
Oh... mierda.
—Mírate, comportándote tan razonablemente.
Sonrió, como si no se estuviera llevando el susto de su vida, y fue hacia ella. Parecía ligera como el aire cuando la recogió pasándole un brazo bajo las piernas y el otro alrededor de la espalda. Olía como las rosas que florecen por la noche y algo más. Algo... no completamente correcto, como si las hormonas del embarazo estuvieran desequilibradas.
Tal vez estuviera sangrando.
—Así qué, ¿cómo te sientes? —preguntó en una voz sorprendentemente calmada mientras la llevaba hacia la escalera.
—Igual. Cansada. Pero él bebé está dando muchas patadas, lo que es bueno.
—Eso ciertamente es bueno. —Llegó al segundo piso y recorrió a zancadas el pasillo de las estatuas. Mientras Bella apoyó la cabeza sobre su hombro, y se estremeció un poco lo que le hizo querer echar a correr.
Precisamente cuando llegaban a su habitación, las puertas al final del pasillo se abrieron. Cormia las atravesó y titubeó, abriendo mucho los ojos.
—¿Podrías abrir esta puerta? —le preguntó.
Ella dio un paso adelante y abrió el camino para que él pudiera pasar al interior de la habitación. Se dirigió sin vacilar a la cama y depositó a Bella en el nido creado por las sábanas y mantas que estaban dobladas.
—¿Te gustaría comer algo? —le preguntó, intentando entablar conversación para ir llevándola poco a poco a la parte de vamos-a-llamar-a-la-doctora-Jane.
Un poco del antiguo brillo volvió a sus ojos.
—Creo que ese es el problema… comí demasiado. Terminé con dos potes de helado Ben&Jerry de menta con pepitas de chocolate.
—Buena elección, si se trata de hundir la cuchara. —Intentó sonar despreocupado al sugerir—: ¿Y qué te parece si llamo a Z?
—¿Para qué? Sólo estoy cansada. Y antes que lo preguntes, no, no estuve de pie más que la hora que me fue permitida. No lo molestes, estoy bien.
A lo mejor, pero aun así iba a llamar a su gemelo. Sólo que no delante de ella.
Echó un vistazo sobre su hombro. Cormia estaba justo afuera de la habitación, una figura silenciosa, vestida de túnica, y con el hermoso rostro lleno de inquietud. Se volvió hacia Bella.
—Hey, que dices ¿te gustaría tener un poco de compañía?
—Me encantaría. —Le sonrió a Cormia—. Tengo en TiVo una maratón de Project Runway y estaba a punto de verlos. ¿Quieres hacerme compañía?
Cormia lo miró rápidamente a los ojos, y debió ver la súplica en su mirada.
—No estoy segura de qué es eso, pero... sí, me gustaría hacerte compañía.
Cuando entró, le cogió el brazo y susurró:
—Voy a buscar a Z. Si muestra algún signo de dolor, pulsa asterisco Z en el teléfono, ¿de acuerdo? Ese es él.
Cormia asintió y dijo bajito:
—Cuidaré de ella.
Apretándole un poco el brazo, murmuró:
—Gracias.
Después de despedirse, cerró la puerta y camino por el pasillo unos cuantos metros antes de llamar a Z a su móvil. Contesta, Contesta...
Contestador.
Mierda.

—Ese no es él. ¡Ese no es él!
De pie bajo la lluvia, en la parte más alejada del callejón junto al McGrider, el señor D quería coger al asesino que tenía frente a él y usarlo como guardia dormido en medio de la calle Trade.
—¿Qué mierda te pasa? —el lesser gruño mientras apuntaba al vampiro civil que estaba a sus pies—. Este es el tercer macho que atrapamos esta noche. Más de lo que hemos capturado en un año…
El señor D sacó rápidamente su navaja de muelle.
—Y ninguno es el que estamos buscando. Así que vuelve a armarte y sal a la calle o me comeré tus huevos para el desayuno.
Cuando el asesino dio un paso atrás, el señor D se agachó y cortó la chaqueta del civil. El macho se había desmayado y daba la impresión de estar enfermo, el traje parecía irle holgado y era muy necesario que le hicieran una limpieza en seco. Su ropa estaba toda manchada de sangre roja, y su rostro era como un test Rorschach, puras manchas.
Buscando la cartera, el señor D tuvo que reconocer que hasta cierto punto estaba de acuerdo con su subordinado, pero se lo guardó para sí mismo. Era difícil creer que habían logrado llevar a cabo tres secuestros en una noche… pero aun así tenía un susto que se cagaba en los pantalones como si hubiera estado chupando ciruelas durante días.
El problema era que, no tenía buenas noticias para llevarle al Omega, y eran sus Levi’s los que estaban en peligro.
—Llévate esta cosa a la casa de la calle Lowell —dijo mientras un monovolumen azul pálido lleno de refuerzos entró en el callejón—. Cuando vuelva en sí, házmelo saber. Veré si puede decirnos algo sobre el que estamos buscando.
—Lo que usted diga, jefe. —Jefe fue pronunciado como gilipollas.
El señor D consideró sacar su navaja y despellejar al hijo de puta donde estaba. Pero como ya había despachado a un asesino esa noche, se obligó a enfundar la hoja y guardar el arma de vuelta en su abrigo. En ese momento mermar el grupo no era una buena idea.
—Yo que tú cuidaba mis modales, muchacho —murmuró mientras dos lessers salían del monovolumen y se acercaban para recoger al civil.
—¿Por qué? Esto no es Texas.
—Cierto. —El señor D inmovilizó los grandes grupos de músculos del asesino, agarrando al cabrón por las pelotas, y retorciéndole las joyas de esa corona como si fueran de goma. El asesino gritó, probando que aunque fuera impotente, el punto débil de un hombre seguía siendo la mejor forma de conseguir su atención.
—De todas formas no hay necesidad de ser grosero —murmuró el señor D mientras levantaba la vista hacia el rostro transfigurado del tipo—. ¿Tu madre no te enseñó nada?
La respuesta que le dio podría haber sido cualquier cosa desde el salmo veintitrés hasta un chiste de una rubia o incluso podría haber estado recitando una lista de la compra, por todo lo que se entendió.
Precisamente, cuando el señor D abría la mano, sintió que le picaba cada centímetro cuadrado de la piel.
Estupendo. La noche se ponía cada vez mejor.
—Encerrad a ese macho —dijo el señor D—, luego volvéis aquí. No hemos acabado por esta noche.
Para cuando el monovolumen se fue, estaba listo para frotarse una hoja de lija por todo el cuerpo. La increíble picazón significaba que el Omega quería verlo, ¿pero adonde diablos podría ir para tener una audiencia? Estaba en el centro, y la propiedad más cercana de la Sociedad Lessening estaba a unos buenos diez minutos en coche y considerando que no tenía noticias para compartir, pensaba que no era una buena idea retrasarse ni aunque fuera un poco.
El señor D corrió por Trade y verificó los edificios abandonados. Al final, decidió que no podía correr el riesgo de tener una audiencia con el Omega en ninguno de ellos. Los sin techo humanos merodeaban por todo el centro, y en una noche como esa, sin duda estarían buscando un lugar para cobijarse de las tormentas. La última cosa que el señor D necesitaba era un testigo humano, ni aunque fuera uno drogado o borracho, especialmente considerando que iba a llevarse una paliza.
Un par de bloques más allá, se encontró con una obra en construcción rodeada por una valla de treinta metros de altura. Había estado observando el avance de la construcción del edificio desde la última primavera, primero se construyó el exoesqueleto elevándose desde la tierra, luego la piel de vidrio envolvió las vigas, luego el sistema nervioso de cables y tuberías superponiéndose a todo ello. Los equipos habían dejado de trabajar por las noches, lo que significaba que para su actual necesidad era lo que para un cerdo encontrar el lodo donde poder revolcarse.
El señor D tomó carrera y saltó, se aferró con las dos manos al borde superior de la valla, y pasó el culo por encima de la misma. Golpeó el suelo quedándose en cuclillas y permaneció quieto.
Nadie se acercó a él y ningún perro se precipitó en su dirección, así que con la mente hizo que se apagaran un par de bombillas en sus receptáculos enrejados y se escabulló en medio de las sombras hacia una puerta que estaba —¡sí!— sin cerrojo.
El edificio tenía el olor seco del cemento y el yeso, y se adentró en su interior, sus pisadas resonando a su alrededor. El lugar era un espacio estándar para oficinas, un espacio grande y abierto que en breve estaría lleno de cubículos. Pobres bastardos. Él nunca habría podido soportar un empleo de oficinista. Primero, no había sido un estudiante aplicado, y segundo, si no podía ver el cielo se sentía como si fuera a gritar.
Cuando estaba en el medio del edificio, se puso de rodillas, se quitó el sombrero de cowboy, y se preparó para un infierno de reproches.
Precisamente, cuando se abría a sí mismo al Amo, la tormenta pareció estallar en todo su esplendor, sus truenos recorrieron el centro de la ciudad, y luego seguían retumbando al rebotar contra los altos edificios. Una coordinación perfecta. La llegada del Omega sonó justo igual a un trueno y el Amo irrumpió en la versión de la realidad del mundo de Caldwell, apareciendo de la nada como si estuviera surgiendo de un lago. Cuando completó su llegada, el telón de fondo conformado por la obra en construcción osciló como si fuera de goma retomando bruscamente su forma.
La túnica blanca se asentó alrededor de la negra forma fantasmagórica del Omega, y el señor D se preparó para disparar todo el discurso de estamos-haciendo-lo-mejor-que-podemos.
Pero el Omega habló primero:
—He encontrado lo que me pertenece. Su muerte era el camino. Debes entregarme cuatro hombres, debes conseguir lo necesario y debes ir a la granja para prepararla para la iniciación.
De acuerdo, eso no era lo que esperaba que saliera de la boca del Amo.
El señor D se levanto y cogió el móvil.
—Hay un escuadrón en la calle Tercera. Les diré que vengan aquí.
—No, los recogeré allí y viajaran conmigo. Cuando vuelva a la granja, me asistirás en lo que te indique, y luego deberás brindarme un servicio.
—Sí, Amo.
El Omega extendió los brazos, su túnica blanca desplegándose como un par de alas.
—Regocíjate, porque nos haremos diez veces más fuerte. Mi hijo vuelve a casa.
Diciendo esto, el Omega se elevó y desapareció, un rollo de pergamino cayó al suelo de hormigón a la estela de su partida.
—¿Hijo? —El señor D se preguntó si había oído bien—. ¿Hijo?
Se agachó y levantó el rollo de pergamino. La lista era larga y de cierto modo horripilante, pero no exótica.
Barato y fácil. Lo que era bueno porque su cartera estaba jodidamente vacía.
Puso la lista en el abrigo y se volvió a poner el sombrero de cowboy.
¿Hijo?

Al otro lado de la ciudad en la clínica subterránea de Havers, Rehv esperaba en una sala de reconocimiento, agotada ya toda su paciencia. Mirando el reloj por millonésima vez, se sintió como un piloto de carreras cuyo equipo de boxes estaba formado por ancianos de noventa años.
De todos modos, ¿qué diablos estaba haciendo aquí? La dopamina había hecho efecto y el pánico se había evaporado, y ahora se sentía ridículo con sus mocasines Bally balanceándose en el extremo de la camilla de un doctor. Todo era normal y estaba bajo control, y por el amor de Dios, su antebrazo terminaría curándose. El hecho de que estuviera tardando en curarse, probablemente significara que necesitaba alimentarse. Una rápida sesión con Xhex y estaría listo para irse.
Así que realmente, debería irse, sin más.
Sí, el único problema con eso era el hecho de que Xhex y Trez estaban esperándolo en el aparcamiento. Si no salía de ahí con algún vendaje estilo momia encima de las marcas de aguja, iban a romperle el culo como si se tratara de huevos.
La puerta se abrió y entró una enfermera. La hembra estaba vestida con un vestido camisero blanco, y zapatos blancos de suela de goma, una rutina directamente salida del Central Casting que formaba parte de las anticuadas costumbres y criterios de Havers. Mientras cerraba la puerta mantuvo la cabeza enterrada en su historia clínica, y aunque no dudaba que estuviera comprobando lo que había escrito allí, era bien consciente que el valor agregado era que no tenía que encontrar su mirada.
Todas las enfermas hacían lo mismo cuando estaban con él.
—Buenas noches —dijo rígidamente mientras pasaba las paginas—. Le voy a sacar una muestra de sangre, si no le importa.
—Suena bien. —Por lo menos, algo estaba ocurriendo.
Mientras se quitaba uno de los lados de su abrigo de marta y se sacaba la chaqueta, ella se apresuró a lavarse las manos y ponerse los guantes.
A ninguna de las enfermeras le gustaba tratar con él. Era intuición femenina. Aunque no hubiera ninguna mención en su historia clínica a que era medio symphath, podían sentir el mal en él. Su hermana, Bella, y su antiguo amor, Marissa, eran las únicas excepciones significativas, porque ambas sacaban su lado bueno: él les tenía cariño y ellas lo percibían. Sin embargo, ¿en cuánto al resto de la raza? La gente anónima no significaba absolutamente nada para él, y de alguna manera el bello sexo siempre notaba eso.
La enfermera se le acercó con una pequeña bandeja de viales y un torniquete de goma, y él se arremangó. Trabajó rápido y no dijo nada mientras sacaba la sangre, luego se dirigió hacia la puerta lo más rápido que pudo.
—¿Cuánto más va a tardar? —preguntó antes que pudiera escaparse.
—Llegó una emergencia. Va a tardar un rato.
La puerta se cerró con un sonido ahogado.
Mierda. No quería dejar el club solo toda la noche. Con Trez y Xhex fuera... Sí, eso no estaba nada bien. iAm era un tipo duro, cierto, pero incluso los sólidos matones necesitaban apoyo cuando enfrentaban una multitud de cuatrocientos humanos jodidos.
Rehv abrió su móvil, marcó el número de Xhex, y discutió con ella durante casi diez minutos. Lo que no fue divertido, pero le ayudó a matar el tiempo. Ella no cedería en cuanto a dejar que él se marchara de allí sin ver al médico, pero al menos consiguió que aceptara regresar al club con Trez.
Claro, eso fue sólo después que les diera una orden directa a ambos.
—Bien —dijo ella bruscamente.
—Bien —refunfuñó él poniendo fin a la llamada.
Guardó el móvil en el bolsillo. Maldijo un par de veces. Volvió a coger la maldita cosa y escribió: Lo siento soy un mierda. ¿Me perdonas?
Justo cuando le dio a enviar, llegó un mensaje de texto de ella: Cuando se trata de este tema siempre te comportas como un pedazo de mierda. Sólo te llevé porque me importas.
Tuvo que reírse, especialmente cuando ella le mandó otro mensaje de texto: Estás perdonado pero sigo pensando que eres una mierda. Hablamos después.
Rehv volvió a guardarse el móvil en el bolsillo y miró a su alrededor, catalogando los depresores de lengua en sus botes de vidrio junto al fregadero y los puños del medidor de presión sanguínea, colgados de la pared y el escritorio y el ordenador montado en una esquina. Había estado en esta habitación antes. Había estado en todas las habitaciones de reconocimiento antes.
Él y Havers habían estado siguiendo la rutina de médico/paciente por bastante tiempo, y era una mierda delicada. Si alguien tenía evidencias que había un symphath en los alrededores, aunque fuera un mestizo, por ley tenían que denunciar al individuo para que pudiera ser apartado de la población general y abandonado en la colonia que había en el norte. Lo que arruinaría todo. Así que cada vez que Rehv venía a una de estas visitas, hurgaba en el cerebro del buen doctor y abría lo que prefería denominar su baúl personal en el altillo de Havers.
El truco no era tan distinto a lo que los vampiros podían hacer para borrar las memorias a corto plazo en los humanos, sólo que más exhaustivo. Después de poner al doctor en trance, Rehv sacaba la información sobre sí mismo y su «enfermedad», y Havers era capaz de tratarlo adecuadamente, sin todas las desagradables ramificaciones sociales. Cuando la cita acababa, Rehv empaquetaba sus «pertenencias» en el cerebro del tipo y las volvía a asegurar, encerrándolas en la corteza cerebral del doctor hasta la próxima vez.
¿Era un poco solapado? Sí. ¿Había otra opción? No. Necesitaba el tratamiento, no era como Xhex, que lograba sofocar sus impulsos por sí misma. Aunque sólo Dios sabía cómo lo hacía…
Rehv se enderezó, su columna vertebral hormigueó como inundada por un torrente, sus instintos se pusieron en estado de alerta.
Su palma encontró el bastón y se bajó de la camilla, aterrizando sobre dos pies que no podía sentir. El viaje hasta la puerta era de tres pasos, y luego su mano tomó el pomo y lo giró. Fuera, el pasillo estaba vacío en ambas direcciones. Lejos a la izquierda, el puesto de enfermeras y la sala de espera parecían ocupados como siempre. A la derecha, había más habitaciones de pacientes y más allá, las puertas dobles que llevaban al depósito de cadáveres.
Sin dramas.
Sí... nada parecía fuera de lugar. El personal médico se movía con determinación. Alguien tosió en la habitación de al lado. El zumbido del sistema de ventilación, calefacción y aire acondicionado emitía un constante ruido de fondo.
Bizqueó para poder enfocar bien la vista y se sintió tentado a dejar salir su lado symphath, pero era demasiado arriesgado. Recién acababa de estabilizarse. Pandora y su caja tenían que permanecer cerradas.
Sumergiéndose nuevamente en la sala de reconocimiento, sacó el móvil y empezó a marcar el número de Xhex para pedirle que regresara a la clínica, pero la puerta se abrió antes que la llamada se iniciara.
Su cuñado, Zsadist, asomó la cabeza.
—Oí que estabas aquí.
—¡Hey! —Rehv guardó el móvil y atribuyó la oleada de ansiedad a la paranoia que parecía acometerlo con las dosis dobles. ¡Ah! La alegría de los efectos secundarios.
Mierda.
—Dime que no estás aquí a causa de Bella.
—No. Ella está bien. —Z cerró la puerta y se reclinó contra ella, encerrándolos a los dos eficazmente.
Los ojos del Hermano estaban negros. Lo que significaba que estaba cabreado.
Rehvenge acercó el bastón y lo dejó colgando entre sus piernas por si acaso lo necesitaba. Él y Z habían estado tolerándose el uno al otro de buen grado desde que el Hermano y Bella habían iniciado su relación, pero las cosas podían cambiar. Y dado el modo en que esa mirada ahora estaba oscura como el interior de una cripta, evidentemente habían cambiado.
—¿Tienes algo en mente, grandullón? —preguntó Rehv.
—Quiero que me hagas un favor personal.
El término favor fue como una mala palabra.
—Habla.
—No quiero que abastezcas más a mi hermano. Vas a cortarle el suministro. —Z se inclinó hacia delante, dejando las caderas apoyadas contra la puerta—. Y si no lo haces, haré que te sea imposible vender ni una jodida pajita de cóctel en ese antro tuyo.
Rehv dio un golpecito con la punta del bastón en la camilla y se preguntó si el Hermano cambiaría el tono si supiera que los beneficios del club mantenían al hermano de su shellan fuera de la colonia sympath. Z sabía lo del mestizaje; no sabía nada sobre la princesa y sus juegos.
—¿Cómo está mi hermana? —preguntó Rehv arrastrando las palabras—. ¿Se encuentra bien? ¿Está tranquila? Eso es importante para ella, ¿no? No disgustarse innecesariamente.
Zsadist entrecerró los ojos hasta formar dos rendijas, su rostro con cicatrices se convirtió en el tipo de cosas que se ven en las pesadillas.
—Realmente no creo que quieras seguir por ese camino, ¿verdad?
—Me jodes el negocio y las repercusiones también la dañaran. Confía en mí. —Rehv colocó el bastón de forma que quedara vertical en su palma—. Tu gemelo es un macho adulto. Si tienes problemas con su adicción tal vez debas hablar con él, eh.
—¡Oh! Voy a encargarme de Phury. Pero quiero tu palabra. Ya no le venderás más.
Rehv miró su bastón mientras éste se mantenía vertical en el aire, perfectamente equilibrado. Hacía tiempo que había hecho las paces con su línea de trabajo, sin duda con la ayuda de su lado symphath, que hacía que el aprovecharse de la flaqueza de otros fuera una especie de imperativo moral.
La manera en que justificaba su tráfico era que las elecciones de sus clientes no tenían nada que ver con él. Si jodían sus vidas debido a lo que les vendía, era su derecho… y no era diferente a las maneras socialmente más aceptables en que las personas se destruían a sí mismas, como comiendo hasta tener dolencias cardiacas debido a lo que McDonalds vendía, o bebiendo hasta tener un fallo renal gracias a la buena gente de Anheuser-Busch, o jugando en casinos hasta que perdían sus casas.
Las drogas eran un artículo y él era un empresario, y los consumidores de drogas encontrarían la devastación en otro sitio si sus puertas se cerraran. Lo mejor que podía hacer, era garantizar que si le compraban a él, su mierda no estaría contaminada con rellenos peligrosos, y la pureza era consistente de manera que pudieran cortar sus dosis con confianza.
—Tu palabra, vampiro —gruñó Zsadist.
Rehv bajó la mirada a la manga que cubría su antebrazo izquierdo y pensó en la expresión del rostro de Xhex cuando había visto lo que se había hecho. Extraños paralelismos. Sólo porque la droga que se inyectaba era recetada, no significaba que fuera inmune a abusar de la mierda.
Rehv levantó la mirada, entonces cerró los párpados y dejó de respirar. Se extendió a través del aire entre él y el Hermano y entró en la mente del macho. Si… bajo su enfado subyacía un absoluto terror.
Y recuerdos… de Phury. Una escena de hacía algún tiempo… setenta años o así antes… un lecho de muerte. De Phury.
Z estaba envolviendo a su gemelo con mantas y acercándolo a un fuego de carbón. Estaba preocupado… Por primera vez desde que había perdido su alma durante la esclavitud, estaba mirando a alguien con preocupación y compasión. En la escena, secó la frente de Phury que estaba empapada por la fiebre y luego se ciñó las armas y se marchó.
—Vampiro… —murmuró Rehv. —Mírate, acompañándolo, cuidándolo como una enfermera.
—Sal de mi jodido pasado.
—Lo salvaste, ¿no es cierto? —Rehv volvió a abrir los ojos—. Phury estaba enfermo. Fuiste a buscar a Wrath porque no tenías ningún otro sitio adonde ir. El salvaje se convirtió en salvador.
—Para tu información, estoy de mal humor, y me estás volviendo letal.
—Así es como ambos acabasteis en la Hermandad. Interesante.
—Quiero tu palabra, Devorador de Pecados. No un relato aburrido.
Movido por algo que no quería nombrar, Rehv se colocó la mano sobre el corazón. En la Antigua Lengua, dijo claramente:
—Aquí y ahora te hago una promesa solemne a ti. Nunca más tu gemelo de sangre saldrá de mi establecimiento portando drogas.
La sorpresa destelló en el rostro con cicatrices de Z. Después asintió.
—Dicen que nunca se debe confiar en un symphath. Así que voy a confiar en la mitad de ti que es el hermano de mi Bella, ¿comprendido?
—Buena idea —murmuró Rehv mientras dejaba caer la mano—. Porque ese es el lado con el que he hecho la promesa. Pero dime algo. ¿Cómo te asegurarás de que no le compre a alguien más?
—Para ser honesto, no tengo ni idea.
—Bien, la mejor de las suertes con él.
—La vamos a necesitar. —Zsadist se dirigió hacia la puerta.
—¿Oye, Z?
El Hermano miró por encima del hombro.
—¿Qué?
Rehv se frotó el pectoral izquierdo.
—Has… ¡ah! ¿No has captado una mala vibración esta noche?
Z frunció el ceño.
—Sí, pero ¿Qué diferencia hay? No he tenido una buena noche en sólo Dios sabe cuánto tiempo.
La puerta se cerró lentamente, y Rehv se volvió a poner la mano sobre el corazón. La maldita cosa andaba a la carrera sin motivo aparente. Mierda, al fin y al cabo era mejor que viera al doctor. Sin importar cuánto tardara...
La explosión desgarró la clínica retumbando como si fuera un trueno.

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