jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 19 20 21

Capítulo 19

Phury se materializó entre los pinos que había detrás de los garajes de la clínica de Havers, justo cuando las alarmas de seguridad del lugar empezaron a sonar. Los estridentes gritos electrónicos hacían que los perros del vecindario ladraran, pero no había peligro de que se llamara a la policía. Los sonidos de advertencia estaban calibrados para que fueran demasiado altos para los oídos humanos.
Joder… Estaba desarmado.
Fue corriendo hacia la entrada de la clínica de todos modos, preparado para luchar con las manos desnudas si tenía que hacerlo.
Era un escenario aún-más-malo-que-peor. La puerta de acero colgaba abierta como un labio partido, y dentro del vestíbulo las puertas del ascensor habían sido forzadas exponiendo un túnel con sus venas y arterias de cables y alambres. Abajo, el techo de la caja del ascensor tenía un agujero producto de una explosión, el equivalente a un balazo en el pecho de un macho.
Volutas de humo y el olor de talco de bebé se alzaban, subían desde la clínica subterránea montados sobre una corriente de aire. La combinación de dulce y amargo, junto con los sonidos de lucha que llegaban desde abajo, hicieron que Phury descubriera los colmillos y cerrara los puños.
No perdió tiempo preguntándose cómo los lessers habían descubierto dónde estaba la clínica, y no se preocupó tampoco por la escalera que había embutida en la pared de concreto del hueco del ascensor. Bajó de un salto y aterrizó en la parte del techo del ascensor que todavía era sólida. Otro salto lo llevó a través de la parte volada y se encontró enfrentando un caos total.
En la sala de espera de la clínica, un trío de asesinos con cabello de abuelita estaban bailando con Zsadist y Rehvenge, la lucha había hecho pedazos el país de las sillas de plástico, las revistas tediosas y las plantas tristes. Los pálidos bastardos obviamente eran veteranos bien entrenados, dado lo fuertes que eran y lo seguros de si mismos que se sentían, pero Z y Rehv tampoco le iban a la zaga.
Con el combate moviéndose tan rápido, su única opción era saltar dentro y unirse. Phury asió una silla de metal que estaba cerca del mostrador de recepción y la balanceó como un bate contra el asesino que tenía más cerca. Cuando el lesser cayó, levantó la silla y lo apuñaló en el pecho con una de las larguiruchas patas.
Cuando el destello y el sonido que hacían al desaparecer se extinguieron, le llegó una oleada de gritos desde el pasillo que llevaba al bloque de las habitaciones de los pacientes.
—¡Ve! —ladró Z mientras lanzaba una patada y le daba a uno de los lessers en la cabeza—. ¡Los retendremos aquí!
Phury atravesó volando las puertas dobles de vaivén.
Había cuerpos en el vestíbulo. Muchos. Yaciendo sobre el pálido linóleo verde sumergidos en charcos de sangre roja.
Aunque lo mataba no detenerse a comprobar el estado de los que iba pasando, tenía que centrarse en el personal médico y los pacientes que estaban definitivamente muy vivos. Un grupo de ellos huía hacia él absolutamente aterrorizado, sus batas blancas y los camisones de hospital ondeando tras ellos como si se tratase de una colada puesta a secar al viento.
Los atajó asiéndolos por los brazos y hombros.
—¡Entrad en las habitaciones de los pacientes! ¡Encerraos dentro! ¡Cerrad esas malditas puertas!
—¡No hay cerraduras! —gritó alguien—. ¡Y se están llevando a los pacientes!
—¡Maldita sea! —miró a su alrededor y vio un rótulo—. ¿Ese armario de medicinas tiene cerradura?
Una enfermera asintió mientras se soltaba algo de la cintura. Con mano temblorosa le entregó una llave.
—Aunque sólo desde el exterior. Tendrás que… encerrarnos.
Les hizo señas con la cabeza hacia la puerta donde se leía, SÓLO PERSONAL.
—Moveos.
El inconexo grupo se arrastró y agrupó en la habitación de treinta por treinta que tenía estanterías para medicinas y suministros del suelo al techo. Mientras cerraba la puerta, supo que nunca olvidaría la manera en que se veían, apiñados bajo las luces fluorescentes del techo: siete rostros asustados, catorce ojos suplicantes, setenta dedos que se encontraban y se unían entre sí hasta que sus cuerpos separados formaron una sólida y única unidad de temor.
Estas eran personas que conocía: personas que habían cuidado de él con el tema de su prótesis. Personas que eran vampiros como él. Personas que deseaban que esta guerra terminara. Y se veían forzados a confiar en él porque en ese momento tenía más poder que ellos.
Así que esto era lo que se sentía ser Dios, pensó, no envidiándole para nada el trabajo.
—No os olvidaré. —Dijo y cerró la puerta, pasó la llave y se detuvo por un segundo. Todavía le llegaban sonidos de lucha desde el área de recepción, pero todo lo demás estaba en silencio.
No más personal. No más pacientes. Esos siete eran los únicos supervivientes.
Dándole la espalda al armario de suministros, se alejó del lugar donde Z y Rehv estaban luchando, rastreando un penetrante olor dulzón que le llevaba en sentido contrario. Pasó corriendo frente al laboratorio de Havers, también dejó atrás la oculta habitación de cuarentena donde Butch había estado unos meses atrás. A lo largo de todo el camino, fue encontrando manchas negras de huellas dejadas por las suelas de las botas de combate embadurnadas con sangre roja de vampiro.
Cristo, ¿cuántos asesinos habían entrado aquí?
Cualquiera que fuera la respuesta, tenía una idea de hacia dónde se habían dirigido los lessers: los túneles de evacuación y era probable que hubieran secuestrado gente. La pregunta era, ¿cómo sabían de la existencia de esta salida?
Phury abrió bruscamente otro par de puertas dobles y metió la cabeza en el depósito de cadáveres. Los bancos de unidades refrigeradas, las mesas de acero inoxidable y las escalas colgantes no habían sido tocados. Lógico. Querían sólo los que estaban con vida.
Se adentró más por el pasillo y encontró la salida que los asesinos habían utilizado para escaparse junto con los secuestrados. No había quedado nada del panel de acero que protegía la entrada del túnel, la habían hecho explotar al igual que la entrada trasera y el techo del ascensor.
Mierda. Una operación completamente limpia. Entraron y salieron. Y estaba dispuesto a apostar que esta era sólo la primera ofensiva. Otros vendrían a saquear, porque la Sociedad Lessening era así de medieval.
Phury emprendió a toda prisa el camino de regreso al lugar dónde se estaba desarrollando la lucha en el área de recepción por si Z y Rehv no hubieran acabado ya con el negocio. Por el camino, se llevó el teléfono a la oreja, pero antes que V contestara la llamada, Havers asomó la cabeza por la puerta de su despacho privado.
Phury colgó para poder tratar con el médico, y rogó que el sistema de seguridad de V hubiera sido notificado al dispararse las alarmas. Pensó que probablemente así había sido, ya que se suponía que los sistemas estaban interconectados.
—¿Cuántas ambulancias tienes? —preguntó acercándose a Havers.
El médico parpadeó detrás de sus gafas y levantó la mano. En su tembloroso puño había una nueve milímetros.
—Tengo un arma.
—La cual meterás en tu cinturón y no usarás. —La última cosa que necesitaban era el dedo de un aficionado en el gatillo—. Vamos, guárdala y céntrate en mí. Tenemos que sacar a los vivos fuera de aquí. ¿Cuántas ambulancias tienes?
Havers manipuló torpemente el cañón de la Beretta tratando de metérselo en el bolsillo, e hizo que Phury se preocupara por la posibilidad de que se pegara un tiro en el culo.
—C- c- cuatro…
—Dame eso. —Phury tomó el arma, verificó que el seguro estuviera en su lugar, y la metió en la pretina del pantalón del doctor—. Cuatro ambulancias. Bien. Necesitaremos conductores…
Se cortó la electricidad, quedando todo oscuro como la boca de un lobo. La repentina oscuridad le hizo preguntarse si el segundo grupo de asesinos no estaría bajado por el hueco del ascensor.
Cuando el generador de apoyo se puso en funcionamiento y las luces de seguridad parpadearon, asió el brazo del doctor y le dio una sacudida al macho.
—¿Podemos llegar a las ambulancias a través de la casa?
—Sí… la casa, mi casa… túneles… —Tres enfermeras aparecieron detrás de él. Estaban muertas de miedo, blancas como las luces de emergencia que había sobre sus cabezas.
—Oh, Virgen querida —dijo Havers—, la doggen de la casa. Karolyn…
—Me encargaré de ellos —dijo Phury—. Los encontraré y los sacaré. ¿Dónde están las llaves de las ambulancias?
El médico se estiró hasta detrás de la puerta.
—Aquí.
Gracias. Joder.
—Los lessers han encontrado el túnel del sur, así que tendremos que sacar a todos por la casa.
—B- bien.
—Comenzaremos la evacuación tan pronto como tengamos esta instalación temporalmente asegurada —dijo Phury—. Vosotros cuatro permaneced encerrados aquí hasta que tengáis noticias de uno de nosotros. Seréis nuestros conductores.
—¿C- cómo nos encontraron?
—No tengo idea. —Phury empujó a Havers de vuelta a la oficina, cerró la puerta, y gritó al tipo que se encerrara.
Para cuando volvió a la recepción, la lucha había terminado, el último lesser estaba siendo apuñalado hacia el olvido por la espada roja de Rehv.
Z se enjugó la frente con la mano dejándose un borrón negro. Levantando la vista, le preguntó a Phury:
—¿Estado?
—Por lo menos nueve muertos entre miembros del personal y pacientes, número desconocido de secuestros, el área no está asegurada. —Porque sólo Dios sabía cuántos lessers estaban todavía dentro del laberinto de pasillos y habitaciones de la clínica—. Sugiero que estabilicemos la entrada y el túnel del sur al igual que la salida hacia la casa. La evacuación requerirá el uso de la escalera trasera a la casa y luego una rápida salida con ambulancias y vehículos privados. El personal médico conducirá. El destino es la ubicación de la clínica de apoyo en la calle Cedar.
Zsadist parpadeó durante un minuto, como si se sorprendiera por la clara lógica.
—Muy bien.
Un instante después llegó la caballería, Rhage, Butch, y Vishous aterrizaron uno, dos, tres en el ascensor. El trío estaba armado como tanques y cabreados.
Phury echó un vistazo a su reloj.
—Me voy a llevar a los civiles y al personal fuera de aquí. Vosotros encargaos de encontrar a cualquier lesser suelto que haya en la instalación y haced de comité de bienvenida para la próxima oleada.
—Phury —llamó Zsadist mientras se giraba.
Cuando Phury miró por encima del hombro, su gemelo le tiró una del par de SIGs que siempre llevaba consigo.
—Cuídate —dijo Z.
Phury tomó el arma y asintió con la cabeza y se fue corriendo por el pasillo. Después de hacer un balance rápido de las distancias entre el armario médico de suministros, la oficina de Havers, y el hueco de la escalera, sintió como si los tres puntos estuvieran separados por kilómetros, no metros.
Abrió la puerta del hueco de la escalera. Las luces rojas de seguridad resplandecían y había un absoluto silencio. Moviéndose rápidamente, subió los escalones, insertó el código de la cerradura de la puerta de la casa, y asomó la cabeza a un pasillo con paneles de madera. El olor a cera de limón provenía del brillante suelo. El perfume de rosas venía de un ramo que había sobre un soporte de mármol. La combinación de cordero y romero provenía de la cocina.
No se distinguía ningún talco de bebé.
Karolyn, la criada de Havers, apareció por una esquina e hizo una reverencia.
—¿Señor?
—Reúne a los sirvientes…
—Estamos todos juntos. Aquí mismo. Oímos las alarmas. —Hizo una seña con la cabeza por encima de su hombro—. Somos doce.
—¿La casa es segura?
—Ninguno de nuestros sistemas de seguridad se ha disparado.
—Excelente. —Le tiró las llaves que Havers le había dado—. Id por los túneles hacia los garajes y encerraos en ellos. Arrancad cada ambulancia y coche que tengáis, pero no los saquéis fuera, y deja a una persona cerca de la puerta para que yo pueda entrar con los demás. Golpearé y me identificaré. No le abras a nadie más que a mí o a un Hermano. ¿Lo entiendes?
Era doloroso mirar al doggen tragarse su temor y asentir.
—Nuestro Amo…
—Havers está bien. Te lo voy a traer. —Phury extendió la mano y apretó la de ella—. Ve. Ahora. Y apresúrate. No tenemos mucho tiempo.
Estuvo de regreso en la clínica en un abrir y cerrar de ojos. Podía oír a sus hermanos moviéndose por los alrededores, los reconocía por los sonidos de sus shitkickers, sus aromas y la cadencia de sus voces. Evidentemente no habían encontrado más asesinos de momento.
Fue primero a la oficina de Havers y se lanzó primero sobre los cuatro que estaban ahí dentro, porque no se fiaba de que Havers pudiera mantenerse entero y razonable. Afortunadamente, el médico se armó de valor e hizo lo que le dijo, subiendo rápidamente por las escaleras hacia la casa principal con las enfermeras. Phury los acompañó hasta los túneles que comunicaban con los garajes, y corrió junto con ellos por la estrecha ruta de escape que corría bajo el parking por detrás de la mansión.
—¿Cuál de los túneles se dirige directamente a las ambulancias? —preguntó cuando llegaron a una bifurcación con cuatro salidas.
—Segundo de la izquierda, pero los garajes están todos interconectados.
—Te quiero a ti y a las enfermeras en las ambulancias con los pacientes. Así que ahí es a donde vamos.
Se movieron tan rápidamente como pudieron. Cuando llegaron a una puerta de acero, Phury golpeó y gritó su nombre. La cerradura se abrió e hizo pasar a su tropa.
—Regresaré con más —dijo, mientras todos se abrazaban.
Volvió a bajar a la clínica y se encontró con Z.
—¿Algún asesino más?
—Ninguno. Tengo a V y a Rhage cubriendo la parte de adelante, y Rehv y yo vamos a apostarnos en el túnel del sur.
—Me vendría bien algo de cobertura para los vehículos.
—Entendido. Enviaré a Rhage. Saldrás por detrás, ¿correcto?
—Sip.
Él y su gemelo se separaron, y Phury se dirigió al armario de suministros. Tenía la mano firme como una roca cuando tomó la llave de la enfermera de su bolsillo y llamó a la puerta.
—Soy yo. —Puso la llave y giró el picaporte.
Se encontró con sus rostros una vez más y captó los destellos de alivio. Que no duraron mucho cuando vieron el arma que llevaba en la mano.
—Voy a sacaros a través de la casa —dijo—. ¿Tenemos algún problema de movilidad?
El pequeño grupo se apartó para revelar a un macho más viejo que estaba en el suelo. Tenía una intravenosa en el brazo, la cuál sostenía una de las enfermeras por encima de su cabeza.
Mierda. Phury miró hacia el vestíbulo. Sus hermanos no estaban por ninguna parte.
—Tú —dijo, señalando a un macho técnico de laboratorio—. Levántalo. Tú. —Señaló con la cabeza a la hembra que sostenía la bolsa—. Permanece cerca de ellos.
Mientras el técnico levantaba al paciente del suelo y la enfermera rubia mantenía la bolsa de la intravenosa en alto, Phury reunió por pares al personal restante, uno por cada paciente.
—Moveos tan rápidamente como podáis. Vamos a usar la escalera que lleva a la casa y continuaremos directamente hacia los túneles del garaje. Inmediatamente después de haber entrado en la mansión, tenéis que doblar a la derecha. Estaré detrás de vosotros. Vamos. Ahora.
Aunque lo hicieron lo mejor que pudieron, les llevó años.
Años.
Estaba a punto de salirse fuera de su piel, cuando finalmente llegaron a la escalera iluminada de rojo y cerraron la puerta de acero detrás de ellos lo que les proporcionó una escasa sensación de alivio considerando que los lessers tenían explosivos. Los pacientes eran lentos, con dos de ellos que acababan de salir de cirugía hacía aproximadamente un día o algo así. Quería cargar a uno o a ambos pero no podía arriesgarse a no tener el arma lista.
En el descansillo, un paciente, una hembra con una venda alrededor de la cabeza, tuvo que detenerse.
Sin que se lo pidieran, la enfermera rubia le dio rápidamente la bolsa de la intravenosa al técnico macho.
—Sólo hasta que estemos en el túnel. —Luego levantó a la hembra mareada en sus brazos—. Vamos.
Phury asintió y le cedió el lugar para que siguiera subiendo las escaleras.
El grupo se escurrió dentro de la mansión entre sonidos de arrastrar de pies y un par de toses. La total ausencia de alarmas fue algo espectacular cuando cerró la puerta de la clínica detrás de ellos y los llevó a la entrada del túnel.
Mientras el grupo entraba tambaleándose, la enfermera rubia con la hembra en sus brazos se detuvo.
—¿Tienes otra arma? Porque puedo disparar.
Phury enarcó las cejas rápidamente.
—No tengo otra…
Sus ojos captaron el brillo de dos espadas decorativas que había en la pared sobre una de las puertas.
—Toma mi arma. Soy bueno con cosas afiladas.
La enfermera le ofreció su cadera, y él metió la SIG de Z en el bolsillo de su bata blanca. Luego se dio media vuelta y se alejó internándose en el túnel mientras él sacaba las dos espadas de sus vainas de metal, y luego corría para alcanzarlos.
Cuando llegaron a la puerta del garaje donde estaban las ambulancias, golpeó con el puño, gritó su nombre, y la cosa se abrió ampliamente. En vez de atravesarla, cada uno de esos vampiros que había guiado hacia fuera le miró.
Siete rostros. Catorce ojos. Setenta dedos todavía cerrados con fuerza.
Pero ahora era diferente.
Su gratitud era la otra mitad del trabajo de Dios, y él se vio abrumado por su devoción y alivio. La comprensión colectiva de que su fe en su salvador había sido bien colocada y que la recompensa habían sido sus vidas era una fuerza palpable.
—Aún no ha terminado —les dijo.
Cuando Phury miró otra vez su reloj, habían pasado treinta y tres minutos.
Veintitrés personas entre civiles, personal médico, y doggens de la casa habían sido evacuados por los garajes. Las ambulancias y los coches no salieron por las puertas habituales que se encontraban en la parte trasera de la casa, sino por los paneles traseros retractiles que permitieron que los vehículos salieran con rapidez al bosque que había en la parte trasera de la mansión. De uno en uno, se habían marchado sin luces y sin reducir la marcha. Y de uno en uno, habían logrado su libertad fundiéndose en la noche como fantasmas.
La operación había sido un éxito total, y aún así tenía un mal presentimiento acerca de todo eso.
Los lessers nunca habían regresado.
No era propio de ellos. Bajo circunstancias normales, una vez que se infiltraban, se movían como enjambres. Era su POE para tomar tantos civiles como fuera posible para el interrogatorio y luego robar los objetos de valor que encontraran en cualquier establecimiento al que hubieran entrado. ¿Por qué no habían enviado a más hombres? Especialmente dada la cantidad de objetos valiosos que había en la clínica de Havers y en la casa, y el hecho de que los asesinos tenían que saber que los Hermanos estarían por todas partes, preparados para luchar.
Cuando estuvo de regreso en la clínica, Phury caminó por el pasillo, volviendo a comprobar para asegurarse de que no quedara ningún superviviente en las habitaciones de los pacientes. Fue una revisión penosa. Había cuerpos. Muchos cuerpos. Y toda la instalación estaba totalmente destrozada, tan mortalmente herida como cualquiera de los muertos que estaban desparramados por todas partes. Las sábanas de las camas estaban en el suelo, las almohadas desparramadas por ahí, los monitores de corazón y carritos de intravenosas caídos por todas partes. En los pasillos, los suministros estaban tirados al azar aquí y allá, y se veían todas esas marcas horribles y borroneadas de huellas negras de suelas de botas mezcladas con sangre roja y brillante.
Una evacuación rápida no era el tipo de cosas de Martha Stewart . Tampoco la lucha.
Mientras se dirigía al área de recepción, parecía algo sobrenatural que no hubiera más ajetreo y bullicio en el lugar, sólo el zumbido del sistema de calefacción, ventilación y aire acondicionado junto con el de los ordenadores. Ocasionalmente un teléfono sonaba, pero nadie respondía.
La clínica había muerto verdaderamente, solo perduraban unos pocos restos de actividad cerebral.
Ni la clínica ni tampoco la hermosa mansión de Havers serían utilizadas otra vez. Los túneles así como todas las puertas de contención exteriores e interiores que estuvieran intactas serían cerrados y los sistemas de seguridad y contraventanas de la casa serían activados. A las entradas que habían hecho estallar para abrirlas así como a las puertas del ascensor las sellarían con hojas de acero fundido. Finalmente, se les permitiría entrar con una escolta armada para que retiraran los muebles y los efectos personales a través de los túneles que no habían sido comprometidos, pero llevaría un tiempo. Y dependía de si los lessers finalmente volvían con sus carritos de la compra.
Afortunadamente, Havers tenía otra casa para utilizar como refugio, así que él y sus sirvientes tenían un lugar dónde aterrizar, y los pacientes ya estaban siendo asentados en la clínica temporal. Los historiales médicos y los resultados del laboratorio estaban almacenados en un servidor que no estaba alojado en la clínica, así que todavía estarían accesibles, pero las enfermeras iban a tener que abastecerse rápidamente de suministros para la nueva ubicación.
El verdadero problema iba a ser montar otro servicio completo, una clínica permanente, pero eso iba a llevar meses y millones de dólares.
Mientras Phury desembocaba frente al mostrador de recepción, un teléfono que todavía estaba sobre su soporte sonó. El repiqueteo de la llamada se detuvo cuando se activó el buzón de voz, el mensaje de bienvenida acababa de ser cambiado por uno que decía: «Este número ya no está en servicio. Por favor, refiérase al siguiente número de información general ».
Vishous había establecido el segundo número como un lugar donde las personas podían dejar su información de contacto y un mensaje. Una vez que su identidad y la información fueran verificadas, el personal de la nueva clínica les devolvería la llamada. Con V dirigiéndolo todo con los Cuatro Juguetes que tenía en el Pit, sería capaz de capturar los números de cualquiera que llamara, así que si los lessers intentaban infiltrarse furtivamente, los Hermanos podrían tratar de interferir sus líneas.
Phury se detuvo y escuchó atentamente, con el puño cerrado sobre la SIG. Havers había tenido la inteligencia de esconder un arma bajo el asiendo del conductor de cada una de las ambulancias, así que la nueve de Z estaba de vuelta en la familia, por así decirlo.
Relativo silencio. Nada fuera de lo normal. V y Rhage estaban en la nueva clínica en caso de que la caravana hubiera sido rastreada por el enemigo. Zsadist hacía un trabajo de soldadura en la entrada reventada del túnel sur. Era probable que Rehvenge ya se hubiera ido.
Aunque la clínica era bastante segura, estaba preparado para disparar a matar. Las operaciones como esta siempre le ponían nervioso…
Mierda. Probablemente esta fuera su última operación. Y había sido parte de ella sólo porque había venido a buscar a Zsadist, no porque le hubieran llamado como a un miembro de la Hermandad.
Tratando de no pensar demasiado en ello, Phury caminó por otro pasillo, éste llevándolo a la parte de los servicios de urgencia de la clínica. Estaba pasando frente a una habitación de suministros cuando oyó el sonido de vidrio contra vidrio.
Levantó el arma de Z apretándola contra su rostro mientras se apoyaba en la jamba. Asomándose rápidamente pudo ver lo que pasaba: Rehvenge estaba de pie delante de un armario cerrado que tenía un agujero del tamaño de un puño en la puerta, y estaba transfiriendo frascos desde los estantes a los bolsillos de su abrigo de marta.
—Tranquilo, vampiro —dijo el macho sin darse la vuelta—. Esto es sólo dopamina. No estoy en el mercado negro de la OxyContin ni ninguna mierda.
Phury dejó caer el arma a un costado de su cuerpo.
—¿Por qué te estás llevando…?
—Porque la necesito.
Cuando hubo sacado el último frasco, Rehv se dio la vuelta alejándose del armario. Los ojos de amatista eran peculiarmente sagaces, como los de una víbora. Hombre, siempre parecía como si estuviera midiendo la distancia para atacar, incluso cuando estaba entre los Hermanos.
—Así que, ¿cómo piensas que han encontrado este lugar? —preguntó Rehv.
—No lo sé. —Phury señaló hacia la puerta con la cabeza—. Vamos, salgamos. Este lugar no es seguro.
La sonrisa que esbozó reveló unos colmillos que todavía estaban largos.
—Estoy bastante seguro de que puedo arreglármelas.
—No lo dudo. Pero probablemente sea una buena idea que salgas.
Rehv cruzó la habitación de suministros con cuidado, vadeando las cajas caídas de vendas, guantes de látex y coberturas de termómetro. Se apoyaba pesadamente en su bastón, pero sólo un tonto pensaría que sufría de alguna incapacidad.
Su tono fue el más amable que podía asumir al preguntar suavemente:
—¿Dónde están tus dagas negras, célibe?
—No es de tu incumbencia, Devorador de Pecados.
—Efectivamente. —Rehv le dio un golpe con su bastón a un puñado de depresores como si estuviera tratando de devolverlos a su caja—. Creo que deberías saber que tu gemelo habló conmigo.
—¿Ah si?
—Hora de irse.
Ambos miraron hacia el pasillo. Zsadist estaba de pie detrás de ellos, las cejas fruncidas sobre unos ojos negros.
—Como que en este mismo instante—dijo Z.
Rehv sonrió con calma mientras su teléfono sonaba.
—¿Qué os parece? Mi transporte está aquí. Es un placer hacer negocios con ustedes, caballeros. Hasta luego.
El tipo pasó por al lado de Phury, saludó a Z con la cabeza, y se llevó el móvil a la oreja mientras se marchaba con su bastón.
El sonido de sus pasos se fue atenuando, hasta que se hizo un completo silencio.
Phury contestó la pregunta antes que su gemelo pudiera formularla:
—Vine porque no contestabas a mis llamadas.
Sostuvo la SIG, ofreciéndole la culata del arma a Z.
Zsadist aceptó la nueve milímetros, verificó la recámara y la enfundó.
—Estaba demasiado cabreado para hablar contigo.
—No llamaba por nosotros. Encontré a Bella en el comedor y me pareció que se veía débil así que la llevé arriba. Pienso que sería bueno que Jane le hiciera una visita, pero eso ya es decisión tuya.
El rostro de Zsadist perdió todo el color.
—¿Dijo Bella que algo andaba mal?
—Cuando estuvo instalada en la cama se veía bien. Dijo que había comido demasiado y que ese era el problema. Pero... —¿Quizá se había equivocado acerca de su sangrado?—. Realmente pienso que Jane debería visitarla…
Zsadist salió corriendo como alma que lleva el diablo, sus shitkickers resonaron en el vacío vestíbulo, el sonido atronador reverberaba a través de la clínica vacía.
Phury siguió caminando detrás de él. Mientras pensaba en su rol como Primale, se imaginó a si mismo corriendo para ir a ver como estaba Cormia con la misma preocupación, urgencia y desesperación. Dios, podía imaginárselo con tal claridad… a ella con un bebé en su interior, a él todo alterado y lleno de ansiedad, exactamente igual que Z.
Se detuvo y escudriñó una habitación de paciente.
¿Cómo se habría sentido su padre estando junto al lecho de su madre cuando dio a luz dos hijos sanos? Probablemente debería haber sentido una alegría más allá de lo imaginable… hasta que Phury salió y resultó ser un exceso de bendición.
Los nacimientos eran una apuesta en tantos niveles.
Mientras Phury seguía su camino por el pasillo hacia el ascensor estropeado, pensaba que sí, que sus padres probablemente habían sabido desde el principio que el nacimiento de dos hijos sanos llevaría a una vida de miseria. Habían sido fervientes creyentes del sistema de valores de equilibrio de la Virgen Escriba. A cierto nivel no les debería de haber sorprendido el secuestro de Z, ya que había restablecido el equilibrio de la familia.
Quizás por eso su padre había abandonado la búsqueda de Zsadist después de enterarse que la niñera había muerto y que el hijo que había perdido había sido vendido como esclavo. Quizás Ahgony se había figurado que su búsqueda solamente condenaría a Zsadist aún más… que al buscar el regreso del que había sido robado, había causado la muerte de la niñera y provocado no sólo graves consecuencias, sino que además unas que eran totalmente insostenibles.
Quizás se echaba la culpa de que Z hubiera acabado como esclavo.
Phury podía sentirse muy identificado con eso.
Se detuvo y miró la sala de espera, que estaba tan revuelta y desordenada como un bar después de una reyerta general.
Pensó en Bella y el embarazo que la hacía pender de un hilo, y le preocupaba la posibilidad de que la maldición no hubiera terminado aún de extender su maldito legado.
Al menos él había liberado a Cormia de ese legado.
El hechicero asintió. Buen trabajo, macho. La has salvado. Es la primera cosa de valor que has hecho nunca.
Ella estará mucho, mucho mejor sin ti.



Capítulo 20

El señor D aparcó detrás de la granja y apagó el motor del Focus. Las bolsas de Target estaban en el asiento del pasajero, y las tomó mientras salía. El recibo que tenía en su cartera decía 147,73 dólares.
Le habían rechazado la tarjeta de crédito, así que había emitido un cheque, el cual no tenía la certeza de poder pagar, ¿acaso no era igual que en los viejos tiempos? Su padre había sido un maestro del rebote, y no exactamente por jugar al baloncesto en la escuela secundaria.
Cuando el señor D cerró la puerta del conductor de una patada, se preguntó si la razón de que los lessers condujeran esas chatarras de mierda era que la Sociedad deseaba mantener un perfil bajo, o en realidad se trataba de que estaban escasos de dinero. Antes nunca tenías que preocuparte de si tu tarjeta de crédito funcionaba ni de si podrías conseguir nuevas armas, en cuanto las necesitaras. Mierda, ¿Cuándo estaban bajo el mando del señor R como Fore-lesser? ¿Allá por los años ochenta? La Sociedad funcionaba gloriosamente.
Ya no era así. Y ahora era su problema. Probablemente debería investigar donde estaban todas las cuentas, pero no tenía ni idea por donde comenzar. Había habido tantos cambios con los Fore-lesser. Cuando tuvieron el último con una buena organiz…
El señor X.
Cuando el señor X estaba al mando todo había ido bien, y tenía una cabaña en el bosque… el señor D había ido allí una o dos veces. Lo más probable era que si existía algún tipo de información acerca de la cuentas, debía estar allí de una u otra forma.
La cuestión era, que si sus tarjetas de crédito estaban fallando, las de los otros también. Lo cual significaba que probablemente los asesinos estuvieran buscando dinero por sí mismos, robándole a los humanos o conservando cosas que habían confiscado.
Quizá cuando encontrara la información que estaba buscando descubriría que el chanchito de los ahorros estaba lleno y que simplemente se había perdido con toda la confusión reinante. Pero tenía la sensación de que ese no sería el caso.
Cuando la lluvia comenzó a caer nuevamente, abrió la puerta mosquitera trasera de la granja y la sostuvo con la cadera, mientras abría la otra puerta con la llave, y luego entró en la cocina. Contuvo la respiración ante el hedor que emanaba de los dos cuerpos. El hombre y la mujer, como resultaron ser, aún continuaban ofreciendo su mejor actuación como horripilantes alfombras, pero un aspecto positivo de ser un lesser era que venías con tu propio ambientador. Después de un momento ya no los olía en absoluto.
Guardó las bolsas en la parte baja del mostrador y captó un sonido de lo más extraño que flotaba por toda la casa, era un tarareo… como un arrullo.
—¿Amo? —era eso o alguien estaba sintonizando Radio Disney.
Entró al comedor y se detuvo en seco.
El Omega estaba de pie junto a la destartalada mesa, inclinándose sobre el cuerpo desnudo de un vampiro rubio, que estaba completamente extendido sobre la mesa. Al vampiro le habían rebanado la garganta de lado a lado cerca de la barbilla, pero la lesión había sido cosida, y no de la manera en que se hacía durante las autopsias. Eran puntadas pequeñas y muy precisas.
¿Estaría vivo o muerto? No podría decirlo… no, espera, el gran pecho bajaba y subía ligeramente.
—Es tan hermoso, ¿no es así? —la traslúcida mano negra del Omega delineó las líneas faciales del macho—. También es rubio. La madre era rubia. ¡Ja! Me dijeron que no podría crear. No como ella. Pero nuestro padre estaba equivocado. Mira a mi hijo. Carne de mi carne.
El señor D sintió como si debiera decir algo, como si le estuvieran mostrando un bebé para que lo elogiara.
—Es apuesto, sí, Amo.
—¿Tienes lo que te pedí?
—Sí, Amo.
—Tráeme los cuchillos.
Cuando el señor D regresó con las bolsas de Target, el Omega colocó una mano sobre la nariz del macho y otra sobre su boca. Los ojos del vampiro se abrieron abruptamente, pero el tipo estaba demasiado débil y lo único que logró hacer fue manotear la túnica blanca del Omega.
—Hijo mío, no luches —susurró el mal lleno de satisfacción—. Ha llegado el momento de que vuelvas a nacer.
La espasmódica lucha fue en aumento hasta que el vampiro estuvo pataleando con los talones sobre la mesa y haciendo rechinar la madera al deslizar la palma de sus manos sobre ella. Se meneaba como una marioneta, sus extremidades se convulsionaban sin coordinación en un exabrupto de inútil pánico. Y luego todo terminó y el macho quedó mirando hacia arriba con los ojos en blanco y la boca floja.
Mientras la lluvia azotaba las ventanas, el Omega se sacó la capucha blanca de la cabeza y se desabrochó la túnica. Con un elegante movimiento, se despojó de su vestidura, haciendo que el satén saliera navegando a través de la habitación. La túnica fue a situarse en una esquina, en posición vertical, como si estuviera sobre un maniquí.
El Omega se expandió, creció largo y delgado, como un hombre de goma, estirándose hacia el candelabro barato que colgaba sobre la mesa. Agarró la cadena del mismo en el punto donde se conectaba con el techo, y con un rápido tirón arrancó el accesorio y lo tiró contra una esquina. A diferencia de la túnica, éste no aterrizó elegantemente, sino que terminó su vida útil, si es que aún la tenía, en un intrincado montón de bombillas rotas y brazos de metal torcidos.
En su lugar, los cables expuestos colgaban del manchado techo como vides del pantano, suspendidos sobre el cuerpo del vampiro.
—Cuchillo, por favor —dijo el Omega.
—¿Cuál?
—El de hoja corta.
El señor D rebuscó en las bolsas, encontró el cuchillo correcto, después luchó por romper la protección plástica, a prueba de consumidores, que lo envolvía, era tan resistente, que le hizo desear apuñalarse a sí mismo por la frustración.
—Basta —estalló el Omega, y extendió la mano.
—Necesito unas tijeras…
—Dámelo a mí.
En el instante que el paquete tocó la palma traslúcida de su amo, el plástico se incineró, retorciéndose hasta dejar libre el cuchillo y cayendo al suelo todo contraído como la piel chamuscada de una serpiente.
El Omega se volvió hacia el vampiro, y probó el filo en su propio antebrazo traslucido, sonriendo mientras el aceite negro brotaba del tajo que había hecho.
Fue como destripar a un cerdo, y sucedió igual de rápido. Mientras los truenos rondaban la casa como si estuvieran buscando la forma de entrar, el Omega deslizó la hoja del cuchillo, por el centro del cuerpo del macho hacia abajo, desde la herida que tenía el tipo en la garganta hasta el ombligo. El olor de la sangre y de la carne se elevó, tapando el fresco olor de bebé del amo.
—Tráeme la vasija. —El Omega pronunció la palabra como vassiga, no vasija.
El señor D extrajo un tarro de cerámica azul qué había encontrado en la sección de artículos para el hogar. Cuando este cambió de manos, estuvo tentado de señalarle a su amo que era demasiado pronto para sacarle el corazón, porque primero tenía que circular la sangre del Omega por todo el cuerpo. Pero recordó que de todas formas el macho ya estaba muerto, así que ¿Qué importaba?
Esto claramente no era una inducción rutinaria a la Sociedad.
El Omega cortó el esternón del vampiro quemándolo con la yema del dedo índice, el olor a hueso quemado hizo que el señor D arrugara la nariz. Luego las costillas se separaron, como abiertas por manos invisibles a voluntad de su amo y el inmóvil corazón quedó expuesto.
El Omega metió la palma translúcida y penetró la membrana que recubría el corazón, formando un nuevo nido para el órgano. Con una expresión de fastidio, arrancó el nudo de músculo liberándolo de sus cadenas de arterias y venas, la sangre roja bajó como una cascada por la pálida piel del pecho del macho.
El señor D tenía la vasija preparada, la destapó y la sostuvo bajo la mano del Omega. El corazón estalló en llamas, y en el recipiente cayó un montón de cenizas.
—Trae los cubos —dijo el Omega.
El señor D le puso la tapa a la vasija y la depositó en una esquina, después buscó en la bolsa y sacó cuatro cubos rojos de Rubbermaid, del tipo que su madre había utilizado para la basura. Colocó uno debajo de cada brazo y pierna del vampiro mientras el Omega lo rodeaba cortando el interior de las muñecas y los tobillos para drenar el cuerpo de sangre. Fue asombroso lo rápidamente que perdió color la piel del vampiro, trasladándose en el espectro cromático del extremadamente blanco a un gris azulado.
—Ahora el cuchillo de sierra.
El señor D ni siquiera se molestó con la envoltura de plástico. El Omega la achicharró, después tomó el cuchillo y puso la mano libre sobre la mesa. Luego de curvar los dedos y formar un puño, el amo se cortó su propia muñeca, el sonido fue tan agudo como si estuviera serrando dura madera envejecida. Cuando hubo terminado, le devolvió el cuchillo, recogió su mano, y la colocó en el interior del pecho vacío.
—Alégrate, hijo mío —susurró el Omega mientras otra mano surgía del extremo romo de su antebrazo—. En tan solo un momento, sentirás correr mi sangre dentro de ti.
Diciendo esto, el Omega pasó el otro cuchillo sobre la muñeca de la mano recién crecida y sostuvo la herida sobre el puño negro enterrado en el pecho.
El señor D recordaba esta parte de su propia inducción. Había gritado ante un dolor más que físico. Había sido estafado. Muy estafado. Lo que le habían prometido no fue lo que recibió, y se había desmayado debido a la agonía y el terror. Cuando despertó, era algo completamente distinto, un miembro de los muertos vivientes, un cuerpo vagabundo e impotente con un trabajo maligno.
Había creído que sólo era una pandilla. Pensó que lo que le harían sería algo así como una novatada, que quizá le pondrían una marca que lo identificara como uno de ellos.
No supo que ya nunca más podría salirse. Ni que ya no sería humano.
Todo ese asunto le recordaba algo que su madre solía decir: Si haces tratos con una víbora venenosa, no te sorprendas si te muerde.
De repente, se fue la electricidad.
El Omega dio un paso atrás y comenzó a tararear. Esta vez no era ninguna canción de cuna de Disney, sino el eco de una gran reunión de energía, una amenazante fusión de increíble potencial. Mientras que las vibraciones subían de tono, la casa comenzó a estremecerse, el polvo caía de las grietas del techo, los cubos vibraban en el suelo hasta que empezaron a bailotear de adelante hacia atrás y viceversa. El señor D pensó en los cuerpos que estaban en la cocina y se preguntó si estos también bailarían.
Se puso las manos sobre los oídos y agachó la cabeza, justo a tiempo.
Un rayo golpeó el tejado de la granja en lo que debió ser una descarga directa. Con el ruido que hizo, era imposible que se tratara de un rebote ni del eco de algún otro más grande.
Sip, estos no eran ninguna arenilla que se te mete en el ojo; esta era la roca entera que te caía justo sobre la cabeza.
El sonido podría ser catalogado como un dolor de oídos, al menos para el señor D, y la fuerza destructora del impacto le hizo preguntarse si la casa no iría a derrumbarse sobre ellos. Aparentemente, el Omega no tenía ese tipo de preocupaciones. Acababa de levantar la mirada y en ella se veía el mismo celo de un predicador dominical, totalmente extasiado y orgásmico, como si fuera un verdadero creyente y alguien acabara de traer a colación las serpientes venenosas y la estricnina.
El relámpago se canalizó a través de las carreteras eléctricas de la casa, o para ser más precisos por las rutas alternas y los senderos hollados, y brotó como una lanza líquida de brillante energía amarilla justo encima del cuerpo. Los cables colgantes del candelabro le sirvieron de guía y el pecho abierto del vampiro con el aceitoso corazón adentro fue su vasija.
El cuerpo estalló sobre la mesa, los brazos y las piernas aletearon, el pecho se infló. Inmediatamente, el amo cubrió al macho con su cuerpo, adoptando la forma de una segunda piel que lo envolvía de modo que los cuatro cuadrantes de carne no volaran seccionados como neumáticos reventados.
Cuando el rayó se retiró, el macho quedó suspendido en medio del aire con el Omega cubriéndolo como una manta que brillaba en la oscuridad.
El tiempo… se detuvo.
El señor D podía afirmarlo porque el barato reloj cucú que estaba colgado en la pared se detuvo. Por un instante, ya no hubo un momento-a-momento, solo un infinito ahora, durante el cual lo que había estado sin respiración encontraba su camino de regreso a la vida que había perdido.
O más bien, que le habían arrebatado.
El macho flotó suavemente de regreso a la mesa, y el Omega se despegó a sí mismo de él, volviendo a tomar forma una vez más. Sonidos jadeantes salieron de los labios grises del vampiro, y cada inhalación iba seguida por un silbido cuando el aire entraba en sus pulmones. El nuevo corazón tembló dentro del pecho abierto, después logró organizarse y comenzó a bombear en serio.
El señor D se fijó en su rostro.
La palidez de la muerte era lentamente sustituida por un extraño resplandor rosado, la clase de color que se ve en el rostro de un niño después de haber estado corriendo afuera con el viento. Pero esto no era nada saludable. Nop. Esto era una reanimación.
—Ven a mí, hijo mío. —El Omega pasó la mano sobre el pecho y los huesos y la carne se fusionaron y se soldaron cerrándose la herida desde el ombligo hasta la garganta cosida—. Vive para mí.
El macho vampiro descubrió los colmillos. Abrió los ojos. Y rugió.

Qhuinn no flotó de regreso a su cuerpo. Nop. En el momento en que dio un paso atrás alejándose de la puerta blanca que tenía frente a él preparándose para darse la vuelta y salir corriendo como un bastardo, regresó precipitadamente a la vida en la Tierra, su espíritu aterrizó dentro de su piel como si el Fade le hubieran dado una patada en el culo con el Todopoderoso Converse All Star .
Alguien tenía los labios aplastados contra su boca, y le estaban metiendo aire en los pulmones. Luego le golpearon el pecho, mientras alguien contaba con cada golpe que propinaba. Hubo una pequeña pausa, seguida por más respiración.
Era una buena combinación. Respiración. Golpes. Respiración. Respiración. Golpes…
El cuerpo de Qhuinn hizo una brusca inspiración, como si se hubiera aburrido de tener que seguir las rondas de entrenamiento para respirar. Aprovechando el tembloroso espasmo, rompió el contacto con la otra boca y aspiró por sí mismo.
—Gracias a Dios —dijo Blay con voz estrangulada.
Qhuinn tuvo una breve impresión de los ojos desorbitados y llorosos de su amigo, después se puso de costado y se enrolló sobre sí mismo, formando una pelota. Llevando aire a su interior con resoplidos superficiales, sintió que su corazón tomaba la iniciativa y se hacía cargo del asunto, encogiéndose y relajándose por sí mismo. Experimentó un momento de oh-que-bueno-que-estoy-vivo, pero enseguida lo golpeó el dolor, bañándolo, haciéndole anhelar volver a salirse de su cuerpo. Sentía como si hubieran excavado en la parte baja de su espalda con un martillo neumático.
—Metámoslo en el coche —ladró Blay—. Debe ir a la clínica.
Qhuinn abrió apenas un ojo y miró su cuerpo. John estaba a sus pies, asintiendo como uno de esos muñecos de cabezas móviles que se ponen en los coches.
Salvo que, infiernos, no... No podían llevarlo allí. La guardia de honor no había terminado con él… Mierda, su propio hermano…
—Clínica… no —dijo Qhuinn con dificultad.
No me vengas con esa mierda, dijo John por señas
—Clínica. No. —Era probable que no tuviera muchas razones por las que vivir, pero eso no significaba tuviera tanta prisa por comerse una Whopper Muerte con patatas fritas.
Blay se inclinó, y lo enfrentó cara a cara.
—Estuviste jugando a golpea-y-huye con un jodido coche…
—No fue… coche.
Blay guardó silencio.
—¿Qué fue?
Qhuinn simplemente le sostuvo la mirada al tipo y espero a que se diera cuenta
—Espera… ¿fue una guardia de honor? ¿La familia de Lash envió una guardia de honor detrás de ti?
—La de Lash… No…
—¿La tuya?
Qhuinn asintió, porque la energía que requería mover los labios hinchados era un trabajo titánico.
—Se supone que no deben matarte…
—No me digas.
Blay miró a John.
—No podemos llevarlo a lo de Havers.
La doctora Jane, señaló John. Entonces debemos llevarlo con la doctora Jane.
John sacó el teléfono y Qhuinn estaba a punto de oponerse a la idea, cuando sintió que algo se agitaba contra su brazo. Era la mano de Blay que temblaba con tanta fuerza, que el tipo ni siquiera podía agarrarse a algo. Mierda, todo su cuerpo temblaba.
Qhuinn cerró los ojos y extendió la mano en dirección a esa palma. Mientras escuchaba el suave sonido que hacía John al escribir el mensaje de texto, le apretó la mano a Blay para confortar a su amigo. Y a sí mismo.
Un minuto y medio después se oyó un pitido anunciando la respuesta al mensaje.
—¿Qué dice?
John debió haber señalado algo, porque Blay exclamó:
—Oh… Dios… mío. ¿Pero vendrá, no es así? Bien. ¿Mi casa? Hecho. Perfecto. Movámoslo.
Dos pares de manos lo levantaron, sacándolo de la curva de la carretera, y gruñó por la agonía… síntoma que suponía era bueno, ya que significaba que probablemente todo el asunto de regreso-de-la-muerte era real. Después de que lo colocaran en el asiento trasero del coche de Blay y que sus amigos se hubieran subido, sintió las suaves vibraciones del BMW al acelerar.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró con la mirada atenta de John. El tío estaba en el asiento delantero, pero había girado el torso, dándose vuelta completamente para poder vigilar a Qhuinn.
La mirada fija del chico era de preocupación y cautela. Como si no estuviera seguro de que Qhuinn fuera a lograrlo… como si estuviera pensando en lo que había ocurrido cuatro horas y diez millones de años atrás en el vestuario.
Qhuinn levantó sus manos rotas e hizo señas confusas: Sigues siendo el mismo para mí. Nada ha cambiado.
John apartó los ojos rápidamente hacia la izquierda y se puso a mirar a través de la ventanilla.
Los faros de un coche que venía detrás de ellos iluminaron el rostro del chico, apartando la oscuridad de él. Llevaba la duda escrita tan claramente como un día soleado en esos orgullosos y apuestos rasgos.
Qhuinn cerró los ojos.
Qué noche tan espantosa estaba teniendo.


Capítulo 21

—Oh. Dios. Mío. Ese vestido es como un accidente de trenes.
Cormia se echó a reír y miró la televisión de Bella y Zsadist. Project Runway resultó ser un «Show» fascinante.
—¿Qué es lo que cuelga de su espalda?
Bella sacudió la cabeza.
—El mal gusto puesto de manifiesto por el satén. Aunque pienso que comenzó como un lazo.
Ambas estaban tendidas en la cama de la pareja, apoyándose contra la cabecera. El gato negro de la familia yacía entre ellas, disfrutando de los beneficios de las caricias a dos manos, y a Boo no parecía gustarle el vestido más que a Bella. Sus ojos verdes miraban la televisión con hastío.
Cormia desplazó la mano de la espalda del gato hasta su costado.
—Aunque el color es bastante bonito.
—Eso no compensa el hecho de que parezca la envoltura adherente para un barco. Y, que tenga una maroma clavada con tachuelas en el trasero.
—Ni siquiera sé lo que es un barco. Mucho menos la envoltura adherente.
Bella apuntó hacia la pantalla plana que estaba al otro lado de la habitación.
—Estás mirándolo. Sólo imagínate algo que se parezca a un coche flotante debajo de esa pesadilla y voilà.
Cormia sonrió y pensó que el tiempo pasado con la hembra había sido revelador y extrañamente desconcertante a la vez. Le gustaba Bella. Honestamente así era. La hembra era graciosa, cálida y considerada, tan hermosa por dentro como lo era por fuera.
Con razón el Primale la adoraba. Y aunque Cormia había querido reafirmar su derecho sobre él frente a Bella, se dio cuenta que no había ninguna necesidad de hacer valer su estatus de Primera Compañera. El Primale no había surgido como tema de conversación y no había habido ninguna connotación contra la que enfrentarse.
La que había percibido como una rival había resultado ser una amiga.
Cormia volvió su atención a lo que tenía en el regazo. La flexible libretilla era grande y delgada, tenía páginas brillantes con muchos, de lo que Bella le había dicho que eran, anuncios. En la portada decía Vogue.
—Mira todas esas clases diferentes de ropa —murmuró—. Qué asombroso.
—Casi estoy terminando Harper’s Bazaar, si la quieres…
La puerta se abrió con tal fuerza que Cormia brincó fuera de la cama y envió la Vogue volando hacia una esquina como si se tratara de un pájaro sobresaltado. El Hermano Zsadist estaba en la puerta, y a juzgar por el olor a talco de bebé que llevaba encima y todas las armas que portaba, acababa de venir de luchar.
—¿Qué está pasando? —exigió.
—Bueno —dijo Bella despacio—, acabas de darnos un susto de muerte a Cormia y a mí, Tim Gunn ha sido llamado por los diseñadores, y estoy comenzando a sentir hambre otra vez, por lo que estoy a punto de llamar a Fritz para pedirle una tortilla francesa. Tocino y queso cheddar. Con patatas fritas con cebolla. Y zumo.
El Hermano miró a su alrededor como si estuviera esperando ver lessers detrás de las cortinas.
—Phury me dijo que no te sentías bien.
—Estaba cansada. Me ayudó a llegar arriba. Cormia empezó como niñera, pero ahora pienso que se queda porque está divirtiéndose un poco, ¿verdad? O por lo menos lo hacía, ¿cierto?
Cormia asintió, pero no apartó la vista del Hermano. Con su rostro lleno de cicatrices y el enorme cuerpo, siempre la había hecho sentir incómoda, y no porque fuera feo de ninguna manera, sino por su apariencia feroz.
Zsadist la miró, y sucedió la cosa más extraña. Le habló con una voz sorprendentemente amable y levantó la mano como si quisiera tranquilizarla.
—Ahora, cálmate. Siento mucho haberte asustado. —Gradualmente sus ojos se fueron poniendo amarillos y su expresión se suavizó—. Es sólo que estoy preocupado por mi shellan. No voy a hacerte daño.
Cormia sintió que la tensión en ella se aflojaba y pensó que ahora comprendía mejor por qué Bella estaba con él. Haciendo una reverencia, le dijo:
—Por supuesto, Su Gracia. Seguro que está preocupado por ella.
—¿Estás bien? —le preguntó Bella, mientras miraba la ropa manchada de su hellren—. ¿Toda la familia está bien?
—Todos los Hermanos están bien. —Se acercó a su shellan y le tocó el rostro con una mano temblorosa—. Quiero que la doctora Jane te examine.
—Pues no faltaba más, si eso te hace sentir mejor, hazla venir. No creo que haya ningún problema, pero haré cualquier cosa que te haga sentir más tranquilo.
—¿Estás sangrando otra vez? —Bella no contestó—. Iré a buscarla…
—No es mucho, y no es diferente a lo que me ha pasado antes. Traer a la doctora Jane probablemente sea una buena idea, salvo que no creo que sea necesario hacer nada. —Bella le puso los labios sobre la palma de la mano y le besó—. Pero por favor primero, dime ¿qué pasó esta noche?
Zsadist simplemente sacudió la cabeza, y Bella cerró los ojos, como si estuviera acostumbrada a recibir malas noticias… como si las recibiera tan a menudo que las palabras describiendo la situación exacta ya no fueran necesarias. La palabra dicha no podría intensificar su tristeza ni la de él. Ni podría mitigar lo que obviamente ya sentían.
Zsadist inclinó la cabeza y besó a su compañera. Cuando se miraron a los ojos, el amor que irradiaban era tan intenso que creó un aura de calor, y Cormia podía jurar que llegó a sentirla desde el lugar dónde estaba.
Bella nunca había demostrado ese tipo de conexión con el Primale. Jamás.
Y ya que estábamos en ello, él tampoco lo había demostrado. Aunque quizás eso simplemente era solo por discreción.
Zsadist le dijo unas palabras en voz baja, luego salió como si estuviera al acecho, el ceño fruncido, y los fuertes hombros encuadrados como las vigas de una casa.
Cormia se aclaró la garganta.
—¿Quieres que vaya a buscar a Fritz? ¿O que le ordene algo para comer?
—Creo que será mejor que espere por si la doctora Jane va a examinarme. —La mano de la hembra se deslizó hacia su estómago y comenzó a moverla en lentos círculos—. ¿Te gustaría regresar más tarde a mirar el resto del show conmigo?
—Si quieres…
—Absolutamente. Eres muy buena compañía.
—¿Lo soy?
Los ojos de Bella eran increíblemente amables.
—Mucho. Me tranquilizas.
—Entonces seré tu acompañante durante el alumbramiento. De donde vengo, una hermana embarazada siempre tiene una compañera de alumbramiento.
—Gracias… muchas gracias. —Bella apartó la vista cuando el miedo asomó a sus ojos—. Aceptaré toda la ayuda que pueda conseguir.
—Si no te molesta —murmuró Cormia—, ¿podrías decirme qué es lo que tanto te preocupa?
—Él. Me preocupo por Z. —Bella puso los ojos en blanco—. Y también me preocupo mucho por mi hijo. Es tan extraño. No me preocupo tanto por mí.
—Eres muy valiente.
—Oh, no me has visto en mitad del día en la oscuridad. Me asusto mucho, créeme.
—Aún así, pienso que eres muy valiente. —Cormia se puso la mano sobre el estómago plano—. Dudo que yo pueda ser tan valiente.
Bella sonrió.
—Creo que en eso te equivocas. Te he observado en estos últimos meses, y hay una fuerza increíble dentro de ti.
Cormia no estaba tan segura de eso.
—Espero que el examen resulte bien, regresaré más tarde…
—Honestamente no piensas que es fácil ser lo que eres, ¿verdad? ¿Vivir con el tipo de presiones que tiene una Elegida? No puedo imaginar cómo lidias con eso, y hace que sienta mucho respeto por ti.
Todo lo que Cormia pudo hacer fue parpadear.
—¿En… serio?
Bella asintió.
—Sí así lo creo. ¿Y quieres saber algo más? Phury es afortunado de tenerte. Estoy rezando para que se dé cuenta de ello lo antes posible.
Queridísima Virgen Escriba, no era algo que Cormia hubiese esperado escuchar de nadie, y mucho menos de Bella, y su conmoción debió notarse porque la hembra se echó a reír.
—Está bien, te he hecho sentir rara, lo siento. Pero hace muchísimo tiempo que quería deciros esto a los dos. —Los ojos de Bella se desviaron hacia el baño y tomó un profundo aliento—. Ahora supongo que será mejor que te vayas, para que pueda prepararme para la visita de la doctora Jane y sus toqueteos. Adoro a esa hembra, realmente lo hago, pero ah, como odio cuando se ajusta esos guantes.
Cormia se despidió y se encaminó hacia su habitación, absorta en sus pensamientos.
Dio vuelta en la esquina cercana al estudio de Wrath y se detuvo. Como si lo hubiera convocado, el Primale estaba en lo alto de la escalera principal, dominando el pasillo y con aspecto de estar exhausto.
Sus ojos se adhirieron a ella.
—Se siente mejor —dijo pensando que debía estar ansioso por tener noticias acerca de Bella—. Pero creo que está ocultando algo. El Hermano Zsadist ha ido a buscar a la doctora Jane.
—Bien. Me alegro. Gracias por cuidar de ella.
—Fue un placer. Es encantadora.
El Primale asintió; entonces sus ojos la recorrieron, desde el cabello que llevaba recogido en lo alto de la cabeza, hasta la punta de sus pies desnudos. Era como si estuviera reencontrándose con ella, como si hiciera siglos que no la veía.
—¿De qué horrores has sido testigo desde que te fuiste? —murmuró ella.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque me estás mirando como si no me hubieras visto en semanas. ¿Qué has visto?
—Me interpretas bien.
—Más o menos igual de bien de lo que tú eludes mi pregunta.
Él sonrió.
—Lo cual hago muy bien, ¿eh?
—No tienes que hablar de…
—Vi más muertes. Muertes que pudieron haber sido evitadas. Tantas malditas pérdidas. Esta guerra es maligna.
—Sí. Sí, lo es. —Hubiera querido tomarle la mano. En lugar de ello, dijo: —¿Te gustaría… ir conmigo al jardín? Voy a caminar un rato entre las rosas antes de que salga el sol.
Él dudó, luego sacudió la cabeza.
—No puedo. Lo siento.
—Seguro. —Le hizo una reverencia para evitar sus ojos—. Su Gracia.
—Ten cuidado.
—Lo haré. —Se recogió la túnica y caminó rápidamente hacia los escalones que él acababa de subir.
—Cormia.
—¿Sí?
Cuando lo miró por encima del hombro, la taladró con los ojos. Ardían de una forma que la llevó de regreso al momento que habían estado juntos en el suelo de su dormitorio, y se le subió el corazón a la garganta
Pero luego sólo sacudió la cabeza.
—Nada. Sólo cuídate.
Mientras Cormia bajaba las escaleras, Phury se dirigió hacia el pasillo de las estatuas y miró a través de la primera ventana que daba hacia el jardín de la parte trasera.
Era imposible que fuera con ella a ver las rosas. En ese momento estaba en carne viva, expuesto, despojado de su piel, aunque aún la llevara puesta. Cada vez que cerraba los ojos, veía esos cuerpos en el pasillo de la clínica y los rostros atemorizados dentro de ese armario de medicinas y la valentía de aquellos que no deberían haber tenido que luchar por sus vidas.
Si no se hubiera detenido a ayudar a Bella a subir la escalera y luego no hubiera ido a buscar a Zsadist, quizás esos civiles no se hubieran salvado. Seguro como el infierno, que nadie lo habría llamado como refuerzo, porque ya no era un Hermano.
Abajo, Cormia apareció en la terraza, su túnica blanca brillaba contra los adoquines de piedra gris oscuro. Avanzó como flotando hacia las rosas y se inclinó por la cintura para acercar la nariz a los pimpollos. Casi podía escuchar su inspiración y el suspiro de alegría que soltaría cuando saboreara la fragancia.
Sus pensamientos se trasladaron desde la fealdad de la guerra hacia la belleza de la silueta de la hembra.
Y a lo que los machos hacían con las hembras en medio de sábanas de satén.
Sí, la respuesta a sus ganas de estar con Cormia en ese momento era un claro no. Quería reemplazar la muerte y el sufrimiento que había visto esa noche con algo más, algo vivo y cálido y que todo se tratara del cuerpo y no de la mente. Al observar a su Primera Compañera prodigando sus atenciones a los rosales, la deseó desnuda, retorciéndose y húmeda de sudor, debajo de él.
Ah… pero ella ya no era su Primera Compañera, ¿verdad?
Mierda.
La voz del hechicero vagó a través de su mente.
Sin embargo, ¿podrías haber hecho algo mejor por ella? ¿Hacerla feliz? ¿Mantenerla a salvo? Te pasas unas buenas doce horas del día fumando. ¿Podrías encender un porro después de otro delante de ella y obligarla a observar como languideces sobre tus almohadas hasta quedarte dormido? ¿Quieres que ella vea eso?
¿Quieres que ella te arrastre hasta la casa al amanecer, como hacías tú con tu padre?
¿También llegaría el día en el cual la golpearías debido a la frustración?
—¡No! —gritó.
Oh, ¿de veras? Tu padre te dijo eso. ¿No es así, compañero? Te prometió mirándote a los ojos que nunca más volvería a golpearte.
El problema es, que la palabra de un adicto es sólo eso. Una palabra. Nada más.
Phury se frotó los ojos y se apartó de la ventana.
Para darse un propósito, cualquier propósito, se dirigió hacia el estudio de Wrath. Aunque ya no fuera un miembro de la Hermandad, el Rey querría saber que había sucedido en la clínica. Con Z ocupado con Jane y Bella, y los demás Hermanos ayudando en la nueva clínica, bien podría darle un informe extraoficial. Además quería que Wrath supiera la razón por la cual había estado allí en primer lugar, y asegurarle al Rey que no estaba haciendo caso omiso de su carta de despido.
También estaba todo el problema de Lash.
El chico había desaparecido.
La cuenta de cabezas en la clínica nueva y la cuenta de los cuerpos en la vieja habían revelado que sólo uno había sido secuestrado, y ese era Lash. El personal médico indicó que estaba vivo en el momento del asalto, habiendo sido revivido después que sus signos vitales hubieran colapsado. Lo cual era trágico. El chico podía haber sido un bastardo, pero nadie quería que cayera en manos de los lessers. Si tenía suerte, moriría de camino al lugar a dónde lo llevaban, y había una buena posibilidad de que así hubiera sucedido, dado el estado en el que se encontraba.
Phury llamó a la puerta del estudio de Wrath.
—¿Mi Señor? ¿Mi Señor, estás ahí?
Cuando no recibió ninguna respuesta, lo intentó de nuevo.
No obtuvo respuesta, así que se alejó y se dirigió a su habitación, sabiendo condenadamente bien que iba a encender uno tras otro y que se llenaría de humo hasta lograr llegar nuevamente al yermo reino del hechicero.
Como si pudieras ir a otra parte, dijo la sombría voz de su cabeza arrastrando las palabras.

Al otro lado de la ciudad, en la casa de los padres de Blaylock, Qhuinn fue metido furtivamente a través de la entrada de servicio trasera que usaban los doggens. Hizo todo lo que pudo para andar cojeando, pero Blay tuvo que llevarlo a cuestas para subir la escalera de los sirvientes.
Después de que Blay dejó la habitación para ir a mentir acerca de dónde había estado y qué había estado haciendo, John asumió el puesto de centinela mientras Qhuinn se acomodaba en la cama de su compañero sin su frescura habitual. Y no sólo porque se sentía como un saco de arena.
Los padres de Blay se merecían algo mejor que eso. Siempre habían sido buenos con Qhuinn. Demonios, muchos padres ni siquiera permitían que sus hijos se acercaran a él, pero los de Blay habían sido coherentes desde un principio. Y ahora inadvertidamente estaban arriesgando su posición en la glymera al albergar a un repudiado, y a una PNG fugitiva.
Al pensar en todo eso Qhuinn se sentó con la intención de marcharse de allí, pero su estómago tenía otros planes para él. Un profundo dolor le atravesó las entrañas como si su hígado hubiera tomado un arco y una flecha y le hubiera disparado a sus riñones. Lanzando un gemido, volvió a acostarse.
Trata de quedarte quieto, señaló John.
—Entendido.
El teléfono de John sonó y lo sacó del bolsillo del vaquero A & F. Mientras leía lo que le habían enviado, Qhuinn recordó la vez que los tres habían ido de compras al centro comercial y como se había follado a esa encargada en el probador.
Todo había cambiado desde entonces. Ahora el mundo entero era diferente.
Se sentía años más viejo, no sólo días.
John lo miró ceñudo.
Quieren que vaya a casa. Algo sucedió.
—Vete entonces… estoy bien aquí.
Regresaré si puedo.
—No te preocupes. Blay te mantendrá al tanto.
Cuando John salió, Qhuinn echó una mirada a su alrededor y recordó todas las horas que había pasado tendido en la cama de esa misma habitación. Blay tenía una bonita guarida. Las paredes estaban cubiertas por paneles de madera de cerezo, lo que la hacía parecer un estudio, el mobiliario era moderno y compacto no como esa sofocante mierda antigua que todos los miembros de la glymera coleccionaban junto con sus jodidas reglas de etiqueta social. La enorme cama estaba cubierta con una colcha negra y tenía las suficientes almohadas como para hacerte sentir cómodo sin que resultara amariconada. La pantalla de plasma de alta definición tenía un Xbox 360, un Wii y un PS3 sobre el suelo enfrente de ella, y el escritorio donde Blay hacía los deberes estaba tan pulcro y ordenado como todas sus tarjetas de juegos. A la izquierda, había un refrigerador pequeño, un cubo de basura negro que, a decir verdad, se asemejaba a un pene, y un recipiente anaranjado para las botellas.
Blay se había vuelto ecologista desde hacía un tiempo y estaba muy metido en el tema del reciclaje y la reutilización. Lo cual era bien típico de él. Leía la publicación mensual de PETA, comía carne y pollo sólo de granja, y estaba a favor de la comida orgánica.
Sí hubiera existido una versión vampira de las Naciones Unidas en la cual internarse, o si hubiera podido ofrecerse como voluntario en Lugar Seguro, lo habría hecho al instante.
Blay era la cosa más cercana a un ángel que Qhuinn había conocido.
Joder. Tenía que marcharse de allí antes de que su padre hiciera que expulsaran a toda esa familia de la glymera.
Cuando se dio la vuelta para intentar aliviar el dolor en la parte baja de su espalda, comprendió que no eran sólo las lesiones internas lo que lo estaba incomodando; el sobre que el doggen de su padre le había dado había permanecido en el cinturón de sus vaqueros incluso a lo largo de la paliza.
No quería ver esos papeles de nuevo, pero de algún modo terminaron en sus manos sucias y ensangrentadas.
Incluso con la visión borrosa y su estado de completa agonía, se concentró en el pergamino. Era su árbol genealógico de cinco generaciones, su certificado de nacimiento, observó los tres nombres que había en la última línea. El suyo estaba a la izquierda, en el lado opuesto estaba el de su hermano mayor y el de su hermana. Su nombre estaba cubierto con una gruesa X y debajo de los de sus padres y hermanos estaban sus firmas con la misma tinta espesa.
Expulsarlo de la familia requería mucho papeleo. Los certificados de nacimiento de su hermano y hermana tendrían que ser modificados, y de igual forma habría que alterar el pergamino de matrimonio de sus padres. También debería enviarse al Consejo de Princeps de la glymera una declaración para desheredarlo, la renuncia de su familia y una petición de expulsión. Después que el nombre de Qhuinn fuera modificado en el pergamino de derechos de la glymera y en el enorme archivo genealógico de la aristocracia, el leahdyre del Consejo dictaría una misiva que se mandaría a todas las familias de la glymera, anunciando oficialmente su destierro.
Obviamente cualquiera que tuviera hembras en edad apropiada para emparejarse, debía estar sobre aviso.
Era todo tan ridículo. De todas formas, con sus ojos dispares, no era como si fuera a conseguir tallar el nombre de alguna aristócrata en su espalda.
Qhuinn dobló el certificado de nacimiento y lo devolvió al sobre. Cuando cerró la solapa, sentía el pecho como si alguien hubiera cavado un agujero en él. Estar absolutamente solo en el mundo, aunque fueras adulto, era aterrador.
Pero contaminar a aquellos que habían sido amables con él era mucho peor.
Blay atravesó la puerta con una bandeja de comida.
—No sé si tienes hambre…
—Tengo que irme.
Su amigo colocó lo que llevaba en el escritorio.
—No creo que esa sea una buena idea.
—Ayúdame a levantarme. Estaré bien…
—Tonterías. —Dijo una voz femenina.
El médico privado de la Hermandad apareció como de la nada, justo delante de ellos. Su maletín de doctor era del tipo anticuado, con dos asas en la parte superior y un cuerpo que parecía una barra de pan, llevaba una bata blanca, tal y como la que los médicos usan en la clínica. El hecho de que fuera un fantasma era insólito. Todo en ella, su ropa, su maletín, su cabello y su perfume, se volvió sólido y tangible cuando terminó de llegar, exactamente como si fuera una persona normal.
—Gracias por haber venido —dijo Blay, como buen anfitrión.
—Hey, Doc —murmuró Qhuinn.
—¿Qué tenemos aquí? —Jane se acercó y se sentó en la esquina de la cama. No lo tocó, sólo lo miró de arriba abajo con el ojo clínico de un médico.
—No soy exactamente un candidato para Playgirl, ¿eh? —dijo él torpemente.
—¿Y cuántos eran? —Su tono de voz no sonaba como si estuviera bromeando.
—Dieciocho. Cientos.
—Cuatro —interrumpió Blay—. Fue una guardia de honor de cuatro.
—¿Guardia de honor? —sacudió la cabeza como si no pudiera entender las costumbres de la raza—. ¿Por Lash?
—No, de la propia familia de Qhuinn —dijo Blay—. Y se supone que no deberían matarlo.
Bueno, ese seguramente iba a convertirse en el nuevo tema central de la película, pensó Qhuinn.
La doctora Jane abrió el maletín.
—De acuerdo, veamos cómo estás debajo de esa ropa.
Se puso manos a la obra, le cortó la camisa, le escuchó el corazón y le tomó la presión arterial. Mientras ella trabajaba, él pasó el tiempo mirando la pared, la inanimada pantalla de televisión y su maletín.
—Que práctico… maletín… ese que tienes ahí —gruñó, mientras sus manos le palpaban el abdomen y lo golpeaba suavemente.
—Siempre había querido uno. Es parte de mi fetiche de Marcus Welby, M.D.
—¿Quién?
—¿Esto también te duele? —Su jadeo cuando le hundió la mano fue respuesta más que suficiente, así que lo dejó ahí.
La doctora Jane le quitó los pantalones, y como no estaba usando ropa interior, se apresuró a echarse las sábanas sobre sus partes privadas. Ella las apartó a un lado, lo miró profesionalmente de arriba a abajo y luego le pidió que flexionara los brazos y las piernas. Después de tomarse su tiempo sobre un par de espectaculares hematomas, lo cubrió de nuevo.
—¿Qué tipo de cosa usaron para golpearte? Esos cardenales que tienes en los muslos son bastante importantes.
—Palancas. Grandes, enormes…
Blay lo intercedió.
—Garrotes. Tienen que haber usado esos garrotes ceremoniales negros.
—Eso sería congruente con las lesiones. —La doctora Jane se tomó un momento, como si fuera un ordenador procesando una solicitud de información—. De acuerdo, esto es lo que tenemos. Lo que le pasa a tus piernas es indudablemente incómodo, pero las contusiones deberían sanar solas. No tienes heridas abiertas, y aunque parece que te apuñalaron la palma de la mano, asumo que sucedió un poco más temprano, porque ya está sanando. Y no parece haber nada roto, lo cual es un milagro.
Excepto su corazón, claro. Por haber sido golpeado por su propio hermano…
Cállate, mariquita, se dijo a sí mismo.
—Así que estoy bien, ¿verdad, Doc?
—¿Cuánto tiempo estuviste muerto?
Él frunció el ceño, repentinamente esa visión del Fade se precipitó de su memoria como un cuervo negro. Dios… ¿Había muerto?
—Ah… no tengo idea cuanto tiempo pasó. Y no vi nada mientras estuve fuera. Era sólo oscuridad, ya sabes… estaba muy mal como para darme cuenta. —De ninguna manera iba a hablar de su pequeño y completamente natural viaje ácido—. Pero estoy bien, ya sabes…
—En eso voy a tener que estar en desacuerdo contigo. Tu ritmo cardíaco está acelerado, tu tensión arterial es baja, y no me gusta como se ve tu estómago.
—Sólo está un poco inflamado.
—Me preocupa que pueda haber algo desgarrado.
Genial.
—Estaré bien.
—¿Y dónde te graduaste como médico? —La doctora Jane sonrió, y él rió un poco—. Me gustaría hacerte un ultrasonido, pero la clínica de Havers ha sido atacada esta noche.
—¿Qué?
—¿Qué? —preguntó Blay al mismo tiempo.
—Asumí que lo sabíais.
—¿Hay supervivientes? —preguntó Blay.
—Lash desapareció.
Mientras absorbían las implicaciones de ese pequeño flash de noticias, Jane metió la mano en su bolsa de suministros y sacó una aguja sellada y una botella con tapa de caucho.
—Voy a darte algo para el dolor. Y no te preocupes —dijo irónicamente—, no es Demerol.
—¿Por qué? ¿El Demerol es malo?
—¿Para los vampiros? Sí. —puso los ojos en blanco—. Confía en mí.
—Lo que tú digas.
Cuando acabó de inyectarlo, le dijo:
—El efecto debería durar un par de horas, pero pienso regresar mucho antes de eso.
—El alba debe estar cercana ¿eh?
—Sip, por eso vamos a tener que movernos rápidamente. Hay una clínica temporal…
—No puedo ir allí —dijo—. No puedo… esa no sería una buena idea.
Blay asintió.
—Necesitamos mantener su paradero oculto. En este momento no está seguro en ninguna parte.
La doctora Jane entrecerró los ojos. Después de un momento, dijo:
—Está bien. Entonces tendré que pensar dónde puedo encontrar una ubicación más confidencial dónde tratarte. En tanto, no quiero que te muevas de esta cama. Y no debes comer ni beber, por si acaso te tengo que operar.
Mientras la doctora Jane guardaba las cosas en su maletín Marcus-quienquiera-que-fuera, Qhuinn contó el número de personas que no se habrían atrevido a acercarse a él, y mucho menos tratar de curar sus lesiones.
—Gracias —dijo con una vocecita humilde.
—Fue un placer. —Le puso la mano en el hombro y apretó—. Voy a curarte. Puedes apostar tu vida en ello.
En ese momento mientras miraba sus ojos verde oscuro, sinceramente creyó que podría componer el mundo entero, y la ola de alivio que lo invadió lo hizo sentir como si alguien le hubiera envuelto una suave manta alrededor del cuerpo. Mierda, no sabía si era por el hecho de que su vida estaba en manos capaces o si solo era el efecto de lo que le había inyectado en el brazo, pero eso no le importaba. Iba a tomar el consuelo en cualquier lugar donde lo encontrara.
—Tengo sueño.
—Ése es mi plan.
La doctora Jane se acercó a Blay y le habló en susurros durante un momento... y aunque el tipo intentó esconder su reacción, se le abrieron los ojos de par en par.
Ah, entonces estoy con la mierda hasta el cuello, pensó Qhuinn.
Después de que la doctora se hubo ido, ni se molestó en preguntarle que le había dicho, porque sabía que Blay no se lo iba a decir de ninguna manera. Su rostro era un armario cerrado.
Pero todavía había otros asuntos de los cuales tenía que ocuparse, gracias a la maldita tormenta de mierda en la que estaban todos envueltos.
—¿Qué le dijiste a tus padres? —preguntó Qhuinn.
—No tienes que preocuparte por nada.
A pesar del agotamiento que lo devastaba, sacudió la cabeza.
—Dímelo.
—No tienes...
—Me lo dices o... me levanto y empiezo a hacer el jodido Pilates.
—Como quieras. Siempre has dicho que eso era para maricas.
—Bien. Entonces haré jiu-jitsu. Habla antes de que me desmaye ¿quieres?
Blay sacó una Corona del pequeño refrigerador.
—Mis padres se imaginaron que éramos nosotros. Acaban de regresar de la gran fiesta de la glymera. Así que los padres de Lash deben de estar enterándose ahora.
Joder.
—¿Les hablaste... sobre mí?
—Sí, y quieren que te quedes. —La cerveza hizo un sonido jadeante cuando Blay la abrió—. Simplemente no vamos a decirle nada a nadie. Seguramente especularán acerca de tu paradero, pero no es muy probable que la glymera haga una búsqueda casa por casa, y nuestros doggens son muy discretos.
—Solo me quedaré el día de hoy.
—Mira, mis padres te adoran, y no piensan echarte de aquí a patadas. Saben cómo era Lash, y también conocen a tus padres. —Blay se detuvo allí, pero el tono que había usado le agregó muchos adjetivos a sus palabras.
Prejuiciosos, críticos, crueles...
—No voy a ser una carga para nadie. —Dijo Qhuinn echando chispas por los ojos—. Ni para vosotros. Ni para nadie.
—Pero es que no eres una carga. —Blay miró el suelo—. Sólo somos mis padres y yo. ¿A quién crees que acudiría yo si algo malo pasara? John y tú sois todo lo que tengo en este mundo, aparte de mamá y papá. Vosotros sois mi familia.
—Blay, voy a ir a la cárcel.
—Nosotros no tenemos cárceles, por eso vas a necesitar un lugar para estar bajo arresto domiciliario.
—¿Y piensas que eso no será de conocimiento público? ¿Crees que no tendré que revelar donde me quedo?
Blay tragó la mitad de su cerveza, sacó su teléfono, y empezó a escribir un mensaje de texto.
—Escucha, ¿puedes dejar de jugar a «a-ver-si-encuentro-más-obstáculos»? Ya vamos a tener suficientes problemas sin necesidad de que tú te pongas a dar por el culo. Encontraremos una manera para que puedas quedarte aquí, ¿Ok?
Se escuchó un pitido.
—¿Ves? John está de acuerdo. —Blay le mostró la pantalla en donde se leía: GENIAL IDEA, y entonces se terminó la cerveza con la expresión de satisfacción de un macho que había puesto en orden su sótano y su garaje—. Todo va a ir bien.
Qhuinn miró a su amigo a través de párpados que se habían vuelto tan pesados como un tejado.
—Síp.
Al desmayarse, su último pensamiento fue que seguramente las cosas iban a funcionar... pero no como Blay las había planeado.

No hay comentarios: