jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 22 23 24

Capítulo 22

Lash, hijo del Omega, estaba renaciendo con un grito que desgarró su garganta.
En una confusa locura, volvió al mundo como había llegado a él veinticinco años antes: desnudo, jadeante y ensangrentado, solo que esta vez su cuerpo era el de un hombre adulto y no el de un bebé.
Su intenso momento de toma de conciencia pasó con rapidez, y después quedó sumido en la agonía, sus venas estaban llenas de ácido, cada centímetro de él se corroía desde el interior. Se puso las manos sobre el estómago, rodando de costado, y vomitó una marea negra sobre un gastado suelo de madera. Demasiado consumido por las nauseas, no se molestó en preguntar dónde estaba ni qué había ocurrido, y por qué estaba vomitando cosas que parecían aceite usado de cárter.
En medio de un remolino de desorientación, las arcadas que lo incapacitaban y un pánico ciego que no podía controlar, un salvador extendió la mano hacia él. Una mano que le recorrió la espalda y le acarició una y otra vez, la cálida palma adoptó un ritmo que ralentizó su acelerado corazón, calmó su cabeza y alivió su estómago. Cuando pudo, se puso boca arriba otra vez. En medio de su borroso campo visual, logró enfocar una figura negra traslúcida. Su rostro era etéreo, una visión de apostura masculina en la flor de principios de la veintena, pero la malevolencia que había tras los tenebrosos ojos hacía que la faz fuera terrible.
El Omega. Tenía que ser el Omega.
Este era el Mal que su religión, folklore y entrenamiento le habían descrito.
Lash comenzó a gritar de nuevo, pero la mano oscura se extendió hacia él y le tocó gentilmente el brazo. Se calmó.
En casa, pensó Lash. Estoy en casa.
Su mente fluctuaba de la histeria a la convicción. No estaba en casa. Estaba... Estaba claro como el infierno que nunca antes había visto esta decrépita habitación.
¿Dónde coño estaba?
—Tranquilo —murmuró el Omega—. Lo recordarás todo.
Y así fue, de golpe. Vio el vestuario en el centro de entrenamiento... y a John, ese mariquita, poniéndose como loco cuando su sucio secretillo salió a la luz. Después los dos se habían dado de puñetazos hasta que... Qhuinn... Qhuinn le había cortado la garganta.
Santa mierda... podía incluso sentirse a sí mismo cayendo al suelo de las duchas, aterrizando sobre los azulejos duros y húmedos. Revivió la fría conmoción y recordó haberse puesto las manos en la garganta y empezar a jadear cuando un sofocante y asfixiante apretón se apoderó de su pecho... su sangre... se había estado ahogando en su propia sangre... pero entonces había sido suturado y enviado a la clínica, donde...
Mierda, había muerto, ¿verdad? El médico le había traído de vuelta, pero definitivamente había muerto.
—Así fue como te encontré —murmuró el Omega—. Tu muerte fue la señal.
¿Pero por qué le quería el Mal?
—Porque eres mi hijo —dijo el Omega con voz reverente y distorsionada.
¿Hijo? ¡Hijo!
Lash sacudió la cabeza lentamente.
—No... no...
—Mírame a los ojos.
Cuando se produjo la conexión, más escenas se revelaron ante él, las visiones eran como páginas que pasaban en un libro de fotografías. La historia que se desplegaba ante sus ojos hizo que se encogiera de miedo y también que respirara con más facilidad. Era el hijo del Mal. Nacido de una hembra vampiro retenida contra su voluntad en esta misma granja más de dos décadas atrás. Tras su nacimiento había sido abandonado en un sitio de reunión para los vampiros, había sido encontrado por ellos, y llevado a la clínica de Havers... donde más tarde había sido adoptado por su familia en un intercambio privado del que ni siquiera él sabía nada.
Y ahora, habiendo alcanzado la madurez, había regresado a su progenitor.
Hogar.
Mientras Lash sopesaba las implicaciones, el hambre se arremolinó en su estómago, y los colmillos sobresalieron de su boca.
El Omega sonrió y miró sobre el hombro. Un lesser del tamaño de un chico de catorce años estaba de pie en la esquina más alejada de la cochambrosa habitación, tenía los ojos de rata fijos en Lash, y el pequeño cuerpo tenso como una serpiente enroscada.
—Y ahora con respecto al servicio que te dije que deberías proporcionar —le dijo el Omega al asesino.
El Mal extendió la translúcida mano e indicó al tipo que se adelantara.
El lesser más que caminar se movió como un bloque, como si sus brazos y piernas estuvieran paralizados y su cuerpo estuviera siendo alzado y desplazado por encima del suelo. Los pálidos ojos se le salían de las órbitas y giraban a causa del pánico, pero Lash tenía otras cosas en mente aparte del terror del hombre que le estaba siendo ofrecido.
Cuando captó la dulce fragancia del lesser, se sentó, desnudando los colmillos.
—Debes alimentar a mi hijo —le dijo el Omega al asesino.
Lash no esperó su consentimiento. Extendió la mano, agarró al pequeño cabrón por la nuca, y arrastró al tipo hacia sus puntiagudos caninos. Mordió con fuerza y succionó profundamente, la sangre era dulce como la miel e igual de espesa. No sabía a nada a lo que estuviera acostumbrado, pero llenó su estómago y le dio fuerzas, y ese era el objetivo.
Mientras bebía, el Omega comenzó a reír, suavemente al principio, después más alto, hasta que la casa se sacudió con la fuerza de la demencial y sanguinaria alegría.

Phury golpeó con su porro el borde del cenicero y examinó lo que había hecho con la pluma. El dibujo resultaba escandaloso, y no solo por la temática.
La maldita cosa era además uno de los mejores que había puesto alguna vez sobre un trozo de papel.
La silueta femenina que había sobre la cremosa superficie yacía de espaldas sobre una cama cubierta de satén, con almohadas ahuecadas tras sus hombros y cuello. Tenía un brazo sobre la cabeza, con los dedos enredados entre su largo cabello. El otro bajaba por su costado, la mano descansaba en la unión de sus muslos. Sus pechos estaban tensos, los pequeños pezones erguidos como por una boca, y tenía los labios separados en una invitación... al igual que las piernas. Ambas estaban abiertas, una con la rodilla flexionada, el pie arqueado, y los dedos fuertemente curvados, como si anticipara algo delicioso.
Estaba mirando directamente al frente, hacia fuera de la página, directamente a él.
Además, lo que había hecho no era ningún boceto improvisado. El dibujo estaba totalmente acabado, concienzudamente delineado, perfectamente sombreado para mostrar el atractivo de la mujer. El resultado era sexo personificado en tres dimensiones, un orgasmo a punto de volverse realidad, todo lo que un hombre desearía en una compañera de cama.
Mientras daba otra calada, intentó decirse a sí mismo que esta no era Cormia. No, no era Cormia... no era ninguna mujer, solo un compendio de los atributos sexuales de los que se había privado con tanto celibato. Era el ideal femenino que deseaba haber tenido su primera vez. Esta era la mujer de la que le habría encantado beber todos estos años. Era su amante de fantasía, dando y exigiendo por turnos, suave y sumisa algunas veces, ávida e inmoral otras.
No era real.
Y no era Cormia.
Exhaló una maldición, se acomodo la polla dura dentro del pijama, y apagó el porro.
Estaba tan lleno de mierda. Lleno. De. Mierda. Esta definitivamente era Cormia.
Miró hacia el medallón Primale que estaba sobre el escritorio, pensando en su charla con la Directrix, y volvió a maldecir. Genial. Ahora que Cormia ya no era su Primera Compañera, decidía que la deseaba. Menuda suerte.
—Jesús.
Se inclinó sobre la mesita, lió otro bien cargado, y accionó el encendedor. Con el pitillo entre los labios, comenzó a dibujar la hiedra, comenzando por los preciosos y curvados dedos de los pies. Mientras añadía hoja tras hoja ocultando el dibujo, sintió como si sus manos recorrieran hacia arriba las lisas piernas, pasando por el estómago para llegar a sus tensos y erguidos pechos.
Estaba tan distraído acariciándola con su mente que la sensación de ahogo que normalmente le acometía cuando cubría un dibujo con hiedra no floreció hasta que llegó a su rostro.
Se detuvo. Realmente ésta era Cormia y no a medias, como lo había sido el dibujo de Bella de la otra noche. Los rasgos de Cormia estaban todos allí, a plena vista, desde el ángulo de sus ojos y el exuberante labio inferior hasta la suntuosidad de su cabello.
Y lo estaba mirando. Deseándole.
Oh, Dios...
Rápidamente dibujó la hiedra alrededor de su rostro y después se quedó mirando fijamente como la había arruinado. Esa mierda la cubría completamente incluso desbordando los límites de su cuerpo, enterrándola sin ponerla bajo tierra.
En un flashback, evocó el jardín de la casa de sus padres como lo había visto la última vez, cuando había vuelto a enterrarlos.
Dios, todavía podía recortar esa noche con total claridad. Especialmente el olor que habían tenido los residuos que habían quedado después del fuego.
Había cavado la tumba en un costado del jardín, el agujero en la tierra era como una herida abierta entre la espesa hiedra. Colocó a sus padres en ella, pero había habido un solo cuerpo que enterrar. Se había visto obligado a quemar los restos de su madre. La había encontrado en su cama en tan avanzado estado de descomposición que no había sido capaz de sacarla del sótano. Le había prendido fuego allí donde yacía, y había pronunciado las palabras sagradas hasta que el humo le había ahogado de tal modo que había tenido que salir.
Mientras el fuego rabiaba dentro de la habitación, había levantado a su padre y había sacado al macho para enterrarlo. Después que las llamas hubieron devorado lo que había en el sótano, Phury había recogido las cenizas que habían quedado y las había colocado en una gran urna de bronce. Había un montón de ellas, porque había quemado las mantas y la cama junto con su madre.
Colocó la urna junto a la cabeza de su padre, y después con una pala tiró tierra suelta sobre ellos.
Después de eso quemó la casa entera. La quemó hasta los cimientos. Estaba maldito, todo el lugar, y estaba seguro que ni siquiera la feroz temperatura de las llamas había sido suficiente para limpiar la infección de mala suerte.
Mientras se marchaba, su último pensamiento había sido que a la hiedra le tomaría mucho tiempo cubrir los cimientos.
Seguro que lo quemaste todo, dijo el hechicero en su cabeza. Pero tenías razón, no hiciste desaparecer la maldición. Todas esas llamas no los limpiaron, ni a ti, ¿verdad, compañero? Sólo te convirtieron en un pirómano además de un salvador fracasado.
Dejando a un lado el porro, arrugó el dibujo formando una bola, se colocó la prótesis, y fue hacia la puerta.
No puedes huir de mí ni del pasado, murmuró el hechicero. Somos como la hiedra en esa parcela de tierra, siempre juntos, cubriendo, acallando la maldición que pesa sobre ti.
Tiró el dibujo y, abandonó la habitación, repentinamente temeroso de quedarse solo.
Cuando salió al pasillo, casi le pasa por encima a Fritz. El mayordomo saltó hacia atrás a tiempo, protegiendo un cuenco de... ¿guisantes? ¿Guisantes en remojo?
Las construcciones de Cormia, pensó Phury mientras lo que había entre los brazos del doggen se derramaba por los costados.
Fritz sonrió a pesar del choque del que se había librado por poco, su rostro arrugado, apergaminado, se estiró formando una mueca alegre.
—Si anda buscando a la Elegida Cormia, está en la cocina, tomando su Última Comida con Zsadist.
¿Z? ¿Qué demonios estaba haciendo ella con Z?
—¿Estaban juntos?
—Creo que el amo deseaba hablar con ella en privado sobre Bella. Es por eso que de momento estoy haciendo mis labores en otro lugar de la casa. —Fritz frunció el ceño—. ¿Está bien, amo? ¿Puedo traerle algo?
¿Qué tal un trasplante de cerebro?
—No, gracias.
El doggen hizo una reverencia y entró en la habitación de Cormia, justo cuando se elevaron unas voces desde el vestíbulo. Phury se acercó a la balaustrada y se inclinó sobre la barandilla de hojas doradas.
Wrath y la doctora Jane estaban al pie de las escaleras, y la expresión fantasmal de Jane era tan estridente como su voz.
—... tecnología de ultrasonido. Mira, sé que no es lo ideal, porque no te gusta que haya gente dentro de la propiedad, pero esta vez no tenemos otra opción. Fui a la clínica, y no solo no le aceptarán, sino que además exigieron saber donde estaba.
Wrath sacudió la cabeza.
—Cristo, no podemos traerle así sin más...
—Sí, podemos. Fritz puede recogerle en el Mercedes. Y antes de que lo discutas, te recuerdo que has tenido a todos esos estudiantes acudiendo al Complejo cada semana desde el pasado diciembre. Él no sabrá dónde está. Y en cuanto a la glymera, que se vaya a la mierda, nadie tiene que saber que está aquí. Podría morir, Wrath. Y no quiero eso sobre la conciencia de John, ¿Lo quieres tú?
El Rey maldijo por lo bajo, largamente, mientras desplazaba la mirada por los alrededores, como si sus ojos necesitaran algo que hacer mientras su mente consideraba la situación.
—Bien. Dile a Fritz que vaya a recogerlo. El muchacho puede ser examinado y operado, de ser necesario, en la sala de primeros auxilios y fisioterapia, pero después tendrá que ser transportado de vuelta al instante. Las opiniones de la glymera, me importan lo que una mierda de rata, lo que me preocupa es el precedente. No podemos convertirnos en un hotel.
—Entendido. Y escucha, quiero ayudar a Havers. Es demasiado para él levantar la nueva clínica y ocuparse de los pacientes. El caso es que eso va a implicar que estaré fuera varios días.
—¿Vishous está de acuerdo con ese riesgo de seguridad?
—No es su decisión, y te lo estoy diciendo a ti solo por cortesía. —La hembra se rió con sequedad—. No me mires así. Ya estoy muerta. No es como si los lessers pudieran matarme de nuevo.
—Eso no tiene nada de gracia.
—El humor negro es parte de tener un médico en casa. Supéralo.
Wrath ladró una risa.
—Eres muy dura. No me sorprende que V esté loco por ti. —El Rey se puso serio—. Pero, dejemos esto perfectamente claro. Dura o no, yo estoy al mando aquí. Este Complejo y todos los que habitan en él son asunto mío.
La mujer sonrió.
—Dios, me recuerdas a Manny.
—¿A quién?
—Mi antiguo jefe. Jefe de cirugía del St. Francis. Los dos os llevaríais maravillosamente. O... quizás no. —Jane extendió el brazo y colocó una mano transparente sobre el grueso y tatuado antebrazo del Rey. Cuando se produjo el contacto, se volvió sólida de pies a cabeza—. Wrath, no soy estúpida, no voy a hacer nada precipitado. Tú y yo queremos lo mismo, que todo el mundo esté a salvo... y eso incluye a miembros de la raza que no viven aquí. Nunca voy a trabajar para ti, ni para ningún otro, porque no está en mi naturaleza. Pero seguro como el infierno que voy a trabajar contigo, ¿Ok?
La sonrisa de Wrath estaba llena de respeto, y asintió una vez, lo más cercano que el Rey llegaría jamás a una reverencia.
—Puedo vivir con eso.
Cuando Jane se marchó en dirección al túnel subterráneo, Wrath levantó la vista y miró a Phury.
No dijo nada.
—¿Estabais hablando de Lash? —preguntó Phury, esperando que hubieran encontrado al chico o algo.
—Nop.
Phury se quedó esperando un nombre. Cuando el Rey simplemente se giró y comenzó a subir las escaleras, comiéndose la distancia con sus largas y tranquilas zancadas, subiendo los escalones de dos en dos, le quedó claro que no iba a obtener ninguno.
Asuntos de la Hermandad, pensó Phury.
Que solían ser tuyos, fue tan amable de señalar el hechicero. Hasta que perdiste la cabeza.
—Iba a buscarte —mintió Phury, acercándose a su Rey y decidiendo que un informe extraoficial acerca de lo que había ocurrido en la clínica era claramente innecesario a estas alturas—. Hay un par de Elegidas que van a dejarse caer por aquí. Vienen a verme.
El Rey frunció el ceño detrás de sus lentes envolventes.
—Así que has completado la ceremonia con Cormia, eh. ¿No deberías ir tú a ver a las hembras al Otro Lado?
—Y así será. Más pronto de lo que crees. —Mierda, ¿acaso eso no era cierto?
Wrath cruzó los brazos sobre el fuerte pecho.
—Me han dicho que esta noche echaste una mano en la clínica. Gracias.
Phury tragó con fuerza.
Cuando eras un Hermano, el Rey nunca te daba las gracias por lo que hacías, porque sólo estabas cumpliendo con tu deber y haciendo tu trabajo, ejerciendo tu derecho de nacimiento. Podías conseguir un «Bravo» por patear traseros, o ganarte algo de torpe simpatía a la manera llena de testosterona de los machos si te machacaban y resultabas herido... pero nunca te daban las gracias.
Phury se aclaró la garganta. El de nada, no le pasó por la garganta así que simplemente murmuró:
—Z tenía todo controlado... junto con Rehv, que casualmente estaba allí.
—Si, también voy a agradecérselo a Rehv. —Wrath se giró hacia el estudio—. Ese symphath está probando ser muy útil.
Phury observó las puertas dobles cerrarse lentamente, la habitación azul pálido más allá de ellas desapareció de la vista.
Mientras se volvía para marcharse, captó un vistazo del majestuoso techo del vestíbulo, con sus guerreros tan orgullosos y seguros.
Ahora él era un amante, no un luchador, ¿verdad?
Sip, dijo el hechicero. Y apuesto a que en el sexo serás igual de malo. Ahora ve y encuentra a Cormia y dile que como la quieres tanto decidiste dejarla. Mírala a los ojos y dile que vas a follar con sus hermanas. Con todas ellas. Con cada una de ellas.
Excepto con ella.
Y dite a ti mismo que estás haciéndole un bien mientras le rompes el corazón. Porque esa es la razón por la que estás huyendo. Has visto la forma en que te mira y sabes que te ama y eres un cobarde.
Dile. Díselo todo.
Mientras el hechicero comenzaba un auténtico rollo, bajó las escaleras hasta el primer piso, entró en la sala de billar, y recogió una botella de Martini & Rossi y una botella de ginebra Beefeater. Agarró un cuenco con aceitunas, una copa de Martini, y...
La caja de palillos de dientes le hizo pensar en Cormia.
Se dirigió otra vez escaleras arriba, todavía temiendo estar solo, pero igualmente temeroso de estar en compañía de alguien más.
Lo único que sabía era que había un método infalible de acallar al hechicero, e iba a ejecutar ese plan.
Hasta quedar jodidamente fuera de combate.



Capítulo 23

Por lo general, a Rehv no le gustaba quedarse en el estudio de la parte trasera de su oficina en el ZeroSum. Sin embargo, después de una noche como esa, no tenía ganas de obligarse a salir de la ciudad hasta el refugio donde estaba viviendo su madre, y el panorámico ático que tenía en el Commodore, con sus fachadas acristaladas, tampoco era una buena opción en lo absoluto.
Xhex le había ido a buscar a la clínica, y en el camino de regreso al club le recriminó duramente por no haberla llamado para que tomara parte en la lucha. A lo que le había respondido que se dejara de joder, si no le parecía que otro symphath mestizo en la ensalada hubiera sido demasiado.
Sí, seguro. Además, las clínicas la ponían nerviosa como el infierno.
Después de haberla puesto al corriente sobre la infiltración, había mentido diciéndole que Havers le había echado un vistazo y dado algunas drogas. Ella se había dado cuenta que se estaba inventando lo del brazo, pero por suerte el amanecer estaba demasiado cerca como para que comenzaran una pelea particularmente virulenta. Cierto, que ella podría haberse quedado para poder seguir discutiendo con él, pero Xhex siempre tenía que regresar a su hogar. Siempre.
Al punto que él siempre se había preguntado exactamente qué la esperaba en casa. O quién.
Entrando en el cuarto de baño, conservó su marta cibelina puesta aún cuando el disco del termostato estaba a tope en la posición de hogar. Mientras hacía correr el agua caliente de la ducha, pensó en lo que había acontecido en la clínica y se dio cuenta que había sido dramáticamente vigorizante. Para él luchar era como un traje de Tom Ford: se amoldaba a la perfección y era algo que podía llevar con orgullo. Y las buenas noticias eran que su lado symphath había permanecido controlado, incluso con la tentación de toda aquella sangre lesser derramada.
¿En definitiva? Él estaba bien. Realmente lo estaba.
Cuando el vapor comenzó a flotar a su alrededor, se obligó a quitarse el abrigo, el traje Versace y la camisa de Pink. Las prendas estaban completamente arruinadas, y a su cibelina no le había ido mucho mejor. Las puso en un montón para enviarlas a limpiar en seco y remendar.
De camino al agua caliente, pasó junto al gran espejo que había sobre la encimera de lavabos de cristal. Volviéndose hacia su reflejo, se pasó las manos por las estrellas rojas de cinco puntas que tenía en el pecho. Luego descendió más y ahuecó la mano sobre la polla.
Habría sido agradable tener algo de sexo después de todo lo que había pasado, o al menos que su cuerpo paladeara la depuración que le brindaría un buen trabajo manual. O tres.
Mientras se sostenía a sí mismo entre las palmas de las manos, no pudo pasar por alto el hecho de que su antebrazo izquierdo parecía como si hubiera sido pasado por una máquina de picar carne a cuenta de todas las inyecciones.
Los efectos secundarios sencillamente apestaban.
Se metió bajo el agua y supo que estaba caliente sólo a causa del aire lechoso y húmedo que tenía a su alrededor y por el modo en que su temperatura interior soltó un enorme suspiro de alivio. Su piel no le decía nada, no le decía cuán fuerte golpeaba el agua de la ducha contra sus hombros, ni que la pastilla de jabón con la que se estaba bañando fuera lisa y resbaladiza, ni que la palma con que recorría su cuerpo, para ayudar a los chorretes de espuma a resbalar hacia el desagüe de abajo, fuera ancha y caliente.
Siguió con la rutina de enjabonarse durante más tiempo del necesario. La cuestión era que no podía soportar acostarse con ninguna clase de suciedad en él, pero más que eso, necesitaba la excusa para quedarse en la ducha. Esas eran unas de las pocas veces que sentía el suficiente calor, y el choque de salir era siempre una putada.
Diez minutos más tarde, estaba desnudo entre las sábanas de su cama extragrande y tenía la gruesa manta de visón hasta la barbilla como un niño. Cuando la frialdad que sentía en su interior desde que se había secado con la toalla se desvaneció, cerró los ojos y apagó las luces con la mente.
Su club al otro lado de las paredes revestidas de paneles de acero estaría ya vacío. Sus muchachas estarían en casa para pasar el día, puesto que la mayor parte de ellas tenía niños. Sus camareros y corredores de apuestas estarían tomando un bocado y relajándose en algún sitio. Su personal de empollones administrativos de la trastienda estaría viendo la reposición de Star Trek: La próxima generación. Y su equipo de limpieza de veinte personas habría ya terminado con los suelos, las mesas, los cuartos de baño y los privados y estaría quitándose el uniforme para trasladarse a su siguiente trabajo.
Le gustó la idea de estar solo allí. Era algo que no pasaba a menudo.
Mientras su teléfono se disparaba, maldijo y se recordó que aún cuando estaba solo, siempre había gente parloteándole.
Sacó el brazo para contestar.
—Xhex, si quieres seguir discutiendo, déjalo para mañana…
—No soy Xhex, symphath. —La voz de Zsadist estaba tensa como un puño—. Y te llamo con respecto a tu hermana.
Rehv se incorporó, sin importarle que las mantas cayeran de su cuerpo.
—Qué.
Cuando colgó con Zsadist, volvió a recostarse, pensando que así debía ser como se sentía uno cuando creía que estaba teniendo un ataque al corazón, y al final resultaba ser sólo una indigestión: aliviado, pero todavía enfermo del estómago.
Bella estaba bien. Por el momento. El Hermano había llamado porque se apegaba al trato que habían hecho. Rehv había prometido no interferir, pero quería estar al corriente de como lo estaba llevando.
Joder, todo ese asunto del embarazo era horrible.
Tiró de las mantas subiéndoselas hasta la barbilla otra vez. Tenía que llamar a su madre y ponerla al día, pero lo haría más tarde. A esa hora estaría retirándose a descansar, y no había ninguna razón para mantenerla todo el día preocupada.
Dios, Bella... su querida Bella, ya no su hermanita, ahora la shellan de un Hermano.
Ellos dos siempre habían tenido una relación intensa y complicada. En parte, debido a sus personalidades, pero también porque ella no tenía ni idea de lo que él era. Tampoco tenía ninguna pista sobre el pasado de la madre de ambos ni de cómo había muerto el padre de ella.
O, mejor dicho, quién lo había asesinado.
Rehv había matado para proteger a su hermana, y no vacilaría en hacerlo de nuevo. Desde que tenía memoria, Bella había sido la única cosa inocente en su vida, la única cosa pura. Habría querido mantenerla así para siempre. La vida había tenido otros planes.
Para evitar pensar en su secuestro por parte de los lessers, del cual todavía se sentía culpable, evocó uno de los recuerdos más vividos que tenía de ella. Había sido aproximadamente un año después de que él se hubiera hecho cargo de los asuntos de la casa y de enterrar al padre de ella. Ella había tenido siete años.
Rehv había entrado en la cocina y la había encontrado comiendo de un cuenco de Frosted Flakes en la mesa de la cocina, sus pies colgaban de la silla en la que se había sentando. Llevaba puestas unas zapatillas color rosa —que no le gustaban, pero que tenía que ponerse cuando sus favoritas, las azul marino, estaban lavándose— y un camisón Lanz de franela que tenía hileras de rosas amarillas separadas por líneas azules y rosas.
Había sido toda una visión, allí sentada con su largo cabello castaño suelto cayéndole por la espalda, aquellas pequeñas zapatillas rosa y el ceño todo fruncido mientras pescaba los últimos cereales con la cuchara.
—¿Por qué me miras, gallito? —entonó, con los pies balanceándose de acá para allá debajo de la silla.
Él había sonreído. Incluso en aquella época llevaba el cabello con un corte mohawk, y ella era la única que se atrevía a darle un apodo descarado. Y, naturalmente, él la amaba aún más por ello.
—Por ninguna razón.
Lo cual había sido una mentira. Mientras aquella cuchara pescaba en la leche azucarada, había estado pensando que esa calma, la tranquilidad de ese momento había valido toda la sangre con la que se había ensuciado las manos. A jodidas paladas.
Con un suspiro, ella había echado un vistazo a la caja de cereales, que estaba en la mesada al otro lado de la cocina. Sus pies habían dejado de balancearse, el leve piff, piff, piff que producían las zapatillas al rozar el travesaño, que tenían las sillas en la parte inferior, desvaneciéndose hasta quedar en silencio.
—¿Qué miras, Lady Bell? —Cuando ella no contestó inmediatamente, él había clavado la mirada en Tony el Tigre . Mientras las escenas de su padre habían destellado por su cabeza, habría estado gustoso de apostar a que ella estaba viendo lo mismo que él veía.
Con una vocecita apenas perceptible, le había dicho:
—Si quiero puedo comer más. A lo mejor.
Su tono había sido vacilante, como si estuviera sumergiendo el pie en un estanque que podría tener sanguijuelas dentro.
—Sí, Bella. Puedes comer tanto como te apetezca.
No se había levantado de un salto de la silla. Había permanecido quieta, sólo respirando y expandiendo sus sentidos a través del entorno, en la manera que lo hacen los niños y los animales, cuando quieren comprobar si no hay peligro.
Rehv no se había movido. Aún cuando hubiera querido llevarle la caja, sabía que debía ser ella la que cruzara el lustroso suelo rojo cereza con aquellas zapatillas para llevar a Tony el Tigre hasta su cuenco nuevamente. Tenían que ser sus manos las que sostuvieran la caja para que otra tanda de cereales fuese rociada sobre la leche caliente. Debía ser ella la que recogiera la cuchara otra vez y se pusiera a comer.
Tenía que saber que no había nadie en la casa que fuera a censurarla por tomar una segunda ración si todavía tenía hambre.
El padre de ella se había especializado en ese tipo de asuntos. Como muchos machos de su generación, el pedazo de mierda había creído que las hembras de la glymera tenían que ser «mantenidas esbeltas». Como le gustaba señalar una y otra vez, la grasa en el cuerpo femenino aristocrático era el equivalente al polvo que se acumula en una estatua de valor incalculable.
Había sido aún más duro con la madre de ambos.
En silencio, Bella había bajado la mirada a la leche y había movido la cuchara de un lado a otro, formando una estela de ondas.
No va a hacerlo, pensó Rehv, sintiendo ganas de volver a matar a aquel bastardo progenitor suyo. Todavía está asustada.
Pero entonces ella dejó la cuchara en el plato de debajo del cuenco, se bajó de la silla, y atravesó la cocina con su pequeño camisón Lanz. No lo miró. Tampoco pareció estar mirando el alegre dibujo del tigre Tony cuando recogió la caja.
Estaba aterrorizada. Era valiente. Era pequeñita pero audaz.
Su visión se había vuelto roja en aquel punto, pero no porque su lado malo estuviera emergiendo. Cuando la segunda ración de Frosted Flakes fue servida, tuvo que irse. Había dicho algo alegre sobre nada en particular y se había metido rápidamente en el cuarto de baño del vestíbulo, encerrándose allí.
Había derramado sus lágrimas de sangre a solas.
Ese momento en la cocina con Tony y el segundo mejor par de zapatillas de Bella le había demostrado que había hecho lo correcto: la conformidad por el asesinato que había cometido le llegó cuando aquella caja de cereales había sido transportada a través de aquella cocina en manos de su querida, amada y preciosa hermanita.
Volviendo al presente, pensó en Bella ahora. Una hembra adulta con un poderoso compañero y una cría apenas sosteniéndose dentro de su cuerpo.
El demonio al que se enfrentaba ahora no era nada en lo que su gran y malo hermano pudiera ayudarla. No había ninguna tumba abierta en la cual él pudiera arrojar al golpeado y sangriento despojo del destino. Él no podía salvarla de este monstruo en particular.
El tiempo tenía la palabra, y eso era inevitable.
Hasta su secuestro, nunca había considerado que ella pudiera morir antes que él. Sin embargo, durante aquellas seis horribles semanas en las que había permanecido retenida en aquel subterráneo lesser, en lo único que podía pensar era en el orden de las muertes de su familia. Siempre había asumido que su madre iba a ir primero, y de hecho, estaba iniciando el rápido deterioro que llevaba a los vampiros al final de sus vidas. Había sido bien consciente que él iría después, tarde o temprano una de dos cosas iba a suceder: alguien iba a percatarse de su naturaleza symphath e iba a ser perseguido y enviado a la colonia, o su chantajista iba a orquestar su fallecimiento al modo de los symphaths.
Lo que quería decir, de forma imprevista y brutalmente creativa…
Como si la hubiera convocado, un acorde musical brotó de su teléfono. El tono se repitió otra vez. Y otra vez.
Aún antes de levantarlo, sabía quién llamaba. Pero así eran las conexiones entre symphaths.
Hablando del diablo, pensó mientras contestaba la llamada de su chantajista.
Cuando colgó, tenía una cita con la Princesa para la tarde siguiente.
Qué afortunado.

Qhuinn estaba teniendo ese largo y jodido sueño en el que estaba en Disney World en una atracción con un montón de subidas y bajadas. Lo cual era extraño, puesto que sólo había visto montañas rusas por la TV. Ya que no podías subirte a la Montaña del Gran Trueno si no podías soportar el sol.
Cuando terminó todo el recorrido, abrió los ojos y descubrió que estaba en la sala de primeros auxilios y fisioterapia del centro de entrenamiento de la Hermandad.
Ah, jodidas gracias.
Obviamente alguien le había golpeado la cabeza durante la clase de entrenamiento, y aquella mierda con Lash, el asunto con su familia y su hermano integrando la guardia de honor, había sido una pesadilla. Qué alivio…
El rostro de la doctora Jane apareció delante de él.
—Eh, vaya... estás de vuelta.
Qhuinn parpadeó y tosió.
—¿Donde... fui?
—Te has echado una pequeña siesta. Y de esa forma pude extraerte el bazo.
Mierda. No fue una alucinación. Era la nueva realidad.
—¿Estoy... bien?
La doctora Jane le puso la mano sobre el hombro, su palma se sentía caliente y pesada aunque el resto de ella fuera translúcido.
—Lo hiciste muy bien.
—El estómago todavía duele. —Levantó la cabeza y bajó la mirada por su pecho desnudo hacia la venda que fajaba su cintura.
—Sería malo si no lo hiciera. Pero estarás feliz de saber que puedes volver a lo de Blay en una hora. La operación fue un procedimiento de rutina, y ya estás cicatrizando muy bien. No tengo ningún problema con la luz del día, así que si me necesitas, puedo estar en su casa al momento. Blay sabe que debe vigilar, y le he dado algunos medicamentos para ti.
Qhuinn cerró los ojos, abrumado por una especie de jodida tristeza.
Mientras intentaba calmarse, oyó que la doctora Jane decía:
—Blay, quieres venir…
Qhuinn sacudió la cabeza, luego la giró hacia otra parte.
—Necesito estar un minuto a solas.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Cuando la puerta se cerró silenciosamente, se puso una mano temblorosa sobre el rostro. Solo... sí, estaba solo, bien. Y no sólo porque no había nadie más en la habitación con él.
Realmente le había gustado pensar que las últimas doce horas habían sido solo un sueño.
Dios, ¿qué coño iba a hacer con el resto de su vida?
Tuvo un pantallazo de la visión que había tenido cuando se había aproximado al Fade. Tal vez debería haber pasado directamente por aquella maldita puerta a pesar de lo que vio. Seguro como la mierda que todo habría sido más fácil.
Se tomó un momento para recomponerse. O quizás más bien fue una media hora. Entonces voceó con una voz tan fuerte como pudo reunir:
—Estoy listo. Estoy listo para irme.



Capítulo 24

Una casa puede estar vacía aun cuando esté llena de gente. Y eso era algo bueno.
Faltando una hora para el amanecer Phury andaba tambaleándose por una de las innumerables esquinas de la mansión, viéndose obligado a extender las manos para estabilizarse.
Aunque en realidad no estaba solo, ¿verdad? Boo, el gato negro de la casa, se encontraba ahí mismo, con él, caminando junto a él, supervisándolo. Joder, podría decirse que el animal estaba dirigiendo el espectáculo, puesto que en algún punto a lo largo de la línea, Phury había empezado a seguirle, en vez de a dirigirle.
Dirigir no sería una buena idea. Su nivel de alcohol en sangre estaba muy por encima del límite legal para cualquier cosa aparte de cepillarse los dientes. Y eso fue antes de que le sumaras los entumecedores efectos de una bolsa llena de hierba de humo rojo.
¿Cuántos porros? ¿Cuántas copas?
Bien, ahora eran… No tenía ni idea de que hora era. Aunque tenía que ser cerca del alba.
Daba lo mismo. De todas formas intentar llevar la cuenta de la juerga habría sido una pérdida de tiempo. Considerando lo mareado que estaba, era dudoso que pudiera llegar a contar la cantidad suficiente, y además, realmente no podía recordar cual había sido el porcentaje de consumo por hora. Todo lo que sabía era que había dejado su habitación cuando se habían acabado las tres botellas de Beefeater. Al principio había planeado conseguirse otra botella de ginebra, pero luego se encontró con Boo y comenzó a deambular.
Considerando todas las circunstancias, debería haber estado desmayado en su cama. Estaba lo suficientemente contaminado como para la rutina de «luces fuera», y ese había sido, después de todo, su objetivo. El problema era, que incluso con toda su automedicación, su cabeza sufría de lo que le gustaba llamar la ansiedad de las cuatro C’s: la situación de Cormia. Su Compromiso con las Elegidas. La infiltración en la Clínica. Y la Cría de Bella.
Bien, el último era un término del reino animal. Pero aún así.
Al menos el hechicero estaba relativamente tranquilo.
Phury abrió una puerta al azar mientras trataba de entender adónde lo había conducido el gato. Ah, bien. Si seguía caminando, se encontraría en territorio doggen, la gran ala donde moraba el personal. Lo cual sería un problema. Si le encontraban vagando por allí, a Fritz se le reventaría un aneurisma dando por sentado que los criados de algún modo no habían desempeñado sus deberes correctamente.
Cuando Phury giró a la derecha, la base de su cerebro comenzó a arder por la necesidad de otro golpe de humo rojo. Estaba a punto de darse la vuelta cuando oyó sonidos provenientes de la escalera trasera que conducía al tercer piso. Había alguien en la sala de proyección... lo que significaba que realmente debería salir por patas en dirección contraria, porque toparse con uno de sus hermanos sería mala cosa.
Estaba alejándose cuando captó un aroma a jazmín.
Phury se inmovilizó. Cormia...
Cormia estaba allí arriba.
Se dejó caer contra la pared, se restregó la cara y pensó en aquel dibujo erótico que había hecho. Y la erección que había tenido mientras trabajaba en él.
Boo soltó un maullido y subió directamente hasta la puerta de la sala de proyección. Cuando el gato lo miró por encima del hombro, sus ojos verdes parecieron decirle, Vamos, trae tu culo aquí arriba, amigo.
—No puedo. —Mejor dicho no debería.
Boo no se lo tragó. El gato se sentó, moviendo la flexible cola arriba y abajo como si estuviera esperando que Phury se decidiera a seguir con el itinerario de una vez.
Phury trabó su mirada con el animal en un clásico desafío del juego del serio .
Fue él y no el gato, el que parpadeó primero y apartó la mirada.
Dándose por vencido, se pasó la mano por el cabello. Se arregló la camisa de seda negra. Tiró de sus pantalones color crema. Podría estar totalmente cocido, pero al menos parecería un caballero.
Claramente satisfecho por la resolución que estaba viendo, Boo se alejó trotando de la puerta y se restregó contra la pierna de Phury como si le diera un ¡bravo!
Cuando el gato se marchó, Phury abrió la puerta y puso uno de sus mocasines Gucci en un escalón. Luego lo repitió. Y lo repitió. Usó el pasamano de cobre para estabilizar su gran cuerpo, y mientras subía trató de encontrar una excusa para lo que estaba haciendo. No pudo. Si apenas estás en condiciones de usar Colgate, no deberías en absoluto interactuar con la hembra Elegida que ya no era oficialmente tuya, pero a quién deseabas de tal manera que te dolía la polla.
Sobre todo considerando las noticias que tenías para darle.
Llegó a lo alto de la escalera, dobló la esquina, y miró hacia abajo, a las filas ligeramente descendentes de butacas. Cormia estaba en la parte delantera, su túnica blanca de Elegida formando un charco a sus pies. En la pantalla las imágenes parpadeaban rápidamente. Estaba rebobinando una escena.
Tomó aliento. Dios, que bien olía... y por alguna razón esa esencia a jazmín suya era especialmente intensa esa noche.
El rebobinado se detuvo y Phury echó un vistazo a la enorme pantalla. Cristo… Santo.
Era… una escena de amor. Patrick Swayze y esa Jennifer algo, la mujer de la nariz, estaban haciéndolo en una cama. Dirty Dancing.
Cormia se inclinó hacia adelante en la butaca, su rostro entró en su campo visual. Sus ojos estaban absortos en lo que ocurría frente a ella, sus labios separados, una mano descansaba en la base de su garganta. El cabello largo y rubio le caía sobre el hombro y rozaba la parte superior de su rodilla.
El cuerpo de Phury se endureció, su erección salió disparada formando una tienda de campaña delante de sus pantalones de Prada, echando a perder las pinzas hechas a medida. A pesar de la neblina de humo rojo, su sexo rugió.
Pero no debido a lo que estaba en la pantalla. Cormia fue el detonante.
En su mente apareció una súbita imagen en que recordó cuando había estado en su garganta, y bajo su cuerpo, y el HP en él le señaló que era el Primale de las Elegidas, y por lo tanto las reglas las hacía él. Aun cuando la Directrix y él hubieran estado de acuerdo en que tomaría a otra como Primera Compañera, de todas formas podía estar con Cormia si quisiera y si ella consintiera… sencillamente no poseería el mismo peso en términos de ceremonia.
Sí... aunque fuera a tomar a otra para completar el rito del Primale, igualmente podría descender los superficiales escalones, caer de rodillas delante de Cormia, y subirle la túnica hasta las caderas. Podría deslizar las manos por sus muslos, separárselos completamente y hundir la cabeza allí abajo. Después de que la tuviera a tono y mojada por su boca, podría…
Phury dejó caer la cabeza hacia atrás. Ok, esto no estaba ayudando para nada a refrenar su ansiedad. Y además, él nunca se había hundido en una hembra de esa forma antes, así que no estaba seguro de cómo hacerlo.
Aunque suponía que si podía comer un cucurucho de helado, la lamida y la chupada deberían funcionar jodidamente bien.
Así como también funcionarían los suaves mordiscos.
Mierda.
Como salir era la única cosa decente que hacer, dio media vuelta alejándose. Si se quedaba, no iba a ser capaz de resistirse a ella.
—¿Su Gracia?
La voz de Cormia congeló su aliento y sus pasos. Y puso a su polla a hacer lagartijas.
Por decoro, le recordó a su sexo que el hecho de que ella dijera algo no era una invitación para representar su fantasía con clasificación X «de rodillas con la cabeza metida entre sus muslos».
Mierda.
La sala de proyección le dio la sensación de ser del tamaño de una caja de zapatos cuando ella dijo:
—Su Gracia, ¿Usted... necesitaba algo?
No te des la vuelta.
Cuando Phury miró por encima del hombro, sus encendidos ojos lanzaron un destello amarillo que iluminó los respaldos de las butacas. Cormia quedó resaltada por la luz de su penetrante mirada, su cabello capturó y mantuvo los rayos generados por su necesidad urgente de correrse dentro de ella.
—Su Gracia... —dijo en voz baja.
—¿Qué estás viendo? —preguntó en voz baja, aunque era perfectamente obvio lo que se veía en la pantalla.
—Oh… John escogió la película. —manoseó el mando a distancia, pulsando los botones hasta que la imagen se congeló.
—La película no, Cormia, la escena.
—Ah...
—Esta escena la has elegido tú... la has estado viendo una y otra vez, ¿verdad?
—Sí... lo hice. —respondió con voz ronca.
Dios, se veía adorable cuando giró en redondo en la butaca para enfrentarse a él... con sus grandes ojos, su boca plena, y el cabello claro rodeándola por todas partes, el aroma a jazmín llenando el espacio que había entre ellos.
Estaba excitada; por eso su fragancia natural era tan fuerte.
—¿Por qué esa escena? —le preguntó—. ¿Por qué elegiste esa?
Mientras esperaba que le respondiera, su cuerpo se tensó y su erección latió al compás de su corazón. Lo que palpitaba a través de su sangre no tenía nada que ver con rituales u obligaciones o responsabilidad. Esto se trataba directamente de sexo puro y duro, de la clase que les dejaría a ambos exhaustos y sudorosos, desaliñados y probablemente un poco magullados. Y para su total deshonor, a él no le importaba que ella estuviera excitada debido a lo que había estado viendo. No le importaba que no fuera por él. Quería que ella le usara... le usara hasta que le drenara dejándole seco y cada centímetro de su cuerpo estuviera completamente blando, incluso esa «siempre lista» polla suya.
—¿Por qué escogiste la escena, Cormia?
Volvió a llevarse la elegante mano a la base de la garganta.
—Porque… me hace pensar en ti.
Phury exhaló en un gruñido. Bien, eso no era lo que esperaba que ella dijera. Y el deber era una cosa, pero demonios, ella no tenía la mirada de una hembra preocupada por cumplir con la tradición. Ella quería sexo. Tal vez incluso lo necesitaba. Justo como lo necesitaba él.
Y ella lo quería con él.
En cámara lenta, Phury se giró hacia ella con el cuerpo repentinamente muy coordinado, la confusión por todo el humo rojo y la bebida totalmente desvanecida.
Iba a tomarla. Aquí. Ahora.
Comenzó a bajar los escalones, listo para reclamar lo que era suyo.
Cormia se levantó de la butaca, en medio de la luz cegadora que emitían los ojos del Primale. Él era como una sombra poderosa al acercarse a ella, con sus largas zancadas se tragaba de dos en dos los superficiales escalones. Se detuvo cuando estaba sólo a unos centímetros de distancia, y olía a aquella deliciosa esencia ahumada y también a oscuras especias.
—Lo miras porque te hace pensar en mí —dijo con voz profunda y áspera.
—Sí...
Él extendió la mano y le tocó el rostro.
—Y ¿en qué piensas?
Reunió coraje y soltó palabras que no tenían ningún sentido:
—Pienso acerca de que yo... tengo ciertos sentimientos por ti.
La risa erótica de él le provocó un oscuro estremecimiento.
—Sentimientos... Y yo me pregunto ¿dónde exactamente me sientes? —Las yemas de sus dedos vagaron desde su rostro hacia su cuello hasta llegar a su clavícula—. ¿Aquí?
Ella tragó saliva, pero antes de que pudiera contestar, la mano se movió sobre su hombro y bajó por su brazo.
—¿Aquí, tal vez? —dijo apretando su muñeca, justo encima de sus venas, luego deslizó la mano hasta su cintura y la rodeó, para ir a apoyarla en la parte baja de su espalda, apremiándola—. Dime, ¿es aquí mismo?
De repente, le agarró las caderas con ambas manos, se inclinó hacia su oído, y susurró:
—¿O quizás es más abajo?
Algo se inflamó en el corazón de ella, algo caliente como la luz que emitían los ojos de él.
—Sí —dijo, conteniendo la respiración—. Pero también aquí. Sobre todo... aquí. —dijo poniendo la mano de él sobre su pecho, directamente sobre su corazón.
Él se quedó inmóvil, y ella percibió el cambio que experimentó, cómo se enfrío el torrente caliente que había estado recorriendo su sangre y como se extinguieron las llamas.
Ah, sí, pensó. Al exponerse a sí misma, había dejado al descubierto la verdad acerca de él.
Aunque había sido obvio desde el principio, ¿verdad?
El Primale retrocedió y se pasó una mano por el cabello escandalosamente hermoso.
—Cormia...
Apelando a su dignidad, se cuadró de hombros.
—Dime, ¿Con cualquier Elegida te pasaría lo mismo? ¿O es a mí en concreto a quién no deseas como compañera?
Él pasó a su lado y comenzó a pasearse delante de la pantalla. La imagen congelada de la película, de Johnny y Baby yaciendo tan íntimamente juntos, se representaba sobre el cuerpo de él, y ella deseó fervientemente saber cómo se apagaba la película. La vista de la pierna de Baby encima de la cadera de Johnny, y la mano de él agarrándole el muslo mientras se enterraba en ella, no era exactamente lo que necesitaba ver en ese momento.
—No quiero estar con nadie —dijo el Primale.
—Mentiroso. —Cuando él se dio la vuelta sorprendido para encararla, descubrió que ya no le importaba hacerle frente a las consecuencias de la franqueza— Tú sabías desde el principio que no querías acostarte con ninguna de nosotras, ¿verdad? Lo sabías y aún así continuaste con la ceremonia ante la Virgen Escriba, aun cuando estuvieras enamorado de Bella y no pudieras soportar estar con cualquier otra. Diste esperanzas a cuarenta hembras de valía con una mentira…
—Fui a ver a la Directrix. Ayer.
A Cormia se le aflojaron las piernas, pero mantuvo la voz firme.
—¿Lo hiciste? ¿Y qué habéis decidido los dos?
—Yo... tengo intención de liberarte. De tu posición como Primera Compañera.
Cormia agarró la túnica en un puño, con tanta fuerza que se oyó un suave sonido de desgarro.
—Tienes la intención o lo has hecho ya.
—Lo he hecho ya.
Tragó con fuerza y se dejó caer hundiéndose nuevamente en la butaca.
—Cormia, por favor quiero que sepas que no es por ti. —Se acercó y se arrodilló delante de ella—. Tú eres hermosa…
—No, esto si es por mí —dijo—. No es que no puedas aparearte con ninguna otra hembra, es que no me deseas a mí.
—Sólo quiero que te veas libre de todo esto…
—No mientas —espetó, renunciando a toda pretensión de cortesía—. Te dije desde el principio que yo te tomaría dentro de mí. No he dicho, ni hecho nada para desalentarte. Así pues si me haces a un lado, es porque no me deseas…
El Primale le agarró la mano y le puso la palma entre sus piernas. Cuando ella jadeó ante el contacto, él alzó las caderas y empujó algo largo y duro dentro de la palma de su mano.
—El deseo no es el problema.
Los labios de Cormia se separaron.
—Su Gracia…
Los ojos de ambos se encontraron y no se despegaron. Cuando él abrió la boca ligeramente, como si no pudiera respirar, ella juntó el valor suficiente para apretar suavemente su sexo rígido con la mano.
El poderoso cuerpo tembló y le soltó la muñeca.
—No es por el apareamiento —dijo con voz ronca—. Tú fuiste forzada a esto.
Cierto. Al principio, lo había sido. Pero ahora... sus sentimientos por él no eran forzados en lo más mínimo.
Lo miró a los ojos y sintió un curioso alivio. Si ella no era su Primera Compañera, nada de esto tendría importancia, realmente, ¿verdad? En momentos como este, en el que estaban juntos… ellos eran tan sólo dos cuerpos particulares, no instrumentos de enorme significado. Eran sólo él y ella. Un macho y una hembra.
Pero ¿y las demás?, tuvo que preguntarse. ¿Y todas sus hermanas? Él iba a estar con ellas; podía verlo en sus ojos. Había resolución en esa mirada amarilla suya.
Y sin embargo, cuando el Primale tembló al soltar la respiración, ella apartó todo eso de su mente. Nunca lo tendría realmente como suyo propio... pero ahora mismo lo tenía para ella sola.
—Ya no estoy siendo forzada —susurró, reclinándose contra su pecho. Levantó la barbilla y le ofreció lo que él quería—. Deseo esto.
La miró fijamente durante un momento, y luego las palabras que dijo con voz gutural no tuvieron ningún sentido para ella:
—No soy lo bastante bueno para ti.
—Falso. Tú eres la fuerza de la raza. Eres nuestra virtud y nuestro poder.
Él negó con la cabeza.
—Si crees eso, es que no soy en modo alguno quién tú piensas que soy.
—Sí, lo eres.
—No lo soy…
Ella lo hizo callar con su boca, luego se retiró.
—No puedes cambiar lo que pienso de ti.
Él alzó la mano y le acarició el labio inferior con el pulgar.
—Si realmente me conocieras, todo lo que crees cambiaría.
—Tu corazón sería el mismo. Y eso es lo que amo.
Cuando los ojos de él llamearon ante la palabra, volvió a besarlo para conseguir que dejara de pensar, y evidentemente funcionó. Gimió y tomó la iniciativa, con aquellos suaves, suaves labios suyos le acarició la boca hasta que ya no pudo respirar y no le importó. Cuando su lengua lamió la de ella, la succionó instintivamente y sintió que el cuerpo de él se sacudía y se pegaba contra ella.
Los besos continuaron sin pausa. Parecía no haber fin para la cantidad de formas distintas y las diferentes sensaciones que te producía el rozar y restregar, empujar y chupar, y no era sólo su boca la que formaba parte de esto… todo su cuerpo sentía lo que estaban haciendo, y a juzgar por el calor y la urgencia, el de él también.
Y lo quería aún más involucrado. Moviendo el brazo hacia arriba y hacia atrás, le frotó el sexo.
Él se alejó bruscamente.
—Podrías querer tener cuidado con eso.
—¿Con esto? —Cuando lo acarició a través del pantalón, él echó la cabeza hacia atrás y siseó… así que volvió a hacerlo. Continuó hasta que estuvo mordiéndose el labio inferior con los colmillos completamente alargados y los músculos que corrían a los lados de su cuello se pusieron absolutamente tensos.
—¿Por qué debo tener cuidado, Su Gracia?
Enderezó la cabeza y le acercó la boca al oído.
—Vas a hacer que me corra.
Cormia sintió que algo caliente se derramaba entre sus muslos.
—¿Fue eso lo que hiciste cuándo estábamos en tu cama? ¿Aquel primer día?
—Sí... —Él estiró la palabra, alargando la «s».
Con un curioso y decidido apetito se dio cuenta que deseaba que hiciera eso otra vez. Necesitaba que lo hiciera.
Inclinó su barbilla de modo que se situó justo en el oído de él.
—Hazlo para mí. Hazlo ahora.
El Primale emitió un gruñido que le salió del centro del pecho, el sonido vibró entre sus cuerpos. Era gracioso, si hubiera oído ese sonido de cualquier otro se habría sentido aterrorizada. Viniendo de él, en esta circunstancia, estaba encantada: todo su poder contenido estaba en la palma de su mano. Literalmente. Y ella tenía el control.
Por una vez en su desamparada vida, controlaba la situación.
—Creo que no deberíamos… —dijo, mientras con las caderas empujaba contra su mano.
Cerró firmemente la mano sobre él, robándole un gemido de placer.
—No me quites esto —le exigió. —No te atrevas a privarme de esto.
Siguiendo un impulso, que sólo la Virgen Escriba sabía de dónde venía, le mordió el lóbulo de la oreja. La respuesta fue inmediata. Ladró una maldición y se echó encima de ella, inmovilizándola en la butaca, casi montándola con lujuria.
Para nada dispuesta a retroceder, mantuvo la mano en su sexo y lo acarició, y se convirtió en la contraparte para el empuje de la parte inferior de su cuerpo. Parecía que le agradaba la fricción, así que siguió frotándolo incluso cuando él le tomó la barbilla y la forzó a acercar la cabeza a la de él.
—Déjame ver tus ojos —dijo entre dientes—. Quiero mirarte a los ojos cuando…
Cuando sus miradas se encontraron, soltó un gemido salvaje, y su cuerpo se puso completamente tenso. Sus caderas se sacudieron una vez... dos veces... tres veces, cada espasmo acentuado por un gemido.
Mientras su cuerpo expresaba el placer que sentía, el rostro enajenado del Primale y sus tensos brazos fueron las cosas más hermosas que había visto jamás. Cuando finalmente se sosegó, tragó saliva con fuerza pero no se apartó de ella. A través de la fina tela de los pantalones, sintió una humedad en la mano.
—Me gusta cuando haces esto —dijo ella.
Él soltó una breve risa.
—Me gusta esto cuando tú me lo haces.
Estaba a punto de preguntarle si quería intentarlo otra vez, cuando la mano de él le apartó el cabello de la mejilla.
—¿Cormia?
—Sí... —Gracioso, ella estiró la palabra como él lo había hecho.
—¿Me dejarías tocarte un poco? —Bajó la mirada, a su cuerpo—. No puedo prometerte nada. No soy... bien, no puedo prometerte la misma cosa que tú me has dado. Pero me encantaría tocarte. Sólo un poco.
La desesperación robó el aire de sus pulmones y lo sustituyó por fuego.
—Sí...
El Primale cerró los ojos y pareció que estaba recomponiéndose. Luego se inclinó y presionó sus labios a un lado de su garganta.
—Realmente pienso que eres hermosa, nunca dudes de ello. Tan hermosa...
Cuando sus manos fueron hacia el frente de su túnica las puntas de sus senos se pusieron tan prietas que se retorció bajo él.
—Puedo detenerme —dijo, vacilando—. En este mismo momento…
—No. —Se aferró a sus hombros, manteniéndole en el sitio. No sabía lo que iba a suceder después, pero lo necesitaba, independientemente de lo que fuera.
Sus labios subieron más por su cuello, luego se demoraron en su mandíbula. En el momento en que presionaba la boca contra la suya, sintió un ligero roce como el de una pluma deslizándose sobre la túnica... hacia uno de sus senos.
Cuando empujó hacia delante, su pezón entró en contacto con la mano de él y ambos gimieron.
—Oh, Jesús... —El Primale se retiró un poco y con cuidado, reverentemente, apartó la solapa de la túnica de su pecho—. Cormia... —Su profundo tono aprobatorio fue como una caricia, casi tangible y le recorrió todo el cuerpo.
—¿Puedo besarte aquí? —gimió mientras con el dedo trazaba círculos alrededor de su pezón—. Por favor.
—Dulce Virgen, sí...
Bajó la cabeza y la cubrió con la boca, caliente y húmeda, tirando suavemente, amamantándose.
Cormia echó la cabeza hacia atrás y le enterró las manos profundamente en el cabello, sus piernas se separaron por ningún motivo en especial y por todos los motivos. Ella lo quería en su sexo, de cualquier manera que él viniera a ella…
—¿Señor?
La respetuosa intrusión de Fritz desde el distante fondo de la sala de proyección rompió la concentración de ambos. El Primale rápidamente se enderezó y la cubrió, aunque la butaca impedía que el mayordomo viera algo.
—¿Qué coño pasa? —dijo el Primale.
—Discúlpeme, pero ha llegado la Elegida Amalya con la Elegida Selena para verle.
Una helada ola atravesó a Cormia, congelando todo el calor y la necesidad que había en su sangre. Su hermana. Aquí para verlo. Qué perfecto.
El Primale se puso de pie, pronunciando una palabra horrorosa que Cormia no pudo evitar repetir en su mente, y despidió a Fritz con un movimiento rápido de la mano.
—Estaré allí en cinco minutos.
—Sí, amo.
Después de que el doggen se marchó, el Primale sacudió la cabeza.
—Lo siento…
—Vete a hacer lo que tienes que hacer. —Como él vacilaba, le dijo—: Vete. Me gustaría estar sola.
—Podemos hablar más tarde.
No, en realidad no, pensó. La conversación no iba a solucionar nada de esto.
—Sólo vete —dijo, haciendo caso omiso a cualquier otra cosa que pudiera haber dicho.
Cuando se quedó sola de nuevo, contempló la imagen congelada en la pantalla hasta que de repente fue sustituida por una capa negra, y un pequeño grupo de letras en inglés con la inscripción de Sony comenzó a destellar en distintos sitios.
Se sentía miserablemente mal, por dentro y por fuera. Aparte del dolor que sentía en el pecho, su cuerpo sufría retortijones de hambre como cuando una comida te era negada o no podías alimentarte de una vena.
Salvo que no era alimento lo que ella necesitaba.
Lo que necesitaba acababa de salir caminando por la puerta.
Hacia los brazos de su hermana.

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