jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 25 26 27

Capítulo 25

Muy al norte en las Adirondacks, a punto de que llegara el amanecer a Saddleback Mountain, el macho que había cazado el ciervo la noche anterior rastreaba otro. Despacio y descoordinado, sabía que el papel de cazador que interpretaba era un chiste. La fuerza que conseguía alimentándose sólo de la sangre animal ya no era suficiente. Esa noche cuando había dejado la cueva, estaba tan débil que no estaba en absoluto seguro de si podría desmaterializarse.
Lo que significaba que probablemente no iba a ser capaz de acercarse lo suficiente a su presa. Lo que significaba que no iba a alimentarse. Lo que significaba que… finalmente había llegado el momento.
Era tan extraño. Se había preguntado, como suponía que todo el mundo hacía de vez en cuando, cómo iba a morir exactamente. ¿Cuáles serían las circunstancias? ¿Dolería? ¿Cuánto tiempo tardaría? Había asumido, dada la línea de trabajo que tenía, que habría sucedido luchando.
En lugar de eso, iba a ser aquí en este tranquilo bosque, de la mano de la ardiente gloria del amanecer.
Sorpresa.
Delante de él, el ciervo levantó la pesada cornamenta y se dispuso a alejarse. Reuniendo la poca energía que tenía, el macho se dispuso a cruzar la distancia entre ambos cuerpos… y nada ocurrió. Su forma corpórea titiló en el espacio, parpadeando una y otra vez como si estuviesen accionando su interruptor, pero no cambió de posición y el ciervo salió disparado, sacudiendo la blanca cola cuando chocaba con la maleza.
El macho se dejó caer sobre su trasero. Cuando miró hacia el cielo, sus penas eran muchas y profundas, y la mayoría involucraba a la muerte. No todas, sin embargo. No todas.
Aunque estaba desesperado por el reencuentro que esperaba tener en el Fade, si bien estaba hambriento del abrazo de aquellos a los que había perdido tan recientemente, sabía que estaba dejando atrás una parte de sí mismo aquí en la tierra.
No podía hacer nada para evitarlo. La parte que dejaba atrás, eso era.
Su único consuelo era que había dejado a su hijo en muy buenas manos. Las mejores. Sus hermanos cuidarían de su hijo, como era característico que ocurrieran las cosas en familia.
Debería haberse despedido, pensó.
Debería haber hecho un montón de cosas.
Pero los «debería» se acababan ahora.
Con la leyenda del suicido siempre presente, el macho hizo un par de intentos para levantarse, y cuando fracasaron, incluso trató de arrastrar el peso muerto de su cuerpo con rumbo a su caverna. No llegó a ninguna parte, y fue, con una pizca de alegría en su oscuro corazón, que finalmente se permitió derrumbarse encima de las agujas y hojas de pino.
El macho yació boca abajo, el fresco lecho del bosque húmedo de rocío, llenándole la nariz con olores que se sentían limpios aún cuando venían de la tierra.
Los primeros rayos del sol venían desde detrás de él y luego sintió la explosión del calor. El fin había llegado, y le dio la bienvenida con los brazos abiertos y los ojos cerrados por el alivio.
La última sensación antes de morir fue la liberación de la tierra, su cuerpo quebrado siendo atraído hacia la luz brillante, atraído a la reunión que le había requerido ocho horribles meses encontrar.



Capítulo 26

Dieciséis horas después cuando cayó la noche, Lash se encontraba ante una extensión de césped uniforme que conducía a una espaciosa casa de estilo Tudor... haciendo girar el anillo que el Omega le había dado una y otra vez.
He crecido aquí, pensó. Allí había sido educado, alimentado y arropado en la cama de niño. Cuando fue mayor, allí se había quedado hasta tarde viendo películas y leyendo libros llenos de mierda, había navegando por la Red y comido comida basura.
Había pasado por su transición y había practicado el sexo por primera vez en su habitación del tercer piso.
—¿Quieres algo de ayuda?
Se giró y miró al lesser que estaba tras el volante del Ford Focus. Era el asesino bajito, aquel del que había bebido. El tipo tenía cabello bien pálido como el de Bo de Los Duques de Hazzard , todo rizado alrededor del sombrero de cowboy que llevaba. Sus ojos eran de un azul descolorido de aciano, lo que sugería que antes de haber sido inducido había sido un auténtico chico blanco del medio oeste.
El tipo había sobrevivido a la alimentación, gracias a alguna auténtica depravación por parte del Omega, y Lash tenía que admitir que se alegraba. Necesitaba ayuda para entender dónde estaba, y no se sentía amenazado por el señor D.
—¿Hola? —dijo el lesser—. ¿Está bien?
—Quédate en el coche. —Le sentó bien decirlo y saber que no iba a haber ninguna discusión—. No tardaré.
—Sí, señor.
Lash volvió a mirar al palacio Tudor. Las luces amarillas brillaban en las ventanas de paneles de cristal diamantino, y la casa estaba iluminada por reflectores que había en el suelo como una hermosa Reina de belleza sobre un escenario. Dentro, la gente se movía por los alrededores, y él sabía quienes eran por las formas de sus cuerpos y por el lugar dónde se encontraban.
A la izquierda, en el salón, estaban los dos que le habían criado como si fuera suyo. El de los hombros amplios era su padre, y el macho se estaba paseando, subiendo y bajando la mano hacia su rostro como si estuviera bebiendo algo. Su madre estaba en el sofá, sacudiendo la cabeza con su elaborado moño de un lado a otro sobre el cuello esbelto. No paraba de tocarse el cabello, como intentando asegurarse de que estuviera en su lugar aunque sin duda lo había rociado con laca hasta dejarlo tieso como un arbusto podado.
A la derecha, en el ala de la cocina, varios doggens estaban en plena actividad, desplazándose del fogón al armario y luego al frigorífico y de la encimera al horno.
Lash podía prácticamente oler la cena, y se le empañaron los ojos.
A estas alturas, sus padres ya debían saber lo que había pasado en el vestuario y después en la clínica. Debían habérselo dicho. La noche anterior habían acudido al baile de la glymera, pero llevaban en casa todo el día, y ambos parecían perturbados.
Miró al tercer piso y a las siete ventanas que marcaban su habitación.
—¿Vas a entrar? —preguntó el asesino, haciéndole sentir como una mariquita.
—Cierra la jodida boca antes de que te corte la lengua.
Lash desenfundó el cuchillo de caza que colgaba de su cinturón y avanzó sobre la hierba recortada. El césped se sentía suave bajo las nuevas botas de combate que le habían dado.
Había tenido que dejar que el pequeño lesser le consiguiera algo de ropa, pero no le gustaba lo que llevaba puesto. Todo era de Target. Barato.
Cuando llegó a la puerta principal de la mansión, puso la mano en el teclado de seguridad… pero antes de ingresar el código hizo una pausa.
Hacía un año que su viejo perro había muerto. De vejez.
Había sido un rottweiler con pedigrí, y sus padres se lo habían regalado cuando cumplió once años. No habían aprobado la raza, pero Lash había sido inflexible, así que habían adoptado uno que tenía alrededor de un año de edad. La primera noche en la casa, Lash había intentando agujerear la oreja del bicho para colocarle un pin de seguridad. King le había mordido tan fuerte, que los colmillos del perro le habían atravesado el brazo y salido por el otro lado.
Después de eso se habían vuelto inseparables. Y cuando el viejo chucho había estirado la pata, Lash había llorado como un pequeño quejica.
Extendió la mano e introdujo el código de la alarma, después puso la mano izquierda en el picaporte. La luz que había sobre la puerta se reflejó sobre la hoja de su cuchillo.
Deseó que el perro estuviera todavía vivo. Le habría gustado tener algo de su antigua vida que llevarse a la nueva.
Entró en la casa y se dirigió al salón.

Cuando John Matthew llegó hasta las puertas del estudio de Wrath, estaba igual de calmo que un golfista en medio de una tormenta de truenos, y ver al Rey empeoró su ansiedad. El macho estaba sentado tras su delicado escritorio, con un ceño oscureciendo su rostro, tamborileando con los dedos, y la mirada fija en el teléfono como si acabara de recibir malas noticias. Otra vez.
John se metió lo que traía en la mano bajo el brazo y llamó suavemente al marco de la puerta. Wrath no levantó la mirada.
—¿Qué pasa, hijo?
John esperó a que la mirada del Rey se alzara, y cuando lo hizo, le dijo lentamente por señas.
La familia de Qhuinn le ha echado a patadas.
—Sí, y he oído que la paliza que recibió estuvo a cargo de una guardia de honor cortesía de ellos. —Wrath se recostó en su silla, el delgado armazón de la pobre cosa crujió—. Ese padre suyo... típico integrante de la glymera.
El tono sugería que ese era un cumplido en la misma línea de gilipollas.
No puede quedarse en casa de Blay para siempre, y no tiene ningún sitio adonde ir.
El Rey sacudió la cabeza.
—De acuerdo, sé adonde quieres ir a parar con esto, y la respuesta es no. Incluso si esta fuera una casa normal, que no lo es, Qhuinn mató a un recluta, y no doy una mierda por lo que crees que Lash podría haber hecho para merecerlo. Sé que has hablado con Rhage y le has contado lo que ocurrió, pero no se trata sólo de que tu muchacho esté fuera del programa, van a presentar cargos contra él. —Wrath se inclinó de lado y miró más allá de John—. ¿Has conseguido sacar a Phury de la cama ya?
John miró sobre su hombro. Vishous estaba de pie en el umbral de la puerta. El Hermano asintió.
—Se está vistiendo. Lo mismo que Z. ¿Estás seguro que no quieres que yo me encargue de esto?
—Esos dos fueron profesores de Lash, y Z fue testigo de las repercusiones de lo que ocurrió en la clínica. Los padres de Lash querrán hablar con ellos y sólo con ellos, y prometí que estarían en esa casa tan pronto como fuera posible.
—De acuerdo. Mantenme al tanto.
El Hermano se marchó, y Wrath puso los codos sobre el escritorio.
—Mira, John, sé que Qhuinn es tu amigo, y me siento verdaderamente mal por las circunstancias en las que se encuentra. Desearía estar en posición de ayudarle, pero no lo estoy.
John presionó, esperando no tener que llegar a su último recurso.
¿Y qué hay de Lugar Seguro?
—Las hembras que van allí tienen buenas razones para no sentirse cómodas en presencia de machos. Especialmente con los que tienen historiales violentos.
Pero es mi amigo. No puedo quedarme sentado sin más sabiendo que no tiene adonde ir, ni trabajo, ni dinero...
—Nada de eso va a tener importancia, John. —Las palabras «un tiempo en la cárcel» revoloteaban en el aire—. Tú mismo lo has dicho. Utilizó fuerza mortífera en lo que era básicamente una discusión entre dos tipos impulsivos. La respuesta correcta habría sido separaros a ti y a Lash. No sacar un cuchillo y abrirle la garganta a su primo hermano. ¿Lash te atacó con un arma mortal? No. ¿Puedes decir honestamente que el crío iba a matarte? No. Fue un uso inapropiado de la fuerza, y los padres de Lash van a argumentar asalto con un arma mortal e intención de matar, y homicidio según la vieja ley.
¿Homicidio?
—El personal médico jura que Lash ya había sido resucitado cuando tuvo lugar ese asalto. Sus padres asumen que no sobrevivirá a su captura por parte de los lessers y van a argumentar causalidad. De no haber sido por las acciones de Qhuinn, Lash no habría estado en la clínica y no habría sido secuestrado. Por tanto, es homicidio.
Pero Lash trabajaba allí. Así que de cualquier modo podría haber estado en la clínica esa noche.
—Sí pero no habría estado en una de las camas como paciente, ¿verdad? —Las yemas de los dedos de Wrath tamborileaban sobre el delicado escritorio—. Esta mierda es seria, John. Lash era el único hijo de sus padres y ambos proceden de familias fundadoras. Esto no pinta bien para Qhuinn. Esa guardia de honor es el menor de sus problemas en este momento.
En el silencio que siguió, John sintió una opresión en los pulmones. Había sabido todo el tiempo que iban a terminar alcanzando este punto muerto, que lo que le había dicho a Rhage no sería suficiente para salvar a su amigo. Y claro, habría hecho lo que fuera para evitar esto, pero había venido preparado.
John volvió a las puertas dobles y las cerró, después se aproximó al escritorio. Su mano temblaba cuando tomó el archivo que tenía bajo el brazo y colocaba su carta del triunfo sobre el papel secante del Rey.
—¿Qué es esto?
Con el estómago utilizando su cavidad pélvica como cama elástica, empujó lentamente su informe médico hacia el Rey.
Yo. Lo que tienes que ver está en la primera página.
Wrath frunció el ceño y recogió la lupa de aumento que tenía que utilizar para poder leer. Abrió la carpeta, y se inclinó sobre el informe que detallaba la sesión de terapia que John había tenido en la consulta de Havers. Quedó claro cuando el Rey llegó a la parte interesante, porque los pesados hombros del macho se tensaron bajo su camiseta negra.
Oh, Dios..., pensó John, estaba a punto de vomitar.
Después de un momento, el Rey cerró el archivo y volvió a colocar la lupa sobre el secante. En silencio, se tomo el tiempo para arreglar cuidadosamente las dos cosas para que estuvieran una junto a la otra y perfectamente colocadas, el mango de marfil de la lupa alineado con la parte baja del archivo.
Cuando Wrath finalmente levantó la mirada, John no apartó los ojos, aunque sentía como si cada centímetro de su cuerpo estuviera destilando suciedad.
Por eso lo hizo Qhuinn. Lash pudo leer mi informe porque trabajaba en la clínica de Havers, e iba a contárselo a todo el mundo. A todos. Así que tu argumento básico sobre una discusión de dos tipos impulsivos apenas se sostiene.
Wrath se subió las gafas de sol y se frotó los ojos.
—Cristo… Jesús. Puedo entender por qué no tenías ninguna prisa en acudir a mí para contarme esto. —Sacudió la cabeza—. John... Siento mucho lo que ocur...
John estampó el pie contra el suelo para que el Rey levantara la cabeza.
La única razón por la que te lo hice saber es por la situación en la que se encuentra Qhuinn. No voy a hablar de ello.
Después, con rápidos y torpes movimientos de las manos, porque tenía que terminar con esa mierda lo más rápido posible, dijo: Cuando Qhuinn sacó el cuchillo, Lash me tenía sujeto contra la pared de la ducha y me estaba bajando los pantalones. Lo que hizo mi amigo no fue sólo para evitar que Lash hablara... ¿me captas? Yo... yo me quedé congelado... yo me quedé congelado...
—Está bien, hijo, está bien... no tienes que seguir.
John se rodeó el cuerpo con los brazos y pegó las temblorosas manos contra los costados, metiéndolas bajo sus brazos. Apretó los ojos con fuerza, no podía soportar ver el rostro de Wrath.
—¿John? —dijo el Rey después de un momento—. Hijo, mírame.
John apenas pudo arreglárselas para abrir los ojos. Wrath era tan masculino, tan poderoso... el líder de toda una raza. Admitir ante tal macho que le había ocurrido algo tan vergonzoso y violento era casi tan malo como haberlo sufrido en primer lugar.
Wrath dio golpecitos al archivo.
—Esto lo cambia todo. —El Rey extendió el brazo y levantó el teléfono—. ¿Fritz? Eh, camarada. Escucha, quiero que recojas a Qhuinn en casa de Blaylock y me lo traigas. Dile que es una orden ejecutiva.
Cuando el teléfono volvió a su sitio, los ojos de John comenzaron a arder como si estuviera llorando. Embargado por el pánico, agarró la carpeta, se dio la vuelta, y corrió todo el camino hasta la puerta.
—¿John? ¿Hijo? Por favor, no te vayas aún.
John no se detuvo. Simplemente no podía. Negando con la cabeza, salió del estudio, y huyó a su habitación. Después de cerrar la puerta y atrancarla, fue al baño, se arrodilló delante de la taza, y vomitó.

Qhuinn se sentía como un cerdo mientras permanecía de pie sobre la forma dormida de Blay. El tipo dormía como siempre desde que era crío: con la cabeza envuelta en una manta, las sábanas subidas hasta la nariz. Su enorme cuerpo ahora era una montaña alzándose en la planicie de la cama, ya no el pequeño montículo de un pretrans... pero su posición todavía era la misma.
Habían pasado mucho juntos... todas las primeras experiencias de la vida, desde beber, a conducir y fumar, pasando por el sexo. No había nada que no supieran el uno del otro, ni pensamiento íntimo que no hubieran compartido de una forma u otra.
Bueno, eso no era enteramente cierto. Había algunas cosas que Blay no podía admitir.
No despedirse parecía casi un crimen, pero así estaban las cosas. Adonde él iba, Blay no podía seguirle.
Había una comunidad vampiro en el oeste; había leído acerca de ella en uno de los tablones de anuncios de la Red. El grupo era una facción que había roto con la cultura mayoritaria vampiro, hacía como doscientos años, y habían formado un enclave lejos del asentamiento de la raza en Caldwell.
Nada de glymera allí. De hecho, la mayoría eran forajidos.
Se figuraba que podría llegar allí en una noche desmaterializándose un par de cientos de kilómetros cada vez. Estaría hecho un cascajo cuando aterrizara, pero al menos estaría con los de su calaña. Parias. Inútiles. ASP .
Las leyes de la raza iban a alcanzarle en algún momento, pero no tenía nada que perder haciendo que los poderes tuvieran que trabajar para encontrarle. Ya estaba deshonrado a todos los niveles, y los cargos que iban a presentar contra él no podían ser mucho peores. Bien podía disfrutar de un soplo de libertad antes de que lo empaquetaran y enviaran a la cárcel.
Lo único que le preocupaba era Blay. El tipo iba a pasar un mal rato si le dejaba atrás, pero al menos John estaría ahí para él. Y tener a John cerca, era una buena cosa.
Qhuinn dio la espalda a su amigo y colgándose el petate al hombro salió calladamente de la habitación. Había sanado como por encanto, la rápida recuperación era el primer y único legado del que su familia no podía despojarle. La cirugía no le había dejado más que un punto en el costado, y los moratones casi habían desaparecido... hasta de sus piernas. Se sentía fuerte, y aunque iba a necesitar alimentarse pronto, estaba en buena forma.
La casa de Blay era una grandiosa antigüedad, pero había sido revestida con un toque moderno, lo cual significaba que había alfombras de pared a pared desde el pasillo a las escaleras de atrás... jodidas gracias. Qhuinn las recorrió sigilosamente, sin hacer ningún sonido en absoluto mientras se dirigía al túnel subterráneo que conducía desde el sótano hasta el exterior.
Cuando llegó al sótano, el lugar estaba tan limpio como una patena, y como siempre, olía a Chardonnay por alguna razón. ¿Tal vez era el blanqueo regular de las viejas paredes de piedra?
La entrada secreta al túnel de evasión estaba en la esquina más alejada de la derecha y oculta por un estante de libros que se deslizaba a un lado. Simplemente extendías la mano, tirabas del ejemplar de Sir Gawain y el Caballero Verde hacia delante, y se accionaba el picaporte, haciendo que la partición se replegara y revelara...
—Eres un tonto redomado.
Qhuinn saltó como un atleta olímpico. Allí, en el túnel, sentado en un sillón de jardín para exterior como si estuviera tomando el sol, estaba Blay. Tenía un libro en el regazo, una lámpara a pilas sobre una mesita, y una manta sobre las piernas.
El tipo alzó tranquilamente un vaso de zumo de naranja parodiando un brindis, después tomó un sorbo.
—Hoooooola, Lucy.
—¿Qué coño? ¿Estabas apostado esperándome o algo?
—Síp.
—¿Qué había en tu cama?
—Almohadas y la manta que uso en la cabeza. Me he estado pelando de frío aquí sentado. Buen libro, por cierto. —Mostró la cubierta de Una Estación en el Purgatorio—. Me gusta Dominick Dunne. Buen escritor. Gafas geniales.
Qhuinn miró más allá de su amigo hacia el túnel pobremente iluminado que desaparecía en lo que parecía ser una infinitamente oscura distancia. Como el futuro, pensó.
—Blay, sabes que tengo que irme.
Blay alzó su teléfono.
—En realidad, no puedes. Acabo de recibir un mensaje de John. Wrath quiere verte, y Fritz viene a por ti mientras hablamos.
—Mierda. No puedo...
—Dos palabras: Orden. Ejecutiva. Huye ahora y no sólo serás un fugitivo de la glymera, estarás en la lista de tareas pendientes del Rey. Lo cual significa que los Hermanos irán a por ti.
Iban a hacerlo de todos modos.
—Mira, esto de Lash será llevado ante un tribunal real. De eso va el mensaje de John. Y van a encerrarme en alguna parte. Durante mucho, mucho tiempo. Sólo me estoy marchando un tiempo.
Lee: tanto como pueda permanecer oculto.
—¿Vas a desafiar al Rey?
—Sí, sí, lo voy a hacer. No tengo nada que perder, y quizás pasarán años antes de que me encuentren.
Blay apartó la manta de sus piernas y se puso en pie. Estaba vestido con vaqueros y jersey de lana, pero de algún modo parecía llevar un esmoquin. Así era Blay: formal incluso estando hecho un asco.
—Si te vas, yo voy contigo —dijo.
—No quiero que vengas.
—Y una mierda.
Cuando Qhuinn visualizó la tierra de forajidos a la que se dirigía, sintió un aumento de presión en el pecho. Su amigo era tan leal, tan sincero, tan honorable y limpio. Todavía había una inocencia esencial y optimista en él, aunque fuera ya un macho adulto.
Qhuinn tomó aliento y lo dejó escapar con dificultad.
—No quiero que sepas adónde voy. No quiero volver a verte.
—No puedes estar hablando en serio.
—Sé... —Qhuinn se aclaró la garganta y se obligó a continuar—. Sé cómo me miras. Te he visto observándome... ¿como cuando estaba con esa chica en el vestidor en A & F? No estabas mirándola a ella, me estabas mirando a mí, y es porque me deseas, ¿verdad? —Blay dio un paso tambaleante hacia atrás, y, como si estuvieran enzarzados en una pelea a puñetazos, Qhuinn golpeó más fuerte—. Ya hace tiempo que me deseas, y crees que no lo he notado. Bueno, pues sí. Así que no me sigas. Esta mierda entre nosotros se acaba aquí, esta noche.
Qhuinn se dio la vuelta y comenzó a caminar, dejando en ese frío túnel, a su mejor amigo, el macho que más le importaba en el mundo, más incluso que John.
Solo.
Era la única forma de salvarle la vida. Blay era exactamente la clase de noble idiota que seguiría a aquellos a los que amaba aunque tuviera que tirarse de cabeza desde el Puente de Brooklyn. Y como no podías convencerlo de nada hablando, había que cortar por lo sano.
Qhuinn caminó rápido y después incluso más rápido, apartándose de la luz. A medida que el túnel giraba hacia la derecha, Blay y el brillo del sótano se fueron desvaneciendo hasta que se encontró a solas en medio de una húmeda jaula de acero en las profundidades de la tierra.
Durante todo el camino tuvo presente el rostro de Blay tan claro como el día. A cada paso que daba, la expresión abrumada de su amigo era el faro que perseguía.
Iba a quedarse con él. Para siempre.
Para cuando alcanzó el final del túnel, introdujo el código, y abrió el camino hacia un cobertizo de jardinería situado aproximadamente a un kilómetro y medio de distancia de la casa, comprendió que tenía algo que perder después de todo... que había un nivel aún más bajo del fondo que creía haber alcanzado: había destrozado el corazón de Blay y lo había aplastado bajo su bota, y el arrepentimiento y el dolor que sentía era casi más de lo que podía soportar.
Mientas salía en medio de un parterre de lilas, se produjo en él un cambio de opinión. Sí, estaba deshonrado por nacimiento y circunstancias. Pero no tenía que empeorar las cosas.
Sacó el teléfono, que ahora tenía sólo una barra de nivel de batería en la pantalla, y le escribió un mensaje a John diciéndole donde estaba. No estaba seguro de si todavía tenía servicio...
John le respondió al instante.
Fritz le recogería allí en diez minutos.


Capítulo 27

En la planta alta de la mansión de la Hermandad, Cormia estaba sentada en el suelo de su dormitorio delante de la construcción que había comenzado la noche anterior, con una caja de palillos de dientes en una mano, y un cuenco de guisantes en la otra. No estaba utilizando ninguna de las dos cosas. Todo lo que había estado haciendo durante la buena Virgen sabía cuánto tiempo era jugar con la tapa de la caja abriendo y cerrando... abriendo y cerrando... abriendo y cerrando.
Distraída y casi inmóvil, llevaba ya bastante rato con el jueguecito, y la uña de su pulgar estaba dejando una marca en el borde de la caja.
Si ya no era Primera Compañera, no había ninguna razón en absoluto para permanecer en este lado. No estaba ejerciendo ninguna función oficial, y por lo tanto, debería estar de vuelta en el Santuario con sus hermanas meditando, rezando y sirviendo a la Virgen Escriba.
No pertenecía a esta casa ni a este mundo. Nunca lo había hecho.
Trasladando su atención de la caja a la estructura que había montado, midió las unidades y pensó en las Elegidas y su red de funciones, que abarcaban temas variados como cumplir con el calendario espiritual, adorar a la Virgen Escriba, registrar Sus palabras y Su historia... y dar a luz Hermanos y futuras Elegidas.
Mientras se visualizaba a sí misma viviendo en el Santuario, se sintió como si estuviera retrocediendo, no volviendo a casa. Y extrañamente, lo que más debía haberla molestado —el haber fallado como Primera Compañera— no era lo que la preocupaba.
Cormia tiró la caja de palillos al suelo. Cuando aterrizaron, la tapa se abrió y el montón de palitos dorados salieron volando y se esparcieron en un enredo.
Discordia. Desorden. Caos.
Recogió lo que se había derramado, arreglando el desorden y decidiendo que tenía que hacer lo mismo con su vida. Hablaría con el Primale, empacaría sus tres túnicas, y andando.
Cuando ponía el último palillo en la caja, se produjo un golpe en la puerta.
—Entre —dijo sin molestarse en levantarse.
Fritz asomó la cabeza por el batiente.
—Buenas noches, Elegida, traigo un mensaje de la Señora Bella. Pregunta si desearía o no unirse a ella para la Primera Comida en su dormitorio.
Cormia se aclaró la garganta.
—No estoy segura...
—Si me permite —murmuró el mayordomo—. La doctora Jane acaba de salir una vez más. Tengo entendido que el reconocimiento suscitó dudas. ¿Tal vez la presencia de la Elegida calmaría a nuestra futura mahmen?
Cormia levantó la vista.
—¿Otro reconocimiento? ¿Quieres decir después del de anoche?
—Sí.
—Dile que estaré allí de inmediato.
Fritz inclinó la cabeza reverentemente.
—Gracias, ama. Ahora, debo ir a buscar a alguien, pero volveré y cocinaré para usted. No tardaré mucho.
Cormia se dio una ducha rápida, se secó y recogió el cabello, y se puso una túnica recién planchada. Cuando salió de su habitación, oyó ruido de botas en el vestíbulo y miró por encima de la balaustrada. El Primale estaba abajo, cruzando a zancadas el mosaico del manzano que había en el suelo. Iba vestido con pantalones de cuero negro y camisa negra, y sus cabellos, esa maravillosa y suave profusión de color, brillaban a causa de las luces y contra la oscura amplitud de sus hombros.
Como si la presintiera, se detuvo y miró hacia arriba. Sus ojos centellearon como citrinos, chispeantes, cautivándola.
Y observó como la incandescencia en ellos se apagaba.
Fue Cormia la que le dio la espalda, porque ya estaba bastante cansada de ser ella la abandonada. Justo cuando se giraba, vio a Zsadist doblando la esquina del pasillo de las estatuas. Cuando fijó la mirada en ella, vio que tenía los ojos negros, y Cormia no tuvo que preguntar cómo estaba Bella. Las palabras no eran necesarias, dada su oscura expresión.
—Voy a quedarme con ella —le dijo al Hermano—. Me mandó a buscar.
—Lo sé. Me alegro. Y gracias.
En el cansado silencio, evaluó las dagas que se entrecruzaban en el pecho del guerrero. Y llevaba otras armas encima, pensó, aunque no podía verlas.
El Primale no tenía ninguna. Ni dagas, ni bultos bajo la ropa.
Se preguntó adónde iría. No al Otro Lado, ya que estaba vestido para este mundo. ¿Adónde entonces? ¿Y para qué?
—¿Él está abajo esperándome? —preguntó Zsadist.
—¿El Primale? —Cuando el Hermano asintió, ella dijo—: Er... sí, sí, allí está.
Qué raro ser la que sabía dónde estaba... y a la que se lo preguntaran.
Pensó en su falta de armas.
—Cuida de él —exigió, saltándose las formalidades.
— Por favor.
Algo se tensó en el rostro de Zsadist, después inclinó la cabeza una vez.
—Sí, eso haré.
Cuando Cormia hizo una reverencia y se volvió hacia el pasillo de las estatuas, la voz baja de Zsadist la detuvo en el acto.
—El bebé no se está moviendo mucho. No desde que ocurrió lo que fuera que ocurrió anoche.
Cormia miró sobre su hombro y deseó que hubiera algo más que ella pudiera hacer.
—Purificaré la habitación. Eso es lo que hacemos en el Otro Lado cuando... purificaré la habitación.
—No le digas que lo sabes.
—No lo haré. —Cormia deseó extender el brazo hacia el macho. En vez de eso dijo—: Cuidaré de ella. Vete con él y haz lo que tengas que hacer.
El Hermano inclinó brevemente la cabeza y bajó las escaleras.

Abajo en el vestíbulo, Phury se frotó el pecho y después se desperezó, intentando librarse del dolor que sentía entre los pectorales. Le sorprendía lo difícil que resultaba ver a Cormia dándole la espalda.
Singularmente brutal, de hecho.
Pensó en la Elegida a la que había conocido al amanecer. La diferencia entre ella y Cormia era obvia. Selena estaba ansiosa por ser Primera Compañera, sus ojos brillaban cuando le miraban como si fuera un toro premiado. Había necesitado echar mano de toda su buena educación tan sólo para poder permanecer en la misma habitación que ella.
No era una mala hembra y era más que suficientemente hermosa, pero su comportamiento... joder, era como si quisiera arrastrarse hasta su regazo allí mismo, en ese mismo momento y ponerse a ello. Especialmente cuando le había asegurado que estaba más que dispuesta a servirle a él y a su tradición... y que «cada fibra de su ser deseaba esto».
Esto claramente significaba su sexo.
Y había otra en camino que llegaría al final de esa noche.
Dulce. Jesús.
Zsadist apareció en lo alto de la escalera y bajó rápidamente, con la cazadora en la mano.
—Vamos.
A juzgar por el apretado ceño de su gemelo, pensó Phury, Bella no estaba bien.
—¿Bella está...?
—No voy a hablar de eso contigo. —Z marchó a través del vestíbulo, pasando junto a él sin mucho más que una mirada—. Que estemos juntos tú y yo es sólo por asuntos de negocios.
Cuando Phury frunció el ceño y le siguió, sus pisadas resonaron como si fuera una sola persona, no dos, la que caminaba. Incluso con la prótesis de Phury, él y Z siempre habían tenido la misma zancada, el mismo juego de tobillos, el mismo balancear de los brazos.
Gemelos.
Pero las similitudes terminaban con la biología, ¿no? En la vida, habían ido por dos caminos distintos.
Ambas apestaban.
Con un súbito cambio de lógica, Phury vio las cosas bajo una luz diferente.
Mierda, con todo lo que se había torturado a sí mismo por el destino de Z... con todo el tiempo que había vivido bajo la fría y penetrante sombra de la tragedia de su familia. Él había sufrido, maldita sea... él también había sufrido, y todavía sufría. Y aunque respetaba la santidad del emparejamiento de su gemelo con Bella, algo saltó en su cabeza al ser apartado como si se tratara de un absoluto desconocido. Y uno hostil además.
Cuando salió al patio empedrado, se detuvo en seco.
—Zsadist.
Z siguió caminando hacia el Escalade.
—Zsadist.
Su gemelo se detuvo, se puso las manos en las caderas, y no se dio la vuelta.
—Si esto va de esa mierda entre tú y el lesser, no intentes volver a disculparte.
Phury subió la mano y se aflojó el cuello de la camisa.
—No es eso.
—Tampoco quiero oír hablar del humo rojo. O de cómo conseguiste que te expulsaran de una patada de la Hermandad.
—Date la vuelta, Z.
—¿Por qué?
Hubo una larga pausa. Después dijo apretando los dientes y con voz dura.
—Nunca has dicho gracias.
La cabeza de Z se disparó sobre su hombro.
—¿Perdón?
—Nunca. Me. Lo. Agradeciste.
—¿El qué?
—El haberte salvado. Maldita sea, te salvé de esa puta ama tuya y de lo que te hacía. Y tú nunca me has dado las gracias. —Phury se acercó a su gemelo, alzando la voz cada vez más—. Te busqué durante un jodido siglo, y después conseguí sacar tu culo de allí y salvé tu puñetera vida...
Zsadist se inclinó hacia adelante sobre sus shitkickers, apuntándole con el dedo como si fuera un arma.
—¿Quieres reconocimiento por rescatarme? No contengas la respiración. Nunca te pedí ningún jodido favor. Todo eso fue debido a tu complejo de Buen Samaritano.
—¡Si yo no te hubiera rescatado, hoy no tendrías a Bella!
—¡Y si no lo hubieras hecho, en este momento ella no estaría en peligro de muerte! ¿Quieres gratitud? Mejor palméate tú mismo la espalda, porque en este momento yo no me siento para nada agradecido.
Las palabras flotaron en la noche como si estuvieran buscando otros oídos que llenar.
Phury parpadeó, después encontró palabras saliendo de su boca, palabras que había querido decir desde hacía mucho.
—Enterré a nuestros padres yo solo. Fui yo el que se ocupó de sus cuerpos, el que olió el humo de la incineración...
—Y yo nunca les conocí. Eran extraños para mí, igual que tú cuando apareciste...
—¡Te querían!
—¡Lo bastante como para dejar de buscarme! ¡Que les jodan! ¿Crees que no me enteré que él lo dejó? Volví y seguí el rastro desde la casa que quemaste. Sé lo lejos que llegó nuestro padre antes de rendirse. ¿Crees que daría una mierda por él? ¡Me abandonó!
—¡Tú eras más real para ellos que yo! Estabas por todas partes en esa casa, ¡lo eras todo para ellos!
—Oh, pobrecito Phury —espetó Z—. No te atrevas a hacerte la víctima conmigo. ¿Tienes alguna idea de cómo era mi vida?
—¡Perdí mi puñetera pierna por ti!
—¡Tú elegiste salir a buscarme! ¡Si no te gusta como salieron las cosas, no te quejes conmigo!
Phury exhaló con fuerza, absolutamente atónito.
—Bastardo desagradecido. Eres un hijo de puta desagradecido. ¿Quieres decir que preferirías haberte quedado con el ama? —Cuando no obtuvo otra respuesta aparte del silencio, sacudió la cabeza—. Siempre pensé que los sacrificios que había hecho valían la pena. El celibato. El pánico. El coste físico. —La furia resurgió—. Eso sin mencionar el majestuoso enredo mental que obtuve por todas esas veces que me pediste que te golpeara hasta dejarte azul de moratones. ¿Y ahora me dices que habrías preferido seguir siendo un esclavo de sangre?
—¿De eso se trata todo esto? ¿Quieres que justifique esa autodestructiva vena de salvador que tienes en marcha estando agradecido? —Z rió bajo y con fuerza—. Como quieras. ¿Crees que me lo paso de puta madre observándote fumar y beber hasta cavarte una tumba prematura? ¿Crees que me gusta lo que vi la otra noche en ese callejón? —Z maldijo—. A la mierda contigo, no voy a jugar a esto. Despierta, Phury. Te estás matando. Deja de buscar muletas y escupir mentiras, y échate un buen vistazo.
En algún profundo nivel interno Phury comprendió que esta colisión entre ellos dos se había aplazado demasiado. Y que su gemelo tenía razón.
Pero él también la tenía.
Sacudió la cabeza otra vez.
—No creo que esté mal por mi parte pedir algo de reconocimiento. He sido invisible en esta familia toda mi vida.
Hubo un periodo de silencio.
Entonces Z escupió:
—Por amor de Dios, bájate de la cruz. Algún otro necesita la madera.
El tono despectivo encendió la rabia otra vez, y el brazo de Phury se disparó por cuenta propia, su puño alcanzó a Z de lleno en la mandíbula y el crujido fue como el golpe de un bate de madera.
Z dio una vuelta de campana y aterrizó como un fardo sobre el GTO de Rhage.
Cuando el hermano se enderezó, Phury se puso en guardia y sacudió los nudillos. En otro segundo y medio estarían enzarzados en una cruenta disputa física, puños en vez de duras palabras siendo intercambiados entre una parte y otra hasta que uno de ellos o los dos cayeran derrumbados.
¿Y exactamente qué demonios iban a conseguir con eso?
Phury bajó lentamente los brazos.
En ese momento, el Mercedes de Fritz atravesó las verjas del patio. A la luz de sus faros, Zsadist se arregló la chaqueta y se acercó tranquilamente a la puerta del conductor del Escalade.
—Si no fuera por lo que le acabo de prometer a Cormia, te partiría la boca.
—¿Qué?
—Entra en el puñetero coche.
—¿Qué le has dicho?
Cuando Z se puso tras el volante, sus ojos negros cortaban la noche como cuchillos.
—Tu novia está preocupada por ti, así que me hizo prometer que te cuidaría. Y a diferencia de otras personas, yo mantengo mi palabra.
Ouch.
—Y ahora entra. —Z cerró la puerta del SUV de un golpe.
Phury maldijo y fue hacia el lado del pasajero mientras el Mercedes se detenía y Qhuinn salía del asiento de atrás. Los ojos del chico se abrieron como platos cuando levantó la mirada hacia la mansión.
Claramente está aquí para su juicio, pensó Phury mientras se deslizaba en el asiento del pasajero junto a su mortalmente silencioso gemelo.
—¿Sabes dónde está la casa de los padres de Lash, no? —dijo Phury.
—Por supuesto.
El cállate quedó sin decir.
Mientras el Escalade se dirigía hacia las verjas, la voz del hechicero fue mortalmente seria al retumbar en la cabeza de Phury:
Tienes que ser un héroe para ganarte la gratitud de las personas, y tú no eres del tipo caballero-de-brillante-armadura. Sólo querrías serlo.
Phury miró por la ventanilla, las palabras airadas que él y Z acababan de intercambiar resonaban como disparos en un callejón.
Hazles un favor a todos y lárgate, dijo el hechicero. Lárgate sin más, compañero.
¿Quieres ser un héroe? Toma las medidas necesarias para que no tengan que tratar contigo nunca más.

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