jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 28 29 30

Capítulo 28

Qhuinn estaba absolutamente seguro que sus pelotas estaban en el menú de Wrath para esa noche, pero aún así, quedó asombrado por la visión del centro de entrenamiento de la Hermandad. La cosa era del tamaño de una pequeña ciudad, hecha de bloques de piedra tan grandes como el torso de un hombre, con ventanas que parecían haber sido reforzadas con titanio o alguna mierda parecida. El techo estaba rodeado de gárgolas y hasta las sombras eran perfectas. Exactamente lo que hubieras esperado.
—¿Amo? —dijo el mayordomo mientras señalaba la puerta principal digna de una catedral—. ¿Entramos? Debo seguir con mi trabajo en la cocina.
—¿En la cocina?
El doggen ralentizó su discurso, como si estuviera dirigiéndose a un tonto redomado.
—Yo cocino para la Hermandad al igual que atiendo su casa.
Santa Mierda... Esto no era el centro de entrenamiento, era la casa de la Hermandad.
Bueno, imbécil. Fíjate en la seguridad. Había cámaras encaramadas sobre las puertas y bajo el techo, la pared de contención del patio parecía algo sacado de una película sobre Alcatraz. Demonios, casi esperaba que una banda de dóbermans girara la esquina mostrando los colmillos.
Pero bueno, los perros probablemente estarían aún royendo los huesos del último invitado al que habían convertido en picadillo.
—¿Amo? —Repitió el mayordomo— ¿Vamos?
—Sip... sí, claro. —Qhuinn tragó con fuerza y avanzó, preparado para bailar con el Rey—. Ah, escucha, voy a dejar mis cosas en el coche.
—Como desee, Amo.
Joder, gracias a Dios, Blay no tenía que ser testigo de lo que estaba a punto de pasar…
Uno de los gigantescos batientes de la puerta se abrió y un amigo familiar alzó la mano a modo de saludo.
Oh. Genial. Blay se perdería el espectáculo, pero evidentemente John tenía asiento de primera fila.
El tipo iba vestido con vaqueros azules y una de esas camisas que habían conseguido en Abercrombie. Sus pies desnudos resaltaban por su palidez en contraste con la piedra negra de los escalones, y parecía relativamente tranquilo, lo cual resultaba bastante irritante. El muy bastardo al menos podría tener la decencia de sufrir un sudor frío o un caso de diarrea por afinidad.
Hey, señaló John.
—Hey.
John retrocedió, haciéndole lugar para que entrara.
¿Cómo estás?
—En este momento me gustaría ser un fumador. —Porque de esa forma podría aplazar esto lo que le durara el cigarrillo.
No, no es cierto. Tú odias fumar.
—Cuando me enfrento a un pelotón de fusilamiento, podría replantearme esa decisión.
Cállate.
Qhuinn atravesó un vestíbulo que le hizo sentirse inconvenientemente vestido, con su suelo de mármol blanco y negro y ese candelabro... ¿Sería de auténtico oro? Probablemente...
Santa mierda, pensó mientras se detenía en seco.
El vestíbulo que tenía ante sí era palaciego. Absolutamente apropiado para la realeza rusa, con sus brillantes colores, todo ese dorado a la hoja, el suelo de mosaico y el techo pintado... o, mierda, tal vez se parecía más a algo sacado de una novela de Danielle Steel, con sus románticas columnas de mármol y espacios abovedados.
No es que él en realidad hubiera leído ninguno de sus libros.
Bueno, está bien, había leído solamente ese, pero tenía doce años, estaba enfermo, y se había leído solo las partes eróticas.
—Aquí arriba —dijo una voz profunda y resonante.
Qhuinn miró a lo alto de una ornamentada escalera. De pie con las shitkickers, plantadas como si fuera el dueño del mundo, vestido con pantalones de cuero negro y una camiseta negra, estaba su Rey.
—Vamos, acabemos con esto —ordenó Wrath.
Tragando con fuerza, Qhuinn siguió a John al segundo piso.
Cuando alcanzaron la parte alta de la escalera, Wrath dijo:
—Sólo Qhuinn. John, tú te quedas aquí.
John comenzó a indicar:
Quiero ser su testigo...
Wrath le dio la espalda.
—Nop. No habrá nada de eso.
Mierda, pensó Qhuinn. ¿No se le iba a permitir ningún testimonio en su defensa?
Estaré esperando, señaló John.
—Gracias, hombre.
Qhuinn miró más allá de las puertas abiertas que el Rey había atravesado. La habitación que tenía ante él era... bueno, parecía el tipo de lugar que a su madre le habría encantado: decorada en azul pálido con un mobiliario delicado y femenino y sosos accesorios de cristal para las luces que parecían pendientes.
No era exactamente lo que esperarías de Wrath.
Cuando el Rey entró y se plantó tras un delicado escritorio, Qhuinn pasó, cerró las puertas, y entrelazó las manos ante sí. Mientras esperaba, todo el asunto se le antojó como algo surrealista. No le era posible comprender como su vida había llegado a este punto.
—¿Tenías intención de matar a Lash? —preguntó Wrath.
Vaya con las declaraciones preliminares.
—Ah...
—¿Sí o no?
En rápida sucesión, Qhuinn sopesó sus respuestas: No, por supuesto que no, el cuchillo actuó por voluntad propia, en realidad yo estaba intentando detenerlo… No, sólo pretendía afeitarlo... No, no me percaté que cortarle la yugular a alguien podría conducirle a la muerte...
Qhuinn se aclaró la garganta una vez. Dos veces.
—Sí.
El Rey cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Si Lash no hubiera intentando bajarle los pantalones a John, habrías hecho lo mismo?
Los pulmones de Qhuinn dejaron de funcionar un momento. No debería haberle sorprendido que el Rey supiera exactamente lo que había pasado, pero mierda, oír las palabras resultaba algo chocante. Además, hablar del asunto era duro, dado lo que Lash había dicho y hecho. Después de todo se trataba de John.
—¿Y bien? —llegó la orden desde el escritorio—. ¿Si Lash no hubiera intentado bajarle los pantalones, le habrías cortado el cuello?
Qhuinn reagrupó sus ideas.
—Mira, John nos dijo a Blay y a mí que nos quedáramos al margen y mientras fue una pelea justa yo estaba dispuesto a dejarlo así. Pero... —Sacudió la cabeza—. Nah. Esa mierda que utilizó Lash no fue justa. Fue como utilizar un arma oculta.
—Pero no tenías que matarle, ¿verdad? Podrías haberle separado de John. Golpearle un par de veces. Dejarle fuera de combate.
—Cierto.
Wrath estiró los brazos a los lados como para relajarlos, y sus hombros crujieron.
—Ahora vas a ser puñetera y totalmente honesto conmigo. Si mientes, lo sabré, porque lo oleré. —Los ojos de Wrath ardían tras sus gafas envolventes—. Soy bien consciente de que odiabas a tu primo. ¿Estás seguro de que no utilizaste esa fuerza mortal en tu propio beneficio?
Qhuinn se pasó la mano por el cabello y trató de recordar todo lo que podía sobre lo que había sucedido. Había huecos en su memoria, espacios en blanco esculpidos por la maraña de emociones que le habían hecho empuñar el cuchillo y lanzarse hacia adelante, pero recordaba lo suficiente.
—Para ser honesto... mierda, no podía permitir que a John le hicieran daño y le humillaran de esa forma. Sabes, él estaba paralizado. Cuando Lash fue a por sus pantalones, se quedó congelado. Los dos estaban en la ducha y de repente John quedó apretado contra los azulejos, y cuando eso sucedió se quedó mortalmente quieto. No sé si Lash habría seguido adelante con... bueno, ya sabes... porque no puedo adivinar lo que estaba pensando, pero era exactamente el tipo de persona que lo habría intentado. —Qhuinn tragó con fuerza—. Lo vi suceder, vi que John no iba a poder defenderse y... fue como si todo se quedara en blanco... yo sólo —joder— el cuchillo estaba en mi mano y entonces yo estaba sobre Lash y el corte fue algo rápido. ¿La verdad? Realmente, odiaba a Lash, pero da igual quien coño le hubiera salido con esa mierda a John. Me hubiera lanzado sobre ellos. Y antes de que la hagas, sé cual va a ser tu siguiente pregunta.
—¿Y la respuesta es?
—Sí, lo volvería a hacer.
—¿Estás seguro?
—Sí. —Qhuinn miró a su alrededor, a las paredes azul pálido, y pensó que no parecía adecuado, estar hablando de semejante fealdad en una habitación tan jodidamente encantadora—. Supongo que eso me convierte en un asesino impenitente, eh... entonces, ¿qué vas a hacer conmigo? Oh, y probablemente ya lo sepas, pero mi familia me ha repudiado.
—Sí, eso he oído.
Hubo un largo silencio, y Qhuinn pasó el tiempo mirando sus New Rocks y sintiendo su corazón saltar en el pecho.
—John quiere que te quedes aquí.
Los ojos de Qhuinn volaron hasta el Rey.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
—Mierda. No puedes aprobar eso. No hay forma de que pueda quedarme aquí.
Dos negras cejas se unieron.
—¿Perdón?
—Er... lo siento. —Qhuinn enmudeció, recordándose a sí mismo que el Hermano era el Rey, lo cual significaba que podía hacer cualquier cosa que le diera la puñetera gana, incluyendo pero no limitándose a, el cambiarle el nombre al sol y la luna, declarar que la gente tenía que saludarle metiéndose el pulgar en el culo... y aceptar a un perdedor como Qhuinn bajo su techo si se sentía inclinado a hacerlo.
Rey se deletreaba como c-a-r-t-a--b-l-a-n-c-a en el mundo vampiro.
Además, ¿por qué coño estaba diciendo que no a algo que le sería de ayuda? Que estupidez.
Wrath se puso en pie, y Qhuinn luchó por no dar un paso atrás aunque estaban separados por aproximadamente siete metros y medio de alfombra Aubusson.
Jesús, sin embargo, el macho se erguía sobre él.
—Hablé con el padre de Lash hace una hora —dijo Wrath—. Tu familia le ha señalado que no van a pagar la restitución. Como te han repudiado, dicen que esa deuda es tuya. Cinco millones.
—¿Cinco millones?
—Lash fue secuestrado por los lessers anoche. Nadie cree que vaya a regresar. Se te acusa de homicidio, bajo la presunción de que los asesinos no se habrían molestado en llevarse un cadáver.
—¡Para!... —Dios, Lash... y, mierda, esos eran un montón de verdes—. Mira, tengo la ropa que llevo puesta y una muda de repuesto en mi bolsa. Pueden quedarse con eso si quieren...
—El padre de Lash es consciente de tu situación financiera. A la luz de lo cual, quiere que te conviertas en un sirviente vinculado a su casa.
La sangre abandonó precipitadamente la cabeza de Qhuinn. Un esclavo... ¿durante el resto de su vida? ¿De los padres de Lash?
—Eso sería —retomó Wrath—, después de que fueras a prisión, por supuesto. Y de hecho, la raza todavía tiene una operativa. Al norte de la frontera canadiense.
Qhuinn se quedó allí de pie, absolutamente paralizado. Mierda, tu vida podía terminar de tantas formas diferentes, pensó. La muerte no era la única forma de perderla.
—¿Qué tienes que decir a todo esto? —murmuró Wrath.
Prisión... en sólo Dios sabe dónde, por sólo Dios sabe cuánto tiempo. Esclavitud... en una casa en la que siempre se le odiaría hasta que estirara la pata.
Qhuinn pensó en ese paseo a través del túnel en casa de Blay y la decisión que había tomado al final del mismo.
—Tengo los ojos dispares —susurró, alzando su dolida mirada hacia el Rey—. Pero tengo honor. Haré lo que tenga que hacer para enmendar esto… a condición —dijo con súbita fuerza—, que nadie me obligue a disculparme. Eso... no puedo hacerlo. Lo que hizo Lash estuvo peor que mal. Fue intencionalmente cruel y pretendía arruinar la vida de John. Yo. No. Me. Arrepiento.
Wrath rodeó el escritorio y atravesó la habitación a zancadas. Cuando pasaba a su lado dijo enérgicamente.
—Buena respuesta, hijo. Espera ahí fuera con tu amigo. Estaré contigo en un segundo.
—¿Perdón?... ¿Qué?
El Rey abrió la puerta y señaló hacia afuera con la cabeza impacientemente.
—Fuera. Ya.
Qhuinn salió a trompicones de la habitación.
¿Cómo fue?, gesticuló John mientras saltaba de la silla que estaba contra la pared del pasillo. ¿Qué ha pasado?
Cuando Qhuinn miró a su amigo, no estaba dispuesto contarle que estaba a punto de ir a la cárcel y que luego iba a ser puesto bajo la custodia de los padres de Lash para ser torturado durante el resto de sus días.
—Ah, no tan mal.
Mientes.
—No.
Estás blanco como un papel.
—Bueno, hooolaaa, me han operado, digamos, ayer.
Oh, por favor. ¿Qué está pasando?
—A decir verdad, no tengo ni idea...
—Disculpad. —Beth, la Reina, se acercó a ellos con una expresión seria. En sus manos llevaba una caja de cuero larga y plana—. ¿Chicos? Tengo que entrar ahí.
Cuando se separaron, se metió en el estudio y cerró la puerta.
John y Qhuinn esperaron. Después esperaron un poco más... y otro poco.
Sólo Dios sabía lo que estaba pasando. Suponía que al Rey y la Reina les llevaría un rato arreglar los documentos para su Ve a la cárcel. No pasas por la casilla de salida. En este turno no cobras los $500.
John sacó su teléfono, como si necesitara hacer algo con las manos, y frunció el ceño mientras comprobaba la maldita cosa. Después de escribir un mensaje a alguien, se lo volvió a meter en el bolsillo.
Que raro que Blay no haya llamado aún.
En realidad no, pensó Qhuinn, sintiéndose como un hijo de puta.
El Rey abrió las puertas de par en par.
—Volved a traer esos culos aquí dentro.
Hubo un revoltijo de pies, y después Wrath los volvió a encerrar a todos juntos. El Rey volvió a su escritorio, se aparcó en la silla que parecía de juguete, y apoyó las enormes shitkickers sobre la pila de papeles. Cuando Beth se ubicó a un costado de la silla donde él estaba sentado, se extendió y le cogió la mano.
—Chicos, ¿estáis familiarizados con el término ahstrux nohtrum? —Cuando ambos sacudieron las cabezas como idiotas, Wrath sonrió con una fría y peligrosa pequeña mueca—. Es una posición anticuada. Una especie de guardia privado, sólo que se les permitía utilizar fuerza mortal cuando protegían a su Amo. Eran asesinos con licencia.
Qhuinn tragó con fuerza, preguntándose qué demonios tenía que ver eso con ellos.
El Rey continuó.
—Un Ahstrux nohtrum puede ser comisionado sólo por decreto real, y es más o menos parecido al Servicio Secreto de los Estados Unidos. El sujeto protegido debe ser una persona de interés, y el guardia debe estar capacitado. —Wrath besó la mano de su Reina—. Una persona de interés es alguien cuya presencia es significativa a juicio del Rey. Es decir yo. Ahora bien... mi shellan, aquí presente es la cosa más preciada del mundo, y no hay nada que yo no haría por asegurar que su corazón este protegido. Además, en términos de la raza, como conjunto ella es la Reina. Por tanto su único hermano definitivamente cae dentro de la categoría de persona-de-interés.
—Por lo que respecta a la parte de guardia-cualificado... sucede que sé, Qhuinn, que en las clases de entrenamiento, eras el mejor luchador, aparte de John. Eres cruel en el mano a mano, genial disparando a distancia. —La voz del Rey se volvió más seca—. Y somos todos conscientes de lo bueno que eres con un cuchillo, ¿verdad?
Qhuinn sintió una extraña ráfaga atravesarle, como si una especie de niebla se hubiera disipado revelando una senda insospechada para salir del desierto. Extendió la mano buscando el brazo de John para estabilizarse aunque eso le pegara total e irremediablemente la etiqueta de ¡Hola! Mi nombre es Nancy .
—Una cosa, sin embargo —dijo el Rey—. Se espera que los ahstrux nohtrum sacrifiquen sus vidas por aquel al que protegen. Si la mierda llueve en ese sentido, ellos tomarán el golpe mortal en su lugar. Oh, y es un compromiso de por vida, a menos que yo disponga otra cosa. Yo soy el único que puede emitir una carta de despido, ¿me captáis?
La boca de Qhuinn habló por su propia cuenta.
—Por supuesto. Absolutamente.
Wrath sonrió y alcanzó la caja que Beth había traído. Sacó un grueso fajo de papeles, al final del cual había un sello dorado con cintas de satén rojas y negras.
—Vamos, echadle un vistazo a esto.
Lanzó casualmente el documento de aspecto oficial al otro extremo del escritorio.
Qhuinn y John se inclinaron juntos sobre él. En la Antigua Lengua, la cosa establecía que...
—Santa... mierda —jadeó Qhuinn, después levantó bruscamente la vista hacia Beth—. Lo siento, no tenía intención de utilizar un lenguaje soez.
Ella sonrió y besó la coronilla de su hellren.
—Está bien. He oído cosas peores.
—Mirad la fecha —dijo Wrath.
Tenía una fecha anterior... la puñetera cosa estaba fechada dos meses atrás. De acuerdo con el documento, Qhuinn, hijo de Lohstrong, había sido designado ahstrux nohtrum de John Matthew, hijo de Darius, hijo de Marklon el pasado junio.
—Soy un auténtico desastre con el papeleo. —dijo Wrath arrastrando las palabras—. Se me olvidó deciros lo que había hecho. Culpa mía. Ahora, por supuesto, esto significa que tú, John, eres responsable de la restitución, ya que el sujeto protegido corre con los gastos de todas las deudas incurridas como resultado de la protección.
John indicó inmediatamente.
Pagaré...
—No, espera —interrumpió Qhuinn—. Él no tiene tanto dinero...
—Tu compañero vale alrededor de cuarenta millones en este momento, así que puede permitírselo perfectamente.
Qhuinn miró a John.
—¿Qué? ¿Y por qué demonios estás trabajando en la oficina por calderilla?
¿A nombre de quien hago el cheque?, gesticuló John, ignorándole.
—A nombre de los padres de Lash. Beth, como DF de la Hermandad, te dirá de que cuenta sacarlo, ¿verdad, shellan? —Wrath apretó la mano de la Reina y le sonrió. Cuando se volvió a concentrar en Qhuinn y John, la expresión amorosa había desaparecido—. Qhuinn se mudará a esta casa con efecto inmediato, y tendrá un salario de setenta y cinco mil al año, el cual tú pagarás. Y, Qhuinn, estás totalmente fuera del programa de entrenamiento, pero eso no significa que los Hermanos y yo no... mmhh, no sé, practiquemos con tu culo para mantener tus habilidades afiladas. Después de todo, nos ocupamos de los nuestros. Y ahora eres uno de los nuestros.
Qhuinn tomó un profundo aliento. Y después otro. Y después…: —Tengo... tengo que sentarme.
Como un completo y jodido blandengue, se tambaleó hasta uno de los sillones azul pálido. Con todo el mundo mirándole fijamente como si estuvieran a punto de ofrecerle una bolsa de papel en la que respirar o algún kleenex, se puso la mano en el lugar donde había sido operado con la esperanza de que pareciera que estaba afectado por su herida, y no por sus emociones.
El problema era... que no podía meter nada de aire en sus pulmones. No estaba seguro de qué coño estaba entrando en su boca, pero fuera la mierda que fuera, no estaba haciendo una maldita cosa por despejar el mareo de su cabeza ni la sensación ardiente que comprimía su caja torácica.
Curiosamente, el que se acercó y se agachó delante de él no fue ni John, ni la Reina. Fue Wrath. Repentinamente el Rey apareció frente a su visión acuosa, esas gafas de sol y ese rostro cruel iban en total contradicción con el suave tono de voz que utilizó.
—Pon la cabeza entre las rodillas, hijo. —La mano del Rey aterrizó en su hombro y le empujó gentilmente hacia abajo—. Vamos, hazlo.
Qhuinn hizo lo que le decía, y comenzó a temblar tanto que si no hubiera sido por la enorme palma de Wrath que le mantenía firme, se habría caído al suelo.
No iba a llorar. Se negaba a derramar una sola lágrima. En vez de eso se quedó sin aliento, se estremeció y empapó en sudor frío.
Quedamente, de forma que sólo Wrath pudiera oírle, susurró:
—Creía... que estaba completamente solo.
—Nah —respondió Wrath igual de suavemente—. Como he dicho, ahora eres uno de los nuestros, ¿me captas?
Qhuinn alzó los ojos.
—Pero yo no soy nadie.
—Ah, a la mierda con eso. —El Rey sacudió la cabeza lentamente—. Salvaste el honor de John. Así que como he dicho, eres de la familia, hijo.
Qhuinn posó los ojos en Beth y John, que estaban de pie uno al lado del otro. A través de sus lágrimas sin derramar, vio la semejanza de su cabello oscuro y el azul profundo de sus ojos.
Familia...
Qhuinn enderezó la columna vertebral, se puso en pie, y se alzó en toda su estatura. Arreglándose la camisa y después el cabello, se recompuso completa y absolutamente mientras se acercaba a John.
Cuadrando los hombros, extendió la mano hacia su amigo.
—Daré mi vida por ti. Con o sin ese trozo de papel.
Cuando las palabras salieron de su boca, comprendió que era la primera cosa que decía como macho adulto, el primer voto que había tomado. Y no podía pensar en una persona mejor a la que ofrecérselo, excepto quizás a Blay.
John bajó la mirada, después estrechó la palma que se le presentaba, su apretón fue firme y fuerte. No se abrazaron, no hablaron.
Y yo por ti, articuló John con la boca cuando sus miradas se cruzaron. Y yo... por ti.

—Puedes preguntarme por Phury si quieres. Cuando termines con eso.
Cormia se enderezó dejando la vela blanca que estaba encendiendo y miró sobre su hombro. Bella yacía sobre la espalda en la gran cama que estaba al otro lado de la habitación, con su delgada y pálida mano sobre el estómago redondeado.
—De verdad, puedes —dijo la hembra con una sonrisita—. Eso me dará otra cosa en la que pensar. Y ahora mismo lo necesito.
Cormia sopló su cerilla.
—¿Cómo sabes que es él quien ocupa mi mente?
—Tienes lo que yo llamo «ceño de macho». Que es el ceño que se te pone cuando estás pensando en tu macho y, una de dos o quieres patearle el culo o envolverle en tus brazos y apretar hasta que no pueda respirar.
—El Primale no es mío. —Cormia tomó el quemador dorado de incienso en la mano y lo movió tres veces alrededor de la vela. El cántico que recitó fue suave pero insistente, pidiendo a la Virgen Escriba que cuidara de Bella y su hijo.
—Él no me ama —dijo Bella—. No realmente.
Cormia puso el quemador en la mesa de la esquina más oriental de la habitación y comprobó dos veces que las tres velas tuvieran llamas buenas y fuertes.
Pasado, presente y futuro.
—¿Has oído lo que he dicho? Él no me ama.
Cormia cerró los ojos con fuerza.
—Yo creo que en eso te equivocas.
—Sólo cree que me ama.
—Con todo el debido respeto...
—¿Le deseas?
Cormia se ruborizó cuando pensó en lo ocurrido en la sala de proyección. Revivió la sensación de él... el poder que había tenido al sostener su sexo en la mano... la forma en que la boca de él se había movido contra su pecho.
Bella rió suavemente.
—Me tomaré ese rubor como un sí.
—Queridísima Virgen, no tengo ni idea de qué decir.
—Siéntate conmigo. —Bella palmeó la cama a su lado—. Déjame hablarte de él. Y contarte por qué estoy segura de que no está enamorado de mí.
Cormia sabía que si se acercaba y escuchaba hablar de como el Primale posiblemente no sentía lo que él creía que sentía, lo único que iba a conseguir era quererle aún más.
Así que naturalmente se sentó junto a Bella sobre la colcha.
—Phury es un buen macho. Un gran macho. Ama profundamente, pero eso no significa que esté enamorado de todos aquellos que le importan. Si vosotros dos sólo os dierais un tiempo...
—Regresaré pronto.
Bella enarcó las cejas.
—¿Al Otro Lado? ¿Por qué?
—He permanecido aquí mucho tiempo. —Era demasiado duro decir que la habían abandonado. Especialmente a Bella—. He estado aquí... lo suficiente.
Bella pareció entristecerse.
—¿Phury se marchará también?
—No lo sé.
—Bueno, tendrá que volver a luchar.
—Ah... sí. —Estaba claro que la hembra no sabía aún que le habían expulsado de la Hermandad, y este no era el momento de darle ninguna sorpresa desagradable.
La mano de Bella acarició su barriga.
—¿Te ha contado alguien por qué Phury se convirtió en el Primale? Quiero decir, en lugar de Vishous.
—No. Ni siquiera sabía de la sustitución hasta que fue el Primale, el que estuvo conmigo en el templo.
—Vishous se enamoró de la doctora Jane justo en el momento en que todo eso estaba ocurriendo. Phury no quería que los separaran, así que intervino. —Bella sacudió la cabeza—. Lo que pasa con Phury es que siempre pone a los demás por delante de sí mismo. Siempre. Está en su naturaleza.
—Lo sé. Por eso le admiro tanto. De donde yo vengo... —Cormia luchó por encontrar las palabras—. Para las Elegidas, el altruismo es el mayor de los valores. Servimos a la raza y a la Virgen Escriba, y al hacerlo, alegremente anteponemos el todo a nuestro ser individual. Es la mayor virtud sacrificarte a ti mismo por el bien mayor, por algo más importante que el yo. El Primale lo hace. Creo que ese es...
—¿Es... ?
—Por eso le respeto tanto. Bueno, por eso y por su... su...
Bella rió de forma gutural.
—Su mente aguda, ¿no? Está claro que no tiene nada que ver con sus ojos dorados y ese maravilloso cabello.
Cormia se figuró que si su rubor ya había respondido por ella una vez, podría hacerlo de nuevo.
—No tienes que responder —dijo Bella con una sonrisa—. Es un macho especial. Pero volviendo al asunto del autosacrificio. Ahí está la cuestión. Si pasas demasiado tiempo concentrado en los demás, te pierdes a ti mismo. Por eso me preocupo por él. Y por eso sé que en realidad no me ama. Cree que yo salvé a su gemelo de una forma que él no podía. Es gratitud lo que siente. Intensa gratitud e idealización. Pero no es verdadero amor.
—Sin embargo, ¿cómo lo sabes?
Hubo una vacilación.
—Pregúntale sobre sus relaciones con las hembras. Lo entenderás.
—¿Se ha enamorado con frecuencia? —Se abrazó a sí misma esperando la respuesta.
—Absoluta y positivamente no. —La mano de Bella rodeó una y otra vez su barriga—. Esto no es en absoluto asunto mío, pero voy a decirlo de todos modos. Salvo a mi hellren, no hay macho al que tenga en mayor estima que a Phury, y tú me gustas mucho. Si él se queda aquí, espero que tú también. Me gusta el modo en que le miras. Y de verdad me gusta el modo en que él te mira a ti.
—Ha renunciado a mí.
La cabeza de Bella se irguió.
—¿Qué?
—Ya no soy la Primera Compañera.
—Maldita... sea.
—Así que realmente debería volver al Santuario. Aunque sólo sea para facilitarle las cosas a quien sea que elija para reemplazarme.
Era justo lo que había que decir, pero en realidad no lo sentía. Y sus sentimientos asomaron a su voz. Incluso ella pudo oír la tensión.
Curioso, la práctica de decir una cosa mientras se guardaba para sí misma lo que realmente pensaba era una habilidad que había afilado en el transcurso de su vida en el Otro Lado. Cuando había estado allí, mentir había sido tan fácil y cómodo como la túnica blanca que vestía, la forma inhibida en que se recogía el cabello y la forma mecánica de recitar los textos ceremoniales.
Ahora era duro.
—Sin ofender —dijo Bella—, pero mi mierdímetro se ha disparado.
—¿Mier... dímetro?
—Me estás mintiendo. Mira, ¿puedo ofrecerte un consejo no solicitado?
—Por supuesto.
—No te permitas a ti misma ser tragada y perderte en este asunto de las Elegidas. Si realmente crees aquello que te han enseñado, entonces bien. Pero si te encuentras luchando con una voz interior en tu cabeza todo el tiempo, entonces no estás donde se supone que debes estar. Ser buena mentirosa no es una virtud.
Eso era, ¿no?, pensó Cormia. Eso era precisamente lo que había hecho siempre. Mentir.
Bella se removió sobre las almohadas, irguiéndose.
—No sé cuanto habrás oído de mí, pero tengo un hermano. Rehvenge. Es un testarudo de cuidado, siempre lo ha sido, pero le quiero y estamos muy unidos. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años, y Rehv tomó el lugar como cabeza de familia para mi madre y para mí. Rehv cuidó muy bien de nosotras, pero también era dominante como el demonio, y finalmente yo abandoné la casa familiar. Tuve que hacerlo... me estaba volviendo loca. Jesús, deberías haber escuchado la pelea. Rehv tiene buenas intenciones, pero es de la vieja escuela, muy tradicional, y eso quiere decir que quiere tomar todas las decisiones.
—Sin embargo parece un macho de valía.
—Oh, lo es sin duda. Pero la cuestión es, que después de veinticinco años bajo su yugo, yo era sólo su hermana, no yo, si es que eso tiene algún sentido. —Bella extendió el brazo y tomó la mano de Cormia—. Lo mejor que he hecho nunca por mí fue marcharme y llegar a conocerme a mí misma. —Una sombra acudió a sus ojos—. No fue fácil, y hubo... consecuencias. Pero incluso con lo que tuve que pasar, te recomiendo totalmente que averigües quién eres. Quiero decir, ¿sabes quién eres como persona?
—Soy una Elegida.
—¿Y qué más?
—Eso es... todo.
La mano de Bella le dio un apretón.
—Piensa un poco en ti, Cormia, y comienza con pequeñas cosas. ¿Cuál es tu color favorito? ¿Qué te gusta comer? ¿Te gusta levantarte temprano? ¿Qué te hace feliz? ¿Y qué te entristece?
Cormia miró al quemador de incienso que había al otro lado de la habitación y pensó en todos los rezos que conocía, oraciones que cubrían cualquier eventualidad. Y los cánticos. Y las ceremonias. Tenía un vocabulario espiritual completo a su disposición, no sólo de palabras sino de acciones.
Y eso lo era todo. ¿O no?
Desplazó la mirada para encontrar la de Bella.
—Sé... que me gustan las rosas color lavanda. Y me gusta construir cosas en mi mente.
Bella sonrió y después ocultó un bostezo con el dorso de la mano.
—Eso, amiga mía, es un buen comienzo. Ahora, ¿quieres terminar de ver Project Runway ? Con la televisión encendida, te sentirás menos incómoda tratando de internarte en tu cabeza mientras estás conmigo, y Fritz no nos traerá la cena hasta dentro de otros veinte minutos.
Cormia se recostó en las almohadas junto a su... amiga. No su hermana, su... amiga.
—Gracias, Bella. Gracias.
—De nada. Y me encanta el incienso. Muy relajante.
Bella apuntó con el mando a distancia la pantalla plana, pulsó algunos botones, y Tim Gunn apareció en la sala de costura, con su cabello plateado tan pulcro como ropa recién planchada. Delante de él, una de las diseñadoras sacudía la cabeza y examinaba su vestido rojo parcialmente terminado...
—Gracias —dijo de nuevo Cormia, sin mirarla.
Bella sólo extendió la mano y apretó la mano de Cormia, y ambas se concentraron en la pantalla.



Capítulo 29

Lash salió de la casa de sus padres tambaleándose y con sangre en ambas manos. Tenía las rodillas flojas y sus zancadas eran torpes. Mientras tropezaba con sus propios pies, bajó la mirada. Oh, Dios, esa sustancia manchaba su camisa y también sus botas.
El señor D salió del Ford Focus.
—¿Estás herido?
Lash no pudo encontrar palabras con las que responder. Cojeando y aturdido, apenas podía mantenerse en pie.
—Me llevó... mucho más de lo que pensaba.
—Venga, vamos, señor entremos en el coche.
Lash dejó que el pequeño tipo le condujera al lado del pasajero y le sentara en el asiento.
—¿Qué tienes en la mano, señor... ?
Lash empujó a un lado al lesser, se inclinó, e hizo un par de arcadas mirando al suelo. Algo negro y aceitoso surgió de su boca y goteó por su barbilla. Se lo limpió y lo examinó.
No era sangre. Al menos, no del tipo...
—Les he matado —dijo roncamente.
El lesser se arrodilló delante de él.
—Por supuesto que sí, tu padre estará orgulloso. Esos bastardos no son tu futuro. Nosotros lo somos.
Lash intentó detener las escenas que se reproducían una y otra vez en su cabeza.
—Mi madre fue la que gritó más alto. Cuando me vio matar a mi padre.
—No era tu padre. Ni tu madre. Eran animales. Esas cosas de ahí eran animales. —El asesino sacudió la cabeza—. No eran como tú. Solo pensaste que lo eran.
Lash se miró las manos. Había un cuchillo en una de ellas. Una cadena en la otra.
—Tanta sangre.
—Si, esos vampiros sangran un montón.
Se hizo un largo silencio. Pareció durar un año.
—Dime, señor, ¿tienes una piscina con vestidores por aquí? —cuando Lash asintió, el lesser dijo—: ¿En la parte de atrás? —Lash asintió de nuevo—. Bien, vamos a llevarte allí y haremos que te laves. Aquí atrás en el coche, tenemos ropa limpia para que te pongas.
Antes de darse cuenta Lash estaba en el vestuario de la piscina, bajo la ducha, lavándose los restos de sus padres de la piel y observando como el sumidero a sus pies se teñía de rojo. También enjuagó el cuchillo y la cadena y cuando salió de la ducha y antes de secarse, se puso el acero inoxidable alrededor del cuello.
Había dos placas de identificación de perro colgando de la cosa. Una era la última licencia de su rottweiler, y la otra el registro de las dosis finales de la vacuna de la rabia de King.
El cambio de ropa de Lash fue bastante rápido y transfirió la cartera de su padre de los pantalones sucios que había llevado a los limpios que el señor D había conseguido para él. Iba a tener que volver a ponerse las mismas botas, pero las manchas se estaban oscureciendo, parecían menos rojas, lo que las hacía más soportables. Salió del vestuario y encontró al pequeño asesino sentado en una de las mesas de cristal junto a las sillas de jardín.
El lesser se bajó de un salto.
—¿Quieres que ahora llame pidiendo refuerzos?
Lash miró la casa estilo Tudor. De camino hacia allí, había tenido intención de registrar el lugar de arriba a abajo. Llevarse cualquier cosa que valiera más de diez céntimos. Utilizar una escuadrilla de lo que el Omega le había dicho que eran sus tropas para despojar el lugar desde el empapelado hasta las tablas del entarimado.
Parecía lo adecuado si querías hacerlo al estilo Conan. Una declaración perfecta de su nuevo estatus. No sólo aplastabas a tus enemigos, sino que tomabas sus caballos, quemabas sus chozas y te quedabas a escuchar los lamentos de sus mujeres...
El problema era que sabía lo que había dentro de esa casa. Con los cuerpos de sus padres y los doggens dentro, se había convertido en un mausoleo, y la idea de violar la santidad del lugar, de enviar a un enjambre de lessers a profanarlo, le parecía demasiado inmoral.
—Quiero salir de aquí.
—¿Volveremos después?
—Solo sácame de este jodido lugar.
—Como quieras.
—Respuesta correcta.
Moviéndose como un anciano, Lash dio la vuelta a la casa para volver a la parte delantera manteniendo la vista fija al frente, evitando mirar las ventanas frente a las cuales pasaba.
Cuando había asesinado a los doggens en la cocina, había habido un pollo asándose en el horno, de esos que tenían uno de esos chismes que saltaban para hacerte saber que estaban cocidos. Después de haber desangrado al último de los sirvientes, se había detenido junto al horno Viking y había encendido la luz. El chisme del pollo había saltado.
Había abierto el angosto cajón que estaba a la izquierda del horno y había sacado dos manoplas a rayas blancas y rojas que tenían etiquetas Williams-Sonoma. Había apagado el horno y sacado la asadera para ponerla sobre los quemadores de la cocina. Estaba dorado y tenía un relleno de harina de maíz. Los menudillos estaban al fondo, condimentando la salsa.
También apagó el fuego dónde estaban hirviendo las patatas.
—Sácame de aquí —dijo mientras se deslizaba dentro del coche. Tuvo que impulsarse con las manos para poder meter las piernas.
Un momento después, el preciso motor del Focus se encendió, y comenzaron a recorrer el camino de entrada. En el denso silencio que se produjo en la cabina, Lash sacó la cartera de su padre de los pantalones cargo limpios, la abrió y examinó las tarjetas. ATM, Visa, AmEx Negra…
—¿Adónde quieres ir? —preguntó el señor D cuando llegaron a la Ruta 22.
—No sé.
El señor D le miró.
—Yo maté a mi primo. Cuando tenía dieciséis. Era un bastardo, sentí placer al hacerlo y fue una buena decisión. Pero después, me sentí mal. Así que no tiene que disculparse si siente como si hubiera hecho algo malo.
La idea de que alguien entendiera por lo que estaba pasando, aunque fuera en parte, hacía que todo el asunto se pareciera menos a una pesadilla.
—Me siento... muerto.
—Pasará.
—No... nunca voy a dejar de sentirme como si... Oh, joder, simplemente calla y conduce, ¿ok?
Lash hizo pasar la última de las tarjetas en el momento en que doblaban a la derecha en la Ruta 22. Era el permiso de conducir de su padre. Cuando sus ojos se posaron sobre la foto, se le revolvió el estómago.
—¡Aparca!
El Focus se detuvo en la cuneta. Mientras un enorme SUV pasaba junto a ellos, Lash abrió la puerta y vomitó algo más de esa mierda negra en el suelo.
Estaba perdido. Completamente perdido.
¿Qué demonios acababa de hacer? ¿Quién era?
—Ya sé adonde llevarte —dijo el señor D—. Si cerramos la puerta, puedo llevarte a un sitio donde te sentirás mejor.
Lo que sea, pensó Lash. En este momento, aceptaría sugerencias de un cuenco de Rice Krispies.
—A cualquier sitio... menos aquí.
El Focus giró en U y se dirigió hacia el centro de la ciudad. Habían avanzado un par de kilómetros cuando Lash miró al pequeño lesser.
—¿Adónde vamos?
—A un lugar donde podrás tomarte un respiro. Confía en mí.
Lash miró a través de la ventanilla y se sintió como un absoluto maricón. Aclarándose la garganta, dijo.
—Ordena a un escuadrón que vaya allí. Y que se lleven todo lo que no esté clavado.
—Sí, señor

Mientras Z aparcaba el Escalade junto a la mansión Tudor en la que vivían Lash y sus padres, Phury frunció el ceño y se desabrochó el cinturón de seguridad. ¿Qué diablos?
La puerta principal estaba abierta de par en par a la noche de verano, las luces de la araña del vestíbulo principal lanzaban un brillo amarillento sobre el pórtico y el par de jardineras que se erguían en posición de firmes a cada lado de la puerta de entrada.
Ok, esto ya de entrada estaba mal. Se supone que las casas coloniales con jardineras en el porche y gnomos en sus macizos de flores tienen las puertas lánguidamente abiertas de esa forma. O tal vez las casas tipo rancho con bicicletas delante del garaje y dibujos de tiza en las aceras. Oh, demonios, incluso los remolques con ventanas rotas y decrépitas sillas de plástico esparcidas por el césped lleno de malas hierbas.
Pero las mansiones Tudor que yacían sobre terrenos inmaculados no se veían bien con las grandiosas puertas delanteras abiertas de par en par a la noche. Era como una debutante dejando entrever el sujetador por un fallo de su atuendo.
Phury salió del SUV y soltó una maldición. El olor a sangre fresca y lesser era demasiado familiar.
Zsadist empuñó una de sus armas mientras cerraba su puerta.
—Mierda.
Mientras avanzaban, se hizo endemoniadamente evidente que no iban a hablar con los padres de Lash sobre lo que le había ocurrido a su hijo. Había buenas probabilidades de que Z y él fueran a encontraran cadáveres.
—Llama a Butch —dijo Zsadist—. Esto es la escena de un crimen.
Phury ya tenía el teléfono en la mano y estaba marcando.
—Estoy en eso.
Cuando el hermano respondió, dijo:
—Necesitamos refuerzos aquí, inmediatamente. Ha habido una infiltración.
Antes de que los dos entraran en la casa, se detuvieron a comprobar la puerta. La cerradura no había sido forzada, y el sistema de seguridad no estaba sonando.
No tenía sentido. Si un asesino se hubiera acercado a la puerta y tocado el timbre, un doggen no le habría dejado entrar. De ningún modo. Así que el lesser debía haber irrumpido de algún otro modo y salido por la puerta principal.
Y seguro como la mierda que habían estado ocupados. Había un rastro de sangre sobre la alfombra oriental del vestíbulo de mármol... y no estaba compuesto de gotas; era como si alguien hubiera usado un rodillo con esa mierda.
La veta roja corría entre el estudio y el comedor.
Z fue a la izquierda hacia el estudio. Phury giró a la derecha y entró en el comedor…
—He encontrado los cuerpos —dijo bruscamente.
Supo cuando Z vio lo que él estaba observando, porque el hermano gruñó:
—Jodido cabrón.
Los asesinados padres de Lash estaban sentados en sillas en posición vertical en el extremo más alejado de la mesa, sus hombros estaban atados a los respaldos para que se mantuvieran erguidos. La sangre había manado de las heridas de puñalada que tenían en sus pechos y cuellos, formando charcos a sus pies sobre el suelo lustroso.
Las velas estaban encendidas. El vino estaba servido. Sobre la mesa entre los cuerpos había un hermoso pollo asado, tan recientemente salido del horno que podías distinguir el olor de su carne sobre el hedor de la sangre.
Los cuerpos de dos doggen estaban sentados en las sillas a la derecha e izquierda del aparador, los muertos servían a los muertos.
Phury sacudió la cabeza.
—Cuánto te apuestas a que no hay ningún otro cuerpo en la casa. O estarían alineados aquí también.
Las finas ropas de los padres de Lash habían sido cuidadosamente ordenadas, las tres hileras de perlas de su madre descansaban en el debido lugar, la corbata y la chaqueta de su padre estaban impecables. El cabello de ambos estaba hecho un lío y sus heridas eran cruentas, pero sus ropas ensangrentadas estaban perfectamente dispuestas. Eran como dos morbosas muñecas Kewpie .
Z golpeó el puño contra la pared.
—Jodidos bastardos enfermizos... esos puñeteros lessers están enfermos.
—Ciertamente.
—Registremos el resto de la casa.
Inspeccionaron la biblioteca y la sala de música y no encontraron nada. La despensa del mayordomo estaba intacta. La cocina mostraba evidencias de una lucha zanjada con dos asesinatos, pero eso era todo... no había signos de una entrada forzada.
El segundo piso estaba limpio, los encantadores dormitorios parecían salidos de la revista House Beautiful con sus cortinas de algodón y sus antiguos y lujosos edredones. En el tercer piso, había una suite digna de un Rey que, a tenor de los libros de texto y de artes marciales, el ordenador y el equipo estéreo, había sido la guarida de Lash. Estaba limpia como una patena.
No había nada fuera de lugar en ninguna parte de la casa, salvo donde los asesinatos habían sido cometidos. Nada había sido robado.
Volvieron a bajar las escaleras, y Zsadist examinó rápidamente los cuerpos mientras Phury inspeccionaba el panel principal del sistema de seguridad que estaba en el garaje.
Cuando terminó, volvió junto a su gemelo.
—He logrado entrar al sistema de alarmas. Nada las activó ni tampoco fueron desconectadas por ningún código extraño o un corte de corriente.
—Falta la cartera del macho—dijo Z—, pero todavía tiene el Ebel en la muñeca. La hembra tenía un diamante en el dedo y un par de pedruscos del tamaño de diez céntimos en las orejas.
Phury se puso las manos en las caderas y sacudió la cabeza.
—Dos infiltraciones, una aquí y otra en la clínica. Ambas sin pillaje.
—Al menos sabemos cómo encontraron este lugar. Quiero decir, mierda, Lash fue secuestrado y torturado hasta que habló. Es el único modo. No llevaba encima ninguna identificación cuando se lo llevaron de la clínica, así que la dirección tuvo que salir de su propia boca.
Phury miró a su alrededor, hacia todas las obras de arte que había en las paredes.
—Hay algo aquí que no termina de encajar. Normalmente se lo habrían llevado todo.
—Pero asumiendo que se llevaran la cartera del padre, los auténticos activos estarán sin duda en el banco. Si consiguen acceso a esas cuentas, sería una forma más limpia de robo.
—¿Pero por qué dejar toda esta mierda?
—¿Dónde estáis? —la voz de Rhage resonó a través del vestíbulo.
—Aquí —gritó Z.
—Tenemos que advertirle a las otras familias de la glymera —dijo Phury—. Si Lash dio su propia dirección, solo Dios sabe que más le habrán sacado. Esto podría ser una fuga de implicaciones sin precedente.
Butch y Rhage entraron en la habitación y el poli sacudió la cabeza.
—Mierda, esto me lleva justo de vuelta a Homicidios.
—Hombre... —suspiró Hollywood.
—¿Sabemos cómo entraron? —preguntó el poli, rodeando la mesa.
—No, pero vamos a registrar la casa de nuevo —dijo Phury—. No me puedo creer que entraran sin más por la puerta principal.
Cuando los cuatro llegaron a la habitación de Lash, todos sacudían las cabezas.
Phury recorrió la habitación con la mirada, su cerebro corría.
—Tenemos que informar de esto.
—Bueno, mirad esto —murmuró Z, señalando con la cabeza hacia la ventana.
Abajo, en el camino de acceso, aparcó un coche. Después otro. Después un tercero.
—Ahí están tus saqueadores —dijo el hermano.
—Cabrones —escupió Rhage con una sonrisa sombría—. Pero al menos llegan puntuales... necesito bajar la cena.
—Y sería endemoniadamente grosero no salir a darles la bienvenida en la puerta —masculló Butch.
Instintivamente, Phury extendió la mano para abrirse el abrigo, pero después recordó que allí no había armas ni dagas a las que recurrir.
Hubo una fracción de segundo en la que se sintieron incómodos, durante la cual ninguno le miró, así que dijo:
—Volveré al Complejo y contactaré con las otras familias de la glymera. También informaré a Wrath de lo que está pasando.
Los tres asintieron y bajaron al trote las escaleras.
Mientras los tres marchaban a presentarse como comité de bienvenida de los lessers. Phury lanzó una última mirada al dormitorio, pensando en que desearía estar con los otros, matando a los hijos de puta que habían hecho esto.
El hechicero le confrontó en su mente. Ya no luchan contigo porque no pueden confiar en ti. Los soldados no quieren ser respaldados por alguien a quien no le tienen fe.
Afróntalo, compañero por este lado, estás acabado. La cuestión es, ¿cuánto tiempo pasará antes de que lo arruines con las Elegidas?
Justo cuando Phury estaba a punto de desmaterializarse, frunció el ceño.
Al otro lado, en la cómoda, había una mancha de algo en el tirador de metal de uno de los cajones.
Fue a examinarlo más de cerca. Marrón oscuro... era sangre seca.
Cuando abrió el cajón, había huellas dactilares ensangrentadas sobre los objetos que había dentro: el reloj de pulsera Jacob&Co que Lash había llevado antes de su transición tenía manchas encima, y también una cadena de diamante y un pesado pendiente de botón. Obviamente se habían llevado algo del pequeño cajón, pero ¿por qué un lesser dejaría cosas tan valiosas? Era difícil imaginar que algo valiera más que esos diamantes y además cupiera en un espacio tan pequeño.
Phury miró el portátil Sony VAIO y el iPod... y la otra docena de cajones que había en la habitación que se dividían entre el escritorio, la cómoda y las mesitas de noche. Todos estaban firmemente cerrados.
—Debes irte.
Phury se dio la vuelta. Z estaba de pie en el umbral, arma en mano.
—Sal cagando de aquí, Phury. No estás armado.
—Podría estarlo —Miró al escritorio donde yacían un par de cuchillos sobre los libros de texto—. En un instante
—Vete. —Z desnudó los colmillos—. No estás ayudando aquí.
Los primeros sonidos de lucha llegaron desde las escaleras en forma de una serie de gruñidos y maldiciones ladradas.
Cuando su gemelo salió corriendo para defender la raza, Phury le observó marchar. Después se desmaterializó del dormitorio de Lash, con destino al escritorio en la oficina del centro de entrenamiento.



Capítulo 30

—Necesitas descansar —dijo Cormia cuando Bella bostezó de nuevo.
Fritz acababa de entrar y llevarse los platos de la Primera Comida. Bella había comido bistec, puré de patatas y helado de menta y chocolate con pepitas de chocolate.
Cormia había comido patatas... y un poco de helado.
¿Y ella había pensado que los M&M eran deliciosos?
Bella se acomodo mejor entre las almohadas.
—Sabes, creo que tienes razón. Estoy cansada. ¿Quizás podamos terminar la maratón más tarde, esta noche?
—Suena encantador. —Cormia se deslizó fuera de la cama—. ¿Necesitas algo?
—No. —Bella cerró los ojos—. Hey, antes de irte, dime, ¿De qué están hechas esas velas? Son increíblemente relajantes.
La hembra se veía terriblemente pálida contra la funda de encaje blanco de su almohada.
—Están hechas de sustancias sagradas del Otro Lado. Sustancias sagradas y curativas. Hierbas y flores mezcladas con una emulsión adherente hecha con agua de la fuente de la Virgen Escriba.
—Sabía que eran especiales.
—No estaré lejos —susurró Cormia.
—Que bien.
Cuando Cormia salió de la habitación, tuvo cuidado de cerrar la puerta silenciosamente.
—¿Ama?
Miró a sus espaldas.
—¿Fritz? Pensé que te habías marchado después de recoger la bandeja.
—Lo hice. —Alzó el ramillete que estaba sujetando—. Y ahora tenía que entregar estas.
—Que flores tan encantadoras.
—Son para la salita de este piso. —Extrajo una rosa color lavanda y se la ofreció—. Para usted, ama.
—Vaya, gracias. —Se acercó los delicados pétalos a la nariz—. Oh, que exquisito.
Cormia saltó cuando algo le rozó la pierna.
Agachándose, pasó la mano sobre la sedosa y elástica espalda del gato negro.
—Vaya, hola, Boo.
El gato ronroneó y se recostó contra ella, su cuerpo sorprendentemente fuerte la obligó a cambiar su punto de apoyo.
—¿Te gustan las rosas? —le preguntó, ofreciéndole la flor.
Boo sacudió la cabeza y empujó con el morro su mano libre, exigiendo más atención.
—Adoro a este gato.
—Y él la adora a usted —dijo Fritz, después vaciló—. Ama, si pudiera...
—¿Qué sucede?
—El amo Phury está abajo en la oficina del centro de entrenamiento, y creo que le vendría bien algo de compañía. Tal vez usted podría...
El gato dejó escapar un sonoro maullido, trotó en dirección a la escalera principal, y meneó la cola. Parecía como si, de haber tenido brazos y piernas, hubiera estado señalando abajo hacia el vestíbulo.
El mayordomo rió.
—Creo que su señoría Boo está de acuerdo.
El gato maulló otra vez.
Cormia apretó el tallo de la rosa mientras se enderezaba. Quizás fuera una buena idea. Debía decirle al Primale que se marchaba.
—Me gustaría ver a Su Gracia, ¿pero estás seguro de que ahora es...?
—¡Bien, bien! La llevaré ante él.
El mayordomo fue trotando hacia la salita y volvió un segundo después. Cuando regresó, su paso era elástico y tenía el rostro encendido, como si estuviera haciendo un trabajo del que realmente disfrutaba.
—Vamos. Bajemos, ama.
Boo maulló de nuevo y abrió el camino escaleras abajo, a la izquierda, después se acercó a una puerta de paneles negros escondida en una esquina. El mayordomo introdujo un código en un teclado numérico y abrió lo que resultó ser un panel de acero de quince centímetros de grosor. Cormia siguió a Fritz bajando un par de escalones... y se encontró en un túnel que parecía extenderse eternamente en ambas direcciones.
Mirando a su alrededor, tiró de las solapas de su túnica cerrándolas más. Era extraño sentir claustrofobia en medio de un espacio tan grande, pero fue bruscamente consciente de que estaban bajo tierra y atrapados dentro.
—Por cierto, el código es 1914 —dijo el mayordomo mientras los encerraba a todos dentro y comprobaba que la cerradura estuviera debidamente asegurada—. Ese sería el año en que la casa fue construida. Sólo tiene que introducirlo aquí en estos paneles para atravesar cualquier puerta a lo largo del camino. Y todo está monitorizado por un sistema de seguridad. Hay cámaras —señaló al techo— y otros aparatos de monitorización. Aquí está tan a salvo como lo estaría en los jardines o en la propia casa.
—Gracias —sonrió—. Me estaba empezando a sentir... un poco nerviosa.
—Eso es perfectamente comprensible, ama —Boo se frotó contra ella como si le estuviera cogiendo la mano y dándole un pequeño apretón tranquilizador.
—Por aquí. —El mayordomo caminaba arrastrando los pies pero el arrugado rostro estaba radiante—. Al amo Phury le encantará verla.
Cormia aferró su rosa y lo siguió. Mientras caminaba, trató de idear la despedida apropiada en su mente, y se dio cuenta que se sentía un poco desgarrada.
En un principio había luchado contra este destino suyo, luchado en contra de ser la Primera Compañera. Y no obstante, ahora, cuando estaba logrando lo que había querido, lamentaba la pérdida que venía con su relativa libertad.

Arriba en el pasillo de las estatuas, John abrió la segunda puerta después de la de su habitación y encendió la luz.
Qhuinn entró en el dormitorio con cuidado, como rezando para que no hubiera barro en las suelas de sus New Rocks.
—Bonita guarida.
Yo estoy en la puerta de al lado, gesticuló John.
Sus dos teléfonos sonaron al mismo tiempo, y el mensaje era de Phury: Quedan canceladas las clases de la semana próxima. Por más información sírvanse conectarse a la web segura.
John sacudió la cabeza. Clases canceladas. Clínica saqueada. Lash secuestrado... y probablemente torturado. Las consecuencias de lo que había ocurrido en el vestuario continuaban.
Malas noticias... las malas noticias estaban llegando en conjuntos más grandes que de tres en tres.
—Nada de clases, eh —murmuró Qhuinn mientras parecía que se concentraba un poco demasiado en dejar su mochila—. Para nadie.
Tenemos que encontrarnos con Blay, señaló John. No puedo creer que no haya enviado ni un mensaje desde que cayera la noche. ¿Quizás debiéramos ir hasta allí ahora?
Qhuinn se acercó a una de las ventanas que iban del suelo al techo y retiró los pesados cortinajes.
—No creo que vaya a querer verme en algún tiempo. Y sé que estás gesticulando un ¿por qué? a mis espaldas. Solo confía en mí. Va a necesitar algo de espacio.
John sacudió la cabeza y escribió un mensaje para Blay: ¿Nos vemos en el ZeroSum ya que no hay clases? Tengo noticias sobre mí y Q.
—Dirá que no puede ir. Asumiendo que le estés escribiendo que se reúna con nosotros.
Qhuinn miró sobre el hombro justo cuando el teléfono sonaba. El mensaje de Blay decía: Esta noche no puedo, ocupado con la familia. Te daré un toque.
John se metió el teléfono en el bolsillo. ¿Qué pasó?
—Nada. Todo... no sé...
El pesado golpe en la puerta era seguramente producido por un puño del tamaño de la cabeza de un macho.
—¿Sip? —gritó Qhuinn.
Wrath entró a zancadas en la habitación. El Rey parecía incluso más sombrío de lo que había estado antes, como si hubieran caído más malas noticias sobre el tejado de la Hermandad. Llevaba un maletín de metal negro y un amasijo de cuero en la mano.
Los alzó a ambos y miró duramente a Qhuinn.
—Supongo que no es necesario advertirte que no te hagas el listo con esto, ¿verdad?
—Ah, no... señor. ¿Pero qué son?
—Tus dos nuevas mejores amigas. —El Rey puso el maletín sobre la cama, accionó los dos cierres negros y levantó la tapa.
—¡Guau!
Guau, esbozó John con la boca.
—De nada.
Dentro, acurrucadas en un acolchado del color gris de los cartones de huevos, había un par de letales Heckler&Kock de cuarenta y cinco milímetros automáticas. Después de comprobar la recámara de una, Wrath agarró el arma negra por el cañón y se la ofreció a Qhuinn.
—V te va a tatuar una identificación en la Antigua Lengua. Si la mierda se pone crítica, la muestras y quienquiera que se enfrente a ti tendrá que vérselas conmigo. Fritz va a ordenar que te traigan suficiente munición como para hacer que un escuadrón de Marines sufra un caso grave de diarrea. —El Rey le lanzó a Qhuinn lo que resultó ser un arnés de pecho—. Nunca vayas desarmado cuando estés con él. Ni siquiera dentro de esta casa. ¿Nos entendemos? Así es como funciona.
Mientras Qhuinn sopesaba la pistola en su palma, John esperaba que su amigo hiciera alguna broma acerca de lo bueno que era tener grandezas. En vez de eso, dijo:
—Quiero libre acceso a la galería de tiro. Voy a querer ir allí abajo al menos tres veces por semana. Mínimo.
La boca de Wrath se alzó por una comisura.
—Le pondremos tu nombre a esa perra, ¿qué te parece eso?
John se sentía como un mirón de pie entre ellos dos y sin decir nada, pero estaba fascinado por el cambio producido en Qhuinn. Atrás quedaba la fachada bromista. Era todo responsabilidad, de repente más inquebrantable que sus ropas de tipo duro.
Qhuinn señaló a la puerta.
—¿Eso da a su dormitorio?
—Sip.
—Buenas noches, señoras.
Vishous entró en la habitación, y los ojos de Qhuinn no fueron los únicos que llamearon. El Hermano traía en las manos una pesada cadena de la cual colgaba una fina plaqueta, un par de alicates, y una caja con equipo para tatuar.
—Planta el culo, niño —dijo V.
—Vamos —Wrath señaló hacia la cama—. Hora de ser encadenado... ese colgante tiene impreso el emblema de John. También serás tatuado. Esto, como te dije, es de por vida.
Qhuinn se sentó sin decir palabra, y V se ubicó detrás de él, colocó la pesada carga alrededor de su garganta, y después cerró el eslabón abierto. El medallón quedó colgando justo por debajo de la clavícula.
—Se quita solo si mueres o te despiden —V golpeó a Qhuinn en el hombro—. Por cierto, si te despide, según las antiguas leyes, su carta de despido es una guillotina, ¿sabes? Así es como te quitaríamos la cadena. Sin embargo si te mueres naturalmente, rompemos uno de los eslabones. Ya que profanar un cadáver es algo de mal gusto. Ahora el tatuaje.
Qhuinn empezó a quitarse la camisa.
—Siempre he querido uno...
—Puedes dejarte eso puesto. —Mientras V abría su caja de tatuajes y sacaba una pistola de tatuar, Qhuinn se subió una manga hasta el hombro—. Nop, no necesito tu brazo tampoco.
Qhuinn frunció el ceño, mientras Vishous enchufó el cable y se puso dos guantes negros de látex que chasquearon cuando los soltó sobre la piel. Sobre la mesita, abrió un tarrito negro y uno rojo y uno más grande que contenía una solución transparente.
—Date la vuelta y mírame. —El Hermano sacó una tira de tela blanca y un pack estéril mientras Qhuinn giraba sus New Rocks y se ponía las manos sobre las rodillas—. Mira hacia arriba.
¿En el rostro? Pensó John cuando V limpió la parte alta de la mejilla izquierda de Qhuinn.
Qhuinn no se movió. Ni siquiera cuando le acercó la aguja zumbona. John intentó ver que estaba dibujando y no lo logró. Era extraño que se estuviera utilizando el color rojo. Había oído decir que el negro era el único color permitido...
Santa... mierda, pensó John cuando V se apartó.
Era una sola lágrima roja perfilada de negro.
Wrath habló.
—Simboliza que estás dispuesto a derramar tu propia sangre por John. También permite que todo el mundo sepa, sin lugar a dudas, cual es tu posición. Si John muere, será rellenada de tinta negra, significando que serviste honorablemente a alguien de influencia. Si no fue así, será marcada con una X para demostrar tu vergüenza ante la raza.
Qhuinn se puso de pie y fue a mirarse al espejo.
—Me gusta.
—Pues qué bien —dijo V secamente mientras se le acercaba y aplicaba un poco de ungüento transparente sobre la tinta.
—¿Puedes hacerme otro?
V miró a Wrath, después se encogió de hombros.
—¿Qué quieres?
Qhuinn se señaló la nuca.
—Quiero «18 de agosto, 2008», en la Antigua Lengua, aquí. Y que no sea pequeño.
La fecha de hoy, pensó John.
V asintió.
—Ok. Puedo hacer esa mierda. Sin embargo tendrá que ser en negro. Ese rojo es solo para ocasiones especiales.
—Sí. Está bien. —Qhuinn volvió a la cama y se giró de espaldas para quedar sentado cruzado de piernas al borde del colchón. Inclinando la cabeza, le mostró la nuca—. Y pon los números en letras, por favor.
—Va a ser grande.
—Sip.
V rió.
—Me caes bien, de veras. Ahora sujeta la cadena y déjame hacer mi trabajo.
Fue relativamente rápido, el silbido de la pistola de tinta fluctuaba como el motor de un coche, acelerando y aflojando, acelerando y aflojando. V añadió un bonito arabesco artístico debajo de las letras, después lo rodeó todo, de forma que el tatuaje pareciera una fantástica placa.
Esta vez, John estaba de pie detrás de V y observó todo el asunto. Las tres líneas de texto eran magníficas, y dado lo larga que era la nuca de Qhuinn y lo corto que tenía el cabello, siempre se verían.
John deseó uno. ¿Pero qué se haría?
—Eres de fiar —dijo V mientras limpiaba la piel con la una vez blanca tela, que ahora estaba cubierta de manchas.
—Gracias —dijo Qhuinn mientras V le aplicaba más de ese ungüento, la tinta fresca resaltaba vívidamente contra su piel dorada—. Muchas gracias.
—No lo has visto aún. Por lo que sabes podría haberte tatuado «imbécil» ahí detrás.
—Nah. Nunca dudaría de ti —dijo Qhuinn, sonriéndole ampliamente al Hermano.
Vishous sonrió un poco, en su duro rostro tatuado se podía ver aprobación.
—Sí, bueno, no eres de los que se sobresaltan. Los que se sobresaltan están jodidos. Los firmes consiguen los mejores tatuajes.
V chocó la mano con el tipo, después recogió sus cosas y salió mientras Qhuinn iba al baño y usaba el espejo de mano para ver el trabajo.
Es hermoso, dijo John por señas a su espalda. Realmente hermoso.
—Es exactamente lo que quería —murmuró Qhuinn mientras miraba la tinta que cubría toda la parte de atrás de su cuello.
Cuando los dos volvieron a la habitación, Wrath se metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón, sacó un juego de llaves de coche, y se las dio a Qhuinn.
—Estas son del Mercedes. A cualquier parte que vayas a ir con él, vas en ese coche hasta que podamos conseguirte otras ruedas. Es a prueba de balas, y más rápido que cualquier otra cosa en carretera.
—¿Y puedo llevarlo al ZeroSum?
—No es un prisionero.
John estampó el pie contra el suelo y gesticuló: Tampoco soy un mariquita.
Wrath ladró una risa.
—Nunca dije que lo fueras. John, dale las contraseñas de todas las puertas, del túnel y la verja.
—¿Y qué hay de las clases? —preguntó Qhuinn—. Cuando empiecen de nuevo, ¿permanezco junto a John de cualquier modo, incluso aunque me hayan expulsado?
Wrath se dirigió hacia la puerta y se detuvo antes de salir.
—Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él. El futuro es jodidamente incierto. Como de costumbre.
Después de que el Rey se marchara, John pensó en Blay. Realmente debería haber estado con ellos durante todo este asunto.
Me gustaría ir al ZeroSum, dijo por señas.
—¿Por qué? ¿Porque piensas que Blay va a ir allí? —Qhuinn se acercó al maletín y cargó la otra arma, el cargador quedó embutido en su lugar con un susurro y un chasquido.
Debes decirme qué está pasando. Ahora.
Qhuinn se puso la pistolera y se enfundó las armas bajo las axilas. Tenía un aspecto... poderoso. Mortífero. Con el cabello negro corto, esos piercings en la oreja y el tatuaje bajo el ojo azul, si John no lo hubiera conocido, habría jurado que estaba frente a un Hermano.
¿Qué pasó entre Blay y tú?
—Corté con él y fui cruel al respecto.
Buen Dios... ¿Por qué?
—Yo iba camino de la cárcel por asesinato, ¿recuerdas? Se habría consumido vivo de preocupación por mí. Eso habría arruinado su vida. Pensé que era mejor que me odiara a que sintiera nostalgia el resto de sus días.
Sin ofender, pero ¿realmente eres tan importante para él?
Los ojos desiguales de Qhuinn taladraron los de John.
—Si. Lo soy. Y no hagas más preguntas al respecto.
John reconocía un límite cuando lo veía: informalmente hablando, acababa de toparse de golpe con una pared de cemento con alambre de espino alrededor.
Aún así quiero ir al ZeroSum, y aún así quiero darle la oportunidad de reunirse con nosotros.
Qhuinn sacó una chaqueta ligera de su bolsa y pareció recomponerse mientras se la ponía. Cuando se dio la vuelta, su característica sonrisa de listillo estaba de vuelta en su lugar.
—Tus deseos son órdenes, mi príncipe.
No me llames así.
Mientras se dirigía a la salida, John envió un mensaje de texto a Blay, esperando que finalmente apareciera. ¿Tal vez cedería si se le chinchaba lo suficiente?
—¿Entonces como debo llamarte? —dijo Qhuinn mientras se le adelantaba de un salto para abrir la puerta con una floritura—. ¿Prefieres «mi soberano»?
Dame un respiro, ¿quieres?
—¿Qué tal el viejo y querido «Amo»? —Cuando John simplemente le fulminó con una mirada por encima del hombro, Qhuinn se encogió de hombros—. Está bien, seguiré con cabezón entonces. Pero es cosa tuya, yo te he dado opciones.

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