jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 31 32 33

Capítulo 31

Había dos cosas que a la glymera le gustaban por encima de todas las demás: una buena fiesta y un buen funeral.
Con la masacre de los padres de Lash, habían tenido ambos.
Phury se sentó frente al ordenador de la oficina del centro de entrenamiento, con un dolor de cabeza que se alojaba directamente sobre su globo ocular izquierdo. Sentía como si el hechicero estuviera pinchándole el nervio óptico con un picahielo.
De hecho, es un taladro, compañero, dijo el hechicero.
Claro, pensó Phury. Por supuesto que lo es.
¿Acaso eso es sarcasmo? dijo el hechicero. Ah, qué bien. Habías hecho planes para convertirte en un drogadicto y en una desilusión para tus hermanos, y ahora que has tenido éxito te vuelves descarado. Sabes, quizás debas empezar un seminario para otras personas. Algo así como: Phury, hijo de Ahgony y sus diez pasos para ser un completo y absoluto fracasado.
¿Pongo la máquina en funcionamiento? Déjame empezar con lo básico: nacer.
Phury plantó los codos, uno a cada lado del ordenador portátil y se frotó las sienes, tratando de permanecer en el mundo real en lugar de ir a parar al cementerio del hechicero.
La pantalla del ordenador que tenía frente a sí brillaba, y mientras la miraba fijamente, pensaba en toda la mierda que estaba llegando al correo electrónico general de la Hermandad. La glymera simplemente no había entendido. En el mensaje que les había enviado, informaba sobre los ataques e instaba a la aristocracia a que abandonara Caldwell y se resguardara en sus refugios. Había tenido mucho cuidado con la redacción, ya que no era su intención incitar al pánico, pero al parecer, no había imbuido a la noticia con el suficiente horror.
Aunque uno pensaría que el asesinato del leahdyre y su shellan en su propio hogar, bastaría para asustarlos.
Dios, la noche pasada la Sociedad Lessening había cobrado muchas vidas y esta noche… teniendo en cuenta las respuestas de la glymera, probablemente se perderían muchas más. Muy pronto.
Lash sabía donde vivían todas las familias de la aristocracia de la ciudad, así que existía una gran posibilidad de que una parte muy significativa de la aristocracia estuviera en peligro. Además el pobre chico tampoco tenía por qué haberles dado todas las direcciones bajo coacción. Si los lessers accedían solo a un par de esas casas, encontrarían pistas que los llevarían a muchas otras, como libretas de direcciones, invitaciones a fiestas y calendarios de reuniones. La fuga de información por parte de Lash iba a ser igual a un terremoto que golpeaba una falla tectónica, haría volar todo el paisaje.
¿Pero había tomado la glymera medidas inteligentes contra esa amenaza? No.
Según el correo que acababa de recibir de parte del Consejo de Princeps, los idiotas no iban a ir a ningún lugar seguro. En cambio, debían condolerse por la «dolorosa perdida de un macho de buena situación y de una hembra de valor» dando una fiesta.
Sin lugar a dudas, tenían la intención de emprender una lucha de poderes para decidir quién iba a ser el próximo leahdyre.
¿Y para terminar? El tipo había hilvanado una pequeña cantinela donde decía que el Consejo de Princeps sería el que cobraría la deuda que se le debía a la familia de Lash como resultado de las acciones de Qhuinn.
Bueno, mira si eso no era la imagen de la generosidad. No se trataba de que quisieran quedarse con el dinero para… digamos… hacer una celebración cuando nombraran al nuevo leahdyre. Oh, infiernos, no. Ellos estaban «salvaguardando el importante precedente de asegurar que las malas acciones siempre eran castigadas».
Seguramente lo eran.
Gracias a Dios Qhuinn se había liberado de ellos, aunque fue algo sorprendente que Wrath nombrara al chico ahstrux nohtrum de John. Fue una jugada intrépida, sobre todo porque lo había hecho con retroactividad. ¿Y todo eso había pasado sólo porque Qhuinn había detenido una lucha de forma inapropiada? Seguramente había sucedido algo más en esas duchas, algo que estaba manteniéndose en secreto. De otra forma no tendría ningún sentido.
La glymera se iba a enterar que Wrath estaba protegiendo a Qhuinn, y en algún momento iban a reprocharle ese nombramiento al Rey. De todas formas, Phury estaba contento con la forma en que se habían dado las cosas. John, Blay y Qhuinn habían sido la crema y nata de la cosecha de estudiantes, y Lash… bueno, Lash siempre había sido un problema.
Qhuinn podía tener los ojos dispares, pero Lash era quien tenía el defecto. Siempre había habido algo malo en ese chico.
El ordenador emitió un sonido para indicar que otro correo electrónico había ingresado en el buzón de entrada de la Hermandad. Esta vez era de la mano derecha del último leahdyre. Y hete aquí, que el tipo propugnaba una «postura firme contra lo que había sido una serie de trágicas pérdidas, pero que en definitiva sólo era una amenaza insignificante para la seguridad de nuestros hogares. Es mejor que en este momento nos reunamos y hagamos los rituales de luto apropiados para nuestros amados desaparecidos…»
Bueno, hablando de cosas estúpidas. Cualquiera que tuviera medio cerebro empacaría su juego de maletas Louis Vuitton y abandonaría rápidamente la ciudad hasta que pasara la tormenta. Pero no, ellos preferían sacar sus polainas y sus guantes para pretender que estaban en una película de Merchant Ivory , con toda la ropa negra y las expresiones ceremoniales de condolencia. Hasta podía escuchar los falsos y elaborados saludos de condolencias, que rebotarían de aquí para allá mientras los doggens uniformados les repartían bollos con salsa de setas y se iniciaba una educada lucha por el control político.
Sólo esperaba que recobraran la razón, porque incluso aunque fueran un fastidio, no quería que despertaran muertos, por así decirlo. Wrath podía tratar de ordenarles que salieran de Caldwell, pero lo más probable era que eso les hiciera hundir los talones en tierra aún más vehementemente. El Rey y la aristocracia no eran amigos. Infiernos, apenas si eran aliados.
Llegó otro correo electrónico, y sólo era más de lo mismo. Nos quedaremos y haremos una fiesta.
Por Dios, necesitaba un porro.
Y necesitaba…
La puerta del armario se abrió, y Cormia salió del pasadizo secreto que llevaba al túnel. Tenía una rosa color lavanda en su elegante mano y una expresión de distinguida circunspección en el rostro.
—¿Cormia? —dijo, sintiéndose ridículo. Cómo si hubiera cambiado su nombre a Trixie o a Irene en algún momento del día—. ¿Pasa algo malo?
—No tenía intención de molestarte. Fritz sugirió… —Se volvió como si esperara que el mayordomo estuviera detrás de ella—. Ah… me trajo aquí.
Phury se puso de pie, pensando en que ésta podría ser la retribución del mayordomo por su interrupción intempestiva de la noche anterior. ¿Y acaso eso no convertiría al doggen en un héroe?
—Me alegra.
Bueno, quizá alegre no era exactamente la palabra adecuada. Desgraciadamente, su impulso de fumar fue remplazado con la urgente necesidad de hacer algo más con la boca. Aunque la acción de chupar todavía seguía siendo parte del asunto.
Otro correo electrónico llegó, y el portátil hizo su anuncio. Ambos miraron al ordenador.
—Si estas ocupado, puedo irme…
—No lo estoy. —La glymera era como una pared de ladrillos y considerando que ya tenía dolor de cabeza, no había ninguna razón para seguir golpeándose el cerebro contra su obstinación. Aunque fuera trágico, no había nada que pudiera hacer hasta que el siguiente hecho terrible sucediera y nuevamente enviara un correo…
Aunque no sería él el que lo enviara, ¿cierto? Había estado al frente del teclado solo porque todos los demás tenían las manos ocupadas con las dagas.
—¿Cómo estás? —le preguntó, para callarse a sí mismo. Y porque su respuesta le importaba.
Cormia le echó un vistazo a la oficina.
—Nunca me hubiera imaginado que esto estaba aquí abajo.
—¿Te gustaría dar una vuelta por el lugar?
Ella dudó y adelantó la perfecta rosa lavanda… la cual era del mismo color que la pulsera que John Matthew le había regalado.
—Creo que mi flor necesita agua.
—Puedo arreglar eso. —Queriendo darle algo, lo que fuera, extendió la mano hacia un paquete de veinticuatro botellas de Poland Spring y sacó una. Abriendo el tapón, tomó un trago para bajar el nivel y la puso sobre el escritorio.
—Creo que esto será suficiente para mantenerla contenta.
Observó las manos de Cormia mientras colocaba la rosa en el jarrón provisional. Eran tan encantadoras y pálidas y… realmente necesitaba que las deslizara sobre su piel.
Sobre todo su cuerpo.
Cuando Phury se puso de pie, antes de rodear el escritorio, se sacó la camisa de dentro de los pantalones cuidando que los faldones cubrieran el frente. Odiaba desarreglarse la ropa, pero era mejor verse poco atractivo que arriesgarse a que ella se diera cuenta que estaba excitado.
Y lo estaba. Totalmente. Tenía el presentimiento de que siempre iba a ser así cuando estuviera con ella. Algo en el hecho de haberse corrido en su mano la noche anterior lo había cambiado todo.
Mantuvo abierta la puerta que daba al pasillo.
—Ven a conocer nuestro centro de entrenamiento.
Lo siguió fuera de la oficina y él la guió por los alrededores, describiéndole las cosas que hacían en el gimnasio, la sala de equipamiento, la sala de primeros auxilios y fisioterapia y el campo de tiro. Se mostraba interesada pero muy silenciosa, y tenía el presentimiento de que quería decirle algo.
Y podía adivinar de qué se trataba.
Iba a regresar al Otro Lado.
Se detuvo en la puerta del vestuario.
—Aquí es donde los muchachos se bañan y se cambian de ropa. Las aulas están más allá.
Cristo, no quería que se fuera. ¿Pero qué demonios esperaba que hiciera? La había dejado sin nada que hacer aquí.
Tú eres quien no tiene nada que hacer aquí, le señaló el hechicero.
—Vamos, déjame mostrarte uno de los salones de clase —dijo para seguir con el itinerario.
La llevó al aula que él usaba, sintiendo un curioso orgullo al mostrarle el lugar en donde trabajaba.
En donde había trabajado.
—¿Qué es todo esto? —preguntó, mientras señalaba la pizarra cubierta de figuras.
—Oh… si… —Se le adelantó y tomó un borrador de fieltro, pasándolo rápidamente sobre un análisis que describía a las posibles víctimas si una bomba detonaba en el centro de la ciudad de Caldwell.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho, pero era más bien como si estuviera conteniéndose que haciendo un gran gesto defensivo.
—¿Piensas que no sé a qué se dedica la Hermandad?
—Eso no significa que quiera recordártelo.
—¿Vas a regresar a la Hermandad?
Él se paralizó y pensó: Bella tiene que habérselo dicho.
—No sabía que te habías enterado que estaba fuera.
—Lo siento, no es algo de mi incumbencia…
—No, está bien… y, bueno, creo que mis días como guerrero han terminado. —La miró por encima del hombro y se estremeció por lo perfecta que se veía, con el trasero apoyado contra una de las mesas de los estudiantes y los brazos entrelazados—. Hey… ¿te molestaría que te dibujara?
Se sonrojó.
—Supongo que… bueno, si lo deseas. ¿Debo hacer algo?
—Sólo quédate donde estás. —Se volvió para poner el borrador en el pequeño estante de la pizarra y tomó un pedazo de tiza—. En realidad... ¿podrías soltarte el cabello?
Como no le contestó, miró hacia atrás y se sorprendió al encontrarla con las manos sobre su cabello, intentando quitarse los pasadores dorados. Uno por uno, los mechones de rizos rubios se soltaron y cayeron enmarcándole el rostro, el cuello y los hombros.
Incluso bajo las poco favorecedoras luces fluorescentes del aula, lucía radiante.
—Siéntate en la mesa —dijo con voz ronca—. Por favor.
Hizo lo que le pidió y cruzó las piernas… y, Santo infierno, la túnica se abrió, separándose generosamente hasta la altura del muslo. Cuando trató de cerrársela, él susurró:
—Déjala así.
Dejó las manos quietas, y luego las llevó hacia atrás y las apoyó sobre la mesa para soportar el peso de su cuerpo.
—¿Así está bien?
—No. Te. Muevas.
Phury se tomó su tiempo para dibujarla, la tiza se convirtió en sus manos al recorrerle cuerpo, demorándose en su cuello, la hinchazón de sus pechos, la curva de su cadera y la larga extensión de sus suaves piernas. Le hizo el amor mientras transfería su imagen hacia la pizarra, el roce de la tiza producía un ruido áspero.
O quizá era su propia respiración.
—Eres muy bueno —dijo ella, en un momento dado.
Tenía los ojos demasiado ocupados y hambrientos como para contestarle, y él estaba demasiado preocupado con lo que estaba imaginando que le haría cuando terminara.
Después de una eternidad que duró sólo un instante, dio un paso atrás para evaluar su obra. La perfección. Era ella, pero más… aunque había un tono sexual subyacente en la composición que incluso ella tuvo que haber notado. No quería conmocionarla, pero no hubiera cambiado ese aspecto de su obra. Estaba en cada línea de su cuerpo, en su pose y en su rostro. Era el ideal sexual femenino. Al menos para él.
—He terminado —dijo tempestuosamente.
—¿Esa… soy yo?
—Así es como yo te veo.
Hubo un largo silencio. Entonces dijo un poco asombrada:
—Crees que soy hermosa.
Él siguió con el dedo las líneas que había dibujado.
—Sí, lo creo. —El silencio que siguió amplió la distancia que había entre ellos, haciéndolo sentir un poco tonto—. Bueno, ahora… —dijo —. No podemos dejar esto aquí…
—¡Por favor! ¡No! —dijo, extendiendo la mano—. Déjame mirarme un poco más. Por favor.
De acuerdo. Muy bien. Todo lo que ella deseara. Demonios, a esas alturas, ella podría haberle ordenado a su corazón que dejara de latir, y la cosa habría acatado su orden alegremente. Se había convertido en su torre de control, en la dueña de su cuerpo, y cualquier cosa que le pidiera que hiciera dijera o consiguiera, lo haría. Sin preguntas. Sin importar los medios que tuviera que usar para lograrlo.
En el fondo de su mente, sabía que todo eso era característico en un macho emparejado: tu hembra ordenaba y tú obedecías. Excepto que también sabía que no podía haberse vinculado con ella. ¿Verdad?
—Es tan hermoso —dijo, con los ojos verdes fijos en la pizarra.
Se volvió para enfrentarla.
—Esa eres tú, Cormia. Tú eres así.
Sus ojos se iluminaron, y entonces como si se sintiera incómoda, se llevó las manos hacia la abertura de la túnica y la cerró.
—Por favor, no —susurró, repitiendo sus palabras—. Déjame mirar un poco más. Por favor.
La tensión se elevó entre ellos, acorralándolos definitivamente.
—Lo siento —dijo, molesto consigo mismo—. No quise hacerte sentir…
Ella soltó la túnica, y ese delicioso tejido blanco se abrió con tal absoluta obediencia que sintió deseos de palmearle la cabeza y darle un hueso.
—Tu esencia es muy penetrante —dijo ella con voz profunda.
—Sí. —Soltó la tiza e inhaló, oliendo jazmines—. Igual que la tuya.
—Quieres besarme, ¿verdad?
Él asintió.
—Sí. Lo deseo.
—Te sacaste la camisa fuera del pantalón. ¿Por qué?
—Porque tengo una erección. Me excité en el mismo instante en que entraste a la oficina.
Ella siseó ante esas palabras, y deslizó la mirada por su cuerpo desde el pecho hasta las caderas. Cuando entreabrió los labios, él supo exactamente lo que estaba pensando: lo imaginaba corriéndose en su mano.
—Es increíble —dijo suavemente—. Cuando estoy contigo así, nada más me importa. Nada más que…
Caminó en su dirección.
—Lo sé.
Cuando se detuvo frente a ella, levantó la vista.
—¿Vas a besarme?
—Si me lo permites.
—No deberíamos —dijo, poniéndole las manos en el pecho. Pero sin embargo, no lo apartó. Aferró su camisa como si fuera un salvavidas—. No deberíamos hacerlo.
—Cierto. —Apartó un mechón de su cabello y se lo puso detrás de la oreja.
Su desesperación de entrar en ella de alguna manera, de cualquier manera, hizo que su lóbulo frontal sufriera un cortocircuito. Al estar de pie frente a ella lo invadió un sentimiento que nacía de su naturaleza más primordial, de los instintos más básicos de un macho.
—Pero esto puede ser algo personal, Cormia. Algo que sólo se trate de ti y de mí.
—Personal… me gusta lo personal. —Levantó la barbilla, ofreciéndole lo que él deseaba.
—A mi también —gruñó, mientras se ponía de rodillas.
Ella pareció un poco desconcertada.
—Creí que querías besarme…
—Y así es. —Deslizó las palmas de las manos alrededor de sus tobillos y le acarició las pantorrillas—. Me muero por besarte.
—Pero entonces por qué…
Le descruzó suavemente las piernas y bendijo el corazón de esa maldita túnica, que se había abierto deslizándose completamente a los lados, para revelarle todo: sus caderas, sus muslos y la pequeña abertura que tanto necesitaba.
Phury se lamió los labios mientras deslizaba las manos por el interior de sus piernas, separándolas lenta e inexorablemente. Con un suspiro erótico, ella se reclinó hacia atrás para darle espacio, afirmándole de esa forma que estaba de acuerdo con lo que estaba ocurriendo, tan preparada para ello como él lo estaba.
—Reclínate hacia atrás —le dijo—. Reclínate y acuéstate.
Oh, mierda… para él era suave como la crema, dejándose caer hacia atrás hasta que estuvo completamente acostada sobre la mesa.
—¿Así?
—Sí… exactamente así.
Con la palma de la mano le recorrió la parte trasera de una de sus piernas y le extendió el pie para apoyárselo en el hombro. Los besos comenzaron en la pantorrilla, y seguían el camino que iban abriendo sus manos, que iban subiendo cada vez más y más. Se detuvo en la mitad del muslo y la volvió a mirar para ver si estaba verdaderamente de acuerdo. Estaba observándolo con los ojos verdes enormemente abiertos, los dedos sobre los labios, y la respiración jadeante.
—¿Estás de acuerdo con esto? —preguntó con un tono de voz bajo y ronco—. Porque una vez que empiece, me será muy difícil detenerme, y no quiero asustarte.
—¿Qué me vas a hacer?
—Lo mismo que me hiciste anoche con la mano. Salvo que yo voy a utilizar la boca.
Ella gimió y puso los ojos en blanco.
—Oh, querida Virgen Escriba…
—¿Eso es un sí?
—Sí.
Él extendió la mano hacia arriba hasta alcanzar el lazo de su túnica.
—Voy a cuidar de ti. Confía en mí.
Y, mierda, sí, sabía que lo haría. Una parte de él sabía con absoluta certeza que le iba a dar placer, aunque nunca hubiera hecho eso antes.
Él desató el lazo y abrió la túnica.
Su cuerpo le fue revelado, desde sus pechos firmes y erguidos hasta la plana extensión de su estómago y los adorables labios pálidos de su sexo. Cuando bajó la mano para ponerla sobre el montículo de su sexo, se convirtió en el dibujo que él había hecho el día anterior, era toda sexualidad, femenina y poderosa… pero esta vez era real en carne y hueso.
—Jesús… Bendito. —Sus colmillos le pincharon el interior de la boca, recordándole que ya hacía un tiempo que no se alimentaba. Cuando un ruido surgió de su garganta que era una exigencia y una súplica a la vez, no podía estar seguro de qué parte del gemido era provocada por el deseo de su sexo y que parte era provocada por el deseo de su sangre.
¿Aunque realmente era tan importante separarlas?
—Cormia… Te necesito.
La forma en que ella separó las piernas fue un regalo como ninguno que hubiera recibido empaquetado y etiquetado para él: cuando se abrió un poco más, pudo vislumbrar el centro color rosa que estaba anhelando. Ya estaba húmedamente brillante.
Y él iba a incrementar esa humedad.
Con un gruñido, se abalanzó y puso la boca sobre ella, dirigiéndose directamente hacia el corazón de su cuerpo.
Ambos gritaron. Mientras las manos de ella se enterraban en su cabello, él le agarró los muslos con fuerza y se internó aún más profundamente. La sentía tan cálida contra sus labios, ardiente y mojada, y la hizo poner más ardiente y más mojada dándole besos franceses a su sexo. Cuando gimió, el instinto se apoderó de ambos, pavimentando el camino para que él la lamiera y ella hiciera girar las caderas.
Dios, los sonidos eran increíbles.
Pero saborearla era mucho mejor.
Cuando miró por encima de su estómago hacia sus pechos, tuvo la imperiosa necesidad de tomar sus pequeños pezones. Extendiendo la mano, se los pellizcó suavemente y luego los acarició con los pulgares.
La forma en la que se arqueó lo llevó casi al punto del orgasmo. Simplemente era demasiado.
—Mueve las caderas más rápido —dijo—. Por favor… Dios, mueve tus caderas contra mí.
Cuando su pelvis empezó a mecerse, extendió su lengua y dejó que ella se la montara de la forma que quisiera, que usara su carne para darse placer a sí misma. Pero sin embargo, no duró mucho tiempo de esa forma. Necesitaba estar aún más cerca. Atrapando sus caderas con las manos, presionó el rostro desde la barbilla hasta la nariz contra ella, y se convirtió en todo lo que saboreaba, olía y conocía.
Y entonces llegó el momento de ponerse realmente serio.
Se desplazó hacia arriba y comenzó a dar golpecitos insistentes con la lengua en la parte superior de su sexo, sabiendo que estaba en el lugar correcto por los jadeantes sonidos que emitía. Cuando empezó a mover las caderas con creciente frenesí, se estiró para tomarle la mano y tranquilizarla. Se aferró a la palma que le ofreció con tanta fuerza, que le iba a dejar las marcas de sus uñas, y eso era absolutamente fantástico. Quería tener esas medias lunas sobre su espalda y también… sobre su trasero, cuando la penetrara.
Quería estar sobre toda ella, dentro de ella.
Él también quería dejarle sus marcas.
Cormia sabía que su cuerpo estaba haciendo exactamente lo mismo que había hecho el del Primale el día anterior. La tormenta que se estaba acumulando en su interior y la urgencia y el calor que rugían a través de su cuerpo le hicieron saber que estaba en el mismo lugar dónde él había estado.
En el borde.
El Primale se sentía enorme entre sus piernas, sus anchos hombros la abrían ampliamente. Su hermoso cabello multicolor estaba desparramado encima de los muslos, y su boca se deslizaba una y otra vez contra su núcleo, labios uniéndose a otros labios, su resbaladiza lengua contra los resbaladizos pliegues. Todo parecía tan glorioso, aterrador e inevitable… y la única razón de que no se sintiera completamente abrumada era el peso de la mano de él contra la suya.
Ese contacto era mejor que cualquier palabra de apoyo a muchos niveles… pero principalmente porque si él hubiera intentado hablarle, habría tenido que dejar de hacer lo que estaba haciendo y eso hubiera sido un crimen.
Justo cuando pensó que se fragmentaría en mil pedazos, una ola de energía estalló a lo largo de su cuerpo, impulsándola hacia arriba, hacia otro lugar mientras su cuerpo se agitaba rítmicamente. Con toda esa maravillosa tensión liberándose, la descarga fue tan satisfactoria que hizo saltar lágrimas de sus ojos, y gritó algo… o quizá no fue nada sólo una explosión de aliento.
Cuando terminó, el Primale levantó la cabeza, le dio una última y lenta caricia ascendente con la lengua antes de apartarse de su centro.
—¿Estás bien? —le preguntó, con una expresión salvaje en los ojos amarillos.
Ella abrió la boca para hablar. Pero como nada coherente salió de sus labios, asintió.
El Primale se lamió los labios de forma agradable y lenta, enseñando las puntas de sus colmillos… que se hicieron más pronunciados cuando le miró el cuello.
Inclinar la cabeza a un lado y ofrecerle su vena fue la cosa más natural del mundo.
—Toma de mí —le dijo.
Le brillaron los ojos y se irguió sobre su cuerpo, besándole el estómago, deteniéndose para lamerle concienzudamente uno de los pezones. Y luego sus colmillos se posaron sobre su garganta.
—¿Estás segura?
—Sí… oh, ¡DIOS!
El mordisco fue duro y profundo, y sucedió muy rápidamente… como había imaginado que sería. Él era un Hermano necesitado de aquello que los sustentaba a todos, y ella no era algo frágil que pudiera quebrarse. Ella dio y él lo tomó, y otra ola de tensión salvaje comenzó a crecer en su interior nuevamente.
Se removió sobre la mesa, y abrió las piernas.
—Tómame. Mientras haces eso… entra dentro de mí.
Sin dejar de succionar de su garganta, gruñó ferozmente y comenzó a desabrocharse los pantalones, la hebilla del cinturón resonó contra la mesa. Tiró bruscamente de ella hacia abajo, deslizó las manos detrás de sus rodillas, y le separó las piernas.
Sintió un ardiente y duro sondeo…
Pero entonces se detuvo.
La succión se convirtió en una suave lamida y luego en pequeños besos, hasta que se quedó absolutamente inmóvil salvo por su respiración. Ella todavía podía sentir el deseo sexual en su sangre, todavía podía oler su oscura esencia, aún podía sentir la necesidad que él tenía de su vena, pero no se movió aunque estaba dispuesta para su uso.
Lentamente le soltó las piernas, la encerró entre sus brazos, y hundió la cabeza en su hombro.
Ella lo abrazó dulcemente, y él equilibró el tremendo peso de sus músculos y huesos entre el suelo y la mesa para evitar aplastarla.
—¿Estás bien? —le dijo al oído.
Su cabeza se agitó adelante y atrás y se acercó un poco más a ella.
—Hay algo que debes saber.
—¿Qué te aflige? —dijo acariciándole el hombro—. Habla conmigo.
Le dijo algo que no entendió.
—¿Qué?
—Soy… virgen.



Capítulo 32

—¿Esta noche? —preguntó Xhex—. ¿Te irás al norte esta noche?
Rehv asintió y se inclinó para volver a revisar los planos de construcción del nuevo club. Los rollos de papel estaban estirados en el escritorio, los dibujos arquitectónicos azules preponderaban sobre cualquier otro trabajo de oficina.
Nop. Esto no era lo que quería. El flujo no era correcto… era demasiado abierto. Quería un esquema que estuviera lleno de pequeños lugares donde las personas pudieran desaparecer en las sombras. Quería una pista de baile, seguro, pero no una cuadrada. Quería algo inusual. Espeluznante. Eventualmente amenazador y muy elegante. Quería que el club fuera Edgar Allan Poe, Bram Stoker y Jack El Destripador, todo hecho en cromo niquelado y una gran cantidad de negro lustroso. Lo Victoriano encontrándose con lo Gótico.
La mierda que estaba mirando era como cualquier otro club en la ciudad.
Apartó los planos y miró su reloj.
—Debo irme.
Xhex se cruzó de brazos y se paró frente a la puerta del despacho.
—Y no, no lo harás —dijo él.
—Quiero ir.
—¿Estoy teniendo un desagradable déjà vu? ¿Porque no hicimos exactamente lo mismo anteanoche? ¿Así como otras cien veces? La respuesta es y siempre será no.
—¿Por qué? — siseó—. Nunca he entendido por qué. A Trez lo dejas ir.
—Trez es diferente. —Rehv se puso el abrigo de marta y abrió el cajón del escritorio. El nuevo par de Glock calibre cuarenta que acababa de comprar, encajaban perfectamente en la pistolera que se había puesto debajo del traje Bottega Veneta.
—Sé lo que haces. Con ella.
Rehv se quedó frío. Luego siguió deslizando las armas en las fundas.
—Por supuesto que lo sabes. Me reúno con ella. Le doy el dinero. Me voy.
—Eso no es todo lo que haces.
Él le mostró los colmillos.
—Sí. Lo es.
—No, no lo es. ¿Es eso lo que no quieres que vea?
Rehv apretó las muelas y la miró furioso desde la otra punta de la oficina.
—No hay nada que ver. Punto.
Xhex no retrocedía a menudo, pero en esta ocasión tuvo el buen sentido de no presionarlo más. Aún cuando en sus ojos la ira hervía a fuego lento, dijo:
—Los cambios en la agenda no son buenos. ¿Te dio algún motivo?
—No. —Él se dirigió a la puerta—. Pero sólo se trata de los negocios normales de siempre.
—Ese tipo de negocio no tiene nada de normal. Has olvidado eso.
Pensó en los años que hacía que venía soportando esa maldita basura y en que el futuro traería más de lo mismo.
—Estas muy equivocada acerca de la parte del olvido. Créeme.
—Dime algo. Si ella tratara de lastimarte, ¿dispararías a matar?
—Haré de cuenta que no me has hecho esa pregunta.
El tema de conversación en sí mismo era suficiente para hacerle querer salirse de su piel y enviar la mierda a la tintorería. La idea de que Xhex estuviera llamándole la atención sobre algo que él no quería contemplar demasiado detenidamente era absolutamente intolerable.
Además, a decir verdad, una parte de él amaba lo que hacía una vez al mes. Pero esa realidad era totalmente insoportable cuando estaba en el mundo en el que habitaba más frecuentemente, el mundo en que la Dopamina le permitía vivir, el mundo que era relativamente normal y saludable.
Esa pequeña porción de fealdad que habitaba en su corazón era algo que seguro como la mierda no compartiría con nadie.
Xhex se puso las manos en las caderas y levantó la barbilla, la clásica pose que adoptaba cada vez que discutían.
—Llámame cuando esté hecho.
—Siempre lo hago.
Juntó los planos del club, recogió su bolso, salió del despacho y entró en el callejón. Trez estaba esperándole en el Bentley, y cuando vio a Rehv, desocupó el asiento del conductor.
La voz profunda y melódica del moro apareció en la cabeza de Rehv. ESTARÉ ALLÍ EN CUESTIÓN DE MEDIA HORA PARA EXAMINAR LOS ALREDEDORES E INVESTIGAR LA CABAÑA.
—Bien.
DIME QUE ESTÁS SIN TRATAMIENTO.
Rehv palmeó al tipo en el hombro.
—Desde hace una hora. Y sí, tengo la antitoxina.
BIEN. CONDUCE CON CUIDADO, IDIOTA.
—No. Voy a apuntar hacia los camiones de carga y los ciervos errantes.
Trez cerró la puerta y dio un paso atrás. Cuando cruzó los brazos sobre su macizo pecho, esbozó una rara sonrisa, los blancos colmillos resplandecieron contra el oscuro y bello rostro. Por una fracción de segundo, los ojos centellearon con un brillante color verde olivina … que era el equivalente moro de un guiño.
Mientras salía Rehvenge, se sintió contento de que Trez lo respaldara. El moro y su hermano, iAm, tenían un saco de selectos trucos que desafiarían incluso a un symphath. Eran, después de todo, miembros de la realeza del s'Hisbe de las Sombras.
Rehv miró el reloj del Bentley. Debía encontrarse con la Princesa a la una de la madrugada. Considerando que tenía dos horas de viaje hacia el norte y que eran las once y cuarto, iba a tener que conducir como un murciélago salido del infierno.
Mientras salía, también pensó en Xhex. No quería saber cómo se había enterado de la parte del sexo… lo que si esperaba realmente era que ella continuara respetando sus deseos y que fuera tras él y se escondiera en las sombras para vigilarlo.
Odiaba que supiera que era utilizado igual que una puta.

Por un lado, Phury no podía creer que las palabras «soy virgen» hubiesen salido de su boca. Por otro, se alegraba de haberlas dicho.
Sin embargo, no tenía idea de qué pensaba Cormia. Guardaba un silencio de muerte.
Se echó hacia atrás lo suficiente para embutir su sexo de vuelta en los pantalones y cerrarlos, luego le enderezó la túnica, uniendo las dos mitades y cubriéndole el bello cuerpo.
En el silencio que se produjo entre ellos, comenzó a pasear de un lado a otro, yendo de la puerta a la pared más alejada y de regreso.
Los ojos de ella seguían cada uno de sus movimientos. Dios, ¿Qué demonios estaría pensando?
—Supongo que no debería tener importancia —dijo—. No sé por qué lo traje a colación.
—Cómo es posible… lo siento. Esa pregunta es muy inapropiada…
—No, no me importa explicarlo. —Hizo una pausa, no estando muy seguro acerca de si ella había leído acerca del pasado de Zsadist—. Hice un voto de celibato cuando era joven. Para hacerme más fuerte. Y me atuve a ello.
No del todo, compañero, intervino el hechicero. Cuéntale lo de la puta, ¿por qué no? Cuéntale sobre la prostituta que compraste en el ZeroSum, la que tomaste en un cuarto de baño y con la cual no pudiste terminar.
Qué típico de ti ser excepcional de una mala manera. El único virgen mancillado en el planeta.
Phury se detuvo delante del dibujo de la pizarra. Lo había echado todo a perder.
Tomando un pedazo de tiza, empezó por los pies, comenzando a dibujar las hojas de hiedra.
—¿Qué estás haciendo? —dijo ella—. Lo estas arruinando.
Ah, muchacha, respondió el hechicero. Por muy bueno que él sea dibujando, es mejor arruinando.
Antes que pasara mucho tiempo, el bellísimo dibujo de ella estaba cubierto por un manto de hojas de hiedra. Cuando hubo terminado, se alejó de la pizarra.
—Probé el sexo una vez. Y no resultó.
—¿Por qué no? —preguntó con voz tensa.
—No era conveniente. No fue una buena elección. Me detuve.
Hubo un momento de silencio y luego se oyó un sonido de algo restregándose contra otra cosa cuando ella se bajó de la mesa.
—Tal como pasó ahora conmigo.
Él se giró bruscamente.
—No, eso no es…
—Te detuviste, ¿verdad? Escogiste no seguir.
—Cormia, no es…
—¿Para quién te estás guardando? —Sus inteligentes ojos le provocaron un dolor del demonio cuando se fijaron en él—. ¿O la pregunta sería más del tipo «de qué»? ¿Es por la fantasía que tienes de Bella? ¿Es eso lo qué te detiene? Si lo es siento lástima por las Elegidas. Pero si te escudas en el celibato para conservarte aislado y a salvo, siento lástima por ti. Esa fortaleza tuya es solo un engaño.
Ella tenía razón. A la mierda con él, pero tenía tanta razón.
Cormia se recogió el cabello y mientras lo fijaba con horquillas en su lugar, lo contemplaba con la dignidad de una Reina
—Vuelvo al Santuario. Te deseo lo mejor.
Cuando se volvió para marcharse, él se le acercó.
—Cormia, espera…
Cuando intentó agarrarle el brazo, ella lo esquivó.
—¿Por qué debería esperar? ¿Qué va a cambiar precisamente? Nada. Ve y yace con las demás. Si puedes. Y si no puedes, debes renunciar para que otra persona pueda ser la fuerza que la raza necesita.
Dio un portazo tras ella.
De pie en el aula vacía, con la risa del hechicero tronando en los oídos, Phury cerró los ojos y sintió que el mundo se encogía a su alrededor hasta que su pasado, su presente y su futuro comenzaron a estrangularlo… Convirtiéndolo en una de las estatuas cubiertas de hiedra que habitaban en aquel desolado jardín familiar.
Esa fortaleza tuya es solo un engaño…
En el silencio que lo rodeaba, esas palabras se repetían en su mente, una y otra vez.





Capítulo 33

—Esto es sólo un club —dijo el hijo del Omega, con un tono de voz frustrado y molesto a la vez.
El señor D apagó el resollante motor del Focus y echó un vistazo.
—Sip. Y nosotros vamos a conseguirte lo que necesitas aquí.
Habían estado conduciendo sin rumbo durante bastante tiempo, porque el hijo del Omega no podía parar de vomitar. La última sesión de arcadas había sido aproximadamente cuarenta minutos antes, así que el señor D estaba bastante seguro de que las cosas se habían asentado algo. Era difícil saber si los vómitos eran por lo que el hijo había tenido que hacer o una consecuencia de su iniciación. De cualquier modo, el señor D había cuidado de él, en determinado momento hasta había sujetado la cabeza del hijo, ya que el tipo había estado demasiado débil para hacerlo por sí mismo.
El Screamer’s era el lugar adecuado para guarecerse. Incluso aunque el hijo del Mal no fuera capaz de comer o tener sexo, había una cosa que seguramente encontrarían allí: machos humanos borrachos que podían ser utilizados como sacos de arena.
A pesar de estar cansado y crispado como estaba, el hijo tenía poder en sus venas, poder que necesitaba ser liberado. El club y sus idiotas eran el arma. El hijo era la bala.
Y una pelea podría despertar cosas realmente buenas.
—Vamos, ahora —dijo el señor D, apeándose.
—Esto es una chorrada. —Las palabras deberían haber sonado rudas, pero el tono todavía era como el del tipo cuyo silo de grano está vacío.
—No lo es. —El señor D dio la vuelta, abrió la puerta del hijo, y le ayudó a salir—. Solo debes confiar en mí.
Cruzaron la calle hacia el club, y cuando el gorila que estaba a la cabeza de la fila para entrar le echó un vistazo al señor D, éste le deslizó al gran hombre uno de cincuenta, lo cual les hizo entrar.
—Sólo vamos a quedarnos un rato —dijo el señor D mientras lo llevaba hacia la barra a través de la multitud.
Un duro rap hacía vibrar todo el bar, y mientras las mujeres vestidas con trocitos de cuero desfilaban evaluando pollas, los hombres se medían con la mirada unos a otros.
Supo que había hecho bien cuando los ojos del hijo pusieron en la mira a un grupo de estudiantes que estaban aullando ruidosamente y sorbiendo salsa picante en vasos de Martini.
—Sip, sólo estamos tomándonos un pequeño respiro—dijo el señor D con satisfacción.
El camarero preguntó:
—¿Qué les traigo?
El señor D sonrió
—Nada para nosotros...
—Un disparo de Patrón —dijo el hijo.
Cuando el camarero se marchó, el señor D se inclinó hacia él.
—Ya no puedes comer. Tampoco puedes beber ni tener sexo.
Los pálidos ojos del hijo cayeron sobre él.
—¿Qué? ¿Me estás jodiendo?
—No, señor, esa es la forma...
—Si, si, a la mierda con eso. —Cuando llegó el vaso, el hijo le dijo al camarero—: Abre una cuenta.
Lash se bebió el tequila de un trago mientras miraba ferozmente al señor D.
Éste sacudió la cabeza y empezó a buscar el baño con la vista. Si, colega, cuando él había intentado el tema de la comida había acabado vomitando durante una hora seguida, y ¿no habían tenido bastante de aquello por esa noche?
—¿Dónde está el segundo? —aulló Lash al camarero.
El señor D giró la cabeza en derredor. El hijo del Omega estaba allí de pie, feliz como unas pascuas, tamborileando los dedos sobre la barra. Llegó el segundo trago. Luego el tercero.
Después de ordenar el cuarto, los pálidos ojos de Lash se deslizaron sobre él, con la agresividad brillando en ellos.
—Entonces, ¿Qué me decías acerca de no comer ni beber?
El señor D no podía decidir si estaba viendo una bomba a punto de estallar... o un milagro. Ningún lesser era capaz de tomar comida ni bebida después de la conversión. La sangre negra del Omega los nutría y era incompatible con todo lo demás. Todo lo que necesitaban para sobrevivir era un par de horas de descanso cada día.
—Supongo que tú eres diferente —dijo el señor D en un respetuoso tono de voz.
—Por supuesto que lo soy —murmuró el hijo, y ordenó una hamburguesa.
Mientras el tipo comía y bebía, podías ver como el color volvía a su rostro y la mirada vacía era sustituida por una de confianza. Y mientras miraba la hamburguesa, las patatas y todo aquel tequila bajar por la garganta de Lash, el señor D tuvo que preguntarse si el hijo palidecería como le ocurría al resto de los lessers. Obviamente las reglas generales no eran de aplicación aquí.
—¿Y que es esa mierda de no poder tener sexo? —dijo el hijo mientras se limpiaba la boca en una servilleta negra de papel.
—Somos impotentes. Ya sabes, no podemos levantar...
—Sé lo que significa, Profesor.
El hijo puso el ojo en una rubia de vida alegre que estaba sentada al final de la barra. El señor D nunca hubiera tenido las agallas suficientes como para ir tras una mujer de ese tipo, ni siquiera aunque hubiera sido capaz de tener una erección. Con su cuerpo digno de Playboy y su rostro de Reina del baile de graduación, la hubiera calificado como muy por encima de su liga. Para no mencionar que ella jamás se hubiera fijado en él.
Sin embargo ella sí que se fijó en el hijo, y la forma en que estaba mirando al tipo hizo que el señor D valorara a su nuevo jefe más cuidadosamente. Lash era un hijo de puta atractivo, demasiado en realidad, con el cabello rubio cortado al rape, el rostro cincelado y aquellos ojos grises. Y también tenía la clase de cuerpo que hace que las mujeres vayan a por él, grande y musculoso, su torso era un triangulo invertido asentado sobre sus caderas, preparado para toda clase de acción.
Al señor D se le ocurrió pensar que si estuvieran todavía en el colegio, estaría orgulloso de ser visto en compañía del hijo. Y probablemente en las salidas con el tipo de gente que frecuentara el hijo.
Pero esto no era el colegio, y Lash lo necesitaba. También lo sabía.
La chica al otro lado de la barra le sonrió al hijo, sacó la cereza de su bebida azul, y arremolinó la rosada lengua alrededor del cebo.
Casi podías imaginártela haciendo eso a un par de pelotas y el señor D tuvo que apartar la mirada. Oh, sí, se estaba ruborizando como si todavía fuera humano. Siempre se había ruborizado cuando se trataba de chicas.
El hijo saltó del taburete.
—Nada de comida. Nada de sexo. Si, seguro. Espera aquí cabrón.
Se dio la vuelta y se encaminó hacia la mujer.
Cuando el señor D se vio abandonado en la barra con un vaso vacío y un plato con manchas de ketchup y grasa, pensó que había hecho bien. Había querido que el hijo del Omega se distrajera pensando en otras cosas aparte de la masacre de sus padres vampiros... aunque había imaginado que la distracción sería una buena pelea a puñetazos.
En lugar de eso, el hijo tomó una deliciosa comidita y algo de alcohol. Y ahora iba a rematar las cosas apartando la experiencia de su mente a fuerza de embates sexuales.
Cuando el camarero preguntó si deseaba algo, el señor D hizo un gesto negativo con la cabeza. Era una maldita pena que ya no pudiera beber. Le había gustado su SoCo . Esa hamburguesa también le habría sabido bien. Había amado las hamburguesas, realmente.
—¿Tienes algo para mí, perro guardián?
El señor D miró en dirección a la voz. Un tipo grande, con sonrisa de asno y un ego del tamaño de un trailer se había inclinado sobre la barra y miraba al camarero. Bajo su chaqueta de cuero negra, que tenía una enorme águila bordada en la espalda, estaba vestido con vaqueros tres tallas demasiado grandes y botas de trabajo. Alrededor del cuello llevaba varias cadenas de diamantes, y tenía un ostentoso reloj.
El señor D no era un experto en joyas, pero tenía debilidad por los anillos de graduación. Era de oro amarillo, a diferencia del resto de sus chismes, y tenía una pálida piedra azul en el centro.
Al señor D le hubiera gustado graduarse en el instituto.
El camarero le respondió:
—Tengo algo, sí. —Señaló con la cabeza al grupo de tipos que hacía un rato habían cabreado al hijo—. Les dije a quien debían buscar.
—Bien. —El Gran Tipo sacó algo de su bolsillo y ambos se estrecharon las manos.
Dinero, pensó el señor D.
El Gran Tipo sonrió ampliamente y se enderezó la chaqueta de cuero, el anillo de graduación lanzó destellos azules. Se aproximó a los tipos desde el lateral, después giró como si estuviera mostrándoles la espalda de su chaqueta.
Hubo un silbido, griteríos y después un montón de manos se metieron en bolsillos y luego muchas palmas fueron estrechadas y hubo un poco más de manoseo de bolsillos.
Nada disimulado. Había otras personas mirando y era bastante obvio que no estaban intercambiando tarjetas de visita.
El señor D pensó que no iba a durar mucho en los negocios.
—¿Está seguro que no quiere nada? —le preguntó el camarero.
El señor D echó una mirada en dirección el baño donde Lash había metido a la rubia.
—Nah, gracias. Sólo estoy esperando a mi amigo.
El camarero sonrió burlonamente.
—Apostaría que va a tardar. Ella parecía de las que proporcionan una buena cabalgada.

En la planta alta, Cormia estaba en su dormitorio empaquetándolo todo... que no era mucho.
Mirando la pequeña pila de túnicas, libros de oraciones y quemadores de incienso que había reunido, profirió una palabrota al darse cuenta que se había dejado la rosa en el despacho. En fin, igual no habría podido llevársela al Santuario. Las únicas cosas de este lado que estaban permitidas allí eran las de importancia histórica.
En el sentido más amplio, por supuesto.
Miró hacia su más reciente —y última— construcción de palillos y guisantes.
Era tan hipócrita, criticando al Primale por buscar fortaleza en el aislamiento, cuando ¿Qué era lo que estaba haciendo ella? Dejar este mundo que la desafiaba tanto, con intención de solicitar una reclusión que sería incluso más rigurosa que la que había tenido antes como Elegida.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
El golpe en la puerta fue suave.
—¡Un momento! —gritó, intentando calmarse. Cuando finalmente fue a abrir la puerta, se le desorbitaron los ojos y tiró de las solapas de la túnica uniéndolas, para esconder la marca de mordisco que tenía en el cuello—. ¿Hermana mía?
La Elegida Layla estaba al otro lado, viéndose tan adorable como siempre.
—Saludos.
—Sí, saludos.
Intercambiaron prolongadas y profundas reverencias, que era lo más cercano a un abrazo que las Elegidas tenían permitido.
—¿Has debido venir? —preguntó Cormia mientras se enderezaban—. ¿Tienes que prestar servicio de sangre a los Hermanos Rhage y Vishous?
Era gracioso, ahora la formalidad de sus palabras le parecía extraña. Se había acostumbrado a una conversación más informal. Y se sentía más cómoda con ella.
—Ciertamente, estoy aquí para ver al hermano Rhage. —Hubo una pausa—. Y también esperaba preguntar por ti. ¿Puedo entrar?
—Claro, por supuesto. Por favor, valeos vos misma de mis dependencias.
Layla entró y con ella un incómodo silencio.
Ah, así que la noticia había llegado al Santuario, pensó Cormia. Todas las Elegidas sabían que había sido descartada como Primera Compañera.
—¿Qué es eso? —preguntó Layla, señalando la estructura que había en la esquina de la habitación.
—Oh, solo es una afición.
—¿Afición?
—Cuándo dispongo de tiempo libre, yo... —Bien, eso ciertamente era una admisión de culpabilidad. Si no tenía nada más que hacer debería emplear su tiempo rezando—. No importa...
Layla no evidenció ninguna condena ante la revelación ni en su expresión ni con palabras. Y no obstante su sola presencia era suficiente para que Cormia se sintiera culpable.
—Así que, hermana —dijo Cormia con súbita impaciencia—, ¿supongo que ya se han enterado que otra será elevada al cargo de Primera Compañera?
Layla se acercó a los palillos y los guisantes y con delicadeza recorrió una de las secciones con el dedo.
—¿Recuerdas cuando me encontraste escondida en la piscina de reflexión? Fue después que yo ayudara a John Matthew a pasar por su transición.
Cormia asintió, recordando como la Elegida había estado llorando en silencio.
—Estabas bastante alterada.
—Y tú fuiste muy amable conmigo. Te despedí, pero me sentí muy agradecida, y es ese espíritu el que me guió para... He venido aquí a devolverte la amabilidad que tú me brindaste. Las cargas que llevamos como Elegidas son pesadas y otras personas ajenas a nosotras no siempre las entienden. Quiero que sepas que, habiéndome sentido como tú te sientes ahora, en este momento soy tu hermana de corazón.
Cormia hizo una profunda reverencia.
—Estoy... conmovida.
Estaba un montón de otras cosas también. Sorprendida, para empezar, de que estuvieran hablando de ello. La franqueza no era habitual.
Layla volvió a mirar la construcción.
—No deseas volver al redil, ¿cierto?
Después de sopesar sus opciones, Cormia decidió confiarle a la Elegida una verdad que apenas admitía ante sí misma.
—Me entiendes bien.
—Algunas de nosotras han buscado otro camino. Han venido a pasar sus vidas en este lado. No hay deshonra en ello.
—No estoy segura de eso —dijo Cormia con sequedad—, la vergüenza es como la túnica que vestimos. Siempre con nosotras, siempre cubriéndonos.
—Pero si te despojas de la túnica, eres libre de las cargas y la elección es tuya.
—¿Estas tratando de darme un mensaje, Layla?
—Nah. A decir verdad, si vuelves al redil, de corazón te digo que serás bien recibida por tus hermanas. La Directrix dejó claro que no hay nada impropio en el cambio de Primeras Compañeras. El Primale te tiene en su más alta estima. Ella lo dijo.
Cormia empezó a pasear.
—Esa es la postura oficial, por supuesto. Pero con sinceridad... debes saber lo que piensan las demás en sus momentos de retiro. No hay más que dos explicaciones posibles. O el Primale me encontró deficiente o me negué a él. Ambas son inaceptables e igualmente atroces.
El silencio que siguió le dijo que había sacado la conclusión correcta.
Se detuvo frente a la ventana y miró hacia la piscina. No estaba segura de tener la fuerza para dejar a sus hermanas, pensó. Además ¿a qué otro lugar podría ir?
Mientras pensaba en el Santuario, se dijo que había pasado días agradables allí.
Momentos en los que había experimentado un sentimiento de propósito y en los que se había sentido nutrida por el hecho de ser parte integrante en la consecución de un bien mayor. Y si llegaba a convertirse en una escriba recluida, como tenía intención de ser, podía evitar el contacto con las demás por ciclos enteros.
Pensaba que la intimidad era una cosa grandiosa.
—¿Es verdad que no te interesas por el Primale? —preguntó Layla.
No.
—Si —Cormia sacudió la cabeza—. Quiero decir, me preocupo por él como debería. De la misma forma que tú. Me alegraré por quien se convierta en su nueva Primera Compañera.
Aparentemente, Layla no tenía un Mierdímetro como el de Bella, porque la mentira flotó en el aire y la Elegida no cuestionó ni una silaba de ella... sólo se inclinó en reconocimiento.
—Entonces ¿puedo preguntar algo? —dijo Layla mientras se enderezaba.
—Por supuesto, hermana.
—¿Te ha tratado bien?
—¿El Primale? Si. Ha sido muy atento.
Layla se aproximó a la cama y levantó uno de los libros de oraciones.
—Leí en su biografía que era un gran guerrero y que había salvado a su gemelo de un horrible destino.
—Es un gran guerrero. —Cormia miró hacia abajo, al jardín de rosas. Se imaginó que a esa altura todas las Elegidas habrían leído los volúmenes que trataban de él en la sección especial de la biblioteca sobre la Hermandad... y deseó haber hecho lo mismo antes de que él la hubiera traído aquí.
—¿Habla de eso? —preguntó Layla
—¿De qué?
—¿De cómo rescató a su gemelo, el Hermano Zsadist, de una esclavitud de sangre ilegal? Así fue como el Primale perdió la pierna.
La cabeza de Cormia giró de golpe.
—¿De verdad? ¿Eso fue lo que ocurrió?
—¿Él nunca te ha hablado de eso?
—No, no lo hizo. Es una persona muy reservada. Al menos conmigo.
La información fue una sorpresa, y pensó en lo que le había dicho, acerca de que amaba la fantasía de Bella. ¿Fue correcto de su parte hacerle eso al Primale? Sabía tan poco de su historia, tan poco de lo que lo había moldeado para llegar a ser el macho que era.
Ah, pero conocía su alma ¿no?
Y lo amaba por ello.
Hubo un golpe en la puerta. Cuando contestó, Fritz asomó la cabeza.
—Discúlpeme, pero el amo está listo para usted —le dijo a Layla.
Layla se pasó las manos por el cabello y después se alisó la túnica. Mientras Fritz salía de la habitación, Cormia pensó que la Elegida estaba tomándose especial cuidado con su...
Oh... no...
—¿Tu vas... vas a verlo? ¿Al Primale?
Layla hizo una reverencia.
—Voy a verlo ahora, si.
—No a Rhage.
—A él le serviré más tarde.
Cormia se puso rígida mientras una ola helada recorría su cuerpo. Pero por supuesto. Qué había esperado.
—Entonces será mejor que vayas.
Layla entrecerró los ojos, luego los abrió ampliamente.
—¿Hermana?
—Ve. Será mejor que no hagas esperar al Primale. —Se volvió hacia la ventana, sintiendo unas súbitas ganas de gritar.
—Cormia... —susurró su hermana—. Cormia, lo quieres. En verdad lo quieres profundamente.
—Nunca he dicho eso.
—No tienes que hacerlo. Está en tu expresión y en tu tono. Hermana mía, por qué nunca... ¿por qué te estás haciendo a un lado?
A Cormia se le encogió el estómago al imaginar al Primale con la cabeza entre los muslos de su hermana, su boca haciendo que Layla se arqueara de placer.
—Deseo que te vaya muy bien en la entrevista. Espero que elija bien y te elija a ti.
—¿Por qué te estás apartando?
—Fui apartada —dijo bruscamente—. La decisión no fue mía. Ahora, por favor no hagas esperar al Primale. Después de todo, Dios no lo permita, no podemos dejar que eso ocurra.
Layla palideció
—¿Dios?
Cormia agitó la mano atrás y adelante.
—Es solo una expresión que usan aquí, no una indicación de mi fe. Y ahora, por favor, vete.
Layla pareció necesitar un momento para componerse tras el desliz espiritual. Entonces su voz se volvió gentil.
—Ten por seguro que no me escogerá. Y quiero que sepas que si alguna vez necesitas…
—No lo haré. —Cormia se giró y se puso a mirar por la ventana con absoluta concentración.
Cuando la puerta finalmente se cerró, maldijo. Luego marchó a través de la habitación y pateó su obra haciéndola pedazos. Destrozó hasta el último pedazo, rompiendo cada uno de los pequeños y primorosos cubos hasta que el orden que había habido fue reducido a escombros en la alfombra.
Cuando no quedó nada más que destruir, sus lágrimas bautizaron el desastre, al igual que la sangre que manaba de las plantas de sus pies desnudos.

No hay comentarios: