jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 34 35 36

Capítulo 34

En el centro de la ciudad, en Screamer’s, Lash sacaba partido de uno de los baños privados.
Y no porque estuviera echando una buena y larga meada.
Estaba enterrado hasta las pelotas en esa rubia de la barra, follándola desde atrás mientras ella se apoyaba contra el lavabo. La falda negra de cuero estaba levantada hasta las caderas, el tanga negro apartado a un lado, el negro cuello en pico de su camiseta ampliamente abierto y sostenido de esa forma por sus pechos. Tenía una preciosa mariposita rosa tatuada en la cadera, y una cadena con un corazón alrededor de la garganta, y ambos se mecían con el ritmo de sus empujes.
Era divertido, especialmente porque, a pesar de su bravucona ropa de fulana, tenía la sensación de que ella estaba fuera de juego en éste tipo de sexo: no llevaba implantes, la barra de labios no era permanente y había intentado convencerlo de que usara un condón.
Justo antes de correrse, se salió, le dio la vuelta y la forzó a ponerse de rodillas. Rugió mientras tenía un orgasmo en su boca, pensando que esa pequeña mierda del señor D había estado en lo cierto: Esto era exactamente lo que necesitaba. Una sensación de dominio, una reconexión con lo que había sido normal para él.
Y el sexo seguía siendo bueno.
Tan pronto como terminó, se subió la cremallera, sin importarle si ella escupía o tragaba.
—¿Qué hay de mí? —preguntó ella, limpiándose la boca.
—¿Qué pasa contigo?
—¿Cómo?
Lash arqueó una ceja mientras se miraba el cabello en el espejo. Hmm... quizás debería dejárselo crecer otra vez. Se había hecho un corte militar completo tras su transición, pero le gustaba su anterior coleta. Tenía un cabello bonito.
Dios, el collar de perro de King se veía bien en él...
—¿Hola? —Exigió la chica.
Fastidiado, la miró por el espejo.
—Honestamente, no esperarás que me importe si terminas o no.
Por un momento, ella pareció confusa, como si la película que hubiera alquilado en el Blockbuster tuviera un DVD diferente dentro de la caja.
—¿Perdona?
—¿Qué parte es la que no has entendido?
La sorpresa hizo que ella parpadeara como un pez.
—Yo no… lo entiendo.
Si, evidentemente en su pantalla estaba proyectándose Debbie Does Dallas, y no Pretty Woman. Él paseó la mirada por el baño.
—Me permites traerte aquí, levantarte la falda y follarte. ¿Y te sorprende que no me importe? Exactamente, ¿qué creías que iba a ocurrir?
El resto de la excitación por Soy-una-buena-chica-haciendo-algo-malo desapareció de su expresión.
—No tienes que ser grosero.
—¿Por qué será que las putas como tú siempre se sorprenden?
—¿Putas? —La furia de la santurrona le distorsionó el rostro, llevándola del terreno de la belleza al de la Gorgona… y sin embargo haciendo que se viera de cierta forma más intrigante—. No me conoces.
—Sí lo hago. Eres una mujerzuela que permite que un tipo que no había visto nunca en su vida se le corra en la boca en un baño. Por favor. Tendría más respeto por una prostituta. Por lo menos se les paga con algo más que con semen.
—¡Eres un bastardo!
—Y tú me estás aburriendo. —Alargó una mano hacia el pomo.
Ella lo cogió por el brazo.
—Ten cuidado, imbécil. Puedo hacer que te pasen cosas malas en un instante. ¿Sabes quién es mi padre?
—¿Alguien que no cumplió con su deber de criarte adecuadamente?
Su palma libre le golpeó con fuerza en medio del rostro.
—Jódete.
OK, la pelea definitivamente la hacía verse más interesante.
Mientras los colmillos irrumpían en su boca, se preparó para morderle la garganta como si fuera un Twizzler recién salido del envoltorio. Salvo que alguien llamó a la puerta y le recordó que estaban en un lugar público y que ella era humana y la limpieza era siempre una putada.
—Te arrepentirás —le espetó ella.
—¿Oh, sí? —Se acercó a ella y le sorprendió que se mantuviera firme—. No puedes tocarme, niñita.
—Mírame.
—Ni siquiera sabes mi nombre.
Su sonrisa fue helada, añadiéndole años a su edad.
—Sé lo suficiente…
El golpeteo en la puerta empezó otra vez.
Antes que lo incordiara con otra bofetada y no pudiera evitar tomar represalias, Lash se escapó del baño, dejando una puya como despedida.
—Por qué no te bajas la falda, anda.
El tipo que había estado golpeando al otro lado le echó una mirada y dio un paso atrás.
—Lo siento hombre.
—No hay problema —dijo Lash, haciendo girar los ojos—. Probablemente has salvado la vida de esa zorra.
El humano se rió.
—Estúpidas rameras. No puedes vivir con ellas, no puedes matarlas. —La puerta del baño próximo se abrió y el tipo se dio la vuelta mostrando una enorme águila bordada en la parte trasera de su chaqueta de cuero.
—Bonito pájaro llevas ahí —dijo Lash.
—Gracias.
Lash volvió al bar y le hizo un gesto con la cabeza al señor D.
—Es hora de irnos. He terminado.
Tomó su cartera del bolsillo trasero… y se quedó helado. El monedero no era el suyo. Era el de su padre. Soltó rápidamente uno de cincuenta y después enterró la cosa en el lugar en el que había estado.
Él y el señor D dejaron el ruidoso y abarrotado club y cuando puso el pie en la acera de la calle Trade, tomó un largo y profundo aliento. Vivo. Se sintió totalmente vivo.
De camino hacia el Focus, Lash dijo:
—Dame tu teléfono. Y el número de cuatro auténticos asesinos.
El señor D le entregó el Nokia y recitó algunos números. Mientras Lash llamaba al primero y le daba al asesino una dirección en la parte rica de la ciudad, prácticamente podía oír las sospechas del bastardo… especialmente cuando el lesser le preguntó quién coño estaba llamándole desde el teléfono del señor D.
No sabían quién era él. Sus hombres no sabían quién era él.
Lash le devolvió el jodido teléfono al señor D y le ladró al Fore-lesser que diera su confirmación. Joder, no debería haberse sorprendido por ese asunto de la duda, pero esa mierda iba a cambiar. Iba a darles a sus tropas unos pocos sitios para atacar esa noche y así ganar algo de crédito, entonces la Sociedad Lessening iba a tener una reunión de venid-con-Jesús por la mañana.
Iban a seguirlo o a encontrarse con su hacedor. Punto final.
Después de que él y el señor D hicieron lo de pasarse el teléfono tres veces más, Lash dijo:
—Ahora llévame al veintiuno quince de Boone Lane.
—¿Quieres que llame a más hombres para que ataquen con nosotros?
—Para nuestra siguiente casa sí. Pero ésta es personal.
Su viejo y querido primo Qhuinn estaba a punto de comerse su propio culo para almorzar.

Tras cinco meses siendo el Primale, Phury se había acostumbrado a no sentirse cómodo. Todo el maldito asunto había sido un traje mal cortado tras otro, hasta formar un guardarropa completo de yo-no-quiero-hacer-esto.
Y entrevistar a Layla para el cargo de Primera Compañera le parecía especialmente mal.
Infernalmente equivocado.
Mientras esperaba por ella en la biblioteca, rogaba a Dios que no dejara caer su túnica como habían hecho las demás.
—¿Su Gracia?
Miró sobre su hombro. La Elegida permanecía de pie en la doble puerta abierta de la habitación, su blanca túnica cayendo al suelo en capas, su delgado cuerpo lleno de gracia real.
Ella hizo una profunda reverencia.
—Deseo que esté teniendo una agradable tarde.
—Gracias. Espero lo mismo para ti.
Mientras se incorporaba, sus ojos se encontraron. Eran verdes. Como los de Cormia.
Mierda. Necesitaba un porro.
—¿Te molesta si lo enciendo?
—Por supuesto que no. Aquí, déjeme darle fuego. —Antes que pudiera decirle que no se molestara, ella levantó un encendedor de cristal y se acercó a él.
Colocando el cigarro liado a mano entre sus labios, la detuvo cuando quitaba la tapa. Liberándola del peso, le dijo:
—No te preocupes. Puedo hacerlo.
—Por supuesto, Su Gracia.
El pedernal raspó y se elevó una llama amarilla, ella dio un paso atrás, sus ojos recorrieron la habitación.
—Me recuerda a mi hogar —murmuró ella.
—¿Cómo es eso?
—Por todos los libros. —Fue hacia los libros y tocó algunos lomos de cuero—. Amo los libros. Si no me hubieran entrenado como ehros, hubiera querido ser una escriba recluida.
Él pensó que parecía tan tranquila, y por alguna razón eso le hizo sentirse ansioso. Lo cual era una locura. Con las otras, se había sentido como una langosta en el pasillo de un restaurante de marisco. Con ella, eran sólo dos personas hablando.
—¿Puedo preguntarte algo? —preguntó mientras exhalaba.
—Por supuesto.
—¿Estás aquí por propia voluntad?
—Sí.
Su respuesta fue tan ecuánime, que pareció maquinal.
—¿Estás segura de eso?
—Durante mucho tiempo he querido servirle al Primale. Siempre me he mantenido firme respecto a ese deseo.
Parecía completamente sincera. Pero algo estaba mal. Y entonces se dio cuenta de lo que era.
—No crees que vaya a elegirte, verdad.
—No.
—¿Y eso por qué?
Ahora si demostró algún tipo de emoción, bajó la cabeza, subió las manos y entrelazó los dedos.
—Fui traída aquí para ayudar al Amo John Matthew a pasar por la transición. Y eso hice, pero él... se negó a mí.
—¿Cómo?
—Después de pasar el cambio, le lavé, pero él se negó a mí. He sido entrenada en el arte sexual y estaba preparada para satisfacerlo, pero él se negó.
Guau. Ok. DI
—¿Y crees que por eso no te voy a elegir?
—La Directrix insistió en que viniera a verlo, pero fue una muestra de respeto hacia usted, para darle la ocasión de elegir entre todas las Elegidas. Ni ella ni yo esperamos que me eleve al cargo de Primera Compañera.
—¿Dijo John Matthew por qué no... ? —Porque la mayoría de los machos están calientes como el infierno tras su cambio.
—Me fui cuando me lo pidió. Eso fue todo. —Levantó los ojos hacia los de Phury—. Verdaderamente el Amo John Matthew es un macho de valor. No está en su naturaleza dar detalles de las faltas de los demás.
—Estoy seguro que no fue por...
—Por favor. ¿Podemos dejar el tema, Su Gracia?
Phury exhaló una bocanada de humo con aroma a café.
—Fritz me dijo que estuviste arriba en la habitación de Cormia. ¿Qué estabas haciendo allí?
Hubo una larga pausa.
—Eso es algo entre hermanas. Por supuesto, se lo diré... si me ordena que lo haga.
No pudo evitar sentir aprobación por la tranquila reserva de su voz.
—No, está bien. —Se sintió tentado de preguntarle si Cormia estaba bien, pero sabía la respuesta. No lo estaba. No más de lo que lo estaba él.
—¿Le gustaría que me fuera? —preguntó Layla—. Sé que la Directrix tiene a dos de mis hermanas preparadas para usted. Están ansiosas por venir a saludarlo.
Justo como las otras dos que habían venido a verle la noche anterior. Excitadas. Preparadas para complacerle. Honradas de conocerle.
Phury se volvió a llevar el porro a los labios e inspiró fuerte y lento.
—Tú no pareces demasiado emocionada con ello.
—¿Con que mis hermanas vengan a verlo? Por supuesto yo...
—No, con conocerme.
—Al contrario, estoy deseosa de estar con un macho. Me he preparado para el apareamiento y quiero ser algo más que una fuente de sangre. Rhage y Vishous no requieren todos mis servicios, y es agobiante estar sin uso... —Sus ojos fueron hacia los libros—. Ciertamente, me siento como si estuviera puesta en un estante. Que me han dado las palabras para escribir la historia de mi vida, pero que sigo mayormente sin leer, por así decirlo.
Dios mío, él sabía muy bien cómo era eso. Sentía como si siempre hubiera estado esperado que las cosas se calmaran, que el drama se acabara, para poder ser capaz de inspirar profundamente y empezar a vivir. Qué irónico. Sonaba como si Layla se sintiera de esa forma porque nada ocurría en su vida. Él se sentía sin leer porque había ocurrido demasiado durante demasiado tiempo.
De cualquiera de las dos formas, el resultado final era el mismo.
Ninguno de ellos estaba haciendo más que simplemente pasar el día.
Bueno, llórame un río, compañero, dijo el hechicero arrastrando las palabras.
Phury fue hasta un cenicero y apagó el porro.
—Dile a la Directrix que no necesita enviarme a nadie más.
Los ojos de Layla se dispararon hacia los suyos.
—¿Perdone?
—Te elijo a ti.

Qhuinn frenó el Mercedes negro delante de la casa de Blay y dejó la cosa en park. Habían esperado durante horas en el ZeroSum, con John enviando mensajes de texto a Blay de vez en cuando. Al no recibir respuesta, John se había levantado de golpe y aquí estaban.
—¿Quieres que te abra la puerta? —dijo Qhuinn secamente mientras paraba el motor.
John le echo una mirada.
Si te digo que sí, ¿lo harías?
—No.
Entonces adelante, ábreme la puerta.
—Maldito seas. —Qhuinn salió del asiento del coche—. Me arruinas la diversión.
John cerró la puerta y sacudió la cabeza.
Estoy tan agradecido que seas tan manipula-tea-ble.
—Eso no es una palabra.
¿Desde cuándo has estado en la cama con Daniel Webster? ¿Hola? ¿«gigantus »?
Qhuinn echo un vistazo a la casa. Casi podía escuchar la voz de Blay replicándole a John «¿No querrás decir Merriam-Webster ?».
—Como sea.
Los dos fueron hacia la parte de atrás de la casa, dirigiéndose a la puerta que daba a la cocina. El lugar era una enorme casa enladrillada de estilo colonial, cuya parte delantera tenía un aspecto realmente formal, y la parte trasera resultaba acogedora, con ventanas de cocina que iban desde el suelo al techo, y un pórtico donde colgaba un hospitalario farol de hierro forjado.
Por primera vez en su vida, Qhuinn llamó y esperó que le contestaran.
Debe haber sido una maravilla de pelea, eh, dijo John con signos. Entre tú y Blay.
—Oh, no sé. Sid Vicious , por ejemplo seguro que se comportaba peor de lo que lo hice yo.
La madre de Blay abrió la puerta, viéndose exactamente igual que siempre, igualita a Marion Cunningham de Días Felices, desde el cabello rojo hasta la falda. La hembra representaba todo lo que era sincero, adorable y cálido en el sexo débil, y mientras la miraba, Qhuinn se dio cuenta, que ella y no su glacial y envarada madre, era el estándar con el que comparaba a las hembras.
Sí... estaba genial y era muy de macho follar con tipas y tipos en los bares, pero llegado el momento de aparearse elegiría a alguien como la madre de Blay. Una hembra de valía. Y le sería fiel hasta el fin de sus días.
Asumiendo que pudiera encontrar a alguien que le quisiera.
La madre de Blay dio un paso atrás para dejarlos entrar.
—Sabes que no tienes que llamar. —Miró la cadena de platino que Qhuinn tenía alrededor de la garganta, luego el nuevo tatuaje de su mejilla.
Mirando a John, murmuró:
—Entonces así es cómo el Rey lo arregló.
Sí, señora, señaló John.
Se volvió hacia Qhuinn, le rodeó con sus brazos, y le abrazó tan fuerte que su columna vertebral cambió de posición. Lo cual era exactamente lo que él necesitaba. Mientras se aferraba a ella, tomó el primer aliento profundo de los últimos días.
En un susurro, ella le dijo:
—Te habríamos mantenido a salvo aquí. No tenías que irte.
—No podía haceros eso.
—Somos mucho más fuertes de lo que tú crees. —Lo soltó y señaló con la cabeza hacia la escalera trasera—. Blay está arriba.
Qhuinn frunció el ceño al ver una pila de equipaje junto a la mesa de la cocina.
—¿Os vais a algún sitio?
—Tenemos que dejar la ciudad. La mayor parte de la glymera se queda, pero con... lo que está ocurriendo, es peligroso permanecer aquí.
—Una sabia idea. —Qhuinn cerró la puerta de la cocina—. ¿Vais al norte del estado?
—El padre de Blay tiene pendientes unos días de vacaciones, así que nosotros tres haremos una ronda de visitas familiares en el sur...
Blay apareció al pie de las escaleras. Cruzando los brazos, saludó con la cabeza a John.
—¿Qué hay de nuevo?
Mientras John le hacía señas devolviéndole el saludo, Qhuinn no podía creerse que su amigo no hubiera mencionado nada sobre dejar la ciudad. Mierda. ¿Iba simplemente a largarse sin decir dónde o cuando tenía previsto regresar?
Bien, si seré imbécil. ¿Eso le estaba diciendo la sartén al cazo?
La madre de Blay le apretó el brazo a Qhuinn y susurró:
—Me alegra que hayas venido antes de que nos fuéramos.
En voz alta dijo:
—Ok. He vaciado el refrigerador y no hay nada perecedero en la despensa. Creo que iré a sacar las joyas de la caja fuerte.
Jesús, dijo John con signos cuando se fue. ¿Durante cuánto tiempo vais a iros?
—No lo sé —dijo Blay—. Una temporada.
En la larga pausa que siguió, John miró de uno al otro. Finalmente hizo un ruido de mofa y dijo por señas:
De acuerdo, esto es estúpido. ¿Qué mierda ha ocurrido entre vosotros dos?
—Nada.
—Nada. —Blay hizo un gesto con la cabeza señalando hacia atrás—. Oíd, tengo que subir y terminar de hacer el equipaje...
Qhuinn rápidamente intervino.
—Bien, nosotros tenemos que ir...
Oh, demonios, no. John se dirigió hacia las escaleras. Vamos a ir a tu habitación y aclararemos esto. Ahora mismo.
Cuando John pasó a la acción y comenzó a subir la escalera, Qhuinn tuvo que seguirlo, debido a su nuevo puesto, e imaginaba que Blay lo siguió probablemente porque su Emily Post interior no podía soportar no ser un buen anfitrión.
En la planta alta, John cerró la puerta del dormitorio tras ellos y se puso las manos en las caderas. Mientras su mirada pasaba de uno a otro, parecía un padre frente a dos niños rebeldes y un suelo desordenado.
Blay fue a su armario, y mientras lo abría, el espejo de cuerpo entero del lateral atrapó la imagen de Qhuinn. Sus ojos se encontraron por un instante.
—Bonita pieza de joyería nueva la que tienes ahí —murmuró Blay, mirando la cadena que señalaba la nueva posición de Qhuinn.
—No es una joya.
—No, no lo es. Y me alegro por vosotros dos. De verdad. —Sacó una parca... lo que quería decir que la familia o iba a «bajar al sur» hasta la Antártica, o el tipo tenía la intención de estar ausente mucho tiempo. Como todo el invierno.
John golpeó el suelo con el pie.
Se nos está acabando el tiempo. ¿Hola? ¿Pedazos de estúpido?
—Perdón —le murmuró Qhuinn a Blay—. Por lo que dije en el túnel.
—¿Se lo contaste a John?
—No.
Blay dejó caer su abrigo en la bolsa de Prada y miró a John.
—Él cree que le amo. Refiriéndose... refiriéndose a que estoy enamorado de él.
La boca de John se abrió lentamente de forma involuntaria.
Blay estalló en carcajadas y se detuvo repentinamente, como si se le hubiera cerrado la garganta.
—Sí. Imagínate. Yo enamorado de Qhuinn... Un tipo que, cuándo no está de malhumor, es un golfo y se cree un listillo. Sin embargo, ¿quieres saber qué es lo más jodido de todo?
Qhuinn se tensó mientras John asentía.
Blay bajó la mirada hacia su bolsa.
—Está en lo cierto.
Bueno, la expresión de John fue como si le hubieran pegado en el pie con un punzón.
—Sip —dijo Blay—. Por eso es que nunca podía entusiasmarme mucho con las hembras. Ninguna de ellas puede compararse a él. Ni los otros tipos tampoco, dicho sea de paso. Así que estoy realmente jodido, pero de todas formas, es mi problema y no el de él o el tuyo.
Cristo, pensó Qhuinn. ¿No era ésta la semana de las revelaciones?
—Lo siento, Blay —dijo, porque no tenía idea qué más hacer.
—Sí, apuesto a que sí. Hace que las cosas sean jodidamente incómodas, ¿eh?. —Blay levantó la parca y se puso el bolso Prada al hombro—. Pero no pasa nada. Me iré de la ciudad por una temporada, y vosotros estaréis juntos y bien. Genial. Ahora debo irme. Os mandaré un mensaje en un par de días.
Qhuinn estaba más que dispuesto a apostar que a pesar de decir os allí en realidad se refería sólo a John.
Mierda.
Blay se dio media vuelta.
—Nos vemos.
Mientras su mejor amigo en todo el mundo les daba la espalda y se dirigía hacia la puerta, Qhuinn abrió sus inútiles labios y rezó para que algo adecuado saliera de ellos. Cuando eso no sucedió, rezó para que ocurriera alguna otra cosa. Cualquier cosa…
El grito que surgió del primer piso fue agudo.
La madre de Blay.
Los tres salieron del dormitorio como si allí hubiera estallado una bomba, corrieron por el pasillo y sus pisadas resonaron como truenos escaleras abajo. En la cocina, se encontraron con que la pesadilla de la guerra había llegado al hogar.
Lessers. Dos de ellos. En la jodida casa de Blay.
Y uno de ellos tenía a la madre contra el pecho estrangulándola.
Blay dejó escapar un grito primitivo, pero Qhuinn le atrapó antes que se lanzara hacia delante.
—Hay un cuchillo contra su garganta —siseó Qhuinn—. Se la rebanará sin detenerse a pensarlo.
El lesser sonrió mientras arrastraba a la madre de Blay a través de la cocina para luego sacarla de la casa, en dirección a un monovolumen que estaba aparcado frente al garaje.
Mientras John Matthew se desmaterializaba antes de que lo vieran, otro asesino entró desde el comedor.
Qhuinn soltó a Blay, y los dos se fueron al ataque, cayendo primero sobre ese asesino y luego ocupándose de otro que justo estaba entrando por la puerta trasera.
Mientras el mano a mano se volvía salvaje y la cocina quedaba destrozada, Qhuinn rezaba como un demonio para que John hubiera tomado forma dentro de la furgoneta abierta y estuviera dando una jodida bienvenida a dos puños.
Por favor no permitas que la madre de Blay quede atrapada bajo el fuego cruzado.
Mientras otro asesino más atravesaba la puerta, Qhuinn le pegó un cabezazo al lesser con el que estaba intercambiando puñetazos, sacó una de sus flamantes y enormes cuarenta y cinco y metió el cañón bajo la barbilla del bastardo.
Las balas diezmaron la cabeza del cabrón, levantándole la parte superior completamente… lo que dio tiempo más que suficiente a Qhuinn para apuñalar a la cosa en el corazón con el cuchillo que llevaba en la cadera.
¡Pum! ¡Pum! ¡Fizz... Fizz! Oh, qué alivio se sentía.
Mientras la cosa desaparecía en un estallido de luz, Qhuinn no se detuvo a disfrutar de su primer lesser asesinado. Se giró para ver cómo estaba Blay y se sobresaltó hasta las pelotas. Su padre había entrado a la habitación propinando golpes y ambos estaban rompiendo culos. Lo cual era una gran sorpresa ya que el padre de Blay era contable.
Era el momento de respaldar a John.
Qhuinn atravesó la puerta trasera, y justo cuando sus botas tocaron la hierba, un destello de luz brillante salido desde el monovolumen le dijo que esa ayuda no iba a ser necesaria.
Con un elegante movimiento, John saltó fuera del Town & Country y cerró de un portazo; le pegó unas palmadas al panel trasero y la cosa retrocedió a toda prisa. Qhuinn captó un vistazo breve de los blancos nudillos de la madre de Blay tras el volante, mientras retrocedía a toda velocidad por el camino de entrada.
—¿Estás bien J? —dijo Qhuinn, esperando como el infierno que John Matthew no resultara muerto en la primera noche de Qhuinn como su ahstrux nohtrum.
Justo cuando John levantaba las manos para hablarle por señas, hubo un estallido de cristales.
Los dos se giraron en dirección a la casa. Como algo sacado de una película, un par de cuerpos salieron volando por la ventana panorámica de la sala de estar. Blay era uno de ellos, y aterrizó encima del lesser que había lanzado fuera de la casa como si fuera un colchón manchado. Antes de que el asesino pudiera recobrarse del impacto, Blay lo agarró de la cabeza y le rompió el jodido cuello como si fuera el de un pollo.
—¡Mi padre todavía está luchando dentro de la casa! —gritó mientras Qhuinn le lanzaba el cuchillo—. ¡Abajo en el sótano!
Mientras John y Qhuinn volvían disparados adentro, una tercera llamarada de luz se apagó, y luego Blay les alcanzó en las escaleras del sótano. Los tres se abalanzaron hacia el lugar de donde provenían nuevos sonidos de pelea.
Cuando llegaron a la base del hueco de la escalera, se detuvieron en seco. El padre de Blay estaba enfrentándose a un lesser, con una espada de la Guerra Civil en una mano y una daga en la otra.
Detrás de sus gafas de Joe Friday, sus ojos estaban encendidos como antorchas, y se desviaron un segundo para mirarlos.
—No os metáis en esto. Este es mío.
Terminó con la mierda antes de que pudieras decir, Papá Ninja.
El padre de Blay se puso todo Ginsu con el asesino, trinchando la cosa como si fuera un pavo y apuñalándolo después para que volviera al Omega. Mientras el resplandor de la exterminación se desvanecía, el hombre levantó la mirada con desesperación en los ojos.
—¿Tu madre…?
—Se fue en la furgoneta de ellos —contestó Qhuinn—. John la liberó.
Tanto Blay como su padre se aflojaron con las noticias. Fue cuando Qhuinn notó que Blay estaba sangrando por un corte en el hombro, otro que le atravesaba el abdomen, otro en su espalda y...
Su padre se limpió la frente con el brazo.
—Tenemos que comunicarnos con ella...
John sostuvo en alto su teléfono, del altavoz salía el sonido que indicaba que estaba llamando.
Cuando la madre de Blay respondió, su voz se sentía entrecortada, pero no porque la conexión fuera mala.
—¿John? John está...
—Estamos todos aquí —dijo el padre de Blay—. Sigue conduciendo, querida.
John sacudió la cabeza, le entregó el teléfono, y dijo por señas:
¿Y si hay un dispositivo rastreador en la furgoneta?
El padre de Blay masculló una maldición.
—¿Querida? Detén el coche. Detenlo y sal de él. Desmaterialízate hasta el refugio, y llámame cuando estés allí.
—¿Estás seguro…?
—Ahora, mi amor. Ahora.
Se oyó el sonido de un motor desacelerando. El portazo de la puerta del coche. Luego silencio.
—¿Querida? —El padre de Blay agarró el teléfono—. ¿Querida? Oh, Jesús…
—Estoy aquí —llegó su voz—. Aquí en el refugio.
Todo el mundo respiró profundamente.
—Estaré allí en un momento.
Se habló de otras cosas, pero Qhuinn estaba ocupado escuchando a ver si oía sonidos de pasos en las escaleras. ¿Y si vinieran más lessers? Blay estaba herido, y el padre del tipo parecía hecho polvo.
—Realmente deberíamos salir de aquí —dijo a nadie en particular.
Fueron arriba, metieron las maletas en el Lexus del padre de Blay, y antes de que Qhuinn pudiera contar hasta tres, Blay y su padre se perdieron en la noche.
Todo había ocurrido tan rápido. El ataque, la pelea, la evacuación... El adiós que nunca fue dicho. Blay simplemente se subió al coche con su padre y se fue con su equipaje. Pero ¿qué más iba a ocurrir si no? Ese difícilmente fuera el momento de una larga y dramática escena, y no sólo porque hacía diez minutos los lessers habían venido a hacer una pequeña excursión por la casa.
—Creo que deberíamos irnos —dijo.
John negó con la cabeza.
Quiero quedarme aquí. Van a venir más cuando no reciban el informe de los que matamos.
Qhuinn miró la sala de estar, la cual ahora era un porche gracias a la rutina de doble de acción de Hollywood que había protagonizado Blay. Había mucho que saquear en la casa, y la idea de que tan siquiera una caja de kleenex de Blay pudiera caer en las manos de la Sociedad Lessening lo jodía soberanamente.
John empezó a mandar un sms.
Le estoy contando a Wrath lo que sucedió y diciéndole que nos quedaremos aquí. Nos entrenamos para esto. Es hora de entrar en acción.
Qhuinn no podía estar más de acuerdo, pero estaba malditamente seguro que Wrath no lo iba a aprobar.
El teléfono de John sonó un momento después. Leyó lo que era para sí mismo, y luego sonrió lentamente y dio vuelta la pantalla.
El texto era de Wrath.
De acuerdo. Llama si necesitas apoyo.
Sagrada mierda. Se habían unido a la guerra.


Capítulo 35

Rehv estacionó el Bentley en la entrada sureste del Parque Estatal Black Snake. El lote de gravilla era pequeño, solo lo suficientemente grande para diez coches, y mientras que los demás estaban cerrados con cadenas después de hora, éste siempre estaba abierto porque de él partían senderos hacia las cabañas de alquiler.
Cuando salió del coche, tomó su bastón, pero no porque lo necesitara para mantener el equilibrio. Su visión se había puesto roja a mitad de camino y ahora su cuerpo estaba vivo, templado y canturreando con un sinfín de sensaciones.
Antes de cerrar con llave al Bentley, escondió su abrigo de marta cibelina en el maletero, el coche ya era lo suficientemente llamativo sin necesidad de dejar veinticinco mil dólares de piel rusa a plena vista. También se aseguró de llevar el equipo antígeno con él y la suficiente dopamina.
Ñam. Ñam.
Cerró el maletero, puso la alarma, y se dirigió hacia la densa línea de pequeños árboles que formaban los límites exteriores del parque. Sin razón aparente, los abedules, los robles y los álamos que rodeaban el lote artificial le recordaron a una muchedumbre de personas en un desfile, todos apretados al borde de la gravilla, con las ramas extendidas fuera de los límites aunque los troncos permanecieran en su lugar correspondiente.
La noche estaba silenciosa, excepto por una brisa fría y seca que anunciaba la llegada del otoño. Era increíble, que tan al norte, agosto se pusiera tan decididamente frío, y que por como su cuerpo estaba ahora, a él le gustara ese frío. Hasta el punto de regodearse con él.
Caminó por el sendero principal, dejando atrás un abandonado control de registro y una serie de carteles para excursionistas. Doscientos cincuenta metros después se abría un ramal que se adentraba en el bosque, tomó el sendero de tierra y se internó en las profundidades del parque. La cabaña de troncos estaba a un kilómetro de distancia, y estaba más o menos a doscientos metros de la cosa cuando un enredo de hojas caídas se agitó cerca de sus pies. La sombra que había provocado su desplazamiento emanaba un calor tropical a la altura de los tobillos.
—Gracias, hombre —le dijo a Trez.
ME REUNIRÉ CONTIGO ALLÍ.
—Está bien.
Cuando su guardaespaldas se convirtió en niebla sobre la tierra, Rehv enderezó su corbata sin ninguna razón aparente. Mierda sabía que la cosa no iba a permanecer sobre su cuello durante mucho más tiempo.
El claro donde estaba localizada la cabaña estaba bañado por la luz de la luna, pero no podría haber asegurado cual de las sombras que estaban entre los árboles era Trez. Esa era la razón por la cual su guardaespaldas valía su enorme peso en oro. Ni siquiera un symphath podría detectarlo en el paisaje cuando él no quería ser visto.
Rehv fue hacia la puerta de madera toscamente tallada y se detuvo, para dar un vistazo a su alrededor. La Princesa ya estaba allí: alrededor del ostensible paisaje bucólico había una densa e invisible nube de terror… del tipo que los niños sienten cuando ven casas abandonadas en noches oscuras y ventosas. Era la versión symphath del mhis, y garantizaba que no serían molestados por humanos. Y si vamos al caso, tampoco por otros animales.
No le sorprendía que hubiera llegado temprano. Nunca podía predecir si llegaría tarde, temprano o si sería puntual, y por consiguiente nunca dejaba de aparentar, independientemente de cuándo llegara.
La puerta de la cabaña se abrió con su habitual crujido. Cuando el sonido fue directo al centro de vergüenza de su cerebro, encubrió sus emociones con la imagen de una playa soleada que había visto una vez en televisión.
Provenientes de una esquina en sombras del espacio abierto, flotaron hacia él palabras cuya entonación era turbia y baja:
—Siempre haces eso. Lo que hace que me pregunte que le escondes a tu amor.
Y podía seguir suponiéndolo. No iba a permitirle entrar a su mente. Aparte del hecho de que la autoprotección era algo crítico, que la dejara fuera la volvía loca, y eso a él lo hacía brillar de satisfacción como si fuera un maldito reflector.
Cuando cerró la puerta, decidió que esa noche iba a hacer el papel de romántico abandonado. Ella esperaría que estuviera preguntándose qué demonios había ocurrido con su cita programada y él sabía que se guardaría esa información para convertirlo en un rehén todo el tiempo que pudiera. Pero el encanto funcionaba, hasta con los symphaths…aunque de una manera jodida y tortuosa. Sabía que él la odiaba y que le costaba simular que estaba enamorado de ella. Que rechinara los dientes y se impacientara al decir bonitas mentiras era lo que le hacía ganar su favor, no las mentiras en sí mismas.
—Como te he extrañado —dijo con una profunda e intencionada voz.
Sus dedos fueron hacia la corbata que se acababa de ajustar y desató el nudo lentamente. La respuesta fue instantánea. Sus ojos relampaguearon como rubíes delante de una hoguera y no hizo nada para esconder su reacción. Sabía que le enfermaba.
—¿Me extrañaste? Por supuesto que me extrañaste. —Su voz parecía la de una serpiente, las eses se prolongaban en una larga exhalación—. ¿Pero cuánto?
Mentalmente Rehv mantuvo la escena de la playa a la vanguardia, clavando a la hijaputa en su lóbulo frontal, manteniéndola fuera de él.
—Te extrañé hasta la locura.
Apartó el bastón, se quitó la chaqueta, y soltó el botón superior de la camisa de seda… luego el siguiente… y el siguiente, hasta que tuvo que tirar de los faldones de la camisa para sacarla de sus pantalones y así poder terminar el trabajo. Cuando encogió los hombros para permitir que la seda cayera al suelo, la Princesa siseó de verdad y eso le endureció la polla.
La odiaba y odiaba el sexo, pero amaba el poder que tenía sobre ella. Su debilidad le producía una emoción sexual que era malditamente similar a cuando realmente te sentías atraído por alguien. Y ese era el motivo por el cual se las arreglaba para poder tener una erección aunque le hormigueara la piel como si estuviera envuelto en una sabana llena de gusanos.
—Mantén la ropa puesta —dijo ella con voz aguda.
—No. —Siempre se la quitaba cuando quería, no cuando ella se lo ordenaba. Su orgullo se lo exigía.
—Que conserves la ropa, pendón.
—No. —Él se desabrochó el cinturón y se lo sacó de las caderas de un tirón, el flexible cuero crujió en el aire. Lo dejó caer igual que como lo había hecho con la camisa, sin ningún cuidado.
—La ropa se queda puesta… —Sus palabras quedaron flotando en el aire porque se le estaban agotando las fuerzas. Y en eso consistía su puto objetivo.
Deliberadamente, ahuecó la mano sobre sí, y luego abrió la cremallera, soltó el pasador y dejó que los pantalones cayeran rápidamente al suelo áspero. Su erección brotaba formando una línea recta desde sus caderas, y eso prácticamente resumió su relación. Estaba ferozmente enfadado con ella, se odiaba a sí mismo, y despreciaba el hecho de que Trez estuviera ahí fuera atestiguando todo eso.
Y como resultado su polla estaba dura como una piedra y brillando de humedad en la punta.
Para los symphaths, un viaje dentro de la enfermedad mental era mejor que cualquier derroche de Agent Provocateur , y era por eso que todo ese asunto funcionaba. Podía proporcionarle toda esa mierda enfermiza. Y también podía darle algo más. Ella ansiaba el combate sexual que tenían. Las uniones symphath eran como un partido de ajedrez civil con un intercambio de fluidos corporales al final. Ella necesitaba el gruñido carnal y el ardor que sólo su lado vampiro podía darle.
—Tócate —susurró ella—. Tócate para mí.
No hizo lo que le pidió. Con un gruñido, se sacó los mocasines de una patada y salió del charco formado por la pila de ropas. Mientras caminaba hacia delante, era malditamente consciente del cuadro que estaba representando, todo duro y pesado. Se detuvo en medio de la cabaña, donde un rayo de luz de luna se derramaba a través de la ventana para deslizarse sobre los planos de su cuerpo.
Odiaba admitirlo, pero él también ansiaba esa mala mierda con ella. Era la única vez en la vida que podía ser quien realmente era, que no tenía que mentirle a las personas que estaban a su alrededor. La horrible realidad era, que parte de él necesitaba esa relación enfermiza y retorcida, y eso, más que la amenaza que pendía sobre él y Xhex, era lo que lo hacía regresar cada mes.
No estaba seguro de si la Princesa conocía su debilidad. Siempre tenía cuidado de no enseñar sus cartas, pero nunca se podía estar lo suficientemente seguro de lo que un symphath sabía sobre ti. Lo cual, por supuesto, lo hacía todo más interesante porque las apuestas eran más altas.
—Pensé que esta noche podíamos empezar con un pequeño espectáculo —le dijo, volviéndose. De espaldas a ella, empezó a masturbarse, tomando la gruesa polla en la mano y acariciándola.
—Aburrido —dijo ella sin aliento.
—Mentirosa. —Apretó la cabeza de su erección con tanta fuerza que se le escapó un jadeo.
La Princesa gimió ante el sonido, su dolor hacía que se entusiasmara mucho más con el juego. Cuando bajo la vista y miró lo que estaba haciendo, sintió un breve e inquietante desplazamiento, como si fuera la verga de alguien más, y fuera el brazo de algún otro el que se moviera de arriba abajo. Pero la distancia del acto era necesaria, era la única forma en que su naturaleza de vampiro decente podía soportar las cosas que hacían. Su parte buena no estaba aquí. La había dejado en la puerta antes de entrar.
Esta era la tierra del Devorador de Pecados.
—¿Qué estás haciendo? —gimió ella.
—Acariciándome. Con fuerza. La luz de la luna luce muy bien sobre mi polla. Estoy mojado.
Ella respiraba trabajosamente.
—Date la vuelta. Ahora.
—No.
Aunque no hizo ningún ruido, sabía que ella había avanzado en ese momento, y la sensación de triunfo que sintió terminó con toda la disociación. Vivía para vencerla. Ese poder corriendo a través de él, era la jodida heroína para sus venas. Sí, después se sentiría sucio como la mierda, y seguro, a causa de esto, tenía pesadillas, pero en ese momento se estaba excitando seriamente.
La Princesa se movió en las sombras, y él supo el preciso momento en que llegó a ver lo que se estaba haciendo, porque emitió un fuerte gemido, ni siquiera su reserva symphath fue lo suficientemente fuerte para contener su reacción.
—Si me vas a mirar —dijo volviendo a apretar la cabeza de su polla hasta que se puso de color púrpura y se vio obligado a arquear la espalda por el dolor— yo también quiero verte a ti.
Ella caminó hacia la luz de la luna y por un segundo él perdió el ritmo.
La Princesa llevaba un vestido rojo brillante, los rubíes que tenía en la garganta brillaban contra su piel blanca como el papel. Llevaba el cabello negro azulado recogido sobre la cabeza, y los ojos y los labios eran del mismo color de las piedras sangrientas que tenía en el cuello. De los lóbulos de sus orejas, le miraban dos escorpiones albinos que colgaban de las colas.
Era horrorosamente hermosa. Un reptil de postura erguida y ojos hipnóticos.
Tenía los brazos cruzados delante de la cintura, metidos dentro de las mangas de su vestido que llegaban hasta el suelo, pero en ese momento los dejó caer, y él no le miró las manos. No pudo. Le asqueaban demasiado, y si las veía perdería su erección.
Para mantenerse excitado, deslizó la palma bajo sus pelotas y las llevó hacia arriba de forma que enmarcaran su polla. Cuando soltó ambas partes de su sexo permitiendo que regresaran a su lugar, éstas rebotaron con potencia.
Había tanto que ella quería ver de él, que sus ojos no sabían a donde ir. Cuando le recorrieron el pecho, se demoraron sobre el par de estrellas rojas que marcaban sus pectorales. Los vampiros pensaban que eran solo adorno, pero para los symphaths, eran la evidencia de su sangre real y de los dos asesinatos que había cometido: El patricidio te otorgaba estrellas, como opuesto al matricidio, que te valía círculos. La tinta roja significaba que era miembro de la familia real.
La Princesa se quitó el vestido, y debajo de esos pliegues lujuriosos, su cuerpo estaba cubierto con una red de satín rojo que se le incrustaba en la piel. Siguiendo la apariencia asexual de su clase, sus pechos eran pequeños y sus caderas aún más pequeñas. La única forma en que podías estar seguro que se trataba de una hembra era la abertura diminuta que tenía entre las piernas. Los machos eran igualmente andróginos, llevaban el cabello largo y se lo recogían encima de la cabeza igual que las hembras y usaban vestidos idénticos. Rehv nunca había visto a ninguno de los machos desnudo, gracias a Dios, pero asumía que sus pollas tendrían la misma pequeña anomalía que la suya.
Oh, qué alegría.
Su anomalía era, por supuesto, otra de las razones por las que le gustaba follarse a la Princesa. Sabía que al final era doloroso para ella.
—Ahora voy a tocarte —dijo ella, mientras se acercaba—. Prostituto.
Rehv se puso rígido cuando su mano se cerró alrededor de su erección, pero sólo le permitió un momento de contacto. Dando un repentino paso atrás, le arrancó la polla de la mano.
—¿Vas a terminar nuestra relación? —dijo arrastrando las palabras, odiando las palabras que pronunciaba—. ¿Es por eso que me ahuyentaste la otra noche? ¿Esta mierda es demasiado aburrida para ti?
Ella avanzó, como sabía que lo haría.
—Vamos, sabes que eres mi juguete. Te extrañaría terriblemente.
—Ah.
Esta vez cuando lo agarró, hincó las uñas en su vara. Él contuvo un jadeo tensando los hombros hasta que casi se le quiebran las clavículas.
—¿Entonces te preguntaste dónde estaba? —susurró mientras se apoyaba contra él. Su boca le rozó la garganta y el toque de sus labios le quemó la piel. El labial que llevaba estaba hecho de pimientos molidos, cuidadosamente calibrados para picar—. Te preocupaste por mí. Sufriste por mí.
—Sí. Así fue —dijo, porque la mentira la complacería.
—Sabía que sí. —La Princesa se puso de rodillas y se le acercó. En el momento en que los labios encontraron la cabeza de la verga, la sensación ardiente de ese labial hizo que se le apretaran las pelotas como si fueran puños—. Pídemelo.
—Que cosa. ¿Una mamada o la explicación de por qué reprogramaste la cita?
—Estoy comenzando a pensar que deberías rogar por ambas cosas. —Tomó la erección y se la empujó contra el estómago, luego sacó la serpenteante lengua y jugueteó con la púa que tenía en la base de su erección. Esa púa era la parte que más le gustaba a ella, la que se enganchaba en el lugar cuando se corría y los mantenía unidos. En lo personal, odiaba la cosa, pero maldición, se sentía bien cuando se la acariciaban, incluso con el dolor que le producía lo que tenía en la boca.
—Pídemelo. —Dejó que la verga cayera en su lugar y la tomó profundamente dentro de su boca.
—Ah, mierda, chúpame —gruñó él.
Y demonios, sí que lo hizo. Abrió esa garganta suya y tomó de él todo lo que pudo. Era maravilloso, pero el ardor era matador. Para vengarse por su pequeño labial «Chanel Nº Pesadilla», le agarró el cabello y empujó con las caderas, haciendo que se atragantara.
En respuesta, ella le hincó profundamente una de las uñas en la púa con la suficiente fuerza como para hacerlo sangrar, él gritó, y le saltaron lágrimas de los ojos. Cuando una de ellas se deslizó por su mejilla, ella sonrió, sin ninguna duda disfrutaba del color rojo en contraste con su rostro.
—Vas a pedírmelo por favor —le dijo—. Cuando me pidas que te dé una explicación.
Estaba tentado de decirle que contuviera la respiración esperando, pero en vez de ello, volvió a zambullirse en su boca y ella volvió a clavarle la uña, y continuaron con el mismo juego durante un rato hasta que ambos estuvieron jadeando.
A esa altura su sexo estaba ardiendo, rabiando de calor, pulsando con la necesidad de correrse en esa horrible boca suya.
—Pregúntame por qué —le exigió—. Pregúntame porque no vine.
Él negó con la cabeza.
—No… me lo dirás cuando quieras. Pero lo que si te preguntaré es ¿estamos perdiendo el tiempo aquí o vas a dejarme acabar?
Ella se levantó del suelo, fue hacia la ventana y se ciñó al antepecho con esas horribles manos.
—Puedes correrte. Pero solo dentro de mí.
La perra siempre hacía lo mismo. Siempre tenía que ser en su interior.
Y siempre contra la ventana. Evidentemente, aunque no pudiera saber con seguridad que él venía con refuerzos, a cierto nivel sabía que estaban siendo observados. Y si follaban frente a los paneles de vidrio, su centinela estaría obligado a mirar.
—Córrete dentro de mí, maldición.
La princesa arqueó la espalda y levantó el culo. La red que llevaba le recorría las piernas y se metía entre sus muslos, e iba a tener que desgarrar parte de la misma para poder penetrarla. Y era por eso que la usaba. Si su lápiz labial era malo, la malla de mierda que llevaba sobre el cuerpo era aún peor.
Rehvenge se puso a sus espaldas y hundió los dedos índice y medio de cada mano en la red a la altura de la parte baja de su espalda. Con un tirón, rompió el tejido y lo apartó de su culo y su sexo.
Ella estaba brillante de humedad e hinchada, rogando por él.
Mirando sobre su hombro, le sonrió, revelando una hilera de perfectos dientes cuadrados y blancos.
—Tengo hambre. Me reservé para ti. Como siempre.
No pudo disimular el desagrado. No podía soportar la idea de ser su único amante… hubiera sido mucho mejor ser parte de una multitud de machos, para que lo que pasaba entre ellos no fuera tan serio. Además la paridad lo hacía sentir nauseas. Ella también era su única amante.
Se metió con fuerza dentro de su sexo, empujándola hacia delante hasta que se golpeó la cabeza contra el vidrio. Luego la tomó por las caderas y salió lentamente. A ella le temblaron las piernas dando una serie de sacudidas, y odió saber que estaba dándole lo que quería. Así que volvió a metérsela lentamente, deteniéndose a mitad de camino a casa para que ella no lo obtuviera todo de él.
Sus ojos rojos arrojaron fuego al mirarlo por encima de su hombro.
—Más, gracias.
—Por qué no viniste el otro día, mi encantadora puta.
—¿Por qué no te callas y terminas?
Rehv se inclinó y le recorrió el hombro con los colmillos. La malla estaba recubierta de veneno de escorpión, y sintió el adormecimiento instantáneo de sus labios. Después de que hubieran terminado de follar, esa mala mierda iba a estar sobre sus manos y sobre todo su cuerpo, por lo cual tendría que ir a bañarse a su refugio lo más pronto posible. Igual no iba a lograr hacerlo lo suficientemente rápido. Como de costumbre, iba a estar brutalmente enfermo. Como ella era una symphath de pura sangre el veneno no le hacía efecto; para ella era como el perfume, un bello accesorio. En cambio para su naturaleza vampira, que era especialmente susceptible, era directamente veneno.
Lentamente salió de su cuerpo para enseguida volver a introducirse un par de centímetros. Supo que la tenía a su merced cuando tres de sus dedos nudosos se hundieron en la vieja y desgastada madera del marco de la ventana.
Dios, esas manos suyas, con su trío de articulaciones y las uñas que crecían rojas… eran como algo sacado de una película de horror, el tipo de cosas que asomaban por el borde de un ataúd antes de que saliera el no muerto y matara al tipo bueno.
—Dime… por… qué… puta. —El puntualizó las palabras con el movimiento de sus caderas—. O no habrá nada de placer para ninguno de los dos.
Dios, él odiaba y amaba esto, la lucha que ambos mantenían por conservar la posición de poder, la furia que los dos sentían al tener que hacer concesiones. El hecho de haberse visto tentada a dar la vuelta para poder verlo masturbarse, estaba comiéndosela viva, y él se despreciaba a sí mismo por lo que le estaba haciendo a su cuerpo, además ella no quería decirle porqué se había retrasado dos noches, pero sabía que iba a tener que hacerlo si quería conseguir un orgasmo…
Y el tiovivo siguió dando vueltas y vueltas y más vueltas.
—Dímelo —gruñó él.
—Tu tío está volviéndose más fuerte.
—En serio. —La premió con una rápida y tempestuosa penetración que la hizo jadear—. ¿Por qué pasa eso?
—Hace dos noches… —La respiración se le cortó en la boca, cuando arqueó la espalda para aceptarlo de la manera más profunda posible—. Fue coronado.
Rehv perdió su ritmo. Mierda. Un cambio en el liderazgo no era bueno. Los symphaths podrían estar atrapados en esa colonia, aislada del mundo real, pero cualquier inestabilidad política que hubiera allí amenazaba cualquier preciado pequeño control que se tenía sobre ellos.
—Te necesitamos —dijo, extendiendo las manos hacia atrás para hundirle las uñas en el trasero—. Para que hagas lo que sabes hacer mejor.
No. De ninguna maldita manera.
Ya había matado suficientes parientes.
Le miró sobre su hombro, y el escorpión que tenía en la oreja fijó su mirada en él, y sus patas largas y delgadas giraron, extendiéndose hacia él.
—Te he dicho el motivo de mi retraso. Así que ponte a trabajar.
Rehv puso su cerebro bajo llave, se concentró en la escena de la playa y dejó que su cuerpo siguiera con el asunto. Bajo su demoledor ritmo, la Princesa tuvo un orgasmo, su cuerpo se aferró a él con una serie de pulsaciones que ordeñaban su polla como un puño en un tornillo de banco.
Y eso fue lo que provocó que su sexo se fijara dentro de ella y la llenara.
Se apartó tan pronto como pudo y empezó a resbalar hacia el infierno. Ya, podía sentir el efecto del veneno de esa maldita malla. El cuerpo le hormigueaba por todas partes, las terminales nerviosas de su piel oscilaban encendiéndose y apagándose con espasmos de dolor. E iba a ponerse mucho peor.
La Princesa se enderezó y fue hacia su vestido. De un bolsillo oculto, sacó un largo y ancho trozo de raso rojo, y con la mirada fija en él, puso la tela entre sus piernas y la ató con una serie de elaborados lazos.
Sus ojos color rubí brillaban de satisfacción mientras se aseguraba que ninguna gota de él se le escapara.
Odiaba eso, y ella lo sabía y era por eso que nunca se quejaba cuando se desprendía rápidamente al acabar. Sabía condenadamente bien que quería meterla a la fuerza en un baño con blanqueador y hacerla lavarse hasta limpiar hasta el último rastro de sexo de ella como si nunca hubiera sucedido.
—¿Dónde está mi diezmo? —dijo, mientras se ponía el vestido.
Cuando fue hasta la chaqueta y sacó una pequeña bolsa de terciopelo ya veía doble a causa del veneno. Se la tiró y ella la atrapó.
Dentro de la bolsa había doscientos cincuenta mil dólares en rubíes. Cortados. Listos para ser usados.
—Debes regresar a casa.
Estaba demasiado cansado para seguirle el juego.
—Esa colonia no es mi casa.
—Equivocado. Estás muy equivocado. Pero entrarás en razón. Te lo garantizo. —Diciendo eso desapareció en el aire.
Rehv se tambaleó, y plantó la palma de la mano en la pared de la cabaña cuando una ola negra de puro agotamiento lo recorrió.
Cuando la puerta se abrió, se enderezó y recogió sus pantalones. Trez no dijo nada, sólo se acercó y lo ayudó a mantener el equilibrio.
Enfermo como estaba, y sabiendo que se pondría peor, se volvió y se puso la ropa por sí mismo. Eso era algo importante para él. Siempre se vestía solo, sin ayuda.
Cuando tuvo la chaqueta en su lugar, la corbata alrededor del cuello, y el bastón en la mano, su mejor amigo y guardaespaldas lo levantó en brazos y lo llevó como un niño de regreso al coche.







Capítulo 36

La tensión en una persona era como aire en un globo. Demasiada presión, demasiada mierda, demasiadas malas noticias... y la fiesta de cumpleaños se desquiciaba.
Phury abrió el cajón de su mesita de noche aunque acababa de mirar ahí dentro.
—Mierda.
¿Dónde puta estaba todo su humo rojo?
Tomó su bolsita casi vacía del bolsillo de la camisa. Apenas le alcanzaría para uno muy delgado. Lo que significaba que tenía que apresurarse para llegar al ZeroSum antes de que el Reverendo cerrara esa noche.
Se puso una chaqueta ligera para poder tener un lugar donde esconder la bolsa llena a su regreso. Luego bajó al trote la escalera principal. Cuando llegó al vestíbulo, su mente corría a toda velocidad y se retorcía, agitándose con el Top Diez de las Razones, por las cuales, Phury, Hijo de Ahgony, era un Imbécil. En el ranking del hechicero
Número diez: Se las ingenia para que la Hermandad le expulse de una patada. Número nueve: Drogadicto. Número ocho: Riñe con su gemelo cuando la shellan embarazada de éste está atravesando por un mal momento. Número siete: Drogadicto. Número seis: Lo estropea todo con la hembra con la que desea estar, ahuyentándola. Número cinco: Miente para proteger su comportamiento adictivo.
Oh, ¿ésta estaría incluida en la nueve y la siete?
Número cuatro: Defraudó a sus padres. Número tres: Drogadicto.
Número dos: Se enamora de la hembra que ahuyentó en el numeral anterior.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
¿Se había enamorado de Cormia? ¿Cómo? ¿Cuándo?
El hechicero disparó en su cabeza.
Al diablo con eso, compañero. Terminemos la lista. Venga. Muy bien… Creo que pondremos «Drogadicto» como el número uno, ¿no?
—¿Dónde vas? —La voz de Wrath le llegó desde arriba como una especie de conciencia y Phury se congeló con la mano en el picaporte de la puerta del vestíbulo.
—¿Dónde? —exigió el Rey.
A ningún lugar en especial, pensó Phury sin volverse. Sólo de camino a volverme jodidamente loco.
—Fuera a dar un paseo —dijo, y levantó las llaves del coche por encima de la cabeza.
Llegados a este punto, mentir no le molestaba ni un poco. Lo único que quería era que todos se apartaran de su camino. Cuando tuviera el humo rojo, cuando estuviera tranquilo y su cabeza ya no fuera una bomba a punto de explotar, podría volver a interactuar.
Las botas de Wrath acometieron la escalera, el ritmo de sus zancadas era una cuenta atrás para que le cayera una bronca de tres pares de cojones. Phury se volvió a enfrentar al Rey, con la ira hirviendo a fuego lento dentro de su pecho.
Y el asunto era que, Wrath tampoco estaba de un humor Hallmark . Tenía las cejas ocultas tras las gafas envolventes, los colmillos largos, el cuerpo tenso como el infierno.
Era obvio que había recibido más malas noticias.
—¿Qué ha pasado ahora? —dijo Phury entre dientes, preguntándose cuando demonios pasaría la actual tormenta de mierda a enturbiar la vida de otro grupo de gente.
—Cuatro familias de la glymera fueron atacadas esta noche, y no hay supervivientes. Tengo algo terrible que decirle a Qhuinn, pero no puedo comunicarme con él ni con John Matthew, y ambos están apostados en lo de Blay.
—¿Quieres que yo vaya?
—No, quiero que lleves tu culo al Santuario y cumplas con tu jodido deber —estalló Wrath—. Necesitamos más Hermanos, y consentiste en ser el Primale, así que deja de aplazar la mierda.
Phury rabiaba por exponer sus colmillos, pero mantuvo la compostura.
—He elegido a otra Primera Compañera. La están preparando, y yo acudiré a ella mañana por la noche.
Wrath enarcó las cejas. Luego hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
—Ok. Bien. Ahora, ¿cuál es el número de Blaylock? Voy a pedirle al chico que vuelva a su casa. Todos los Hermanos están ocupados, y no quiero que Qhuinn se entere de lo que tengo que decirle por teléfono.
—Puedo ir…
—Ni lo sueñes —respondió el Rey—. Incluso si todavía fueras parte de la Hermandad, con toda la mierda que está ocurriendo en este momento, no correría el riesgo de perder al Primale de la raza, así que ve a que te jodan y muchas gracias. Ahora, ¿cuál es el maldito número de Blay?
Phury le dio a Wrath los números, saludó con la cabeza, y salió a través del vestíbulo. No le importó una mierda haberle dicho a Wrath que iba a salir en coche, dejó su BMW estacionado en el patio y se desmaterializó hacia el centro de la ciudad.
De todos modos Wrath sabía que había estado mintiendo. Y no había ninguna razón para retrasar el viaje al ZeroSum tomando su coche sólo para conservar las apariencias de una falsedad de la que ambos eran bien conscientes.
Cuando llegó a la entrada del club, Phury evitó la fila de espera simplemente acercándose y pidiéndole al gorila que se apartara de su camino.
En la sección VIP, iAm guardaba la puerta de la oficina de Rehvenge. El moro no pareció sorprenderse al verlo, pero por otro lado era difícil tomar por sorpresa a cualquiera de los dos guardaespaldas privados de Rehv.
—El jefe no está aquí, ¿quieres hacer una compra? —preguntó el tipo.
Phury asintió, iAm le mostró el camino. Rally, el sirviente que pesaba las dosis, se alejó rápidamente después de que Phury abriera su mano dos veces.
iAm apoyó la cadera contra el escritorio de Rehvenge y simplemente se quedó allí mirándolo a través del despacho, con los negros ojos impasibles, tranquilos. Su hermano, Trez era el más impetuoso de los dos, por lo que Phury siempre había pensado que iAm era el más peligroso de los dos.
Aunque suponía que era algo así como elegir entre dos armas diferentes: una cuestión de valores.
—Un consejo —dijo el moro.
—Paso.
—Resiste. No saltes a cosas más fuertes, amigo.
—No tengo idea de lo que hablas.
—Mientes.
Rally salió de la puerta oculta de la esquina y cuando Phury vio todas aquellas hojas dentro de la bolsa de plástico transparente, le bajó la tensión arterial y su ritmo cardíaco se estabilizó. Le dio mil dólares y salió de aquella oficina tan rápido como pudo, listo para regresar a su dormitorio y dedicarse a su asuntillo.
Cuando se dirigía a la salida de emergencia, vio a Xhex apoyada en la barra VIP. Dirigió sus ojos hacia el brazo, que tenía enterrado en la chaqueta, luego frunció el ceño y articuló, Joder.
Cuando comenzó a acercarse a él con rápidas zancadas, tuvo la extraña impresión de que intentaría arrebatarle su alijo, y eso no iba a pasar. Había pagado buen dinero en efectivo y lo había comprado a un precio justo. No había razón para que la gerencia tuviera un mal rollo con él.
Rápidamente empujó la puerta y se desmaterializó. No tenía ni jodida idea de cuál era el problema, y tampoco le importaba. Tenía lo que necesitaba y se iba a casa.
Mientras viajaba en una neblina de moléculas de regreso a la mansión, pensó en el drogadicto del callejón, el que había acuchillado a su distribuidor y luego había hurgado en los bolsillos del hombre mientras la sangre manaba por todas partes.
Phury trató de creer que él no era así. Intentando no ver la desesperación que había sentido los últimos veinte minutos como el trampolín que podría llevarlo a actuar como lo había hecho el drogadicto con aquella navaja.
La realidad era, sin embargo, que nada ni nadie estaba a salvo si se ponía en medio de un adicto y lo que ansiaba.

Mientras John recorría con la vista el patio trasero de la casa de Blay, sentía que había hecho esto miles de veces, la espera, la vigilancia… esta pausa depredadora, todo esto le parecía que fuera su segunda naturaleza. Lo cual era una locura.
Nah, le dijo su yo interior. Todo esto no es más que la mierda habitual. Sin embargo, el resto te lo estás imaginando.
A su lado en las sombras, Qhuinn estaba sorprendentemente quieto. Por lo general el tipo siempre estaba en movimiento, agitando los pies y manos, caminando por los alrededores, charlando. No esa noche, no en ese puesto de vigilancia entre los arbustos de madreselva.
Sí, bien, estaban ocultos entre la madreselva. No era exactamente tan varonil como ocultarse detrás de un grupo de robles, pero la cobertura era mejor, y además era todo lo que tenían para usar como camuflaje al lado de la puerta trasera de Blay.
John miró su reloj, habían estado esperando allí durante una hora larga o dos. Finalmente tendrían que irse para evitar el alba y acaso ¿no apestaba eso? Estaba allí para luchar. Estaba preparado para luchar.
Si no conseguía reventar a otro lesser, su bravucón interior iba a sufrir un severo caso de frustración.
Desafortunadamente, todo lo que percibían era una brisa ocasional de verano para compensar el zumbido de los grillos.
No sabía lo de Blay, gesticuló John sin ninguna razón en particular. ¿Cuánto hace que sabías sobre… tú sabes, como se sentía él?
Ahora Qhuinn comenzó a hacer tamborilear los dedos en su muslo.
—Más o menos desde que comenzó... que fue hace tiempo.
Guau, pensó John. Con todos estos secretos emergiendo, era casi como si estuvieran pasando por sus transiciones otra vez.
Y al igual que con los cambios que habían asumido sus cuerpos, ellos tres nunca volverían a ser lo que fueron una vez.
—Blay escondía lo que sentía —murmuró Qhuinn—. Aunque no debido al tema sexual. Quiero decir, no tengo problema en estar con gays, especialmente si hay chicas implicadas. —Qhuinn se rió—. Pareces impresionado. ¿No sabías que era así?
Bien... Yo... Quiero decir...
Mierda santa, si alguna vez antes se había sentido virgen, a la luz de lo que hacía Qhuinn... fuera lo que fuera... se dio cuenta que era más bien como VIRGEN.
—Mira, si te hace sentir incómodo...
No, no es eso. Demonios, realmente no estoy tan sorprendido. Quiero decir, entrabas en los baños con un montón de diferentes…
—Síp. Soy la clase de tipo que a lo que surja le planto cara, sabes. Todo viene bien. —Qhuinn se frotó la frente—. Sin embargo, no planeo ser así para siempre.
¿No?
—Un día quiero una shellan propia. No obstante, entre tanto, voy a hacer cualquier cosa y lo voy a experimentar todo. Así es como sé que estoy vivo.
John lo pensó.
También quiero una hembra. Pero es difícil porque...
Qhuinn no lo miró, pero asintió dejándole saber que le entendía… lo que se sintió bien. Era gracioso, de cierta forma, era más fácil hablar de las cosas ahora que su amigo sabía exactamente por qué ciertas cosas eran difíciles para él.
—Sabes, he visto el modo en que miras a Xhex.
John se puso rojo. Um...
—Es algo genial. Quiero decir, joder... ella es salvajemente ardiente. En parte porque es tan endemoniadamente aterradora. Pienso que podría hacerte comer tus propios dientes si te pasas de la línea. —Qhuinn se encogió de hombros—. Pero, ¿no has considerado que podrías querer comenzar con alguien que sea un poco… no sé, más suave?
Uno no puede elegir por quien quiere sentirse atraído...
—Amén.
Oyeron ruidos de alguien que estaba rodeando la casa desde el frente, y ambos se pusieron alerta, alzando los cañones de sus armas y apuntándolos hacia el este.
—Soy yo —voceó Blay—. No disparéis.
John salió de la madreselva.
¿Pensé que te ibas con tus padres?
Blay contempló a Qhuinn.
—Los Hermanos han estado tratando de localizarte.
—¿Por qué me miras así? —dijo Qhuinn, poniendo el arma a un costado de su cuerpo.
—Quieren que regreses a la mansión.
¿Por qué?, gesticuló John aunque Blay todavía tenía la vista fija en Qhuinn. Wrath dijo que estaba bien que nos quedáramos.
—¿Cuales son las noticias? —dijo Qhuinn con voz tensa—. Tienes noticias, cierto.
—Wrath quiere que tú...
—Mi familia fue atacada, ¿no es así? —Qhuinn apretó la mandíbula—. ¿No es así?
—Wrath quiere que tú...
—A la mierda con Wrath. ¡Habla!
Blay desvío los ojos hacia John antes de volver fijarlos en su amigo.
—Tu madre, padre y hermana están muertos. Tu hermano está desaparecido.
El aliento de Qhuinn lo abandonó en un resuello, como si alguien le hubiera dado una patada en el estómago. John y Blay extendieron las manos, pero él se replegó y se apartó.
Blay sacudió la cabeza.
—Lo siento mucho.
Qhuinn no dijo nada. Era como si hubiera olvidado el idioma.
Blay trató de alcanzarlo otra vez, y cuando Qhuinn volvió a alejarse otro paso, le dijo:
—Mira, Wrath me llamó cuando no pudo localizar a ninguno de vosotros dos, y me pidió que ambos regresarais a la mansión. La glymera va a retirarse.
Vamos al coche, le dijo John a Qhuinn por señas.
—Yo no voy.
—Qhuinn...
Qhuinn...
La voz de Qhuinn estaba llena de la emoción que su rostro se negaba a mostrar.
—A la mierda con todo esto. A la mierda...
Una luz se encendió dentro de la casa de Blay, y Qhuinn giró la cabeza bruscamente. A través del cristal de las ventanas de la cocina, vieron entrar a un lesser a la habitación a plena vista.
No hubo forma de detener a Qhuinn. Entró a la casa por la puerta trasera a una velocidad supersónica con el arma en alto. Y tampoco se frenó, una vez dentro. Apuntando su H&K le disparó repetidas veces al asesino, apretó el gatillo una y otra vez, haciendo retroceder al pálido bastardo hasta que estuvo contra la pared.
Incluso cuando el lesser cayó desplomado y comenzó a sangrar negro, Qhuinn siguió disparando, al papel pintado confiriéndole un estilo Jackson Pollock .
Blay y John se precipitaron dentro, y John puso un brazo alrededor del cuello de su amigo. Cuando hizo retroceder a Qhuinn, agarró con fuerza la mano en la que el tipo tenía el arma por si tratara de girar y disparar.
Otro lesser entró como un cañonazo en la cocina, Blay se puso manos a la obra, agarrando un cuchillo de carnicero de un exhibidor de cuchillos de Henckels . Cuando enfrentó al pálido bastardo, el asesino hizo aparecer una navaja de muelle y los dos comenzaron a andar en círculos. Blay estaba tenso, su gran cuerpo listo para atacar, los ojos alerta. El problema era que todavía continuaba sangrando por las heridas que había recibido antes de irse, estaba pálido y demacrado por todo lo que había pasado.
Qhuinn levantó el cañón de su arma a pesar de que John le estaba sujetando la mano.
Cuando John sacudió la cabeza, Qhuinn siseó.
—Suéltame. Ahora mismo.
El tono de su voz fue tan mortalmente sereno, que John obedeció.
Qhuinn puso una bala precisamente entre los ojos del lesser, haciendo que la cosa cayera como un muñeco.
—¿Qué coño? —tronó Blay—. Era mío.
—No voy a observar cómo te cortan en pedazos. Eso no va a pasar.
Blay apuntó a Qhuinn con un dedo tembloroso.
—No vuelvas a hacer algo así.
—Esta noche perdí gente, a la que no soportaba. No voy a perder a alguien que realmente me importa.
—No necesito que seas mi héroe...
John se puso en medio de los dos.
A casa, gesticuló. Ahora.
—Podrían haber más…
—Probablemente haya más…
Cuando el teléfono de Blay sonó, los tres se quedaron inmóviles.
—Es Wrath. —Los dedos de Blay volaron sobre las teclas— Realmente nos quiere en casa. Y John, comprueba tu teléfono, creo que no funciona.
John tomó la cosa de su bolsillo. Estaba muerto y bien muerto, pero ahora no había tiempo para entender por qué. ¿Tal vez por los enfrentamientos?
Vamos, señaló.
Qhuinn se acercó al soporte de los cuchillos, sacó uno dentado, y apuñaló tanto al lesser al que había convertido en un colador como al que había enviado de vuelta hacia el Omega con el disparo certero.
Moviéndose rápidamente, aseguraron la casa como mejor pudieron, pusieron la alarma, y se amontonaron en el Mercedes de Fritz, con Qhuinn en el volante y Blay y John en el asiento trasero.
Cuando se dirigieron a la Ruta 22, Qhuinn comenzó a levantar el panel divisorio.
—Si vamos a volver a la mansión, no puedes saber dónde está, Blay.
Que era, por supuesto, sólo parte de la razón por la que estaba levantando el escudo. Qhuinn quería estar solo. Era lo que necesitaba siempre que se sentía confundido y la razón por la cual John se había ofrecido a hacerse pasar por Miss Daisy .
En la densa oscuridad del asiento trasero, John le echó un vistazo a Blay. El chico estaba recostado sobre el asiento de cuero como si su cabeza le pesara como un bloque de cemento y sus ojos parecían haberse hundido en su cráneo. Parecía tener cien años.
En términos humanos.
John pensó en el tipo que había sido sólo unas noches atrás, cuando habían ido a Abercrombie, paseando por los estantes de camisas, sosteniendo una y otra para evaluarlas. Contemplando ahora a Blay, era como si aquel chico pelirrojo de la tienda fuera un primo lejano, más joven de la persona que estaba en el Mercedes, alguien con el mismo colorido y la misma altura, pero nada más en común.
John dio un toque a su amigo en el antebrazo.
Tenemos que pedirle a la doctora Jane que te examine.
Blay bajó la mirada por su blanca camisa y se sorprendió de encontrarla manchada de sangre.
—Supongo que era por esto que mi madre andaba a mí alrededor. No duele.
Bien.
Blay se volvió y miró fijamente por la ventanilla, aunque fuera imposible ver a través de ella.
—Mi padre dijo que podía quedarme. Para luchar.
John silbó suavemente para que girara la cabeza.
No sabía que tu papá podía manejar así la espada.
—Antes de que se apareara con mi madre, fue un soldado. Ella le obligó a dejarlo, —Blay frotó la camisa aunque la sangre estaba impregnada en las fibras, manchándolas—. Cuando Wrath me llamó y me pidió que fuera a buscaros a vosotros dos tuvieron una gran discusión. Mi madre se preocupa de que pueda resultar muerto. Mi padre quiere que demuestre ser un macho de valor en este momento de necesidad de la raza. Así que ahí lo tienes.
¿Qué quieres tú?
Los ojos del chico se dispararon hacia el panel divisorio y luego examinaron todo el asiento trasero.
—Quiero luchar.
John se reclinó contra el asiento.
Bien.
Después de un largo silencio, Blay dijo:
—¿John?
John giró la cabeza lentamente, sintiéndose tan exhausto como Blay aparentaba estar.
¿Qué?, articuló, porque no tenía fuerza para gesticular.
—¿Todavía quieres ser mi amigo? A pesar de que sea gay.
John frunció el ceño. Luego se sentó derecho, cerró la mano formando un puño, y le dio un puñetazo a su compañero de lleno en el hombro.
—¡Eh! Qué coño…
¿Por qué no querría ser tu amigo? ¿Aparte del hecho que seas un idiota de mierda por preguntarme eso?
Blay se acarició el lugar donde lo había golpeado.
—Lo lamento. No sabía si eso cambiaba las cosas o... ¡No vuelvas a hacer eso! ¡Tengo una herida allí!
John volvió a reclinarse en el asiento. Estaba a punto de gesticular otro, Estúpido idiota, al tipo, cuando se dio cuenta que él se había preguntado lo mismo después de lo que había ocurrido en el vestuario.
Miró a su amigo.
Para mí eres exactamente el mismo.
Blay respiró hondo.
—No se lo he dicho a mis padres. Tú y Qhuinn sois los únicos que lo sabéis.
Bien, cuando se lo digas a ellos o a quien sea, él y yo estaremos a tu lado. En todo.
La pregunta que John no tenía las pelotas para formular debió asomar a sus ojos, porque Blay extendió la mano y le tocó el hombro.
—No. Absolutamente no. No creo que haya nada que pudiera hacer que te valore menos.
Los dos soltaron idénticos suspiros y cerraron los ojos al mismo tiempo. Ninguno de los dos pronunció otra palabra durante el resto del viaje a casa.

Lash se sentó en el asiento de pasajeros del Focus y tuvo la frustrante sensación de que a pesar de los atracos que había promovido en las casas de la aristocracia, la Sociedad no estaba captando el panorama. Los lessers estaban recibiendo órdenes del señor D, no de él.
Demonios, ni siquiera sabían que él existía.
Le echó un vistazo al señor D, cuyas manos estaban situadas a las diez y a las dos sobre el volante. Una parte de él quería matar al tipo sólo por despecho, pero su lado lógico sabía que tenía que mantener al bastardo vivo para usarlo como portavoz… al menos hasta que pudiera demostrar quién era él ante el resto de sus tropas.
Tropas. Amaba aquella palabra.
Era la segunda palabra que más apreciaba después de suyas.
Tal vez podría diseñarse un uniforme. Como el de un general o algo así.
Estaba seguro como el infierno que lo merecía, considerando lo acertada que era su estrategia militar. Era un maldito genio… y el hecho de usar lo que la Hermandad le había enseñado durante el entrenamiento contra ellos, era condenadamente glorioso.
Sin embargo, en los pasados siglos, la Sociedad Lessening había estado metiéndose solo con la población de vampiros. Con poca inteligencia para continuar, y una fuerza de soldados descoordinada, era una estrategia de caza y picotea que había reportado muy poco éxito.
No obstante, él, pensaba a lo grande, y tenía el conocimiento para poner en funcionamiento sus planes.
La forma de eliminar a los vampiros era romper la voluntad colectiva de la sociedad, y el primer paso era la desestabilización. Los jefes de cuatro de las seis familias fundadoras de la glymera habían sido aniquilados. Había que ir por los otros dos, y una vez que estuvieran muertos, los lessers podrían comenzar con el resto de la aristocracia. Habiendo atacado y diezmado a la glymera, lo que quedaba del Consejo de Princeps, se volvería contra Wrath porque era el Rey. Se formarían facciones rivales. Sobrevendrían luchas por el poder. Y Wrath, como líder forzado a tratar con la inquietud civil, los desafíos a su autoridad, y con una guerra en curso cometería crecientes errores de juicio, que exacerbarían la inestabilidad.
Las consecuencias no sólo serían políticas. Más asaltos a casas significaban que habría menos diezmos para la Hermandad debido a una disminución en la base que sostiene al fisco. Menos aristócratas significaban menos empleos para los civiles, y eso causaría apuros financieros a las clases bajas con la consecuente erosión en su apoyo al Rey. Todo el asunto sería un círculo vicioso que conduciría inevitablemente a que Wrath fuera destituido, muerto o relegado a una figura decorativa sin poder alguno… y la estructura social de los vampiros se hundiría aún más profundamente en el retrete. Cuando todo fuera un caos total, Lash entraría y barrería lo que quedaba.
Sólo una cosa sería mejor, una plaga de vampiro.
Hasta ahora su plan estaba funcionado, esta primera noche había sido un completo éxito. Se había cabreado porque el hijo de puta de Qhuinn no había estado en su casa cuando la asaltaron, ya que le hubiera gustado poder matar a su primo, pero se había enterado de algo interesante. En el escritorio de su tío había encontrado documentos de renuncia, que expulsaban a Qhuinn de la familia. Lo que significaba que la pobre pequeña mierda dispar de Qhuinn andaba suelta por algún sitio… aunque evidentemente no donde Blay ya que su casa también había sido asaltada.
Sí, lamentaba que Qhuinn no hubiera estado en casa, pero al menos habían capturado vivo a su hermano. Eso iba a ser divertido.
Hubo varias pérdidas de la Sociedad, sobre todo en casa de Blay y en la del mismo Lash, pero en el panorama general, la marea se inclinaba fuertemente a favor de Lash.
De todas formas la rapidez era crítica. La glymera correría a sus refugios, y aunque sabía la localización de algunas áreas en las que podría encontrar algunos de ellos, la mayor parte estaba fuera del estado, eso significaba pérdida de tiempo en viajes para sus hombres. Para apresurar las muertes, tenían que asaltar tantas direcciones como fuera posible aquí en la ciudad.
Mapas. Necesitaban mapas.
Mientras Lash pensaba en ello, le gimió el estómago.
Necesitaban mapas y alimento.
—Para en ese Citgo —ladró.
El señor D no pudo virar a la izquierda a tiempo, entonces se orilló y dio marcha atrás.
—Necesito comida —dijo Lash—. Y mapas para...
Al otro lado de la calle, las luces azules de un coche patrulla del Departamento de Policía de Caldwell, se encendieron y Lash blasfemó.
Si la policía había visto su infracción de tránsito, estaban en graves problema. En el maletero del Focus había pistolas y otras armas de fuego. Ropa ensangrentada, carteras, relojes y anillos de vampiros muertos.
Colosal. Una cagada colosal. Evidentemente el oficial no había hecho una urgente pausa para comer una donut, porque se dirigía directamente hacia ellos.
—Estoy. Jodido. —Lash miró al señor D mientras el tipo se detenía a un costado—. Dime que tienes un permiso de conducir válido contigo.
—Por supuesto que sí. —El señor D aparcó el coche y bajó la ventanilla mientras uno de los «para proteger y servir» de Caldie se acercaba a ellos—. Hey, Oficial. Tengo mi permiso de conducir justo aquí.
—También necesito los papeles del coche. —El policía se inclinó hacia el coche y luego hizo una mueca como si no le gustara el olor.
Dios, cierto. El olor a talco de bebé.
Lash se reclinó hacia atrás cuando el señor D se estiró para abrir la guantera, tranquilo como si no pasara nada. Cuando sacó un pedazo de papel blanco del tamaño de una tarjeta, Lash rápidamente comprobó la documentación. Ciertamente parecía oficial. La maldita cosa tenía el sello del Estado de Nueva York, estaba a nombre de Richard Delano, y la dirección era en el 1583 de la calle Diez, apartamento 4F.
El señor D le entregó todo a través de la ventanilla.
—Sé que se supone que no tendría que ir marcha atrás, señor. Sólo queríamos algo de comer y me pasé la entrada del aparcamiento.
Lash contemplaba al señor D, impresionado por la notable demostración de talento interpretativo. Mientras miraba al policía, D era la combinación justa de estoy lamentablemente avergonzado, me disculpo sinceramente y soy una persona común y corriente. Mierda, su rostro debería estar en el frente de una caja de cereales para demostrar la forma correcta de mover las mandíbulas, además lanzaba la palabra señor como si fuera el amén en una iglesia. Él era la personificación de todo lo que era íntegro. Lleno de vitaminas y fibra. Un paquete energético, que representaba la antigua y buena nutrición americana
El oficial miró la documentación y se la devolvió. Dirigió la linterna al interior del coche y dijo:
—No lo vuelva a hacer...
Cuando vio a Lash frunció el ceño.
La actitud del policía de «estoy perdiendo mi valioso tiempo» se fue en una fracción de segundo. Ladeando la radio que tenía prendida en la solapa hacia su boca, pidió refuerzos y luego dijo:
—Señor, voy a tener que pedirle que salga del coche.
—¿Quién, yo? —dijo Lash. Joder no tenía ninguna identificación encima—. ¿Por qué?
—Señor por favor salga del coche.
—No, a menos que me diga por qué.
Bajó la linterna e iluminó la cadena de perro que Lash tenía alrededor del cuello.
—Hace aproximadamente una hora, recibimos una denuncia de una mujer en Screamer’s contra un hombre blanco, de dos metros de altura, rubio, rapado, con un collar de perro. Así que necesito que salga del coche.
—¿Cuál fue la denuncia?
—Asalto sexual. —La otra patrulla de policía estacionó delante de ellos, luego dio marcha atrás hasta prácticamente apoyarse en los faros del Focus—. Señor, por favor, salga del vehículo.
¿Aquella puta que estaba en la barra había acudido a la policía? ¡Le había suplicado que se lo hiciera!
—No.
—Si usted no sale del coche, lo sacaré.
—Sal del coche —dijo el señor D en voz baja.
El segundo oficial rodeó el Focus y abrió la puerta de Lash.
—Señor, salga del coche.
No podía ser que estuviera ocurriéndole eso. ¿Esos jodidos humanos idiotas? Era el hijo del Omega, por el buen Cristo. No seguía las reglas de los vampiros, mucho menos unas que gobernaban a los Homo Sapiens.
—¿Señor? —dijo el policía.
—¿Qué tal si te jodes con tu Taser ?
El oficial se inclinó y le agarró el brazo.
—Queda usted bajo arresto por asalto sexual. Cualquier cosa que diga puede y será usada en su contra en una corte. Si usted no puede contratar un abogado...
—Usted no puede estar hablando jodidamente en serio...
—... se le proporcionará uno. ¿Entiende estos derechos...
—Suélteme.
—... que le han sido leídos?
Fueron necesarios los dos oficiales para arrastrar a Lash fuera del coche, y como no podía ser de otra forma, se reunió un grupo de gente. Mierda. Aún cuando fácilmente pudiera arrancarle los brazos a ambos y metérselos por el culo, no podía darse el lujo de hacer una escena. Había demasiados testigos.
—Señor, ¿entiende usted estos derechos? —Esto fue dicho a Lash mientras le hacían girar, le empujaban contra el capó del coche, y le esposaban.
Lash miró al señor D a través del parabrisas, su rostro ya no era inocente como un pastel de manzanas. El tipo tenía los ojos entrecerrados, y su única esperanza era que estuviera estrujándose el cerebro para encontrar la manera de sacarlo de ese lío.
—¿Señor? ¿Entiende usted estos derechos?
—Sí —escupió Lash—. Jodidamente bien.
El policía que estaba a su izquierda se inclinó hacia él.
—A propósito, vamos a agregar el cargo de resistencia al arresto. ¿Y esa rubia? Tenía diecisiete años.

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