jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 37 38 39

Capítulo 37

Detrás de la mansión de la Hermandad, los pies magullados de Cormia recorrían el corto césped tan rápido como podían llevarla. Corría para ocultarse de sí misma, corría con la esperanza de encontrar algo de claridad, corría porque no había ningún lugar al que quisiera ir pero tampoco podía quedarse donde estaba.
Su respiración entraba y salía con fuerza de sus pulmones, le ardían las piernas, tenía los brazos entumecidos, pero aún así seguía corriendo, corrió a lo largo de la pared de contención que estaba en la linde del bosque, luego dio la vuelta y regresó hacia los jardines.
Layla y el Primale. Layla yaciendo con el Primale. Layla desnuda con el Primale.
Corrió más rápido.
Él iba a escoger Layla. Se sentía incómodo con su papel, por eso escogería a alguien a quien hubiera visto antes, alguien que además había servido a sus Hermanos con discreción y gracia. Se inclinaría por alguien que le resultara familiar.
Escogería a Layla.
Sin advertencia previa, a Cormia le flaquearon las piernas y se derrumbó como un bulto exhausto.
Cuando se recuperó lo suficiente como para levantar la cabeza, frunció el ceño y jadeó. Había caído sobre un extraño parche de césped recientemente removido, una extensión imperfecta que tenía casi dos metros de diámetro. Era como si algo hubiese sido quemado allí y la tierra aún tuviera que recuperarse.
Parecía apropiado a muchos niveles distintos.
Rodando para tenderse de espaldas, miró el cielo nocturno. Le ardían los muslos al igual que sus pulmones, pero el fuego verdadero estaba en su cerebro. No pertenecía a este lado. Pero no podía soportar la idea de regresar al Santuario.
Era como el aire de verano que se extendía entre la tierra verde y cubierta de hierba y la galaxia llena de estrellas. No estaba ni aquí ni allí… y además era invisible.
Levantándose, comenzó a caminar lentamente de regreso a la terraza de la mansión. Las lámparas brillaban en las ventanas de la casa y cuando echó una mirada a su alrededor, comprendió que iba a extrañar los colores nocturnos de este mundo: los rojos, rosas, amarillos y púrpuras de las rosas de té, lucían apagados, como si las flores se sintieran tímidas. Dentro de la biblioteca, el rojo profundo de las cortinas era como una hoguera encendida, y la sala de billar parecía haber sido construida con esmeraldas, con un vívido verde oscuro.
Tan encantador. Todo era tan encantador, una fiesta para los ojos.
Para aplazar la partida un poco más, fue a la piscina.
El agua negra le habló, la superficie brillante le susurró melodiosos lamentos y le hizo señas con chispeantes reflejos de rayos de luna que se proyectaban sobre sus tranquilas olas.
Dejando caer la bata, se zambulló en la suave oscuridad, penetrando la superficie de la piscina, yendo hasta lo más profundo y quedándose allí mientras braceaba en el agua.
Cuando emergió en el extremo más alejado, la resolución entró en su cuerpo junto con el aire que inhaló. Le diría a Fritz que se marchaba, y le pediría que se lo comunicara a Bella. Luego iría al Santuario y pediría una audiencia con la Directrix Amalya… en la cual presentaría la solicitud de convertirse en escriba recluida.
Sabía que uno de sus deberes como escriba consistiría en registrar la descendencia del Primale, pero era mejor tratar con ellos en la tierra de las letras que tener que ver con sus propios ojos a las legiones de niños de cabello multicolor y encantadores ojos amarillos.
Y habría niños. Aunque había impugnado su fuerza, el Primale iba a hacer lo que debía. Estaba luchando incluso más que antes con su papel, pero su sentido del deber se sobrepondría a su ego.
Bella estaba en lo correcto en la valoración que había hecho de él.
—Bueno, hola.
Cormia exhaló sobresaltada y quedó mirando directamente un par de gigantescas botas con puntas de metal. Asustada, recorrió con los ojos el enorme y esbelto cuerpo de un macho vestido con lo que ellos llamaban vaqueros.
—¿Y tu quien eres? —preguntó con voz suave y cálida, poniéndose en cuclillas. Sus ojos eran muy llamativos, intensos… y dispares, con pestañas del mismo color de su tupido cabello negro.
Antes de que pudiera responder, John Matthew apareció detrás de él y silbó ruidosamente para llamar su atención. Cuando el macho que estaba al borde del agua miró sobre su hombro, John agitó la cabeza e hizo señas frenéticamente.
—Oh… mierda, perdón. —El macho de cabello oscuro se levantó en toda su estatura y alzó las manos como si estuviera tratando de detenerse así mismo—. No sabía quien eras.
Otro macho salió de la casa a través de las puertas de la biblioteca. Este era pelirrojo, tenía manchas de sangre en la camisa y sobre él se cernía un aire de agotamiento absoluto.
Eran soldados que luchaban junto a John, pensó. Soldados jóvenes.
—¿Quién eres? —le preguntó, al que tenía los encantadores ojos desiguales.
—Qhuinn. Vengo con él. —Su pulgar señaló a John Matthew—. El pelirrojo es…
—Blaylock —le cortó el otro abruptamente—. Soy Blaylock.
—Solo salí a nadar un poco —dijo ella.
—Ya veo. —La sonrisa de Qhuinn era amistosa, había perdido su sensualidad.
Pero todavía se sentía atraído por ella. Podía notarlo. Y allí fue cuando comprendió que debido al camino que había elegido seguir, permanecería intacta para siempre. En su papel de escriba recluida, nunca estaría entre las que el Primale visitaría para mantener relaciones sexuales.
Eso significaba que aquella tormenta incipiente que se había producido dentro de ella de forma tan gloriosa nunca más sería convocada ni liberada de nuevo.
Jamás.
Cuando la gran extensión de años de vida que le quedaban se desplegó ante ella, una inquieta, desesperada cuerda en su interior fue conmovida, y las vibraciones de su insatisfacción la impulsaron a través del agua caliente hacia la escalera. Asiendo las barandas salió a la superficie y sintió el aire fresco sobre su cuerpo y supo que los tres soldados estaban mirándola.
Ese conocimiento la deprimió y la animó al mismo tiempo. Sería la última vez que un macho observaría su cuerpo, y era muy duro pensar que estaba encerrando toda su femineidad para siempre. Pero no podía estar con otro que no fuera el Primale, y no podía soportar estar con él en la actual situación con todas sus hermanas. Así que este era el fin.
En unos momentos, se pondría la túnica, la cerraría y le diría adiós a aquello que nunca había empezado realmente.
Así que no se disculparía por su desnudez ni escondería su cuerpo al salir del gentil abrazo del agua.
Phury se materializó en los jardines de la parte trasera de la mansión de la Hermandad porque no tenía ganas de encontrarse con nadie. Con todo lo que tenía en mente, entrar por la puerta delantera y correr el riesgo de…
Sus pies se detuvieron, su corazón se detuvo, su respiración se detuvo.
Cormia estaba saliendo de la piscina, sus resplandecientes curvas de hembra chorreando agua… mientras tres machos recién pasados por la transición, permanecían aproximadamente a tres metros de distancia con las lenguas colgando hasta los ombligos.
Oh… Infiernos… no.
El macho vinculado que había en él surgió como una bestia, liberándose de las mentiras acerca de sus sentimientos con las cuales se alimentaba a sí mismo, rugiendo desde la cueva de su corazón, despojándolo de todo lo que era civilizado.
Todo lo que sabía era que su hembra estaba de pie desnuda, siendo codiciada por otros.
Era todo lo que le importaba.
Antes de que tuviera conciencia de lo que estaba haciendo, Phury lanzó un gruñido que penetró el aire como el estallido de un trueno. Los ojos de John Matthew y los de sus amigos se dispararon en su dirección, y los tres dieron un paso atrás como si fueran uno. Una seria retirada. Como si la piscina se hubiera incendiado.
Cormia, por otro lado, ni siquiera lo miró. Y tampoco corrió a cubrirse. En vez de ello, deliberadamente, se tomó su tiempo para levantar la túnica y la deslizó sobre sus hombros, con desafío latente.
Eso lo enardeció como ninguna otra cosa podría haberlo logrado.
—Entra en la casa —le exigió—. Ahora.
Cuando lo miró, su voz era tan calmada como sus ojos:
—¿Y si no quiero hacerlo?
—Te pondré sobre mi hombro y te llevaré adentro. —Phury se volvió hacia los muchachos—. Este es nuestro problema. No el vuestro. Marchaos, si sabéis lo que os conviene. Ahora.
El trío vaciló hasta que Cormia les dijo:
—Todo va a estar bien. No os preocupéis.
Cuando se marcharon, Phury tenía el presentimiento de que no iban a ir muy lejos, pero Cormia no necesitaba protección. Los machos vinculados eran mortalmente peligrosos para cualquiera menos para sus compañeras. Estaba fuera de control, sí, pero era ella quien poseía su mando a distancia.
Y sospechaba que ella ya lo sabía.
Cormia levantó las manos y se escurrió el cabello serenamente.
—¿Por qué quieres que entre?
—¿Vas a ir caminando o tengo que llevarte?
—Te he preguntado por qué.
—Porque vas a ir a mi dormitorio. —Esas palabras fueron empujadas fuera de su boca por el rugido de su respiración.
—¿A tu habitación? ¿No querrás decir a la mía? Porque hace cinco meses me dijiste que saliera de la tuya.
Su polla era el asiento de la bestia, estirándose para ser liberada y poder estar dentro de ella. Y la excitación era innegable: Su tren estaba sobre la vía. Su billete había sido sellado. La jornada había empezado.
Para Cormia también.
Phury se le acercó. El cuerpo de ella rugía por el calor de la pasión, tanto que podía sentirlo contra su propia piel, y el aroma a jazmín que despedía era tan denso como su misma sangre.
Él desnudó los colmillos y siseó como un gato.
—Iremos a mi habitación.
—Pero no tengo ninguna razón para ir a tu habitación.
—Sí. La tienes.
Ella se echó el cabello retorcido descuidadamente sobre el hombro.
—No, me temo que no.
Diciendo eso, le dio la espalda y comenzó a caminar lentamente hacia la casa.
Él la rastreó como una presa, la siguió pegado a sus talones a través de la biblioteca, por la gran escalera, y a su habitación.
Ella abrió un poco la puerta y entró.
Antes que pudiera cerrarla, él puso la palma alrededor del panel de madera y se abrió camino de un empujón. Fue él el que cerró la puerta. Y le puso el seguro.
—Quítate la túnica.
—¿Por qué?
—Porque si no lo haces, voy a desgarrarla.
Levantó la barbilla y dejó caer los párpados, por lo que aunque tenía que mirar hacia arriba para poder encontrar sus ojos, aún podía mirarlo de forma altanera, por encima de su nariz.
—¿Por qué necesitas que me desvista?
Con cada hueso territorial de su cuerpo, gruñó:
—Voy a marcarte.
—¿En serio? Comprendes que eso no tiene ningún sentido.
—Tiene todo el sentido del mundo.
—Antes no me deseabas.
—Y una mierda, si no lo hacía.
—Me comparaste con otra hembra con la que trataste de estar, pero con la cual finalmente no pudiste hacer nada.
—Y tú no me dejaste terminar de hablar. Ella era una prostituta que compré con el único propósito de perder mi virginidad. No era una hembra que yo deseara. No eras tú —Inhaló su aroma y ronroneó. —Ella no eras tú.
—Pero aún así aceptaste a Layla ¿no es cierto? —Cuando no le respondió, caminó hacia el baño y encendió la ducha—. Sí, lo hiciste. Como Primera Compañera.
—Esto no se trata de ella —le dijo desde la puerta.
—¿Cómo no va a tratarse de ella? Las Elegidas somos una única entidad y yo aún soy parte de ellas. —Cormia se volvió, lo enfrentó y dejó caer la túnica—. ¿O no lo soy?
La verga de Phury se estrelló contra la parte interna de su cremallera. Su cuerpo definitivamente brillaba bajo las luces del techo, tenía los pechos firmes y en punta, los muslos ligeramente abiertos.
Entró a la ducha, y él la observó mientras arqueaba la espalda para lavarse el cabello. Con cada movimiento que ella hacía, él perdía un poco más del escaso comportamiento civilizado que le quedaba. En el más oculto y distante estante de su cerebro, sabía que debía salir de allí, porque estaba a punto de hacer que una situación ya de por sí complicada se convirtiera en algo directamente insostenible. Pero su cuerpo había encontrado el alimento que necesitaba para sobrevivir.
Y en el momento en que saliera de esa maldita ducha se la iba a comer viva.






Capítulo 38

Sí, iba a dejarle.
Mientras Cormia se aclaraba la espuma del cabello, comprendió que en el momento en que dejara la ducha, iba a terminar debajo del Primale.
Iba a dejarle tomarla. Y en el proceso iba a tomarlo a él.
Ya había tenido suficientes por poco y casi y somos o no somos. Ya había tenido suficiente del retorcido destino en el que ambos estaban atrapados. Ya había tenido suficiente de hacer lo que le decían que debía hacer.
Lo quería. Iba a tenerlo.
Al diablo con sus hermanas. Era suyo.
Aunque sólo por esta noche, le señaló una voz interior.
—Jódete —le dijo a la pared de mármol.
Le dio un manotazo al grifo cerrándolo y abrió de un tirón la puerta. Cuando el flujo de agua se cortó, encaró al Primale.
Estaba desnudo. Erecto. Con los colmillos totalmente expuestos.
El rugido que emitió fue el de un león, y mientras el sonido reverberaba por todas las paredes de mármol del cuarto de baño, sintió que se humedecía aún más entre las piernas.
Se le acercó, y ella no luchó cuando la agarró por la cintura y la levantó. No fue suave, pero no quería suavidad… y para asegurarse que él lo sabía le mordió el hombro cuando estaba entrando al dormitorio.
Rugió otra vez y la tiró sobre la cama, haciendo rebotar su cuerpo una vez. Dos veces. Se volvió sobre su estómago y comenzó a gatear alejándose sólo para obligarlo a sudar un poco. No tenía pensado decir no, pero maldita sea, iba a tener que perseguirla…
El Primale saltó sobre su espalda y le sujetó las manos por encima de la cabeza. Cuando trató de girarse bajo él, le separó las piernas con la rodilla y la mantuvo en el sitio con sus caderas. Su erección se deslizó hacia abajo y la tanteó, provocando que se arquearse.
Le concedió el espacio suficiente, lo suficiente para que pudiera girar los hombros y mirarlo.
La besó. Profunda y largamente. Y ella le devolvió el beso en igual medida, renunciando a continuar atrapada en la tradición de sometimiento de las Elegidas.
Con un súbito movimiento, él se retiró, se cambio un poco de lugar, y...
Cormia gimió cuando penetró su cuerpo con un suave golpe. Y luego no hubo tiempo para hablar, pensar o demorarse pensando en el dolor sentido cuando sus caderas se convirtieron en una fuerza conductora. Se sentía tan bien, tan correcto, todo ello, desde el olor de su oscuro aroma especiado y el peso de su cuerpo, el modo en que el cabello de él le caía en el rostro y los jadeos que salían de ambas bocas entreabiertas.
Cuando sus empujes se hicieron más profundos, movió las piernas separándolas aún más y con sus propias caderas hizo eco al ritmo que él imponía.
Las lágrimas afluyeron a sus ojos, pero no se detuvo a pensar dos veces en ellas cuando el ímpetu implacable de él la envolvió y un nudo de fuego comenzó a apoderarse del lugar dónde él estaba bombeando dentro y fuera de su cuerpo hasta que pensó que se quemaría viva… y no le pareció que eso fuera algo malo en lo más mínimo.
Ambos se fundieron al mismo tiempo, y en medio de su propio clímax ella captó una visión de él por encima del hombro, tenía la cabeza echada hacia atrás, la mandíbula apretada y los grandes músculos de sus brazos destacaban contra la suave piel. Luego cuando su propio cuerpo ceñía y liberaba, ceñía y liberaba, estuvo demasiado perdida como para ver nada en absoluto, los ávidos tirones que le daba al sexo de él le hacían gemir y sacudirse mientras le extraía la marca de su posesión.
Y entonces estuvo hecho.
Tras la consumación, pensó en las tormentas de verano que dominaban la mansión de vez en cuando. Cuando éstas se retiraban, la quietud se percibía aún más profunda de lo habitual debido a la furia que ellas habían desatado. Esto era lo mismo. Con sus cuerpos en calma, la respiración aquietándose y los corazones desacelerándose, era difícil recordar la vivida urgencia que los había impelido hasta allí, hacia este ahora… momento de clamoroso silencio.
Observó como en su semblante, la consternación y luego el abyecto horror, tomaba el lugar de lo que en un principio había sido un obsesivo impulso de marcarla.
¿Qué esperaba? ¿Qué ese baile de cuerpos fuera a hacerlo renunciar a su estatus de Primale, renegar de su voto, y declararla su única y verdadera shellan? ¿Qué estuviera encantado de que justo antes de su partida hubieran hecho, a raíz de un apasionado impulso, lo que deberían haber hecho meses antes, con reverencia y premeditación?
—Por favor sal de mí —dijo con voz estrangulada.
Phury no podía entender lo que había hecho, y sin embargo la prueba estaba allí. El cuerpo delgado de Cormia estaba bajo su cuerpo pesado, sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas, y tenía contusiones en las muñecas.
Había tomado su virginidad desde atrás, como si fuera un perro. La dominó y la hizo someterse porque era más fuerte. La penetró sin prestar atención al dolor que definitivamente ella debió haber sentido.
—Por favor sal de mí. —Le temblaba la voz, y la palabra por favor lo mató. Sólo podía rogárselo, pues estaba completamente dominada.
Salió de su interior y se bajó de la cama, trastabillando como un borracho.
Cormia se giró sobre un costado y plegó las piernas contra su cuerpo. Su columna vertebral parecía muy frágil, la delicada columna de huesos daba la sensación de ser completamente quebradiza bajo la piel pálida.
—Lo siento. —Dios, aquellas dos palabras eran semejantes a cubos vacíos.
—Por favor sólo vete.
Considerando como se había impuesto ya a ella, hacer honor a su petición en ese momento le pareció algo trascendental. Aún cuando dejarla era la última cosa que quería hacer.
Phury entró en el cuarto de baño, se puso la ropa, y se dirigió hacia la puerta.
—Después tenemos que hablar…
—No habrá un después. Voy a solicitar convertirme en escriba recluida. Para poder registrar tú historia, sin ser parte de ella.
—Cormia, no.
—Es donde pertenezco. —Dijo mirándole por encima del hombro.
Volvió a recostar la cabeza sobre la almohada.
—Vete —dijo—. Por favor.
No tuvo conocimiento consciente de ir hacia la puerta ni de salir por ella. Más tarde se percató que estaba de vuelta en su habitación, sentado en el borde de la cama, fumando un porro. En el silencio que le rodeaba, le temblaban las manos, el corazón funcionaba como un tambor electrónico roto y daba golpecitos en el suelo con el pie.
El hechicero ocupaba la parte delantera y central de la mente de Phury, de pie con el manto negro agitándose en el viento, la silueta de bordes irregulares contrastaba contra un vasto horizonte gris. En la mano, haciendo equilibrio sobre su palma, tenía un cráneo.
Los ojos de este eran amarillos.
Te dije que le harías daño. Te lo dije.
Phury miró el apretujado canuto de humo rojo que tenía en la mano y trató de ver cualquier otra cosa aparte de la destrucción. No pudo. Había sido una bestia.
Te dije lo que iba a pasar. Yo tenía razón. He tenido razón desde el principio. Y a propósito, tu nacimiento no fue la maldición. No fue el que nacieras después de tu gemelo. Tú eres la maldición. Tanto si hubieran nacido cinco bebés contigo o ninguno, el resultado final de todas las vidas a tu alrededor habría sido el mismo.
Alargando la mano para tomar el mando a distancia, Phury encendió su equipo Bose, pero en el mismo instante en que una de las deliciosas y hermosas óperas de Puccini inundó la habitación, las lágrimas bulleron en sus ojos. Tan preciosa, la música, y tan insoportable cuando comparó el mágico tono de voz de Luciano Pavarotti con el gruñido que había articulado cuando había estado encima de Cormia.
La había dominado. Sujetado sus brazos. Montado desde atrás…
Tú eres la maldición.
Cuando la voz del hechicero continuó machacando en su mente, sintió que la hiedra del pasado se apoderaba de él nuevamente, todas las cosas en que había fracasado, todas las diferencias que no había logrado hacer, todo el cuidado que había tratado de poner, pero no había alcanzado... y ahora había una nueva capa. La capa de Cormia.
Oyó el último aliento resollante de su padre. Y el crujido del cuerpo de su madre elevándose en llamas. Y la cólera de su gemelo por haber sido rescatado.
Y lo peor de todo, oyó la voz de Cormia: Por favor sal de mí.
Phury se tapó las orejas con las manos aunque esto no le sirviera de ayuda.
Tú eres la maldición.
Con un gemido, apretó las palmas de las manos a ambos lados de su cráneo con tanta fuerza que sus brazos temblaron.
¿No te gusta la verdad? Escupió el hechicero. ¿No te gusta mi voz? Tú sabes cómo hacer que me vaya.
El hechicero dejó caer el cráneo en la maraña de huesos a sus pies. Tú sabes cómo hacerlo.
Phury fumó con desesperación, aterrorizado por todo lo que estaba en su cabeza.
El porro no lograba alcanzar el odio a sí mismo ni las voces.
El hechicero puso la bota negra con punta en forma de garra encima del cráneo de ojos amarillos. Tú sabes lo que tienes que hacer.

4

Capítulo 39

En lo profundo de una cueva en el Parque Estatal de Black Snake, situado en las Adirondacks al norte del estado, el macho que hacía dos días, al llegar el alba, había sufrido un colapso trataba de entender por qué sentía al sol brillando sobre él y aún no había estallado en llamas. A menos que, ¿estaría en el Fade?
No… esto no podía ser el Fade. Los achaques y dolores de su cuerpo y el grito de agonía en su mente eran demasiado parecidos a los que sentía cuando estaba en la Tierra.
Pero, ¿y el sol? Estaba bañado en su cálida incandescencia, y aún así respiraba.
Joder, si toda esa mierda de «vampiro-no-luz-del-día» era mentira, la totalidad de su raza era una reverenda idiota.
Pero, espera un momento, ¿no estaba en una cueva? Entonces ¿Cómo podían alcanzarlo los rayos?
—Come esto —dijo la luz del sol.
Bien, si se atenía a la idea, por más improbable que fuera, de que estaba vivo, entonces, evidentemente estaba alucinando. Porque lo que estaban poniendo frente a su rostro se parecía a una Big Mac de Mc Donald’s, y eso era imposible.
A menos que realmente estuviera muerto, y el Fade tuviera ¿los Arcos Dorados en vez de las puertas de oro?
—Mira —dijo la luz del sol—, si tu cerebro ha olvidado como comer, sólo abre esa boca tuya. Te embutiré esta mierda dentro y veremos si tus dientes recuerdan lo que deben hacer.
El macho separó sus labios, porque el olor de la carne estaba despertando su apetito y lo hacía babear como un perro. Cuando le llenaron la boca con la hamburguesa, su mandíbula se puso en piloto automático, cerrándose con fuerza.
Mientras desgarraba un trozo, gimió. Por un breve momento, la hormigueante aprobación de sus papilas gustativas remplazó todo su sufrimiento, incluida la mierda mental. Tragar le extrajo otro gemido.
—Toma más —dijo la luz del sol, volviendo a presionar la Big Mac contra sus labios.
Se la comió toda. Y algunas patatas fritas que estaban tibias, pero aún así eran una bendición del cielo. Entonces le alzaron la cabeza y sorbió un poco de Coca-Cola levemente aguada.
—El Mickey D’s más cercano está a 32 kilómetros de distancia —dijo la luz del sol, como si quisiera llenar el silencio—. Por eso no está tan caliente como podría estarlo.
El macho quería más.
—Sí, te traje una segunda ración. Abre grande.
Otra Big Mac. Más patatas fritas. Más Coca-Cola.
—He hecho todo lo que estaba en mis manos, pero necesitas sangre —le dijo la luz del sol, como si fuera un niño—. Y necesitas volver a casa.
Cuando el macho sacudió la cabeza, se dio cuenta que estaba acostado boca arriba con una roca como almohada y con un sucio suelo como colchón. Aunque no estaba en la misma cueva que antes. Esta olía diferente. Esta olía a... aire fresco, aire fresco de primavera.
Aunque... ¿tal vez fuera el olor de la luz del sol?
—Sí, debes volver a casa.
—No...
—Bien, entonces tenemos un problema, tú y yo —masculló la luz del sol. Hubo un movimiento de arrastre como si alguien de gran tamaño estuviera poniéndose en cuchillas—. Tú eres el favor que tengo que devolver.
El macho frunció el ceño, tomo aliento con dificultad, y graznó:
—Ningún lugar al que ir. Ningún favor.
—No es tu decisión, amigo. Ni la mía. —Pareció que la luz del sol estaba negando con la cabeza, porque las sombras borrosas que creaba en la cueva ondearon—. Lamentablemente, tengo que llevar tu culo de vuelta a donde pertenece.
—No soy nada para ti.
—En un mundo perfecto, eso sería verdad. Desgraciadamente, esto no es el paraíso. Ni mucho menos.
El macho no podía estar más de acuerdo, pero todo el asunto de irse a casa era una completa estupidez. Cuando su cuerpo absorbió la energía que le proporcionó el alimento consumido, encontró la fuerza para sentarse, frotarse los ojos, y…
Contempló la luz del sol.
—Ah... mierda.
La luz del sol asintió torvamente.
—Sí, así es más o menos como me siento yo respecto a esto. Así que así están las cosas, podemos hacerlo del modo difícil o del modo fácil. Tú eliges. Aunque me gustaría señalar que si tengo que encontrar tu casa sin que me ayudes, va a requerir algo de esfuerzo por mi parte, y eso me va a poner de un humor de mierda.
—No voy a volver allí. Jamás.
La luz del sol se pasó una mano por el largo cabello rubio y negro. En sus dedos destellaron aros de oro y también centellearon en sus orejas, guiñaron desde su nariz y brillaron alrededor de su grueso cuello. Los ojos de un blanco brillante y sin pupilas se encendieron cargados de furia, los anillos de color azul brillante que rodeaban sus irises, parecidos a lunas llenas, se tornaron azul marino.
—De acuerdo. El modo difícil. Di buenas noches, Gracie.
Mientras se le oscurecía la visión, el macho oyó a Lassiter, el ángel caído, decir:
—Endemoniado. Cabrón.

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