jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 4 5 6

Capítulo 4

Al este, en la mansión de la Hermandad, Cormia esperaba al Primale en la biblioteca y a quien fuera con quien, según él, debía pasar algo de tiempo. Mientras se paseaba entre el sofá y el sillón de cuero, oía a los hermanos hablar en el vestíbulo, discutiendo acerca de la próxima fiesta de la glymera.
La voz del hermano Rhage retumbó:
—Ese manojo de egocéntricos, prejuiciosos, holgazanes-carentes-de-…
—Cuidado con las referencias a los vagos —interrumpió el hermano Butch—. Se me podrían aplicar algunas.
—...parásitos, hijos de puta estrechos de miras...
—No te cortes, dinos lo que realmente sientes —dijo alguien más.
—... pueden coger su Gala Fakata y metérsela por el culo.
El Rey rió en voz baja.
—Menos mal que no eres diplomático, Hollywood.
—Oh, tienes que dejarme enviarles un mensaje. Mejor aún, dejemos que mi bestia acuda como emisario. Haré que destroce el lugar. Esos bastardos se lo merecen, por como trataron a Marissa.
—Sabes —anunció Butch—, siempre he pensado que tienes medio cerebro. A pesar de lo que digan los demás.
Cormia dejó de pasearse cuando el Primale apareció en la entrada de la biblioteca, con un vaso de oporto en la mano. Estaba vestido con el atuendo que acostumbraba a usar en la Primera Comida cuando no estaba enseñando: un par de perfectos pantalones de vestir hechos a medida, color crema en esta ocasión; camisa de seda negra, como era habitual; un cinturón negro, cuya hebilla era un H alargada y dorada. Sus zapatos de punta cuadrada habían sido lustrados hasta quedar brillantes y llevaban la misma H del cinturón.
Hermes, creyó haberle oído por casualidad en una cena.
Llevaba el cabello suelto, las ondas caían sobre sus fuertes hombros, algunas por delante y otras por detrás. Olía a lo que los hermanos llamaban aftershave, y también al humo con fragancia a café que se acumulaba en su habitación.
Sabía exactamente como olía su dormitorio. Había pasado un solo día yaciendo junto a él en esa habitación, y todo acerca de aquella experiencia había sido inolvidable.
Aunque este no era el momento de recordar lo que había ocurrido entre ellos en esa gran cama, cuando había estado dormido. Ya era bastante difícil estar en su compañía con toda una habitación entre los dos y gente fuera en el vestíbulo. Para añadirle encima esos momentos en los que él había presionado su cuerpo desnudo contra el suyo...
—¿Disfrutaste de la cena? —preguntó él, tomando un sorbo de su vaso.
—Si, claro. ¿Y Su Gracia?
Estaba a punto de replicar cuando John Matthew apareció tras él.
El Primale se giró hacia el joven y sonrió.
—Hey, hombre. Me alegro de que hayas venido.
John Matthew la miró desde el otro lado de la biblioteca y alzó la mano a forma de saludo.
Se sintió aliviada por la elección. No conocía a John más que a los demás, pero durante las comidas, permanecía callado. Lo cual hacía que su tamaño no fuera tan intimidante como habría sido si fuese ruidoso.
Se inclinó ante él.
—Su Gracia.
Cuando se enderezó, sintió sus ojos fijos en ella y se preguntó que veía. ¿Hembra o Elegida?
Que pensamiento tan raro.
—Bueno, que os divirtáis. —Los brillantes ojos dorados del Primale se apartaron de ella—. Estoy de servicio esta noche, así que estaré fuera.
Luchando, pensó Cormia, con una punzada de miedo.
Deseó lanzarse sobre él y decirle que tuviera cuidado, pero eso no le correspondía, ¿verdad? En principio apenas si era su Primera Compañera. Por otra parte, él era la fuerza de la raza y difícilmente necesitaba de su preocupación.
El Primale palmeó el hombro de John Matthew, la saludó con la cabeza, y salió.
Cormia se inclinó a un lado para poder observar como el Primale subía las escaleras. Su modo de andar era grácil mientras subía, a pesar de la extremidad faltante y la prótesis que llevaba. Era tan alto, orgulloso y encantador, y odió el hecho de que pasarían horas antes de su regreso.
Cuando apartó la mirada, John Matthew estaba cerca del escritorio, tomando un pequeño bloc y una pluma. Mientras escribía, sostenía el papel cerca de su pecho, con las grandes manos ahuecadas. Parecía mucho más joven de lo que sugería el tamaño de su cuerpo mientras trabajaba en su nota.
En las raras ocasiones en las que tenía algo que decir en la mesa, le había visto comunicarse con las manos, y eso la había hecho suponer que quizás era mudo.
Giró el cuaderno hacia ella haciendo una mueca, como si no estuviera muy convencido de lo que había escrito. ¿Te gusta leer? La biblioteca tiene un montón de libros buenos.
Lo miró a los ojos. Que encantador tono de azul tenían.
—¿Cuál es el problema con tu voz? Si se me permite preguntar.
Ningún problema. Hice un voto de silencio.
Ah... lo recordó. La Elegida Layla había mencionado que había asumido tal compromiso.
—Te he visto utilizar las manos para hablar —dijo.
Lenguaje por Señas Americano, escribió él.
—Es una forma elegante de comunicarse.
Cumple su cometido. Escribió algo más y después le mostró nuevamente el bloc. He oído que el Otro Lado es muy diferente. ¿Es cierto que todo es blanco?
Alzó el ruedo de su túnica, cómo para mostrar un ejemplo de como era el lugar del que venía.
—Si. El blanco es todo lo que tenemos. —Frunció el ceño—. Todo lo que necesitamos, más bien.
¿Tenéis electricidad?
—Tenemos velas, y hacemos las cosas a mano.
Suena anticuado.
No estaba segura de qué significaba eso.
—¿Eso es malo?
Él sacudió la cabeza. Creo que es guay.
Cormia conocía el término de haberlo oído en la mesa de la cena, pero todavía no entendía por qué esa palabra infundía un juicio positivo a las cosas.
—Es todo lo que conozco —Se acercó a una de las altas y estrechas puertas con paneles de cristal—. Bueno, hasta ahora.
Sus rosas estaban tan cerca, pensó.
John silbó, y ella miró sobre el hombro hacia el bloc que sostenía de cara a ella. ¿Te gusta estar aquí? había escrito. Y por favor quiero que sepas que puedes decirme que no, no te estoy juzgando.
Manoseó su túnica.
—Me siento muy diferente a todos. Me pierdo en las conversaciones, aunque hablo el idioma.
Hubo un largo silencio. Cuando volvió a mirar a John, éste estaba escribiendo, su mano se detenía de vez en cuando un rato, como si estuviera escogiendo una palabra. Tachó algo. Escribió algo más. Cuando hubo terminado, le entregó el cuaderno.
Sé lo que es eso. Por ser mudo, muchas veces me siento fuera de lugar. Mejoró después de mi transición, pero aún ocurre. Sin embargo aquí nadie te juzga. Nos agradas a todos, y nos alegramos de que estés en la casa.
Leyó el párrafo dos veces. No estaba segura de como responder a la última parte. Había asumido que se la toleraba porque el Primale la había traído.
—Pero... Su Gracia, creía que habías asumido el voto de silencio.
Él se ruborizó, y ella dijo:
—Lo siento, eso no me concierne.
Él escribió y después le mostró sus palabras. Nací sin laringe. La siguiente frase estaba tachada, pero fue capaz de captar la esencia. Había escrito algo así como: Pero aún así puedo luchar bien y soy listo y todo.
Podía entender el subterfugio. Las Elegidas, como la glymera, valoraban la perfección física como evidencia de una crianza apropiada y la fuerza de los genes de la raza. Muchos habrían visto su silencio como una deficiencia, e incluso las Elegidas podían ser crueles con aquellos a los que consideraban inferiores a ellas.
Cormia extendió el brazo y posó la mano en el antebrazo de él.
—Creo que no todas las cosas tienen que ser dichas para que se entiendan. Y resulta bien obvio que eres adecuado y fuerte.
Las mejillas de él se arrobaron de color, e inclinó la cabeza para ocultar los ojos.
Cormia sonrió. Parecía perverso que se relajara ante la torpeza de él, pero en cierto modo se sentía como si estuvieran al mismo nivel.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó.
La emoción titiló en su rostro cuando volvió a coger el cuaderno. Ocho meses o así. Me acogieron porque no tenía familia. Mi padre fue asesinado.
—Lamento mucho tu pérdida. Dime... ¿te quedas porque te gusta estar aquí?
Hubo una larga pausa. Luego escribió lentamente. Cuando le mostró el cuaderno, este decía: No me gusta ni más ni menos de lo que me gustaría cualquier otra casa.
—Lo que te convierte en un desplazado como yo —murmuró ella—. Aquí, pero sin estar aquí.
Asintió, después sonrió, revelando unos brillantes colmillos blancos.
Cormia no pudo evitar devolver la expresión a ese apuesto rostro.
Allá en el Santuario, todo el mundo había sido como ella. ¿Aquí? Nadie lo era en absoluto. Hasta ahora.
Entonces ¿tienes alguna pregunta que te gustaría formular?, escribió él. ¿La casa? ¿El personal? Phury dijo que podías tener alguna.
Preguntas... oh, se le ocurrían unas pocas. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo había estado el Primale enamorado de Bella? ¿Había habido alguna vez algún sentimiento por parte de ella? ¿Alguna vez habían yacido juntos?
Enfocó sus ojos en los libros.
—En este momento no tengo ninguna pregunta. —Sin ninguna razón en especial, añadió—: Acabo de terminar Las Amistades peligrosas de Choderlos de Laclos.
Han hecho una película de ese. Sarah Michelle Gellar, Ryan Phillipe y Reese Witherspoon.
—¿Una película? ¿Y quiénes son todas esas personas?
Escribió durante un rato. Conoces la televisión, ¿no? ¿Ese panel plano que está en la sala de billar? Bueno, las películas se ven en pantallas incluso más grandes, y a la gente que aparece en ellas se le llama actores. Fingen ser otras personas. Esos tres son actores. En realidad, todos son actores, cuando están en la tele o en las películas. Bueno, la mayoría de ellos.
—Sólo he echado un vistazo a la sala de billar. No he entrado en ella. —Sentía una curiosa vergüenza al admitir lo poco que se había aventurado fuera—. ¿La televisión es la caja brillante con imágenes?
Esa misma. Puedo mostrarte como funciona ¿quieres?
—Por favor.
Salieron de la biblioteca entrando en el mágico vestíbulo multicolor de la mansión, y como siempre, Cormia levantó la mirada hacia el techo, que flotaba tres pisos por encima del suelo de mosaico. La escena bosquejada arriba era de guerreros montados en grandes corceles, todos ellos partiendo hacia la lucha. Los colores eran escandalosamente brillantes, las figuras majestuosas y fuertes, el fondo de un azul brillante con nubes blancas.
Había un guerrero en particular con el cabello veteado de rubio al que tenía que evaluar cada vez que pasaba. Tenía que asegurarse que estaba bien, aunque fuera ridículo. Las figuras nunca se movían. Su lucha siempre estaba a punto de comenzar, nunca en curso.
Al contrario que la de la Hermandad. Al contrario que la del Primale.
John Matthew abrió el camino hacia la habitación verde oscuro que estaba enfrente de donde tomaban las comidas. Los Hermanos pasaban mucho tiempo allí; con frecuencia oía sus voces flotando a la deriva, contrastadas por suaves chasquidos, la fuente de los cuales ella no podía identificar. No obstante, John resolvió ese misterio. Cuando pasaba junto a una mesa plana cubierta por un fieltro verde, tomó una de las muchas bolas multicolores de su superficie y la hizo rodar. Cuando esta chocó con una de sus compañeras, el golpe seco explicó el sonido.
John se detuvo delante de una lona gris vertical y recogió un delgado aparato negro. Al instante, apareció una imagen a todo color y el sonido salió de todas partes. Cormia dio un respingo hacia atrás cuando un rugido llenó la habitación y objetos parecidos a balas pasaron a toda velocidad.
John la tranquilizó mientras el estrépito se desvanecía gradualmente, y después escribió en su bloc. Lo siento, he bajado el volumen. Eso es una carrera de NASCAR. Hay personas en los coches y corren alrededor de una pista. El más rápido gana.
Cormia se aproximó a la imagen y vacilando un poco la tocó. Todo lo que sintió fue una superficie lisa y elástica parecida a una tela. Miró detrás de la pantalla. Nada más que pared.
—Asombroso.
John asintió y le ofreció el delgado aparato, agitándolo arriba y abajo, como animándola a cogerlo. Después de mostrarle como manejarse entre la multitud de botones, retrocedió.
Cormia apuntó la cosa hacia las imágenes en movimiento... e hizo que las imágenes cambiaran. Una y otra vez. Al parecer había un interminable número de ellas.
—Ningún vampiro, sin embargo —murmuró, mientras aparecía otro paisaje ampliamente iluminado por el sol—. Esto es sólo para humanos.
Sin embargo, nosotros la miramos también. Hay vampiros en las películas... sólo que normalmente, no de los buenos. Ni las películas, ni los vampiros.
Cormia se hundió lentamente en el sofá que había enfrente de la televisión, y John se acomodó en una silla junto a ella. La interminable variación resultaba cautivadora, y John le explicaba cada «canal», haciendo observaciones para ella. No sabía cuanto llevaban allí juntos, pero él no parecía impacientarse.
Se preguntó qué canales vería el Primale.
Finalmente, John le mostró como apagar las imágenes. Ruborizada por la excitación, miró hacia las puertas de vidrio.
—¿Se está a salvo fuera? —preguntó.
Mucho. Hay una enorme barrera de contención rodeando el Complejo, además de cámaras de seguridad por todas partes. Más aún, estamos aislados por mhis. Ningún lesser ha conseguido jamás entrar aquí, y ninguno lo hará... oh, y las ardillas y los venados son inofensivos.
—Me gustaría salir.
Y a mi me encantará acompañarte.
John se metió el bloc bajo el brazo y se acercó a uno de los juegos de puertas de cristal. Después de abrir el cerrojo de bronce, abrió una de las hojas haciendo un galante gesto con el brazo para que pasara.
El aire cálido que se apresuró a entrar olía de modo distinto al que había en la casa. Este era rico. Complejo. Tórrido con su aroma a jardín y calor húmedo.
Cormia se levantó del sofá y se aproximó a John. Más allá de la terraza, el paisaje de jardines que había contemplado de lejos durante tanto tiempo se extendía a lo largo de lo que parecía ser una vasta distancia. Con sus coloridas flores y frondosos árboles, la vista no se parecía en nada a la monocromática extensión del Santuario, pero era igual de perfecta, igual de encantadora.
—Hoy es el día de mi nacimiento —dijo sin ninguna razón en particular.
John sonrió y aplaudió. Después escribió: Debería haberte traído un regalo.
—¿Regalo?
Ya sabes, un presente. Para ti.
Cormia inclinó el cuerpo hacia afuera y echó la cabeza hacia atrás. El cielo allí arriba se veía de un oscuro azul satinado con luces titilantes marcando sus pliegues. Maravilloso, pensó. Simplemente maravilloso.
—Esto es un regalo.
Salieron de la casa juntos. Las piedras lisas de la terraza se sentían frías bajo sus pies desnudos, pero el aire era cálido como un remanso, y le encantó el contraste.
—Oh... —Respiró profundamente—. Qué encantador...
Dando vueltas y vueltas, lo miró todo: La montaña majestuosa que era la mansión. Las mullidas y oscuras copas de los árboles. El césped ondulado. Las flores en sus pulcras secciones.
La brisa que lo barría todo era gentil como un hálito, cargada de una fragancia demasiado compleja e impetuosa para etiquetarla.
John la dejó adelantarse, sus pasos cautelosos los llevaron cerca de las rosas.
Cuando llegó a ellas, extendió la mano y acarició los frágiles pétalos de una rosa florecida tan grande como la palma de su mano. Después se inclinó e inhaló su perfume.
Cuando se enderezó, comenzó a reír. Sin ninguna razón en absoluto. Era solo que... súbitamente su corazón había cobrado alas y estaba elevándose en su pecho, el letargo que había estado atormentándola como una plaga durante el mes pasado se disipaba frente a una brillante oleada de energía.
Era el día de su nacimiento y estaba fuera.
Miró a John y le encontró mirándola fijamente, con una sonrisita en el rostro.
Lo sabe, pensó. Él sabía como se sentía.
—Quiero correr.
Él abrió los brazos abarcando la extensión de césped.
Cormia no se permitió pensar en los peligros de lo desconocido ni en la dignidad que las Elegidas supuestamente debían asumir junto con sus túnicas blancas. Dejando a un lado el gran peso de lo «apropiado», se recogió la túnica y corrió tan rápido como sus piernas pudieron llevarla. La hierba elástica amortiguaba sus pies y su cabello flameaba a su espalda y el aire azotaba su rostro.
Aunque permaneció ligada a la tierra, la libertad que sentía en el alma la hizo volar.






Capítulo 5

En el centro, en el distrito de los clubes y las drogas, Phury volaba a través de un callejón de la calle Décima, sus shitkickers golpeaban contra las mugrientas calles, mientras su impermeable negro ondeaba tras él. Aproximadamente a catorce metros por delante de él, había un lesser, y dadas sus posiciones, técnicamente Phury era el perseguidor. En realidad, el asesino no intentaba escapar con todo ese levantar talones. El bastardo lo que quería era internarse profundamente entre las sombras para que pudieran luchar, y Phury estaba totalmente de acuerdo con eso.
La regla número uno en la guerra entre la Hermandad y la Sociedad Lessening era: nada de peleas en presencia de humanos. Ninguno de los dos bandos necesitaba ese tipo de problemas.
Esa era casi la única regla.
El dulce olor a talco de bebé llegó hasta Phury, la estela de su enemigo era un infernal olor nauseabundo que empalagaba la nariz. Sin embargo valía la pena soportar la peste, porque ésta iba a ser una gran pelea. El asesino tras el que iba tenía el cabello tan blanco como el vientre de un pescado... lo cual significaba que el tipo llevaba en la Sociedad un montón de tiempo. Por razones desconocidas, todos los lessers palidecían con el tiempo, perdiendo su propio color de cabello, ojos y piel a medida que ganaban experiencia en cazar y matar vampiros inocentes.
Menudo intercambio. Cuando más asesinabas, más te parecías a un cadáver.
Esquivando un contenedor de basura y saltando sobre lo que esperaba fuera una pila de harapos y no un indigente muerto, se figuró que en otros cuarenta y cinco metros él y su amiguito lesser iban a conseguir por fin algo de privacidad. Las entrañas del callejón eran una vía sin salida, sin iluminar, rodeadas por edificios de ladrillos sin ventanas y...
Había un par de humanos en él.
Phury y su asesino se detuvieron en el seco, debido a la desilusión que se llevaron. Manteniendo una distancia saludable el uno del otro, evaluaron la situación mientras los dos humanos se les quedaban mirando.
—Joder, largaos de aquí —dijo el de la izquierda.
Ok, este era obviamente un caso de tratus interruptus. Y el tipo de la derecha era definitivamente el comprador en el intercambio, y no sólo porque no estuviera intentando hacerse cargo de la intrusión. El bastardo sarnoso temblaba dentro de sus sucios pantalones, tenía los ojos febriles abiertos de par en par, la piel cetrina se veía cerosa y salpicada de acné. Hay que decir, sin embargo, que seguía concentrado en los bolsillos de la chaqueta de su distribuidor, en absoluto preocupado por la posibilidad de ser despachado por Phury o el asesino.
Nah, el yonki estaba a punto de conseguir su siguiente dosis, y claramente le aterraba la idea de volver a casa sin lo que necesitaba.
Phury tragó con fuerza y observó esos ojos vacíos de «no hay nadie en casa» rebotar en todas direcciones. Dios, él había sentido ese punzante pánico... había bailado el tango con él justo antes de que las contraventanas se hubieran levantando en la casa, debido a la llegada de la noche.
El camello apoyó una de las manos en la parte baja de la espalda.
—He dicho, fuera de aquí.
Joder. Si el capullo sacaba un arma, se iba a desatar un infierno porque... Bueno, vale, el asesino también estaba metiendo la mano bajo su chaqueta. Profiriendo una maldición, Phury se unió a la fiesta posando una mano en la culata de la SIG que llevaba en la cadera.
El camello se detuvo, comprendiendo claramente que todo el mundo tenía artillería pesada. Después de hacer una especie de evaluación de riesgo, el tipo levantó las manos vacías ante sí.
—Pensándolo bien, quizás sea yo el que se marche.
—Buena elección —dijo el lesser arrastrando las palabras.
El adicto no creía que fuera tan buena idea.
—No, oh, no... No, necesito...
—Después. —El camello se abrochó la chaqueta como un comerciante cerraría su tienda.
Y ocurrió tan rápido, que nada podría haberlo detenido. De ninguna parte, el adicto sacó un cuchillo y con un torpe tajo, más producto de la suerte que de la habilidad, rajó la garganta de su distribuidor de lado a lado. Mientras la sangre salpicaba por todas partes, el comprador saqueó la tienda del camello, revisando los bolsillos de la chaqueta y metiéndose los paquetes de celofán que encontraba en los bolsillos traseros de sus vaqueros. Cuando el asalto hubo terminado, huyó como una rata, encorvándose sobre si mismo, se escabulló, demasiado entusiasmado con el billete de lotería premiado que había obtenido, como para molestarse por los dos auténticos asesinos que se interponían en su camino.
Sin duda, el lesser le dejó marchar motivado sólo por el hecho de despejar el campo para que la auténtica batalla pudiera comenzar.
Phury dejó que el humano se fuera porque se sentía como si se estuviera mirando en un espejo.
La ofensiva alegría en el rostro del adicto fue un absoluto enganche mental. Estaba claro que el tipo había cogido el tren expreso hacia el paraíso de los adictos, y el hecho de que fuera gratis era solo una pequeña parte del premio. La auténtica bendición era el lujurioso éxtasis de extremo placer que obtendría.
Phury conocía ese subidón orgánico. Lo experimentaba cada vez que se encerraba en su dormitorio con una bolsa grande y gorda de humo rojo y un paquete fresco de papel de fumar.
Estaba... celoso. Estaba tan...
Una larga cadena de acero le atrapó por un lado de la garganta y se envolvió alrededor de su cuello, una serpiente de metal con una endemoniada cola retráctil. Cuando el lesser tiró, se le clavaron los eslabones cortando todo tipo de cosas: la respiración, la circulación, la voz.
El centro de gravedad de Phury cambió de sus caderas a sus hombros, y cayó hacia adelante, colocando las manos ante si para evitar que lo plantaran de cara en el suelo. Cuando aterrizó a cuatro patas, obtuvo un breve y vívido vistazo del camello, que gorgoteaba como una cafetera a tres metros de distancia.
El distribuidor extendió una mano, y movió lentamente los labios ensangrentados. Ayúdame... ayúdame...
La bota del lesser golpeó la cabeza de Phury como si fuera un balón de fútbol, el crujiente impacto hizo que el mundo se pusiera a dar vueltas y vueltas mientras el cuerpo de Phury hacía de peonza. Terminó chocando contra el camello, y el peso muerto del hombre moribundo detuvo sus giros.
Phury parpadeó y jadeó. En lo alto, el resplandor de la ciudad ocultaba la mayoría de las estrellas de la galaxia, pero no afectaba a las que daban vueltas alrededor de su campo visual.
Oyó un jadeo ahogado junto a él, y durante una fracción de segundo fijó sus ojos encandilados en el vecino de al lado. Evidentemente el Grim Reaper le estaba oficiando de comité de bienvenida al camello, cuyo último aliento escapaba a través de la segunda boca que le habían abierto en la garganta. El tipo olía a crack, como si fuera consumidor, además de vendedor ambulante.
Este es mi mundo, pensó Phury. Este mundo de bolsitas de celofán y fajos de billetes, de consumir y preocuparse por la siguiente dosis le ocupaba incluso más tiempo que la misión de la Hermandad.
El hechicero apareció de pronto en su mente, de pie como Atlas en aquel campo de huesos. Tienes toda la razón este es tu jodido mundo, maldito bastardo chiflado. Y yo soy tu Rey.
El lesser tiró de la cadena, interrumpiendo al hechicero y haciendo que las estrellas que Phury tenía en la cabeza brillaran aún más.
Si no volvía al juego que tenía entre manos, la asfixia iba a ser su mejor y única amiga.
Subiendo las manos a los puñeteros eslabones, se aferró a ellos con sus grandes puños, y se irguió hasta quedar en una posición en que pudiera ejercer fuerza, luego enrolló el látigo de acero alrededor de su pierna ortopédica. Utilizando la pierna como palanca, empujó contra los eslabones que quedaron bajo la suela de su shitkicker y logró aflojarlos lo suficiente como para poder respirar.
El asesino se echó hacia atrás como en el esquí acuático, y la prótesis se debilitó bajo la presión, alterándose el ángulo en que estaba apoyado el pie falso. Con un movimiento rápido, Phury liberó su pierna de la cadena y aflojó la resistencia en su extremo tensionando el cuello y los hombros preparándose para el tirón que vendría. Cuando el asesino salió volando contra la pared de ladrillo de Limpieza en seco Valu-rite, la fuerza y el peso corporal del no-muerto levantaron a Phury del suelo.
Durante una fracción de segundo la cadena quedó floja.
Eso fue suficiente para que Phury girara, se sacara la cadena del cuello, y empuñara una daga.
El lesser estaba aturdido por el golpe contra el edificio, y Phury aprovechó la ventaja que le dio su conmoción, lanzándose hacia adelante con la hoja en la mano. La punta y el eje del compuesto de acero se introdujeron profundamente en el suave y vacío vientre del lesser, haciendo brotar un chorro que corrió lustroso y negro.
El asesino bajó la mirada totalmente confundido, como si las reglas del juego hubieran cambiado en medio de la partida y nadie se lo hubiera dicho. Bajó las manos blancas para tratar de contener el flujo de dulce y malvada sangre y luchó inútilmente contra el torrente.
Phury se limpió la boca con el reverso de la manga, mientras un hormigueo de anticipación se encendía en su interior.
El lesser echó una mirada a su rostro y perdió su expresión ausente. El miedo inundó sus pálidas facciones.
—Eres él... —susurró el asesino mientras sus rodillas cedían—. El torturador.
La impaciencia de Phury se marchitó un poco.
—¿Qué?
—He oído... hablar de ti. Primero despedazas... luego matas.
¿Tenía una reputación en la Sociedad Lessening? Bueno, en fin. Había estado haciendo puré de lessers desde hacía ya un par de meses.
—¿Cómo sabes que soy yo?
—Por cierto... estás... sonriendo.
Mientras el asesino se deslizaba hasta el suelo, Phury fue consciente de la horripilante sonrisa que estaba luciendo.
Era difícil saber que era más horrible: que la sonrisa estuviera allí o que él no hubiera reparado en ella.
De repente, las pupilas del lesser se dispararon hacia la izquierda.
—Gracias... joder.
Phury se quedó congelado cuando sintió el cañón de un arma presionado contra su riñón izquierdo y una nueva oleada de talco para bebé invadió su nariz.

A no más de cinco manzanas de distancia en dirección este, en su oficina privada en el ZeroSum, Rehvenge, alias el Reverendo, maldijo. Odiaba a los incontinentes. Los odiaba.
El humano que se columpiaba sobre sus pies delante del escritorio acababa de mearse en los pantalones, la mancha apareció formando un oscuro círculo azul en la entrepierna de sus ajustados Z Brand.
Parecía como si alguien le hubiera pegado en su virilidad con una esponja mojada.
—Oh, por amor de Dios. —Rehv sacudió la cabeza en dirección a los Moros que componían su guardia privada y, que en ese momento servían de percha a ese pedazo de mierda. Trez y iAm mostraban ambos la misma expresión asqueada que él.
La única gracia que se les había concedido, supuso Rehv, era que el par de Doc Martens del tipo parecía funcionar bien como orinal. No goteaba nada.
—¿Que he hecho? —chilló el tipo, el tono de su voz sugería que sus pelotas estaban en algún lugar al norte de sus húmedos calzoncillos. Un poco más arriba y podría haber sido un contralto—. No he hecho nad...
Rehv cortó la negativa de raíz.
—Chrissy apareció con un labio partido y un ojo negro. Otra vez.
—¿Crees que lo hice yo? Vamos, la chica ejerce la prostitución para tí. Podría haber sido cual...
Trez planteó una objeción a su testimonio, cerrando la mano del hombre y apretando el puño con fuerza como si exprimiera una naranja.
Cuando el ladrido de dolor del acusado bajó hasta convertirse en un quejido, Rehv recogió ociosamente un abrecartas de plata. La cosa tenía forma de espada, y probó la punta con la yema del dedo índice, lamiendo rápidamente la gota de sangre que dejó atrás.
—Cuando solicitaste trabajo aquí —dijo—, diste una dirección, el 1311 de la calle Veintitrés. Que también, es la dirección de Chrissy. Llegáis y os marcháis juntos al final de la jornada. —Cuando el tipo abrió la bocaza, Rehv alzó la mano—. Si, soy consciente que eso no es concluyente. Pero ves ese anillo que tienes en la mano... Espera, ¿por qué estás intentando ocultar el brazo tras la espalda? Trez, ¿podrías ayudarle a colocar esa palma sobre mi mesa?
Cuando Rehv golpeó un lugar de su escritorio con la punta del abrecartas, Trez forzó al robusto humano como si el tipo no pesara más una bolsa de la lavandería. Sin ningún esfuerzo en absoluto, plantó la mano del bastardo delante de Rehv y la sostuvo allí.
Rehv se inclinó hacia delante y trazó el anillo de graduación del Instituto Caldwell con el abridor.
—Si, ¿sabes? Ella tiene una curiosa marca en la mejilla. Cuando la vi por primera vez, me pregunté que sería. Es de este anillo, ¿verdad? Le diste un revés, ¿no? Le diste en el rostro con esto.
Mientras el tipo tartamudeaba como el motor de una barcaza, Rehv trazó otro círculo alrededor de la piedra azul del anillo, y luego con la afilada punta acarició los dedos del hombre, uno por uno, desde los huesudos nudillos de la mano hasta el final de las uñas planas en la punta de los dedos.
Los dos nudillos mayores estaban magullados, la pálida piel tenía un tono púrpura y estaba hinchada.
—Parece que no sólo le diste un revés —murmuró Rehv, todavía acariciando los dedos del hombre con el abrecartas.
—Ella lo pidió...
El puño de Rehv se estrelló contra el escritorio con tanta fuerza, que el teléfono multilínea dio un salto para volver a caer hecho un lío, el receptor rebotó y quedó fuera del soporte.
—No te atrevas a terminar esa frase. —Rehv luchó por no desnudar los colmillos cuando estos brotaron en su boca—. O que Dios me ayude, te haré comer tus propias pelotas ahora mismo.
El maldito asno se quedó inerte mientras un sutil beep-beep-beep reemplazaba al tono de marcación del teléfono. iAm, calmado como siempre, extendió tranquilamente la mano hacia adelante y volvió a colocar el receptor en su lugar.
Mientras una gota de sudor caía por la nariz del humano y aterrizaba en el dorso de su mano, Rehv controló su furia.
—Bien. ¿Por dónde íbamos antes de que casi consiguieras que te castráramos? Oh, si. Manos... estábamos hablando de manos. Curioso, no sé que haríamos sin dos. Quiero decir, no podrías conducir un coche de marchas, por ejemplo. Y tú tienes palanca, ¿no? Sip, he visto ese alucinante Acura que conduces por ahí. Bonito coche.
Rehv posó su propia mano sobre la lustrosa madera, justo al lado de la del tipo y como haciendo comparaciones, señaló las marcadas diferencias con el abrecartas.
—Mi mano es más grande que la tuya en longitud... y amplitud. Los dedos son más largos. Mis venas destacan más. Tú tienes un tatuaje de... ¿Qué hay en la base de tu pulgar? Una especie de... ah, el símbolo chino de fuerza. Sip, yo tengo mis tatuajes en otra parte. Que más, veamos… tu piel es más pálida. Demonios, vosotros los chicos blancos realmente tenéis que pensar un poco en broncearos. Pareces muerto sin algo de rayos UVA.
Cuando Rehv alzó la mirada, pensó en el pasado, en su madre y su colección de moratones. Le había llevado mucho tiempo, demasiado en realidad, enderezar las cosas en su caso.
—¿Sabes cuál es la mayor diferencia entre tú y yo? —dijo—. Mira... mis nudillos no están magullados por golpear a una mujer.
Con un movimiento rápido, alzó el abrecartas en alto y lo bajó tan fuerte que la punta no solo atravesó la carne; sino que penetró en la teca del escritorio.
La mano que había apuñalado era la suya.
El humano gritó, Rehv no sintió nada.
—No te atrevas a desmayarte, maricón de mierda —escupió Rehv cuando los ojos del capullo comenzaron a girar—. Vas a observar esto cuidadosamente para que recuerdes mi mensaje.
Rehv arrancó el abridor del escritorio al levantar la mano, de forma que ésta sirvió de vaina y liberó la hoja. Sosteniendo la mano en alto donde el hombre pudiera observarla, retorció el abridor de un lado a otro con inexorable precisión, creando un portal a través de su piel y huesos, ampliando la incisión hasta formar una pequeña ventana. Cuando hubo terminado, retiró la hoja y la dejó cuidadosamente junto al teléfono.
Con la sangre goteando por dentro de su manga y formando un charco sobre su codo, miró al hombre a través del agujero.
—Te estaré vigilando. En todas partes. Todo el tiempo. Si vuelve a aparecer con otro «moratón» a causa de «un resbalón en la ducha» voy a marcarte como a un calendario, ¿me captas?
El hombre se inclinó a un lado y vomitó sobre la pernera de su pantalón.
Rehv maldijo. Debería haber sabido que ocurriría algo así. Puñetero bastardo matón de pacotilla.
Y menos mal que ese tonto, con la pasta parcialmente digerida escurriéndose sobre sus meados pantalones Doc Martens, no sabía de lo que Rehv era realmente capaz. Este humano, como los demás del club, no tenía ni idea de que el dueño del ZeroSum no solo era un vampiro, sino un symphath. El hijo de puta se hubiera cagado encima, y que asco hubiera sido aquello. Ya era bastante húmedamente obvio que no usaba pañales.
—Tu coche es ahora mío —dijo Rehv mientras levantaba el teléfono y marcaba el número del servicio de limpieza—. Considéralo un pago con multas y recargos por el efectivo que has estado sisando de mi bar. Estás despedido por eso, y por distribuir heroína clandestinamente dentro del ámbito de mi código postal privado. Posdata, ¿la próxima vez que intentes cultivar la parcela de otro? no marques tus paquetes con la misma águila que luces en tu jodida chaqueta. Hace que sea demasiado fácil identificar al camello oportunista. Oh, y como he dicho, será mejor que esa dama mía no aparezca con algo más que una uña partida o te haré una visita. Ahora, sal cagando leches de mi oficina y no vuelvas a entrar en este club nunca más.
El tipo estaba tan sacudido que no discutió mientras se arrastraba como un borracho hacia la puerta.
Rehv volvió a estampar su puño ensangrentado contra el escritorio, para llamar la atención de todo el mundo.
Los Moros se detuvieron al igual que el imbécil. El humano fue el único que miró sobre el hombro, y había terror absoluto en sus ojos.
—Una. Última. Cosa. —Rehv mostró una sonrisa tensa, ocultando sus afilados caninos—. Si Chrissy renuncia, voy a asumir que lo hace porque tú la obligas a hacerlo, y acudiré a ti para cobrarme las pérdidas pecuniarias. —Rehv se inclinó hacia adelante—. Y que te quede claro, no necesito el dinero, pero soy un sádico, así que se me pone dura haciendo daño a la gente. La próxima vez, me cobraré en tu pellejo, no con tu cartera o con lo que haya aparcado en la entrada de tu casa. ¿Llaves? ¿Trez?
El moro metió la mano en el bolsillo de atrás de los Z Brands del tipo y le lanzó un llavero.
—No te preocupes por los papeles —dijo Rehv mientras lo atajaba—. Para enviar a tu mierda-cura al lugar que tengo planeado, no necesito papeles de transferencia de propiedad. Adiós, por ahora.
Cuando la puerta se cerró tras el drama, Rehv miró fijamente al anillo de llaves. En la etiqueta que pendía de él se leía, SUNY NEW PALTZ .
—¿Qué? —dijo sin levantar la vista.
La voz de Xhex fue baja, y surgió de una esquina oscura de la oficina, desde la cual siempre observaba como transcurrían los juegos y la diversión.
—Si lo hace otra vez, quiero ocuparme personalmente.
Rehv apretó las llaves en un puño y se reclinó en su silla. Incluso aunque se negara, si Chrissy volvía a aparecer marcada, su jefa de seguridad probablemente le diera una patada en el culo de todos modos. Xhex no era como sus otros empleados. Xhex no se parecía a ninguna otra persona.
Bueno, eso no era totalmente cierto. Era como él. Medio symphath.
O en este caso, medio sociópata.
—Vigila a la chica —le dijo—. Si ese hijo de puta se pone en marcha de nuevo con su anillo de promoción, lanzaremos una moneda para ver quien consigue joderle.
—Vigilo a todas las chicas. —Xhex se acercó a la puerta, moviéndose con tranquilo dominio. Estaba constituida como un hombre, alta y musculosa, pero no era tosca. A pesar de su corte de cabello a lo Annie Lennox y su cuerpo firme, no era solo la típica perra con su voluminosa figura de marimacho y su clásico uniforme de camiseta negra sin mangas y pantalones negros de cuero. No, Xhex era letal y elegante como la hoja de un cuchillo: rápida, decidida, agraciada.
Y como a todas las dagas, le encantaba derramar sangre.
—Es el primer martes del mes —dijo al tiempo que ponía una mano sobre la puerta.
Como si él no lo supiera.
—Me marcho en media hora.
La puerta se abrió y se cerró, el sonido del club al otro lado floreció, para luego apagarse.
Rehv alzó la palma. El flujo de sangre ya se estaba deteniendo, y el agujero se cerraría en otros veinte minutos. Para medianoche no quedaría ni rastro de la perforación.
Pensó en el momento en que se había empalado a sí mismo. No sentir para nada tu cuerpo era una especie de extraña parálisis. Aunque te movías, no reconocías el peso de la ropa sobre tu espalda o si los zapatos te apretaban o si el suelo bajo tus pies era irregular o resbaladizo.
Echaba de menos su cuerpo, pero o tomaba la dopamina y trataba con los efectos secundarios o bailaba el tango con su lado malvado. Y esa era una jodida lucha que no estaba seguro de poder ganar.
Rehv palmeó su bastón y se levantó cuidadosamente de la silla. Como resultado de su entumecimiento, el equilibrio era una putada y la gravedad no era su amiga, así que el viaje hasta el panel de la pared llevó más tiempo del que debería. Cuando llegó, colocó la palma sobre un cuadrado sobresaliente y el panel de una puerta corrediza se deslizó, en plan Star Trek y toda esa mierda.
La oscura suite de dormitorio y baño que se reveló, era uno de sus tres apartamentos de soltero, y por alguna razón era el que tenía la mejor ducha. Probablemente porque con sólo un par de cientos de metros cuadrados, podías hacer que todo el lugar tuviera un clima tropical con solo accionar la maldita cosa.
Y cuando tienes frío todo el tiempo, ese era un serio valor añadido.
Se desnudó, abrió el agua y se dio un rápido afeitado mientras esperaba a que el chorro alcanzara un calor nuclear. Mientras se pasaba la cuchilla por las mejillas, el hombre que le devolvía la mirada era el mismo de siempre. Con una cresta mohawk. Ojos color amatista. Tatuajes en el pecho y abdomen. Una polla larga yaciendo relajada entre las piernas.
Pensó en el sitio al que tenía que ir esa noche y su visión cambió, una neblina roja reemplazó gradualmente todos los colores a la vista. No se sorprendió. La violencia tenía una forma muy persuasiva de liberar su naturaleza malvada, como si fuera comida exhibida ante un hambriento, y hacía solo un momento había podido darle un dulce lametazo al plato ahí mismo, en su oficina.
En circunstancias normales, este sería el momento de tomar más dopamina. Su química salvadora mantenía lo peor de sus impulsos symphath a raya, intercambiándolos por hipotermia, impotencia y entumecimiento. Los efectos secundarios apestaban, pero tenías que hacer lo que tenías que hacer, y las mentiras requerían un cierto coste.
Así como cierto grado de actuación.
Su chantajista exigía actuación.
Rodeando con la mano su polla, como protegiéndola de lo que iba a tener que hacer esta noche, avanzó y probó el agua. Aunque el vapor había espesado el aire hasta que sintió como si estuviera respirando crema, la jodida mierda no estaba lo bastante caliente. Nunca lo estaba.
Se frotó los ojos con la mano libre. El rojo de su visión persistía, pero ese era un buen síntoma. Mejor encontrarse con su chantajista en igualdad de condiciones. Maldad contra maldad. symphath contra symphath.
Rehv se colocó bajo el chorro, limpiando la sangre que había derramado. Mientras se enjabonaba la piel, se sentía ya sucio, absolutamente impuro. Para cuando llegara el amanecer, la sensación solo iba a empeorar.
Sip... sabía precisamente por qué sus chicas empañaban el vestuario al final de sus turnos. A las putas les encanta el agua caliente. Jabón y agua caliente. Algunas veces eso y una esponja era lo único que te ayudaba a sobrevivir a la noche.




Capítulo 6

John siguió a Cormia con la vista mientras corría y giraba sobre el césped, con la túnica blanca flotando detrás de ella, en parte pareciendo una bandera, en parte asemejándose a unas alas. No sabía que a las Elegidas se les permitiera correr sin destino alguno y descalzas y le dio la sensación que estaba rompiendo algunas reglas.
Bueno, bien por ella. Era algo digno de contemplar. Con su alegría, entraba en la noche pero no formaba parte de su oscuridad, era como una luciérnaga, un brillante punto que bailaba destacando contra el denso bosque que se veía en el horizonte.
Phury debería ver esto, pensó John.
Sonó su teléfono emitiendo un pitido y lo sacó del bolsillo. El mensaje de texto era de Qhuinn y decía: Puedes hacer q Fritz t lleve con Blay ahora? Estamos listos.
Le respondió a su amigo: Sip.
Guardó la BlackBerry y deseó como el infierno ser capaz de desmaterializarse. Se suponía que debías intentarlo por primera vez un par de semanas después de tu transición y ni Blay ni Qhuinn habían tenido problemas con el «arriba y desaparezco». ¿En cuanto a él? Era como cuando había comenzado a entrenar y siempre era el más lento, el más débil, el peor. Todo lo que tenías que hacer era concentrarte en el lugar donde querías ir y desear estar allí. Al menos en teoría. ¿Él? Simplemente se pasaba un montón de tiempo con los ojos cerrados y se le arrugaba todo el rostro como si fuera un sharpei , tratando de forzar sus moléculas para que atravesaran la habitación, y quedándose exactamente en el mismo lugar. Había oído decir que a veces podía llevarte hasta un año después de pasar por la transición poder lograrlo, pero tal vez era algo que nunca sería capaz de hacer.
En cuyo caso necesitaba conseguir un bendito permiso de conducir. Se sentía como si tuviera doce años con todo el asunto de puedes-llevarme-aquí. Fritz era un gran chofer, pero vamos. John deseaba ser un hombre, no estar a cargo de un doggen.
Cormia dio una vuelta y regresó, acercándose a la casa. Cuando se detuvo frente a él, dio la impresión que su túnica quería seguir corriendo, los pliegues oscilaron hacia delante antes de acomodarse sobre su cuerpo. Tenía la respiración agitada, las mejillas del color de las cerezas y su sonrisa era más grande que la luna llena.
Dios, con el cabello rubio suelto y ese bonito rubor, era la perfecta chica de verano. Podía imaginársela claramente en un campo sentada sobre una manta a cuadros, comiendo pastel de manzana cerca de una jarra de limonada helada… usando un bikini rojo y blanco.
Ok, sintió que eso estaba fuera de lugar.
—Me gusta estar afuera —dijo ella.
Al exterior le agradas, escribió y se lo enseñó.
—Desearía haber venido antes aquí. —Miró las rosas que crecían alrededor de la terraza. Cuando se llevó la mano al cuello, él tuvo la sensación que deseaba tocarlas, pero sus reservas estaban retornando.
Se aclaró la garganta para que lo mirara.
Puedes recoger una si lo deseas, escribió.
—Yo… yo creo que lo haré.
Se acercó a las rosas como si fueran venados a los que pudiera espantar, con las manos a los costados, avanzando lentamente por el suelo de pizarra con los pies descalzos. Fue directamente hacia las rosas de un pálido color lavanda, pasando de largo los descarados pimpollos rojos y amarillos.
Estaba escribiendo, ten cuidado con las espinas, cuando ella extendió la mano, dio un grito, y volvió a retirarla. En la punta del dedo le brotó una gota de sangre, que a la luz del tenue brillo de la noche parecía negra en contraste con su piel blanca.
Antes de pensar en lo que estaba haciendo, John se inclinó y utilizó su boca. Succionó rápido y lamió aún más rápido, y se quedó aturdido tanto por lo que estaba haciendo como por lo delicioso que le parecía.
En el fondo de su mente, se dio cuenta que necesitaba alimentarse.
Mierda.
Cuando se enderezó, ella lo estaba mirando fijamente, con los ojos muy abiertos, y absolutamente inmóvil. Doble mierda.
Lo siento, garabateó. No quería que te manchara la túnica.
Mentiroso. Deseaba probar su sabor.
—Yo…
Elige tu rosa, pero ten cuidado con las espinas.
Asintió y lo volvió a intentar, sospechaba que lo hizo en parte porque deseaba la flor y en parte para llenar el incómodo silencio que él había provocado.
La rosa que eligió era un ejemplar perfecto, justo a punto de florecer, con un tallo púrpura y plateado con el potencial de alcanzar el tamaño de un pomelo.
—Gracias —dijo.
Estaba a punto de responder de nada, cuando notó que estaba hablando con la planta y no con él.
Cormia se volvió a mirarlo.
—Las otras flores estaban en invernaderos con agua.
Vayamos a conseguir un jarrón, escribió. Así es como se llaman aquí.
Asintió y se encaminó hacia los ventanales que daban a la sala de billar. En el momento en que entró, dirigió la vista hacia fuera. Sus ojos se aferraron al jardín como si fuera un amante al que nunca volvería a ver.
En otro momento podemos volver a salir, escribió en el bloc. ¿Si estás de acuerdo?
Su rápido gesto afirmativo fue un alivio, considerando lo que acababa de hacer.
—Eso me gustaría.
También podríamos ver una película. En la sala de proyección de la planta alta.
—¿Sala de proyección?
Cerró las puertas tras ellos.
Es una habitación que está especialmente diseñada para ver cosas.
—¿Podríamos ver la película ahora?
El tono firme de su voz lo hizo reconsiderar un poco la impresión que tenía de ella. La reserva de su suave tono tal vez sólo se debiera al entrenamiento, decidió, y no a su personalidad.
Debo salir. Pero, ¿podría ser mañana por la noche?
—Bien. Lo haremos después de la Primera Comida.
Ok, la mansedumbre definitivamente no tenía nada que ver con su personalidad. Lo que lo hizo preguntarse como lidiaba con todo el asunto de ser una Elegida.
Tengo clases, pero, ¿podríamos reunirnos después de que termine?
—Sí. Y me gustaría aprender más acerca de todo lo que hay aquí. —Su sonrisa iluminó toda la sala de billar como si de un fuego ardiente se tratara, y al girar sobre un pie le recordó esas bonitas bailarinas que asoman en los joyeros.
Bueno, estoy aquí para enseñarte, escribió.
Se detuvo, y el cabello suelto siguió balanceándose.
—Gracias John Matthew. Serás un buen maestro.
Cuando levantó la vista hacia él, más que su rostro o su cuerpo lo que notó fue su colorido: el rojo de las mejillas y los labios, el lavanda de la flor que tenía en la mano, el brillante verde pálido de sus ojos, el amarillo de los botones de oro de su cabello.
Sin ninguna razón aparente, pensó en Xhex. Xhex era como una tormenta de truenos, hecha de matices de negro y gris acerado, poder controlado pero no menos letal debido al control. Cormia era como un día soleado con el aspecto de un arco iris lleno de luz y calidez.
Se puso la mano sobre el corazón y se inclinó ante ella, luego se fue. Mientras subía hacia su habitación, iba cavilando si le gustaba más la tormenta o la luz del sol.
Luego se dio cuenta que no era libre de elegir a ninguna de las dos, así que en realidad no importaba.

De pie en el callejón con la nueve milímetros presionada contra el hígado de un Hermano, el señor D estaba más alerta que un gato de granero. Hubiera preferido poner el extremo de su arma sobre la sien del vampiro, pero eso hubiera requerido una escalera. Verdaderamente, los bastardos eran enormes.
Hacía que el primo Big Tommy no pareciera más alto que una lata de Bud. E igual de frágil.
—Llevas el cabello como el de una chica —dijo el Señor D.
—Y tú hueles como un baño de burbujas. Al menos yo me lo puedo cortar.
—Llevo puesto Old Spice.
—La próxima vez inténtalo con algo más fuerte. Como estiércol de caballo.
El señor D lo aguijoneó con el cañón del arma.
—Quiero que te pongas de rodillas. Con las manos detrás de la espalda y la cabeza gacha.
Mientras el Hermano obedecía, él se quedó donde estaba, sin hacer ningún movimiento para tratar de sacar las esposas de acero. A pesar de que era una mariconada de su parte, este vampiro no era el tipo de cosa que desearías que se te escapara de las manos, y no sólo porque la captura de un Hermano era una hazaña de las que se narraban en los libros de historia. El señor D tenía a una cascabel agarrada por la cola, y era bien consciente de ello.
Comenzó a sacar las esposas de su cinturón…
Y la marea cambió en un abrir y cerrar de ojos.
El Hermano giró sobre una rodilla y levantó la palma de la mano golpeando el cañón del arma. Por reflejo el señor D apretó el gatillo, y la bala salió disparada hacia el cielo, volando inútilmente hacia el infinito.
Antes de que el sonido del disparo dejara de resonar, el señor D estaba de espaldas en el suelo, absolutamente aturdido y confundido, una vez más había perdido su sombrero de cowboy al ser derribado.
Al bajar la mirada, los ojos del Hermano estaban muertos, sin vida, de una forma que ni el brillante color amarillo podía cambiar. Pero en definitiva tenía sentido. Nadie en su sano juicio intentaría un giro de desviación cuando estaba de rodillas de la forma en que lo había estado. A no ser que ya estuvieras muerto.
El hermano levantó el puño sobre su cabeza.
Seguro como el demonio que eso iba a doler.
El señor D se movió rápidamente, liberándose del agarre que lo sujetaba por el hombro y arrastrándose hacia un costado. Luego con un rápido golpe, pateó con ambos pies la pantorrilla derecha del Hermano.
Hubo un crujido y… Santa mierda, una parte de su pierna salió volando. El hermano vaciló, de ese lado los pantalones de cuero quedaron flojos de la rodilla para abajo, pero no había tiempo para dedicarse a largar un montón de que-mal-di-to-demo-nio. El gran bastardo se cayó, derrumbándose como un edificio.
El señor D se apartó precipitadamente de su camino, luego saltó sobre los despojos, condenadamente seguro de que si no tomaba el control del campo de juego terminaría comiéndose sus propios intestinos. Pasó una pierna por encima del Hermano, agarró un puñado de ese cabello de mariquita, y tiró hacia atrás con fuerza mientras trataba de agarrar el cuchillo.
No lo logró. El hermano que había estado quieto, se encabritó debajo de él, levantándose del pavimento e irguiéndose. El señor D se aferró con las piernas y le puso un brazo alrededor del cuello que era grueso como su muslo…
En un instante, la tierra se inclinó salvajemente y —mierda— el Hermano se dio la vuelta como una tortuga y se dejó caer de espaldas, convirtiendo al señor D en el colchón.
Fue como si se te cayera una losa de granito sobre el pecho.
El señor D perdió el sentido durante medio segundo, y el hermano tomó la ventaja, deslizándose hacia un lado y usando el codo como ariete contra sus tripas. Cuando el señor D gruñó y comenzó a resollar, se vio el destello de una daga negra siendo desenfundada, luego el Hermano se elevó sobre sus rodillas.
El señor D se preparó para recibir una puñalada, pensando que había sido Fore-lesser por menos de tres horas, y ese era un pobre desempeño.
Pero en vez de ser apuñalado en el corazón, el señor D sintió que le sacaban la camisa fuera de los pantalones. Cuando la blancura de su estómago destacó en la noche, levantó la vista horrorizado.
Este era el Hermano al que le gustaba rebanar antes de matar. Lo que significaba que lo que se acercaba no era una muerte sencilla. Este iba a ser un largo y sangriento proceso. Claro que no era el Destructor, pero el bastardo iba a hacer que el señor D trabajara para ganarse un paseo hasta las Puertas Nacaradas.
Y los lessers podrían estar muertos, pero sentían el dolor como cualquier otro.
Phury debería haber estado recobrando el aliento y buscando la parte inferior de su pierna y no preparándose para jugar a Sweeney Todd con ese asesino que tenía el tamaño de una pinta de cerveza. Dios, se diría que el hecho de escaparse por un pelo del encuentro con esa bala que llevaba su nombre le devolvería el suficiente juicio para cerrar el trato y largarse de esa mierda de callejón antes de que llegaran más enemigos.
Nop. Mientras exponía el estómago del lesser, sintió que se quedaba congelado hasta la médula y al mismo tiempo animado por la excitación, vibrando como si estuviera entrando a su habitación con una bolsa llena de humo rojo y ningún plan para salir en las siguientes diez horas.
Era igual al adicto que había huido, se sentía genial como en he-ganado-el-premio-gordo-de-la-lotería.
La voz del hechicero interrumpió su expectación, como si su excitación fuera la carne podrida que atrajera al espectro.
Este asunto de las carnicerías es una sangrienta forma de distinguirte, pero bueno, ser un mero soldado fracasado es un poco prosaico, ¿no es así? Y tú pertenecías a una familia noble hasta que los arruinaste. Así que golpea fuerte, compañero.
Phury se concentró en la piel ondulante que había expuesto y dejó que la sensación que le producía la daga en la mano y el miedo paralizante que embargaba al lesser se filtraran dentro de él. Cuando su mente se calmó, Phury sonrió. Este era su momento. Le pertenecía. Tendría, durante el tiempo que le llevara hacer lo que fuera que deseara hacerle a este ser malvado, la paz que lo libraría del caos que provocaba la voz del hechicero.
Al hacer este tipo de daño, se curaba a sí mismo. Aunque fuera por poco tiempo.
Acercó la daga negra a la piel del lesser y…
—No te atrevas.
Phury miró sobre su hombro. Su gemelo estaba de pie en la boca del callejón, una gran sombra negra con la cabeza rapada. El rostro de Zsadist no era visible, pero no necesitabas ver su ceño fruncido para que te taladrara. La furia emanaba de él en oleadas.
Phury cerró los ojos y luchó contra una ira atroz. Maldita fuera, lo estaban estafando. Definitivamente lo estaban estafando.
En un rápido flash back al pasado, pensó en la cantidad de veces que Zsadist le había exigido que lo golpeara, que lo golpeara hasta que el rostro de Z quedaba bañado en sangre. ¿Y el hermano pensaba que esta mierda con el lesser estaba mal? ¿Qué mierda? Sin lugar a dudas el asesino había matado su buena cuota de vampiros inocentes. ¿Cómo podía ser esto peor que pedirle a tu hermano de sangre que te golpee hasta convertirte en pulpa, aún sabiendo que se le descomponía el estómago y que luego pasaba días con la mente hecha un lío?
—Vete de aquí —dijo Phury, afianzando su presa sobre el lesser cuando éste empezó a retorcerse—. Esto es asunto mío. No tuyo.
—Y una mierda no es asunto mío. Y me dijiste que no volverías a hacerlo.
—Da la vuelta y vete, Z.
—¿Para que cuando lleguen refuerzos puedan reventarte?
El asesino que Phury tenía agarrado se arqueó tratando de liberarse, y era tan pequeño y fibroso, que casi lo logra. Ah, no, demonios, pensó Phury, no iba a perder su recompensa. Antes de pensar en lo que estaba haciendo, le hundió la daga en la barriga y arrastró la hoja por la zona del intestino.
El grito del lesser fue más fuerte que la maldición que profirió Zsadist, y en ese momento a Phury no le afectó ninguno de los dos sonidos. Estaba mortalmente cansado de todo, hasta de sí mismo.
Bravo, susurró el hechicero. Justo donde te quiero.
En el transcurso del siguiente aliento Zsadist cayó sobre él, sacándole la daga de la mano con un tirón y arrojándola al otro lado del callejón. Mientras que el lesser se desmayaba, Phury se levantó de un salto para enfrentarse a su gemelo.
El problema fue que no tenía la parte inferior de la pierna.
Cuando cayó pesadamente contra los ladrillos, supo que debía parecer un borracho, y eso lo cabreó más todavía.
Z levantó su prótesis y se la tiró desde el otro extremo del callejón.
—Vuelve a ponerte esa mierda.
Phury atrapó la cosa con una mano y se dejó deslizar hacia abajo contra el frío y rasposo exterior del edificio de la tintorería.
Mierda. Atrapado. Tan jodidamente atrapado, pensó. Y ahora iba a tener que lidiar con sus hermanos abalanzándose sobre él.
¿Por qué no habría ido Z a otro callejón? ¿O a este mismo pero en otro momento?
Demonios, necesitaba esto, pensó Phury. Porque si no descargaba algo de su furia, se iba a volver completamente loco, y si Z, después de todo su jodido masoquismo, no podía entender eso. Que se fuera. A. La. Mierda.
Zsadist desenvainó la daga, y apuñaló al primer lesser devolviéndolo al Omega, y luego se quedó de pie junto a la mancha quemada.
—Por la mierda de diez caballos —dijo su gemelo en la Antigua Lengua.
—La nueva loción para después de afeitar de los lessers —musitó Phury, frotándose los ojos.
—Creo que deberías considerar esto que tengo aquí —pronunció un estrangulado acento de Texas.
Z se giró velozmente y Phury levantó la cabeza. El pequeño lesser había recuperado su arma y estaba apuntando a Phury mientras miraba a Z.
La respuesta de Z fue alzar su SIG y apuntar al asesino.
—Todos estamos ligados —dijo la cosa mientras se agachaba emitiendo un gruñido para levantar un sombrero de cowboy. Se acomodó el Stetson en la cabeza, luego volvió a sujetarse el estómago para mantenerlo dentro—. Ves, si me disparas, mi mano apretará el gatillo y voy a hacer volar a ese amigo tuyo que está allí. Si yo le disparo a él, tú me vas a llenar de plomo. —El lesser respiró hondo y exhaló el aire con otro gruñido—. Pienso que es un empate, y no tenemos toda la noche. Ya se ha disparado un tiro, y quien sabe quién lo habrá oído.
El bastardo tejano tenía razón. El centro de Caldwell después de la medianoche no era como el Valle de la Muerte al mediodía. Había gente en los alrededores, y no todos eran de la variedad de humanos drogados. También había policías. Y vampiros civiles. Y otros lessers. Cierto que, el callejón estaba bien escondido, pero sólo ofrecía una relativa privacidad.
Bien dicho, compañero, dijo el hechicero.
—Mierda —maldijo Phury.
—Sí, señor —murmuró el asesino—. Sinceramente creo que ahí mismo estamos.
Como si hubieran respondido a una señal comenzaron a sonar sirenas de policía y cada vez estaban más cerca.
Nadie se movió, ni siquiera cuando el patrullero dobló la esquina a toda velocidad y se acercó derrapando por el callejón. Sip, alguien había oído el disparo cuando Phury y John Wayne-ette habían estado luchando, y quienquiera que fuera había dejado que sus dedos hicieran el recorrido hacia el teléfono.
El estático cuadro vivo que se desarrollaba entre los edificios quedó alumbrado por los faros del coche de la policía, cuando éste se detuvo con un chirrido.
Dos puertas se abrieron abruptamente.
—¡Arrojen sus armas!
El lesser pronunció lentamente y en voz tan baja como la brisa de una noche de verano.
—Alguno de vosotros puede hacerse cargo de esto, ¿verdad?
—Preferiría volarte el culo —respondió Z.
—¡Arrojen sus armas o disparo!
Phury entró en acción, obligando con su mente a los humanos a entrar en un estado de somnolencia y haciendo que el que estaba a la derecha se metiera en el coche y apagara los faros.
—Muy agradecido —dijo el lesser, mientras comenzaba a dirigirse hacia la salida del callejón. Mantenía la espalda hacia el edificio, su vista sobre Zsadist y el arma apuntando a Phury. Cuando la cosa pasó junto a los policías, tomó el arma de la agente que tenía más cerca, desprendiendo, lo que indudablemente era una nueve milímetros, de la mano de la mujer que no opuso ninguna resistencia.
El asesino levantó esa arma en dirección a Z. Con ambos brazos ocupados, la negra sangre fluyó libremente saliendo de sus entrañas.
—Os dispararía, pero entonces el pequeño jueguito de control mental dejaría de funcionar sobre este par de representantes de lo mejor del equipo de Caldwell. Supongo que voy a tener que portarme bien.
—¡Dios! ¡Maldita sea! —Z cambiaba el peso de su cuerpo de un pie al otro, como si quisiera salir disparado.
—Por favor, no tomes el nombre del Señor en vano —dijo el asesino cuando llegó a la esquina por donde había aparecido la policía—. Y que tengan ustedes una buena noche, caballeros.
El pequeño tipo se fue rápido, ni siquiera se sintió el eco de sus pisadas cuando salió pitando.
Phury indujo a los polis para que entraran nuevamente en el patrullero e hizo que la hembra llamara a la estación e informara que su investigación no había revelado ningún altercado ni disturbio público en el callejón. Pero la falta del arma… eso era ciertamente un problema. Maldito asesino. Ningún recuerdo implantado resolvería el hecho de que una nueve milímetros había desaparecido.
—Dale tu arma —le dijo a Zsadist.
Mientras avanzaba, su gemelo iba sacando las balas del cargador. No limpió el arma antes de dejarla en el regazo de la mujer. No había razón para hacerlo. Los vampiros nos dejaban huellas digitales identificables.
—Tendrá suerte si después de esto conserva la cordura—dijo Z.
Sip. No era su arma y estaba vacía. Phury hizo lo mejor que pudo, por implantarle el recuerdo de que había comprado esa nueva arma y que al probarla se dio cuenta que las balas estaban defectuosas y por eso se deshizo de ellas. No era una gran tapadera. Especialmente considerando que a todas las armas de la Hermandad se les borraba el número de serie.
Phury indujo al oficial que estaba detrás del volante a dar marcha atrás con el coche patrulla hasta salir del callejón. ¿El destino? La comisaría para tomarse un descanso.
Cuando estuvieron a solas, Z giró la cabeza y miró a Phury a los ojos.
—Quieres amanecer muerto.
Phury comprobó su prótesis. No había sufrido daño alguno, al menos para un uso cotidiano, sólo se había desprendido de la parte donde se incrustaba debajo de su rodilla. De todos modos ya no era lo suficientemente segura para luchar.
Levantando la pernera del pantalón de cuero, la volvió a ajustar, luego se puso de pie.
—Me voy a casa.
—¿Me escuchaste?
—Sí. Lo hice. —Enfrentó la mirada de su gemelo y pensó que era increíble que el tipo le hiciera semejante pregunta. El deseo de morir de Z había sido su fuerza motriz hasta que había conocido a Bella. Lo cual, si comparabas lapsos de tiempo, había ocurrido hacía unos diez minutos.
Las cejas de Z se fruncieron sobre unos ojos que se habían vuelto negros.
—Ve directo a casa.
—Sí. Directo a casa. Así lo haré.
Cuando se estaba volviendo, Z le dijo bruscamente:
—¿No olvidas algo?
Phury pensó en todas las veces en que había perseguido a Zsadist, desesperado por impedir que su hermano se suicidara o matara a alguien. Pensó en los días en que no podía dormir preguntándose si Z iba a lograrlo porque rehusaba beber de una hembra vampiro e insistía en alimentarse sólo de sangre humana. Pensó en la dolorosa tristeza que sentía cada vez que miraba el rostro arruinado de su gemelo.
Luego pensó en la noche en que había mirado su propio rostro en el espejo y se había rapado el cabello y arrastrado el filo de la hoja a través de su propia frente y mejilla para poder asemejarse a Z… y así ser capaz de tomar el lugar de su gemelo y quedar a merced de la sádica venganza de los lessers.
Pensó en la pierna que se había arrancado de un disparo para salvarlos a ambos.
Phury miró por encima de su hombro.
—No. Lo recuerdo todo. Absolutamente todo.
Sin ningún tipo de remordimiento, se desmaterializó y reasumió su forma en la calle Trade.
En la acera de enfrente al ZeroSum, con el corazón y la mente chillando, fue compelido a avanzar, a cruzar la calle, de la misma forma que si hubiera sido elegido para esta misión de autodestrucción, como si le estuvieran haciendo señas para que se acercara, como si le hubieran convocado con un golpecito en el hombro, dado por el huesudo dedo índice de su adicción.
No podía rechazar la invitación. Lo que era aún peor, no deseaba hacerlo.
Al aproximarse a las puertas delanteras del club, sus pies —el real y el que estaba hecho de titanio— estaban al servicio del hechicero. Ambos lo llevaron directamente a atravesar la puerta delantera, a pasar por delante del guardia de seguridad que estaba en la puerta del área VIP, a pasar junto a las mesas de las personas importantes, hasta llegar a la oficina de Rehvenge.
Los Moros asintieron y uno de ellos habló a través de su reloj. Mientras esperaba, Phury era bien consciente que estaba atrapado en un círculo vicioso, dando vueltas y vueltas como la cabeza de un taladro, clavándose cada vez más hondo. Con cada nuevo nivel en el que se hundía, abría vetas más profundas y ricas de sustancias venenosas, que se entretejían con los cimientos de su vida y tiraban de él haciéndolo caer aún más bajo. Se estaba dirigiendo hacia la fuente, hacia la consumación con el infierno que era su último destino, y cada barrera que atravesaba en su camino descendente le brindaba un malévolo estímulo.
El Moro de la derecha, Trez, asintió y abrió la puerta que llevaba a la oscura cueva. Aquí era donde pequeños pedacitos del Hades eran distribuidos en bolsitas de celofán, y Phury entró con temblorosa impaciencia.
Rehvenge salió de una puerta corrediza, sus ojos color amatista tenían una expresión perspicaz y levemente contrariada.
—¿Ya terminaste con tu dosis habitual? —preguntó en voz baja.
Phury pensó que el devorador-de-pecados lo conocía demasiado bien.
—Es symphath, Remmy . —Rehv se dirigió lentamente hacia su escritorio, apoyándose en su bastón—. «Devorador de Pecados» es un demérito muy desagradable. Y no es preciso que mi lado malo se entere en que andas. Así que, ¿cuánto te vas a llevar esta noche?
El macho se desabrochó la impecable chaqueta negra cruzada y se dejó caer en una silla de cuero negro. Su peinado estilo mohawk brillaba como si acabara de salir de la ducha, y olía bien, a una combinación de Cartier para hombre y alguna clase de champú aromático.
Phury pensó en el otro proveedor, el que había muerto en el callejón hacía un momento, el que se había desangrado mientras intentaba pedir una ayuda que nunca llegó. Que Rehv estuviera vestido con algo salido de la Quinta Avenida no cambiaba lo que era.
Phury bajó la vista y se contempló a sí mismo. Y se dio cuenta de que sus ropas tampoco alteraban la realidad de quien era.
Mierda… una de sus dagas había desaparecido.
La había dejado en el callejón.
—Lo habitual —dijo, sacando mil dólares del bolsillo—. Sólo lo habitual.

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