jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 40 41 42

Capítulo 40

—¿Viste la expresión de Phury? —dijo Blay.
John lo miró desde el otro lado de la isla de la cocina y asintió con la cabeza en total acuerdo. Él y sus compañeros estaban bebiendo cervezas para aliviar la tensión. Bebían como si en ello les fuera la vida.
Nunca había visto a ningún macho en ese estado. Jamás.
—Eso ciertamente, era la mierda del macho vinculado —dijo Qhuinn mientras iba al refrigerador, abría la puerta, y sacaba otras tres botellas de la caja de Sam Adams de la Reina.
Blay tomó la que le fue ofrecida, luego hizo una mueca de dolor y se llevó la mano al hombro.
John abrió su cerveza y tomó un trago. Bajando la botella, dijo por señas:
Estoy preocupado por Cormia.
—No le hará daño —Qhuinn se sentó a la mesa—. No, de ninguna manera. Quizá a nosotros nos hubiera mandado a la tumba prematuramente, pero no a ella.
John miró hacia el comedor.
Se escucharon puertas cerrándose. Ruidosamente.
—Bueno, hay muchas personas en esta casa… —Qhuinn miró a su alrededor como si estuviera luchando mentalmente con un difícil problema de matemáticas—. Incluyéndonos a nosotros tres. Quien lo hubiera dicho.
John se puso de pie.
Tengo que ir a ver qué ocurre. No voy a… ya sabes, interrumpir algo. Sólo quiero asegurarme que todo está bien.
—Iré contigo —dijo Qhuinn mientras empezaba a levantarse de nuevo.
No, tú te quedas aquí. Y antes de que me digas «y una mierda». Esta es mi casa, y no necesito que seas mi sombra todo el tiempo.
—Ok, de acuerdo, entiendo. —Qhuinn desvío la vista hacia Blay—. Entonces nosotros iremos a la sala de primeros auxilios y fisioterapia. ¿Nos encontramos allí?
—¿Y por qué vamos a ir a la sala de primeros auxilios y fisioterapia? —preguntó Blay sin mirar al tipo.
—Porque todavía estás sangrando y no sabes cómo llegar hasta el botiquín de primeros auxilios desde aquí.
Qhuinn miró duramente a Blay. Mientras Blay miraba de la misma forma a su cerveza.
—¿Por qué simplemente no me dices como llegar allí? —murmuró Blay.
—¿Y cómo vas a curarte la espalda?
Blay tomó un trago largo de su Sam.
—Está bien. Pero primero quiero terminar la cerveza. Y tengo que comer algo. Me muero de hambre.
—Bien. ¿Qué clase de comida quieres?
Ambos eran un par de Joe Friday , rígidos y limitándose a los hechos.
Me encontraré con vosotros allí. Señaló John, y se marchó. Joder, el hecho de que esos dos no estuvieran llevándose bien, de cierta forma ponía de cabeza el orden natural mundial. Simplemente no tenía sentido.
John salió por la puerta que daba al comedor y para cuando llegó a lo alto de la escalera principal prácticamente estaba trotando. Cuando estuvo en el segundo piso, olió humo rojo y escuchó la ópera fluyendo desde la habitación de Phury, la melodía poética que solía escuchar.
Difícilmente sería el acompañamiento adecuado para marcar a la fuerza a alguien. ¿Quizás después de la discusión se habían ido cada uno a sus habitaciones?
John se acercó a la puerta de la habitación de Cormia y escuchó. No se oía nada. Aunque la corriente de aire que salía hacia el pasillo estaba perfumada con una fresca fragancia floral.
Figurándose que no estaría mal comprobar si Cormia estaba bien, John levantó sus nudillos y tocó suavemente su puerta. Cuando no hubo ninguna respuesta, silbó.
—¿John? —dijo su voz.
Él abrió la puerta porque asumió que eso era lo que ella le había querido decir…
John se quedó congelado.
Cormia estaba tendida en la cama entre un enredo de sábanas y edredones. Estaba desnuda, de espaldas a la puerta, y había sangre… en la parte interna de sus muslos.
Levantó la cabeza para mirar por sobre su hombro, y entonces se apresuró a cubrirse.
—¡Adorada Virgen!
Cuando se subió el edredón hasta el cuello, John permaneció inmóvil, su cerebro estaba tratando de procesar la escena.
Él le había hecho daño. Phury la había lastimado.
Cormia agitó la cabeza.
—Oh… maldición.
John pestañeó, una y otra vez… sólo para verse a sí mismo más joven, en un sucio callejón, después de que lo que le hicieron hubo terminado.
También habían quedado restos en el interior de sus muslos.
Algo en su rostro debió haberla alarmado como el infierno, porque intentó llegar a él.
—John… oh, John, no… estoy bien… estoy bien… créeme, lo estoy…
John se volvió y salió tranquilamente por la puerta.
—¡John!
En el pasado, cuando era pequeño y estaba desvalido, no había habido oportunidad de vengarse de su atacante. Ahora, mientras atravesaba a zancadas los diez pasos que había hasta la puerta de Phury, estaba en posición de hacer algo acerca de su pasado y el presente de Cormia. Ahora era lo suficientemente grande y lo suficientemente fuerte. Ahora podía salir en defensa de alguien que había estado a merced de una persona más fuerte de lo que ellos eran.
—¡John! ¡No! —Cormia, salió precipitadamente de la habitación.
John no tocó la puerta. No, no iba a anunciarse. En ese momento, sus puños no estaban destinados a golpear madera. Estaban dirigidos a magullar la carne.
Abriendo la puerta de Phury de golpe, encontró al Hermano sentado en la cama con un porro entre los labios. Cuando sus ojos se encontraron, la expresión en el rostro de Phury era de culpa, dolor y arrepentimiento.
Y eso selló el trato.
Con un rugido silencioso, John se lanzó a través de la habitación, y Phury no hizo absolutamente nada para detener el ataque. Bueno, en realidad sí hizo algo, se abrió para recibir los golpes, cayendo contra las almohadas mientras los golpes de John lo fustigaban una y otra vez sobre la boca, los ojos y la mandíbula.
Alguien estaba gritando. Una hembra.
Llegaron personas corriendo.
Gritando. Mucho griterío.
—¡Qué coño! —gritó Wrath.
John no escuchó nada. Estaba concentrado en darle la paliza del siglo a Phury. El Hermano ya no era su maestro ni su amigo, sólo era un bruto y un violador.
La sangre se deslizaba por las sábanas.
Lo cual era jodidamente justo.
Finalmente alguien apartó a John —Rhage, fue Rhage— y Cormia corrió hacia Phury. Sin embargo, él la mantuvo apartada, rodando lejos de ella.
—¡Jesucristo, maldita sea! —escupió Wrath—. ¿Acaso no se puede tener un minuto de paz en esta casa?
La ópera de fondo no concordaba con la escena: Su belleza majestuosa se contradecía totalmente con el rostro destrozado de Phury, la temblorosa furia de John y las lágrimas de Cormia.
Wrath se giró hacia John.
—¿Qué mierda te pasa?
—Me lo merecía —dijo Phury, mientras se limpiaba la sangre del labio—. Me merezco eso y más aún.
Wrath giró bruscamente la cabeza hacia la cama.
—¿Qué?
—No, eso no es cierto —dijo Cormia, mientras sostenía las solapas de su túnica sobre la garganta—. Fue consensual.
—No, no lo fue. —Phury sacudió la cabeza—. No lo fue.
El Rey se quedó completamente inmóvil. En un bajo y tenso tono de voz, le preguntó a la Elegida:
—¿Qué fue consensual?
Mientras la asamblea que había en la habitación miraba de uno a otro mientras hablaban, John mantuvo la vista fija en Phury. En caso de que Rhage aflojara la presa, iba a caer sobre el Hermano nuevamente. Sin importarle quien estuviera al costado del cuadrilátero.
Phury se enderezó lentamente, haciendo una mueca de dolor, su rostro ya comenzaba a hincharse.
—No mientas, Cormia.
—Sigue tu propio consejo —estalló—. El Primale no hizo nada malo…
—¡Maldición, Cormia! Te tomé a la fuerza…
—No lo hiciste…
Alguien más se unió a la discusión. Y después otro. Hasta John se metió en la refriega, articulando maldiciones contra Phury mientras se retorcía contra el peso muerto de Rhage.
Wrath extendió la mano hacia el escritorio, tomó un cenicero de cristal pesado y lo estrelló contra la pared. La cosa estalló en mil pedazos, dejando un hueco del tamaño de una cabeza en el yeso.
—Con la próxima persona que diga una puta palabra más, haré lo mismo que acabo de hacer pero con su cráneo, ¿entendido?
Todos se quedaron callados. Y permanecieron así.
—Tú —Wrath señaló a John—. Sal de aquí mientras me hago cargo de esto.
John negó con la cabeza, sin importarle lo que le sucedió al cenicero. Quería quedarse. Necesitaba quedarse. Alguien tenía que proteger…
Cormia se acercó a él, tomó su mano y se la apretó con fuerza.
—Eres un macho de valía, y sé que crees que estás defendiendo mi honor, pero mírame a los ojos y ve la verdad de lo que pasó.
John miró fijamente el rostro de Cormia. Había tristeza, pero era de la variedad de la pena profunda, del tipo que uno siente cuando vive una situación de infelicidad. Pero también allí había resolución y franca fuerza.
No había miedo. Ni una sofocante desesperación. No había una terrible vergüenza.
Ella no se veía como él, después del ataque.
—Vete —le dijo suavemente—. Todo está bien. De verdad.
John miró a Wrath, quien asintió.
—No sé qué sucedió aquí, pero voy a averiguarlo. Deja que yo me encargue de esto, hijo. Me encargaré de ella. Ahora todo el mundo, fuera de aquí.
John le apretó la mano a Cormia y salió con Rhage y los demás. En el mismo instante que estuvo fuera en el pasillo, la puerta se cerró y se escucharon voces bajas.
No fue muy lejos. No pudo. Sólo había llegado hasta la puerta del estudio de Wrath cuando sus rodillas se tomaron un «tiempo fuera» y se derrumbó en uno de los sillones antiguos que adornaban el pasillo. Después de asegurarle a todo el mundo que estaba bien, dejó caer la cabeza y respiró despacio.
El pasado estaba vivo en su mente, reanimado por la ligera impresión de lo que había visto en la habitación de Cormia.
El cerrar los ojos no ayudaba en nada. Intentar convencerse a si mismo que todo estaba bien, tampoco.
Mientras se esforzaba por volver a colocar las fundas del sofá en su lugar, se dio cuenta que habían pasado muchas semanas desde la última vez que él y Zsadist habían dado uno de sus paseos por los bosques. A medida que el embarazo de Bella progresaba y se iba convirtiendo en una preocupación más que nada, los recorridos nocturnas que él y Z solían hacer cada noche, en los cuales andaban por el bosque en silencio, se habían hecho cada vez menos frecuentes.
Necesitaba uno ahora.
Levantando la cabeza, miró en dirección al pasillo de las estatuas y se preguntó si Zsadist estaría en la casa. Probablemente no, ya que no había entrado en la habitación cuando se había desatado el drama. Con todas las matanzas que habían tenido lugar esa noche, sin duda el Hermano tenía las manos ocupadas en el campo de batalla.
John se puso de pie y fue a su dormitorio. Después de cerrar la puerta, se tendió en la cama, y mandó mensajes a Qhuinn y a Blay, diciéndoles que se iba a dormir. Seguramente leerían sus mensajes cuando regresaran del túnel.
Mirando fijamente el techo, pensó… en la número tres. Las cosas malas realmente sucedían esa cantidad de veces, y no siempre tenía que ver con la muerte.
Tres veces se había descontrolado en el último año. Tres veces su rabia había hecho erupción y había atacado a alguien.
Dos veces a Lash. Una vez a Phury.
Eres inestable, le dijo una voz.
Bien, pero había tenido razones, y todas habían sido muy buenas. La primera vez, Lash había atacado a Qhuinn. La segunda vez, Lash se lo tenía más que merecido. Y esta tercera vez… la evidencia circunstancial había sido aplastante, ¿y qué clase de macho que encontrara a una hembra en ese estado no tomaría cartas en el asunto?
Eres inestable.
Al cerrar los ojos, intentó no recordar el hueco de las escaleras de ese sucio edificio de apartamentos donde había vivido solo. Intentó no recordar el sonido que habían hecho esas botas sobre los escalones al perseguirlo. Intentó no recordar el moho antiguo, la orina fresca y la sudorosa colonia que se había infiltrado en su nariz mientras lo que le habían hecho estaba ocurriendo…
No podía apartar esos recuerdos. En especial los olores.
El del moho había sido de la pared contra la cual le habían empujado el rostro. La orina había sido la suya y se había deslizado por el interior de sus muslos hasta los pantalones que habían sido arrancados de sus caderas. El sudoroso olor a colonia había provenido del atacante.
La escena era tan vívida como el lugar en donde se encontraba en ese momento. Sintió su cuerpo de entonces tan claramente como el que conocía ahora, vio el hueco de la escalera como estaba viendo la habitación en la cual se encontraba en ese momento. Fresca… fresca… fresca… y en ese envase no parecía haber una fecha de vencimiento para el horrible episodio.
No se necesitaba un título de psicólogo para darse cuenta que su temperamento explosivo se debía a todo lo que guardaba en su interior.
Por primera vez en la vida, necesitaba a alguien con quien hablar.
No… no era así exactamente.
Quería de regreso el «alguien» que le pertenecía. Quería a su padre.

Después de la rutina de Oscar de la Hoya de John, Phury sentía el rostro como si hubiese sido asado a la parrilla y hubiera sido servido sobre una guarnición de recién cortado y fresco he-tocado-fondo.
—Mira, Wrath… no te enfades con John.
—Fue un malentendido —dijo Cormia al Rey—. Sólo eso.
—¿Qué infiernos pasó entre vosotros dos? —preguntó Wrath.
—Nada —contestó Cormia—. Absolutamente nada.
El Rey no le creyó nada, lo que demostraba que su intrépido líder tenía algo de cerebro, pero por el momento Phury no tenía la suficiente fuerza para ponerse a discutir en aras de hacer valer la verdad. Por lo que continuó limpiándose la boca reventada con el antebrazo, mientras Wrath seguía hablando y Cormia continuaba defendiéndolo, sólo Dios sabía por qué.
Wrath la miraba ceñudo desde detrás de sus gafas envolventes.
—Mira ¿acaso necesito romper algo más para hacer que vosotros dos dejéis de decir jodidas mentiras? Y una mierda no pasó nada. John es impetuoso, pero no es…
Cormia interrumpió al Rey:
—John malinterpretó lo que vio.
—¿Y qué vio?
—Nada. Le digo que no fue nada y por consiguiente debe creerme.
Wrath la miró de arriba abajo, como si estuviera tratando de vislumbrar algún cardenal. Luego miró duramente a Phury.
—¿Y tú qué mierda tienes que decir?
Phury sacudió la cabeza.
—Ella está equivocada. John no malentendió…
—El Primale se está culpando por algo de forma completamente innecesaria. Mi honor no fue dañado de ninguna manera, y sinceramente pienso que soy la única que tiene derecho a decidirlo. ¿No es así?—dijo Cormia con intensidad.
Después de un momento, el Rey inclinó la cabeza:
—Si es tu deseo.
—Gracias, Su Alteza —hizo una profunda reverencia—. Ahora, me despido de usted.
—Quieres que te envía algo de comida con Fritz…
—No. Me despido porque abandono este lado. Regreso a casa. —Hizo otra reverencia, y el cabello rubio que todavía estaba húmedo de la ducha se deslizó por su hombro y rozó el suelo—. Les deseo a ambos lo mejor y profeso mis más considerados respetos para el resto de los habitantes de la casa. Su Majestad. —Le hizo otra reverencia a Wrath—. Su Gracia. —Se inclinó ante Phury.
Phury brincó de la cama y se abalanzó hacia delante en estado de pánico… pero había desaparecido en el aire antes que pudiera alcanzarla.
Se había ido. En un instante.
—Si me disculpas —le dijo a Wrath. No fue un pedido, y no le importó una mierda.
—Realmente no creo que debas estar solo en este momento —dijo Wrath con tono sombrío.
En ese momento mantuvieron algún tipo de conversación, un tira y afloja, que de alguna forma debió tranquilizar a Wrath, ya que el Rey finalmente se marchó.
Cuando se hubo ido, Phury permaneció en medio de su habitación, inmóvil como si fuera una estatua, mirando fijamente el hueco que había dejado el cenicero en la pared. Por dentro estaba retorciéndose, pero por fuera permanecía absolutamente inmóvil: La sofocante hiedra estaba creciendo debajo de su piel, en lugar de crecer sobre ella.
Desviando levemente la mirada, verificó su reloj. Faltaba solo una hora para el alba.
Cuando se dirigió al baño para limpiarse un poco, sabía que tenía que hacerlo todo muy rápido.




Capítulo 41

La estación de policía de Caldwell, tenía dos facetas bien distintas: la entrada delantera que quedaba sobre la calle Décima, con todos los escalones, que era donde los canales de televisión filmaban toda la mierda que se veía en las noticias de la tarde y la puerta trasera, rodeada de barrotes de hierro, donde se hacía el trabajo. En realidad, la fachada que daba a la calle Décima, lucía solo un poco mejor que la otra, porque en realidad el edifico de la época de los sesenta era como el perfil a una mujer envejecida y fea. No tenía ningún lado bueno.
El coche de policía en donde Lash iba retenido se detuvo frente a la entrada trasera.
¿Cómo coño había terminado aquí?
El policía que lo había arrestado dio la vuelta alrededor del coche y le abrió la puerta.
—Salga del coche, por favor.
Lash levantó la vista hacia el tipo, luego corrió las piernas, enderezó las rodillas y se puso de pie sobrepasando en altura al humano. Sus fantasías de desgarrar la garganta del hombre y convertir su vena yugular en una fuente de refrescos eran totalmente innegables.
—Por aquí, señor.
—De acuerdo.
Estaba seguro que ponía al hijo de puta nervioso por la forma en que la mano del tipo fue hacia la culata de su arma a pesar de estar a plena vista de todo el equipo del Departamento de Policía de Caldwell.
Lash fue guiado a través de unas puertas dobles y por un vestíbulo cuyo suelo de linóleo lucía como si hubiese sido colocado en la época en que la mierda fue inventada. Se detuvieron ante una ventana de plexiglás que era gruesa como un brazo y el policía dijo algo a través de un círculo de metal que estaba incrustado en la pared. La mujer que estaba al otro lado vestida con el uniforme color azul marino estaba realmente atareada, y era tan atractiva como el policía masculino.
Pero se ocupó del papeleo rápidamente. Cuando estuvo satisfecha con la cantidad de formularios que había reunido para que ellos llenaran, deslizó la pila por debajo de la ventana hacia el policía e hizo un gesto afirmativo con la cabeza. La puerta que tenían al lado emitió un largo pitido, hizo un sonido sordo, como si la cerradura hubiera eructado al abrirse y luego comenzaron otro recorrido a través de otro trecho de linóleo desgastado hasta que llegaron a una habitación pequeña que contenía un banco, una silla, y un escritorio.
Después que estuvieron sentados, el oficial sacó una pluma y pulsó su botón.
—¿Cuál es su nombre completo?
—Larry Owen —dijo Lash—. Como ya se lo dije.
El tipo se inclinó sobre los papeles.
—¿Dirección?
—Calle Décima, número quince ochenta y tres, apartamento cuatro F, por ahora. —Supuso que bien podía dar la dirección que aparecía en el registro del Focus. El señor D iba a traerle el permiso de conducir falso que había usado cuando vivía con sus padres, pero no podía recordar que decía exactamente en ella.
—¿Tiene alguna identificación que pruebe que usted vive allí?
—No la traje conmigo. Pero mi amigo traerá mi identificación.
—¿Fecha de nacimiento?
—¿Cuándo me permitirán hacer mi llamada telefónica?
—En un minuto. ¿Fecha de nacimiento?
—Trece de octubre de 1981. —Al menos pensó, esa era la falsa.
El oficial acercó una almohadilla de tinta al escritorio, se levantó y abrió una de las esposas de Lash.
—Necesito tomar sus huellas dactilares.
Buena suerte con eso, pensó Lash.
Dejó que el tipo tomara su mano izquierda y la extendiera hacia delante, observó como hacía rodar las yemas de sus dedos sobre la almohadilla y luego las apretaba sobre un pedazo de papel blanco que tenía diez cuadrados en dos filas.
El policía frunció el ceño y lo intentó con otro dedo.
—No queda nada impreso.
—Me quemé cuando era niño.
—No me digas. —El tipo lo intentó de nuevo, haciendo rodar las yemas por la tinta y presionando un par de veces más, luego se rindió y volvió a ponerle las esposas.
—Ponte frente a la cámara.
Lash atravesó la habitación y permaneció quieto mientras se disparaba un flash frente a su rostro.
—Quiero mi llamada telefónica.
—La tendrás.
—¿Cuánto tengo que pagar de fianza?
—Aún no lo sé.
—¿Cuándo saldré de aquí?
—Cuando el juez determine el monto de tu fianza y la pagues. Probablemente será esta tarde, ya que todavía es muy temprano en la madrugada.
Lash puso las manos esposadas frente a él y le metieron un teléfono entre ellas. El oficial presionó un botón para encender el altavoz del teléfono y marcó el número del señor D mientras Lash le recitaba el número.
El policía retrocedió cuando el lesser contestó.
Lash no perdió tiempo.
—Trae mi cartera. Está en mi chaqueta en la parte trasera del coche. Todavía no han fijado el monto de la fianza, pero trae dinero en efectivo tan pronto como te sea posible.
—¿Cuándo quieres que vaya?
—Tráeme la identificación ahora. Luego hay que esperar a que el juez determine la fianza. —Miró al oficial—. ¿Puedo llamarlo otra vez para decirle cuando puede recogerme?
—No, pero él puede llamar al teléfono del precinto, preguntar por la cárcel, y de esa forma averiguar cuando será liberado.
—¿Escuchaste?
—Sip —dijo el señor D por el altavoz.
—No dejéis de trabajar.
—No lo haremos.
Diez minutos después, Lash estaba en una celda de reclusión.
La habitación de bloques de hormigón de nueve por nueve era estándar con las barras atravesadas al frente, y un retrete de acero inoxidable y un lavabo dispuestos en una esquina. Cuando se sentó en el banco y apoyó la espalda contra la pared, cinco tipos lo miraron. Dos eran claramente drogadictos, porque estaban grasientos como el tocino y evidentemente esa noche más temprano se habían freído el cerebro. Le echó un vistazo a los otros tres, aunque eran sólo humanos: en la esquina opuesta, apartado de los demás, había un tipo con bíceps macizos y una docena de tatuajes de prisión; junto a las barras, haciendo el paso-de-la-rata-enjaulada había un pandillero con un pañuelo azul tipo pirata en la cabeza; y retorciéndose junto a la puerta de la celda había un sicótico de cabeza rapada.
Naturalmente a los drogadictos no les importó que hubieran agregado otro más al conjunto, pero los otros lo midieron como si fuera una pierna de cordero en el mostrador de una fiambrería.
Pensó en el número de lessers que había perdido esa noche.
—Eh, idiota —le dijo Lash al veterano—. ¿Tu novio te hizo esos tatuajes? ¿O estaba demasiado ocupado follándote el culo?
El tipo entrecerró los ojos.
—¿Qué has dicho?
El pandillero agitó la cabeza.
—Debes estar jodidamente loco, muchacho blanco.
El cabeza rapada sonrió como una batidora, alto y rápido.
Quién hubiera dicho que el reclutamiento fuera a ser tan fácil, pensó Lash.

Phury no se desmaterializó hacia el ZeroSum. En vez de ello fue al Screamer’s.
Como ya era casi el final de la noche, no había ninguna cola para entrar al club, así que simplemente pasó directamente por la puerta delantera y se dirigió a la barra. Mientras resonaba el rap duro, la escoria de la fiesta se aferraba desesperadamente a sus bebidas alcohólicas, apilándose unos sobre otros en las esquinas oscuras, demasiado bombardeados incluso como para poder tener sexo.
El barman se acercó y le dijo:
—Estamos sirviendo los últimos.
—Un Martini Sapphire.
El tipo regresó con la bebida y puso una servilleta en la mesa antes de dejar el vaso triangular encima.
—Son doce dólares.
Phury deslizó uno de cincuenta sobre la barra negra y mantuvo la mano sobre el billete.
—Estoy buscando algo. Y no me refiero a cambio.
El barman miró el verde.
—¿Qué estás buscando?
—Me gusta montar a caballo.
Los ojos del tipo comenzaron a buscar a través de la habitación.
—En serio. Bueno, este es un club, no un establo.
—No visto de azul. Jamás.
Los ojos del barman volvieron a él y miró a Phury de arriba abajo.
—Con la ropa tan cara que llevas… podrías usar cualquier color que quisieras.
—No me gusta el azul.
—¿Vienes de otra ciudad?
—Se puede decir que sí.
—Tienes el rostro hecho un desastre.
—¿En serio? No lo había notado.
Hubo una pausa.
—¿Ves ese tipo que está ahí detrás? ¿Con el águila en la espalda de la chaqueta? Él podría ayudarte. Podría hacerlo. Yo no lo conozco.
—Por supuesto que no lo conoces.
Phury dejó los cincuenta y la bebida y atravesó la escasa y dispersa masa de gente con una sola idea fija en mente.
Justo antes de tenerlo a tiro, el tipo en cuestión comenzó a caminar y abandonó el local por la puerta lateral.
Phury lo siguió al callejón y cuando salieron, algo se disparó en su mente, pero lo ignoró. Estaba interesado sólo en una cosa… estaba tan enfocado en eso que hasta la voz del hechicero había desaparecido.
—Discúlpeme —dijo.
El vendedor se volvió y le dio a Phury el mismo tipo de mirada de pies a cabeza que le había dedicado el barman.
—No lo conozco.
—No, claro que no. Pero si conoce a mis amigos.
—No me diga —Cuando Phury le mostró un par de billetes de cien dólares, el tipo sonrió—. Ah, sí. ¿Qué está buscando?
—H.
—Que perfecto sentido de la oportunidad. Casi no me queda nada. —El anillo de graduación del tipo destelló con reflejos azules cuando puso la mano dentro de la chaqueta.
Por una fracción de segundo, Phury vio nuevamente la imagen del distribuidor y el drogadicto que estaban en aquel callejón, con los que él y aquel lesser se habían topado tantas noches atrás. Era gracioso, ese encuentro había marcado el inicio del gran declive, ¿no es así? La pendiente que lo había conducido hasta allí, a este momento, a este callejón… dónde un pequeño sobrecito lleno de heroína estaba siendo depositado en su mano.
—Estoy aquí —el distribuidor señaló en dirección a la puerta del club— prácticamente todas las noches...
Las luces los iluminaron de todas direcciones… cortesía de los anónimos coches de policía estacionados tanto al frente como al fondo del callejón.
—¡Manos arriba! —gritó alguien.
Phury miró fijamente los ojos aterrados del camello y no sintió ninguna simpatía ni ninguna complicidad con él.
—Me tengo que ir. Hasta luego.
Phury se borró de la memoria de los cuatro policías armados y de la del distribuidor con la expresión de ¡Ay como me jodieron! en el rostro y se desmaterializó con su compra.





Capítulo 42

Qhuinn lideraba el camino a través del túnel subterráneo que iba desde la mansión de la Hermandad hasta la oficina del centro de entrenamiento. Blay permanecía detrás de él, y el único sonido que se escuchaba era el de sus botas. Durante la comida que habían compartido había sucedido lo mismo, sólo el sonido de la vajilla de plata sobre vajilla de plata y un ocasional: Por favor, ¿puedes pasarme la sal?
La gran aridez conversacional que se había dado durante la cena sólo había sido interrumpida por la tormenta que se produjo cuando estalló una especie de drama en la planta alta. Cuando escucharon el griterío, ambos soltaron los tenedores y corrieron hacia el vestíbulo, pero Rhage los había mirado desde el balcón y había negado con la cabeza, indicándoles que no se metieran.
Lo cual era genial. Ambos tenían suficiente de su propia mierda para entretenerse.
Cuando llegaron a la puerta que conducía al armario de la oficina, Qhuinn marcó 1914 en el panel de seguridad, de forma que Blay pudiera ver los números.
—Evidentemente, fue el año en que la casa fue construida. —Cuando pasaron a través del armario y salieron cerca del escritorio, Qhuinn sacudió la cabeza—. Siempre me había preguntado cómo lograban llegar aquí.
Blay emitió un sonido que podía significar tanto “Yo también” como “Jódete con una sierra, rata bastarda”.
El camino a la sala de fisioterapia no requería un guía, y una vez que entraron en el gimnasio, fue difícil no contar los metros que Blay puso entre ellos tan pronto pudo.
—Puedes irte ahora —dijo Blay cuando llegaron a la puerta marcada como EQUIPAMIENTO/SALA DE FISIOTERAPIA—. Ya me ocuparé yo del corte que tengo en la espalda.
—Lo tienes entre los omoplatos.
Blay asió el pomo y volvió a hacer aquel ruido con la parte de atrás de la garganta. Y esta vez definitivamente no significaba un «yo también» ni nada parecido.
—Sé razonable —dijo Qhuinn.
Blay miró fijamente hacia delante. Después de un momento, abrió la puerta.
—Lávate las manos primero. Antes de tocarme, quiero que te laves las manos.
Cuando entraron, el tipo caminó en línea recta hacia la misma camilla en la que Qhuinn había sido operado la antepenúltima noche.
—Deberíamos alquilar un tiempo compartido con esta perra —dijo Qhuinn, mientras paseaba la vista por la habitación embaldosada y llena de armarios de acero inoxidable y equipo médico.
Blay se subió sobre la mesa, encogió los hombros para sacarse la camisa, e hizo una mueca de dolor cuando miró las heridas sangrantes que apenas comenzaban a cerrarse sobre el pecho.
—Mierda.
Qhuinn dejó salir todo el aire que tenía en los pulmones y se quedó mirando fijamente a su amigo. La cabeza del tipo colgaba de su cuello mientras se examinaba el pecho donde había sido acuchillado, y se veía hermoso así, con sus amplios hombros, las gruesas almohadillas de sus pectorales y los brazos acordonados de músculos. Sin embargo lo que lo hacía aún más atractivo, era su autoimpuesta reserva.
Era muy difícil no preguntarse que había debajo de toda esa modestia. Qhuinn continuó con la mierda de la enfermera, agarró un poco de gasa, cinta y loción antiséptica de los armarios, los puso en una bandeja con ruedas y luego la empujó para acercarla a la camilla.
Habiendo reunido todos los suministros, se dirigió al fregadero de acero inoxidable y apretó el pedal con el pie para dejar correr el agua.
Mientras se lavaba las manos, dijo en voz baja:
—Si pudiera, lo haría.
—¿Perdón?
Qhuinn hizo espuma de jabón con las palmas y se lavó hasta los antebrazos. Lo cual era una exageración, pero si Blay lo quería superlimpio, entonces así es como iba a estar.
—Si pudiera amar a un hombre de esa forma, sería a ti.
—Sí, bien, pensándolo mejor, lo haré yo mismo y al infierno con mi espalda…
—Estoy hablando en serio. —Sacó el pie del pedal para detener el agua, y sacudió las manos sobre el fregadero—. ¿Crees que no he pensado en ello? Me refiero a, estar contigo. Y no sólo por la mierda del sexo.
—¿Lo has hecho? —dijo Blay en un susurro apenas audible por encima del goteo de agua.
Qhuinn se secó las manos con una pila de toallas quirúrgicas azules que estaban a su izquierda y se llevó una con él mientras caminaba hacia Blay.
—Sí, lo he hecho. Sostén esto debajo de las heridas, ¿quieres?
Blay hizo lo que le dijo, y Qhuinn derramó algo de antiséptico sobre la herida que el tipo tenía sobre el esternón.
—Yo no sabía… ¡Hijodeputa!
—Arde, eh. —Qhuinn dio la vuelta alrededor de la mesa, dirigiéndose hacia la espalda de su amigo—. Ahora voy a dedicarme a esta, y creo que será mejor que te prepares. Ésta es mucho más profunda.
Qhuinn puso otra toalla bajo la herida y le puso alguna mierda que olía como el Lysol. Cuando Blay siseó, hizo una mueca.
—Terminaré en un segundo.
—Apuesto a que le dices eso a todos los… —Blay se detuvo justo ahí.
—Nah, eso no se lo digo a nadie. Me toman como soy. Si no pueden manejarlo, es su problema.
Tomando un rollo de gasa estéril. Qhuinn rasgó la cosa para abrirla y apretó el tejido blanco contra la herida que Blay tenía entre los omoplatos.
—Es cierto que he pensado en nosotros… pero a largo plazo me veo con una hembra. No puedo explicarlo. Simplemente va a ser así.
La caja torácica de Blay se expandió y se comprimió.
—¿Quizá es porque no quieres tener otro defecto?
Qhuinn frunció el ceño.
—No.
—Estás seguro de eso.
—Mira, si me importara lo que piensan las personas, ¿crees que haría lo que hago? —Volvió a dar la vuelta a la camilla, tapó la herida que Blay tenía en el pecho, y luego atendió la herida de su hombro—. Además, mi familia está muerta. ¿A quién tengo que impresionar ahora?
—¿Por qué fuiste tan cruel? —preguntó Blay con voz digna—. Cuando estábamos en el túnel de mi casa.
Qhuinn tomó un tubo de neomycin y se dirigió nuevamente hacia la espalda de su compañero.
—Estaba bastante seguro que no iba a regresar, y no quise que arruinaras tu vida por mí. Pensé que por tu bien sería mejor que me odiaras a que me extrañaras.
Blay rió con ganas, y el sonido fue muy agradable.
—Eres tan arrogante.
—Claro que sí. Pero es verdad, ¿o no? —Qhuinn extendió el ungüento lechoso por la piel de Blay—. Lo hubieras hecho.
Cuando volvió a ponerse frente a él, Blay levantó la cabeza, y los ojos. Sus miradas se encontraron, Qhuinn extendió la mano y puso la palma en la mejilla de su amigo.
Pasándole suavemente el dedo pulgar hacia delante y hacia atrás, susurró:
—Te quiero ver con alguien que sea digno de ti. Que te trate bien. Que te sea fiel. Aunque yo me estableciera con una hembra... mierda, me digo a mí mismo que soy capaz de serle fiel, pero en el fondo de mi corazón, realmente no lo creo.
El anhelo que vio en los ojos azules que lo miraban fijamente le rompió el corazón. Verdaderamente. Y no podía imaginar qué era lo que Blay veía en él que lo hacía tan especial ante sus ojos.
—¿Qué anda mal contigo? —susurró—. ¿Qué me quieres tanto?
La triste sonrisa de Blay le agregó como un millón de años a su edad, llenando su rostro con ese tipo de sabiduría que sólo surgía después de que la vida te pateaba las pelotas varias veces.
—¿Qué anda mal contigo que no puedes darte cuenta de por qué lo hago?
—Vamos a tener que ponernos de acuerdo en estar en desacuerdo acerca de eso.
—¿Me prometes algo?
—Lo que sea.
—Déjame si quieres, pero no lo hagas por mi propio bien. No soy un niño, no me rompo fácilmente, y lo que siento no es de tu maldita incumbencia.
—Pensé que estaba haciendo lo correcto.
—No fue así. As que, ¿me lo prometes?
Qhuinn exhaló con dificultad.
—Bien, te lo prometo. Con tal de que me jures que buscarás a alguien real, ¿De acuerdo?
—Eres real para mí.
—Júramelo. O voy a volver a hacer eso de «soy-una-isla» otra vez. Quiero que estés abierto a la posibilidad de conocer a alguien que en realidad puedas tener.
La mano de Blay se deslizó por el antebrazo de Qhuinn y le apretó la muñeca, de esa forma el pacto se convirtió en algo sólido por ambas partes.
—Ok… está bien. Pero será un tipo. He tratado de hacerlo con hembras, y no lo siento correcto.
—Con tal de que estés contento. Lo que sea que te haga feliz.
Cuando la tensión se alivió entre ellos, Qhuinn envolvió los brazos alrededor de su amigo y lo mantuvo apretado, intentando absorber la tristeza del macho, deseando que todo fuera diferente entre ellos.
—Supongo que esto es lo mejor —dijo Blay en su hombro—. No sabes cocinar.
—¿Ves? No soy ningún Príncipe Encantado.
Qhuinn podría jurar que Blay susurró, “Sí, lo eres”, pero no estaba seguro.
Ambos se apartaron, se miraron a los ojos… y algo cambió. En el silencio del centro de entrenamiento, en la vasta intimidad del momento, algo cambió.
—Sólo una vez —dijo Blay suavemente—. Hazlo sólo una vez. Así sabré que se siente.
Qhuinn sacudir la cabeza.
—No… no creo que…
—Sí.
Después de un momento, Qhuinn deslizó ambas manos por el grueso cuello de Blay y tomó la fornida mandíbula del macho entre sus palmas.
—¿Estás seguro?
Cuando Blay asintió, Qhuinn inclinó la cabeza de su amigo hacia atrás y a un lado y la sostuvo en el lugar mientras acortaba la distancia lentamente. Un momento antes de que sus bocas se tocaran, las pestañas de Blay temblaron y luego se cerraron, su cuerpo tembló y…
Oh, era tan dulce. Los labios de Blay eran increíblemente dulces y suaves.
Probablemente no se suponía que la lengua fuera parte de aquello, pero no hubo forma de evitarlo. Qhuinn lo lamió y luego hundió profundamente la lengua en el interior de su boca, mientras deslizaba los brazos alrededor de Blay y lo abrazaba con fuerza. Cuando finalmente levantó la cabeza, la expresión de los ojos de Blay le indicó que estaba dispuesto a dejar que pasara cualquiera cosa entre ellos. Permitiría que todo pasara.
Podían tomar esa chispa que había nacido entre ellos y continuar todo el camino a casa hasta que ambos estuvieran desnudos y Qhuinn estuviera haciéndole a su amigo lo que mejor sabía hacer.
Pero después de eso las cosas nunca volverían a ser iguales, y eso fue lo que lo detuvo, a pesar del hecho de que repentinamente deseaba exactamente lo mismo que deseaba Blay.
—Eres demasiado importante para mí —dijo con voz ronca—. Eres demasiado bueno para el tipo de sexo que suelo tener.
Los ojos de Blay se demoraron sobre la boca de Qhuinn.
—En este momento, podría estar totalmente en desacuerdo con eso.
Cuando Qhuinn soltó al chico y dio un paso atrás, comprendió que era la primera y única vez en su vida, que rechazaba a alguien.
—No, tengo razón. Tengo la jodida razón en esto.
Blay tomó un profundo aliento, afirmó los brazos en la camilla e intentó componerse. Rió un poco.
—No puedo sentir ni los pies ni las manos.
—Me ofrecería a frotarlos, pero…
La mirada de Blay bajo sus pestañas fue condenadamente sexy.
—¿Te sentirías tentado a frotar alguna otra parte de mi cuerpo?
Qhuinn sonrió abiertamente.
—Hijo de puta.
—Está bien, está bien. Que así sea.
Blay extendió la mano tomó el antiséptico, se puso un poco en el pecho, y luego cubrió la herida con gasa que aseguró en su lugar.
—¿Te ocupas de cubrir la de mi espalda?
—Sí.
Mientras cubría la carne viva con el trozo de gasa, Qhuinn imaginó a alguien tocando la piel de Blay… deslizando las manos sobre él, aliviando la clase de dolor que un macho siente entre sus muslos.
—Aunque, hay una cosa más —murmuró Qhuinn.
—¿Qué?
La voz que salió de su garganta fue muy diferente a cualquier otra que hubiera oído salir antes de su interior.
—Si algún tipo te rompe el corazón o te trata como una mierda, lo haré pedazos con mis manos desnudas y dejaré su cuerpo roto y ensangrentado para que lo termine el sol.
La risa de Blay resonó alrededor de las paredes de azulejos.
—Claro que lo harías…
—Estoy hablando muy en serio, joder.
Los ojos azules de Blay se clavaron en él por encima de su hombro.
—Si alguien se atreve a herirte —gruñó Qhuinn en la Antigua Lengua—, lo veré postrado ante mí porque dejaré su cuerpo en ruinas.

En su gran rancho de las Adirondacks, Rehvenge trataba desesperadamente de entrar en calor. Envuelto en una gruesa bata de tela de felpa, con una manta de visón sobre el cuerpo, estaba tendido sobre una cama a una distancia de no más de metro y medio de las llamas de un crepitante fuego.
De todas las habitaciones de la enorme casa tipo rancho, ésta era una de sus favoritas ya que la severa decoración Victoriana de color granate, oro y azul marino frecuentemente se ajustaba a su humor. Era gracioso, siempre había pensado que un perro podría lucir muy bien al lado de la chimenea de piedra maciza. Algún tipo de retriever. Dios, quizá debería conseguirse un perro. A Bella siempre le habían gustado los perros. No obstante a su madre no, y por eso nunca había habido uno en la casa de la familia en Caldwell.
Rehv frunció el ceño y pensó en su madre, que estaba viviendo en otra de las casas de la familia aproximadamente a trescientos kilómetros de allí. Aún no se había recuperado del secuestro de Bella. Probablemente nunca lo haría. Incluso después de que hubieran pasado tantos meses no quería abandonar el país, aunque vivir en el estado de Caldwell, tampoco era tan malo.
Iba a morir en la casa en donde estaba ahora, pensó. Probablemente dentro de un par de años. Había envejecido, su reloj biológico había empezado a correr hacia la meta, su cabello ya se estaba poniendo blanco.
—Traje más leña —dijo Trez mientras entraba con un carga completa de leños. El moro fue hasta la chimenea, movió la pantalla, y atizó la llama hasta que rugió aún más fuerte.
Lo cual era una locura para el mes de Agosto.
Ah, pero esto era Agosto en las Adirondacks. Además, estaba doblemente cargado de dopamina, por eso tenía aproximadamente la misma percepción sensorial y la misma temperatura interna que un leño petrificado.
Trez volvió a colocar la pantalla en su lugar y miró sobre su hombro.
—Tienes los labios azules. ¿Quieres que te prepare un poco de café?
—Eres un guardaespaldas, no un mayordomo.
—Y a ver a nuestro alrededor tenemos ¿cuántas personas portando bandejas de plata?
—Yo puedo hacerlo. —Rehv intentó sentarse pero se le revolvió el estómago—. Joder.
—Acuéstate otra vez antes que yo te acueste de un golpe.
Cuando el tipo salió, Rehv se volvió a acomodar contra los cojines, odiando los efectos secundarios de lo que había hecho con la Princesa. Los odiaba. Sólo deseaba olvidar todo el asunto, al menos hasta el siguiente mes. Desafortunadamente, la mierda se recreaba continuamente en su mente como si fuera un circuito cerrado. Veía lo que había hecho esa noche en la cabaña, una y otra vez, se visualizaba masturbándose para seducir a la Princesa y después follándosela sobre ese alféizar.
¿Cuánto tiempo hacía ya que su vida sexual consistía en variaciones de ese mismo tipo de perversión? Mierda…
Por un momento se preguntó cómo sería tener a alguien a quien querer, pero apartó esa fantasía condenadamente rápido. De la única forma que podía tener sexo era si dejaba de tomar sus medicamentos… así que con las únicas con las que podía estar era con symphaths, y ni aunque lo condenaran al infierno se encariñaría con una de esas hembras. Obviamente, él y Xhex lo habían intentado, pero había sido un desastre a varios niveles.
Le metieron una taza de café bajo la nariz.
—Bébete esto.
—Gracias. —dijo aceptándola.
—Oh, mierda, mírate.
Rehv cambió rápidamente de mano, metiendo el antebrazo malo bajo la manta.
—Como dije, gracias.
—Entonces fue por eso que Xhex te obligó a ir a la clínica, ¿eh? —Trez se sentó en un sillón color ocre—. Y, no, no voy a contener la respiración hasta que me lo confirmes. Simplemente lo tomaré como algo que salta a la vista.
Trez cruzó las piernas, y su apariencia era la de un perfecto caballero, un verdadero modelo de la realeza: A pesar de estar vestido con pantalones cargo negros, botas de combate y una camiseta sin mangas, —y de que era capaz de arrancarle la cabeza a un macho y utilizarla como pelota de fútbol— podrías haber jurado que lo único que lo apartaba de la capa de armiño y la corona de Rey, era una visita al armario.
Lo cual, de hecho, era efectivamente cierto.
—Buen café —murmuró Rehv.
—Pero no me pidas que horneé algo. ¿Cómo te está yendo con el antígeno?
—Excelente.
—O sea que todavía tienes el estómago revuelto.
—Deberías ser un symphath.
—Trabajo con dos de ellos. Eso ya es lo suficientemente cerca, jódete muchas gracias.
Rehv sonrió y tomó otro enorme sorbo del borde de la taza. Probablemente se estuviera quemando la piel de la boca dada la cantidad de vapor que salía del líquido que había en el interior de la taza, pero no sentía nada.
Por otro lado, era demasiado consciente de la mirada negra y decidida de Trez. La cual significaba que el moro estaba a punto de decirle algo que no le iba a gustar. A diferencia de otras personas, cuando te decía algo que no querías escuchar, te miraba directamente a los ojos.
Rehv puso los ojos en blanco.
—Ya dímelo de una vez ¿Por qué no lo haces?
—Te pones peor cada vez que estás con ella.
Era cierto. Cuando todo esto había comenzado, podía estar con la Princesa y regresar a trabajar enseguida. Después de un par de años, necesitaba descansar un poco. Luego fue una siesta de un par de horas de duración. Ahora, debía quedarse sobre su trasero durante unas buenas veinticuatro horas. El asunto era que, estaba desarrollando una reacción alérgica al veneno. Claro que, el suero antígeno que Trez le inyectaba después, impedía que entrara en estado de shock, pero su recuperación ya no era buena.
Quizás un día directamente dejara de recuperarse.
Mientras calculaba la cantidad de medicamentos que necesitaba tomar periódicamente, pensó, Mierda, es mejor vivir a través de la química. Bueno, de cierta forma, al menos.
Trez continuaba con la vista fija en él, por lo que tomó otro sorbo y le dijo:
—Alejarme de ella no es una opción.
—Sin embargo, podrías volar lejos de Caldwell. Encontrar otro lugar donde vivir. Si no sabe dónde encontrarte, no puede entregarte.
—Si me voy de la ciudad, le irá detrás a mi madre. Quien no se mudará por Bella y el bebé.
—Esto va a matarte.
—Sin embargo, es demasiado adicta para arriesgarse a que eso ocurra.
—Entonces debes decirle que corte con esa mierda de frotarse veneno de escorpión. Entiendo que quieras parecer fuerte, pero se encontrará follando con un maldito cadáver si no deja de hacer eso.
—Conociéndola, la necrofilia sería un gran estimulante para ella.
Detrás de Trez, un encantador resplandor atravesó el horizonte.
—Oh, mierda, ¿ya es tan tarde? —maldijo Rehv, zambulléndose en busca del mando a distancia que cerraba las contraventanas de acero de la casa.
Salvo que no se trataba del sol. Al menos, no era el sol que daba vueltas en el cielo.
Una figura luminosa estaba paseándose tranquilamente por el césped y acercándose a la casa.
A Rehv solo se le ocurría una cosa que pudiera lograr ese efecto.
—Que jodidamente fantástico —murmuró, volviendo a sentarse—. ¿Hombre, acaso esta noche no va a terminar jamás?
Trez ya se había puesto de pie.
—¿Quieres que lo deje entrar?
—Bien podrías. De otra forma simplemente atravesaría el vidrio.
El Moro deslizó una de las puertas corredizas, y se hizo a un lado cuando Lassiter entró en la guarida. El andar como flotando del tipo era la manifestación física del hablar lánguidamente, todo suave, lento e insolente.
—Tiempo sin verte —dijo el ángel.
—No el suficiente.
—Siempre tan hospitalario.
—Escucha, GE —Rehv parpadeó con fuerza—. ¿Te importaría apagar tu bola de espejos?
La brillante luz se fue atenuando hasta que Lassiter pareció completamente normal. Bueno, normal para alguien con un fetichismo por los piercings jodidamente enfermizo y con aspiraciones a convertirse en el patrón oro de algún país.
Trez cerró la puerta y se puso detrás de ella como un muro de: jodes-a-mi-chico-y-ángel-o-no-te-demostraré-lo-que-es-una-buena-pateadura-en-el-culo.
—¿Qué te trae a mi propiedad? —dijo Rehv, mientras acunaba la taza con ambas manos, tratando de absorber su calor.
—Tengo un problema.
—No puedo arreglar tu personalidad, lo siento.
Lassiter rió, y el sonido repiqueteó por toda la casa como campanas de iglesia.
—No. Me gusto así como soy, gracias.
—Tampoco puedo ayudarte con tu naturaleza ilusoria.
—Necesito encontrar una dirección.
—¿Me veo como un directorio?
—A decir verdad, te ves como la mierda.
—Tú y tus cumplidos. —Rehv terminó su café—. ¿Qué te hace pensar que voy a ayudarte?
—Porque.
—¿Quieres incluir un par de nombres y verbos allí? Estoy perdido.
Lassiter se puso serio, y su belleza etérea dejo de lado la mueca de «jódete» que formaba parte de su comportamiento habitual.
—Estoy aquí por asuntos oficiales.
Rehv frunció el ceño.
—Sin ofender, pero pensé que tu jefe te había metido la carta de despido en el culo.
—Me dio una última oportunidad para ser un buen chico. —El ángel fijó la vista en la taza de café que Rehv tenía entre las manos—. Si me ayudas, puedo darte algo a cambio.
—De veras.
Cuando Lassiter intentó acercarse un paso, Trez se pegó a él como si fuera pintura.
—No, no lo harás.
—Lo sanaré. Si me dejas tocarlo, lo sanaré.
Trez frunció las cejas y abrió la boca como si estuviera a punto de decirle al ángel que fuera a «sanarse» a si mismo fuera de la maldita casa.
—Espera —dijo Rehv.
Mierda, se sentía tan cansado, dolorido y miserable, que no era difícil imaginarse sintiéndose de igual forma cuando cayera la noche. De una semana después de mañana.
—Solo dime a qué clase de dirección te refieres.
—La de la Hermandad.
—Ja. Aunque la conociera, —y no es el caso— no podría decírtela.
—Tengo algo que han perdido.
Rehv estaba a punto de volver a reírse cuando se encendió su lado symphath. El ángel era un imbécil, pero hablaba totalmente en serio. Y, mierda… ¿Podría ser verdad? Podría haber encontrado…
—Sí, lo he encontrado—afirmó Lassiter—. Ahora, ¿Vas a ayudarme a ayudarlos? Y a cambio, porque soy un tipo de palabra, me ocuparé de tu pequeño problema.
—¿Y qué problema podría ser ese?
—La infección MRSA que tienes en el antebrazo. Y el hecho, de que en este momento, estás a dos exposiciones más de la anafilaxis contra ese veneno de escorpión. —Lassiter sacudió la cabeza—. No voy a preguntarte nada. Acerca de ninguna de las dos cosas.
—¿Te sientes bien? Normalmente eres más entrometido que eso.
—Hey, si quieres compartir…
—Lo que sea. Diviértete si quieres. —Rehv extendió el antebrazo hecho polvo—. Haré lo que pueda por ti, pero no puedo prometerte nada.
Lassiter le dedicó una sonrisa a Trez.
—Entonces, chico grande, ¿Vas a tomarte un respiro y hacerte a un lado? Porque tu jefe consintió…
—Él no es mi jefe.
—No soy su jefe.
Lassiter inclinó la cabeza.
—Tu colega, entonces. Ahora, ¿te importaría salir de mi camino?
Trez desnudó los colmillos y entrechocó las mandíbulas dos veces, esa era la manera que tenían las Sombras de decirle a alguien que estaban caminando por la cuerda floja sobre un precipicio muy alto. Pero de todas maneras se apartó.
Lassiter avanzó, y resurgió su resplandor.
Rehv encontró los ojos color plata esterlina y sin pupilas del tipo.
—Si jodes conmigo, Trez no dejará de hacerte daño hasta que tu empaque no pueda ser vuelto a unir ni siquiera con pegamento. Sabes lo que es él.
—Lo sé, pero está perdiendo el tiempo con su demostración de tipo duro. No puedo hacerle daño a los virtuosos, así que tú estás seguro.
Rehv ladró una risa.
—Entonces, tiene mucho de qué preocuparse.
Cuando Lassiter extendió la mano e hizo contacto, una corriente le lamió el brazo a Rehv, haciéndole jadear. Mientras una maravillosa sanación comenzó a verterse dentro de él, se estremeció y se tendió en su nido de mantas. Oh, Dios… su agotamiento se estaba evaporando. Lo cual significaba que el dolor que él no sentía estaba retrocediendo.
Con esa magnífica voz suya, Lassiter murmuró:
—No tienes nada de que preocuparte. Los virtuosos no siempre hacen lo correcto, pero sus almas permanecen puras. Tu alma está inmaculada. Ahora cierra los ojos, loco insensible, porque estoy a punto de encenderme como una hoguera.
Rehv entornó los ojos y tuvo que apartar el rostro cuando una explosión de pura energía atravesó su cuerpo. Era como un orgasmo de esteroides, un enorme torrente que lo llevó lejos, haciéndolo mil pedazos hasta que flotó hacia abajo como una lluvia de estrellas.
Cuando regresó a su cuerpo, se quedó suspirando largo y tendido.
Lassiter lo soltó y se frotó la mano en los vaqueros de tiro bajo que llevaba puestos.
—Y ahora con respecto a lo que necesito de ti.
—No va a ser fácil llegar a ellos.
—Dime algo que no sepa.
—Primero voy a tener que verificar que es lo que tienes.
—Él no está muy feliz.
—Bueno, por supuesto que no, está junto a ti. Pero no voy a servirte de representante hasta que vea el panorama.
Hubo un momento de silencio. Y luego Lassiter inclinó la cabeza.
—De acuerdo. Regresaré al anochecer y te llevaré con él.
—Está bien, ángel, está bien.

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