jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 43 44 45

Capítulo 43

En la cúspide del alba, Phury fue a su dormitorio y en una bolsa L.L. Bean empacó sus accesorios de entrenamiento, tales como toalla, iPod, botella de agua… y su parafernalia de drogas que incluía una cuchara, un encendedor, una jeringa, un cinturón y su acostumbrado paquete de humo rojo.
Dejó su guarida y se dirigió hacia el pasillo de estatuas, caminando como si sus intenciones fueran absolutamente saludables. No quería estar demasiado cerca de Bella y Z, por lo que escogió una de las habitaciones de huéspedes vacías cercanas a la escalera principal. Cuando se deslizó dentro, casi vuelve a salir para elegir otra: las paredes eran de color lavanda grisáceo, exactamente igual al color de las rosas que a Cormia le gustaban tanto.
El rumor de las voces de unos doggens que pasaban por el pasillo le obligaron a quedarse donde estaba.
Entró en el cuarto de baño, cerró esa puerta también y atenuó las luces hasta que parecieron las ascuas de un fuego. Mientras las contraventanas se cerraban para pasar el día, se sentó en el suelo de mármol, apoyó la espalda contra el jacuzzi y sacó las cosas que iba a necesitar.
La realidad de lo que estaba a punto de hacer no le parecía significativa.
Era algo así como sumergirse en agua fría. Una vez que pasaba el primer choque, te acostumbrabas al lugar en donde estabas.
Y lo que más le animaba era el silencio en el que estaba sumida su mente. Desde que había iniciado este camino, el hechicero no había dicho ni una maldita palabra más.
Las manos de Phury no temblaron en absoluto cuando echó un poco de polvo blanco en una cuchara de plata esterlina y agregó un poco de agua de la botella. Abriendo la tapa de su encendedor, lo accionó para obtener una llama y lo puso debajo de la mezcla.
Por ningún motivo en particular, notó que el diseño de la cuchara de plata era Azucena del Valle de Gorham. De finales del siglo diecinueve.
Después de que la mezcla hirvió, dejó la cuchara en el suelo de mármol, llenó la jeringa, y tomó su cinturón Hermés. Extendiendo el brazo izquierdo, lo rodeó con el cuero con el que formó un lazo, pasando un extremo a través de la lustrosa hebilla dorada, lo tensó, y luego lo metió bajo el brazo para que se mantuviera en el lugar.
Se le hincharon las venas y golpeteó las que le sobresalían en la curva del codo. Escogió la más gruesa, y entonces frunció el ceño.
La mierda que había en el interior de la jeringa era de color marrón.
Por un momento, lo invadió el pánico. Marrón era un mal color.
Sacudió la cabeza para aclarársela, luego se pinchó la vena con la aguja y tiró del émbolo para asegurarse que había entrado en la vena de forma adecuada. Cuando vio una llamarada de rojo, empujó con el pulgar, vació la carga de la jeringa y soltó el cinturón.
El efecto fue mucho más rápido de lo que hubiera podido imaginar. Al segundo dejó que su brazo cayera flojo a un lado y al siguiente estaba brutalmente enfermo del estómago y arrastrándose hacia el retrete en una extraña y precipitada especie de cámara lenta.
Definitivamente esta mierda no era igual al humo rojo. No había una entrada suave, ningún educado golpe a la puerta anunciando la llegada de la droga a su cerebro. Este era un asalto a mano armada con un ariete, y mientras vomitaba, se recordó a si mismo que había conseguido lo que quería.
Confusamente, en el fondo de su conciencia, escuchó que el hechicero comenzaba a reír… escuchó como los graznidos divertidos de satisfacción de su adicción rodaban en su mente, hasta el último instante cuando la heroína se adueñaba del resto de su mente y de su cuerpo.
Cuando se desmayó mientras vomitaba, comprendió que lo habían engañado. En lugar de matar al hechicero, le habían dejado solo en su tierra baldía y a merced de su amo.
Buen trabajo, compañero… excelente trabajo.
Mierda, esos huesos que había en la tierra baldía, eran los restos de los adictos que el hechicero había conducido a la muerte con sus palabras. Y el cráneo de Phury estaba al frente y en el mismo centro, y era su víctima más reciente. Pero ciertamente no la última.

—Por supuesto —dijo la Elegida Amalya—. Claro que puedes ser recluida… ¿Si estás segura que eso es lo que deseas?
Cormia asintió, y luego se recordó a si misma que estaba en el Santuario, y por lo tanto había regresado a la tierra de las reverencias. Inclinando la parte superior de su cuerpo, murmuró:
—Gracias.
Cuando se enderezó, recorrió con la vista las habitaciones privadas de la Directrix. Las dos habitaciones estaban decoradas según la tradición de las Elegidas, es decir que no tenían ningún tipo de decoración. Todo era sencillo, escaso, y blanco, con la única diferencia respecto de las otras habitaciones de las Elegidas, que Amalya tenía dispuesto un lugar con asientos para las audiencias que mantenía con las hermanas.
Todo era tan blanco, pensó Cormia. Tan… blanco. Y las sillas en las cuales estaban sentadas ambas eran rígidas y no tenían cojines.
—Supongo que es algo oportuno —dijo la Directrix—. La última escriba recluida, Selena, ha dimitido debido al advenimiento de la ascensión del Primale. A la Virgen Escriba le complació permitirle abandonar su deber, dado nuestro cambio de circunstancias. Pero sin embargo, nadie ha querido reemplazarla.
—Me gustaría sugerir que también se me de la función de escriba primaria.
—Eso sería muy generoso de tu parte. Liberaría a las otras para el Primale. —Hubo un largo silencio—. ¿Podemos proceder?
Cuando Cormia asintió y se arrodilló en el suelo, la Directrix encendió un poco de incienso y realizó la ceremonia de reclusión.
Cuando terminó, Cormia se puso de pie y caminó hacia el otro lado de la habitación donde había un espacio abierto en la pared que en si hubiera estado en la mansión hubiera llamado ventana.
Al otro lado de la blanca extensión del Santuario, vislumbró el Templo de las Escribas Recluidas. Estaba acoplado a la entrada de las habitaciones privadas de la Virgen Escriba y no tenía ninguna ventana. Dentro de sus blancos confines, no habría nadie más que ella. Ella, las pilas de pergaminos, las tintas de color rojo sangre, y la historia viviente de la raza, para que ella registrara como una espectadora y no como una participante activa.
—No puedo hacer esto —dijo.
—Lo siento, que es lo que has dicho…
Se escuchó un golpe en la jamba.
—Entre —clamó Amalya.
Una de sus hermanas entró e hizo una profunda reverencia.
—La Elegida Layla ha concluido su preparación en los baños para Su Gracia, el Primale.
—Ah, bien. —Amalya extendió la mano y tomó un quemador de incienso—. Instalémosla en su templo y después lo convocaré.
—Como desee. —Mientras la Elegida inclinaba la cabeza y salía de la habitación, Cormia captó la sonrisa de anticipación en el rostro de la hembra.
Probablemente esperaba ser la siguiente en la lista para realizar un viaje al templo.
—¿Si me disculpas? —dijo Cormia, con el corazón latiendo erráticamente, como un instrumento que no podía encontrar el ritmo adecuado—. Voy a retirarme al Templo de las Escribas.
—Por supuesto. —Repentinamente los ojos de Amalia se volvieron perspicaces—. ¿Estás segura que quieres hacer esto, mi hermana?
—Sí. Este es un día glorioso para todas nosotras. Me aseguraré de registrarlo apropiadamente.
—Me encargaré de que te lleven las comidas.
—Sí. Gracias.
—Cormia… si necesitas algún consejo, aquí estaré. De forma personal.
Cormia hizo una reverencia y salió apresuradamente, dirigiéndose directamente al sólido templo blanco que ahora era su hogar.
Cuando cerró la puerta detrás de ella, quedó rodeada por una densa oscuridad tan negra como el carbón. A su voluntad, las velas que estaban ubicadas en las cuatro esquinas de la habitación de techos altos se encendieron, y con su luz, vio los seis escritorios blancos, con sus plumas de color blanco dispuestas para su uso, los frascos de tinta color rojo sangre y los cuencos de cristal con agua para las visiones. En cestos que había sobre el suelo, había rollos de pergamino atados con cintas blancas, preparados para recibir los símbolos de la Antigua Lengua que resguardarían el progreso de la raza.
Contra la pared más lejana, había tres literas dobles, cada una de ellas con una sola almohada prístina y tendida con sábanas dispuestas a la perfección. No había ninguna manta al pie de la cama, ya que la temperatura era demasiado perfecta como para requerir mantas extra. A un lado, había una cortina que conducía al baño privado.
Sobre la derecha había una puerta de plata ornamentada, que conducía a la biblioteca privada de la Virgen Escriba. Las escribas recluidas eran las únicas a quienes Su Santidad dictaba su diario privado, y cuando eran convocadas, usaban esa puerta para llegar a la audiencia que les había sido otorgada.
La abertura en el centro del portal era usada para deslizar pergaminos generados tanto por los que registraban como por las escribas recluidas durante el proceso de edición. La Virgen Escriba leía, aprobaba o corregía todo documento hasta que lo encontraba adecuado. Una vez aceptado, el pergamino era cortado para adaptarlo al tamaño de otros a los que debía unirse para convertirse en uno de los volúmenes de la biblioteca, o era enrollado e incluido en los sagrados archivos de la Virgen Escriba.
Cormia fue hacia uno de los escritorios y se sentó en un taburete sin respaldo.
El silencio y el aislamiento eran tan enervantes como una abundante muchedumbre, y no tuvo idea de cuánto tiempo permaneció allí sentada, esforzándose por mantener el control.
Había asumido que podría hacer eso… que la solución de la reclusión, era la única cosa que funcionaría. Ahora gritaba porque deseaba escapar.
Tal vez sólo necesitaba algo distinto en lo que enfocarse.
Tomando una pluma blanca en su mano, abrió el frasco de tinta que estaba a su derecha. Como calentamiento, empezó componiendo algunos de los caracteres más simples de la Antigua Lengua.
Pero sin embargo, no pudo seguir con eso.
Las letras se convirtieron en diseños geométricos. Los diseños se convirtieron en hileras de cubos. Los cubos se convirtieron… en planos de construcción.

En la mansión de la Hermandad, John levantaba la cabeza de la almohada al escuchar un golpe en la puerta. Saliendo de la cama, fue hasta la puerta y contestó al golpe de nudillos. En el vestíbulo, estaban Qhuinn y Blay, lado a lado, hombro a hombro, como antes solían estar.
Al menos parecía que algo había salido bien.
—Debemos encontrar una habitación para Blay —dijo Qhuinn—. ¿Tienes alguna idea de donde podemos meterlo?
—Además al anochecer debería ir a buscar algunas de mis cosas—agregó Blaylock—. Lo que significa que debemos regresar a mi casa.
No hay problema, gesticuló John.
Qhuinn estaba en la habitación que lindaba con la suya, por eso pasó esa por alto, continuó hasta la siguiente y abrió la puerta de una habitación de huéspedes color lavanda pálido.
Podemos cambiar la decoración, dijo John por señas, si te parece demasiado femenina.
Blay se echó a reír.
—Sí, no estoy seguro de que pueda refugiarme aquí.
Mientras el tipo iba a probar la cama, John caminó hacia las puertas dobles del baño y las abrió de un empujón…
Phury estaba inconsciente con la cabeza cerca del retrete, el enorme cuerpo flojo y el rostro del color de la cera para velas. A sus pies había, una aguja, una cuchara y un cinturón.
—¡Jodido infierno! —La maldición de Qhuinn hizo eco por todo el mármol cremoso.
John se giró a toda velocidad.
Ve a buscar a la doctora Jane. Ya mismo. Probablemente esté en el Pit con Vishous.
Qhuinn salió disparado, mientras John corría hacia Phury y le daba la vuelta para ponerlo de espaldas. Los labios del Hermano estaban azules, pero no debido a los hematomas causados por los puños de John. El macho no estaba respirando. Y no lo había hecho durante algún tiempo.
Desafiando todas las probabilidades, la doctora Jane entró con Qhuinn literalmente medio segundo después.
—Estaba de camino para ver a Bella… Oh… mierda.
Se acercó e hizo el chequeo de signos vitales más rápido que John había visto en la vida. Luego abrió su maletín de doctor y sacó una aguja y una ampolla.
—¿Está vivo?
Los cuatro miraron hacia la puerta del baño. Zsadist estaba allí, con los pies bien plantados y el rostro con cicatrices pálido.
—Él está… —Los ojos de Z se desviaron hacia lo que había en el suelo cerca del Jacuzzi—, vivo.
La doctora Jane miró a John y siseó:
—Mierda, sacadlo de aquí. Ahora. No necesita ver esto.
Al ver la expresión de su rostro a John se le congeló la sangre: no estaba segura de si podría traer de regreso a Phury.
Invadido por el terror, se puso de pie y fue hasta donde estaba Z.
—No me voy a marchar —dijo Zsadist.
—Sí, lo harás. —La doctora Jane sostuvo la jeringa que había llenado y apretó el émbolo. Cuando un fluido del grosor de un cabello salió disparado de la punta, se volvió nuevamente hacia el cuerpo de Phury—. Qhuinn, tú te quedarás conmigo. Blaylock, ve con ellos y cierra la puerta.
Zsadist abrió la boca, y John se limitó a negar con la cabeza.
Fue con una extraña calma que se puso frente al Hermano, colocó las manos sobre ambos brazos del tipo y lo empujó hacia atrás.
Y Z dejó que lo acompañaran fuera de la habitación sumido en un silencio de aturdimiento.
Blay cerró las puertas y se puso delante de ellas, bloqueando el camino de entrada.
Los ojos desolados de Z se aferraron a los de John.
Todo lo que John pudo hacer fue sostenerle la mirada firmemente.
—Él no puede haberse ido —dijo Zsadist con voz ronca—. Él no puede estar…



Capítulo 44

—¿Qué quieres decir con lo de «trabajo»? —dijo el tipo con los tatuajes de presidiario.
Lash apoyó los codos en las rodillas y miró a los ojos a su nuevo mejor amigo. Cómo los dos habían pasado de estúpidos bocazas a tiernos gatitos, era una historia que bien serviría de testimonio de los poderes de seducción. Primero, golpeas con fuerza para establecer igualdad. Luego, muestras respeto. Y por último, hablas de dinero.
Los otros dos, el pandillero con Diego RIP , alrededor de las clavículas, y Mr. Clean con su cabeza rapada y las botas de combate, se habían acercado lentamente y también estaban escuchando. Lo cuál era otra parte de la estrategia de Lash: Atrae al más duro y los demás vendrán solos.
Lash sonrió.
—Ando buscando ayuda con la seguridad.
La mirada fija de Prison Tat era un digno eslogan de «Hacemos trabajos sucios a precios regalados».
—¿Diriges un bar?
—Nop. —Miró a RIP—. Me imagino que vosotros lo llamaríais un asunto territorial.
El pandillero asintió como si conocieran todas las reglas de ese juego de tablero.
Prison Tat flexionó los brazos.
—¿Qué te hace pensar que me metería a hacer negocios contigo? No te conozco.
Lash se reclinó hacia atrás hasta apoyar los hombros contra los bloques de hormigón.
—Simplemente pensé que te gustaría hacerte de unos verdes. Mi error.
Cuando cerraba los ojos como si fuera a dormir, escuchó voces que le hicieron volver a abrir los párpados. Un oficial estaba acompañando a otro delincuente a la celda de detención.
Bueno, que les parece. Era el tipo con la chaqueta del águila que estaba en el Screamer.
Hicieron entrar al nuevo, y los tres zopencos matones formaron el habitual comité de bienvenida ofreciéndole una típica mirada ojo-con-lo-que-haces-cara-de-culo. Uno de los drogadictos levantó la vista y le ofreció una sonrisa acuosa como si, conociese al tipo por asuntos de negocios.
Interesante. Así que el tipo era un camello.
Hombre águila evaluó al grupo y saludó a Lash con la cabeza, como reconociendo su supremacía, antes de tomar asiento en el otro extremo del banco. Se veía más molesto que asustado.
Prison Tat se inclinó hacia Lash.
—No dije que no tuviera interés.
Lash volvió la vista hacia él.
—¿Cómo te encuentro para fijar los términos?
—¿Conoces el Buss’s Bikes?
—¿Es ese lugar de reparación de Harleys que está en Tremont, verdad?
—Sí. Yo y mi hermano somos los dueños. Somos moteros.
—Entonces conoces más gente que podría serme útil.
—Tal vez sí. Tal vez no.
—¿Cuál es tu nombre?
Prison Tat entrecerró los ojos. Luego señaló una Harley modificada que tenía tatuada en el brazo.
—Llámame Low.
Diego RIP comenzó a dar golpecitos con el pie en el suelo, como si quisiera decir algo y se contuviera, pero Lash no estaba listo para bailar el tango con los pandilleros ni con los cabezas rapadas. Todavía no. Era más seguro empezar poco a poco. Vería si podía añadir un par de moteros a la mezcolanza de la Sociedad Lessening. Si funcionaba, entonces saldría de cacería. Tal vez incluso provocaría que volvieran a arrestarlo como entrada.
—Owens —gritó un polizonte desde la puerta.
—Nos vemos —dijo Lash a Low. Saludó con la cabeza a Diego, al cabeza rapada, y al camello. Dejó a los drogadictos que estaban entretenidos con sus conversaciones con el suelo.
Fuera en la central de procesamiento, esperó mientras un oficial le explicaba página tras página «éstos son los cargos en contra suya», «éste es el número de la oficina de los abogados de oficio… necesita llamarlos si quiere que se le asigne un abogado», «su fecha en el tribunal es dentro de seis semanas», «si usted no acudiera a la citación, perdería la fianza y se emitiría una orden de arresto», bla, bla, bla…
Firmó con el nombre Larry Owens un par de veces, y luego lo condujeron por el mismo pasillo por el que le habían conducido esposado ocho horas antes. Al final del tramo de linóleo, estaba el señor D sentado en una miserable silla de plástico, y cuando se puso de pie pareció aliviado.
—Vamos a comer algo —dijo Lash mientras se encaminaban hacia la salida.
—Sí, señor.
Lash salió por la puerta delantera del edificio del Departamento de Policía de Caldwell, demasiado distraído pensando en las cosas que tenía que hacer como para prestarle atención a la hora. Cuando el sol le dio de lleno en el rostro, saltó hacía atrás dando un grito y se estrelló contra el señor D.
Cubriéndose la cara, luchó por regresar al edificio.
El señor D le atrapó por la parte superior de los brazos.
—Qué…
—¡El sol! —Lash casi había atravesado las puertas cuando recapacitó… no estaba ocurriendo nada. No había estallado en llamas, ninguna gran bola de fuego, ninguna horrible y ardiente defunción.
Se detuvo… y se dio la vuelta para mirar el sol por primera vez en su vida.
—Es tan brillante. —Se escudó los ojos con el antebrazo.
—Se supone que no debes mirarlo directamente.
—Es... cálido.
Dejándose caer hacia atrás contra la fachada de piedra del edificio, se maravilló por el calor. Los rayos le bañaron, difundiéndose hacia sus músculos a través de la piel.
Antes nunca había envidiado a los humanos. Pero, Dios mío, si hubiera sabido cómo se sentía esto, los hubiera envidiado todo el tiempo.
—¿Estás bien? —le preguntó el señor D.
—Sip… si lo estoy. —Cerró los ojos y simplemente se dedicó a respirar, inhalar, exhalar—. Mis padres… nunca me dejaron salir afuera. Se supone que los Pretrans pueden soportar la luz del sol hasta el cambio, pero mi madre y mi padre nunca quisieron arriesgarse.
—No puedo imaginar no tener sol.
Después de esto, Lash tampoco podía.
Levantando la barbilla, cerró los ojos por un momento… y se prometió que la próxima vez que le viera, se lo agradecería a su padre.
Esto era... magnífico.

Phury se despertó con un sabor abrasador y repugnante en la boca. En realidad sentía esa sensación por todos lados, como si alguien hubiera rociado el interior de su piel con limpiador para hornos.
Tenía los ojos cerrados como con pegamento. Sentía el estómago como una pelota de plomo. Los pulmones se inflaban y desinflaban con todo el entusiasmo de un par de drogadictos al día siguiente de pegarse un subidón durante un concierto de los Grateful Dead . Y encabezando la marcha de las cosas que no iban a absolutamente ningún sitio, iba su cerebro, el cual evidentemente había muerto y no había resucitado junto con el resto de su cuerpo.
Y ya que estaba en ello, su pecho también se comportaba de forma similar a una tienda cerrada. O... no, su corazón todavía debía de estar latiendo, porque… bueno, tenía que estar haciéndolo ¿no? O no tendría pensamientos, ¿verdad?
Una imagen del páramo gris se le representó en la mente, el hechicero perfilándose contra ese vasto horizonte gris.
Bienvenido de vuelta, rayito de sol, dijo el hechicero. Eso fue muy divertido. ¿Cuándo podemos hacerlo de nuevo?
Volver a hacer qué, se preguntó Phury.
El hechicero rió.
Oh, cuan fácilmente se olvidan de los momentos divertidos.
Phury gimió y oyó que alguien se movía.
—Cormia —graznó.
—No.
Esa voz, esa profunda voz masculina. Muy parecida a la que salía de su propia boca. De hecho, idéntica.
Zsadist estaba con él.
Mientras Phury giraba la cabeza, tuvo la sensación de que el cerebro chapoteaba dentro de su cráneo, su bóveda ósea no era más que una pecera con agua y plantas y un pequeño cofre del tesoro que hacía burbujas, pero no había nada con aletas dentro de él. Nada que estuviera realmente vivo.
Z se veía tan mal como en sus peores momentos, tenía sombras oscuras bajo los ojos, los labios apretados y la cicatriz resaltaba más que nunca.
—Soñé contigo —dijo Phury. Dios, su voz era simplemente un ronco murmullo—. Estabas cantándome.
La cabeza de Z se movió lentamente de un lado a otro.
—No era yo. Ya no soy capaz de cantar.
—¿Dónde está ella? —preguntó Phury.
—¿Cormia? En el Santuario.
—Oh…—Cierto. Él había sido la causa de que fuera allí por haber tenido relaciones sexuales con ella. Y luego él… Chute. Con. Heroína—. Oh, Dios Mío.
Esa pequeña y feliz revelación le ayudó a enfocar los ojos y le hizo mirar a su alrededor.
Todo lo que veía, por todas partes, era de color lavanda pálido, y le hizo pensar en Cormia atravesando el armario de la oficina con su túnica blanca y llevando aquella rosa en la mano. La rosa todavía estaba allí, pensó. La había dejado atrás.
—¿Quieres algo de beber?
Phury se volvió a mirar a su gemelo. Frente a él, el tipo se veía igual que como él se sentía, agotado y vacío.
—Estoy cansado —murmuró Phury.
Z se levantó y le acercó un vaso.
—Levanta la cabeza.
Phury obedeció, si bien eso provocó que el nivel de agua de su tanque se desplazara y amenazara con derramarse. Mientras Zsadist sujetaba el vaso contra sus labios, tomó un sorbo, luego otro, y luego estaba tragando desesperado de sed.
Cuando acabó, dejó que su cabeza volviera a caer contra la almohada.
—Gracias.
—¿Más?
—No.
Zsadist dejó el vaso sobre la mesita de noche y luego se reacomodó otra vez en el sillón color lavanda claro, cruzó los brazos, y bajó la barbilla hasta casi apoyarla sobre su pecho.
Había perdido peso, pensó Phury. Sus mejillas comenzaban a sobresalir otra vez.
—No tengo recuerdos —dijo Z suavemente.
—¿De qué?
—De ti. De ellos. Ya sabes, del lugar de donde venía antes de ser robado y vendido.
Quizás fue el agua o lo que Z acababa de decir, pero una de las dos hizo que Phury recuperara completamente la conciencia.
—Nunca podrías haber recordado a nuestros padres... ni nuestra casa. Eras solamente un bebé.
—Recuerdo a la niñera. Bueno, tengo un recuerdo. De ella poniéndose mermelada en el pulgar y dejándome succionarlo. Eso es todo lo que tengo. Lo siguiente que recuerdo... es estar en aquel lugar con todas esas personas mirándome. —Z frunció el ceño—. Crecí como mozo de cocina. Lavaba montones de platos, limpiaba un montón de vegetales, y les llevaba cerveza a los soldados. Eran buenos conmigo. Esa parte fue… aceptable. —Z se restregó los ojos—. Dime algo. ¿Qué tal fue para ti? La parte del crecimiento.
—Solitaria. —Bien, eso sonaba egoísta—. No quiero decir…
—Yo estaba solo, también. Sentía como si me faltara algo, pero no sabía qué era. Era la mitad de un todo, excepto que estaba sólo yo.
—Así es como me sentía yo. Salvo que yo sabía lo que me faltaba. —El tú quedó sin decir.
La voz de Z se volvió completamente lacónica.
—No quiero hablar de lo que sucedió después de que pasé la transición.
—No tienes que hacerlo.
Zsadist asintió y pareció retraerse en sí mismo. En el silencio que siguió, Phury ni siquiera podía comenzar a imaginar que podía estar recordando. El dolor, la degradación y la furia.
—¿Te acuerdas de antes que nos uniéramos a la Hermandad —murmuró Z—, cuándo me marché durante tres semanas? ¿Todavía estábamos en el Antiguo País y no tenías ni idea de dónde había ido?
—Sí.
—La maté. Al Ama.
Phury parpadeó, asombrado porque admitiera lo que todo el mundo siempre había sospechado.
—Así que no fue su marido.
—Nop. Ciertamente, él era violento, pero yo fui el que lo hizo. Verás, había tomado otro esclavo de sangre. Lo había puesto en esa jaula. Yo… —La voz de Z vaciló, luego se volvió firme como la roca otra vez—. No podía dejar que le hiciera eso a alguien más. Volví allí... lo encontré… mierda, estaba desnudo y en el mismo rincón que yo solía…
Phury retuvo el aliento, pensando que esto era todo lo que había querido y temido saber. Era extraño que estuvieran manteniendo ésa conversación ahora.
—¿Tú solías qué?
—Sentarme. Solía sentarme en ese rincón cuando no estaba siendo... Sip, me sentaba allí, porque al menos así veía lo que se me venía encima. El niño, también tenía la espalda contra la pared y las rodillas levantadas. Exactamente cómo yo acostumbraba a ubicarme. Era joven. Demasiado joven, como recién pasada la transición. Tenía unos ojos castaño claro… y estaban aterrorizados. Pensó que había ido a verlo a él. Ya sabes… como, a «verlo» a él. Cuando entré, no pude hablar, y eso lo asustó aún más. Temblaba… temblaba tanto que sus dientes castañeteaban, y todavía recuerdo como se veían los nudillos de sus manos. Estaba aferrando sus delgadas pantorrillas, y los nudillos casi se le salían de la piel.
Phury apretó los dientes, recordando cuándo había sacado a Zsadist, recordando la visión de él encadenado y desnudo sobre la cama empotrada en medio de la celda. Z no había estado asustado. Había sido usado demasiado y durante demasiado tiempo como para asustarse por cualquier cosa que pudieran hacerle.
Zsadist se aclaró la voz.
—Le dije al muchacho… le dije que lo iba a sacar. Al principio no me creyó. No hasta que levanté las mangas de mi abrigo y le mostré las muñecas. Después que vio mis bandas de esclavo, no tuve que decir otra palabra. Estaba completamente de mi lado. —Z tomó un profundo aliento—. Ella nos encontró mientras lo guiaba a través del nivel inferior del castillo. Estaba teniendo problemas para caminar, porque me imagino que el día anterior debió haber… estado muy atareado. Tuve que cargarlo. En definitiva, ella nos sorprendió… Y antes de que pudiera llamar a los guardias, me encargué de ella. Ése muchacho… observó cómo le rompía el cuello y la dejaba caer al suelo. Después que cayó, le corté la cabeza porque… sabes, ninguno de nosotros dos podría creer realmente que estuviera muerta. Mierda, hombre, estaba en esos túneles como conejeras, donde cualquiera podría sorprendernos, y no podía moverme. Simplemente me quedé mirándola fijamente. El chico, él me preguntó si estaba verdaderamente muerta. Y le respondí que no lo sabía. No se movía, pero ¿cómo podía estar seguro?
—El muchacho me contempló, y nunca olvidaré el sonido de su voz. «Volverá. Ella siempre vuelve». De la forma en que yo lo veía, él y yo ya vivíamos con bastante mierda, como para además tener que preocuparnos por eso. Así que le corté totalmente la cabeza, y él la llevó por el cabello mientras yo buscaba la jodida salida. —Zsadist se restregó el rostro—. Después de liberarlo, no sabía qué hacer con el muchacho. Eso fue lo que me llevó tres semanas. Le llevé bien al sur, hasta la punta de Italia, tan lejos como podía llevarlo. Había una familia allí, una que Vishous conocía de cuando había trabajado con ese comerciante de Venecia. De cualquier forma, ésa familia necesitaba ayuda, y eran buena gente. Le acogieron como un criado a sueldo. Lo último que supe, hace cerca de una década, fue que había tenido su segundo hijo con su shellan.
—Tú le salvaste.
—Sacarle no le salvó. —Los ojos de Zsadist fueron a la deriva—. Ese es el punto, Phury. No hay forma de salvarlo. No hay forma de salvarme a mí. Sé que sigues esperando que ocurra, sé que vives por ello. Pero… no va a ocurrir nunca. Mira… no te lo puedo agradecer, porque… tanto como amo a Bella y mi vida y el lugar dónde me encuentro ahora, todavía sigo regresando allí. No puedo evitarlo. Todavía lo vivo todos los días.
—Pero…
—No, déjame terminar. Todo esto de las drogas contigo… Mira, no me has fallado. Porque no puedes fallar en lo imposible.
Phury sintió una cálida lágrima cayéndole del ojo.
—Sólo quiero solucionar las cosas.
—Lo sé. Pero las cosas nunca han estado bien y nunca lo estarán, y tú no tienes que matarte por eso. A lo máximo que llegaré es a donde estoy.
No había promesa de alegría en la expresión de Z. Ningún potencial para la felicidad. La falta de manía homicida era una mejora, pero la ausencia de toda alegría razonable por el hecho de estar vivo tampoco era motivo de celebración.
—Creí que Bella te había salvado.
—Ha hecho mucho. Pero ahora mismo, tal y como va el embarazo...
No tuvo que terminar. No había palabras adecuadas para describir los crueles «¿y si?». Y Phury notó que Z se había hecho a la idea que iba a perderla. Había decidido que el amor de su vida iba a morir.
No era de extrañarse que no quisiera andar prodigando agradecimientos por haber sido rescatado.
Z continuó.
—No mantuve el cráneo del Ama conmigo todos estos años por algún tipo de fijación enfermiza. Lo necesitaba para cuando tenía pesadillas en las cuales ella volvía a buscarme. Verás, me despertaba, y lo primero que hacía era comprobar y asegurarme de que aún estaba muerta.
—Eso puedo entenderlo...
—¿Quieres saber lo que he estado haciendo desde hace un mes o dos?
—Sí...
—Me despierto con un ataque de pánico porque no sé si todavía estarás vivo. —Z sacudió la cabeza—. Verás, puedo extender la mano a través de las sábanas buscando a Bella y sentir su cálido cuerpo. Pero tú, no puedo hacer eso contigo... y creo que mi subconsciente se ha hecho a la idea de que probablemente vosotros dos no vais a estar aquí dentro de un año.
—Lo siento… mierda... —Phury se llevó las manos a la cara—. Lo siento.
—Creo que deberías marcharte. Como, al Santuario. Vas a estar más seguro allí. Si te quedas aquí, ni siquiera lograrás durar un año. Debes marcharte.
—No sé si eso es necesario…
—Déjame ser un poco más claro. Tuvimos una reunión.
Phury bajó las manos.
—¿Qué clase de reunión?
—Del tipo de puerta cerrada. Yo, Wrath y la Hermandad. De la única forma en que puedes quedarte aquí es si dejas de consumir y te conviertes en amigo de Bill W . Y nadie cree que vayas a hacer eso.
Phury frunció el ceño.
—No sabía que había reuniones de vampiros DA .
—No hay, pero las hay humanas por la noche. Lo busqué en la Web. Pero eso no tiene importancia, ¿verdad? Porque aunque dijeras que vas a ir, nadie te creería, y no creo… no creo que tú pienses que puedes, tampoco.
Eso era difícil de discutir, considerando lo que había traído a la casa y se había metido en el brazo.
Cuando Phury pensó en dejarlo, comenzaron a sudarle las palmas de las manos.
—Le dijiste a Rehv que ya no me vendiera humo rojo, ¿verdad? —Era por eso que Xhex había ido tras de él la última vez que había ido a comprar.
—Sip, lo hice. Y sé que no fue él quien te vendió la H. Había un águila en el paquete. Él marca los suyos con una estrella roja.
—Si me voy al Santuario, ¿cómo sabes que no seguiré consumiendo?
—No lo sé. —Z se levantó—. Pero no tendré que verlo. Ni tampoco el resto de nosotros.
—Estás tan malditamente tranquilo —murmuró Phury, como si se le acabara de ocurrir.
—Te he visto muerto junto a un lavabo, y he pasado las últimas ocho horas cuidándote y preguntándome cómo coño hacer para revertir esto. Estoy exhausto y con los nervios aniquilados, y si tú no lo remedias, nosotros nos lavamos las manos con respecto a ti.
Zsadist se dio la vuelta y fue lentamente hacia la puerta.
—Zsadist. —Z se detuvo, pero no se volvió—. No voy a darte las gracias por esto. Así que me imagino que estamos en paz.
—Es justo.
Cuando la puerta se cerró, Phury tuvo un extraño pensamiento disociado, que considerando todo lo que se acababa de decir, era discutiblemente inapropiado.
Si Zsadist ya no volvía a cantar nunca más, el mundo había perdido un tesoro.





Capítulo 45

En el otro extremo del Complejo de la Hermandad, aproximadamente a doce metros bajo tierra, John estaba sentado en el escritorio de la oficina del centro de entrenamiento y miraba fijamente el ordenador que estaba delante de él. Se sentía como si debiera estar haciendo algo para ganarse su dinero, pero con las clases interrumpidas indefinidamente no había mucho que hacer.
Le gustaba el papeleo, por eso disfrutaba con su trabajo. Habitualmente pasaba el tiempo registrando calificaciones, actualizando archivos con informes de lesiones durante el entrenamiento, y manteniendo al día el progreso de los currículos. Era agradable poner en orden todo el caos, para que todo estuviera donde le correspondía.
Miró su reloj. Blay y Qhuinn estaban haciendo ejercicio en la sala de pesas y estarían allí al menos media hora más, como mínimo.
Qué hacer… qué hacer…
En un impulso fortuito, exploró el directorio del ordenador y encontró una carpeta etiquetada Informes de Incidentes. Al abrirla, escogió la que Phury había archivado sobre el ataque a la casa de Lash.
Cristo… Jesús. Los cadáveres de sus padres habían sido sentados alrededor de la mesa del comedor, trasladados allí desde la salita en la cual habían sido asesinados. A excepción de un cajón en las habitaciones de Lash todo lo demás había sido dejado intacto, y Phury había puesto una nota al margen: ¿Efectos personales? Pero, ¿Cuánto podría valer para que dejaran toda las demás alhajas en su lugar?
John miró los otros informes de las casas que habían sido atacadas. La de Qhuinn. La de Blay. Y la de otros tres compañeros de clase. Cinco de otros aristócratas. Total de muertes: veintinueve, incluyendo doggens. Y el saqueo había sido extenso.
Evidentemente era la sucesión de asaltos más exitosa desde el saqueo a la propiedad de la familia de Wrath acontecido en el Antiguo País.
John intentó imaginar la tortura a la que se habría visto sometido Lash para que todas esas direcciones salieran de su boca. Había sido una mierda de persona, pero no había profesado amor por los lessers.
Torturado. Tenía que estar muerto.
Sin ningún motivo en particular John entro al archivo del tipo que había en el ordenador. Phury, o alguien, ya había rellenado el certificado de defunción. Nombre: Lash, hijo de Ibix, hijo de Ibixes, hijo de Thornsrae. Fecha de nacimiento: Marzo 3 de 1983. Fecha de muerte: aprox. Agosto de 2008. Edad al morir: 25. Causa del fallecimiento: Sin confirmar; presumiblemente tortura. Ubicación del cuerpo: Desconocida, se presume que la Sociedad Lessening fue la culpable. Restos entregados a: N/D .
El resto del archivo era extenso. Lash había tenido muchos problemas disciplinarios, no sólo en el programa de entrenamiento, sino también en las reuniones de la glymera. Era una sorpresa ver éstos incluidos en el registro, dado que la aristocracia mantenía ocultas sus imperfecciones, pero en definitiva, la Hermandad exigía la divulgación completa de los antecedentes de los reclutas antes de aceptarlos en el programa.
El certificado de nacimiento del sujeto también había sido escaneado: Nombre: Lash, hijo de Ibix, hijo de Ibixes, hijo de Thornsrae. Fecha de nacimiento: Marzo 3 de 1983, 1:14 a.m. Madre: Rayelle, hija de sangre del soldado Nellshon. Certificado de nacimiento firmado por: Havers, hijo de Havers, MD. Dado de alta: Marzo 3 de 1983.
Resultaba tan raro que el tipo hubiese desaparecido.
Sonó el teléfono, haciéndolo saltar. Cuando John levantó el auricular, silbó, y la voz de V dijo:
—En diez minutos. Estudio de Wrath. Nos reunimos. Vosotros tres, estad allí.
Y la línea quedó muerta.
Después de pronunciar unos cuantos «Oh Dios Mío», John fue hacia la sala de pesas y les avisó a Qhuinn y a Blay. Ambos hicieron exactamente la misma pausa tipo ¡Guau!, y luego todos salieron corriendo hacia el estudio de Wrath, aún cuando sus amigos todavía seguían vestidos con sus sudaderas de entrenamiento.

En la planta alta, en la habitación decorada en azul pálido del Rey, estaba reunida toda la Hermandad, llenando la habitación de tal forma que todo lo refinado y decoroso del lugar fue subyugado: Cerca de la repisa de la chimenea, Rhage estaba desenvolviendo un Tootsie Pop, que a juzgar por la envoltura color púrpura, era de uva. Vishous y Butch estaban ambos sentados en un sofá antiguo, haciéndote temer por la integridad de sus patas delgadas. Wrath estaba detrás de su escritorio. Z estaba en la esquina más alejada, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando directamente al frente, los ojos clavados en el centro de la habitación.
John cerró la puerta y se quedó donde estaba. Qhuinn y Blay siguieron su ejemplo, y los tres permanecieron cerca de la puerta, apenas dentro de la habitación.
—Esto es lo que tenemos —dijo Wrath, poniendo las shitkickers encima del escritorio cubierto de papeles—. Las cabezas de cinco de las familias fundadoras están muertas. La mayoría de lo que queda de la glymera está esparcida en el litoral oriental y en refugios. Por fin. El total de pérdidas en vidas se encuentra en los veintitantos, casi llegando a los treinta. A pesar de que ha habido una o dos masacres a lo largo de nuestra historia, este ha sido un golpe de gravedad sin precedentes.
—Debieron haberse trasladado más rápidamente —murmuró V—. Los condenados tontos no nos escucharon.
—Cierto, pero realmente ¿acaso esperábamos que se comportaran de otra forma? Así que esto es lo que tenemos. Debemos esperar alguna clase de respuesta negativa de parte del Consejo de Princeps en forma de proclama en mi contra. Mi suposición es que van a intentar organizar una guerra civil. Concedido, mientras yo respire nadie más puede ser proclamado Rey, pero podrían dificultarme condenadamente las cosas en cuanto a gobernar convenientemente y mantener la unión. —Cuando los Hermanos comenzaron a mascullar todo tipo de obscenidades, Wrath puso la mano en alto para detener el parloteo—. Las buenas noticias son que tienen muchos problemas de organización lo cual nos dará algo de tiempo. Los estatutos del Consejo de Princeps dicen que éste debe estar establecido físicamente en Caldwell y debe convocar sus reuniones aquí. Crearon la regla hace un par de siglos para asegurarse que la base de poder no se trasladara a otra parte. Como ninguno de ellos está en la ciudad y el «hola-conferencia-telefónica» no existía en 1790 cuando hicieron el bosquejo de los actuales estatutos, no pueden convocar una reunión para cambiar sus estatutos ni para elegir un nuevo leahdyre hasta que arrastren sus culos hasta aquí, por lo menos durante una noche. Debido a las muertes, eso podría tardar un tiempo, pero estamos hablando de semanas no de meses.
Rhage le pegó un mordisco a su Tootsie Pop, y el crujido rebotó por todas las paredes de la habitación.
—¿Tenemos una idea aproximada de lo que todavía no ha sido atacado?
Wrath señaló hacia el borde más alejado de su escritorio.
—Hice copias para todos.
Rhage fue hasta allí, recogió la pila de papeles y los fue repartiendo entre los demás… incluyendo a Qhuinn, a John y a Blay.
John miró las columnas. En la primera había un nombre. En la segunda una dirección. La tercera era una estimación del número de personas y de doggens que había en la casa. La cuarta, un valor estimativo de lo que había en la casa basado en la nómina de los impuestos. En la última se establecía si la familia había abandonado o no la casa y si la habían saqueado o no y en caso afirmativo cuanto se habían llevado.
—Quiero que os dividáis la lista de los que aún no hemos tenido noticias —dijo Wrath—. Si todavía hay alguien en las casas, quiero que los saquéis, aunque tengáis que arrastrarlos de los pelos. John, tú y Qhuinn iréis con Z. Blay, tú irás con Rhage. ¿Alguna pregunta?
Sin ninguna razón aparente John se encontró mirando la fea silla color aguacate que estaba detrás del escritorio de Wrath. Era la de Tohr.
O lo había sido.
Le habría gustado que Tohr lo viera con la lista en la mano, preparado para salir a defender a su raza.
—Bien —dijo Wrath—. Ahora salid de una puta vez de aquí y haced lo que necesito que hagáis.

En el Otro Lado, en el Templo de las Escribas Recluidas, Cormia enrolló el pergamino en el que había estado bosquejando casas y edificios y lo puso en el suelo a un lado de su taburete. No tenía idea de qué hacer con la cosa. ¿Quizá podía quemarlo? En el Santuario no existían papeleras.
Cuando movió un cuenco de cristal lleno de agua de la fuente de la Virgen Escriba que tenía delante, pensó en los que Fritz solía llevarle con guisantes dentro. Ya echaba de menos su pasatiempo. Echaba de menos al mayordomo. Echaba de menos…
Al Primale.
Rodeando el cuenco con las manos, empezó a frotar el cristal, creando olas en la superficie del agua que reflejaban la luz de las velas. El calor de sus manos y el sutil movimiento creó un efecto de remolino, y de entre las apacibles olas, le llegó la visión de quién ella quería ver exactamente. Una vez que apareció la imagen, dejó de agitar el agua y la superficie se aquietó para que pudiera mirar y describir lo que veía.
Era el Primale y estaba vestido de la misma manera que la noche en que la había encontrado en lo alto de las escaleras y la había mirado como si no la hubiera visto durante una semana. Pero no estaba en la mansión de la Hermandad. Estaba corriendo por un pasillo que estaba marcado con rastros de sangre y negras huellas de tacos. Por todas partes había cuerpos desparramados en el suelo, eran los cadáveres de vampiros que habían estado vivos tan sólo unos momentos antes.
Vio como el Primale reunía a un pequeño grupo de machos y hembras aterrorizados y los metía en un armario de suministros. Vio su rostro mientras les encerraba dentro, y en sus rasgos vislumbró el miedo, la tristeza y la ira.
Había luchado para salvarlos, para encontrar una vía de escape hacia la seguridad, para cuidar de ellos.
Cuando la visión se enturbió, tomó el cuenco una vez más. Ahora que había visto lo que había ocurrido, pudo volver a convocarla, y miró una vez más sus acciones. Y luego otra vez.
Era como la película que había visto en el Otro Lado, sólo que esto era real, eran eventos que habían ocurrido en el pasado y no una construcción ficticia del presente.
Y entonces vio otras cosas, escenas relacionadas con el Primale, la Hermandad y la raza. Oh, el horror de las matanzas, de esos cuerpos muertos en casas lujosas… los cadáveres eran demasiado numerosos como para que ella pudiera contarlos. Uno por uno, vio los rostros de aquellos que habían sido asesinados por los lessers. Luego vio a los Hermanos luchando, eran tan pocos que se veían obligados a involucrar en la guerra a John, Blay y Qhuinn demasiado pronto.
Si esto continúa, pensó, los lessers ganarán...
Frunció el ceño y se inclinó para acercarse más al cuenco.
En la superficie del agua, vio un lesser rubio, lo cual no era extraño… pero este tenía colmillos.
Golpearon a la puerta, y como saltó al asustarse, la imagen desapareció.
Se oyó una voz amortiguada desde el otro lado de la puerta del templo.
—¿Mi hermana?
Era Selena, la anterior escriba recluida.
—Mis saludos —Gritó Cormia.
—Traje tu comida, mi hermana —dijo la Elegida. Se escuchó un sonido que indicaba que la bandeja se había deslizado por la trampilla de la puerta—. Espero que sea de tu agrado.
—Gracias.
—¿Tienes alguna pregunta que hacerme?
—No. Gracias.
—Regresaré por la bandeja. —La excitación en la voz de la Elegida la elevó casi una octava—. Después de su llegada.
Cormia inclinó la cabeza, y entonces recordó que su hermana no podía verla.
—Como desees.
La Elegida se marchó, sin duda, para prepararse para el Primale.
Cormia se apoyó de vuelta sobre el escritorio y miró el cuenco, pero no en su interior. Era muy frágil y muy fino, salvo su base, que era pesada y sólida. El borde del cristal era afilado como un cuchillo.
No supo cuanto tiempo permaneció así. Pero finalmente salió de su entumecido trance y forzó las palmas de sus manos de regreso al cuenco.
No le sorprendió que el Primale saliera de nuevo a la superficie…
Le horrorizó.
Yacía inconsciente sobre un suelo de mármol, cerca de un inodoro. Cuando estaba a punto de brincar para hacer sólo la Virgen sabía qué, la imagen cambió. Y él estaba en la cama, en una cama de color lavanda.
Volviendo la cabeza, miró directamente hacia fuera del agua, hacia ella y dijo:
—¿Cormia?
Oh, queridísima, Virgen Escriba, ese sonido casi la hace llorar.
—¿Cormia?
Ella se puso rápidamente de pie. El Primale estaba en la puerta del Templo, vestido de blanco, luciendo el medallón de su rango alrededor del cuello.
—Verdaderamente… —No pudo decir nada más. Quería correr, poner los brazos a su alrededor y abrazarlo con fuerza. Lo había visto muerto. Lo había visto…
—¿Por qué estás aquí? —preguntó, mientras echaba un vistazo en torno a la austera habitación—. Absolutamente sola.
—Estoy recluida. —Se aclaró la garganta—. Como te dije que lo estaría.
—Entonces, ¿se supone que yo no debería estar aquí?
—Eres el Primale. Puedes estar en cualquier parte.
Mientras él daba una vuelta por la habitación, ella quiso formularle muchas preguntas, ninguna de las cuales, tenía derecho a preguntar.
Él la miró.
—¿A nadie más se le permite entrar aquí?
—No a menos que una de mis hermanas se me una como escriba recluida. Aunque la Directrix puede entrar si le concedo una licencia.
—¿Por qué es necesaria la reclusión?
—Porque además de registrar la historia general de la raza, nosotras… yo veo las cosas que la Virgen Escriba desea mantener en… privado. —Cuando el Primale entrecerró los ojos amarillos, enseguida supo lo que estaba pensando—. Sí, vi lo que hiciste. En ese baño.
La maldición que él lanzó hizo eco en el techo blanco.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí, estoy bien. —Cruzó los brazos encima del pecho—. ¿Vas a estar bien aquí? ¿Sola?
—Estaré bien.
La miró fijamente. Larga y concienzudamente. La aflicción era visible en su rostro, en sus profundas arrugas de dolor y pesar.
—No me hiciste daño —dijo—. Cuando estuvimos juntos, no me lastimaste. Sé que piensas que lo hiciste, pero no es así.
—Desearía… que las cosas fueran diferentes.
Cormia rió tristemente y en un impulso murmuró:
—Eres el Primale. Cámbialas.
—¿Su Gracia? —La Directrix apareció en la puerta, parecía confundida—. ¿Qué está haciendo aquí?
—Vine a ver a Cormia.
—Oh, pero… —Amalya pareció agitarse, como si hubiera recordado que el Primale podía ir a donde quisiera y ver a quién quisiera, y que reclusión era un término restrictivo para todos menos para él—. Pero por supuesto, Su Gracia. Ah… la Elegida Layla está preparada para usted y en su templo.
Cormia miró hacia abajo, al cuenco que estaba frente a ella. Como los ciclos de fertilidad de las Elegidas en este lado eran muy cortos, era muy probable que Layla estuviera atravesando un período de fertilidad en ese momento o estuviera a punto de entrar en él. No le cabía duda que la palabra embarazo, sería registrada muy pronto.
—Es hora de que te marches —dijo, levantando la vista hacia el Primale.
Él la perforó con la mirada, literalmente.
—Cormia…
—¿Su Gracia? —interrumpió la Directrix.
Con un tono de voz inflexible, le dijo sobre su hombro:
—Iré cuando me dé la gana y esté condenadamente listo.
—Oh, por favor, perdóneme, Su Gracia, no tuve intención de…
—Está bien —dijo con cansancio—. Sólo dile… que en un momento estaré allí.
La Directrix hizo una precipitada reverencia y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Los ojos del Primale se centraron nuevamente en Cormia, inmovilizándola. Y luego atravesó la habitación con una expresión grave en el rostro.
Cuando se puso de rodillas frente a ella, se sobresaltó.
—Su Gracia, no deberías…
—Phury. Llámame Phury. Nunca debes decirme «Su Gracia» ni «Primale». A partir de este mismo momento, no quiero escuchar nada salvo mi nombre real viniendo de tus labios.
—Pero…
—Sin peros.
Cormia sacudió la cabeza.
—Está bien, pero no debes ponerte de rodillas. Jamás.
—Frente a ti, sólo debería estar de rodillas. —Le puso las manos suavemente sobre los brazos —. Frente a ti… siempre debería inclinarme. —Miró su rostro y su cabello—. Mira, Cormia, hay algo que debes saber.
Cuando bajó la vista y lo miró, sus ojos le parecieron la cosa más asombrosa que había visto en toda su vida, hipnóticos, del color de los citrinos a la luz del fuego.
—¿Sí?
—Te amo.
Se le detuvo el corazón.
—¿Qué?
—Te amo. —Sacudió la cabeza y se dejó caer hacia atrás sentándose con las piernas cruzadas—. Oh, Jesús… he hecho un desastre con todo. Pero te amo. Quería que lo supieras porque… bueno, mierda, porque es importante, y porque eso significa que no puedo estar con las demás Elegidas. No puedo estar con ellas, Cormia. Es contigo o con nadie.
Su corazón cantó. Por una fracción de segundo, su corazón voló en su pecho, elevándose sobre ráfagas de alegría. Esto era lo que había deseado, este compromiso, esta realidad…
Su brillante felicidad se apagó tan rápidamente como se había encendido.
Pensó en las imágenes de los caídos, de los torturados, de los que habían sido cruelmente asesinados. Y en el hecho de que ¿Cuántos Hermanos guerreros quedaban? Cuatro. Solamente cuatro.
En siglos anteriores su número ascendía a veinte o a treinta.
Cormia miró el cuenco que tenía delante y después la pluma que había utilizado. Existía una posibilidad muy real que en algún punto, en un futuro no muy distante, ya no hubiera historia que escribir.
—Debes ir a ella, con Layla —dijo con un tono de voz tan plano como el pergamino en el que escribiría—. Y también debes ir con ellas.
—¿No escuchaste lo que te dije?
—Sí. Lo hice. Pero esto es más importante que tú y que yo. —Se puso de pie, porque si no se movía iba a volverse loca—. Ya no soy una Elegida, no en mi corazón. Pero he visto lo que está pasando. Si seguimos así la raza no sobrevivirá.
El Primale se frotó los ojos con una mueca.
—Te deseo a ti.
—Lo sé.
—Si estoy con las demás, ¿podrás soportarlo? Porque yo no estoy seguro de poder hacerlo.
—Me temo que… no puedo. Es por eso que elegí hacer esto. —Extendió la mano e hizo un gesto abarcando la habitación —. Aquí puedo tener paz.
—No obstante, puedo venir a verte. ¿Verdad?
—Eres el Primale. Puedes hacer cualquier cosa. —Se detuvo cerca de una de las velas. Mirando fijamente la llama, le preguntó—. ¿Por qué lo hiciste?
—¿Convertirme en Primale? Yo…
—No. La droga. En el baño. Casi mueres. —Como no obtuvo ninguna respuesta, se dio la vuelta para mirarlo—. Quiero saber por qué.
Hubo un largo silencio. Y luego le dijo:
—Soy un adicto.
—¿Un adicto?
—Sí, soy la prueba viviente de que puedes provenir de la aristocracia, tener dinero y una buena posición, y aún así convertirte en un drogadicto. —Sus ojos amarillos estaban brutalmente serenos—. Y la verdad es que me gustaría ser un macho de valor y decirte que puedo dejarlo, pero sinceramente no lo sé. Me he hecho promesas a mí mismo y a los demás anteriormente. Mis palabras… ya no son de valor para nadie, ni siquiera para mí mismo.
Su palabra…
Pensó en Layla que estaba esperando, las Elegidas esperando, toda la raza esperando. Esperándole a él.
—Phury… mi queridísimo y adorado Phury, cumple una de tus promesas, ahora. Ve y toma a Layla y únete a nosotras. Danos una historia para escribir, para vivir y prosperar. Conviértete en la fuerza de la raza, como debe ser. —Cuando él abrió la boca, ella levantó la mano para detenerlo—. Sabes que es lo correcto. Sabes que tengo razón.
Después de un momento lleno de tensión Phury se puso de pie. Estaba pálido y tembloroso cuando se enderezó el atuendo.
—Quiero que sepas… que aunque esté con alguien más, serás tú la que estará en mi corazón.
Ella cerró los ojos. Toda su vida le habían inculcado que debía compartir, pero dejarlo ir con otra hembra era como tirar algo muy preciado al suelo y pisotearlo hasta convertirlo en polvo.
—Vete en paz —dijo suavemente—. Y regresa del mismo modo. Porque aunque no pueda estar contigo, nunca rechazaré tu compañía.
Phury subió la cuesta que conducía hacia el Templo del Primale como si tuviera el pie envuelto en cadenas. Cadenas y alambre de púas.
Dios, junto con ese sentimiento de agobio, su pie real y su tobillo le ardían como si le hubiera metido en un cubo de ácido de batería. Nunca se imaginó que podía alegrarse de haber perdido parte de su pierna, pero así era, ya que por lo menos no tenía que sentir esa mierda en estéreo.
Las puertas dobles del Templo del Primale estaban cerradas, y cuando abrió una hoja, percibió el olor de las hierbas y las flores. Entró y permaneció de pie en el vestíbulo, podía percibir que Layla estaba en la habitación principal. Sabía que estaría en la misma posición en la que había encontrado a Cormia aquella primera vez: Acostada en la cama con rollos de tela blanca cayendo desde el techo y acumulándose en su garganta para que solo su cuerpo fuera visible.
Miró fijamente los peldaños de mármol blanco que conducían a la gran extensión de sábanas que tendría que apartar para llegar hasta Layla. Había tres escalones, tres escalones hacia arriba y entonces estaría en la habitación abierta.
Phury se dio la vuelta y se sentó en los escalones poco profundos.
Sentía la cabeza rara, probablemente porque no había fumado un porro en doce horas. Rara... e increíblemente clara. Cristo, estaba verdaderamente lúcido. Y el producto derivado de esa claridad era una nueva voz en su mente que le hablaba. Una voz completamente nueva y diferente que no era la del hechicero.
Era... su propia voz. Hablando por primera vez en tanto tiempo, que casi no la reconoció.
Esto está mal.
Hizo una mueca de dolor y se frotó la pantorrilla que aún le quedaba. La quemazón parecía estar extendiéndose desde su tobillo hacia arriba, pero por lo menos cuando lo masajeó, el músculo se sintió un poco mejor.
Esto está mal.
Era difícil estar en desacuerdo consigo mismo. Toda su vida había vivido para los demás. Para su gemelo. Para la Hermandad. Para la raza. Y esta cosa del Primale estaba directamente relacionada con esa forma de actuar. Había pasado su vida entera intentando ser un héroe, y ahora no sólo se estaba sacrificando a sí mismo, sino que también estaba sacrificando a Cormia.
Pensó en ella metida en esa habitación, sola con sus cuencos, sus plumas y sus pergaminos. Luego la imaginó contra su cuerpo, cálida y viva.
Nop, le dijo su voz interior. No voy a hacer esto.
—No voy a hacer esto —dijo en voz alta, frotándose ambos muslos.
—¿Su Gracia? —La voz de Layla vino desde el otro lado de las colgaduras.
Estaba a punto de contestarle, cuando súbitamente, una ardiente sensación recorrió todo su cuerpo, apoderándose de él, comiéndoselo vivo, consumiendo cada centímetro viviente de él. Con los brazos temblorosos, extendió la mano para no caerse hacia atrás mientras se le formaba un nudo en el estómago.
Un sonido estrangulado burbujeó en su garganta, y entonces tuvo que esforzarse para poder respirar.
—¿Su Gracia? —La voz de Layla sonaba angustiada… y cada vez más cercana.
Pero no pudo contestarle. Abruptamente, todo su cuerpo se convirtió en un globo de nieve de cristal, sentía que su interior estaba completamente sacudido y chispeando de dolor.
Que demon…
El síndrome de abstinencia, pensó. Era el maldito síndrome de abstinencia, porque por primera vez en, digamos, doscientos años su sistema estaba libre de humo rojo.
Sabía que tenía dos opciones: Desaparecerse hacia el Otro Lado, encontrar a un distribuidor que no fuera Rehvenge, y seguir con el cable de la adicción conectado a su enchufe actual. O morder la jodida bala.
Y terminar con ello.
El hechicero parpadeó dentro de su ojo mental, el espectro estaba de pie en la vanguardia de su tierra baldía.
Ah, compañero, no puedes hacerlo. Sabes que no puedes hacerlo. ¿Para qué intentarlo?
Phury se tomó un momento haciendo arcadas. Mierda, se sentía como si fuera a morirse. Realmente se sentía así.
Todo lo que tienes que hacer es regresar al mundo y conseguir lo que necesitas. Puedes sentirte mejor simplemente accionando la chispa de un encendedor. Eso es todo. No puedes hacer que esto desaparezca.
Los temblores eran tan fuertes que los dientes de Phury comenzaron a entrechocarse como los cubos de hielo en un vaso.
Puedes parar esto. Todo lo que necesitas es encender uno.
—Ya me mentiste una vez. Dijiste que podía desembarazarme de ti y aún sigues aquí.
Ah, compañero, ¿y qué es una pequeña mentirijilla entre amigos?
Phury pensó en lo que había ocurrido en el baño de la habitación lavanda y lo que había hecho allí.
—Lo es todo.
Cuando el hechicero empezó a cabrearse y el cuerpo de Phury se estremeció ferozmente como leche batida, extendió sus piernas, se tendió sobre el mármol fresco del vestíbulo y se preparó para no ir a ninguna parte en un montón de tiempo.
—Mierda —dijo mientras se entregaba al síndrome de abstinencia—. Esto va a apestar.

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