jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 46 47 48

Capítulo 46

Al acercarse a una moderna casa de techos bajos, John y Qhuinn iban un par de metros detrás de Zsadist. El lugar era el número seis en la lista de propiedades que todavía no habían sido atacadas y se detuvieron entre las sombras que arrojaban un par de árboles que estaban al borde del jardín.
Estando allí, a John se le puso la piel de gallina. Con su impecable elegancia, la casa era demasiado parecida a la que había tenido durante el corto tiempo que vivió con Tohr y Wellsie.
Zsadist miró sobre su hombro.
—¿Quieres quedarte aquí John?
Cuando John asintió, el Hermano dijo:
—Me lo supuse. También a mi me da escalofríos. Qhuinn quédate con él.
Zsadist atravesó la oscuridad a zancadas, revisando ventanas y puertas. Cuando desapareció en la parte trasera de la casa, Qhuinn le miró.
—¿Por qué te altera este lugar?
John se encogió de hombros.
Es sólo que solía vivir en un lugar como este.
—Guau, cuando eras humano vivías bien.
Fue después de eso.
—Oh, quieres decir con… entendido.
Dios, la casa debió haber sido construida por la misma constructora, porque la fachada y la disposición de las habitaciones era básicamente la misma. Mientras miraba las ventanas, recordó su dormitorio. Había sido de color azul marino de líneas modernas y con una puerta corrediza de vidrio. Al principio, cuando acababa de llegar, el armario había estado vacío, pero se había ido llenando con la única ropa nueva que había tenido.
Los recuerdos regresaron, recuerdos de la cena que había tenido la noche que Tohr y Wellsie lo habían acogido. Comida mexicana. Ella había cocinado comida mexicana y la había servido en la mesa, fuentes llenas de enchiladas y quesadillas. En ese entonces, cuando era un pretrans, su estómago era muy delicado, y podía recordar lo mortificado que se había sentido porque lo único que podía hacer era jugar con la comida en el plato.
Sin embargo, Wellsie había puesto un cuenco de arroz blanco con salsa de jengibre delante de él.
Cuando finalmente ella se sentó en su lugar, John se había puesto a llorar, simplemente había inclinado su frágil cuerpo sobre sí mismo y había llorado por su bondad. Después de haberse pasado toda la vida sintiendo que era diferente a los demás, de repente aparecía de la nada alguien que sabía lo que él necesitaba y además se preocupaba lo suficiente como para dárselo.
Eso es lo que hacen los padres, ¿verdad? Te conocen mejor de lo que te conoces tú mismo, y se encargan de cuidarte cuando no puedes hacerlo por ti mismo.
Zsadist regresó y se acercó a ellos.
—Está vacía y no ha sido saqueada. ¿Cuál es la siguiente casa?
Qhuinn miró la lista.
—Cuatro veinticinco, de la calleja Oriental…
El teléfono de Z sonó emitiendo un suave repique. Cuando vio el número frunció el ceño, y luego se puso la cosa en la oreja.
—¿Qué pasó, Rehv?
John volvió a dirigir los ojos hacia la casa, pero tuvo que volver a mirar a Z cuando el Hermano dijo:
—¿Qué? ¿Me estás jodiendo? ¿Qué apareció dónde? —Hubo una larga pausa—. ¿Estás hablando en serio? ¿Estás seguro? ¿Estás cien por ciento seguro? —Cuando colgó, Z se quedó mirando el teléfono fijamente—. Tengo que volver a casa. En este mismo instante. Mierda.
¿Qué pasó?, gesticuló John.
—¿Podéis encargaros de las siguientes tres direcciones? —Cuando John asintió, el Hermano lo miró extrañamente—. Mantén el teléfono cerca, hijo. ¿Me has oído?
Cuando John asintió, Z desapareció.
—Ok, evidentemente, sea lo que sea, no es de nuestra incumbencia. —Qhuinn dobló la lista y la puso en el bolsillo de sus vaqueros—. ¿Nos vamos?
John volvió a mirar la casa.
Siento lo que le ocurrió a tus padres, dijo por señas después de un momento.
Qhuinn tardó en responder.
—Gracias.
Extraño a los míos.
—Pensé que eras huérfano.
Durante un tiempo no lo fui.
Hubo un largo silencio. Luego Qhuinn dijo:
—Vamos, John, salgamos de aquí. Debemos ir a la calleja Oriental.
John pensó durante un minuto.
¿Te importaría si nos detenemos en otro lugar primero? No está muy lejos.
—Seguro. ¿Dónde?
Quiero ir a la casa de Lash.
—¿Por qué?
No lo sé. Supongo que quiero ver el lugar donde todo esto empezó. Y quiero revisar su habitación.
—Pero ¿Cómo vamos a entrar allí?
Si las contraventanas todavía tienen el temporizador automático, estarán abiertas, y podremos desmaterializarnos a través del vidrio.
—Bueno… qué demonios, si allí es a dónde quieres ir, vayamos.
Ambos se desmaterializaron hacia el patio lateral de la casa Tudor. Las contraventanas estaban levantadas por la noche, y en un segundo estuvieron dentro de la sala de estar.
El olor era tan penetrante, que John sintió como si alguien le hubiera metido una fibra metálica dentro de la nariz y hubiera usado la mierda como un bastoncillo de algodón… enterrándolo hasta su lóbulo frontal.
Cubriéndose la boca y la nariz, tosió.
—Joder—dijo Qhuinn, mientras hacía lo mismo.
Ambos miraron hacia abajo. Había sangre sobre la alfombra y el sofá, que al secarse, había dejado manchas de color marrón.
Siguieron los rastros hasta el vestíbulo.
—Oh, Jesús…
John levantó la cabeza. A través de la encantadora arcada que llevaba al comedor podía verse una escena que parecía sacada de una película de Rob Zombie. Los cuerpos de la madre y el padre de Lash, estaban sentados en las que sin duda habían sido sus sillas habituales, de frente a una mesa bellamente dispuesta. Estaban pálidos, el color de su piel era como el del pavimento de la acera, un pálido gris mate, y su elegante ropa estaba salpicada de marrón, al igual que las alfombras.
Había moscas.
—Hombre, esos lessers están verdaderamente enfermos.
John se tragó la bilis que le había subido a la garganta y se acercó.
—Mierda, ¿realmente necesitas un primer plano de eso, amigo?
Espiando dentro de la habitación, John se obligó a ignorar el horror para poder enfocarse en los detalles. La fuente del pollo asado tenía manchas de sangre en los bordes.
El asesino la había puesto sobre la mesa. Probablemente después de que hubiera acomodado los cuerpos.
Subamos al dormitorio de Lash.
Subir a la planta alta era algo absolutamente espantoso, porque a pesar de estar solos en la casa… no lo estaban realmente. De alguna manera, los muertos que estaban abajo llenaban el aire con algo que se parecía al sonido. Ciertamente su olor siguió a Qhuinn y a John subiendo por el hueco de las escaleras.
—Su guarida está en la tercera planta —dijo Qhuinn cuando llegaron al descansillo de la segunda.
Entraron en la habitación de Lash, y fue algo totalmente intrascendente comparado con el horror del comedor. Cama. Escritorio. Estéreo. Ordenador. Televisión.
Cómoda.
John se acercó y vio el cajón con las huellas de sangre. Estaban demasiado borrosas como para decir si había quedado marcado un patrón de remolino tipo huella dactilar humana. Recogió una camisa al azar y la usó para abrir la cosa, porque eso era lo que hacían en los programas de televisión. En su interior, había más marcas de sangre, demasiado imprecisas como para poder interpretar.
Su corazón dejó de latir y se inclinó un poco más. Había una impresión que estaba particularmente clara, en la esquina de una caja de un reloj Jacob & Co.
Silbó para atraer la atención de Qhuinn.
¿Los lessers dejan huellas digitales?
—Si entran en contacto con algo, por supuesto que sí.
Lo que quiero decir es si dejan huellas, huellas. No espacios en blanco, sino la cosa con líneas.
—Sí, lo hacen. —Qhuinn se acercó—. ¿Qué estás mirando?
John señaló la caja. En la esquina había una perfecta impresión de un pulgar… sin ninguna línea perceptible. Como si la hubiera dejado un vampiro.
Tú no supones…
—No. De ninguna manera. Nunca han convertido a un vampiro.
John sacó el teléfono y sacó una foto. Entonces, pensándolo mejor, tomó la caja y la puso dentro de su chaqueta.
—¿Nos vamos? —preguntó Qhuinn—. Hazme feliz y di que sí.
Yo sólo… —John dudó—. Necesito pasar un rato más aquí.
—De acuerdo, pero voy a revisar los dormitorios del segundo piso. No puedo… no me gusta estar aquí.
John asintió cuando Qhuinn se marchó, y también se sintió mal. Jesús, tal vez había sido cruel de su parte hasta pedirle al tipo que viniera aquí.
Sí… era una cagada. Estar en medio de toda la mierda de Lash, lo hacía sentir como si todavía estuviera vivo.

Al otro lado de la ciudad, detrás del volante del Focus, Lash no era un turista feliz. El coche era un pedazo de mierda, realmente. Incluso circulando en el tránsito residencial, esa batidora no aceleraba nada. Por amor de Dios, si iba de cero a treinta, en tres días.
—Necesitamos actualizarnos.
En el asiento del pasajero, el señor D estaba examinando la pistola, los delgados dedos volaban sobre el arma.
—Sí… um, con respecto a eso.
—¿Qué?
—Creo que vamos a tener que esperar hasta que entre algo de dinero de los saqueos.
—¿De qué mierda estás hablando?
—Conseguí los estados de cuenta, ya sabes, ¿los del último Fore-lesser? ¿El señor X? Estaban en su cabaña. Y allí definitivamente no había ninguna tonelada.
—Define lo que para ti significa «ninguna tonelada».
—Bueno, básicamente, todo ha desaparecido. No sé dónde ni quién. Pero sólo han quedado unos cinco mil dólares.
—¿Cinco mil? ¿Acaso me estás jodiendo? —Lash dejó que el coche perdiera velocidad. Que era como sacar a un vegetal del soporte vital.
¿Se habían quedado sin dinero? ¿Qué demonios? Era algo así como el Príncipe de la Oscuridad o alguna mierda de esas. ¿Y el valor neto de su ejército era de cinco grandes?
Claro, siempre podía contar con el dinero de su familia muerta, pero por más que fuera mucho, no podía solventar toda una guerra con él.
—Hombre, a la mierda con esto… voy a regresar a mi antigua casa. No voy a seguir conduciendo está maldita caja de fósforos. —Sí, repentinamente todo el asunto de mami/papi estaba completamente superado. Necesitaba un nuevo coche y lo necesitaba ya, y había una belleza de Mercedes estacionada en el garaje de la casa Tudor. Iba a meterse en la maldita cosa e iba a conducirla por todas partes, y no iba a sentirse para nada culpable.
A la mierda con toda su crianza vampira.
Sin embargo, cuando giró a la derecha y se dirigió hacia su vecindario, empezó a sentirse enfermo del estómago. Pero no iba a entrar a la casa, así que no tendría por qué ver los cuerpos, asumiendo que todavía estuvieran donde los había dejado…
Mierda, iba a tener que entrar para buscar las llaves.
Como sea. Tenía que crecer de una jodida vez.
Diez minutos más tarde, Lash estacionó frente a los garajes y salió del coche.
—Llévatelo a la granja. Nos encontraremos allí.
—¿Estás seguro que no quieres que espere?
Lash frunció el ceño y se miró la mano. El anillo que el Omega le había dado la noche anterior se estaba calentando y comenzando a brillar en su dedo.
—Parece ser que su progenitor desea verlo —dijo el señor D, bajándose del asiento del pasajero.
—Sí. —Mierda—. ¿Cómo funciona esto?
—Necesitas estar en un lugar privado. Luego permaneces quieto y él vendrá a ti o te llevará hacia donde esté.
Lash miró la casa Tudor y supuso que serviría.
—Te veré en la granja. Y después quiero que me lleves a esa cabaña donde están todos esos archivos.
—Sí, señor. —El señor D se tocó el borde del sombrero de cowboy y se deslizó detrás del volante.
Cuando el Focus se fue jadeando por la entrada para coches, Lash entró por la puerta de la cocina. La casa olía verdaderamente mal, el hedor nauseabundo y dulzón de la muerte y la descomposición parecía casi sólido de tan fuerte que era.
Él había hecho eso, pensó. Él era el responsable de lo que hacía apestar la refinada casa.
Sacó el teléfono para llamar al señor D y pedirle que regresara, pero dudó, y después reparó en el anillo. El oro le estaba quemando a tal punto, que le sorprendió que no se le cayera el dedo.
Su señor. Su progenitor.
Los muertos que estaban aquí no eran suyos.
Había hecho lo correcto.
Lash atravesó la puerta del mayordomo y entró al comedor. Mientras el anillo brillaba, miró fijamente a las personas que una vez pensó que eran sus padres. Podías encontrar la verdad entre las mentiras, ¿o no? Durante toda su vida había tenido que disimular su verdadera naturaleza, camuflar el mal que había en su interior. Pequeños fogonazos de su verdadero yo habían salido a la luz, cierto, pero había logrado mantener oculta la esencia que constituía su misma alma.
Ahora era libre.
Mientras miraba fijamente al macho y a la hembra asesinados que tenía delante de él, de súbito dejó de sentir. Era como si estuviera mirando carteles macabros colgados en el vestíbulo de un cine y su mente les hubiera catalogado según el sentimiento que le provocaban.
Es decir, que no le provocaban ningún tipo de sentimiento.
Tocó la cadena de perro que tenía alrededor del cuello y se sintió estúpido por los tontos sentimientos que le habían impulsado a tomarla. Estuvo tentado de arrancársela, pero no… el animal que le recordaba había sido fuerte, cruel y poderoso.
Así que fue como símbolo, y no por sentimentalismo, que se la dejó alrededor del cuello.
Hombre, la muerte olía muy mal.
Lash entró al vestíbulo y supuso que el suelo de mármol era tan buen lugar como cualquier otro para ver a su verdadero padre. Tomando asiento, flexionó las piernas y se sintió un idiota sentado allí sin hacer nada. Cerró los ojos, no podía esperar para terminar con esto y robar las llaves…
Un zumbido comenzó a tomar el lugar del silencio que había en la casa, el sonido emanaba de ninguna dirección en particular.
Lash abrió los ojos. ¿Vendría su padre? ¿O se lo llevaría a otra parte?
Venida de la nada, una corriente empezó a arremolinarse a su alrededor, deformando su visión. O tal vez combaba lo que había a su alrededor. No obstante, en mitad de la vorágine, él estaba firme como una roca, en posesión de una extraña convicción. El padre nunca le haría daño al hijo. El mal siempre sería el mal, pero el vínculo sanguíneo que compartían él y su progenitor significaba que él era el Omega.
Y aunque sólo fuera por puro interés personal, el Omega no se heriría a sí mismo.
Justo en el momento en que estaba a punto de ser transportado, cuando la vorágine había consumido prácticamente toda su forma corpórea, Lash levantó la vista.
En las escaleras, frente a él, estaba John Matthew.



Capítulo 47

—Mi hermana —se escuchó el siseo desde el otro lado de la puerta del templo—. Mi hermana.
Cormia levantó la vista del pergamino en el cual había estado registrando las escenas que había visto del Primale salvando a esos civiles.
—¿Layla?
—El Primale está enfermo. Está llamándote.
Cormia dejó que la pluma cayera de sus manos y salió volando hacia a la puerta. Abriéndola rápidamente, miró el rostro pálido y frenético de su hermana.
—¿Enfermo?
—Está en cama, temblando de frío. Está verdaderamente mal. Pasó mucho rato antes que me dejara ayudarlo, luego lo arrastré hasta la cama desde el vestíbulo dónde perdió el conocimiento.
Cormia se puso la capucha de su túnica.
—Las demás están…
—Nuestras hermanas están comiendo. Todas están comiendo. Nadie te verá.
Cormia se apresuró a salir del Templo de reclusión, pero la brillante luz del Santuario la encegueció. Tomó la mano de Layla hasta que sus ojos se ajustaron, y entonces ambas corrieron hasta el Templo del Primale.
Cormia se deslizó a través de la puerta dorada e hizo a un lado las cortinas.
El Primale yacía en la cama con sólo el pantalón de seda de su atuendo del Santuario. Tenía la piel cubierta de un brillo enfermizo y una capa de sudor. Atormentado por los temblores, su enorme cuerpo parecía terriblemente frágil.
—¿Cormia? —dijo, extendiendo una mano vacilante.
Fue hacia él, y se quitó la capucha.
—Aquí estoy. —Ante el sonido de su voz, se sobreexcitó pero ella le tocó las puntas de los dedos y logró calmarlo.
Buen Dios, estaba ardiendo.
—¿Qué te sucede? —dijo, sentándose a su lado.
—Yo… cre… cre… o… que… es… la… de… sin… to… xicación.
—¿Desintoxicación?
—Sin… dro… drogas… n-n-nnno m-más… d-d-d-drogas...
Apenas podía entender lo que estaba diciendo, pero supo de alguna manera que la última cosa que debía hacer era ofrecerle uno de los cigarrillos liados a mano que él siempre fumaba.
—¿Hay algo que pueda hacer para aliviarte? —Cuando empezó a lamerse los labios resecos, le dijo—. ¿Te gustaría tomar un poco de agua?
—Yo la traeré —dijo Layla, dirigiéndose hacia el baño.
—Gracias, mi hermana. —Cormia la miró por encima del hombro—. ¿Podrías traer toallas también?
—Sí.
Cuando Layla desapareció detrás de una de las cortinas, Phury cerró los ojos y empezó a sacudir la cabeza de un lado a otro sobre la almohada, abruptamente su voz comenzó a sonar velada.
—El jardín… el jardín está lleno de cizaña… Oh, Dios, la hiedra… está por todas partes… está cubriendo las estatuas.
Cuando Layla regresó con un cántaro, un cuenco y algunas toallas blancas, Cormia le dijo:
—Gracias. Ahora, por favor, déjanos solos, mi hermana.
Tenía la sensación que las cosas iban a ponerse mucho peor, y que a Phury no le gustaría ser visto por otros en un estado tan lamentable.
Layla hizo una reverencia.
—¿Qué debo decirles a las Elegidas cuando aparezca en la comida?
—Diles que él está descansado después del apareamiento, y que quiere estar a solas durante un tiempo. Yo lo cuidaré.
—¿Cuándo debo regresar?
—¿Falta mucho para que comience el período de sueño?
—Después de las oraciones a Thideh.
—Correcto. Regresa después de que todas se hayan acostado. Si esto persiste… tendré que ir hasta el Otro Lado a buscar a la doctora Jane, y tú tendrás que quedarte con él.
—¿Ir a buscar a quién?
—A una sanadora. Ve. Ahora. Exalta las virtudes de su cuerpo y de su rango. Se enfática al respecto. —Cormia acarició el cabello de Phury hacia atrás—. Cuanto más enfáticamente hables, mejor será para él.
—Como desees. Regresaré.
Cormia esperó hasta que su hermana se marchó, y luego intentó darle algo de beber. Pero estaba demasiado ido como para tomar agua, era incapaz de enfocarse en lo que sostenía contra sus labios. Rindiéndose, mojó una toalla y la presionó contra su rostro.
Los ojos febriles de Phury se abrieron y se aferraron a ella, mientras secaba su frente.
—El jardín… está lleno de cizañas —dijo apremiantemente—. Lleno de cizañas.
—Shhh… —volvió a sumergir la toalla en el cuenco de agua, enfriándola para él—. Todo está bien.
Con un susurro desesperado gimió:
—No, las está cubriendo a todas. Las estatuas… han desaparecido… yo he desaparecido.
El terror que vio en esa mirada amarilla hizo que se le congelara la sangre. Estaba alucinando, evidentemente estaba fuera de sí, pero lo que fuera que estuviera viendo era muy real para él… cada segundo que pasaba se agitaba más, su cuerpo se retorcía y se revolvía entra las sábanas blancas.
—La hiedra… Oh, Dios, la hiedra me está alcanzando… está cubriendo mi piel…
—Shhh. —Tal vez no fuera capaz de encargarse de esto sola. Tal vez… pero si su mente era el problema, entonces…
—Phury, escúchame. Si hay hiedra cubriendo las cosas entonces tendremos que deshacernos de ella.
Su forcejeo disminuyó y enfocó un poco los ojos.
—¿Nosotros… lo haremos?
Pensó en los jardineros que había visto en el Otro Lado.
—Sí, vamos a librarnos de ella.
—No… no podemos. Nos ganará… ganará…
Se inclinó, poniéndose directamente frente a su rostro.
—¿Quién lo dice? —Su imperativo tono de voz, pareció llamar su atención—. Ahora dime, ¿dónde deberíamos empezar a podarla?
Cuando comenzó a negar con la cabeza, le sujetó la mandíbula con la mano.
—¿Dónde empezamos?
Parpadeó ante su orden.
—Ah… está peor en las estatuas de las cuatro etapas…
—Ok. Entonces vamos a ir allí primero. —Intentó imaginarse las cuatro etapas… la infancia, la juventud, la madurez y la vejez—. Empezaremos con el niño. ¿Qué herramientas vamos a usar?
El Primale cerró los ojos.
—Las tijeras de podar. Usaremos las tijeras de podar.
—¿Y qué deberíamos hacer con esas tijeras?
—La hiedra… la hiedra está creciendo sobre las estatuas. Ya no puedes… ver los rostros. Eso… ahoga a las estatuas. No son libres… no pueden ver… —El Primale empezó a llorar—. Oh, Dios. Ya no puedo ver. Nunca he podido ver… más allá de las malas hierbas de ese jardín.
—Quédate conmigo. Escúchame… vamos a cambiar eso. Vamos a cambiar eso juntos. —Cormia tomó su mano y se la llevó a los labios—. Tenemos las tijeras de podar. Juntos vamos a cortar la hiedra. Y vamos a empezar con la estatua del niño. —Se sintió más animada, cuando Phury tomó un profundo aliento, como si estuviera preparándose para realizar un gran trabajo—. Voy a remover la hiedra del rostro del niño y tú vas a cortarla. ¿Puedes verme?
—Sí…
—¿Puedes verte?
—Sí.
—Bueno. Ahora quiero que cortes el segmento de hiedra que estoy sosteniendo. Hazlo. Ahora.
—Sí… lo haré… sí, lo hice.
—Deja lo que cortaste en el suelo a nuestros pies. —Le apartó el cabello del rostro—. Y ahora corta de nuevo… y otra vez…
—Sí.
—Y otra vez.
—Sí.
—Ahora… ¿Puedes ver el rostro de la estatua?
—Sí… sí, puedo ver el rostro del niño… —Una lágrima rodó por su mejilla—. Puedo verlo… puedo ver… verme a mí en él.

En el Otro Lado, en la casa de Lash, John se detuvo en medio de las escaleras y pensó que tal vez el factor espeluznante que reinaba en la casa Tudor podía haber provocado que su cerebro entrara en cortocircuito.
Porque era imposible que Lash estuviera abajo, sentado con las piernas cruzadas en el suelo del vestíbulo, con un borroso remolino girando en torno a él.
Mientras el cerebro de John intentaba separar la realidad de lo que era imposible que lo fuera, notó que el aire estaba impregnado del olor dulzón del talco de bebé, haciendo que toda la mierda prácticamente se volviera color de rosa. Dios, no eclipsaba el nauseabundo aroma dulzón de la muerte… sino que realzaba ese desagradable hedor a descomposición. La razón por la cual ese olor siempre lo había hecho sentir nauseas se debía a que era exactamente igual al olor de la muerte.
En ese momento, Lash levantó la mirada. Pareció tan sorprendido como John, pero luego gradualmente comenzó a sonreír.
Desde el remolino en que se encontraba, la voz del tipo flotó y subió por las escaleras, pareciendo venir desde una distancia mucho mayor que la cantidad de metros que había entre ellos.
—Bueno, hola, niño John. —La risa le resultó familiar y extraña al mismo tiempo, tenía un extraño eco.
John empuñó su arma, nivelándola con ambas manos mientras se preparaba para cualquier cosa que estuviera ahí abajo.
—Te veré pronto —dijo Lash mientras se ponía bidimensional, convirtiéndose en un holograma de sí mismo—. Y le daré tus saludos a mi padre.
Su silueta titiló y luego desapareció, tragada por el remolino.
John bajó el arma, y la guardó en la funda. Que era lo que se hacía cuando no había nadie a quien dispararle.
—¿John? —le llegó el sonido de las botas de Qhuinn proveniente del hueco de las escaleras—. ¿Qué demonios estás haciendo?
No lo sé… creí ver a…
—¿A quién?
A Lash. Lo vi justo ahí abajo. Yo… bueno, creo que lo vi.
—Quédate aquí. —Qhuinn sacó su arma y bajó los escalones, haciendo un barrido del primer piso.
John bajó lentamente hacia el vestíbulo. Había visto a Lash. ¿Verdad?
Qhuinn regresó.
—Todo está en orden. Mira, regresemos a casa. No se te ve muy bien. ¿Comiste hoy? Y hablando de eso, ¿cuándo fue la última vez que dormiste?
Yo… no lo sé.
—Correcto. Nos vamos.
Podría jurar…
—Ahora.
Mientras se desmaterializaban hacia el patio de la mansión, John pensó que quizá su amigo tuviera razón. Tal vez debería comer y…
No llegaron a entrar en la casa. En el momento de su llegada, los integrantes de la Hermandad fueron saliendo por las grandes puertas dobles uno por uno, hasta taparlas. En conjunto, llevaban las suficientes armas como para equipar a un completo regimiento militar.
Wrath los clavó a él y a Qhuinn con una dura mirada a través de las gafas envolventes.
—Vosotros dos. Subid al Escalade con Rhage y Blay. ¿A menos que necesitéis más municiones?
Cuando ambos negaron con la cabeza, el Rey se desmaterializó junto con Vishous, Butch y Zsadist.
Cuando entraron al SUV y Blay ocupó el asiento del acompañante, John preguntó por señas: ¿Qué está sucediendo?
Rhage pisó el acelerador. Cuando el Escalade rugió, salieron disparados del patio, el Hermano dijo secamente:
—Visita de un viejo amienemigo . La clase de tipo que deseas no volver a ver nunca.
Bueno, ese parecía ser el leitmotiv de la tarde.





Capítulo 48

El sueño... la alucinación... o lo que fuera parecía real. Total y absolutamente real.
De pie en medio del jardín repoblado de hierbas de la casa de su familia en el Antiguo País, bajo una brillante luna llena, Phury extendió la mano hacia el rostro de la estatua de la tercera etapa y arrancó la enredadera de hiedra apartándola de los ojos, la nariz y la boca del macho que tan orgullosamente cargaba a su propio hijo en brazos.
A esa altura, Phury era un curtido profesional del podado, y después de haber obrado la magia de las tijeras, tiró otra maraña de verde a la lona que estaba tendida sobre la tierra a sus pies.
—Allí está —susurró—. Allí… está él…
La estatua tenía el cabello largo igual que él, y un par de ojos profundos iguales a los suyos, pero la felicidad radiante de su rostro no era la suya. Ni el niño que acunaba en sus brazos. Aún, faltaban cosas por liberar mientras Phury seguía arrancando las capas de enredada hiedra que habían crecido excesivamente.
Cuando terminó, el mármol que estaba debajo estaba manchado con las lágrimas verdes dejadas por la muerte de las cizañas, pero la majestuosidad de la figura era innegable.
Un macho en la plenitud de su vida con su hijo en brazos.
Phury miró sobre su hombro.
—¿Qué piensas?
La voz de Cormia lo rodeaba por todas partes, la escuchaba en estéreo, aunque estaba de pie junto a él.
—Pienso que es hermoso.
Phury le sonrió, viendo en su rostro todo el amor que él sentía por ella en su corazón.
—Uno más.
Ella extendió el brazo abarcando el entorno con la mano.
—Pero mira, parece que la última ya está lista.
Y así era, la última estatua estaba libre; las malas hierbas habían desaparecido, junto con cualquier señal de abandono. El macho ahora era un anciano, estaba sentado con un bastón entre las manos. Su rostro todavía era apuesto, aunque era la sabiduría, y no la flor de la juventud lo que lo hacía lucir así. Y de pie detrás de él, alto y fuerte, estaba el joven que una vez había acunado en sus brazos.
El ciclo estaba completo.
Y las cizañas ya no existían.
Phury volvió a dirigir la vista hacia la tercera etapa. Esa también estaba mágicamente limpia, como lo estaban las estatuas de la juventud y la infancia.
De hecho, el jardín entero había sido compuesto y ahora descansaba bajo la cálida y agradable noche en plena y saludable floración. Los árboles frutales que había cerca de las estatuas estaban cargados de peras y manzanas, y los senderos estaban bordeados con primorosas vallas de boj. Las flores crecían dentro de sus macizos en agraciado desorden, como lo hacían en todos los elegantes jardines ingleses.
Se volvió hacia la casa. Las contraventanas que antes colgaban torcidas de sus bisagras habían sido arregladas y ya no había más agujeros en las tejas del tejado. El estuco se veía liso, ya no presentaba grietas y todos los cristales estaban intactos. La terraza se veía libre de hojas caídas y la tierra, antes llena de pozos donde se juntaba el agua de lluvia, ahora estaba completamente nivelada. Y había macetas con lozanos geranios y petunias que salpicaban todo el lugar de blanco y rojo dispuestas entre las sillas y las mesas de mimbre
A través de la ventana de la sala, percibió un movimiento… ¿Podía ser? Sí, lo eran.
Su madre. Su padre.
Vislumbró a la pareja, y les había sucedido lo mismo que a las estatuas: Habían renacido. Su madre con sus ojos amarillos, su cabello rubio y su rostro perfecto. Su padre con el cabello oscuro, la mirada clara, y su amable sonrisa.
Eran… increíblemente hermosos para él, su santo grial.
—Ve con ellos —dijo Cormia.
Phury caminó hacia la terraza, con el atuendo blanco limpio, a pesar de todo el trabajo que había hecho. Se acercó a sus padres lentamente, temeroso de desplazar la visión.
—¿Mahmen? —murmuró.
Su madre apoyó la punta de los dedos en su lado del vidrio.
Phury extendió la mano y reflejó la posición exacta de su mano. Cuando su palma se apoyó completamente en el panel, sintió, a través de la ventana, la calidez que ella irradiaba.
Su padre sonrió y articuló algo con la boca.
—¿Qué? —preguntó Phury.
Estamos muy orgullosos de ti… hijo.
Phury cerró los ojos con fuerza. Era la primera vez que uno de ellos le llamaba así.
La voz de su padre continuó:
Puedes irte ahora. A partir de ahora estaremos bien aquí. Lo has arreglado… todo.
Phury los miró.
—¿Estáis seguros?
Ambos asintieron. Y entonces la voz de su madre atravesó la claridad del vidrio.
Ahora ve y vive, hijo. Ve… vive tu vida, no la nuestra. Estamos bien aquí.
Phury contuvo la respiración y se quedó mirándolos fijamente a ambos, emborrachándose con su apariencia. Luego se puso la mano sobre el corazón e hizo una reverencia.
Era un «adiós, que te vaya bien». No un despedida definitiva, pero sí un adiós… que te vaya bien. Y tenía el presentimiento de que así sería.
Phury abrió los ojos. Cerniéndose sobre él había una densa nube… no, espera, era un elevado techo de mármol blanco.
Volvió la cabeza. Cormia estaba sentada a su lado, sosteniéndole la mano, en su rostro se veía la misma calidez que sentía en el pecho.
—¿Te gustaría beber algo? —le preguntó.
—¿Q…qué?
Extendió la mano y tomó un vaso de la mesa.
—¿Te gustaría beber?
—Sí, por favor.
—Levanta la cabeza para mí.
Tomó un sorbo tentativo y encontró que el agua era todo menos efímera. No tenía ningún sabor y estaba a la misma temperatura exacta de su boca, pero al tragarla se sentía bien, y antes de que se diera cuenta se había tomado todo el vaso.
—¿Quieres más?
—Sí, por favor. —Evidentemente esa era toda la extensión de su vocabulario.
Cormia llenó el vaso del cántaro y pensó que el sonido tintineante era agradable.
—Aquí tienes —murmuró ella. Esa vez le sostuvo la cabeza, y mientras bebía, miró fijamente sus encantadores ojos verdes.
Cuando fue a quitarle el vaso de los labios, le agarró suavemente la muñeca. En la Antigua Lengua le dijo:
—Siempre querría despertarme así, bañándome en tu mirada y en tu aroma.
Esperaba que ella se apartara. Se agitara. Le hiciera callar. Pero en cambio, murmuró:
—Limpiamos tu jardín.
—Sí…
En ese momento se escuchó un golpe en las puertas dobles del templo.
—Espera un momento antes de responder —dijo mirando a su alrededor.
Cormia dejó el vaso y caminó descalza sobre el mármol. Después que se escondiera entre unas cortinas de terciopelo blanco, él se aclaró la garganta:
—¿Sí? —clamó él.
La voz de la Directrix fue amable y respetuosa.
—¿Puedo entrar, Su Gracia?
Tiró de la sábana y se cubrió con ella, a pesar de llevar puesto los pantalones, luego verificó que Cormia no fuera visible.
—Sí.
La Directrix apartó la cortina del vestíbulo e hizo una reverencia. Traía una bandeja cubierta en sus manos.
—Le he traído una ofrenda de las Elegidas.
Cuando se enderezó, su rostro resplandeciente le indicó que Layla había mentido, y que lo había hecho bien.
No estaba seguro de que fuera capaz de sentarse, por lo que le hizo señas con la mano.
La Directrix se acercó a la plataforma donde estaba la cama y se arrodilló ante él. Cuando levantó la tapa de oro de la bandeja, dijo:
—De sus compañeras.
Sobre la bandeja, doblado tan precisamente como un mapa, había un echarpe bordado. Hecho de raso y joyas incrustadas, era una obra de arte espectacular.
—Para nuestro macho —dijo la Directrix, inclinando la cabeza.
—Gracias. —Mierda.
Tomó el echarpe y lo extendió en sus palmas. La fuerza de la Raza estaba escrito con citrinas y diamantes en la Antigua Lengua.
Cuando las piedras preciosas centellearon, pensó que eran como las hembras del Santuario, contenidas herméticamente en sus embalajes de platino.

—Nos ha hecho muy felices —dijo Amalya con la voz temblorosa. Volvió a levantarse e hizo otra reverencia—. ¿Hay algo que podamos hacer para retribuirle esta alegría que nos ha dado?
—No, gracias. Sólo voy a descansar.
Hizo otra reverencia más, y luego se marchó como una apacible brisa, saliendo en un silencio que trágicamente estaba lleno de anticipación.
Ahora pudo sentarse, pero sólo con la ayuda de sus brazos. Al estar en posición vertical, sintió la cabeza como si fuera un globo, ligera y llena de nada, oscilando sobre su columna vertebral.
—¿Cormia?
Salió de entre las cortinas. Bajó los ojos hasta el echarpe y luego volvió a mirarlo a él.
—¿Necesitas a la doctora Jane?
—No. No estoy enfermo. Fue a causa de la desintoxicación.
—Eso fue lo que me dijiste. Pero sin embargo no estoy muy segura de lo que eso significa.
—La abstinencia. —Se frotó los brazos, pensando que todavía no había terminado. Sentía comezón en la piel y le ardían los pulmones como si necesitaran aire, aunque lo tuvieran.
Sabía que lo que querían, era humo rojo.
—¿Hay algún baño por aquí? —preguntó.
—Sí.
—¿Podrías esperarme? No tardaré. Sólo voy a lavarme un poco.
Pasará toda una vida antes de que vuelvas limpio, dijo el hechicero.
Phury cerró los ojos, habiendo perdido repentinamente, la fuerza para moverse.
—¿Qué sucede?
Dile que tu antiguo compañero ha regresado.
Dile que tu antiguo compañero nunca se irá.
Y luego vayamos al mundo real a buscar lo que liberará a tus pulmones de esa sensación de ahogo y a tu piel de la picazón.
—¿Qué sucede? —preguntó Cormia de nuevo.
Phury tomó un hondo aliento. En ese momento no estaba seguro de nada, apenas si sabía su propio nombre, y ciertamente no sabía quién era el Presidente de los Estados Unidos. Pero había una cosa de la cual si estaba absolutamente seguro: si volvía a escuchar al hechicero, terminaría muerto.
Phury se concentró en la hembra que estaba frente a él.
—No es nada.
Eso no fue muy apreciado en la tierra baldía. La túnica del hechicero voló hacia arriba cuando fue azotada por un viento que barrió el campo de huesos.
¡Le estás mintiendo! ¡Yo lo soy todo! ¡Lo soy todo! La voz del hechicero era estridente y cada vez subía más el tono. Soy…
—Nada —dijo Phury débilmente, poniéndose de pie—. Tú no eres nada.
—¿Qué?
Cuando sacudió la cabeza, Cormia extendió la mano y él se afianzó con su ayuda. Juntos, entraron en el baño que tenía la misma disposición que cualquier otro, con la única diferencia de que no tenía ningún logotipo en el retrete. Bueno, eso y que había un arroyo corriendo por la parte trasera de la habitación…el cual conjeturó serviría de bañera.
—Estaré afuera —dijo Cormia, dejándolo a solas.
Después de usar el retrete, entró al torrente con la ayuda de un par de escalones de mármol. El agua se sentía como la que había bebido del vaso, tenía la exacta temperatura de su piel. En un platillo que había en la esquina, encontró una barra de lo que asumió que era jabón, y lo recogió. Era suave, en forma de media luna; acunó la barra en sus palmas y sumergió las manos en el agua. La espuma que se formó era firme y poco abundante, y olía a siemprevivas. La utilizó sobre el cabello, el rostro y el cuerpo, inhalando profundamente para llevar el aroma del jabón hasta sus pulmones… con la esperanza de que pudiera limpiar los siglos de automedicación que había estado aspirando profundamente.
Cuando terminó, simplemente dejó que el agua corriera sobre su piel aliviando la comezón y el dolor de sus músculos. Cerrando los ojos, aisló al hechicero, lo mejor que pudo, pero era difícil, porque el tipo estaba teniendo una pataleta de proporciones nucleares. En su antigua vida, habría puesto ópera pero ahora no podía… y no sólo porque de este lado Bose no existía. Ese tipo particular de música le recordaba mucho a su gemelo… quien ya no cantaba.
Aún así, el sonido del flujo de agua era encantador, su suave y musical tintineo hacía eco en las piedras lisas, como si el sonido estuviera saltando de una a otra.
No queriendo hacer esperar a Cormia, puso la planta de sus pies en el lecho del arroyo y sacó la parte superior de su cuerpo fuera de la corriente. El agua se deslizó por su pecho bajando por su estómago, como si fueran manos apaciguadoras y levantando los brazos la sintió resbalar por sus dedos y sus codos.
Recorriéndolo… vertiéndose… aliviándolo…
La voz del hechicero intentó alzarse y tomar el control. Phury la escuchó en su mente, luchando por conseguir tiempo en el aire, luchando por encontrar un patrocinador en su oído interno.
Pero el tintineo del agua se oía más alto.
Phury respiró hondo, oliendo la siempreviva y sintiendo una libertad que no tenía nada que ver con el lugar en el que se encontraba su cuerpo y se refería precisamente al lugar dónde estaba su mente.
Por primera vez, el hechicero no era más poderoso que él.
Cormia se paseaba por el templo del Primale. No está enfermo. Sólo es la abstinencia.
No está enfermo.
Se detuvo al pie de la plataforma donde estaba la cama.
Recordó haber sido atada y escuchar como entraba el macho a la habitación, y haber estado absolutamente aterrada. Había yacido allí a merced de la tradición incapaz de ver, incapaz de moverse y sin derecho a decir no.
Toda hembra virgen después de pasar por la transición, era presentaba ante el Primale de esa manera.
Seguramente otras debieron haber sentido el mismo miedo que ella. Y muchas más lo sentirían en el futuro.
Dios… este lugar estaba sucio, pensó, mirando las paredes blancas que tenía a su alrededor. Mancillado con mentiras tanto expresadas con palabras como dejadas para que permanecieran intrínsecamente ligadas a los corazones de las hembras que respiraban aquel aire muerto.
Había un viejo refrán entre las Elegidas, la clase de estrofa antigua que uno nunca sabía cuando la había escuchado por primera vez. Justa es la causa de nuestra fe, sereno es nuestro semblante ante el deber, nada nos dañará a nosotras las creyentes, pues la pureza es nuestra fuerza y nuestra virtud, el progenitor que guiará al retoño.
Se escuchó un rugido salvaje que venía del baño.
Phury gritando.
Cormia se dio la vuelta precipitadamente y corrió hacia la otra habitación.
Lo encontró desnudo dentro del arroyo, con la espalda arqueada hacia atrás, los puños apretados, el pecho levantado, y la columna vertebral torcida. Salvo que no estaba gritando. Estaba riendo.
Dio vuelta la cabeza, y cuando la vio dejó caer los brazos, pero no dejó de reír.
—Lo siento... —Cuando más de esa alegría salvaje burbujeó apoderándose de él, trató de contenerla, pero no pudo—. Debes pensar que estoy loco.
—No... —En realidad pensaba que era hermoso, con la piel dorada resbaladiza por el agua y el cabello cayendo por su espalda en tupidos rizos—. ¿Qué es tan divertido?
—¿Me pasas una toalla?
Le dio una pieza de tela, y no apartó la vista cuando salió del arroyo.
—¿Alguna vez has oído hablar de El Mago de Oz? —le preguntó.
—¿Es una historia?
—Supongo que no. —Se aseguró la tela en la cintura—. Quizá algún día te lleve a ver la película. Pero de eso estaba riéndome. Estaba equivocado. No era un todopoderoso Espectro del Anillo el que habitaba en mi mente. Era el Mago de Oz, nada más que un frágil anciano. Fui yo el que imaginó que era aterrador y más poderoso que yo.
—¿Mago?
Se dio golpecitos en la sien.
—La voz en mi cabeza. Una mala voz. Fumaba para escapar de ella. Creí que era un enorme y abrumador Espectro del Anillo. Pero no lo era. No lo es.
Era imposible no compartir la felicidad de Phury y cuando le sonrió, una súbita calidez inundó su corazón y su alma.
—Sí, era una voz fuerte y clamorosa, pero nada especial. —Se llevó la palma de la mano al antebrazo, y se frotó la piel como si tuviera salpullido… excepto que no había nada que estropeara su suave perfección—. Fuerte… ruidosa…
La mirada de Phury cambió abruptamente al mirarla. Y ella supo la causa. Las llamas ardieron en sus ojos y su sexo que caía entre sus caderas se engrosó.
—Lo siento —dijo, buscando otra larga tela y sosteniéndola frente a él.
—¿Yaciste con ella? —Preguntó bruscamente Cormia.
—¿Con Layla? No. Llegué hasta el vestíbulo antes de decidir que no podía seguir con ello. —Negó con la cabeza—. Eso no va a suceder. No puedo estar con otra que no seas tú. La pregunta es qué vamos a hacer ahora… y para mejor o para peor creo que sé la respuesta. Pienso que todo esto —Movió la mano a su alrededor, como si abarcara con ella todo el Santuario—, no puede seguir así. Este sistema, esta forma de vida, no está funcionando. Tienes razón, no se trata sólo de nosotros, se trata de todo el mundo. No está funcionando para nadie.
Cuando sus palabras se abrieron paso en su mente, pensó en la posición dentro de la raza en que ella había nacido. Pensó en el césped blanco, los edificios blancos y las túnicas blancas.
Phury sacudió la cabeza.
—Solía haber unas doscientas Elegidas, ¿verdad? En la época en que había como treinta o cuarenta Hermanos, ¿no es cierto? —Cuando ella asintió, él bajó la vista al agua que corría en el arroyo—. ¿Y ahora cuantos quedan? Sabes, no sólo es la Sociedad Lessening la que nos está matando. Son estas malditas reglas a las cuales estamos sometidos. Quiero decir, vamos. Las Elegidas no están protegidas en este lugar, son prisioneras. Y son maltratadas. Si no te hubieras sentido atraída por mí, no habría importado. Aún así te hubieras visto obligada a tener sexo conmigo, y eso es cruel. Tú y tus hermanas estáis atrapadas aquí, y me pregunto cuantas de vosotras realmente creéis en la tradición a la que servís. La vida como Elegida… no tiene nada que ver con la elección. Ninguna de vosotras la tiene. Toma tu propio ejemplo… no quieres estar aquí. Regresaste porque no tenías otras opciones ¿no es así?
Tres palabras salieron de su boca, tres palabras imposibles que cambiaron todo:
—Sí, así es.
Cormia levantó su túnica y volvió a dejarla caer en su lugar pensando en el pergamino que estaba en el suelo del Templo de las Escribas Recluidas, el que tenía dibujados los bocetos de edificios que ella había hecho, el que no había sabido dónde poner.
Ahora fue ella quien sacudió la cabeza.
—Nunca supe cuántas cosas no sabía de mi misma hasta que no fui al Otro Lado. Y tengo que pensar que a las demás debe ocurrirles lo mismo. Ellas deben estar… no puede ser que sólo sea yo quien tenga talentos sin descubrir o intereses aún no revelados. —Se paseó por el baño—. Y estoy segura que cada una de nosotras ha sentido que es un fracaso… aunque sólo sea porque las presiones son tan grandes que todo se eleva a un nivel de importancia suprema y total. Un pequeño error, ya sea en una palabra escrita incorrectamente, un acorde desafinado en un cántico, o una mala puntada en un pedazo de tela y te sientes como si hubieras defraudado a toda la raza.
De repente, no pudo detener las palabras que salían de sus labios.
—Tienes tanta razón. Esto no está funcionando. Nuestro propósito es servir a la Virgen Escriba, pero debe haber una manera de hacerlo y al mismo tiempo respetarnos a nosotras mismas. —Cormia miró a Phury—. Si somos sus hijas Elegidas, ¿Eso no significa que desea lo mejor para nosotras? ¿No es eso lo que los padres desean para sus hijos? Como puede ser…—Miró su entorno al omnipresente y sofocante color blanco del baño—. ¿Cómo puede ser esto lo mejor? Para la mayoría de nosotras, se parece más a estar estancada que a una vida. Estamos en animación suspendida aunque seguimos moviéndonos. ¿Cómo… puede ser esto lo mejor para nosotras?
Phury frunció el ceño.
—No lo es. Joder, no lo es ni en lo más mínimo.
Enrolló la larga tela que tenía en las manos y la estrelló contra el suelo de mármol. Después agarró el medallón Primale y se lo arrancó del cuello.
Iba a dimitir, pensó ella, ambos estaban exaltados y decepcionados por el futuro por venir. Iba a renunciar…
Phury levantó el pesado objeto de oro, el medallón se balanceaba en el extremo de la tira de cuero, y ella dejó de respirar. La expresión de su rostro estaba llena de propósito, y de poder, no de irresponsabilidad. El brillo de sus ojos expresaba pertenencia y liderazgo, y no la intención de esquivar ni eludir. De pie frente a ella, él era todo el paisaje del Santuario, todos los edificios, la tierra, el agua y el aire: No era de este mundo, pero era el mundo en sí mismo.
Después de pasarse una vida mirando la historia sucederse en un cuenco de agua, Cormia comprendió viendo como sostenía el medallón en alto, que por primera vez estaba viendo la historia ser forjada justo delante de ella, en tiempo real.
Nunca nada volvería a ser igual después de esto.
Con ese emblema de su exaltada posición balanceándose de un lado a otro colgando de su puño, Phury proclamó con un tono de voz firme y profundo:
—Soy la fuerza de la raza. Soy el Primale, ¡y como tal, gobernaré!

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