jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 49 50 51

Capítulo 49

En las afueras de Caldwell, en una templada noche de verano, la Hermandad estaba reunida bajo una celestial luna llena… preguntándose qué demonios estaba pasando. Cuando el Escalade se detuvo cerca del compacto grupo, John se sentía maravillado de poder estar entre ellos. Liberándose del cinturón de seguridad, salió mientras Rhage cerraba las puertas del SUV. Blay y Qhuinn se pusieron uno a cada lado, y juntos, los tres se acercaron a los Hermanos.
El prado que tenían delante de ellos se extendía entre un anillo de pinos, el césped estaba salpicado de parterres de varas de oro y también había algunas espumosas Asclepias desperdigadas.
Vishous encendió uno de sus porros, y el olor del tabaco turco flotó sobre ellos.
—El hijo de puta llega tarde.
—Tranquilízate, V —le dijo Wrath en voz baja—. Relevaré tu trasero si no te quedas quieto.
—Hijo de puta. No tú, él.
—Butch, encadena a tu chico, ¿quieres? antes que lo amordace con un maldito pino.
El resplandor llegó desde el este, en un principio era pequeño como la llama de un encendedor, luego fue creciendo hasta volverse grande como el sol. Al congregarse en el bosque, la luz se filtraba entre los troncos y las ramas, y a John le recordó las películas de pruebas de bombas atómicas que había visto en la escuela, en las cuales después del gran estallido de energía, los árboles y todo lo que había alrededor quedaba aplastado contra el suelo.
—Por favor, decidme que esa mierda no es radioactiva —dijo Qhuinn.
—Nah —contestó Rhage—. Pero mañana por la mañana todos vamos a estar bronceados.
Butch se puso el brazo sobre los ojos para escudarse de la luz.
—Y yo sin mi Coppertone.
John notó que no habían sacado sus armas, pero sin embargo, todos estaban tensos como gatos.
Repentinamente, de en medio de los árboles salió un hombre… un hombre resplandeciente, que era la fuente de la luz. Y en los brazos traía algo cubierto, una lona o una alfombra o…
—Hijo de puta —susurró Wrath cuando la figura se detuvo a unos veinte metros de distancia.
El hombre resplandeciente se rió.
—Bueno, pero si no es otro que el Rey Wrath y su banda de chicos alegres y felices. Os juro muchachos que deberíais dedicaros a hacer espectáculos para niños, por lo jodidamente alegres que sois.
—Genial —murmuró Rhage—, su sentido del humor sigue siendo el mismo.
Vishous dijo mientras exhalaba el humo.
—Quizá pueda tratar de sacárselo a golpes.
—Usa su propio brazo para hacerlo, si puedes…
Wrath los miró furioso a ambos, quienes le respondieron con un par de miradas: ¿Quién, nosotros?
El Rey sacudió la cabeza resignado y se dirigió a la figura resplandeciente:
—Ha pasado mucho tiempo. Gracias a Dios. ¿Cómo mierda estás?
Antes que el hombre pudiera contestar V maldijo:
—Si me veo obligado a escuchar algo del estilo Keanu Reeves en Matrix con su mierda de «Yo soy Neo», mi cabeza va a explotar.
—¿No querrás decir Neón? —intervino Butch—. Porque él me recuerda al símbolo de Citgo .
Wrath volvió la cabeza.
—Cerrad la maldita boca. Todos vosotros.
La figura resplandeciente rió.
—¿Entonces quieres tu regalo adelantado de Navidad? ¿O vas a seguir faltándome al respeto hasta que decida marcharme?
—¿Navidad? Creo que esa es tu tradición, no la nuestra —dijo Wrath.
—Entonces, ¿eso es un no? Porque se trata de algo que habéis estado extrañando desde hace algún tiempo. —Al decir eso la luz se disipó, como si alguien hubiese desconectado la fuente de su energía.
Ahora, de pie en el claro había un hombre como cualquier otro… bueno, casi como cualquier otro, dado que estaba cubierto con cadenas de oro. Llevaba a alguien en brazos, era un macho barbudo con un mechón blanco en medio de su cabello oscuro…
A John comenzó a hormiguearle el cuerpo entero.
—¿No reconocéis a vuestro Hermano? —dijo la figura, luego bajó la vista hacia el macho que estaba sosteniendo—. Que pronto que olvidan.
John fue quien rompió filas y atravesó corriendo el césped. Alguien gritó su nombre, pero no iba a detenerse por nada ni por nadie. Corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron, con el viento rugiendo en sus oídos, y la sangre fluyendo con fuerza a través de sus venas.
El césped del prado azotó sus vaqueros, la fresca noche de agosto abofeteó sus mejillas, y los tensos puños que sus manos habían formado hendieron el aire.
Padre, articuló. ¡Padre!
John se detuvo con un salto y entonces se cubrió la boca con la palma de la mano. Era Tohrment, pero era una versión encogida del Hermano, como si hubiera estado bajo el sol durante meses. Tenía el rostro demacrado, la piel colgaba floja de sus huesos y los ojos estaban hundidos profundamente en el cráneo. Tenía la barba larga y oscura, el cabello desgreñado no era más que un nido negro enredado salvo por la brillante raya blanca que tenía en la frente. Su ropa era exactamente la misma que había llevado la noche que había desaparecido del centro de entrenamiento, y estaba toda andrajosa y mugrienta.
John se sobresaltó cuando una mano aterrizó sobre su hombro.
—Cálmate, hijo —dijo Wrath—. Jesucristo…
—En realidad es Lassiter —dijo el hombre— por si lo has olvidado.
—Como sea. Entonces, ¿cuál es el precio? —preguntó el Rey, mientras extendía las manos para tomar a Tohr.
—Me encanta que asumas que hay uno.
John quería ser la persona que llevara a Tohrment al coche, pero le temblaban tanto las rodillas, que probablemente necesitara que alguien le llevara a él.
—¿Acaso no hay un precio? —Cuando Wrath cargó el cuerpo de su hermano, el Rey sacudió la cabeza—. Mierda, no pesa casi nada.
—Ha estado alimentándose de ciervos.
—¿Cuánto hace que sabes dónde está?
—Lo encontré hace dos días.
—El precio —dijo Wrath, con la vista aún fija en su hermano.
—Bueno, las cosas son así. —Cuando el Rey maldijo, el hombre, Lassiter, se echó a reír—. Sin embargo, no es un precio.
—Qué. Es. Lo. Que. Quieres.
—Es un trato de dos por uno.
—¿Perdón?
—Yo voy junto con él.
—Que te jodan.
La voz del hombre perdió todo rastro de calma.
—Es parte del trato, y créeme, tampoco yo deseo hacer esto. El hecho es que ésta es mi última oportunidad, así que sí, lo siento, pero voy junto con él. Y a propósito, si dices que no, no dudaré en destruirnos a todos así.
El hombre chasqueó los dedos, y una brillante chispa blanca iluminó el cielo nocturno.
Después de un momento, Wrath se volvió hacia John:
—Este es Lassiter, el ángel caído. Una de las últimas veces que estuvo en la tierra, hubo una plaga en Europa Central…
—Ok, pero eso no fue mi culpa en absoluto…
—… que acabó con las dos terceras partes de la población humana.
—Me gustaría recordarte que no te gustan los humanos.
—Huelen mal cuando están muertos.
—Todos vosotros los del tipo mortal lo hacéis.
John apenas si podía seguir la conversación; estaba demasiado ocupado mirando fijamente el rostro de Tohr. Abre los ojos… abre los ojos… por favor, Dios…
—Vamos John. —Wrath se volvió hacia la Hermandad y comenzó a andar. Cuando llegó hasta ellos, les dijo suavemente:
—Nuestro Hermano ha regresado.
—Oh, Cristo, está vivo —dijo alguien.
—Gracias a Dios —gimió alguien más.
—Diles —exigió Lassiter detrás de él—. Diles que viene con un compañero de habitación.
Como si fueran uno, los Hermanos giraron las cabezas bruscamente.
—Jódeme —dijo Vishous en voz baja.
—Gracias pero paso —refunfuñó Lassiter.



Capítulo 50

Phury atravesó la resplandeciente extensión blanca del Santuario, y se dirigió hacia la entrada privada de la Virgen Escriba. Golpeó una vez y esperó, enviando mentalmente una petición de audiencia.
Cuando las puertas se abrieron, esperaba que fuera la Directrix Amalya la que le saludara, pero no había nadie al otro lado. El patio blanco de la Virgen Escriba estaba vacío salvo por los pájaros en su florecido árbol blanco.
Los pinzones y canarios estaban fuera de lugar, y eran mucho más encantadores por ello. Sus colores se veían brillantes contra el fondo de ramas y hojas blancas, y al oír sus llamadas pensó en la cantidad de veces que Vishous había venido aquí con una de esas frágiles criaturas acunada en sus palmas.
Después que la Virgen Escriba los hubiera sacrificado por su hijo, el hijo se los había regresado.
Phury fue hasta la fuente y escuchó caer el agua en el pilón de mármol. Supo cuando la Virgen Escriba apareció detrás de él, porque se le erizó el cabello de la nuca.
—Pensé que ibas a renunciar —le dijo—. Vi el sendero del Primale desplegado para otras pisadas. Se suponía que tú sólo ibas a ser la transición.
Él miró sobre el hombro.
—Yo también pensé que iba a renunciar. Pero, no.
Extraño, pensó. Bajo los ropajes negros que protegían el rostro, manos y pies, el resplandor que emitía parecía más débil de lo que recordaba.
Ella flotó lentamente hacia sus pájaros.
—Deberías saludarme apropiadamente, Primale.
Él hizo una profunda reverencia y dijo las palabras apropiadas en la Antigua Lengua. También tuvo la gracia de permanecer inclinado, esperando que ella le liberara de la postura de súplica.
—Ah, pero ese es el asunto—murmuró ella—. Ya te has liberado a ti mismo. Y ahora deseas lo mismo para mis Elegidas. —Él abrió la boca, pero ella le interrumpió—. No necesitas explicar tu razonamiento. ¿Crees qué no sé lo que hay en tu mente? Incluso tu hechicero, como le llamas, es conocido por mí.
Ok, eso le hizo sentir incómodo.
—Levántate, Phury, hijo de Ahgony. —Cuando lo hizo, le dijo—: Todos somos productos de nuestra crianza, Primale. Las obras que resultan de nuestras elecciones son depositadas sobre la base erigida por nuestros padres y sus padres antes de ellos. No somos más que el siguiente nivel en la casa o en el pavimento del sendero.
Phury sacudió la cabeza lentamente.
—Podemos elegir una dirección diferente. Podemos movernos en la brújula a lo largo de un rumbo diferente.
—De eso yo no estoy segura.
—De eso yo debo estar seguro… o no haré nada con esta vida que me has dado.
—Efectivamente. —Volvió la cabeza hacia sus habitaciones privadas—. Efectivamente, Primale.
En el silencio que se prolongó, pareció entristecida, lo cual le sorprendió. Había estado preparado para un combate. Demonios, era difícil pensar en la Virgen Escriba como en otra cosa que no fuera un camión de dieciocho ruedas debajo del atavío negro.
—Dime, Primale, ¿cómo piensas manejar todo esto?
—Aún no estoy seguro. Pero aquellas que se sientan más cómodas aquí pueden quedarse. Y aquellas que quieran aventurarse al Otro Lado encontrarán un refugio seguro conmigo allí.
—¿Estás abandonando este lado para siempre?
—Hay algo que necesito en el otro lado, algo que debo tener. Pero volveré una y otra vez. Va a llevar décadas, quizás más, cambiarlo todo. Cormia me va a ayudar.
—¿Y sólo la tomarás a ella, en la forma en que lo hace un macho?
—Sí. Si las otras encuentran compañeros de su elección, entonces aceptaré todas sus hijas hembras para que sean educadas en las tradiciones de las Elegidas e instaré a Wrath a tomar a los hijos machos en la Hermandad, tanto si nacen aquí o en el Otro Lado. Pero yo tomaré sólo a Cormia.
—¿Y qué me dices de la pureza de la sangre? ¿La fuerza que viene de ella? ¿No habrá más estándares? La crianza fue deliberada, para engendrar fuerza de la fuerza. ¿Qué sucedería si una Elegida favorece a uno que no sea del linaje de la Hermandad?
Pensó en Qhuinn y Blay. Chicos fuertes que con el tiempo se convertirían en machos más fuertes aún. ¿Qué motivos había para que ellos no fueran parte de la Hermandad?
—Sería decisión de Wrath. Pero yo le sugeriré aceptar a los dignos sin importar el linaje. Un corazón valeroso puede hacer a un macho más alto y más fuerte de lo que es físicamente. Mira, la raza está fallando, y lo sabes. Estamos perdiendo terreno con cada nueva generación, y no sólo a causa de la guerra. La Sociedad Lessening no es lo único que nos está matando. Las tradiciones también lo hacen.
La Virgen Escriba flotó lentamente hacia la fuente.
Hubo un largo, largo silencio.
—Siento como si hubiera perdido —dijo suavemente—. A todos vosotros.
—No lo has hecho. En absoluto. Sé una madre para la raza, no una guardiana, y obtendrás todo lo que deseas. Déjanos libres y obsérvanos prosperar.
El sonido repiqueteante de la fuente pareció aumentar, haciéndose más fuerte, como si recogiera la fluctuación de sus emociones.
Phury miró el agua que caía, viéndola capturar la luz y centellear como las estrellas. Los arco iris que había en cada una de las gotitas eran imposiblemente hermosos, y mientras observaba las gemas destellantes que había en cada fragmento del conjunto que volvía a caer, pensó en las Elegidas y en lo dones individuales que poseía cada una de ellas.
Pensó en sus Hermanos.
Pensó en sus shellans.
Pensó en su amada.
Y supo los por qués de su silencio.
—No nos perderás. Nunca te dejaremos atrás y no te olvidaremos. ¿Cómo podríamos? Nos diste a luz, nos guiaste y nos diste fuerza. Pero ahora… ahora ha llegado nuestro tiempo. Permítenos ir y estaremos más cerca de ti de lo que nunca hemos estado. Permite que tomemos el futuro en nuestras manos y lo formemos como mejor podamos. Ten fe en tu creación.
—¿Tienes fuerza para esto, Primale? ¿Puedes ser un líder para las Elegidas incluso después de todo lo que has pasado? Tu vida no ha sido fácil, y el camino que contemplas no va a ser uniforme ni fácil de seguir. —Le dijo bruscamente.
Mientras Phury se mantenía de pie sobre su única pierna y su prótesis, pensó en todos los días de su existencia, y sopesó el temple que había en su misma médula, y tuvo sólo una respuesta.
—Estoy aquí, ¿no? —pronunció—. Todavía me sostengo en pie ¿verdad? Tú dime si tengo la jodida fuerza o no la tengo.
Oyéndole ella sonrió un poco… aunque él no podía ver su rostro, percibió su sonrisa.
La Virgen Escriba hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Que así sea, entonces, Primale. Será como deseas.
Se dio la vuelta y desapareció en sus aposentos privados.
Phury exhaló como si alguien le hubiera sacado un tapón del trasero.
Santa. Mierda.
Acababa de desbaratar todo el fundamento espiritual de la raza. Así como el biológico.
Joder, si hubiera sabido adonde le iba a llevar la noche, habría tomado un tazón de Wheaties antes de bajarse de la plataforma de la cama.
Se volvió y se dirigió hacia la puerta para ir hacia el Santuario. La primera parada sería dónde estaba Cormia; luego los dos irían a ver a la Directrix y…
Cuando abrió la puerta se quedó petrificado.
El césped era verde.
El césped era verde y el cielo azul… y los narcisos eran amarillos y las rosas eran un arco iris de colores Crayola ... y los edificios eran rojos, crema y azul oscuro…
Las Elegidas estaban saliendo apresuradamente de sus dependencias, levantando sus túnicas que ahora eran de colores y mirando a su alrededor emocionadas y perplejas.
Cormia surgió del templo del Primale, con el encantador rostro aturdido mientras miraba a su alrededor. Cuando lo vio, se llevó las manos a la boca y comenzó a parpadear rápidamente.
Con un grito, recogió la magnífica túnica color lavanda claro y corrió hacia él, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.
La atrapó mientras saltaba hacia él y sostuvo su tibio cuerpo contra el suyo.
—Te amo —le dijo ella ahogándose—. Te amo, te amo… te amo.
En ese momento, con el mundo transformándose por su causa, y con su shellan a salvo en sus brazos, sintió algo que nunca se hubiera imaginado.
Finalmente se sentía el héroe que siempre había querido ser.




Capítulo 51

De vuelta en el Otro Lado, en la mansión de la Hermandad, John Matthew estaba sentado en un sillón frente a la cama donde Tohr dormía. El Hermano no se había movido desde que lo habían llevado a la casa hacía horas y horas.
Lo cual parecía ser el POE para esa noche. Era como si todos en la casa estuvieran dormidos, como si un agotamiento colectivo y penetrante les hubiera abrumado a todos.
Bien, a todos excepto a John. Y al ángel que estaba paseándose en la habitación de invitados de al lado.
Tohr estaba en las mentes de ambos.
Dios, John nunca había esperado sentirse más grande que el Hermano. Nunca había esperado ser físicamente más fuerte. Ciertamente nunca había pensado en llegaría a tener que cuidar del macho. O ser responsable de él.
Y ahora ocurría todo eso y más, porque así a primera vista se podría decir que Tohr había perdido unos treinta kilos. Y tenía el rostro y el cuerpo de un macho que había ido a la guerra y había sido mortalmente herido.
Que extraño, pensó John. Al principio, había deseado que el Hermano despertase enseguida, pero ahora estaba asustado de ver esos ojos abiertos. No sabía si podría soportar que lo excluyera. Seguro, sería comprensible, dado todo lo que Tohr había perdido, pero a él… le mataría.
Además, mientras Tohr estuviera dormido, John no iba a quebrarse y comenzar a sollozar.
Ves, había un fantasma en la habitación. Un hermoso y pelirrojo fantasma con un vientre redondeado de embarazada: Wellsie estaba con ellos. A pesar de su muerte, ella estaba con ellos, y también su niño no nacido. Y la shellan de Tohr nunca iba a estar lejos. No había manera de mirar a Tohr sin verla. Los dos habían sido inseparables en vida, y también lo eran en la muerte. Ciertamente Tohr podía estar respirando, pero, seguro como la mierda que ya no estaba vivo.
—¿Eres tú?
Los ojos de John se dispararon hacia la cama.
Tohr estaba despierto y lo miraba a través del espacio oscuro que los separaba.
John se puso de pie lentamente y se enderezó la camiseta y los vaqueros. Soy John. John Matthew.
Tohr no dijo nada, sólo continuó mirándolo de arriba y abajo.
Atravesé la transición, John hacía gestos como un tonto.
—Eres del tamaño de D. Grande.
Dios, la voz era exactamente como la recordaba. Profunda como la nota baja de un órgano de iglesia, e igual de imperiosa. Aunque, había una diferencia. Había una nueva vacuidad en las palabras.
O quizá eso venía del espacio en blanco detrás de esos ojos azules.
Tuve que conseguir nueva ropa. Jesucristo, era un idiota. ¿Tienes… tienes hambre? Conseguí bocadillos de rosbif. Y Pepperidge Farm Milano . Solían gustarte…
—Estoy bien.
¿Puedo traerte algo de beber? Conseguí un termo de café.
—Nah. —Tohr echó un vistazo al cuarto de baño—. Mierda, instalación de agua en el interior. Ha pasado tiempo. Y no, no necesito ayuda.
Era doloroso mirar… algo sacado de un futuro que John no pensó que llegaría hasta dentro de cientos y cientos de años: Tohrment como un macho viejo.
El Hermano agarró con mano temblorosa el borde de las sábanas y las apartó de su cuerpo desnudo palmo a palmo. Se detuvo. Luego deslizó las piernas fuera hasta que se balancearon hasta el suelo. Hubo otra pausa antes de que empujara hacia arriba y, los una vez anchos, hombros se esforzaran para soportar el peso que era poco más que el de un esqueleto.
No caminaba. Arrastraba los pies como hacían las personas muy ancianas, con la cabeza gacha, la espina dorsal curvada hacia el suelo, y las manos extendidas como si esperara caerse en cualquier momento.
Las puertas se cerraron. El lavabo sonó con un gorgoteo. La ducha comenzó a caer.
John volvió al sillón donde había estado sentado, tenía las tripas vacías, y no simplemente porque no había comido nada desde la noche anterior. La preocupación era todo lo que conocía. La inquietud era el aliento que llevaba a sus pulmones. Ansiedad, era el mismo latido de su corazón.
Esta era la otra cara de la relación padre/hijo. Donde el hijo se preocupaba por el padre.
Asumiendo que él y Tohr todavía tuvieran esa conexión funcionando.
No estaba seguro. El Hermano le había mirado fijamente como si fuera un extraño.
El pie de John siguió el ritmo del tictac de los segundos, y se frotó las palmas en los muslos. Era extraño, todo lo demás que había sucedido, incluso el asunto con Lash, parecía irreal y poco importante. Sólo existía el ahora con Tohr.
Cuando la puerta se abrió casi una hora más tarde, se quedó inmóvil.
Tohr llevaba una bata, y el cabello estaba en su mayor parte desenredado, aunque la barba todavía se veía deshilachada.
Con ese vago e inseguro arrastrar de pies, el Hermano volvió a la cama y se extendió con un gemido, asentándose con torpeza en las almohadas.
Hay algo que pueda…
—No es aquí donde quería acabar, John. No voy a poder enfrentarlo. No es aquí… donde quiero estar.
Ok, gesticuló John. Ok.
Cuando el silencio se extendió, en su mente, tuvo la conversación que quería tener con Tohr:
Qhuinn y Blay han terminado viviendo aquí, y los padres de Qhuinn están muertos, y Lash es… No sé que decir sobre él… Hay una hembra que me gusta, pero está fuera de mi alcance, y yo estoy en la guerra y te eché de menos y quiero que estés orgulloso de mí y estoy asustado y echo de menos a Wellsie y, ¿tú estás bien?
Y lo más importante…
Por favor, dime que no vas a irte otra vez. Jamás. Te necesito.
En vez de eso, se puso de pie y gesticuló:
Supongo que te dejaré para que descanses. Si necesitas algo…
—Estoy bien.
Ok. Sí. Bueno…
John tiró del dobladillo de su camiseta y se dio la vuelta. Mientras iba hacia la puerta, no podía respirar.
Oh, por favor, no permitas que me encuentre con nadie cuando vaya de camino a mi habitación…
—John.
Se detuvo. Giró en redondo.
Cuando se encontró con la afligida mirada azul marino de Tohr, John sintió como si se le estuvieran desprendiendo las rótulas de las rodillas.
Tohr cerró los ojos y abrió los brazos.
John corrió hacia la cama y se aferró a su padre con toda la fuerza que tenía. Enterró el rostro en lo que una vez había sido un ancho pecho y escuchó el corazón que todavía latía dentro. De ellos dos, él era el que se aferraba más fuerte, no porque a Tohr no le importara, sino porque él no tenía la fuerza.
Ambos lloraron hasta que no tuvieron más aliento con el cual sollozar.

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