jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 52 53 54

Capítulo 52

Los gatillos no tenían que estar en las armas para dar problemas, pensó Phury mientras miraba la fachada de acero y cristal del ZeroSum.
Mierda, la desintoxicación trataba el tema del maltrato que sufría el cuerpo cuando se enfrentaba a un cambio en la química. Pero no hacía una mierda con el ansia que estaba en tu mente. Y seguro que el hechicero era más pequeño que él, pero el bastardo aún no le había dejado. Y Phury tenía la sensación de que iba a pasar mucho tiempo antes de que la voz lo hiciera.
Dándose un tirón de orejas mental, se acercó al gorila de la entrada, que le dirigió una mirada extraña, pero le dejó entrar. Dentro, no prestó ninguna atención al gentío, que se separó como siempre para darle paso. No saludó con la cabeza al gorila que sostenía el cordón de terciopelo delante de la zona VIP. No le dijo nada a iAm, el cual lo dejó entrar en la oficina de Rehv.
—¿A qué debo este placer? —dijo Rehvenge desde detrás de su escritorio.
Phury clavó los ojos en su distribuidor.
Rehv llevaba puesto un traje negro convencional en el que no había nada de convencional. El corte era exquisito, aún cuando el macho estuviera sentado, y la tela brillaba bajo las tenues luces, una clara indicación de que había algo de seda mezclada en el tejido. Las solapas caían perfectamente sobre el poderoso pecho, y las mangas mostraban lo justo de los puños de la camisa.
Rehv frunció el ceño.
—Puedo sentir tus emociones desde aquí. Has hecho algo.
Phury tuvo que reírse.
—Bueno, podría decirse que sí. Ahora voy camino a casa de Wrath, porque tengo muchas cosas que explicarle. Aunque vine aquí primero, porque mi shellan y yo necesitamos un lugar donde quedarnos.
Rehvenge enarcó las cejas sobre sus ojos amatista.
—¿Shellan? Guau. ¿Ya no más la Elegida?
—No. —Phury se aclaró la voz—. Mira, sé que tienes casas. Unas cuantas. Quiero saber si puedo alquilar una por un par de meses. Necesito un montón de habitaciones. Muchas.
—¿La mansión de la Hermandad está demasiado llena?
—No.
—Mmm. —Rehv inclinó la cabeza a un lado, enseñando la suave parte afeitada de su peinado mohawk—. Wrath tiene otros lugares, ¿no? Y sé que tu hermano V los tiene. He oído que tiene un nido de BDSM en alguna parte. Debo admitir que estoy sorprendido de que acudas a mí.
—Sólo pensé que podría empezar contigo.
—Mmm. —Rehv se puso de pie y se apoyó en su bastón mientras se daba la vuelta y abría un panel corredizo que había detrás de su escritorio—. Bonito atuendo, por cierto. ¿Lo compraste en Victoria’s Secret? Discúlpame un segundo.
Cuando el macho entró en el dormitorio que fue revelado, Phury bajó la mirada y se miró a sí mismo. Con razón esa gente le había dirigido miradas extrañadas. Llevaba puesto el conjunto de satén blanco del Otro Lado.
Rehv salió un momento después. En sus manos, llevaba un par de mocasines negros de piel de cocodrilo con unos reveladores estribos entrelazados.
Dejó caer los Gucci a los pies de Phury.
—Quizás quieras deslizar tus pies descalzos en éstos. Y lo siento, no tengo nada que puedas alquilar.
Phury tomó un profundo aliento.
—Bien. Gracias…
—Pero puedes vivir gratis en el rancho que tengo en las Adirondacks. Por el tiempo que quieras.
Phury parpadeó.
—Puedo p…
—Si estás a punto de decir que puedes pagarme, jódete. Como te dije, no tengo nada que puedas alquilar. Trez puede encontrarse contigo allí, para darte los códigos. Me verás justo antes del amanecer de cada primer martes del mes, pero aparte de eso, tendréis el lugar para vosotros.
—No sé qué decir.
—Tal vez algún día puedas devolverme el favor. Por ahora dejaremos las cosas así.
—Mi honor es tuyo.
—Y mis zapatos son tuyos. Incluso después que recuperes los tuyos.
Phury acomodó el par y deslizó los pies dentro. Le iban a la perfección.
—Te los devolveré…
—Nop. Considéralos un regalo de bodas.
—Bien... gracias.
—De nada. Sé que te gusta Gucci…
—No por los mocasines, en realidad, aunque son fabulosos. Quiero decir... por ponerme en la lista de no compradores. Sé que Z habló contigo.
Rehv sonrió.
—Así que te estás desintoxicando, ¿eh?
—Voy a hacer lo que pueda por dejarlo.
—Mmm. —entrecerró la mirada de amatista—. Y pienso que lo lograrás. Tienes esa clase de determinación que he visto muchas veces en los ojos de la gente que frecuenta mucho mi despacho, y luego una noche, por la razón que sea, deciden no volver nunca más. Y eso es todo. Es agradable de ver.
—Sí. Ya no me verás por aquí.
El teléfono de Rehv sonó, y al ver quién llamaba, frunció el ceño.
—Espera. Esto podría interesarte. Es el líder de facto del Consejo de Princeps. —A medida que hablaba, la voz del macho era en parte aburrimiento, en parte impaciencia—. Me va bien. ¿Tú? Sí. Sí. Terrible, sí. No, estoy todavía estoy en la ciudad, llámame una persona comprometida.
Rehv se reclinó en la silla y jugó con el abrecartas, que tenía forma de daga.
—Sip. Ajá. Bien. Ya, lo sé, un vacío en el liderazgo es… ¿Perdona? —Rehv dejó caer el abrecartas sobre el papel secante—. ¿Qué dijiste? Oh, realmente. Pues bien, ¿y qué me dices de Marissa? Ah. Sin duda. Y no me sorprende...
Phury tuvo que preguntarse qué clase de bomba acababa de caer ahora.
Al cabo de un rato, Rehv se aclaró la voz. Luego una lenta sonrisa se propagó por su rostro.
—Bien, entonces, considerando cómo te sientes... Estaré encantado. Gracias. —Colgó el teléfono y levantó la mirada—. ¿Adivina quién es el nuevo leahdyre del Consejo?
Phury sintió como se quedaba con la boca abierta.
—No puedes ser tú. Cómo demonios puedes…
—Resulta que soy el miembro superviviente más viejo de mi estirpe, y hay una norma por la que las hembras no pueden ser leahdyre. Como soy el único macho del Consejo, adivina quién viene a cenar. —Se reclinó en la silla de cuero—. Me necesitan.
—Sagrada... mierda.
—Sí, si vives lo suficiente, puedes llegar a ver cualquier cosa. Dile a tu jefe que va a ser un placer hacer negocios con él.
—Lo haré. Desde luego que lo haré. Y escucha, gracias otra vez. Por todo. —Fue hacia la puerta—. Si alguna vez me necesitas, sólo llámame.
Rehvenge asintió una vez.
—Lo haré, vampiro. Los devoradores de pecados siempre coleccionan favores.
Phury sonrió ligeramente.
—El término políticamente correcto es symphath.
Mientras salía de la oficina, la risa baja y ligeramente maligna de Rehv resonó como un trueno.

Phury se materializó frente a la mansión de la Hermandad y se acomodó el atuendo. En su deseo por causar una buena impresión, se sintió como si ya no viviera bajo su techo.
Lo cual, supuso, tenía sentido: su cabeza había sufrido un cambio de dirección.
Sintiéndose torpe como el infierno, se acercó a la casa, entró en el pórtico, y pulsó en la pantalla de video como lo haría un extraño. Fritz parecía igualmente sorprendido cuando abrió la puerta.
—¿Amo?
—¿Puedes decirle a Wrath que estoy aquí y que me gustaría hablar con él?
—Por supuesto. —El doggen hizo una reverencia y subió rápidamente la escalera principal.
Mientras esperaba, Phury paseó la vista por el vestíbulo, pensando en cómo había construido su hermano Darius el lugar... ¿Cuántos años hacía?
Wrath apareció en la parte superior de la escalera, con una expresión de cautela en el rostro.
—Hey.
—Hey. —Phury levantó la mano—. ¿Puedo subir un momento?
—Claro.
Phury ascendió lentamente. Y mientras más se acercaba a su habitación, más le hormigueaba la piel, porque no podía evitar pensar en todo el humo rojo que había consumido allí. Una parte de él lo deseaba de tal manera que casi jadeaba por una calada, y comenzó a martillearle la cabeza.
El tono de Wrath fue duro.
—Escucha, si vienes a buscar tus drogas…
Phury levantó la mano y dijo con voz ronca:
—Nop. Podemos hacer esto en privado.
—Muy bien.
Cuando se hubieron cerrado las puertas del estudio, se esforzó en refrenar los deseos y comenzar a hablar. No estaba completamente seguro de lo que salía de su boca. Primale. Cormia. La Virgen Escriba. El futuro. Las Elegidas. Los Hermanos. El cambio.
El cambio.
El cambio.
Cuando finalmente se quedó sin gas, se percató de que Wrath no había dicho nada.
—Así que en eso estoy. —Añadió Phury—. Ya he hablado con las Elegidas y les he dicho que conseguiría un lugar para nosotros en este lado.
—¿Y dónde va a ser?
—El gran rancho de Rehv al norte del estado.
—¿De verdad?
—Sí. Allí arriba estaremos a salvo. Seguros. No es muy activo, no hay muchos humanos. Puedo proteger más fácilmente a las que deciden venir aquí. Todo este asunto, va a tener que ser gradual. Un par de ellas ya están interesadas en venir. Explorar. Aprender. Cormia y yo les ayudaremos a asimilar todo lo que quieran. Pero todo es voluntario. Pueden escoger.
—¿Y la Virgen Escriba estuvo de acuerdo con esto?
—Sí. Lo estuvo. Por supuesto, lo concerniente a la Hermandad depende de ti.
Wrath sacudió la cabeza y se puso de pie.
Phury inclinó la cabeza, sin culpar al tipo por dudar del plan. Phury había hablado mucho. Ahora sólo podía esperar poder probar algo de lo que había dicho con acciones.
—De acuerdo, bien, como he dicho, todo depende de tí…
Wrath se acercó y extendió la mano.
—Estoy absolutamente de acuerdo. Y lo que sea que necesites para las Elegidas en este lado cuenta conmigo. Para cualquier cosa.
Phury sólo pudo mirar lo que se le ofrecía. Cuando estrechó la mano de su hermano, su voz era tensa.
—Bien... trato hecho.
Wrath sonrió.
—Cualquier cosa que tú necesites, te la daré.
—Estoy bien como... —Phury frunció el ceño y miró el escritorio del Rey—. Um... ¿Puedo usar tu ordenador un momento?
—Por supuesto. Y cuando termines, tengo algunas buenas noticias que compartir contigo. Bueno, buenas noticias, más o menos.
—¿Qué pasa?
Wrath señaló con la cabeza hacia la puerta.
—Tohr ha vuelto.
A Phury se le cerró la garganta.
—¿Está vivo?
—Más o menos... en cierto modo. Pero está en casa. Y vamos a intentar mantenerlo así.




Capítulo 53

Sentado en la mesa de la Hermandad en el área VIP del ZeroSum, John Matthew estaba borracho como una cuba. Había bebido hasta por el culo. Estaba totalmente achisgado .
Así que ni bien terminó la cerveza número… cualquiera fuera el número de cerveza que se hubiera estado tomando durante los últimos cinco minutos, ordenó un Jäger Bomb .
Hay que decir en su favor que Qhuinn y Blay no decían absolutamente nada.
Era difícil explicar qué lo impulsaba a bajar todas aquellas botellas de golpe y a ingerir tantos chupitos. La única explicación que se le ocurría era que tenía los nervios destrozados. Había dejado a Tohr en casa, durmiendo en aquella cama, como si fuera un ataúd, y aunque era genial que se hubiesen reunido, faltaba mucho para poder decir que el Hermano se hallaba fuera de peligro.
John no podía perderlo otra vez.
Y luego le preocupaba ese extraño avistamiento de Lash y el hecho de que John estaba en cierto modo convencido que estaba perdiendo su amada mente.
Cuando la camarera vino con el chupito, Qhuinn dijo:
—Le gustaría otra cerveza.
Te Amo, le dijo por señas a su compañero.
—Bien, nos vas a odiar a los dos cuando llegues a casa y vomites como un aspersor de campo de golf, pero limitémonos a vivir el aquí y ahora, ¿te parece?
Entendido. John se tomó el chupito de un trago, y no le quemó, no aterrizó en su estómago como un torrente ardiente. Pero, bueno, realmente. ¿Un incendio forestal daría dos mierdas por un encendedor Zippo?
Qhuinn estaba en lo cierto: probablemente fuera a vomitar. De hecho…
John se tambaleó al levantarse.
—Oh, mierda, aquí vamos —dijo Qhuinn levantándose también.
Voy solo.
Qhuinn dio unos golpecitos sobre la cadena que tenía alrededor del cuello.
—Ya no más.
John plantó los puños sobre la mesa, se inclinó sobre ella, y le mostró los colmillos.
—¡Qué coño! —Siseó Qhuinn mientras Blay miraba frenéticamente a los demás asientos que había a su alrededor—. ¿Qué mierda piensas que estás haciendo?
Voy solo.
Qhuinn lo fulminó con la mirada como si fuera a discutir, pero luego volvió a sentarse.
—Bien. Como quieras. Pero guarda esa rejilla y no vuelvas a enseñarla.
John se alejó, asombrado de que nadie más en el club parecía notar que el piso oscilaba de allá para acá como una casa de la diversión. Justo antes de llegar al pasillo de los baños privados, cambió de opinión, merodeó un poco, y se escurrió hacia el otro lado de la cuerda aterciopelada.
Del otro lado, deambuló entre la multitud amontonada con la gracia de un búfalo, golpeando a la gente al pasar, chocándose contra las paredes, lanzándose hacia delante, para luego echarse atrás para evitar encallar en el suelo.
Subió las escaleras hasta el entresuelo y se abrió camino hasta el baño de los hombres.
Había dos tipos en los orinales y uno en el lavabo, John no miró a ninguno de ellos a los ojos mientras se dirigía hasta el final de la hilera de cubículos. Abrió el reservado para minusválidos, pero luego dio marcha atrás porque se sintió culpable y entró en el penúltimo. Mientras cerraba la puerta con llave, su estómago se agitó como una hormigonera, parecía que hubiera recogido un paquete urgente para ser despachado por correo aéreo de forma inmediata.
Mierda. ¿Por qué no habría usado los baños privados que había detrás del área VIP? ¿Qué necesidad había de que aquellos tres don nadie le oyeran hacer una imitación de un fontanero sometiendo a la fuerza a un retrete?
Maldita… fuera. Estaba bien borracho.
Habiendo llegado a esa conclusión, dio la vuelta y bajó la vista hacia el retrete. Era negro, como casi todo en el ZeroSum, pero sabía que estaba limpio. Rehv mantenía una casa limpia.
Bueno, excepto por la prostitución. Y las drogas. Y las apuestas.
Ok, estaba limpio en cuanto a limpio y ordenado, no en cuanto al código penal.
John dejó caer la cabeza hacia atrás contra la puerta metálica, cerró los ojos, y la verdadera razón para darse a la bebida salió a la superficie.
¿Cuál era la maldita forma de evaluar a un macho? ¿Era por su forma de luchar? ¿Era por cuánto peso podía levantar en la sala de pesas? ¿Era por tomar venganza de los que le dañaban?
¿Era por poder permanecer en control de sus emociones cuando el mundo entero parecía una inestable casa de la risa? ¿Era porque corría el riesgo de amar a alguien aún cuando sabía que podría abandonarle para siempre?
¿Era por el sexo que tenía?
Ok, cerrar los ojos había sido un gran error. O empezar a pensar. Abrió los párpados y se concentró en el techo negro con luces indirectas, en forma de estrellas.
En el lavamanos dejó de correr el agua. La cisterna de dos orinales se accionó. La puerta que daba al club se abrió y se cerró, y luego volvió a abrirse y cerrarse.
Oyó un sonido como de alguien inhalando un par de cubículos más allá. Y otro más. Luego sintió exhalar y emitir un ahhhhhhhh. Pasos. Agua corriendo. Una risa maníaca. Otro abrir y cerrar de la puerta que daba al exterior.
Solo. Estaba solo. Pero no duraría mucho, porque pronto volvería a entrar alguien.
John miró hacia el inodoro negro y le dijo a su estómago que si quería comenzara con el programa así le ahorraba un momento de vergüenza.
Evidentemente no quería. O tal vez… sí. ¿No? Mierda…
Estaba contemplando el inodoro, esperando que el reflejo de las náuseas se decidiera, cuando se olvidó de su estomago y se dio cuenta de dónde estaba.
Él había nacido en el cubículo de un baño. Lo trajeron al mundo en un lugar donde las personas vomitaban después de haber bebido demasiado… había sido un niño dejado para valerse por sí mismo por una madre que nunca había conocido y un padre que nunca había sabido de su existencia.
Si Tohr llegara a irse otra vez…
John se volvió rápidamente y no pudo hacer que sus dedos levantaran la palanca para poder salir. Con creciente pánico, arañó el mecanismo negro hasta que finalmente saltó abriéndose. Irrumpiendo en el cuarto de baño, se dirigió en línea recta hacia la puerta pero no logró llegar.
Sobre cada uno de los seis lavamanos de cobre, había un espejo de marco dorado.
Respirando hondo, eligió el espejo que estaba más cerca de la puerta y se paró frente a él, enfrentándose con su rostro de adulto por primera vez.
Sus ojos eran los mismos… sus ojos eran exactamente del mismo color azul y tenían la misma forma. Todo lo demás no lo reconocía, no reconocía el firme corte de la mandíbula ni el grosor del cuello ni la amplia frente. Pero los ojos eran suyos.
Al menos eso suponía.
Quien soy yo, articuló.
Separando los labios y desnudando sus dientes frontales, se inclinó y se miró los colmillos.
—¿No me digas que nunca habías visto esos antes?
Se volvió a toda velocidad. Xhex estaba apoyada contra la puerta, encerrándoles eficazmente juntos.
Llevaba puesto exactamente lo mismo de siempre, pero para él era como si nunca antes hubiese visto la camiseta sin mangas y los pantalones de cuero.
—Te vi entrar aquí tambaleándote. Pensé en darme una vuelta para asegurarme de que estabas bien —sus ojos grises no vacilaron, y estaba dispuesto a apostar que nunca lo hacían. La hembra tenía la mirada como la de una estatua, directa e imperturbable.
Una estatua increíblemente sexy.
Quiero joderte, artículo, no preocupándose de estar haciendo el ridículo.
—No me digas.
Evidentemente, podía leer los labios. Era eso o leía pollas, porque Dios era testigo que la suya había levantado la mano y estaba saludando desde dentro de sus vaqueros.
Sí, te digo.
—Hay muchas mujeres en este club.
Tú eres la única.
—Pienso que estarías mejor con ellas.
Y yo pienso que estarías mejor conmigo.
¿De dónde demonios le venía la confianza? No le preocupaba. Tanto si Dios le había regalado algo de amor propio o si sólo se debía a estupidez nacida de la botella, él iba a aprovecharla.
De hecho, sé que es así.
Deliberadamente deslizó los pulgares bajo la cinturilla de sus vaqueros, y dio a los hijos de puta un lento tirón hacia arriba. Cuando su erección fue evidente como el revestimiento de una casa, ella bajó los ojos, y él supo lo que estaba viendo: Estaba bien equipado teniendo en cuenta la envergadura de dos metros y pico de su cuerpo. Y eso era sin una erección. Con una, era tremendo.
Ah, ya no nos parecemos tanto a una estatua, ¿eh? Pensó cuando la mirada no regresó a su rostro, sino que ardió con una ligera chispa.
Con sus ojos sobre él, y el chisporroteo eléctrico que había entre ellos, ya no estaba en su pasado. Estaba absolutamente en el presente. Y el ahora era que ella cerrara la maldita puerta y lo dejara hundir la boca en ella. Y después follarían de pie.
Ella separó los labios, y él esperó sus palabras como esperaba el advenimiento de Dios.
Abruptamente, ella se llevó la mano hasta el auricular que tenía en la oreja y frunció el ceño.
—Mierda. Me tengo que ir.
John arrancó precipitadamente una toalla de papel del dispensador de pared, sacó un lapicero del bolsillo, y escribió unas descaradas palabras. Antes que ella pudiera salir, se acercó y le metió en la mano lo que había garabateado.
Ella se miró la mano.
—Quieres que lo lea ahora o más tarde.
Más tarde, artículo.
Cuando abrió la puerta de un empujón, estaba mucho más sobrio. Y una enorme sonrisa de «soy-el-mejor» cruzaba su rostro.

Cuando Lash reapareció en el vestíbulo de sus padres, permaneció quieto por un momento. Sentía el cuerpo como si hubiera sido presionado entre dos hojas de papel encerado con una plancha, una hoja caída capturada y preservada artificialmente, y no sin algo de dolor.
Se miró las manos. Las flexionó. Hizo crujir su cuello.
Habían comenzadlo las lecciones de su padre. Iban a reunirse regularmente. Y él estaba listo para aprender.
Abriendo y cerrando las manos, repasó los trucos que había aprendido. Trucos que eran… en realidad no eran trucos. No eran trucos en absoluto. Él era un monstruo. Un monstruo que recién ahora estaba empezando a comprender la utilidad de las escamas de su cuerpo, las llamas de su boca y las púas de su cola.
Era parecido a lo que le había sucedido después de la transición. Tenía que entender quien era él y cómo funcionaba su cuerpo.
Por suerte el Omega iba a ayudarle. Como cualquier buen padre debería.
Cuando pudo entenderlo, Lash giró la cabeza y miró hacia arriba, recordando el lugar dónde John había estado de pie.
Había sido genial ver a su enemigo otra vez. Positivamente reconfortante.
Hallmark realmente debería idear una línea de tarjetas de venganza, de la clase que les enviarías a aquellas personas a las cuales ibas a perseguir para vengarte.
Lash se levantó cuidadosamente y giró sobre si mismo lentamente inspeccionando el lugar, observó el reloj del abuelo en un rincón cercano a la puerta principal, las pinturas al óleo y la mierda que había sido cuidadosamente conservada por la familia durante generaciones.
Entonces miró hacia el comedor.
Las palas, pensó él, estaban en el garaje.
Encontró un par de ellas alineadas contra la pared al lado del tablero dónde estaban colgadas las paletas del jardín y las tijeras de podar. La pala que eligió tenía mango de madera y una amplia palma roja esmaltada.
Cuando salió, se sorprendió al ver que todavía era de noche, ya que le parecía que había estado horas y horas con el Omega. ¿A menos qué esto fuera mañana? ¿O incluso el día después?
Lash dio la vuelta hacia el patio que había al costado de la casa y escogió un punto bajo el roble que ofrecía sombra a las amplias ventanas del estudio. Mientras cavaba, sus ojos ocasionalmente se dirigían hacia los paneles de cristal y a la habitación que había detrás de ellos. El sofá todavía tenía manchas de sangre, aunque era ridículo pensar en ello. Ya que, ¿Qué esperaba? ¿Qué se evaporaran de las fibras de seda?
Excavó una tumba que de un metro y medio de profundidad, dos metros y medio de largo y un metro veinte de ancho.
El resultante montón de tierra era más grande de lo que había esperado, y olía como el césped después de un fuerte temporal de lluvia, almizcleña y dulce. O tal vez él fuera la parte dulce.
El creciente brillo que se veía en el este hizo que tirara la pala fuera del agujero y saltara fuera del hoyo. Tenía que moverse rápido antes de que saliera el sol y eso hizo. Puso a su padre primero. Su madre fue la segunda. Los arregló de forma que estuviesen acurrucados, con su padre sosteniéndola.
Los miró fijamente a ambos.
Le sorprendía que necesitara hacer esto antes de que pudiera mandar a otro escuadrón de hombres a la casa, a vaciar el lugar, pero en fin. Estos dos habían sido sus padres durante la primera parte de su vida, y aunque se hubiera dicho a si mismo que no le importaban una mierda, en realidad no era así. Él no iba a dejar que esos lessers profanaran sus putrefactos cuerpos. ¿La casa? Bien, era un juego justo. Pero no sus cuerpos.
Con el sol levantándose, y los rayos solares colándose a través de las ramas frondosas del roble, hizo una llamada telefónica y luego puso la tierra en su lugar.
Joder, pensó cuando hubo terminado. El lugar realmente parecía una tumba, con su cumbre en forma de barra de pan abovedada por todo el desplazamiento.
Estaba devolviendo la pala a su lugar en el garaje cuando oyó el primer coche deteniéndose en la puerta principal. De él salieron dos lessers, en el mismo momento que un segundo sedan entraba lentamente en la entrada para coches, seguido de un Ford-150 y un monovolumen.
El grupo olía tan dulce como la luz del sol mientras entraban en fila a la casa de sus padres.
El camión de mudanza U-Haul, conducido por el señor D fue el último en llegar.
Cuando el Fore-lesser se hizo cargo de la situación y comenzó el saqueo, Lash subió y tomó una ducha rápida en su antiguo cuarto de baño. Mientras se secaba, se acercó a su armario. Ropa… ropa… de cierta forma, lo que había estado vistiendo últimamente, ya no le daba la apariencia adecuada, así que sacó un alucinante traje Prada.
Su etapa militar de tipo minimalista estaba bien superada. Él ya no era el buen-soldadito-que-estaba-entrenando con la Hermandad.
Sintiéndose como toda una bestia sensual y atractiva, se acerco a la cómoda, abrió el cajón de accesorios, y…
¿Dónde mierda estaba su reloj? ¿El Jacob & Co. con diamantes?
Qué demonios había…
Lash miró a su alrededor y olió el aire de su habitación. Entonces encendió su visión azul para que las huellas de cualquiera que hubiese estado tocando su mierda se revelaran en rosado, como su padre le había enseñado.
En la cómoda había huellas frescas y sin ningún patrón, unas más intensas que aquellas que él había dejado días antes. Inhaló otra vez. John había… John y Qhuinn habían estado aquí… y uno de esos miserables hijos de puta había tomado su jodido reloj.
Lash recogió el cuchillo de caza de su escritorio y, con un rugido, lo lanzó a través de la habitación y aterrizó con la hoja primero en una de sus almohadas negras.
El señor D apareció en la puerta.
—¿Señor? ¿Sucede algo malo…?
Lash giró en redondo y le clavó el dedo al tipo, no para establecer un punto sino para usar otros de los regalos que le había dado su verdadero padre.
Pero entonces tomó un profundo aliento. Dejó caer el brazo. Y se enderezó el traje.
—Hazme… —tuvo que aclararse la garganta, para librarse de la ira.
—Hazme el desayuno. Quiero tomarlo en la terraza interior, no en la mesa del comedor.
El señor D se marchó, y aproximadamente diez minutos más tarde, cuando ya Lash no veía doble por la furia, bajó, y se sentó delante de un agradable despliegue de tocino, huevos, tostadas con mermelada y jugo de naranja.
Evidentemente el señor D había exprimido las naranjas él mismo. Lo cual, considerando lo bien que sabía la mierda, era suficiente justificación para no haber volado al hijo de puta en pedacitos dejando sólo sus botas de combate.
Los otros asesinos terminaron reuniéndose en la puerta de la terraza interior, observándolo comer como si estuviera realizando un truco de magia.
Justo cuando estaba tomando el último largo sorbo de su taza de café, uno de ellos dijo:
—¿Qué mierda eres tú?
Lash se limpió la boca con la servilleta y serenamente se quitó la chaqueta. Mientras se ponía de pie, iba desabrochando los botones de la camisa color rosa pastel.
—Yo soy su jodido Rey.
Diciendo eso, se abrió la camisa y mentalmente dispuso que su piel se abriera sobre el esternón. Con las costillas ampliamente abiertas, desnudó los colmillos y expuso su negro y palpitante corazón.
El grupo entero de los lessers brincó hacia atrás. Uno hasta se persignó, el hijo de puta.
Lash tranquilamente cerró su pecho, abrochó de nuevo la camisa y se sentó nuevamente.
—Más café, señor D.
El cowboy parpadeó estúpidamente un par de veces, dando una excelente actuación de una oveja confrontando un problema de matemáticas.
—Sí… Sí, Señor.
Lash volvió a levantar la taza y afrontó los pálidos rostros que tenía frente a él.
—Bienvenidos al futuro, señores. Ahora pongan su culo en movimiento, quiero el primer piso de este lugar vacío antes de que llegue el cartero a las diez y media.



Capítulo 54

El centro comunitario del este de Caldwell estaba ubicado entre Caldie Pizza & Mexican y la Caldwell Tennis Academy, en la avenida Baxter. Alojado en una enorme granja antigua, que había sido construida hacía muchísimo tiempo cuando los acres circundantes habían sido usados como terrenos de cultivo de maíz, el lugar tenía un bonito césped delantero, un asta de bandera y algunos setos meciéndose en la parte de atrás.
Cuando Phury se materializó detrás de las instalaciones, en lo único que podía pensar era en irse otra vez. Comprobó su reloj de pulsera. Diez minutos.
Diez minutos de tener que mantenerse a raya a sí mismo.
Dios mío, quería humo rojo. Su corazón estaba corriendo carreras dentro de sus costillas, sentía las palmas como esponjas chorreantes y la picazón que sentía en la piel le estaba volviendo loco.
Tratando de pasar de su cuerpo, miró el aparcamiento. Allí había unos veinte coches, sin ninguna relación de marcas ni de modelos. Había camionetas y Toyotas, un Saab descapotable, un Volkswagen Escarabajo rosa, tres monovolumenes y un MINI Cooper.
Metió las manos en los bolsillos y caminó sobre la hierba hacia la acera que rodeaba el edificio. Cuando llegó al tramo de asfalto que formaba el paseo y el aparcamiento, siguió por él hasta llegar a las puertas dobles de debajo de la pérgola de aluminio.
Dentro, el lugar olía a coco. Tal vez por la cera del suelo de linóleo.
Justo cuando estaba pensando seriamente en salir corriendo, un humano salió por una puerta, el sonido de una cisterna de inodoro se fue haciendo cada vez más débil al ir cerrándose tras él la puerta rotulada «HOMBRES».
—¿Es usted amigo de Bill W? —preguntó el tipo mientras se secaba las manos con una toalla de papel. Tenía amables ojos castaños, como los de un perro perdiguero, y una chaqueta de un tejido similar al tweed que parecía demasiado abrigada para el verano. La corbata era de punto.
—Ah, no lo sé.
—Bueno, si andas buscando la reunión, es abajo en el sótano. —Su sonrisa era tan natural y sociable que Phury casi se la devolvió antes de que recordase las diferencias dentales entre las especies—. Voy hacia allí ahora, si quieres puedes venir conmigo. Si quieres esperar un poco, también está bien.
Phury miró hacia abajo a las manos del hombre. Todavía estaba secándolas, adelante y atrás, de acá para allá.
—Estoy nervioso —dijo el tipo—. Me sudan las manos.
Phury sonrió un poco.
—Sabes... creo que quizás vaya contigo.
—Bien. Soy Jonathon.
—Yo soy Ph-Patrick.
Phury se alegró de que no se dieran la mano. Él no tenía una toalla de papel, y el tener las manos en los bolsillos estaba empeorando el estado de sus propias palmas sudorosas.
El sótano del CCEC (centro comunitario del este de Caldwell) tenía paredes de bloques de cemento que estaban blanqueadas en un tono crema; el suelo alfombrado con una moqueta, de alto tránsito de pelo corto color café oscuro; y una gran cantidad de luces fluorescentes en el bajo cielo raso. La mayor parte de las treinta y tantas sillas que estaban distribuidas en un gran círculo tenían ya un ocupante, y cuando Jonathon se encaminó a una vacante en el centro de la habitación, Phury le hizo un gesto con la cabeza como diciendo te-veo-más-tarde y eligió una tan cerca de la puerta como le fue posible.
—Son las nueve en punto —dijo una mujer de corto cabello negro. Poniéndose de pie, leyó de un trozo de papel—. «Todo lo que se dice aquí, queda aquí. Cuando alguien habla, no hay conversaciones laterales o cruzadas...»
No oyó el resto porque estaba demasiado ocupado observando quien estaba allí. Nadie más llevaba Aquascutum como él, y eran todos humanos. Cada uno de ellos. El rango de edad iba desde los jóvenes de veinte hasta finales de los cuarenta, puede que porque la hora del día era conveniente para personas que trabajaban o iban a la universidad.
Mirando fijamente sus rostros, trató de imaginarse que habría hecho cada uno de ellos para terminar aquí, en este sótano sombrío que olía a coco, con sus traseros plantados en plástico negro.
No pertenecía a aquí. Ésta no era su gente, y no sólo porque ninguno de ellos tuviera colmillos y un problema con la luz del sol.
Se quedó de todas formas, porque no tenía ninguna otra parte a dónde ir, y se preguntó si eso podría ser cierto para algunos de ellos también.
—Éste es un grupo de charlas —dijo la mujer—, y esta noche va a hablar Jonathon.
Jonathon se puso de pie. Sus manos estaban todavía manoseando los restos de la toalla de papel, frotándoselas de acá para allá sobre lo que ahora parecía un manoseado cigarrillo Bounty .
—Hola, mi nombre es Jonathon. —Un murmullo de holas rebotó por la habitación—. Y soy un adicto a las drogas. Yo... Yo, ah, he consumido cocaína durante cerca de una década y lo perdí casi todo. He sido encarcelado dos veces. He tenido que declararme en bancarrota. Perdí mi casa. Mi esposa... Ella, ah, ella se divorció de mí y se mudó de estado con mi hija. Inmediatamente después de eso, perdí mi empleo como profesor de física porque simplemente iba de juerga en juerga. Llevo limpio desde, sip, el pasado agosto. Pero... todavía pienso en consumir. Vivo en una casa de transición porque pasé por rehabilitación y tengo un nuevo puesto. Empecé hace dos semanas. De hecho, enseño en una prisión. La prisión en la que estuve preso. Matemáticas, son matemáticas. —Jonathon se aclaró la voz—. Sí... Entonces, ah, hace un año esta noche... Hace un año esta misma noche estaba en un callejón en el centro. Estaba comprándole a un distribuidor y nos sorprendieron. No los polizontes. Sino el tipo en cuyo territorio estábamos. Me dispararon en el costado y en el muslo. Yo...
Jonathan se aclaró la garganta otra vez.
—Mientras yacía allí sangrando, sentí que me movían los brazos. El que disparó me sacó el abrigo, la cartera y el reloj de pulsera, luego me golpeó con la pistola en la cabeza. Yo en realidad... Yo en realidad no debería estar aquí ahora. —Hubo un montón de ajás murmurados—. Comencé a venir a reuniones de este tipo porque no tenía ningún otro sitio al que ir. Ahora elijo venir aquí porque quiero estar donde estoy esta noche más de lo que quiero estar colocado. Algunas veces… algunas veces ese margen por el que me decido a venir aquí, es muy pequeño, así que no planeo el futuro más allá del próximo martes a las nueve en punto. Cuando venga aquí otra vez. Así que, sip, es ahí donde he estado y donde estoy.
Jonathon se sentó de nuevo.
Phury esperaba que la gente lo acosara con preguntas y comentarios. En lugar de eso, alguien más se puso de pie.
—Hola, mi nombre es Ellis...
Y eso fue todo. Persona tras persona brindando testimonio sobre su adicción.
Cuando eran las nueve cincuenta y tres, según el reloj de la pared, la mujer de cabello negro se puso de pie.
—Y ahora la Oración de Serenidad.
Phury se puso de pie con el resto de ellos y se sobresaltó cuando alguien trató de tomar su mano.
Sin embargo, su palma ya no estaba mojada.
No sabía si iba a ser a largo plazo. El hechicero había estado con él gran cantidad de años y le conocía como a un hermano. Lo único que si sabía con seguridad era que el siguiente martes a las nueve de la noche en punto iba a estar aquí otra vez.
Salió con los demás, y cuando el aire de la noche le golpeó, casi se dobló por la necesidad de encender un porro.
Mientras todos los demás se dispersaban hacia sus coches, los motores arrancaban y los focos delanteros se encendían, se sentó en uno de los columpios con las manos en las rodillas y los pies plantados en el parche de tierra desnuda.
Por un segundo, creyó que estaba siendo observado… aunque tal vez la paranoia fuera una fase de la recuperación, quién coño lo sabía.
Después de unos diez minutos, encontró una sombra oscura y se desmaterializó hacia el norte, hacia la propiedad de Rehv.
Cuando tomó forma detrás del gran y ostentoso rancho de las Adirondack, lo primero que vio fue una silueta detrás de las puertas de cristal corredizas del refugio.
Cormia lo estaba esperando.
Deslizándose fuera, cerró suavemente la puerta corrediza y cruzó los brazos para darse calor. El jersey tejido de lana irlandesa que llevaba era de él, y las mallas se las había pedido prestadas a Bella. Tenía el cabello largo hasta por debajo de las caderas y lo llevaba suelto, las luces que se derramaban a través de las ventanas de cristal del rancho hacían que resplandeciera como el oro.
—Hola —dijo ella.
—Hola.
Avanzó, pasando del césped a la terraza de piedra.
—¿Tienes frío?
—Un poco.
—Bien, eso significa que puedo calentarte. —Abrió los brazos, y ella se metió entre ellos. Incluso a través del grueso suéter, sentía su cuerpo contra el de él—. Gracias por no preguntar cómo me fue. Todavía estoy intentando... Realmente, no sabría qué decirte.
Ella desplazó las manos desde su cintura hasta sus hombros.
—Me lo dirás siempre y cuando estés listo.
—Voy a volver.
—Bien.
Se sostuvieron el uno al otro en la noche fresca, dándose calor mutuamente, mucho calor.
Él le deslizó los labios por la oreja y susurró:
—Quiero estar dentro de ti.
—Sí... —le respondió, arrastrando la palabra.
Dentro no podrían estar a solas, pero aquí si lo estaban, bajo el tranquilo y oscuro abrigo del rancho. Empujándola hacia atrás, internándose más profundamente entre las sombras, metió las palmas de las manos por debajo del borde del suéter y las deslizó sobre la piel de su shellan. Suave, cálida, y vital, se arqueó bajo su toque.
—Dejaré que te quedes con la parte superior puesta—dijo—. Pero nos desharemos de esas mallas.
Enganchando los pulgares en la pretina, se las bajó hasta los tobillos y se las sacó por los pies.
—No tienes frío, ¿verdad? —le preguntó, aún cuando podía sentir y captar el aroma de su respuesta.
—En absoluto.
La pared del rancho era de piedra, pero sabía que ese pesado tejido irlandés le serviría de colchón para los hombros.
—Reclínate hacia atrás para mí.
Mientras lo hacía, le rodeó la cintura con el brazo para protegerla aún más y con la mano libre encontró su pecho. La besó profunda, larga y lentamente, y la boca de ella se movió bajo la suya de formas que eran a la vez familiares y misteriosas… pero, bueno, hacerle el amor siempre era así, ¿cierto? A esas alturas, estaba bien familiarizado con ella por dentro y por fuera… no había nada de él que no hubiera estado en su interior de una u otra forma. Y aún así estar con ella era tan asombroso como la primera vez.
Era la misma, y sin embargo siempre era distinta.
Y ahora ella era consciente de lo que le estaba ocurriendo. Sabía que necesitaba ejercer el control sobre ambos en ese momento, sabía que necesitaba ser el que dirigiera. En ese instante, necesitaba hacer algo que fuera correcto y bello y hacerlo bien, porque después de esa reunión en todo lo que podía pensar era en toda la fealdad que había vivido y que le había hecho vivir a los demás, y que casi le hace vivir a ella.
Se tomó su tiempo, hundiendo la lengua en su boca y luego retirándola, acariciándole el pecho, y las inversiones tuvieron un dividendo que hizo que su erección prácticamente se abriera camino a puñetazos para salir de sus pantalones: Cormia se derritió entre sus brazos, volviéndose fluida y ardiente.
Su mano flotó hacia abajo.
—Creo que debería asegurarme de que no se esté colando ninguna corriente de aire.
—Por favor... hazlo —gimió, dejando caer la cabeza a un lado.
No estaba seguro de si ella exponía su garganta a propósito, pero a sus colmillos no les importó. Instantáneamente se prepararon para la penetración, bajando de su mandíbula superior, afilados y hambrientos.
Metió la mano entre sus muslos, y el húmedo calor que encontró hizo que se le doblaran las rodillas. Había tenido la intención de continuar haciendo las cosas lentamente, pero no habría más de eso.
—Oh, Cormia —gimió, deslizando las manos alrededor de los contornos de sus caderas y alzándola. Su cuerpo le separó los muslos ampliamente—. Desabrocha mis pantalones... Libérame...
Mientras su aroma de vinculación rugía, ella liberó su erección y los unió con un deslizamiento que no le demandó ningún esfuerzo pero que sin embargo estaba lleno de poder.
Volvió a echar la cabeza atrás mientras él la sostenía y la hacía oscilar hacia delante y hacia atrás para que lo cabalgara. También tomó su vena en una hazaña de coordinación que fue pan comido.
Justo cuando sus colmillos abrían una brecha en la dulce piel de su cuello, los brazos de ella se ciñeron sobre sus hombros, y las manos se cerraron sobre su camisa arrugándola dentro de los puños.
—Te amo...
Por una fracción de segundo, Phury se congeló.
Fue un momento muy puro para él, en todo aspecto, la percepción de su peso en la palma de las manos, su centro rodeándole el sexo, su garganta en la boca y el aroma de ambos mezclándose y el olor del bosque y el aire claro como agua. Distinguía el equilibrio entre su pierna completa y su prótesis y cómo le tiraba la camisa bajo los brazos porque ella la había acumulado dentro de sus puños. Distinguía el golpeteo de su pecho contra el suyo, el pulso de ambas sangres la de ella y la suya, la acumulación de la tensión erótica.
Sin embargo, lo principal, era que distinguía el soporte que era el amor del uno por el otro.
No podía recordar nada que hubiera sido así de intenso, así de verdadero.
Éste era el don de la recuperación, pensó. La capacidad de estar aquí en este momento con la hembra que amaba y poder estar completamente consciente, completamente despierto, completamente activo. Sin diluir.
Pensó en Jonathon y la reunión y lo que el tipo había dicho: Quiero estar donde estoy esta noche más que lo que quiero estar colocado.
Sí. Maldita sea... Sí.
Phury empezó a moverse de nuevo, tomando y dando por turnos.
Jadeante y sobreexcitado, siguió experimentando cómo llegaban juntos... lo experimentó vívidamente.

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