jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 55 56 57

Capítulo 55

Xhex salió del club a las cuatro y doce de la madrugada. El personal de limpieza estaba abocado a su tarea de aspirar, frotar y sacar brillo, y se encargarían de cerrar las puertas ya que ella había dejado las alarmas listas para activarse automáticamente a las ocho en punto. Las cajas registradoras estaban vacías, y la oficina de Rehvenge no sólo estaba cerrada con llave sino que además era impenetrable.
Su Ducati la estaba esperando en una esquina del garaje privado donde se estacionaba el Bentley cuando Rehv no necesitaba sus ruedas. Sacó la motocicleta negra, la montó mientras la puerta rodaba hasta cerrarse, y encendió a la perra de un puntapié.
Nunca usaba casco.
Siempre llevaba puestos pantalones de cuero y su chaqueta de motorista.
La motocicleta rugió entre sus piernas, y para ir a casa decidió tomar el camino largo, que zigzagueaba entrando y saliendo del laberinto de calles de una sola vía del centro de la ciudad, para luego llevar la Ducati hacia la autopista Norte. Iba a más de cien cuando sobrepasó a un coche de la policía que estaba estacionado bajo los pinos, en la franja central de la carretera.
Nunca llevaba las luces encendidas.
Lo cual explicaba por qué, asumiendo que hubiera activado el radar del tipo y que él no estuviera durmiendo detrás de su insignia, no fue detrás de ella. Era difícil perseguir lo que no se podía ver.
Tenía dos casas en Caldwell para ir a descansar: un apartamento que quedaba en un sótano en el centro de la ciudad, que utilizaba cuando necesitaba un lugar de retiro con urgencia, y una aislada cabaña de dos dormitorios ubicada a orillas del río Hudson.
El camino de tierra que llevaba hacia su propiedad a orillas del río no era más que una senda, debido a que había dejado crecer la maleza durante los últimos treinta años. En la parte más alejada de esa maraña, la cabaña de pesca de los años veinte descansaba sobre un terreno de tres hectáreas, era una casa sólida pero sin ningún atractivo. El garaje estaba separado de la casa y ubicado del lado derecho del terreno, y eso había sido un importante valor agregado en el momento de comprar la propiedad. Era la clase de hembra que le gustaba mantener mucho armamento a su alrededor, y el guardar las municiones fuera de la casa reducía la posibilidad de que explotara accidentalmente en sueños.
La moto entró al garaje. Ella entró a la casa.
Al entrar por la cocina, se deleitó por la manera en la que olía el lugar: a viejos tablones de pino del techo, las paredes y los suelos, y a dulce cedro de los armarios que habían sido construidos para guardar el equipo de caza.
No tenía un sistema de seguridad. No creía en ellos.
Se tenía a sí misma. Y eso siempre había sido suficiente.
Después de tomarse una taza de café instantáneo, entró a su dormitorio y se despojó de toda la ropa de cuero. Vestida sólo con el sostén y las bragas deportivas color negro, se tendió en el suelo desnudo y se preparó a sí misma.
A pesar de ser tan fuerte, siempre necesitaba un momento para juntar el valor necesario.
Cuando estuvo lista, llevó las manos hasta sus muslos, para quitarse las fajas con púas de metal que llevaba incrustadas en su piel y músculos. Las cerraduras de los cilicios se soltaron con un estallido, y gimió cuando la sangre empezó a manar de sus heridas. Con la visión titilando, se hizo un ovillo y se tendió sobre un costado, intentando respirar por la boca.
Esa era la única manera en que podía controlar su lado sympath. El dolor era su automedicación.
Cuando su piel se tornó resbaladiza por la sangre, y el sistema nervioso se estabilizó, sintió un hormigueo recorriéndole el cuerpo. Lo consideró como una recompensa por ser fuerte, por mantener la cordura. Seguramente era algo químico, no era otra cosa que endorfinas de la variedad de jardín corriendo por sus venas, pero había algo mágico en esa rítmica y chispeante sensación de hormigueo.
Era en momentos como ese en que se sentía tentada de comprar algo de mobiliario para adecuar al lugar, pero ese impulso era fácil de resistir. El suelo de madera era mucho más fácil de limpiar.
Cuando ya había comenzado a respirar mejor, el corazón estaba bajando el ritmo y el cerebro comenzaba a encenderse nuevamente algo asomó repentinamente a su mente, que revirtió la tendencia a la estabilización.
John Matthew.
John Matthew... ese bastardo. Por amor de Dios, él tenía, como ¿Qué? ¿Unos doce años? ¿Qué demonios se pensaba, tratando de seducirla?
Se lo imaginó bajo las luces del cuarto de baño del entresuelo, con el rostro de un guerrero, no el de un muchacho joven, y con el cuerpo de un macho que podía satisfacer, no el de un chico tímido con problemas de autoestima.
Estirando la mano hacia el costado, acercó los pantalones de cuero y sacó la toalla de papel doblada que él le había dado. Al desplegarla, leyó lo que había escrito.
La próxima vez di mi nombre. Tu orgasmo será mucho más prolongado.
Gruñó y arrugó la maldita cosa. La mitad de su mente la instaba a levantarse y quemarla.
En cambio, deslizó la mano libre entre sus piernas.
Mientras salía el sol y la luz se derramaba en su dormitorio, Xhex imaginó a John Matthew acostado de espaldas debajo de ella, impulsando eso que había visto en sus vaqueros hacia arriba para encontrarse con los empujes de su cabalgada…
No podía creer que estuviera teniendo esa fantasía. Y estaba molesta como el infierno con él por eso. Hubiera cortado con esa mierda de inmediato, de haber podido.
Pero lo único que hizo fue pronunciar su nombre.
Dos veces.





Capítulo 56

La Virgen Escriba tenía problemas con la autoridad.
Lo cual no era algo tan malo considerando que era una diosa, creadora de un mundo entero dentro del mundo y forjadora de una historia dentro de la historia del universo.
Sinceramente. No era algo malo.
Bien, hasta podía ser considerado algo bueno… si se usaba con moderación.
La Virgen Escriba flotó hasta el santuario sellado que tenía en sus habitaciones privadas, y con su voluntad, abrió las puertas dobles. De la habitación recién abierta salió neblina, que se derramó y onduló como tela de satén en el viento. Cuando la condensación del ambiente retrocedió, su hija fue revelada, el poderoso cuerpo de Payne permanecía en estado de suspensión inanimada en el aire.
Payne era igual a su padre: agresiva, calculadora y poderosa.
Peligrosa.
No había habido lugar entre las Elegidas para una hembra como Payne. Tampoco había habido lugar para ella en el mundo de los vampiros. Cuando tuvo lugar ese último acto final suyo, la Virgen Escriba había aislado allí a la hija, que no encajaría en ninguna parte, para mantener a todo el mundo seguro.
Ten fe en tu creación.
Las palabras del Primale habían estado resonando en su mente desde que las había pronunciado. Y exponían una verdad que había estado enterrada en la misma base de los pensamientos más privados y los temores de la Virgen Escriba.
La vida de los machos y las hembras a quienes ella había convocado del estanque biológico, con el don de su voluntad no podían ser almacenadas en secciones separadas como los libros de la biblioteca del Santuario. Ciertamente el orden era algo atractivo, al igual que la seguridad y la protección que brindaba. Pero sin embargo, la Naturaleza en sí misma y el carácter de los seres vivos, eran desordenados e imprevisibles, y no admitían el confinamiento.
Ten fe en tu creación.
La Virgen Escriba podía ver muchas cosas de las que estaban por venir, legiones enteras de triunfos y tragedias, pero eran meros granos de arena en la inmensidad de una playa. La totalidad del destino, no la podía prever: Ya que el futuro de la raza que ella había creado estaba ligado demasiado estrechamente a su propio destino, la prosperidad o la desaparición de su gente le era desconocida e imposible de discernir.
Lo único que podía ver en su totalidad era el presente, y el Primale tenía razón. Sus amados hijos no estaban prosperando, y si las cosas seguían como hasta ahora, pronto no quedaría nada de ellos.
El cambio era la única esperanza que tenían para el futuro.
La Virgen Escriba se sacó la capucha negra de la cabeza y la dejó caer sobre la espalda. Extendiendo la mano, envió un caluroso torrente de moléculas hacia su hija a través del aire inmóvil.
Los ojos diamantinos de Payne, tan parecidos a los de su hermano gemelo Vishous se abrieron súbitamente.
—Hija —llamó la Virgen Escriba.
No se sorprendió por la respuesta.
—Jódete.





Capítulo 57

Más de un mes después, Cormia se despertó de la misma forma en la que ya se estaba acostumbrando a recibir la caída de la noche.
Las caderas de Phury apretadas contra las suyas, su cuerpo saludándola con una erección dura como la piedra. Probablemente aún estuviera dormido, y al rodar sobre el estómago y hacerle lugar, sonrió, sabiendo cual sería su respuesta. Sip, estuvo sobre ella al instante, su cuerpo la cubrió como una manta cálida, envolvente y…
Gimió cuando la penetró.
—Mmmm —le dijo al oído—. Buenas tardes, shellan.
Cormia sonrió e inclinó la columna vertebral para que pudiera entrar aún más profundamente
—Hellren mío, cómo estás tú…
Ambos gimieron cuando él se introdujo más, la poderosa estocada llegándole directamente al alma. Mientras la montaba lenta y dulcemente, hocicando su nuca, pellizcándola con los colmillos, juntaron las manos y entrelazaron los dedos.
Aún no estaban oficialmente emparejados, ya que había habido mucho que hacer con las Elegidas, quienes querían saber cómo era este mundo. Pero siempre estaban juntos, en todo momento, y Cormia no podía imaginar cómo alguna vez habían podido vivir separados.
Bueno… había una noche a la semana en la cual se separaban por un rato. Phury iba todos los martes a su reunión de NA.
Dejar el humo rojo era muy duro para él. Había veces en que se ponía tenso o sus ojos perdían el enfoque, o tenía que luchar para no estallar ante una situación que le molestara. Había tenido sudores diurnos durante las primeras dos semanas, y aunque estaban disminuyendo, su piel todavía pasaba por periodos en los cuales se ponía extremadamente sensible.
Sin embargo, no había tenido ni una sola recaída. Sin importar cómo de mal se pusieran las cosas, no se daba por vencido. Y tampoco había ingerido nada de alcohol.
Independientemente de eso, sí habían estado teniendo mucho sexo. Lo cual a ella le parecía genial.
Phury se retiró y la puso de espaldas. Cuando se volvió a acomodar en su lugar, encima de ella, la besó apasionadamente, llevó las palmas de las manos hacia sus pechos, acariciándole con la punta de los dedos los erectos pezones. Arqueándose, deslizó las manos entre sus cuerpos, tomó su erección y le acarició como a él le gustaba, de la base a la punta, de la base a la punta.
Sobre la cómoda, el móvil emitió un pitido, pero lo ignoraron mientras ella sonreía ampliamente y lo guiaba nuevamente a su interior. Cuando fueron uno nuevamente, explotó una tormenta de fuego que los envolvió, confiriéndole urgencia a su ritmo. Aferrándose a los hombros ondulantes de su amor e imitando sus empujes, fue llevada flotando hacia las alturas por él, y con él.
Después de pasado y mitigado el ímpetu, abrió los ojos y fue acogida por la cálida mirada amarilla que le daba una sensación de bienestar interior.
—Adoro despertarme —dijo él, besándola en la boca.
—Yo también…
La alarma contra incendios que había en el hueco de las escaleras se activó, su agudo chillido era el tipo de cosas que te hacían desear haber nacido sordo.
Phury se echó a reír y rodó a un lado, apretándola contra su pecho.
—Cinco… cuatro… tres… dos…
—¡Peeerrrrrdoooooooooooón! —clamó Layla desde el pie de las escaleras.
—¿Qué fue esta vez, Elegida? —preguntó también gritando.
—Huevos revueltos—fue su grito de respuesta.
Phury sacudió la cabeza y le susurró a Cormia.
—Ves, yo pensaba que habían sido las tostadas.
—Eso no hubiera sido posible. Rompió la tostadora ayer.
—¿En serio?
Cormia asintió.
—Intentó poner un pedazo de pizza. El queso.
—¿Por todas partes?
—Por todas partes.
Phury gritó.
—Está bien, Layla. Siempre puedes limpiar la sartén e intentarlo de nuevo.
—No creo que la sartén vuelva a funcionar otra vez —fue la respuesta que le llegó.
Phury bajó la voz.
—Ni pienso preguntar por qué.
—¿No es de metal?
—Debería serlo.
—Será mejor que vaya a ayudarle. —Cormia se incorporó y le gritó—: ¡Ya bajo, mi hermana! En dos segundos.
Phury tiró de ella para besarla, y luego la dejó marchar. Se dio una ducha rápida, es decir a la velocidad del relámpago, y salió vestida con unos vaqueros y una de las camisas Gucci de Phury.
Tal vez se debiera a que durante años se había vestido con túnicas amplias, pero el hecho era que no le gustaba usar ropa apretada. Lo cual a su hellren le parecía muy bien, porque le gustaba verla luciendo sus prendas.
—Ese color te queda perfecto —dijo arrastrando las palabras, mientras la miraba trenzarse el cabello.
—¿Te gusta el color lavanda? —Giró sobre sí misma exhibiéndose ante él, y en la miraba amarilla se encendió una chispa.
—Oh, sí. Me gusta. Ven aquí, Elegida.
Ella se puso las manos en las caderas y en ese momento, comenzó a sonar el piano en la planta baja. Escalas. Lo cual significaba que Selena se había despertado.
—Tengo que bajar, antes de que Layla incendie la casa.
Phury sonrió con esa sonrisa que ostentaba cuando se la estaba imaginando, muy, pero muy desnuda.
—Ven aquí, Elegida.
—¿Qué te parece si voy y regreso con comida?
Phury tuvo la audacia de echar a un lado la enredada sábana y ponerse la mano sobre la dura y gruesa erección.
—Sólo tú tienes lo que necesito para saciar mi hambre.
Una aspiradora se unió al coro de sonidos que venía desde abajo, con lo que quedó claro quien más se había levantado. Amalya y Pheonia sacaban pajuelas todos los días para ver quién iba a usar la Dyson. No importaba que las alfombras del gran rancho de Rehvenge lo necesitaran o no… siempre eran aspiradas.
—Dos segundos —dijo, sabiendo que si se ponía al alcance de sus manos, iban a estar uno sobre el otro—. Entonces regresaré y podrás alimentar mi boca, ¿qué te parece?
El macizo cuerpo de Phury se estremeció, giró los ojos en las órbitas poniéndolos en blanco.
—Oh, sí. Eso es… Oh, sí, ese es un muy buen plan.
Su teléfono emitió un pitido de recordatorio, y él gimiendo, extendió la mano hacia la mesita de noche.
—De acuerdo vete ahora, antes de que te impida salir de aquí por una hora. O cuatro.
Ella río y se encaminó hacia la puerta.
—Dios… querido.
Cormia se giró hacia él.
—¿Qué pasa?
Phury se sentó lentamente, sosteniendo el teléfono en las manos como si valiera más que los cuatrocientos dólares que había pagado por él la semana anterior.
—¿Phury?
Él lo sostuvo ante ella, mostrándole la pantalla.
El mensaje era de Zsadist:
Niña, hace dos horas. Nalla. Espero que estés bien. Z.
Se mordió el labio y suavemente le puso una mano sobre el hombro.
—Debes regresar a la casa. Debes ir a verlo. A verlos.
Phury tragó con fuerza.
—Sí. No lo sé. No voy a regresar allí… pienso que quizá sea mejor así. Wrath y yo podemos hacer lo que necesitemos por medio del teléfono y… Sí. Mejor no.
—¿Vas a contestarle el mensaje?
—Lo haré. —Se cubrió las caderas con la sábana y se quedó mirando fijamente al teléfono.
Después de un momento, ella le dijo:
—¿Te gustaría que lo hiciera yo por ti?
Asintió.
—Por favor. Hazlo en nombre de los dos. ¿Ok?
Besó la cima de su cabeza y escribió:
Bendiciones para ti, para tu shellan y tu hija. Estamos contigo en espíritu, cariños. Phury y Cormia.

La siguiente tarde, Phury estuvo tentado de no ir a la reunión de NA. Muy tentado.
No supo con seguridad qué fue lo que lo decidió a ir. Ni siquiera se dio cuenta de cómo llegó allí.
Todo lo que quería era encender un porro para no sentir el dolor. Pero, ¿en qué clase de persona horrible se había convertido que sentía aflicción? Uno diría que el hecho de que la hija de su gemelo hubiera venido al mundo sana, que Z ahora fuera padre, que Bella hubiera sobrevivido y que la niña estuviera bien… le daría motivos para sentirse encantado y aliviado. Era todo por lo que él y los demás habían estado orando.
No cabía duda, de que debía ser el único que estaba jodiéndose la cabeza con eso. El resto de los Hermanos debía estar ocupado brindando por Z y su nueva hija y consintiendo a Bella. Las celebraciones durarían semanas y Fritz estaría extasiado preparando muchas comidas especiales y ceremonias.
Phury podía imaginárselo. La gran entrada de la mansión estaría cubierta con telas colgadas, de color verde brillante, por el linaje de Z, y púrpura, por el de Bella. Se colgarían coronas de flores en cada una de las puertas de la casa, incluso en los armarios y gabinetes, para simbolizar que Nalla había pasado a este lado. Las chimeneas se dejarían encendidas durante días con dulces leños, esos que ardían lentamente, con piezas de madera tratada cuyas llamas de color rojo arderían como símbolo de la nueva sangre amada.
Al comienzo de la vigésimo cuarta hora de nacimiento, todas las personas de la casa llevarían a los orgullosos padres enormes lazos entretejidos con cintas de sus colores familiares. Los lazos se atarían en las barras de la cuna de Nalla, como compromiso de velar por ella a lo largo de su vida. Al final de la hora, el lugar donde tuviera apoyada la preciosa cabecita estaría cubierto con una cascada de lazos de raso, cuyas largas puntas llegarían hasta el suelo formando un río de amor.
A Nalla le regalarían invaluables joyas, estaría cubierta con ropajes de terciopelo y sería sostenida por brazos gentiles. Sería apreciada por el milagro que era, y su nacimiento le daría regocijo a los corazones de aquellos que habían aguardado con esperanza y temor el momento de darle la bienvenida.
Sí... Phury no supo qué lo impulsó a ir al centro comunitario. Y no supo cómo había hecho para atravesar esa puerta y entrar en ese sótano. Tampoco supo qué lo indujo a quedarse.
Lo que sí sabía era que cuando regresó a la casa de Rehvenge, no pudo entrar.
En su lugar se sentó en la terraza de la parte trasera, en una silla tejida de mimbre, bajo las estrellas. Tenía la mente en blanco. Y a su vez la tenía absolutamente colmada.
En algún momento salió Cormia y le puso la mano en el hombro, como siempre hacía cuando percibía que estaba muy concentrado en sus pensamientos. Le besó la palma de la mano y ella le dio un beso en los labios y volvió a entrar, probablemente para seguir trabajando en los planos del nuevo club de Rehvenge.
Era una noche tranquila y definitivamente fría. De vez en cuando soplaba el viento y se colaba entre las copas de los árboles, las hojas otoñales crujían entrechocándose entre ellas con un sonido arrullador como si disfrutaran de su atención.
Detrás de él en la casa, podía oír el futuro. Las Elegidas estaban extendiendo los brazos hacia este mundo, aprendiendo cosas sobre ellas mismas y sobre este lado. Estaba muy orgulloso de ellas, y supuso que de cierta forma se parecía a los Primale de la vieja tradición, ya que mataría para proteger a sus hembras y haría lo que fuera por ellas.
Pero era un amor paternal. Su amor de macho era para Cormia, pura y exclusivamente para ella.
Phury se frotó el centro del pecho y permitió que las horas pasaran, a su propio ritmo, y que el viento soplara en ráfagas como lo hacía, con su propia fuerza. La luna alcanzó su ápice en el cielo y comenzó a descender. Dentro de la casa, alguien puso ópera. Gracias a Dios, alguien la cambió a hip-hop. Alguien encendió una ducha. Alguien pasó la aspiradora. Otra vez.
La vida. En toda su mundana majestad.
Y no se podía disfrutar de ella, si uno permanecía sentado sobre su trasero en las sombras… tanto si se estaba hablando literalmente, o metafóricamente porque estabas atrapado en la oscuridad de un adicto.
Phury bajó la mano y tocó la pantorrilla de su prótesis. Había llegado hasta aquí con sólo una parte de su pierna. Y viviría el resto de su vida sin su gemelo y sin sus hermanos… podía hacer eso, también. Tenía mucho que agradecer, y eso tendría que ser compensación suficiente.
No siempre se sentiría tan vacío.
Alguien en la casa volvió a poner la ópera.
Oh, mierda. Puccini esta vez.
«Che Gelida Manina».
De todas las opciones que tenían, ¿por qué escoger el único solo que seguramente le haría sentir peor? Dios, no había vuelto a escuchar La Bohème desde… bueno, desde lo que parecía una eternidad. Y el sonido que había amado tanto oprimió sus costillas tan estrechamente, que no podía respirar.
Phury apretó los brazos de la silla y comenzó a ponerse de pie. Sencillamente era incapaz de escuchar la voz de ese tenor. Ese glorioso y encumbrado tenor le recordaba tanto a…
Zsadist apareció en el límite del bosque. Cantando.
Estaba cantando… era el tenor que oía Phury, no era un CD dentro de la casa.
La voz de Z navegaba los picos y los valles del aria mientras avanzaba por el césped, acercándose cada vez más con cada resonante palabra perfectamente afinada. El viento se convirtió en la orquesta del Hermano, haciendo flotar esos espectaculares sonidos que salían de su boca y abrían una brecha sobre el césped y los árboles, elevándose hacia las montañas y los cielos que era el único lugar en dónde un talento como ese podía haber nacido.
Phury se puso de pie como si la voz de su gemelo y no sus propias piernas, lo hubiera levantado de la silla. Este era el agradecimiento que no había sido pronunciado. Ésta era la gratitud por el rescate y la apreciación por la vida que vivía. Esa era la garganta abierta de un padre maravillado, al que le faltaban las palabras para expresarle como se sentía a su hermano y que necesitaba la música para demostrarle todo lo que hubiera deseado poder decirle.
—Ah, demonios… Z —susurró Phury en medio de la gloria.
Cuando el solo alcanzó su punto culminante, y las emociones del tenor golpearon con mayor intensidad, uno por uno los miembros de la Hermandad fueron apareciendo, emergiendo desde la oscuridad, librándose de la noche. Wrath. Rhage. Butch. Vishous. Todos estaban vestidos con el atuendo ceremonial blanco que debían usar para honrar la vigésimo cuarta hora de nacimiento de Nalla.
Zsadist cantó la última delicada nota de la pieza justo cuando se detuvo frente a Phury.
Y cuando la estrofa final, «¡Vi piaccia dir!» se elevó flotando hacia el infinito, Z extendió la mano.
Ondeando en el viento nocturno había un enorme lazo de satén color verde y oro.
Cormia se situó a su lado en el momento exacto. Cuando pasó el brazo alrededor de la cintura de Phury, pasó a ser lo único que lo mantenía en pie.
En la Antigua Lengua, Zsadist dijo:
—¿Podrían ambos honrar a mi hija recién nacida con los colores de sus linajes y el amor de sus corazones?
Z hizo una profunda reverencia, ofreciéndole el lazo.
La voz de Phury estaba ronca, cuando tomó la ondeante longitud de satén.
—Sería el mayor honor de toda mi vida brindarle nuestros colores a tu hija recién nacida.
Cuando Z se enderezó, fue imposible determinar quién dio el primer paso.
Lo más probable es que se hayan encontrado en el medio.
Ninguno de los dos dijo nada mientras se abrazaron. A veces las palabras no abarcaban lo suficiente, los recipientes de letras y cucharones de gramática eran incapaces de contener los sentimientos del corazón.
La Hermandad comenzó a aplaudir.
En algún momento, Phury extendió la mano y tomó la de Cormia, acercándola a él.
Dio un paso atrás y miró a su gemelo.
—Dime, ¿Tiene los ojos amarillos?
Z sonrió y asintió.
—Sí, los tiene. Bella dice que se parece a mí… lo que significa que se parece a ti. Ven a conocer a mi hija, hermano mío. Regresa y conoce a tu sobrina. Hay un gran espacio vacío en la cuna y necesitamos que vosotros dos lo llenéis.
Phury mantuvo a Cormia muy cerca y sintió que le acariciaba el centro del pecho con la mano. Respirando hondo, escrutó sus ojos.
—Esa es mi opera favorita y mi solo favorito.
—Lo sé. —Z le sonrió a Cormia e hizo referencia a las dos primeras líneas—, «Che gelida manina, se la lasci riscaldar». Y ahora tienes una pequeña mano que calentar en la tuya.
—Lo mismo se puede decir de ti, hermano.
—Es cierto. Es benditamente cierto. —Z se puso serio—. Por favor… ven a verla… pero también ven a vernos a nosotros. Los hermanos te extrañan. Yo te extraño.
Phury entrecerró los ojos, y algo encajó en su lugar.
—Eres tú, ¿verdad? Has venido al centro comunitario. Me observas mientras estoy sentado en ese columpio.
A Z se le enronqueció la voz.
—Estoy tan condenadamente orgulloso de ti.
Cormia concordó con él.
—Yo también.
Phury pensó que el momento era perfecto. Perfecto porque tenía a su gemelo ante él y a su shellan al lado, y el hechicero no se veía por ninguna parte.
Era un momento tan perfecto que supo que iba a recordarlo de por vida, tan claro y tan conmovedor como lo estaba viviendo en ese momento.
Phury besó la frente de su shellan, demorándose contra ella, dando gracias. Luego le sonrió a Zsadist.
—Será un placer. Iremos a la cuna de Nalla, con placer y reverencia.
—¿Y sus cintas?
Él miró el verde y el oro, las hermosas piezas de satén entrelazadas, que simbolizaban la unión entre él y Cormia. Repentinamente, ella tensó los brazos alrededor de él, como si estuviera pensando exactamente la misma cosa.
En conclusión, los dos se compenetraban a la perfección.
—Sí, mi hermano. No te quepa duda que iremos con nuestras cintas. —La miró profundamente a los ojos—. Y, sabes, si sobra algo de tiempo para realizar una ceremonia de emparejamiento, sería genial porque…
Los gritos, silbidos y las palmadas en las espaldas de la Hermandad interrumpieron el resto de lo que iba a decir. Pero Cormia percibió lo esencial. Nunca había visto a una hembra sonreír tan hermosa y ampliamente como lo hizo ella mientras lo miraba.
Así que seguramente debió haber entendido lo que quería decirle.
La frase «Te amo para siempre», no siempre debía ser dicha para ser entendida.




Fin

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