jueves, 26 de mayo de 2011

AMANTE CONSAGRADO/CAPITULO 7 8 9

Capítulo 7

En la planta alta en su dormitorio color rojo sangre, Cormia no podía librarse de la sensación de que al salir al exterior, había desatado una cadena de eventos, que no podía predecir como culminaría. Lo único que sabía era que detrás de la cortina de terciopelo que cubría el escenario, las manos del destino estaban manipulando los hechos, y que cuando las dos mitades volvieran a abrirse, algo nuevo iba a ser revelado.
No estaba segura de confiar en que el destino hiciera que el próximo acto de la obra fuera a ser uno del cual disfrutara. Pero estaba atrapada en la audiencia sin ningún lugar adónde ir.
Salvo que, en realidad, eso no era enteramente cierto.
Yendo hacia la puerta, abrió una rendija y miró el pasillo que iba hacia el ala oriental en dirección a lo alto de la gran escalera.
La sala de las estatuas estaba hacia la derecha.
Cada vez que subía al segundo piso, captaba un atisbo de las elegantes figuras dispuestas en el pasillo con ventanas y se quedaba fascinada. Por su formalidad y sus cuerpos congelados con túnicas blancas, le recordaban al Santuario.
Su desnudez y masculinidad, le eran absolutamente ajenas.
Si podía salir, podía ir a ver las estatuas de cerca. Seguro que podía.
Descalza se deslizó suavemente por el pasillo, pasó por delante del dormitorio del Primale, luego frente al de Rhage y Mary. El estudio del Rey, que estaba justo en lo alto de las escaleras, estaba cerrado, y el vestíbulo mucho más abajo estaba vacío.
Cuando dobló la esquina, las estatuas se extendían a lo largo de un tramo que parecía no tener fin. Situadas del lado izquierdo, estaban iluminadas desde arriba por luces empotradas y separadas unas de otras por ventanas en arco. A la derecha, frente a cada una de las ventanas, había puertas que asumió que llevaban a más dormitorios.
Interesante. Si ella hubiera diseñado la casa, hubiera puesto las habitaciones del lado dónde estaban las ventanas para que hubieran disfrutado del beneficio de la vista al jardín. De la forma en que estaban dispuestas ahora, si es que había triangulado correctamente la disposición de la mansión, los dormitorios tenían vista al ala opuesta, la que servía de límite en el lado contrario del patio del frente. Atractivo, ciertamente, pero era mejor tener vistas arquitectónicas en los pasillos, y paisajes de jardines y montañas en los dormitorios. Al menos, en su opinión.
Cormia frunció el ceño. Últimamente había estado teniendo extraños pensamientos de ese estilo. Pensamientos acerca de cosas y personas y hasta plegarias que no siempre tenían un cariz positivo. Las opiniones fortuitas la hacían sentir intranquila, pero no podía evitarlas.
Tratando de no pensar acerca de dónde provenían o que significaban, dobló la esquina y enfrentó el pasillo.
La primera estatua era de un macho joven —un macho humano, a juzgar por su tamaño— que estaba cubierto de ricas vestiduras que caían desde su hombro derecho hasta la cadera izquierda. Sus ojos apuntaban a media altura, y el rostro tenía una expresión serena, ni triste ni alegre. Su pecho era amplio, y la parte superior de sus brazos era fuerte y aún así elegante, tenía el estómago plano y se le marcaban las costillas.
La siguiente estatua era similar, sólo que los miembros estaban dispuestos de diferente forma. Y la siguiente estaba en otra posición también distinta a las anteriores. La cuarta también… salvo que ésta estaba completamente desnuda.
El instinto hizo que deseara pasar de largo rápidamente. La curiosidad demandaba que se detuviera y mirara.
Era hermoso en su desnudez.
Miró por encima del hombro. No había nadie en los alrededores.
Extendiendo la mano, tocó el cuello de la estatua. Sintió el mármol cálido, lo que la sorprendió, pero luego se dio cuenta de que su fuente de calor era el foco que estaba encima.
Pensó en el Primale.
Habían pasado un día en la misma cama, ese primer día que pasó aquí con él. Había tenido que pedirle si podía unirse a él en su dormitorio y yació junto a él, y cuando se tendieron bajo las sábanas, la incomodidad se había apoderado de ellos extendiéndose como una manta de cardos sobre ambos.
Pero luego se había quedado dormida… sólo para despertarse con el enorme cuerpo de un macho apretándose contra ella, con una dura y cálida longitud apoyada contra su cadera. Se había sentido demasiado aturdida como para hacer algo aparte de consentir, sin palabras, que el Primale despojara a su cuerpo de la túnica, reemplazándola por su propia piel y el peso de su fuerza.
Ciertamente, las palabras no siempre eran necesarias.
Con una lenta caricia, pasó la punta de sus dedos a través del cálido pecho de mármol de la estatua, deteniéndose en un pezón que resaltaba de la plana base de músculos. Más abajo, las costillas y el estómago seguían un exquisito diseño de ondulaciones. Suave, tan suave.
La piel del Primale era igual de suave.
Su corazón comenzó a latir más fuerte cuando alcanzó la cadera de la estatua.
El cosquilleante calor que sintió no tenía nada que ver con la piedra que tenía delante. En su mente, era al Primale al que estaba tocando. Era su cuerpo el que estaba debajo de sus dedos. Era su sexo y no el de la estatua el que la atraía.
Su mano vagó más abajo hasta que se detuvo revoloteando justo encima del hueso púbico.
El sonido de alguien irrumpiendo en la mansión rebotó desplazándose hacia arriba desde el vestíbulo.
Cormia dio un salto hacia atrás alejándose de la estatua, tan rápido que tropezó con el ruedo de su túnica.
Cuando sintió fuertes pisadas que tomaban por asalto la escalera y subían pesadamente hacia el segundo piso, se puso a cubierto en el nicho de una de las ventanas y espió desde la esquina.
El Hermano Zsadist apareció en lo alto de las escaleras. Estaba vestido para luchar, con dagas sobre su pecho y un arma en la cadera… y a juzgar por la forma en que apretaba la mandíbula parecía que aún estaba en medio de un combate.
Después de que el macho pasó dando zancadas y salió de su campo visual, oyó que golpeaba en lo que debían ser las puertas del estudio del Rey.
Moviéndose silenciosamente Cormia anduvo por el pasillo, y se detuvo en una esquina más cercana al lugar donde estaba el Hermano.
Oyó una brusca orden, y luego el sonido de una puerta abrirse y cerrarse.
La voz del Rey resonó atravesando la pared contra la que estaba apoyada.
—¿No te estás divirtiendo esta noche, Z? Te ves como si alguien hubiera cagado en tu jardín delantero.
Las palabras del Hermano Zsadist fueron sombrías.
—¿Ya ha vuelto Phury?
—¿Esta noche? No, que yo sepa.
—Maldito bastardo. Me dijo que venía a casa.
—Tu gemelo dice muchas cosas. ¿Por qué no me das un 411 con la bomba dramática en curso?
Aplastándose contra la pared, con la esperanza de pasar desapercibida, rezó para que nadie entrara en el pasillo. ¿Qué había hecho el Primale?
—Lo sorprendí haciendo California Rolls de carne de lesser.
El Rey maldijo.
—Pensé que te había dicho que dejaría de hacerlo.
—Así lo hizo.
Hubo un quejido, como si el Rey estuviera frotándose los ojos y tal vez las sienes.
—Entonces dime exactamente con qué te encontraste.
Se produjo una larga pausa.
La voz del Rey se hizo aún más baja.
—Z, tío, háblame. Si es que voy a tomar cartas en el asunto, debo saber a lo que me enfrento.
—De acuerdo. Lo encontré con dos lessers. Se le había desprendido la pierna, y tenía una marca de quemadura alrededor del cuello como si hubiera sido estrangulado con una cadena. Estaba inclinado sobre el estómago de un asesino con la daga en la mano. Maldita sea… no era consciente de lo que ocurría a su alrededor. No me vio hasta que hablé. Podría haber sido otro jodido lesser, ¿y si lo hubiera sido? En este momento, lo estarían torturando o estaría más muerto que los muertos.
—¿Qué coño voy a hacer con este tipo?
La voz de Z asumió un tono tenso.
—No quiero que lo eches.
—No es tu decisión. Y no me mires de esa forma… sigo siendo tu jefe, impulsivo HDP . —Se produjo un silencio—. Mierda, estoy comenzando a pensar que tu gemelo necesita que lo fletemos vía aérea a ver a un condenado psiquiatra. Es un peligro para sí mismo y para los demás. ¿Le dijiste algo?
—Nos pescaron los del DPC …
—¿En esto también había polis involucrados? Cristo…
—Así que no, no armé un escándalo.
Las voces sonaron amortiguadas hasta que el Hermano Zsadist dijo un poco más alto:
—¿Has pensado lo que le haría eso? La Hermandad es su vida.
—Tú fuiste el que me llamó la atención acerca de este tema. Usa la cabeza. Una semana de rotación y unas pequeñas vacaciones no van a ser suficientes para solucionar esto.
Hubo otro silencio.
—Mira, debo ir a ver cómo está Bella. Sólo te pido que hables con Phury antes de obligarlo a abandonar su hogar. A ti te escuchará. Y devuélvele esto.
Cuando algo pesado golpeó lo que probablemente fuera el escritorio, Cormia se zambulló en una de las habitaciones de huéspedes. Un momento después oyó los pesados pasos del Hermano Zsadist dirigiéndose hacia su habitación.
Peligro para sí mismo y para los demás.
No podía imaginarse al Primale tratando brutalmente a sus enemigos ni poniéndose en peligro debido a un descuido. Pero, ¿por qué iba a mentir el Hermano Zsadist?
No lo haría.
Repentinamente se sintió exhausta, se sentó en la esquina de la cama y miró ociosamente a su alrededor. La habitación tenía el mismo matiz lavanda que su rosa favorita.
Qué hermoso color, pensó, dejándose caer sobre el edredón.
Ciertamente hermoso, aunque no logró apaciguar sus crispados nervios.

La Galería Caldwell tenía dos pisos con Hollister, H&M, Express, Banana Republic y Ann Taylor, y estaba ubicada en la zona residencial de la ciudad. Con JCPenny, Lord&Taylor, y Macy’s anclados en los extremos de los tres radios del plano de distribución, estaba sólidamente ubicada en medio de dicha encrucijada, como suele pasar con los centros comerciales, y la multitud que atraía era una proporción de tres partes de adolescentes y una parte de inquietas y abnegadas madres. En la zona de restaurantes podías encontrar McD’s, KuikWok, California Smoothie, Auntie Anne’s, y Cinnabon. Los kioscos que estaban en los pasillos centrales vendían cosas tejidas, muñecas con cabezas móviles, teléfonos móviles, y calendarios con animales.
El lugar olía a aire rancio y fresas de plástico.
Santa mierda, estaba en el centro comercial.
John Matthew no podía creer que estuviera en el centro comercial. El perfecto ejemplo de un alucinante regreso al punto de partida
Al lugar le habían modernizado el aspecto desde la última vez que lo había visto, habiendo reemplazado los matices de beige por unos motivos jamaicanos en rosa y verde océano. Todo, desde las baldosas del suelo, hasta las papeleras, desde las plantas falsas dispuestas en macetas hasta las fuentes gritaban: Somos lo máximo.
Era algo parecido a un cincuentón vistiendo una camisa hawaiana. Un desequilibrio alegre y poco atractivo.
Dios, como habían cambiado las cosas. La última vez que había estado aquí, había sido un huérfano huesudo caminando junto a un grupo de otros niños no deseados. Ahora aquí estaba, con colmillos en la boca, zapatos del número cuarenta y ocho y medio y un gran cuerpo que provocaba que la gente no deseara meterse en su camino.
No obstante, seguía siendo un huérfano.
Y hablando de huérfanos, por favor, podía recordar muy claramente esos paseos al centro comercial. Todos los años, el St. Francis llevaba a sus pupilos a La Galería antes de Navidad. Lo que era un poco cruel, ya que ninguno de los niños tenía dinero para comprar ninguna de las brillantes y bonitas cosas que estaban a la venta. John siempre había sentido miedo de que los echaran o algo así, porque ninguno llevaba una bolsa de compra que habilitara al grupo a usar los baños.
Pero, esa noche, eso no iba a ser un problema, pensó mientras se palmeaba el bolsillo trasero. En su cartera había cuatrocientos dólares que había ganado trabajando en la oficina del centro de entrenamiento.
Qué alivio era tener verdes para gastar y sentirse parte integrante de la multitud de paseantes.
—¿Te olvidaste de la cartera? —le preguntó Blay.
John negó con la cabeza.
La tengo.
Al frente, a unos pasos de distancia, Qhuinn iba en la delantera y se movía rápido. Había estado ansioso desde que habían entrado, y cuando Blaylock se detuvo frente a Brookstone, el tipo miró el reloj con viva impaciencia.
—Mueve el culo, Blay —dijo bruscamente—. Sólo tenemos una hora antes que sea la hora del cierre.
—¿Qué te pasa? —dijo Blay frunciendo el ceño—. Estás tenso como el demonio, y no de una buena manera.
—Si, lo que tú digas.
Apresuraron el paso, pasando grupos de adolescentes que se mantenían juntos asemejándose a bancos de peces, cada uno separado por especie y sexo: las chicas no se juntaban con los chicos; los góticos y los pijos no se mezclaban. Los límites eran muy claros, y John recordó exactamente cómo funcionaba todo eso. Él había estado fuera de todo grupo, así que había sido capaz de observarlos a todos.
Qhuinn se detuvo frente a Abecrombie and Fitch.
—Urban Outfitters es demasiado fuerte para ti. Vamos a A-and-F que es más de tu estilo.
John se encogió de hombros y dijo por señas:
Sigo pensando que no necesito una tonelada de ropa nueva.
—Tienes dos pares de Levi’s, cuatro camisetas Hanes, y un par de Nikes. Y ese polar. —La palabra polar fue pronunciada con el mismo entusiasmo que carne de animal atropellado.
También tengo sudaderas para el entrenamiento.
—Las que seguramente te pondrían en la portada de GQ . Amigo mío —Qhuinn entró en la tienda—. Hagámoslo.
John lo siguió junto con Blay. Dentro, la música estaba muy alta, la ropa estaba amontonada y las fotos en blanco y negro de los modelos que había en la pared mostraban montones de gente perfecta.
Qhuinn comenzó a moverse entre hileras de camisas colgadas con expresión hastiada, como si esa mierda fuera algo que usaría su abuela. Lo que tenía sentido. Era definitivamente un hombre de Urban Outfitters, con una gruesa cadena colgando de su vaquero negro azulado, la camiseta Affliction con el diseño de una calavera y alas, y las botas negras que eran grandes como su cabeza. Llevaba el cabello oscuro de punta, y siete remaches de bronce de cañón en la oreja izquierda, que iban desde el lóbulo hasta la parte superior del cartílago.
John no estaba completamente seguro de dónde más estaba perforado. Había algunas cosas que sencillamente no necesitabas saber acerca de tus amigos.
Blay, que encajaba perfectamente en esa tienda, se separó y fue a la sección de vaqueros lavados, que parecían gustarle. John se quedó atrás menos preocupado por la ropa que por el hecho de que la gente estaba mirándoles. Por lo que tenía entendido, los humanos no podían percibir a los vampiros, pero, hombre, por alguna razón, ellos tres estaban llamando mucho la atención.
—¿Puedo ayudarles?
Se volvieron. La chica que había preguntado era tan alta como Xhex, pero la comparación entre las dos mujeres terminaba justo allí. A diferencia de la hembra de las fantasías de John, ésta punteaba bien alto en la escala femenina y sufría de un síndrome de Tourette pero relacionado con el cabello, una condición que se manifestaba en un incesante movimiento de cabeza y un impulso evidentemente irresistible de acariciar sus maravillosos rizos castaños. Pero se daba maña. De alguna manera se las arreglaba para manejar todo ese jugueteo con el cabello sin tropezar con ninguno de los exhibidores de camisetas.
Francamente, era algo impresionante. Aunque no necesariamente bueno.
Ahora bien Xhex nunca…
Joder. ¿Por qué Xhex siempre era el modelo?
Cuando Qhuinn le sonrió a la muchacha, planes de la variedad de a-cuatro-patas llamearon en sus ojos.
—Justo en el momento adecuado. Definitivamente necesitamos ayuda. Mi amigo aquí necesita una inyección de buena onda. ¿Puedes echarle un cable?
Oh. Dios. No.
Cuando la chica miró a John, su ardiente mirada lo hizo sentir como si le hubiera agarrado lo que tenía entre las piernas y le hubiera medido la polla de un apretón.
Se puso a cubierto detrás de un exhibidor de camisas nuevas-con-aspecto-de-usadas.
—Soy la gerente —dijo, arrastrando las palabras en una clara rutina de seducción—. Así que estás en buenas manos. Todos vosotros.
—Geeeeeenial. —Los ojos desiguales de Qhuinn recorrieron las suaves piernas de la muchacha—. ¿Por qué no te pones a trabajar con él? Yo miraré.
Blay fue a pararse junto a John.
—Cualquier cosa que elijas, yo la revisaré primero, y luego se la llevaré al probador.
John suspiró de alivio y gesticuló un rápido gracias en dirección a Blay por acudir en su rescate una vez más. El segundo nombre del tipo era amortiguador. De verdad.
Desafortunadamente, la gerente sólo sonrió aún más ampliamente.
—Dos por uno, a mi me suena perfecto. Quién lo hubiera dicho, no sabía que esta noche íbamos a tener una rebaja en dulces de hombre.
Ok, esto iba a ser horrible.
Sin embargo, una hora después, John se sentía mejor. Resultó ser que Stephanie, la gerente, tenía buen ojo, y una vez que comenzaron a hablar de ropa se enfrío con lo de las insinuaciones. John se vio metido dentro de unos vaqueros rasgados, un montón de esas camisas desteñidas, y un par de camisetas sin mangas, que hasta él tuvo que admitir que destacaban sus bíceps y sus pectorales como algo digno de verse. Le embutieron un par de gargantillas, al igual que una sudadera con capucha negra.
Cuando terminaron, John fue hacia la caja registradora con la mierda doblada en el brazo. Cuando dejó la ropa, miró el puñado de pulseras que había en una canasta. Entre la maraña de cuero y concha, vio un destello de lavanda, y escarbó entre la pila para llegar a él. Sacando una pulsera entretejida con abalorios del color de la rosa de Cormia, sonrió y subrepticiamente la puso debajo de una de sus camisetas sin mangas.
Stephanie le hizo la cuenta.
El total era de seiscientos dólares. Seis. Cientos. Dólares.
John rezongó. Sólo tenía unos cuatro…
—Yo lo cubro —dijo Blay, entregando una tarjeta negra y echándole un vistazo—: Puedes pagarme el resto después.
A Stephanie se le salieron los ojos de las órbitas al avistar el plástico, luego entrecerró los ojos fijándolos en Blay, como si le estuviera cambiando el precio a él.
—Nunca antes había visto una AmEx negra.
—No tiene importancia. —Blay comenzó a husmear un puñado de collares.
John le apretó el brazo a su amigo y golpeó el mostrador para llamar la atención de Stephanie. Extendió su dinero, pero Blay sacudió la cabeza y comenzó a hablarle por señas.
Págame el resto después, ¿ok? Sé que eres de fiar, y enfrentémoslo, ¿Realmente quieres regresar aquí a recoger la mierda que no puedes pagar ahora? Yo no.
John frunció el ceño, encontrando difícil argumentar contra esa lógica.
Pero te pagaré el resto, dijo por señas después de entregarle los cuatrocientos.
Cuando los tengas, respondió Blay. En el momento que te venga bien.
Stephanie pasó la tarjeta por la maquinita, marcó el precio, y esperó con la punta de los dedos sobre la tira de papel. Unos segundos después hubo un sonido chirriante, y luego cortó el papel y se lo dio a Blay junto a un Bic azul.
—Entonces… ya vamos a cerrar.
—¿Ah, si? —Qhuinn apoyó la cadera contra el mostrador—. ¿Y exactamente qué quiere decir eso?
—Sólo me quedaré yo aquí. Soy una buena jefa. Dejo que los demás se vayan temprano.
—Pero entonces te quedarás sola.
—Así es. Es verdad. Absolutamente sola.
Mierda, pensó John. Si Blay era el amortiguador, Qhuinn era el Rey de las complicaciones.
El tipo sonrió.
—Sabes, mis amigos y yo no nos sentiríamos bien si te dejáramos aquí con tu soledad.
Oh, sí… sí que lo harían, John pensó. Tus amigos se sentirían perfectamente bien acerca de ello.
Trágicamente, la lenta sonrisa de Stephanie cerró el trato. No iban a ir a ninguna parte hasta que Qhuinn se metiera dentro de su caja registradora.
Al menos era rápido. Diez minutos después, la tienda estaba vacía y en la parte delantera la cortina con verja de seguridad había sido puesta en su lugar. Y a él lo estaban arrastrando por la cadena que llevaba en sus vaqueros hacia un beso francés.
John se aferró a sus dos grandes bolsas mientras que Blay se entretuvo mirando camisas que ya había mirado.
—Vayamos a un probador —dijo la gerente contra la boca de Qhuinn.
—Perfecto.
—A propósito, no tenemos por qué ir solos. —La chica miró por encima del hombro, y su mirada aterrizó en John. Y la mantuvo allí—. Hay mucho lugar.
De ninguna forma, pensó John. De ninguna maldita forma.
Los ojos dispares de Qhuinn brillaron agitados, y por detrás de la espalda de la chica dijo por señas:
Ven con nosotros John. Es hora de que lo hagas.
Stephanie eligió ese momento para tomar el labio inferior de Qhuinn entre sus blancos dientes y su muslo entre las piernas. Un tipo sólo podía imaginarse las cosas que ella iba a hacerle. Antes de que él la tomara.
John negó con la cabeza.
Me quedaré aquí.
Vamos. La primera vez puedes observarme. Te mostraré cómo se hace.
El hecho de que Qhuinn lo estuviera invitando no era sorprendente. Él practicaba sexo con parejas regularmente. Sólo que aún nunca le había pedido a John que se le uniera.
Vamos, John, ven a la parte de atrás con nosotros.
No, gracias.
Una mirada oscura atravesó los ojos de Qhuinn.
No siempre puedes quedarte a un lado, John.
John apartó la vista. Hubiera sido más fácil enfadarse con el tipo si él no pensara exactamente lo mismo.
—Está bien —dijo Qhuinn—. Volveremos en un rato.
Con una sonrisa indolente, deslizó las manos sobre el culo de la chica y la levantó. Mientras caminaba hacia atrás, la falda se deslizó hacia arriba enseñando unas bragas rosadas y unos cachetes blancos.
Cuando la pareja estuvo en el probador, John se volvió hacia Blay para decirle por señas algo así como qué pendón que era Qhuinn, pero frenó sus manos. Blay estaba mirando en la dirección que habían desaparecido los otros dos con una extraña expresión en el rostro.
John silbó bajo para captar su atención.
Puedes ir a la parte trasera, sabes. Si deseas estar con ellos. Yo estoy bien aquí.
Blay sacudió la cabeza un poco demasiado rápido.
—Nah. Me quedo aquí.
Salvo que, cuando se escuchó un gemido, sus ojos regresaron al probador y se mantuvieron fijos allí. A juzgar por el tenor del sonido, era difícil distinguir quien lo había emitido, y la expresión de Blay se volvió aún más tirante.
John volvió a silbar.
¿Estás bien?
—Bien podríamos ponernos cómodos. —Blay fue hasta detrás de la caja registradora cerrada y se sentó en un taburete—. Estaremos aquí por un buen rato.
Seguro, pensó John. Lo que fuera que estaba molestando al tipo era un asunto reservado.
John se sentó de un salto sobre el mostrador y dejó que sus piernas quedaran colgando. Cuando sonó otro gemido, comenzó a pensar en Xhex y tuvo una erección.
Genial. Simplemente fabuloso.
Estaba sacándose la camisa de los pantalones para cubrir su pequeño problema cuando Blay preguntó:
—Entonces, ¿para quién es la pulsera?
Para mí, dijo rápidamente por señas John.
—Sí, seguro. No hay forma que eso entre en tu muñeca. —Hubo una pausa—. No tienes que decírmelo si no quieres.
Honestamente, no es gran cosa.
—Ok. —Después de un minuto, Blay dijo—: Así que, ¿después de aquí quieres ir al ZeroSum?
John mantuvo la cabeza gacha mientras asentía.
Blay rió suavemente.
—Pensé que podrías querer. Igual que estaría dispuesto a apostar, que si decidimos ir mañana de noche, tú también estarías de acuerdo.
Mañana por la noche no puedo, dijo por señas sin detenerse a pensarlo.
—¿Por qué no?
Mierda.
Simplemente no puedo. Debo quedarme en casa.
Aún les llegó otro gemido más desde la parte trasera, y luego comenzó un golpeteo rítmico y atenuado.
Cuando los sonidos cesaron, Blay respiró hondo, como si hubiera estado corriendo a intervalos y acabara de terminar el entrenamiento. John no podía culparlo. A él también le gustaría dejar la tienda lo antes posible. Con las luces bajas y sin nadie más en los alrededores, toda esa ropa colgada presentaba un aspecto siniestro.
Además, si se iban a ZeroSum lo más rápido posible, tenía la esperanza de tener aún un buen par de horas para poder espiar a Xhex, y eso era…
Patético, en realidad.
Los minutos pasaban lentamente. Diez. Quince. Veinte.
—Mierda —murmuró Blay—. ¿Qué mierda están haciendo?
John se encogió de hombros. Con la clase de preferencias que tenía su amigo, cualquiera iba a saberlo.
—¿Hey, Qhuinn? —Gritó Blay. Cuando no hubo respuesta, ni siquiera un gruñido, se bajó de la banqueta—. Voy a ver qué pasa.
Blay fue hacia los probadores y golpeó. Después de un momento, asomó la cabeza por la puerta. Repentinamente le brillaron los ojos, se le aflojó la mandíbula y se ruborizó desde la raíz de su cabello pelirrojo todo el camino hacia abajo hasta las palmas de sus manos.
Bieeeeen. Evidentemente la sesión no había terminado. Y fuera lo que fuera lo que estaba sucediendo valía la pena verlo, ya que Blay no se retiró inmediatamente. Después de un momento su cabeza subió y bajó lentamente, como si estuviera respondiendo una pregunta formulada por Qhuinn.
Cuando Blay regresó a su lugar tras la registradora, tenía la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos. Guardó silencio mientras se subía nuevamente a la banqueta, pero comenzó a golpetear con el pie a una velocidad de aproximadamente un kilómetro por minuto.
Era obvio que el tipo ya no quería quedarse más tiempo allí, y John podía entenderlo perfectamente.
Infiernos, podrían estar en el ZeroSum.
Donde trabajaba Xhex.
Cuando lo golpeó ese feliz pensamiento obsesivo, John deseó golpearse la cabeza contra el mostrador. Tío… claramente, la palabra patético, tenía una nueva definición.
Y era J-O-H-N M-A-T-T-H-E-W.



Capítulo 8

Uno de los muchos problemas de la vergüenza era que de hecho no te volvía más bajito, ni más silencioso, ni menos visible. Solo te sentías como si lo fueras.
Phury estaba de pie en el patio de la mansión con la mirada fija en la amenazadora fachada del hogar de la Hermandad. De un severo color gris, con un montón de oscuras y ceñudas ventanas, el lugar era como un gigante al que hubieran enterrado hasta el cuello y no estuviera nada feliz con la inmersión en tierra.
No estaba más listo para entrar en la mansión de lo que ésta parecía querer darle la bienvenida.
Cuando se alzó una brisa, miró hacia el norte. Era la típica noche de agosto en el norte del estado de Nueva York. Aún era verano, con sus frondosos y gruesos árboles, la fuente funcionando y grandes jarrones a ambos lados de la entrada de la casa. Sin embargo el aire era diferente. Menos seco. Menos fresco.
Las estaciones, como el tiempo, eran implacables, ¿no?
No, eso no era correcto. Las estaciones no eran más que una medida de tiempo, al igual que los relojes y calendarios.
Me estoy haciendo viejo, pensó.
Cuando su mente comenzó a divagar en direcciones que parecieron peores que la patada en el culo que probablemente le esperara en la mansión, atravesó la entrada y entró en el vestíbulo.
Desde la sala de billar le llegó la voz de la Reina, acompañada por el sonido hueco de un cuarteto de bolas de billar chocando gentilmente unas contra otras. La maldición y la risa que siguió a eso tenían ambas acento de Boston. Lo cual significaba que Butch, que podía dar una paliza a cualquier otro habitante de la casa, acababa de perder con Beth. Otra vez, evidentemente.
Oyéndolos, Phury no pudo recordar la última vez que había jugado al billar o simplemente había estado en compañía de sus hermanos... aunque si lo hubiera hecho, tampoco hubiera estado completamente relajado. Nunca lo estaba. Para él, la vida era una moneda que tenía el desastre en una cara y el esperar al desastre en la otra.
Necesitas otro porro, macho, dijo el hechicero arrastrando las palabras. Mejor aún, acaba con todo el fardo. No cambiará el hecho de que eres un estúpido bastardo, pero incrementará las posibilidades de que prendas fuego a la cama cuando te desmayes sobre ella.
En ese plan, Phury decidió afrontar el desagradable asunto y subir las escaleras. Si tenía suerte, la puerta de Wrath estaría cerrada...
No lo estaba, y el Rey estaba en su escritorio.
La mirada de Wrath se alzó de la lupa que estaba sujetando sobre un documento. Incluso a través de sus gafas envolventes, era perfectamente obvio que el tipo estaba cabreado.
—Te estaba esperando.
En la cabeza de Phury, el hechicero ondeó con elegancia su túnica negra y se sentó en un sofá reclinable tapizado en piel humana. Mi reino por unas palomitas y unas mentas. Esto va a ser espectacuLLLLLAAAAr.
Phury entró en el estudio, sus ojos apenas registraron las paredes de un tono azul francés, los sofás de seda color crema y la encimera blanca de la chimenea. El persistente olor a lesser en el aire le dijo que Zsadist acababa de estar donde él estaba.
—Supongo que Z ya ha hablado contigo —dijo, porque no había razón para no llamar al pan, pan y al vino, vino.
Wrath bajó la lupa y se recostó en su silla tras su escritorio Luis XIV.
—Cierra la puerta.
Phury se encerró con él.
—¿Quieres que hable yo primero?
—No, ya has hablado suficiente. —El Rey alzó sus enormes shitkickers y las dejó caer sobre el delicado escritorio. Aterrizaron como balas de cañón—. Hablas más que suficiente.
Phury esperó que recitara su lista de fracasos por cortesía, no por curiosidad. Era bien consciente de su posición: intentando hacer que le mataran en el campo de batalla; asumiendo el cargo de Primale de las Elegidas pero sin completar la ceremonia, involucrándose más allá de lo debido en la vida de Z y Bella; no prestándole la suficiente atención a Cormia; fumando todo el tiempo...
Phury se concentró firmemente en su Rey y esperó a que una voz que no fuera la del hechicero enumerara sus cagadas.
Salvo que nada ocurrió. Wrath no dijo absolutamente nada.
Lo cual parecía sugerir que los problemas eran tan grandes y obvios que sería como señalar la detonación de una bomba y decir: Chico, eso ha sido realmente ruidoso... además, va a dejar un cráter en el pavimento, ¿eh?
—Pensándolo bien —dijo Wrath—, dime que debería hacer contigo. Dime qué coño debería hacer.
Cuando Phury no replicó, Wrath murmuró:
—¿Sin comentarios? ¿Quiere decir que tampoco tienes ni idea de qué hacer?
—Creo que ambos sabemos cual es la respuesta a eso.
—No estoy tan seguro de ello. ¿Qué crees que tengo que hacer?
—Sacarme de circulación por un tiempo.
—Ah.
Más silencio.
—¿Entonces así están las cosas? —preguntó Phury. Hombre, realmente necesitaba un porro.
Las shitkickers se unieron con un golpe de los talones.
—No sé.
—¿Eso significa que quieres que luche? —lo cual sería un desenlace mejor de lo que se habría atrevido a esperar—. Te doy mi palabra...
—Jódete. —Wrath se puso de pie con un rápido movimiento y rodeó el escritorio—. Le dijiste a tu gemelo que regresarías aquí, pero apuesto dólares contra pilas de mierda que fuiste a ver a Rehvenge. Le prometiste a Z que terminarías con el asunto de los asesinos y no lo hiciste. Dijiste que serías el Primale y no lo eres. Demonios, hablas hasta por el culo de cómo vas a irte a tu dormitorio a dormir un poco, pero todos sabemos lo que haces allí. ¿Y esperas honestamente que acepte tu palabra en algo?
—Entonces dime qué quieres que haga.
Desde detrás de sus gafas de sol, los ojos pálidos y desenfocados del Rey lo escudriñaban.
—No estoy seguro de si un tiempo fuera y una puñetera terapia te vayan a ayudar, porque tampoco creo que vayas a hacerla.
Un temor frío se enroscó como un perro herido y mojado en las entrañas de Phury.
—¿Vas a echarme de una patada?
Había ocurrido antes en la historia de la Hermandad. No con frecuencia. Pero había pasado. Le vino a la mente Murhder... mierda, si, probablemente había sido el último en ser expulsado.
—No es tan simple como eso, ¿verdad? —dijo Wrath—. Si quedas fuera, ¿dónde deja eso a las Elegidas? El Primale siempre ha sido un Hermano, y no solo a causa del linaje. Además, Z no se lo tomaría bien, incluso cabreado como está ahora contigo.
Genial. Sus redes de seguridad consistían en el hecho de ahorrarle a su gemelo un puñetero dolor de cabeza y en ser la puta de las Elegidas.
El Rey fue hasta las ventanas. Fuera, los árboles en flor se balanceaban con el creciente viento.
—Mira, esto es lo que creo —Wrath se quitó las gafas de la nariz y se frotó los ojos como si tuviera un dolor de cabeza—. Deberías...
—Lo siento —dijo Phury, porque era todo lo que podía ofrecer.
—Y yo. —Wrath volvió a dejar las gafas en su lugar y sacudió la cabeza. Mientras volvía a su escritorio y se sentaba, su mandíbula se tensó junto con sus hombros. Abriendo un cajón, sacó una daga negra.
La de Phury. La que había dejado en el callejón.
Z debía haber encontrado la maldita cosa y la había llevado a casa.
El Rey giró el arma en su mano y se aclaró la garganta.
—Dame tu otra daga. Estás fuera de las rondas de forma permanente. El asunto de si vas a consultar o no a un psicólogo y cómo vas a manejar las cosas con las Elegidas no es de mi incumbencia. Y no tengo ningún consejo para ti, porque lo cierto es, que harás lo que te dé la gana. Nada de lo que yo te exija o pida va a marcar una diferencia.
El corazón de Phury se detuvo por un momento. De todos los desenlaces que había previsto para esta confrontación, nunca había considerado la posibilidad de que Wrath se lavara las manos en el asunto.
—¿Todavía soy un Hermano?
El Rey simplemente se quedó mirando fijamente la daga... lo cual proporcionó a Phury la respuesta de tres palabras: sólo de nombre.
Algunas cosas no hacía falta decirlas, ¿no?
—Yo hablaré con Z —murmuró el Rey—. Diremos que tienes un permiso administrativo. No más trabajo de campo para ti, y ya no asistirás a las reuniones.
Phury sintió un sobresalto, como si hubiera estado cayendo de un edificio y acabara de hacer contacto visual con el pavimento que tenía su nombre escrito.
No más redes. No más promesas que romper. Por lo que al Rey concernía, tenía que arreglárselas por sí mismo.
Mil novecientos treinta y dos, pensó. Había estado en la Hermandad durante solo setenta y seis años.
Llevándose la mano al pecho, palmeó el mango de la daga que le quedaba, desenfundó el arma de un solo tirón, y la colocó sobre el absurdo escritorio azul pálido.
Hizo una reverencia ante su Rey y abandonó la habitación sin más palabras. Bravo, gritó el hechicero. Qué pena que tus padres estén ya muertos, compañero. Estarían tan orgullosos en este soberbio momento... espera, traigámoslos de vuelta, ¿quieres?
Dos imágenes rápidas le golpearon: Su padre desmayado en una habitación llena de botellas de cerveza vacía, su madre yaciendo en una cama con el rostro vuelto hacia la pared.
Phury volvió a su habitación, sacó su alijo, lió un porro, y lo encendió.
Con todo lo que había pasado esa noche, y con el hechicero haciendo el papel de anti-Oprah, o fumaba o gritaba. Así que fumó.

Al otro lado de la ciudad, Xhex no se sentía muy feliz mientras salía del ZeroSum por la puerta trasera para escoltar a Rehvenge hasta su Bentley a prueba de balas. Rehv no parecía sentirse mejor que ella, su jefe no era más que una lúgubre sombra oscura vistiendo un abrigo largo de piel mientras avanzaba lentamente por el callejón.
Le abrió la puerta del conductor y esperó a que, con ayuda de su bastón, se deslizara en el asiento acolchado. A pesar de que esa noche había una temperatura de veintiún grados, Rehv encendió la calefacción y se cerró las solapas del abrigo sobre el cuello... una señal de que aún no se le habían ido los efectos secundarios de su último chute de dopamina. Aunque eso sucedería bastante pronto. Siempre iba sin tomar medicación. De otra forma no sería seguro.
No era seguro, y punto.
Durante veinticinco años, había deseado acudir con él para cubrirle la retaguardia durante estos encuentros con su chantajista, pero ser rechazada cada vez que lo pedía terminó provocando que se diera por vencida y mantuviera la bocaza cerrada. No obstante, el coste de su silencio era un puñetero mal humor.
—¿Te hospedaras en tu refugio? —dijo.
—Sí.
Cerró la puerta y le observó marchar. Nunca le había dicho donde se celebraban las reuniones, pero ella más o menos podía adivinar la ubicación aproximada. El sistema GPS del coche indicaba que iba al norte del estado.
Dios, odiaba lo que él tenía que hacer.
Gracias a la cagada que se había mandado dos décadas y media atrás, el primer martes de cada mes Rehv tenía que prostituirse para protegerlos.
La princesa symphath a la que servía era peligrosa. Y estaba hambrienta de él.
Al principio, Xhex había esperado que la perra los delatara de forma anónima tanto a él como a Xhex, con lo que los deportarían a la colonia symphath. Pero había sido más lista que eso. Si los despachaba, tendrían suerte si sobrevivían seis meses, incluso con lo fuertes que eran. Los mestizos no podían compararse con los purasangres, y además, la princesa estaba emparejada con su propio tío.
Que era un poderoso déspota posesivo como nunca se había visto.
Xhex maldijo. No tenía ni idea de por qué Rehv no la odiaba, y no podía comprender cómo podía soportar la parte sexual del asunto. Aunque tenía la sensación que estas noches eran el motivo por el cual él cuidaba tanto de sus chicas. Al contrario de los chulos comunes, sabía exactamente cómo se sentían las prostitutas, sabía exactamente que se sentía al follar con alguien a quien no deseabas porque tenían algo que tú necesitabas, ya fuera dinero o silencio.
Xhex aún tenía que encontrar una salida para ambos, y lo que hacía la situación más insostenible era que Rehv había dejado de buscar la liberación. Lo que una vez había sido una situación crítica se había convertido en la nueva realidad. Dos décadas después, todavía seguía follando para protegerlos, y seguía siendo culpa de Xhex, y cada primer martes del mes, acudía y hacía lo impensable con alguien a quien odiaba... y esa era su vida.
—Joder —le dijo al callejón—. ¿Cuándo va a cambiar esto?
La única respuesta que obtuvo fueron páginas de periódico y bolsas de plástico que volaron en su dirección impulsados por una ráfaga de viento.
Cuando volvió al club, sus ojos se ajustaron a los láseres destellantes, sus oídos absorbieron la música psicodélica y su piel registró un leve descenso de la temperatura.
La sección VIP parecía relativamente tranquila con tan sólo los clientes habituales, pero de todas formas intercambió miradas con sus dos gorilas. Después de que estos asintieran indicando que todo estaba despejado, comprobó a las chicas que trabajaban en el mostrador. Observó como las camareras vaciaban sus bandejas al repartir las nuevas rondas de bebidas. Midió los niveles de las botellas tras la barra VIP.
Cuando llegó a la cuerda de terciopelo, miró al gentío de la zona principal del club. La gran multitud de la pista de baile se movía como un océano inestable, agitándose y separándose sólo para volver a unirse otra vez. En la periferia había parejas y tríos manoseándose mientras seguían girando, los láseres rebotaban sobre rostros en sombras y cuerpos unidos a otros cuerpos.
Esa noche había relativamente poca circulación. A medida que la semana avanzaba lentamente, la asistencia crecía hasta que la concurrencia alcanzaba el máximo las noches del sábado. Como jefa de seguridad, para ella el viernes era normalmente el día más intenso, con idiotas que pretendían quemar los residuos de una mala semana laboral consumiendo demasiadas drogas y terminaban con una sobredosis o provocando disputas.
A decir verdad, como los gilipollas con adicciones eran el pan nuestro de cada día en el club, la mierda podía deteriorarse en cualquier momento de cualquier noche.
Menos mal que ella era muy buena en su trabajo. Rehv manejaba la venta de drogas, alcohol, y mujeres, se ocupaba de la flota de corredores de apuestas deportivas que trataban con la mafia de Las Vegas, y de la contratación de ciertos proyectos especiales que implicaban «refuerzos». Ella estaba al cargo de mantener el ambiente del club bajo control para que los negocios pudieran funcionar con la menor interferencia de la policía humana y los patrocinadores idiotas como fuera posible.
Estaba a punto de ir a comprobar cómo marchaba el nivel del entresuelo cuando vio a aquellos a los que ella denominaba «los chicos» entrando por la puerta delantera.
Retrocediendo hasta quedar entre las sombras, observó a los tres jóvenes machos traspasar la cuerda de terciopelo de la sección VIP y dirigirse a la parte de atrás. Siempre iban a la mesa de la Hermandad si estaba vacía, lo cual quería decir que o era un asunto de estrategia, ya que la mesa estaba cerca de una salida de emergencia y en una esquina, o habían recibido instrucciones de la plana mayor de sentarse allí y cuidar sus modales.
«Plana mayor» refiriéndonos al Rey, Wrath.
Si, los chicos no eran lo que considerarías el típico grupito de gallitos de pelea, pensó mientras los veía acomodarse. Por infinidad de razones.
El de los ojos dispares era un problema buscando pista de aterrizaje, y dicho y hecho, tras pedir su Corona se levantó y fue a la parte principal del club a buscar alguna falda. El pelirrojo permaneció en su lugar, lo cual no la sorprendió para nada. Ese era el inevitable jefe de los niños exploradores, recto como una regla. Lo que la hacía sospechar respecto a lo que podría haber debajo de esa inocente imagen de pastel de manzana.
De los tres, sin embargo, el mudo era el verdadero problema. Su nombre era Tehrror, también conocido como John Matthew, y el Rey era su whard. Lo cual para Xhex, significaba que el chico era como un plato de porcelana china en una barraca de feria. ¿Si algo llegaba a ocurrirle? El club era eliminado.
Joder, en los últimos meses, el chico había cambiado. Le había visto antes de que pasara por la transición, todo flacucho y débil, completamente frágil, pero ahora estaba frente a tremendo macho grandote... y los machos grandes podían dar problemas si decidían comenzar a repartir golpes por ahí. Aunque hasta ahora John había sido del tipo de sentarse-y-observar, los ojos del chico eran demasiado viejos para su joven semblante, lo que sugería que había superado cosas muy jodidas. Y las cosas muy jodidas tendían a ser el combustible para el fuego cuando la gente estallaba.
Ojos Dispares, también conocido como Qhuinn, hijo de Lohstrong, volvió con un par de listas-y-dispuestas, dos rubias que evidentemente coordinaban el color de sus trajes para que hiciera juego con sus cosmopolitans : lo poco que vestían, era de color rosa.
El pelirrojo, Blaylock, no era muy experto en esos juegos, pero eso no era problema, porque Qhuinn tenía bastante experiencia para los dos. Demonios, el tío tenía suficiente como para cubrir a John Matthew también, salvo que ese no jugaba. Al menos, Xhex nunca lo había visto.
Después de que los compañeros de John desaparecieran en la parte de atrás con las barbies, Xhex se acercó al chico sin ninguna razón aparente. Cuando la vio se puso rígido, pero siempre ocurría lo mismo, así como también siempre solía observarla. Cuando eras la jefa de seguridad, la gente tendía a querer saber dónde estás todo el tiempo.
—¿Cómo va? —preguntó.
Él se encogió de hombros y jugueteó con su botella de Corona. Apuesto a que desearía que tuviera una etiqueta para arrancar, pensó.
—¿Te importa si te pregunto algo?
Se le desorbitaron un poco los ojos, pero luego volvió a encogerse de hombros.
—¿Por qué nunca vas a la parte trasera con tus amigos? —no era, por supuesto, puñetero asunto suyo, y lo que es más, no sabía por qué le importaba. Pero demonios... tal vez era por toda la mierda del primer-martes-del-mes. Estaba buscando una forma de sacárselo de la cabeza.
—Les gustas a las chicas —le animó—. Las he visto mirándote. Y tú las miras a ellas, pero siempre te quedas aquí.
John Matthew se ruborizó tan profundamente que Xhex pudo ver la tonalidad rojiza de su piel incluso bajo la luz tenue.
—¿Ya te has vinculado? —murmuró, incluso más curiosa—. ¿El Rey te ha elegido una hembra?
Negó con la cabeza.
De acuerdo, tenía que dejarle en paz. El pobre chico era mudo, ¿así que cómo esperaba que le respondiera?
—¡Quiero mi bebida ahora! —la retumbante voz de un hombre se elevó por encima de la música, y Xhex giró la cabeza. A dos mesas de distancia, uno de esos tipejos con pinta de matón estaba imprecando a una camarera, claramente en el tren expreso a Capulloville.
—Discúlpame —le dijo Xhex a John.
Cuando el bocazas extendió su garra de oso y aferró la falda de la camarera, la pobre chica perdió el control de su bandeja y los cócteles salieron volando.
—¡He dicho que me des mi bebida ahora!
Xhex se colocó detrás de la camarera y la ayudó a recuperar el equilibrio.
—No te preocupes. Este ya se marcha.
El hombre se levantó de su asiento en toda su estatura de alrededor de dos metros.
—¿Ah sí?
Xhex se acercó hasta que estuvieron pechos-contra-pecho. Fijó su mirada en la de él, sus impulsos symphath gritaban para ser liberados, pero se concentró en las púas de metal que llevaba sujetas alrededor de los muslos. Tomando fuerzas del dolor que se infligía a sí misma, luchó contra su naturaleza.
—Te marcharás ahora —dijo suavemente—, o te sacaré de aquí arrastrándote por los pelos.
El aliento del tipo olía como un emparedado de atún del día anterior.
—Odio a las lesbianas. Siempre te has creído más dura de lo que eres en realidad...
Xhex agarró la muñeca del hombre, la giró en un pequeño círculo, y le retorció el brazo subiéndoselo hasta la parte alta de la espalda. Después le rodeó los tobillos con su pierna y le empujó haciéndole perder el equilibrio. Aterrizó como un trozo de carne, cuando su cuerpo cayó sobre la alfombra de pelo corto, el aliento salió despedido de su boca en forma de maldición.
Con un movimiento rápido, se inclinó, enterró una mano en su cabello engominado, y cerró la otra alrededor del cuello de su chaqueta. Al arrastrarlo hacia la salida lateral, en realidad estaba realizando múltiples tareas: creando una escena, cometiendo asalto y agresión, y corriendo el riesgo de que se ocasionara un tumulto si sus colegas del Salón de los Estúpidos del Culo se involucraran en el asunto. Pero había que montar un espectáculo de vez en cuando. Todos y cada uno de los imbéciles titulados de la sección VIP estaban observando, al igual que sus gorilas, que ya de por sí eran personas irritables, y las chicas, la mayoría de las cuales tenían problemas para lidiar con caracteres coléricos lo cual era absolutamente comprensible.
Para mantener la paz, tenías que ensuciarte las manos de tanto en tanto.
Y considerando la cantidad de producto para el cabello que utilizaba este bocazas, iba a tener que lavárselas cuando esto acabara.
Cuando alcanzó la salida lateral que estaba junto a la mesa de la Hermandad, se detuvo para abrir la puerta, pero John llegó allí primero. Como un absoluto caballero, la abrió de par en par y la sostuvo así con su largo brazo.
—Gracias —le dijo.
Fuera en el callejón, lanzó al bocazas de espaldas y registró sus bolsillos. Mientras yacía allí boqueando como un pez en el fondo de un bote, la búsqueda supuso otra infracción por su parte. Tenía poderes policiales en el terreno que era propiedad del club, pero el callejón era técnicamente propiedad de la ciudad de Caldwell. Sin embargo, si quería ser exacta, el código postal del trabajito que estaba realizando era irrelevante. La búsqueda habría sido ilegal de todas formas, ya que no tenía causa probable para creer que llevara drogas encima u armas ocultas.
De acuerdo con la ley, no podías registrar a alguien sólo por ser un chupapollas.
Ah... pero, mira, aquí era donde el instinto rendía beneficios. Además de su cartera, le encontró una buena cantidad de coca encima, al igual que tres tabletas de X. Rompió las bolsas de celofán ante los ojos del hombre.
—Podría hacer que te arrestaran. —Sonrió cuando él comenzó a tartamudear—. Sí, sí, no es tuya. No sabes cómo llegó allí. Eres inocente como un bebé de dos añitos. Pero mira lo que hay sobre esa puerta.
Cuando el tipo no respondió lo bastante rápido, le cogió la mandíbula con una mano y le giró el rostro de un tirón.
—¿Ves ese ojito rojo que parpadea? Es una cámara de seguridad. Así que esta mierda... —agitó los paquetes ante la cámara, después abrió la cartera— …estos dos gramos de cocaína y tres dosis de éxtasis que han salido del bolsillo del pecho de su traje, señor... Robert Finlay... han sido grabados digitalmente. Uh... mira esto, tienes dos niños preciosos. Apuesto a que preferirán desayunar contigo mañana en vez de comer con una canguro porque tu esposa está intentando sacarte de la cárcel.
Volvió a meterle la cartera en el traje y se quedó con las drogas.
—Me gustaría sugerir que la forma adecuada de manejar esto es que tomemos caminos separados. No vuelvas a entrar en mi club nunca más. Y yo no enviaré tus pelotas del tamaño de diez centavos a la cárcel. ¿Qué dices? ¿Tenemos un trato o no?
Mientras él consideraba si aceptaba la oferta del banquero o abría otro caso, Xhex se puso en pie y retrocedió un poco a fin de disponer de espacio para lanzarle una patada si era necesario. Sin embargo, no creía que esa mierda fuera a ser necesaria. La gente que iba a pelear tenía el cuerpo tenso y los ojos avizores. Bocazas estaba laxo como agua de fregar, era evidente que se había quedado sin gas y sin ego.
—Vete a casa —le dijo.
Y lo hizo.
Mientras se alejaba tambaleante, Xhex se metió las drogas en el bolsillo de atrás.
—¿Disfrutaste del espectáculo, John Matthew? —dijo sin darse la vuelta.
Cuando miró sobre su hombro, se le atascó el aliento en la garganta. Los ojos de John brillaban en la oscuridad... el chico estaba mirándola fijamente con el tipo de decidida concentración que adquirían los machos cuando querían sexo. Sexo duro.
Santa... mierda. Lo que veía no era a un niñito.
Sin ser consciente de lo que estaba haciendo, se extendió hasta la mente de él con una pincelada de su naturaleza symphath. Estaba pensando en... él sobre una cama con sábanas enmarañadas, tenía la mano entre las piernas sobre una polla gigantesca, su mente visualizándola a ella mientras se masturbaba.
Lo había hecho muchas veces.
Xhex giró sobre los talones y se le acercó. Cuando llegó a su altura, él no retrocedió, y eso no la sorprendió. En ese crudo instante, no era ningún torpe jovencito que corta y huye. Era todo macho animal, enfrentándola de igual a igual.
Lo cual resultaba... oh, que la jodieran, eso no era atractivo. Realmente. No. Era. Atractivo.
Mierda.
Cuando levantó la mirada hacia él, pretendía decirle que fijara esas brillantes canicas azules en las mujeres humanas del club y la dejara a ella en paz. Pretendía decirle que ella estaba más allá de sus límites y que hiciera desaparecer su fantasía. Pretendía espantarle, como había hecho con todos los demás excepto con el endurecido y medio muerto Butch O'Neill, antes de que se convirtiera en un Hermano.
En vez de eso, dijo en un tono bajo.
—La próxima vez que pienses así en mí, pronuncia mi nombre mientras te corres. Hará que sea incluso mejor.
Cuando se inclinó de lado para abrir la puerta del club, le rozó el pecho con el hombro.
La áspera inspiración de él se demoró en su oído.
Cuando volvió al trabajo, se dijo a sí misma que su cuerpo estaba caliente por el esfuerzo que había efectuado arrastrando al caraculo hasta la puerta.
No tenía absolutamente nada que ver con John Matthew.
Cuando Xhex volvió a entrar en el club, John se quedó allí de pie como un maldito idiota. Lo cual tenía sentido. La mayor parte de su sangre había abandonado su cerebro para lanzarse hacia la erección que había crecido dentro de sus nuevos vaqueros gastados A&F. El resto de la mierda estaba en su rostro.
Lo cual significaba que su cerebro se había quedado vacío.
¿Cómo demonios había sabido lo que hacía cuando pensaba en ella?
Uno de los moros que custodiaban la oficina de Rehvenge salió.
—¿Entras o sales?
John volvió arrastrando los pies hasta el reservado, apuró su Corona en dos tragos, y se alegró cuando una de las camareras llegó con una nueva sin tener que pedirla.
Xhex había desaparecido en la zona principal del club, y la buscó, intentando ver a través de la cascada de agua que separaba la sección VIP de las otras.
No obstante, no necesitaba ojos para saber donde estaba. Podía sentirla. En medio de los cuerpos que había en el club, sabía cuál era el de ella.
Estaba junto a la barra.
Dios, el hecho de que pudiera manejar a un tío de dos veces su tamaño sin derramar una gota de sudor era excitante como el infierno.
El hecho de que no pareciera ofendida por que John hubiera fantaseado con ella era un alivio.
El hecho de que quisiera que pronunciara su nombre cuando se corría era... le hacía desear correrse en ese mismo instante.
Suponía que esto respondía a la pregunta acerca de si prefería un día soleado o una tormenta, ¿no? Y también le indicaba exactamente lo que iba a hacer en cuanto llegara a casa.





Capítulo 9

Pasadas las granjas rurales de Caldwell que se extendían como un mosaico, llegando mucho más al norte que las ciudades que había a lo largo de los retorcidos flancos del Río Hudson, a aproximadamente tres horas de la frontera canadiense, las Montañas Adirondack brotaban de la tierra. Majestuosas, con una alfombra de pinos y cedros sobre sus cabezas y hombros, la cordillera había sido creada por glaciares que se habían desplazado hacia abajo desde la frontera de Alaska, antes que a esa tierra se la conociera como Alaska y antes de que existieran humanos y vampiros para considerarla una frontera.
Cuando la última edad de hielo se retiró a los libros de historia que serían escritos mucho más tarde, el gran valle tallado fue lo que quedó en la tierra antes ocupada por el resultado del derretimiento de los icebergs. Durante generaciones de humanos, a las inmensas charcas geológicas se les asignaron nombres como Lago George o Lago Champ-lain, Lago Saranac y Lago Blue Mountain.
Los humanos, esos molestos y parasitarios conejos con sus muchos, muchos hijos, se asentaron a lo largo del curso del Río Hudson, buscando el agua, como hicieron muchos otros animales. Pasaron siglos y se levantaron ciudades y se estableció la «civilización», con todas sus intrusiones en el medioambiente.
No obstante, las montañas siguieron siendo las amas. Incluso en la era de la electricidad, la tecnología, los automóviles y el turismo, las Adirondacks dictaban el paisaje de esta región del norte de Nueva York.
De modo que, en medio de todos esos bosques, había un montón de parajes solitarios.
Conduciendo por la I-87, también conocida como Autopista Norte, las salidas se iban distanciando cada vez más unas de otras, hasta que encontrabas trechos donde podías avanzar cinco kilómetros, diez kilómetros, quince kilómetros sin encontrar un desvío en la carretera. E incluso si ponías el indicador y tomabas por una de las rampas que se desviaban a la derecha, todo lo que encontrabas era un par de tiendas, una gasolinera y dos o tres casas.
La gente podía ocultarse en las Adirondacks.
Los vampiros podían ocultarse en las Adirondacks.
Al final de la noche, cuando el sol se preparaba para una gran y ostentosa entrada al escenario, un macho caminaba a través de los densos bosques de Saddleback Mountain, solo, arrastrando su cuerpo marchito por el suelo como habría hecho con una bolsa de basura en su vida anterior. Su hambre era todo lo que le movía, su primordial instinto de buscar sangre era lo que le mantenía en pie y luchando para caminar entre las ramas.
Más allá entre una maraña de ramas de pino, su presa estaba inquieta, nerviosa.
El venado sabía que estaba siendo rastreado, pero no podía ver que le perseguía. Alzando el morro, olisqueó el aire, moviendo las tensas orejas adelante y atrás.
La noche era fría, en este paraje de la Saddleback Mountain, ubicado tan al norte y a tan elevada altitud. Dado que al macho no le quedaba mucho sobre la espalda excepto harapos, le castañeteaban los dientes y tenía las yemas de los dedos azules, pero no se habría puesto más ropa encima si la hubiera tenido. Alimentar su hambre de sangre era la máxima concesión que le hacía a su existencia.
No acabaría con su propia vida. Había oído hacía mucho que si cometías suicidio, no podías entrar en el Fade, y allí era donde tenía que terminar. Así que pasaba sus días en un angosto ancho de banda de sufrimiento, esperando a morir de hambre por desnutrición o resultar gravemente herido.
El proceso estaba llevando un tiempo endemoniadamente largo. No obstante, su escapada de su vieja vida meses y meses atrás le había traído a estos bosques por azar más que por designio. Había pretendido enviarse a sí mismo a otra parte, a un lugar incluso más peligroso.
Sin embargo, ya no podía recordar cual había sido ese lugar.
El hecho que en este lejano y profundo punto de las Adirondacks no se encontrara con sus enemigos le había salvado al principio, pero ahora le frustraba. Estaba demasiado débil como para desmaterializarse por ahí intentando encontrar asesinos, y tampoco estaba lo suficientemente fuerte para realizar largas caminatas.
Estaba atrapado aquí en las montañas, esperando a que la muerte le encontrara.
Durante el día, se ocultaba del sol en una cueva, una cavidad en el granito de la montaña que era su refugio. No dormía mucho. El hambre y los recuerdos le mantenían implacablemente alerta y consciente.
Por delante, su presa dio dos pasos alejándose.
Tomando un profundo aliento, se obligó a sí mismo a juntar fuerzas. Si no hacía esto ahora, estaría acabado por esta noche, y no solo porque el cielo estuviera comenzando a iluminarse por el este.
Precipitadamente, desapareció y tomó forma alrededor del cuello del venado. Sujetándolo por las delgadas ancas, hundió los colmillos en la yugular que surgía desde su tembloroso corazón lleno de pánico.
No mató al encantador animal. Tomó sólo lo suficiente como para sobrevivir otro oscuro día y otra noche aún más oscura.
Cuando terminó abrió los brazos de par en par y dejó que el animal se alejara saltando en su vuelo cuadrúpedo. Oyéndolo escapar ruidosamente a través de la falda del bosque, envidió la libertad del animal.
Fue poca la energía que retornó al macho. Últimamente, había poco margen entre la energía que consumía para alimentarse y la que conseguía a cambio. Lo que significaba que el final estaba cerca.
El macho se sentó sobre el lecho de agujas de pino en descomposición del bosque y miró hacia arriba a través de las ramas. Por un momento, imaginó que el cielo nocturno no era oscuro, sino blanco, y que las estrellas de arriba no eran la luz reflejada de fríos planetas, sino las almas de los muertos.
Imaginó que estaba mirando al Fade.
Lo hacía con frecuencia, y entre la gran pléyade de destellos de arriba, encontró los dos que había tomado como propios, los dos que le habían quitado: un par de estrellas, una más grande y de resplandor superbrillante, la otra más pequeña y más vacilante. Estaban cerca una de otra, como si la pequeña buscara el abrigo de su m...
El macho no podía pronunciar esa palabra. Ni siquiera en su cabeza. Al igual que no podía pronunciar los nombres que asociaba con las estrellas.
Sin embargo no importaba.
Esas dos eran suyas.
Y pronto se uniría a ellas.

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