sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 10 11 12


John estaba inquieto mientras esperaba en el brillantemente colorido vestíbulo de la mansión. Él y Zsadist siempre salían durante una hora antes del amanecer, y por lo que sabía, no había cambio de planes. Pero el hermano llegaba casi media hora tarde.
Para matar el tiempo, John volvió a recorrer el suelo de mosaico. Como siempre, se sintió como si no perteneciera a toda esa grandeza, pero la amaba y la apreciaba. El vestíbulo era tan escandalosamente extravagante que era como estar en un joyero: columnas de mármol rojo y una especie de piedra verde y negra sujetaban las paredes engalanadas con florituras de pan de oro y dispositivos de iluminación con cristales. La escalera tenía una majestuosa alfombra roja, del tipo en que una estrella de cine se pararía al principio, y luego descendería hasta una fiesta de etiqueta. Y el diseño bajo sus pies era un manzano en flor, el brillante paladar de la naturaleza resplandeciente y centelleando gracias a millones de piezas brillantes de cristal coloreado.
Sin embargo, su parte preferida era el techo. Tres plantas más arriba había un increíble despliegue de escenas pintadas, con guerreros y sementales volviendo a la vida mientras iban a la guerra con dagas negras. Eran tan reales que podrías estirar la mano y tocarlos.
Tan reales como si pudieras ser ellos.
Volvió a pensar en la primera vez que los había visto. Tohr lo llevaba a conocer a Wrath.
John tragó. Había tenido a Tohrment durante tan poco tiempo. Pocos meses. Después de una vida sintiéndose descentrado, dejándose llevar durante dos décadas sin un núcleo familiar que lo anclara, había vislumbrado lo que siempre había querido. Y entonces con un solo disparo su padre y madre adoptivos se habían ido.
Le gustaría ser lo suficientemente mayor para decir que estaba agradecido de haber conocido a Tohr y Wellsie durante ese tiempo, pero era mentira. Deseaba no haberlos conocido. Su pérdida era mucho más difícil de sobrellevar que el amorfo dolor que había sentido cuando estaba solo.
Realmente no era un macho que valiera la pena, ¿verdad?
Sin aviso, Z salió de la puerta escondida bajo la gran escalera, y John se puso tenso. No pudo evitarlo. Sin importar las veces que viera al hermano, la apariencia de Zsadist siempre le hacía pensar dos veces. No era sólo la cicatriz de la cara o la cabeza rapada. Era el aire mortal que no se había ido, aunque ahora estaba emparejado e iba a ser padre.
Además, esta noche la cara de Z estaba rígida y tensa, y su cuerpo aún más tenso.
—¿Estás listo para salir?
John estrechó los ojos y señaló:
¿Qué está pasando?
—Nada por lo que debas preocuparte. Estás listo. —No era una pregunta, sino una orden.
Cuando John asintió y se abrochó la parka, los dos salieron atravesando el vestíbulo delantero.
La noche tenía un color perla, las estrellas deslucidas por una ligera saturación de nubes que se recortaban contra la luna llena. De acuerdo con el calendario, estaba llegando la primavera, pero eso era sólo en teoría, si uno miraba el paisaje. La fuente delante de la mansión permanecía fuera de servicio durante el invierno, vacía y esperando a ser rellenada. Los árboles eran como esqueletos negros estirándose hacia el cielo, rogando con sus delgados brazos que el sol se volviera más fuerte. La nieve permanecía en el césped, tercamente aferrada a un suelo que todavía estaba totalmente helado.
El viento traía un frío que les golpeaba las mejillas, mientras él y Zsadist caminaban hacia la derecha, con los guijarros del patio moviéndose bajo sus botas. A lo lejos se veía el muro de seguridad del Complejo, un bastión de veinte pies de alto y tres pies de grosor, que rodeaba la propiedad de la Hermandad.
La cosa estaba llena de cámaras de seguridad y detectores de movimiento, un buen soldado repleto de gran cantidad de munición. Pero todo eran minucias, en realidad. El verdadero mecanismo para no permitir la entrada eran los 120 voltios de carga eléctrica que recorrían la parte superior en espirales de alambre electrificado.
La seguridad primero. Siempre.
John siguió a Zsadist por el jardín lleno de nieve, pasando junto a convalecientes parterres de flores y la vacía piscina de la parte de atrás. Tras una ligera bajada, alcanzaron el borde del bosque. En este punto el monstruoso muro realizaba un brusco giro a la izquierda y bajaba por la ladera de la montaña. No lo siguieron, sino que penetraron en la línea de árboles.
Bajo los gruesos pinos y las densas ramas de los arces había un grupo de viejas agujas y hojas, y no demasiada maleza. Ahí, el aire olía como tierra y aire frío, una combinación que hizo que le picara el interior de la nariz.
Como era habitual, Zsadist lideró la marcha. Los caminos que tomaban cada noche eran diferentes y parecían aleatorios, pero siempre terminaban en el mismo lugar, una pequeña cascada. El arroyo que bajaba por la ladera de la montaña se lanzaba por un pequeño acantilado, y entonces formaba una piscina poco profunda unos nueve pies más allá.
John se acercó y puso la mano en el gorgoteante torrente. Cuando su palma atravesó la caída, sus dedos se entumecieron por el frío.
En silencio, Zsadist cruzó el arroyo, saltando de roca en roca. La elegancia del hermano era como la del agua, fluida y fuerte, sus pasos tan seguros que estaba claro que sabía con exactitud cómo reaccionaría su cuerpo con cada movimiento de músculo.
Ya al otro lado, caminó hasta la cascada, de modo que quedó enfrente de John.
Sus ojos se encontraron. Oh, tío, Z tenía algo que decir esta noche, ¿no?
Las caminatas habían empezado después de que John atacó a otro compañero de estudios y lo dejó inconsciente en las duchas de los vestuarios. Wrath había hecho que fueran una condición para que John permaneciera en el programa de entrenamiento, y al principio las había temido, imaginándose que Z iba a intentar colarse en su cabeza. Hasta ahora, sin embargo, siempre habían estado en silencio.
Ese no iba a ser el caso esa noche.
John retiró el brazo, se dirigió un poco corriente abajo y cruzó al otro lado sin la confianza o destreza de Zsadist.
Cuando llegó junto al hermano, Z dijo:
—Lash va a volver.
John cruzó los brazos sobre el pecho. Oh, genial, el idiota que John había puesto en una camilla. Cierto, Lash había estado más que pidiéndolo, yendo tras John, abucheándolo y presionándolo, volviéndose contra Blay. Pero aún así.
—Y ha pasado el cambio.
Fenomenal. Nada más jodidamente mejor. Ahora el bastardo lo perseguiría con músculo.
¿Cuándo? señaló John.
—Mañana. Le he dejado claro que si da problemas, no volverá. Si tienes problemas con él, me avisas, ¿está claro?
Mierda. John quería ocuparse él mismo. No quería que lo vigilaran como a un niño.
—¿John? Me avisas. Asiente con tu jodida cabeza.
John lo hizo, despacio.
—No arremeterás contra el cabrón. No me importa lo que diga o lo que haga. Sólo porque te irrite no significa que tengas que reaccionar.
John asintió, porque tenía el presentimiento de que Z le volvería a pedir lo mismo si no lo hacía.
—Si te pillo actuando a lo Harry el Sucio, no te va a gustar lo que pasará.
John observó fijamente el torrente de agua. Dios… Blay, Qhuinn, ahora Lash. Todos cambiados.
La paranoia se arraigó y John miró a Z.
¿Y si la transición no sucede conmigo?
—Lo hará.
¿Cómo lo sabemos seguro?
—Biología. —Z hizo una señal con la cabeza hacia un enorme roble—. Brotarán hojas de ese árbol cuando el sol lo alcance. No podrá evitarlo, y el asunto es igual contigo. Tus hormonas van a golpear con mucha dureza, y entonces pasará. Ya las puedes sentir, ¿verdad?
John se encogió de hombros.
—Sí, puedes. Tus pautas alimenticias y de sueño son diferentes. Al igual que tu comportamiento. ¿Crees que hace un año habrías tirado a Lash contra los azulejos y golpeado hasta hacerle sangrar?
Definitivamente no.
—Estás hambriento, pero no te gusta comer, ¿cierto? Inquieto y cansado. De mal humor.
Jesús, ¿cómo sabía el hermano todo eso?
—He pasado por todo eso, recuerda.
¿Cuánto tiempo falta?, preguntó John.
—¿Hasta que te llegue? Un macho tiene tendencia a parecerse al padre. Darius paso por ello un poco antes de lo habitual. Pero realmente nunca se sabe. Alguna gente puede estar en la fase que estás durante años.
¿Años?
Mierda. ¿Cómo fue después para ti? ¿Cuando te despertaste?
En el silencio que siguió, el hermano sufrió un cambio de lo más espeluznante. Era como si una niebla se hubiera deslizado y él hubiera desaparecido… a pesar de que John todavía podía ver cada detalle de su cara con cicatrices y su cuerpo, con tanta claridad como siempre.
—Habla con Blay y Qhuinn sobre eso.
Lo siento. John se ruborizó. No tenía intención de curiosear.
—Da igual. Mira, no quiero que te preocupes por ello. Tenemos a Layla esperando para que te puedas alimentar de ella, y vas a estar en un entorno seguro. No voy a dejar que suceda nada malo.
John levantó la vista hacia la cara estropeada del guerrero, y pensó en el compañero de clase que habían perdido.
Sin embargo, Hhurt murió.
—Sí, eso pasa, pero la sangre de Layla es muy pura. Es una Elegida. Eso te va a ayudar.
John pensó en la preciosa rubia. Y en cuando se quitó la túnica delante de él para enseñarle su cuerpo para que lo aprobara. Tío, todavía no podía creerse que hubiera hecho eso.
¿Cómo sabré lo que hacer?
Z estiró el cuello hacia atrás y miró al cielo.
—No necesitas preocuparte por eso. Tu cuerpo tomará el control. Sabrá lo que querrá y lo que necesitará. —La cabeza rapada de Z volvió a su posición normal y se quedó observando, sus ojos amarillos atravesando la oscuridad, tan seguros como el sol a través de un espacio entre las nubes—. Tu cuerpo te poseerá durante un rato.
Aunque lo avergonzaba, señaló:
Creo que tengo miedo.
—Quiere decir que eres listo. Esto es una mierda complicada. Pero como dije… no voy a dejar que te pase nada.
Z se giró como si se sintiera incómodo, y John estudió el perfil del macho contra el telón de fondo de los árboles.
Mientras la gratitud manaba, Z cortó las gracias que John estaba preparando para señalar:
—Mejor que volvamos a casa.
Cruzando de vuelta el río y dirigiéndose al recinto, John se encontró pensando sobre el padre biológico que nunca había conocido. Había evitado preguntar sobre Darius, porque había sido el mejor amigo de Tohr, y cualquier cosa conectada a Tohrment resultaba dura de tratar para los hermanos.
Desearía saber a dónde dirigirse con sus preguntas.




Cuando Jane despertó, sus autopistas neurálgicas eran como ristras baratas de luces de Navidad, parpadeando de forma aleatoria, y luego cortocircuitando. Los sonidos se registraban y se desintegraban y reaparecían. Su cuerpo estaba lánguido, después tenso, luego nervioso. Su boca estaba seca y se sentía demasiado caliente, pero temblaba.
Tomando profundas bocanadas de aire, se dio cuenta que estaba parcialmente sentada. Y que tenía un condenado dolor de cabeza.
Pero algo olía bien. Dios, había un aroma increíble a su alrededor… era parte tabaco, como el tipo que su padre había fumando, y parte especias oscuras, como si estuviera en una tienda de aceites indios.
Levantó las pestañas. No tenía bien la vista, probablemente porque no llevaba las gafas, pero podía ver lo suficientemente bien para saber que estaba en una habitación oscura y vacía, que tenía… Jesús, libros apilados por todas partes. También descubrió que el asiento en el que estaba se encontraba situado justo al lado del radiador, lo que podría explicar las ráfagas calientes. Además, su cabeza estaba girada en un mal ángulo, lo que justificaba el dolor de cabeza.
Su primer impulso fue sentarse derecha, pero no estaba sola, por lo que se quedó quieta. Al otro lado de la habitación, el del cabello multicolor estaba al lado de una cama de matrimonio que tenía un cuerpo tumbado. El tío estaba muy ocupado haciendo algo… poniendo un guante en la mano de…
Su paciente. Su paciente estaba en esa cama, con las sábanas por la cintura, el torso desnudo cubierto de vendajes. Cristo, ¿qué había pasado? Recordó haberlo operado… y encontrar una increíble anomalía en su corazón. Entonces hubo un intercambio con Manello en la UCIQ, y después… mierda, había sido secuestrada por el hombre que estaba junto a la cama, un dios del sexo y alguien que llevaba una gorra de los Red Sox.
El pánico ardió junto con una buena dosis de enfado, pero sus emociones no parecían poder conectarse con su cuerpo, la ráfaga de sentimiento disminuyendo hasta que la invadió el letargo. Parpadeó e intentó concentrarse sin llamar la atención sobre sí misma…
Sus párpados se abrieron mucho.
El tipo con la gorra de los Red Sox entró con una rubia increíblemente hermosa a su lado. Estaba cerca de ella, y aunque no se tocaban, era claro que eran pareja. Simplemente se pertenecían.
El paciente habló con voz rasposa.
—No.
—Tienes que hacerlo —dijo Red Sox.
—Dijiste… que me matarías si alguna vez…
—Circunstancias atenuantes.
—Layla…
—Alimentó a Rhage esta tarde, y no podemos tener a otra Elegida aquí sin bailar con la Directrix. Lo que tomaría un tiempo que no tenemos.
La mujer rubia se acercó a la cama del paciente y se sentó lentamente. Vestida con un traje pantalón negro a medida, parecía una abogada o una mujer de negocios, y aún así era salvajemente femenina con su largo y lustroso cabello.
—Utilizame —extendió la muñeca sobre la boca del paciente, haciéndola flotar justo por encima de sus labios—. Aunque sólo sea porque te necesitamos fuerte para que te puedas hacer cargo de él.
No había duda de quién era “él”. Red Sox parecía más enfermo que cuando Jane lo había visto por primera vez, y el médico de su interior se preguntó exactamente en qué consistía “hacerse cargo”.
Mientras tanto, Red Sox se apartó hasta golpear la pared opuesta. Rodeándose el torso con los brazos, se sujetó a sí mismo.
Con voz suave, la rubia dijo:
—Él y yo hablamos sobre esto. Has hecho tanto por nosotros…
—No… no por ti.
—Está vivo gracias a ti. Así que eso es todo. —La rubia estiró la mano como si fuera a alisarle el cabello al paciente, pero luego la retiró cuando se encogió—. Deja que te cuidemos. Sólo por esta vez.
El paciente miró al otro lado de la habitación, a Red Sox. Cuando este asintió, el paciente maldijo y cerró los ojos. Entonces abrió la boca…
Joder. Sus pronunciados caninos se habían alargado. Antes eran agudamente afilados, ahora eran positivamente colmillos.
Vale, claramente esto era un sueño. Sip. Porque eso no le pasaba a los dientes cosméticamente resaltados. Nunca.
Cuando el paciente descubrió los “colmillos”, el hombre con el cabello multicolor se puso delante de Red Sox, apoyó ambas manos en la pared y se inclinó hasta que ambos pechos casi se tocaron.
Pero entonces el paciente sacudió la cabeza y se apartó de la muñeca.
—No puedo.
—Te necesito —susurró Red Sox—. Estoy enfermo por lo que hago. Te necesito.
El paciente se fijó en Red Sox, y un poderoso anhelo brilló en sus ojos diamantinos.
—Sólo por… ti… no por mí.
—Por ambos.
—Por todos nosotros —intervino la mujer rubia.
El paciente inspiró profundamente, entonces —¡Cristo!— mordió la muñeca de la rubia. El ataque fue rápido y resuelto como el de una cobra, y cuando se afirmó, la mujer saltó, y luego exhaló con lo que pareció ser alivio. Al otro lado de la habitación, Red Sox tembló por completo, con aspecto desamparado y desesperado mientras el del cabello multicolor bloqueaba su camino sin entrar en contacto con él.
La cabeza del paciente empezó a moverse siguiendo un ritmo, como si fuera un bebé mamando de un pecho. Pero no podía estar bebiendo de ahí, ¿verdad?
Sí, demonios si no podía.
Sueño. Esto era todo un sueño. Un sueño de hospital psiquiátrico. ¿Verdad? Oh, Dios, esperaba que fuese eso. Si no, estaba metida en una especie de pesadilla gótica.
Cuando finalizó, su paciente se dejó caer de vuelta en las almohadas, y la mujer lamió donde había estado su boca.
—Descansa ahora —dijo, antes de girarse hacia Red Sox—. ¿Estás bien?
Sacudió la cabeza de un lado a otro.
—Quiero tocarte, pero no puedo. Quiero entrar en ti, pero… no puedo.
El paciente habló.
—Túmbate conmigo. Ahora.
—No puedes aguantarlo —dijo Red Sox, con voz aguda y ronca.
—Lo necesitas ahora. Estoy listo.
—Demonios si lo estás. Y tengo que tumbarme. Volveré después de descansar…
La puerta volvió a abrirse, la luz se derramó de lo que parecía ser un vestíbulo, y un enorme hombre con cabello negro hasta la cintura y envolventes gafas de sol entró airado. Esto significaba problemas. Su rostro cruel sugería que tal vez se excitara torturando a la gente, y el brillo peligroso de sus ojos la hizo preguntarse si quería empezar con alguno ahora mismo. Esperando evitar que la notara, cerró los párpados de golpe e intentó no respirar.
La voz era tan dura como el resto de su cuerpo.
—Si no estuvieras ya sobre tu culo, te pondría yo mismo en el suelo. ¿En qué coño estabas pensado, trayéndola aquí?
—Con permiso —dijo Red Sox. Hubo un arrastrar de pies y la puerta se cerró.
—Te hice una pregunta.
—Se suponía que tenía que venir —dijo el paciente.
—¿Se suponía? ¿Se suponía? ¿Estás jodidamente loco?
—Sí… pero no acerca de ella.
Jane abrió un ojo y observó a través de las pestañas mientras el tipo gigantesco miraba al del cabello fabuloso.
—Quiero a todos en mi estudio en media hora. Necesitamos decidir qué demonios haremos con ella.
—No… sin mí… —dijo el paciente, su tono cobrando más fuerza.
—No tienes voto.
El paciente apoyó las palmas en el colchón y se sentó, aunque esto hizo que le temblaran los brazos.
—Tengo todos los votos en lo que concierne a ella.
El hombre alto apuntó al paciente con un dedo.
—Que te jodan.
De ninguna parte, la adrenalina de Jane golpeó.
Sueño o no sueño, debería contar en esta feliz conversación. Poniéndose más recta en el asiento, se aclaró la garganta.
Todos los ojos se centraron de golpe en ella.
—Quiero salir de aquí —dijo, en una voz que deseaba que fuera menos entrecortada y más de armas tomar—. Ahora.
El hombre grande se puso una mano en el puente de la nariz, se sacó las gafas y se frotó los ojos.
—Gracias a él, esa no es una opción inmediata. Phury, vuelve a ocuparte de ella, ¿vale?
—¿Vais a matarme? —preguntó apuradamente.
—No —dijo el paciente—. Vas a estar bien. Tienes mi palabra.
Durante una fracción de segundo le creyó. Lo que era una locura. No sabía dónde estaba, y esos hombres eran claramente matones…
El que tenía el cabello hermoso se paró delante de ella.
—Simplemente vas a descansar un ratito más.
Ojos amarillos encontraron los suyos, y de repente fue una televisión desconectada, el cable arrancado de la pared, la pantalla en blanco.

Vishous observó a su cirujana mientras se hundía de nuevo en la silla al otro lado de la habitación.
—¿Está bien? —le dijo a Phury—. ¿No la habrás frito, verdad?
—No, pero tiene una mente fuerte. Debemos sacarla de aquí lo antes posible.
La voz de Wrath cortó el aire.
—Nunca debería haber sido traída aquí.
Vishous se dejó caer con cautela en la cama, sintiéndose como si hubiera sido golpeado en el pecho con un bloque de cemento. No estaba particularmente preocupado por que Wrath estuviera cabreado. Su cirujana tenía que estar aquí, y eso era todo. Pero por lo menos podía considerar una base lógica.
—Puede ayudar en mi recuperación. Havers es complicado debido al asunto de Butch.
La mirada de Wrath era desapasionada tras las gafas.
—¿Crees que querrá ayudarte después de que hicieras que la secuestraran? El juramento hipocrático sólo llega hasta cierto punto.
—Soy suyo. —V frunció el ceño—. Quiero decir, me cuidará porque me operó.
—Te estás agarrando a un clavo ardiente para justificar…
—¿Lo hago? Acabo de tener una operación a corazón abierto porque me dispararon en el pecho. No se siente como un clavo ardiente. ¿Quieres arriesgarte a que haya complicaciones?
Wrath miró a la cirujana, luego se volvió a frotar los ojos.
—Mierda. ¿Cuánto tiempo?
—Hasta que esté mejor.
Las gafas de sol del Rey volvieron a su nariz.
—Sana rápido, hermano. La quiero borrada y fuera.
Wrath dejó la habitación, cerrando la puerta con un golpe.
—Esto ha ido bien —le dijo V a Phury.
Phury, con su forma de ser pacífica, murmuró algo acerca de cómo todo el mundo estaba bajo mucho estrés, bla, bla, bla, y luego fue hasta el escritorio para cambiar de tema. Volvió al lado de la cama con un par de cigarrillos liados a mano, uno de los encendedores de V y un cenicero.
—Sé que quieres estos. ¿Qué tipo de suministros va a necesitar para tratarte?
V se sacó una lista de la cabeza. Con la sangre de Marissa en él, iba a estar de pie pronto, ya que su linaje era casi puro. Acababa de poner gasolina de muchos octanos en su depósito.
Sin embargo, el asunto era que, se dio cuenta que no quería curarse tan rápido.
—Ella también necesita más ropa —dijo—. Y comida.
—Me ocuparé de ello —Phury se dirigió a la puerta—. ¿Quieres algo para comer?
—No. —Justo cuando el hermano estaba saliendo al pasillo, V dijo—: ¿Comprobarás cómo está Butch?
—Por supuesto.
Después de que Phury se marchó, V miró fijamente a la mujer humana. Su aspecto, decidió, no era tanto hermoso como irresistible. Su rostro era cuadrado, las facciones casi masculinas. Los labios no eran seductores. Ni tenía pestañas tupidas. Y no tenía grandes pechos empujando contra la bata blanca de médico que llevaba. Nada de curvas salvajes, por lo que podía ver.
La deseaba como si fuera una bella diosa desnuda rogando que la sirvieran.
Mía. Las caderas de V giraron, un rubor se extendió bajo su piel aunque no había manera de que tuviera la energía para excitarse.
Dios, la verdad era que no sentía remordimientos por haberla secuestrado. De hecho, estaba predestinado. Justo cuando Butch y Rhage habían aparecido en esa habitación de hospital había tenido su primera visión en semanas. Había visto a su cirujana parada en el umbral de una puerta, enmarcada en una gloriosa luz blanca. Lo había llamado por señas con amor en su rostro, guiándolo hacia delante por una sala. La bondad que le había ofrecido había sido tan cálida y suave como su piel, tan calmante como agua quieta, tan sustanciosa como la luz del sol que ya no conocía.
Aún así, aunque no sentía remordimientos, se culpaba por el miedo y la ira en la cara de ella cuando había despertado. Gracias a su madre, había tenido una desagradable visión de lo que era ser obligado a algo, y le acababa de hacer lo mismo a la mujer que le había salvado la vida.
Mierda. Se preguntó qué habría hecho si no hubiera tenido esa visión, si no tuviera esa maldición de ver el futuro haciéndose oír. ¿La habría dejado allí? Sí. Claro que lo habría hecho. Incluso con la palabra mía recorriéndole la mente, la habría dejado quedarse en su mundo.
Pero la jodida visión había sellado el destino de la mujer.
Volvió a pensar en el pasado. En la primera de sus visiones…

La literatura no era algo de valor en el campamento guerrero, ya que no podías matar con ella.
Vishous había aprendido a leer en la Antigua Lengua sólo porque uno de los soldados había tenido algo de educación y se encargaba de mantener registros rudimentarios del campamento. Era descuidado con ello y el trabajo le aburría, así que V se había ofrecido voluntario para hacer sus deberes si el macho le enseñaba a leer y escribir. Era el intercambio perfecto. V siempre había estado fascinado por la idea de que se podía reducir un suceso a una página y hacerlo no algo transitorio, sino fijo. Eterno.
Había aprendido rápido y luego peinó el campamento buscando libros, encontrando algunos en lugares ocultos y olvidados, como debajo de viejas armas rotas o en tiendas abandonadas. Había coleccionado los estropeados tesoros encuadernados con cuero y los había escondido en el borde más lejano del campamento, donde se guardaban las pieles de los animales. Ningún soldado iba nunca ahí, ya que era territorio femenino, y si las hembras lo hacían, era sólo para coger una piel o dos para fabricar prendas de vestir o ropas de cama. Además, no sólo era seguro para los libros, era el lugar perfecto para leer, ya que el techo de la cueva descendía hasta una baja altura y el suelo era de piedra. Si alguien se acercaba se oía al instante, ya que tenían que arrastrarse para acercarse a él.
Sin embargo, había un libro para el que ni siquiera este lugar oculto era suficientemente seguro.
El más valioso de su exigua colección era un diario escrito por un macho que había llegado al campamento unos treinta años antes. Había sido un aristócrata por nacimiento, pero había terminado en el campamento para ser entrenado debido a una tragedia familiar. El diario estaba escrito en una bella letra, con grandes palabras de las que V sólo podía adivinar el significado, y abarcaba tres años de la vida del macho. El contraste entre las dos partes, una detallando sucesos antes de venir aquí y la otra cubriendo la época posterior, era crudo. Al principio, la vida del macho había estado marcada por el glorioso paso del calendario social de la glymera, lleno de bailes y encantadoras hembras y modales cortesanos. Después todo terminó. Desesperación, exactamente lo mismo con lo que V vivía, era lo que teñía las páginas después de que la vida del macho cambiara para siempre, justo después de su transición.
Vishous leía y releía el diario, sintiendo afinidad con la tristeza del autor. Y después de cada lectura, cerraba la tapa y pasaba los dedos por el nombre en relieve en el cuero.

DARIUS, HIJO DE MARKLON

A menudo V se preguntaba qué había sucedido con el macho. Las entradas terminaban en un día donde nada particularmente significativo había ocurrido, por lo que era difícil saber si había muerto en un accidente o se había ido por capricho. V esperaba enterarse en algún momento que destino había encontrado el guerrero, asumiendo que él mismo viviera lo suficiente para liberarse del campamento.
Como perder el diario lo haría sentirse desamparado, lo guardaba en un lugar donde ni un alma se detenía. Antes de que el campamento se instalara aquí, la cueva había sido habitada por algún tipo de antiguo humano, y los anteriores habitantes habían dejado dibujos primitivos en las paredes. Las vagas representaciones de bisontes y caballos, y huellas de manos y de un único ojo eran consideradas maldiciones por los soldados, y todo el mundo las evitaba. Una división había sido erigida enfrente de esa porción de pared, y aunque estuviera pintada con maestría por toda ella, Vishous sabía porqué su padre no las eliminaba. El Bloodletter quería el campamento desequilibrado y nervioso, y se mofaba de los soldados y las hembras por igual, con amenazas de que los espíritus de esos animales los poseerían, o que las imágenes del ojo y las huellas de manos volverían a la vida con fuego e ira.
V no tenía miedo de los dibujos. Le encantaban. El diseño simple de los animales tenía poder y elegancia, y le gustaba poner las manos contra las huellas de palmas. De hecho, era un consuelo saber que había habido gente viviendo allí antes. Tal vez les había ido mejor.
V escondía el diario entre dos de las representaciones más grandes de bisontes, en una grieta que proporcionaba un alojamiento lo suficientemente amplio y profundo. Durante el día, cuando todos descansaban, se deslizaba detrás de la división y el brillo se apoderaba de sus ojos, y leía hasta que su soledad se aliviaba.
Fue sólo un año después de encontrarlos, que los libros de Vishous fueron destruidos. Sus únicas alegrías fueron quemadas, como siempre había temido que serían. Y no fue una sorpresa quién lo hizo.
Llevaba semanas sintiéndose enfermo, acercándose a su transición, aunque no sabía nada de ello en aquel momento. Incapaz de dormir, se había levantado y deslizado como un fantasma hasta la pila escondida, acomodándose con un tomo de cuentos de hadas. Se durmió con el libro en el regazo.
Cuando se despertó, un pretrans estaba de pie sobre él. El chico era uno de los más agresivos, de ojos duros y cuerpo fuerte.
—Cómo vagueas mientras los demás trabajamos —dijo el joven despectivamente—. ¿Y tienes un libro en las manos? Tal vez debería ser entregado, ya que evita que hagas tus tareas. Puedo llevarme más al estómago haciendo eso.
Vishous puso la pila más profundamente en el escondite y se puso de pie, sin decir nada. Lucharía por sus libros, de la misma manera que luchaba por las sobras de comida para llenarse el estómago o la ropa vieja que le cubría la piel. Y el pretrans que tenía delante lucharía por el privilegio de descubrir los libros. Siempre era así.
El muchacho se acercó con rapidez, empujando a V contra la pared de la cueva. Aunque su cabeza golpeó con fuerza y se quedó sin aire de golpe, respondió, golpeando a su oponente en la cara con el libro. Mientras los otros pretrans se acercaban rápidamente para mirar, V golpeó a su oponente una y otra vez. Le habían enseñado a usar cualquier arma a su disposición, pero mientras obligaba al otro macho a quedarse en el suelo, quería llorar por estar usando su posesión más preciada para hacer daño a alguien. Sin embargo, tenía que continuar. Si perdía la ventaja, puede que el otro le ganara, y que perdiera los libros antes de poder moverlos a otro lugar seguro.
Por fin, el otro muchacho se quedó quieto, con la cara hinchada en mal estado, su aliento saliendo en gorgoteos mientras V lo agarraba por la garganta. El volumen de cuentos de hadas chorreaba sangre, y la cubierta de cuero estaba suelta en una esquina del libro.
Fue en los descuidados momentos posteriores cuando sucedió. Un extraño hormigueo recorrió el brazo de V y se dirigió a la mano que sujetaba al oponente contra el suelo de la cueva. Entonces una sombra espeluznante apareció de repente, creada por un brillo que partía de la palma de V. Al instante, el pretrans bajo él empezó a sacudirse, sus manos y piernas golpeando contra el suelo de piedra como si le doliera todo el cuerpo.
V lo soltó y miró su mano horrorizado.
Cuando volvió a mirar al macho, una visión lo golpeó como un puño, dejando a V aturdido y con la mirada perdida. En un espejismo nebuloso, vio la cara del joven en un viento severo, el cabello echado hacia atrás, y los ojos fijos en un punto distante. Tras él había rocas del tipo que se encontraban en la montaña, y la luz del sol brillaba sobre ambos y el cuerpo inmóvil del pretrans.
Muerto. El muchacho estaba muerto.
De repente el pretrans susurró: —Tu ojo… tu ojo… ¿qué le ha sucedido?
Las palabras salieron de la boca de V antes de que pudiera detenerlas.
 —La muerte te encontrará en la montaña y cuando el viento venga sobre ti, serás arrastrado.
Un jadeo hizo que V levantara la cabeza. Una de las hembras estaba cerca, y tenía la cara horrorizada, como si hubiera hablado con ella.
—¿Qué pasa aquí? —dijo una voz atronadora.
V se apartó del pretrans de un salto para poder permanecer alejado de su padre y mantener al macho a la vista. El Bloodletter estaba parado con los pantalones desabrochados, claramente tras haber tomado a una de las hembras de la cocina. Lo que explicaba porqué estaba en esta parte del campamento.
—¿Qué tienes en la mano? —exigió el Bloodletter, dando un paso hacia V—. Dámelo ahora mismo.
Enfrentado a la ira de su padre, V no tuvo más opción que ofrecerle el libro. Fue agarrado con una maldición.
—Has usado esto inteligentemente sólo cuando le golpeaste con él. —Perspicaces ojos oscuros se estrecharon en la depresión entre las pieles donde V apoyaba la espalda—. Has estado holgazaneando contra estas pieles, ¿no es cierto? Has pasado tiempo aquí.
Cuando V no respondió, su padre se acercó otro paso.
—¿Qué haces aquí atrás? ¿Leer otros libros? Creo que sí, y creo que me los vas a dar. Tal vez me guste leer en vez de dedicarme a mis útiles asuntos.
V dudó… y recibió una bofetada tan fuerte que lo lanzó contra las pieles. Tras deslizarse y rodar hasta el final del montón, cayó sobre las rodillas enfrente de sus tres otros libros. La sangre goteó de su nariz sobre una de las tapas.
—¿Debo golpearte otra vez? ¿O me darás lo que te he pedido? —el tono del Bloodletter era aburrido, como si ambos resultados fueran aceptables, ya que ambos herirían a V, y por tanto le traerían satisfacción.
V sacó una mano y acarició una suave tapa de cuero. Su pecho rugió de dolor ante la despedida, pero la emoción era un gran desperdicio, ¿cierto? Esas cosas que le importaban estaban a punto de ser destruidas de alguna manera, e iba a pasar ahora, a pesar de lo que hiciera. Era casi como si ya no estuvieran.
V miró por encima de su hombro al Bloodletter, y vio una verdad que cambió su vida. Su padre destruiría cualquier cosa o persona que V buscara para consolarse. El macho lo había hecho incontables veces y de innumerables maneras con anterioridad, y continuaría rápidamente. Estos libros y este episodio eran simplemente la huella de un pie en un camino interminable que sería muy transitado.
El darse cuenta de ello hizo que el dolor de V se desvaneciera. Simplemente así. Para él, ahora no había nada útil en una conexión emocional, sólo una agonía final cuando fuera aplastada. Así que ya no volvería a sentir.
Vishous cogió los libros que había acunado en manos gentiles durante horas y horas y encaró a su padre. Le dio lo que había sido su cuerda de salvamento sin ninguna preocupación o afinidad por los tomos. Era como si nunca antes hubiera visto los libros.
El Bloodletter no tomó lo que le era presentado.
—¿Me los das, hijo mío?
—Lo hago.
—Sí… hmm. Sabes, tal vez después de todo no me guste leer. Tal vez prefiera luchar como hace un macho. Por mi especie y mi honor. —Su enorme brazo se estiró, y apuntó a uno de los fogones de la cocina—. Llévalos allí. Quémalos allí. Como es invierno, el calor será apreciado.
Los ojos del Bloodletter se estrecharon cuando V se acercó tranquilamente y lanzó los libros a las llamas. Cuando se giró y volvió a mirar a su padre, el macho lo estaba estudiando cuidadosamente.
—¿Qué dijo el chico sobre tu ojo? —murmuró el Bloodletter—. Me pareció escuchar una alusión a él.
—Dijo: “Tu ojo… tu ojo… qué le ha sucedido” —respondió V sin emoción.
En el silencio que siguió, la sangre se deslizaba de la nariz de V, corriendo cálida y lenta por sus labios y barbilla. Su brazo estaba dolorido por los golpes que había dado, y le dolía la cabeza. Sin embargo, nada de eso le importaba. Una fuerza de lo más extraña estaba sobre él.
—¿Sabes por qué el chico dijo semejante cosa?
—No.
Él y su padre se miraron mientras una multitud de curiosos se reunía.
El Bloodletter dijo, a nadie en particular.
 —Parece que a mi hijo le gusta leer. Como deseo estar bien versado en los intereses de mi chico, me gustaría ser informado si alguien le ve haciéndolo. Lo consideraré un favor personal, al que se le añadirá una ventajosa nota. —El padre de V se dio la vuelta, agarró a una hembra por la cintura y la arrastró hacia el foso principal de las fogatas—. ¡Y ahora tendremos algo de diversión, mis soldados! ¡Al foso!
Un clamor entusiasta se elevó del grupo de machos y la multitud se dispersó.
Mientras V los veía marchar, se dio cuenta que no sentía odio. Normalmente, cuando su padre le volvía la espalda, Vishous le daba rienda suelta al desprecio que sentía por el macho. Ahora no había nada. Fue como cuando había mirado los libros antes de ofrecérselos. Había sentido… nada.
V bajó la mirada hacia el macho que había golpeado.
—Si alguna vez te vuelves a acercar a mí, te romperé las piernas y los brazos, y me ocuparé de que no vuelvas a ver con claridad. ¿Entendido?
El macho sonrió aunque su boca estaba hinchándose como si le hubiera picado una abeja.
—¿Y si paso primero la transición?
V se puso las manos en las rodillas y se inclinó.
—Soy el hijo de mi padre. Por lo tanto soy capaz de cualquier cosa. Sin importar mi tamaño.
Los ojos del chico se agrandaron, como si la verdad fuera sin duda obvia. Desconectado como Vishous estaba ahora, no había nada que no pudiera aguantar, ningún acto que no pudiera realizar, ningún recurso que no empleara para obtener un resultado.
Era como su padre siempre había sido, nada más que especulación desalmada cubierta de piel. El hijo había aprendido la lección.


Cuando Jane despertó otra vez, lo hizo de un sueño terrorífico, uno en los que algo que no existía estaba vivo y bien, y en la misma habitación que ella. Vio los afilados caninos de su paciente y su boca en la muñeca de una mujer, y a él bebiendo de una vena.
Las imágenes brumosas y descentradas perduraron y la asustaron como una lona que se movía porque tenía algo debajo. Algo que te haría daño.
Algo que te mordería.
Vampiro.
No sentía miedo muy a menudo, pero mientras se sentaba lentamente estaba asustada. Recorriendo con la mirada el espartano dormitorio, se dio cuenta con temor que la parte del secuestro no había sido un sueño. Pero, ¿qué pasaba con el resto? No estaba segura de lo que era real y lo que no, porque su memoria tenía muchos agujeros. Recordaba operar al paciente. Recordaba admitirlo en la UCIQ. Recordaba a los hombres secuestrándola. ¿Pero después de eso? Todo era inaudito.
Mientras aspiraba profundamente, olió comida y vio que había una bandeja preparada al lado de su silla. Levantando una tapa de plata de la… Jesús, realmente era un buen plato. Imari[1], como los habían sido los de su madre. Frunciendo el ceño, notó que la comida era de gourmet: cordero con pequeñas patatas y calabacín. Un trozo de tarta de chocolate y había una jarra y un vaso a un lado.
¿Habían secuestrado también a Wolfgang Puck[2], por diversión?
Volvió a mirar a su paciente.
Bajo la luz de una lámpara en la mesita de noche, yacía quieto sobre sábanas negras, con los ojos cerrados, el cabello negro contra la almohada, los pesados hombros asomándose justo encima de las sábanas. Su respiración era lenta y regular, el rostro tenía color y no lo cubría un brillo de sudor febril. Aunque las cejas estaban fruncidas y la boca no era más que una línea, parecía… revivido.
Lo que era imposible, a menos que ella hubiera pasado toda una semana inconsciente.
Jane se levantó con rigidez, estiró los brazos por encima de la cabeza y se arqueó para recolocarse la columna con un crujido. Moviéndose silenciosamente, fue hasta la cama y le tomó el pulso al hombre. Regular. Fuerte.
Mierda. Nada de esto era lógico. Nada de esto. Pacientes a los que habían disparado y apuñalado, y que habían colapsado dos veces, y que después sufrían una operación a corazón abierto, no se recuperaban así. Nunca.
Vampiro.
Oh, cállate ya con eso.
Miró el reloj digital en la mesita de noche y vio la fecha. Viernes. ¿Viernes? Cristo, era viernes, las diez de la mañana. Lo había operado hacía sólo ocho horas, y parecía como si hubiera pasado meses recuperándose.
Tal vez todo esto era un sueño. Tal vez se había quedado dormida en el tren de camino a Manhattan y se despertaría cuando llegase a la estación de Perm. Soltaría una risa avergonzada, cogería una taza de café y se iría a su entrevista en Columbia como había planeado, echándole toda la culpa a la comida de las máquinas expendedoras.
Esperó. Esperó que un movimiento brusco en el recorrido la sacudiera para despertarla.
En lugar de eso, el reloj digital siguió pasando los minutos.
Bien. De vuelta a la idea de joder-esto-es-la-realidad. Sintiéndose completamente sola y mortalmente asustada, Jane caminó hasta la puerta, probó el pomo y la encontró cerrada. Sorpresa, sorpresa. Tuvo la tentación de golpearla. Pero, ¿por qué molestarse? Nadie en el otro lado la iba a dejar marchar, y además, no quería que ninguno de ellos supiera que estaba despierta.
Recorrer el lugar era una prioridad. Las ventanas estaban cubiertas por algún tipo de barrera en el lado más lejano del cristal, el panel tan grueso que ni siquiera entraba el resplandor del día. La puerta evidentemente era algo imposible. Las paredes eran sólidas. No había teléfono. Ni ordenador.
El armario no tenía más que ropas negras, botas grandes y un compartimento ignífugo. Con cerradura.
El cuarto de baño no ofrecía ninguna salida. No tenía ventana ni conducto de ventilación lo suficientemente amplio por el que se pudiera escurrir.
Volvió a la habitación. Hombre, esto no era un dormitorio. Era una celda con un colchón.
Y esto no era un sueño.
Sus glándulas suprarrenales empezaron a golpear, el corazón se le enloqueció en el pecho. Se dijo que la policía debía estar buscándola. Tenían que estar en ello. Con todas las cámaras de seguridad y personal del hospital, alguien tenía que haber visto cómo la sacaban de allí. Además, si se perdía la entrevista, las preguntas empezarían a rodar.
Intentando controlarse, Jane se encerró en el baño, cuya cerradura había sido retirada. Naturalmente. Después de usar el servicio, se lavó la cara y cogió una toalla que colgaba de la parte de atrás de la puerta. Cuando puso la nariz en los pliegues, captó una increíble fragancia que la detuvo en seco. Era el olor del paciente. Debía haberla usado, probablemente antes de salir y recibir ese disparo.
Cerró los ojos y aspiró con fuerza. Sexo fue lo primero y lo único que le vino a la mente. Dios, si pudieran embotellar esto, estos tíos podían pagar sus costumbres de juego y drogas patentándolo.
Disgustada consigo misma, dejó caer la toalla como si fuera basura y captó un brillo detrás del inodoro. Inclinándose sobre los azulejos de mármol, encontró una navaja de afeitar, de esas antiguas que la hacían pensar en películas del oeste. Cuando la cogió, se quedó mirando la brillante hoja.
Vale, esta era un buen arma, pensó. Un arma condenadamente buena.
La deslizó dentro de la bata blanca justo cuando escuchó abrirse la puerta del dormitorio.
Dejando el cuarto de baño, mantuvo la mano en el bolsillo y los ojos alerta. Red Sox estaba de vuelta, y llevaba un par de petates. La carga no parecía sustancial, por lo menos no para alguien tan grande como él, pero la llevaba con dificultad.
—Esto debería ser un principio bastante bueno —dijo en una voz ronca y cansada, la palabra principio pronunciada phincipio, en el clásico estilo de Boston.
—¿Principio de qué?
—Del tratamiento para él.
—¿Perdón?
Red Sox se agachó y abrió uno de los petates. Dentro había cajas de vendas y gasas. Guantes de látex. Bacinillas malvas de plástico. Botes de pastillas.
—Nos dijo lo que necesitabas.
—¿Sí? —Maldición. No le interesaba jugar a ser doctora. Ya era suficiente trabajo ser la Víctima Secuestrada, muchas gracias.
El tipo se enderezó con cuidado, como si estuviera mareado.
—Vas a cuidar de él.
—¿De verdad?
—Sí. Y antes de que lo preguntes, sí, vas a salir de esto con vida.
—Asumiendo que haga de médico, ¿no?
—Exacto. Pero no estoy preocupado. Lo harías de todas formas, ¿no?
Jane miró fijamente al tío. No se veía mucho de su rostro bajo la gorra de béisbol, pero su mandíbula tenía una curva que reconocía. Y estaba ese acento de Boston.
—¿Te conozco? —preguntó.
—Ya no.
En el silencio que siguió, lo repasó con ojo clínico. Su piel estaba gris y pastosa, las mejillas hundidas, sus manos temblaban. Parecía que había pasado dos semanas de juerga, tambaleándose, con la respiración irregular. ¿Y qué era ese olor? Dios, le recordaba a su abuela. Todo perfume desnaturalizado y polvos para la cara. O… tal vez era algo más, algo que la llevaba de vuelta a la facultad de Medicina… Sí, eso era más probable. Apestaba al formaldehído de Anatomía del Cuerpo Humano.
Ciertamente tenía la palidez de un cadáver. Y enfermo como estaba, se preguntó si sería capaz de derribarlo.
Palpando la navaja en su bolsillo, midió la distancia entre ellos y decidió esperar un momento. Aunque estaba débil, la puerta estaba cerrada, bien cerrada. Si lo atacaba, se arriesgaría a que la lastimara o matara, y no estaría más cerca de escaparse. Su mejor apuesta era quedarse cerca del marco de la puerta y esperar a que uno de ellos entrara. Iba a necesitar el elemento sorpresa, porque estaba condenadamente segura de que de otra manera, la doblegarían.
Excepto que, ¿qué haría una vez que estuviera al otro lado? ¿Estaba en una casa grande? ¿Una pequeña? Tenía el presentimiento de que la rutina Fort Knox[3] de las ventanas era algo normal y corriente en el resto de la casa.
—Quiero salir —dijo.
Red Sox exhaló como si estuviera agotado.
—En un par de días volverás a tu vida sin recordar nada de esto.
—Sí, claro. Lo de ser secuestrada tiende a pegarse a una persona.
—Ya verás. O no, depende de cómo se presente el caso. —Mientras Red Sox se dirigía a la mesita de noche, usó el escritorio y luego la pared para estabilizarse—. Tiene mejor aspecto.
Quería gritarle que se alejara de su paciente.
—¿V? —Red Sox se sentó cuidadosamente en la cama—. ¿V?
Los ojos del paciente se abrieron después de un rato, y la comisura de su boca tembló.
—Poli.
Los dos hombres buscaron la mano del otro en el mismo momento, y mientras los veía, Jane decidió que tenían que ser hermanos… salvo que sus rasgos eran muy diferentes. ¿Tal vez simplemente eran amigos íntimos? ¿O amantes?
Los ojos del paciente se deslizaron sobre ella y recorrieron su cuerpo de arriba abajo como si estuviera comprobando que estaba ilesa. Entonces miró la comida que no había tocado y frunció el ceño, como si lo desaprobara.
—¿No hicimos esto hace poco? —murmuró Red Sox al paciente—. ¿Excepto que era yo el que estaba en cama? Qué te parece si quedamos empatados y no volvemos a pasar nunca más por esta mierda de estar heridos.
Esos helados y brillantes ojos la abandonaron y pasaron a su amigo. El ceño no dejó su rostro.
—Tienes muy mal aspecto.
—Y tú eres Miss América.
El paciente sacó su otra mano de las sábanas como si pesara tanto como un piano.
—Ayúdame a sacar el guante de…
—Olvídalo. No estás preparado.
—Te estás poniendo peor.
—Mañana…
—Ahora. Lo haremos ahora. —La voz del paciente bajó hasta convertirse en un suspiro—. Si pasa otro día no serás capaz de estar de pie. Sabes lo que sucede.
Red Sox bajó la cabeza hasta que colgó de su cuello como un saco de harina. Después maldijo en voz baja y estiró la mano para coger la enguantada del paciente.
Jane se apartó hasta golpear la silla en la que se había desmayado. Esa mano le había provocado un ataque a su enfermera, y aún así los dos hombres iban a lo suyo como si el contacto con esa mano no tuviera importancia.
Red Sox sacó el cuero negro con gentileza, descubriendo una mano cubierta con tatuajes. Santo Dios, la piel parecía brillar.
—Ven aquí —dijo el paciente, abriendo ampliamente los brazos hacia el otro hombre—. Túmbate conmigo.
La respiración de Jane se detuvo en sus pulmones.

Cormia recorrió las salas del adytum[4], los silenciosos pies descalzos, la túnica blanca sin hacer ni un ruido, el aire entrando y saliendo de sus pulmones sin siquiera un suspiro que denotara el movimiento. Era así como deambulaba, como debía hacerlo una Elegida, sin causar sombras en los ojos ni susurros en los oídos.
Excepto que tenía un propósito personal, y eso era incorrecto. Como una Elegida, tenías que servir a la Virgen Escriba en todo momento, sus intenciones siempre para con Ella.
Sin embargo, la necesidad propia de Cormia era tal que no podía ser negada.
El Templo de los Libros estaba al final de una larga serie de columnas, y sus puertas dobles estaban siempre abiertas. De todos los edificios del santuario, incluyendo el que contenía las gemas, éste guardaba el conjunto más preciado. Aquí descansaban los registros de la raza de la Virgen Escriba, un diario de incomprensible alcance, que abarcaba miles de años. Dictado por Su Santidad a Elegidas especialmente entrenadas, el trabajo de amor era un testamento de historia así como de fe.
Dentro de la pared de marfil, bajo el brillo de las velas blancas, Cormia se movió por el suelo de mármol, pasando incontables pilas, caminando con más rapidez a medida que se inquietaba más. Los volúmenes del diario estaban ordenados cronológicamente, y dentro de cada año por la clase social, pero lo que buscaba no estaría en esta sección general.
Mirando por encima del hombro para asegurarse de que no había nadie alrededor, se deslizó por un pasillo y accedió a una puerta de color rojo brillante. En el medio de los paneles había una representación de dos dagas negras cruzadas en la hoja, con los mangos hacia abajo. Alrededor de las empuñaduras, en pan de oro, había un lema sagrado en la Antigua Lengua.

La Hermandad de la Daga Negra
Para Defender y Proteger
Nuestra Madre; Nuestra Raza; Nuestros Hermanos

Su mano tembló cuando la puso en el tirador dorado. Esta zona estaba restringida, y si la pillaban sería castigada, pero no le importaba nada. Aunque temía la búsqueda que estaba realizando, ya no podía soportar la falta de conocimiento.
La habitación tenía un tamaño y proporción majestuoso, su alto techo de pan de oro, los montones no blancos, sino de color negro brillante. Los libros que llenaban los estantes estaban encuadernados en cuero negro, sus lomos marcados en oro que reflejaba la luz de velas del color de las sombras. La alfombra del suelo era de color rojo sangre, y suave como la piel.
El aire tenía un olor que no era habitual, y el aroma recordaba a determinadas especias. Tuvo el presentimiento de que era porque en alguna ocasión los hermanos habían estado físicamente en esa habitación y habían permanecido allí en medio de su historia, sacando libros, tal vez sobre sí mismos, tal vez sobre sus ancestros. Intentó imaginárselos, y no pudo, porque nunca había visto a ninguno. En realidad, nunca había visto un macho en persona.
Cormia trabajó con rapidez para descubrir el orden de los volúmenes. Parecía que estaban ordenados por año… Oh, espera. También había una sección de biografías.
Se arrodilló. Cada colección de volúmenes estaba marcada con un número y el nombre del hermano, junto con su linaje paterno. El primero de ellos era un antiguo tomo con símbolos que tenían una arcaica variación, que recordaba a alguna de las partes más antiguas el diario de la Virgen Escriba. Este primer guerrero tenía varios libros con su nombre y número, y los dos hermanos siguientes lo tenían como su progenitor.
Más lejos en la fila, sacó un libro al azar y lo abrió. La portada era resplandeciente, un retrato pintado del hermano rodeado de escritura que detallaba su nombre, fecha de nacimiento y de introducción a la Hermandad, así como su progreso en el campo de batalla con armas y tácticas. La página siguiente era el linaje del guerrero durante generaciones, seguido por una lista de las hembras con las que se había emparejado y los hijos que había tenido. Después, se detallaba su vida capítulo a capítulo, tanto en el campo de batalla como fuera de él.
Este hermano, Tohrture, evidentemente había vivido mucho y luchado bien. Había tres libros sobre él, y una de las últimas anotaciones era la alegría del macho cuando el único hijo que sobrevivió, Rhage, entró en la Hermandad.
Cormia colocó el libro en su lugar y siguió adelante, pasando el dedo índice por las encuadernaciones, tocando los nombres. Estos machos habían luchado para mantenerla a salvo; eran los que habían acudido cuando las Elegidas habían sido atacadas décadas atrás. También eran los que mantenían a los civiles protegidos de los lessers. Tal vez éste arreglo con el Primale fuera bien, después de todo. Sin duda alguien cuya misión era proteger a los inocentes no le haría daño, ¿verdad?
Como no tenía ni idea de la edad de su prometido o cuándo se había unido a la Hermandad, miró cada libro. Había tantos, pilas enteras…
Su dedo se detuvo en el lomo de un grueso volumen, uno de cuatro.

El Bloodletter
356

El nombre del padre del Primale la dejó fría. Había leído sobre él como parte de la historia de la raza, y Virgen querida, tal vez estaba equivocada. Si las historias sobre ese macho eran ciertas, incluso aquellos que luchaban noblemente podían ser crueles.
Extraño que su línea paterna no estuviera indicada.
Continuó avanzando, trazando más lomos y más nombres.

VISHOUS
Hijo del Bloodletter
428

Había un único volumen, y era más delgado que un dedo. Mientras lo abría, deslizó la mano por la tapa, con el corazón palpitando con fuerza. La encuadernación estaba rígida cuando lo abrió, como si el libro apenas hubiera sido alterado. Lo que de hecho había sucedido. No había retrato, ni tributo cuidadosamente escrito hacia sus habilidades de combate, sólo una fecha de nacimiento que indicaba que pronto tendría trescientos tres años, y una anotación de cuándo había entrado en la Hermandad. Pasó la página. No había mención de su linaje, excepto por el Bloodletter, y el resto del tomo estaba en blanco.
Volviendo a colocarlo en su lugar, regresó a los volúmenes del padre y sacó el tercero de la colección. Leyó sobre el padre con la esperanza de aprender algo sobre el hijo, algo que pudiera despejarle sus miedos, pero lo que encontró fue un nivel de crueldad que la hizo rogar que el Primale se pareciera a su madre, quien quiera que fuese. El Bloodletter era realmente el nombre adecuado para el guerrero, ya que era cruel con vampiros y lessers por igual.
Pasando al final, encontró en la última página un registro de la fecha de su muerte, aunque no se mencionaba la manera. Sacó el primer volumen y lo abrió para ver el retrato. El padre tenía el cabello de color negro azabache, barba completa y ojos que la hacían querer apartar el libro y no volver a abrirlo.
Después de volver a colocar el tomo, se sentó en el suelo. Como resultado del requerimiento de la Virgen Escriba, el hijo del Bloodletter vendría por Cormia, y tomaría su cuerpo como su legítima posesión. No se podía imaginar en qué consistía el acto y lo que hacía el macho, y temía las lecciones sexuales.
Por lo menos como Primale yacería con otras, se dijo. Muchas otras, alguna de las cuales había sido entrenada para darle placer a los machos. Sin duda las preferiría a ellas. Si tuviera algo de suerte, apenas sería visitada.




[1] Imari es un tipo de porcelana japonesa, de la zona de Arita. Se conoce como “Cerámica Imari”, debido a que en la antigüedad era embarcada en el cercano puerto de Imari.
[2] Wolfgang Puck es un cocinero famoso austriaco-americano, restaurador, y hombre de negocios de Los Ángeles. Es dueño de una cadena de restaurantes diversos.
[3] Fort Knox fue una de las fortalezas militares más segura de los EE.UU., construida en 1861 durante la Guerra Civil. En la actualidad es una base militar.
[4] El adytum, palabra latina, era una zona restringida en la parte interior de un templo griego o romano. Su nombre significa "inaccesible" o "no pasar".

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