sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 13 14 15


Mientras Butch se estiraba sobre la cama de Vishous, a V le avergonzaba admitirlo, había pasado muchos días preguntándose como sería. Como se sentiría. Como olería. Ahora que era una realidad, estaba contento de tener que concentrarse en curar a Butch. De otra forma tenía la sensación de que hubiera sido muy intenso y hubiera tenido que apartarse.
Cuando su pecho rozó el de Butch, trató de decirse que no necesitaba esto. Quiso pretender que no necesitaba sentir a alguien a su lado, que no se sentía reconfortado al estar pegado de pies a cabeza con otra persona, que le tenía sin cuidado la calidez y la presión contra su cuerpo.
Que el curar al poli no lo curaba a él.
Pero eso era, por supuesto, pura mierda. Cuando V colocó los brazos alrededor de Butch y se abrió para tomar el mal del Omega, necesitaba todo eso. Con la visita de su madre y el tiroteo, ansiaba la cercanía de otro, necesitaba sentir brazos que le devolvían el abrazo. Tener el latir de un corazón contra el propio.
Pasaba tanto tiempo manteniendo su mano alejada de otros, manteniéndose a si mismo apartado de otros, que bajar la guardia con la única persona en la cual realmente confiaba le hacia escocer los ojos.
Era bueno que nunca llorara o tendría las mejillas tan mojadas como las rocas en un río.
Cuando Butch se estremeció de alivio, Vishous sintió el temblor de los hombros y las caderas del macho. Sabiendo que era incorrecto, pero incapaz de detenerse, V enterró profundamente la mano tatuada dentro de la mata de cabello de Butch. Mientras el poli emitía otro gemido y se acercaba, V desvío los ojos hacia su cirujana.
Estaba sobre una silla, mirándolos, los ojos agrandados, la boca ligeramente abierta.
La única razón por la que V no se sentía avergonzado como el infierno era que sabía que cuando se fuera no tendría ningún recuerdo de este momento de intimidad. De otra manera no podría haberlo soportado. Mierdas como esa no le pasaban seguido en la vida… en gran parte porque no lo permitía. Y que lo condenaran si permitía que una completa extraña tuviera recuerdos de sus asuntos privados.
Excepto que... en realidad no la sentía como una completa extraña.
Su cirujana se llevó la mano a la garganta, y se hundió más en la silla. Mientras el tiempo pasaba lentamente, desenroscándose como un perro perezoso en una brumosa noche de verano, sus ojos nunca se apartaron de los de él, y él tampoco apartó la vista.
Le regresó esa palabra. Mía.
Salvo que, ¿en quien estaba pensando? ¿En Butch o en ella?
En ella, se dio cuenta. Era la hembra al otro lado de la habitación quien hacía surgir esa palabra en él.
Butch movió las piernas rozándose contra las de V a través de las mantas. Con una punzada de culpa, V rememoró las veces en que se había imaginado a si mismo con Butch. Se había imaginado a ambos yaciendo como estaban en ese momento, imaginándose… bueno, la curación no era ni la mitad de ello. Si bien era extraño. Ahora que estaba pasando, V no estaba pensando en nada sexual hacia Butch. No… el impulso sexual y la palabra vinculado se dirigían hacia la silenciosa mujer humana que estaba al otro lado de la habitación, quien estaba claramente conmocionada.
¿Quizás no podía manejar a dos hombres juntos? No era que él y Butch fueran a estarlo.
Por alguna ridícula y maldita razón, V le dijo:
—Es mi mejor amigo.
Pareció sorprendida de que le ofreciera cualquier explicación. Con lo cual ya eran dos.

Jane no podía quitar los ojos de la cama. Su paciente y Red Sox estaban resplandeciendo juntos, una suave luz emanando de sus cuerpos, y algo estaba pasando entre ellos, algún tipo de intercambio. Jesús, ese olor dulce se estaba desvaneciendo, ¿verdad?
Y ¿buenos amigos? Miró la mano de su paciente enterrada en el cabello de Red Sox y la manera en que esos fuertes brazos sostenían al hombre cerca de él. Seguro que eran amigos, ¿pero hasta donde llegaba eso?
Después de solo Dios sabe cuanto tiempo, Red Sox dejo salir un largo suspiro y alzó la cabeza. Con sus rostros separados por solo unas pocas pulgadas, Jane se abrazó a si misma. No tenía problemas con que los hombres estuvieran juntos, pero por alguna loca razón no quería ver a su paciente besando a su amigo. Ni a nadie más.
—¿Estás bien? —preguntó Red Sox.
La voz del paciente fue baja y suave.
—Sip. Cansado.
—Me imagino. —Red Sox salió de la cama con un ágil movimiento. Demonios, se veía como si hubiera pasado un mes en un spa. El color había vuelto a la normalidad, y sus ojos estaban despejados y alertas. Y ese aire de malevolencia se había ido.
El paciente se recolocó sobre la espalda. Luego se enrolló de lado haciendo una mueca de dolor. Después probó a ponerse de espaldas de nuevo. Las piernas se movían bajo las mantas todo el tiempo, como si tratara de dejar atrás cualquier dolor que tuviera en el cuerpo.
—¿Sientes dolor? —preguntó Red Sox. Cuando no hubo respuesta, el tipo la miro por sobre el hombro—. ¿Puedes ayudarlo, Doc?
Quería decir que no. Quería lanzar un par de palabrotas y exigir ser liberada una vez más. Y quería patear a este miembro de la Nación Red Sox en las pelotas por hacer que su paciente se sintiera peor con lo que fuera que acabara de pasar.
El Juramento Hipocrático hizo que se pusiera de pie y fuera hacia el petate.
—Depende de lo que me hayas traído.
Hurgó dentro y encontró un cargamento de Walgreens con todos los analgésicos existentes. Y todo venía directamente en los paquetes del gran negocio farmacéutico, por lo que claramente tenían fuentes dentro del hospital. Las drogas estaban cerradas herméticamente de manera que no habían estado mucho tiempo en el mercado negro. Demonios, estos tipos probablemente eran el mercado negro.
Para asegurarse de que no se había perdido ninguna alternativa, miró en el segundo petate… y encontró sus pantalones de yoga favoritos… y el resto de las cosas que había empaquetado para ir a Manhattan para la entrevista en Columbia.
Habían estado en su casa. Estos bastardos habían estado en su casa.
—Teníamos que llevar tu coche de vuelta —explicó Red Sox—. Y pensé que apreciarías algo de ropa limpia. Eso estaba listo.
Habían conducido su Audi, caminado a través de sus habitaciones, revisado sus cosas.
Jane se levantó y pateó el petate a través de la habitación. Cuando sus ropas se esparcieron por el suelo, metió la mano dentro del bolsillo y agarró la navaja de afeitar, lista para ir por la garganta de Red Sox.
La voz del paciente sonó fuerte.
—Discúlpate.
Se volvió y miró fijo hacia la cama.
—¿Por qué? Me trajeron en contra mi vol…
—Tú no. Él.
La voz de Red Sox fue contrita cuando habló apresuradamente.
—Siento que hayamos registrado tu casa. Solo tratábamos de hacerte esto más fácil.
—¿Fácil? Sin ofender, pero vete a la mierda con tu disculpa. Sabes, la gente va a echarme en falta. La policía me buscará.
—Nos encargamos de todo eso, incluso de la cita en Manhattan. Encontramos los billetes de tren y el itinerario de la entrevista. Ya no te esperan.
La ira la hizo perder la voz por un momento.
—Como se atreven.
—Cuando supieron que estabas enferma, estuvieron de acuerdo en volverla a programar. —Como si eso lo arreglara todo.
Jane abrió la boca, lista para lanzarse contra él, cuando se dio cuenta de que estaba en su poder. Por lo que contrariar a sus captores probablemente no era un movimiento inteligente.
Con una maldición, miró al paciente.
—¿Cuándo me dejarán ir?
—Tan pronto como este en pie.
Estudió su rostro, desde la perilla hasta los diamantinos ojos y los tatuajes en la sien. Por instinto dijo:
—Dame tu palabra. Jura por la vida que te devolví que me dejarás ir ilesa.
No dudó. Ni siquiera para tomar un respiro.
—Por mi honor y la sangre en mis venas, serás libre tan pronto como esté bien.
Maldiciéndose y a ellos, sacó la mano del bolsillo, se inclinó, y tomó un frasco de Demerol del gran petate.
—No hay jeringas.
—Tengo algunas. —Red Sox se acercó sacando un paquete esterilizado. Cuando trató de cogerlo, lo apretó—. Se que lo usarás sabiamente.
—¿Sabiamente? —le quitó la jeringa de la mano—. No, voy a pincharle el ojo con ella. Porque eso fue lo que me enseñaron en la facultad de Medicina.
Inclinándose de nuevo, buceó por el petate y encontró un par de guantes de látex, un paquete de toallitas empapadas en alcohol, algo de gasa y esparadrapo para cambiar el apósito del pecho.
Aunque le había dado al paciente antibióticos profilácticos por vía intravenosa antes de la cirugía para que el riesgo de infección fuera bajo, preguntó:
—¿También puedes conseguir antibióticos?
—Cualquier cosa que necesites.
Sip. Definitivamente estaban enganchados con un hospital.
—Puede que necesite algo de ciprofloxacino o puede ser amoxicilina. Depende de lo que esté pasando bajo el vendaje quirúrgico.
Colocó la aguja, el frasco y los otros suministros médicos en la mesita de noche, se puso los guantes, y rasgó el paquete de aluminio.
—Espera un momento, Doc —dijo Red Sox.
—¿Disculpa?
Los ojos de Red Sox se fijaron en ella como un par de miras de arma.
—Con todo respeto, necesito recalcar que si lo dañas intencionalmente, te mataré con mis propias manos. Sin importar el hecho de que seas mujer.
En tanto un ramalazo de miedo le subía por la columna, un gruñido llenó la habitación, de la clase que un mastín haría antes de atacar.
Ambos bajaron la mirada hacia el paciente, conmocionados.
Tenía el labio superior contraído y aquellos afilados dientes delanteros se habían vuelto del doble del tamaño de lo que habían sido antes.
—Nadie la tocará. No importa que haga o a quién.
Red Sox frunció el ceño como si su amigo hubiese perdido la cabeza.
—Conoces nuestro trato, compañero. Te mantengo a salvo hasta que puedas hacerlo por ti mismo. ¿No te gusta? Mantén tu culo sano y luego puedes preocuparte por ella.
Nadie.
Hubo un momento de silencio, luego Red Sox miró a Jane y al paciente alternativamente como si estuviera recalibrando las leyes de la física… y teniendo problemas con los cálculos.
Jane intervino, sintiendo la necesidad de calmar los ánimos.
—Está bien, está bien. Acabad con esa pose de machitos, ¿queréis? —ambos la miraron con sorpresa y parecieron aún más pasmados cuando le dio un codazo a Red Sox para apartarlo—. Si vas a quedarte aquí, desconecta el cabreo. No le estas ayudando. —Miró fijamente al paciente—. Y tú… sólo relájate.
Después de un momento de silencio mortal, Red Sox se aclaró la garganta, y el paciente se puso el guante y cerró los ojos.
—Gracias —murmuró.
—Ahora, chicos, ¿os importa si hago mi trabajo para poder salir de aquí?
Le puso al paciente una inyección de Demerol, y después de un momento las fruncidas cejas cedieron como si les hubiesen aflojado los tornillos. Cuando la tensión abandonó su cuerpo, le sacó el vendaje del pecho, levantando la gasa y el esparadrapo.
—Dios… mío —jadeó.
Red Sox miró sobre el hombro de ella.
—¿Qué pasa? Esta sanando perfectamente.
Cuidadosamente dio un golpecito a la fila de grapas metálicas y a la rosada sutura bajo ellas.
—Puedo quitarlas ahora.
—¿Necesitas ayuda?
—Esto sencillamente no está bien.
Los ojos del paciente se abrieron, y fue obvio que sabía perfectamente que esta pensando: Vampiro.
Sin mirar a Red Sox, dijo:
—¿Me traerías las tijeras quirúrgicas y las pinzas del petate? Oh, y tráeme el spray antibiótico.
Cuando oyó que trabajaba enérgicamente al otro lado de la habitación, susurró:
—¿Qué eres?
—Vivo —replicó el paciente—. Gracias a ti.
—Aquí tienes.
Jane saltó como un títere. Red Sox sostenía dos instrumentos de acero inoxidable, pero por su vida que no podía recordar para que los había pedido.
—Las grapas —murmuró.
—¿Qué?
—Voy a quitar las grapas —tomó las tijeras y las pinzas y roció el pecho del paciente con antibiótico.
A pesar del hecho de que su cerebro estaba bailando el twist dentro de su cráneo, se las arregló para cortar y sacar cada una de las veintitantas grapas, dejándolas caer en la papelera que había al lado de la cama. Cuando terminó limpió las gotas de sangre que brotaban de cada agujero de entrada y salida, luego le echó en el pecho algo más del spray antibiótico.
Cuando se encontró con los brillantes ojos, supo a ciencia cierta que no era humano. Había visto el interior de suficientes cuerpos y sido testigo de la lucha por sanar demasiadas veces para pensar de otra forma. De lo que no estaba segura era de donde la dejaba esto a ella o al resto de la raza humana.
¿Cómo era posible? ¿Qué hubiera otra especie con tantas características humanas? No obstante, probablemente fuera así como permanecían ocultos.
Jane le cubrió el centro del pecho con una ligera capa de gasa, la cual pegó en su lugar. Cuando terminó el paciente hizo una mueca, y subió la mano, la que tenía el guante, hacia el estomago.
—¿Estás bien? —preguntó Jane cuando se puso pálido.
—Mareado. —Una línea de sudor le brotó sobre el labio superior.
Miró a Red Sox.
—Creo que deberías irte.
—¿Porqué?
—Esta a punto de vomitar.
—Estoy bien —murmuró el paciente, cerrando los ojos.
Jane se dirigió hacia el petate por una bacinilla y le dijo a Red Sox.
—Vete, ahora. Déjame cuidarlo. No necesitamos audiencia para esto.
Maldito Demerol. Funcionaba de maravilla contra el dolor, pero a veces los efectos secundarios eran un verdadero problema para el paciente.
Red Sox dudó hasta que el paciente gimió y comenzó a tragar convulsivamente.
—Ummm, esta bien. Escucha, antes de irme, ¿quieres que te traiga algo fresco para comer? ¿Alguna cosa en particular que quieras?
—Estas bromeando, ¿verdad? ¿Como si fuera a olvidarme del secuestro y la amenaza de muerte y te fuera a hacer un pedido de comida para llevar?
—No hay razón para no comer mientras estés aquí —levantó la bandeja.
Dios, esa voz… esa áspera y ronca voz con acento de Boston.
—Te conozco. Definitivamente te conozco de alguna parte. Quilate la gorra. Quiero ver tu cara.
El tipo cruzó la habitación con la comida añeja.
—Te traeré algo más de comer.
Cuando la puerta se cerró y trabó tuvo la infantil urgencia de correr hacia ella y golpearla.
Pero el paciente gimió y le miró.
—¿Dejarás de pelear contra las ganas de vomitar ahora?
—No me… jodas… —encorvándose hacia un lado, el paciente comenzó a hacer arcadas.
La bacinilla no fue necesaria, porque no tenía nada en el estómago, por lo que Jane fue al baño, trajo una toalla, y se la puso en la boca. Mientras la mordía miserablemente, se sostenía el centro del pecho como si no quisiera que la herida se abriera.
—Esta bien —dijo mientras le colocaba la mano en la tersa espalda—. Te has curado lo suficiente. La cicatriz no se te va a abrir.
—Siento… como si… yo… Mierda…
Dios, estaba sufriendo, el rostro tenso y colorado, cubierto de sudor, el cuerpo arqueado.
—Esta bien, déjalo pasar a través de ti. Cuanto menos pelees contra ello, más fácil será. Sip… así… respira entre ellas. Bien, ahora…
Le acarició la columna, sostuvo la toalla y no pudo evitar continuar murmurándole. Cuando terminó, el paciente yació inmóvil, respirando por la boca, la mano enguantada apretada fuertemente sobre un enredo de sabanas.
—Eso no fue divertido —dijo con voz áspera.
—Te encontraremos otro analgésico —murmuró, sacándole el cabello de los ojos—. No más Dem para ti. Escucha, quiero mirarte las heridas, ¿ok?
Asintió y se volvió sobre la espalda, la superficie del pecho parecía tan amplía como la maldita cama. Fue cuidadosa con el esparadrapo, gentil cuando levantó la gasa. Buen Dios… la piel que había estado perforada por las grapas hacía solo quince minutos estaba completamente curada. Todo lo que quedaba era una pequeña línea rosada que bajaba por el esternón.
—¿Qué eres? —farfulló.
El paciente rodó hacia ella.
—Cansado.
Sin siquiera pensar en ello comenzó a acariciarlo nuevamente, el ruido de la mano pasando de arriba hacia abajo por la piel hacía un pacífico sonido. No pasó mucho tiempo antes de que notara que los hombros eran puro músculo… y que lo que estaba tocando era calido y muy masculino.
Levantó la palma de la mano.
—Por favor —le tomó la muñeca con la mano sin marcas… aún cuando sus ojos continuaban cerrados—, tócame o… mierda, agárrame, estoy… a la deriva. Como si fuera a salir flotando. No siento nada. Ni la cama… ni mi cuerpo.
 Miró hacia donde la sujetaba, luego le midió los bíceps y la envergadura del pecho. Tuvo el fugaz pensamiento de que podría quebrarle el brazo en dos, pero sabía que no lo haría. Una media hora antes había estado listo para desgarrar la garganta de uno de sus más cercanos y queridos amigos para protegerla…
Detente.
No te sientas segura con él. El síndrome de Estocolmo no es tu amigo.
—Por favor —dijo con una respiración temblorosa, la vergüenza constriñéndole la voz.
Dios, nunca había entendido como las victimas de secuestro desarrollaban relaciones con sus secuestradores. Iba en contra de la lógica tanto como de las leyes de auto conservación. Tu enemigo no podía ser tu amigo.
Pero negarle afecto era inconcebible.
—Necesitaré mi mano de vuelta.
—Tienes dos. Usa la otra. —Diciendo esto se acurrucó alrededor de la palma que le sostenía, provocando que las sabanas descendieran más por su torso.
Tenía la piel del color dorado oscuro de un broceado de verano y tersa… hombre, era tersa y flexible. Siguiendo la curva de la columna subió hasta la nuca, y antes de saber que estaba haciendo le estaba acariciando el lustroso cabello. Corto en la parte de atrás, largo alrededor del rostro… se preguntaba si lo lucía así para esconder los tatuajes de la sien. Salvo que debían ser para enseñarlos… ¿por qué sino se los haría en un lugar tan visible?
El hizo un ruido con la parte de atrás de la garganta, un ronroneo que le recorrió el pecho y la parte superior de la espalda; luego se apartó, el movimiento tiró de su brazo. Claramente quería que se extendiera contra él, pero cuando se resistió, dejó de insistir.
Mirando fijamente su brazo entre el apretado agarre de los bíceps, pensó acerca de la última vez que había estado entrelazada con un hombre. Mucho tiempo. Y no había sido muy bueno, francamente.
Los oscuros ojos de Manello le vinieron a la mente…
—No pienses en él.
Jane se movió bruscamente.
—¿Cómo sabes lo que hay en mi mente?
El paciente soltó el agarre y lentamente se volvió de forma que quedó mirando hacia el otro lado.
—Perdona. No es de mi incumbencia.
—¿Cómo lo supiste?
—Voy a tratar de dormir ahora, ¿vale?
—Vale.
Jane se levantó y regresó a su silla, pensando en su corazón de seis cavidades. En su sangre no clasificable. En esos colmillos sobre la muñeca de la rubia. Echó una mirada hacia la ventana, preguntándose si lo que cubría los cristales era solo por seguridad o también para evitar la luz del día.
¿Dónde la dejaba todo esto? ¿Encerrada en una habitación con un… vampiro?
La parte racional rechazaba la idea por imposible, pero en su interior era conducida por la lógica. Sacudiendo la cabeza, recordó su cita favorita de Sherlock Holmes, parafraseándola: Si eliminas todas las explicaciones lógicas, entonces lo imposible es la respuesta. La lógica y la biología no mentían, ¿verdad? Era una de las razones por las que había decidido convertirse en médico en primer lugar.
Miró al paciente, perdiéndose en las implicaciones. La mente retrocedió ante las posibilidades evolutivas, pero también consideró asuntos más prácticos. Pensó acerca de las drogas que había en ese petate y en el hecho de que el paciente había estado fuera en un lugar peligroso de la ciudad cuando le dispararon. Y hey, la habían secuestrado.
¿Cómo demonios podía confiar en él o en su palabra?
Jane puso la mano en el bolsillo y buscó la navaja de afeitar. La pregunta a eso era fácil. No podía.




Arriba en su dormitorio en la casa grande, Phury se sentó con la espalda contra la cabecera y el edredón azul de terciopelo sobre las piernas. Se había quitado la prótesis y un porro ardía en un pesado cenicero de cristal cerca de él. Mozart emergía desde los altavoces ocultos del equipo estereo.
El libro de armas de fuego delante de él estaba siendo usado como caballete sobre el regazo en vez de cómo material de lectura. Una gruesa hoja de papel blanco estaba colocada encima, pero desde hacía rato que no trazaba nada sobre ella con su lápiz nº 2. El retrato estaba completo. Lo había acabado hacía una hora y trataba de reunir valor para arrugarlo y tirarlo.
Aunque nunca estaba satisfecho con sus dibujos, este casi le gustaba. Desde la profunda blancura del papel, el rostro, el cuello y el cabello de una hembra habían sido revelados en trazos de grafito. Bella estaba mirando fijamente hacia la izquierda, con una ligera sonrisa en los labios y un mechón de oscuro cabello atravesándole la mejilla. Había vislumbrado la postura en la última comida de esa tarde. Ella había estado mirando a Zsadist, lo cual explicaba el secreto alzamiento de la boca.
En todas las poses en las que la había dibujado, Phury siempre la trazaba con sus ojos en otra parte. Si estuviera mirando fuera de la página, hacia él, parecería inapropiado. Infiernos, sencillamente dibujarla era inapropiado.
Aplastó la mano sobre el rostro, preparado para arrugar el papel.
En vez de ello, en el último momento cogió el porro, anhelando alguna calma artificial para su corazón que latía demasiado fuerte. Últimamente estaba fumando mucho. Más que nunca. Y aunque depender de la calma química le hacía sentir sucio, la idea de detenerse nunca cruzó su mente. No podía imaginarse soportar un día sin ayuda.
Mientras daba otra calada y retenía el humo en los pulmones, pensó en su roce con la heroína. El último mes de diciembre había evitado el salto por el borde del precipicio de la heroína no debido a que hubiera hecho una buena elección sino porque dio la casualidad de que John Matthew escogió el momento oportuno para interrumpir.
Phury exhaló y miró fijamente la punta del porro. La tentación de intentar con algo más duro había regresado. Podía sentir la urgencia de ir donde Rehv y pedirle al macho otra bolsita llena de droga. Quizás entonces obtuviera algo de paz.
Sonó un golpe en su puerta y la voz de Zsadist dijo:
—¿Puedo entrar?
Phury metió el dibujo en el interior del libro de armas.
—Si.
Z entró y no dijo una sola palabra. Con las manos en las caderas, anduvo de un lado para otro, adelante y atrás, a los pies de la cama. Phury esperaba, encendiendo otro porro y mirando andar a su gemelo idéntico mientras Z desgastaba la alfombra.
No apremiabas a Z para que hablara más de lo que intentarías forzar a un pez a establecerse al final del anzuelo con un montón de parloteo. El silencio era el único cebo que funcionaría.
Finalmente el hermano se detuvo.
—Está sangrando.
El corazón de Phury saltó y extendió la mano sobre la cubierta del libro.
—¿Cuánto y durante cuanto tiempo?
—Me lo ha estado ocultando, así que no lo se.
—¿Cómo lo has averiguado?
—Encontré una cosa de Evax metida en la parte trasera del armario que está junto al lavabo.
—Quizás sean viejas.
—La última vez que saqué mi maquinilla de afeitar, no estaban allí.
Mierda.
—Entonces tiene que ir a ver a Havers.
—Su próxima cita no es hasta dentro de una semana. —Z empezó a caminar otra vez—. Se que no me lo está contando porque tiene miedo de que enloquezca.
—Quizás lo que encontraste está siendo usado por otra razón.
Z se detuvo.
—Oh, si. Seguro. Porque esas cosas son multifuncionales. Como los bastoncillos o alguna mierda. Mira, ¿hablarías con ella?
—¿Qué? —Phury rápidamente dio una calada—. Eso es privado. Entre tú y ella.
Z se frotó la cabeza afeitada.
—Tú eres mejor que yo con mierda como esta. La última cosa que necesita es que me derrumbe delante de ella, o peor, que le grite porque estoy muerto de miedo y no soy razonable.
Phury trató de respirar hondo, pero apenas pudo conseguir que el aire bajara por su tráquea. Quería tanto involucrarse. Quería ir por el pasillo de estatuas hasta la habitación de la pareja y hacer que Bella se sentara y sonsacarle la historia. Quería ser un héroe. Pero no era su sitio.
—Tú eres su hellren. Tu debes hablar con ella. —Phury apagó la última media pulgada del porro, enrolló uno nuevo y abrió la tapa del encendedor. La piedra de pedernal hizo un ruido áspero cuando saltó la llama—. Puedes hacerlo.
Zsadist maldijo, paseándose un poco más, entonces finalmente se dirigió hacia la puerta.
—Hablar acerca de esta cosa del embarazo me recuerda que si la pierdo, estoy jodido. Me siento tan malditamente impotente.
Después de que su gemelo saliera, Phury dejó que su cabeza cayera hacia atrás. Mientras fumaba, miraba la punta encendida del porro y se preguntaba ociosamente si para el enrollado a mano era como un orgasmo.
Jesús. Si perdían a Bella, ambos él y Z iban a caer en picado de una manera de la cual los machos no salían.
Cuando pensó en ello, se sintió culpable. No debería preocuparse tanto por la hembra de su hermano.
Cuando la ansiedad le hizo sentirse como si se hubiera tragado un nido de avispas, se abrió camino fumando a través de la emoción hasta que echó un vistazo al reloj. Mierda. Tenía que dar una clase de armas de fuego en una hora. Mejor se duchaba e intentaba ponerse sobrio.

John se despertó confuso, vagamente consciente de que le dolía el rostro y de que hacía alguna clase de ruido en su habitación.
Levantó la cabeza del cuaderno y se frotó el puente de la nariz. La espiral le había dejado un diseño de marca de dientes que le hacía pensar en Warf de la serie de Star Trek TNG. Y el ruido era el despertador.
Tres cincuenta de la tarde. Las clases empezaban a las cuatro.
Se levantó del escritorio, se tambaleó hasta el cuarto de baño y se paró junto al lavabo. Cuando eso pareció demasiado trabajoso, se dio la vuelta y se sentó.
Dios, estaba exhausto. Había pasado el último par de meses durmiendo en la silla de Tohr en la oficina del centro de entrenamiento, pero después de que Wrath interviniera y lo mudara a la casa grande, había vuelto a una verdadera cama. Cualquiera pensaría que se sentiría bien con todo ese espacio para las piernas. En cambio, estaba destruido.
Después de lavarse, encendió las luces y respingó por el resplandor. Maldición. Mala idea perder la oscuridad, y no solo porque los ojos estaban matándole. Estando bajo las luces indirectas su pequeño cuerpo se veía horrible, nada excepto pálida piel sobre huesos. Con una mueca, cubrió su sexo del tamaño de un pulgar con la mano para no tener que mirarlo y apagó las luces.
No había tiempo para una ducha. Un rápido cepillado de dientes, una salpicadura de agua sobre el rostro, y no se preocupó del cabello.
De regreso a la habitación solo quería volver a meterse bajo las sábanas, pero se enfundó en los vaqueros que eran tamaño niño y frunció el entrecejo mientras se subía la cremallera. Las cosas estaban flojas en las caderas, le quedaban holgados aunque estaba tratando de comer.
Genial. En vez de pasar la transición, estaba encogiéndose.
Mientras otra ronda de ¿Qué-pasa-si-nunca-me-sucede? le arrollaba, sus cejas comenzaron a fruncirse. Mierda. Se sentía como si hubiera un hombrecillo con un martillo en cada una de sus cuencas, aplastando a golpes los nervios ópticos.
Agarrando los libros del escritorio, los empujó dentro de la mochila y salió. En el instante en que pisó el vestíbulo puso un brazo sobre su rostro. La visión del vestíbulo iluminado hizo rugir su cabeza de dolor, y tropezó hacia atrás, chocando contra una estatua griega. La cual le hizo darse cuenta de que no se había puesto camisa.
Maldiciendo al infierno, volvió al dormitorio, se puso una y de alguna manera logro bajar sin tropezarse con sus propios pies. Hombre, todo le ponía de los nervios. El sonido de sus Nike a través del vestíbulo era como una banda de ratones chillones siguiéndole. El chasquear de la puerta secreta al túnel sonó fuerte como un disparo. El viaje a través de la ruta subterránea hacia el centro de entrenamiento fue interminable.
Este no iba a ser un gran día. Su genio ya estaba llameando, y guiándose por el último mes o así, sabía que cuanto más tarde se manifestara, más duro sería contenerlo.
Y tan pronto como entró en la clase, supo que estaba propenso a estallar.
Sentado en la fila de atrás en la mesa solitaria que John había llamado casa hasta que se hiciera amigo de los chicos estaba… Lash.
Quien ahora venía en el paquete económico de gilipollas. El tío era grande y macizo, constituido como un luchador. Y había pasado a través de una transformación a lo G.I Joe. Antes llevaba ostentosa ropa de alta costura y joyas por valor de la caja fuerte de Jacob y Cia; ahora estaba vestido con pantalones militares negros y una ceñida camisa de nylon negro. Su cabello rubio, el cual había sido lo bastante largo como para hacerse una cola de caballo tenía ahora un corte miliar.
Era como si toda esa pretensión hubiera sido borrada porque sabía que tenía todo lo bueno por dentro.
Una cosa no había cambiado: sus ojos eran todavía del color gris de la piel de un tiburón y estaban enfocados en John… quien supo sin lugar a dudas que si ese tipo lo agarraba a solas iba a experimentar un mundo de dolor. Podría haber tumbado a Lash la última vez, pero eso no sucedería otra vez, y más que eso, Lash iba a atraparlo. La promesa de venganza estaba en el conjunto de esos hombros grandes y la media sonrisa que llevaba escrito jódete.
John tomó asiento junto a Blay, sintiendo el tipo de terror que te daba un callejón oscuro.
—Hey, colega —dijo su amigo suavemente—. No te preocupes por ese bastardo, ¿ok?
John no quería parecer tan débil como se sentía, así que simplemente se encogió de hombros y abrió la cremallera de su mochila. Dios, el dolor de cabeza era mortal. Pero bueno, la respuesta vuela-o-lucha en el vacío y revuelto estomago difícilmente seria una dosis de Excedrin.
Qhuinn se inclinó y dejó caer una nota delante de John. Te tenemos, era todo lo que decía.
John parpadeó rápidamente con gratitud mientras cogía el libro de armas y pensaba sobre lo que iban a ver hoy en clase. Que apropiado que fueran armas. Se sentía como si una le apuntara a la parte posterior de su cráneo.
Miró a la parte trasera de la clase. Como si Lash hubiera estado esperando el contacto visual, el tipo se inclinó y puso los antebrazos sobre la mesa. Sus manos se cerraron lentamente en dos puños que parecían tan grandes como la cabeza de John, y cuando sonrió, sus nuevos colmillos se veían afilados como cuchillos y blancos como la vida después de la muerte.
Mierda. John era hombre muerto si la transición no le llegaba pronto.





Vishous se despertó y lo primero que vio fue a su cirujana en la silla que estaba al otro lado de la habitación. Aparentemente, incluso en sueños había estado siguiéndole la pista.
Ella también lo estaba mirando.
—¿Como estas?
Su voz era baja y regular. Calidez profesional, pensó.
—Estoy mejor.
Aunque era difícil imaginarse sintiéndose peor que cuando había estado vomitando.
—¿Te duele?
—Si, pero no me incomoda. Es más bien una molestia, en realidad.
Sus ojos lo examinaron, pero otra vez con intención profesional.
—Tienes buen color.
No sabía que decir a aquello. Porque cuanto más tiempo se viera como una mierda, más tiempo podría quedarse ella. En ese momento la salud no era su amiga.
—¿Recuerdas algo? —preguntó—. Sobre el tiroteo.
—Realmente no.
Lo que era solo una mentira parcial. Todo lo que recordaba eran chispazos de acontecimientos, recortes parciales de los artículos en lugar de las columnas completas: recordaba el callejón. Una pelea con un lesser. Una pistola disparándose. Y después de eso haber terminado en su mesa y ser evacuado del hospital por sus hermanos.
—¿Por qué alguien querría dispararte? —preguntó.
—Estoy hambriento. ¿Hay comida por aquí?
—¿Eres traficante de drogas? ¿O chulo de putas?
Se frotó la cara.
—¿Por qué piensas que soy uno u otro?
—Te dispararon en un callejón a la altura de Trade. Los paramédicos dijeron que llevabas armas.
—¿No se te ocurrió que podría ser un policía encubierto?
—Los policías de Caldwell no llevan dagas de artes marciales. Y los de tu especie no tomarían ese camino.
V entrecerró los ojos.
—¿Los de mi especie?
—Demasiada exposición, ¿cierto? Además, no te molestarías mucho en vigilar a otra raza.
Hombre, no tenía la energía para abordar la discusión de las especies con ella. Además, había una parte de él que no quería que pensara en él como diferente.
—Comida —dijo, mirando hacia la bandeja que estaba dispuesta en la cómoda—. ¿Puedo comer algo?
Ella se puso de pie y plantó las manos sobre las caderas. Tuvo la impresión de que iba a decir algo en la línea de Hazlo tu mismo, bastardo cabrón.
En lugar de eso cruzó la habitación.
—Si tienes hambre, puedes comer. No probé lo que me trajo Red Sox y no tiene sentido tirarlo.
Frunció el ceño.
—No cogeré la comida que se supone es para ti.
—No me la voy a comer. Ser secuestrada ha matado mi apetito.
V maldijo por lo bajo, odiando la situación en la que la había puesto.
—Lo siento.
—En vez de ir al asunto de la “disculpa”, ¿qué te parece si simplemente me permites irme?
Todavía no.
Ni nunca, murmuró una loca voz.
Oh Cristo, no, otra vez con el...
Mía.
A renglón seguido de la palabra, una gran necesidad de marcarla lo encendió. Quería tenerla desnuda y debajo de él y cubrirla con su esencia mientras bombeaba en su cuerpo. Lo vio ocurrir, los vio piel con piel en la cama, él sobre ella con las piernas muy abiertas para acomodar sus caderas y su polla.
Mientras ella iba a buscar la bandeja de comida su temperatura se disparó, y lo que tenía entre las piernas palpitó como una hija de puta. Subrepticiamente amontonó las mantas encima de él para que no se notara nada.
Ella colocó la bandeja y levantó la plateada tapa del plato.
—¿Cuánto mejor tienes que estar para que me marche?
Enfocó los ojos en su pecho, una absoluta valoración médica, como si estuviera evaluando lo que había bajo las vendas.
Ah, infiernos. Deseaba que lo mirara como a un macho. Deseaba a aquellos ojos dirigiéndose a su piel no para comprobar una herida quirúrgica, si no debido a que estaba pensando en ponerle las manos encima y se preguntaba por donde empezar.
V cerró los ojos y se apartó rodando, gruñendo por el dolor en el pecho. Se dijo a si mismo que el dolor era por la cirugía. Sospechaba que era más por la cirujana.
—Pasaré de la comida. La próxima vez que vengan pediré algo.
—Necesitas esto más que yo. Estoy preocupada por tu consumo de líquidos.
Efectivamente estaba bien porque se había alimentado. Con suficiente sangre los vampiros podían sobrevivir cierta cantidad de días sin alimento.
Lo que era estupendo. Reducía los viajes al baño.
—Quiero que te comas esto —dijo, mirándole fijamente—. Como tu médico...
—No comeré de tu plato.
Por Dios, ningún macho de valor robaría nunca la comida de su hembra, ni siquiera si estaba pasando hambre hasta el punto de marearse. Las necesidades de ella siempre tenían prioridad...
V se sintió como si hubiera puesto la cabeza en la puerta de un coche y hubiera estado dándose portazos con ella un par de docenas de veces. ¿De dónde demonios le venía este manual de comportamiento de emparejado? Era como si alguien le hubiera cargado un nuevo software en el cerebro.
—De acuerdo —dijo, apartándose—. Bien.
La siguiente cosa que escuchó fue golpear. Estaba aporreando la puerta.
V se incorporó.
—¿Qué demonios estas haciendo?
Butch entro volando a la habitación, casi derribando a la cirujana de V.
—¿Qué va mal?
V interrumpió el drama con un:
—Nada...
La cirujana habló por encima de ambos, toda ella tranquila autoridad.
—Necesita comida, y no quiere comer lo que hay en la bandeja. Tráele algo simple y fácil de digerir. Arroz. Pollo. Agua. Galletas saladas.
—De acuerdo.
Butch se inclinó a un lado y miró a V. Hubo una larga pausa.
—¿Cómo estas?
Jodidamente mal de la cabeza, gracias.
—Bien.
Pero al fin una cosa estaba yendo bien. El poli volvía a la normalidad, tenía los ojos despejados, la postura firme, su aroma era una combinación del olor a océano de Marissa y su marca de vinculación. Obviamente había estado manteniéndose ocupado.
Interesante .Generalmente cuando V pensaba en aquellos dos juntos, sentía el pecho como si estuviera envuelto en alambre de espino. ¿Ahora? Solo se alegraba de que su amigo estuviera sano.
—Te ves genial, poli.
Butch alisó la camisa de seda de raya diplomática.
—Gucci puede convertir a cualquiera en una estrella de rock.
—Sabes a lo que me refiero.
Aquellos familiares ojos de color avellana se pusieron serios.
—Sip. Gracias... como siempre —en el incomodo momento, las palabras flotaron en el aire entre ellos, había cosas que no podían ser dichas ante ninguna clase de audiencia—. Entonces... regresaré con algo de comida.
Cuando la puerta se cerró Jane miró sobre el hombro.
—¿Cuánto tiempo hace que sois amantes?
Los ojos se encontraron, y no hubo escapatoria a la pregunta.
—No lo somos.
—¿Estás seguro de eso?
—Confía en mí. —Por ninguna razón en particular miró su bata blanca—. Doctora Jane Whitcomb —leyó—. Urgencias. —Tenia sentido. Tenía aquella clase de confianza.
—¿Así que estaba en mala forma cuando llegué?
—Si, pero te salvé el culo, de verdad.
Una oleada de asombro le invadió. Era su rhalman, su salvadora. Estaban vinculados...
Si, seguro. Justo en ese momento su salvadora se estaba alejando poco a poco de él, retrocediendo hasta que chocó con la pared más lejana. Cerró los párpados, sabiendo que sus ojos resplandecían. El retraimiento y el horror en el rostro de ella, lo atormentaron como el infierno.
—Tus ojos —dijo con voz aguda.
—No te preocupes por eso.
—¿Qué demonios eres tú? —su tono insinuaba que fácilmente podría ser descrito como monstruo, y Dios, ¿acaso no tenía razón acerca de eso?
—¿Qué eres tú? —repitió.
Era tentador enfrentarlo, pero no había forma de que se lo tragara. Además, mentir le hacía sentirse sucio.
Fijando la mirada en ella, dijo en voz baja:
—Sabes lo que soy, eres lo bastante inteligente como para adivinarlo.
Hubo un largo silencio. Luego:
—No puedo creerlo.
—Eres demasiado inteligente para no hacerlo. Infiernos, ya has aludido a ello.
—Los vampiros no existen.
Su genio estalló aunque no se lo merecía.
­—¿No? Entonces explícame por qué estas en mi maravilloso-jodido-país.
Sin respirar le devolvió el golpe.
—Dime algo... ¿Los derechos civiles significan algo para los de tu raza?
—La supervivencia significa más —espetó—. Por otro lado, hemos sido cazados durante generaciones.
—Y el fin justifica cualquier medio para vosotros. Que noble —su voz era tan afilada como la de él —. ¿Siempre usas esa razón para secuestrar humanos?
—No, no me gustan.
—Oh, salvo que a mi me necesitas, así que me utilizaras. Mira si no soy la afortunada excepción.
Bueno, mierda. Esta era una buena. Cuanto más le plantaba cara a su agresividad, más duro se ponía su cuerpo. Hasta en su debilitado estado, la excitación era un exigente latido entre los muslos, y en su mente se la estaba imaginando inclinada sobre la cama sin nada excepto aquella bata blanca... y él clavándose en ella desde atrás.
Tal vez debería sentirse agradecido de que lo rechazara. Como si necesitara enredarse con una hembra...
De repente la noche del tiroteo le perforó el cerebro con total nitidez. Recordó la corta y feliz visita de su madre y el fabuloso regalo de cumpleaños. El Primale. Había sido seleccionado para ser el Primale.
V hizo una mueca y se tapó el rostro con las manos.
—Oh... joder.
Con tono reticente, preguntó:
—¿Qué pasa?
—Mi puñetero destino.
—Oh ¿en serio? Yo estoy encerrada en esta habitación. Al menos tu eres libre de ir donde quieras.
—Y una mierda lo soy.
Hizo un ruido desdeñoso, y después ninguno de ellos dijo otra palabra hasta que aproximadamente media hora después, Butch trajo otra bandeja. El poli tuvo la presencia de ánimo para no decir mucho y moverse rápidamente... y también la precaución de conservar la puerta cerrada todo el tiempo mientras hacía la entrega. Lo que era inteligente.
La cirujana de V estaba planeando darse a la fuga. Vigiló al poli como si midiera un blanco y mantuvo la mano derecha en el bolsillo de la bata.
Tenía alguna clase de arma allí. Maldición.
Mientras Butch dejaba la bandeja en la mesita de noche, V observó a Jane atentamente, rogando como un demonio para que no hiciera nada estúpido. Cuando vio que se le tensaba el cuerpo y que desplazaba el peso hacia delante, se incorporó, preparado para arremeter porque no quería que nadie excepto él mismo la tocara. Nunca.
Sin embargo, nada ocurrió. Ella captó el cambio de posición por el rabillo del ojo, y la distracción fue suficiente para que Butch saliera de la habitación y volviera a trancar la puerta.
V se acomodó hacia atrás contra las almohadas y recorrió la dura línea de su barbilla.
—Quítate la bata.
—¿Perdón?
—Quítatela.
—No.
—La quiero fuera.
—Entonces te sugiero que contengas la respiración. No me afectará en lo más mínimo, pero al menos la asfixia te ayudará a pasar el tiempo.
Su excitación palpitaba. Oh, mierda necesitaba enseñarle que la desobediencia tenía un precio, y que sesión podría ser esa. Pelearía con dientes y uñas antes de rendirse. Si es que se sometía alguna vez.
La columna de Vishous se arqueó por si sola, girando las caderas mientras su erección golpeaba bajo las sabanas. Jesús... Estaba tan total y completamente excitado que estaba a punto de correrse.
Pero aun tenía que desarmarla.
—Quiero que me alimentes.
Se le salieron los ojos de las órbitas.
—Eres perfectamente capaz de...
—Aliméntame. Por favor.
Mientras se aproximaba a la cama era toda responsabilidad y malos modos. Desenrolló la servilleta y...
V entró en acción. La cogió por los brazos y la arrastró sobre su cuerpo, el elemento sorpresa la sobresaltó provocando una rendición que estaba malditamente seguro que era temporal... así que trabajó rápido. Le arrancó la bata, tocándola con tanto cuidado como podía mientras su cuerpo se retorcía para liberarse.
Mierda, no podía evitarlo, y el impulso de someterla lo dominó. De repente estaba tocándola no para apartarle las manos de lo que fuera que hubiera en aquel bolsillo, sino porque deseaba sujetarla en la cama y hacerle sentir su poder y fuerza. Le cogió ambas muñecas con una mano estirándole los brazos sobre la cabeza, y le atrapó los muslos con sus caderas.
—¡Déjame ir! —enseñó los dientes y había una furia iridiscente en los ojos verde oscuro.
Completamente excitado, se arqueó contra ella y aspiro... solo para quedarse helado. El aroma no desprendía la sensual fragancia de una hembra que quería sexo. No se sentía atraída por él en lo absoluto. Estaba cabreada.
V la dejó ir de inmediato, rodando para alejarse, aunque se aseguró de quedarse la bata. En el instante en que se liberó salió disparada de la cama como si el colchón se estuviera incendiando y lo enfrentó. Tenía las cortas puntas del cabello enmarañadas, la camisa torcida y una pernera levantada sobre la rodilla. Estaba resollando por el esfuerzo y mirando fijamente la bata.
Cuando la revisó, encontró una de sus afiladas navajas.
— No puedo permitir que vayas armada.
Dobló la bata con cuidado y la puso a los pies de la cama, sabiendo que no se le aproximaría ni aunque le pagaran por ello.
—Si me atacas a mi ó a alguno de mis hermanos con algo como esto, podrías resultar herida.
Soltó una maldición con un fuerte resoplido. Entonces lo sorprendió.
—¿Qué te hizo sospechar?
—Tu mano yendo a cogerla mientras Butch traía la bandeja.
Se abrazó a si misma.
—Mierda. Creí que había sido más discreta.
—Tengo alguna experiencia con armas ocultas.
Se estiró y abrió el cajón de la mesita de noche. La navaja hizo un ruido sordo cuando la dejó caer en su interior. Tras cerrarlo, corrió el cerrojo con su mente.
Cuando volvió a alzar la vista estaba despejando rápidamente sus ojos. Como si estuviera llorando. Con un rápido giro, le dio la espalda y se puso de cara al rincón, encogiendo los hombros. No emitió ni un sonido. Su cuerpo no se movió. Su dignidad permanecía intacta.
Él desplazó las piernas y puso los pies en el suelo.
—Si te acercas a mi —dijo con voz ronca— encontraré alguna forma de herirte. Probablemente no sea mucho, pero te arrancaré un pedazo de una forma u otra. ¿Está claro? Déjame malditamente en paz.
Él apoyó los brazos en la cama y hundió la cabeza entre ellos. Estaba hecho polvo mientras escuchaba el inexistente sonido de sus lágrimas. Preferiría que lo hubieran golpeado con un martillo.
Él había ocasionado esto.
De repente giró sobre sus talones hacia él e hizo una profunda inspiración. Excepto por los ojos enrojecidos, nunca hubiera adivinado que se había alterado.
—Vale. ¿Comerás solo o realmente necesitas ayuda con ese tenedor y ese cuchillo?
V parpadeó.
Estoy enamorado pensó mientras la miraba. Estoy tan, pero tan enamorado.

Mientras la clase progresaba, John se sentía como el sagrado infierno al final de una pala. Dolorido. Nauseabundo. Exhausto y agitado. Y le dolía tanto la cabeza que habría jurado que el cabello le estaba ardiendo.
Bizqueando como si enfrente tuviera focos en lugar de una pizarra, tragó saliva a través de la garganta seca. Hacía rato que no anotaba nada en la libreta y no estaba seguro acerca de qué estaba dando clase Phury. ¿Aún se trataba de armas de fuego?
—Oye ¿John? —susurró Blay—. ¿Estas bien, tío?
John asintió porque eso era lo que hacías cuando alguien te hacía una pregunta.
—¿Quieres ir a tumbarte?
John negó con la cabeza, calculando que era otra respuesta apropiada, y quería matizar un poco las cosas. No había razón para limitarse a la rutina de solo asentir.
Dios, qué demonios le pasaba. Su cerebro era como algodón de azúcar, una maraña que ocupaba espacio pero que mayormente no era nada.
En el frente del salón, Phury cerró el libro de texto con el que les estaba dando clase.
—Y ahora vais a probar algunas armas de verdad. Esta noche Zsadist estará en el campo de tiro para echaros una mano y yo os veré mañana.
Conforme la conversación se elevaba como un impetuoso viento, John arrastró la mochila hasta la mesa. Al menos no iban a hacer ningún entrenamiento físico. Como estaban las cosas, sacar su lamentable culo de la silla y bajar al campo ya iba a ser bastante trabajoso.
El campo de tiro estaba situado detrás del gimnasio, y en el camino hacía allí fue imposible no notar como Qhuinn y Blay lo flanqueaban como si fueran guardaespaldas. El ego de John lo odiaba, pero su lado práctico se sentía agradecido. A cada paso del camino pudo sentir la mirada fija de Lash, y era como tener un cartucho de dinamita encendido en el bolsillo trasero.
Zsadist estaba esperando junto a la puerta de acero del campo, y mientras la abría les dijo:
—Poneos contra la pared, señoritas.
John siguió a los demás y apoyó la espalda contra el encalado hormigón. El lugar estaba construido en la línea de una caja de zapatos, todo largo y estrecho, y tenía más de una docena de cabinas de tiro encaradas hacia el exterior. Los blancos tenían la forma de cabezas y torsos y colgaban desde vías que corrían bajo el techo. Desde el puesto de mando cada una podía ser manipulada para modificar la distancia ó proveerlas de movimiento.
Lash fue el ultimo recluta en entrar, y marchó hacia al final de la línea con la cabeza bien alta, como si supiera que iba a patear culos con la pistola. No miró a ninguno a los ojos. Excepto a John.
Zsadist cerró la puerta, luego frunció el ceño y cogió el móvil que tenía en la cadera.
—Disculpadme —fue hacia una esquina y habló por el Razr luego regresó, viéndose pálido—. Cambio de instructor. Wrath va a hacerse cargo esta noche.
Una fracción de segundo mas tarde, como si el Rey se hubiera desmaterializado hacia la puerta, entró Wrath.
Era aun más grande que Zsadist y vestía pantalón de cuero negro y una camisa negra con las mangas enrolladas. Él y Z hablaron un momento, luego el Rey agarró el hombro del hermano y apretó como si le estuviera ofreciendo consuelo.
Bella, pensó John. Tenía que ser por Bella y su embarazo. Mierda, esperaba que todo fuera bien.
Wrath cerró la puerta después que Z se fuera, luego se colocó al frente de la clase, cruzando sus tatuados antebrazos sobre el pecho, extendiendo su postura. Mientras inspeccionaba a los once reclutas, parecía tan inescrutable como sobre lo que John estaba apoyado.
—El arma de esta noche es la nueve milímetros con cargador automático. El término semiautomática para esta pistola es inapropiado. Usareis Glock —llevó la mano tras la región lumbar y sacó una letal pieza de metal negro—. Fijaos que la seguridad de estas armas está en el gatillo.
Repasó las especificaciones de la pistola y las de las balas mientras dos doggen avanzaban empujando un carro del tamaño de una camilla de hospital. Con once pistolas de exactamente la misma marca y modelo dispuestas encima, y cerca de cada una había un cargador.
—Esta noche trabajaremos en postura y puntería.
John miró fijamente las armas. Estaba dispuesto a apostar que iba a ser un fracaso en la clase de tiro, tanto como lo era en cualquier otro aspecto del entrenamiento. La ira lo atravesó, haciendo que el martilleo en su cabeza empeorara.
Solo por una vez le gustaría encontrar algo en lo que fuera bueno. Solo. Una. Vez.

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