sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 16 17 18


Cuando el paciente la miró de forma extraña, Jane comprobó rápidamente sus ropas, preguntándose si algo estaba descolocado.
—Qué —farfulló mientras daba un pisotón con el pie y la pernera del pantalón se deslizaba hacia abajo.
Aunque realmente no tenía que preguntar. Los tipos malos como él normalmente no apreciaban que las mujeres lloraran, pero asumiendo que ese fuera el caso, iba a tener que aguantarse. Cualquiera tendría problemas en su situación. Cualquiera.
Salvo que en vez de decir algo sobre la debilidad de las lloronas en general o de ella en particular, el vampiro cogió el plato de pollo de la bandeja y empezó a comer.
Disgustada con él y con la situación entera, volvió a su silla. Perder la navaja había desanimado su patente rebelión, y a pesar del hecho de que era una luchadora por naturaleza, se resignó a esperar. Si la fueran a matar abiertamente, ya lo habrían hecho; el asunto ahora era la salida. Rezó porque alguno viniera pronto. Y que eso no involucrara al director de una funeraria y un tarro de café lleno con sus cenizas.
Mientras el paciente tomaba un muslo, pensó ausentemente que sus manos eran hermosas.
Vale, ahora estaba disgustada consigo misma, también. Demonios, las había usado para sujetarla y quitarle la bata como si no fuera más que una muñeca. Y sólo porque después la hubiera doblado cuidadosamente no lo hacía un héroe.
El silenció se prolongó, y los sonidos de la cubertería de plata tocando suavemente el plato le recordaron a cenas horriblemente silenciosas con sus padres.
Dios, esas comidas celebradas en el recargado comedor estilo georgiano habían sido dolorosas. Su padre se había sentado a la cabecera de la mesa como un rey desaprobador, controlando la manera en que la comida se salaba y consumía. Para el doctor William Rosdale Whitcomb, sólo se salaba la carne, nunca las verduras, y como esa era su posición en el asunto, todos los demás en la casa tenían que seguir su ejemplo. En teoría. Jane había violado frecuentemente la regla de la no-sal, aprendiendo a mover la muñeca de forma que pudiera espolvorear su brécol al vapor, o las judías hervidas, o el calabacín a la parrilla.
Sacudió la cabeza. Después de todo ese tiempo, y estando muerto, ya no debería enfadarse, porque eso era un derroche de emoción. Además, en este momento tenía otras cosas en las que preocuparse, ¿cierto?
—Pregúntame —dijo abruptamente el paciente.
—¿Sobre qué?
—Pregúntame lo que quieres saber. —Se limpió la boca, la servilleta de damasco frotándose contra su perilla y el indicio de barba—. Hará mi trabajo más complicado al final, pero por lo menos no estaremos aquí sentados escuchando el sonido de la vajilla de plata.
—En definitiva, ¿qué trabajo tienes, exactamente? —Por favor, que no sea comprar bolsas de basura Hefty para meter partes de mi cuerpo.
—¿No te interesa lo que soy?
—Sabes que te digo, me dejas ir, y te haré un montón de preguntas sobre tu raza. Hasta entonces, estoy ligeramente distraída pensando en cómo estas pequeñas y felices vacaciones en el buen barco Santa mierda serán un éxito para mí.
—Te di mi palabra…
—Sí, sí. Pero también me acabas de maltratar. Y si dices que fue por mi propio bien, no me hago responsable de la réplica. —Jane bajó la vista a sus uñas lisas y presionó las cutículas. Tras terminar con la izquierda, levantó la mirada—. Así que este “trabajo” tuyo… ¿vas a necesitar una pala para realizarlo?
Los ojos del paciente bajaron a su plato, y removió el arroz con el tenedor, reflejos de plata deslizándose entre los granos, penetrándolos.
—Mi trabajo… por llamarlo así… es asegurarme que no recordarás nada de esto.
—Es la segunda vez que oigo eso, y tengo que ser franca… creo que es una sandez. Es un poco complicado imaginarme respirando y no, como decirlo, recordar con calidez y cosquilleos cómo fui colgada sobre el hombro de un tipo, sacada de mi hospital y reclutada como tu médico personal. ¿Cómo te imaginas que voy a olvidar todo eso?
Sus brillantes iris diamantinos se elevaron.
—Voy a quitarte esos recuerdos. Borrarlos por completo. Será como si yo nunca hubiera existido y tú nunca hubieras estado aquí.
Puso los ojos en blanco.
—Uh-huh, cla…
Le empezó a escocer la cabeza, y con una mueca apoyó las yemas de los dedos contra las sienes. Cuando dejó caer las manos, miró a su paciente y frunció el ceño. ¿Qué demonios? Estaba comiendo en su regazo, pero no de la bandeja que había estado antes. ¿Quién había traído la nueva comida?
—Mi amigo con la gorra de los Sox —dijo el paciente mientras se limpiaba la boca—. ¿Recuerdas?
En una ráfaga ardiente, todo volvió. Red Sox entrando, el paciente cogiéndole la navaja, ella haciéndose pedazos.
—Buen… Dios —susurró Jane.
El paciente simplemente continuó comiendo, como si erradicar recuerdos no fuera más exótico que el pollo asado que estaba apurando.
—¿Cómo?
—Manipulación neuropática. Un trabajo de remiendo, de hecho.
—¿Cómo?
—¿Qué quieres decir, cómo?
—¿Cómo encuentras los recuerdos? ¿Cómo los diferencias? ¿Haces…?
—Mi voluntad. Tu cerebro. Eso es suficientemente específico.
Ella estrechó los ojos.
—Pregunta rápida. ¿Esta habilidad mágica con la materia gris viene con una falta total de remordimiento para los de tu especie, o eres sólo tú el que nació sin una conciencia?
Él bajó el cubierto de plata.
¿Qué fue lo que dijiste?
A ella no le importó nada que se sintiera ofendido.
—Primero me secuestras, y ahora me vas a limpiar la memoria, y no estás para nada arrepentido, ¿verdad? Soy como una lámpara que te prestaron…
—Estoy intentando protegerte —le espetó—. Tenemos enemigos, doctora Whitcomb. Del tipo que se enteraría si supieras sobre nosotros, que irían a por ti, que te llevarían a un lugar oculto y te matarían… después de un rato. No dejaré que eso suceda.
Jane se puso de pie.
—Escucha, Príncipe Encantado, toda esa retórica sobre protección es buena y elegante, pero no sería importante si no me hubieras traído aquí en primer lugar.
Dejó caer el cubierto de plata en la comida y ella se preparó para que empezara a gritar. En lugar de eso, dijo con calma:
—Mira… se suponía que tenías que venir conmigo, ¿vale?
—Oh. ¡En serio? ¿Así que tenía una señal de “Cógeme Ahora” pegada al culo que sólo tú pudiste ver?
Vishous puso el plato en la mesita de noche, apartándolo como si sintiera repugnancia por la comida.
—Tengo visiones —farfulló.
—Visiones. —Cuando no dijo nada más, pensó en el truco de Mister Borrador que había usado con su cabeza. Si podía hacer eso… Jesús, ¿estaba hablando de ver en el futuro?
Jane tragó con fuerza.
—Esas visiones, no son del tipo cuento de hadas feliz, ¿verdad?
—No.
—Mierda.
Se acarició la perilla, como si estuviera intentando decidir exactamente cuanto contarle.
—Solía tenerlas todo el tiempo, y entonces simplemente se secaron. No he tenido una… bueno, tuve una de Butch hace un par de meses, y debido a que la seguí, le salvé la vida. Así que cuando mis hermanos entraron en la habitación del hospital y tuve una visión sobre ti, les dije que te llevaran. ¿Hablas sobre conciencia? Si no tuviera una te habría dejado allí.
Jane volvió a pensar en cuando se puso agresivo con su amigo más cercano y querido, por ella. Y el hecho de que incluso al quitarle la navaja había sido cuidadoso. Y después estaba lo de que se acurrucara contra ella, buscando consuelo.
Era posible que pensara estar haciendo lo correcto. No quería decir que lo perdonara pero… bueno, era mejor que hacer un Patty Hearst[1] sin ningún remordimiento.
Después de un momento incómodo, dijo:
—Deberías acabarte la comida.
—Ya acabé.
—No, no lo has hecho —hizo un gesto con la cabeza hacia el plato—. Continúa.
—No tengo hambre.
—No te pregunté si la tenías. Y no te creas que no te apretaré la nariz y te forzaré a tomarla si tengo que hacerlo.
Hubo una corta pausa y después... Jesús... sonrió. En el medio de su perilla, la boca se elevó en las comisuras, y sus ojos se arrugaron.
El aliento de Jane se detuvo en su garganta. Era tan hermoso así, pensó, con la tenue luz de la lámpara cayendo sobre el duro mentón y el lustroso cabello negro. Incluso aunque sus largos caninos fueran un poco extraños, parecía más… humano. Accesible. Deseable…
Oh, no. Nada de ir ahí. Nop.
Jane ignoró el hecho de que se estaba ruborizando un poco.
—¿Qué pasa con eso de enseñar todos esos dientes brillantes como perlas? ¿Crees que estoy bromeando con lo de la comida?
—No, es sólo que nadie me habla de esa manera.
—Bueno, yo lo hago. ¿Tienes algún problema con eso? Puedes dejarme marchar. Ahora, come o te alimentaré como un bebé, y no puedo imaginar a tu ego tratando de recuperarse de eso.
La ligera sonrisa todavía estaba en su rostro cuando puso el plato de vuelta en su regazo y tomó lentamente la comida. Cuando terminó, se acercó y cogió el vaso de agua que él había bebido.
Lo volvió a llenar en el baño y se lo llevó de vuelta.
—Bebe más.
Lo hizo, terminando el vaso entero. Cuando lo volvió a poner en la mesita de noche, se centró en su boca y la científica que había en su interior se quedó fascinada por él.
Después de un momento, él curvó el labio enseñando los dientes delanteros. Sus colmillos sin duda brillaban bajo la luz de la lámpara. Blancos y afilados.
—Se alargan, ¿verdad? —preguntó mientras se inclinaba hacia él—. Cuando te alimentas, se hacen más largos.
—Sí. —Cerró la boca—. O cuando me pongo agresivo.
—Y entonces se encogen cuando eso acaba. Abre otra vez para mí.
Cuando lo hizo, puso el dedo en la punta afilada de uno… sólo para que el cuerpo de él se sacudiera.
—Lo siento. —Frunció el ceño y retiró la mano—. ¿Están doloridos de la intubación?
—No. —Cuando sus párpados se cerraron, se imaginó que era porque estaba cansado…
Dios, ¿qué era esa fragancia? La aspiró profundamente y reconoció la mezcla de especias oscuras que había olido en la toalla del cuarto de baño.
El sexo vino a su mente. Del tipo que tenías cuando perdías todas las inhibiciones. Del tipo que después sentías durante días.
Para ya.
—Cada ocho semanas o así —dijo él.
—¿Cómo dices? Oh, esa es la frecuencia con la que te…
—Alimento. Depende del estrés. También del nivel de actividad.
Vale, eso mataba totalmente lo del sexo. En una espantosa secuencia de escenas de Bram Stoker, se lo imaginó siguiendo y cazando humanos, dejándolos secos a mordiscos en callejones.
Claramente mostró repulsión, porque su voz se endureció.
—Es natural para nosotros. No desagradable.
—¿Los matas? ¿A las personas que cazas? —se preparó para la respuesta.
—¿Personas? Prueba con vampiros. Nos alimentamos de miembros del sexo opuesto. De nuestra raza, no la tuya. Y no hay asesinato.
Ella elevó las cejas.
—Oh.
—El mito de Drácula es una jodida pesadez.
Su mente giró con preguntas.
—¿Cómo es? ¿A qué sabe?
Sus ojos se estrecharon, y después se dirigieron del rostro a su cuello. Jane rápidamente se puso la mano en la garganta.
—No te preocupes —dijo bruscamente—. Ya me alimenté. Y además, la sangre humana no me sirve. Demasiado débil para que me interese.
Vale. Bien. Genial.
Excepto que, ¿qué demonios? ¿Como si no fuera evolutivamente buena?
Sí, vaya, estaba perdiendo totalmente la cabeza, y este tema en particular no estaba ayudando.
—Ah, escucha… quiero comprobar los vendajes. Me pregunto si los podremos quitar por completo después de todo.
—Haz lo que quieras.
El paciente se incorporó sobre las almohadas, los enormes brazos flexionándose bajo la suave piel. Cuando los cobertores cayeron de sus hombros, ella se detuvo un momento. Parecía hacerse más grande a medida que recobraba la fuerza. Más grande y… más sexual.
Su mente se apartó del lugar a donde se estaba dirigiendo con ese pensamiento y se aferró a los asuntos médicos que él tenía por delante, como si fuera un bote salvavidas. Con manos firmes y profesionales, Jane apartó los cobertores totalmente de su pecho y sacó el esparadrapo de la gasa entre sus pectorales. Levantó el vendaje y sacudió la cabeza. Increíble. Lo único que estropeaba la piel era la cicatriz con forma de estrella que había estado ahí antes. Las marcas residuales de la operación se habían reducido a una ligera decoloración, y si extrapolara, podría asumir que su interior estaba igualmente bien curado.
—¿Es esto típico? —preguntó—. ¿Este ritmo de recuperación?
—En la Hermandad, sí.
Oh, tío. Si pudiera estudiar la manera en que sus células se regeneraban, podría ser capaz de desentrañar alguno de los secretos del proceso de envejecimiento en humanos.
—Olvídalo. —Apretó la mandíbula mientras movía las piernas al lado más alejado de la cama—. No vamos a ser usados como ratas de laboratorio para tu especie. Ahora, si no te importa, voy a darme una ducha y a fumar un cigarrillo. —Abrió la boca y él la cortó—. No tenemos cáncer, así que ahórrame el sermón, ¿vale?
—¿No tenéis cáncer? ¿Por qué? ¿Cómo funciona…?
—Más tarde. Necesito agua caliente y nicotina.
Ella frunció el ceño.
—No quiero que fumes a mi alrededor.
—Por eso lo voy a hacer en el baño. Tiene extractor.
Cuando se levantó y la sábana cayó de su cuerpo, ella desvió la mirada. Un hombre desnudo apenas era algo nuevo para ella, pero por alguna razón él parecía diferente.
Bien, obvio. Medía seis pies y seis pulgadas, y tenía la corpulencia de una jodida casa.
Mientras se dirigía de vuelta a su silla, escuchó un sonido arrastrante, luego un golpe sordo. Levantó la mirada alarmada. El paciente estaba tan inestable que había perdido el equilibrio, y había chocado contra la pared.
—¿Necesitas ayuda? —Por favor di que no. Por favor di…
—No.
Gracias, Dios.
Cogió un encendedor y lo que parecía un cigarrillo liado a mano de la mesita de noche y se movió a tumbos al otro lado de la habitación. Desde su ventajosa posición en la esquina, Jane esperó y observó, preparada para agarrarlo como un bombero si era necesario.
Sí, y bueno, tal vez lo estaba mirando por otra razón distinta a querer evitar que se diera de cabeza contra la alfombra. Su espalda era increíble, los músculos fuertes pero elegantes, abarcaban sus hombros y rozaban la columna. Y su culo era…
Jane se cubrió los ojos y no dejó caer la mano hasta que la puerta se cerró. Después de muchos años en medicina y cirugía, tenía bastante nítida la parte de “No Deberás Seducir a Tus Pacientes” del Juramento Hipocrático.
Especialmente si el paciente en cuestión te había secuestrado. Cristo. ¿Realmente estaba viviendo esto?
Momentos después, Jane oyó que tiraba de la cadena, y esperó escuchar el sonido de la ducha. Cuando no llegó, se imaginó que probablemente estaba fumando primero…
La puerta se abrió y el paciente salió, balanceándose como una boya en el océano. Se agarró al marco de la puerta con la mano enguantada, tensando el antebrazo.
—Mierda… estoy mareado.
Jane cambió a modo total de doctora y se acercó apurada, dejando a un lado el hecho de que estaba desnudo y tenía dos veces su tamaño, y que hacía dos minutos, había mirado su culo como si estuviera a la venta. Deslizó un brazo por su dura cintura y se apretujó contra su cuerpo, preparando la cadera para la avalancha. Cuando se apoyó en ella, el peso fue tremendo, una carga que apenas consiguió llevar a la cama.
Mientras se estiraba con una maldición, extendió la mano por encima de él para alcanzar los cobertores, y captó un vistazo de las cicatrices que tenía entre las piernas. Dada la manera en que se había curado de la operación sin una marca, se preguntó porqué esas habían permanecido en su cuerpo.
Vishous le sacó los cobertores con un rápido tirón del edredón, y este se le colocó encima como una nube negra. Entonces se puso el brazo sobre los ojos, y la parte inferior de su mentón con perilla fue lo único que vio de su cara.
Estaba avergonzado.
En el silencio entre ellos estaba… avergonzado.
—¿Quieres que te lave?
Su respiración se detuvo, y como estuvo callado durante mucho rato, esperó que no aceptara. Pero entonces su boca apenas se movió.
—¿Harías eso?
Por un momento estuvo a punto de contestar ardientemente. Salvo que entonces tuvo la sensación de que eso lo incomodaría más.
—Sí, bueno, qué puedo decir, estoy de camino a la santidad. Es mi nuevo propósito en la vida.
Él sonrió ligeramente.
—Me recuerdas a Bu… mi mejor amigo.
—¿Quieres decir Red Sox?
—Sí, siempre tiene una respuesta.
—¿Sabías que el ingenio es un signo de inteligencia?
El paciente dejó caer el brazo.
—Nunca dudé de la tuya. Ni por un instante.
Jane tuvo que contener el aliento. Había tanto respeto brillando en sus ojos, que todo lo que pudo hacer al asumirlo fue maldecirse. Para ella no había nada más atractivo que un hombre al que le iban las mujeres listas.
Mierda.
Estocolmo. Estocolmo. Estocolmo…
—Me encantaría un baño —dijo . Luego añadió—: Por favor.
Jane se aclaró la garganta.
—Ok. Muy bien.
Rebuscó entre el petate de suministros médicos, encontró una bacinilla grande y se dirigió al cuarto de baño. Tras llenar la palangana de agua caliente, agarró una toallita de aseo, salió y lo dispuso todo en la mesita de noche que estaba a la izquierda. Cuando empapó la pequeña toalla y escurrió el exceso, el agua sonó a través de la silenciosa habitación.
Dudó. Mojó de nuevo la toallita. Escurrió.
Venga, vamos, le abriste el pecho y trabajaste en él. Puedes hacer esto. Ningún problema.
Simplemente piensa en él como el capó de un coche, nada salvo el área superficial.
—Ok. —Jane estiró la mano, le puso la toalla caliente en la parte superior del brazo y el paciente se estremeció. Por todo el cuerpo—. ¿Demasiado caliente?
—No.
—¿Entonces por qué la mueca?
—Nada.
En diferentes circunstancias, Jane lo habría presionado, pero en ese momento tenía sus propios problemas. Su bíceps era condenadamente impresionante, la piel bronceada revelaba las mismas cuerdas del músculo. Lo mismo sucedía con los fuertes hombros y la bajada que llevaba a sus pectorales. Estaba en una condición física sublime, sin una onza de grasa en el cuerpo, delgado como un purasangre, musculoso como un león.
Cuando pasó por los músculos de sus pectorales, se detuvo en la cicatriz del izquierdo. La marca circular estaba incrustada en la carne, como si hubiera sido aplastada allí.
—¿Por qué no curó adecuadamente? —preguntó.
—Sal. —Vishous se movió nerviosamente como si la animara a continuar con el baño—. Cierra la herida.
—¿Así que fue deliberado?
—Sí.
Mojó la toalla en el agua, la estrujó y torpemente se inclinó sobre él para alcanzar el otro brazo. Cuando deslizó el paño hacia abajo, se apartó.
—No te quiero ver cerca de esa mano. Ni aunque lleve un guante.
—¿Por qué…
—No voy a hablar sobre ello. Así que ni siquiera preguntes.
Vaaaale.
—Casi mató a una de mis enfermeras, sabes.
—No me sorprende —fulminó con la mirada el guante—. Me la cortaría si tuviera la oportunidad.
—No te lo aconsejaría.
—Claro que no lo harías. No sabes lo que es vivir con esta pesadilla al final de tu brazo…
—No, quiero decir que haría que otro me la cortara, si fuese tú. Es más probable que lo consiguieras de esa manera.
Hubo un corto silencio; entonces el paciente soltó una risa.
—Listilla.
Jane ocultó la sonrisa que se asomó a su rostro haciendo otro turno de mojar/escurrir.
—Simplemente estoy dando una opinión médica.
Cuando deslizó la toallita por su estómago, la risa recorrió el pecho y estómago de Vishous, sus músculos se pusieron rígidos como rocas, luego se relajaron. A través de la tela pudo sentir la calidez de su cuerpo y sentir la potencia de su sangre.
Y de repente ya no se estaba riendo. Jane escuchó lo que pareció un siseo saliendo de su boca, su tableta de chocolate se flexionó, y la parte inferior de su cuerpo se movió bajo el edredón.
—¿Esa herida de cuchillo se siente bien? —preguntó.
Cuando emitió un sonido que pareció un poco convincente , se sintió mal. Había estado tan preocupada por el torso, que no le había prestado mucha atención al asunto de la puñalada. Levantando el vendaje del costado, vio que estaba completamente curado, sin nada salvo una tenue línea rosa que mostraba dónde había sido herido.
—Te voy a quitar esto. —Soltó la gasa blanca, la dobló a la mitad y la tiró en la papelera—. Eres increíble, ¿sabes? La curación que puedes hacer es simplemente… sí.
Mientras volvía a remojar la toallita, debatió si querría ir más al sur. Más al sur. Como… todo hacia el sur. Lo último que necesitaba era más conocimiento íntimo sobre lo perfecto que era su cuerpo, pero quería terminar el trabajo… aunque sólo fuera para probarse que no era diferente a ninguno de sus otros pacientes.
Podía hacer esto.
Salvo que cuando fue a bajar los cobertores, él agarró el edredón y lo mantuvo en su lugar.
—No creo que quieras ir ahí.
—No es nada que no haya visto antes. —Cuando cerró los párpados y no respondió, dijo con voz suave—: Te operé, por lo que soy muy consciente de que estás parcialmente castrado. No soy una cita, soy médico. Te prometo que no tengo ninguna opinión sobre tu cuerpo, salvo lo que representa clínicamente para mí.
Él hizo una mueca antes de poder esconder la reacción.
—¿Ninguna opinión?
—Simplemente deja que te lave. No es para tanto.
—Bien. —Esa mirada diamantina se entrecerró—. Haz lo que quieras.
Ella apartó las sábanas a un lado.
—No hay nada por lo que…
¡Joder…! El paciente estaba completamente erecto. Tremendamente erecto. Yaciendo directamente sobre la parte inferior de su vientre, estirándose desde la entrepierna hasta más arriba del ombligo, era una erección espectacular.
—No es para tanto, ¿recuerdas? —dijo Vishous arrastrando la voz.
—Ah… —se aclaró la garganta—. Bien… simplemente voy a continuar.
—Por mí, bien.
El problema era que no podía recordar exactamente lo que tenía que hacer con la toallita. Y estaba mirando. Realmente mirando.
Que era lo que hacía una cuando tenía a la vista un hombre tan dotado como un Louisville Slugger[2].
Oh, Dios, ¿de verdad acababa de pensar eso?
—Como ya has visto lo que me hicieron —dijo Vishous con voz lacónica—, sólo puedo imaginarme que estás comprobando mi ombligo en busca de pelusas.
Sí. Claro.
Jane volvió a la rutina, pasando el paño por sus costillas.
—Así que, ¿cómo pasó?
Como no respondió, levantó la mirada a su rostro. Sus ojos estaban enfocados en el otro lado de la habitación, y estaban apagados, sin vida. Había visto esa mirada antes, en pacientes que habían sido atacados, y supo que estaba recordando el horror.
—Michael —murmuró—, ¿quién te hizo daño?
Él frunció el ceño.
—¿Michael?
—¿No es tu nombre? —volvió a poner la toallita en la palangana—. ¿Por qué no me sorprende?
—V.
—¿Perdón?
—Llámame V. Por favor.
Le volvió a pasar el paño por el costado.
—V, entonces.
Jane ladeó la cabeza y observó su mano subir por el torso masculino, y luego volver a bajar. Se quedó atascada, sin bajar más. Porque a pesar de la distracción de él por su desagradable pasado, todavía estaba erecto. Totalmente erecto.
Bien, momento de moverse hacia abajo. Hey, era una adulta. Un médico. Había tenido un par de amantes. Lo que estaba presenciando era simplemente una función biológica que tenía como resultado una concentración de sangre en su increíblemente largo…
Eso no era para nada a donde se tenían que dirigir sus pensamientos.
Cuando Jane bajó la toalla por su cadera, intentó ignorar el hecho de que se movía mientras lo recorría, la espalda se arqueaba, esa pesada erección en su vientre empujaba hacia delante, y luego volvía a colocarse en su lugar.
De la punta surgió una gota brillante y tentadora.
Levantó la vista para mirarlo y… se congeló. Los ojos de Vishous estaban en su cuello, y ardían con una lujuria que no era sólo sexual.
Cualquier atracción que pudiera sentir por él desapareció. Era un macho de otra especie, no un hombre. Y era peligroso.
Su mirada bajó al paño en las manos de Jane.
—No te morderé.
—Bien, porque no quiero que lo hagas. —Eso lo tenía claro. Demonios, se alegraba de que la hubiera mirado de esa forma, porque la había devuelto de golpe a la realidad—. Escucha, no es que quiera saberlo personalmente, pero ¿duele?
—No lo sé. Nunca me han mordido.
—Creí que dijiste…
—Me alimento de hembras. Pero nunca nadie ha bebido de mí.
—¿Por qué? —cuando cerró la boca con fuerza, ella se encogió de hombros—. Bien podrías decírmelo. No voy a recordar nada, ¿verdad? Así que, ¿qué te costaría hablar?
Cuando el silencio se extendió, perdió el coraje con su región pélvica y decidió empezar a recorrerlo por los pies. En el extremo de la cama, pasó la toalla por las plantas de sus pies, luego por los dedos, y él saltó un poco, como si tuviera cosquillas. Se movió a sus tobillos.
—Mi padre no quería que me reprodujera —dijo el paciente abruptamente.
Los ojos de ella lo miraron de golpe.
—¿Qué?
Levantó la mano enguantada, y luego se tocó con el dedo la sien que tenía los tatuajes.
—No estoy bien. Ya sabes, normal. Así que mi padre intentó arreglarme como a un perro. Por supuesto, también estaba la feliz correlación de que también era un condenado castigo. —Cuando ella soltó aire en un suspiro compasivo, la apuntó con el dedo índice—. Si me muestras algo de compasión, voy a pensarme dos veces la promesa de no morder que te acabo de hacer.
—Nada de compasión, lo prometo —mintió suavemente—. ¿Pero qué tiene que ver eso con que bebas de…?
—Simplemente no me gusta compartir.
A sí mismo, pensó. Con nadie… excepto tal vez con Red Sox.
Subió gentilmente la toalla hasta su espinilla.
—¿Por qué fuiste castigado?
—¿Puedo llamarte Jane?
—Sí. —Volvió a humedecer la toallita y la deslizó por su pantorrilla. Cuando volvió a quedarse silencioso, Jane dejó que tuviera privacidad. Por el momento.
Bajo su mano, la rodilla de él se flexionó, el muslo que estaba encima se contrajo y se soltó en un movimiento sensual. Sus ojos miraron rápidamente la erección, y Jane tragó con fuerza.
—¿Así que vuestro sistema reproductivo funciona como el nuestro? —preguntó.
—Bastante.
—¿Has tenido amantes humanas?
—No me van los humanos.
Ella sonrió torpemente.
—No te preguntaré lo que estás pensando ahora, entonces.
—Bien. No creo que te sientas cómoda con la respuesta.
Pensó en la manera en que había mirado a Red Sox.
—¿Eres gay?
Sus ojos se estrecharon.
—¿Por qué lo preguntas?
—Pareces bastante apegado a tu amigo, el tipo de la gorra de béisbol.
—Lo conocías, ¿verdad? De antes.
—Sí, me resulta familiar, pero no sé de qué lo conozco.
—¿Te molestaría?
Recorrió con la toalla su muslo hasta llegar a la coyuntura de sus caderas, y luego la bordeó.
—¿Qué fueras gay? Para nada.
—Porque te haría sentir más segura, ¿verdad?
—Y porque no tengo prejuicios. Como médico, comprendo bastante bien que sin importar nuestras preferencias, todos somos iguales en el interior.
Bueno, por lo menos los humanos. Jane se sentó en el borde de la cama y le volvió a poner la mano en la pierna. Cuando se fue acercando a su erección, Vishous contuvo el aliento y su larga longitud se movió. Mientras sus caderas giraban, ella levantó la vista. Se había mordido el labio inferior, y los colmillos se clavaban en la suave carne.
Ok, eso era realmente…
Para nada asunto suyo. Pero hombre, en ese momento debía estar teniendo una ardiente fantasía sobre Red Sox.
Diciéndose a sí misma que esto era una situación normal de baño con esponja, y sin creerse la mentira ni por un instante, llevó la mano a su abdomen, pasando la hinchada cabeza y bajando por el otro lado. Cuando la punta de la toallita rozó su sexo, Vishous siseó.
Que Dios la ayudara, lo hizo otra vez, subiendo lentamente y girando alrededor, y dejando que la erección fuera acariciada ligeramente.
Las manos de Vishous se apretaron contra las sábanas, y en un bajo tono áspero dijo:
—Si sigues con eso, vas a descubrir lo mucho que tengo en común con un hombre humano.
Santo Cristo, quería verlo… No, no lo hacía.
Sí, si quería.
Su voz se hizo más profunda.
—¿Quieres que tenga un orgasmo?
Ella se aclaró la garganta.
—Por supuesto que no. Eso sería…
—¿Inapropiado? ¿Quién lo va a saber? Sólo estamos tú y yo aquí. Y sinceramente, me vendría bien algo de placer ahora.
Jane cerró los ojos. Sabía que para él nada de esto era por ella. Además, no es como si fuera a saltar en la cama para aprovecharse de él. Pero realmente quería saber lo bien que se vería cuando…
—¿Jane? Mírame. —Como si controlara sus ojos, estos se levantaron lentamente para encontrar los de él—. No mi rostro, Jane. Vas a mirar mi mano. Ahora.
Accedió, porque no se le ocurrió no hacerlo. Y tan pronto como lo hizo, la mano enguantada soltó su fuerte agarre sobre las sábanas y envolvió la gruesa erección. En una ráfaga, el paciente expulsó todo el aire, y movió la mano de arriba abajo por su miembro, el cuero negro en contraste con el profundo rosa de su sexo.
Oh… Dios… mío.
—¿Quieres hacer esto, verdad? —dijo con rudeza—. No porque me desees. Sino porque te preguntas cómo se sentirá, y el aspecto que tendré cuando me corra.
Cuando continuó las caricias, ella se aturdió por completo.
—¿Verdad, Jane? —su respiración se empezó a acelerar—. Quieres saber lo que siento. Qué clase de ruidos hago. A qué huelo.
No estaba asintiendo con la cabeza, ¿no? Mierda. Lo estaba haciendo.
—Dame tu mano, Jane. Deja que te ponga sobre mí. Aunque sólo sea por curiosidad clínica, quiero que me hagas acabar.
—Pensé… pensé que no te gustaban los humanos.
—No me gustan.
—¿Y qué crees que soy yo entonces?
—Quiero tu mano, Jane. Ahora.
A ella no le gustaba que nadie le dijera lo que hacer. Hombres, mujeres, no importaba. Pero cuando era una orden como esa con voz ronca, que salía de un animal magnífico como él… especialmente mientras yacía estirado delante de ella, completamente erecto… estaba condenadamente cerca de ser imposible de negar.
Más tarde se ofendería por esa orden. Pero ahora la seguiría.
Jane puso la toallita en la bacinilla y no podía creer que estuviera extendiendo la mano hacia él. Vishous tomó lo que ofrecía, tomó lo que había exigido que le diera, y la llevó a su boca. En un lento y sabroso movimiento, lamió el centro de su palma, la lengua una cálida y húmeda pasada. Después tomó la carne femenina y la puso sobre su erección.
Ambos jadearon. Estaba duro como una roca, y caliente como una hoguera, y era más ancho que su muñeca. Mientras se sacudía dentro de su puño, una parte de Jane se preguntó qué demonios estaba haciendo, y la otra, la parte sexual, volvió a la vida. Lo que le provocó pánico. Aplastó esos sentimientos, usando el alejamiento que había perfeccionado tras años de ejercer la medicina… y mantuvo la mano derecha donde estaba.
Lo acarició, sintiendo la fina y suave piel moviéndose por encima del rígido centro. La boca masculina se abrió mientras ondulaba en la cama, y su cuerpo arqueado le dio a sus ojos un increíble repaso. Mierda… V era puro sexo, totalmente, sin inhibiciones o incomodidades, nada salvo un orgasmo como una tormenta creciente.
Jane bajó la vista a donde lo estaba tocando. Su mano enguantada era tan condenadamente erótica yaciendo justo debajo de donde ella lo tocaba, los dedos rozando ligeramente la base y cubriendo las zonas de tejido con cicatrices.
—¿Cómo me sientes, Jane? —dijo con voz ronca—. ¿Me sientes diferente a un hombre?
Sí. Mejor.
—No. Eres justo igual. —Sus ojos se desviaron a los colmillos que se clavaban en el labio inferior. Sus dientes parecían haberse alargado, y tuvo el presentimiento de que sexo y alimentación iban unidos—. Bueno, no tienes el mismo aspecto que ellos, por supuesto.
Algo parpadeó en el rostro de él, una especie de sombra, y deslizó la mano más abajo entre sus piernas. Al principio Jane asumió que estaba frotando lo que colgaba más abajo, pero se dio cuenta de que se estaba tapando ante sus ojos.
Una chispa de dolor le recorrió el pecho como una cerilla encendida, pero entonces gimió profundamente en su garganta y su cabeza golpeó hacia atrás, el cabello negro azulado rozó la almohada negra. Cuando sus caderas se flexionaron hacia arriba, los músculos del estómago se apretaron en una ráfaga secuencial, los tatuajes de su entrepierna se estiraron y volvieron a su posición.
—Más rápido, Jane. Ahora lo vas a hacer más rápido para mí.
Una de sus piernas se elevó y sus costillas empezaron a bombear con fuerza. En su piel lustrosa y fluida, comenzó a brillar una capa de sudor bajo la tenue luz de la lámpara. V se estaba acercando… y cuanto más lo hacía, más se daba cuenta de que estaba haciendo esto porque quería. Lo de la curiosidad clínica era una mentira. La fascinaba por diferentes razones.
Continuó acariciándolo con fuerza, centrando la fricción en la gruesa cabeza.
—No pares… Joder… —arrastró la palabra, los hombros y el cuello tensos, los pectorales apretándose mientras exponían afilados bordes.
De repente, sus ojos se abrieron totalmente y resplandecieron brillantes como estrellas.
Entonces mostró unos colmillos que se habían alargado por completo y gritó su liberación. Mientras se corría, miró el cuello femenino, y el orgasmo se prolongó hasta que se preguntó si había tenido dos. O más. Dios… era espectacular, y en medio de su placer, esa gloriosa fragancia de especias oscuras llenó la habitación hasta que ella la respiró, en vez del aire.
Cuando se quedó quieto, lo soltó, y usó la toalla de mano para limpiarle el vientre y el torso. No se demoró en él. En lugar de eso se puso de pie y deseó poder tener algo de tiempo para sí misma.
La miró a través de párpados casi cerrados.
—Ves —dijo con voz áspera—, justo iguales.
En absoluto.
—Sí.
Vishous puso el edredón sobre sus caderas y cerró los ojos.
—Usa la ducha si quieres.
Con un movimiento rápido y descoordinado, Jane llevó la bacinilla y la toallita al cuarto de baño. Apoyando las manos contra el lavabo, pensó que tal vez el agua caliente y algo más que frotaduras en la espalda le aclararían la cabeza… porque ahora mismo todo lo que podía ver era el aspecto que V tenía mientras se corría sobre su mano y sobre sí mismo.
Abrumada, volvió a la habitación, cogió algunas de sus cosas del petate más pequeño y se recordó que esta situación no era real, no era parte de su realidad. Era un contratiempo, un enredo en el hilo de su vida, como si su destino tuviera la gripe.
Esto no era real.

Después de terminar con la clase, Phury volvió a su habitación y se cambió las ropas con las que enseñaba, una camisa negra de seda y pantalones de cachemir color crema, por sus prendas de combate de cuero. Técnicamente se suponía que tenía la noche libre, pero con V en la cama, necesitaban un equipo extra de manos.
Lo que iba bien con él. Mejor estar en las calles cazando que verse envuelto en el asunto de Z y Bella y el embarazo.
Se ató la pistolera al torso, se colocó dos dagas con el mango hacia abajo, y se puso una SIG Sauer a cada lado de la cadera. De camino a la puerta se puso el abrigo de cuero y palpó el bolsillo interior, asegurándose de tener un par de porros y un encendedor consigo.
Cuando llegó a paso rápido a la enorme escalera, rezó por que nadie lo viera… y fue descubierto justo antes de conseguir salir de la casa. Bella dijo su nombre cuando entró en el vestíbulo, y el sonido de sus zapatos cruzando el suelo de mosaico del recibidor significaba que tenía que detenerse.
—No estuviste en la Primera Comida —dijo.
—Estaba dando clase. —La miró por encima del hombro y se sintió aliviado al ver que tenía buen aspecto, su colorido límpido, los ojos claros.
—¿Has comido algo?
—Sí —dijo, mintiendo.
—Ok… bueno… ¿no deberías esperar a Rhage?
—Nos encontraremos más tarde.
—Phury, ¿estás bien?
Se dijo a sí mismo que no era tarea suya decir nada. Ya había cerrado esa puerta en la charla con Z. Esto no era para nada su…
Como siempre con ella, no tenía autocontrol.
—Creo que tienes que hablar con Z.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado, el cabello cayéndole más abajo del hombro. Dios, era encantador. Muy oscuro, pero no negro. Le recordaba a la elegante caoba cuidadosamente barnizada, brillando con rojos y profundos marrones.
—¿Sobre qué?
Mierda, no debería estar haciendo esto.
—Si le estás ocultando algo a Z, lo que sea… tienes que decírselo.
Ella entrecerró los ojos, luego se deslizó a un lado, cambió de postura, el peso pasando de un pie a otro, los brazos cruzados sobre el pecho.
—Yo… ah, no te preguntaré cómo lo sabes, pero puedo suponer que es porque él lo hace. Oh… maldición. Iba a hablar con él después de ver a Havers esta noche. Pedí una cita.
—¿Cómo está de mal? ¿La pérdida de sangre?
—No demasiado mal. Por eso no le iba a decir nada hasta ver a Havers. Dios, Phury, ya conoces a Z. Ya está condenadamente nervioso por mí, tan preocupado que me aterroriza que se distraiga en el campo de batalla y salga herido.
—Si, pero mira, es peor ahora, porque no sabe lo que está pasando. Habla con él. Tienes que hacerlo. Será fuerte. Por ti, será fuerte.
—¿Estaba enfadado?
—Tal vez un poco. Pero más que eso, está simplemente preocupado. No es estúpido. Sabe porqué no le quieres decir que algo va mal. Mira, llévalo contigo esta noche, ¿ok? Deja que esté allí.
Los ojos de ella empezaron a humedecerse.
—Tienes razón. Sé que tienes razón. Es sólo que quiero protegerlo.
—Que es exactamente lo que él siente por ti. Llévalo contigo.
En el silencio que siguió, supo que la indecisión en los ojos de Bella la tenía que afrontar ella misma. Él ya había dicho su parte.
—Que estés bien, Bella.
Mientras se daba la vuelta, ella le agarró la mano.
—Gracias. Por no estar enfadado conmigo.
Durante un momento Phury fingió que era su bebé el que estaba dentro de ella, y que podía acercarla a él, e ir con ella al médico, y sostenerla después.
Con gentileza Phury le tomó la muñeca y la separó de él, y su mano se deslizó por su piel con un suave roce que le pinchó como una aguja.
—Eres la amada de mi gemelo. Nunca podría estar enfadado contigo.
Mientras atravesaba el vestíbulo y salía a la noche fría y ventosa, pensó cuán cierto era que nunca se podría enojar con ella. ¿Consigo mismo, por otro lado? Sin ningún problema.
Desmaterializándose al centro de la ciudad, supo que se estaba dirigiendo a una colisión de algún tipo. No sabía dónde estaba el muro o de qué estaba hecho, o si iba a conducir directo a él, o ser lanzado por alguien o algo.
Pero el muro lo estaba esperando en la amarga oscuridad. Y una parte de él se preguntó si no tendría una I[3] grande y gruesa pintada en él.





V observó a Jane entrar al cuarto de baño. Cuando se giró para dejar la muda de ropa en el mostrador, el perfil de su cuerpo era una elegante curva en S en la que necesitaba poner las manos. La boca. Meter el cuerpo.
La puerta se cerró y la ducha comenzó, y él maldijo. Dios… su mano se había sentido tan bien, llevándolo más alto que cualquier sexo total practicado recientemente. Pero había sido unilateral. No había habido olor a excitación en ella en absoluto. Para ella había sido una función biológica a explorar. Nada más.
Si era honesto consigo mismo, había pensado que tal vez verle tener un orgasmo la excitaría… lo cual era una locura, dado lo que había por debajo de su cintura. Nadie en su sano juicio pensaría, Ah, sí, comprueba la maravilla de un solo testículo. Yum.
Que era por lo que siempre se dejaba los pantalones puestos cuando tenía sexo.
Mientras escuchaba correr el agua de la ducha, su excitación se ablandó y sus colmillos se retrajeron de vuelta en su mandíbula. Era gracioso, cuando le había estado tocando, se había sorprendido a sí mismo. Había querido morderla… no alimentarse porque tuviera hambre, sino porque quería su sabor en la boca y dejarle la marca de sus dientes en el cuello. Lo cual no era jodidamente típico en él. Normalmente mordía hembras sólo porque tenía que hacerlo, y cuando lo hacía, nunca le gustaba especialmente.
¿Con ella? No podía esperar a perforar una vena y chupar lo que atravesaba su corazón para que bajara directamente hacia su propio estómago.
Cuando la ducha se detuvo, en todo lo que podía pensar era en estar en ese cuarto de baño con ella. Podía imaginársela toda desnuda, mojada y rosada por el calor. Hombre, quería saber qué aspecto tenía la parte de atrás de su cuello. Y el tramo de piel entre sus omóplatos. Y el hueco en la base de su espalda. Quería recorrerla con la boca desde la clavícula al ombligo… y después meterse entre sus muslos.
Mierda, estaba poniéndose duro de nuevo. Y eso era condenadamente bastante inútil. Había satisfecho la curiosidad hacia su cuerpo, así que no estaría dispuesta a tener compasión de él y aliviarlo de nuevo. E incluso si se sintiera atraída por él, ya tenía a alguien, ¿no? Con un gruñido desagradable se imaginó a ese doctor de cabello oscuro que la estaba esperando en la vida real. El tipo era de su clase y sin duda también absolutamente masculino.
La mera idea de ese bastardo agasajándola convenientemente, no simplemente durante el día sino entre las sábanas por la noche, hizo que le escociera el pecho.
Mierda.
V se puso el brazo sobre los ojos y se preguntó exactamente cuándo había sufrido un trasplante de personalidad. Teóricamente Jane le había operado el corazón, no la cabeza, pero no había estado bien desde que había estado en su mesa. El asunto era, que simplemente no podía evitar querer que lo viera como un compañero… aunque eso fuera imposible por un sinfín de motivos. Era un vampiro que era un bicho raro… y se iba a convertir en el Primale en cuestión de días.
Pensó en lo que le esperaba al Otro Lado, e incluso aunque no quería remontarse al pasado, no pudo detenerse. Regresó a lo que se le había hecho, recordando lo que había puesto las cosas en marcha para el maltrato que lo había dejado siendo medio macho.

Fue quizás una semana después de que su padre quemara los libros que Vishous fue pillado saliendo de detrás de la división que escondía las pinturas rupestres. Su perdición fue el diario del guerrero Darius. Había evitado su preciosa posesión durante días y días, pero finalmente se había rendido. Sus manos habían anhelado el peso de la encuadernación, sus ojos la vista de las palabras, su mente las imágenes que le daba, su corazón la conexión que sentía con el escritor.
Estaba demasiado solo para resistir.
Fue una puta de la cocina la que lo vio, y los dos se congelaron cuando lo hizo. No sabía su nombre, pero tenía el mismo rostro que todas las hembras presentaban en el campamento: ojos duros, piel arrugada, y un tajo por boca. Había marcas de mordeduras cubriendo su cuello, de los machos que se alimentaban de ella, y su ropa estaba sucia y deshilachada en el dobladillo. En una mano llevaba una rústica pala, y tras ella arrastraba una carretilla con una rueda rota. Obviamente había sacado el palito corto y había sido obligada a atender los hoyos privados.
Sus ojos bajaron hacia la mano de V como si midiera un arma.
V hizo deliberadamente un puño con la cosa.
—Sería una lástima que dijeras algo, ¿verdad?
Ella palideció y se escabulló, dejando caer la pala al correr.
Las noticias de lo que había sucedido entre él y el otro pretrans habían recorrido todo el campamento, y si eso hizo que le temieran, todo había sido para bien. Para proteger su único libro no estaba por encima de amenazar a nadie, incluso a hembras, y no se avergonzaba por ello. La ley de su padre sostenía que nadie estaba a salvo en el campamento. V estaba bastante seguro que esa hembra utilizaría lo que había visto en su propio beneficio si podía. Así eran las cosas.
Vishous dejó la cueva a través de uno de los túneles que habían sido excavados en la montaña, y emergió en un matorral de zarzas. El invierno se les estaba echando encima rápidamente, el frío hacía el aire tan denso como los huesos. Arriba más adelante, escuchó la rápida corriente y quiso beber, pero permaneció escondido mientras trepaba por la cuesta cubierta de pinos. Siempre se alejaba del agua durante un tramo después de salir, no simplemente porque era lo que se le había enseñado a hacer bajo pena de castigo, sino porque en su estado de pretrans no era oponente para lo que quizás cayera sobre él, fuera vampiro, humano, o animal.
Al principio de cada noche, los pretrans intentaban llenar sus vientres vacíos en la corriente, y sus oídos recogieron los sonidos de los otros pretrans que estaban pescando. Los chicos se habían congregado en la parte ancha del arroyo, donde el agua formaba una profunda poza a un lado. V los evitó, escogiendo un lugar más apartado río arriba.
De una bolsa de cuero sacó con sumo cuidado un largo hilo que tenía un primitivo anzuelo y un peso brillante de plata atado al final. Lanzó su exiguo aparejo en la rápida corriente de agua y sintió la cuerda tensarse. Cuando se sentó en una piedra, enroscó la cuerda alrededor de un trozo de madera y sostuvo la cosa entre sus palmas.
La espera lo traía sin cuidado, no era una carga ni un placer, y cuando oyó una discusión río abajo, no mostró interés. Las escaramuzas también eran lo habitual en el campamento, y sabía sobre lo que trataba la pelea entre los otros pretrans. Simplemente porque sacaras un pez del agua no significaba que te lo pudieras quedar.
Estaba mirando fijamente la rápida corriente cuando la más extraña sensación le recorrió la parte de atrás del cuello, como si le hubieran tocado la nuca con los dedos.
Se levantó, dejando caer el sedal al suelo, pero no había nadie detrás de él. Olió el aire, revisó los árboles con la mirada. Nada.
Cuando se agachó para recuperar el sedal, el palo saltó por el aire lejos de su alcance y del banco, un pez había mordido el cebo. V se lanzó hacia él, pero sólo pudo ver como el rudimentario mango saltaba en la corriente. Abalanzándose, corrió tras él, saltando de roca en roca, rastreándolo cada vez más lejos río abajo.
Después de lo cual se encontró con otro.
El pretrans que había golpeado con el libro subía por el río con una trucha en la mano, una que, dada su satisfacción rapaz, estaba seguro que le había robado a otro. Cuando vio a V se detuvo, el palo con el sedal con la pesca de V prendida pasó a su lado. Con un grito de triunfo, se guardó el pez que se agitaba en el bolsillo y fue tras lo que era de V… aún cuando eso lo llevaba en dirección a sus perseguidores.
Tal vez debido a la reputación de V, los otros chicos se apartaron de su camino cuando persiguió al pretrans, y el grupo abandonó la persecución y se convirtió en espectador a medio galope.
El pretrans era más rápido que V, se movía descuidadamente de piedra en piedra, mientras que V era más cuidadoso. Las suelas de cuero de sus toscas botas estaban mojadas, y el musgo que crecía en la parte de atrás de las rocas estaba resbaladizo como grasa de cerdo. Aunque su presa estaba sacándole ventaja, V se contuvo para asegurar sus pasos.
Justo donde la corriente se ensanchaba formando la poza en la que habían estado pescando los otros, el pretrans saltó a la cara plana de una roca y consiguió dar alcance al pez enganchado de V. Salvo que cuando se estiró para asir el palo, su equilibrio falló… y su pie se escurrió debajo de él.
Con la caída lenta y elegante de una pluma, cayó de cabeza a la rápida corriente. El crujido de su sien contra la roca que estaba unas pulgadas por debajo de la superficie fue tan fuerte como un hacha golpeando madera noble, y mientras su cuerpo se quedaba lacio, el palo y el sedal continuaron su camino río abajo.
Cuando V llegó hasta el chico, recordó la visión que había tenido. Claramente había estado equivocado. El pretrans no moría en la cima de una montaña con el sol sobre el rostro y el viento en su cabello. Moría aquí y ahora, en los brazos del río.
Fue un pequeño alivio.
Vishous observó cómo la corriente arrastró el cuerpo a la oscura y tranquila poza. Justo antes de hundirse bajo la superficie, se dio la vuelta, quedando boca arriba.
Mientras las burbujas atravesaban los inmóviles labios y subían a la superficie para captar la luz de la luna, V se maravilló con la muerte. Todo se quedaba tan calmado después de que llegaba. Cualquier chillido o grito o acción que causaba la liberación del alma hacia el Fade, lo que seguía era como la densa calma de la nieve cayendo.
Sin pensar, extendió la mano derecha y la metió en el agua helada.
De repente un resplandor se difundió por la poza, emanando de su palma… y el rostro del pretrans quedó iluminado tan certeramente como si el sol brillara sobre él. V jadeó. Era la visión hecha realidad, exactamente como lo había previsto: la neblina que había enturbiado la claridad era de hecho el agua, y el cabello del chico ondeado de aquí para allá no era por el viento, sino por las profundas corrientes de la poza.
—¿Qué le estás haciendo al agua? —dijo una voz.
V levantó la vista. Los otros chicos estaban alineados en la curvada ribera del río, mirándole.
V sacó la mano del agua de un tirón y la puso tras su espalda para que nadie la viera. Cuando la retiró, el resplandor en la poza decayó, y el pretrans muerto se quedó en las negras profundidades como si hubiera sido enterrado.
V se puso de pie y miró fijamente a los que ahora sabía que no sólo eran sus competidores por el escaso alimento y comodidades, sino también sus enemigos. La cohesión entre los chicos reunidos que permanecían hombro con hombro le dijo que, sin importar lo beligerantes que fueran dentro de la seca matriz del campamento, estaban vinculados como si fueran una mente.
Él era un paria.

V parpadeó y pensó en lo que había venido después. Gracioso, el giro que preveías en el camino nunca era el que tenía el hielo negro. Había asumido que los otros pretrans lo echarían del campamento, que uno por uno pasarían el cambio y después se confabularían contra él. Pero al destino le gustaban las sorpresas, ¿verdad?
Rodó sobre su costado y decidió resueltamente dormir un poco. Excepto que cuando la puerta del cuarto de baño se abrió, tuvo que abrir un párpado. Jane se había puesto una camisa blanca con cuello y un par de holgados pantalones negros de yoga. Su rostro estaba sonrojado por el calor de la ducha, el cabello de punta y húmedo. Tenía un aspecto asombroso.
Jane le echó un vistazo breve, una revisión rápida que le dijo que había asumido que estaría durmiendo; entonces se alejó y se sentó en la silla del rincón. Cuando Jane levantó las piernas, envolvió los brazos alrededor de las rodillas y bajó el mentón. Parecía tan frágil así, apenas un revuelto de carne y hueso dentro del abrazo de la silla.
V cerró el ojo y se sintió despreciable. Su conciencia, que había estado casi apagada durante siglos, estaba despierta y le dolía: no podía fingir que no iba a estar curado completamente en unas seis horas. Lo que significaba que su propósito había acabado y que iba a tener que permitirla irse cuando el sol se pusiera esta noche.
Excepto que, ¿qué pasaba con la visión que había tenido de ella? ¿En la que permanecía en una puerta de luz? Ah, demonios, tal vez simplemente había estado alucinando…
V frunció el ceño cuando captó un olor en la habitación. ¿Qué demonios?
Inhalando profundamente, se puso duro en un instante, su pene se engrosó, creciendo violentamente contra su vientre. Miró a Jane a través de la habitación. Tenía los ojos cerrados, la boca un poco abierta, las cejas fruncidas… y estaba excitada. Tal vez no se sintiera enteramente cómoda con eso, pero estaba definitivamente excitada. ¿Pensaba en él? ¿O en el macho humano?
V extendió su mente sin ninguna esperanza real de entrar en la cabeza de Jane. Cuando sus visiones se habían secado, también lo había hecho la cinta de teletipos que corría con los pensamientos de otras personas, la que podía ser forzada sobre él o captada a su voluntad…
La imagen en su mente era de él.
Oh, joder, sí. Era totalmente suya: estaba arqueándose en la cama, los músculos del estómago apretados, las caderas levantándose mientras ella trabajaba su sexo con la palma de la mano. Eso fue justo antes de que se corriera, cuando había sacado la mano enguantada de debajo de su polla y se había agarrado al edredón.
Su cirujana lo deseaba incluso sabiendo que estaba parcialmente arruinado, no fuera de su especie y la retuviera contra su voluntad. Y estaba dolorida. Estaba dolorida por él.
V sonrió mientras los colmillos le pinchaban el interior de la boca. Bien, este era el momento de ser humanitario. Y aliviar algunos de sus sufrimientos…

Con las shitkickers ampliamente separadas y los puños apretados a los costados, Phury permaneció de pie sobre el lesser al que acababa de dejar inconsciente con un feo golpe en la sien. El bastardo yacía boca abajo sobre un sucio montón de nieve medio derretida, los brazos y piernas caídos pesadamente a un lado, la chaqueta de cuero despedazada en la espalda debido a la lucha.
Phury respiró hondo. Había una manera caballerosa de matar a tu enemigo. En medio de la guerra, había una manera honorable de traer la muerte incluso a aquellos que odiabas.
Miró arriba y abajo por el callejón y olisqueó el aire. Ni humanos. Ni otros lessers. Y ninguno de sus hermanos.
Se agachó sobre el asesino. Sí, cuando matabas de tus enemigos, había un cierto estándar de conducta que debía observarse.
Eso no iba a suceder.
Phury levantó al lesser por el cinturón de cuero y el pálido cabello y lanzó la cosa de cabeza contra un edificio de ladrillo como si fuera un ariete. Un amortiguado y carnoso crunch sonó cuando el lóbulo frontal se rompió y la columna vertebral atravesó la parte trasera del cráneo.
Pero la cosa no estaba muerta. Para matar a un asesino debías apuñalarle en el pecho. Si se dejaba como estaba ahora, el bastardo simplemente estaría en un estado perpetuo de putrefacción hasta que eventualmente el Omega viniera en busca de su cuerpo.
Phury arrastró la cosa por un brazo hasta detrás de un contenedor y sacó una daga. No utilizó el arma para apuñalar al asesino y mandarlo con su maestro. Su ira, esa emoción que no le gustaba sentir, esa fuerza que no se permitía vincular ni a personas ni a acontecimientos, había empezado a rugir. Y su ímpetu era innegable.
La crueldad de sus acciones le manchó la conciencia. Aunque su víctima fuera un asesino amoral que veinte minutos antes había estado a punto de cargarse a dos vampiros civiles, lo que Phury estaba haciendo seguía siendo incorrecto. Los civiles habían sido salvados. El enemigo estaba incapacitado. El fin debería llegar limpiamente.
No se detuvo a sí mismo.
Mientras el lesser aullaba de dolor, Phury se quedó con lo que le estaba haciendo a la cosa, las manos y la hoja moviéndose rápidamente por la piel y los órganos vitales que olían como polvos de talco. La sangre negra y brillante corría por el pavimento, cubría los brazos de Phury, engrasaba sus botas y salpicaba su ropa de cuero.
Mientras continuaba, el asesino se convirtió en un StairMaster[4] para su furia y el odio que sentía hacia si mismo, un objeto en el que descargar sus sentimientos. Naturalmente, sus acciones le hicieron pensar todavía peor de sí mismo, pero no se detuvo. No podía parar. La sangre era propano y sus emociones eran la llama, y ahora que había sido encendida la combustión era inevitable.
Centrado en su terrible proyecto, no escuchó al otro lesser viniendo desde atrás. Captó el aroma de talco de bebé justo antes de que la cosa golpeara, y apenas pudo hacerse a un lado para escapar del golpe del bate de béisbol dirigido a su cráneo.
Su furia se mudó del asesino incapacitado al que estaba de pie, y con el ADN de guerrero gritando en sus venas, atacó. Dirigiendo la daga negra, se agachó y buscó el abdomen.
No lo consiguió. El lesser lo sujetó por el hombro con el bate, y luego dirigió un sólido backswing[5] a la pierna buena de Phury, alcanzándole el lateral de la rodilla. Mientras se encogía, se concentró en mantener agarrada la daga, pero el asesino era todo un José Conseco[6] con ese número de aluminio. Otro swing y la hoja salió volando, la punta girando sobre su eje, deslizándose después a través de un tramo de pavimento mojado.
El lesser saltó sobre el pecho de Phury y lo sujetó por la garganta, apretándolo con un puño que era tan fuerte como un cable de acero. Phury apretó la palma de su mano sobre la muñeca gruesa de la cosa que le comprimía la tráquea, pero entonces, repentinamente tuvo otras cosas de las que preocuparse además de la hipoxia. El asesino cambió la forma en que tenía agarrado el bate, estrangulándolo hacia arriba hasta que lo sostuvo por el centro. Con mortal concentración levantó el brazo en alto y bajó la parte inferior del bate directamente sobre el rostro de Phury.
El dolor fue como una bomba estallándole en la mejilla y el ojo, la candente metralla rebotando a través de todo su cuerpo.
Y curiosamente… fue algo bueno. Anuló todo lo demás. Todo lo que supo fue el impacto que le congeló el corazón y el eléctrico dolor que vino justo después.
Le gustó.
Por el único ojo que todavía funcionaba bien, vio al lesser levantar el bate otra vez, al estilo émbolo. Phury ni siquiera se preparó. Simplemente observó cómo funcionaba la cinética, sabiendo que los músculos que se coordinaban para elevar ese pedazo de metal pulido iban a tensarse y bajar de nuevo esa cosa hacia su rostro.
Hora del golpe mortal, pensó débilmente. Probablemente su hueso orbital ya estaba destrozado o como mínimo fracturado. Otro golpe y ya no estaría protegiendo su materia gris.
Le vino una imagen del dibujo que había hecho de Bella, y vio lo que había puesto en el papel. Ella sentada en la mesa de comedor girada hacia su gemelo, el amor entre ellos tan palpable y hermoso como un paño de seda, tan fuerte y firme como acero templado.
Rezó una antigua oración para ellos y su bebé en la Antigua Lengua, una en la que les deseaba que todo fuera bien hasta que los encontrara en el Fade en un lejano, lejano futuro. Hasta que vivamos de nuevo, era la forma en la que acababa.
Phury soltó la muñeca del asesino y repitió la frase una y otra vez, preguntándose débilmente cuál de las cuatro palabras sería la última.
Excepto que no hubo impacto. El lesser desapareció de encima suyo, simplemente lanzado lejos de su pecho como un títere cuyas cuerdas habían sido cortadas.
Phury yacía allí, apenas respirando, mientras una serie de gruñidos resonaban en el callejón, y luego hubo un destello brillante de luz. Con sus endorfinas golpeando, tuvo un agradable y elevado momento de euforia que lo hizo resplandecer con lo que se sentía como salud, pero que en realidad era evidencia de que estaba hundido en la mierda.
¿Ya había tenido lugar el golpe mortal? ¿Había sido suficiente el primero para dejar su cerebro con una hemorragia?
Daba igual. Se sentía bien. La cosa entera se sentía bien, y se preguntó si así era el sexo. Es decir, los momentos posteriores. Nada excepto una relajación pacífica.
Pensó en Zsadist viniendo hacia él en el medio de aquella fiesta hacía meses, con una bolsa de lona en la mano y una demanda infernal en los ojos. Phury se había sentido enfermo ante lo que su gemelo había necesitado, pero sin embargo había ido con Z al gimnasio y había golpeado al macho una y otra vez.
Esa no había sido la primera vez que Zsadist había necesitado esa clase de alivio.
Phury siempre había odiado darle a su gemelo las palizas que le había pedido, nunca había entendido la razón de esa conducta masoquista, pero ahora lo hacía. Esto era fantástico. Nada importaba. Era como si la vida real fuera una tormenta lejana que nunca lo alcanzaría porque él se había apartado de su camino.
La voz profunda de Rhage también le llegó desde lejos.
—¿Phury? He pedido la furgoneta. Necesitas ir donde Havers.
Cuando Phury trató de hablar, su mandíbula se negó a hacer el trabajo, fija como si alguien la hubiera pegado con cola en su lugar. Claramente, ya se le estaba hinchando, y decidió negar con la cabeza.
El rostro de Rhage apareció frente a su visión ladeada.
—Havers podrá…
Phury negó con la cabeza otra vez. Bella estaría esta noche en la clínica tratando el tema del bebé. Si estaba al borde del aborto, no quería llevarla al límite apareciendo como un caso de emergencia.
—Havers… No…  —dijo ásperamente.
—Hermano, lo que tienes es más de lo que los primeros auxilios pueden arreglar. —El perfecto rostro de modelo de Rhage era una máscara de deliberada calma. Lo cual quería decir que el tipo estaba realmente preocupado.
—Casa.
Rhage maldijo, pero antes de que pudiera volver a presionar para llevarlo con Havers, un coche giró en el callejón, con los faros destellando.
—Mierda. —Rhage se lanzó a la acción, levantando a Phury del pavimento y apresurándose a meterlo tras el contenedor.
Lo que los llevó justo junto al profanado lesser.
—¿Qué mierda es esto? —masculló Rhage mientras un Lexus con llantas cromadas los pasaba, con el rap a todo volumen.
Cuando hubo pasado, Rhage entrecerró los brillantes ojos verde azulados.
—¿Hiciste esto?
—Mala… pelea… Eso es todo —susurró Phury—. Llévame a casa.
Mientras cerraba el ojo, se dio cuenta de que había aprendido algo esta noche. El dolor era bueno, y cosechado bajo circunstancias adecuadas, era menos vergonzoso que la heroína. Más fácil de conseguir, también, ya que podía ser una legítima consecuencia de su trabajo.
Qué perfecto.

Cuando Jane se sentó en la silla frente a la cama del paciente, bajó la cabeza y cerró los ojos. No podía dejar de pensar en lo que había hecho… y en lo que él había hecho como resultado. Lo vio justo cuando tuvo el clímax, la cabeza echada hacia atrás, los colmillos brillando, la erección sacudiéndose en su puño, mientras su aliento entraba en un jadeo y salía en un gemido.
Jane se movió, sintiéndose caliente. Y no porque hubieran encendido el radiador.
Dios, no podía evitar revivir la escena una y otra vez, y se puso tan mal, que tuvo que abrir la boca para respirar. En un punto durante el continuo circuito cerrado sintió un agudo pinchazo en la cabeza, como si su cuello hubiera adoptado una mala postura, pero después se quedó medio dormida.
Naturalmente, su subconsciente tomó el control donde su memoria lo había dejado.
El sueño empezó cuando algo le tocó el hombro, algo cálido y pesado. Se sintió tranquilizada por cómo se sentía, por la forma en que bajaba lentamente por el brazo, sobre la muñeca y la mano. Tenía los dedos cerrados en un puño, y entonces fueron abiertos para que un beso le fuera colocado en el centro de la palma. Jane sintió unos labios suaves, un cálido aliento, y el roce aterciopelado de… una perilla.
Hubo una pausa, como si le pidieran permiso.
Supo exactamente con quién estaba soñando. Y sabía exactamente lo que iba a suceder en el sueño si permitía que las cosas continuaran.
—Sí —susurró en su sueño.
Las manos de su paciente fueron hasta sus pantorrillas y le separaron las piernas de la silla. Luego algo ancho y tibio se movió entre ellas, metiéndose entre sus muslos, abriéndolos ampliamente. Caderas masculinas y… ah, Dios, sintió una erección en su centro, la longitud rígida presionando sobre los suaves pantalones que llevaba puestos. El cuello de su camisa fue apartado a un lado y su boca le encontró el cuello, sus labios se pegaron a la piel y chuparon mientras su erección comenzaba un rítmico avance y retroceso. Una mano le encontró el pecho y luego lo bordeó bajando hacia el estómago. Bajando hacia la cadera. Bajando más, reemplazando la erección.
Cuando Jane gritó y se arqueó, dos puntos agudos le recorrieron la columna del cuello hacia la base de la mandíbula. Colmillos.
El temor inundó sus venas. Y también una explosión de sexo de alto octanaje.
Antes de que pudiera ordenar los dos extremos, la boca de V dejó su cuello y encontró su pecho a través de la camisa. Mientras chupaba, fue en busca de su centro, frotándolo hasta que estuvo listo para él, hambriento por él. Abrió la boca para jadear, y algo fue empujado dentro… un pulgar. Se aferró a él desesperadamente, chupándolo mientras se imaginaba qué otra parte de él podría estar entre sus labios.
Él era el maestro de todo esto, el conductor, el que dirigía la maquinaria. Sabía exactamente lo que le hacía mientras sus dedos utilizaban sus suaves pantalones y sus bragas mojadas para llevarla directamente al límite.
Una voz en su cabeza —la de él—, dijo:
—Córrete para mí, Jane.
Desde ninguna parte una luz brillante golpeó su rostro, y saltó hacia arriba, levantando los brazos para apartar a su paciente de un empujón.
Salvo que no estaba en ninguna parte cerca de ella. Estaba en la cama. Dormido.
Y en cuanto a la luz, venía del vestíbulo. Red Sox había abierto la puerta del dormitorio.
—Siento despertaros chicos —dijo—. Tenemos un problema.
Cuando el paciente se incorporó, miró a Jane. En el momento en que sus ojos se encontraron, ella se sonrojó y apartó la mirada.
—¿Quién? —preguntó el paciente.
—Phury. —Red Sox hizo un gesto con la cabeza hacia la silla—. Necesitamos un médico. Así como, en este mismo instante.
Jane se aclaro la garganta.
—¿Por qué me miráis…?
—Te necesitamos.
Su primer pensamiento fue, que ni loca se iba a involucrar más profundamente con ellos. Pero entonces el médico que había en ella habló más alto.
—¿Qué pasa?
—Algo realmente desagradable. Un altercado con un bate de béisbol. ¿Puedes venir conmigo?
La voz de su paciente llegó primero, el gruñido mortal dibujando una tremenda línea en la prudencia:
—Dondequiera que vaya ella, yo también voy. ¿Y cómo esta de  mal?
—Le golpearon en el rostro. Mal. Se niega a ir a lo de Havers. Dice que Bella está allí por lo del bebé, y no quiere trastornarla apareciendo hecho un asco.
—Maldito hermano, tenía que ser un héroe. —V miró a Jane—. ¿Nos ayudarás?
Después de un momento, ella se frotó el rostro. Maldita sea.
—Sí. Lo haré.

Mientras bajaba el cañón de la Glock que le habían dado, John miró fijamente el objetivo del campo de tiro que estaba a una distancia de cincuenta pies. Volviendo a poner el seguro en su lugar, se quedó totalmente boquiabierto.
—Jesús —dijo Blay.
Con total incredulidad, John pulsó el botón amarillo a su izquierda y la hoja de papel de ocho-y-medio-por-once zumbó hasta él como un perro siendo llamado a casa. En el centro, agrupados como una margarita, había seis disparos perfectos. Santa mierda. Después de haber sido un desastre en todo lo que se le había enseñado hasta ahora en lo concerniente a luchar, finalmente sobresalía en algo.
Bien, ¿no hacía esto que se olvidara del dolor de cabeza?
Una mano pesada aterrizó en su hombro, y la voz de Wrath estaba llena de orgullo.
—Lo has hecho bien, hijo. Verdaderamente bien.
John estiró la mano y desenganchó el objetivo.
—Bueno —dijo Wrath—. Eso es todo por hoy. Verificad las armas, chicos.
—Eh, Qhuinn —llamó Blay—. ¿Has visto esto?
Qhuinn le dio su arma a uno de los doggen y se acercó.
—Guau. Ahí tienes una verdadera mierda de Harry el Sucio.
John dobló el papel y lo puso en la parte de atrás de sus vaqueros. Cuando devolvió el arma al carrito, trató de imaginarse cómo identificarla otra vez para poderla utilizar en la próxima práctica. Ah… aunque los números de serie habían sido borrados, había una marca débil en el cargador, un rasguño. Realmente podía encontrar su arma otra vez.
—Moveros —dijo Wrath mientras apoyaba su inmenso cuerpo contra la puerta—. El bus espera.
Cuando John levantó la vista después de devolver el arma, Lash estaba justo detrás de él, todo amenaza y peligro. En un movimiento fluido el tipo se inclinó y bajó su Glock con el cañón apuntando al pecho de John. Para dejarlo claro, mantuvo el índice en el gatillo durante un momento.
Blay y Qhuinn se juntaron, bloqueando el camino. El movimiento fue hecho de forma verdaderamente casual, como si simplemente estuvieran allí por azar, pero el mensaje fue claro. Con un encogimiento de hombros, Lash levantó la mano de la Glock y en su camino hacia la puerta golpeó el hombro de Blay con el suyo.
—Cabrón —murmuró Qhuinn.
Los tres amigos salieron hacia el vestuario, donde recogieron sus libros y se dirigieron afuera juntos. Ya que John iba a utilizar el túnel para volver a la mansión, se detuvieron frente a la puerta de la vieja oficina de Tohr.
Mientras los otros estudiantes pasaban, Qhuinn mantuvo la voz baja.
—Tenemos que salir esta noche. No puedo esperar. —Hizo una mueca y cambió su postura como si tuviera papel de lija en los pantalones—. Estoy medio loco por una mujer, ¿sabes qué quiero decir?
Blay se sonrojó un poco.
—Yo… ah, sí, puedo tratar con algo de acción. ¿John?
Lanzado por su éxito en el campo de tiro, John asintió.
—Bien. —Blay se subió los vaqueros—. Debemos ir al ZeroSum.
Qhuinn frunció el ceño.
—¿Qué tal al Screamer?
—No, quiero el ZeroSum.
—Bien. Y podemos ir en mi coche. —Qhuinn echó una ojeada—. John, ¿por qué no coges el bus y vas a casa de Blay?
¿Debería cambiarme?
—Puedes cogerle prestada algo de ropa. Tienes que tener buen aspecto para el ZeroSum.
Lash apareció de ninguna parte, como un golpe imprevisto en el estómago.
—¿Así que vais a bajar a la ciudad, John? Quizás te vea allí, colega.
Con una mueca desagradable y peligrosa, se marchó tranquilamente, su cuerpo a punto de tensarse, sus musculosos hombros moviéndose como si se dirigiera a una pelea. O quisiera una.
—Suena como si quisieras una cita, Lash —gruñó Qhuinn—. Buen trato, porque si mantienes esa mierda, vas a conseguir que te jodan, colega.
Lash se detuvo y miró hacia atrás, las luces del techo se vertían sobre él.
—Oye, Qhuinn, dile hola a tu padre de mi parte. Siempre le gusté más que tú. Por otra parte, yo sí encajo.
Lash se tocó al lado del ojo con el dedo corazón y siguió su camino.
Tras él, el rostro de Qhuinn se cerró, directamente se convirtió en una estatua.
Blay puso la mano en la parte de atrás del cuello del tipo.
—Escucha, danos cuarenta y cinco minutos en mi casa, ¿ok? Entonces nos recoges.
Qhuinn no respondió en seguida, y cuando finalmente lo hizo su voz fue baja.
—Sí. Ningún problema. ¿Me perdonáis un segundo?
Qhuinn dejó caer los libros y volvió al vestuario. Cuando la puerta se cerró con suavidad, John gesticuló:
¿Las familias de Lash y Qhuinn están unidas?
—Ambos son primos hermanos. Sus padres son hermanos.
John frunció el ceño.
¿Qué quiso decir Lash apuntando a su ojo?
—No te preocupes por…
John agarró el antebrazo del tipo.
Dímelo.
Blay se frotó su cabello rojo como si tratara de conseguir una respuesta.
—Bueno… es como… el padre de Qhuinn es un tipo importante en la glymera, ¿sabes? Y su madre también. Y en la glymera no se aceptan defectos.
Esto fue dicho como si lo explicara todo.
No lo pillo. ¿Qué está mal con su ojo?
—Uno azul. Otro verde. Como no son del mismo color, Qhuinn nunca va a poder emparejarse… y, ya sabes, su padre se avergonzará de él toda la vida. No es una buena mierda, y por eso estamos siempre en mi casa. Necesita escapar de sus padres. —Blay miró la puerta del vestuario como si pudiera ver a su amigo a través de ella—. La única razón por la que no lo han echado es porque esperaban que la transición quizás lo purificara. Es por eso que acabó utilizando a alguien como Marna. Tiene sangre muy buena, y creo que el plan era que pudiese ayudar.
No lo hizo.
—No. Probablemente le pedirán que se marche en algún momento. Yo ya tengo una habitación preparada para él, pero dudo que la utilice. Demasiado orgullo. Y está en todo su derecho.
John tuvo un horrible pensamiento.
¿Cómo se hizo la magulladura? ¿La que tenía en el rostro después de la transición?
En ese momento la puerta del vestuario se abrió y Qhuinn salió con una sólida sonrisa en su lugar.
—¿Vamos, caballeros? —cuando recogió los libros, su arrogancia había regresado—. Pirémonos antes de que las tías buenas estén todas tomadas en el club.
Blay golpeó al tipo en el hombro.
—Te seguimos, maestro[7].
Cuando se dirigieron al parking subterráneo, Qhuinn iba al frente, Blay detrás, John en el medio.
Cuando Qhuinn desapareció por los escalones del autobús, John agarró a Blay por el hombro.
Fue su padre, ¿verdad?
Blay vaciló. Luego asintió una vez.



[1] Patricia Hearst, también conocida como Patty Hearst fue secuestrada en su apartamento por un pequeño grupo de izquierdas. Poco después fue fotografiada con un rifle de asalto durante el atraco de una de las ramas del banco Hibernia. Más tarde se supo que había cambiado su nombre por el de Tania y se había comprometido con las ideas del grupo. Fue arrestada, acusada de robo y condenada.
[2] El Louisville Slugger es uno de los mejores bates de béisbol que existen.
[3] I de infierno
[4] Marca comercial de un stepper.
[5] Golpe de golf.
[6] Famoso jugador de béisbol.
[7] En español en el original.





Vale, esto podía considerarse genial como el infierno o terrorífico como la mierda. Mientras Jane caminaba, era como si estuviera atravesando un túnel subterráneo en una película de Jerry Bruckheimer. Este escenario parecía directamente sacado de una película de alto presupuesto realizada en Hollywood: de acero, tenuemente iluminado por luces fluorescentes empotradas, infinitamente largo. En cualquier momento un Bruce Willis salido del año 1980 iba a aparecer corriendo con los pies descalzos, vistiendo una andrajosa camiseta de tirantes y acarreando una ametralladora.
Miró los paneles fluorescentes del techo, luego el pulido suelo de metal. Estaba dispuesta a apostar que si perforaba las paredes tendrían medio pie de espesor. Hombre, estos tipos tenían dinero. Mucho dinero. Más del que podrías conseguir si estuvieras vendiendo drogas controladas en el mercado negro o suministrando cocaína, crack y demás vicios alucinógenos. Éste era dinero a escala gubernamental, sugiriendo que los vampiros no eran sólo otra especie; eran otra civilización.
 Mientras los tres avanzaban, se sorprendió de que la dejaran suelta. Pero bueno, el paciente y su amigo estaban armados con pistolas…
—No —el paciente negó con la cabeza—. No estás esposada porque no tratarás de huir.
Jane se quedó boquiabierta.
—No me leas la mente.
—Lo siento. No tenía intención de hacerlo, sólo ocurrió.
Se aclaró la garganta, tratando de no apreciar cuan magnífico se veía de pie. Vestido con un pantalón de pijama de tela escocesa Black Watch[1] y una camiseta de tirantes negra, se movía despacio, pero con una confianza letal que resultaba irresistible.
 ¿De qué habían estado hablando?
—¿Cómo sabes que no saldré corriendo?
—No le fallarás a alguien que necesita atención médica. No está en tu naturaleza, ¿verdad?
Bueno… mierda. La conocía bastante bien.
—Sí, lo esta —dijo.
—Termina con eso.
Red Sox miró a Jane y al paciente.
—¿Tu habilidad para leer la mente está regresando?
—¿Con ella? A veces.
—Huh. ¿Estás captando algo de alguien más?
—Nop.
Red Sox se acomodó la gorra.
—Bueno, ah… déjame saber si captas alguna mierda de mi parte, ¿ok? Hay algunas cosas que preferiría mantener en  privado, ¿entiendes?
—Entendido. Aunque algunas veces no puedo evitarlo.
—Es por lo que voy a empezar a pensar en béisbol cuando estés por los alrededores.
—Doy jodidas gracias de que no seas admirador de los Yankees.
—No uses la palabra Y. Tenemos compañía femenina.
Nada más fue dicho mientras continuaban avanzando a través del túnel, y Jane tuvo que preguntarse si estaba perdiendo la razón. Debería haberse sentido aterrorizada en este oscuro lugar subterráneo con dos enormes escoltas de naturaleza vampírica. Pero no lo estaba. Extrañamente se sentía a salvo… como si el paciente fuera a protegerla por la promesa que le había hecho y Red Sox fuera a hacer lo mismo debido a su vínculo con el paciente.
¿Dónde demonios estaba la lógica en eso?, se preguntó.
¡Dame una E! ¡Una S! ¡Una T! ¡Una O! ¡Seguidas de C-O-L-M-O! ¿Qué se formaba? MAL DE LA CABEZA.
El paciente se inclinó hacia su oído.
—No puedo verte en el papel de animadora. Pero tienes razón, ambos mataríamos cualquier cosa que se atreviera siquiera a sobresaltarte. —El paciente volvió a enderezarse, una gigantesca masa de testosterona calzada con shitkickers.
Jane le palmeó el antebrazo y le hizo señas con el dedo índice para que volviera a inclinarse. Cuando lo hizo, susurró:
—Me asustan los ratones y las arañas. Pero no necesitas usar esa pistola que llevas en la cadera para abrir un hoyo en la pared si alguno se me cruza en el camino, ¿estamos? Las trampas Havahart o un periódico enrollado funcionan igual. Y tienen la ventaja de que, de esa forma, no necesitas una placa de pladur y un trabajo de enyesado después. Sólo es una sugerencia.
Le palmeó el brazo, despidiéndolo, y se volvió a concentrar en el túnel que tenía por delante.
V comenzó a reír, torpemente al principio, luego más profundamente, y Jane sintió que Red Sox la observaba. Encontró sus ojos sin titubear, esperando encontrar alguna especie de reproche en ellos. En cambio, allí sólo había alivio. Alivio y aprobación mientras el hombre… macho… Cristo, lo que fuera… la observaba y luego a su amigo.
Jane se sonrojó y apartó la vista. El hecho de que el tipo evidentemente no estuviera enzarzado en una competencia de mejor-amigo con ella acerca de V no debería haber sido un plus. De ninguna forma.
Unas cien yardas después llegaron a unas escaleras bajas que llevaban a una puerta con un mecanismo de cerradura basado en un sistema de barras del tamaño de su cabeza. Cuando el paciente se adelantó e introdujo un código, se imaginó que iban a entrar en una especie de ambiente a lo 007…
Bueno, apenas. Era un armario con estantes llenos de libretas legales de renglones amarillos, cartuchos para impresoras y cajas con clips para documentos. Tal vez al otro lado…
Nop. Era sólo una oficina. Una oficina común del tipo de un puesto de mando medio con un escritorio y una silla giratoria, archivadores y un ordenador.
Vale, nada del Die Hard[2] de Jerry Bruckheimer aquí. Más parecido a un anuncio de Seguros Allstate. O una compañía de hipotecas.
—Por aquí —dijo V.
Salieron por una puerta de cristal hacia un pasillo blanco sin marcas que llevaba a unas puertas dobles de acero inoxidable. Detrás de ellas había un gimnasio de calidad profesional, uno lo suficientemente grande para acoger un partido entre equipos profesionales de baloncesto, un torneo de lucha, y una exhibición de voleibol al mismo tiempo. Había colchonetas azules dispuestas a lo largo del lustroso suelo color miel, y sacos de arena colgando debajo de la fila inferior de las gradas.
Mucho dinero. Muchísimo. ¿Y cómo habían construido todo esto sin que alguien del lado humano se enterara? Debía haber muchísimos vampiros. Seguramente.
Obreros y arquitectos y artesanos… todos capaces de pasar por humanos si se lo proponían.
La genetista en ella agarró un serio caso de tensión cerebral. Si los chimpancés compartían un noventa y ocho por ciento de ADN con los humanos, ¿cómo de cerca estaban los vampiros? Y hablando desde un punto de vista evolutivo, ¿cuándo se había desviado esta rama de esta otra especie apartándose de los simios y los Homo Sapiens? Sip… wow… daría lo que fuera por echar un vistazo a su doble hélice. Si en verdad iban a limpiarle la mente antes de dejarla ir, la ciencia médica se estaba perdiendo muchas cosas. Especialmente dado que no contraían cáncer y se curaban tan rápidamente.
Qué oportunidad.
En el lado más lejano del gimnasio se detuvieron frente a una puerta de acero que decía EQUIPAMIENTO/SALA DE FISIOTERAPIA. Dentro había mesas y montones de armas. Un arsenal de espadas y nunchakus de artes marciales. Dagas que estaban encerradas en armarios. Pistolas. Estrellas arrojadizas.
—Dios… querido.
—Esto es sólo con propósitos de entrenamiento —dijo con un montón de aquí todo es posible.
—¿Entonces qué demonios usan para luchar? —Mientras toda clase de escenarios de la Guerra de los Mundos desfilaban por su cabeza, percibió el familiar aroma de la sangre. Bueno, medio-familiar. Había un matiz diferente en el aroma, algo picante, y recordó la misma fragancia parecida al vino de cuando había tenido a su paciente en el quirófano.
Del otro lado una puerta que decía fisioterapia, se abrió de golpe. El hermoso vampiro rubio que la había transportado sacándola del hospital asomó la cabeza por las jambas.
—Gracias a Dios que estás aquí.
Todos los instintos médicos de Jane se pusieron en línea mientras entraba en una habitación embaldosada y veía las suelas de un par de shitkickers colgando de una camilla. Se adelantó a los hombres, apartándolos a empujones de su camino para poder llegar al tipo que estaba tendido en la mesa.
Era el que la había hipnotizado, el que tenía los ojos amarillos y el cabello espectacular. Y realmente necesitaba atención. La región orbital izquierda de su rostro estaba aplastada hacia dentro, el párpado tan hinchado que no podía abrirlo, esa mitad de su rostro tenía el doble del tamaño de lo normal. Presentía que el hueso sobre el ojo se había hundido, lo mismo que el del pómulo.
Le puso la mano en el hombro y encontró su mirada en el ojo que tenía abierto.
—Estás hecho un asco.
Él esbozó una débil sonrisa.
—No me digas.
—Pero te voy a componer.
—¿Crees que puedes hacerlo?
—No —sacudió la cabeza de un lado a otro—. que puedo.
No era cirujana plástica, pero dada la capacidad de cicatrización que tenía el vampiro, se sentía confiada de que podría encargarse de los problemas que tenía sin estropear su apariencia. Asumiendo que tuviera los suministros adecuados.
La puerta se volvió a abrir ampliamente, y Jane se congeló. Oh, Dios, era el gigante con el cabello negro azabache y las gafas de sol envolventes. Se había preguntado si no habría sido un sueño, pero evidentemente era real. Totalmente real. Y al mando. Se conducía como si fuera dueño de todo y de todos en la habitación y pudiera disponer de todo con un solo movimiento de la mano
Echó un vistazo en su dirección cerca de la camilla del tipo y dijo:
—Decidme que esto no está ocurriendo.
Instintivamente Jane dio un paso atrás en dirección a V, y justo cuando lo hacía, sintió que se le acercaba desde atrás. Aunque no la tocó, supo que estaba cerca. Y preparado para defenderla.
El de cabello negro sacudió la cabeza en dirección al tipo herido.
—Phury… por el amor del demonio, tenemos que llevarte con Havers.
¿Phury? ¿Qué tipo de maldito nombre era ese?
—No —fue la débil respuesta.
—¿Por qué demonios no?
—Bella está allí. Si me ve en este estado… se va a asustar… Ya está sangrando.
—Ah… mierda.
—Y tenemos a alguien aquí —dijo el tipo jadeando. Su único ojo se movió hacia Jane—. ¿Verdad?
Cuando todos miraron en su dirección, el de cabello negro pareció crecerse. Por lo que fue una sorpresa cuando dijo:
—¿Tratarás a nuestro hermano?
La solicitud no fue intimidatoria, y fue formulada respetuosamente. Evidentemente había estado molesto principalmente porque su amigo había caído y no estaba recibiendo atención.
Se aclaró la garganta.
—Sí, lo haré. Pero, ¿qué tengo para trabajar? Voy a tener que dormirlo…
—No te preocupes por eso —dijo Phury.
Le dirigió una mirada nivelada.
—¿Quieres que te recomponga el rostro sin utilizar anestesia general?
—Sí.
Tal vez tuvieran una tolerancia al dolor diferente…
—¿Estás loco? —murmuró Red Sox.
Ok, tal vez no.
Pero basta de charla. Asumiendo que este chico con el rostro de Rocky Balboa se curara tan rápidamente como su paciente, debía operarlo ahora, antes de que sus huesos se recolocaran juntos de forma inconveniente y tuviera que volverlos a romper.
Mirando la habitación a su alrededor, vio armarios con puertas de cristal llenos de suministros, y confió en que pudiera reunir un equipo quirúrgico con lo que había allí.
—Supongo que ninguno de vosotros tiene experiencia médica, ¿no?
V habló, justo en su oído, casi tan cerca como su propia ropa.
—Sip, yo puedo asistirte. Fui entrenado como paramédico.
Lo miró por encima del hombro, una bocanada de calor atravesándola.
Vuelve al juego, Whitcomb.
—Bien. ¿Tienes anestesia local de cualquier tipo?
—Lidocaína.
—¿Y sedantes? Y tal vez un poco de morfina. Si se mueve en el momento equivocado, podría dejarle ciego.
—Sip. —Cuando V avanzó hacia los armarios de acero inoxidable, Jane notó que se tambaleaba. Esa caminata por el túnel había sido larga, y aunque en la superficie parecía curado, apenas hacía unos días que había salido de una cirugía a corazón abierto.
Lo tomó por el brazo y tiró de él.
—Vas a sentarte. —Miró a Red Sox—. Tráele una silla. Ahora. —Cuando el paciente abrió la boca para discutir, lo interrumpió al dirigirse al otro lado de la habitación—. No me interesa. Necesito que te pongas las pilas mientras opero, y eso puede llevar un rato. Estás mejor, pero no tan fuerte como crees estar, así que sienta tu culo y dime dónde puedo conseguir lo que necesito.
Se hizo un silencio que duró lo que un latido, luego alguien ladró una risa mientras su paciente maldecía como telón de fondo. El que parecía un rey comenzó a sonreírle.
Red Sox arrastró una silla desde la bañera de hidromasaje y la empujó directamente contra la parte de atrás de las piernas de V.
—Aparca, grandote. Órdenes de tu doctor.
Cuando el paciente se sentó, ella dijo:
—Ahora, esto es lo que voy a necesitar.
Enumeró escalpelo estándar, fórceps, material de succión, luego pidió alambre quirúrgico e hilo, Betadine, solución salina para enjuagar, trocitos de gasa, guantes de látex…
Se sorprendió por lo rápido que reunió todo, pero bueno, ella y su paciente estaban en la misma longitud de onda. La dirigía a través de la habitación sucintamente, anticipándose a lo que podría querer, y no desperdiciaba palabras. El perfecto enfermero, si eso existía.
Dejó salir un enorme suspiro de alivio al ver que tenían un taladro quirúrgico.
—¿Y supongo que no tendréis un equipo de lupa que se ajuste a la cabeza?
—El armario que está junto al carro de paradas cardíacas —dijo V—. En el cajón de abajo. A la izquierda. ¿Quieres que me lave bien las manos?
—Sip. —Fue y localizó el equipo—. ¿Tenemos equipo de rayos X?
—No.
—Mierda. —Puso las manos en las caderas—. Da igual. Iré a ciegas.
Mientras se ponía la lupa en la cabeza, V se levantó y fue a lavarse las manos y los antebrazos en la pila que había en el rincón más apartado. Cuando terminó tomó su lugar, luego se puso los guantes.
Regresó al lado de Phury, mirándole al ojo bueno.
—Probablemente, esto dolerá aún con la anestesia local y algo de morfina. Probablemente te desmayes, y espero que eso suceda lo más pronto posible.
Fue a buscar una jeringa y sintió la familiar sensación de poder envolverla mientras se preparaba para arreglar lo que necesitaba ser reparado…
—Espera —dijo él—. Nada de drogas.
—¿Qué?
—Sólo hazlo. —Había una repugnante anticipación en su ojo, una que no era correcta a tantos niveles. Deseaba que lo lastimaran.
Entrecerró los ojos. Y se preguntó si él había permitido que le ocurriera esto.
—Lo siento. —Jane pinchó el tapón de goma de la lidocaína con la aguja. Mientras sacaba lo que necesitaba, dijo—: No hay una maldita forma de que proceda sin anestesiarte. Si realmente estás en contra de ello, búscate otro cirujano.
Dejó la pequeña botella de vidrio sobre una bandeja de acero con ruedas y se inclinó sobre su rostro, con la jeringa apuntando al aire.
—Así que, ¿qué decides? ¿A mí y esta salsa adormecedora o… eh, nadie?
La mirada amarilla llameó con furia, como si le estuviera haciendo trampas en algo.
Pero entonces el tipo que parecía un rey tomó la palabra.
—Phury, no seas idiota. Estamos hablando de tu vista. Cállate y déjala hacer su trabajo.
El ojo amarillo se cerró.
—Está bien —murmuró el tipo.

Fue dos horas después que Vishous decidió que tenía problemas. Grandes problemas. Mientras miraba las hileras de pulcras y pequeñas puntadas negras en el rostro de Phury, se sintió abrumado hasta el punto de quedar mudo.
Sip. Tenía mega problemas.
Jane Whitcomb, M.D., era una maestra cirujana. Una absoluta artista. Sus manos eran instrumentos elegantes, sus ojos agudos como el escalpelo que usaba, su concentración tan feroz y consumada como la de un guerrero en plena batalla. En ocasiones trabajaba a una velocidad avasallante, y en otras bajaba el ritmo hasta que parecía que no se estaba moviendo. El hueso orbital de Phury se había roto en varios lugares, y Jane los había unido paso a paso, removiendo esquirlas que eran blancas como ostras, taladrando el cráneo y pasando alambre entre los fragmentos, poniendo un pequeño tornillo en su pómulo.
V podía darse cuenta de que no estaba completamente feliz con el resultado por la dura mirada que tenía en el rostro cuando cerró la herida. Y cuando le preguntó cuál era el problema, le dijo que hubiera preferido poner una placa en el pómulo de Phury, pero como no tenían ese tipo de equipo a mano, sólo le quedaba esperar que el hueso se soldara rápidamente.
 De principio a fin había tenido el control absoluto. Hasta el punto que lo había excitado, lo que era tanto absurdo como vergonzoso. Lo que ocurría era que nunca había conocido a una hembra —una mujer— como ella antes. Acababa de hacerse cargo de su hermano de una forma magnífica, con una habilidad que V no podía esperar igualar.
Oh… Dios… Tenia grandes problemas.
—¿Cómo está su presión arterial?
—Estable —contestó ella. Phury se había desmayado pasados unos diez minutos del inicio, aunque su respiración continuaba fuerte, lo mismo que su presión arterial.
Mientras Jane limpiaba el área alrededor del ojo y el pómulo y comenzaba a vendarla con gasa, Wrath se aclaró la garganta desde la entrada.
—¿Qué hay acerca de su vista?
—No lo sabremos hasta que él nos lo diga —dijo Jane—. No tengo forma de determinar si el nervio óptico sufrió daños o si tiene algún daño en la córnea o en la retina. De haber ocurrido cualquiera de esas cosas, va a tener que trasladarse a otro lugar para que lo subsanen, y no sólo por los limitados recursos que hay aquí. No soy cirujana oftálmica, y ni siquiera intentaría practicar ese tipo de operación.
El Rey se subió un poco las gafas sobre la recta nariz. Como si estuviera pensando en sus débiles ojos y esperando que Phury no tuviera que lidiar con ese tipo de problemas.
Después de que Jane cubriera el lado del rostro de Phury con gasa, pasó una buena cantidad de vendas alrededor de su cabeza formando un turbante, luego puso los instrumentos que había usado en un recipiente. Para evitar mirarla obsesivamente, V se ocupó de tirar las jeringas usadas, los trozos de gasa, y las agujas junto con el tubo desechable del aparato de succión.
Jane se sacó los guantes quirúrgicos.
—Hablemos de infección. ¿Cómo de susceptible es tu especie?
—No mucho. —V descendió para sentarse en la silla. Odiaba admitirlo, pero estaba cansado. Si no le hubiera obligado a descansar, a estas alturas ya estaría muerto sobre sus pies—. Nuestro sistema inmunológico es muy fuerte.
—¿Tu doctor le recetaría antibióticos como medida profiláctica?
—No.
Fue hacia Phury y lo miró fijamente como si estuviera leyendo sus signos vitales sin utilizar un estetoscopio o un brazalete para medir la presión sanguínea. Luego estiró la mano y le alisó el extravagante cabello hacia atrás. El sentido de posesión en su mirada y el gesto fastidiaron a V, aunque no debería haberlo hecho. Por supuesto que Jane tenía un interés especial en su hermano. Acababa de poner en su lugar un lado de su rostro.
Pero aún así.
Mierda, los machos vinculados eran un dolor en el culo, ¿no es así?
Jane se inclinó hacia el oído de Phury.
—Lo hiciste bien. Todo va a estar bien. Sólo descansa y deja que esa fantástica cicatrización que tienes se ponga a trabajar, ¿ok? —Después de palmearle el hombro, apagó la potente lámpara que había sobre la camilla—. Dios, me encantaría estudiar a tu especie.
Una ráfaga de frío llegó desde la esquina, mientras Wrath decía:
—No tienes la menor posibilidad, Doc. No haremos de conejillos de indias para los entusiastas de la raza humana.
—No tenía esperanzas de que sucediera. —Los miró a todos—. No quiero que se quede solo, así que o yo me quedo con él o alguien más lo hace. Y si me voy, voy a querer controlarlo en aproximadamente unas dos horas para ver cómo está evolucionando.
—Nosotros nos quedaremos aquí —dijo V.
—Te ves como si estuvieras a punto de caerte.
—Eso no sucederá.
—Sólo porque estás sentado.
La idea de ser débil frente a ella agudizó su voz.
—No te preocupes por mí, mujer.
Ella frunció el ceño.
—Vale, eso fue la declaración de un hecho, no preocupación. Haz lo que quieras con ello.
Ouch. Sip… simplemente ouch.
—Como sea. Estaré aquí afuera. —V se levantó y salió rápidamente.
En la sala de equipamiento agarró una botella de Aquafina del refrigerador, luego se estiró sobre uno de los bancos. Mientras abría el tapón, fue levemente consciente de que Wrath y Rhage entraban y le decían algo, pero no estaba siguiendo el hilo.
Que quisiera que Jane se preocupara por él lo volvía loco. Sentirse dolido porque no lo hacía era aún peor que un problema de ego.
Cerró los ojos y trató de ser lógico. No había dormido en semanas. La pesadilla lo había atormentado. Casi había muerto.
Había conocido a su monstruosa madre.
V sorbió la mayor parte del agua. Estaba peor que en mal estado, y debía ser por eso que captaba sentimientos. No se trataba de Jane. Era la situación. Su vida era una macedonia de líos de mierda, y esa era la razón por la cual se estaba comportando todo posesivo con ella. Porque seguro como la mierda que no le estaba dando nada en que basarse. Lo trataba como a un paciente y una curiosidad científica. ¿Y acerca del orgasmo que casi le da? Estaba condenadamente seguro de que si hubiera estado completamente despierta nunca habría sucedido. Esas imágenes que había tenido de él eran las fantasías de una mujer respecto a estar con un monstruo peligroso. No se debían a que estuviera interesada en él en la vida real.
—Hey.
V abrió los ojos y miró a Butch.
—Hey. —El poli empujó los pies de V a un lado y se sentó en el banco—. Hombre, hizo un excelente trabajo con Phury, ¿no crees?
—Sip. —V miró la puerta abierta que daba a la sala de fisioterapia—. ¿Qué está haciendo allí dentro?
—Revisando todos los armarios. Dijo que quería ver el inventario, pero realmente pienso que quiere permanecer junto a Phury y está tratando de que parezca algo casual.
—No tiene que observarlo todo el tiempo —murmuró V.
Cuando la frase abandonó su boca, no podía creer que estuviera celoso de su hermano herido.
—Lo que quiero decir es…
—Nah. No te preocupes. Te entiendo.
Cuando Butch comenzó a hacer sonar sus nudillos, V maldijo en su interior y pensó en irse. Esos sonidos de estallidos tendían a ser el preludio a una Conversación Significativa.
—¿Qué?
Butch flexionó los brazos, su camisa Gucci estrechándose firmemente sobre sus hombros.
Nada[3]. Bueno nada más que… quiero que sepas que lo apruebo.
—¿Qué cosa?
—Ella. Tú y ella. —Butch lo miró, y luego apartó la mirada—. Es una buena combinación.
En el silencio que siguió, V examinó el perfil de su mejor amigo, desde el cabello oscuro que le caía sobre la inteligente frente a la nariz rota y la sobresaliente mandíbula. Por primera vez en bastante tiempo no ansió a Butch. Lo que debería haber sido calificado como una mejoría. En vez de eso, se sintió peor por una razón diferente.
—No hay ella y yo, amigo.
—Mentira. Lo vi justo después de que me curaste. Y la conexión se está haciendo más fuerte con cada hora que pasa.
—No está pasando nada. Te estoy diciendo la verdad contante y sonante.
—Bueno, vale… ¿Cómo se siente esa agua?
—¿Disculpa?
—¿Está cálido el Nilo en esta época del año?
Mientras V ignoraba la pulla, se encontró concentrándose en los labios de Butch. En una voz muy queda dijo:
—Sabes… Quería tener relaciones sexuales contigo.
—Lo sé. —Butch giró la cabeza, y sus ojos se encontraron—. Tiempo pasado ahora, ¿eh?
—Eso creo. Sip.
Butch señaló con la cabeza hacia la sala de fisioterapia.
—A causa de ella.
—Tal vez. —V miró a través de la sala de equipamiento y captó una vista de Jane mientras recorría los armarios. La respuesta de su cuerpo cuando se dobló por la cintura fue inmediata, y tuvo que mover las caderas para evitar que la cabeza de su erección fuera exprimida como una naranja. Cuando el dolor menguó, pensó acerca de lo que había sentido por su compañero de habitación.
—Debo decir, que me sorprendió que te quedarás tan tranquilo con todo el asunto. Pensé que te daría escalofríos o alguna mierda así.
—No puedes evitar lo que sientes. —Butch se miró las manos fijamente, examinándose las uñas. El broche de su Piaget. La colocación de la cadena de platino en su muñeca.
—Además…
—¿Qué?
El poli negó con la cabeza.
—Nada.
—Dilo.
—Nop. —Butch se levantó y se estiró, arqueando su gran cuerpo—. Me voy de regreso al Pit…
—Tú me deseabas. Tal vez un poquito.
Butch se asentó sobre su espina dorsal, los brazos cayendo a los costados, su cabeza poniéndose en su lugar. Frunció el ceño, arrugando todo el rostro.
—Sin embargo, no soy gay.
V dejó caer la mandíbula un cuarto y sacudió la cabeza hacia delante y hacia atrás.
—¿No me digas? Eso es una tremenda sorpresa. Estaba seguro que toda esa mierda de soy-un-buen-chico-irlandés-católico-del-sur era una fachada.
Butch le enseñó el dedo del medio.
—Como sea. Acepto lo de los homosexuales. En lo que a mí respecta, la gente debería acostarse con quien quisiera de cualquier forma que les excitara siempre y cuando todos los involucrados fueran mayores de dieciocho y nadie saliera herido. Es sólo que yo prefiero mujeres.
—Tranquilízate. Sólo estoy bromeando.
—Mejor que así sea. Sabes que no soy “fóbico”.
—Sip, lo sé.
—Así que, ¿lo eres?
—¿Un “fóbico”?
—Gay o bisexual.
Cuando V exhaló, deseó que fuera porque tenía un cigarrillo entre los labios, y por reflejo se tanteó el bolsillo, reconfortado por el hecho de que había traído algunos porros con él.
—Mira, V, sé que te tiras hembras, pero la forma en que lo haces es sólo por el camino del cuero-y-cera. ¿Es diferente cuando lo haces con tíos?
V se acarició la perilla con la mano enguantada. Siempre había sentido como si no hubiera nada que él y Butch no pudieran decirse el uno al otro. Pero esto… esto era difícil. En gran parte porque no quería que nada cambiara entre ellos y siempre había temido que si sus tratos sexuales eran discutidos demasiado abiertamente, las cosas se pondrían muy raras. La verdad era que Butch era heterosexual por naturaleza, no sólo por entorno. ¿Y si sentía algo un poco distinto aquí y allá por V? Era una aberración que probablemente lo hiciera sentir incómodo.
V hizo rodar la botella de Aquafina entre las palmas de sus manos.
—¿Hace cuanto que quieres hacerme esa pregunta? Acerca del asunto de ser gay.
—Desde hace un tiempo.
—¿Tenias miedo de cuál sería la respuesta?
—Nop, porque no me importa que seas de una forma u otra. Estoy contigo ya sea que te gusten los machos o las hembras, o los dos.
V miró a su amigo a los ojos y se dio cuenta que… sip, Butch no iba a juzgarlo. Estarían bien sin importar nada.
Con una maldición, V se frotó el centro del pecho y parpadeó. Nunca había llorado pero sintió que podría hacerlo en ese momento.
Butch asintió como si supiera exactamente lo que le estaba pasando.
—Como dije, amigo, sea lo que sea. ¿Tú y yo? Igual que siempre, sin importar a quién te folles. Aunque… si te gustaran las ovejas, sería duro. No sé si podría soportarlo.
V tuvo que sonreír.
—No me tiro animales de granja.
—¿No puedes soportar el heno en tus pantalones de cuero?
—Ni la lana entre los dientes.
—Ah. —Butch volvió a mirar hacia atrás—. ¿Así que cual es la respuesta, V?
—¿Cuál piensas que es?
—Creo que lo has hecho con machos.
—Sip. Lo he hecho.
—Pero me imagino… —Butch movió el dedo—. Me imagino que no te gustan mucho más que las mujeres con las que haces el papel de Dom. A largo plazo ambos sexos son irrelevantes para ti porque nunca has apreciado a nadie verdaderamente. Salvo a mí. Y… a tu cirujana.
V bajó los ojos, odiando ser tan transparente, pero sin sentirse realmente sorprendido por la rutina de escaso disimulo que estaba mostrando. Él y Butch eran así. No había secretos. Y con ese estado de ánimo…
—Probablemente debería decirte algo, poli.
—¿Qué?
—Una vez violé a un macho.
Hombre, podrías haber sentido a los grillos cantar en el silencio que siguió.
Después de un rato, Butch se hundió en el banco.
—¿Lo hiciste?
—En el campamento guerrero, si derrotabas a alguien mientras entrenabas, te lo follabas ante el resto de los soldados. Y gané la primera pelea que tuve después de mi transición. El macho… creo que de cierta forma consintió. Quiero decir, se sometió, pero no estuvo bien. Yo… sí, no quería hacérselo pero no me detuve. —V sacó un cigarrillo del bolsillo y miró fijamente hacia abajo al fino rollito blanco—. Fue la noche anterior a que dejara el campamento. Justo antes… de que otras cosas me pasaran.
—¿Esa fue tu primera vez?
V sacó el encendedor pero no encendió la lumbre.
—Maldita forma de empezar, eh.
—Jesús…
—De todas formas, después de andar un tiempo por el mundo, experimenté con un montón de mierda. Estaba realmente enfadado y… sí, sencillamente cabreado —miró a Butch—. No hay mucho que no haya hecho, poli. Y la mayor parte de ello ha sido perverso, si entiendes lo que quiero decir. Siempre ha habido consentimiento, pero fue —aún es—, una conducta marginal. —V rió tensamente—. Curiosamente igual de olvidable.
Butch se quedó callado un momento. Luego dijo:
—Creo que por eso me gusta Jane.
—¿Huh?
—¿Cuando la miras? Realmente la ves, y, ¿cuándo fue la última vez que te ocurrió eso?
V se impulsó hacia arriba, luego miró sostenidamente a Butch a los ojos.
—Te vi a ti. Aunque estuviera mal. Te vi a ti.
Mierda, sonaba triste. Triste y… solitario. Lo que provocó que quisiera cambiar de tema.
Butch le dio una palmada a V en el muslo, luego se levantó, como si supiera exactamente lo que V estaba pensando.
—Escucha, no quiero que te sientas mal. Es mi magnetismo animal. Soy irresistible.
—Sabelotodo. —La sonrisa de V no duró mucho—. No dejes que tu lado romántico se dispare acerca de mí y Jane, amigo. Es humana.
La mandíbula de Butch cayó y este le respondió con una gracia.
—No, ¿en serio? ¡Eso es tan increíble! Y yo pensando que era una oveja.
V le lanzó a Butch una mirada de “vete a la mierda”.
—No tiene ese tipo de sentimientos hacia mí. No verdaderamente.
—¿Estas seguro?
—Sip.
—Huh. Bueno, si fuera tú probaría esa teoría antes de dejarla ir. —Butch se pasó una mano por el cabello—. Escucha, yo… mierda.
—¿Qué?
—Me alegra que me lo dijeras. Lo del asunto del sexo.
—No te dije nada nuevo.
—Es cierto. Pero me imagino que me lo dijiste porque confías en mí.
—Lo hago. Ahora vete al Pit. Marissa debe estar apunto de llegar a casa.
—Así es —Butch se dirigió hacia la puerta pero hizo una pausa y miró por encima del hombro—. ¿V?
Vishous levantó la vista.
—¿Sí?
—Creo que deberías saberlo después de esta conversación tan profunda… —Butch sacudió la cabeza solemnemente—. Aún así no saldré contigo.
Ambos prorrumpieron en carcajadas, y el poli todavía se estaba riendo cuando desapareció dentro del gimnasio.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Jane.
V se abrazó a sí mismo antes de mirarla, esperando como el infierno que no supiera cuánto le costaba aparentar ecuanimidad.
—Mi amigo se estaba haciendo el gracioso. Es el trabajo de su vida.
—Todo el mundo necesita un propósito.
—Verdad.
Se sentó en el banco frente a él, y V se la comió con los ojos como si hubiera estado en la oscuridad durante siglos y ella fuera una vela.
—¿Necesitarás alimentarte otra vez? —le preguntó.
—Lo dudo. ¿Por qué?
—Se te ha ido el color.
Bueno, tener el pecho tan contraído le hacía eso a un tipo.
—Estoy bien.
Hubo un largo silencio. Luego dijo:
—Me preocupé allí dentro.
El cansancio de su voz hizo que viera más allá de la atracción que sentía por ella y notara el hecho de que tenía los hombros caídos, que había oscuros círculos bajo sus ojos y que sus párpados estaban bajos. Estaba claramente hecha polvo.
Debes dejarla ir, pensó. Pronto.
—¿Por qué estabas preocupada? —preguntó.
—Es un área muy delicada para recomponerla en una situación de campo como esta —se frotó el rostro—. Dicho sea de paso, estuviste genial.
Él enarcó las cejas.
—Gracias.
Con un gemido, Jane metió los pies bajo el trasero, igual que lo había hecho en la habitación sobre aquella silla.
—Me preocupa su vista.
Hombre, cómo le gustaría poder masajearle la espalda.
—Sí, no necesita otro impedimento.
—¿Ya tiene uno?
—Una prótesis en una pierna…
—¿V? ¿Te molestaría que tuviera unas palabras contigo?
V giró la cabeza rápidamente hacia la puerta del gimnasio. Rhage había regresado, aún llevando la ropa de lucha de cuero.
—Hey, Hollywood. ¿Qué pasa?
Jane se desenroscó.
—Puedo ir a la otra…
—Quédate —dijo V. Nada de esto sería permanente para ella, así que no importaba lo que escuchara. Y además… había una parte de él —una parte melosa que lo hacía desear pegarse a sí mismo con una botella de licor en la cabeza— que deseaba sacarle el jugo a cada segundo que tuviera con ella.
Cuando se acomodó nuevamente en su lugar, V asintió hacia su hermano.
—Habla.
Rhage miró a uno a otro, a V y a Jane, con sus ojos verde azulados demasiados sagaces para el gusto de V. Luego el tipo se encogió de hombros.
—Encontré un lesser incapacitado esta noche.
—¿Incapacitado de qué forma?
—Destripado.
—¿Por uno de los suyos?
Rhage miró hacia la puerta de la sala de fisioterapia.
—Nop.
V miró en esa dirección y frunció el ceño.
—¿Phury? Oh, vamos, nunca saldría con una mierda de Clive Barker. Debe haber sido una pelea descomunal.
 —Estamos hablando de cortado a tiras, V. Cortes quirúrgicos. Y no es como si la cosa se hubiera tragado las llaves del coche del hermano y estuviera tratando de recuperarlas. Creo que lo hizo porque sí, sin una buena razón.
Bueno… mierda. De toda la Hermandad, Phury era el caballero, el noble guerrero, el boy scout… correcto en todo. Tenía toda clase de reglas para sí mismo, y el honor en el campo de combate era una de ellas, aunque sus enemigos no se merecieran el favor.
—No puedo creerlo —murmuró V—. Quiero decir… joder.
Rhage sacó una piruleta del bolsillo, le quitó el envoltorio y se la metió en la boca.
—No me importa una mierda si quiere cortar a tiritas a esos hijos de puta como si fueran devoluciones de impuestos. Lo que no me convence es lo que está provocando este comportamiento. Si está acuchillando de esa forma, hay una frustración muy grande corriendo dentro de él. Además, si la razón de que le partieran la cara esta noche se debió a que estaba ocupado jugando a Motosierras II, entonces es un problema de seguridad.
—¿Se lo dijiste a Wrath?
—Aún no. Iba a hablar con Z primero. Asumiendo que todo salga bien en la consulta que tenía Bella con Havers esta noche.
—Ah… entonces ese es el por qué de Phury, ¿verdad? Si cualquier cosa llegara a ocurrirle a esa hembra o al niño que lleva dentro, tendremos que lidiar con ambos, como si lo estuviera viendo. —V maldijo para sí mismo, pensando súbitamente en todos los embarazos que habría en su futuro. Joder. Esa mierda del Primale iba a matarlo.
Rhage mordió la piruleta, el crujido amortiguado por sus perfectas mejillas.
—Phury tiene que dejar de lado la obsesión que siente por ella.
V miró hacia el suelo.
—No me cabe duda de que lo haría si pudiera.
—Escucha, voy a ir a buscar a Z. —Rhage se sacó el palito blanco de la boca y lo envolvió en el papel púrpura—. ¿Vosotros dos necesitáis algo?
V miró a Jane. Sus ojos estaban sobre Rhage y estaba apreciándolo como lo haría un doctor, tomando nota de la composición de su cuerpo, haciendo cálculos en el interior de su mente. O, al menos, V esperaba que eso fuera lo que estaba pasando. Hollywood era un bastardo muy atractivo.
Cuando los colmillos de V palpitaron a modo de advertencia, se preguntó si alguna vez recuperaría su calma y tranquilidad. Parecía como si cuando estaba con Jane estuviera celoso de todo lo que llevara pantalones.
—No, estamos bien —le dijo al hermano—. Gracias, hombre.
Después de que Rhage se fue y cerró la puerta, Jane se movió sobre el banco, estirando las piernas. Con una ráfaga de satisfacción, V se dio cuenta de que estaban sentados exactamente en la misma posición.
—¿Qué es un lesser? —preguntó.
Se llamó a sí mismo perdedor cuando la miró.
—Un asesino no muerto que trata de cazar a mi raza hasta llevarla a la extinción.
—¿No muerto? —su frente se arrugó, como si su cerebro rechazara lo que acababa de oír. Como si fuera un aparato que no hubiera pasado el control de calidad.
—¿No muerto cómo?
—Larga historia.
—Tenemos tiempo.
—No tanto. No mucho.
—¿Fue eso lo que te disparó?
—Sip.
—¿Y lo que atacó a Phury?
—Sip.
Hubo un largo silencio.
—Entonces estoy contenta de que cortara a ese.
Las cejas de V bailaron en el inicio de su cabello.
—¿Lo estás?
—La genetista que hay en mí aborrece la extinción. El genocidio es… absolutamente imperdonable. —Se puso de pie y fue hacia la puerta a mirar a Phury—. ¿Los matas? ¿A los… lessers?
—Para eso estamos. Mi hermano y yo fuimos engendrados para luchar.
—¿Engendrados? —Sus ojos verde oscuro se trasladaron hacia los de él—. ¿Qué quieres decir?
—La genetista en ti sabe exactamente lo que quiero decir. —Cuando la palabra Primale rebotó agudamente en su cráneo como una bala perdida, se aclaró la garganta. Mierda, verdaderamente no tenía ninguna prisa por hablar de su futuro como el semental de las Elegidas con la mujer con la que realmente deseaba estar. Que se iría. Como el atardecer.
—¿Y este es un establecimiento para entrenar a más como vosotros?
—Bueno, soldados que nos apoyen. Mis hermanos y yo somos algo diferentes.
—¿Cómo es eso?
—Como dije, fuimos específicamente engendrados para que fuéramos fuertes, resistentes y sanáramos rápidamente.
—¿Por quien?
—Otra larga historia.
—Ponme a prueba. —Cuando no contestó, le presionó—. Vamos. Bien podemos hablar, y realmente estoy interesada en tu raza.
No en él. En su raza.
V se tragó una maldición. Hombre, si se pusiera un poco más tierno por ella estaría usando esmalte para uñas.
Realmente quería encender el cigarrillo que tenía en la mano, pero no iba hacerlo en su presencia.
—Las cosas habituales. Los machos más fuertes se apareaban con las hembras más sagaces. Lo que daba como resultado tipos como yo, que son la mejor apuesta para la protección de la raza.
—¿Y las hembras nacidas de estas uniones?
—Eran la base de la vida espiritual de la raza.
—¿Eran? ¿Así que esa especie de apareamiento selectivo ya no se realiza?
—En realidad… está comenzando otra vez. —Demonios, realmente necesitaba un cigarrillo—. ¿Me disculpas?
—¿A dónde vas?
—Al gimnasio, a fumar. —Deslizó el porro entre los labios, se puso de pie, y salió quedándose justo detrás de la puerta de la sala de equipamiento. Apoyándose contra la pared de cemento del gimnasio, dejó la botella de Aquafina entre los pies e hizo uso de su encendedor. Mientras pensaba en su madre, exhaló un ahumado joder.
—La bala era rara.
V giró la cabeza bruscamente. Jane estaba en la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, el cabello rubio desordenado como si se hubiera estado pasando la mano a través de él.
—¿Disculpa?
—La bala que te dio. ¿Usan armas diferentes?
Sopló su siguiente raudal de humo en dirección contraria, lejos de ella.
—¿En qué sentido era rara?
—Habitualmente las balas tienen forma cónica, la parte de arriba termina en un ángulo agudo si es un rifle o un poco más roma si es una pistola. La que tienes dentro es redonda.
V dio otra calada a su cigarrillo liado a mano.
—¿Viste eso en los rayos X?
—Sí, se veía como plomo normal, al menos fue lo que pude apreciar. La bala era levemente irregular en sus bordes, pero eso probablemente fuera causado al estrellarse contra tus costillas.
—Bueno… sólo Dios sabe qué nuevo tipo de tecnología están ensayando los lessers. Al igual que nosotros, tienen sus juguetes. —Miró la punta del cigarrillo—. Hablando de eso, debería darte las gracias.
—¿Por qué?
—Por salvarme.
—De nada. —Se rió un poco—. Me quedé tan sorprendida cuando vi tu corazón.
—¿En serio?
—Nunca había visto algo así antes. —Señaló la sala de fisioterapia con la cabeza—. Quiero quedarme con vosotros hasta que tu hermano esté completamente curado, ¿Está bien? Tengo un mal presentimiento acerca de él. No puedo definirlo… se ve bien, pero mis instintos están gritando, y cuando se disparan así siempre me arrepiento si no les hago caso. Además, de todas formas, no estoy obligada a regresar a la vida real hasta el lunes por la mañana.
V se quedó congelado con el pitillo liado a mano en medio del camino hacia sus labios.
—¿Qué? —dijo—. ¿Hay algún problema con eso?
—Ah… no. Ningún problema. Para nada.
Se quedaba. Un poco más.
V sonrió para sí mismo. Así que esto era lo que se sentía cuando ganabas la lotería.



[1] El Black Watch, tercer Batallón del Regimiento Real de Escocia es un batallón de infantería. Es un regimiento de Highlanders, y el nombre le fue dado debido al oscuro tartán que usaban y por su asignación de vigilar las Highlands.
[2] Película titulada en español La jungla de cristal o Duro de matar, según los países.
[3] En español en el original.

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