sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 19 20 21


Mientras John estaba parado en la cola enfrente de ZeroSum con Blay y Qhuinn, no estaba feliz ni tampoco cómodo. Llevaban esperando para entrar en el club durante más o menos hora y media, y lo único bueno era que la noche no era demasiado fría, con lo que no se les congelaron las pelotas.
—No me estoy volviendo nada joven aquí. —Qhuinn golpeó los pies contra el suelo—. Y no me arreglé tanto para hacer de florero en esta cola.
John tuvo que admitir que el tío parecía elegante esta noche, camisa negra con el cuello abierto, pantalones negros, botas negras, cazadora negra de cuero. Con su cabello oscuro y ojos inquietos, estaba atrayendo un montón de atención por parte de las hembras humanas. Por ejemplo, ahora mismo dos morenas y una pelirroja estaban avanzando por la cola, y quién lo hubiera dicho, las tres giraron la cabeza cuando pasaron al lado de Qhuinn. Este fue típicamente descarado al corresponderles las miradas.
Blay maldijo.
—Aquí mi colega va a ser un peligro público, ¿verdad?
—Ya puedes creerlo. —Qhuinn se subió los pantalones—. Estoy muerto de hambre.
Blay sacudió la cabeza, y luego comprobó la calle. Había hecho eso muchas veces, con ojos agudos, el brazo izquierdo en el bolsillo de la cazadora. John sabía lo que estaba en esa palma, la culata de una nueve milímetros. Blay estaba armado.
Dijo que había obtenido la pistola de un primo suyo, y que todo era confidencial. Pero claro, tenía que serlo. Una de las reglas del programa de entrenamiento era que supuestamente no debías llevar armas cuando salías. Era una buena regla, basada en la teoría de que tener poco conocimiento era algo peligroso, y en lo que refería a luchar, los estudiantes no deberían mostrarse audaces como si tuvieran medio cerebro. Aún así, Blay había dicho que no iba a bajar al centro sin algo de metal, y John había decidido fingir que no sabía qué era ese bulto.
Había una pequeña parte de él que pensaba que si se encontraran con Lash puede que no fuera tan mala idea tenerla.
—Bien, eh, señoritas —dijo Qhuinn—. ¿Adónde vais?
John miró hacia ellas. Un par de rubias estaban delante de Qhuinn, mirándolo como si su cuerpo fuera la tienda de chuches en un cine y se estuvieran preguntando si empezar con las chocolatinas o las gominolas.
La de la derecha, que tenía el cabello largo hasta el trasero y una falda tan grande como una servilleta de papel, sonrió. Sus dientes eran tan blancos que brillaban como perlas.
—Íbamos a ir a Screamer pero… si vais a entrar aquí, puede que cambiemos nuestros planes.
—Hazlo fácil para todos y únete a nosotros en la cola. —Qhuinn se inclinó en una reverencia, moviendo la mano delante de él.
La rubia miró a su amiga, luego hizo una maniobra Betty Boop, moviendo el cabello y las caderas. Parecía muy ensayado.
—Sencillamente adoro a un caballero.
—Lo soy hasta la médula. —Estiró la mano, y cuando Betty la cogió, la puso en la cola. Un par de tíos fruncieron el ceño, pero una mirada de Qhuinn y pararon de hacerlo, lo que era entendible. Era más alto y ancho que ellos, un trailer frente a sus camionetas.
—Estos son Blay y John.
Las muchachas sonrieron abiertamente a Blay, que se sonrojó hasta quedar del color de su cabello, y luego hicieron una pasada superficial sobre John. Este recibió un rápido par de saludos con la cabeza y entonces la atención de ellas volvió a sus amigos.
Poniendo las manos en la cazadora que le habían prestado, se apartó para que la amiga de Betty pudiera apretujarse al lado de Blay.
—¿John? ¿Estás bien ahí? —preguntó Blay.
Asintió y miró a su amigo, señalando rápidamente:
Sólo distraído.
—Oh, Dios mío —dijo Betty.
Volvió a meter las manos en los bolsillos. Mierda, sin duda había notado que había usado el lenguaje por señas, y ahora sucedería una de estas dos cosas: o pensaría que era mono, o le daría pena.
—¡Tu reloj es muy guay!
—Gracias nena —dijo Blay—. Lo acabo de comprar. Urban Outfitters[1].
Oh, claro. No había notado para nada a John.
Veinte minutos después finalmente llegaron a la entrada del club, y fue un milagro que John pasara. Los gorilas de la puerta inspeccionaron su identificación casi con un microscopio de protones, y estaban empezando a negar con la cabeza cuando vino un tercero, echó un vistazo a Blay y Qhuinn, y los dejó pasar a todos.
Tras avanzar dos pasos por la puerta, decidió que ese no era su estilo. Había gente por todas partes, enseñando tanta piel que bien podrían estar en la playa. Y esa pareja que estaba allí... mierda, ¿estaba la mano de ese tío bajo su falda?
No, era la mano del tío que tenía detrás. Al que no estaba besando.
Por todo el lugar, la música tecno sonaba muy fuerte, los estridentes golpes resonando a través de un aire que estaba viciado con sudor y perfume, y algo almizcleño que sospechaba era sexo. Los láser atravesaban la tenue luz, evidentemente apuntando a los ojos, porque a cualquier lado que miraba, se le clavaban con fuerza.
Ojalá tuviera gafas de sol y tapones para los oídos.
Volvió a mirar a la pareja… er, al trío. No estaba seguro, pero la mujer parecía tener las manos en los pantalones de ambos.
Qué tal una venda en los ojos pensó.
Con Qhuinn a la cabeza, los cinco se movieron a una zona separada por medio de cuerdas, que estaba vigilada por matones del tamaño de coches. En el otro lado de la barricada de idiotas musculosos, separada de la gentuza por una pared de agua cayendo, había gente elegante sentada en reservados de cuero, del tipo que llevaba trajes de diseño y sin duda bebía algún licor que John no podía pronunciar.
Qhuinn se dirigió a la parte trasera del club como una paloma mensajera, escogiendo un sitio contra la pared con una buena vista de los movimientos sobre la pista y acceso fácil a la barra. Recibió los pedidos de bebida de las chicas y Blay, pero John simplemente negó con la cabeza. Este no era un buen ambiente para soltarse siquiera un poco.
Todo le recordaba al tiempo antes de que fuera a vivir con la Hermandad. Cuando había estado solo en el mundo, acostumbrado a ser el más pequeño de todos, y hombre, eso era cierto aquí. Todo el mundo era más alto que él, la multitud lo sobrepasaba, incluso las mujeres. Y eso sacó todos sus instintos, si tenías pocos recursos físicos con los que protegerte, tenías que contar con tus crispados sentidos, dos pies y arrastrar el culo era la estrategia que siempre le había salvado.
Bueno, salvado excepto por aquella única vez.
—Dios... eres tan genial. —En ausencia de Qhuinn, las chicas estaban sobre Blay, especialmente Betty, que parecía creer que era un poste para acariciar.
Evidentemente, Blay no tenía soltura con el sexo opuesto, porque no tuvo una respuesta rápida. Pero definitivamente no la estaba apartando, dejaba que las manos de Betty fueran donde quisieran.
Qhuinn vino paseando tranquilamente desde la barra con un sonido metálico de bolas de latón. Jesús, estaba en su ambiente, dos Coronas en cada mano, los ojos fijos en las chicas. Se movía como si ya estuviera teniendo sexo, moviendo las caderas al avanzar, sus hombros girando como los de un tío con sus partes en funcionamiento y preparadas para ser usadas.
Las chicas se estaban tragando esa mierda, y sus ojos ardían mientras avanzaba entre la multitud.
—Señoritas, necesito una propina por mis esfuerzos. —Le deslizó a Blay una de las cervezas, tomó un trago de otra y sostuvo el otro par por encima de su cabeza—. Dadme un poco de lo que quiero.
Betty se había puesto las pilas, apoyando ambas manos en su pecho y estirándose. Qhuinn inclinó la cabeza un poco, pero no la ayudó mucho. Sólo hizo que tuviera que esforzarse más. Cuando sus labios se encontraron, los de Qhuinn formaron una sonrisa... y este estiró la mano para acercar a la otra chica. A Betty no pareció importarle lo más mínimo, y ayudó a acercar a su amiga.
—Vamos al servicio —dijo Betty en un aparte.
Qhuinn se inclinó pasando a Betty y le dio un beso francés a su amiga.
—¿Blay? ¿Quieres unirte?
Blay echó hacia atrás su cerveza, tragando con fuerza.
—Nah, me voy a quedar por aquí. Sólo quiero estar tranquilo.
Sus ojos mostraron que mentía cuando se deslizaron sobre John durante una fracción de segundo.
Algo que cabreó a John.
No necesito una niñera.
—Lo sé, colega.
Las chicas fruncieron el ceño mientras colgaban de los hombros de Qhuinn como un par de cortinas, como si John estuviera siendo un niño caprichoso arruinando la diversión. Y parecieron absolutamente enojadas cuando Qhuinn empezó a separarse de ellas.
John atravesó a su colega con ojos duros.
Joder, ni se te ocurra pensar en echarte atrás. No te volveré a hablar.
Betty inclinó la cabeza, su cabello rubio cayendo sobre el antebrazo de Qhuinn.
—¿Qué pasa?
John señaló:
Dile que no pasa nada, y vete a echar un polvo. Joder, lo digo en serio, Qhuinn.
Qhuinn le señaló respondiendo:
No me siento bien dejándote.
—¿Pasa algo? —gorjeó Betty.
 Si no vas, me marcho. Saldré de este club, Qhuinn. En serio.
Los ojos de Qhuinn se cerraron brevemente. Luego, antes de que Betty volviera a decir si pasaba algo, dijo:
—Vamos, señoritas. Volveremos ahora mismo.
Mientras Qhuinn se giraba y las chicas iban con él, señaló:
Blay, vete a echar un polvo. Esperaré aquí. Cuando su amigo no respondió, señaló:
¿Blay? ¡Mueve el culo y vete!
Hubo un momento de indecisión.
—No puedo.
¿Por qué?
—Porque... eh, prometí que no te dejaría.
John se enfrió.
¿Le prometiste a quién?
Las mejillas de Blaylock se encendieron tan brillantes como un semáforo.
—Zsadist. Justo después de pasar el cambio, me llevó a un lado en clase y me dijo que si alguna vez saliéramos contigo... ya sabes.
La ira se deslizó en la cabeza de John e hizo que su cráneo zumbara.
—Sólo hasta que cambies, John.
John sacudió la cabeza, porque eso es lo que hacías cuando no tenías voz y querías gritar. De golpe, el dolor latiente tras sus ojos volvió.
Sabes que te digo ,señaló, si estás preocupado por mí, dame tu pistola.
En ese momento una morena despampanante pasó con un corsé y un par de pantalones que parecían como si hubieran sido puestos sobre ella con una paleta para masilla. Los ojos de Blay se centraron en ella y el aire cambió a su alrededor, su cuerpo soltando calor.
Blay, ¿qué me va a pasar aquí? Incluso si Lash trae...
—Le han prohibido la entrada a este club. Por eso quise venir aquí.
¿Cómo...? Déjame adivinar... Zsadist. ¿Te dijo que sólo podíamos venir aquí?
—Tal vez.
Dame la pistola y vete.
La morena se colocó en la barra y miró por encima del hombro. Directamente a Blay.
No me estás abandonando. Ambos estamos en el club. Y realmente me estoy cabreando.
Hubo una pausa. Después la pistola cambió de manos y Blay se tragó la cerveza como si estuviera condenadamente nervioso.
Buena suerte, señaló John.
—Joder, no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Ni siquiera estoy seguro de que quiera hacer esto.
Lo quieres. Y ya te las ingeniarás. Ahora vete antes de que encuentre a otro.
Cuando estuvo finalmente solo, se apoyó contra la pared y cruzó sus pequeños tobillos. Mirando a la multitud, les tuvo envidia.
No mucho después, una sacudida de reconocimiento lo recorrió, como si alguien hubiera dicho su nombre. Miró a su alrededor, preguntándose si Blay o Qhuinn habían gritado llamándolo. No. Qhuinn y las rubias no se veían por ninguna parte, y Blay se estaba inclinando con cautela hacia la morena en la barra.
Excepto que estaba seguro que alguien lo estaba llamando.
Se puso a mirar en serio, centrándose en la multitud que tenía delante. Había gente por todas partes, pero nadie en particular a su alrededor, y estaba a punto de decidir que estaba loco cuando vio a una extraña que conocía completamente.
La hembra estaba parada entre las sombras al final de la barra, el brillo rosa y azul de las botellas de licor que tenía detrás apenas la iluminaban. Alta y con la corpulencia de un hombre, tenía cabello negro muy corto y cara de no-me-jodas que anunciaba alto y claro que te metías con ella por tu cuenta y riesgo. Sus ojos eran letalmente inteligentes, serios para la lucha y... fijos en él.
Su cuerpo se volvió instantáneamente loco, como si alguien estuviera frotando su piel para darle mayor brillo mientras lo azotaba con algo de cinco por diez centímetros, al instante estaba sin aliento, mareado y sonrojado, pero por lo menos se olvidó del dolor de cabeza.
Dulce Jesús, estaba viniendo hacia él.
Su andar era poderoso y confiado, como si estuviera acechando a una presa, y hombres más corpulentos que ella se apartaron de su camino tan rápidos como ratones. Mientras se acercaba, recolocó torpemente su cazadora, intentando tener aspecto más masculino. Lo que era muy gracioso.
Su voz era profunda.
—Soy la jefa de seguridad de este club, y voy a tener que pedirte que vengas conmigo.
Le cogió el brazo sin esperar su respuesta y lo llevó a un oscuro pasillo. Antes de que supiera lo que estaba pasando, lo empujó en lo que era obviamente una habitación de interrogatorios y lo aplastó contra la pared como un póster de Elvis.
Cuando le apretó la tráquea con el antebrazo, él jadeó, lo cacheó. Su mano era rápida e impersonal mientras pasaba por su pecho y bajaba hasta sus caderas.
John cerró los ojos y tembló. Santa mierda, esto era excitante. Si hubiera sido capaz de tener una erección, estaba bastante seguro que ahora mismo estaría duro como un martillo.
Y entonces recordó que la pistola sin identificar de Blay estaba en el gran bolsillo negro de los pantalones que le habían prestado.
Mierda.

En la sala de equipamiento del Complejo, Jane se sentó en el banco que le permitía ver al tipo que había operado. Estaba esperando a que V terminara su cigarrillo, y el débil olorcillo de su exótico tabaco hizo que le picara la nariz.
Dios, aquel sueño sobre él. La manera en que la mano de V se había movido entre sus...
Cuando comenzó a sentir anhelo, cruzó las piernas y las apretó con fuerza.
—¿Jane?
Se aclaró la garganta.
—¿Sí?
Su voz era baja y se deslizaba por la puerta abierta, arrastrando las palabras de forma sensual e incorpórea.
—¿En qué estás pensando?
Oh, claro, sí, como si le fuera a decir que estaba fantaseando...
Espera un minuto.
—Ya lo sabes, ¿verdad? —como se mantuvo en silencio, frunció el ceño—. ¿Fue un sueño? ¿O hiciste...
No hubo respuesta.
Se inclinó hacia delante hasta ser capaz de verlo a través del marco de la puerta. V estaba exhalando mientras metía la colilla en una botella de agua.
—¿Qué me hiciste? —exigió.
V cerró la tapa con fuerza, provocando que los músculos de sus antebrazos se flexionaran.
—Nada que no querías que te hiciera.
Aunque no la estaba mirando, lo apuntó con el dedo como si fuera una pistola.
—Te lo dije. Quédate fuera de mi cabeza.
Sus ojos se abrieron y miraron los de Jane. Oh... Dios... estaban ardiendo, blancos como estrellas, calientes como el sol. En el instante que golpearon su cara, su sexo floreció para él, una boca abriéndose ampliamente, esperando que la alimentaran.
—No —dijo Jane, aunque no sabía para qué se molestaba. Su cuerpo hablaba por sí mismo, y él lo sabía condenadamente bien.
Los labios de V se torcieron en una dura sonrisa, y aspiró profundamente.
—Adoro tu olor ahora mismo. Me hace desear hacer algo más que simplemente meterme en tu cabeza.
Vaaaale, evidentemente le gustaban las mujeres, además de los hombres.
Abruptamente la expresión de V se desvaneció.
—Pero no te preocupes. No haré eso.
—¿Por qué no? —mientras la pregunta salía, Jane se maldijo. Si le decías a un hombre que no lo deseabas, y luego él decía que no tendría sexo contigo, generalmente la reacción que querías tener no era algo que sonaba como una protesta.
V se inclinó a través de la puerta y lanzó la botella al otro lado de la habitación. Esta cayó en una papelera con un resuelto destello, como si estuviera volviendo a casa después de un viaje de trabajo, y estuviera condenadamente aliviada de estar de vuelta.
—No te gustaría conmigo. Realmente no.
Estaba tan equivocado.
Cállate.
—¿Por qué?
¡Mierda! Por el amor de Dios, ¿qué estaba diciendo?
—Simplemente no te gustaría lo que realmente soy. Pero me alegré de lo que pasó mientras dormías. Te sentí perfecta, Jane.
Deseaba que dejara de usar su nombre. Cada vez que salía de sus labios, sentía como si la estuviera enroscando, arrastrándola por aguas que no entendía hasta una red en la que sólo podía debatirse hasta que se lastimara.
—¿Por qué no me gustaría?
Cuando el torso de V se expandió, supo que estaba oliendo su excitación.
—Porque me gusta el control, Jane. ¿Entiendes lo que digo?
—No, no lo entiendo.
Se giró hacia ella, llenando el marco de la puerta, y los ojos de Jane fueron directos a sus caderas, traidores como eran. Santa mierda, estaba erecto. Totalmente excitado. Podía ver el grueso contorno pulsando contra los botones del pijama de franela que llevaba puesto.
Jane se tambaleó, aunque estaba sentada.
—¿Sabes lo que es un Dom? —dijo en voz baja.
—Dom... como un... —Whoa—. ¿Dominante sexual?
Asintió con la cabeza.
—Así es el sexo conmigo.
Los labios de Jane se abrieron y tuvo que mirar a otro lado. O hacía eso o iba a arder. No tenía experiencia con todo ese modo alternativo de vida. Demonios, no tenía demasiado tiempo para sexo normal, mucho menos para verse envuelta en esos extremos.
Maldita fuera, pero ahora mismo, peligroso y salvaje con él parecía condenadamente atractivo. Aunque tal vez eso era porque, a todos los efectos, esta no era la vida real, aunque estaba despierta.
—¿Qué haces? —preguntó—. Quiero decir, ¿las... atas?
—Sí.
Esperó a que V continuara. Cuando no lo hizo, susurró.
—¿Algo más?
—Sí.
—Dime.
—No.
Así que había dolor implicado, pensó. Les hacía daño antes de joderlas. Probablemente también haciéndolo. Y aún así... recordó cuando sujetó a Red Sox en sus brazos tan gentilmente. ¿Tal vez con hombres era diferente para él?
Genial. Un vampiro bisexual dominante con pericia secuestrando. Hombre, no debería sentirse así hacia él, por muchas razones.
Jane se cubrió la cara con las manos, pero desafortunadamente eso sólo impidió que lo mirara. No había escape de lo que sucedía en su cabeza. Lo... deseaba.
—Maldita sea —masculló.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Dios, que mentirosa era.
—Mentirosa.
Genial, también sabía eso.
—No quiero sentirme como lo hago ahora mismo, ¿vale?
Hubo una larga pausa.
—¿Y cómo te sientes, Jane? —cuando no dijo nada, V murmuró—. No te gusta desearme, ¿cierto? ¿Es porque soy un pervertido?
—Sí.
La palabra simplemente salió disparada de su boca, aunque realmente no era la verdad. Si era franca consigo misma, el problema era más que eso... siempre se había sentido orgullosa de su inteligencia. La mente por encima de la emoción y la toma de decisiones gobernadas por la lógica eran las cosas que nunca la habían decepcionado. Y aún así, aquí estaba, codiciando algo, con sus instintos diciéndole que estaría mucho, mucho mejor sin ello.
Cuando se hizo un largo silencio, dejó caer una mano y miró a la puerta. Él ya no estaba entre las jambas, pero Jane sintió que no se había ido muy lejos. Se inclinó de nuevo hacia delante y lo vio. Estaba apoyado contra la pared, con la mirada más allá de las colchonetas azules del gimnasio como si estuviera mirando por encima del mar.
—Lo siento —dijo —. No lo decía en ese sentido.
—Sí, lo decías. Pero no importa. Soy lo que soy. —Su mano enguantada se flexionó, y sintió que lo hacía de forma inconsciente.
—La verdad es… —cuando no completó la frase, una de las cejas de V se arqueó, aunque no la miró. Jane se aclaró la garganta—. La verdad es, la supervivencia es algo bueno, y debería dictar mis reacciones.
—¿Y no lo hace?
—No… siempre. Contigo, no siempre.
Sus labios se curvaron un poco.
—Entonces, por una vez en la vida, me alegro de ser diferente.
—Estoy asustada.
Se puso serio al instante, sus brillantes ojos diamantinos encontrando los de Jane.
—No lo estés. No te haré daño. Y tampoco dejaré que nadie te lo haga.
Por una fracción de segundo las defensas de Jane cayeron.
—¿Lo prometes? —dijo con la voz ronca.
V puso su mano enguantada sobre el corazón que ella había arreglado y pronunció un hermoso torrente de palabras que no entendió. Después le tradujo.
—Por mi honor y la sangre en mis venas, lo juro.
Los ojos de Jane se apartaron y desafortunadamente cayeron en un estante con nunchakus. Las armas colgaban de clavos, sus mangos negros yaciendo como brazos de unos hombros con cadenas, preparados para hacer un daño mortal.
—Nunca en mi vida he estado tan asustada.
—Joder… lo siento, Jane. Siento todo esto. Y te dejaré marchar. De hecho, ahora eres libre para irte cuando quieras. Simplemente dilo y te llevaré a casa.
Lo volvió a mirar y observó su rostro. Su barba había crecido alrededor de la perilla, oscureciendo su barbilla y sus pómulos, dándole un aspecto todavía más siniestro. Con esos tatuajes alrededor del ojo y su enorme tamaño, si se hubiera encontrado con él en un callejón, habría huido aterrorizada incluso sin saber que era un vampiro.
Y aún así, ahí estaba, confiando en que la mantuviera a salvo.
¿Eran sus sentimientos reales? ¿O de hecho estaba hasta el cuello con el síndrome de Estocolmo?
Examinó el amplio pecho, sus apretadas caderas y sus largas piernas. Dios, fuera lo que fuese, lo deseaba como ninguna otra cosa.
Soltó un suave gruñido.
—Jane…
—Mierda.
Él también maldijo y después encendió el siguiente cigarrillo. Mientras exhalaba, dijo:
—Hay otra razón por la que no puedo estar contigo.
—¿Cuál es?
—Muerdo, Jane. Y no seré capaz de detenerme. No contigo.
Recordó del sueño la sensación de los colmillos recorriendo su cuello con un suave arañazo. Su cuerpo se inundó de calor incluso mientras se preguntaba cómo podría querer semejante cosa.
V retrocedió hasta el marco de la puerta, con el cigarrillo en su mano enguantada. Estelas de humo se elevaron de la punta del cigarro liado, delgadas y elegantes como el cabello de una mujer.
Mirándola fijamente a los ojos, levantó su mano libre y la pasó por su pecho, bajando por su vientre, hasta la pesada erección detrás del delgado pantalón del pijama de franela. Cuando se agarró a sí mismo, Jane tragó con fuerza, pura lujuria aplastándola al estilo linebacker[2] , golpeándola con tanta fuerza que casi se cayó del asiento.
—Si me dejas —dijo V en voz baja—, te encontraré de nuevo en tu sueño. Te encontraré y terminaré lo que empecé. ¿Te gustaría eso, Jane? ¿Te gustaría correrte para mí?
Desde fuera de la sala de fisioterapia, sonó un gemido.
Jane se tropezó al levantarse del banco y se dirigió a comprobar el estado de su nuevo paciente. La huida era obvia, pero daba igual… había perdido la cabeza, así que a estas alturas el orgullo apenas era una preocupación.
En la camilla, Phury se estaba retorciendo de dolor, dándose golpes en la venda que tenía en un costado de la cara.
—Hey… calma. —Puso la mano en su brazo, deteniéndolo—. Calma. Estás bien.
Le acarició el hombro y habló con él hasta que se tranquilizó con un temblor.
—Bella… —dijo.
Muy consciente de que V estaba parado en la esquina, le preguntó.
—¿Es su mujer?
—La mujer de su gemelo.
—Oh.
—Sí.
Jane cogió un fonendoscopio y el tensiómetro para medir la presión sanguínea, y comprobó rápidamente sus constantes vitales.
—¿Tu especie normalmente tiene baja la presión sanguínea?
—Sí. También el ritmo cardíaco.
Puso la mano sobre la frente de Phury.
—Está caliente. Pero vuestra temperatura interior es más alta que la nuestra, ¿verdad?
—Así es.
Dejó que sus dedos se deslizaran en el cabello multicolor de Phury, recorriendo las gruesas ondas, deshaciendo los enredos. Había una especie de sustancia negra aceitosa en él…
—No toques eso —dijo V.
Apartó la mano de golpe.
—¿Por qué? ¿Qué es?
—La sangre de mis enemigos. No la quiero sobre ti. —Se dirigió a ella a zancadas, la cogió por la muñeca y la llevó a una pila.
Aunque iba contra su naturaleza, Jane se quedó quieta y obediente como una niña mientras le enjabonaba las manos y las lavaba. Sentir su palma desnuda y su guante de cuero deslizándose entre sus dedos… la espuma del jabón lubricando la fricción… su calor filtrándose en ella y recorriendo su mano, la volvió imprudente.
—Sí —dijo Jane mientras miraba lo que V estaba haciendo.
—¿Sí, qué?
—Ven a mí nuevamente cuando duerma.



[1] Tienda de ropa en Manhattan, una especie de Zara neoyorquina, es decir, con precios bajos, ropa que imita las últimas tendencias, pero más loca, abigarrada y moderna que la cadena española. Es una tienda con música demasiado alta, ropa revuelta y mucha diversión.
[2] Los linebackers son los jugadores que se colocan detrás de la línea defensiva, Futbol Americano.




Como jefa de seguridad del ZeroSum, Xhex no quería ningún tipo de arma en su local, pero especialmente no quería mocosos insignificantes con fetiches de metal corriendo de aquí para allá armados hasta sus pelotas del tamaño de monedas de diez centavos.
Así era como ocurrían las llamadas al 911. Y odiaba tratar con el departamento de policía de Caldwell.
Así que con eso en mente, no pensaba en disculparse mientras maltrataba al actual mierdecilla en cuestión y encontraba el arma que había tomado del pelirrojo que había estado parado junto a él. Sacando la nueve milímetros de los pantalones del chico, abrió el cargador y tiró la funda de la Glock sobre la mesa. Se guardó el cargador de balas en sus pantalones de cuero y lo cacheó buscando la identificación. Mientras le palmeaba el cuerpo entero, pudo sentir que era uno de su raza, y de algún modo eso hizo que le costara menos esfuerzo hacerlo.
Aunque no había razón para ello, ya que los humanos no tenían la exclusiva para ser estúpidos.
Le dio la vuelta y lo empujó a una silla, sujetándolo por el hombro mientras abría su cartera. En el permiso de conducir leyó John Matthew, y la fecha de nacimiento lo situaba en los veintitrés. La dirección era de una zona de la ciudad de casas de familia de clase media en la que estaba dispuesta a apostar que nunca había puesto los ojos.
—Sé lo que dice tu identificación, pero ¿quién eres realmente? ¿Quién es tu familia?
Él abrió la boca un par de veces, pero no salió nada porque estaba claramente asustado como la mierda. Lo cuál tenía sentido. Despojado de su ostentación, no era más que un enano pretrans, con los brillantes ojos azules abiertos como pelotas de baloncesto en el pálido rostro.
Sí, era de los duros, muy bien. Clic, clic, bang, bang, y toda esa mierda de mafioso. Cristo, estaba aburrida de aplastar poses de pega como ésta. Quizá era hora de independizarse un poco, de volver a hacer lo que mejor le salía. A fin de cuentas, siempre había demanda de asesinos en los círculos correctos. Y como era medio symphath, la satisfacción laboral era un hecho.
—Habla —dijo mientras lanzaba la cartera sobre la mesa—. Sé lo que eres. ¿Quiénes son tus padres?
Ahora parecía estar realmente sorprendido, aunque eso no ayudó a sus cuerdas vocales. Cuando se recuperó del susto inicial, todo lo que hizo fue agitar las manos frente al pecho.
—No juegues conmigo. Si eres lo suficientemente hombre para llevarla, no hay razón para ser cobarde ahora. ¿O es que lo eres realmente y el metal es lo que te hace un hombre?
Como a cámara lenta, su boca se cerró y dejó caer las manos en el regazo. Como si se desinflara, bajando los ojos y hundiendo los hombros.
El silencio se prolongó, y ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—Mira, chaval, tengo toda la noche y verdadera capacidad de concentración. Así que puedes mantener éste silencio de mierda durante tanto tiempo como quieras. No voy a ir a ningún sitio y tú tampoco.
El auricular de Xhex cobró vida, y cuando el gorila del área del bar dejó de hablar le dijo:
—Bien, tráelo.
Unas décimas de segundo después hubo una llamada a la puerta; cuando contestó, su subordinado estaba delante con el vampiro pelirrojo que le había dado la pistola al chico.
—Gracias, Mac.
—Sin problema, jefa. Me vuelvo al bar.
Cerró la puerta y miró al pelirrojo. Había pasado su transición, pero no hacía mucho. Todavía se manejaba como si aún no fuera consciente de su tamaño.
Cuando se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta de ante, le dijo:
—Saca algo que no sea una identificación y yo personalmente te pondré en una camilla.
Se detuvo.
—Es su ID.
—Ya me la ha mostrado.
—No la real. —El tipo extendió la mano—. Ésta es la verdadera.
Xhex tomó la tarjeta plastificada y escudriñó las letras escritas en la Antigua Lengua que estaban bajo una foto reciente. Entonces miró al chico. Él se negó a encontrar su mirada; simplemente se quedó allí encerrado en sí mismo, viéndose como si deseara ser tragado totalmente por la silla en la que estaba sentado.
—Mierda.
—Se me dijo que mostrara esto también —dijo el pelirrojo. Le entregó un grueso papel doblado en un cuadrado y sellado con cera negra. Cuándo le echó un vistazo al emblema, quiso maldecir otra vez.
El sello real.
Leyó la maldita carta. Dos veces.
—¿Te importa si me guardo esto, pelirrojo?
—No. Por favor, hazlo.
Cuando la dobló de nuevo preguntó:
—¿Tienes ID?
—Sí.
Le llegó otra tarjeta plastificada.
La comprobó, después le devolvió ambas tarjetas.
—La próxima vez que vengáis, no esperéis en la cola. Id hacia el gorila y decidle mi nombre. Iré a por vosotros­.—Recogió el arma.
—¿Es suya o tuya?
—Mía. Pero creo que prefiero que la tenga él. Es mejor tirador.
Metió de nuevo el cargador por la parte trasera de la Glock y la extendió hacia el chico silencioso, con el cañón hacia abajo. Su mano no tembló mientras la tomaba, pero la cosa parecía demasiado grande para que la manejara.
—No la utilices aquí dentro a menos que sea en defensa propia. ¿Queda claro?
El chico asintió una vez, levantó el culo del asiento, e hizo desaparecer la semiautomática en el bolsillo del que ella la había sacado.
Dios… maldición. No era un simple pretrans. De acuerdo con su ID era Tehrror, hijo del guerrero de la Daga Negra Darius. Lo cual quería decir que tenía que procurar que nada le ocurriera bajo su vigilancia. Lo último que ella y Rehv necesitaban era que el chico resultara herido dentro del ZeroSum.
Maravilloso. Eso era como tener un jarrón de cristal en un vestuario repleto de jugadores de rugby.
Y encima, era mudo.
Sacudió la cabeza.
—Bueno, Blaylock, hijo de Rocke, cuídalo. Nosotros también lo haremos.
Mientras el pelirrojo asentía, el chico finalmente levantó el rostro hacia ella, y por alguna razón su brillante mirada azul la hizo sentir incómoda. Jesús… era viejo. Sus ojos eran los de un anciano, y quedó momentáneamente desconcertada.
Aclarándose la garganta, se giró y fue hacia la puerta. Mientras la abría, el pelirrojo dijo:
—Espera, ¿cómo te llamas?
—Xhex. Suéltaselo a cualquiera en el club y te encontraré en un latido. Es mi trabajo.
Mientras la puerta se cerraba, John decidió que la humillación era como el helado, venía en un montón de sabores, te hacía estremecerte, y querer toser.
Hablando de caminos complicados. Justo ahora estaba ahogándose en la mierda.
Cobarde. Dios, ¿era tan obvio? Ni siquiera le conocía y ya le había calado bien. Era un absoluto cobarde. Un débil cobarde cuya muerte no había sido vengada, que no tenía voz y cuyo cuerpo no era ni siquiera algo que un chico de diez años pudiera envidiar.
Blay arrastró sus grandes pies, las botas hacían un sonido suave que en la pequeña habitación parecía tan fuerte como si alguien estuviera dando alaridos.
—¿John? ¿Quieres ir a casa?
Oh, tremendo. Como si fuera un niño de cinco años que se pusiera soñoliento en la fiesta de los adultos.
La furia lo atravesó como un relámpago, sintió el familiar peso oprimiéndole, dándole energía. Ah, hombre, la conocía bien. Ésta era la clase de furia que había dejado a Lash tendido sobre su espalda. Era la clase de maldad que había hecho que golpeara el rostro del chico hasta que los azulejos se volvieron rojos como el ketchup.
Por algún milagro, las dos neuronas en su cabeza que todavía funcionaban racionalmente le señalaron que lo mejor era irse a casa. Si se quedaba ahí, en ése club, simplemente repetiría lo que la mujer había dicho una y otra vez, hasta que estuviera tan fuera de sus cabales que hiciera algo realmente estúpido.
—¿John? Vamos a casa.
Joder. Ésta se suponía que iba a ser la gran noche de Blay. En lugar de eso, estaba cargándose su oportunidad de tener sexo bueno y duro.
Llamaré a Fritz. Quédate con Qhuinn.
—Nop. Nos vamos juntos.
Repentinamente John tuvo ganas de gritar.
¿Qué demonios había en ése trozo de papel? ¿En el que le diste?
Blay se sonrojó.
—Zsadist me lo dio. Dijo que si alguna vez nos metíamos en un lío lo mostrara.
Pero, ¿qué es?
—Z dijo que era de Wrath como Rey. Algo sobre el hecho de que es tu ghardian.
¿Porqué no me lo dijiste?
—Zsadist dijo que lo mostrara sólo si tenía que hacerlo. Y eso te incluía a ti.
John se levantó de la silla y se alisó las arrugadas ropas.
Mira, quiero que te quedes y ligues, que pases un buen rato.
—Vinimos juntos. Nos vamos juntos.
John miró a su amigo con furia.
Sólo porque Z te haya dicho que me hagas de niñera
Por primera vez desde que lo conocía, el rostro de Blay se endureció.
—Jódete. Lo hubiera hecho de todas formas. Y antes que de que te pongas en plan UFC[1] me gustaría apuntar que si nuestros roles fueran a la inversa, harías malditamente lo mismo. Admítelo. Joder, también lo harías. Somos amigos. Nos apoyamos. Ya es suficiente. Corta ya con esa mierda.
John quería patear la silla en la que había estado sentado. Y casi lo hizo.
En vez de ello, usó las manos para gesticular:
Mierda.
Blay sacó una BlackBerry y marcó.
—Simplemente voy a decirle a Qhuinn que volveré y lo recogeré cuando quiera.
John esperó y se imaginó brevemente lo que Qhuinn estaba haciendo en algún lugar oscuro y semi privado con una o dos de esas humanas. Por lo menos él estaba teniendo una buena noche.
—¿Hey, Qhuinn? Si, John y yo nos vamos a casa. ¿Qué… no, todo va bien. Sólo tuvimos un encontronazo con los de seguridad… No, no tienes que… No, todo está arreglado. No, de verdad. Qhuinn, no tienes que parar... ¿hola?
Blay miró su teléfono.
—Se encontrará con nosotros en la puerta principal.
Abandonaron la pequeña habitación y fueron esquivando acalorados y sudorosos humanos hasta que John se sintió violentamente claustrofóbico… como si le hubieran enterrado vivo y estuviera respirando tierra.
Cuándo finalmente llegaron a la puerta principal, Qhuinn estaba parado a la izquierda apostado contra la pared negra. Su cabello estaba despeinado, los faldones de su camisa colgaban por fuera, tenía los labios enrojecidos y un poco hinchados. De cerca olía a perfume.
A dos tipos diferentes de perfume.
—¿Estás bien? —le preguntó a John.
John no respondió. No podía soportar haberle arruinado la noche a todos y simplemente siguió caminando hacia la puerta. Hasta que sintió la extraña llamada otra vez.
Se detuvo con las manos en la barra de empuje y miró sobre su hombro. La jefa de seguridad estaba allí mirándole con sus inteligentes ojos. Estaba, una vez más, entre las sombras, un lugar que sospechaba prefería.
Un lugar que sospechaba que usaba a su conveniencia.
Mientras su cuerpo sentía un hormigueo de pies a cabeza, quiso pegarle un puñetazo a la pared, atravesar la puerta, romperle a alguien el labio superior. Pero supo que con eso no conseguiría la satisfacción que anhelaba. Dudaba que tuviera la suficiente fuerza en la parte superior de su cuerpo para atravesar de un puñetazo la sección de deportes de un periódico.
La comprensión naturalmente lo fastidió aún más.
Le dio la espalda y salió hacia la fría noche. Tan pronto como Blay y Qhuinn se le unieron en la acera, gesticuló.
Voy a pasear durante un rato. Podéis venir conmigo si queréis, pero no me vais a disuadir. No hay una maldita forma de que me suba a un coche y me vaya a casa justo ahora. ¿Entendido?
Sus amigos asintieron y le dejaron marcar el camino, permaneciendo un par de pasos por detrás de él. Claramente, sabían que estaban a un cuarto de pulgada de perder los estribos y que necesitaba espacio.
Cuando bajaban por la Décima, los oyó hablando en voz baja, cuchicheando sobre él, pero no le importaba una mierda. Era un saco de furia. Nada más.
Fiel a su naturaleza débil, su marcha de independencia no duró mucho. Malditamente rápido, el viento de marzo atravesó las ropas que Blay le había prestado, y su dolor de cabeza se volvió tan horrible que rechinó los dientes. Se había imaginado que llevaría a sus amigos hasta el puente de Caldwell y aún más allá, que su ira era tan fuerte que los agotaría, hasta que poco antes de alba le suplicaran que dejara de caminar.
Excepto, por supuesto, que su desempeño estaba brutalmente por debajo de las expectativas.
Se detuvo.
Volvamos.
—Lo que tú digas, John—. Los ojos de distinto color de Qhuinn eran imposiblemente amables—. Lo que tú quieras.
Se dirigieron de vuelta al coche, que estaba aparcado en un terreno al aire libre como a dos manzanas del club. Cuando giraron la esquina, advirtió que el edificio junto al terreno estaba en obras, la zona de construcción cerrada por la noche, las lonas agitándose al viento, el pesado equipo durmiendo profundamente. A John, le pareció desolado.
Por otra parte, podría haber estado bañado por el sol en un campo de margaritas y todo lo que hubiera visto hubieran sido sombras. No había manera de que la noche pudiera haber sido peor. No. No había forma.
Estaban a unas buenas cincuenta yardas del coche cuando el dulce olor de talco de bebé flotó traído por la brisa. Y un lesser salió de detrás de una pala excavadora.



[1] UFC Ultimate Fighting Championship es un torneo de lucha de artes marciales.



Phury volvió en sí pero no se movió. Lo que tenía sentido, dado que un lado de su rostro se sentía como si se hubiera quemado. Después de un par de profundas inspiraciones, elevó una mano hacia el palpitante dolor. Las vendas lo cubrían desde la frente a la barbilla. Probablemente parecía un extra del equipo de Urgencias.
Se sentó lentamente y toda su cabeza latió, como si le hubieran metido un inflador por la nariz y alguien lo estuviera haciendo funcionar con un fuerte brazo.
Se sentía bien.
Deslizando los pies de la camilla, deliberó sobre la ley de la gravedad y consideró si tenía o no fuerza para tratar con ella. Decidió intentarlo, y quién lo hubiera dicho, consiguió caminar zigzagueando hasta la puerta.
Dos pares de ojos se giraron hacia él, uno diamante brillante, el otro verde bosque.
—Hola —dijo.
La mujer de V se acercó a él, y su mirada era toda análisis clínico.
—Dios, no puedo creer lo rápido que curáis. No deberías estar consciente, y mucho menos de pie.
—¿Quieres comprobar el trabajo que hiciste? —cuando asintió, se sentó en un banco y con cuidado, Jane quitó el esparadrapo. Al hacer una mueca de dolor, miró a su alrededor, a Vishous.
—¿Ya le contaste esto a Z?
El hermano negó con la cabeza.
—No le he visto, y Rhage probó con el móvil, pero estaba apagado.
—Así que, ¿no hay noticias de Havers?
—No que yo sepa. Aunque falta más o menos una hora para el amanecer, así que más les vale volver pronto.
La doctora silbó en voz baja.
—Es como si pudiera ver la piel juntándose de nuevo delante de mis ojos. ¿Te importa si le pongo otras gasas?
—Como quieras.
Cuando ella volvió a la sala de fisioterapia, V dijo:
—Tengo que hablar contigo, amigo mío.
—¿Acerca de?
—Creo que lo sabes.
Mierda. El lesser. Y no funcionaría hacerse el tonto con un hermano como V. Mentir, sin embargo, seguía siendo una opción.
—La pelea se puso dura.
—Y una mierda. No puedes hacer jugadas como esas.
Phury pensó en un par de meses antes, cuando se había convertido en su gemelo durante un tiempo. Literalmente.
—Han trabajado sobre mi en una de sus mesas, V. Te puedo asegurar que no están preocupados por el protocolo de guerra.
—Pero esta noche te golpearon porque te habías puesto todo Ginsu contra ese asesino. ¿No es cierto?
Jane regresó con los suministros. Gracias a Dios.
Cuando terminó de vendarlo, Phury se puso en pie.
—Ahora me voy a mi habitación.
—¿Quieres ayuda? —preguntó V en tono duro. Como si estuviera conteniendo un montón de necesito-compartir.
—No. Conozco el camino.
—Bueno, ya que de todas formas tenemos que volver, hagamos de esto una excursión de trabajo de campo. Y tómatelo con calma.
Lo que era una idea condenadamente buena. La cabeza lo estaba matando.
Estaban a mitad de camino por el túnel cuando Phury se dio cuenta de que la doctora no estaba siendo observada o vigilada. Pero, demonios, de todas formas, no es como si tuviera aspecto de querer escapar. De hecho, ella y V estaban caminando uno al lado del otro.
Se preguntó si alguno de ellos era consciente de lo mucho que se parecían a una pareja.
Cuando Phury llegó a la puerta que llevaba a la casa grande, se despidió sin mirar a V a los ojos y subió los escalones poco profundos que salían del túnel y llevaban al vestíbulo de la mansión. Su dormitorio parecía estar al otro lado de la ciudad, en lugar de estar justo encima de la gran escalera, y el cansancio que sentía le dijo lo mucho que necesitaba alimentarse. Lo que era una pesadez.
En su habitación, se duchó y se estiró en su majestuosa cama. Sabía que debería estar llamando a una de las hembras que usaba para obtener sangre, pero tenía tan poco interés. En lugar de coger el teléfono, cerró los ojos y dejó que sus brazos cayeran a los lados. Su mano aterrizó en el libro de armas de fuego, el que había usado para dar la clase esa noche. El que contenía el dibujo.
La puerta se abrió sin que llamaran. Lo que quería decir que era Zsadist. Con noticias.
Phury se sentó tan rápido que su cerebro se volvió una pecera en el cráneo, chapoteando por todas partes, amenazando con derramársele por las orejas. Cuando el dolor lo atravesó, puso la mano sobre el vendaje.
—¿Qué pasó con Bella?
Los ojos de Z eran agujeros negros en su rostro con cicatrices.
—¿En qué coño estabas pensando?
—¿Cómo?
—Ser atacado porque… —ante la mueca de dolor de Phury, Z bajó el volumen de su habitual boom-box[1] y cerró la puerta. El relativo silencio no mejoró su humor. En voz muy baja, soltó—: Joder, no me puedo creer que jugaras a Jack el Destripador y te sacudieran…
—Por favor, dime cómo está Bella.
Z apuntó el dedo directamente al pecho de Phury.
—Necesitas pasar algo menos de tiempo preocupándote por mi shellan y un poco más por tu propio condenado culo, ¿estamos?
Inundado de dolor, Phury cerró el ojo bueno con dificultad. Su hermano, por supuesto, había dado en el clavo.
—Mierda —escupió Z en el silencio—. Sólo… mierda.
—Tienes toda la razón. —Phury se dio cuenta de que su mano estaba apretando el libro de armas de fuego, y se obligó a soltarlo.
Cuando empezó a sonar un chasquido, Phury levantó la vista. Z estaba raspando la parte de arriba de su móvil Razr una y otra vez con el pulgar.
—Te podrían haber matado.
—No sucedió.
—Frío consuelo. Al menos para uno de nosotros. ¿Qué pasa con tu ojo? ¿La doctora de V lo salvó?
—No se sabe.
Z caminó hasta una de las ventanas. Apartando a un lado la pesada cortina de terciopelo, observó el otro lado de la terraza y la piscina. La tensión en su rostro arruinado era obvia, tenía la mandíbula apretada, las cejas fruncidas sobre los ojos. Extraño… antes siempre había sido Z el que estaba al borde del olvido. Ahora Phury estaba en ese delgado y resbaladizo filo. El que se preocupaba se había convertido en causa de preocupación.
—Estaré bien —mintió, inclinándose a un lado para coger la bolsa de tabaco rojo y los papeles de liar. Se preparó uno grueso con rapidez, lo encendió y la falsa calma vino al instante, como si su cuerpo estuviera bien entrenado.
—Sólo tuve una noche rara.
Z se rió, aunque fue más una maldición que algo divertido.
—Tenían razón.
—¿Quiénes?
—La venganza es una puta. —Zsadist aspiró profundamente—. Harás que te maten ahí fuera y yo…
—No lo haré. —Inhaló otra vez, no dispuesto a llevar la promesa más allá de eso—. Ahora por favor, cuéntame lo de Bella.
—Va a necesitar reposo en cama.
—Oh, Dios.
—No, está bien. —Z se frotó la rapada cabeza—. Quiero decir, todavía no ha perdido el bebé, y si permanece quieta, puede que no lo haga.
—¿Está en tu habitación?
—Sí, voy a llevarle algo de comer. Tiene permitido levantarse una hora cada día, pero no quiero darle excusas para que se ponga en pie.
—Me alegro de que…
—Joder, hermano. ¿Fue así para ti?
Phury frunció el ceño y presionó el porro contra el cenicero.
—¿Cómo dices?
—Tengo la cabeza jodida todo el tiempo. Es como si lo que sea que estoy haciendo en un momento, fuera sólo verdad a medias, debido a toda la mierda por la que estoy preocupado.
—Bella…
—No es sólo por ella. —Los ojos de Z, ahora de nuevo amarillos, porque no estaba tan enfadado, fueron a la deriva por la habitación—. Eres tú.
Phury convirtió en un elaborado proceso el llevar el porro a su boca e inhalar. Mientras dejaba salir el humo, buscó en su mente palabras para reconfortar a su gemelo.
No aparecieron muchas.
—Wrath quiere que nos reunamos al anochecer —dijo Z, volviendo a mirar hacia fuera a través de la ventana, como si supiera condenadamente bien que no habría consuelo significativo—. Todos nosotros.
—Ok.
Después de que Z se marchara, Phury abrió el libro de armas de fuego y sacó el dibujo que había hecho de Bella. Pasó el pulgar de arriba abajo por la representación de su mejilla, mirándola fijamente con el único ojo que le funcionaba. El silencio lo oprimió, encogiéndole el pecho.
Considerando todas las cosas, era posible que ya se hubiera caído por el borde, que se estuviera deslizando por la montaña de la destrucción, golpeándose contra pedruscos y árboles, rebotando y rompiéndose miembros, y que lo esperara un golpe mortal.
Apagó el porro. Caer en la perdición era un poco como caer enamorado. Ambas caídas te desnudaban y te dejaban como eras en tu corazón.
Y en su limitada experiencia, ambos finales eran igualmente dolorosos.

Cuando John vio aparecer al lesser de ninguna parte, no se pudo mover. Nunca antes había sufrido un accidente de coche, pero tuvo el presentimiento de que así es como eran. Ibas de camino y de repente todo lo que estabas pensando antes de la intersección se dejaba a un lado, reemplazado por una colisión que se convertía en tu primera y única prioridad.
Maldición, realmente olían como talco para bebés.
Y afortunadamente, este no tenía cabello pálido, por lo que era un nuevo recluta. Lo que podía ser la única razón por la que él y sus compañeros podrían salir vivos de esto.
Qhuinn y Blay se pusieron delante de John, bloqueando el camino. Pero entonces un segundo lesser salió de las sombras, una pieza de ajedrez colocada en posición por una mano invisible. También tenía cabello oscuro.
Dios, eran grandes.
El primero miró a John.
—Es mejor que te vayas corriendo, hijo. Este no es lugar para ti.
Joder, no sabían que era un pretrans. Pensaban que era un simple humano.
—Sí —dijo Qhuinn, empujando el hombro de John—. Ya tienes tu cartera. Ahora sal de aquí, capullo.
Salvo que no podía dejar a sus…
—He dicho que te largues de una jodida vez. —Qhuinn le dio un fuerte empujón y John se tropezó contra un montón de rollos de papel alquitranado tan grandes como sofás.
Mierda, si escapaba sería un cobarde. Pero si se quedaba, sería peor que una ayuda. Odiándose, se largó a toda velocidad, dirigiéndose directamente al ZeroSum. Como un idiota, se había dejado la mochila en casa de Blay, por lo que no podía llamar a casa. Y no era como si él pudiera perder el tiempo buscando a uno de los hermanos, en el remoto caso de que estuvieran cazando en las cercanías. Sólo podía pensar en una persona que los pudiera ayudar.
En la entrada del club, se dirigió directamente al gorila a la cabeza de la cola.
Xhex. Tengo que ver a Xhex. Déjame…
—¿Qué demonios estás haciendo, chico? —dijo el gorila.
John esbozó la palabra Xhex con la boca, una y otra vez mientras hablaba por señas.
—Vale, me estás cabreando. —El gorila se echó sobre John—. Lárgate de una condenada vez, o sino llamaré a tu papi y tu mami.
Las risas disimuladas de la cola provocaron que John se desesperara aún más.
¡Por favor! Necesito ver a Xhex…
john escuchó un sonido distante, que o era un coche acelerando bruscamente o un grito, y cuando se dio la vuelta hacia él, el ligero peso de la Glock de Blay golpeó contra su muslo.
No tenía teléfono desde el que mandar un mensaje. Ninguna manera de comunicarse.
Pero tenía un paquete de seis balas en el bolsillo trasero.
John corrió de vuelta al lugar, esquivando coches aparcados en paralelo, respirando con fuerza, las piernas volando lo más rápido que podían. La cabeza le martilleaba, y el esfuerzo hacía que el dolor fuera tan fuerte que sintió náuseas. Dobló la esquina, patinando en la gravilla suelta.
¡Joder! Blay estaba en el suelo con un lesser sentado sobre su pecho, y los dos estaban luchando por el control de lo que parecía ser una navaja automática. Qhuinn estaba defendiéndose bien contra el otro asesino, pero la pareja estaba demasiado empatada para el gusto de John. Tarde o temprano uno de ellos iba a…
 Qhuinn recibió un derechazo en la cara y se dobló, su cabeza girando sobre su columna como una peonza, llevando su cuerpo a hacer una pirueta.
En ese momento algo le llegó a John, por la puerta trasera, entrando tan seguro como si un fantasma se hubiera metido en su piel. Un antiguo conocimiento, de la clase que venía con la experiencia ganada con años que todavía no tenía, hizo que llevara la mano y la hundiera profundamente en el bolsillo trasero. Tocó la Glock, la sacó y la cogió con ambas manos.
En un parpadeo tuvo el arma lista. Al segundo la boca apuntó al lesser que luchaba con Blay por la posesión de la hoja. Al tercero John apretó el gatillo… y abrió una puerta de establo en la cabeza de ese lesser. Al cuarto se giró sobre su posición hacia el asesino situado sobre Qhuinn, que se estaba recolocando el puño americano en la mano.
¡Pop!
John derribó al lesser con un disparo en la sien, y un rocío de sangre negra formó una fina nube. La cosa se derrumbó de rodillas y cayó de cabeza sobre Qhuinn… que estaba tan aturdido que sólo pudo empujar el cuerpo a un lado.
John miró a Blay. El tío lo estaba observando asombrado.
—Jesucristo… John.
El lesser al lado de Qhuinn soltó un gorgoteante aliento, como una cafetera que acabara de filtrar café.
Metal, pensó John. Necesitaba algo de metal. El cuchillo por el que Blay había estado peleando no se veía por ninguna parte. ¿Dónde podía encontrar…?
Había una caja abierta de clavos para techos junto a una pala excavadora.
John se inclinó, cogió uno del montón y se acercó al lesser que estaba al lado de Qhuinn. Levantando mucho las manos, John lanzó todo su peso y su ira en el golpe descendente, y en un instante, la realidad cambió como la arena. Estaba sujetando una daga, no un trozo de acero… y era grande, más grande que Blay y Qhuinn… y había hecho esto muchas, muchas veces.
El clavo atravesó el pecho del lesser, y el destello de luz fue más brillante de lo que John había esperado, golpeándole los ojos y recorriendo su cuerpo como una ola ardiente. Pero su trabajo no había terminado. Pasó por encima de Qhuinn, moviéndose por el asfalto sin sentir el suelo bajo los pies.
Blay miró, boquiabierto y sin moverse, a John levantar de nuevo el clavo. Esta vez, cuando lo bajó, John abrió la boca y gritó sin hacer ni un sonido, un grito de guerra no menos poderoso por el hecho de no ser escuchado.
Después del estallido de luz, fue vagamente consciente de las sirenas. Sin duda algún humano había llamado a la policía al escuchar los disparos.
John dejó que su brazo cayera al costado, y el clavo se deslizó de su mano y golpeó el suelo con un estrépito.
No soy un cobarde. Soy un guerrero.
El ataque le sobrevino rápido y con dureza, tirándolo al suelo, sujetándolo con manos invisibles, haciendo que rebotara dentro de su propia piel hasta que se desmayó, el rugido del olvido apoderándose de él.

 



[1] El boom-box es un sistema portátil estéreo con una relativa potencia de sonido.


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