sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 22 23 24


Cuando Jane y V regresaron a la habitación, tomó asiento en lo que empezaba a considerar como su silla, y V se estiró en la cama. Amigo, ésta iba a ser una larga noche... esto, día. Estaba cansada y nerviosa y no era una buena combinación.
—¿Necesitas comida? —preguntó.
—¿Sabes qué me gustaría tener? —bostezó—. Chocolate caliente.
V descolgó el teléfono, pulsó tres botones y esperó.
—¿Me estás pidiendo un poco? —dijo.
—Sí. Y también... oye, Fritz. Esto es lo que necesito...
Después de que V colgara, tuvo que sonreírle.
—Eso es casi un banquete.
—No has comido desde... —se detuvo, como si no quisiera traer a colación la parte del secuestro.
—Está bien —murmuró, sintiéndose triste sin causa alguna.
No, había una buena causa. Se marcharía pronto.
—No te preocupes, no me recordarás —le dijo—. No sentirás nada después de que te marches.
Se sonrojó.
—Ah... Exactamente, ¿cómo lees las mentes?
—Es cómo percibir una frecuencia de radio. Acostumbraba a pasar todo el tiempo lo quisiera o no.
—¿Acostumbraba?
—Supongo que la antena se ha roto. —Una expresión amarga afloró a su rostro, agudizándole los ojos—. Sin embargo, oí de buena fuente que se arreglará solo.
—¿Por qué se detuvo?
—Por qué es tu pregunta favorita, ¿no?
—Soy científica.
—Lo sé. —Las palabras fueron como un ronroneo, como si le estuviera diciendo que llevaba lencería sexy—. Me gusta tu mente.
Jane sintió una oleada de placer, luego todo se enmarañó en su interior.
Como si intuyera el conflicto, echó tierra sobre el asunto con…
 —También solía ver el futuro.
Se aclaró la garganta.
—¿Lo hacías? ¿Cómo?
—La mayor parte con sueños fugaces. Sin seguir una secuencia, sólo acontecimientos sin ningún orden. Me especialicé en muertes.
¿Muertes?
—¿Muertes?
—Sí, sé exactamente cómo morirán mis hermanos. Pero no cuando.
—Jesús... Cristo. Eso debe ser...
—También tengo otras habilidades. —V levantó la mano enguantada—. Está esta cosa.
—Quería preguntarte sobre eso. Dejó fuera de combate a una de mis enfermeras cuando estuviste en la sala de urgencias. Te quitó el guante, y fue como si la hubiera golpeado un rayo.
—Estaba inconsciente cuando pasó, ¿no?
—Estabas completamente inconsciente.
—Entonces esa es probablemente la razón por la que sobrevivió. Este pequeño legado de mi madre es malditamente mortal. —Mientras alzaba un puño cerrado, la voz se endureció, las palabras cortaron en su lugar—. Y también reclamó mi futuro.
—¿Cómo es eso? —cuando no contestó, algún instinto le hizo decir—: Déjame adivinar, ¿un matrimonio arreglado?
—Matrimonios. Por así decirlo.
Jane se estremeció. Si bien su futuro no significaba nada en el gran esquema de su vida, por alguna razón la idea de él siendo el marido de alguien, el marido de muchas, le revolvió el estómago.
—Esto… ¿cómo cuantas esposas?
—No quiero hablar de eso, ¿ok?
—Ok.
Unos diez minutos más tarde un hombre mayor con uniforme de mayordomo inglés llegó con una bandeja llena de comida. El banquete fue justo como el menú del servicio de habitaciones del Four Seasons. Había gofres belgas con fresas, croissants, huevos revueltos, chocolate caliente, fruta fresca.
Su llegada fue verdaderamente maravillosa.
El estómago de Jane dejó escapar un rugido, y antes de saber lo que estaba haciendo, comía con apetito de un colmado plato como si no hubiera visto comida en una semana. A mitad de la segunda ración y el tercer chocolate, se quedó helada con el tenedor en la boca. Dios, qué pensaría V de ella. Se estaba comportando como una cerda...
—Me encanta —dijo.
—¿Sí? ¿Realmente te parece bien que engulla la comida como un universitario?
Asintió, con los ojos brillantes.
—Me gusta verte comer. Me fascina. Quiero que continúes hasta que estés tan llena que caigas dormida en la silla.
Cautivada por sus ojos diamantinos, dijo:
 —Y... ¿entonces qué pasaría?
—Te llevaría hasta la cama sin despertarte y te velaría con una daga en la mano.
Vale, esas cosas de cavernícola no deberían ser tan atractivas. Después de todo, podía cuidar de sí misma. Pero hombre, la idea de que alguien la cuidara era... muy bonita.
—Acábate la comida —dijo señalando el plato—. Y hay más chocolate en el termo.
Maldita sea, pero hizo lo que le dijo. Incluyendo el verter la cuarta taza de chocolate caliente.
Mientras se recostaba en la silla con el tazón en la mano, estaba felizmente repleta.
Sin ninguna razón en particular, dijo:
—Se algo sobre legados. Mi padre era cirujano.
—Ah. Entonces debe estar muy contento contigo. Eres espléndida.
Jane bajó la barbilla.
—Creo que habría encontrado mi carrera satisfactoria. Especialmente si termino enseñando en Columbia.
—¿Habría?
—Él y mi madre están muertos —y añadió, porque sentía que tenía que hacerlo—. Fue en un accidente de avión hace unos diez años. Iban hacia una convención médica.
—Mierda... realmente lo siento. ¿Los echas de menos?
—Esto va a sonar mal... pero lo cierto es que no. Eran extraños con los que tenía que vivir cuando no estaba en la escuela. Pero siempre eché de menos a mi hermana.
—Dios, ¿también murió?
—Un defecto congénito del corazón sin diagnosticar. Se fue rápidamente una noche. Mi padre siempre pensó que entré en medicina porque él me inspiró, pero lo hice porque estaba cabreada por lo de Hannah. Todavía lo estoy. —Tomó un sorbo del tazón—. De todas formas, mi padre siempre pensó que la medicina era lo más y la mejor manera de utilizar mi vida. Puedo recordarle mirándome cuando tenía quince años y me dijo que tenía suerte de ser tan inteligente.
—Entonces, sabía que podías marcar la diferencia.
—No por eso. Dijo que dado mi aspecto, no sería como si pudiera casarme particularmente bien. —Con la súbita inhalación de V, sonrió—. Mi padre era un victoriano[1] viviendo en los setenta y los ochenta. Quizás era por su origen inglés, quien sabe. Pero pensaba que las mujeres debían casarse y ocuparse de una gran casa.
—Eso es una cosa de mierda para decir a una jovencita.
—Él lo habría llamado sinceridad. Creía en la sinceridad. Siempre decía que Hannah era la bonita. Por supuesto, pensaba que era frívola. —Dios, ¿por qué demonios estaba hablando así?—. De todas formas, los padres pueden ser un problema.
—Sip. Lo entiendo. No sabes cuan jodidamente bien lo entiendo.
Cuando se quedaron en silencio, tuvo el presentimiento que también estaba hojeando mentalmente el álbum familiar.
Tras un momento, señaló con la cabeza la pantalla de plasma que había en la pared.
—¿Quieres ver una película?
Se volvió en la silla y empezó a sonreír.
—Dios, sí. No puedo recordar la última vez que vi una. ¿Qué tienes?
—Conecté el cable así que tenemos de todo. —Sin demostrar interés, inclinó la cabeza hacia las almohadas a su lado—. ¿Por qué no te sientas aquí? No podrás ver bien desde dónde estás sentada.
Mierda. Deseaba estar a su lado. Deseaba estar… cerca.
Incluso mientras el cerebro entorpecía la situación, fue hacia la cama y se acomodó a su lado, cruzando los brazos sobre el pecho y las piernas por los tobillos. Dios, estaba nerviosa de la misma forma que si tuviera una cita. Mariposas. Palmas sudorosas.
Hola, glándulas suprarrenales.
—¿De qué tipo prefieres ver? —preguntó mientras sostenía en la mano un mando a distancia con suficientes botones para lanzar el trasbordador espacial.
—Hoy estoy interesado en algo aburrido.
—¿De verdad? ¿Por qué?
Sus ojos diamantinos se posaron en ella, los párpados tan cerrados que era difícil leer su mirada.
—Oh, por ninguna razón. Pareces cansada, eso es todo.

En el Otro Lado, Cormia estaba sentada en el catre. Esperando. Otra vez.
Extendió las manos en el regazo. Cruzándolas de nuevo. Deseaba tener un libro en el regazo para distraerse. Mientras estaba sentada en silencio, consideró brevemente cómo sería tener un libro suyo. Quizás podría poner su nombre en la tapa así los otros sabrían que era suyo. Sí, le gustaría eso. Cormia. O incluso mejor, El libro de Cormia.
Por supuesto, lo prestaría si sus hermanas querían pedírselo prestado. Pero sabría, mientras se encontraba sostenido en otras manos y leída su impresión por otros ojos, que la encuadernación, las páginas y las historias en él eran suyas. Y el libro también lo sabría.
Pensó en la biblioteca de las Elegidas, con el bosque de pilas de libros y el delicioso y dulce olor a cuero y el lujo abrumador de palabras. El tiempo allí era realmente su refugio y su feliz reclusión. Había muchas historias para aprender, muchos lugares que sus ojos nunca esperarían contemplar, y amaba aprender. Esperando con ansia por ello. Hambrienta por ello.
Generalmente.
Este momento era diferente. Mientras estaba sentada en el catre y esperaba, no quería la lección por venir: Las cosas que estaba a punto de saber no eran lo que quería aprender.
—Saludos, hermana.
Cormia alzó la mirada. La Elegida que retiró el velo blanco de la puerta era un modelo de desinterés y servicio, una hembra honrada de verdad. Y la expresión de satisfacción calmada de Layla y su paz interior era algo que Cormia envidiaba.
Lo cual no estaba permitido. La envidia significaba que estabas separada del todo, que eras individualista, y una mezquina.
—Saludos. —Cormia se levantó, las rodillas flojas por el temor hacia dónde iban. Sin embargo a menudo había querido ver que había dentro del Templo del Primale, ahora deseaba no poner nunca sus pies dentro de los marmóreos confines.
Ambas se reverenciaron mutuamente y mantuvieron la pose.
—Es un honor ser de ayuda.
En voz baja, Cormia contestó:
—Estoy… estoy agradecida por la instrucción. Ve delante, si lo deseas.
Cuando la cabeza de Layla se alzó, sus pálidos ojos verdes sabían.
—Pensé que quizás podríamos hablar un poquito en lugar de ir directamente al Templo.
Cormia tragó saliva.
—Estaría a favor de eso.
—¿Puedo ponerme cómoda, hermana? —cuando Cormia asintió, Layla fue hacia el catre y se sentó, la blanca túnica se deslizó abriéndose a medio muslo—. Reúnete conmigo.
Cormia se sentó, el colchón bajo ella se sentía más duro que una piedra. No podía respirar, no podía moverse, apenas podía parpadear.
—Hermana mía, trataré de calmar tus miedos —dijo Layla—. Verdaderamente, gozarás de tu tiempo con el Primale.
—Claro. — Cormia se cerró las solapas de la túnica—. Pero visitará a otras, ¿no?
—Tú serás su prioridad. Cómo su primera compañera, ostentarás una figura especial para él. Para el Primale existe una rara jerarquía dentro de todo, y serás la primera entre todas.
—¿Pero cuánto tiempo pasará antes que vaya con las demás?
Layla frunció el ceño.
—Depende de él, sin embargo puedes opinar. Si le complaces, estará sólo contigo durante un tiempo. Es sabido que ha pasado con anterioridad.
—Sin embargo, ¿puedo decirle que busque a otras?
La perfecta cabeza de Layla se ladeó.
—En verdad, hermana, te va a gustar lo que pase entre vosotros.
—¿Sabes quién es? ¿Sabes la identidad del Primale?
—De hecho, le he visto.
—¿En serio?
—Claro. —Mientras la mano de Layla iba hacía el moño de cabello rubio, gesto que Cormia tomó como un signo de que la hembra estaba eligiendo las palabras con cuidado—. Él es... como un guerrero tiene que ser. Fuerte. Inteligente.
Cormia entrecerró los ojos.
— Lo aplazas para apaciguar mis miedos, ¿no?
Antes de que Layla pudiera responder, la Directrix apartó la cortina a un lado. Sin mediar palabra con Cormia, fue hacia Layla y le susurró algo.
Layla se levantó, con un sonrojo floreciendo en las mejillas.
—Iré enseguida. —Se giró hacia Cormia, con una extraña excitación iluminado sus ojos—. Hermana, te dejo en agradable compañía hasta mi regreso.
Como era costumbre, Cormia se levantó y se inclinó, aliviada de tener un aplazamiento para la lección fuera cual fuera la razón.
—Que estés bien.
La Directrix, sin embargo, no se marchó con Layla.
—Te llevaré al Templo y procederemos con tu instrucción.
Cormia se rodeó con los brazos.
—No debería esperar a Layla…
—¿Me estás cuestionando? —dijo la Directrix—. Claro que lo haces. Quizás luego desees confeccionar también la agenda para las lecciones, sabiendo tanto sobre la historia y significado del puesto para el cual has sido elegida. A decir verdad, estaré encantada de aprender de ti.
—Discúlpeme, Directrix —contestó Cormia completamente avergonzada.
—¿Qué hay que perdonar? Como primera compañera del Primale, serás libre de darme órdenes, así que quizás debería familiarizarme con tu liderazgo ahora. Dime, ¿prefieres que camine unos pasos tras de ti mientras vamos hacia el Templo?
Brotaron las lágrimas.
—Por favor, no, Directrix.
—Por favor no, ¿qué?
—Quiero seguirla —susurró Cormia con la cabeza inclinada—. No guiarla.

Ishtar fue la elección perfecta, pensó V. Aburrida a morir. Larguísima. Tan visualmente llamativa como un salero.
—Es el peor montón de mierda que he visto alguna vez —dijo Jane mientras bostezaba de nuevo.
Dios, tenía una bonita garganta.
Mientras V desnudaba los colmillos y se imaginaba practicando un mordisco clásico de Drácula, alzándose sobre el cuerpo postrado, se obligó a volver la mirada hacia Dustin Hoffman y Warren Beatty que caminaban penosamente por la arena. Había escogido ese bodrio esperando dejarla fuera de combate… así podría hacer un túnel en su mente y saberlo todo sobre ella.
Tenía una fuerte necesidad de tenerla contra su boca, aunque fuera sólo en el éter de un sueño.
Mientras esperaba que cayera dentro del sueño REM, se encontró con la mirada clavada en la fuga y perversamente pensando en el invierno… el invierno y su transición.

Fue algunas semanas después de que el pretrans cayera y muriera en el río que V pasó por el cambio. Había sido consciente de las diferencias en su cuerpo un poco antes de que le golpeara. Atormentado por dolores de cabeza. Constantemente hambriento aunque sintiendo náuseas si comía. Incapaz de dormir, sin embargo exhausto. Lo único que permanecía igual era su agresividad. Las exigencias del campamento significaban que siempre tenías que estar preparado para la batalla, así es que el temperamento arisco no caracterizaba cualquier cambio manifiesto en su comportamiento.
Fue en la mitad de una cruel y temprana tormenta de nieve que nació a su vida de macho adulto.
Como resultado del descenso de las temperaturas, las paredes de piedra de la cueva estaban heladas, el suelo bastaba para congelarte los pies aún llevando botas forradas de piel, el aire era tan frío que el aliento de la boca era una nube sin cielo. Mientras la arremetida prevalecía, los soldados y las hembras de la cocina dormían con los cuerpos amontonados, no para el sexo, si no para compartir el calor.
V sabía que el cambio se cernía sobre él, pues se despertó ardiendo. Al principio la comodidad del calor fue de gran ayuda, pero luego la fiebre se propagó por su cuerpo como un hambre atroz extendiéndose a través de él. Se retorció en el suelo, esperando alivio, sin encontrar ninguno.
Después de un tiempo que pareció eterno, la voz del Bloodletter penetró a través del dolor.
—Las hembras no te alimentarán.
En medio de su estupor, V abrió los ojos.
El Bloodletter se arrodilló.
—Seguramente sabes por qué.
V tragó saliva a través del puño que era su garganta.
—No lo sé.
—Dicen que las pinturas de la cueva te han poseído. Que tu mano ha sido poseída por los espíritus atrapados en las paredes. Que tu ojo ya no es tuyo.
Cuando V no contestó, el Bloodletter dijo:
—¿No lo niegas?
A través del laberinto en su cabeza, Vishous trató de calcular el efecto de sus dos respuestas imaginables. Se decantó por la verdad, no por hacer honor a la verdad en sí, si no por el instinto de auto conservación.
 —Yo... lo niego.
—¿Niegas lo que juiciosamente comentan los otros?
—¿Qué… dicen…?
—Que mataste a tu compañero en el río con la palma de la mano.
Era mentira, y los otros chicos que estaban allí lo sabían, así como vieron al pretrans caer por sí mismo. Las hembras debían haber asumido eso por el hecho de que la muerte había ocurrido y V había estado en los alrededores. Ya que ¿porqué los otros varones estarían deseosos de difundir evidencias de la fuerza de V?
¿O quizás era para su beneficio? Si V no tenía hembra de la que alimentarse, moriría. Lo cual no era una mala cosa para los otros pretrans.
—¿Qué dices? —exigió su padre.
Como V necesitaba aparentar fortaleza, habló entre dientes.
 —Le maté.
El Bloodletter sonrió de oreja a oreja a través de la barba.
—Lo sospechaba. Y por tu esfuerzo te traeré una hembra.
De hecho, le trajeron una y se alimentó. La transición fue brutal, larga y agotadora, y cuando acabó, su cuerpo se desbordaba fuera del jergón, los brazos y piernas helándose en el frío suelo de la caverna como la carne fresca de la matanza.
Aunque su sexo se había despertado como consecuencia, la hembra a la que habían forzado a alimentarlo no quiso saber nada con él. Le dio la sangre justa para el cambio; luego le dejó con lo huesos crujiendo y los músculos ensanchándose hasta que se desgarraron. Nadie le atendió, y mientras sufría llamaba a su madre mentalmente la que le había dado a luz. Se imaginaba su llegada hasta él radiante y con amor, acariciándole el cabello y diciéndole que todo estaba bien. En su patética visión, le llamó su amado lewlhen.
Regalo.
A él le habría gustado haber sido el regalo de alguien. Los regalos eran preciados, cuidados y protegidos. El diario del guerrero Darius había sido un regalo para V, aún así, el donante quizás no sabía que al olvidarlo había hecho un favor.
Regalo.
Cuando el cuerpo de V acabó con el cambio, se quedó dormido, luego despertó hambriento. Sus ropas se desgarraron durante la transición, así que se envolvió en una piel de animal y caminó con los pies descalzos hacia la cocina. Había poco para comer: royó un muslo, encontró algunos mendrugos, comió un puñado de harina.
Lamía el residuo blanco de la palma de la mano cuando su padre le dijo detrás de él:
—Tiempo de pelear.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Jane—. Estás completamente tenso.
V regresó al presente. Y por alguna razón no mintió.
—Estoy pensando acerca de los tatuajes.
—¿Cuándo te los hiciste?
—Hace casi tres siglos.
Silbó.
—Dios, ¿cuánto tiempo vives?
—Mucho. Suponiendo que no sea derrotado en una pelea y vosotros tontos humanos no hagáis explotar el planeta, respiraré durante otros setecientos años.
—Guau. Le das un concepto completamente nuevo a lo de tercera edad. —Se sentó inclinándose hacia delante—. Vuelve la cabeza. Quiero ver la tinta de tu rostro.
Aturdido por los recuerdos, hizo lo que le pidió porque no tenía la coherencia suficiente para pensar por qué no debería. Aún así, cuando alzó su mano, se estremeció.
Dejó caer el brazo sin tocarlo.
—Esos te los hicieron, ¿no? Probablemente al mismo tiempo que la castración, ¿verdad?
V retrocedió interiormente, pero no se movió. Se sentía completamente incómodo con la rutinaria compasión femenina, pero el asunto era, que la voz de Jane era objetiva. Directa. Así que podía responder objetiva y directamente.
—Sip. Al mismo tiempo.
—Voy a suponer que son advertencias, como las que tienes en la mano, la sien, los muslos e ingle. Voy a suponer que se trata de la energía en la palma de tu mano, la clarividencia, y el tema de la procreación.
¿Cómo si debiera sentirse sorprendido por su súper deducción?
—Cierto.
Su voz se agravó.
—Por eso te aterrorizaste cuando te dije que te retendría. Allá en el hospital en la UCIQ. Te ataron, ¿no?
Se aclaró la garganta.
—¿Lo hicieron, V?
Recogió el mando de la televisión.
 —¿Quieres ver algo más?
Cuando empezó a hacer zapping por los canales de películas, se hizo un completo silencio.
—Vomité en el funeral de mi hermana.
El pulgar de V se quedó quieto sobre el mando, deteniéndose en El Silencio de los Corderos. La miró.
—¿Lo hiciste?
—El momento más bochornoso y vergonzoso de mi vida. Y no sólo por cuando pasó. Lo hice sobre mi padre.
Mientras Clarice Starling se sentaba en una dura silla frente a la celda de Lecter, V deseó ardientemente información acerca de Jane. Quiso saber el curso entero de su vida desde el nacimiento hasta el presente, y quería saberlo todo ahora.
—Cuéntame qué pasó.
Jane se aclaró la voz como dándose ánimos, y no pudo ignorar el paralelismo con la película, con él mismo como el monstruo enjaulado y Jane como la fuente del bien, regalando pedacitos de sí misma para el consumo de la bestia.
Pero necesitaba saber tanto como necesitaba la sangre para sobrevivir.
—¿Qué ocurrió, Jane?
—Bueno, verás… mi padre era un gran partidario de la avena.
—¿Avena? —como no prosiguió, le dijo—: Cuéntame.
Jane cruzó los brazos sobre el pecho y miró al suelo. Luego sus ojos se encontraron.
—Para que quede claro, la razón por la que saco esto a relucir es para que hables de lo que te ocurrió. Ojo por ojo. Es como compartir cicatrices. Sabes, como la vez que te caíste de la litera en el campamento de verano. O, como cuando te cortaste con el borde metálico de una caja de Reynolds Wrap o cuando te golpeaste la cabeza con un… —frunció el ceño—. Vale… quizás nada de esto es un buen ejemplo, considerando la manera en que cicatrizas, pero funciona conmigo.
V tuvo que sonreír.
—Lo pillo.
—Supongo que ahora me toca a mí. O sea que si yo me abro, tú también. ¿Estás de acuerdo?
Mierda… Salvo que tenía que saber sobre ella.
—Supongo que sí.
—Vale, así mi padre y la avena. Él...
—¿Jane?
—¿Qué?
—Me gustas. Mucho. Tenía que decirlo.
Parpadeó un par de veces. Luego se aclaró la garganta otra vez. Amigo, ese rubor le sienta bien.
—Estabas hablando de la avena.
—Bien... sí... como iba diciendo, mi padre era un gran partidario de la avena. Nos hacía comerla a todos por la mañana, incluso en verano. Mi madre, mi hermana y yo teníamos que tragarnos esa asquerosidad por él, y esperaba a que te acabaras todo lo que había en el tazón. Solía observarnos comer, como si estuviéramos jugando al golf y corriéramos peligro de hacer mal el swing. Lo juro, medía el ángulo entre la columna vertebral y el agarre de la cuchara. En la cena solía... —se detuvo—. Estoy desvariando.
—Y podría oírte hablar durante horas, así que por mí no te centres.
—Sip, vale… centrarse es importante.
—Sólo si eres un microscopio.
Sonrió un poco.
—Regresando a la avena. Mi hermana murió el día de mi cumpleaños, un viernes por la noche. El funeral fue preparado rápidamente, porque mi padre se marchaba a presentar un artículo en Canadá el miércoles siguiente. Me enteré después que había programado esa presentación el día que Hannah fue encontrada muerta en su cama, sin duda porque quería que las cosas siguieran adelante. De todas formas… el día del funeral, me levanté y me sentí terriblemente mal. Simplemente miserable. Nada menos que mareada. Hannah… Hannah era lo único real en una casa llena de cosas bonitas y agradables. Era desordenada, escandalosa, feliz y… la quería mucho, y no pude soportar que la enterráramos. Habría odiado ser enjaulada así. Sip… de todas formas, para el entierro, mi madre salió y me compró uno de esos vestidos de abrigo negros. El problema fue, la mañana del funeral, cuando fui a ponérmelo, no me iba bien. Era demasiado pequeño, y me sentía como si no pudiera respirar.
—Naturalmente empeoró lo del estómago.
—Sip, pero bajé a la mesa del desayuno solamente con arcadas secas. Jesús, todavía puedo recordar lo que parecían sentados uno a cada lado de la mesa, uno frente al otro sin hacer contacto visual. Mi madre era como una muñeca de porcelana que había pasado por un mal control de calidad… estaba maquillada, tenía el cabello en su lugar, pero todo un poco desarreglado. El pintalabios era del color equivocado, no llevaba colorete, se veían las horquillas del moño. Mi padre estaba leyendo el periódico, y el sonido de esas páginas agitándose era tan alto como el disparo de una escopeta. Ninguno de ellos me dijo una palabra.
—Así es que me senté en la silla y no podía apartar la vista de la silla vacía al otro lado de la mesa. El tazón de avena aterrizó en la mesa. Marie, nuestra sirvienta, me puso la mano sobre el hombro mientras lo ponía frente a mí, y por un momento casi sufrí un colapso. Pero luego mi padre chasqueó ese periódico como si yo fuera un perrito meando en la alfombra, y cogí la cuchara y empecé a comer. Obligué a bajar la avena hasta tener arcadas. Y luego fuimos al funeral.
V quiso tocarla, y casi la alcanzó con la mano. En lugar de eso preguntó:
 —¿Cuántos años tenías?
—Trece. De todas formas, llegamos a la iglesia y estaba abarrotada, porque todo el mundo en Greenwich conocía a mis padres. Mi madre era desesperadamente cortés, y mi padre estaba estoicamente frío, eso era una situación más o menos normal. Recuerdo… sí, pensé que los dos estaban como siempre a no ser por el mal trabajo de maquillaje y el hecho que mi padre estuviera todo el rato jugando con el cambio de su bolsillo. Lo cual no era normal. Odiaba el ruido ambiental de cualquier tipo, y estaba sorprendida que el inquieto tintineo de las monedas no le molestara. Supongo que estaba bien porque tenía el control del sonido. Quiero decir, que podía detenerlo siempre que quisiera.
Cuando hizo una pausa y miró a través de la habitación, V quiso tratar de penetrar en su mente y ver exactamente que estaba reviviendo. No pudo... y no porque no estuviera seguro que podía hacerlo. Las revelaciones que libremente escogía compartir con él eran más preciosas que cualquier cosa que él pudiera tomar de ella.
—Primera fila —murmuró—. En la iglesia, estábamos sentados en la primera fila, a la derecha frente al altar. El ataúd cerrado, gracias a Dios, aunque supongo que Hannah estaba perfectamente hermosa. Tenía el cabello de un color rubio rojizo, mi hermana. Lo tenía lujoso y ondulado del tipo que veías en las Barbies. El mío era lacio como un palo. De todas formas...
V tuvo el fugaz pensamiento de que usaba las palabras de todas formas como un borrador sobre una pizarra atestada. Lo decía cada vez que necesitaba despejar las cosas que acababa de compartir y hacer un lugar para más.
—Sip, primera fila. El servicio empezó. Cantidad de música de órgano... y el asunto era, que esos tubos vibraban hacia arriba a través del suelo. ¿Has estado alguna vez en una iglesia? Probablemente no... De todas formas, puedes sentir los bajos cuando en verdad comienza a sonar. Naturalmente, el servicio fue en un lugar ceremonioso con un órgano que tenía más tubos que el sistema de alcantarillado de la ciudad de Caldwell. Dios, cuando eso empezó a sonar, fue como si estuvieras en un avión que estuviera despegando.
Cuando se detuvo a tomar aliento, V supo que la historia la estaba agobiando, llevándola a un lugar al que no iba de buena gana o a menudo.
Su voz era ronca cuando continuó.
—Así es que... estamos a la mitad de la misa, el vestido es demasiado apretado, el estómago me está matando y esa jodida avena de mi padre ha echado viles raíces y se están insertando en el interior del intestino. Y el sacerdote sube al atril para hacer el discurso mortuorio. Estaba sacado directamente de una selección de actores para el personaje principal, cabello cano, voz grave, vestido con una túnica marfil y dorado. Era el Obispo Episcopal para todo Connecticut, creo. De todos modos... empezó a hablar sobre el estado de gracia que aguarda en el cielo, y todas esas tonterías sobre Dios, Jesús y la Iglesia. Parecía más propaganda del cristianismo que algo para Hannah.
—Estaba sentada allí, sin seguir el hilo, cuando miré por encima y vi las manos de mi madre. Estaban apretadas en el regazo, con los nudillos completamente blancos... como si estuviera en una montaña rusa, sin embargo no se movía. Giré hacia la izquierda y miré las de mi padre. Tenía las palmas en las rodillas y todos los dedos clavados en ellas excepto el meñique derecho, el cual estaba moviéndose un poco. Ese estaba repiqueteando contra la fina lana del pantalón con un temblor tipo Parkinson.
V sabía hacia dónde iba.
—Y las tuyas —dijo suavemente—. ¿Qué hay de las tuyas?
Jane exhaló un pequeño sollozo.
—Las mías... las mías estaban completamente quietas, completamente relajadas. No sentía nada a excepción de la avena en el estómago. Oh... Dios, mi hermana estaba muerta y mis padres, los cuales eran tan poco emocionales como puedas imaginar, estaban afectados. ¿Yo? Nada. Recuerdo pensar que Hannah habría llorado si yo estuviera descansando sobre raso en un ataúd. ¿Yo? No podía.
—Así que cuando el sacerdote acabó el publirreportaje de cuan grande era Dios, y cuanta suerte tenía Hannah de estar con Él, bla, bla, bla, el órgano empezó a sonar. La vibración de los bajos de esos tubos se alzó desde suelo a través de mi asiento, y golpeó justo en la secuencia correcta. O en la equivocada, supongo. Vomité toda esa avena sobre mi padre.
Joder, pensó V. Alargó la mano y tomó la de ella.
—Maldita...
—Sip. Mi madre se levantó para llevarme fuera, pero mi padre le dijo que se quedara. Me llevó hacia una feligresa, le pidió que me llevara al baño, luego entró en el servicio de caballeros. Me dejaron sola en una silla del coro durante diez minutos, luego la feligresa regresó, me metió en su coche y me llevó a casa. Me perdí el entierro. —Inspiró—. Cuando mis padres regresaron a casa, ninguno de ellos vino a verme. Estuve esperando a que viniera alguno de ellos. Podía oírlos moverse por la casa hasta que todo quedó en silencio. Finalmente, bajé, para coger algo del frigorífico, y comer de pie en la barra, porque no teníamos permitido subir comida. Entonces tampoco lloré, aunque era una noche de mucho viento, lo cual me asustaba, la casa estaba en su mayor parte a oscuras y me sentía como si hubiera arruinado el funeral de mi hermana.
—Estoy seguro que estabas conmocionada.
—Sip. Que gracioso… estaba preocupada por si tendría frío. Sabes, la fría noche de otoño. El suelo frío. —Jane sacudió la mano a su alrededor—. De todas formas, a la mañana siguiente mi padre se fue antes de que me levantara, y no volvió a casa durante dos semanas. Continuó llamando y le decía a mi madre que iba a consultar sobre otro caso complejo en algún lugar del país. Mientras tanto, mi madre se levantaba cada día, se vestía y me llevaba a la escuela, pero en realidad no estaba presente. Se convirtió en un periódico. Las únicas cosas de las que hablaba eran el tiempo y qué había ido mal con la casa o el personal mientras estaba en la escuela. Al final mi padre regresó, y ¿sabes cómo me enteré de su inminente llegada? La habitación de Hannah. Cada noche iba a la habitación de Hannah y me sentaba con sus cosas. Lo que no podía entender era como sus ropas, libros y dibujos todavía estaban allí, pero ella no. No podía procesarlo. La habitación era como un coche sin motor, todo estaba dónde debía, a menos de una forma potencial. Nada iba a ser usado otra vez.
—La noche antes de que mi padre volviera, abrí la puerta de la habitación y… todo había desaparecido. Mi madre lo había limpiado todo y había cambiado la colcha y las cortinas. Pasó de ser la habitación de Hannah a una habitación de invitados. Así fue como supe que mi padre volvía a casa.
V le frotó el reverso de la mano con el pulgar.
—Jesús... Jane...
—Así que esa es mi revelación. Vomité la avena en vez de llorar.
Podía ver que estaba nerviosa y que deseaba haberse callado, y sabía cómo se sentía, porque él hacía lo mismo en aquellas pocas ocasiones en que había hablado de sus asuntos personales. Continuó acariciándole la mano hasta que se giro hacia él. Mientras el silencio se prolongaba, supo lo que estaba esperando.
—Sip —murmuró—. Me ataron.
—Y estuviste consciente durante todo el proceso, ¿no?
Su voz se aflautó.
—Sip.
Le tocó el rostro, recorriendo con la palma su mejilla ahora con barba.
—¿Los mataste por eso?
Levantó su palma enguantada.
—Esto tomó el control. El resplandor se encendió por todo el cuerpo. Ambos tenían las manos sobre mí, así que cayeron como piedras.
—Bien.
Mierda… realmente la amaba.
—Habrías sido una buena guerrera, ¿sabes?
—Soy una guerrera. La muerte es mi enemiga.
—Síp, lo es, en verdad. —Dios, tenía tanto sentido que se vinculara a ella. Era una guerrera… como él—. El bisturí es tu daga.
—Sip.
Se quedaron así, con las manos y los ojos entrelazados. Hasta, que sin aviso, ella le rozó el labio inferior con el pulgar.
Cuando él inspiró con un siseo susurró:
 —Sabes, no tengo que estar dormida.




Cuando John recuperó el conocimiento, tenía una ardiente fiebre. Su piel estaba en llamas, su sangre era un río de lava, la médula y sus huesos eran el horno que lo producía todo. Desesperado por refrescarse, rodó a un lado y quiso quitarse la ropa, excepto que no tenía camisa puesta, ni pantalones. Estaba desnudo mientras se retorcía.
—Tome mi muñeca —la voz femenina vino de un punto por encima y a la izquierda de él, y John inclinó la cabeza hacia el sonido, el sudor corriendo por su rostro como lágrimas. ¿O tal vez estaba llorando?
Duele, señaló con la boca.
—Su Gracia, tome mi muñeca. El proceso esta hecho.
Algo empujó contra sus labios y los humedeció con vino, rico vino. El instinto se elevó como una bestia. El fuego era, de hecho, un hambre, y lo que se le estaba ofreciendo era el sustento que necesitaba. Agarró lo que resultó ser un brazo, abrió ampliamente la boca y bebió con fuertes tragos.
Dios… El sabor era de la tierra y de la vida, embriagador, potente y adictivo. El mundo empezó a girar, a bailar en pointe, una montaña rusa, un remolino sin fin. En medio del remolino, tragó con desesperación, sabiendo sin que se lo dijeran que lo que estaba bajando por su garganta era el único antídoto contra la muerte.
La alimentación duró días y noches, pasaron semanas enteras. ¿O fue un abrir y cerrar de ojos? Se sorprendió de que después de todo tuviera un final… no le habría sorprendido enterarse de que el resto de su vida lo pasaría en la muñeca que le había sido dada.
Relajó su agarre succionador y abrió los ojos.
Layla, la rubia Elegida, estaba sentada a su lado en la cama, su túnica blanca era como un rayo de sol para sus sensibles ojos. En la esquina, Wrath estaba parado junto a Beth, los dos abrazados, con aspecto preocupado.
El cambio. Su cambio.
Elevó las manos y señaló como un borracho.
¿Es esto?
Wrath negó con la cabeza.
—Todavía no, está viniendo.
¿Viniendo?
—Haz algunas inspiraciones profundas —dijo el Rey—. Vas a necesitarlas. Y escucha, estamos aquí mismo, ¿ok? No te vamos a dejar.
Mierda, eso era cierto. La transición tenía dos partes, ¿verdad? Y la parte dura todavía tenía que llegar. Para combatir el miedo, se recordó que Blay la había pasado. Al igual que Qhuinn.
Y todos los hermanos.
Y su hermana.
Encontró los ojos azul oscuro de Beth, y de ninguna parte le vino una visión borrosa. Estaba en un club… en un club gótico… Tohrment. No, estaba viendo a Tohr con alguien, un macho grande, un macho del tamaño de un hermano, cuyo rostro John no podía ver.
John frunció el ceño, preguntándose porqué demonios su cerebro le mostraría algo como eso. Y entonces escuchó al extraño hablar.
Es mi hija, Tohr.
Es mestiza, D. Ya sabes lo que piensa de los humanos. —Tohrment movió la cabeza—. Mi tatarabuela lo era y no me ves precisamente alardeando de eso ante él.
Estaban hablando sobre Beth, ¿no?... lo que quería decir que el extraño con las facciones borrosas era el padre de John. Darius.
John se esforzó por enfocar la visión para poder mirar una vez el rostro de su padre, rogando tener claridad cuando Darius levantó la mano para captar la atención de una camarera antes de señalar a su botella vacía de cerveza y el vaso casi vacío de Tohrment.
No dejaré que muera otro de mis hijos —dijo—. Y menos si hay una posibilidad de salvarla. De cualquier modo, ni siquiera estamos seguros de que vaya a cambiar. Podría acabar viviendo una vida feliz, sin enterarse jamás de mi condición. No sería la primera vez que sucede.
¿Su padre había sabido alguna vez de él? se preguntó John. Probablemente no, ya que John había nacido en el lavabo de una parada de autobús, y lo habían dejado para que muriera. Un macho al que le importaba tanto su hija, también le habría importado su hijo.
La visión empezó a desvanecerse, y cuanto más intentaba John agarrarse a ella, más rápido se desintegraba. Justo antes de desaparecer, miró el rostro de Tohr. El corte de cabello militar, los fuertes huesos y los perspicaces ojos hicieron que a John le doliera el pecho. También lo hizo la forma en que Tohr miraba al macho que se sentaba con él al otro lado de la mesa. Estaban unidos. Eran mejores amigos, parecía.
Qué maravilloso habría sido, pensó John, tenerlos a ambos en su vida…
El dolor que lo golpeó fue cósmico, un big bang que escindió a John y envió sus moléculas girando sobre el núcleo. Todo pensamiento, todo razonamiento se perdió, y no tuvo más opción que someterse. Abriendo la boca, gritó sin emitir ningún sonido.

Jane no podía creer que estuviera mirando a un vampiro a la cara y rogándole que se acostara con ella. Y aún así, al mismo tiempo, nunca había estado más segura de nada en su vida.
—Cierra los ojos —dijo V.
—¿Porque me vas a besar de verdad? —Por favor, Dios, permite que ese sea el caso.
V estiró la mano enguantada y recorrió con ella el rostro de Jane. Su palma era cálida y grande, y olía a especias oscuras.
—Duerme, Jane.
Frunció el ceño.
—Quiero hacerlo despierta.
—No.
—¿Por qué?
—Es más seguro de esa forma.
—Espera, ¿quieres decir que me puedes dejar embarazada? —¿Y qué pasaba con las ETS[2]?
—Se sabe que ha pasado con humanos en alguna ocasión, pero no estás ovulando. Lo olería. Y respecto a las enfermedades que se pudieran transmitir, no las tengo, y tú no me podrías pasar ninguna, pero nada de eso es lo que importa. Es más fácil para mí tomarte cuando no estás despierta.
—¿Quién lo dice?
Se movió en la cama, impaciente, inquieto. Con ganas de sexo.
—En sueños es la única manera en la que puede pasar.
Hombre, que suerte que estuviera decidido a ser un caballero. Bastardo.
Jane se apartó y se puso en pie.
—Las fantasías no me interesan. Si no quieres que estemos juntos verdaderamente, entonces no vamos a llegar a eso.
Se puso parte del edredón sobre las caderas, cubriendo una erección que empujaba contra el pijama de franela.
—No quiero hacerte daño.
Le lanzó una mirada de enfado que era parte frustración sexual, parte Gertrude Stein[3].
—Soy más fuerte de lo que parezco. Y para serte franca, toda esa mierda de macho-controlador, estoy-haciendo-lo-mejor-para-ti me da alergia.
Se dio la vuelta con la barbilla erguida, pero entonces se dio cuenta de que realmente no tenía ningún lugar al que marcharse. Qué manera de hacer una salida.
Enfrentada con una falta total de alternativas, fue al cuarto de baño. Mientras caminaba entre la ducha y el lavabo, se sintió como un caballo en un establo…
Sin ninguna advertencia, fue derribada desde atrás, empujada de cabeza contra la pared y sostenida así por un cuerpo duro como una roca, que la doblaba en tamaño. Su grito sofocado fue primero de sorpresa, después de sexo, cuando sintió a V frotarse contra su culo.
—Intenté decir que no —rugió mientras enterraba la mano en su cabello y lo aferraba, tirándole la cabeza hacia atrás. Mientras lanzaba un grito, se humedeció entre las piernas—. Intenté ser decente.
—Oh… Dios….
—Rezar no te va a ayudar. Demasiado tarde para eso, Jane. —Había pesar en su voz… y también algo inevitable y erótico—. Te di la oportunidad de tenerlo a tu manera. Ahora lo haremos a la mía.
Deseaba esto. Lo deseaba a él.
—Por favor…
—Shh. —Con un giro de la muñeca, le inclinó la cabeza a un lado, descubriéndole la garganta—. Cuando quiera que supliques, te lo diré. —Su lengua se sentía cálida y húmeda al recorrerle el cuello—. Ahora pregúntame lo que te voy a hacer.
Abrió la boca, pero sólo pudo jadear.
Vishous le agarró el cabello con más fuerza.
Pregúntame. Di: “¿Qué me vas a hacer?”
Ella tragó.
—¿Qué… qué me vas a hacer?
La giró hacia un lado, en todo momento presionando las caderas contra su culo.
—¿Ves ese lavabo, Jane?
—Sí… —Joder, iba a tener un orgasmo…
—Voy a inclinarte sobre ese lavabo y te vas a agarrar a los laterales. Después te voy a quitar los pantalones.
Oh, Jesús…
—Pregúntame qué viene después, Jane. —Volvió a lamer su garganta, y luego presionó lo que ella reconoció como un colmillo contra el lóbulo de su oreja. Hubo una deliciosa punzada de dolor, seguida de otra ráfaga de calor entre las piernas.
—¿Qué hay… después? —susurró.
—Me voy a poner de rodillas. —Bajó la cabeza y le mordisqueó la clavícula—. Dime ahora: “Y luego qué, V.”
Casi sollozó, tan excitada que le empezaron a fallar las piernas.
—¿Y luego qué?
Él le tiró del cabello.
—Te olvidaste de la última parte.
¿Cuál era la última parte… cuál era la última…?
—V.
—No, ahora empieza de nuevo. Desde el principio. —Empujó su erección contra ella, una rígida dureza que claramente quería estar en su interior ahora—. Empieza de nuevo, y esta vez hazlo bien.
De ninguna parte, un orgasmo comenzó a recorrerla, el impulso arrastrado por su voz ronca sobre ella…
—Oh, no, no lo tendrás. —Se apartó de su cuerpo—. No te correrás ahora. Cuando te diga que puedes, lo harás. No antes.
Desorientada y dolorida, se quedó floja cuando la necesidad de alcanzar la liberación se alejó.
—Ahora di las palabras que quiero escuchar.
¿Cuáles eran?
—¿Y luego qué… V?
—Me voy a poner de rodillas, pasaré las manos por la parte interior de tus muslos, y te abriré para mi lengua.
El orgasmo le volvió como una oleada, haciendo que le temblaran las piernas.
—No —dijo con un gruñido—. Ahora no. Y sólo cuando yo diga.
La colocó en el lavabo e hizo exactamente lo que había dicho que haría. Se inclinó, le puso las manos en cada lado del lavabo, y le ordenó:
—Sujétate.
Ella apretó las manos con fuerza.
Usó ambas palmas en ella, recorriéndole la piel bajo la camisa, acunándole los pechos. Después estuvieron en su estómago y le rodearon las caderas.
Le bajó los pantalones con un brusco tirón.
—Oh… joder. Esto es lo que quiero. —Su mano cubierta de cuero le apretó el culo y lo masajeó—. Levanta esta pierna.
Lo hizo y los pantalones de yoga desaparecieron de su pie. Le separó los muslos y… sí, sus manos, una con guante, la otra no, empezaron a subir. Su centro estaba caliente y necesitado mientras se sentía descubierta ante él.
—Jane —susurró de forma reverente.
No hubo preludio, ni suavidad en lo que hizo. Fue su boca. El centro de ella. Dos pares de labios encontrándose. Los dedos de él se clavaron en sus nalgas y la mantuvieron quieta mientras trabajaba, y ella perdió totalmente la noción de lo que era su lengua, o su perilla, o su boca. Se sintió penetrada entre lentos lengüetazos, escuchó los sonidos de carne contra carne, supo el dominio que tenía sobre ella.
—Córrete para mi —le exigió contra su centro—. Ahora mismo.
El orgasmo llegó en una devastadora explosión que la hizo sacudirse contra el lavabo hasta que una de las manos se le escurrió. No se cayó sólo porque el brazo de V salió disparado y le dio algo a lo que agarrarse.
La boca de él la soltó, y le besó ambas nalgas. Después le deslizó la palma por la columna mientras ella se dejaba caer contra sus brazos.
—Ahora voy a entrar dentro de ti.
El sonido de su pijama siendo bajado de un tirón fue más ruidoso que su propia respiración, y el primer roce de la erección contra la parte superior de sus caderas casi la volvió loca otra vez.
—Deseo esto —dijo con voz gutural—. Dios… deseo esto.
Entró en ella con un duro empuje que llevó sus caderas contra el trasero femenino, y aunque Jane era la que absorbía el tremendo contorno de Vishous, fue él el que gritó. Sin ninguna pausa, empezó a bombear en ella, apoyándose en la cintura de la mujer, moviéndola hacia delante y atrás para que siguiera sus empujes. Con la boca abierta, los ojos abiertos, y los oídos saboreando los deliciosos sonidos del sexo, Jane se sujetó contra el lavabo y otro orgasmo la invadió. Mientras se volvía a correr, el cabello le caía sobre el rostro, su cabeza se sacudía, sus cuerpos golpeaban uno contra el otro.
Era algo que nunca había conocido. Era sexo a la millonésima potencia.
Y entonces sintió que su palma enguantada le agarraba el hombro. Mientras la enderezaba, continuaba penetrándola, dentro y fuera, dentro y fuera. La mano de Vishous se movió hacia su garganta, se colocó en su barbilla, y le inclinó la cabeza hacia atrás.
—Mía —gruñó, bombeando dentro de ella.
Y entonces la mordió.





[1] Victoriano: En el contexto quiere decir que era exageradamente conservador.
[2] Enfermedades de Transmisión Sexual.
[3] Escritora y poetisa estadounidense vanguardista, una figura clave del ambiente artístico y literario de su época. Además, tenía una fuerte personalidad, y era feminista y lesbiana.



Cuándo John se despertó, el primer pensamiento que atravesó su mente fue que quería un helado con baño de chocolate caliente con trocitos de bacon encima. Lo cual era, desagradable, realmente.
Excepto que, maldición… chocolate y bacon serían el cielo justo ahora.
Abrió los ojos y se sintió aliviado de estar mirando fijamente al techo familiar de la habitación donde dormía, pero estaba confuso en cuanto a lo que le había sucedido. Era algo traumático. Algo de gran importancia. Pero, ¿qué?
Levantó una mano para frotarse los ojos… y dejó de respirar.
La cosa unida a su brazo era enorme. Como la palma de un gigante.
Levantó la cabeza y miró hacia abajo a su cuerpo… o al cuerpo de alguien. ¿En algún momento durante el día había sido un donante de cabeza? Porque estaba seguro como el infierno que su cerebro no había estado conectado a algo parecido antes.
La transición.
—¿Cómo te sientes, John?
Miró hacia donde había sonado la voz de Wrath. El Rey y Beth estaban al lado de la cama, luciendo absolutamente agotados.
Tenía que concentrarse para formar las palabras con las manos.
¿La atravesé?
—Si. Si, hijo, lo hiciste. —Wrath se aclaró la garganta, y Beth acarició su antebrazo tatuado como si supiera que luchaba con las emociones—. Felicitaciones.
John parpadeó rápidamente, su pecho apretándose.
¿Todavía soy… yo?
—Si. Siempre.
—¿Me voy? —dijo una voz femenina.
John giró la cabeza. Layla estaba de pie en un rincón oscuro, su rostro perfectamente hermoso y su cuerpo perfectamente hermoso en las sombras
Erección. Instantánea.
Como si alguien hubiera inyectado acero en su miembro.
Manoteó para asegurarse de que estaba cubierto, y agradeció a Dios cuando se dio cuenta que tenía una manta encima. Mientras se recostaba en la almohada, escuchó a Wrath hablando, pero la atención de John estaba en el latido entre sus piernas… y en la mujer al otro lado de la habitación.
—Sería un placer para mí quedarme —dijo Layla haciendo una profunda reverencia.
Quedarse estaba bien, pensó John. Su permanencia era…
Espera, y un infierno era bueno. No iba a tener sexo con ella, por amor de Dios.
Ella dio un paso adelante, al halo de luz derramado por la lámpara al lado de la mesita de noche. Su piel era blanca como la luz de la luna, suave como una sábana de satén. Debía ser suave, también… bajo sus manos, bajo su boca… bajo su cuerpo. Abruptamente la mandíbula superior de John hormigueó a ambos lados, justo delante, entonces algo sobresalió de la boca. Una rápida caricia de su lengua y sintió las afiladas puntas de sus colmillos.
El sexo rugió por su cuerpo hasta que tuvo que alejar la mirada de ella.
Wrath rió entre dientes, como si supiera por lo que John estaba pasando.
—Os dejaremos. John, estaremos justo en el otro extremo del pasillo por si necesitas algo.
Beth se inclinó y apenas le rozó la mano con la suya, como si supiera exactamente como de sensible estaba su piel.
—Estoy muy orgullosa de ti.
Mientras sus ojos se encontraban, lo que le vino a la mente fue: Y yo de ti.
Lo cual no tenía absolutamente ningún sentido. Así que en vez de ello, señaló torpemente:
 Gracias.
Un momento después se habían ido, la puerta encerrándoles a él y a Layla juntos. Oh, esto no era bueno. Se sintió como si estuviera sobre un potro salvaje corcoveando, por el control que tenía sobre su cuerpo.
Como no era seguro mirar a la Elegida, echó un vistazo hacia el cuarto de baño. A través de la puerta, vio la ducha de mármol y tuvo un caso grave de añoranza.
—¿Querría lavarse, Su Gracia? —dijo Layla—. ¿Quiere que deje correr el agua para usted?
Asintió para conseguir mantenerla ocupada con algo mientras trataba de averiguar que hacer consigo mismo.
Tómala. Jódela. Tómala de doce maneras diferentes.
Bien, si, eso no era lo que debería estar haciendo.
La ducha se abrió y Layla regresó, y antes de que supiera lo que estaba haciendo, la manta se apartó de su cuerpo. Sus manos se dispararon para cubrirse pero los ojos de ella llegaron a la erección primero.
—¿Puedo ayudarle con el baño? —su voz era ronca, y miraba fijamente sus caderas como si lo aprobara.
Lo cual hizo crecer ese inmenso peso que tenía bajo las palmas aún más.
—¿Su Gracia?
¿Cómo se suponía que podría hacer señas en esa condición?
Daba igual. No le entendería de todos modos.
John sacudió la cabeza, luego se sentó, manteniendo una mano sobre si mismo y plantando la otra en el colchón para estabilizarse. Mierda, se sentía como una mesa cuyos tornillos hubieran sido aflojados en su totalidad, los componentes que lo constituían ya no encajaban juntos adecuadamente. Y el viaje al cuarto de baño parecía como una carrera de obstáculos, aunque no había nada en su camino.
Al menos ya no estaba concentrado únicamente en Layla.
Manteniéndose cubierto, permaneció tambaleándose dentro del cuarto de baño, tratando de no pensar en como le estaba enseñando el culo a Layla. Mientras andaba, imágenes de potros recién nacidos jugaban en su cabeza, particularmente unas donde patas larguiruchas se doblaban como alambres mientras luchaban por levantarse. Como los entendía. Parecía como que en cualquier momento sus rodillas iban a irse de vacaciones y él iba organizar una venta de garaje como un idiota.
Bien. Estaba en el cuarto de baño. Buen trabajo.
Ahora si sólo pudiera evitar caerse sobre el mármol. Aunque, Dios, conseguir lavarse valdría las contusiones. Excepto que incluso la ducha que tanto deseaba era un problema. Meterse bajo el suave rocío de agua caliente, fue como ser azotado con un látigo, y saltó hacia atrás… sólo para captar por el rabillo del ojo como Layla se desvestía.
Santa mierda… Era hermosa.
Cuando se le unió se quedó mudo, y no porque no tuviera una caja de resonancia. Sus pechos eran llenos, los pezones rosáceos apretados en el medio de su exuberante peso. La cintura parecía lo bastante pequeña como para que pudiera rodearla con sus manos. Las caderas eran un equilibrio perfecto a sus hombros estrechos. Y su sexo… su sexo aparecía descubierto ante sus ojos, la piel lisa y sin vello, la pequeña abertura formada por dos pliegues que estaba desesperado por separar.
Se sujetó a si mismo con ambas manos, como si su polla fuera capaz de liberarse saltando el cerco que sostenía sobre su pelvis.
—¿Puedo lavarle, Su Gracia? —dijo mientras el vapor se arremolinaba entre ellos como una fina tela en una suave brisa.
La erección detrás de sus manos dio un tirón.
—¿Su Gracia?
Su cabeza asintió. Su cuerpo latió. El pensamiento de Qhuinn hablando acerca de lo que había hecho con la hembra que había tenido. Oh, Jesus… Y ahora le estaba sucediendo a John.
Ella cogió el jabón y lo masajeó entre sus palmas, haciendo rodar la barra una y otra vez, formando espuma blanca que goteaba en el mosaico. Se imaginó su miembro entre esas manos y tuvo que respirar por la boca.
Mira el vaivén de sus senos, pensó mientras se lamía los labios. Se preguntó si le dejaría besarla allí. ¿A que sabría? Le dejaría ir entre sus…
Su miembro saltó, y dejó salir un gemido lastimero.
Layla devolvió el jabón al pequeño hueco que había en la pared de mármol.
—Seré suave, ya que ahora está sensible.
Tragó fuerte y rezó para no perder el control mientras las manos espumosas venían hacia él y se posaban en sus hombros. Desgraciadamente la anticipación era mucho más agradable que la realidad. Su ligero toque fue como papel de lija sobre una quemadura de sol… y aún así anhelaba el contacto
La deseaba. Con el olor del jabón francés flotando en el aire húmedo, las palmas bajaron por sus brazos, luego volvieron a subir hacia su ahora tremendo pecho. La espuma corrió por su vientre hasta llegar a sus manos, enredándose entre sus dedos antes de gotear por su sexo en suaves montones.
La miró fijamente a la cara mientras se demoraba en su pecho, encontrando más allá de lo erótico que sus ojos color verde pálido vagaran por su nuevo, gran cuerpo.
Estaba hambrienta, pensó. Hambrienta de lo que él estaba sosteniendo entre las manos. Hambrienta de lo que él quería darle.
Cogió el jabón del hueco nuevamente y se arrodilló ante él, las rodillas sobre el mármol. Su cabello todavía estaba recogido en un moño, y él quería soltarlo, quería ver como se veía mojado y aplastado contra sus pechos.
Cuando puso las manos en la parte de debajo de su pierna y empezó a subir, levantó la vista. En un instante la vio tomando la cabeza de su erección, estirando la boca ampliamente, las mejillas chupándose hacia adentro mientras se afanaba sobre él.
John gimió y se tambaleó, golpeándose el hombro.
—Deje caer los brazos, Su Gracia.
Aunque estaba aterrorizado por lo iba a suceder a continuación, quería obedecerla. Excepto que… ¿y si quedaba en ridículo? ¿Qué sucedería si se corría sobre su rostro porque no podía contenerse? ¿Que pasaba si…
—Su Gracia, deje caer los brazos.
Lentamente dejó caer las manos, y la erección sobresalió erguida de sus caderas, no tanto desafiando la gravedad como estando totalmente fuera de su alcance.
Oh, Jesus. Oh, Jesús… Ella levantaba la mano hacia…
En el instante en que tocó su miembro, la erección se desinfló: de la nada se vio a si mismo en un hueco de escalera roñoso. Retenido a punta de cuchillo. Violado mientras lloraba silenciosamente.
John se soltó de un tirón y se tropezó fuera de la ducha, los mojados pies y las flojas rodillas haciendo que resbalara en el suelo. Para evitar caer, plantó el culo en el inodoro.
No digno. No varonil. Que típicamente jodido. Finalmente tenía un cuerpo grande, pero no era más macho que cuando había tenido uno pequeño.
El agua se cortó y oyó a Layla cubriéndose con una toalla. Su voz temblorosa.
—¿Le gustaría que me fuera?
Asintió, demasiado avergonzado para mirarla.
Cuando mucho después, levantó la mirada, estaba solo en el cuarto de baño. Solo y frío, perdido el calor de la ducha, todo ese glorioso vapor ido como si nunca hubiera estado.
Su primera vez con una hembra… y había perdido la erección. Dios, quería vomitar.

V rasgó la piel de Jane con los colmillos, penetrando en su garganta, pinchando su vena, aferrándose a ella con los labios. Como era humana, la oleada de poder al beber no provenía de la composición de su sangre, sino del hecho de que era ella. Su sabor era lo que había buscado. Su sabor… y el consumo de una parte de ella.
Cuando gritó, supo que no era de dolor. Su cuerpo estaba borracho debido a la excitación, y ese aroma se hizo aún más fuerte cuando tomó lo que quería de ella, tomaba su sexo con el miembro, tomaba su sangre con la boca.
—Córrete conmigo —dijo con voz ronca, liberando su garganta y dejándola apoyada contra el lavabo otra vez—. Córrete… conmigo.
—Oh, Dios…
V se apretó contra sus caderas mientras se corría, y ella saltó el borde con él, su cuerpo succionando su erección justo igual que como él lo había hecho en su cuello. El intercambio se sentía justo y satisfactorio; ella estaba ahora en él, y él en ella. Era correcto. Era bueno.
Mia.
Después que terminó, ambos respiraban con dificultad.
—¿Estás bien? —preguntó con un suspiro, muy consciente de que esa pregunta nunca antes había salido de su boca después del sexo.
Cuando no respondió, se apartó un poco de ella. En su pálida piel podía ver las marcas que había dejado en ella, rojas por su trato rudo. Casi todas con las que se había acostado alguna vez habían acabado con ellas, porque le gustaba rudo, lo necesitaba rudo. Y nunca se había preocupado por lo que dejaba detrás en el cuerpo de las otras personas.
Las marcas le molestaban ahora. Le molestaban incluso más mientras se limpiaba la boca con la mano y salía con una mancha de su sangre.
Oh, Jesús… la había usado muy violentamente. Había sido demasiado duro.
—Jane, lo sient…
 —Asombroso. —Sacudió la cabeza, el montón de cabello rubio balanceándose contra sus mejillas—. Eso fue… asombroso.
—Estás segura que no te hice…
—Sencillamente asombroso. Aunque tengo miedo de abandonar este lavabo porque me caeré.
El alivio invadió su cabeza, como un zumbido borracho.
—No quería lastimarte.
—Me arrollaste… pero de la manera en que si tuviera una amiga intima la llamaría y sería como, “Oh, Dios mío he tenido el sexo de mi vida”.
—Bien. Eso es… bueno.
No quería salir de su interior, especialmente si hablaba de esa manera. Pero movió las caderas hacia atrás y la liberó de su erección para que tuviera un descanso.
Por la espalda era exquisita. Tan hermosa que te hacía latir las sienes. Totalmente comestible. Su excitación latió como un corazón mientras se subía el pantalón del pijama y se embutía a si mismo en la franela.
V enderezó a Jane lentamente y la miró a la cara a través del espejo. Sus ojos estaban vidriosos, la boca abierta, las mejillas ruborizadas. En el cuello las marcas del mordisco estaban exactamente donde las quería; justo donde todos pudieran verlas.
La giró para encararlo y recorrió con su índice enguantado su garganta, cogiendo el delgado rastro de sangre de las perforaciones. Lamió el cuero negro, saboreando su sabor, queriendo más.
—Voy a sellar esto, ¿ok?
Asintió, y él bajó la cabeza. Mientras recorría los agujeros delicadamente con la lengua, cerró los ojos y se perdió acariciándola con la nariz. La próxima vez quería ir entre sus piernas y tomar la vena que latía en la unión de sus caderas, perforarla allí así podría alternar entre chupar su sangre y lamer su sexo.
Se inclinó a un lado y abrió la ducha, entonces le quitó la camisa que llevaba. Sus pechos estaban cubiertos con encaje blanco, las puntas rosas eran visibles a través del encantador diseño. Inclinándose, succionó uno de sus pezones a través del fino tejido y fue recompensado con su mano metiéndose suavemente entre su cabello y con un gemido que burbujeó en su garganta.
Gruño y deslizó la palma entre sus piernas.
Lo que había dejado antes estaba en la parte interna de sus muslos y aunque le hiciera ser un estúpido bastardo, quería que se quedara allí. Quería dejar aquella sustancia donde estaba y poner más dentro de ella.
Ah, si, los instintos de un macho vinculado. Quería que lo llevara como si fuera su propia piel, por todas partes.
Le quitó el sostén y la metió con cuidado en la ducha, sosteniéndola por los hombros, colocándola bajo el chorro. Dio un paso dentro, mojándose el pantalón del pijama, sus pies sintiendo el suave suelo de mármol. Pasándole las manos por el cabello y apartando las cortas ondas rubias de su rostro, la miró a los ojos.
Mia.
—Aún no te he besado —dijo.
Se arqueó contra él y usó su pecho para equilibrarse, justo como él la quería.
—No, en la boca no.
—¿Puedo?
—Por favor.
Mierda, se puso nervioso mientras miraba sus labios. Lo cual era extraño. Había tenido mucho sexo a lo largo de su vida, de todas clases y combinaciones diferentes, pero la perspectiva de besarla decorosamente barrió con todo eso. Era la virgen que nunca había sido, despistado y tímido.
—Así que, ¿vas a hacerlo? —preguntó mientras él se paralizaba.
Oh… mierda.
Con una sonrisa como la de la Mona Lisa, le puso las manos sobre el rostro.
—Ven aquí.
Le bajó hasta ella, inclinándole la cabeza, y le rozó los labios con los suyos. El cuerpo de Vishous se estremeció. Había sentido el poder antes, el suyo en los músculos, el de su maldita madre en su destino, el del Rey en su vida, el de sus hermanos en el trabajo, pero nunca había permitido que ninguno de ellos le dominara.
Jane le dominó ahora. Tenía absoluto poder sobre él mientras le acunaba el rostro entre las palmas de las manos.
La acercó y presionó los labios más fuerte contra los suyos, la comunión una dulzura que nunca habría creído que querría, mucho menos que reverenciaría. Cuando se separaron enjabonó sus suaves curvas y la enjuagó. Le puso champú en el cabello. La limpió entre las piernas.
Tratarla con cuidado era como respirar… una función automática de su cuerpo y mente sobre la que ni siquiera tenía que pensar.
Cerró el agua, y la secó con la toalla, entonces la levantó en brazos y la llevó de vuelta a la cama. Se estiró sobre el edredón negro, puso los brazos sobre la cabeza, separó ligeramente las piernas, nada excepto la sonrojada piel femenina y músculos.
Le miró fijamente por debajo de los párpados caídos.
—Tu pijama está mojado.
—Si.
—Estás duro.
—Lo estoy.
Ella se arqueó en la cama, la ondulación recorriendo su torso desde las caderas hasta los pechos.
—¿Vas a hacer algo al respecto?
Descubrió los colmillos y siseó.
—Si me dejas.
Movió una de las piernas a un lado y las córneas de él casi empiezan a sangrar. Su centro brillaba, y no debido a la ducha.
—¿Acaso a ti esto te parece un no? —dijo
Se arrancó los pantalones y estuvo sobre ella en un latido de corazón, besándola profunda y largamente, levantando las caderas, posicionándose, penetrándola. Era mucho mejor así, en la realidad, no en un estado de ensueño. Mientras se corría por él una vez, dos… más… se le rompió el corazón.
Por primera vez tenía relaciones sexuales con alguien a quien amaba.
Sintió un momentáneo pánico ciego por su exposición. ¿Cómo demonios había sucedido esto?
Pero, entonces, este era su último —bueno, su único— intento en la cosa del amor, verdad. Y ella no iba a recordar ninguna cosa, así que era seguro. El corazón de ella no iba a romperse al final.
Además… bueno, su falta de memoria lo haría más seguro para él también, verdad. En cierto modo era como la noche en que él y Wrath habían sacado su mierda, y V había hablado sobre su madre.
Cuantas menos personas supieran sobre él, mejor.
Salvo que, maldición, ¿por qué infiernos el pensamiento de limpiar la mente de Jane hacía que le doliera pecho?
Dios, se iba a ir tan pronto.
 

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