sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 25 26 27


En el Otro Lado, Cormia salió del Templo del Primale y esperó a que la Directrix cerrara las enormes puertas doradas. El Templo estaba en la cima de un elevado montículo, una corona dorada en la parte superior de una pequeña colina, y desde ahí era completamente visible el recinto de las Elegidas: los blancos edificios y los templos, el anfiteatro, las pasarelas cubiertas. Los espacios entre los puntos de referencia estaban alfombrados con césped blanco recortado que nunca crecía, nunca cambiaba, y como siempre, la vista ofrecía poco hacia el horizonte, sólo la mancha difusa del límite del lejano bosque blanco. El único color en la composición era el azul claro del cielo, e incluso ése se difuminaba en los bordes.
—Así termina tu lección —dijo la Directrix mientras despojaba su cuello de la elegante cadena de llaves y cerraba las puertas—. De acuerdo con la tradición, deberás presentante para el primero de los rituales purificadores cuando vayamos a buscarte. Hasta entonces, deberás ponderar la gracia que te ha sido dada y el servicio que proveerás para el beneficio de todas nosotras.
La Directrix dijo las palabras con el mismo tono duro empleado para describir lo que el Primale le haría al cuerpo de Cormia. Una y otra vez. Cuando quisiera.
Los ojos de la Directrix tenían un brillo calculador mientras se volvía a poner el collar, y un sonido tintineante se elevó cuando las llaves se asentaron contra sus senos.
—Que estés bien, hermana.
Mientras la Directrix caminaba bajando la colina, su túnica blanca no se distinguía del suelo ni de los edificios, otra mancha blanca que se diferenciaba únicamente porque estaba en movimiento.
Cormia se llevó las manos al rostro. La Directrix le había dicho, no, le había jurado, que lo que sucedería bajo el Primale sería doloroso, y Cormia la creía. Los detalles gráficos habían sido asombrosos, y se temía que de ninguna manera podría pasar la ceremonia de apareamiento sin quebrarse… para desgracia de todas las Elegidas. Como la representante de todas ellas, Cormia tenía que proceder como se esperaba y con dignidad, o mancharía la venerable tradición a la que servía, contaminándola por entero.
Miró por encima del hombro al Templo y se puso la mano en la parte inferior del vientre. Estaba fértil, como todas las Elegidas lo estaban en todo momento en este lado. Podría engendrar un bebé del Primale desde la primera vez que estuviera con él.
Querida Virgen en el Fade, ¿Por qué había sido elegida?
Cuando volvió a darse la vuelta, la Directrix estaba en la base de la colina, tan pequeña en comparación con los elevados edificios, tan tremenda en sentido práctico. Más que nadie o nada, ella definía el paisaje: todas servían a la Virgen Escriba, pero era la Directrix la que dirigía sus vidas. Por lo menos hasta que llegara el Primale.
La Directrix no quería a ese macho en su mundo, pensó Cormia.
Y esa era la razón por la que Cormia había sido la nominada para que la Virgen Escriba eligiera. De todas las hembras que podrían haber sido elegidas y que habrían estado encantadas, ella era la menos afable, la menos complaciente. Una declaración pasiva-agresiva contra el cambio de la supremacía.
Cormia empezó a descender el montículo, la textura de la hierba blanca sin temperatura bajo sus pies descalzos. Nada salvo la comida y bebida poseían calor o frialdad.
Por un momento pensó en escapar. Mejor marcharse de todo lo que conocía que soportar la escena que la Directrix había pintado. Excepto que no tenía conocimiento de cómo ir al lejano Otro Lado. Sabía que tenía que pasar por la zona privada de la Virgen Escriba, pero después, ¿qué? ¿Y si la pillaba Su Santidad?
Impensable. Más atemorizante que estar con el Primale.
Profundamente sumida en sus privados y pecaminosos pensamientos, Cormia deambuló sin propósito por el paisaje que había conocido toda su vida. Era tan fácil perderse ahí, en el recinto, porque todo tenía el mismo aspecto, se sentía igual y olía igual. Sin contraste, los bordes de la realidad eran demasiado suaves para agarrarse en busca de estabilidad, tanto mental como física. Nunca estabas conectada a la tierra. Eras aire.
Al pasar al lado de la Tesorería, se detuvo en sus regias escaleras y pensó en las gemas de su interior, el único color verdadero que había visto. Más allá de las puertas cerradas había cestas llenas de piedras preciosas, y aunque sólo las había visto una o dos veces, recordaba los colores con mucha claridad. Sus ojos se habían quedado asombrados por el vívido azul de los zafiros, el denso verde de las esmeraldas y la fuerza de la sangre de los rubíes rojos. Las aguamarinas habían sido del color del cielo, por lo que la habían fascinado menos.
Sus favoritas habían sido los citrinos, los adorables citrinos amarillos. Los había tocado furtivamente. Había sido sólo una suave pasada de su mano en la cesta cuando nadie la miraba, pero oh, qué glorioso había sido ver la luz en sus alegres caras. El sentirlas moviéndose contra su mano había sido una vívida charla de gran satisfacción para su mano, un contacto táctil y soñador, mucho más excitante por su naturaleza ilícita.
La habían dejado con un sentimiento cálido, aunque de hecho no eran más cálidas que todo lo demás.
Y las gemas no eran la única razón por la que la entrada a la Tesorería era una invitación extraordinaria. Había objetos del otro lado mantenidos en estuches de cristal, cosas que habían sido coleccionadas porque habían jugado un papel crucial en la historia de la raza o porque habían acabado bajo el cuidado de las Elegidas. Incluso si Cormia no siempre había sabido lo que estaba mirando, había sido una enorme revelación. Colores. Texturas. Cosas extranjeras de un lugar extranjero.
Aunque, irónicamente, el objeto por el que se había sentido más atraída había sido un viejo libro. En la estropeada portada, en gastadas letras en relieve, se leía:

DARIUS, HIJO DE MARKLON

Cormia frunció el ceño y se dio cuenta de que había visto ese nombre antes… en la habitación de la Hermandad de la Daga Negra, en la biblioteca.
El diario de un hermano. Así que por eso había sido conservado.
Mientras observaba las puertas cerradas, deseó haber estado allí en los días antiguos, cuando el edificio había permanecido abierto y una podía entrar al interior con tanta libertad como entraba a la biblioteca. Pero eso había sido antes del ataque.
El ataque lo había cambiado todo. Parecía inconcebible que miembros renegados de la raza pasaran al otro lado empuñando armas y tuvieran intención de saquear. Pero habían entrado por un portal que ahora estaba cerrado, y habían asaltado la Tesorería. El anterior Primale había muerto protegiendo a las hembras, derrotando a los tres civiles pero muriendo después de ello.
Suponía que había sido su padre, ¿no?
Después de ese horrible interludio, la Virgen Escriba había cerrado ese portal de entrada y aquellos que deseaban pasar entraban por su jardín privado. Y como precaución, la Tesorería siempre había permanecido cerrada, excepto cuando se necesitaban las joyas a requerimiento de la Virgen Escriba o para determinadas ceremonias. La Directrix poseía la llave.
Escuchó un sonido arrastrante y miró hacia la pasarela con columnatas. Una figura completamente cubierta caminaba cojeando, arrastrando una pierna debajo de una túnica negra, las manos cubiertas sujetaban una pila de telas de toalla.
Cormia desvió la mirada rápidamente y continuó con rapidez, queriendo distanciarse tanto de esa hembra en particular como del Templo del Primale. Terminó lo más lejos que una podía de ambos, en el estanque de la reflexión.
El agua era clara y estaba perfectamente quieta, un espejo que mostraba el cielo. Quería meter el pie en ella, pero eso no estaba permitido…
Sus oídos captaron algo.
Al principio no estuvo segura de lo que oyó, o si incluso había escuchado algo. No podía ver que hubiera nadie en las cercanías, nada salvo la Tumba de los Bebés, y los bosques de árboles blancos que marcaban el borde del santuario. Esperó. Cuando el sonido no volvió a escucharse, lo rechazó como parte de su imaginación y continuó.
Aunque no tenía miedo, se vio atraída hacia la tumba donde los infantes que no sobrevivían al nacimiento eran reverenciados.
La ansiedad le recorrió la columna. Este era el único lugar que nunca visitaba, y lo mismo sucedía con el resto de las Elegidas. Todas evitaban este solitario edificio cuadrado con su blanco vallado. La pena pendía en la zona, tan segura como los lazos negros de satén que estaban atados de los pomos de las puertas.
Querida Virgen en el Fade, pensó, su destino pronto estaría en estas tumbas, porque incluso las Elegidas tenían un alto índice de muerte súbita. Verdaderamente, partes de ella descansarían aquí, pequeñas astillas de su ser serían depositadas hasta que no quedara nada salvo una cáscara. El hecho de que no pudiera elegir sus embarazos, que no no fuera una palabra o incluso un pensamiento que estuviera permitido, que su descendencia estaría atrapada en el mismo papel que ella, la hizo visualizarse en esta solitaria tumba, encerrada entre los muertos más pequeños.
Juntó más las solapas de su túnica en torno a su cuello y tembló al mirar a través de las verjas. Antes de ese momento, este lugar le había resultado desconcertante, se había sentido como si los sensibles pequeños estuvieran solitarios, a pesar de que estaban en el Fade y deberían ser alegres y estar en paz.
Ahora el Templo era un horror.
El sonido que había escuchado volvió otra vez, y Cormia saltó hacia atrás, lista para escapar de los afligidos espíritus que habitaban allí.
Excepto que no, eso no era un bebé espectral. Alguien contenía el aliento. Y no fantasmalmente, sino muy real.
Silenciosamente, dio vuelta a una esquina.
Layla estaba sentada en la hierba con las rodillas apretadas contra el pecho, rodeándose con los brazos. Tenía la cabeza entre ellas, sus hombros temblaban, su túnica y cabello estaban mojados.
—¿Hermana? —susurró Cormia—. ¿Qué te pasa?
Layla levantó la cabeza abruptamente, y se frotó rápidamente las mejillas hasta que las lágrimas desaparecieron.
—Márchate. Por favor.
Cormia se acercó a ella y se puso de rodillas.
—Dime. ¿Qué ha pasado?
—Nada sobre lo que tengas que…
—Layla, habla conmigo. —Quería estirar la mano, pero el contacto no estaba permitido, y no quería trastornarla más. En vez de tocarla, usó palabras y tono amable—. Hermana, te aliviaré. Por favor, habla conmigo. Por favor.
La cabeza rubia de la Elegida se movió de un lado a otro, su arruinado moño deshaciéndose todavía más.
—Fallé.
—¿Cómo?
—Yo… fallé. Esta noche fallé en complacer. Me rechazaron.
—¿Por qué?
—El macho al que asistí en su transición. Estaba listo para aparearse, y lo toqué y perdió su impulso —el aliento de Layla salió en un sollozo—. Y … tendré que informar al Rey de lo que sucedió, como manda la tradición. Debería haberlo hecho antes de marcharme, pero estaba tan horrorizada. ¿Cómo se lo diré a Su Majestad? ¿Y la Directrix? —Su cabeza volvió a bajar, como si no tuviera la voluntad para mantenerla erguida—. Fui entrenada por las más grandes para dar placer. Y nos fallé a todas.
Cormia se arriesgó y apoyó la mano en el hombro de Layla, pensando que siempre era así. La carga de todas las Elegidas recaía en cada hembra cuando esta actuaba en un asunto oficial. Por tanto, no había desgracia privada o personal, sólo el enorme peso del monumental fracaso.
—Hermana…
—Debo ir a reflexión después de hablar con el Rey y la Directrix.
Oh, no… La reflexión eran siete ciclos sin comida, ni luz, ni contacto con las otras, con la intención de expiar las infracciones del grado más alto. Lo peor de ello, según lo que Cormia había escuchado, era la falta de iluminación, ya que las Elegidas ansiaban la luz.
—Hermana, ¿estás segura de que no te deseaba?
—Los cuerpos de los machos no mienten en ese aspecto. Misericordiosa Virgen… tal vez esto sea para mejor. Puede que no lo hubiera complacido. —Desvío los pálidos ojos verdes—. Ha sido mucho mejor que no fuera tu instructora. Estoy entrenada en teoría, no en práctica, así que no te podría haber impartido conocimiento visceral.
—Habría preferido que fueras tú.
—Entonces eres imprudente. —La cara de la Elegida envejeció de repente. Se volvió anciana—. Y he aprendido mi lección. Me sacaré del estanque de ehros, ya que claramente soy incapaz de mantener su sensual tradición.
A Cormia no le gustaron las sombras mortecinas que había en los ojos de Layla.
—¿Tal vez era él el que tenía la falta?
—No hubo ninguna falta por su parte. No estaba complacido por mí. Es mi carga, no la suya —se limpió una lágrima—. Debo decirte, no hay un fracaso mayor que el sexual. Nada corta tan profundo como la negación de tu desnudez y tu instinto de comunión por parte del macho con el que te deseas aparear… ser rechazada en tu piel es la peor clase de rechazo. Por eso debo dejar el ehros, no sólo por su fina tradición, sino por mí. No podría pasar otra vez por esto. Nunca. Ahora por favor, vete, y no digas nada. Debo recuperar la calma.
Cormia quería quedarse, pero discutir no parecía ser lo correcto. Se levantó y se sacó la túnica exterior, envolviendo con ella a la hermana.
Layla levantó la mirada con sorpresa.
—Verdaderamente, no tengo frío.
Eso fue dicho mientras apretaba la tela con más fuerza contra el cuello.
—Que estés bien, hermana. —Cormia se giró y se marchó del estanque de la reflexión.
Al mirar al cielo lechoso y azul, quiso gritar.

Vishous rodó del cuerpo de Jane y la colocó de manera que se apretara contra su torso. Le gustaba tenerla cerca en su lado izquierdo, con la mano de luchar libre para matar por ella. Yaciendo allí ahora, nunca se había sentido más centrado, nunca el propósito de su vida había estado tan claro: su sola y única prioridad era mantenerla viva, saludable y a salvo, y la fuerza con la que defendía esa directiva lo hizo sentirse completo.
Era quien era gracias a ella.
En el poco tiempo que se conocían, Jane había entrado a empujones en esa cámara secreta de su pecho, apartando a Butch de un empujón y se había encerrado en el interior con fuerza. Y se sentía correcto. El ajuste se sentía correcto.
Ella soltó un pequeño murmullo y se acurrucó incluso más cerca. Mientras Vishous le acariciaba la espalda, se encontró pensando, sin ninguna razón, en la primera pelea que había tenido, una confrontación seguida de cerca por la primera vez que tuvo sexo.

En el campamento guerrero, a los machos que acababan de pasar la transición se les daba una limitada cantidad de tiempo para recobrar la fuerza. Pero aún así, cuando el padre de Vishous se alzó sobre él y declaró que iba a luchar, V se sorprendió. Sin duda debería haber tenido un día para recuperarse.
El Bloodletter sonrió, mostrando unos colmillos que siempre estaban alargados.
—Y deberás hacerlo con Grodht.
El soldado al que V le había robado la pierna de venado. El gordo que era diestro con el martillo.
Con el cansancio pesando sobre él, y su orgullo que era todo lo que lo mantenía en pie, V procedió al campo de combate que estaba situado en la parte de atrás de donde dormían los soldados. El campo era un sumidero circular e irregular en el suelo de la cueva, como si un gigante hubiera aplastado el puño sobre la tierra por frustración. Profundo como la cintura de un hombre, tenía los laterales y el fondo de color marrón oscuro por la sangre que había sido derramada, se esperaba que lucharas hasta que no te pudieras mantener en pie. Ninguna conducta estaba prohibida, y la única regla que había era para el perdedor, que tenía que presentarse para responder por su deficiencia en combate.
Vishous sabía que no estaba listo para luchar. Virgen del Fade, apenas podía bajar al campo sin caerse. Pero claro, ese era el propósito, ¿no? Su padre había puesto en marcha la perfecta maniobra de poder. Sólo había una manera en que V podía esperar ganar, y si usaba la mano, todos en el campamento verían por sí mismos lo que sólo habían oído como un rumor, y lo rehuirían por completo. ¿Y si perdía? Entonces no sería percibido como una amenaza para el dominio de su padre. Así que de cualquier manera la supremacía del Bloodletter permanecería intacta y sin desafiar por la nueva madurez de su hijo.
Cuando el gordo soldado saltó al interior con un grito vigoroso y un giro de martillo, el Bloodletter se avecinó al borde del hoyo.
—¿Qué arma le deberé dar a mi hijo? —preguntó a la multitud reunida—. Creo que tal vez… —miró hacia una de las hembras de la cocina, que se apoyaba sobre una escoba—. Dámela.
La hembra se movió torpemente para obedecer y la dejó caer a los pies del Bloodletter. Al inclinarse para cogerla, él pateó a la mujer a un lado como haría uno con una rama caída que está obstruyendo el camino.
—Coge esto, hijo mío. Y ruega a la Virgen que esto no sea usado en ti cuando pierdas.
Mientras la multitud de espectadores se reía, V cogió el mango de madera.
—¡Adelante! —rugió el Bloodletter.
El público vitoreó y alguien lanzó los posos de su cerveza a Vishous, la cálida salpicadura golpeó su espalda desnuda y se escurrió por su culo descubierto. El soldado gordo que tenía delante sonrió, mostrando colmillos que se habían extendido hasta su mandíbula inferior. El macho empezó a moverse en círculos alrededor de V, balanceando el martillo al final de su cadena, y un bajo silbido se elevó.
V se movía con torpeza siguiendo a su oponente, resultándole difícil controlar las piernas. Se concentró ante todo en el hombro izquierdo del macho, el que se tensaba antes de lanzar el martillo, mientras con su visión periférica vigilaba la multitud. Aguamiel era lo menos que le podían arrojar.
Resultó ser no tanto una lucha como un concurso de esquivar, con V en una defensa chapucera y su enemigo en un ataque fanfarrón. Mientras el soldado desplegaba su habilidad con la notable arma, V aprendió lo predecibles que eran las acciones del macho así como el ritmo del martillo. Incluso con lo fuerte que era el soldado, tenía que cuadrar los pies antes de lanzar la bola con pinchos del tamaño de una cabeza que tenía el martillo. V esperó a una de las pausas en la acción y entonces atacó, girando la escoba y golpeando con el palo directamente en la entrepierna del bulboso soldado.
El macho rugió, perdió el agarre del martillo y juntó las piernas de golpe, agarrándose la entrepierna. V no perdió ni un momento. Elevó la escoba por encima de su hombro y la hizo girar con todo lo que tenía, golpeando a su oponente en las sienes y haciéndole perder el sentido.
Los vítores se apagaron hasta que todo lo que se escuchó fue la charla chisporroteante del fuego y el sonido de la respiración entrecortada de V. Dejó caer la escoba y pasó por encima de su oponente, listo para salir.
Las botas de su padre se plantaron en el borde del círculo, bloqueándole el camino.
Los ojos del Bloodletter estaban entrecerrados como hojas de cuchillo.
—No has terminado.
—No se levantará.
—Eso no importa. —El Bloodletter indicó con la cabeza al soldado en el suelo—. Remátalo.
Mientras su oponente gemía, Vishous evaluó a su padre. Si V decía que no, el juego que su padre estaba jugando sería satisfecho, la alienación que el Bloodletter buscaba completar, aunque no de la manera que el macho probablemente esperaba. V se convertiría en un blanco por el simple hecho de que sería visto como débil por no castigar a su oponente. Si lo remataba, sin embargo, su posición en el campamento sería tan estable como fuera posible… hasta la siguiente prueba.
El cansancio lo sobrepasó. ¿Su vida siempre estaría basada en semejante balanza, cruda e imperdonable?
El Bloodletter sonrió.
—Este bastardo que se hace llamar hijo mío no tiene carácter, o eso parece. ¿Quizás la semilla que el útero que su madre tomó era de otro?
La risa se extendió por la multitud, y alguien gritó:
—¡Ningún hijo tuyo dudaría en semejante momento!
—Y durante una lucha ningún verdadero hijo mío sería tan cobarde como para atacar la parte vulnerable de un macho. —El Bloodletter miró a los ojos de sus hombres—. Los débiles deben ser taimados, ya que no disponen de fuerza.
La sensación de ser estrangulado se instaló en la garganta de Vishous, tan segura como si las manos de su padre hubieran rodeado su cuello. Mientras su respiración se aceleraba de nuevo, la ira crecía en su pecho y su corazón palpitaba. Bajó la vista al soldado gordo que lo había golpeado… después pensó en los libros que su padre le había hecho destruir… y el chico que se había lanzado contra él… y los miles de actos crueles y descorteses que le habían hecho a lo largo de su vida.
El cuerpo de V se aceleró por la cólera que ardía en él, y antes de saber lo que estaba haciendo, le estaba dando la vuelta al soldado, dejándolo tumbado sobre su gorda barriga.
Tomó al macho. En frente de su padre. En frente del campamento.
Y lo hizo de forma brutal.
Cuando terminó, se separó y se tropezó hacia atrás.
El soldado estaba cubierto con la sangre de V, su sudor y los restos de su vehemencia.
Trepando como una cabra, salió del hoyo, y aunque no sabía qué parte del día era, corrió por el campamento a la entrada principal de la cueva. Cuando salió violentamente, la fría noche estaba justo tomando posesión del terreno, y el tenue brillo en el este le quemó el rostro.
Se inclinó de rodillas y vomitó. Una y otra vez.
—Eres tan débil —la voz del Bloodletter era aburrida… pero sólo en la superficie. Había una profundidad de satisfacción en sus palabras, causada por la misión completada: aunque Vishous había hecho lo que debía con el soldado, su retirada después había sido precisamente el tipo de cobardía que su padre había buscado.
Los ojos del Bloodletter se estrecharon.
—Nunca me vencerás, chico. Al igual que nunca te librarás de mí. Dirigiré tu vida…
Agitado por una ráfaga de odio, V se levantó de su posición agachada y atacó a su padre frontalmente, con la mano brillante por delante. El Bloodletter se puso rígido cuando la sacudida eléctrica le recorrió el cuerpo, y ambos cayeron al suelo, con Vishous encima de él. Actuando por instinto, V colocó su brillante palma blanca en torno a la gruesa garganta de su padre y apretó.
Mientras la cara del Bloodletter se volvía de un rojo brillante, el ojo de V le picó brevemente y una visión reemplazó lo que tenía delante.
Vio la muerte de su padre. Con tanta claridad como si estuviera sucediendo delante de él.
Las palabras salieron de su boca, aunque no fue consciente de pronunciarlas:
—Tendrás tu fin en una pared de fuego causada por un dolor que conoces. Arderás hasta no ser nada salvo humo, y el viento dispondrá de ti.
La expresión de su padre cambió a una de absoluto horror.
V fue separado por otro soldado y agarrado por las axilas, con los pies colgando sobre el suelo nevado.
El Bloodletter se levantó de un salto, con el rostro encendido, una línea de sudor goteando por encima de su labio superior. Respiraba como un caballo montado duramente, y nubes blancas salían de su boca y nariz.
V esperaba totalmente ser golpeado hasta la muerte.
—Traedme mi daga —gruñó su padre.

Vishous se restregó la cara. Para evitar pensar en lo que sucedió después, pensó que esa primera vez con el soldado nunca le había sentado bien. Trescientos años después todavía la sentía como una violación hacia el otro macho, aunque esa había sido la forma de comportamiento en el campamento.
Miró a Jane acurrucada a su lado y decidió que, por lo que a él se refería, esta noche había sido cuando finalmente había perdido la virginidad. Aunque su cuerpo había hecho el acto de muchas formas diferentes a muchas personas distinta, el sexo siempre había sido un intercambio de poder… poder que fluía en su dirección, poder del que se alimentaba para asegurarse de que nunca más nadie lo iba a tumbar y atar, e impedir que luchara mientras le hacían las mierdas que querían.
Esta noche no había encajado con su patrón. Con Jane había habido un intercambio: ella le había dado algo a él, y él a cambio había cedido una parte de sí mismo.
V frunció el ceño. Una parte, pero no todo.
Para hacer eso tendrían que ir a su otro lugar. Y… mierda, irían allí. Aunque el sólo pensar en ello le daba un frío pavor, juró que antes de que ella abandonara su vida, le daría la única cosa que nunca había permitido que nadie tuviera.
Y que nunca más le daría a nadie.
Quería devolverle la confianza que Jane le había dado. Era tan fuerte como persona, como mujer, y aún así se había puesto a su cuidado sexual… incluso sabiendo que tenía duras tendencias dominadoras y que no estaba a su altura físicamente.
Su confianza lo ponía de rodillas. Y antes de que se fuera era preciso devolverle la fe.
Los ojos de Jane parpadearon abriéndose y encontraron los suyos, y los dos hablaron al mismo tiempo:
—No quiero que te vayas.
—No quiero dejarte.



Cuando John se despertó la tarde siguiente, tuvo miedo de moverse. Diablos, tenía miedo de abrir los ojos. ¿Y si había sido un sueño? Reafirmándose levantó el brazo, despegó los parpados y… ah sí, allí estaba. La palma de la mano era tan grande como su cabeza. El brazo era más largo de lo que el hueso del muslo había sido antes. La muñeca tan gruesa como una vez lo fue la pantorrilla.
Lo había conseguido.
Alargó la mano hacia su móvil y envió mensajes a Qhuinn y Blay, quienes se los devolvieron al instante. Estaban absolutamente orgullosos de él, sonrió abiertamente… hasta que se dio cuenta de que tenía que usar el cuarto de baño y echó un vistazo a la puerta abierta. Mirando a través del marco, vio la ducha.
Oh, Dios. ¿De verdad la noche pasada la había cagado con Layla?
Tiró el teléfono sobre el edredón, aún mientras la cosa sonaba anunciando que tenía nuevos mensajes esperándolo. Frotándose el pecho extrañamente amplio con la nueva mano de Shaquille O'Neal, se sintió como el infierno. Debería disculparse con Layla, pero ¿para qué? ¿Por ser un culo patético que se volvió blando? Sí, esa era una conversación que se moría por tener, sobre todo cuando sin duda no estaba para nada impresionada por él y su actuación.
¿Era mejor dejarlo pasar? Probablemente. Era tan hermosa, sensual y perfecta en todo sentido que no había ninguna posibilidad de que pensara que lo ocurrido había sido culpa suya. Todo lo que conseguiría sería avergonzarse hasta padecer un aneurisma mientras escribía lo que le diría si tuviera una laringe.
Sin embargo, todavía se sentía como el infierno.
Su despertador se disparó, y fue jodidamente extraño estirar ese brazo de hombre y hacerlo callar. Cuando se puso de pie fue incluso más extraño. Su posición de superioridad era totalmente diferente y todo parecía más pequeño; el mobiliario, las puertas, la habitación. Incluso el techo era más bajo.
¿Exactamente de qué tamaño era?
Cuando trató de dar unos pocos pasos, se sintió como una de aquellas personas del circo que andan con zancos; larguirucho, flojo, en peligro de caerse. Sí… un zancudo de circo que había tenido un derrame cerebral, porque las órdenes que daba su cerebro no eran recibidas correctamente por los músculos y huesos. En su camino hacia el cuarto de baño dio tumbos por todas partes, sosteniéndose de las cortinas, del marco de las ventanas, de una cómoda, de la jamba de la puerta…
Sin ninguna razón en particular pensó en cuando cruzaba el río en sus paseos con Zsadist. Mientras caminaba ahora, los objetos fijos que usaba como apoyo eran como las piedras que saltaba de una a otra para evitar el torrente de agua, pequeñas ayudas de gran importancia.
El cuarto de baño estaba oscuro como la boca de un lobo puesto que las persianas estaban todavía cerradas por el día y había apagado todas las luces después de que Layla le dejara. Con la mano en el interruptor respiró hondo, luego encendió los focos halógenos.
Parpadeó con fuerza, sus ojos estaban hipersensibles y mucho más agudos de lo que lo habían sido antes. Después de un momento, su reflejo entró en su línea visual como una aparición, surgiendo a la luz, como un fantasma de si mismo. Era…
No quería saberlo. Aún no.
John apagó las luces y se fue a la ducha. Mientras esperaba a que corriera el agua caliente, apoyó la espalda contra el frío mármol, abrazándose a sí mismo. En ese momento tenía la absurda necesidad de que le abrazaran, así que era bueno que estuviera solo. Aunque había esperado que el cambio lo hiciera más fuerte, parecía que lo había vuelto aún más nenaza.
Recordó la matanza de aquellos lessers. Justo después de que los hubiera apuñalado había conseguido tanta lucidez en lo que se refería a quién era y al tipo de poder que tenía. Pero todo eso se había desvanecido, hasta tal punto que realmente no estaba seguro de que alguna vez se hubiera sentido de esa manera.
 Empujo la puerta de la ducha y entró.
Cristo, ¡Ow! La fina lluvia parecía agujas clavándose en su piel y cuando intentó enjabonarse el brazo con aquella sustancia molida francesa que Fritz había comprado, le picó como el ácido de batería. Tuvo que forzarse a si mismo a lavarse el rostro, y aunque era excitante tener una incipiente barba en la mandíbula por primera vez en la historia documentada, la idea de pasarse una maquinilla de afeitar por el rostro era absolutamente repulsiva. Como pasarse un rallador de queso por las mejillas.
Estaba lavándose, tan suavemente como podía, cuando llegó a los genitales. Sin pensar mucho en ello, hizo lo que había hecho toda su vida, una pasada rápida bajo sus testículos y después sobre su cosa…
Esta vez el efecto fue diferente. Se puso duro. Su… polla se puso dura.
Dios, le pareció extraño usar esa palabra, pero… bueno, esa cosa era definitivamente una polla ahora, algo que un hombre tenía, algo que un hombre usaba…
La erección sufrió un frenazo. Sencillamente la hinchazón y el alargamiento se detuvieron. El anhelo que se enroscaba en la parte inferior de su vientre también desapareció.
Se enjuagó el jabón, determinado a no abrir la caja de Pandora respecto a él y el sexo. Tenía suficientes problemas. Su cuerpo era un coche a control remoto cuya antena estaba rota; iba a ir a clase, donde todo el mundo lo miraría fijamente, y de repente cayó en cuenta de que Wrath debía saber sobre el arma que había tenido en el centro de la cuidad. Después de todo, le habían traído de vuelta aquí de alguna manera y Blay y Qhuinn habrían tenido que explicar lo que estaba pasando en la escena. Conociendo a Blay, el tío trataría de proteger a John por lo de la nueve milímetros y admitiría que era suya, pero ¿y si llegaran a echarle del programa? Se suponía que nadie llevaba armas cuando estaban fuera y de paseo. Nadie.
Cuando John salió de la ducha, secarse con la toalla no era una opción. Aún cuando estaba frío como el demonio se dejó secar al aire mientras se cepillaba los dientes y se recortaba las uñas. Sus ojos eran muy penetrantes en la oscuridad, así que encontrar lo que buscaba en los cajones no fue un problema. Aunque, evitar el espejo lo era, por lo que fue a su dormitorio.
Abriendo el armario, sacó una bolsa de Abercrombie & Fitch. Fritz había aparecido con ella frente a su puerta unas semanas atrás y cuando John había echado un vistazo a la ropa, se había figurado que el mayordomo había perdido la razón. Dentro había un nuevo par de vaqueros desgastados, una sudadera del tamaño de un saco de dormir, una camiseta talla XXXL, y en una brillante caja nueva, unas Nike Air Shox talla 14.
Resultó que Fritz, como de costumbre, había tenido razón. Todo le quedaba. Incluso las zapatillas tamaño barco.
Cuando John clavó los ojos en sus pies, pensó que aquellas Nike tendrían que venir con chaleco salvavidas y una jodida ancla de tan grandes que eran.
Dejó la habitación, sus piernas andaban de un modo torpe, los brazos se balanceaban libremente, el equilibrio completamente perdido.
Cuando llegó a lo alto de la magnífica escalera levantó los ojos al techo observando los retratos de los grandes guerreros.
Rezó por llegar a ser uno. Pero sencillamente no podía entender como demonios podría conseguirlo.

Phury despertó con la imagen de la hembra de sus sueños. ¿O tal vez estaba soñando?
—Hola —dijo Bella.
Carraspeó, y aún así su voz sonó aguda cuando contestó:
 —¿Estás realmente aquí?
—Sí. —Tomó su mano y se sentó en el borde de la cama—. Aquí mismo. ¿Cómo te sientes?
Mierda, la había preocupado y eso no era bueno para el bebe.
Con la poca energía que tenía hizo una rápida limpieza mental, un OxyClean[1] de su cerebro, barriendo los residuos de los porros rojos que se había fumado, así como el letargo que le daban la herida y el sueño.
—Estoy bien —dijo, alzando la mano para poder restregarse el ojo bueno. No fue una buena idea. En el puño tenia su dibujo, arrugado por haberlo estado abrazando mientras dormía. Empujó el pedazo de papel bajo la sabana antes de que pudiera preguntar que era—. Deberías estar en la cama.
—Me dejan levantarme un poco cada día.
—De todos modos, deberías…
—¿Cuándo te quitan las vendas?
—Oh, ahora, supongo.
—¿Quieres que te ayude?
—No. —La última cosa que necesitaba era que averiguara que se había quedado ciego en el mismo momento en que él lo hacía—. Pero gracias.
—¿Quieres que te traiga algo de comer?
La gentileza por su parte era más dura que una banda de hierro envolviendo sus costillas.
—Gracias, pero llamaré a Fritz dentro de poco. Deberías volver y acostarte.
—Me quedan cuarenta y cuatro minutos —comprobó su reloj—. Cuarenta y tres.
Se apoyó en los brazos para enderezarse, tirando de las sábanas hacia arriba para cubrir parte de su pecho.
—¿Cómo te sientes?
—Bien. Asustada pero bien...
La puerta se abrió sin que nadie llamara a ella. Cuando Zsadist entró, sus ojos se fijaron en Bella como si tratara de leer sus signos vitales en el rostro.
—Pensé que te encontraría aquí. —Se inclinó y la besó en la boca, luego a ambos lados del cuello, sobre las venas.
Phury apartó la mirada durante el saludo… y se dio cuenta de que su mano se había enterrado bajo la colcha y encontrado el dibujo. Se obligó a soltarlo.
Toda la actitud de Z era mucho más relajada.
—Así que ¿cómo estás, hermano?
—Bien —aunque si oía esa pregunta una vez más de cualquiera de ellos, iba a montar una escena salida de la película Scanners,[2] porque le iba a explotar la cabeza—. Lo bastante bien como para salir esta noche.
Su gemelo frunció el ceño.
—¿Tienes el alta de la doctora de V?
—Sólo a mí me incumbe.
—Wrath podría tener una opinión diferente.
—Muy bien, pero si no está de acuerdo, va a tener que encadenarme para mantenerme aquí. —Phury se tranquilizó, no quería ponerse tenso estando Bella a su alrededor—. ¿Vas a dar clase durante la primera mitad de esta noche?
—Si, creo que adelantaré algo más de armas de fuego. —Z recorrió el cabello color caoba de Bella con la mano, acariciándolo al mismo tiempo que su espalda. Lo hizo aparentemente sin darse cuenta, y ella aceptó el roce con el mismo afectuoso abandono.
A Phury le dolió el pecho hasta el punto de tener que abrir la boca para respirar.
—Por qué no me encuentro con vosotros abajo para la Primera Comida, ¿os parece? Voy a ducharme, a quitarme las vendas y vestirme.
Bella se levantó y la mano de Z se movió hacia su cintura y la acercó a él.
Dios, eran una familia, ¿verdad? Ellos dos junto a la criatura que llevaba en el vientre. Y en poco más de un año, si la Virgen Escriba lo veía adecuado, permanecerían así con su bebé en los brazos. Más adelante, años después, su niño estaría a su lado. Y luego su hijo o hija se aparearía, y otra generación de la raza llevaría su sangre. Una familia, no una fantasía.
Para meterles prisa, Phury se removió como si se preparara para levantarse.
—Te veo abajo en el comedor —dijo Z, su palma deslizándose en torno a la parte inferior del vientre de su shellan—. Bella va a volver a la cama, ¿verdad, nalla?
Ella comprobó su reloj.
 —Veintidós minutos. Más vale que me meta en el baño.
Intercambiaron varias palabras de despedida, pero Phury no prestó mucha atención porque se moría porque se marcharan. Cuando la puerta finalmente se cerró, alargó la mano hacia el bastón, salió de la cama y fue directamente hacia el espejo que había sobre la cómoda. Se quitó el esparadrapo y luego se desprendió de las capas de gasa. Debajo las pestañas estaban tan pegadas y enmarañadas que entró en el cuarto de baño, hizo correr un poco el agua y se lavó el rostro varias veces antes de ser capaz de separarlas.
Abrió el ojo.
Y vio perfectamente.
La falta total de alivio ante su perfecta y estupenda visión era escalofriante. Debería haberle preocupado. Necesitaba preocuparse. Tanto respecto a su cuerpo como por si mismo. Sólo que no lo hacía.
Intranquilo, tomó una ducha y se afeitó, luego se puso la prótesis y se vistió con la ropa de cuero. Estaba saliendo con los avíos para portar las dagas y pistolas en la mano cuando hizo una pausa cerca de la cama. Aquel dibujo que había hecho estaba todavía estrujado bajo las sábanas; podía ver los blancos y arrugados bordes, entre los pliegues de satén azul.
Visualizó la mano de su gemelo en el cabello de Bella. Después en la parte baja de su vientre.
Phury se acercó, recogió el dibujo y lo alisó en la mesita de noche. Le echó una última mirada, luego lo rasgó en pequeños trozos, puso el montón en un cenicero y encendió una cerilla con el pulgar. Con la llama ardiendo, la inclino sobre el papel.
Cuando solamente quedaba ceniza, se levantó y dejó la habitación.
Era el momento de abandonar, y sabía como hacerlo.



V estaba dichosamente feliz. Totalmente y absolutamente. Un cubo de Rubik resuelto. Los brazos estaban alrededor de su hembra, su cuerpo apretujado junto al de ella, su perfume en la nariz. A pesar de ser de noche, era como si el sol brillara sobre él.
Entonces oyó el disparo.
Estaba dentro del sueño. Estaba dormido y dentro del sueño.
El horror de la pesadilla se desplegó como siempre lo hacía, y aún así era nuevo como la primera vez que lo había sentido. Sangre en su camisa. El dolor desgarrándole el pecho. Un descenso hasta suelo hasta quedar de rodillas, su vida terminada…
V se sentó de golpe en la cama, gritando.
Jane se lanzó hacia él para calmarlo mientras la puerta se abría violentamente y Butch se precipitaba dentro empuñando un arma. Sus voces se mezclaron, una macedonia de palabras dichas rápidamente.
—¡Qué coño…!
—¿Estás bien?
V se revolvió entre las sábanas, arrancándoselas del torso para así poder verse el pecho. La piel estaba en perfecto estado, pero aún así pasó la mano sobre si mismo.
—Jesucristo…
—¿Fue un recuerdo del tiroteo? —preguntó Jane mientras le instaba a recostarse en sus brazos.
—Sí, joder…
 Butch bajó el cañón del arma y levantó sus calzoncillos.
—A Marissa y a mi nos has dado un susto de muerte. ¿Quieres un Goose para calmarte?
—Sí.
—¿Jane? ¿Algo para ti?
Estaba negando con la cabeza cuando V la interrumpió diciendo:
 —Chocolate caliente. Le gustaría una taza de chocolate caliente. Le dije a Fritz que comprara un poco. Está en la cocina.
Cuando Butch les dejó, V se restregó la cara.
—Lamento esto.
—Dios, no te disculpes. —Le pasó la mano de arriba a abajo por el pecho—. ¿Estás bien?
Asintió. Entonces, como un bobo total, la besó y le dijo:
—Me alegro de que estés aquí.
—Yo también. —Le rodeó y sostuvo en sus brazos como si fuera algo precioso.
Ambos guardaron silencio hasta que Butch regresó un poco más tarde con un vaso en una mano y una taza en la otra.
—Quiero una buena propina. Me quemé el dedo meñique con la cocina.
—¿Quieres que te lo mire? —Jane se acomodó la sábana debajo de los brazos y alargó la mano hacia el chocolate.
—Creo que viviré, pero gracias, doctora Jane. —Butch le tendió el Goose a V—. ¿Y tú, tío grande? ¿Estás calmado ahora?
Para nada. No después del sueño. No con Jane marchándose.
 —Sí.
Butch negó con la cabeza.
 —Eres un pésimo mentiroso.
—Que te den por el culo. —No había ningún calor en las palabras de V en absoluto. Y ninguna convicción cuando añadió—: Estoy controlado.
El poli se dirigió hacia la puerta.
 —Ah, hablando de control, ¿sabéis? Phury apareció en la Primera Comida, completamente dispuesto a salir y luchar esta noche. Z se detuvo brevemente aquí hace una media hora camino a clase, para agradecerte, doctora Jane, todo lo que hiciste. El rostro de Phury tiene buen aspecto y el ojo del hermano está funcionando perfectamente bien.
Jane sopló por encima de la taza.
—Me sentiría mejor si fuese a ver a un optometrista para estar seguros.
—Z dijo que insistió en ello y no le hizo caso. Incluso Wrath lo intentó.
—Me alegro de que nuestro muchacho saliera bien —dijo V, y realmente lo sentía. El problema era, que la única excusa para que Jane se quedara acababa de evaporarse.
—Sí, yo también. Os dejaré solos. Nos vemos.
Cuando la puerta se cerró, V escuchó el sonido que hacía Jane soplando su chocolate caliente otra vez.
—Voy a llevarte a casa esta noche —dijo.
Dejó de soplar. Hizo una larga pausa y entonces bebió un sorbito suspirando.
—Sí. Ya es hora.
Él tragó la mitad del vaso de Goose.
—Pero antes de que lo haga, me gustaría llevarte a un sitio primero.
—¿Dónde?
No estaba seguro de como decirle lo que quería que ocurriera antes de dejarla ir. No quería que se diera a la fuga, especialmente cuando consideraba los años y años y todo el sexo deshonesto y apático que iba a tener que tolerar.
Terminó su Goose.
—A un sitio privado.
Mientras bebía de la taza, sus cejas descendieron.
 —Así que realmente vas a dejarme ir, ¿eh?
Contempló su perfil y deseó que se hubieran conocido en otras circunstancias. Salvo que ¿cómo coño habría pasado eso alguna vez?
—Sí —dijo tranquilamente—. Lo haré.

Tres horas más tarde estando frente a su taquilla, John deseaba que Qhuinn cerrara el maldito pico. Aún cuando el vestuario era ruidoso, debido a los sonidos de golpes de puertas metálicas al cerrarse, el aleteo de la ropa y el ruido de los zapatos al caer, le parecía que su compañero tenía un megáfono grapado al labio superior.
—Eres flipantemente enorme, J. M. En serio. Como… gienorme[3].
­Esa no es una palabra. John metió la mochila de un empujón como solía hacer y se dio cuenta de que ninguna de las prendas que estaba metiendo le volvería a quedar bien.
—El infierno que no lo es. Apóyame, Blay.
Blay asintió mientras se ponía su ji.
—Sí, ¿te das cuenta? Vas a llegar a ser como de tamaño-hermano.
—Gigantus[4].
Bien, tampoco es una palabra, idiota.
—Está bien, realmente, realmente, realmente grande. ¿Qué te parece eso?
John sacudió la cabeza mientras ponía los libros en el suelo y embutía profundamente las pequeñas prendas en el cubo de basura más cercano.
Cuando volvió a levantarse, midió a sus amigos y se percató de que era más grande que ambos por unas buenas cuatro pulgadas. Demonios, era tan alto como Z.
Miró hacia el pasillo, a Lash. Si, también sobrepasaba a Lash.
El bastardo le echó un vistazo mientras se quitaba la camisa, como si percibiera la mirada fija de John. Con un suave movimiento, el tipo deliberadamente flexionó los hombros, los músculos se abultaron tensos bajo la piel. Tenía un tatuaje que le atravesaba el estómago que no había estado allí dos días antes, una palabra en la Antigua Lengua que John no reconoció.
—John, trae tu culo hasta el pasillo un segundo.
Todo el lugar se quedó en silencio, John sacudió la cabeza bruscamente de un lado a otro. Zsadist estaba de pie en la puerta del vestuario, todo su actitud diciendo vayamos al grano.
—Mierda —susurró Qhuinn.
John guardó la mochila, cerró la taquilla y tiró de la camisa para ponerla en su sitio. Caminó hacia el hermano tan rápidamente como pudo, andando alrededor de los otros tíos mientras estos fingían seguir con lo que estaban haciendo.
Z sostuvo la puerta del todo abierta mientras John salía al pasillo. Después de que la cosa estuvo cerrada, dijo:
 —Esta noche, tú y yo nos encontraremos antes del alba, igual que siempre. Solo que vamos a saltarnos el paseo. Vendrás a la sala de pesas mientras yo levanto. Tenemos que hablar.
Mierda, era directo. John dijo por señas:
¿A la misma hora?
—A las 4 a.m. En cuanto al entrenamiento de esta noche, espero que permanezcas sentado en el gimnasio, pero que participes de la práctica en el campo de tiro. ¿Me captas?
John inclinó la cabeza, luego, cuando el macho se dio la vuelta para alejarse, agarró el brazo de Z.
¿Es por la noche pasada?
—Sip.
El hermano se alejó, abriendo de un puñetazo las puertas dobles del gimnasio. Cuando las dos mitades se cerraron hicieron un seco sonido metálico.
Blaylock y Qhuinn aparecieron detrás de John.
—¿Qué está pasando? —preguntó Blay.
Me van a cubrir de mierda por fulminar a aquel lesser, dijo John por señas.
Blay se pasó la mano por el cabello rojo.
 —Debería haberte encubierto mejor.
Qhuinn sacudió la cabeza.
—John, te apoyaremos, amigo. Quiero decir, ir al club fue idea mía.
—Y el arma era mía.
John cruzó los brazos sobre el pecho.
Todo va a ir bien.
O al menos lo esperaba. Como estaban las cosas estaba al borde de ser pateado fuera del programa.
—A propósito…— Qhuinn puso la mano sobre el hombro de John—. No he tenido oportunidad de darte las gracias.
Blay asintió con la cabeza.
—Yo tampoco. Fuiste honrado anoche. Totalmente honrado. Tú nos salvaste.
—Mierda, sabías exactamente lo que estabas haciendo.
John sintió que su rostro se ponía colorado.
—Vaya, ¿no es esto agradable? —dijo Lash arrastrando las palabras—. Decidme algo, ¿hacéis lo de la pajita más corta de tres para decidir quién estará debajo? ¿O es siempre John?
Qhuinn sonrió, exponiendo sus colmillos.
—¿Alguna vez te ha mostrado alguien la diferencia entre un buen toque y un mal toque? Porque estaría encantado de demostrártelo. Podríamos comenzar ahora mismo.
John se colocó delante de su amigo, plantándose cara a cara con Lash. No dijo nada, sólo miró hacia abajo al tipo.
Lash sonrió.
—¿Tienes algo que decirme? ¿No? Espera, ¿todavía estás sin voz? Dios… que lastima.
John podía sentir a Qhuinn preparándose para abalanzarse, el calor y el impulso emanando de su amigo. Para detener el encontronazo que ocurriría, John llevó una mano hacia atrás y la puso sobre los abdominales de su compañero para mantenerlo en el sitio.
Si alguien iba a ir a por Lash, era él.
Lash se rió y apretó el cinturón de su ji.
—No me hagas frente como si tuvieras valor John-boy. La transición no te cambia en el interior ni arregla tus defectos físicos. ¿Verdad, Qhuinn? ―mientras giraba para alejarse dijo en voz baja—: Jodido contrahecho.
Antes de que Qhuinn pudiera saltarle al tipo, John se volvió y lo agarró por la cintura mientras Blay lo sujetaba con fuerza de uno de los brazos. Incluso combinando sus pesos, era como contener a un toro.
—Cálmate —gruñó Blay—. Sólo relájate.
—Un día de estos voy a matarlo —siseó Qhuinn—. Lo juro por Dios.
John echó una mirada mientras Lash caminaba hasta el gimnasio.
Haciéndose una promesa a si mismo, marcó al tipo para darle una paliza, aunque le costara que le echaran a patadas del programa para siempre.
Siempre pensó que si jodías a sus amigos, ibas a ir servido. Fin de la historia.
El asunto era, que ahora tenía el equipo para cumplir con el trabajo.




[1] OxyClean, producto de limpieza muy potente en quitar manchas.
[2] Scanners, película de ciencia ficción del año 1981, donde un grupo de gente al que llaman Scanners tiene fuertes poderes telepáticos y telequineticos. En una escena el Scanner “malo” le hace estallar la cabeza a uno de los buenos.
[3] Gienorme, unión de gigante+enorme. En el original ginormous.(N.T.)
[4] Gigantus, tamaño gigante.(N.T.)

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