sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 28 29 30


Alrededor de la medianoche Jane se encontró en la parte de atrás de un Mercedes negro de camino a casa. En la parte delantera, al otro lado de la división que estaba colocada, el conductor uniformado era ese mayordomo más viejo que Dios y tan alegre como un terrier. A su lado, V estaba vestido de cuero negro, tan silencioso y sombrío como una lápida.
No había dicho mucho. Pero no le soltaba la mano.
Las ventanillas del coche estaban oscurecidas hasta tal punto que se sentía como si estuviera en un túnel, y en un esfuerzo por ubicarse, pulsó un botón en la puerta que tenía al lado. Cuando su porción de cristal bajó, una asombrosa ráfaga fría entró y sustituyó a la calidez, como un matón dispersando a los niños buenos en un patio de recreo.
Sacó la cabeza a la brisa y miró el charco de luz que arrojaban los faros. El paisaje estaba borroso, como una fotografía desenfocada. Por el ángulo descendente de la carretera, sabía que estaban bajando una montaña. La cosa era que no podía captar ninguna sensación de a dónde se dirigían ni de dónde venían.
De una extraña manera, la desorientación era apropiada. Este era el interludio entre el mundo en el que había estado y al que estaba regresando, y los tramos entre uno y otro deberían ser brumosos.
—No puedo ver dónde estamos —murmuró al subir la ventanilla.
—Se llama mhis —dijo V—. Piensa en ello como una ilusión protectora.
—¿Un truco tuyo?
—Sí. ¿Te importa que encienda un cigarrillo, siempre y cuando deje entrar un poco de aire fresco?
—Está bien. —No es como si fuera a estar a su alrededor por mucho tiempo.
Mierda.
V le apretó la mano y bajó la ventanilla medio centímetro, el suave zumbido del viento se propagaba por encima del silencioso murmullo del sedán. Su chaqueta de cuero crujió cuando sacó un cigarrillo liado a mano y un encendedor de oro. La piedra hizo un pequeño chasquido, y entonces el olor del tabaco turco le provocó a Jane un hormigueo en la nariz.
—Ese olor va a… —se detuvo.
—¿Qué?
—Iba a decir “recordarme tanto a ti”. Pero no lo hará, ¿verdad?
—Tal vez en sueños.
Puso las yemas de sus dedos en la ventana. El cristal estaba frío. Justo como el centro de su pecho.
Como no podía soportar el silencio, dijo:
—Estos enemigos vuestros, ¿qué son exactamente?
—Empiezan como humanos. Después se convierten en algo diferente.
Mientras inhalaba, vio su cara bañada de luz naranja. Se había afeitado antes de salir, usando la navaja que una vez había querido volver contra él, y su rostro era imposiblemente hermoso y arrogante, masculino, duro como su voluntad. Los tatuajes en su sien todavía estaban hermosamente hechos, pero ahora los odiaba, reconociéndolos como la violación que eran.
Se aclaró la garganta.
—Bueno, dime más.
La Sociedad Lessening, nuestra enemiga, elige sus miembros mediante un proceso cuidadosamente analizado. Buscan a sociópatas, asesinos, gente amoral del tipo Jeffrey Dahmer[1]. Entonces el Omega se mete…
—¿El Omega?
Bajó la vista a la punta de su cigarrillo.
—Supongo que el equivalente cristiano es el demonio. De todas maneras, el Omega mete las manos en ellos… además de otras cosas… y abracadabra, se despiertan muertos y moviéndose. Son fuertes, virtualmente indestructibles y sólo se pueden matar con una puñalada en el pecho, con algo que tenga acero.
—¿Por qué son vuestros enemigos?
Inhaló, y de nuevo sus cejas volvieron a descender.
—Sospecho que tiene algo que ver con mi madre.
—¿Tu madre?
La sonrisa dura que le estiraba los labios era más bien una curva.
—Soy el hijo de lo que tú probablemente considerarías un dios —elevó su mano enguantada—. Esto viene de ella. Personalmente, en cuanto a regalos para bebés, habría preferido uno de esos sonajeros de plata, o tal vez algunos potitos para comer. Pero uno no elige lo que le dan los padres.
Jane miró el cuero negro que se extendía sobre su palma.
—Jesús…
—No según nuestro léxico o mi naturaleza. No soy del tipo salvador —puso el cigarrillo entre sus labios y se quitó el guante. En la tenue luz del asiento trasero, su mano brillaba con la suave belleza de la luz de la luna reflejándose en nieve recién caída.
Inhaló una última vez, cogió el cigarrillo y presionó la punta encendida justo en el centro de su palma.
—No —siseó ella—. Espera…
La colilla se convirtió en cenizas en un destello de luz, y sopló el residuo, un polvo fino que se dispersó en el aire.
—Daría lo que fuera por librarme de esta mierda. Aunque tengo que decirlo, es condenadamente práctica cuando no tengo un cenicero.
Jane se sintió mareada por una gran cantidad de razones, especialmente cuando pensó en el futuro de él.
—¿Te está obligando tu madre a casarte?
—Sí. Joder, ni de coña me presentaría voluntario para eso. —Los ojos de V la volvieron a mirar, y por una fracción de segundo, Jane pudo jurar que iba a decir que ella sería la excepción a esa regla. Pero entonces desvió la mirada.
Dios, el pensar en él con otra persona, aunque no lo recordara, era como ser golpeada en el estómago.
—¿Cuántas? —dijo Jane con voz ronca.
—No quieres saberlo.
—Dímelo.
—No pienses en eso. Yo, seguro como el infierno que trato de no hacerlo. —La volvió a mirar—. No van a significar nada para mí. Quiero que sepas eso. Aunque tú y yo no podamos… Sí, bueno, de todas formas, no significarán una mierda.
Era horrible por su parte alegrarse por eso.
Vishous se volvió a poner el guante, y guardaron silencio mientras el sedán se deslizaba como un fantasma atravesando la noche. Finalmente se detuvieron. Arrancaron otra vez. Pararon. Se movieron de nuevo.
—Debemos estar en el centro, ¿eh? —dijo—. Porque parecen un montón de semáforos.
—Sí. —Se inclinó hacia delante, presionó un botón y la división se bajó, para que pudiera ver a través del parabrisas.
Síp, el centro de Caldie. Estaba de vuelta.
Cuando las lágrimas le quemaron los ojos, las apartó de un parpadeo y bajó la vista a sus manos.
Un poco después el conductor detuvo el Mercedes delante de lo que parecía la entrada de servicio de un edificio de ladrillos: había una robusta puerta metálica que ponía privado en pintura blanca, y una rampa de cemento que subía a un muelle de carga. El lugar estaba limpio en la manera en que los sitios urbanos bien cuidados lo estaban. Lo que quería decir que estaba sucio, pero no había basura suelta a la vista.
V abrió su puerta.
—No salgas todavía.
Puso la mano en el petate que contenía sus ropas. ¿Quizás había decidido llevarla de vuelta al hospital? Excepto que esta no era una entrada que conociera del St. Francis.
Momentos después V abrió la puerta y estiró su mano descubierta dentro.
—Deja tus cosas. Fritz, volveremos dentro de un rato.
—Es un placer esperar —dijo el anciano con una sonrisa.
Jane salió del coche y siguió a V hacia un grupo de escaleras de cemento al lado de la rampa. Todo el tiempo estaba sobre ella como un forro, apretado contra su espalda, protegiéndola. De alguna manera abrió la robusta puerta de metal sin llaves; simplemente puso su mano en la barra de apertura y la miró.
Extrañamente, una vez que estuvieron dentro no se relajó nada. La guió con rapidez por un pasillo hasta un ascensor de carga, comprobando a derecha e izquierda mientras avanzaban. No tenía ni idea de que estaban en el lujoso edificio Commodore hasta que leyó un letrero de los encargados del inmueble que estaba puesto en las paredes de cemento.
—¿Tienes un piso aquí? —preguntó, aunque era evidente.
—El piso superior es mío. Bueno, la mitad. —Entraron a un ascensor de servicio con suelo de linóleo gastado bajo las luces empotradas—. Desearía poder llevarte por la entrada principal, pero es demasiado pública.
Hubo una sacudida cuando el ascensor se puso en marcha, y ella estiró la mano para apoyarse en las paredes. V le cogió la parte superior del brazo, manteniéndola estable, y no la soltó. No quería que lo hiciera.
V seguía tenso cuando pararon bruscamente y el ascensor se abrió. El sencillo vestíbulo no era nada especial, simplemente con dos puertas y una salida a unas escaleras para darle un propósito. El techo era alto, pero no ornamentado, y el alfombrado era de la variedad suave y multicolor que reconocía de las salas de espera del hospital.
—Es por aquí.
Lo siguió hasta el final del pasillo y se sorprendió al verlo sacar una llave de oro para abrir una puerta.
Lo que había al otro lado estaba oscuro como la boca de un lobo, pero entró con V al interior sin sentir miedo. Demonios, se sentía como si pudiera caminar hacia un pelotón de fusilamiento con él a su lado, y salir sana y salva. Además, el lugar olía bien, como a limón, como si lo hubieran limpiado recientemente.
V no encendió ninguna luz. Sólo tomó su mano y la instó a que siguiera adelante con un tirón.
—No puedo ver nada.
—No te preocupes. Nada te hará daño, y conozco el camino.
Se agarró a su palma y muñeca y se arrastró tras él hasta que V se detuvo. Por la forma en que sus pasos retumbaban, tenía la sensación de que era un espacio grande, pero ni idea de los contornos del ático.
V le giró el rostro hacia la derecha y luego se apartó.
—¿A dónde vas? —tragó saliva con fuerza.
Una vela brillaba en el rincón más alejado, a unos cien metros de ella. Sin embargo, no iluminaba mucho. Las paredes… las paredes y el techo y… el suelo… eran negras. Todo negro. Al igual que la vela.
V se colocó al refugio de la luz, nada más que una sombra amenazante.
El corazón de Jane palpitó.
—Me preguntaste por las cicatrices entre mis piernas —dijo—. Cómo sucedieron.
—Sí —susurró. Así que por eso quería todo oscuro como la noche. No quería que le viera la cara.
Otra vela se encendió, ésta en el lado opuesto de lo que vio que era una enorme habitación.
—Mi padre mandó que lo hicieran. Justo después de que casi lo matara.
Jane aspiró bruscamente.
—Oh… Dios.
Vishous miró fijamente a Jane, pero sólo veía el pasado y lo que había sucedido después de que tirara a su padre al suelo.

—Traedme mi daga —dijo el Bloodletter.
V luchó contra el soldado que le sujetaba los brazos, pero no llegó a ninguna parte. Mientras se retorcía, dos machos más aparecieron. Después otro par. Luego otros tres.
El Bloodletter escupió en el suelo cuando alguien le puso una daga negra en la mano, y V se preparó para la puñalada que iba a venir… excepto que el Bloodletter sólo pasó con rapidez la hoja por su palma y luego la enfundó en su cinturón. Juntando ambas manos, las frotó una contra la otra, y luego golpeó con fuerza su derecha en el centro del pecho de V.
V bajó la mirada a la huella en su piel. Expulsión. No muerte. ¿Por qué?
La voz del Bloodletter era dura.
—Serás desconocido para siempre para aquellos que habitan aquí. Y la muerte vendrá a cualquiera que te ayude.
Los soldados empezaron a soltar a Vishous.
—Todavía no. Llevadlo al campamento. —El Bloodletter se dio la vuelta—. Y que venga el herrero. Es de nuestra incumbencia advertir a otros de la naturaleza malvada de este macho.
V se retorció salvajemente cuando otro soldado le levantó las piernas y fue llevado como un cadáver a la cueva.
—Tras la pantalla —le dijo el Bloodletter al herrero—. Haremos esto delante de la pared dibujada.
El macho palideció, pero llevó su caja de áspera madera con herramientas al otro lado de la división. Mientras tanto, V fue colocado sobre su espalda con un soldado al final de cada una de sus extremidades y otro sujetándole las caderas.
El Bloodletter se situó sobre V, con las manos chorreando un brillante rojo.
—Marcadlo.
El herrero levantó la mirada.
—¿De qué manera, gran señor?
El Bloodletter deletreó las advertencias en la Antigua Lengua, y los soldados sujetaron a V mientras sus sienes, su entrepierna y sus muslos eran tatuados. Luchó durante todo el proceso, pero la tinta se hundió en su piel, los caracteres permanentes. Cuando terminaron, estaba totalmente agotado, más cansado que cuando había salido de la transición.
—Su mano. Hazlo en la mano también. —El herrero empezó a negar con la cabeza—. Lo harás o traeré a otro herrero al campamento, porque tú estarás muerto.
Al herrero le tembló todo el cuerpo, pero tuvo cuidado de no tocar la piel de V, con lo que las marcas se completaron sin incidentes.
Cuando se terminó, el Bloodletter bajó la mirada hacia V.
—Hay otra tarea necesaria, creo yo. Abridle mucho las piernas. Le haré un favor a la raza y me aseguraré de que nunca se reproduzca.
V sintió que los ojos se le salían de las órbitas cuando sus tobillos y muslos fueron separados de un tirón.
—No, se necesita algo distinto.
Le ordenó al herrero que hiciera la tarea con un par de tenazas.
V gritó al sentir el metal cerrándose sobre su piel más sensible. Hubo un dolor ardiente y un desgarro, y entonces…

—Dulce Jesús —dijo Jane.
V se sacudió regresando al presente. Se preguntó cuánto había dicho en voz alta, y decidió que, a juzgar por la mirada de horror en su rostro, había sido más o menos todo.
Observó la luz de las velas destellando en sus oscuros ojos verdes.
—No fueron capaces de terminar.
—No por decencia —dijo suavemente.
Negó con la cabeza y elevó su mano enguantada.
—Aunque estaba a punto de desmayarme, todo mi cuerpo se encendió. Los soldados que me estaban sujetando murieron al instante. Al igual que el herrero… estaba usando una herramienta de metal, y esta condujo la energía directamente a él.
Cerró los ojos brevemente.
—¿Qué pasó después?
—Me di la vuelta, me levanté un poco y me arrastré hasta la salida. Todo el campamento me vio marchar en silencio. Ni siquiera mi padre se interpuso en mi camino ni me dijo nada. —V se agarró ligeramente, recordando el dolor paralizante—. El, eh… el suelo de la cueva estaba cubierto con un tipo de tierra suelta, polvorienta, que contenía varios minerales, uno de los cuales debía ser sal. La herida se cerró, de modo que no me desangré, pero así es como obtuve las cicatrices.
—Lo siento… tanto —levantó la mano como si quisiera alcanzarlo, pero luego dejó caer el brazo—. Es un milagro que sobrevivieras.
—Apenas conseguí sobrevivir esa primera noche. Tenía tanto frío. Acabé usando una rama para que me ayudara a caminar, y fui lo más lejos que pude sin rumbo fijo. Al final me desplomé. La voluntad de seguir caminando estaba allí, mi cuerpo no. Había perdido sangre, y el dolor era agotador.
Unos civiles de mi raza me encontraron justo antes del amanecer. Me acogieron, pero sólo por un día. Las advertencias… —se tocó la sien—. Las advertencias en mi rostro y cuerpo hicieron lo que mi padre quería que hicieran. Me convirtieron en un monstruo a ser temido. Al caer la noche me fui. Deambulé solo durante años, manteniéndome en las sombras, apartándome del camino de la gente. Me alimenté de humanos por un tiempo, pero eso no me sustentó lo suficiente. Un siglo después acabé en Italia, trabajando como matón contratado para un comerciante que trataba con humanos. En Venecia había putas de mi especie, que te dejaban alimentarte, y las usé.
—Tan solo. —Jane se puso la mano en la garganta—. Debiste estar tan solo.
—Apenas. No quería que me vieran con nadie. Trabajé para el comerciante más o menos una década, y después una noche, en Roma, me encontré con un lesser que estaba en el proceso de matar a una hembra. Maté al bastardo, pero no porque la hembra me importara particularmente. Fue… sabes, fue su hijo. Su hijo estaba mirando en las sombras de la oscura calle, agachado al lado de un carro. Era como… mierda, definitivamente era un pretrans, y uno joven. Lo vi a él primero, en realidad, cuando capté la acción al otro lado. Pensé en mi propia madre, o por lo menos la imagen que había imaginado de ella, y fue como… demonios, de ninguna manera este niño iba a ver a la hembra que lo había dado a luz morir.
—¿La madre vivió?
Él hizo una mueca de dolor.
—Cuando pude llegar a ella, ya se había ido. Se desangró de una herida en la garganta. Pero te lo prometo, ese lesser terminó hecho pedazos. Después de eso, no supe qué hacer con el niño. Terminé yendo con el comerciante para el que había matado, y él me puso en contacto con unos tíos que acogieron al chico. —V soltó una corta risa—. Resultó ser que la madre que murió era una Elegida, ¿y ese pretrans? Bueno, terminó siendo el padre de mi hermano Tohrment. Tenemos un mundo pequeño, ¿verdad?
Así que como salvé a un niño de sangre guerrera, se extendió la historia y mi hermano Darius terminó encontrándome y presentándome a Wrath. D… D y yo teníamos una conexión particular, y era probablemente el único que podría haber llamado mi atención en ese punto. Cuando conocí a Wrath, no estaba metido en lo de ser Rey, y no estaba más interesado que yo en tener vínculos. Lo que quiere decir que los dos conectamos. Finalmente fui introducido en la Hermandad. Y bueno… mierda, eso es todo.
En el silencio que siguió, sólo pudo adivinar lo que pasaba por la mente de Jane, y la idea de que lo compadeciera lo hizo querer hacer algo para demostrar que era fuerte.
Como aplastar un coche.
Salvo que en vez de volverse toda suave con él y hacerle sentir todavía más nervioso, Jane simplemente miró alrededor, aunque sabía que no podía ver más que las dos velas encendidas.
—Y este lugar… ¿qué significa este lugar para ti?
—Nada. No significa más que cualquier otro.
—¿Entonces por qué estamos aquí?
El ritmo del corazón de V se aceleró.
Mierda… Hallándose allí con ella, después de soltarlo todo, no estaba seguro de poder seguir con lo que había planeado.



Mientras Jane esperaba a que V hablara, quería rodearlo con los brazos. Quería soltarle un montón de palabras muy sinceras y esencialmente bastante tontas. Quería saber si su padre, verdaderamente, había muerto en llamas, y esperaba que el bastardo lo hubiera hecho.
Cuando el silencio continuó, dijo:
—No sé si esto ayudará… probablemente no, pero tengo que decir algo. No soporto la avena. Hasta ahora, me pone enferma. —Rezó por no estar diciendo algo incorrecto—. Está bien que todavía estés luchando con todo lo que te hicieron. Cualquiera lo haría. No te hace débil. Fuiste violentamente mutilado por alguien que te debería haber protegido y atendido. El hecho de que todavía estés en pie es un milagro. Te respeto por eso.
Las mejillas de V se ruborizaron.
—Yo, eh… realmente no lo veo de esa manera.
—Bueno. Pero yo sí. —Para darle un respiro, se aclaró la garganta y añadió—: ¿Vas a decirme por qué estamos aquí?
Se frotó la cara como si estuviera intentando aclararse la mente.
—Mierda, quiero estar contigo. Aquí.
Jane soltó aire con alivio y tristeza. También quería una despedida con él. Una despedida que fuera sexual y privada, y no en la habitación en la que habían estado encerrados juntos.
—Yo también quiero estar contigo.
Otra vela saltó a la vida al lado de un grupo de cortinas. Después una cuarta junto a un mueble bar. Una quinta cerca de una gran cama con sábanas de satén negro.
Empezó a sonreír, hasta que la sexta se encendió. Había algo colgando de la pared… algo que parecían… ¿cadenas?
Más velas llamearon. Máscaras. Látigos. Varas. Mordazas.
Una mesa negra con ataduras que colgaban hasta el suelo.
Se rodeó con los brazos, helada.
—Así que es aquí donde haces eso de atar.
—Sí.
Oh, Jesús… no quería ese tipo de adiós. Intentando mantenerse calmada, dijo:
—Sabes, tiene sentido, dado lo que te pasó. Que te guste esto. —Mierda, no podía manejarlo—. Así que… ¿son hombres o mujeres? ¿O, digamos, una combinación?
Escuchó el crujido del cuero y se giró hacia él. Se estaba quitando la chaqueta, y después un conjunto de armas que no había visto. Seguidas de dos cuchillos negros que también habían estado ocultos. Cristo, había estado totalmente armado.
Jane se abrazó con más fuerza. Quería estar con él, pero no atada y cubierta con una máscara, mientras él ponía un Nueve Semanas y Media en su cabeza y le sacaba mierda del cuerpo a latigazos.
—Escucha, V, no creo…
Se quitó la camisa, los músculos de la espalda flexionándose sobre la columna, los pectorales sobresalieron por completo, luego se relajaron. Se quitó las botas de una patada.
Santa… mierda, pensó, cuando se dio cuenta de qué iba todo esto.
Los calcetines y pantalones de cuero fueron después, y, como no llevaba ropa interior, no había calzoncillos que quitar. En total silencio, V caminó descalzo por el lustroso suelo de mármol y se subió a la mesa con un coordinado y repentino movimiento. Extendido, era realmente magnífico, su cuerpo cargado de músculos, los movimientos elegantes y masculinos. Aspiró profundamente, su caja torácica elevándose y bajando.
Ligeros temblores recorrían su piel… ¿o tal vez era la luz de las velas?
V tragó con fuerza.
No, era miedo lo que estaba haciendo que se moviera nerviosamente.
—Coge una máscara para mí —dijo en voz baja.
—V… no.
—Una máscara y una mordaza de bola. —Giró la cabeza hacia ella—. Hazlo. Luego ponme las esposas. —Cuando no se movió, hizo un gesto con la cabeza hacia lo que colgaba de la pared—. Por favor.
—¿Por qué? —preguntó, viendo el sudor que empezaba a recorrer su cuerpo.
V cerró los ojos, y sus labios apenas se movieron.
—Me has dado tanto… y no sólo un fin de semana de tu vida. Intenté pensar en lo que darte a cambio, ya sabes, la mierda del intercambio justo, vomitar avena por detalles sobre mis cicatrices. Lo único que tengo soy yo y esto… —golpeó la dura madera de la mesa con los nudillos— esto es todo lo expuesto que jamás podré estar, y es lo que te quiero dar.
—No quiero hacerte daño.
—Lo sé —abrió los párpados de repente—. Pero quiero que me tengas como nadie nunca lo ha hecho o hará. Así que coge la máscara.
Cuando tragó, ella observó su nuez rodando por la columna de su ancho cuello.
—Este no es el tipo de regalo que quiero. Ni el tipo de despedida.
Hubo un largo silencio. Después V dijo:
—¿Recuerdas que te dije sobre lo del matrimonio arreglado?
—Sí.
—Va a suceder en cuestión de días.
Oh, ahora de verdad no quería esto. Pensar que estaba con el prometido de otra…
—No he conocido a la hembra. Ella tampoco a mí. —Miró a Jane—. Y es la primera de unas cuarenta.
¿Cuarenta?
—Se supone que tengo que engendrar todos sus hijos.
—Oh, Dios.
—Así están las cosas. El sexo va a ser todo función biológica a partir de ahora. Y sabes, realmente nunca me he puesto al descubierto, ¿verdad? Quiero hacer esto contigo porque… Bueno, da igual, sólo lo hago.
Le miró. El coste de yacer de esa manera estaba en sus grandes y desorbitados ojos, su pálido rostro y el sudor que cubría su pecho. Decir que no sería degradar su valentía.
—¿Qué…? —Santa mierda—. ¿Qué es exactamente lo que quieres que haga?

Cuando V terminó de decírselo, se giró y se puso a mirar fijamente el techo. La luz de las velas jugaba en su amplia y negra extensión, haciendo que pareciera un estanque de aceite. Mientras esperaba por la respuesta de Jane, fue golpeado por el vértigo, sintiéndose como si la habitación se hubiera dado la vuelta sola y él estuviera colgado por encima del techo, a punto de ser lanzado a él y tragado por el mejor Quaker State[2].
Jane no decía una palabra.
Jesús… Nada como ofrecerse uno mismo en estado vulnerable y que te rechazaran.
Por otra parte, tal vez a ella no le gustaba el sushi de vampiro.
Cuando le apoyó la mano en el pie, dio un salto. Y entonces escuchó el sonido de metal contra metal de una hebilla siendo levantada. Bajó la vista por su cuerpo desnudo para ver como una cinta de cuero de diez centímetros rodeaba su tobillo. Al ver las manos pálidas de Jane ocupadas en sujetarlo, su polla saltó formando una erección.
La cara de Jane era toda concentración mientras pasaba el extremo de una lengüeta de cuero a través de la hebilla y tiraba hacia la izquierda.
—¿Está bien?
—Más apretado.
Sin levantar la vista, le dio un sólido tirón. Cuando la correa le mordió la piel, la cabeza de V cayó hacia atrás sobre la madera y este gimió.
—¿Demasiado apretada?
—No… —V tembló por completo cuando sujetó su otra pierna, a la vez aterrorizado y realmente excitado. Los sentimientos se intensificaron cuando Jane hizo lo mismo con una muñeca, luego con la otra.
—Ahora la mordaza y la máscara. —Su voz era ronca porque su sangre corría caliente y fría, y su garganta estaba tan apretada como las ataduras.
Lo miró.
—¿Estás seguro?
—Sí. Una de las máscaras es del tipo que simplemente cubre los ojos, y eso me ira bien.
Cuando volvió, tenía una bola roja de goma con un dogal para la cabeza y la máscara en las manos.
—La mordaza primero —dijo V, abriendo mucho la boca. Los ojos de ella se cerraron por un momento, y se preguntó si se detendría, pero entonces Jane se inclinó hacia delante. La bola sabía a látex, un bocado picante y amargo en su lengua. Cuando V levantó la cabeza para que pudiera atársela, su respiración salió silbando por la nariz.
Jane negó con la cabeza.
—No puedo ponerte la máscara. Necesito verte los ojos. No puedo… Sí, no haré esto sin contacto visual. ¿De acuerdo?
Probablemente era una buena idea. La mordaza estaba haciendo lo que debía, haciéndolo sentirse asfixiado… y las ataduras estaban haciendo lo que debían, haciéndolo sentirse atrapado. Si no pudiera ver y saber que era ella, probablemente se volvería jodidamente loco.
Cuando asintió con la cabeza, dejó caer la máscara al suelo y se quitó el abrigo. Luego se inclinó y cogió una de las velas negras.
A V le ardieron los pulmones cuando se acercó a él.
Jane aspiró profundamente.
—¿Estás seguro?
Volvió a asentir, aunque sus muslos temblaban y sus ojos se salían de las órbitas. Con temor y excitación, V vio cómo extendía el brazo sobre su pecho… e inclinaba la vela.
Cera negra se derramó sobre su pezón, y V apretó los dientes en la mordaza de bola, tensándose contra lo que lo sujetaba a la mesa hasta que el cuero crujió. Su polla saltó contra su vientre, y tuvo que contener un orgasmo.
Jane hizo exactamente lo que le había dicho que quería, bajando cada vez más por su torso, después saltándose sus partes privadas para empezar en las rodillas y seguir subiendo. El dolor tenía un efecto acumulativo, primero no más que picaduras de abeja, más tarde volviéndose intensas. El sudor bajó por sus sienes y costillas, y V jadeó por la nariz, hasta que todo su cuerpo estuvo arqueándose sobre la mesa.
Se corrió por primera vez cuando Jane apartó la vela, cogió una vara… y tocó la cabeza de su erección con la punta. Rugió contra la mordaza y eyaculó sobre la endurecida cera negra de su estómago.
Jane se congeló, como si la reacción la hubiera sorprendido. Después pasó la vara por el lío que V había hecho, bañando su pecho con lo que había salido de él. La esencia de emparejamiento inundó el ático, al igual que lo hicieron sus gruñidos de sumisión mientras le acariciaba el torso arriba y abajo, y luego las caderas.
Se corrió una segunda vez cuando deslizó la vara entre sus piernas y acarició la parte interior de sus muslos con ella. Miedo, sexo y amor llenaron la piel de V desde el interior, convirtiéndose en los músculos y huesos que lo componían; no era nada más que emoción y necesidad, y ella lo conducía todo.
Y entonces Jane bajó la vara sobre sus muslos con un tirón del brazo.

Jane no podía creer que se estuviera poniendo caliente, teniendo en cuenta lo que estaba haciendo. Pero con V estirado y sujeto y teniendo orgasmos para ella, era difícil no saltar sobre él.
Usó la vara ligeramente sobre él, sin duda menos de lo que V quería, pero con la suficiente fuerza como para dejar marcas en sus muslos, vientre y pecho. No podía creer que le gustara de esa manera, considerando lo que había soportado, pero de hecho a V le encantaba. Tenía los ojos centrados en ella, y destellaban brillantes como bombillas, proyectando sombras blancas sobre la luz mantecosa de las velas. Cuando se corrió otra vez, el aroma de especias que asociaba con él volvió a elevarse.
Dios, la avergonzaba y fascinaba a la vez querer ir más lejos con lo que tenía disponible… el estar mirando la caja de clips metálicos y los látigos en las paredes ya no como aberraciones, sino como representantes de una gran cantidad de posibilidades eróticas. No era que quisiera hacer daño a V. Simplemente quería que sintiera tan intensamente como ahora. Se trataba de llevarlo a su límite sexual.
Finalmente estuvo tan excitada que se quitó los pantalones y la ropa interior.
—Te voy a follar —le dijo.
V gimió desesperadamente, sus caderas girando y empujando hacia arriba. Su erección todavía estaba dura como una roca, a pesar de las veces que había eyaculado, y pulsaba como si fuera a repetir otra vez.
Cuando Jane se subió sobre la mesa y abrió las piernas sobre su pelvis, V respiró por la nariz con tanta fuerza que ella se alarmó. Viendo que las ventanas de su nariz aspiraban dentro y fuera, Jane se inclinó para sacarle la mordaza, pero él apartó la cabeza de un tirón y la sacudió, negando.
—¿Estás seguro? —preguntó Jane.
Cuando asintió ferozmente, descendió sobre sus caderas cubiertas de semen y se colocó sobre la dura punta de su erección, su centro abriéndose sobre él, agarrándolo. V puso los ojos en blanco y sus párpados se agitaron como si fuera a perder el conocimiento, mientras se mecía contra ella lo más que podía.
Mientras Jane cabalgaba hacia delante y atrás sobre él, se quitó la camiseta y puso las copas del sujetador a los lados, de manera que la modelaban hacia arriba y hacia fuera. Hubo un poderoso crujido cuando V se tensó contra las ataduras. Si estuviera libre, estaba bastante segura de que la tendría tumbada de espaldas en un momento.
—Mírame tomándote —dijo Jane, pasándose una mano por el cuello. Cuando sus dedos se acercaron al remanente de la marca de la mordedura, los labios de V se salieron de la mordaza de bola y sus colmillos se alargaron, clavándose en el látex rojo mientras rugía.
Continuó tocándose donde la había mordido mientras se elevaba de rodillas y se colocaba sobre su erección. Se sentó sobre él con fuerza, y V tuvo un orgasmo en cuanto entró en ella, golpeándola profundamente, inundándola. Después, todavía seguía totalmente erecto, incluso cuando dejó de estremecerse.
Jane nunca se había sentido más sexual en toda su vida como cuando empezó a frotarse contra él. Le encantaba que V estuviera manchado con la cera y el resultado de sus orgasmos, que su piel brillara de sudor y de un brillante rojo en algunos lugares, y que hubiera un lío para después limpiar. Ella le había hecho todo eso, y V la adoraba por lo que había sucedido. Esa era la razón por la que eso se sentía correcto.
Cuando su propia liberación llegó a gran velocidad, Jane miró los ojos enormes y salvajes de V.
Deseó no tener que abandonarlo jamás.



[1] Jeffrey Dahmer, apodado "El Carnicero de Milwaukee", fue un asesino en serie responsable de la muerte de 17 hombres entre 1978 y 1991. Es conocido no sólo por la cantidad de personas que asesinó, sino también por practicar la necrofilia y el canibalismo.
[2] Empresa americana fabricante de aceites para el automóvil.



Cuando Fritz metió el Mercedes en la corta entrada para coches del condominio y lo aparcó, V miró a través del parabrisas delantero.
—Bonito lugar —le dijo a Jane.
—Gracias.
Se quedó en silencio, perdiéndose en los recuerdos de lo que había pasado en el ático durante las dos últimas horas. Las cosas que le había hecho… Cristo, nunca nada había sido tan erótico. Y nada había sido tan dulce como el desenlace. Cuando la sesión hubo terminado, lo había liberado y lo había llevado a la ducha. Debajo del rocío de agua el semen se había limpiado y la cera se había desprendido, pero realmente la limpieza había ocurrido en su interior.
Deseaba que las marcas rojas que había dejado en su cuerpo perduraran. Las deseaba en su piel de forma permanente.
Dios, no podía soportar dejarla ir.
—Entontes, ¿cuánto tiempo hace que estás aquí? —preguntó.
—Desde que empecé la residencia. Así que, diez años.
—Es una buena zona para ti. Cerca del hospital. ¿Qué tal son tus vecinos? —era una agradable conversación como la que mantendrías en una reunión, bla-bla. En tanto la casa en la que se llevaba a cabo la reunión se estaba incendiando.
—La mitad de las personas son jóvenes profesionales y la otra mitad son ancianos. Lo gracioso es que te vas ya sea porque te casas o vas a una residencia de ancianos. —Señaló el apartamento al lado izquierdo del suyo—. El señor Hancock se mudó hace dos semanas a una residencia. El nuevo vecino, quienquiera-que-sea, probablemente sea igual a él, porque los apartamentos de un solo piso tienden a ser ocupadas por gente mayor. A propósito, estoy parloteando.
Y él estaba entretenido.
—Como dije, amo tu voz, así que siéntete libre de hacerlo.
—Solo lo hago cuando estoy contigo.
—Por lo cual me siento afortunado. —Miró su reloj. Mierda, el tiempo se escurría como el agua de una bañera, dejando muchísimo frío con su ausencia—. Entonces, ¿me la enseñas?
—Claro.
Salió del coche antes que ella y examinó el área antes de hacerse a un lado para dejarla salir. Le dijo a Fritz que se fuera, ya que él se desmaterializaría de regreso a casa, y mientras el doggen salía de la entrada para coches, V la dejó ir delante el camino por la acera.
Jane abrió la puerta solo con una llave y un giro del pomo. No tenía sistema de seguridad. Solo un cerrojo. Y en el interior no había pasador ni cadena. Aunque no tuviera enemigos como él, esto no era lo suficientemente seguro. Iba a…
No, no iba a remediarlo. Porque en unos pocos minutos iba a ser un extraño.
Para evitar perder la cordura, miró a su alrededor. El mobiliario no tenía ningún sentido. Contra las marfileñas paredes del apartamento, toda la caoba y las pinturas al óleo hacían parecer el lugar un museo. De la época de Eisenhower.
—Los muebles…
—Eran de mis padres —dijo mientras dejaba el abrigo y el bolso—. Después de que murieran, mudé todo lo que pudiera caber aquí de la casa de Greenwich. Fue un error… siento como si viviera en un museo.
—Um… puedo entenderlo.
Caminó por la sala de estar, observando cosas que parecían pertenecientes a la casa colonial de un doctor en la parte de la ciudad donde viviría Bruce Wayne[1]. La mierda empequeñecía las líneas del apartamento atestando las habitaciones que de otra forma hubieran sido alegres.
—Realmente, no sé porque conservo todo esto. No me gustaba vivir así mientras crecía. —Dio un pequeño giro y luego se detuvo.
Mierda, él tampoco sabía que decir.
Sin embargo sabía lo que debía hacer.
—Entonces… la cocina es por allí, ¿verdad?
Ella caminó hacia la derecha.
—No es muy grande.
Pero era agradable, pensó V, cuando entró. Como el resto del apartamento, la cocina era de color blanco y crema, pero al menos allí no te sentías como si necesitaras un guía de museo. La mesa y las sillas del rincón de desayuno eran de pino pálido y del tamaño adecuado para el espacio. Las encimeras de granito eran lustrosas. Los electrodomésticos eran de acero inoxidable.
—La reformé el año pasado.
Hubo más conversación de salón en tanto los dos ignoraban el hecho que el “game over” estaba brillando en su pantalla.
V se acercó a la cocina y tratando de adivinar, abrió el armario superior izquierdo. Bingo. La mezcla para chocolate caliente estaba justo allí.
La tomó, la puso sobre la encimera, luego fue hacia la nevera.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.
—¿Tienes una taza? ¿Cacerola? —tomó un cartón de leche de la nevera, lo abrió, y la olió.
Mientras regresaba hacia la cocina, en voz baja le dijo donde estaba todo, como si repentinamente estuviera teniendo problemas para mantenerse entera. Le avergonzaba admitirlo, pero se alegraba de que estuviera triste. Lo hacía sentir menos patético y solitario en medio de este infernal adiós.
Hombre, era un hijo de puta.
Sacó una cacerola esmaltada y una gruesa taza, luego encendió una llama baja en la cocina. Mientras la leche se calentaba, miró fijamente la mierda reunida sobre la encimera y sintió que su cerebro se tomaba unas pequeñas vacaciones. La disposición de las cosas parecían un anuncio de Nestlé, la clase de cosa en donde la madre de los suburbios cuidaba del fuerte mientras los niños jugaban en la nieve hasta que la nariz les quedaba roja y las manos frías. Podía imaginárselo. La helada cuadrilla llegaría corriendo justo cuando la madraza exponía la clase de comida vigorizante capaz de doblar a Norman Rockwell[2] hasta someterlo a un estado de sumisión por exceso de sentimentalismo.
Hasta podía oír la voz en off: Nestlé sirve lo mejor de lo mejor.
Si, bueno, no había niños ni mamis aquí. Tampoco un hogar feliz, aunque el apartamento era lo suficientemente bonito. Este era un chocolate de la vida real. De la clase que le das a alguien a quien amas porque no puedes pensar en otra cosa que hacer y ambos están destruidos. Era de la clase que servías mientras tus entrañas estaban anudadas, tu boca estaba seca y estabas pensando seriamente en ponerte a llorar, pero eras demasiado macho para hacer ese tipo de despliegue.
Era de la clase que hacías con todo el amor que no habías expresado y muy bien podrías no tener la voz o la oportunidad de expresar.
—¿No recordaré nada? —le preguntó con voz ronca.
Añadió un poco más de la mezcla y lo removió con la cuchara observando como el remolino de chocolate era absorbido por la leche. No podía contestarle, sencillamente no podía decirlo en voz alta.
—¿Nada? —lo incitó.
—Por lo que tengo entendido, puedes tener algún sentimiento de vez en cuando que es desencadenado por un objeto o un aroma, pero no serás capaz de reconocerlo. —Metió el dedo índice para comprobar la temperatura, se lo chupó para limpiarlo, y continuó removiendo—. Aunque, como tu mente es muy fuerte, es muy probable que tengas sueños confusos.
—¿Y que pasa con el fin de semana perdido?
—No sentirás como si lo hubieras perdido.
—¿Como es eso posible?
—Porque te voy a dar otro fin de semana para reemplazarlo.
Cuando no dijo nada más, miró por encima del hombro. Estaba de pie junto a la nevera, abrazándose a si misma. Tenía los ojos brillantes.
Joder. Vale, había cambiado de opinión. No quería que se sintiera tan mal como él se sentía. Haría cualquiera cosa para que no se sintiera así de triste.
Y, en verdad, tenía el poder de arreglarlo.
Probó lo que estaba calentando, aprobó la temperatura, y apagó la llama. Mientras llenaba la taza, el suave borboteo tenía la promesa de la relajación y satisfacción que deseaba para su hembra. Le llevó la taza, y cuando no la tomó, el desenganchó uno de sus antebrazos. Tomó el chocolate caliente en la mano solo porque la obligó, y no se lo bebió. Doblando la muñeca hacia adentro, lo acunó contra su clavícula, torciendo el brazo alrededor de la cosa.
—No quiero que te vayas —susurró, sonando apenada, casi al punto de las lágrimas.
Le puso la mano descubierta en la mejilla y apreció la suavidad y la calidez de su rostro. Sabía que cuando se fuera de allí, estaría dejando su estúpido y maldito corazón con ella. Seguro, algo latiría detrás de sus costillas y mantendría la sangre en movimiento, pero de ahora en adelante, solo sería una función mecánica.
Oh, espera. Ya antes había sido de esa forma. Ella solo le había dado a la cosa humanidad y vida por un breve espacio de tiempo.
 La atrajo a sus brazos y descansó la mejilla sobre la parte superior de su cabeza. Maldito infierno, nunca más podría oler chocolate sin pensar en ella, sin desfallecer por ella.
En el momento en que cerró los ojos un hormigueo le recorrió la espina dorsal, estremeciéndolo a lo largo de la nuca y disparándose hacia su mandíbula. Estaba saliendo el sol, y ese era su cuerpo diciéndole que el momento de irse ya no era algo en el futuro, sino algo de ahora… de un apremiante ahora.
Se apartó y presionó los labios contra los de ella.
—Te amo. Y voy a seguir amándote aún incluso después de que tú ya no seas consciente de mi existencia.
Sus pestañas aletearon, conteniendo las lágrimas, hasta que hubo demasiadas para poder detenerlas. La secó el rostro con los pulgares.
—V… yo…
Aguardó un instante. Cuando no terminó la frase, tomó su barbilla en la palma de la mano y la miró a los ojos.
—Oh, Dios, vas a hacerlo —dijo—. Vas a…



[1] Bruce Wayne es el nombre real de Batman. Alude a la parte de la ciudad en donde el viviría en el sentido de que es millonario.
[2] Norman Rockwell Ilustrador, fotógrafo y pintor norteamericano. Las primeras obras tienen un profundo sentido anecdótico; proliferan, durante principios de siglo y los primeros años veinte y treinta, las obras que representan a niños en diferentes actitudes, siempre enfatizando los detalles propios del carácter de los niños: corriendo, burlándose de otros, tomando el desayuno, yendo a la escuela o jugando al béisbol.

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