sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 31 32 33


Jane parpadeó y miró el chocolate caliente que estaba sosteniendo. Algo estaba goteando sobre él.
Jesús… Había lágrimas corriendo por su rostro, cayendo dentro de la taza, mojándole la camisa. Su cuerpo entero estaba temblando, tenía las rodillas flojas, su pecho gritaba de dolor. Por alguna loca razón deseaba tirarse al suelo y ponerse a gemir.
Limpiándose las mejillas, dio un vistazo a través de la cocina. Había leche, mezcla para preparar chocolate y una cuchara sobre la encimera. Desde la cacerola que estaba sobre la cocina aún se elevaba algo de vapor. El armario de la izquierda no estaba cerrado del todo. No podía recordar haber sacado todas esas cosas ni haber preparado lo que tenía dentro de la taza, pero bueno, generalmente eso pasaba con las acciones repetitivas y habituales. Las hacías sin pensar…
¿Qué demonios? A través de las ventanas al otro lado del rincón del desayuno, vio a alguien de pie en frente de su apartamento. Un hombre. Un hombre enorme. Estaba justo fuera de la brillante luz que derramaba una de las farolas de la calle, así que no podía ver su rostro, pero sabía que la estaba mirando.
Sin ninguna razón aparente las lágrimas corrieron por su rostro más fuerte y rápidamente. Y la efusión se hizo peor cuando el extraño se dio la vuelta y se fue caminando calle abajo.
Jane prácticamente tiró la taza sobre la encimera y salió corriendo de la cocina. Tenía de alcanzarlo. Tenía que detenerlo.
Justo cuando llegó a la puerta principal, una tremenda jaqueca la hizo caer al suelo como si le hubieran hecho una zancadilla. Cayó desparramada sobre el frío suelo de azulejos blancos del vestíbulo, luego se giró sobre un lado, apretándose los dedos contra las sienes y jadeando.
Yació allí por solo Dios sabe cuanto tiempo, solo respirando y rezando para que el dolor retrocediera. Cuando finalmente cedió levantó la parte superior del cuerpo del suelo y se reclinó contra la puerta de entrada. Se preguntaba si había tenido una embolia, pero no había habido interrupción cognitiva ni alteraciones visuales. Solo un asalto repentino de un tremendo dolor de cabeza.
Debía ser un remanente de la gripe que había padecido todo el fin de semana. Ese virus que había rondado el hospital por semanas la había dejado fuera de combate como un rosal muerto. Lo que tenía sentido. Hacía mucho tiempo que no se enfermaba, así que ya era hora.
Hablando de atrasos… Mierda, ¿acaso había llamado para concertar una nueva cita para le entrevista que tenía en Columbia? No tenía ni idea… lo que significaba que probablemente no lo hubiera hecho. Demonios, ni siquiera recordaba haber salido del hospital la noche del jueves.
No estaba segura de cuanto tiempo estuvo actuando como tope de puerta pero en determinado momento el reloj que estaba sobre la repisa comenzó a sonar. Era el que había estado en el estudio de su padre en Greenwich, un antiguo Hamilton hecho de bronce sólido que, habría jurado, anunciaba las horas con acento británico. Siempre había odiado a la maldita cosa, pero siempre estaba en hora.
Las seis de la mañana. Hora de irse a trabajar.
Buen plan, pero cuando se puso de pie, supo sin ninguna duda que no iba a ir al hospital. Estaba mareada, débil y exhausta. No había forma que pudiera proporcionar cuidados en la condición en que se encontraba; todavía estaba enferma como un perro.
Maldita sea… debía llamar. ¿Dónde estaban el busca y el teléfono…?
Frunció el ceño. Su abrigo y el bolso que había preparado para ir a Manhattan estaban cerca del armario del vestíbulo.
Sin embargo, el móvil no estaba. El busca tampoco.
Llevó su lastimoso culo a la planta alta y buscó al lado de la cama, pero el par no estaba allí. De regreso en la planta baja revisó la cocina. Nada. Y el bolso de mano, el que siempre llevaba al trabajo, también había desaparecido. ¿Podría haberlo dejado en el coche durante todo el fin de semana?
Abrió la puerta que daba al garaje y la luz automática se encendió.
Era extraño. El coche estaba aparcado de morro. Generalmente entraba marcha atrás.
Lo cual probaba cuan fuera de sí había estado.
Ciertamente el bolso estaba en el asiento delantero, y se maldijo a si misma en tanto regresaba al apartamento y marcaba. ¿Cómo podía haber estado tanto tiempo sin llamar? Aunque estaba cubierta por otro médico, nunca permanecía sin contactar por más de cinco horas.
 Su buzón tenía un montón de mensajes, pero por suerte ninguno era urgente. Los importantes que concernían al tratamiento de pacientes habían sido transferidos a quienquiera fuera que estaba de guardia, y el resto eran cosas de las que podía encargarse más tarde.
Estaba saliendo de la cocina, en línea recta hacia el dormitorio, cuando miró la taza de chocolate. No tenía que tocarla para saber que se había enfriado, así que perfectamente podía tirarlo. Fue y la levantó, luego hizo una pausa sobre la pila. Por alguna razón no podía soportar tirarla. La dejó exactamente donde había estado sobre la encimera, aunque guardó la leche en la nevera.
Ya en la planta alta, en el dormitorio se quitó la ropa, dejando que aterrizara en cualquier lugar, se puso una camiseta, y se metió en la cama.
Estaba acomodándose entre las sábanas cuando se dio cuenta que su cuerpo estaba rígido, especialmente la parte interior de sus muslos y la parte baja de la espalda. Bajo otras circunstancias habría pensado que había tenido un montón de sexo increíble… o era eso o había escalado una montaña. Pero en vez de ello simplemente era la gripe.
Mierda. Columbia. La entrevista.
Llamaría a Ken Falcheck más tarde esa misma mañana, se disculparía por lo que esperaba fuera la segunda vez, y reprogramaría la cita. Estaban deseosos de que se uniera al equipo, pero no acudir a una entrevista con el jefe del departamento era insultante como el infierno. Incluso aunque estuvieras enferma.
Recolocándose contra las almohadas, no podía ponerse cómoda. Sentía el cuello tenso, y levantó la mano para darse un masaje, solo que terminó frunciendo el ceño. Tenía un sitio dolorido en el lado derecho, en la parte de adelante, realmente… ¿qué demonios? Tenía algo estampado allí, dos protuberancias abultadas.
Lo que fuera. Las erupciones no eran de extrañar cuando tenías gripe. O tal vez la hubiera picado una araña.
Cerró los ojos y se dijo a si misma que debía descansar. Descansar era bueno. Descansar la libraría de esa molestia más rápidamente. Descansar la devolvería a su estado normal, reviviría su cuerpo.
Justo cuando comenzaba a quedarse dormida, una imagen le vino a la mente, la imagen de un hombre con una perilla y ojos diamantinos. Su boca se estaba moviendo mientras la miraba. Articulando las palabras… Te amo.
Jane luchó por aferrarse a lo que estaba viendo, pero se estaba deslizando rápidamente hacia los oscuros brazos del sueño. Luchó para mantener la imagen y perdió la batalla. La última cosa de la que fue consciente fue de las lágrimas derramándose sobre la almohada mientras la oscuridad la reclamaba.

Bueno, no era tan malo.
John se sentó sobre el banco de prensa en la sala de pesas y observó a Zsadist hacer flexiones con los bíceps. Las enormes cargas de hierro hacían un sutil sonido de tintineo mientras subían y bajaban, y era el único ruido que se escuchaba. Hasta ahora no habían hablado; era igual que una de las caminatas que realizaban, solo que sin los bosques. Sin embargo el convoy se estaba acercando. John podía presentirlo.
Z dejó las pesas sobre las colchonetas y se secó el rostro. Su pecho descubierto brillaba, los aros que tenía en los pezones se elevaban y caían con la respiración.
Sus ojos amarillos lo enfocaron.
Aquí vamos, pensó John.
—Acerca de la transición…
Vaaale… así que iban a entrar poco a poco en el asunto del lesser.
¿Qué pasa con ella?, dijo por señas.
—¿Cómo te sientes?
Bien. Vacilante. Diferente. Se encogió de hombros. Ya sabes, es como cuando te cortas la uñas y la puntas de los dedos se sienten extrañas por todo un día, todas supersensibles. Es esa sensación por todo el cuerpo.
 Oh, ¿de que demonios estaba hablando? Z había pasado por el cambio. Sabía como se sentía después.
Zsadist dejó la toalla y levantó las pesas para una segunda vuelta de levantamientos.
—¿Tienes algún tipo de problema físico?
No que yo sepa.
Los ojos de Z se clavaron en las colchonetas mientras alternaba levantando el antebrazo izquierdo y luego el derecho. Izquierdo. Derecho. Izquierdo. Parecía raro que pesas tan sobrecargadas pudieran hacer un sonido tan suave.
—Sabes que Layla informó.
Oh… mierda.
¿Qué fue lo que dijo?
—Dijo que no tuvisteis sexo. Incluso aunque pareció que en cierto momento lo deseabas.
Mientras el cerebro de John se cerraba, siguió distraídamente los levantamientos de Z. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda.
¿Quien lo sabe?
—Wrath y yo. Eso es todo. Y no es asunto de nadie más. Pero saco el tema en caso de que algo físico esté mal y necesites ser examinado.
John se puso de pie y se paseó por los alrededores de forma desgarbada, con brazos y piernas torpes y el sentido del equilibrio de un borracho.
—¿Por qué te detuviste, John?
Miró al hermano, a punto de darle algún tipo de respuesta evasiva, quitándole importancia, cuando, para su horror, se dio cuenta que no sería capaz de hacerlo.
Los ojos amarillos de Z brillaban con conocimiento.
Santa mierda. Havers lo había contado, en verdad. Esa sesión con el terapeuta en la clínica cuando John había hablado acerca de lo que había sucedido en las escaleras se había divulgado.
Lo sabes, dijo por señas John furioso. Lo sabes, ¿no es así?
—Sip, lo sé.
Ese jodido terapeuta me dijo que era confidencial…
—Una copia de tu historial médico fue enviada aquí cuando comenzaste el programa. Es el procedimiento habitual para todos los estudiantes en caso de que algo ocurra en el gimnasio, o en caso de que comience la transición mientras están aquí.
¿Quien leyó mi historial?
—Solo yo. Y nadie más lo hará, ni siquiera Wrath. Lo guardé bajo llave, y soy el único que sabe donde está.
 John se aflojó. Al menos eso era un consuelo.
¿Cuando lo leíste?
—Hace una semana, cuando me di cuenta que tu cambio iba a ocurrir en cualquier momento.
¿Qué… que decía?
—Prácticamente todo.
Mierda.
—Es por eso que no quieres ir a lo de Havers, ¿verdad? —Z dejó las pesas otra vez—. Piensas que el tipo va cogerte y llevarte a rastras a pasar otra hora con el terapeuta.
No me gusta hablar de ello.
—No te culpo. Y no te estoy pidiendo que lo hagas.
John esbozó una pequeña sonrisa.
¿No vas a bombardearme con todo tipo de hablar-es-bueno-para-tu-situación?
—Nah. Yo mismo no soy demasiado locuaz. No puedo recomendárselo a otros. —Z apoyó los codos en sus rodillas y se inclinó hacia delante—. Hagamos un trato, John. Quiero que tengas absoluta confianza en que esa mierda no irá a ninguna parte, ¿ok? Si alguien quiere ver tu historial, lo arreglaré para que no lo hagan, aunque tenga que quemarlo hasta convertirlo en cenizas.
John tragó a través de un súbito nudo en la garganta. Con manos rígidas, señaló:
 Gracias.
—Wrath quería que te hablara acerca del asunto de Layla debido a que estaba preocupado porque pensó que podía haber algún problema en tus cañerías después de la transición. Le diré que estabas nervioso y que esa fue la razón, ¿estás de acuerdo?
John asintió.
—¿Ya te has masturbado?
John se ruborizó desde las cejas hasta los tobillos y consideró desmayarse. Mientras medía la distancia hasta el suelo, que parecían unas cien yardas de distancia, se imaginó que no sería un mal lugar donde caerse. Había muchas colchonetas sobre las que aterrizar.
—¿Lo has hecho?
Negó lentamente con la cabeza.
—Hazlo una vez para asegurarnos que no hay nada mal. —Z se levantó, se secó el torso, y se puso la camiseta—. Voy a asumir que te harás cargo de ello en las próximas veinticuatro horas. No te preguntaré lo que ocurrió. Si no me dices nada, lo tomaré como que todo está bien. Si no lo está, me lo dices y nos haremos cargo de ello. ¿Tenemos un trato?
Um, no realmente. ¿Qué pasaba si no podía hacerlo?
Supongo.
—Una última cosa. ¿Acerca del arma y los lessers?
Mierda, su cabeza ya estaba dando vueltas, ¿y ahora tenía que hacer frente a la mierda acerca de la nueve milímetros? Levantó las manos para justificarse…
—No me importa que estuvieras armado. De hecho, te quiero armado si vas al ZeroSum.
John miró fijamente al hermano, aturdido.
Eso va contra las reglas.
 —¿Me veo como el tipo de persona que se preocupa por esa mierda?
John sonrió un poco.
No realmente.
—Si te encuentras en la mira de uno de esos asesinos otra vez, haces exactamente lo que hiciste. Por lo que tengo entendido, tu actuación fue una mierda impresionante, y estoy orgulloso de ti por cuidar de tus amigos.
John se sonrojó, su corazón cantaba en el pecho: Nada sobre la faz de la tierra, salvo el regreso a salvo de Tohrment podría haberlo hecho más feliz.
—A esta altura supongo que sabrás el encargo que le hice a Blaylock. Acerca de tus papeles, la identificación y de que solo vayáis al ZeroSum.
John asintió.
—Quiero que continúes yendo a ese club si vas a ir al centro de la ciudad, al menos por el siguiente mes o así, hasta que estés fuerte. Y aunque este dispuesto a felicitarte por lo que sucedió la otra noche, no te quiero ahí afuera cazando lessers. Si me entero que lo estás haciendo, te voy a patear el culo como a un niño de doce años. Todavía tienes mucho entrenamiento por delante, y no tienes ni idea de cómo manejar ese cuerpo tuyo. Si te vas de fiesta por ahí y haces que te maten, voy a estar muy cabreado. Quiero que me des tu palabra, John. Ahora mismo. No irás tras esos bastardos hasta que yo diga que estás listo. ¿Nos entendemos?
John respiró profundamente y trató de pensar en el voto más veraz que podría ofrecer. Todo le parecía endeble así que solo señaló:
 Juro, que no los cazaré.
—Bien. Vale, por esta noche terminamos. Ve a acostarte. —Cuando Z se dio la vuelta, John silbó para captar su atención. El hermano miró sobre el hombro.
—¿Si?
John tuvo que forzar sus manos para expresar por señas lo que tenía en mente… porque dudaba que tuviera el coraje para volver a hacerlo.
¿Piensas menos de mi? ¿Por lo que ocurrió entonces… ya sabes, en las escaleras? Se sincero.
Z parpadeó una vez. Dos veces. Una tercera vez. Y luego en un tono de voz que sonó curiosamente suave, dijo:
—Nunca. No fue culpa tuya, y no te lo merecías. ¿Me has oído? No fue culpa tuya.
John se encogió mientras las lágrimas le escocían en los ojos, y tuvo que apartar la mirada, bajando la vista hacia su cuerpo y las colchonetas. Por alguna razón, aunque estaba lejos del suelo, se sintió más bajo que nunca.
 —John —insistió Z—, ¿has oído? No fue culpa tuya. No te lo merecías.
Realmente John no tenía una respuesta, así que se encogió de hombros. Luego dijo por señas:
 Gracias otra vez por no contarlo. Y por no hacerme hablar de ello.
Cuando Z no dijo nada, levantó la mirada. Solo para tener que dar un paso atrás.
Todo el rostro de Zsadist había cambiado, y no solo porque sus ojos se habían puesto negros. Sus huesos parecían más prominentes, la piel más tensa, la cicatriz chocantemente evidente. Una fría ráfaga emanaba de su cuerpo, enfriando el aire, volviendo la habitación un congelador.
—Nadie se merece que le roben la inocencia. ¿Pero si algo así sucede? Cada uno tiene derecho a escoger como van a lidiar con ello, porque no es asunto de nadie más. Si no quieres decir una puta palabra más acerca del asunto, yo no diré nada.
Z se fue caminando a zancadas. Cuando la puerta se cerró tras él, la bajada de temperatura se detuvo.
John respiró profundamente. Nunca hubiera imaginado que Z terminaría siendo el hermano al que se sentiría más unido. Después de todo, ellos dos no tenían nada en común.
Pero seguro como el infierno que iba a aceptar amigos allí donde los encontrara.


Un par de horas después, Phury se reclinó en el sofá del delicado estudio de Wrath y cruzó las piernas a la altura de la rodilla. Era la primera reunión de la Hermandad desde que le habían disparado a V, y hasta ahora todo había sido forzado. Pero bueno, había un gran y monstruoso elefante rosa en la habitación que aún no había sido tratado.
Miró a Vishous. El hermano estaba recostado contra las puertas dobles mirando fijamente al frente, su expresión en blanco, del tipo que captas en el rostro de alguien cuando mira viejas películas del oeste por la TV. O una película clásica.
El efecto muerto-viviente era fácil de reconocer porque ya antes había hecho una aparición en esta habitación. Rhage había convertido en deporte la rutina esa del cadáver respirando cuando pensó que había perdido a Mary para siempre. También lo hizo Z cuando había estado determinado a dejar que Bella se fuera.
Sip...los machos vampiros vinculados sin sus compañeras eran recipientes vacíos, nada excepto músculos y huesos contenidos por una delgada piel. Y aún cuando tenías que sentir lástima por alguien en ese estado, considerando la carga de mierda que llevaba V con eso del Primale, la pérdida de Jane parecía especialmente cruel. Excepto que ¿cómo mierda tendría la posibilidad de funcionar algo a largo plazo entre ellos? Doctora humana. Guerrero vampiro. Sin campo en común.
La voz de Wrath resonó
—¿V? Hey, ¿Vishous?
V sacudió la cabeza.
—¿Qué?
—Vas a lo de la Virgen Escriba esta tarde, ¿verdad?
La boca de V apenas de movió.
—Sip.
—Vas a necesitar un representante de la Hermandad contigo. Asumo que irá Butch. ¿Cierto?
V miró al poli, quien estaba sentado en una silla azul claro.
—¿Te importaría?
Butch, quien estaba claramente preocupado por V, inmediatamente saltó.
—Claro que no. ¿Qué necesitas que haga?
Cuando V no dijo nada, Wrath llenó el vacío.
—El equivalente humano sería probablemente el de padrino de bodas. Irás para la inspección hoy y luego a la ceremonia, la cual será mañana.
—¿Inspección? Cómo, ¿esa mujer es una pintura o alguna mierda? —Butch hizo una mueca—. No me va toda esta cosa de las Elegidas, tengo que ser honesto.
—Antiguas reglas. Antiguas tradiciones. —Wrath frotó sus ojos debajo de las gafas—. Muchas cosas deberían cambiar, pero es territorio de la Virgen Escriba, no mío. Esta bien… entonces… rotación. Phury, te quedas fuera esta noche. Sip, se que descansaste después de haber sido herido, pero noté que te saltaste tus dos últimos descansos.
Cuando Phury solo asintió, Wrath sonrió con suficiencia.
—¿No vas a pelear por ello?
—Nop.
De hecho, tenía algo que hacer. Así que era perfecto.

Al Otro Lado, en la sagrada cámara de baño de mármol, Cormia lamentaba no poder dejar su propia piel. Lo cual era un poco irónico, cuando había sido tan cuidadosamente preparada para el Primale. Uno pensaría que desearía quedarse dentro de ella ahora que estaba tan purificada. Había sido remojada en una docena de baños rituales diferentes… habían limpiado y relimpiado su cabello… le habían puesto mascarillas que olían a rosas en el rostro, después otras que olían a lavanda, y todavía otras de salvia y jacinto. Le habían frotado aceite por todas partes, mientras se quemaba incienso en honor al Primale y se entonaban oraciones. El proceso la había hecho sentir como parte de un banquete ceremonial. Un pedazo de carne, sazonada y lista para consumir.
—Estará aquí en una hora —dijo la Directrix—. No hay tiempo que perder.
El corazón de Cormia se detuvo. Luego aporreó en su pecho. El estado de entumecimiento inducido por todo el vapor y las aguas calientes se retiró, dejándola dolorosa y horriblemente consciente que los últimos momentos de la vida que siempre había conocido, estaban a punto de terminar.
—¡Ah, aquí esta la túnica! —dijo una de las Elegidas con emoción.
Cormia miró sobre su hombro. Al otro lado del enorme suelo de mármol un par de Elegidas entraron por las puertas de oro con un traje blanco con capucha colgando entre ellas. El atavío estaba bordado con diamantes y oro, y brilló bajo la luz de las velas, cobrando vida con la luz. Detrás de ellas otra Elegida sostenía una extensión de tela translúcida en sus brazos.
—Trae el velo —ordenó la Directrix—, y pónselo.
La diáfana cubierta fue puesta sobre la cabeza de Cormia, y cayó sobre ella con el peso de mil piedras. Cuando cayó ante sus ojos, el mundo a su alrededor se empañó.
—Levántate —le dijeron.
Se puso de pie y tuvo que estabilizarse; su corazón golpeando con fuerza detrás de las costillas, las palmas poniéndose sudorosas. El pánico se incrementó cuando la pesada túnica fue traída por las dos Elegidas. Cuando el vestido ceremonial le fue puesto desde atrás, le sujetó los hombros como con abrazaderas, no tanto colocándose sobre su figura sino encerrando su cuerpo. Sintió como si algún gigante estuviera de pie a su espalda presionándola con sus grandes manos, parecidas a garras.
La capucha fue levantada sobre su cabeza y todo quedó negro.
El frente del traje fue abrochado hasta el comienzo de la capucha, y Cormia trató de no pensar en cuando y de que manera aquellos broches iban a ser liberados otra vez. Trató de tomar lentos y profundos alientos. Le entraba aire fresco a través de algunas aberturas que tenía a la altura del cuello, pero no era suficiente. No por una medida y media.
Bajo su atavío todo el sonido se sentía amortiguado, y sería difícil para alguien oírla hablar. Pero bueno, no tenía ningún papel personal ni en la ceremonia de presentación ni en el ritual de apareamiento que le seguiría. Era un símbolo, no una mujer, por lo que su respuesta individual no sería requerida o animada. Las tradiciones eran el gobierno supremo.
—Perfecta —dijo una de las Elegidas.
—Resplandeciente.
—Digna de nosotras.
Cormia abrió la boca y susurró para sí misma:
 —Soy yo, soy yo, soy yo...
Las lágrimas brotaron y cayeron, pero no podía alcanzar su rostro para enjugarlas, por lo que bajaron por sus mejillas y su garganta, perdiéndose en la túnica.
Sin advertencia, el pánico repentinamente se le fue de las manos, como un animal salvaje suelto. Giró alrededor, entorpecida por la pesada túnica, pero conducida por una necesidad de huir que no podía reprimir. Salió en la dirección que pensó estaba la puerta, arrastrando el peso con ella. Débilmente oyó chillidos de sorpresa que resonaron en la cámara de baños, junto con sonidos de botellas, copas y jarras que se rompían en pedazos.
Se sacudió, tratando de quitarse la túnica, desesperada por aliviarse.
Desesperada por ser liberada de su destino.


En el centro de la ciudad de Caldwell, en la esquina nordeste del complejo del St. Francis, el doctor Manuel Manello, colgó el teléfono en su escritorio sin haber marcado ningún número y sin haber contestado ninguna llamada que le hubiera llegado. Contempló la consola NEC. La cosa estaba recubierta de botones, como sacada del sueño húmedo de un adicto a Ciudad Circuito con todas esas campanitas y silbidos.
Quería lanzarla a través de la habitación.
Quería hacerlo, pero no lo hizo. Había dejado de lanzar las raquetas de tenis, los mandos a distancia de la TV, los escalpelos y los libros cuando decidió convertirse en el jefe más joven de cirugía de la historia del St. Francis. Desde entonces, sus lanzamientos solo implicaban botellas vacías y envoltorios de la máquina expendedora tirados hacia las papeleras. Y eso era solo para practicar la puntería.
Acomodándose hacia atrás en la silla de cuero, giró a su alrededor y miró fijamente a través de la ventana de su oficina. Era una oficina agradable. Grande, elegante como la mierda, toda revestida de paneles de caoba y de alfombras orientales, la Habitación del Trono, como era conocida, había servido como colchón de aterrizaje del cirujano jefe durante cincuenta años. Había estado clavado en esta ventajosa posición durante aproximadamente tres años y si alguna vez conseguía tener un descanso le iba a dar al lugar un nuevo aire. Todo el lustre de la Institución le daba alergia.
Pensó en el maldito teléfono y supo que iba a hacer una llamada que no debería. Era sencillamente una jodida muestra de debilidad, que luego se le iba a atragantar, aunque en ella desplegara toda su habitual arrogancia de macho.
Aún así, iba a terminar por dejar que sus dedos recorrieran el camino.
Para aplazar lo inevitable, hizo algo de tiempo mirando fijamente a través de la ventana. Desde su ventajosa posición podía ver el frente de la panorámica entrada del St. Francis, así como la ciudad que estaba más abajo. Fácilmente esta era la mejor vista de la zona del hospital. En la primavera los cerezos y los tulipanes florecían en la mediana del paseo de la entrada. Y en el verano, a ambos lados de las dos vías, a los frondosos arces les brotaban hojas verdes como esmeraldas hasta que se decoloraban hacia el melocotón y el amarillo del otoño.
Por lo general no pasaba mucho tiempo disfrutando del paisaje, pero realmente apreciaba saber que estaba allí. A veces un hombre necesitaba centrar sus pensamientos.
Ahora se encontraba en uno de esos momentos.
La pasada noche había llamado al teléfono móvil de Jane, calculando que estaría en casa después de la maldita entrevista. Ninguna respuesta. La había llamado esta mañana. Ninguna respuesta.
Bien. Si no quería revelar nada sobre la jodida entrevista en Columbia, iba a ir directamente a la fuente. Llamaría al jefe de cirugía de allí él mismo. Los egos seguían siendo los que eran, y su antiguo mentor no vacilaría en compartir algunos detalles, pero, hombre, esto iba a ser como si te pintaran un graffiti en el culo durante una expedición de pesca.
Manny giró a su alrededor, tecleó diez dígitos y esperó, dando golpecitos con una pluma Montblanc sobre el papel secante.
Cuando contestaron a la llamada, no esperó un hola.
—Falcheck, asaltante cara-picha.
Ken Falcheck se rió.
—Manello, sigues teniendo una increíble facilidad de palabra. Y yo siendo tu mentor, estoy especialmente impresionado.
—Entonces, ¿cómo es la vida en la vía lenta, anciano?
—Buena, buena. Ahora cuéntame, pequeñín, ¿te dejan ya comer comida sólida o todavía tomas potitos?
—Estoy a la altura de las gachas de avena. Lo que significa que estaré bien fuerte para reemplazarte el hueso de la cadera cuando te aburras de usar el andador.
Todo esto era una completa sandez, por supuesto. A los sesenta y dos Ken Falcheck estaba en plena forma y era un rompepelotas en la misma línea que Manny. Lo dos se habían entendido desde que Manny había estado en el programa de formación del tío hacía quince años.
—Entonces, con toda la deferencia hacia las personas de edad —dijo Manny arrastrando las palabras—. ¿Por qué estás seduciendo a mi cirujana de urgencias? ¿Y qué te ha parecido?
Hubo una leve pausa.
—¿De qué estás hablando? El jueves me llegó un mensaje de un tipo que dijo que tenía que cambiar la fecha de la entrevista. Pensé que me llamabas por eso. Para regodearte de que me había rechazado y de que habías logrado conservarla.
Una desagradable sensación se envolvió alrededor de la nuca de Manello, como si alguien le hubiera dado una colleja con barro frío.
Mantuvo la voz nivelada.
—Vamos, ¿haría yo eso?
—Sí, lo harías. Te entrené, ¿recuerdas? Obtuviste todos tus malos hábitos de mí.
—Sólo los profesionales. Oye, el tipo que llamó… ¿conseguiste su nombre?
—No. Deduje que era su ayudante o algo así. Obviamente no eras tú. Conozco tu voz, es más, el tipo era educado.
Manny tragó con fuerza. Bien, necesitaba terminar la llamada enseguida. Jesucristo, ¿dónde demonios estaba Jane?
—Entonces, Manello, ¿puedo asumir que la conservas?
—Afronta los hechos, tengo muchas cosas que ofrecerle. —Él mismo era una de ellas.
—Solo que no la jefatura de un departamento.
Dios, en este momento, toda esta pamplina de politiqueo médico no importaba. En opinión de Manny, Jane estaba DEA[1], y tenía que encontrarla.
Con un perfecto sentido de la oportunidad, su asistente asomó la cabeza por la puerta.
—Oh, lo siento…
—No, espera. Oye, Falcheck, tengo que irme.
Colgó cuando Ken todavía le decía adiós e inmediatamente comenzó a marcar el número de la casa de Jane.
—Escucha, tengo que hacer una llamada telefónica…
—La doctora Whitcomb acaba de llamar para decir que esta enferma.
Manny levantó la vista del teléfono.
—¿Hablaste con ella? ¿Fue ella quien llamó?
Su asistente lo miró un poco divertido.
—Por supuesto. Ha estado todo el fin de semana con gripe. Goldberg va a cubrir sus casos. Escuche, ¿está bien?
Manny dejó el receptor y asintió con la cabeza aunque se sentía infernalmente mareado. Mierda, la idea de que le hubiera pasado algo a Jane le diluía la sangre convirtiéndosela en agua.
—¿Está usted seguro, doctor Manello?
—Si, estoy bien. Gracias por la información acerca de Whitcomb. —Cuando se levantó, el suelo serpenteó un poco—. Me esperan en quirófano en una hora, ahora voy a comer. ¿Tienes algo más para mí?
Su asistente trató un par de cuestiones con él y después lo dejó.
Cuando la puerta se cerró Manny se hundió de nuevo en la silla. Hombre, necesitaba tomar las riendas de su cabeza. Jane Whitcomb siempre había sido una distracción, pero este tembloroso alivio al saber que estaba bien lo sorprendía.
De acuerdo. Necesitaba ir a comer.
Dándose una patada mental en el culo, se puso de pie nuevamente y levantó una pila de solicitudes de aspirantes a residente para leer en el comedor. En el proceso de cogerlos con la mano, algo se cayó del escritorio. Se inclinó y lo recogió, después frunció el ceño. Era la copia impresa de la fotografía de un corazón… que tenía seis cavidades.
Algo parpadeó en la parte posterior de la mente de Manny, una especie de sombra se movió a su alrededor, un pensamiento a punto de manifestarse, un recuerdo a punto de cristalizar. Pero entonces apareció un agudo dolor, punzante en las sienes. Mientras maldecía, se preguntó de dónde infiernos había salido la fotografía, y comprobó la fecha y hora en la parte de abajo. Había sido hecha aquí, en su hospital, en su quirófano, y el trabajo de impresión había sido hecho en su oficina. La máquina tenía un problema ya que dejaba un punto de tinta en la esquina inferior izquierda y la señal estaba allí.
Se volvió hacia el ordenador e hizo una búsqueda en sus archivos. No existía tal fotografía. ¿Qué coño?
Comprobó el reloj. No había tiempo para seguir buscando, por que realmente tenía que comer antes de ir a operar.
Mientras abandonaba la oficina de jefazo, decidió que iba a ser un médico a la antigua por esta tarde.
Esta noche iba a hacer una visita domiciliaria, la primera de su carrera profesional.

V se puso un par de pantalones sueltos de seda negra y una camisa haciendo juego, la cual se parecía a una chaqueta de esmoquin de los años cuarenta.
Después de ponerse el triste medallón del Primale alrededor del cuello, dejó la habitación y encendió un porro. Mientras caminaba por el pasillo escuchó maldecir a Butch en la sala de estar, la letanía en voz baja contenía muchas palabrotas y una interesante acepción de culo que V iba a tener que recordar.
V encontró al tipo en el sofá, frunciendo el ceño sobre el ordenador portátil de Marissa.
—¿Qué estás haciendo, poli?
—Creo que este disco duro ha mordido el polvo. —Butch levantó la vista—. Jesucristo… te pareces a Hugh Hefner[2].
—No tiene gracia.
Butch hizo una mueca.
—Lo siento. Mierda…V, lo sient…
—Cállate y déjame mirar el ordenador. —V cogió la cosa de encima de Butch e hizo una rápida exploración de mantenimiento—. Muerto.
—Debería haberlo sabido. Lugar Seguro forma parte del jodido grupo de tecnología de la información de mierda. Su servidor se cayó. Ahora esto. Mientras tanto Marissa está en la mansión con Mary tratando de calcular como contratar más personal. Tío, no necesita esto.
—Puse cuatro nuevos Dell en el armario de suministros que esta fuera del estudio de Wrath. Dile que coja uno, ¿ok? Lo prepararía para ella ahora, pero tengo que irme.
—Gracias, tío. Y sí, me arreglare para ir contigo…
—No tienes que estar allí.
Butch frunció el ceño.
—Joder. Me necesitas.
—Alguien más puede sustituirte.
—No te abandonaré…
—No sería abandono. —Vishous vagó hacia el futbolín e hizo girar una de las barras. Cuando la fila de pequeños hombres giró al revés, exhaló.
—Es algo así como…no se, si estás allí, todo se vuelve demasiado jodidamente real.
—¿Entonces quieres que alguien más te respalde?
V hizo girar la barra otra vez, el sonido de un zumbido se elevó desde la mesa. Había elegido a Butch en un acto reflejo, pero la verdad era que el macho era una complicación. V estaba tan condenadamente unido al tipo que haría que fuese más difícil hacerle frente a la presentación y al ritual.
V lo miró a través de la sala de estar.
—Si. Si, creo que prefiero que sea otra persona.
En el corto silencio que siguió, Butch adoptó la apariencia de alguien sosteniendo un plato de comida que estaba demasiado caliente: inquieto e inseguro.
—Bien… mientras sepas que estaría allí por ti, sin importar lo que fuera a pasar.
—Se que eres de fiar. —V fue hacia el teléfono, meditando sus opciones.
—Estás segur…
—Si —dijo, marcando. Cuando Phury contestó a la llamada, V le dijo—: ¿Te importaría ir conmigo esta noche? Butch se va a retrasar. Sí. Uh-huh. Gracias, hombre. —Colgó. Esta podría ser una rara opción, ya que ellos dos nunca habían estado particularmente unidos. Pero bueno, esa era la idea.
—Phury lo hará, ningún problema. Voy a pasar por su habitación ahora.
—V…
—Déjalo, poli. Regresaré en un par de horas.
—Desearía como el infierno que no tuvieras que…
—Da igual. Esto no va a cambiar las cosas. —Después de todo, Jane aún se habría ido. Continuaría siendo un macho vinculado sin su compañera. Por lo que síp, síp, nada cambiaba, nada importaba.
—¿Estás absolutamente seguro de que no quieres que vaya?
—Solo estate aquí con el Goose para cuando regrese. Voy a necesitar un trago.
V dejó el Pit a través del túnel subterráneo y mientras caminaba hacia la mansión, trató de darse algo de perspectiva.
Esta Elegida con la que se iba a emparejar era solo un cuerpo. Igual que él. Ambos harían lo que era necesario hacer, cuando fuera necesario. Eran simplemente partes masculinas encontrándose con partes femeninas, después empujar y repetir hasta que el macho eyaculara. ¿Y en cuanto a la carencia completa y total de excitación? No era un problema. Las Elegidas tenía bálsamos que aseguraban una erección e inciensos que provocaban que te corrieras. Por lo que incluso aunque no tuviera absolutamente ningún interés en el sexo, su cuerpo haría lo que había nacido y había sido criado para hacer: asegurar que los mejores linajes de la especie sobrevivieran.
Mierda, le gustaría que pudiera ser clínico, todo vaso-y-jeringuilla. Pero los vampiros habían intentado la fecundación in vitro en el pasado, sin ningún éxito. Los bebes debían ser concebidos a la manera clásica.
Hombre, no quería pensar con cuantas hembras iba a tener que estar. No podía ir allí. Si lo hiciera, iba a…
Vishous se detuvo en medio del túnel.
Abrió la boca.
Y gritó hasta que se le agotó la voz.



[1] En el original MIA (Missing In Action) que en español sería DEA (Desaparecida en Acción)
[2] Hugh Hefner. Es el fundador y editor en jefe de la revista Playboy

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