sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 34 35 36


Cuando Vishous y Phury cruzaron juntos al Otro Lado, tomaron forma en un blanco jardín rodeado de blancas arcadas de columnas corintias. En el centro había una fuente de mármol blanco que salpicaba agua clara y cristalina dentro de una profunda cisterna blanca. En el rincón más alejado, en un árbol blanco con blancas flores, una bandada de pájaros cantores de los colores del arco iris estaban reunidos como si fueran el espolvoreado de una magdalena. Las dulces llamadas de los pinzones y los carboneros[1] armonizaban con el repiqueteo de la fuente, como si ambas cadencias tuvieran el mismo tipo de alegría.
—Guerreros. —La voz de la Virgen Escriba llegó desde detrás de V y provocó que la piel le tirara como plástico sobre los huesos—. Arrodillaos y os saludaré.
V ordenó a sus rodillas que se doblaran, y tras un momento se articularon como las patas oxidadas de una mesa de juego. Phury, por otra parte, no parecía estar sufriendo un caso de rigidez y descendió suavemente.
Por otra parte, no estaba postrándose frente a una madre que despreciaba.
—Phury, hijo de Ahgony, ¿qué tal te va?
Con una voz perfectamente fluida, el hermano contestó en la Antigua Lengua.
—Me está yendo bien, pues estoy ante usted con profunda devoción y el corazón puro.
La Virgen Escriba se rió ahogadamente.
—Un saludo correcto en la forma adecuada. Encantador de tu parte. Y seguramente más de lo que conseguiré de mi hijo.
V sintió más que vio la cabeza de Phury girarse rápidamente hacia él. Oh, lo siento, pensó V. Supongo que olvidé mencionar ese pequeño y feliz detalle, hermano.
La Virgen Escriba se acercó lentamente.
—Ah, ¿así que mi hijo no te ha contado su linaje materno? Me pregunto si por decoro. ¿Preocupado por hacer zozobrar el principio generalmente aceptado de mi así llamada virginal existencia? Sí, esa es la razón, ¿no es así, Vishous, hijo del Bloodletter?
V levantó la mirada, aunque no había sido invitado a hacerlo.
—O quizás es sólo que rehúso reconocerte.
Eso era exactamente lo que ella esperaba que dijera, podía detectarlo no sólo por leer sus pensamientos, sino porque en algún nivel ambos eran uno y lo mismo, indivisibles a pesar del aire y el espacio entre ellos.
Toma ya.
—Tu reticencia a reconocer mi maternidad no cambia nada —dijo en tono duro—. Un libro sin abrir no altera la tinta de sus páginas. Lo que ahí está ahí sigue.
Sin permiso, V se levantó y se encontró con el rostro encapuchado de su madre, cara a cara, fortaleza contra fortaleza.
Phury estaba sin duda palideciendo como la harina, o lo que fuera. De esa forma se veía acorde con la decoración. Además, la Virgen Escriba no iba a tostar a su futuro Primale o a su precioso niño. De ninguna manera. Así que no le importaba un carajo.
—Vamos a acabar con esto, madre. Quiero regresar a la vida real…
V se encontró en un parpadeo, tumbado de espaldas y sin poder respirar. Sin embargo no había nada encima de su cuerpo y no parecía estar comprimido, se sentía como si tuviera un gran piano sobre el pecho.
Mientras los ojos se salían de sus órbitas y luchaba para arrastrar algo de aire a los pulmones, la Virgen Escriba flotó por encima de él. La capucha se alzó sobre su rostro por propia voluntad, y lo miró fijamente con expresión aburrida en su fantasmal y resplandeciente rostro.
—Quiero tu palabra de que te comportaras con respeto hacia mí mientras estemos ante la reunión de las Elegidas. Admito que tienes ciertas libertades por definición, pero no dudaré en decidir un futuro peor para ti al que quieres renunciar si lo revelas en público. ¿Estamos de acuerdo?
¿De acuerdo? ¿De acuerdo? Sip, vale, esa clase de mierda presupone libre albedrío, y por todo lo que había aprendido en el curso de su vida, estaba claro que no tenía.
Que se joda. Ella.
Vishous exhaló lentamente. Relajando los músculos. Y aceptó la asfixia.
Le mantuvo la mirada… mientras empezaba a morir.
Tras más o menos un minuto en su auto impuesto ahogo, el sistema nervioso autónomo empezó a funcionar, los pulmones presionaron contra las paredes del pecho, tratando de conseguir algo de oxigeno. Apretó los molares, presionó juntos los labios, y estrechó la garganta para que ese acto reflejo fuera impotente.
—Oh, Jesús —dijo Phury con voz temblorosa.
El ardor en los pulmones de V se difundió a lo largo del torso y su visión comenzó a volverse borrosa mientras el cuerpo se sacudía en la batalla entre la voluntad mental y el imperativo biológico de respirar. Finalmente la batalla se convirtió menos en un jódete-madre y más una lucha para conseguir lo que quería: paz. Sin Jane en su vida, la muerte era realmente la única opción.
Empezó a perder el sentido.
De repente el inexistente peso fue levantado; luego el aire irrumpió en su nariz y en sus pulmones como si fuera una sólida e invisible mano que empujara la mierda en él.
Su cuerpo tomó el mando, machacando su autocontrol. Contra su voluntad aspiró el oxígeno como si fuera agua, acurrucándose de lado, respirando a grandes tragos, la visión se aclaró gradualmente hasta que pudo enfocar el dobladillo de la túnica de su madre.
Cuando por fin despegó el rostro del blanco suelo y levantó la mirada hacia ella, no era la brillante forma a la que estaba acostumbrado. Estaba apagada, como si el resplandor tuviera un regulador de luz y alguien hubiera tratado de apagar el interruptor.
Sin embargo, su cara era la misma. Traslúcida, bella y dura como un diamante.
— ¿Procederemos a la presentación? —dijo—. ¿O quizás quieres recibir a tu pareja postrado sobre mi mármol?
V se sentó, aturdido pero sin preocuparse por si perdía el jodido conocimiento. Suponía que debía sentir alguna especie de sensación de triunfo al ganar la batalla contra ella, pero no era así.
Recorrió con la mirada a Phury. El tipo estaba asustado, los ojos amarillos desnudos como uvas, la piel cetrina y pálida. Parecía que estuviera de pie en medio de una piscina de caimanes llevando bistecs por zapatos.
Colega, viendo como el hermano manejaba esta pequeña disputa familiar, V no podía imaginar a la Elegida sobrellevando mucho mejor el abierto conflicto entre él y su Joan Crawford madre-pesadilla. Y V podía no tener ninguna simpatía por ese conjunto de hembras, pero eso no era razón para irritarlas.
Se puso de pie, y Phury caminó hacia él al mismo tiempo. Cuando V escoró hacia un lado, el hermano le atrapó bajo la axila y lo estabilizó.
—Ahora me seguiréis. —La Virgen Escriba encabezó el camino hacia la arcada, flotando sobre el mármol, sin hacer un ruido o movimiento en particular, una diminuta aparición de forma sólida.
Los tres siguieron por la galería hacia un par de puertas doradas que V nunca había visto antes. Eran macizas y con signos de una versión anterior de la Antigua Lengua, una que conservaba bastante relación con la simbología escrita actual que V podía traducir:

Contemplad el santuario de las Elegidas, sagrado dominio del pasado, presente y futuro de la Raza.

Las puertas se abrieron sin tocarlas, revelando un esplendor pastoral que bajo otras circunstancias podría haber calmado la mierda incluso de V. Excepto por el hecho que todo era blanco, podía haber sido algún tipo de colegio universitario de la Ivy League, con formales edificios georgianos extendidos ampliamente entre una ondulada y blanquecina hierba, y robles y olmos albinos.
Una alfombra de blanca seda había sido tendida, y él y Phury caminaban sobre ella mientras la Virgen Escriba flotaba como un fantasma aproximadamente a un pie por encima de ella. El aire tenía la temperatura perfecta y estaba tan completamente en calma que no se notaba, su roce sobre la piel expuesta. Aunque la gravedad todavía mantenía sujeto a V, se sentía más ligero y un tanto optimista… como si, con una carrerilla, pudiera ir saltando a través del pasto como esas fotos de los hombres en la luna.
O, mierda, quizás esta sensación de paseo lunar era porque tenía el cerebro algo frito.
Cuando alcanzaron la cima de la colina, se reveló un anfiteatro más abajo. Allí estaban las Elegidas.
Oh, Jesús… Las cuarenta hembras más o menos estaban vestidas con túnicas blancas idénticas con el cabello recogido y las manos enguantadas. La coloración variaba desde el rubio al moreno y al pelirrojo, pero parecían ser todas, la misma persona por sus constituciones altas, esbeltas y las túnicas a juego. Divididas en dos grupos, se alineaban a cada lado del anfiteatro, presentándose en tres cuartos de vuelta con el pie derecho avanzado ligeramente. Le recordaron las cariátides de la arquitectura romana, esas esculturas de hembras que sostenían los frontones de los techos con sus regias cabezas.
Mirándolas fijamente, se preguntaba si tenían corazones que palpitaban y pulmones que bombeaban. Porque estaban tan quietas como el aire.
Mira, este era el problema con el Otro Lado, pensó. Nunca se movía nada allí. Había vida… sin vida.
—Date a conocer —ordenó la Virgen Escriba—. Las presentaciones aguardan.
Oh… Dios… Otra vez no podía respirar.
La mano de Phury aterrizó en su hombro.
—¿Necesitas un minuto?
Joder un minuto, necesitaba siglos… aunque asumiendo que tuviera esa clase de tiempo, no iba a cambiar el resultado. Con un sentido del destino, se imaginó a ese vampiro civil que había encontrado en el callejón, el que se había topado esa noche en que le habían disparado, el que había vengado matando al lesser.
Necesitaban más en la Hermandad, pensó mientras empezaba a caminar de nuevo. Y no era como si la cigüeña fuera a encontrarse con el trabajo hecho.
Abajo frente a él había una única silla en la casa, una especie de trono fabricado en oro que estaba colocado cerca del borde del escenario del anfiteatro. Desde esta posición ventajosa, se dio cuenta que lo que había supuesto que era una pared blanca en el fondo en realidad era una vasta cortina de terciopelo que colgaba inmóvil como si estuviera pintada sobre un mural.
—Tú. Siéntate —le dijo la Virgen Escriba, obviamente más que harta de su culo.
Gracioso, se sentía igual acerca de ella.
V se plantó mientras Phury echaba raíces como un árbol tras el trono.
La Virgen Escriba flotó hacia la derecha, adoptando una posición al lado del escenario, un director shakesperiano, orquestando todo el drama.
Colega, que no daría ahora por un áspid.
—Procedamos —gritó en voz entrecortada.
La cortina se dividió por el medio y se replegó, revelando una hembra cubierta por túnicas enjoyadas de la cabeza a los pies. Flanqueada por dos Elegidas, su prometida parecía estar de pie en un extraño ángulo. O quizás no estaba de pie. Jesús, parecía como si estuviera en algún tipo de tabla inclinada en posición vertical para mirar. Como una mariposa engastada.
Cuando la movieron, estuvo claro que realmente estaba sujeta sobre algo. Había bandas alrededor de la parte superior de sus brazos, unas que estaban camufladas con joyas para combinar con la túnica, otras que parecían estar sosteniéndola.
Debe ser parte de la ceremonia. Porque la que estaba debajo de esa túnica no estaba solo preparada para esta presentación y el ritual de emparejamiento que seguiría, sino sin duda estaba emocionada como el infierno por ser la hembra numero uno. La primera Elegida del Primale tenía derechos especiales, y sólo podía imaginar qué ascenso tan bueno sería para ella.
Si bien podía no ser justo, estaba ofendido como el infierno de lo que estaba bajo ese esplendor.
La Virgen Escriba asintió, y las Elegidas a izquierda y derecha de su prometida empezaron a deshacerle la toga. Mientras trabajaban, un torrente de energía ondeó a través de la quietud del anfiteatro, la culminación de décadas de Elegidas esperando a que las antiguas costumbres empezaran de nuevo.
V miraba sin prestar atención a nada mientras las enjoyadas túnicas eran retiradas para revelar una forma de hembra sorprendentemente hermosa cubierta con una delicada y fina envoltura. El rostro de su prometida permanecía oculto, de acuerdo con la tradición, porque no era ella la que estaba siendo entregada sino todas las Elegidas.
—¿Es de tu gusto? —preguntó la Virgen Escriba secamente, como si supiera que esta hembra era la perfección absoluta.
—Me da igual.
Un murmullo de inquietud cruzó entre las Elegidas, una brisa fresquita a través de los rígidos juncos.
—¿Quizás quieras escoger tus palabras de nuevo? —dijo bruscamente la Virgen Escriba.
—Servirá.
Tras una embarazosa pausa, una Elegida se adelantó con un quemador de incienso y una pluma blanca. Mientras cantaba, hacía flotar el humo hacia la hembra desde la encapuchada cabeza hasta los desnudos pies, girando a su alrededor una vez por el pasado, una por el presente, una por el futuro.
Mientras el ritual avanzaba, V frunció el ceño y se inclinó hacia delante. El frente de la delicada y fina envoltura de su prometida estaba húmedo.
Probablemente debido a los aceites que habían utilizado al prepararla para él.
Se recostó en el trono. Mierda, odiaba las costumbres antiguas. Odiaba toda esta jodida cosa.

Debajo de la capucha, Cormia estaba en un estado de desesperación. El aire que respiraba era caliente, húmedo y sofocante, peor en ese aspecto que no tener nada que inhalar. Tenía las rodillas flojas como briznas de hierba, las palmas empapadas. Si no fuera por las ataduras, se hubiera derrumbado.
Tras su aterrada tentativa de huida en los baños, y su captura final, una bebida amarga había sido obligada a bajar por su garganta por orden de la Directrix. La había tranquilizado durante un tiempo, pero el elixir se debilitaba, y el miedo la aguijoneaba otra vez.
Aunque la degradación total sucedió cuando sintió las manos bajando por el frente de la túnica para liberar los broches de oro, había llorado por la violación de la mirada de un extraño sobre su piel íntima. Luego las dos pesadas mitades de su túnica habían sido apartadas del cuerpo y había sentido el frescor sobre la piel, algo que de ningún modo era un alivio al peso que tenía envuelto sobre ella.
Los ojos del Primale habían estado sobre ella mientras la voz de la Virgen Escriba había gritado: “¿Es de tu gusto?”
Cormia había esperado la respuesta del hermano, rezando por alguna calidez en él.
No hubo absolutamente ninguna: “Me da igual”.
—¿Quizás quieras escoger tus palabras de nuevo?
— Servirá.
Al oír las palabras, el corazón de Cormia dejó de palpitar, el miedo reemplazado por el terror. Vishous, hijo del Bloodletter, tenía una voz fría, una que sugería tendencias mucho peores incluso de las que la fama de su padre había detallado.
¿Cómo podría sobrevivir al apareamiento, y mucho menos representar bien a las venerables Elegidas durante el curso de ello? En el baño, la Directrix había sido brutal en el resumen de todo lo que Cormia deshonraría si no se comportaba con la dignidad apropiada. Si no se hacía cargo de su responsabilidad. Si no era la representante apropiada de todas.
¿Cómo podría soportar todo esto?
Cormia oyó a la Virgen Escriba hablar de nuevo:
—Vishous, la mirada no ha sido depositada en tu nombre. Phury hijo de Ahgony, debes inspeccionar a la Elegida que ha sido ofrecida como testigo del Primale.
Cormia tembló, temerosa de tener otro par de desconocidos ojos masculinos sobre ella. Se sentía impura aunque había sido tan cuidadosamente lavada; sucia, aunque ninguna suciedad destilara de ella. Bajo la capucha deseaba ser pequeña, tan pequeña que avergonzaría a la cabeza de una aguja.
Pues si fuera pequeña, sus ojos no la encontrarían. Si fuera diminuta, podría esconderse entre cosas más grandes… desaparecer de todo esto.
Los ojos de Phury estaban clavados en la parte posterior del dorado trono, y en realidad no los quería en ningún otro lugar. Todo esto estaba mal. Todo mal.
—¿Phury, hijo de Ahgony? —la Virgen Escriba pronunció el nombre de su padre como si el peso del linaje completo de la familia descansara en él, Phury siguió con el programa.
Abrió los párpados mirando hacia la hembra...
Cada uno de sus procesos mentales se detuvo en seco.
Su cuerpo fue el que respondió. Al instante. Se engrosó dentro de los pantalones de seda, la erección surgió tan rápido como un suspiro incluso mientras se sentía completamente avergonzado. ¿Cómo podía ser tan cruel? Dejó caer los párpados, cruzó los brazos sobre el pecho, y trató de averiguar como podría patearse el culo y permanecer de pie.
—¿Cómo la encuentras, guerrero?
—Resplandeciente. —La palabra salió de su boca desde ninguna parte. Luego añadió—: Digna de la más bella tradición de Elegidas.
—Ah, ahora, esa es la respuesta correcta. Como la aceptación ha sido hecha, declaro a esta hembra como la elección del Primale. Terminad el baño de incienso.
Con la vista periférica, Phury se dio cuenta que aparecían dos Elegidas con varas de las que emanaban humeantes estelas blancas. Cuando empezaron a cantar en altas y cristalinas voces, respiró profundamente, tamizando a través de un jardín en flor de esencias femeninas.
Encontró la esencia de la prometida. Tenía que ser ella, porque era la única en todo el lugar que desprendía un puro terror…
—Paren la ceremonia —dijo V con voz dura.
La Virgen Escriba giró la cabeza hacia él.
—La terminarán.
—El infierno que lo harán. —El hermano se levantó del trono y se dirigió hacia el escenario, obviamente habiendo captado también la esencia. Mientras iba hacia allí, las Elegidas dejaron escapar gritos de alarma y rompieron filas. Mientras las hembras se dispersaban y las blancas túnicas se agitaban por los alrededores, Phury pensó en una pila de servilletas de papel en un picnic, saliendo al vuelo quisieran o no, brincando sobre la hierba.
Excepto que esto no era un domingo en el parque.
Vishous cerró la túnica enjoyada de la prometida, luego rasgó las ataduras. Como flaqueó, la cogió por el brazo y la sujetó.
—Phury, nos encontraremos en casa.
El viento empezó a arremeter, procediendo de la Virgen Escriba, pero V se mantuvo firme, de frente a su… bien, su madre, aparentemente.
Madre, Cristo, nunca se lo hubiera imaginado.
V tenía un agarre mortal en la pobre hembra y el rostro lleno de odio mientras clavaba la mirada en la Virgen Escriba.
—Phury, joder márchate de aquí.
Si bien Phury era en el fondo un pacificador, tenía mejor criterio que interceder en esa clase de reyertas familiares. Lo mejor que podía hacer era rezar para que su hermano no volviera en una urna.
Antes de largarse, le echó una última mirada a la forma encapuchada de la hembra. V ahora la sujetaba con ambas manos, ya que parecía que se había desmayado. Jesucristo… Qué lío.
Phury se volvió y se apresuró a regresar andando por la blanca alfombra de seda hacia el jardín de la Virgen Escriba. ¿Primera parada? El estudio de Wrath. El  Rey tenía que saber lo sucedido. Aunque evidentemente la mayor parte de la historia aún no había sido interpretada.



Cuando Cormia recobró la consciencia, estaba tumbada sobre la espalda, la túnica todavía puesta, la capucha en su sitio. Aunque pensaba que ya no estaba en aquella tabla a la que había sido atada. No... no estaba en...
Lo recordó todo. El Primale interrumpiendo la ceremonia y liberándola. Un inmenso viento soplando a través del anfiteatro. El hermano y la Virgen Escriba empezando a discutir.
Cormia se había desmayado en aquel momento, perdiéndose lo que siguió. ¿Qué le había ocurrido al Primale? Seguramente no había sobrevivido, puesto que nadie desafiaba a la Virgen Escriba.
—¿Deseas quitarte algo de lo que tienes puesto? —dijo una áspera voz masculina.
El miedo se disparó por su columna. Virgen misericordiosa, él aun estaba allí.
Instintivamente se enroscó formando una bola para protegerse.
—Relájate. No voy a hacerte nada.
A juzgar por su duro tono de voz, no podía confiar en sus palabras: la ira marcaba las silabas que pronunciaba, volviéndolas cuchillas verbales, y aunque no podía ver su forma, podía sentir el formidable poder en él. Era verdaderamente el hijo guerrero del Bloodletter.
—Mira, voy a quitarte la capucha para que puedas respirar, ¿de acuerdo?
Intentó alejarse, intentó arrastrarse de donde quiera que yaciera, pero la túnica se enredó y la retuvo.
—Detente, hembra. Solo estoy intentando hacerlo más fácil para ti.
Se quedó mortalmente quieta mientras sus manos caían sobre ella, segura de que la golpearía. Sin embargo solamente aflojó los dos broches superiores y levantó la capucha.
El dulce y limpio aire recorrió su rostro a través del delgado velo, un lujo como la comida para el hambriento, pero no podía aspirar mucho. Estaba toda tensa, los ojos cerrados con fuerza, la boca retraída en una mueca mientras se preparaba a si misma para sólo la Virgen sabía qué.
Excepto que nada ocurrió. Todavía estaba con ella... podía captar su temible aroma... y sin embargo no la tocó, ni pronunció otras palabras.
Escuchó un chirriante sonido y una inhalación. Después olió algo picante y ahumado. Como incienso.
—Abre los ojos. —Su voz le llegó desde detrás y era una orden.
Levantó las pestañas y parpadeó varias veces. Estaba en el escenario del anfiteatro, de frente a un trono dorado vacío y una alfombra blanca de seda que llevaba a la empinada elevación.
Sintió fuertes pisadas aproximándose.
Y allí estaba él. Alzándose imponente sobre ella, más grande que cualquier cosa que hubiera visto que respirara, sus pálidos ojos y severo rostro tan frío que retrocedió.
Se llevó un delgado y blanco cilindro a los labios e inhaló. Mientras hablaba, el humo salía de su boca.
—Te lo dije. No voy a hacerte daño. ¿Cual es tu nombre?
A través de una garganta oprimida, dijo con voz áspera:
—Elegida.
—Eso es lo que eres —dijo bruscamente—. Quiero tu nombre. Quiero saber nombre.
¿Le estaba permitido preguntarle eso? ¿Estaba él... ¿Qué estaba pensando? Podía hacer todo lo que quisiera. Era el Primale.
—C-C-Cormia.
—Cormia.
Inhaló del blanco y delgado cilindro de nuevo, la punta naranja llameó con intensidad.
—Escúchame. Cormia, no estés asustada. ¿Vale?
—¿Es...? —se le quebró la voz. No estaba segura de si podía hacerle preguntas, pero tenia que saber—. ¿Es un dios?
Las negras cejas descendieron sobre los blancos ojos.
—Infiernos, no.
—Pero entonces como hizo...
—Habla alto. No puedo oírte.
Intentó que su voz sonara más fuerte.
—¿Entonces cómo ha intercedido con la Virgen Escriba? —mientras la miraba con el ceño fruncido, se apresuró a disculparse—. Por favor, no quise ofender...
—Da igual. Mira, Cormia, no estas convencida de esto del apareamiento conmigo, ¿verdad? —cuando no dijo nada, apretó la boca con impaciencia—. Vamos, háblame.
Abrió la boca. No salió nada.
—Oh, por el amor de Dios.
Se pasó la mano enguantada a través del oscuro cabello y comenzó a pasear.
Sin duda era una deidad de alguna clase. Parecía tan feroz que no se habría sorprendido si atraía rayos desde el cielo.
Se detuvo descollando sobre ella.
—Te lo dije, no voy a herirte. Maldición, ¿qué crees que soy? ¿Un monstruo?
—Nunca antes había visto un macho —dejó escapar—. No sé lo que eres.
Aquello lo dejó frío.

Jane despertó sólo porque escuchó chirriar la puerta de un garaje, el alto y agudo gemido llegó desde el apartamento que estaba a la izquierda del suyo. Girándose sobre si misma, miró el reloj. Las cinco de la tarde. Había dormido la mayor parte del día.
Bueno, si se le podía llamar dormir. La mayor parte del tiempo, había estado atrapada en un extraño paisaje onírico, uno en el cual imágenes que estaban medio formadas y confusas, la atormentaban. Un hombre estaba implicado de alguna manera, un hombre grande al que sentía como parte de ella y sin embargo completamente ajeno. No había sido capaz de ver su rostro, pero conocía su olor: oscuras especias, cerca, en su nariz, todo a su alrededor, sobre todo su cuerpo...
Aquella jaqueca que parecía una trituradora de huesos estalló, y soltó lo que estaba pensando como si fuera un atizador caliente y estuviera sujetando el extremo equivocado. Afortunadamente, el dolor tras sus ojos cedió.
Al oír el ruido del motor de un coche, levantó la cabeza de la almohada. A través de la ventana próxima a la cama vio un monovolumen dando marcha atrás en la entrada para coches junto a la suya. Alguien se había mudado al apartamento de al lado, y Dios, esperaba que no fuera una familia. Las paredes entre las viviendas no eran tan finas como en un edificio de apartamentos, pero ni por asomo eran sólidas como las de la caja fuerte de un banco. Y podía pasar muy bien de la presencia de niños gritones.
Incorporándose, se sintió aún más miserable y dentro de una nueva categoría de basura. Algo dolía intensamente en su pecho, y no pensaba que fuera muscular. Moviéndose de un lado a otro, tendía a pensar que ya antes había sentido esto, pero no podía situar cuando ó donde.
Ducharse era un suplicio. Infiernos, solo llegar al baño fue un esfuerzo. La buena noticia fue que la rutina enjabonar-y-aclarar la revivió un poco, y su estomago pareció abrirse a la idea de algo de comida. Dejando que el cabello se secara al aire, fue abajo y puso a calentar algo de café. El plan era meter la cabeza en primera velocidad, luego devolver algunas llamadas telefónicas. Así viniera el infierno ó un maremoto, iba a ir a trabajar mañana, así que quería prepararse para la acción lo mejor que pudiera antes de ir al hospital.
Con la taza en la mano, se dirigió a la sala de estar y se sentó en el sofá, acunando el café entre las palmas, esperando que el Capitán Cafeína viniera a rescatarla y la ayudara a sentirse humana. Cuando miró hacia abajo a los cojines de seda, se estremeció. Estos eran los que su madre había alisado tan frecuentemente, aquellos que habían servido como un barómetro para medir si Todo Estaba Bien ó no, y Jane se preguntó cuando se había sentado en las malditas cosas por última vez. Dios, pensaba que la respuesta era nunca. Por lo que sabía, el último culo que había depositado su peso allí bien podría haber sido el de uno de sus padres.
No, probablemente el de un invitado. Sus padres solo se sentaban en las butacas gemelas de la biblioteca, su padre en la de la derecha con la pipa y el periódico, su madre a la izquierda con un cuadrado de petit point[2] en el regazo. Los dos habían sido como algo sacado del museo de cera de Madame Troussaurs, parte de una exhibición sobre acaudalados esposos y esposas que nunca se dirigían la palabra el uno al otro.
Jane recordó las fiestas que habían dado, toda aquella gente arremolinándose en aquella gran casa colonial, con camareros uniformados pasando crepes y cosas rellenas con pasta de champiñones. Siempre era la misma multitud, la misma conversación y el mismo tipo de cortos vestidos negros y trajes de Brooks Brothers. La única diferencia habían sido las estaciones, y la única interrupción en el ritmo ocurrió después de la muerte de Hannah. Después de su entierro, las veladas se habían interrumpido durante aproximadamente seis meses por orden de su padre, pero después volvieron a subirse al tren. Preparados o no, aquellas fiestas comenzaron de nuevo, y aunque su madre había parecido lo bastante frágil como para romperse, se había aplicado su maquillaje y su corto vestido negro y se había situado en la puerta principal, toda falsas sonrisas-y-perlas.
Dios, Hannah había adorado aquellas fiestas.
Jane frunció el ceño y se puso una mano sobre el corazón, dándose cuenta de cuando había sentido antes esta especie de dolor en el pecho. El no tener a Hannah a su lado, había causado la misma clase de dolorosa presión.
Era extraño que se hubiera despertado con esta tristeza y sensación de duelo. No había perdido a nadie.
Tomando un sorbo de café, deseó haber hecho chocolate caliente...
Le sobrevino una borrosa imagen de un hombre ofreciéndole una taza. Había chocolate caliente en ella, y lo había hecho para ella porque estaba... estaba dejándola. Oh... Dios, la estaba abandonando…
Un agudo dolor se disparó a través de su cabeza, interrumpiendo la agitada visión... justo cuando el timbre comenzó a sonar. Mientras se frotaba el puente de la nariz, echó un vistazo furioso hacia el vestíbulo. Realmente no se estaba sintiendo muy sociable en ese momento.
La cosa volvió a sonar.
Obligándose a ponerse de pie, se arrastró hacia la puerta de entrada. Mientras abría el cerrojo, pensó, hombre, si era un misionero, le iba a dar la comunión con...
—¿Manello?
El jefe de cirugía estaba de pie en la puerta principal con su característica bravuconería, como si el felpudo de bienvenida le perteneciera solo porque él lo decía. Vestido con pijama quirúrgico y zuecos, también lucía un elegante abrigo de ante del rico color marrón de sus ojos. Su Porsche ocupaba la mitad del camino de entrada.
—Venía a ver si estabas muerta.
Jane tuvo que sonreír.
—Jesús, Manello, no seas tan romántico.
—Te ves como la mierda.
—Y ahora con los cumplidos. Para. Me estas haciendo sonrojar.
—Ahora voy a entrar.
—Por supuesto que lo harás —murmuró, haciéndose a un lado.
Echó una mirada alrededor mientras se quitaba el abrigo.
—Sabes, cada vez que entro aquí, siempre pienso que este lugar es muy poco parecido a ti.
—¿Entonces esperas algo rosa y con volantes? —cerró la puerta. Echó el cerrojo.
—No, cuando vine la primera vez, esperaba que estuviera vacío. Como mi casa.
Manello vivía en el Commodore, aquellos apartamentos de lujo en lo alto de la colina, pero su casa era solo un costoso armario, verdaderamente, decorado por Nike. Tenía los equipos de deporte, una cama y una cafetera.
—Cierto —dijo —. No eres precisamente material de Casa y Decoración.
—Entonces dime como eres tú, Whitcomb. —Mientras Manello la miraba, su rostro no mostraba emoción, pero los ojos ardían, y recordó la última conversación que había tenido con él, aquella donde le dijo que sentía algo por ella. Los detalles de lo que había sido dicho eran un poco confusos y tenía la vaga impresión de que había sido sostenida en una habitación de la UCIQ por encima de un paciente...
Le empezó a doler de nuevo la cabeza y como se estremeció Manello dijo:
—Siéntate. Ahora.
Quizás fuera una buena idea. Se encaminó de regreso hacia el sofá.
—¿Quieres café?
—En la cocina ¿verdad?
—Te traeré...
—Puedo servirme el mío. Tengo años de experiencia. Tú siéntate.
Jane se recostó en el sofá y cerró las solapas de su bata mientras se frotaba las sienes. Mierda, ¿alguna vez iba a sentirse ella misma otra vez?
Manello entró justo cuando se inclinaba y ponía la cabeza entre las manos. Lo cual naturalmente lo puso en modo médico absoluto .Dejó su taza sobre uno de los libros de arquitectura de la madre de Jane y se arrodilló en la alfombra oriental.
—Háblame. ¿Qué está pasando aquí?
—Cabeza —gimió Jane.
—Déjame ver tus ojos.
Intentó sentarse derecha otra vez.
—Está disminuyendo…
—Cállate. —Suavemente Manello le cogió las muñecas con sus manos y le separó los brazos de la cara—. Voy a examinarte las pupilas. Inclina la cabeza hacia atrás.
Jane se rindió, simplemente se dejó ir y se relajó contra el sofá.
—No me he sentido así de horrible en años.
El pulgar y el índice de Manny fueron hacia el ojo derecho y cuidadosamente apartó el párpado mientras levantaba una linternita. Estaba tan cerca que podía ver sus largas pestañas, la sombra de una barba incipiente y los finos poros de su piel. Olía bien. A colonia.
¿De que marca sería?, se preguntó, divagando.
—Que bueno que haya venido preparado —dijo arrastrando las palabras y encendiendo el pequeño foco.
—Sip, está bien, eres todo un boy scout… Hey, ten cuidado con esa cosa.
Trató de parpadear cuando el brillo de la linterna le dio en el ojo, pero no la dejó.
—¿Hace que te duela más la cabeza? —pregunto, yendo hacia el lado izquierdo.
—Oh, no. Eso se siente genial. No puedo esperar a que tú… Demonios, eso es muy brillante.
Apagó la linterna y volvió a meter la cosa en el bolsillo superior del pijama.
—Las pupilas se dilatan adecuadamente.
—Que alivio. Supongo que si quisiera leer bajo la luz de un reflector podría hacerlo, ¿verdad?
Le tomó la muñeca, puso el dedo índice sobre el pulso y levantó su Rolex.
—¿Con este examen médico obtendré un descuento en el seguro? —le preguntó.
—Shh.
—Porque creo que estoy sin efectivo…
Shh.
Era extraño ser tratada como un paciente, y mantener la boca cerrada lo hacía peor. Hombre, cuanto podía decirse acerca de encubrir la incomodidad detrás de las palabras…
Una habitación oscura. Un hombre en la cama. Ella hablando… hablando acerca de… el funeral de Hannah.
Otro agudo disparo se le clavó en la cabeza y aspiro algo más de aire.
—Mierda.
Manello soltó su muñeca y le puso la palma sobre la frente.
—No se siente caliente —le puso las manos a los lados del cuello, justo debajo de la mandíbula.
Mientras fruncía el ceño y palpaba, dijo:
—No tengo la garganta irritada.
—Bueno, no tienes las glándulas inflamadas. —Sus dedos fueron a la columna a la altura del cuello hasta que dio un respingo y el le inclinó la cabeza a un lado.
—Mierda… ¿Qué demonios?
—¿Qué?
—Tienes un hematoma aquí. O algo. Demonios. ¿Que te mordió?
Levantó la mano.
—Oh, sip, no sé lo que es eso. Ni cuando me lo hice.
—Parece que se está curando bien. —Le palpó la base del cuello, justo encima de las clavículas—. Si, por aquí tampoco hay inflamación. Jane, odio decírtelo, pero no tienes gripe.
—Seguro que la tengo.
—No, no la tienes.
—Eres traumatólogo, no un zar de las enfermedades infecciosas.
—No estás teniendo una respuesta contra una infección, Whitcomb.
Se palpó su propia garganta. Pensó en el hecho de que no estaba estornudando, ni tosiendo ni vomitando. Pero, demonios, ¿dónde la dejaba eso?
—Quiero que te hagas un TAC en la cabeza.
—Apuesto que le dices eso a todas las chicas.
—¿A las que presentan tus síntomas? Absolutamente.
—Y yo aquí pensando que era especial —le dirigió una débil sonrisa y cerró los ojos—. Estaré bien, Manello. Solo necesito volver al trabajo.
Se hizo un largo silencio, durante el cual se dio cuenta de que él tenía las manos en sus rodillas. Y aún estaba muy cerca, inclinándose sobre ella.
Levantó los párpados. Manuel Manello la estaba mirando no como lo haría un doctor, sino como lo haría un hombre que se preocupaba por ella. Mierda, era atractivo, especialmente así… salvo que algo no estaba bien. No con él… con ella.
Bueno, obvio. Tenía dolor de cabeza.
Se inclinó hacia delante y le acarició el cabello.
—Jane…
—¿Qué?
—¿Me dejarías arreglar una cita para que te hagan un TAC? —cuando comenzaba a negarse, interpuso—. Considéralo como un favor hacia mí. No me podría perdonar a mi mismo si te pasara algo malo y yo no hubiera insistido.
Mierda.
—Si. Ok. Está bien. Pero no necesito…
—Gracias. —Hubo una pausa. Y luego se inclinó hacia delante y la besó en la boca.




[1] Chikadee: Pájaro norteamericano de pequeñas dimensiones de color blanco y negro del género Parus, o más comúnmente Parus atricapillus. Es más activo en tiempos frescos, y raras veces es visto en verano excepto en bosques profundos. A menudo tiene poco miedo de gente. Su nombre proviene del sonido que emite Chick-a-dee-dee-dee. (N. de la T.)

[2] Un tipo de bordado parecido al punto de cruz.




En el Otro Lado, Vishous miró fijamente a Cormia y quiso dispararse en el pie. Tras su alucinante revelación de que nunca había visto a un macho antes, se sentía horrible. Nunca se le había ocurrido pensar que sólo había conocido a hembras, pero si había nacido poco después de que el último Primale muriera, ¿cómo podría haber conocido jamás a alguien del otro sexo?
Por supuesto que se había sentido aterrorizada de él.
—Jesucristo —murmuró, inhalando profundamente de su porro y dándole unos golpecitos después. Estaba tirando ceniza sobre el escenario de mármol, pero no le importó una mierda—. Subestimé totalmente lo duro que sería esto para ti. Asumí…
Había asumido que estaría caliente por trotar con él o por alguna mierda. En vez de eso, no se encontraba mejor que él.
—Sí, estoy malditamente arrepentido.
Cuando los párpados se abrieron por la sorpresa, el color jade de sus ojos brilló.
En lo que esperó que pasara por un tono gentil, le dijo:
—¿Deseas este… —movió la mano en la que tenía el cigarrillo de aquí para allá entre ellos— …apareamiento? —Cuándo permaneció en silencio, sacudió la cabeza—. Mira, puedo verlo en tus ojos. Quieres huir de mí, y no simplemente porque estés asustada. Quieres huir por lo que tendremos que hacer, ¿verdad?
Ella se llevó las manos al rostro, la pesada túnica se fue plegando y deslizando por los delgados brazos hasta quedar estrangulando las delgadas curvas de los codos. Con un hilo de voz dijo:
—No podría soportar fallarle a las Elegidas. Yo… haré lo que deba hacer por el bien del conjunto.
Bien, esa era la misma música para los dos.
—Como lo haré yo —murmuró.
Ninguno de los dos dijo otra palabra y no supo qué hacer. Para empezar, no era bueno con las hembras, y ahora que era mercancía averiada por haber dejado ir a Jane todavía era peor.
Bruscamente giró la cabeza, consciente de que no estaban solos.
—Tú, detrás de la columna. Sal. Ahora.
Una Elegida dio un paso al frente, con la cabeza inclinada, tenía el cuerpo tenso bajo la tradicional capa blanca.
—Señor.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Mientras la Elegida miraba fija y sumisamente al suelo de mármol, pensó, que el Señor me salve de los sumisos. Era gracioso, durante el sexo lo había demandado. Ahora esa mierda le molestaba como el infierno.
—Será mejor que hayas venido a consolarla —gruñó—. Si es para cualquier otra cosa, debes salir de aquí como de los infiernos.
—Es para consolarla —dijo la Elegida suavemente—. Me preocupo por ella.
—¿Cuál es tu nombre?
—Elegida.
—¡No me jodas! —cuando ambas, ella y Cormia saltaron, forzó a su genio a enterrarse profundamente en sus entrañas—. ¿Cuál es nombre?
—Amalya.
—Bien, Amalya. Quiero que cuides de ella hasta que vuelva. Es una orden.
Cuando la Elegida hizo algunas reverencias y promesas, tomó una última calada del porro, se lamió dos dedos y los apretó sobre la punta. Cuando puso la colilla en el bolsillo de la bata, se preguntó sin motivo alguno por qué demonios todos tenían que llevar jodidos pijamas en el Otro Lado.
Le dirigió una mirada a Cormia.
—Te veo en dos días.
V se marchó sin mirar atrás, subiendo por el césped blanco de la colina, evitando la alfombra blanca de seda que había sido tendida. Cuándo llegó al patio de la Virgen Escriba, rezó como un demonio para no encontrarse con ella, y dio gracias a Dios de que no estuviera cerca. La última cosa que necesitaba era un rollo post partido con alguien de la calaña de Mamazilla.[1]
Bajo la mirada atenta de todos esos pájaros cantores, se lanzó de vuelta al mundo real, pero no fue a la mansión.
Fue exactamente a donde no debía ir. Tomó forma en la calle de enfrente del apartamento de Jane. Era una jodida mala idea del tamaño de un rascacielos, pero estaba medio muerto de dolor y no estaba en su sano juicio, y además, no daba una mierda por nada. Ni siquiera por las líneas que no podían ser cruzadas entre los humanos y los de su especie.
La noche era fría y apenas iba vestido con las ropas ceremoniales de fakata, pero no le importó. Estaba tan aturdido y tan destruido mentalmente, que podría encontrarse desnudo en una tempestad de nieve y no advertirlo.
Qué demonios.
Había un coche en el camino de entrada. Un Porsche Carrera 4S. El mismo que tenía Z, sólo que el de Z era gris hierro y éste era plateado.
V no había pretendido acercarse más allá de la acera de enfrente, pero ese plan fue apagado como por agua cuando inhaló y captó el olor de un macho que emanaba del descapotable. Era ése médico, el que había sacado la mierda esa de Lotario con ella en la habitación del hospital.
V se materializó junto al arce del jardín frontal y miró por la ventana de la cocina. La cafetera estaba encendida. El azúcar fuera. Había dos cucharas en la mesa.
Oh, demonios, no. Jodida madre de los infiernos no.
V no podía ver mucho del resto del apartamento, así que corrió rodeándolo, los pies descalzos, chillaban mientras hacía crujir los parches de nieve helada. Cuando una anciana del apartamento contiguo se asomó por la ventana como si lo hubiera visto, esparció algo de mhis alrededor como precaución… y porque se imaginaba que debía hacer algo que demostrara que tenía cerebro.
Ésta rutina de acosador, seguro como la mierda, que no iba a llevarlo a Jeopardy!
Cuando llegó a las ventanas traseras y consiguió dar un vistazo a la sala de estar, vio la muerte del otro tan claramente como si hubiera cometido el asesinato en tiempo real.
Ese macho humano, ese médico, estaba de rodillas y apretado cerca de Jane, que estaba sentada en el sofá. El tipo tenía una mano en su rostro, la otra en el cuello, y estaba centrado en su boca.
V perdió la concentración, dejó caer el mhis, y se movió sin pensar. Sin razonar. Sin vacilar. No había nada más que un grito, el instinto de macho vinculado, fue hacia las puertas correderas, preparado para matar...
Salido de la nada, Butch se interpuso frente a él, descarrilando el ataque, asiéndolo por la cintura y arrastrándolo a la fuerza apartándolo del apartamento. Fue un movimiento peligroso, incluso entre buenos amigos. A menos que fueras un trailer de treinta toneladas, no querrías interponerte entre un macho vinculado y el objetivo de esta clase de agresión. El instinto de ataque de V cambió de foco al momento. Descubrió los colmillos, se apartó de un tirón, y golpeó a su ser más cercano y querido a un lado de la cabeza.
El irlandés soltó a V como si fuera una colmena, echando atrás el puño le lanzó un puñetazo ascendente, que le dio a V en la parte inferior del mentón. Cuando la mandíbula se estrelló contra el cráneo y los dientes cantaron como un coro de ángeles, se encendió tan rápido como una pradera seca, entró instantáneamente en combustión.
Mhis, gilipollas —escupió Butch—. Usa el mhis sobre el lugar antes de que hagamos esto.
V colocó el bloqueo visual y los dos se pusieron a ello con todas sus fuerzas. Todo valía, la sangre brotaba de narices y bocas mientras se daban puñetazos, sacándose la mierda el uno al otro. A mitad del asunto, V se dio cuenta de que esto no era sólo por haber perdido a Jane. Era porque estaba totalmente solo. Aún con Butch cerca, no sería lo mismo sin ella, así que era como si V se hubiera quedado sin nada.
Cuándo todo acabó, él y el poli se tendieron sobre las espaldas uno al lado del otro, los pechos jadeantes, el sudor no tanto secándose como congelándose sobre ellos. Mierda, V ya podía notar la hinchazón. Los nudillos y el rostro estaban convirtiéndolo en el muñeco de Michelín.
Tosió un poco.
—Necesito un cigarro.
—Yo necesito una bolsa de hielo y un montón de tiritas.
V rodó hacia un lado, escupió algo de sangre y después regresó a la posición en la que había estado. Se enjugó la boca con el dorso de la mano.
—Gracias. Lo necesitaba.
—No hay pr... —gruñó Butch—. No hay problema. Maldición, ¿tenías que golpearme el hígado de esa forma? Como si el whisky no fuera lo suficientemente malo para la cosa.
—¿Cómo supiste dónde estaba?
—¿Dónde más podías estar? Phury volvió solo y mencionó que alguna mierda estaba ocurriendo, así que me imaginé que finalmente acabarías aquí. —Butch hizo crujir el hombro y maldijo—. Enfrentémoslo, el policía que hay en mí es como una antena de radio para imbéciles estúpidos. Y no te ofendas, pero no ganas ningún premio en la división de listillos.
—Creo que hubiera matado a ése hombre.
—Sé que lo hubieras hecho.
V levantó la cabeza. Cuándo no pudo ver a través de las ventanas de Jane, se levantó apoyándose sobre los codos para tener el campo despejado. El sofá estaba vacío.
Se dejó caer nuevamente sobre el suelo. ¿Estaban haciendo el amor arriba en su cama? ¿Justo en ese momento? ¿Mientras él yacía arruinado en su jodido jardín trasero?
—Mierda. No puedo soportarlo.
—Lo siento, V. En serio. —Butch se aclaró la garganta—. Escucha… podría ser buena idea que no volvieras por aquí.
—Lo dice el idiota que pasaba con el coche por la casa de Marissa ¿durante cuantos meses?
—Es peligroso, V. Para ella.
V miró enfurecido a su mejor amigo.
—Si vas a insistir en ser razonable, dejaré de frecuentarte.
Butch dejó escapar una sonrisa deformada… a causa de la herida que tenía en el labio superior.
—Lo siento, colega, no podrías librarte de mi ni aunque lo intentaras.
V parpadeó un par de veces, horrorizado por lo que estaba a punto de decir.
—Dios, vas para santo, ¿sabes? Siempre has estado ahí para mí. Siempre. Incluso cuando yo…
—¿Incluso cuándo tú qué?
—Ya sabes.
—¿Qué?
—Joder. Incluso cuando estaba enamorado de ti. O alguna mierda así.
Butch se llevó las manos al pecho.
—¿Estabas? ¿Estabas? No puedo creer que hayas perdido el interés. —Se puso un brazo sobre los ojos, en plan Sarah Bernhardt—. Mis sueños sobre nuestro futuro se han roto…
—Déjalo, poli.
Butch lo miró por debajo del brazo.
—¿Estás de broma? El reality que había planeado era fantástico. Iba a dárselo al VH1, Dos Mordiscos son Mejor que Uno. Íbamos a hacer millones.
—Oh, por el amor...
Butch rodó hasta ponerse de lado y se puso serio.
—Este es el trato, V. ¿Tú y yo? Estamos en ésta vida juntos, y no sólo a causa de mi maldición. No sé si soy todas esas providencias y mierdas divinas, pero hay una razón por la que nos encontramos. ¿Y en cuanto a eso de estar-enamorado-de-mi? Fue probablemente más algo del estilo de que sentías cariño por alguien por primera vez.
—Bueno, déjalo ahí. Me estás dando urticaria con esa mierda del cariño/compartir.
—Sabes que tengo razón.
—Vete a la mierda, Doctor Phil.
—Bueno, me alegra que estemos de acuerdo. —Butch frunció el ceño—. Oye, quizá podría tener un programa de entrevistas, ya que no vas a ser más mi June Cleaver. Le podría llamar la Hora de O'Neal. Suena importante, ¿verdad?
—Ante todo, tú ibas a ser June Cleaver…
—Jódete. No hay forma de que me ponga debajo de ti.
—Da igual. Y lo segundo, no creo que haya mucho mercado para tu marca particular de psicología.
—No es verdad.
—Butch, tú y yo acabamos de sacarnos la mierda a golpes.
—Empezaste tú. Y en realidad, sería perfecto para la Spike TV[2]. UFC se encuentra con Oprah. Dios, soy brillante.
—Continúa diciéndotelo.
La risa de Butch fue interrumpida por una ráfaga de viento que azotó el jardín trasero.
—Bueno, grandullón, aunque disfruto mucho de esto, no creo que mi bronceado esté mejorando mucho, considerando que está oscuro como el alquitrán.
—No estás bronceado.
—¿Lo ves? Esto no me está llevando a ningún sitio. Así que ¿qué tal si nos vamos a casa? —hubo una larga pausa—. Mierda… no piensas venir conmigo, ¿verdad?
—Ya no me siento con ganas de matar a nadie.
—Ah. Bien. La idea de que quizás sólo dejes paralítico al tío, me hace sentir jodidamente muchísimo mejor acerca de dejarte aquí. —Butch se incorporó con una maldición—. ¿Te importa si, por lo menos, primero miro si se ha marchado?
—Dios, ¿realmente quiero saberlo?
—Volveré enseguida. —Butch gimió y se levantó como si hubiera tenido un accidente, todo tenso y chirriante—. Hombre, esto va a doler durante un rato.
—Eres un vampiro ahora. Tú cuerpo estará bien y a punto antes de que te des cuenta.
—Ese no es el punto. Marissa nos matará por pelear.
V dio un respingo.
—Mierda. Eso va a dejar huella, ¿verdad?
—Sip, sip. —Butch cojeó—. Va a rompernos la cabeza.
V miró hacia la segunda planta del apartamento y no pudo decidir si era un buen o un mal signo que no hubiera luces encendidas. Cerrando los ojos, rezó para que el Porsche se hubiera marchado… aunque no tenía esperanza de que así fuera. Hombre, Butch tenía razón. Él rondando por aquí era una situación de esas que terminaba con cinta de policía rodeándola. Ésta tenía que ser la última vez…
—Se ha ido —dijo Butch.
V exhaló como si fuera una rueda que se desinflaba, entonces se dio cuenta de que había conseguido un indulto sólo por esta noche. Tarde o temprano ella iba a estar con otro.
Probablemente tarde o temprano iba a estar con ese otro médico.
V levantó la cabeza, luego la dejó caer de nuevo sobre el suelo congelado.
—No creo que pueda hacer esto. No creo que pueda vivir sin ella.
—¿Tienes elección?
Nop, pensó. Ninguna en absoluto.
Pensándolo bien, esa palabra no debería ser aplicada al destino de las personas. Jamás. La palabra elección debía ser relegada a la televisión y a las comidas. Puedes elegir entre la NBC y la CBS o entre ternera en vez de pollo. Pero lleva el concepto más allá de la cocina o el mando a distancia y la palabra simplemente no puede aplicarse.
—Vete a casa, Butch. No voy a hacer ninguna estupidez.
—Una estupidez mayor, querrás decir.
—La semántica es una mierda.
—Como eres alguien que habla dieciséis idiomas, sabes que eso es mentira. —Butch respiró hondo y esperó—. Intuyo que te veré en el Pit, entonces.
—Sip. —V se puso de pie—. Volveré en un rato.

Jane se dio la vuelta en la cama, su instinto la despertó.
Había alguien en la habitación. Se incorporó, con el corazón golpeando, y no vio nada. Por otra parte, las sombras lanzadas por la luz del pasillo ofrecían muchos escondites tras el escritorio, la puerta entreabierta y la atiborrada silla que había junto a la ventana.
—¿Quién está ahí?
No obtuvo ninguna respuesta, pero definitivamente no estaba sola.
Deseó no haberse acostado desnuda.
—¿Quién está ahí?
Nada. Sólo el sonido de su propia respiración.
Apretó las manos contra el edredón y respiró hondo. Dios… había un olor maravilloso en el aire… rico y sensual, sexual y posesivo. Aspiró otra vez y su cerebro aleteó, reconociéndolo. Era el olor de un hombre. No… era más que un hombre.
—Te conozco. —Su cuerpo se calentó instantáneamente, floreciendo… pero entonces la congoja se le echó encima, un dolor tan grande que jadeó—. Ah, Dios… tú…
El dolor de cabeza regresó, aplastándole el cráneo, reforzando su voluntad de hacerse ese TAC con la máxima urgencia. Con un gemido se agarró la cabeza, reforzándose contra lo que probablemente iban a ser horas de angustia.
Excepto que casi inmediatamente el dolor se fue a la deriva… y también lo hizo ella. Una manta de sueño la alivió, la recubrió, la calmó.
Justo después de que la cubriera, una mano masculina tocó su cabello. Su rostro. Su boca.
Su calidez y amor le curaron el agujero insondable que tenía en el centro del pecho: era como si su vida hubiera estado en un accidente de coche, y ahora sus partes hubieran vuelto a ser unidas, el motor reparado, el parachoques recolocado, el parabrisas roto reemplazado.
Salvo que entonces la caricia la abandonó.
En el sueño se extendió ciegamente.
—Quédate conmigo. Quédate conmigo, por favor.
Una palma grande envolvió su mano, pero la respuesta iba a ser que no. Aunque el hombre no dijo nada, supo que no se quedaría.
—Por favor… —las lágrimas brotaron—. No te vayas.
Cuando dejó caer la mano, gritó y se estiró hacia delante…
Las mantas susurraron y el aire frío la acarició, así como lo hizo un enorme cuerpo masculino. En su desesperación se aferró al sólido calor y enterró el rostro en un cuello que olía a esas oscuras especias. Gruesos brazos la rodearon y la apretaron.
Cuándo se acercó todavía más… sintió una erección.
En el sueño Jane se movió rápida y decisivamente, como si tuviera todo el derecho del mundo para hacer lo que hizo. Alargó la mano, metiéndola entre ellos y aferró la tensa longitud.
Cuando el enorme cuerpo se sacudió, dijo:
—Dame lo que quiero.
Hombre, lo hizo.
Fue lanzada sobre la espalda, luego sus piernas fueron separadas y su centro cubierto con una pesada mano. Se corrió inmediatamente, contorsionándose sobre el colchón, gritando. Antes de que las sensaciones decayeran, las sábanas fueron retiradas de la cama y una boca estuvo sobre ella entre sus muslos. Se aferró al cabello tupido y lujurioso y se entregó a lo que él le hacía.
Mientras tenía su segundo orgasmo, él se apartó. Hubo un sonido de ropas siendo quitadas y después...
Jane maldijo cuando fue llenada casi al punto del dolor, pero adoró lo que estaba sucediendo… especialmente cuando una boca bajó sobre la suya y la erección en su interior empezó a moverse. Se aferró a la ondulante espalda y siguió el ritmo del sexo.
En medio del sueño, tuvo algunos pensamientos acerca de que esto era por lo que había estado llorando. Éste hombre era la causa del dolor en el pecho.
O más bien, lo era su ausencia.
Vishous sabía que lo que hacía estaba mal. Era como si estuviera robando el sexo, porque Jane no sabía realmente quién era él. Pero no podía parar.
La besó más fuerte, moviéndose dentro ella más potentemente. Su orgasmo lo arrolló como una tormenta de fuego, lo apresó en un estallido de calor, consumiéndolo con un ardor que sólo fue aliviado cuando su polla dio un tirón y se liberó dentro de ella. Ella se corrió al mismo tiempo, exprimiéndolo, alargando las sensaciones hasta que se estremeció y cayó sobre ella.
Se echó atrás y bajó la mirada hacia sus ojos cerrados, forzándola con la mente a un sueño más profundo. Creería que lo que había sucedido no había sido más que un sueño erótico, una excitante y vívida fantasía. Sin embargo no sabría quién era él. No podría. Su mente era fuerte, y podría volverse loca en el tira y afloja entre los recuerdos que le había ocultado y lo que sentía cuando él estaba cerca.
V se salió fuera de su cuerpo y se escurrió de la cama. Cuando reacomodó las mantas y se subió los pantalones de seda, sintió como si se arrancara la propia piel.
Inclinándose, puso los labios sobre su frente.
—Te amo. Para siempre.
Antes de irse echó una mirada alrededor del dormitorio, entonces vagó hasta su cuarto de baño. No podía detenerse. No tenía intención de regresar otra vez y necesitaba imágenes de sus espacios personales.
El piso superior era más de "ella". Todo era sencillo y despejado, los muebles discretos, las paredes libres de cuadros fastidiosos. Sin embargo había sólo un derroche salvaje y lo adoró, el mismo que tenía en su habitación: libros. Había libros por todas partes. En el dormitorio, la estantería iba desde el suelo hasta el techo, con cada estante lleno de volúmenes de ciencia, filosofía y matemáticas. En el pasillo había más, amontonados en un armario de nueve pies con frontal de vidrio, había obras de Shelley y Keats, Dickens, Hemingway, Marchand, Fitzgerald. Incluso en el baño había un pequeño montón de ellos junto a la bañera, como si cuando estaba en ella, quisiera tener algunos de sus favoritos cerca.
A ella le gustaba Shakespeare también, evidentemente. Lo cuál aprobó.
¿Ves?, ese era su estilo de decoración. Una mente activa no necesitaba distracciones en su entorno físico. Necesitaba una colección de libros excelentes y una buena lámpara. Quizá un poco de queso y galletas.
V se giró para salir del baño y captó la vista de un espejo sobre los lavabos gemelos. Se la imaginó frente a él peinándose. Con el hilo dental. Cepillándose los dientes. Limándose las cortas uñas.
Todas esas cosas normales que hacían todas las personas en todo el planeta cada día, tanto los vampiros como los humanos. La prueba de que, después de todo, en ciertas actividades prosaicas las dos especies no eran tan diferentes.
Hubiera matado por verla hacerlas una vez.
Mejor aún, quería hacerlas con ella. El lavabo de ella. El de él. Quizás discutieran sobre el hecho de que dejó caer el hilo dental al borde de la papelera en vez de asegurarse de haberlo metido dentro.
Vida. Juntos.
Se inclinó, puso la punta de los dedos en el espejo, y recorrió el vidrio. Entonces se forzó a desmaterializarse sin volver al lado de su cama.
Cuando desapareció, y ésta vez para siempre, supo que si hubiera sido un macho que llorara, ahora estaría berreando. En lugar de eso pensó en el Grey Goose que estaría esperándolo cuando volviera al Pit. Tenía toda la intención de permanecer completamente borracho los próximos dos días.
Iban a tener que meterlo de nuevo dentro esas prendas de seda a lo Hugh Hefner y mantenerlo erguido durante la jodida ceremonia del Primale.

 



[1] En el original dice Momzilla: Mezcla las palabras Mamá y Godzilla..
[2] Spike TV es un canal de televisión estadounidense diseñado para el publico masculino

No hay comentarios: