sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 4 5 6


En el Otro Lado, en el santuario de las Elegidas, Cormia estaba sentada sobre la cama en su blanca habitación con una pequeña vela blanca brillando junto a ella. Estaba vestida con el tradicional vestido blanco de las Elegidas, los pies desnudos sobre el blanco mármol, las manos dobladas sobre la falda.
Esperando.
Estaba acostumbrada a esperar. Era la naturaleza de la vida como Elegida. Esperabas el calendario para que te ofreciera alguna actividad. Esperabas que la Virgen Escriba hiciera una aparición. Esperabas una orden que te diera tareas que realizar. Y esperabas con gracia, paciencia y comprensión, o avergonzabas la integridad de la tradición a la que servías. En este lugar ninguna hermana era más importante que otra. Como Elegida, eras parte de un todo, una simple molécula entre muchas que conformaba un cuerpo espiritual funcional… por lo que eras a la vez indispensable y absolutamente insignificante.
Así que desafortunada fuera la hembra que faltara a sus deberes no sea que contaminara al resto.
Pero ese día, la espera contenía una carga ineludible. Cormia había pecado, y estaba esperando su castigo.
Por un largo tiempo había deseado que le llegara la transición, había estado secretamente impaciente, aunque no para el beneficio de las Elegidas. Se quería sentir plenamente realizada como ella misma. Quería sentir que su respiración y los latidos de su corazón tenían un significado que le pertenecía a ella como individuo dentro del universo, no como el rayo parte de una rueda. El cambio la había sacudido como una llave para esa libertad privada.
El cambio le había sido otorgado recientemente, cuando había sido invitada a beber de la copa del Templo. Al principio se había sentido triunfante, asumiendo que su deseo clandestino había pasado desapercibido y que aún así, había sido realizado. Pero luego había llegado el castigo.
Mirando su cuerpo, culpaba a sus pechos y sus caderas por lo que estaba a punto de pasar. Se culpaba a si misma por desear ser alguien específico. Debía haberse quedado como estaba…
La delgada cortina de seda que había en la puerta se deslizó hacia un lado, para dar paso a la Elegida Amalya, una de las attendhentes personales de la Virgen Escriba.
—Así que está hecho —dijo Cormia, apretando los dedos hasta que le dolieron los nudillos.
Amalya sonrió bondadosamente.
—Lo está.
—¿Cuánto falta?
—Vendrá cuando concluya el retiro de Su Santidad.
La desesperación hizo que Cormia preguntara lo inconcebible.
—¿No puede ser otra de las nuestras la que sea convocada? Hay otras que lo desean.
—Tú has sido la elegida. —Mientras las lágrimas anegaban los ojos de Cormia, Amalya se adelantó, sus pies descalzos no hacían ningún ruido—. Será gentil con tu cuerpo. Él…
—No hará tal cosa. Es el hijo del guerrero Bloodletter.
Amalya se estremeció.
—¿Qué?
—¿Acaso la Virgen Escriba no te lo dijo?
—Su Santidad sólo dijo que estaba todo arreglado con un integrante de la Hermandad, un guerrero de valor.
Cormia sacudió la cabeza.
—A mi me lo dijo antes, la primera vez que vino a mi. Pensé que todas lo sabían.
La preocupación de Amalya hizo que frunciera el ceño. Sin decir una palabra, se sentó sobre la cama y atrajo a Cormia hacia sí
—No deseo esto —susurró Cormia—. Perdóname, hermana. Pero no lo deseo.
La voz de Amalya carecía de convicción cuando dijo.
—Todo va a estar bien… de verdad.
—¿Qué está pasando aquí? —la afilada voz hizo que se apartaran de un salto tan efectivamente como un par de manos.
La Directrix estaba parada en el vano de la puerta, con una mirada de sospecha en el rostro. Llevaba un libro de algún tipo en una mano y un hilo de veneradas perlas negras en la otra, era la perfecta representación del apropiado propósito y vocación de las Elegidas.
Amalya se levantó rápidamente, pero no había forma de negar el momento. Como Elegida, debías regocijarte por tu condición en todo momento; cualquier otro estado de ánimo era considerado una falta de hipocresía por la cual tenías que cumplir una penitencia. Y ellas habían sido descubiertas.
—Ahora debo hablar con la Elegida Cormia —anunció la Directrix—. A solas.
—Si, claro. —Amalya fue hacia la puerta con la cabeza baja—. Si me disculpan, hermanas.
—Vas hacia el Templo de Expiación, ¿no es así?
—Si, Directrix.
—Quédate allí por el resto del ciclo. Si te veo en los terrenos, estaré de lo más disgustada.
—Si, Directrix.
Cormia cerró los ojos apretándolos y rezó por su amiga mientras esta partía. ¿Un ciclo entero en el Templo? Podías volverte loca por la privación de los sentidos.
Las palabras de la Directrix fueron cortantes.
—Te enviaría allí también, si no hubiera otras cosas que necesitan tu atención.
Cormia se enjugó las lágrimas.
—Si, Directrix.
—Ahora debes comenzar los preparativos leyendo esto. —El libro forrado en cuero aterrizó en la cama—. Detalla los derechos del Primale y tus obligaciones. Cuando lo termines, comenzarás tu entrenamiento sexual.
Oh, querida Virgen, por favor, con la Directrix no… por favor, con la Directrix no…
—Layla te instruirá. —Cuando los hombros de Cormia se aflojaron, la Directrix dijo bruscamente—. ¿Debo ofenderme ante tu alivio al ver que no era yo la que te iba a instruir?
—En lo absoluto, hermana mía.
—Ahora me ofendes siendo hipócrita. Mírame. Mírame.
 Cormia levantó los ojos y no pudo evitar encogerse de miedo cuando la Directrix la fulminó con una dura mirada.
—Cumplirás con tu deber y lo harás bien o te echaré de aquí. ¿Entiendes? Serás expulsada.
Cormia estaba tan aturdida que no pudo responder. ¿La echarían? ¿La mandarían… al Otro Lado?
Respóndeme. ¿Queda entendido?
—S-si, Directrix.
—No te equivoques. La supervivencia de las Elegidas y el orden que he establecido aquí dentro son lo único que importa. Cualquier individuo que sea un obstáculo será eliminado. Recuérdalo cuando sientas el impulso de sentir lástima por ti misma. Este es un honor y puede ser revocado con las resultantes consecuencias que serán efectuadas por mi mano. ¿Nos entendemos? ¿Nos entendemos?
Cormia no pudo encontrar la voz, por lo que asintió con la cabeza.
La Directrix sacudió la cabeza, tenía una extraña luz emanando de sus ojos.
—Salvo por tu línea sanguínea eres totalmente inaceptable. Y ya que estamos en ello, todo el asunto es absolutamente inaceptable.
La Directrix se fue con un susurro de ropa, su túnica blanca de seda flotando alrededor del marco de la puerta tras su estela.
Cormia puso la cabeza entre las manos y se mordió el labio inferior mientras contemplaba su situación. Su cuerpo le había sido prometido a un guerrero que nunca había visto en su vida… que era hijo de un brutal y cruel progenitor… y sobre sus hombros descansaba la noble tradición de las Elegidas.
¿Honor? No, esto era un castigo… por la audacia de querer tener algo para sí misma.

Cuando llegó otro Martini, Phury trató de recordar si era el quinto, ¿o el sexto? No estaba seguro.
—Hombre, que bueno que no tengamos que luchar esta noche —dijo Butch—. Estás bebiendo esa mierda como si fuera agua.
—Estoy sediento.
—Me lo imaginé. —El poli se estiró sobre el banco fijo—. ¿Por cuánto tiempo más planeas rehidratarte, Lawrence de Arabia?
—No tienes porque quedarte…
—Muévete, poli.
Ambos, Phury y Butch levantaron la mirada. V había aparecido frente a la mesa salido de ninguna parte, y algo estaba mal. Con los ojos dilatados y el rostro pálido, parecía como si hubiera tenido un accidente, aunque no estaba sangrando.
—Hey, colega —Butch se deslizó hacia la derecha para hacerle sitio—. Pensé que no te veríamos esta noche.
V se sentó, la chaqueta de cuero se infló hacia arriba haciendo que sus grandes hombros parecieran realmente inmensos. Con un movimiento poco habitual en él, comenzó a tamborilear los dedos sobre la mesa.
Butch frunció el ceño en dirección a su compañero de habitación.
—Te ves como si te hubieran atropellado. ¿Qué pasa?
Vishous entrecruzó las manos.
—Este no es el lugar.
—Entonces vayamos a casa.
—De ninguna manera. Voy a estar atrapado allí todo el día. —V levantó la mano. Cuando la camarera se acercó, puso un billete de cien en la bandeja—. Haz que fluya el Goose, ¿de acuerdo? Y esto es sólo la propina.
Ella sonrió.
—Será un placer.
Cuando fue hacia el bar como si estuviera usando patines, los ojos de V recorrieron el área VIP, con el ceño fruncido. Mierda, no estaba comprobando la muchedumbre. Estaba buscando pelea. Y era posible que el hermano estuviera… ¿brillando un poquito?
Phury miró hacia la izquierda y se dio un toque en la oreja dos veces, enviando así una solicitud a uno de los gorilas que custodiaban la puerta privada. El guardia de seguridad asintió y habló contra el reloj pulsera.
Momentos después salió un enorme macho con un corte de cabello estilo mohawk. Rehvenge estaba vestido con un perfecto traje sastre negro y tenía un bastón negro en la mano derecha. Mientras se acercaba lentamente hacia la mesa de la Hermandad, sus guardaespaldas se apartaron frente a él, en parte por respeto a su tamaño, en parte por el miedo a su reputación. Todo el mundo sabía quién era y de lo que era capaz. Rehv era el tipo de señor de las drogas que tomaba interés personal en su negocio. Si te cruzabas con él terminabas cortado en cubitos, como algo que se veía en el canal gastronómico.
El cuñado mestizo de Zsadist estaba probando ser un sorprendente aliado para la Hermandad, aunque la verdadera naturaleza de Rehv lo complicaba todo. No era inteligente meterte en la cama de un symphath. Literal o figuradamente. Por lo que era un dudoso amigo y pariente.
Su tensa sonrisa apenas mostraba los colmillos.
—Buenas noches, caballeros.
—¿Te molestaría que usáramos tu oficina para un pequeño asunto privado? —preguntó Phury.
—No voy a hablar —dijo V rechinando los dientes en el momento en que llegaba su bebida. Con un giro de la muñeca la volcó en su garganta como si se le estuvieran incendiando las entrañas y la mierda fuera agua—. No voy. A hablar.
Phury y Butch intercambiaron una mirada, y llegaron a un consenso. Ah si, Vishous iba a ser inexorablemente arrastrado.
—¿Tu oficina? —le dijo Phury a Rehvenge.
Rehv enarcó una elegante ceja, sobre los astutos ojos color amatista.
—No estoy seguro de que queráis usarla. El lugar está conectado a un sistema de sonido, y cada sílaba queda grabada. A no ser… por supuesto… que yo esté allí dentro.
No era lo ideal, pero cualquier cosa que perjudicara a la Hermandad perjudicaba a la hermana de Rehv, siendo ésta la compañera de Z. Así que aunque el tipo fuera en parte symphath, tenía motivos para quedarse callado fuera lo que fuese lo que estuviera ocurriendo.
Phury se deslizó de la banqueta y miró fijamente a V.
—Trae tu bebida.
—No.
Butch se puso de pie.
—Entonces te quedas sin ella. Porque si no quieres ir a casa, hablaremos aquí.
Los ojos de V brillaron. Y no fue lo único.
—Mierda…
Butch se inclinó sobre la mesa.
—En este preciso momento estás despidiendo un aura como si tuvieras el culo enchufado a la pared. Así que te recomiendo seriamente que dejes de lado esa mierda de soy-una-isla y lleves tu lamentable excusa de persona hacia la oficina de Rehv antes de que demos un espectáculo. ¿Comprendido?
Siguió un largo espació de tiempo sin que nada ocurriera salvo el intercambio de miradas entre V y Butch. Luego V se puso de pie y se encaminó a la oficina de Rehv. En el camino, su furia propagaba un aroma a químico tóxico, del tipo que hace que te pique la nariz.
Hombre, el poli era el único que tenía una oportunidad con V cuando el macho estaba así.
Así que demos gracias a Dios por el irlandés.
El grupo pasó por la puerta custodiada por un par de gorilas y tomaron posesión de la cueva que Rehvenge tenía por oficina. Cuando la puerta se cerró, Rehv fue hacia el escritorio, movió algo bajo él y un sonido de pitido dejó de sonar.
—Estamos listos —dijo, sentándose sobre una silla de cuero negro.
Todos miraron fijamente a V… que instantáneamente se convirtió en un animal de zoológico, paseando de un lado a otro y viéndose como si quisiera comerse a alguien. Finalmente el hermano se detuvo al otro lado de la habitación respecto a Butch. La tenue luz sobre ellos no era tan brillante como la que brillaba debajo de su piel.
—Cuéntame —murmuró Butch.
Sin decir palabra, V sacó algo del bolsillo trasero del pantalón. Cuando extendió el brazo, un pesado medallón de oro osciló en el extremo de un cordón de seda.
—Parece que tengo un nuevo trabajo.
—Oh… mierda —susurró Phury.

La organización del dormitorio de Blay cumplía los SOP[1] para John y sus amigos. John estaba al pie de la cama. Blay estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Qhuinn estaba tendido en toda su extensión, con su nuevo cuerpo colgando mitad dentro, mitad fuera de un puf. Había botellas de Corona abiertas, y se estaban pasando bolsas de Doritos y Ruffles.
—Ok, escúpelo —dijo Blay—. ¿Cómo fue tu transición?
—A quien le importa el cambio. Tuve relaciones. —Mientras los ojos de Blay y John se agrandaban, Qhuinn se echó a reír—. Sip. Lo hice. Para decirlo de otra forma al fin me escurrieron la cereza.
—Deja. De. Joder. —dijo Blay con un suspiro.
—En serio —Qhuinn inclinó la cabeza hacia atrás y se tragó media cerveza—. Aunque debo decir que la transición… tío… —miró a John, entrecerrando los ojos—. Prepárate, J-man. Es muy duro. Deseas morir. Rezas por ello. Y luego la mierda se pone realmente crítica.
Blay asintió.
—Es espantoso.
Qhuinn terminó la cerveza y tiró la botella vacía en la papelera.
—La mía fue presenciada. La tuya también, ¿verdad? —cuando Blay asintió, Qhuinn abrió el mini refrigerador y sacó otra Corona— . Sip, quiero decir… fue extraño. Mi padre en la habitación. El padre de ella, también. Todo el tiempo mi cuerpo se estaba sacudiendo. Me hubiera sentido avergonzado, pero estaba demasiado ocupado sintiéndome como un idiota.
—¿A quién utilizaste? —preguntó Blay.
—A Marna.
—Guaaaapa.
Los párpados de Qhuinn se tornaron pesados.
—Si, es muy guapa.
Blay se quedó boquiabierto.
—¿Ella? Fue la que…
—Sip. —Qhuinn se echo a reír cuando Blay se derrumbó hacia atrás sobre el suelo como si le hubieran disparado en el pecho—. Marna. Lo sé. Apenas puedo creerlo yo mismo.
Blay levantó la cabeza.
—¿Como ocurrió? Y que Dios me ayude, te patearé el culo si omites algo.
—¡Ja! Como si tú hubieras sido tan elocuente con tu mierda.
—No esquives la pregunta. Empieza a ladrar como el perro que eres, amigo.
Qhuinn se sentó, y John entendió la señal, moviéndose hacia el mismo borde de la cama.
—Bueno, entonces todo había terminado, ¿sabéis? Quiero decir… había terminado de beber, el cambió había terminado, estaba tendido en la cama como… sip, como si me hubiera atropellado un tren. Ella estaba allí por si acaso necesitara beber más de su vena, en una silla en una esquina de la habitación o algo así. En fin, su padre y el mío estaban hablando y yo como que me desmayé. Lo siguiente que supe fue que estaba solo en la habitación. Se abrió la puerta y entró Marna. Dijo que se olvidó el abrigo o algo así. Le echó un vistazo y… bueno, Blay, sabes que aspecto tiene, ¿verdad? Se me endureció al instante. ¿Puede culparme?
—En lo más mínimo.
John parpadeó y se inclinó aún más cerca.
—De todas formas, estaba cubierto por una sábana, pero de alguna forma lo supo. Hombre, me estaba mirando y sonriendo, y yo estaba como, “Oh, Dios mío…” Pero luego el padre gritó su nombre desde el vestíbulo. Ambos se tenían que quedar en casa porque ya era de día cuando terminé, pero claramente no quería que se acostara conmigo. Entonces cuando se iba, me dijo que luego se escabulliría a mi habitación. En realidad no la creí, pero tenía esperanzas. Pasó una hora y yo esperando… anhelando. Otra hora. Luego pensé bien, no vendrá. Llamé a mi padre por el teléfono interno y le dije que tenía que salir. Luego me levanté, me fui a la ducha, salí… y estaba en la habitación. Desnuda. En la cama. Cristo. Todo lo que pude hacer fue mirarla fijamente. Pero me recuperé rápidamente —los ojos de Qhuinn estaban fijos en el suelo y sacudió la cabeza hacia atrás y hacia delante—. La tomé tres veces. Una detrás de otra.
—Oh… mierda —susurró Blay—. ¿Te gustó?
—¿Qué te parece? Claro. —Mientras Blay asentía y levantaba la Corona hacia los labios, Qhuinn dijo—. Cuando terminé, la metí en la ducha, la limpié, y me fui abajo de ella durante media hora.
Blay se atragantó con la cerveza, derramándola sobre sí mismo.
—Oh, Dios…
—Sabía como una ciruela madura. Dulce y melosa. —Cuando los globos de los ojos de John se le salieron fuera de la cabeza, Qhuinn sonrió—. La tenía toda sobre mi rostro. Fue fantástico.
El tío tomó un largo trago, como si fuera muy hombre, y no tuviera que hacer ningún esfuerzo por ocultar la reacción de su cuerpo a lo que indudablemente estaba reviviendo en su mente. Cuando sus vaqueros se tensaron en la zona de la cremallera, Blay se cubrió las caderas con una sudadera.
No teniendo nada que ocultar, John miró su botella.
—¿Vas a emparejarte con ella? —preguntó Blay.
—¡No, por el amor de Dios! —Qhuinn levantó la mano y suavemente se tocó el ojo morado—. Sólo fue… algo que pasó. Quiero decir, no. ¿Ella y yo? Nunca.
—Pero no era…
—No, no era virgen. Por supuesto que no lo era. Así que nada de emparejamiento. De todos modos nunca me aceptaría de esa manera.
Blay miró a John.
—Se supone que las hembras de la aristocracia deben ser vírgenes antes de emparejarse.
—Aunque los tiempos han cambiado —Qhuinn frunció el ceño—. Aún así, no se lo digáis nada a nadie, ¿vale? Pasamos un buen rato, y no fue nada del otro mundo. Es buena persona.
—Mis labios están sellados —Blay hizo una profunda inspiración, luego se aclaró la garganta—. Ah… es mejor hacerlo con alguien, ¿verdad?
—¿El sexo? Mucho mejor, compañero. Hacerlo por ti mismo te saca el filo, pero no hay nada como lo real. Dios, era tan suave… especialmente entre las piernas. Me encantó estar encima de ella, metiéndole mi mierda profundamente, oyéndola gemir. Me hubiera gustado que pudierais haber estado ahí. Realmente lo hubierais disfrutado.
Blay hizo girar los ojos.
—Mirarte mientras tienes sexo. Sip, ya, eso es algo que realmente querría ver.
La sonrisa de Qhuinn fue lenta y un poquito maliciosa.
—Te gusta verme luchar, ¿verdad?
—Bueno, seguro, eres bueno.
—¿Por qué tendría que ser diferente con el sexo? Sólo es algo que haces con tu cuerpo.
Blay pareció perplejo.
—Pero… ¿qué hay acerca de la privacidad?
—La privacidad es un asunto de contexto —Qhuinn sacó una tercera cerveza—. Y, ¿Blay?
—¿Qué?
—Además, soy muy bueno con el sexo —abrió la tapa y tomó un trago—. Así que esto es lo que tenemos que hacer. Me voy a tomar un par de días para fortalecerme, y luego vamos a ir a uno de esos clubes del centro. Quiero hacerlo de nuevo, pero no puede ser con ella. —Qhuinn miró a John—. J-man, tú también vienes con nosotros al ZeroSum. No me importa si eres un pretrans. Iremos juntos.
Blay asintió.
—Los tres juntos tenemos buena onda. Además, John, pronto serás como nosotros.
Mientras los dos comenzaban a hacer planes, John se quedó en silencio. Todo el asunto de ligar con chicas era impensable y no sólo porque la transición aún no lo había alcanzado. Sintió el arma en la sien. Sintió como le tironeaban de los vaqueros bajándoselos. Sintió lo inconcebible mientras se lo estaban haciendo. Recordó el aliento arañando su garganta al entrar y salir y los ojos llenándose de lágrimas y como se había meado encima, sobre la punta de los zapatos baratos del tipo.
—Este fin de semana —anunció Qhuinn—. Haremos que se encarguen de ti, Blay.
John dejó la cerveza y se frotó las mejillas mientras las de Blay se ponían coloradas.
—Sip, Qhuinn… no sé…
—Confía en mí. Haré que ocurra. Entonces, ¿John? Eres el próximo.
La primera respuesta de John fue sacudir la cabeza, negando, pero luego se detuvo a sí mismo para no parecer un idiota. Ya se sentía dejado atrás como la bola ocho, todo pequeño y poco viril. Despreciar una oferta para tener sexo lo colocaría decididamente en la tierra de los perdedores.
—¿Entonces tenemos un plan? —demandó Qhuinn.
Cuando Blay se puso a jugar con el borde de la chaqueta, John tuvo la clara impresión de que el tipo iba a decir no. Lo que hacía que John se sintiera mucho mejor…
—Sip. —Blay se aclaró la garganta—. Yo… ah, sip. Estoy, así, interesado como la mierda. Es casi en lo único que puedo pensar, ¿sabéis? Y es algo doloroso, en serio.
—Sé exactamente lo que quieres decir —los ojos de Qhuinn brillaron—. Y vamos a pasar un buen rato. Mierda John… ¿Podrías decirle a tu cuerpo que se apresure?
John solo se encogió de hombros, deseando poder irse.
—Así que, ¿ha llegado la hora de jugar unos sKillerz? —preguntó Blay, señalando la Xbox que estaba en el suelo—. John nos va a ganar otra vez, pero aún podemos pelear por el segundo lugar.
Fue un tremendo alivio cambiar de tema, y los tres se dejaron envolver por el juego, gritándole a la TV, tirándose envoltorios de caramelos y tapas de cerveza uno al otro. Dios, John adoraba esto. En la pantalla competían como iguales. Allí no era más pequeño y tampoco se quedaba atrás. Era mejor que ellos. En el sKillerz, podía ser el guerrero que deseaba ser.
Mientras los hacía morder el polvo, miró a Blay y supo que el tipo había elegido ese juego específicamente para hacer sentir mejor a John. Pero bueno, Blay tendía a saber cómo se sentía la gente y como ser amable sin avergonzar a nadie. Era un amigo excelente.
Cuatro paquetes de seis cervezas, tres viajes a la cocina, dos partidas completas de sKillerz y una película de Godzilla después, John miró el reloj y se bajó de la cama. Fritz pronto vendría a buscarlo, porque cada noche a las 4 a.m. tenía una cita a la que debía asistir a no ser que quisiera que lo sacaran del programa de entrenamiento.
¿Os veo mañana en clase? dijo por señas.
—Seguro —dijo Blay.
Qhuinn sonrió.
—En el messenger más tarde, ¿ok?
Veremos. Hizo una pausa en la puerta. Oh, hey, quería preguntarte, se tocó el ojo y señaló a Qhuinn. ¿Cómo te hiciste el ojo morado?
La mirada de Qhuinn se quedó absolutamente inmóvil, su sonrisa tan brillante como siempre.
—Oh, no es nada. Solo me resbalé y caí en la ducha. Realmente estúpido, huh.
John frunció el ceño y miró a Blay, cuyos ojos se pegaron al suelo y permanecieron allí. Ok, algo estaba…
—John… —dijo Qhuinn firmemente—. Los accidentes ocurren.
John no le creyó, especialmente dado que los ojos de Blay continuaban bajos, pero como él mismo tenía sus propios secretos no le iba eso de entrometerse.
Sip, seguro, dijo por señas. Luego silbó una rápida despedida y se fue.
Cuando cerró la puerta, escuchó las voces graves y puso una mano sobre la madera. Deseaba tanto ser como ellos, pero la parte del sexo… No, su transición era sobre convertirse en un macho para poder vengar su propia muerte. No se trataba de tirarse chicas. De hecho, tal vez debía tomar una hoja del libro de Phury.
El celibato tenía muchas cosas recomendables. Phury había estado absteniéndose… como de por vida, y míralo. Era absolutamente correcto, un tipo de lo más centrado.
No era un mal ejemplo a seguir.





[1] SOP:Standard Operating Procedures, Procedimientos Operativos Estandarizados.

 

—¿Qué vas a ser el que? —farfulló Butch.
Al mirar a su compañero de habitación, Vishous apenas pudo pronunciar la puta palabra sin atragantarse.
—El Primale. De las Elegidas.
—¿Y qué demonios es eso?
—Básicamente, un donante de esperma.
—Espera, espera… ¿así que harás algo así como fecundación in vitro?
V se pasó la mano por el cabello y pensó en lo bien que se sentiría al atravesar la pared con el puño
 —Tienes que involucrarte un poco más que eso.
Hablando de involucrarse más, había pasado mucho tiempo desde que había tenido sexo directo con una hembra. ¿Podría correrse durante el sexo formal y ritual que practicaban las Elegidas?
—¿Por qué tú?
—Tiene que ser un miembro de la Hermandad. —V se paseó alrededor de la oscura habitación, pensando en que por ahora mantendría oculta la identidad de su madre—. Es un charco limitado donde elegir. Uno que se está haciendo cada vez más pequeño.
—¿Vivirás allí? —preguntó Phury.
—¿Vivir allí? —interrumpió Butch—. ¿Quieres decir que ya no podrás luchar junto a nosotros? ¿O… pasar tiempo con nosotros?
—No, puse esa condición en el acuerdo.
Cuando Butch suspiró con alivio, V trató de no soñar acerca de que a su compañero de habitación le preocupara verlo tanto como a él le importaba ser visto.
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace unos días.
Phury alzó la voz.
—¿Está enterado Wrath?
—Sip.
Mientras V pensaba en lo que se había metido, su corazón comenzó a latirle en el pecho como un pájaro batiendo las alas tratando de escapar de la jaula que formaban las costillas. El hecho de tener a dos de sus hermanos y a Rehvenge echándole esas espeluznantes miradas intensificó el pánico.
 —Escuchad, ¿os importaría disculparme un momento? Necesito… mierda, necesito salir de aquí.
—Voy contigo —dijo Butch.
—No. —El estado de ánimo de V era desesperante. Si alguna vez había habido una noche en la que podría haberse sentido tentado de hacer algo estúpidamente inapropiado, era esa. Ya era lo suficientemente malo que lo que sentía por su compañero de habitación fuera un secreto sobreentendido. Hacerlo realidad actuando en consecuencia sería una catástrofe que ni él, ni Butch, ni Marissa podrían afrontar.
—Necesito estar a solas.
V empujó el medallón en el bolsillo trasero y dejó un aplastante silencio en la oficina. Mientras salía apresuradamente por la puerta lateral hacia el callejón, deseaba encontrar un lesser. Necesitaba encontrar uno. Rezaba a la Virgen Escri
V se detuvo en seco. Bueno, mierda. Estaba seguro como el infierno de que no iba rezarle más a esa madre suya. Ni a usar esa frase.
Maldita… fuera.
V se reclinó hacia atrás contra el frío ladrillo del edificio del ZeroSum, y, por más que le doliera, no pudo evitar pensar en su vida en el campamento guerrero.
El campamento había estado situado en Europa central, en las profundidades de una cueva. Unos treinta soldados lo habían usado como base central, pero había habido otros ocupantes. Una docena de pretrans habían sido enviados allí para entrenarse, y otra docena más o menos de prostitutas que alimentaban y atendían a los machos.
El Bloodletter lo había dirigido durante años y había formado a algunos de los mejores guerreros de la especie. Cuatro miembros de la Hermandad se habían iniciado bajo el mando del padre de V. No obstante, muchos otros, de todos los niveles, no habían logrado sobrevivir.
Los primeros recuerdos de V eran de sentirse hambriento y helado, de observar a otros comer mientras su estómago rugía. A lo largo de sus primeros años, el hambre lo había impulsado, y como los demás pretrans, su única motivación había sido alimentarse, sin importar lo que tuviera que hacer para conseguirlo.

Vishous esperaba oculto en las sombras de la cueva, permaneciendo lejos de la parpadeante luz arrojada por la hoguera del foso del campamento. Siete venados frescos estaban siendo devorados con obsceno frenesí, los soldados cortaban la carne de los huesos y la masticaban como animales, la sangre les ensuciaba los rostros y las manos. Al margen de la comida, todos los pretrans temblaban de codicia.
Como los demás, V estaba al filo de la inanición. Pero no estaba junto a sus jóvenes compañeros. Esperaba en la lejana oscuridad, con los ojos fijos en su presa.
El soldado que estaba vigilando era gordo como un cerdo, con pliegues de carne cayendo sobre sus pantalones de cuero y las facciones borrosas por el abultado relleno, la mayor parte del tiempo, el glotón andaba sin túnica, con el bulboso pecho y el distendido estómago bailando mientras desfilaba por los alrededores propinándole patadas a los perros vagabundos que vivían en el campamento o yendo detrás de las prostitutas. A pesar de toda su pereza, era un malvado asesino, lo que le faltaba de velocidad lo compensaba con fuerza bruta. Con manos grandes como la cabeza de un macho adulto, se rumoreaba que le arrancaba las extremidades a los lessers para comérselas después.
En cada comida era de los primeros en llegar a la carne, y comía rápidamente, aunque lo estropeaba con su falta de cuidado. No le prestaba mucha atención a lo que lograba meterse en la boca. Trozos de carne de venado, chorros de sangre y fragmentos de hueso cubrían su estómago y pecho, formando una sangrienta túnica tejida por su descuidada faena.
Esa noche el macho terminó temprano y se reclinó hacia atrás sobre las caderas, con una pierna de venado en el puño. Aunque había terminado, se demoraba cerca de la pieza muerta de la que había estado alimentándose, empujando a otros soldados para entretenerse.
Cuando llegó el momento de que se repartieran los castigos de los entrenamientos, los soldados se trasladaron desde la hoguera hacia la plataforma del Bloodletter. A la luz de las antorchas, los soldados que habían sido derrotados en las prácticas eran obligados a inclinarse a los pies del Bloodletter y eran violados por aquellos que los habían derrotado, ante las burlas y desprecio de los demás. Mientras tanto, los pretrans caían sobre las sobras del venado mientras las hembras del campamento observaban todo con duros ojos, esperando su turno.
La presa de V no estaba muy interesada en las humillaciones. El gordo soldado miró durante un rato, luego se fue con la pierna de carne colgando en una de sus manos. Su sucio jergón estaba en uno de los extremos más alejados de donde dormían los soldados, porque hasta sus narices se veían ofendidas por el hedor que despedía.
Estirado, se veía como un campo ondeante, su cuerpo era una serie de colinas y valles. La pierna de venado que reposaba sobre su estómago era el premio en la cima de la montaña.
V se mantuvo alejado hasta que los ojos del soldado estuvieron cubiertos por sus carnosos párpados y su pesado pecho subió y bajo con un ritmo que cada vez se iba haciendo más lento. Pronto la boca de pez se abrió, y salió un ronquido, seguido de otro. Fue en ese momento cuando V se acercó con los pies descalzos, sin hacer ningún sonido sobre el suelo de tierra.
El repugnante olor del macho no detuvo a V, y no le importaba la mugre que había sobre el fresco muslo del venado. Se movió hacia delante, con la pequeña mano extendida, acercándose a la articulación del hueso.
Justo cuando la liberó, una daga negra pasó velozmente junto a la oreja del soldado y al penetrar en el atestado suelo de la cueva hizo que el macho abriera los ojos de golpe.
El padre de V surgió como un puño con cota de malla a punto de caer, las piernas fijadas firmemente, los oscuros ojos nivelados. Era el más grande dentro del campamento, se rumoreaba que era el macho más enorme nacido dentro de la especie, y su presencia inspiraba miedo por dos razones. Por su tamaño y por ser impredecible. Su humor era siempre voluble, con caprichos violentos y antojadizos, pero V sabía la verdad detrás de su volátil temperamento. No había nada que no fuera calibrado para obtener resultados. El ingenio malicioso de su padre era tan intenso como gruesos eran sus músculos.
—Despierta —dijo bruscamente el Bloodletter—. Mientras vagueas estás siendo robado por un debilucho.
V reptó lejos de su padre, pero comenzó a comer, hundiendo los dientes en la carne y masticando tan rápido como podía. Sería golpeado por esto, probablemente por ambos hombres, así que tenía que consumir la mayor cantidad posible antes de que empezaran a caerle guantazos.
El gordo comenzó a dar excusas hasta que el Bloodletter lo pateó en la planta del pie con una bota de clavos. El rostro del macho se puso gris pero tenía claro que no debía quejarse.
—Los porqués de este acontecimiento me aburren. —El Bloodletter miró fijamente al soldado—. Me estoy preguntando que harás al respecto.
Sin detenerse a tomar aliento, el soldado formo un puño con la mano, se inclinó, y lo descargó contra el costado de V. V perdió el bocado que masticaba cuando el impacto le quitó el aire de los pulmones y la carne de la boca. Mientras jadeaba, recogió el trozo del polvo y volvió a metérselo entre los labios. Sabía salado por el suelo de la cueva.
Cuando comenzó la paliza, V comió entre agresiones hasta que sintió que el hueso de su pantorrilla se doblaba hasta casi romperse. Dejó escapar un grito y perdió la pieza de carne. Alguien la recogió y huyó con ella.
Todo el tiempo, el Bloodletter rió sin sonreír, el sonido salía como un ladrido de labios rectos y finos como cuchillos. Y luego terminó. Sin esfuerzo aparente agarró al gordo soldado por la parte trasera del cuello y lo tiró contra la pared de roca.
Las botas con clavos del Bloodletter se plantaron frente al rostro de V.
 —Recoge mi daga.
V parpadeó y trató de moverse.
Hubo un crujido de cuero, y entonces el rostro del Bloodletter estuvo frente a V.
 —Recoge mi daga, muchacho. O esta noche haré que tomes el lugar de las putas en el foso.
Los soldados que se habían reunido detrás de su padre se rieron, y alguien tiró una piedra que le pegó a V en la pierna que tenía herida.
—Mi daga, muchacho.
Vishous extendió los pequeños dedos en la tierra y se arrastró hacia el arma. Aunque estaba a sólo unos dos pies de él, la hoja parecía a millas de distancia. Cuando finalmente cerró la palma sobre ella, necesitó ambas manos para liberarla de la tierra de lo débil que estaba. Tenía el estómago revuelto de dolor, y mientras tiraba de la hoja, vomitó la carne que había robado.
Cuando las náuseas cesaron, le tendió la daga a su padre, que había vuelto a elevarse en toda su altura.
—Ponte de pie —dijo el Bloodletter—. ¿O piensas que debería inclinarme hacia lo indigno?
V luchó para lograr sentarse y no podía imaginar cómo iba a lograr alzar todo su cuerpo si apenas podía levantar los hombros. Cambió la daga a la mano izquierda, puso la derecha en el suelo, y se elevó. El dolor fue tan grande que se le oscureció la visión… y luego ocurrió algo milagroso. Una especie de luz radiante lo inundó desde dentro hacia fuera, como si el sol se hubiera derramado en sus venas y limpió el dolor hasta que estuvo libre de él. Su visión regresó… y vio que su mano brillaba.
Este no era el momento de asombrarse. Se alzó del suelo, levantándose mientras trataba de no depositar el peso en la pierna herida. Con mano temblorosa, le presentó la daga a su padre.
El Bloodletter miró atrás durante un instante, como si nunca hubiera esperado que V lograra ponerse en pie. Luego miró el arma y se dio la vuelta.
—Que alguien lo haga caer de nuevo. Su atrevimiento me ofende.
V aterrizó en una pila cuando la orden fue cumplida, y entonces, la radiante luz lo abandonó y la agonía regresó. Esperó que le llegaran más golpes, pero cuando escuchó que la multitud rugía, supo que el castigo de los perdedores sería el entretenimiento del día, y no él.
Mientras yacía en una marisma de miseria, mientras trataba de respirar a través del latir de su golpeado cuerpo, se imaginó una mujer con una túnica blanca viniendo hacia él y envolviéndolo en sus brazos. Con suaves palabras lo acunaba y le acariciaba el cabello, calmándolo.
Le dio la bienvenida a la visión. Era su madre imaginaria. La que lo amaba y deseaba que estuviera a salvo, abrigado y alimentado. Verdaderamente, esa imagen era la que lo mantenía con vida, dándole la única paz que había conocido en su vida.
 El soldado gordo se inclinó hacia él, su fétido y húmedo aliento invadió la nariz de Vishous.
 —Róbame otra vez y no lograrás curarte de lo que te haga.
El soldado escupió en el rostro de V luego lo levantó y lo arrojó fuera del jergón como si fuera un resto inútil.
Antes de que V se desmayara, lo último que vio fue a los otros pretrans, que estaban terminando de saborear la pierna de venado.

 

Con una maldición, V se libró de sus recuerdos, sus ojos revolotearon por el callejón en el que se encontraba, como un viejo periódico atrapado por el viento. Hombre, estaba arruinado. El sello de su tupper se había roto y sus restos se habían derramado por todo el lugar.
Enredado. Muy enredado.
Lo bueno era que en ese momento no había sabido qué clase de mierda era ese asunto de mi-mami-me-quiere. Eso lo hubiera herido más que los abusos a los que fue sometido.
Tomó el medallón de Primale del bolsillo trasero y se puso a mirarlo fijamente. Aún estaba mirándolo cuando minutos más tarde el objeto cayó al suelo y rebotó como una moneda. Frunció el ceño… hasta que se dio cuenta de que su mano “normal” estaba brillando y había quemado el cordón.
Maldita fuera, su madre era una egomaniaca. Le dio la vida a la especie, pero eso no fue suficiente para ella. Demonios, no. Quería tomar parte en el baile.
A la mierda con ella. No iba a darle la satisfacción de tener cientos de nietos. Apestaba como madre, así que para que darle otra generación a la que arruinar.
Y además, había otra razón de porqué no debería ser el Primale. Era, después de todo, el hijo de su padre, así que la crueldad estaba en su ADN. ¿Cómo podía confiar en sí mismo de que no se descargaría con las Elegidas? Esas hembras no tenían la culpa, y no se merecían lo que terminaría entre sus piernas si se convertía en su pareja. No iba a hacerlo.
V encendió un cigarrillo liado a mano, levantó el medallón, y dejó el callejón girando a la derecha por la calle Trade. Necesitaba desesperadamente una pelea antes de que llegara el amanecer.
Contaba con encontrar algunos lessers en el laberinto de concreto que era el centro de la ciudad.
Era una apuesta segura. En la guerra entre la Sociedad Lessening y los vampiros había una sola regla en el combate: No luchar frente a humanos. Lo último que necesitaban, cualquiera de las dos partes eran bajas humanas o testigos, así que las batallas encubiertas eran el distintivo del juego, y el Caldwell urbano presentaba un buen teatro para combates a baja escala. Gracias al éxodo al por menor hacia los suburbios de los años setenta, había muchos callejones oscuros y edificios desocupados. Además, los pocos humanos que estaban en la calle estaban primordialmente ocupados sirviéndose de varios vicios. Lo que significaba que estaban ocupados en otra cosa, dándole mucho trabajo a la policía.
Mientras caminaba, se mantenía alejado de los charcos de luz proporcionados por el alumbrado callejero y los focos de los coches. Gracias a la dura noche, había pocos peatones en los alrededores, por lo que estaba solo cuando pasó por el McGrider y el Screamer y un nuevo club de striptease que acababa de abrir. Más arriba, pasó frente al autoservicio tex-mex y el restaurante chino, que estaban flanqueados por salones de tatuajes que competían entre sí. Unas cuartas después pasó cerca del edificio de apartamentos sobre la avenida Redd donde solía vivir Beth antes de conocer a Wrath.
V estaba a punto de dar la vuelta y volver hacia el núcleo principal cuando se detuvo. Levantó la nariz. Inhaló. El aroma a talco de bebé estaba en el aire, y ya que las viejas ancianas y los bebés estaban fuera de servicio a esta tardía hora, supo que su enemigo estaba cerca.
Pero había algo más en el aire, algo que hizo que su sangre se enfriara.
V se desabrochó la chaqueta para tener las dagas a mano y comenzó a correr, rastreando los aromas hasta la calle Veinte. La Veinte estaba a una manzana de distancia de Trade, cercada por edificios de oficinas que estaban aletargados a esta hora de la noche, y mientras corría por su desigual y fangoso pavimento, los aromas se hicieron más fuertes.
Tenía el presentimiento que había llegado tarde.
Cinco manzanas después vio que tenía razón.
El otro aroma era el de la sangre derramada de un vampiro civil, y cuando las nubes se apartaron, la luz de la luna cayó sobre el horrible espectáculo. Un macho post transición vestido con desgarradas ropas de sociedad estaba más allá de la muerte, su torso retorcido, el rostro tan estropeado que sería imposible de reconocer. El lesser que había ejecutado el asesinato estaba revisando los bolsillos del vampiro, sin duda con la esperanza de encontrar la dirección de su casa como pista que lo llevara a hacer otra matanza.
El asesino sintió a V y miró sobre el hombro. El ser era blanco como la piedra caliza, su cabello pálido, la piel y los ojos decolorados como la tiza. Grande, constituido sólidamente como un jugador de rugby, hacía tiempo que había pasado por la iniciación y V lo supo, no sólo debido a que la natural pigmentación del bastardo se había desvanecido. El lesser ya estaba preparado cuando se puso de pie de un salto, las manos yendo a la altura de su pecho, echando el cuerpo hacia adelante.
Corrieron el uno hacia el otro y se encontraron como lo harían dos coches chocando en un cruce: cara a cara, peso a peso, fuerza contra fuerza. Y en el inicial encuentro y saludo, V recibió un puñetazo de una mano del tamaño de un jamón en la mandíbula, del tipo de golpe que hace que tu cerebro se fragmente dentro del cráneo. Se mareó momentáneamente, pero se las arregló para devolver el favor lo suficientemente fuerte para hacer girar al lesser como una peonza. Luego fue tras su oponente, agarrándolo por la chaqueta de cuero y lanzándolo al aire fuera de sus shitkickers.
A V le gustaba luchar cuerpo a cuerpo. Y era bueno en el trabajo de campo.
Aunque el asesino fue rápido. Se elevó del helado pavimento y le lanzó un golpe que revolvió los órganos internos de V como un mazo de cartas. Cuando V se tambaleó hacia atrás, tropezó con una botella de Coca Cola, que hizo que su tobillo se doblara y tomó un asiento en el tren expreso que llevaba hacia el asfalto. Aflojando y dejando ir su cuerpo, mantuvo los ojos sobre el asesino, que se movió deprisa. El bastardo fue a por el tobillo de V, cogiéndolo por la pesada bota y doblándola con toda la fuerza de su grueso pecho y brazos.
V lanzó un grito mientras giraba de cara al suelo, pero se cerró al dolor. Usando su tobillo lastimado y sus brazos como palanca, se empujó a sí mismo sobre el asfalto, levantó su pierna libre hacia el pecho y dio un golpe hacia atrás, asestando al hijo de puta una patada en la rodilla y rompiéndole la articulación. El lesser se sostuvo sobre una sola pierna como un flamenco, con la extremidad doblada en la dirección equivocada, mientras caía sobre la espalda de V.
Ambos se sujetaron fuertemente, con los antebrazos y los bíceps encogiéndose mientras giraban para terminar cerca del civil asesinado. Cuando a V le mordieron la oreja, la mierda realmente se agitó. Librándose de los dientes del lesser, le dio al bastardo un puñetazo en el lóbulo frontal, resultando en ambos huesos quebrados, pero que aturdió al maldito el tiempo suficiente para liberarse.
O casi.
El cuchillo entró en su costado justo cuando estaba sacando las piernas de debajo del asesino. El afilado estallido de dolor fue como una picadura de abeja, y supo que la hoja había roto la piel en el lado izquierdo y accedido al músculo justo debajo de las costillas.
Hombre, si le había perforado el intestino, las cosas se iban a poner feas instantáneamente. Así que era hora de terminar la pelea.
Vigorizado por la herida, V agarró al lesser por la barbilla y la nuca y retorció al hijo de puta como si fuera el tapón de una botella de cerveza. El crujido del cráneo saliéndose de la médula espinal fue como el de una rama partiéndose por la mitad y el cuerpo se quedó súbitamente inútil con los brazos sacudiéndose sobre el suelo, y las piernas quedándose inmóviles.
V se agarró el costado mientras la cúspide de poder se desvanecía. Mierda, estaba cubierto de sudor frío y sus manos temblaban, pero había finalizado el trabajo. Apresuradamente, palpó al lesser buscando una identificación antes de hacer desaparecer al bastardo.
Los ojos del asesino encontraron los suyos, su boca se movió lentamente.
—Mi nombre… fue Michael una vez. Hace… ochenta y tres… años. Michael Klosnick.
Abriendo la billetera, V encontró el permiso de conducir.
—Bueno Michael, que tengas un buen viaje de ida al infierno.
—Me alegro… que haya terminado.
—No lo ha hecho. ¿No te has enterado? —mierda, el costado le estaba matando—. Tu nuevo hogar es el cuerpo del Omega, amigo. Vivirás allí sin pagar alquiler para siempre.
Los pálidos ojos se abrieron desmesuradamente.
—Mientes.
—Por favor. ¿Te parece que me iba a molestar en hacerlo? —V sacudió la cabeza—. ¿Acaso tu jefe no te lo mencionó? Veo que no.
V desenvainó una de las dagas, levantó el arma sobre el hombro y bajó la hoja en línea recta hacia el amplio pecho. Hubo un estallido de luz lo suficientemente brillante como para iluminar el callejón entero, luego se oyó un pop y… mierda, el estallido había alcanzado al civil, haciéndole arder también gracias a una fuerte ráfaga de viento. Cuando los dos cuerpos se consumieron, lo único que quedó en la fría brisa fue el espeso olor de talco para bebé.
Joder. ¿Ahora cómo le darían la noticia a la familia?
Vishous examinó el área, y cuando no encontró otra billetera, se apoyó contra el contenedor y se quedó allí sentado, respirando en jadeos superficiales. Cada inhalación lo hacía sentir como si estuviera siendo acuchillado nuevamente, pero quedarse sin oxígeno no era una opción, así que continuó haciéndolo.
Antes de sacar el teléfono para pedir ayuda, miró la daga. La negra hoja estaba cubierta por la ennegrecida sangre del lesser. Rememoró la lucha con el asesino y se imaginó a otro vampiro en su lugar, uno no tan fuerte como él. Uno que no tuviera su linaje.
Levantó la mano enguantada. Si, su maldición lo había definido, la Hermandad y su noble propósito habían dirigido su vida. ¿Y si hubiera muerto esa noche? ¿Si esa hoja hubiera atravesado su corazón? Serían sólo cuatro guerreros.
Mierda.
En el tablero de ajedrez de su desolada vida, las piezas se habían alineado, el juego estaba predestinado. Hombre, muchas veces en la vida no podías elegir tu camino debido a que ya había sido decidido por ti.
Lo del libre albedrío era una tremenda mentira.
Dejando de lado a su madre y su dramatismo… debía convertirse en el Primale por la Hermandad. Se lo debía a la herencia a la que servía.
Después de limpiar la hoja en sus pantalones de cuero, volvió a enfundar el arma con la empuñadura hacia abajo, luchó para ponerse de pie, y palmeó la chaqueta. Mierda… su teléfono. ¿Dónde estaba su teléfono? En el ático. Debía haberse caído fuera de la chaqueta cuando la tiró sobre la cama del ático…
Sonó un disparo.
Una bala le dio justo entre los pectorales.
El impacto lo hizo elevarse y lo envío a cámara lenta a través del aire. Cuando cayó de espaldas sobre el suelo, permaneció allí mientras una presión demoledora hacía saltar su corazón y le nublaba la mente. Todo lo que podía hacer era jadear, pequeños alientos rápidos saltando hacia adentro y hacia fuera de su garganta.
Con el último deje de fuerza, levantó la cabeza y se miró el cuerpo. Un disparo. Sangre en la camisa. El aplastante dolor en el pecho. La pesadilla hecha realidad.
Antes de que pudiera entrar en pánico, llegó la oscuridad y se lo tragó entero… una comida a ser digerida en el baño ácido de la agonía.

—¿Qué demonios piensas que estás haciendo, Whitcomb?
La doctora Jane Whitcomb levantó la vista de la historia del paciente que estaba firmando y dio un respingo. Manuel Manello, doctor en medicina, jefe de cirugía del Centro Médico St. Francis, estaba avanzando como un toro por el pasillo hacia ella. Y sabía por qué.
Esto se iba a poner feo.
Jane garabateó su firma al final de la orden de farmacia, le devolvió la historia a la enfermera, y observó como la mujer se iba corriendo. Una buena maniobra defensiva, y nada extraordinaria en ese lugar. Cuando el jefe estaba así, la gente se ponía a cubierto… lo que era lo lógico si tenías medio cerebro y una bomba estaba a punto de explotar.
Jane lo enfrentó.
—Así que te enteraste.
—Aquí. Ahora. —Abrió de golpe la puerta de la sala de descanso de los cirujanos.
Cuando entró con él, Priesa y Dubois, dos de los mejores cirujanos gastrointestinales del St. Francis, echaron una mirada al jefe, cogieron la comida de la máquina expendedora y salieron de la habitación. A su estela, la puerta se cerró suavemente sin apenas el susurro de un sonido. Como si ella tampoco quisiera llamar la atención de Manello.
—¿Cuando ibas a decírmelo, Whitcomb? ¿O pensaste que Columbia estaba en otro planeta y no me iba a enterar?
Jane cruzó los brazos sobre el pecho. Era una mujer alta, pero Manello le sacaba un par de pulgadas, y estaba formado como los atletas profesionales a los que operaba. Grandes hombros, gran pecho, grandes manos. A los cuarenta y cinco, estaba en óptimas condiciones físicas y era uno de los mejores cirujanos ortopédicos del país.
Tanto como un aterrador HDP cuando estaba enfadado.
Qué bueno que se sintiera cómoda en situaciones tensas.
—Se que tienes contactos allí, pero pensé que serían lo suficientemente discretos como para esperar a que yo decidiera si quería el trabajo…
—Por supuesto que lo quieres o sino no hubieras perdido el tiempo yendo allí. ¿Es por el dinero?
—Vale, primero, no me interrumpas. Segundo, vas a bajar la voz. —Mientras Manello se pasaba la mano por el espeso cabello oscuro y hacía una profunda inspiración, se sintió mal—. Mira, debería habértelo dicho. Debe ser desconcertante haber sido cogido por sorpresa de esa manera.
 Sacudió la cabeza.
—Recibir una llamada de Manhattan diciendo que una de mis mejores cirujanas va a tener una entrevista con mi mentor en otro hospital, no es una de mis cosas preferidas.
—¿Fue Falcheck el que te lo dijo?
—No, unos de sus subordinados.
—Lo siento, Manny. No sabía cómo iban a ir las cosas, y no quería dar un paso en falso.
—¿Por qué estás pensando en dejar el departamento?
—Sabes que quiero más de lo que tengo aquí. Serás jefe hasta los sesenta y cinco, a menos que decidas renunciar. En Columbia, Falcheck ya tiene cincuenta y ocho. Tengo una buena oportunidad de convertirme en jefa de departamento allí.
—Ya te nombré jefa de la división de Urgencias.
—Y me lo merecía.
Sus labios se separaron en una sonrisa.
—Eres humilde, ¿verdad?
—¿Para qué molestarme? Ambos sabemos que es verdad. ¿Y en lo que respecta a Columbia? ¿Te gustaría ser subordinado de alguien las siguientes dos décadas de tu vida?
Sus párpados bajaron sobre los ojos color caoba. Por el más breve de los instantes, pensó ver algo centelleante en su mirada, pero luego se puso las manos en las caderas, haciendo que la bata blanca se estirara al ensancharse sus hombros.
 —No quiero perderte, Whitcomb. Eres la mejor cirujana de urgencias que tengo.
—Y yo debo considerar mi futuro. —Fue hacia su armario—. Deseo dirigir mi propio puesto, Manello. Es mi forma de ser.
—¿Cuándo es la maldita entrevista?
—Mañana a primera hora de la tarde. Luego estoy libre todo el fin de semana y no estoy de guardia, así que me voy a quedar en la ciudad.
—Mierda.
Hubo un golpe en la puerta.
—Entre —dijeron ambos.
Una enfermera asomó la cabeza.
—Tenemos un caso de urgencia, tiempo estimado de llegada, dos minutos. Hombre cerca de la treintena. Herida de bala con probable perforación de la aorta. Colapsó dos veces en la ambulancia. ¿Acepta el paciente, doctora Whitcomb, o desea que llame a Goldberg?
—Nop, lo acepto. Preparen el área cuatro en el box y dile a Ellen y Jim que voy en un momento.
—Lo haremos, doctora Whitcomb.
—Gracias, Nan.
La puerta se cerró suavemente, y miró a Manello.
—Volviendo al tema de Columbia. Harías lo mismo que yo si estuvieras en mi lugar. Así que no puedes decir que te sorprende.
Hubo un momento de silencio, luego él se inclinó un poco hacia delante.
—No te dejaré ir sin ofrecer resistencia. Lo que tampoco debería sorprenderte.
Dejó la habitación, llevándose la mayor parte del oxigeno con él.
Jane se reclinó hacia atrás contra la puerta del armario y miró alrededor del área de la cocina y hacia un espejo colgado de la pared. Su reflejo era claro como el agua en el cristal, desde la bata blanca de doctor, el pijama de cirugía verde y su corto cabello rubio.
—Se lo ha tomado bien —se dijo a sí misma—. Teniendo todo en cuenta.
La puerta de la sala de descanso se abrió, y Dubois asomó la cabeza.
—¿Panorama despejado?
—Sip. Y yo me dirijo al box.
Dubois empujó la puerta y entró, sin hacer ruido al pisar sobre el linóleo con sus zapatos de cirugía.
—No sé como lo haces. Eres la única a la que no deja sin sentido después de una pelea.
—En realidad él no es ningún problema.
Dubois resopló.
—No me malinterpretes. Lo respeto muchísimo, de verdad. Pero no me gusta que se enfade.
Le puso la mano en el hombro a su colega.
—La presión desgasta a la gente. La semana pasada te desquiciaste. ¿Lo recuerdas?
—Sip, tienes razón. —Dubois sonrió—. Y al menos ya no tira cosas.

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