sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 40 41 42


Al caer la noche, Phury se puso las sedas blancas para la ceremonia del Primale. No las sentía sobre la piel, y no porque estuvieran hechas de tejidos tan delicados. Había estado fumando porros de corrido durante las últimas dos horas, así que estaba bastante entumecido.
Aunque no tanto, como para que cuando golpearon la puerta, no supiera exactamente quien era.
—Adelante —dijo, sin volverse desde el espejo de su vestidor—. ¿Qué estás haciendo fuera de la cama?
Bella soltó una risa. O quizás era un sollozo.
—Una hora al día, ¿recuerdas? Me quedan cincuenta y dos minutos.
Él recogió el medallón de oro del Primale y se lo puso alrededor del cuello. El peso se asentaba en el pecho como si alguien tuviera una palma entre sus pectorales y se inclinara hacia él. Duramente.
—¿Estás seguro acerca de esto? —dijo suavemente.
—Si.
—¿Supongo que Z va a ir contigo?
—Es mi testigo. —Phury aplastó el cigarrillo liado a mano. Cogió otro. Lo encendió.
—¿Cuándo volverás?
Sacudió la cabeza mientras exhalaba.
—El Primale vive al Otro Lado.
—Vishous no iba a irse.
—Un arreglo especial. Continuaré luchando, pero quiero estar allí.
Cuando ella jadeó, miró fijamente su reflejo en el cristal del antiguo espejo. Su cabello estaba húmedo y enredado en las puntas, así que cogió un cepillo y empezó a tironear.
—Phury, que estás... No puedes ir a la ceremonia calvo… Detente. Dios, vas a arrancarte el cabello. —Se acercó por detrás, tomó el cepillo de su mano, y señaló hacia la silla cerca de la ventana—. Siéntate. Déjame hacerlo.
—No, gracias. Puedo...
—Eres demasiado duro contigo mismo. Ahora vamos. —Le dio un pequeño empujón hacia la izquierda—. Déjame hacerlo.
Sin ninguna buena razón, y con muchas malas, fue y se sentó, cruzando los brazos sobre el pecho y abrazándose a si mismo. Bella empezó por la parte de abajo de la melena, desenredando con el cepillo las puntas primero, luego subiendo hasta que lo sintió en lo alto de su cabeza y arrastrándose lentamente a todo lo largo. Con la mano libre seguía las pasadas, suavizando, apaciguando. El sonido de las cerdas a través de su cabello y el tirón en su frente y su aroma en la nariz eran placeres agridulces que le dejaban indefenso.
Las lágrimas se le enredaron en las pestañas. Parecía tan cruel haberla conocido, ver lo que quería pero nunca ser capaz de tenerlo. Aunque eso era adecuado, en realidad. Siempre había vivido la vida con cosas fuera de su alcance. Primero había pasado décadas buscando a su gemelo, presintiendo que Zsadist estaba vivo en el mundo pero siendo incapaz de rescatarle. Luego había liberado a su hermano, solo para averiguar que el macho estaba todavía lejos de su mano. El siglo que había seguido a la fuga del Ama de Z había sido una clase diferente de infierno, con él siempre esperando que Z se desquiciara, intercediendo cuando su hermano lo necesitaba y preocupándose acerca de cuando volvería a comenzar el siguiente capítulo del drama.
Entonces había llegado Bella y ambos se habían enamorado de ella.
En realidad, Bella era la antigua tortura con una nueva apariencia. Porque el suyo era un destino de anhelar, de estar fuera mirando hacia adentro, de ver el fuego pero sin ser capaz de acercarse lo suficiente como para ser calentado por él.
—¿Volverás alguna vez? —preguntó.
—No lo sé.
El cepillo se detuvo.
—Quizás te guste ella.
—Quizás. No te detengas aún. Por favor... aún no.
Phury se frotó los ojos mientras el cepillo reanudaba las pasadas. Este tranquilo tiempo era su adiós, y ella lo sabía. Estaba llorando también. Podía oler el fresco y lluvioso dejo en el aire.
Excepto que no lloraba por la misma razón que él. Lloraba porque le compadecía a él y a su futuro, no porque le amara y su corazón se estuviera rompiendo ante el pensamiento de que nunca, jamás le volvería a ver. Le echaría de menos, si. Se preocuparía por él, seguro. Pero no lo añoraría. Nunca lo había hecho.
Y todo esto debería haber roto la cadena y provocado que cortara con la rutina de afeminado, pero no podía. Estaba sumergido en su tristeza.
En el Otro Lado, por supuesto, que vería a Zsadist. Pero a ella... no podía imaginársela yendo a verle. Y en realidad no sería apropiado, ya que sería el Primale, y no se vería bien si concedía audiencias privadas a una hembra del exterior, aunque fuera la shellan de su gemelo. La monogamia con su Elegida estaba en el contrato, pensó, y la apariencia era un compromiso para el Primale.
Entonces se dio cuenta. El bebé. Nunca vería al pequeño de Z y ella. Salvo en retratos.
El cepillo se introdujo bajo su cabello y recorrió su nuca. Cerrando los ojos, se entregó al rítmico tira y afloja en su cabeza.
—Quiero que te enamores —dijo.
Estoy enamorado.
—Está bien.
Se detuvo y se puso delante de él.
—Quiero que te enamores de alguien real. No como piensas que me amas.
Él frunció el entrecejo.
—No te ofendas. Pero no puedes saber lo que yo...
—Phury, no me amas realmente...
Se puso de pie y la miró a los ojos.
—Por favor, dame el respeto de no creer que conoces mis emociones mejor que yo.
—Nunca has estado con una hembra.
—Estuve la noche pasada.
Esto la calló durante un momento. Luego dijo:
—No en el club. Por favor, no...
—En el servicio de atrás. Fue bueno, también. Por otra parte, era una profesional. —Vale, ahora estaba siendo un tonto del culo.
—Phury... no.
—¿Puedo recuperar el cepillo? Creo que mi cabello está bien ahora.
—Phury...
—El cepillo. Por favor.
Después de un momento que fue tan largo como un siglo, le extendió la cosa. Cuando la alcanzó y la cogió, estuvieron ligados por el mango de madera durante un mero aliento, luego ella dejó caer la mano.
—Mereces algo mejor que eso —susurró—. Eres mejor que eso.
—No. No lo soy. —Ah, hombre, tenía que huir de su expresión transida de dolor—. No dejes que tú lastima me convierta en un príncipe, Bella.
—Esto es autodestructivo. Todo esto.
—Apenas. —Se inclinó hacia el escritorio, recogió el porro y le dio una calada—. Quiero esto.
—¿Quieres? ¿Y es por eso que has estado encendiendo humo rojo toda la tarde? La mansión entera huele a ello.
—Fumo porque soy un adicto. Soy un drogadicto sin fuerza de voluntad, Bella, que estuvo con una puta la noche pasada en un lugar público. Deberías condenarme, no compadecerme.
Negó con la cabeza.
—No intentes parecer desagradable a mis ojos. No funcionará. Eres un macho de valía...
—Joder, por el amor de Dios...
 —... quien ha sacrificado mucho por sus hermanos. Probablemente demasiado.
—Bella, no sigas.
—Un macho que renunció a su pierna para salvar a su gemelo. Quien ha luchado valientemente por su raza. Quien está renunciando a su futuro por la felicidad de su hermano. No puedes ser mucho más noble que eso. —Sus ojos eran duros como piedras mientras le miraba fijamente—. No me digas quien eres. Te veo más claramente que tu mismo.
Paseó alrededor de la habitación hasta que se encontró a si mismo nuevamente frente al vestidor. Esperaba que no hubiera espejos en el Otro Lado. Odiaba su reflejo. Siempre lo había hecho.
—Phury...
—Vete —dijo roncamente—. Por favor, solo vete. —Cuando no lo hizo, se dio la vuelta—. Por amor de Dios, no me hagas derrumbarme delante de ti. En este momento necesito mi orgullo. Es la única cosa que me mantiene de pie.
Ella se puso una mano sobre la boca y parpadeó rápidamente. Entonces se irguió y habló en la Antigua Lengua:
Que tengas una gran fortuna, Phury, hijo de Ahgony. Que tus pies sigan un sendero llano y que la noche caiga suavemente sobre tus hombros.
Él hizo una reverencia.
—También para ti, Bella, amada nalla de mi hermano de sangre, Zsadist.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Phury se hundió en la cama y se llevó el porro a los labios. Mientras miraba la habitación en la cual había dormido desde que la Hermandad se había mudado al Complejo, se dio cuenta que no era un hogar para él. Era solo una habitación de invitados... una lujosa, anónima habitación de invitados... cuatro paredes cubiertas por agradables pinturas al óleo con buenas alfombras y cortinas suntuosas como el traje de fiesta de una hembra.
Sería agradable tener un hogar.
Nunca había tenido uno. Después de que Zsadist hubiera sido secuestrado de niño, su mahmen se había encerrado bajo tierra, y su padre se había ido a cazar a la niñera que se había llevado a Z. Al crecer, Phury había vivido entre las cambiantes y susurrantes sombras de la casa. Todos, incluso los doggen, se habían dejado llevar por los vaivenes de la vida. No había habido risas. Ninguna felicidad. Ningún calendario de ceremonias.
Ningún abrazo.
Phury había aprendido a permanecer callado y permanecer fuera del camino. Era, después de todo, la cosa más amable que podía hacer. Había sido la réplica de lo que habían perdido, el recuerdo del dolor que estaba en la mente de todos. Se acostumbró a llevar sombreros para ocultar su rostro, y había andado arrastrando los pies, encorvándose para parecer más pequeño, menos notable.
Ni bien había pasado por la transición, había partido para encontrar a su gemelo. Nadie le había despedido. No había habido adioses. La desaparición de Z había agotado toda la capacidad de la casa de extrañar a alguien, así que nada quedaba para Phury.
Lo que al final, había sido bueno. Lo hizo todo más fácil.
Más o menos diez años después se había enterado por un primo lejano que su madre había muerto durmiendo. Había vuelto a casa inmediatamente, pero habían hecho el funeral sin él. Ocho años más tarde su padre había muerto luchando. Phury había llegado a ese funeral y había pasado su última noche en la casa de la familia. Después de eso la propiedad fue vendida, los doggen se dispersaron, y fue como si sus padres nunca hubieran existido.
Su falta de raíces ahora no era nueva. La había sentido desde el primer momento que tuvo conciencia como niño. Siempre había sido un vagabundo, y el Otro Lado no iba a darle una base. No podía hacer un hogar allí porque no podía tener uno sin su gemelo. O sus hermanos. O...
Se detuvo. Se negaba a permitirse pensar en Bella.
Mientras permanecía allí y sintiendo como la prótesis soportaba su peso, pensó que era irónico que un nómada como él hubiera perdido un miembro.
Recogió sus porros, deslizó varios en el bolsillo, y estaba casi fuera de la puerta cuando se detuvo y se dio la vuelta. Cuatro zancadas le llevaron hasta el vestidor, tres clics en la cerradura abrieron una puerta de metal, dos manos se estiraron. Una daga negra salió.
Palmeó su arma, sintiendo el perfecto equilibrio y el agarre preciso que solo se adaptaba a sus características. Vishous la había hecho para él... Infiernos, ¿hacía cuanto? Setenta y cinco años... si, este verano harían setenta y cinco años desde que se había unido a la Hermandad.
Examinó la hoja a la luz. Setenta y cinco años de eliminar lessers, y ni un rasguño en la hoja. Tomó la otra que usaba. El mismo patrón. V era un artesano magistral, muy bueno.
Mirando las armas, sintiendo su peso, se imaginó a Vishous de pie en la puerta del dormitorio como había estado esa tarde más temprano, explicando que la Virgen Escriba iba a permitir la sustitución del Primale. Había vida en los ojos del frío hermano. Vida y esperanza, junto con un resplandeciente propósito.
Phury se metió una de las dagas en el cinturón de satén que tenía alrededor de la cintura y devolvió la otra a la caja de seguridad. Entonces anduvo a zancadas hasta la puerta con acero en su espina dorsal. Valía la pena sacrificarse por amor, pensó mientras salía de la habitación. Incluso si no era el suyo.

En ese momento Vishous se materializó al otro lado de la calle enfrente del apartamento de Jane. No había luces dentro de su casa, y estuvo tentado de entrar, pero permaneció en las sombras.
Maldición, su cabeza estaba revuelta. Se sentía culpable como el infierno por Phury. Asustado hasta la muerte por lo que Jane iba a decir. Preocupado sobre como lograr un futuro con una humana. Infiernos, estaba incluso preocupado por la pobre Elegida que iba a aguantar tener que ser fuerte por el bien del resto de su raza.
Verificó el reloj. Las ocho en punto. Tenía que imaginarse que Jane volvería a casa pronto…
La puerta del garaje del apartamento junto al de Jane se alzó lenta y ruidosamente emitiendo un gemido y un monovolumen verdaderamente desgastado salió marcha atrás. Los frenos hicieron un pequeño chirrido cuando dieron el último giro para tomar la calle, entonces el conductor se puso en marcha.
 V frunció el ceño, sus instintos cobrando vida sin motivo aparente. Olió el aire, pero estaba contra el viento en relación al vehículo y no pudo captar ningún olor.
Genial, así que además estaba paranoico… lo cual, junto con su ansiedad circunstancial y la conducta narcisista que había estado desplegando recientemente, significaba que tenía la mayor parte del manual de enfermedades mentales cubiertas esta noche.
Volvió a mirar el reloj solo por joder. Dos minutos más tarde. Genial.
Cuando sonó el móvil, contestó con alivio, porque estaba deseando pasar el tiempo.
—Me alegro de que seas tu, poli.
La voz de Butch sonaba apagada.
—¿Estas en su casa?
—Si, pero ella no. ¿Qué pasa?
—Pasa algo con tus ordenadores.
—¿Cómo que?
—Uno de los rastreadores que dejaste en el hospital se ha desencadenado. Alguien entró en el archivo médico de Michael Klosnick.
—No pasa nada.
—Ha sido el jefe de cirugía. Manello.
Hombre, V odiaba el sonido del nombre de ese tío.
—¿Y?
—Hoy buscó en su propio ordenador las fotos de tu corazón. Buscaba el archivo que Phury destruyó mientras estábamos sacándote de allí, sin duda.
—Interesante. —V se preguntaba que había llamado la atención de ese tío... ¿Quizás, alguna impresión de las fotografías que tuvieran la fecha y el día? Incluso si no hubiera ninguna anotación sobre el paciente, ese tipo Manello era probablemente lo bastante listo para rastrearla hasta el quirófano y averiguar quien había estado en la mesa de Jane. A cierto nivel no era una gran putada, porque el historial médico mostraba que Michael Klosnick después de la cirugía había pedido el alta voluntaria. Pero aún así... —. Creo que debería hacerle una visita al buen doctor.
—Um, si, me imagino que quizás queramos ocuparnos nosotros de ello. ¿Por qué no me dejas a mí manejarlo?
—Porque no sabes como borrar memorias, ¿verdad?
Hubo una pausa.
—Jódete. Pero buen punto.
—¿Está el tío conectado ahora?
 —Si, está en su oficina.
Era reacio a tener una confrontación en un lugar público, incluso si era después de horas, pero solo Dios sabía que más podía averiguar el doctor.
Mierda, pensó V. Mira lo que tenía para ofrecer a Jane. Secretos. Mentiras. Peligro. Era un bastardo muy, muy egoísta, y lo que era peor, le estaba arruinando la vida a Phury solo para poder ir a arruinársela a ella.
Un coche giró en la calle, y cuando pasó debajo de la luz vio que era su Audi.
—Joder —dijo.
—Ha regresado a casa, ¿huh?
—Me encargaré de Manello. Después.
Mientras colgaba, no estaba seguro de poder hacerle esto a ella. Si se iba ahora, todavía tendría tiempo de llegar al Otro Lado antes de que Phury tomara el voto del Primale.
Mierda.


Jane echó marcha atrás en el garaje, aparcó el Audi, y permaneció allí sentada con el motor en marcha. En el asiento del pasajero, a su lado, estaban los resultados del TAC que Manello y ella habían hecho furtivamente. Todo limpio. Ninguna evidencia de tumor o aneurisma o nada fuera de lo normal.
Debería sentirse aliviada, pero la falta de explicación la molestó porque el proceso de los pensamientos continuaba lento y pesado. Era casi como si sus neuronas tuvieran que esquivar algún tipo de obstáculo en la cabeza. Y el pecho todavía le dolía como su puta madre…
Un hombre entró en el haz de luz de sus faros... un hombre enorme con cabello oscuro, una perilla y vestido de cuero. Detrás de él, el paisaje era borroso, como si hubiera salido de la niebla.
Jane inmediatamente estalló en lágrimas.
Este hombre... esta aparición... era su sombra, la cosa en su mente, la persistente presencia que conocía pero no podía reconocer, que lamentaba pero aún así no podía ubicar. Todo tenía sentido...
Con su siguiente aliento el dolor le atravesó las sienes como una lanza, una carga horriblemente aplastante.
Pero en lugar de arrollarla, se disipó, simplemente se fue volando, sin dejar atrás ni una punzada. En su despertar le vinieron imágenes, imágenes de ella operando a ese hombre, siendo raptada y retenida en una habitación con él... de ellos estando juntos... de ella... enamorándose... luego siendo dejada atrás.
V.
El asalto de memoria se retorció y se trasladó mientras su mente luchaba para encontrar asidero en una realidad resbaladiza. Esto no podía estar pasando. No podía estar de regreso. No iba a regresar.
Debía estar soñando.
—Jane —dijo la aparición de su amante. Oh, Dios... Su voz era la misma, profunda y hermosa, deslizándose en su oído como la seda color vino—. Jane...
Forcejeando con el encendido, apagó las luces y salió del Audi.
El aire se sentía frío en sus húmedas mejillas, y el corazón palpitaba al decir:
—¿Eres real?
—Sí.
—¿Cómo puedo saberlo? —se le quebró la voz y se tocó las sienes—. No sé nada. No puedo... pensar correctamente.
—Jane... —suspiró—. Lo siento tanto...
—No me funciona bien la cabeza.
—Es mi culpa. Todo es por mi culpa. —La tensión y el pesar en el orgulloso rostro penetraron en su confusión, ofreciéndole algo de terreno sobre el cual avanzar.
Respiró profundamente y pensó en Russell Crowe hacia el final de Una Mente Maravillosa. Animándose, se acercó hacia lo que parecía ser V, le puso dos dedos en el hombro y empujó.
Era sólido como una roca. Olía a las mismas... oscuras especias. Y sus ojos —esos brillantes ojos diamantinos— resplandecían como siempre.
—Pensé que te habías ido para siempre —susurró—. ¿Por qué...?
En ese momento sólo esperaba entender qué estaba pasando y por qué había vuelto.
—No voy a emparejarme.
Se quedó sin respiración.
—¿No?
Negó con la cabeza.
—No pude hacerlo. No puedo estar con nadie más que contigo. No sé si me quieres...
Antes de tener otro pensamiento consciente, saltó y se aferró a él, sin importarle una mierda las barreras de especies y circunstancias. Sólo lo necesitaba. El resto era conversación para ser resuelta más tarde.
—Por supuesto que te quiero —le dijo directamente en el oído—. Te amo.
Dejó escapar algún tipo de palabra ronca, y sus brazos la aplastaron contra él. Cuando se encontró incapaz de respirar a causa de que la apretaba tan fuerte, pensó, sip, realmente es él. Y esta vez no la iba a dejar marchar.
Gracias. Dios.

Mientras sujetaba a Jane sobre el suelo, Vishous era totalmente feliz. Completo en una forma que no podía compararse a tener todos los dedos de las manos y los pies. Con un grito de triunfo, la llevó a su apartamento, haciendo una pausa sólo para bajar la puerta del garaje.
—Pensaba que me estaba volviendo loca —dijo cuando la sentó en la encimera—. Realmente lo pensaba.
El macho vinculado que era, se moría por entrar dentro de ella, pero contuvo sus deseos más primarios. Por Cristo, debería dejarles tiempo para hablar un poco.
De verdad.
Mierda, la deseaba.
—Lo siento... mierda, Jane, lo siento tenía que borrarlo todo, realmente tenía que hacerlo. Puedo imaginar que te desorientó como el infierno. Y que también debe haber sido atemorizante.
Las manos fueron hacia su rostro como si todavía estuviera tratando de convencerse completamente de que V-es-real.
—¿Cómo escapaste de los matrimonios?
—Uno de mis hermanos tomó mi lugar. —V cerró los ojos mientras ella le pasaba los dedos sobre las mejillas y nariz, la barbilla y las sienes.
—¿En serio?
—Phury, del que te encargaste, es el que lo hizo. No sé cómo voy a compensárselo. —De repente el macho vinculado en él doblegó su lóbulo frontal, abriéndose paso entre los buenos modales y el sentido común—. Escucha, Jane, quiero que vivas conmigo. Te quiero conmigo.
La sonrisa le resplandeció en la voz.
—Probablemente te volveré loco.
—Imposible. —Abrió la boca cuando le pasó el dedo sobre el labio inferior.
—Bien, lo podemos intentar.
La miró.
—El asunto es, que si te quedas conmigo, tienes que abandonar este mundo. Tienes que abandonar tu trabajo. Tienes que... Si, es la clase de trato todo-o-nada.
—Oh... —frunció el ceño—. Yo, ah, no estoy segura...
—Lo sé. En realidad no puedo pedirte esto, y la verdad es, no quiero que detengas tu vida. —Y esto era la verdad honesta de Dios. A pesar del asunto del macho vinculado—. Así es que lo resolveremos día a día. Vendré a ti, o podemos comprar otra casa, algún lugar remoto donde podríamos pasar los días. Haremos que funcione. —Miró alrededor de la cocina—. Sin embargo voy a cablear este lugar. Hacerlo seguro. Controlarlo.
—Ok. —Se quitó el abrigo—. Haz lo que tengas que hacer.
Mmm... Hablando de hacer. Sus ojos descendieron sobre el pijama de médico. Y todo lo que podía ver era a ella desnuda.
—V —dijo en voz baja—. ¿Qué estás mirando?
—A mi hembra.
Se rió suavemente.
—¿Tienes algo en mente?
—Tal vez.
—¿Me pregunto, qué podría ser? —la húmeda esencia de la excitación se desprendió de ella, provocando la necesidad de marcarla tan efectivamente como si estuviera desnuda y abierta ante él.
Le tomó la mano y la puso entre sus piernas.
—Adivina.
—Oh... sí... eso otra vez.
—Siempre.
Con un suave ondular desnudó los colmillos con un siseo, mordió el cuello del pijama de médico, desgarró la tela directamente por el medio. El sujetador era de algodón, blanco y bendiciendo a su fanático corazoncito, tenía cierre frontal. Lo liberó, se pegó a uno de sus pezones, y la arrastró fuera de la encimera.
El viaje hacia su habitación fue interesante, con muchas pausas que dieron como resultado la completa desnudez de ella para cuando la dejo sobre el colchón. Fue cuestión de un momento el deshacerse de los pantalones de cuero y la camisa, y mientras la montaba su boca estaba abierta, sus colmillos completamente extendidos.
Le sonrió.
—¿Sediento?
—Sí.
Con una elegante inclinación de la barbilla le dio acceso a su garganta, y con un gruñido la penetró de dos maneras, entre los muslos y en el cuello. Mientras la tomaba duramente, ella le marcó la espalda con sus cortas uñas y envolvió las piernas alrededor de sus caderas.
Pasaron unas buenas dos horas antes de que se acabara el sexo, y mientras yacía a su lado en la oscuridad, saciado y en paz, contó las bendiciones que tenía. Tuvo que reírse un poco.
—¿Qué? —preguntó.
—Con todas mis visiones del futuro, nunca habría predicho esto.
—¿No?
—Esto... esto sería haber tenido demasiada esperanza. —La beso en la sien, cerró los ojos, y se permitió empezar a deslizarse en el sueño.
Pero no fue posible. Una sombra oscura cruzó sobre él en el camino del reposo, viajando a través de los conductos psíquicos anunciando una intrusión de miedo y pánico. Se dijo a sí mismo que tenía escalofríos porque cuando por poco perdías la oportunidad de estar con la persona amada, se requería un poco de tiempo para tranquilizarse.
La explicación no le convenció. Sabía que había algo más... algo demasiado terrorífico para considerarlo, una bomba en su buzón.
Temía que el destino no hubiera terminado con ellos todavía.
—¿Estás bien? —dijo Jane—. Estás temblando.
—Estoy bien. —Se acercó todavía más—. Siempre que estás conmigo, estoy bien.

Al Otro Lado, Phury bajó por la pendiente que llevaba al anfiteatro con Z y Wrath flanqueándolo. La Virgen Escriba y la Directrix estaban esperándolo en el centro del escenario, ambas vistiendo de negro. La Directrix no parecía emocionada, tenía los ojos entrecerrados, los labios apretados, y con las manos apretaba un medallón que colgaba de su cuello. No había forma de saber el estado de ánimo de la Virgen Escriba. Su rostro estaba oculto debajo de su atavío, pero incluso si hubiera estado a la vista, Phury dudaba que hubiera sido capaz de discernir lo que estaba pensando.
Se detuvo frente al trono dorado pero no se sentó. Aunque, probablemente hubiera sido una buena idea. Sentía como si estuviera flotando, no caminando, su cuerpo a la deriva, con la cabeza en otra parte, no sobre sus hombros. Pensó que el fardo podría ser adjudicado al humo rojo que había inhalado. O al hecho que de se iba a casar con más de tres docenas de hembras.
Dios. Querido.
—Wrath, hijo de Wrath —pronunció la Virgen Escriba—. Adelántate y salúdame.
Wrath avanzó hacia el borde del escenario y se arrodilló. —Su Gracia.
—Tienes algo que pedirme. Hazlo ahora, con tal de que lo expreses adecuadamente.
—Sin intención de ofender, quisiera solicitar que Phury estuviera sujeto al mismo arreglo que se le otorgó a Vishous con respecto a combatir. Tenemos carencia de guerreros.
—Por esta vez me siento inclinada a otorgar esta venia. Vivirá del Otro Lado…
Phury interrumpió con un firme:
 —No. —Como todo el mundo comenzó a moverse bruscamente hacia él, dijo—: Permaneceré aquí. Lucharé pero me quedaré aquí —se lanzó a hacer una pequeña reverencia para compensar su descortesía—. Si no es motivo de ofensa.
Zsadist abrió la boca, con un montón de en-que-mierda-estas-pensando en su atemorizado rostro… pero la breve risa de la Virgen Escriba lo silenció.
—Que así sea. Las Elegidas preferirían ese arreglo, igual que yo. Ahora levántate, Wrath, hijo de Wrath, y comencemos.
Cuando el Rey se elevó en su completa estatura, la Virgen Escriba levantó la capucha de su túnica.
—Phury, hijo de Ahgony, te pediré que aceptes el papel de Primale. ¿Accedes a ello?
—Si, lo hago.
—Adelántate, sube al estrado y arrodíllate frente a mí.
No sentía los pies mientras caminaba y ascendía el corto tramo de escaleras, no sintió el mármol en las rodillas cuando descendió frente a la Virgen Escriba. Cuando le colocó la mano en la cabeza, no tembló, no pensó, no parpadeó. Se sentía como si estuviera en el asiento del copiloto de un coche, sujeto a los caprichos del conductor en cuanto a la velocidad y el destino. Entregarse era exactamente lo apropiado.
Era extraño, porque había elegido esto, en verdad. Se había ofrecido voluntario.
Sip, pero solo Dios sabía a dónde lo conduciría su decisión.
Las palabras que pronunció la Virgen Escriba sobre su forma inclinada repercutían en la Antigua Lengua pero no podía seguir todo lo que estaba diciendo.
—Levántate y alza los ojos —pronunció la Virgen Escriba al final—. Se presentado a tus compañeras, sobre las que tendrás dominio, Sus cuerpos son tuyos tanto para mandar sobre ellos como para servirlos.
Mientras se ponía de pie, vio que la cortina había sido abierta y que todas las Elegidas estaban alineadas, sus túnicas eran de color rojo sangre, brillantes como rubíes rodeados de blanco. Como si fueran una, le hicieron una reverencia.
Mierda… Lo había hecho.
Repentinamente Zsadist saltó al estrado y lo tomó por el brazo. Que demon… Oh, bien. Estaba inclinándose hacia un lado. Probablemente se hubiera caído. Y eso se hubiera visto mal.
La voz de la Virgen Escriba hizo eco, resaltando con su poder.
—Entonces está hecho. —Levantó la fantasmal mano, y apuntó hacia el templo que estaba en la colina—. Ahora procede hacia la cámara y toma a la primera del conjunto, como lo hace un macho.
La mano de Zsadist mordió su brazo.
—Cristo… hermano…
—Para —siseó Phury—. Todo saldrá bien.
Se desembarazó de su gemelo, le hizo una reverencia a la Virgen Escriba y a Wrath, luego se tambaleó bajando las escaleras y comenzó a subir la colina. El césped se sentía suave bajo los pies, y la extraña luz ambiental del Otro Lado lo rodeaba. No se sintió confortado por ninguna de las dos. Podía sentir los ojos de las Elegidas en su espalda, y su hambre hizo que se quedará frío incluso a pesar de la confusión que le otorgaba el humo rojo.
El templo que estaba en lo alto de la colina tenía líneas romanas, con columnas blancas y una galería a su altura. En sus grandes puertas dobles había dos nudos dorados que servían de pestillo. Giró el derecho, empujó, y entró.
 Su cuerpo se endureció instantáneamente debido a la esencia que había en el aire, la fuerte mezcla de jazmín y dulce y ahumado incienso lo seducía, lo excitaba sexualmente. Como se suponía que debía hacerlo. Delante de él había un cortina blanca, y una iluminación fulminante se derramaba a través de los pliegues, el parpadeante brillo venía de lo que debían ser cientos de velas.
Apartó la cortina. Y retrocedió, perdiendo algo de su erección.
La Elegida con la que debía aparearse estaba extendida sobre una plataforma de mármol sembrada de cojines, una cortina caía desde el techo y formaba un charco sobre su garganta, impidiendo que se le viera el rostro. Sus piernas estaban extendidas y atadas con cintas de satén blanco, al igual que sus brazos. Una funda fina como la tela de una araña cubría su cuerpo desnudo.
El fundamento del ritual era evidente. Era la vasija del sacrificio, una representante anónima de las otras. Él era el contenedor del vino que llenaría su cuerpo. Y aunque era absolutamente imperdonable de su parte, por medio segundo todo lo que pudo pensar fue en tomarla.
Mía, pensó. Por ley y costumbre y todo lo que era manifiesto, ella era de él, tanto como lo eran sus dagas, tanto como lo era el cabello que crecía en su cabeza. Y deseaba entrar en ella. Deseaba acabar dentro de ella.
Salvo que eso no iba a ocurrir. Su parte decente sobrepasó sus instintos, simplemente los hizo a un lado. Ella estaba absolutamente aterrorizada, llorando en silencio, como si estuviera tratando de esconder el sonido mordiéndose el labio, temblando tanto que sus extremidades eran terribles metrónomos del miedo.
—Tranquilízate —dijo con voz suave.
Ella se sacudió. Luego el temblor regresó peor que el de antes.
De repente se enfadó. Era espantoso que esta pobre hembra hubiera sido puesta para su uso como un animal, y aunque él estaba siendo usado de una forma similar, era su libre elección ponerse en esa situación. Tenía serias dudas de que esto fuera cierto para ella, dado que había sido contenida ambas veces.
Phury estiró la mano, tomó la cortina que escondía su rostro, y la arrancó…
Mierda. Los sollozos de la mujer no eran contenidos porque se estuviera mordiendo el labio; estaba amordazada y sujeta a la cama por la frente. Las lágrimas recorrían el enrojecido rostro, y los músculos de su cuello sobresalían realzados rígidamente… y estaba gritando, aunque era incapaz de emitir sonido, sus ojos estaban hinchados por el terror.
Se hizo cargo de lo que tenía en la boca, aflojando el nudo, y quitándoselo.
—Tranquilízate…
Jadeó, aparentemente incapaz de hablar, y siguiendo la teoría de que las acciones eran más efectivas que las palabras, le sacó la ligadura de la frente desenredándosela de su largo cabello rubio.
Cuando le liberó los delgados brazos se cubrió los senos y la unión de sus muslos, y por impulso él tomo la cortina que había arrancado y la cubrió antes de quitarle las ataduras de los pies. Luego se alejó de ella, yendo hasta el otro lado del Templo a apoyarse contra la pared más alejada. Se imaginó que podría sentirse más segura de esa forma.
Bajando la vista al suelo, solo podía verla a ella. La Elegida era pálida y rubia, sus ojos eran de color verde jade. Sus facciones eran elegantes, de la clase que lo hacían pensar en muñecas de porcelana, y su aroma se parecía mucho al jazmín. Dios, era demasiado delicada para ser torturada de esa forma. Demasiado valiosa para aguantar aparearse con un extraño.
Cristo. Que enredo.
Phury dejo que el silencio continuara, esperando que se acostumbrara a su presencia mientras trataba de pensar en lo que haría a continuación.
El sexo estaba fuera de toda cuestión, de eso estaba seguro.

Jane no era una adicta a la Novicia Rebelde, pero estaba haciendo una imitación del canto de Julie Andrews mientras yacía en la cama y observaba como V trataba de encontrar su ropa. Hombre, estar enamorada realmente te hacía tener ganas de alzar los brazos al aire y girar sobre ti misma bajo la luz del sol con una gran sonrisa almibarada y feliz pintada en el rostro. Además hasta tenía el cabello rubio y corto para representarla. Aunque trazaba el límite en los pantalones cortos con tirantes.
Solo había un pequeño problema.
—Dime que no vas a lastimarlo —dijo mientras V se subía los pantalones de cuero por los muslos—. Dime que mi jefe no va a terminar con un par de piernas rotas.
—Para nada. —V se puso una camisa negra que se le ajustaba, delineando los pectorales—. Solo voy a asegurarme que está bien y limpio y que la foto de mi corazón está en el congelador.
—¿Me harás saber como te fue?
La miro por debajo de las cejas, con una pequeña y malvada sonrisa dibujada en el rostro.
—¿No confías en mi cuando se trata de tu galán?
—En esto no confío en ti para nada.
—Mujer inteligente. —V se acercó y se sentó en el borde de la cama, sus diamantinos ojos todavía brillantes por el sexo—. Cuando se trata de ti, ese cirujano debería aprender a comportarse.
Le tomó la mano que llevaba descubierta, sabiendo que odiaba que se acercara a la que llevaba enguantada.
—Manny sabe cual es su situación conmigo.
—¿Lo sabe?
—Se lo dije. Justo después del fin de semana. Incluso aunque no podía recordarte, sencillamente se sentía… mal.
V se inclinó y la besó.
—Volveré después de verlo, ¿ok? De esa forma puedes mirarme a los ojos y saber que el tipo todavía continúa respirando. Y, escucha, hablemos en serio. Me gustaría enviar a Fritz esta tarde con algunos materiales para que pueda colocar un sistema de seguridad en este lugar. ¿Tienes una llave extra del garaje?
—Sip, en la cocina. En el cajón que está debajo del teléfono.
—Bien. Me la llevo. —Le recorrió el cuello con un dedo y delineó la nueva marca de mordida—. Cada noche cuando regreses a casa estaré aquí. Cada mañana temprano antes de que tenga que volver al Complejo, estaré aquí. Cada noche que tenga libre, estaré aquí. Vamos a robar tiempo cuando y donde podamos, y cuando no estemos juntos, nos mantendremos en contacto por teléfono.
Igual que cualquier relación normal, pensó ella, y la idea de que había un lado prosaico era agradable. Los sacaba de una especie de gran superestructura paranormal y los colocaba decididamente en el terreno de la realidad. Eran dos personas que estaban confiadas y listas para involucrarse en una relación. Que era todo lo que podías pedirle a la persona de la cual estabas enamorada.
—Cual es tu nombre completo —murmuró—. Me acabo de dar cuenta que solo te conozco como V.
—Vishous.
Jane le apretó la mano con la suya.
—¿Disculpa?
—Vishous. Sip, sé que para ti suena raro…
—Espera, espera, espera… ¿Cómo lo deletreas?
—V-i-s-h-o-u-s.
—Dios… querido.
—¿Que?
Se aclaró la garganta.
—Ah, hace mucho, mucho tiempo —una vida— estaba en mi dormitorio de la niñez con mi hermana. Había un tablero de Ouija entre nosotras y estábamos haciéndole preguntas. —Levantó la vista hacia él—. Tú fuiste mi repuesta.
—¿A qué pregunta?
—Quien… Jesús, con quien me iba a casar.
V sonrió agradable y lentamente, de la forma en que lo hace un hombre cuando se está sintiendo condenadamente satisfecho consigo mismo.
—¿Entonces quieres casarte conmigo?
Se echó a reír.
—Si seguro. Porque no me embutimos en un vestido blanco y hacemos ese asunto del altar…
La expresión de él perdió la picardía.
—Lo digo en serio.
—Oh… Dios.
—¿Supongo que eso no es un si?
Jane se enderezó.
—Yo… yo nunca pensé que me fuera a casar alguna vez.
Él se encogió.
—Sip, bueno, esa no era exactamente la respuesta que estaba buscando…
—No… quiero decir, solo estoy sorprendida por lo… sencillo que se siente.
—¿Sencillo?
—La idea de ser tu esposa.
Él comenzó a sonreír, pero luego perdió la expresión.
—Podemos hacer la ceremonia bajo mis tradiciones, pero no será oficial.
—¿Debido a que no soy de tu raza?
—Debido a que la Virgen Escriba odia mi culo, así que no puede haber una presentación ante ella. Pero podemos llevar a cabo el resto de la ceremonia. —Ahora sonrió con intención—. Sobre todo la parte del grabado.
—¿Grabado?
—Tu nombre. Mi espalda. Maldición, casi no puedo esperar.
Jane silbó despacio.
—¿Se me permite hacerlo?
Él ladró una risa.
—¡No!
—Vamos. Soy una cirujana, soy buena con los cuchillos.
—Mis hermanos lo harán… bueno, en realidad, supongo que tú también podrías hacer una letra. Mmm, eso me excita —la besó—. Colega, eres exactamente mi tipo de chica.
—¿A mi también me cortarán?
—Demonios, no. Se les hace a los machos para que todo el mundo sepa a quien pertenecemos.
—¿Pertenecen?
—Sip. Seré tuyo para que me mandes. Me domines. Hagas lo que quieras conmigo. ¿Piensas que puedes afrontarlo?
—Ya lo he hecho, ¿recuerdas?
Los párpados de V cayeron y dejó escapar un gruñido.
—Sip, cada puto minuto. ¿Cuándo podemos volver al ático?
—Tú di el cuando y definitivamente estaré allí. —Y la próxima vez podría ser que encontrara algo de cuero para usar—. Hey, ¿me darás un anillo?
—Si lo deseas, te compraré un diamante del tamaño de tu cabeza.
—Oh, seguro. Como si me fuera a poner esplendida. Pero ¿cómo sabrá la gente que estoy casada?
Se inclinó y le hociqueó la garganta.
—¿Puedes olerme?
—Dios… si. Lo adoro.
Le rozó la mandíbula con los labios.
—Mi aroma está sobre todo tu cuerpo. Está dentro de ti. Así es como la gente sabrá quien es tu compañero. También es una advertencia.
—¿Una advertencia? —suspiró, la languidez difundiéndose por su cuerpo.
—Para otros machos. Les dice quien irá tras ellos con una daga si te tocan.
Vale, eso no debería ser erótico como el demonio. Pero lo era.
—Te tomas el asunto del emparejamiento muy en serio, ¿no es así?
—Los machos vinculados son peligrosos. —Su voz era un bajo ronroneo junto al oído—. Matamos para defender a nuestras hembras. Así son las cosas. —Le quitó las mantas de encima, se bajó el cierre de los pantalones de cuero, y le abrió las piernas con las palmas de las manos—. También marcamos lo que es nuestro. Y como no voy a verte por un espacio de doce horas, creo que dejaré un poco más de mi por todo tu cuerpo.
Avanzó con las caderas y Jane gimió. Lo había tenido muchas veces, pero su tamaño siempre la sobresaltaba. La tomó del cabello con la mano y tiró de su cabeza, disparando la lengua dentro de su boca mientras se cernía sobre ella.
Salvo que en ese momento se detuvo.
—Esta noche nos emparejaremos. Wrath presidirá. Butch y Marissa serán los testigos. ¿También quieres el asunto de la iglesia?
Tuvo que reírse. Ambos eran unos fenómenos del control, realmente. Afortunadamente no se sentía inclinada a pelear con él acerca de esto.
—Pasaré de la ceremonia. En realidad no creo en Dios.
—Deberías.
Le hundió las uñas en las caderas y se arqueó hacia arriba.
—Este no es el momento de sostener un debate teológico.
—Deberías creer, Jane.
—El mundo no necesita otra demente religiosa.
Le alisó el cabello hacia atrás. Mientras su erección se crispaba dentro de ella, dijo:
—No tienes que ser religiosa para creer.
—Y puedes vivir una vida muy agradable siendo atea. Créeme. —Le metió las manos debajo de la camisa recorriéndole la espalda, sintiendo su fuerza—. ¿Crees que mi hermana está en el cielo, comiendo sus helados de cucurucho favoritos sentada en una nube? Nop. Su cuerpo fue enterrado hace un montón de años, y ahora no queda mucho de ella. He visto la muerte. Se lo que pasa después que nos vamos y no hay ningún Dios para salvarnos, Vishous. No se quien o que es esa Virgen Escriba tuya, pero estoy malditamente segura que no es eso.
El más pequeño indicio de una sonrisa asomó a sus labios.
—Me encantará probarte que estás equivocada.
—¿Y cómo vas a hacer eso? ¿Me vas a presentar a mi Creador?
—Te voy a amar tan bien y por tanto tiempo que te vas a convencer de que ninguna cosa terrenal podría habernos unido.
Ella le tocó el rostro, imaginó su futuro, y maldijo.
—Voy a envejecer.
—Yo también.
—No en igual grado. Oh, Jesús, V, voy a…
La besó.
—No vas a pensar en eso. Además… hay una forma de ralentizarlo. Aunque, no estoy seguro de si querrás hacerlo.
—Oh, joder, déjame pensar. Um… sip, querré hacerlo.
—No sabes de que se trata.
—No me importa. Si prolonga mi vida contigo, me comería un animal atropellado tirado a la vera del camino.
Sus caderas se presionaron contra ella y luego se retiraron.
—Va contra las leyes de mi raza.
—¿Es algo pervertido? —se arqueó contra él nuevamente.
—¿Para tu especie? Si.
Jane lo comprendió incluso antes de que él se llevara la muñeca a la boca. Cuando se detuvo, dijo:
—Hazlo.
Se mordió y luego le puso las punciones gemelas sobre los labios. Jane cerró los ojos, abrió la boca y…
Mierda.
Sabía como oporto y la golpeó tan duro como diez botellas de esa bebida, su cabeza comenzó a dar vueltas después del primer trago. No se detuvo. Bebió como si su sangre los fuera a mantener juntos, era vagamente consciente, debido al alboroto de su cuerpo, que estaba bombeando dentro de ella y emitiendo salvajes gruñidos.
Ahora V estaba dentro de ella de todas las formas posibles: en la mente con sus palabras, en el cuerpo con su erección, en la boca con su sangre y en la nariz con su aroma. Estaba completamente cautivada.
Y tenía razón. Era Divino.

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