sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 43 44 45


Con la blanca cortina apretada contra los pechos, Cormia miró fijamente a través del Templo del Primale, confundida. Quien quiera que fuera este macho, no era Vishous, hijo del Bloodletter.
Pero definitivamente era un guerrero. Se veía enorme contra la pared de mármol, un absoluto gigante, con hombros que parecían tan grandes como la cama en la que estaba. Su tamaño la aterrorizó… hasta que le miró las manos. Tenía manos elegantes. De dedos largos y anchos dorsos. Fuertes pero elegantes.
Esas elegantes manos la habían liberado. Y no habían hecho nada más.
Aún así, esperó que gritara. Luego, esperó que dijera algo. Finalmente, esperó que la mirara.
En el silencio pensó que tenía un hermoso cabello. Largo hasta los hombros y repleto de tantos colores, los mechones eran de un rubio dorado, de un rojo intenso y castaño oscuro. ¿De qué color serían sus ojos?
Más silencio.
No estaba segura de lo rápido que pasaba el tiempo. Supo que lo hacía, tal y como pasaba incluso aquí en el Otro Lado. Pero, ¿cuánto tiempo habían permanecido así? Querida Virgen, deseaba que dijera algo, a menos que quizá ese fuera el punto. Quizá esperaba por ella.
—No es el que… —su voz se evaporó cuando él levantó la vista.
Sus ojos eran amarillos, de un resplandeciente, cálido color amarillo que le recordó a sus gemas favoritas, los citrinos. Verdaderamente, pudo sentir como su cuerpo se caldeaba cuando sintió su mirada sobre ella.
—¿No soy quien esperabas? —Oh… su voz. Suave y baja y… amable—. ¿No te lo dijeron?
Sacudió la cabeza, repentinamente sin voz. Y no porque estuviera asustada.
—Las circunstancias cambiaron, y tomé el lugar de mi hermano. —Se colocó una mano sobre el ancho pecho—. Me llamo Phury.
—Phury. Es nombre de guerrero.
—Sí.
—Tiene el aspecto de uno.
Extendió ambas manos hacia ella.
—Pero no voy a hacerte daño. Nunca te voy a herir.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado. No, no lo haría, de verdad. Era un completo extraño y tenía tres veces su tamaño, pero aún así sabía sin ningún tipo de duda que no la dañaría.
Sin embargo, iba a aparearse con ella. Ése era el propósito de su tiempo juntos, y había sentido la excitación en él cuando entró la primera vez. Aunque ya no estaba excitado.
Levantó la mano y se tocó el rostro. ¿Quizás ahora que había visto su aspecto no quería llegar hasta el final? ¿No le parecía atractiva?
Querida Virgen, ¿de qué se preocupaba? No quería aparearse con él. Con nadie. Iba a dolerle; la Directrix se lo había dicho. Y por hermoso que fuera este hermano, le era totalmente desconocido.
—No te preocupes —dijo en un susurro, como si estuviera leyendo su expresión—. No vamos a…
Se apretó más la cortina.
—¿No lo haremos?
—No.
Cormia bajó la barbilla.
—Pero entonces todos sabrán que le he fallado.
—Has fallado… Jesús, no le has fallado a nadie. —Se pasó la mano por el cabello, los tupidos mechones captaron la luz y brillaron—. Simplemente no… Sí, no creo que sea correcto.
—Pero ese es mi propósito. Aparearme con Su Gracia y unirle a las Elegidas. —Parpadeó rápidamente—. Si no lo hacemos, la ceremonia estará incompleta.
—¿Y qué?
—Yo… no entiendo.
—¿Que qué pasa si la ceremonia no se completa hoy? Tenemos tiempo. —Frunció el ceño y miró a su alrededor—. Hey… ¿quieres salir de aquí?
Ella enarcó las cejas.
—¿E ir adónde?
—No lo sé. A pasear. O algo así.
—Se me dijo que no podía irme a menos que nosotros…
—He ahí la cuestión. Soy el Primale, ¿verdad? Así que lo que diga va a misa. —Le lanzó una mirada ecuánime—. Quiero decir, lo sabrás mejor que yo. ¿Estoy equivocado?
—No, es el que manda aquí. Sólo la Virgen Escriba está por encima de usted.
Se separó de la pared.
—Entonces paseemos. Lo menos que podemos hacer es llegar a conocernos, considerando la situación en la que estamos.
—Yo… no tengo ropa.
—Usa la cortina. Me daré la vuelta mientras te arreglas.
Le dio la espalda, y tras un momento se levantó y se envolvió en los dobleces de la tela. Nunca hubiera previsto esto, pensó, ni la sustitución ni su bondad ni su… belleza. Porque verdaderamente era hermoso a sus ojos.
—Yo… estoy lista.
Caminó hacia la puerta, y lo siguió. Era aún más grande de cerca… pero olía de una forma adorable. A oscuras especias que sintió hormigueando en la nariz.
Cuando abrió las puertas y vio la blanca vista ante ellos, vaciló.
—¿Qué está mal?
Su vergüenza era demasiada para expresarla con palabras. Se sentía egoísta por el alivio que sentía. Y preocupada de que sus deficiencias fueran conferidas a la totalidad de las Elegidas.
Se le encogió el estómago.
—No he cumplido con mi obligación.
—No has fallado. Simplemente hemos pospuesto la… em, unión. Ocurrirá en algún momento.
Salvo que no podía apartar las voces de su cabeza. O sus temores.
—¿Acaso no quiere quitárselo de encima de una vez?
Frunció el ceño.
—Dios… realmente tienes miedo de disgustarlas.
—Son todo lo que tengo. Todo lo que conozco. —Y la Directrix la había amenazado con expulsarla si no cumplía con la tradición—. Estoy sola sin ellas.
La observó durante un largo momento.
—¿Cuál es tu nombre?
—Cormia.
—Bueno… Cormia, ya no estás sola sin ellas. Ahora me tienes a mí. ¿Y sabes qué? Olvídate del paseo. Tengo otra idea.

Introducirse en las cosas era una de las especialidades de V. Era bueno con las cajas fuertes, los coches, las cerraduras, las casas… las oficinas. Era igualmente diestro con las mierdas residencias y comerciales. Estaba todo bien.
Así que, forzar la puerta del lujoso conjunto de oficinas del departamento de Cirugía del Centro Médico St. Francis no era la GPC.
Deslizándose dentro, mantuvo el mhis que empañaba las cámaras de seguridad y se aseguró de quedar oculto para las pocas personas que todavía estaban en esa sección administrativa del complejo.
Hombre… éstos eran unos alojamientos realmente costosos. Gran zona de recepción, todo majestuoso y esa mierda, con paredes de paneles de madera y alfombras orientales. Un par de oficinas complementarias marcadas con…
La oficina de Jane estaba justo ahí.
V se acercó y pasó el dedo sobre el nombre en la placa de bronce que había junto a la puerta. Grabado en la brillante superficie decía: JANE WHITCOMB, M.D. JEFE DE LA DIVISION DE URGENCIAS.
Asomó la cabeza por la puerta. Su olor permanecía en el aire, y una de sus batas blancas estaba doblada sobre la mesa de reuniones. El escritorio estaba cubierto con montones de notas, archivos y post-it, la silla apartada como si hubiera salido de prisa por alguna emergencia. En la pared había varios diplomas y certificados, el testimonio de su compromiso con la excelencia.
Se frotó el esternón.
Demonios, ¿cómo iba a funcionar esto entre ellos? Ella trabajaba muchas horas. Él estaba limitado a las visitas nocturnas. ¿Qué pasaba si no era suficiente?
Salvo que tenía que serlo. No iba a pedirle que dejara una vida de trabajo, disciplina y éxito por él. Eso sería como si ella quisiera que dejara la Hermandad.
Cuando alguien murmuró algo, miró a través del área de recepción hacia donde una luz brillaba al otro extremo del lugar.
Hora de ocuparse de sus asuntos con el doctor Manello.
No lo mates, se dijo V mientras entraba por una puerta entreabierta. Sería un bajón total tener que llamar a Jane para decirle que su jefe se había convertido en abono.
V se detuvo y miró a través de las jambas hacia la inmensa oficina que se extendía más allá. El humano estaba sentado detrás de un escritorio de aspecto presidencial, revisando papeles a pesar de que eran las dos de la mañana.
El tipo frunció el ceño y levantó la vista.
—¿Quién está ahí?
No lo mates. Esa mierda probablemente deprimiría totalmente a Jane.
Oh, pero V quería hacerlo. Todo lo que podía ver era al tipo de rodillas, extendiendo una mano hacia el rostro de Jane, y la imagen no mejoraba su humor en lo absoluto. Cuando se trataba de alguien que intentaba seducir a sus hembras, a los machos vinculados les gustaban las conclusiones definitivas. De la variedad con tapa de ataúd incluida.
Vishous abrió la puerta, se extendió hacia la mente del doctor, y lo congeló como si fuera un trozo de res.
—Obtuviste fotos de mi corazón, Doc, y necesito que me las devuelvas. ¿Dónde están? —lanzó una sugerencia a la mente del hombre.
El tipo parpadeó.
—Aquí… en mi escritorio. ¿Quién… eres?
La pregunta fue una sorpresa. La mayor parte de las veces los humanos no tenían independencia de pensamiento cuando eran aturdidos de esta forma.
V se acercó y miró el mar de papeles.
—¿Dónde en el escritorio?
Los ojos del hombre se dirigieron al rincón de la izquierda.
—Carpeta. Allí. ¿Quién… eres?
El puto compañero de Jane, colega, quiso decir V.
Demonios, quería tatuar esa mierda en la frente del tipo para que Manello nunca se olvidara de que estaba totalmente tomada.
V encontró la carpeta y la abrió.
—Archivos electrónicos. ¿Dónde están?
—Borrados. ¿Quién… eres…?
—No importa quién soy. —Maldición, el hijoputa era tenaz. Por otra parte, no había conseguido ser el jefe de cirugía por ser del tipo chico tranquilo y florero—. ¿Quién más sabe algo de ésta foto?
—Jane.
El sonido del nombre dejando la boca del bastardo no puso a V en su momento más feliz, pero lo dejó pasar.
—¿Quién más?
—Nadie más que yo sepa. Intenté… enviarlas a Columbia. No… llegaron. ¿Quién eres tú…?
—El coco. —V examinó la mente del cirujano, por si acaso. Realmente no había nada allí. Hora de irse.
Excepto porque necesitaba saber una cosa más.
—Dime algo, Doc. Si una mujer está casada, ¿tratarías de seducirla?
El jefe de Jane frunció el ceño, entonces sacudió la cabeza lentamente.
—No.
—Bueno, quién lo hubiera imaginado. Ésa era la respuesta correcta.
Mientras V se dirigía a la puerta, deseó imponer un campo de minas detonantes en el cerebro del tipo, forjar todo tipo de conexiones neuronales para que si el bastardo pensaba en Jane sexualmente sintiera terror o náuseas o quizá se echara a llorar como un completo afeminado. A fin de cuentas, la instrucción adversa del impulso era una bendición cuando se trataba de desprogramar. Pero V no era symphath, así que sería difícil hacerlo sin una pérdida grave de tiempo, y además, esa clase de mierda podía probablemente llevar a alguien a la locura. Especialmente a alguien con una voluntad tan fuerte como la de Manello.
Le lanzó una última mirada a su rival. El cirujano lo estaba mirando confundido, pero sin miedo, sus oscuros ojos castaños eran agresivos e inteligentes. Era duro de admitir, pero en ausencia de V probablemente el hombre hubiera sido un buen compañero para Jane.
El bastardo.
Vishous estaba a punto de darse la vuelta cuando tuvo una visión tan gráfica y tan clara como las que tenía antes de que sus premoniciones se agotaran.
De hecho, no fue una visión. Fue una palabra. Y que por lo que sabía no tenía ningún sentido.
Hermano.
Extraño.
V anuló al doctor para dejarlo bien y limpio, y se desmaterializó.

Manny Manello puso los codos sobre el escritorio, se frotó las sienes, y gimió. El dolor de cabeza tenía su propio latido, y su cráneo parecía haberse vuelto una cámara de resonancia. Igualmente desagradable, también el dial de su cabeza estaba girando. Pensamientos aleatorios botaban por todas partes, en una ensalada revuelta de asuntos de poca importancia. Tenía que llevar al coche para que le hicieran el mantenimiento, necesitaba terminar de revisar las solicitudes de los residentes, le faltaba la de Sam Adams, el partido de béisbol que tenía programado ver la noche del lunes había sido cambiado al miércoles.
Era divertido, si miraba más allá del enjambre de nada en particular, tenía la sensación de que toda esa actividad estaba… escondiendo algo.
Por ninguna razón en concreto le llegó una imagen de la manta malva de ganchillo que colgaba en el respaldo del sofá malva del salón malva de su madre. La maldita cosa nunca era utilizada para dar calor, y que Dios te ayudara si tratabas de quitarla. El único propósito de la cosa era esconder una mancha de cuando su padre había volcado un plato de espaguetis franco-americanos por todas partes. A fin de cuentas, solo podías llegar hasta cierto punto con un bote de spray de Resolve[1], y esa mierda enlatada tenía tinte rojo número cinco en su composición. El cual no pegaba con el tono malva del tapizado.
Exactamente igual que esa manta, sus pensamientos dispersos estaban obstruyendo alguna clase de mancha en su cerebro, aunque maldito si sabía lo que era.
Se frotó los ojos y miró su Breitling. Las 2 a.m. pasadas.
Hora de irse a casa.
Mientras recogía sus cosas, tuvo la sensación de que había olvidado algo importante, y se quedó mirando el rincón de la izquierda del escritorio. Había un lugar libre de papeles allí, la madera granulada resaltaba en lo que por otra parte era un banco de nieve de trabajo.
El espacio vacío era del tamaño de una carpeta.
Algo había sido tomado de allí. Lo sabía. Solo que no podía darse cuenta de lo que era, y cuanto más lo intentaba más pulsaba su cabeza.
Caminó hacia la puerta.
Al pasar frente a su cuarto de baño privado, entró un momento, encontró el fiel frasco de Aspirina de quinientos miligramos y tomó dos.
Realmente necesitaba unas vacaciones.




Quizás esa no era la mejor idea, pensó Phury mientras permanecía de pie en la puerta de la habitación contigua a la suya en la mansión de la Hermandad. Por lo menos los habitantes de la casa estaban ocupados con otros asuntos, así que no tendría que tratar con nadie todavía. Pero hombre, las cosas pintaban mal.
Mierda.
Al otro lado, Cormia estaba sentada sobre el borde de la cama, con esa cortina ajustada contra los pechos, sus ojos eran como dos canicas en una gran jarra de cristal. Estaba tan nerviosa, que quería llevarla de vuelta al Otro Lado, pero lo que le esperaba allí no era mucho mejor. No quería que tuviera que enfrentarse al pelotón de fusilamiento de la Directrix.
No iba a permitir esa mierda.
—Si necesitas algo, estaré justo en la puerta de al lado —se inclinó hacia afuera y señaló hacia la izquierda—. Supongo que puedes quedarte aquí un día o algo así, y descansar un poco. Tomarte un poco de tiempo para ti misma. ¿Te parece bien?
Asintió, y el cabello rubio cayó sobre su hombro.
Por ninguna razón en particular notó que era de un bonito color, especialmente a la tenue luz de la lámpara de noche. Le recordaba a la madera pulida de pino, de un rico y brillante amarillo.
—¿Te gustaría comer algo? —preguntó. Cuando negó con la cabeza, se dirigió hacia el teléfono y puso la mano sobre él—. Si tienes hambre, solo pulsa asterisco, cuatro y te pondrás en contacto con la cocina. Te traerán cualquier cosa que pidas.
Le echó un vistazo al teléfono, y volvió a mirarle.
—Estás a salvo aquí, Cormia. Nada malo puede sucederte…
—¿Phury?¿Has vuelto? —a través del vano de la puerta, la voz de Bella era una combinación de sorpresa y alivio.
Su corazón se detuvo. Atrapado. Y por la persona a la que le daba más miedo explicarle todo el asunto. Era peor que Wrath, por el amor de Dios.
Se recompuso antes de poder mirarla.
—Sí, volví por un ratito.
—Pensé que estabas... ¡Oh! Hola. —Bella le fustigó con la mirada antes de sonreír a Cormia—. Ah… mi nombre es Bella. ¿Y tú eres...?
Como no hubo respuesta, Phury dijo:
—Esta es Cormia. Es la Elegida con la que… me emparejé. Cormia, esta es Bella.
Cormia se puso de pie e hizo una profunda reverencia, su cabello casi rozaba el suelo.
—Su Gracia.
La mano de Bella se dirigió a su bajo vientre.
—Cormia, es un placer conocerte. Y por favor, no somos tan formales en esta casa.
Entonces hubo un momento de silencio, tan extenso como una autopista de seis carriles.
Phury se aclaró la garganta. Bueno, si esto no era incómodo...

Mientras Cormia miraba fijamente a la otra mujer, entendió toda la historia sin necesidad de palabras. Así que esa era la razón por la que el Primale no se había apareado. Esta era la mujer que realmente deseaba: su necesidad se percibía en la forma que sus ojos se centraban y permanecían sobre su figura, en la forma en que se le agravaba la voz y en la forma en que su cuerpo se calentaba.
Y estaba embarazada. Cormia desvío la mirada hacia al Primale. Estaba embarazada pero no de su hijo. Su expresión mientras la miraba desde el otro lado de la habitación, era de anhelo, no de posesión.
Ah, sí. Así que esta era la razón por la que había intervenido cuando el hijo del Bloodletter había cambiado de idea. El Primale quería separarse de esta mujer porque la deseaba y no podía tenerla.
Cambiaba su peso de un pie a otro mientras la miraba fijamente a través de la habitación. Luego, sonrió un poco.
—¿Cuántos minutos te quedan?
La hembra... Bella... le devolvió la sonrisa.
—Once.
—Tienes un largo viaje a través de la sala de las estatuas. Deberías empezar ya.
—No me va a llevar tanto tiempo.
Ambos se sostuvieron la mirada. El afecto y la tristeza iluminaban los ojos de ella. Y el leve rubor que teñía las mejillas de él sugería que encontraba lo que estaba mirando mucho más que hermoso.
Cormia tiró de la cortina hacia su barbilla, cubriéndose el cuello.
—¿Qué te parece si te acompaño a tu habitación? —preguntó Phury, acercándose y ofreciéndole el brazo—. De todas formas quiero ver a Z.
La hembra puso los ojos en blanco.
—Solo estás usando eso como excusa para meterme en la cama.
Cormia hizo una mueca de dolor cuando el Primale sonrió y murmuró.
—Sí, básicamente sí. ¿Cómo lo estoy haciendo?
La mujer rió y le puso la mano en la curva del codo. Con la voz ligeramente ronca dijo:
—Lo estás haciendo muy bien. Algo usual en ti... el hacer las cosas realmente bien. Estoy muy contenta de que estés aquí... sin importar cuanto tiempo te quedes.
El rubor de su rostro se hizo un poco más brillante. Entonces miró hacia Cormia.
—Voy a acompañarla, después estaré en mi habitación por si necesitas algo, ¿de acuerdo?
Cormia asintió y se quedó mirando como se cerraba la puerta detrás de ellos.
Al quedarse sola, se volvió a sentar en la cama.
Querida Virgen... Se sentía pequeña. Pequeña sobre el gran colchón. Pequeña en la gran habitación. Pequeña frente al elevado impacto de todos los colores y texturas que había a su alrededor.
Que era lo que había deseado, en verdad. Durante la ceremonia de presentación esto era exactamente lo que había deseado.
Excepto que ser invisible no era el bálsamo que había supuesto.
Mirando alrededor de la habitación era incapaz de comprender dónde estaba, y extrañaba su pequeño, blanco y seguro espacio en el Otro Lado.
Cuando habían llegaron del más allá, habían tomado forma en el dormitorio de al lado, el que él había dicho que era suyo. Lo primero que pensó fue que amaba el olor de ese lugar. Olía ligeramente a humo, con un oscuro y picante aroma que había reconocido como propio de él. Su siguiente pensamiento fue que la aglomeración de color, textura y forma era abrumadora.
Y eso fue antes de que la llevara al vestíbulo, y se quedara completamente rendida. En verdad, vivía en un palacio, el recibidor era tan grande como los templos más amplios del Otro Lado. El techo era casi tan alto como el cielo, las pinturas de guerreros en plena lucha brillaban como las gemas, que sus ojos habían adorado. Cuando puso las manos sobre la barandilla de la galería y se reclinó sobre ella, la caída hasta el suelo de mosaicos que había debajo era aturdidora y emocionante.
Había estado pasmada mientras la conducía dentro de la habitación en la que ahora se encontraba.
Ya no sentía ese asombro. Ahora estaba conmocionada por la sobrecarga sensorial. El aire era raro de este lado, lleno de extraños olores, y lo sentía seco en su nariz. También se movía constantemente. Aquí había corrientes que rozaban su rostro, su cabello y la cortina que envolvía su cuerpo.
Miró hacia la puerta. También aquí había sonidos extraños. La mansión crujía a su alrededor, y ocasionalmente podía oír voces.
Acurrucándose, puso los pies debajo del cuerpo y miró hacia la elegante mesa que estaba a la derecha de la cama. No tenía hambre, pero si la tuviera no sabría qué pedir para comer. Y tampoco tenía ni idea de cómo usar ese objeto que él había llamado teléfono.
A través de la ventana, oyó un rugido y se volvió rápidamente hacia el sonido. ¿Habría dragones en este lugar? Había leído acerca de ellos, y aunque confiaba en Phury cuando dijo que estaba a salvo allí, la preocupaban los peligros que no podía ver.
¿Quizás eso era sólo el viento? También había leído acerca de eso antes, pero no podía estar segura.
Extendiendo la mano, cogió una almohada de raso que tenía pequeñas borlas en las cuatro esquinas. Sosteniéndola contra el pecho, acarició una de las sedosas tiras, tratando de calmarse con la sensación de los hilos resbalando por su mano una y otra vez.
Este era su castigo, pensó mientras sentía la habitación oprimiéndola e inundando sus ojos. Este era el resultado de querer salir del Otro Lado y encontrar su camino independientemente.
Estaba ahora donde había rezado por estar.
Y todo lo que deseaba era ir a casa.



[1] Es una marca de quitamanchas





Jane estaba sentada en el rincón de la cocina con una taza fría delante de ella. Al otro lado de la calle el sol estaba asomando, sus rayos parpadeaban a través de las ramas de los árboles. Vishous había salido hacia unos veinte minutos, y antes de irse le había preparado el chocolate que acababa de terminarse.
Lo extrañaba con un dolor que no tenía ningún sentido, considerando cuánto tiempo habían pasado juntos durante la noche. Después de que V hablara con Manny, había regresado y le había asegurado que su jefe todavía estaba vivo con todos sus miembros unidos. Luego la había envuelto en sus brazos, abrazándola… y le había hecho el amor. Dos veces.
Sólo hacía un momento que se había ido, y el sol tenía que caer como una piedra antes de que pudiera volver a verlo.
Claro, había teléfonos, e-mail y mensajes de texto, y se encontrarían esa noche. Pero sin embargo sentía que no era suficiente. Deseaba dormir a su lado, y no sólo por unas pocas horas antes de que tuviera que ir a luchar o regresar a su casa.
Y hablando de logística… ¿qué debía hacer sobre la oportunidad en Columbia? Esto la alejaría aun más de él, pero ¿importaba? Él podía viajar a cualquier parte sin previo aviso. Aún así, parecía una mala idea estar demasiado lejos. Después de todo, ya le habían disparado una vez. ¿Y si la necesitara? Ella no podría simplemente aparecerse a su lado.
Excepto que entonces ¿qué iba a hacer acerca de ser su propia dueña en su profesión? La necesidad de mandar era parte de su composición química, e irse a Columbia seguía siendo la mejor apuesta, aunque podrían pasar cinco años o así antes de que la consideraran para una jefatura.
Asumiendo que todavía quisieran entrevistarla. Asumiendo que consiguiera el trabajo.
Jane miró la taza fría llena de rayas de chocolate.
La idea que se le ocurrió era una locura. Absolutamente una locura. La hizo a un lado como prueba de que su cabeza aun no regresaba a la normalidad.
Levantándose de la mesa, puso la taza en el lavaplatos, y fue a ducharse y cambiarse. Media hora después salió del garaje, y mientras se iba, un monovolumen estaba llegando por la entrada de coches de la casa de al lado.
Una familia. Genial.
Por suerte, el viaje al centro de la ciudad era un viaje fácil. Había poco tráfico cuando enfiló hacia la calle Trade, y encontró cada semáforo en verde hasta que llegó al del lado opuesto a las oficinas del Caldwell Courier Journal.
Mientras se detenía el móvil empezó a sonar. Sin duda su servicio de llamadas.
—Whitcomb.
—Hola, doctora. Es tu hombre.
Sonrió. Con una enorme y amplia mueca de satisfacción.
—Hola.
—Hola. —Hubo un sonido apagado de movimiento de sábanas, como si V se estuviera acomodando sobre la cama—. ¿Dónde estás?
—De camino al trabajo. ¿Dónde estás tú?
—Sobre mi espalda.
Oh, Jesús, solo podía imaginarse cuan bien luciría sobre sus sábanas negras.
—Así que… ¿Jane?
—¿Sí?
Su voz bajó de tono.
—¿Qué llevas puesto?
—El uniforme del hospital.
—Mmmmm. Eso es sexy.
Ella se rió.
—Está un paso por encima de llevar un saco.
—No sobre ti, no es así.
—¿Qué llevas puesto tú?
—Nada… y adivina donde está mi mano, doctora.
La luz cambió, y Jane tuvo que recordar cómo conducir. Con voz jadeante dijo:
—¿Dónde?
—Entre mis piernas. ¿Puedes adivinar que estoy haciendo?
Oh…dulce… Jesús. Mientras apretaba el acelerador, dijo:
—¿Qué?
Él contestó y casi se incrusta contra un coche aparcado.
—Vishous...
—Dime qué hacer, doctora. Dime lo qué debo hacer con mi mano.
Jane tragó con fuerza, aparcó… y le dio instrucciones detalladas.

Phury enrolló un poco de tabaco rojo, lamió el papel, y torció los bordes cerrándolos. Mientras lo encendía, se reclinó hacia atrás en las almohadas. Se había quitado la prótesis y ésta estaba apoyada contra la mesita de noche, y llevaba puesta una bata de seda azul real y rojo sangre. Su favorita.
Haber calmado un poco a Bella lo había tranquilizado un poco. Estar de vuelta lo había tranquilizado. Más tabaco rojo lo había tranquilizado.
Sacar a la Directrix fuera de la casa no lo había hecho.
Esa hembra había aparecido en la mansión aproximadamente una media hora después de que Cormia y él hubieran llegado desde el Otro Lado, y se subía por las paredes porque una de sus Elegidas se había perdido. Phury la había llevado a la biblioteca y en frente de Wrath le había explicado que todo estaba bien: que sólo había cambiado de opinión y había querido volver aquí por un momento.
La Directrix no estuvo encantada. Con una voz altiva que no le había salido bien, le había informado que como la representante de las Elegidas, exigía tener una conferencia con Cormia acerca de lo que había pasado en el Templo… con el propósito de determinar si la ceremonia de Primale estaba completa.
En ese momento Phury había decidido que no le gustaba. Sus ojos sagaces le habían dicho que sabía que no había habido sexo, y tenía la clara impresión que sólo quería detalles porque tenía toda la intención de culpar a Cormia.
Como si eso fuera a suceder. Con una sonrisa en el rostro, Phury había dejado caer la bomba P y le había recordado a la perra que como Primale, no debía rendirle cuentas a ella, y que Cormia y él regresarían al Otro Lado cuando le diera la maldita gana. Y ni un momento antes.
Irritada ni siquiera se acercaba a describir su reacción, pero la tenía entre la espada y la pared y ella lo sabía. Sus ojos habían estado escupiendo odio mientras le hacía una reverencia y se desmaterializaba.
Al infierno con ella, era su decisión, y estaba pensado seriamente en conseguir deshacerse de su culo. No estaba seguro de que hacer para conseguirlo, pero no quería a alguien así en el cargo. Era mala.
Phury inhaló y contuvo el humo rojo. No sabía cuanto tiempo mantener aquí a Cormia. Cristo, por lo que sabia, ya deseaba regresar. La única cosa que sabía con seguridad era que cuando volviera sería su decisión, no algo forzado por ese grupo de locas de las Elegidas.
¿En cuánto a él? Bueno… una parte de él todavía quería escaparse de la mansión, pero Cormia era una clase de amortiguador. Además, en algún momento regresarían al Otro Lado y se quedarían allí.
Exhaló y ausentemente se frotó la pierna derecha justo donde terminaba, debajo de la rodilla. Estaba irritada, como generalmente lo estaba al final de cada noche.
El golpe en la puerta lo sorprendió.
—Adelante.
Supuso quién era por la forma en que la cosa se abrió, suavemente y solo una rendija.
—¿Cormia? ¿Eres tú? —se sentó, tirando el edredón encima de sus piernas.
Asomó la cabeza rubia por el vano de la puerta, manteniendo su cuerpo fuera en el vestíbulo.
—¿Estás bien? —preguntó.
Ella sacudió la cabeza. En la Antigua Lengua dijo:
¿Si no le ofende, puedo por favor entrar a sus aposentos, Su Gracia?
—Claro. Y no tienes que ser formal.
Se deslizó adentro y cerró la puerta. Parecía tan frágil envuelta en toda esa tela blanca, más bien parecía una chiquilla, en lugar de una hembra que había atravesado el cambio.
—¿Qué va mal?
En lugar de contestarle, permaneció en silencio, mirando hacia abajo, y abrazándose a si misma.
—Cormia, habla conmigo. Dime qué te pasa.
Hizo una reverencia y habló desde esa posición.
Su Gracia, soy
—Sin formalidades. Por favor. —Empezó a salir de la cama, pero entonces se dio cuenta de que no llevaba puesta la pierna. Volvió a su lugar, no estando seguro de cómo se sentiría ella sabiendo que le faltaba una parte del cuerpo—. Simplemente habla conmigo. ¿Qué necesitas?
Se aclaró la garganta.
—Soy tu compañera, ¿no es así?
—Um… sí.
—Entonces, ¿no debería quedarme contigo, en tu habitación?
Arqueó las cejas.
—Pensé que sería mejor para ti, tener tu propia habitación.
—Oh.
Frunció el ceño. Seguramente no querría quedarse con él.
Cuando el silencio se extendió, pensó, bueno, evidentemente si quería.
Se sentía incómodo como el infierno cuando le dijo:
—Supongo, que si quieres… te puedes quedar aquí. Quiero decir, podríamos conseguir que traigan otra cama.
—¿Qué tiene de malo la que tienes?
¿Quería dormir con él? Porque… Ah, seguro.
—Cormia, no tienes que preocuparte porque la Directrix o cualquiera de las otras piensen que no estás cumpliendo con tu deber. Nadie va a saber qué haces aquí.
O no hacía, como era el caso.
—No es eso. El viento… por lo menos, creo que debe ser el viento… golpea la casa, ¿no es así?
—Bueno, sí, en este momento esta algo tormentoso. Pero estamos rodeamos por una gran cantidad de piedra.
Esperó que continuara y cuando no lo hizo, lo entendió. Hombre, era un bastardo ignorante, ¿verdad? La había sacado del único ambiente que había conocido alguna vez y la había dejado caer en un mundo completamente nuevo. Se agitaba por cosas que él tomaba como normales. ¿Cómo podría sentirse segura cuándo no sabía cuales sonidos eran peligrosos y cuáles no?
—Escucha, ¿quieres quedarte aquí? Eso está bien para mí. —Miro a su alrededor, intentando deducir dónde colocar un catre—. Hay bastante sitio en la habitación para un catre.
—La cama está bien para mí.
—Sí, yo dormiré en el catre.
—¿Por qué?
—Porque preferiría no dormir en el suelo. —Había un espacio entre dos de las ventanas. Podría hacer que Fritz…
—Pero la cama es lo bastante grande para ambos.
Lentamente Phury giró la cabeza hacia ella. Entonces parpadeó.
—Ah… sí.
—Debemos compartirla. —Todavía tenía los ojos bajos, pero había una intrigante insinuación de fuerza en su voz—. Y entonces, por lo menos podré decirles que yací a tu lado.
Oh, así que era eso.
—De acuerdo.
Ella asintió y fue hacia el lado opuesto. Después de deslizarse entre las sábanas, se hizo un ovillo y lo enfrentó. Lo qué fue una sorpresa. Como lo fue el hecho de que no apretara los ojos y fingiera dormir.
Phury apagó el cigarrillo y calculó que les haría a ambos un favor y dormiría encima de las sábanas. Pero necesitaba ir al baño antes de dormir.
Mierda.
Bien, tarde o temprano, iba a tener que enterarse sobre su pierna.
Apartó el edredón a un lado, alcanzó el bastón, y se puso de pie. Cuando escuchó que su respiración siseaba y sintió sobre sí su mirada fija, pensó: Dios, debe estar horrorizada. Como Elegida estaba acostumbrada a la perfección.
—No tengo la parte baja de la pierna. —Bueno, obvio—. Aunque no es un problema.
Con tal de que la prótesis se ajustara correctamente y funcionara bien.
—Vuelvo enseguida. —Fue un alivio cerrar la puerta del baño. Se demoró más tiempo del que normalmente empleaba cepillando sus dientes, usando el hilo dental y el retrete. Cuando empezó a reacomodar las tiritas y los Motrin en el botiquín, supo que tenía que salir.
Abrió la puerta.
Estaba justo como la había dejado, en el mismo borde de la cama, de frente a él y con los ojos abiertos.
Mientras caminaba a través de la habitación, deseó que dejara de mirarlo. Sobre todo cuando se estiró encima del edredón y la bata no le cubrió la pierna. Tirando de la esquina del edredón para ponérselo encima, trato de acomodarse.
Esto no iba a funcionar. Tenía frío si sólo se cubría la parte de abajo.
Con una rápida mirada midió el espacio de colchón entre ellos. Grande como un campo del fútbol. Con tanto espacio, bien podría haber estado en otra habitación.
—Voy a apagar la luz.
Cuando ella alzó y bajo la cabeza sobre la almohada, apagó la lámpara… y se deslizó bajo las mantas.
En el negro vacío yació rígidamente a su lado. Jesús… Nunca antes había dormido con nadie. Bueno excepto por aquella vez durante la necesidad de Bella, con V y Butch, pero eso había sido porque todos cayeron desmayados. Además, eran machos, mientras que… bien, Cormia definitivamente no era un macho.
Hizo una profunda inspiración. Sí, su esencia a jazmín era una tentación mortal.
Cerrando los ojos, estaba dispuesto a apostar que estaba tan tiesa y encogida como él mismo. Hombre, este iba a ser un largo día. Debió haber continuado con su idea de colocar un catre.
 

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