sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 46 47 48


—Vishous, ¿podrías dejar de sonreír de esa forma? Estás empezando a enloquecerme.
V le hizo a Butch una seña obscena levantando el dedo medio de la mano a través de la mesa de la cocina de la mansión y volvió a su café. La noche llegaría pronto, lo que significaba que en… veintiocho minutos… sería libre.
Al segundo en que saliera, iba a ir a casa de Jane y montar alguna mierda romántica. No estaba seguro de qué, quizás flores o algo así. Bueno, flores y le instalaría ese sistema de seguridad. Porque nada decía te amo como un montón de mierda de detectores de movimiento.
Dios, estaba sacudido. De verdad.
Le había dicho que llegaría a casa alrededor de las nueve, entonces se figuraba que engalanaría el dormitorio un poco y luego se quedaría con ella hasta medianoche.
Salvo que de esa forma sólo le quedarían cinco horas para cazar.
Butch hizo crujir la sección de deportes, se agachó para besar a Marissa en el hombro, y luego regresó al CCJ[1]. En respuesta ella le echó un vistazo por encima de los documentos de Lugar Seguro, acarició su brazo, y volvió a lo que estaba haciendo. Tenía una marca fresca de mordedura en el cuello y el resplandor de una mujer muy satisfecha en el rostro.
V hizo una mueca de dolor y bajó la vista hacia su café, acariciándose la perilla. Jane y él nunca tendrían eso, pensó, porque nunca iban a vivir juntos. Aun si él estuviera fuera de la Hermandad, no podría quedarse en su casa durante las horas del día, por el asunto del sol y el que ella viniera aquí no era una opción por diferentes razones de exposición: ya era suficiente riesgo que supiera de la existencia de su raza. Más contacto, más detalles, más tiempo en contacto con la Hermandad no era inteligente ni seguro.
Mientras V acunaba la taza y se reclinaba hacia atrás en la silla, se preocupó por el futuro. Jane y él estaban bien juntos, pero las separaciones forzadas iban a cobrarse su precio. Ya podía sentir la tensión cuando pensaba en el adiós que tendría que ocurrir esta noche.
 La deseaba tan cerca como a su propia piel, las veinticuatro horas, los siete días de la semana. Su voz en el teléfono, era mejor que nada, pero no era suficiente para satisfacerlo completamente. ¿Pero cuáles eran sus otras opciones?
Hubo otro crujido de papel cuando Butch manoseó el CCJ. Cristo, manejaba el periódico horriblemente, siempre arrugaba las páginas y arrugaba los pliegues. Era lo mismo con las revistas. Butch más que leerlas las destruía con las manos.
Durante el proceso de aterrorizar a un artículo acerca del entrenamiento de primavera, Butch volvió a mirar a Marissa, y V supo que los dos iban a desaparecer pronto… pero no porque hubieran terminado el café.
Era gracioso, sabía lo que iba a pasar por extrapolación, no por un la segunda visión o porque pudiera leer sus mentes. Butch estaba emanando el aroma de la vinculación, y Marissa amaba estar con su macho. No era como si V tuviera una visión de ellos terminando encerrados en la despensa del mayordomo o de vuelta a la cama en el Pit.
Los pensamientos de Jane eran los únicos que podría leer, pero sólo en ocasiones.
Se frotó el centro del pecho y pensó en lo que la Virgen Escriba le había dicho… que las visiones y las habilidades de premonición estaban oscurecidas debido a una encrucijada en su propia vida, y que cuando la solucionara estas regresarían. El asunto era, que ahora tenía a Jane, de modo qué ¿no había pasado ya esa parte? Había encontrado a su hembra. Estaba con ella. Fin de la historia.
Bebió más café. Siguió frotándose.
La pesadilla había regresado de nuevo esta mañana.
Como ya no podía endilgarle esa mierda de secuencia de tiros al estrés postraumático, decidió que ahora era una alegoría, su subconsciente agitándose por el hecho de que aun se sentía fuera de control en su vida. Porque enamorarse provocaba eso.
Eso tenía que ser el por qué. Debía ser.
—Diez minutos —susurró Butch en la oreja de Marissa—. ¿Puedo tener diez minutos contigo antes de que te vayas? Por favor, cariño…
 V puso los ojos en blanco y se sintió aliviado de sentirse molesto por la rutina de amantes cariñosos. Por lo menos no toda su testosterona se había evaporado.
—¿Por favor… cariño?
V tomó un sorbo de la taza.
—Marissa, tírale al tonto bastardo un hueso, ¿vale? La sonrisa tonta me saca de quicio.
—Bueno, no podemos permitirlo, ¿verdad? —Marissa juntó sus papeles con una risa y le lanzó una mirada a Butch—. Diez minutos. Y será mejor que hagas que valgan la pena.
Butch estuvo fuera de la silla como si la cosa estuviera en llamas.
—¿No lo hago siempre?
—Mmm… sí.
Cuando juntaron sus labios, V resopló.
—Divertíos chicos. En alguna otra parte.
Acababan de irse cuando Zsadist entró en una carrera de muerte.
—Mierda. Mierda… mierda…
—¿Qué pasa, hermano?
—Tengo clase y voy con retraso. —Zsadist agarró una rodaja de pan, una pierna de pavo del frigorífico y un cuarto de galón de helado del congelador—. Mierda.
—¿Eso es tu desayuno?
—Cállate. Es sólo un sándwich de pavo.
—El helado Rocky Road no sirve como mayonesa, hermano.
—Da igual —dijo yendo directamente hacia la puerta—. Oh, a propósito, Phury esta aquí de nuevo, y trajo a esa Elegida con él. Imaginé que querrías saberlo en caso de que veas una hembra desconocida deambulando por los alrededores.
Whoa. Sorpresa.
—¿Cómo está?
Zsadist hizo una pausa.
—No lo sé. Es muy hermético sobre esa mierda. Realmente no es muy comunicativo. El bastardo.
—Oh, ¿y tú eres un candidato para The View?
—Después de ti, Bahbwa.
Touché. —V sacudió la cabeza—. Hombre, estoy en deuda con él.
—Sí, lo estás. Todos lo estamos.
—Espera, Z. —V le arrojó la cuchara que había usado para poner azúcar en el café a través de la habitación—. Vas a necesitar esto, seguro.
Z cogió la cosa al vuelo.
—Ah, lo hubiera echado en falta. Gracias. Hombre, tengo a Bella en el cerebro todo el tiempo, ¿me entiendes?
La puerta de servicio se cerró.
En el silencio de la cocina V tomó otro trago de su taza. El café ya no estaba caliente, su calidez se había disipado. En otros quince minutos estaría helado.
Imbebible.
Sí… sabía lo duro que era estar pensando en tu hembra todo el tiempo.
Lo sabía de primera mano.

Cormia sintió la cama moverse cuando el Primale se dio la vuelta. Una vez más.
Había sido así por horas y horas. No había dormido en todo el día, y estaba segura de que él tampoco. A menos que se moviera mucho cuando estaba en reposo.
Soltó un murmullo y se movió bruscamente, agitando sus pesadas extremidades. Era como si no pudiera ponerse cómodo, y le preocupaba que ella lo incomodara de alguna forma… aunque no le quedaba claro el cómo. Se había quedado quieta desde que había entrado.
Sin embargo, era extraño. Se sentía reconfortada con su presencia a pesar de su inquietud. Había algo tranquilizante en saber que estaba al otro lado de la cama. Se sentía segura con él, aunque no lo conociera.
El Primale se sacudió de nuevo, gimió y…
Cormia saltó cuando la mano de él aterrizó sobre su brazo.
Igual que él. En forma de gruñido bajo hizo una especie de sonido inquisidor con la garganta, luego movió la palma de la mano de arriba abajo, como si intentara deducir quien estaba en la cama con él.
Esperó que se apartara.
En cambio la aferró.
Los labios de Cormia se abrieron por la conmoción cuando hizo un ruido profundo con la garganta y se arrastró a través de las sábanas, la mano pasó de su brazo a la cintura. Como si hubiera pasado algún tipo de prueba rodó hacia ella, un pesado muslo se presionó contra los suyos, algo duro empujó contra su cadera. La mano comenzó a moverse, y antes de que se diera cuenta su ropa se aflojó y luego se desprendió de su cuerpo.
Gruñó con más fuerza y tiró de su cuerpo hacia él, tanto que ahora su dura longitud reposaba sobre sus muslos. Jadeó, pero no hubo tiempo para reaccionar o pensar. Los labios le encontraron la garganta y chuparon su piel, causando que su cuerpo se calentara. Y luego el cuerpo de él comenzó a moverse. El ondular hacia arriba y hacia bajo provocó que algo agradable brotara y vibrara entre sus piernas, algo oscuro y anhelante se desplegó en su vientre.
Sin previo aviso, la sujetó con ambos brazos y la hizo rodar sobre la espalda, el lustroso cabello cayéndole sobre el rostro. Colocó un grueso muslo entre los suyos, y se puso encima de ella, iba y venía acariciándola con lo que sabía que era su sexo. Se veía enorme sobre ella, pero no se sentía atrapada o asustada. Lo que fuera que estaba pasando entre ellos era algo que deseaba. Algo… que ansiaba.
Tentativamente puso las manos en su espalda. Los músculos a lo largo de su columna eran enormes, y ondeaban bajo el satén de la bata con cada empuje y retirada. Gruñó nuevamente cuando lo tocó, como si le gustaran sus manos sobre él, y justo cuando se preguntaba como se sentiría su piel desnuda se alzó y se desvistió.
Entonces se apoyó sobre un costado, tomó su palma en la suya, y la puso entre sus cuerpos. Sobre él.
Ambos jadearon cuando entraron en contacto, y ella tuvo un instante de puro asombro ante el calor, la dureza y el tamaño de él... también por la suavidad de su piel... y el poder que parecía descansar en esa parte de su carne. Lo agarró por reflejo cuando un estremecedor rayo de fuego le atravesó los muslos.
Excepto que entonces él grito y sus caderas empujaron hacia adelante y lo que estaba en su mano empezó a sacudirse. Cálidas explosiones se dispararon desde alguna parte y cubrieron su vientre.
Oh, querida Virgen, ¿le había herido?

Phury se despertó encima de Cormia, con su mano en la polla y un orgasmo en plena marcha. Intentó detener su cuerpo, forcejeando para tomar las riendas sobre las corrientes eróticas que restallaban a través de él, pero no pudo detener el impulso, incluso aunque era consciente de que se estaba corriendo encima de ella.
En el instante que las sensaciones hubieron pasado, se retiró. Y entonces todo se puso mucho peor.
—Lo siento mucho —dijo, mirándole fijamente con horror.
—¿Por qué? —mierda, su voz estaba muerta. Y era el único que debería estar disculpándose.
 —Te herí... hasta que sangraste.
Oh, dulce Jesús.
Ah… no es sangre.
Apartó el edredón a un lado para poder levantarse, dándose cuenta de que estaba totalmente desnudo, y tuvo que revolver la ropa de cama para encontrar la bata. Se puso de un tirón la maldita cosa, tomó el bastón, y salió de la cama, dirigiéndose al baño a por una toalla.
Cuando regresó junto a ella, sólo podía imaginar cómo desearía quitarse esa cosa. Había montado un lío tremendo.
—Permíteme… —avistó la cortina en el suelo. Oh, genial, también estaba desnuda. Fantástico—. De hecho, tal vez deberías limpiarte.
Miro hacia otro lado y le ofreció la toalla.
—Toma esto. Úsala.
Por el rabillo del ojo la miró frotarse torpemente bajo el edredón, y se vio inundado por el odio hacia sí mismo. Jesucristo… Era un libertino. Agobiando a la pobre hembra.
Cuando le devolvió la toalla, le dijo:
—No puedes quedarte conmigo. No es correcto. Durante el tiempo que estemos aquí, usaras la otra habitación.
 Hubo una ligera pausa. Luego le dijo:
—Sí, Su Gracia.



[1] Caldwell Courier Journal.



Al caer la noche, John estaba bajo tierra, en el gimnasio, alineado con el resto de los alumnos, con una daga en la mano derecha, los pies plantados en posición de preparados. Cuando Zsadist silbó entre dientes, John y los demás comenzaron a ejecutar el ejercicio. Golpe del arma a través del pecho, cortar atrás en ángulo, un paso adelante y puñalada arriba bajo las costillas.
—¡John, permanece atento!
Mierda, estaba jodiéndolo todo. Otra vez. Sintiéndose totalmente ciego y en su mayor parte inútil, trató de encontrar el ritmo de las posiciones, pero su equilibrio estaba como la mierda y sus brazos y piernas, simplemente, no se comportaban.
—John… solo detente. —Zsadist vino se puso detrás de él y le movió los brazos. Otra vez—. Vamos a hacerlo otra vez. Señoritas, de vuelta a la posición de preparados.
John se situó, esperó al silbido… y lo estropeó todo. Otra vez.
Esta vez cuando Zsadist se acercó, John no pudo mirar al hermano a la cara.
—Vamos a intentar algo. —Z tomó la hoja y la puso en la mano izquierda de John.
John sacudió la cabeza. Era diestro.
—Solo inténtalo. ¿Señoritas? Hagámoslo.
Otra posición de preparados. Otro silbido. Otra cagada...
Oh, pero esta vez no. Milagrosamente, el cuerpo de John cayó en la serie de posiciones como un acorde de piano perfecto. Todo estaba sincronizado, sus brazos y piernas iban donde debían ir, la daga controlada perfectamente en la mano, sus músculos uniéndose y trabajando juntos.
Cuando la instrucción acabó, sonrió. Hasta que se topó con los ojos de Z. El hermano le estaba mirando fijamente con una expresión de extrañeza, pero entonces pareció reaccionar.
—Mejor, John. Mucho mejor.
John miró a la daga que tenía en la mano. Tuvo un breve y doloroso recuerdo de acompañar a Sarelle hasta su coche un par de días antes de que fuera asesinada. Mientras había estado a su lado había deseado tener una daga, había sentido como su palma era demasiado ligera sin una. En ese entonces, había sido su mano derecha. ¿Por qué el cambio brusco después de la transición?
—Otra vez señoritas —gritó Z.
Hicieron la secuencia veintitrés veces más. Luego trabajaron en otro ejercicio, donde tenían que apoyarse sobre una rodilla y embestir hacia arriba. Z patrullaba la línea, corrigiendo posiciones, ladrando órdenes.
No tuvo que dirigirse a John otra vez. Todo había caído en su lugar, explotada la veta, extraído el oro.
Cuando la clase terminó John se dirigió a los vestuarios, pero Z le llamó y lo guió hacia la sala de equipamiento, hacia el armario cerrado donde se guardaban las dagas de entrenamiento.
—Desde ahora, usarás esta —Z le entregó una que tenía una empuñadura azul—. Calibrada para una mano izquierda.
John la probó y se sintió aún más fuerte. Estaba por dar las gracias al hermano cuando frunció el ceño. Z le estaba mirando con la misma expresión de extrañeza que había tenido en el gimnasio.
John se metió la hoja en el cinturón del ji y habló por señas.
 ¿Qué? ¿No estoy en buena posición?
Z frotó una mano sobre su rasurado cráneo.
—Pregúntame cuantos luchadores son zurdos.
John dejó de respirar, sobreviniéndole un extraño sentimiento.
¿Cuántos?
—Solo he conocido uno. Pregúntame quien era.
¿Quién era?
—Darius. D era zurdo.
John se miró fijamente la mano izquierda. Su padre.
—Y te mueves como él —murmuró Z—. Es jodidamente misterioso, para ser honesto. Es como si le estuviera mirando a él.
¿De verdad?
—Si. Era fluido. Como tu. En fin. Da igual. —Z lo palmeó en el hombro—. Zurdo. Vete tu a saber.
John miró salir al hermano, luego volvió a mirar su palma.
No por primera vez, se preguntó cual sería la apariencia de su padre. Como sonaba. Como actuaba. Dios, lo que no daría por algo de información sobre el macho.
Quizás algún día podría preguntar a Zsadist. Pero tenía miedo de emocionarse.
Si solo hubiera otra manera.

Jane aparcó el coche en el garaje y maldijo a la vez que apagaba el motor. Once treinta y cuatro. Llegaba dos horas y media tarde para encontrarse con V en su casa.
Se había dado un ejemplo de situación de salida retrasada. Tenía el abrigo puesto y el bolso preparado, pero en el camino a la puerta toda clase de personal médico se le había acercado haciendo pregunta tras pregunta. Después uno de los pacientes había empeorado en el box, y había tenido que examinar a la mujer, luego hablar con la familia.
Había enviado un mensaje de texto a Vishous diciéndole que se le había complicado. Y luego otro cuando tuvo que quedarse aún más tiempo. Él había contestado diciendo que estaba todo bien. Pero después le había vuelto a llamar cuando estaba atascada en un desvío de camino a casa, y había salido el buzón de voz.
Salió del coche mientras la puerta del garaje se cerraba suavemente. Estaba emocionada por ver a Vishous, pero también estaba exhausta. Habían pasado la noche anterior haciendo un montón de cosas que no implicaban dormir, y había tenido un largo día.
Mientras entraba por la cocina dijo:
—Lo siento tanto, llego tarde.
—Está bien —dijo desde la sala.
Se asomó por la esquina… y se detuvo. Vishous estaba sentado en el sofá en la oscuridad, con las piernas cruzadas. Su chaqueta de cuero estaba junto a él, y también un ramo envuelto de lirios de cala. Estaba quieto como un lago congelado.
Mierda.
—Hola —dijo mientras dejaba el abrigo y el bolso sobre la mesa de comedor de sus padres.
—Hey. —Descruzó los muslos y plantó los codos en las rodillas—. ¿Todo va bien en el hospital?
—Si. Solo ocupado. —Se sentó cerca de las flores—. Son encantadoras.
—Las cogí para ti.
—Lo siento mucho…
La detuvo con la mano.
—No tienes que sentirlo. Puedo imaginar como es.
Mientras lo analizaba, sabía que no estaba intentado culparla o algo; solo estaba decepcionado. Lo cual la hacía sentirse peor. Si hubiera sido irracional, seria otra cosa, pero esta tranquila resignación de un hombre tan poderoso como él era difícil de soportar.
—Pareces cansada —dijo—. Creo que lo más amable que puedo hacer es ponerte en la cama.
Ella se recostó y acarició suavemente una de las flores con el índice. Le gustaba que no fuera común, con rosas o incluso la variedad blanca de lirios de cala. Estos eran de un profundo tono melocotón. Inusuales. Hermosos.
—He pensado en ti todo el día. Mucho.
—¿Lo hiciste? —aunque no estaba mirándole, sintió la sonrisa en su voz—. ¿En que pensabas?
—En todo. En nada. En cuánto desearía dormir contigo cada noche.
No le dijo que había rechazado la oportunidad de Columbia. Dejarla ir no le sentó bien, pero bueno, hacer una prueba para conseguir una posición en Nueva York, donde tendría incluso más responsabilidades, no parecía una cosa inteligente que hacer si la meta era pasar más tiempo, no menos, con V. Todavía quería estar a cargo, pero tenias que sacrificar cosas en la vida para conseguir lo que querías. Y la idea de que podías tenerlo todo era una falacia.
Un bostezo surgió por su garganta y abrió la boca. Mierda, estaba cansada.
V se puso de pie y estiró la mano.
—Ve arriba. Puedes dormir a mi lado durante un rato.
Se permitió ser guiada escaleras arriba, desnudada y empujada a la ducha. Esperó que se le uniera, pero negó con la cabeza.
—Si empiezo con esa mierda, voy a mantenerte levantada durante las siguientes dos horas. —Sus ojos se pegaron a sus senos y destellaron iluminándose—. Oh… Cristo… Yo solo… Joder, te esperaré fuera.
Sonrió mientras él cerraba la puerta de cristal de la ducha y su gran forma negra se dirigía majestuosamente hacia el dormitorio. Diez minutos después salió, restregada, dientes lavados, cepillada y vistiendo uno de sus camisones.
Vishous había estirado el edredón, arreglado las almohadas y apartado las sábanas.
—Dentro —ordenó.
—Odio obedecer órdenes —murmuró.
—Pero lo harás por mí. En ocasiones. —Le palmeó el trasero ligeramente mientras se deslizaba dentro—. Ponte cómoda.
Ella lo arregló todo como quería mientras él daba la vuelta y se tumbaba encima de la cama. Cuando empujó el brazo debajo de su cabeza y se arrimó, pensó, Dios, huele bien. Y la tranquilizadora mano que le recorría la cintura arriba y abajo se sentía divina.
Después de un rato dijo en la oscuridad.
—Hoy perdimos a un paciente.
—Mierda, lo siento.
—Si… no había modo de salvarla. A veces sencillamente lo sabes, y ¿con ella? lo supe. Aún así hicimos todo lo que pudimos, pero todo el tiempo… si, todo el tiempo sabía que no íbamos a salvarla.
—Debe ser duro.
—Terrible. Fui yo quien le dijo a la familia que se iba, pero por lo menos consiguieron estar allí cuando pasó, lo cual fue bueno. ¿Cómo mi hermana? Hannah murió sola. Odio eso. —Jane se imaginó a la mujer joven cuyo corazón había fallado en el box—. La muerte es extraña. La mayoría de la gente piensa que es una clase de cosa de encendido y apagado, pero más a menudo es un proceso, realmente como cerrar una tienda al final del día. En su mayor parte las cosas fallan de una manera predecible, hasta que finalmente la última luz del lugar se apaga y la puerta se cierra. Como doctor puedo saltar dentro y parar la progresión curando heridas o dando más sangre o forzando al cuerpo a regular sus funciones con drogas. Pero a veces… a veces el tendero solo sale, y no puedes detenerle, no importa lo que hagas. —Rió avergonzada—. Lo siento, no quería ponerme morbosa.
Le acarició el rostro con la mano.
—No lo eres. Eres asombrosa.
—Estás influenciado —dijo, antes de bostezar tanto que su mandíbula crujió.
—Estoy en lo correcto. —Le besó la frente—. Ahora duerme.
Debió haber seguido sus órdenes, porque algo después le sintió moverse.
—No te vayas.
—Tengo que hacerlo. Patrullo el centro.
Se puso de pie, un gigante de hombre… er, macho, su oscuro cabello capturando la débil luz de las farolas que había en la calle delante del apartamento.
Una ola de tristeza la inundó, y cerró los ojos.
—Hey —dijo , sentándose a su lado—. Nada de eso. No estamos tristes. ¿Tú y yo? No estamos tristes. No practicamos la tristeza.
Rió con un sonido estrangulado.
—¿Cómo sabías lo que estaba sintiendo? ¿O me veo tan patética?
Se dio golpecitos en la nariz.
—Puedo olerlo. El olor es como la lluvia de la primavera.
—Odio esta mierda del adiós.
—Yo también. —Se inclinó y le acarició la frente con los labios —. Aquí. —Se encogió de hombros sacándose la camisa de manga larga, hizo una bola y la puso bajo su mejilla—. Finge que soy yo.
Aspiró profundamente, captó el olor de la vinculación y se calmó un poco. Mientras se ponía de pie se veía tan fuerte vestido con solo una camiseta de tirantes, invencible, como un superhéroe. Y aún así respiraba.
—Por favor… ten cuidado.
—Siempre. —Se inclinó y la besó otra vez—. Te amo.
Mientras se apartaba ella se estiró y le agarro del brazo. Las palabras fallaron, pero el silencio dijo bastante.
—Odio la partida también —replicó bruscamente—. Pero volveré. Lo prometo.
Volvió a besarla y luego se dirigió a la puerta. Mientras le escuchaba bajar las escaleras para coger el abrigo, sostuvo su camisa contra el rostro y cerró los ojos.
Con un jodido mal sentido de la oportunidad, la puerta del garaje del apartamento de al lado empezó a retumbar mientras se elevaba. A medio camino, se atascó, el motor gimoteando lo suficientemente fuerte para hacer que la cabecera vibrara.
Le dio un puñetazo a la almohada y se dio la vuelta, preparada para chillar.

Vishous no era un excursionista feliz mientras se colocaba el arnés donde enfundaba las dagas. Estaba distraído, vagamente enfadado, excitado como la mierda, sentía una desesperada necesidad de fumar y recuperar la cordura antes de ir al centro. Se sentía totalmente descentrado, como si tuviera una pesada mochila de excursionista colgada de un solo hombro.
—¡Vishous! ¡Espera! —la voz de Jane vino desde arriba justo cuando iba a desmaterializarse—. ¡Espera!
Bajó a saltos la escalera y giró rápidamente en la esquina, su camisa la hacía parecer más pequeña, las puntas llegándole casi hasta las rodillas.
—Qué…
—Tengo una idea. Es una locura. Pero también es inteligente. —Con las mejillas coloreadas y los ojos encendidos con un propósito, era la cosa más hermosa que había visto en su vida—. ¿Qué tal si me mudo contigo?
Él sacudió la cabeza.
—Me gustaría que lo hicieras, pero…
—Y funcionaría como la cirujana privado de la Hermandad.
Santa… mierda.
—¿Qué?
—Deberíais tener uno in situ. Dijiste que había complicaciones con ese tipo, Havers. Bien, yo podría solucionarlas. Puedo contratar a una enfermera para ayudar, mejorar las instalaciones, y estar al cargo. Dijiste que hay al menos tres o cuatro heridas por semana dentro de la Hermandad, ¿correcto? Además, Bella está embarazada y probablemente habrá más bebés en el futuro.
—Jesús… Sin embargo, ¿estarías dispuesta a dejar el hospital?
—Si, pero conseguiría algo a cambio.
Él se sonrojó.
—¿A mi?
Ella rió.
—Bueno, si. Por supuesto. Pero hay algo más.
—¿Qué?
—La oportunidad de estudiar sistemáticamente a tu raza. Mi otro gran amor es la genética. Si puedo pasar las siguientes dos décadas arreglándoos a vosotros, chicos y catalogando las diferencias entre humanos y vampiros, diría que mi vida había sido bien aprovechada. Quiero saber de donde venís y como funcionan vuestros cuerpos y por qué no tenéis cáncer. Hay cosas importantes para aprender, Vishous. Cosas que podrían beneficiar a ambas razas. No estoy hablando de vosotros como cobayas… Bien, supongo que si. Pero no de manera cruel. No en la manera desapegada en que pensaba antes. Te amo y quiero conocerte.
La miró fijamente y se quedo mucho tiempo sin respirar.
Ella hizo una mueca y dijo:
—Por favor di s…
La aplastó contra su pecho.
—Si. Si… si Wrath está de acuerdo y tu estás bien con ello… si.
Le rodeó la cintura con los brazos y apretó fuertemente.
Mierda, se sentía como si estuviera volando. Estaba entero, pleno, completo en mente, corazón y cuerpo, todas sus pequeñas cajas dispuestas apropiadamente, ese cubo de Rubik recién-salido-del-envoltorio, en perfectas condiciones.
Estaba a punto de ponerse meloso cuando sonó su teléfono. Con una maldición lo soltó del cinturón y ladró.
—Qué. En lo de Jane. ¿Quieres encontrarte conmigo aquí? ¿Justo ahora? Si. Joder. Ok, te veo en dos segundos, Hollywood. —Cerró el Razr—. Rhage.
—¿Crees que seremos capaces de montar una mudanza para mi?
—Sip, lo creo. Francamente, Wrath se sentiría mucho más cómodo si estuvieras en nuestro mundo. —Le recorrió la mejilla con los nudillos—. Y yo también lo estaría. Nunca pensé que renunciarías a tu vida.
—Si, bien. No estoy renunciando a ella. Voy a vivirla un poco diferente, pero no renunciaré a ella. Quiero decir… realmente no tengo muchos amigos —excepto Manello— y no hay nada que me ate… De todas formas estaba lista para abandonar Caldwell por Manhattan. Además… voy a ser más feliz contigo.
La miró a la cara, amando los fuertes rasgos, el cabello corto y los penetrantes ojos verde bosque.
—Nunca te lo hubiera pedido, sabes… que te deshicieras de todo lo que tienes aquí por mí.
—Esa es solo otra de las razones por las que te amo.
—¿Me dirás las otras más tarde?
—Quizás. —Deslizó una mano entre sus piernas, sacudiéndolo como la mierda y haciéndolo jadear—. Quizás te las muestre, también.
Le cubrió la boca con la suya y le metió la lengua dentro mientras la apoyada contra la pared. No le importaba si Rhage esperaba en el césped delantero un extra…
Su teléfono sonó. Y siguió sonando.
V levantó la cabeza y miró a través de la ventana que estaba junto a la puerta delantera. Rhage estaba en el césped delantero, el teléfono en la oreja, devolviéndole la mirada. El hermano fingió comprobar su reloj, entonces levantó el dedo corazón hacia V.
Vishous golpeó con el puño en el pladur y se apartó de Jane.
—Volveré al final de la noche. Estate desnuda.
—¿No preferirías desnudarme tú?
—No, porque destrozaría esa camisa, y quiero que duermas con ella cada noche hasta que estés en mi cama, junto a mi. Estate. Desnuda.
—Veremos.
Su cuerpo entero palpitó ante la insubordinación. Y ella lo sabía, su mirada era apasionada y erótica.
—Dios, te amo —le dijo.
—Lo se. Ahora corre y mata algo. Te estaré esperando.
Le sonrió.
—No podría amarte más aunque lo intentara.
—Lo mismo digo.
La besó y se desmaterializó fuera al lado de Rhage, asegurándose de que el mhis estuviera en el lugar. Oh, genial. Estaba lloviendo. Hombre, preferiría mucho más estar calentito con Jane que afuera con su hermano, y no pudo evitar dispararle una corta mirada enfurecida a Rhage.
—¿Como si otros cinco minutos fueran a matarte?
—Por favor. Si empezabas a andar por ese camino con tu hembra hubiera estado aquí hasta el verano.
—Estás dicien…
V frunció el ceño y miró al apartamento junto al de Jane. La puerta del garaje estaba atascada a la mitad, dejando ver el resplandor de las luces de freno. Se sintió el golpe de la puerta del coche, entonces la brisa acarreó un levísimo olor dulzón, como si azúcar impalpable hubiera sido espolvoreada en el frío viento.
—Oh… Dios, no.
En ese mismo momento Jane abrió la puerta delantera y salió corriendo, con su chaqueta de cuero en la mano, su camisa fluyendo detrás de ella.
—¡Olvidaste esto!
Fue un horroroso hoyo en uno, una revelación de todas las piezas de las que había visto solo fragmentos. El sueño había entrado a la vida real.
—¡No! —gritó.
La secuencia se desarrolló en una serie de segundos que duraron siglos. Rhage mirándolo como si estuviera loco. Jane corriendo sobre la hierba. Él dejando caer el mhis mientras el temor le inundaba.
Un lesser agachándose para pasar bajo la puerta del garaje sosteniendo un arma.
El disparo no hizo ningún sonido a causa del silenciador que tenía colocado. V se lanzó hacia Jane, tratando de escudar su cuerpo con el suyo. Falló. Fue herida en la espalda, y la bala salió por el otro lado, rompiendo el esternón, yendo hacia sus brazos. La cogió mientras caía, su propio pecho ardiendo de dolor.
Mientras caían aplastados contra el suelo, Rhage salió disparado detrás del asesino, sin que V se diera cuenta realmente. Todo lo que distinguía era su pesadilla: Sangre en su camisa. Su corazón gritando de agonía. La muerte viniendo… pero no por él. Por Jane.
—Dos minutos —dijo ella entre jadeos mientras su mano caía pesadamente sobre su pecho—. Tengo menos de dos… minutos.
Debía haber sido herida en una arteria y lo sabía.
—Voy a...
Sacudió la cabeza y le agarró el brazo.
—Quédate. Mierda… no voy… a…
Lograrlo… eran las palabras que iba decir.
—¡Joder!
—Vishous… —tenía los ojos húmedos, el color se desvanecía rápidamente—. Sostén mi mano. No me dejes. No puedes… No me dejes ir sola.
—¡Vas a estar bien! —empezó a levantarla—. Voy a llevarte a lo de Havers.
Vishous. No puede arreglar esto. Sostén mi mano. Me voy… oh, mierda… —empezó a llorar mientras jadeaba—. Te amo.
—¡No!
—Te amo…
—¡No!



 

La Virgen Escriba alzó la vista del pájaro que tenía en la mano, sobresaltada por un súbito terror. Ah… desgraciada casualidad. Ah, horrible destino.
Había ocurrido. Lo que había sentido y temido desde hacía tanto tiempo, el colapso en la estructura de su realidad, había llegado. Ahora su castigo se había revelado.
Esa humana... la mujer humana que su hijo amaba estaba muriéndose en ese mismo momento. Estaba en sus brazos, sangrando sobre él y muriendo.
Con un brazo inestable la Virgen Escriba puso al carbonero[1] sobre el blanco árbol floreciente y se tambaleó de regreso a la fuente. Sentándose sobre el borde de mármol, sintió el ligero peso de su atavío como si fueran pesadas cadenas cerradas a su alrededor.
La culpa de la pérdida de su hijo era suya. Verdaderamente, le había acarreado esta ruina. Había roto las reglas. Trescientos años antes había roto las reglas.
Al principio de los tiempos se le había concedido un acto de creación, y conforme a ello, después de haber alcanzado la madurez, había llevado a cabo el acto de creación. Pero entonces lo había vuelto a hacer. Había creado lo que no debería, y al hacerlo había maldecido a su único hijo. El destino de su hijo —en su totalidad, desde el tratamiento que le dio su padre, haciéndolo madurar para convertirse en el duro e insensible macho Vishous, hasta ésta, su mortal agonía— era, de hecho, su castigo. Porque cuanto él sufría, también lo sufría ella multiplicado por mil.
Deseaba llamar a su Padre a gritos, pero sabía que no podía. Las elecciones que había tomado no eran de su incumbencia y las consecuencias solo debía soportarlas ella.
Cuando se extendió entre dimensiones, vio lo que le estaba sucediendo a su hijo, sintió la agonía de Vishous como la suya propia, sintió el frío entumecimiento de la conmoción, la acalorada negación, el desgarrador sesgo de su horror. Sintió, también, la muerte de su amada, el enfriamiento gradual que se apoderaba de la humana mientras su sangre se filtraba dentro de la cavidad de su pecho y su corazón comenzaba a revolotear. Y entonces, sí, entonces, también oyó las murmuradas palabras de amor de su hijo y olió el ofensivo y fétido temor que emanaba de él.
No había nada que pudiera hacer. Ella, que tenía un poder desmesurado sobre tanto, estaba en este momento impotente, porque el destino y las consecuencias del libre albedrío eran del exclusivo dominio de su Padre. Solamente él conocía el mapa absoluto de la eternidad, el compendio de todas las opciones tomadas y no tomadas, de caminos conocidos y desconocidos. Él era el Libro, la Página y la Tinta indeleble.
Ella no lo era.
Y por esa razón ahora Él no vendría a ella. Ese era su destino: sufrir porque un inocente nacido de un cuerpo que nunca debería haber usurpado. Siempre sufriría, su hijo caminaría sobre la tierra como un macho muerto por las elecciones que ella había hecho.
Con un gemido la Virgen Escriba se permitió a si misma perder su forma y se deslizó de entre las ropas que llevaba, cayendo los pliegues negros al suelo de mármol. Entró en el agua de la fuente como una ligera ola, viajando entre, y alrededor del hidrógeno y las moléculas de oxígeno, estimulándolos con su sufrimiento, haciéndolos hervir, evaporándolos. Mientras la transferencia de energía continuaba, el líquido se elevó como una nube, se unió sobre el patio, y cayó como las lágrimas que era incapaz de llorar.
Sobre el árbol blanco, sus pájaros estiraron los cuellos hacia la caída de gotitas de agua como si estudiaran este nuevo acontecimiento. Y luego en una bandada, dejaron su percha por primera vez y volaron hacia la fuente. Alineándose en el borde, le dieron la espalda a la luminosa y agitada agua en la que ella habitaba.
La protegieron en su dolor y arrepentimiento, la protegieron como si cada uno fuera grande como un águila e igual de feroz.
Eran, como siempre, su único consuelo y amistad.

Jane era consciente de que estaba muerta.
Lo sabía porque estaba en medio de una niebla, y alguien parecida a su hermana muerta estaba de pie delante de ella.
Así estaba malditamente segura de haber estirado la pata. Excepto… ¿no debería alterarse o algo? ¿No debería estar preocupada por Vishous? ¿No debería estar emocionada por reunirse con su hermana pequeña?
—¿Hannah? —dijo, porque quería estar segura que sabía lo que estaba viendo—. ¿Eres tú?
—Más o menos. —La imagen de su hermana se encogió, su hermoso cabello pelirrojo moviéndose sobre sus hombros—. Soy solamente una mensajera. 
—Bueno, te pareces a ella.
—Desde luego que lo hago. Lo que ves ahora es lo que está en tu mente cuando piensas en ella.
—Bien… esto es algo parecido a Twilight Zone[2]. O, espera, ¿solamente estoy soñando? —porque serían unas jodidas excelentes noticias, considerando lo que pensaba que acababa de pasarle.
—No, has muerto. Estás justo en medio ahora mismo.
—¿En medio de dónde?
—Estás en medio. Ni aquí ni allí.
—¿Puedes ser un poco más específica?
—No realmente —la visión de Hannah esbozó su preciosa sonrisa, esa que era tan angelical que hasta había llegado a conquistar incluso a Richard, el desagradable cocinero—. Pero aquí está el mensaje. Vas a tener que dejarle marchar Jane. Si quieres encontrar la paz, vas a tener que dejarle marchar.
Si él era Vishous, eso sencillamente no iba a pasar.
—No puedo hacerlo.
—Tienes que hacerlo. De lo contrario estarás perdida aquí. Sólo tienes un tiempo limitado en el que puedes estar ni aquí ni allí.
—¿Y luego qué ocurre?
—Estarás perdida para siempre. —La visión de Hannah se volvió grave—. Déjalo marchar Jane.
—¿Cómo?
—Tú sabes cómo. Y si lo haces, podrás ver a mi verdadero yo en el otro lado. Deja-lo-marchar. —La mensajera o lo que fuera se evaporó.
Cuando se quedó sola, Jane miró a su alrededor. La niebla era penetrante, tan densa como una nube de lluvias y tan infinita como el horizonte.
El miedo avanzó lentamente a través de ella. No había derecho. Realmente no quería estar aquí.
Abruptamente, una sensación de urgencia creció en su interior, como si el tiempo estuviera agotándose, aunque no entendía como lo supo. Excepto que entonces pensó en Vishous. Si dejarlo marchar significaba dejar su amor por él, eso no era posible.




[1] Chikadee: Pájaro norteamericano de pequeñas dimensiones de color blanco y negro del género Parus, o más comúnmente Parus atricapillus. Es más activo en tiempos frescos, y raras veces es visto en verano excepto en bosques profundos. A menudo tiene poco miedo de gente. Su nombre proviene del sonido que emite Chick-a-dee-dee-dee. (N. de la T.)
[2] Dimensión Desconocida, serie de televisión estadounidense, especializada en el género de la ciencia-ficción, la fantasía y el terror. Fue creada y a menudo escrita por su narrador y anfitrión, Rod Serling (N. de la T.)


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