sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 49 50 51


Vishous estaba conduciendo el Audi de Jane como un murciélago salido del infierno a través de la lluvia, cuando a medio camino de lo de Havers, se dio cuenta de que no estaba en el coche con él.
Estaba su cadáver.
Su pánico era la única energía en el espacio cerrado, su corazón el único que latía, sus ojos los únicos que parpadeaban.
El macho vinculado que había en él le confirmó lo que su cerebro había estado negando. En su sangre, supo que se había ido.
Permitió que su pie se levantara del acelerador, y el Audi se deslizó por la cuesta durante un tramo, ralentizándose hasta detenerse. La ruta 22 estaba vacía, probablemente a causa de la temprana tormenta de primavera que soplaba, pero habría permanecido justo en medio de la carretera incluso si hubiera habido el tráfico de hora punta.
Jane estaba en el asiento del pasajero. Mantenida en posición vertical, con el cinturón de seguridad sujetando su camiseta contra la herida del pecho como una venda.
No giró la cabeza.
No podía mirarla.
Miró fijamente recto hacia adelante, a la doble línea amarilla de la carretera. Delante los limpiaparabrisas se abatían de aquí para allá, su rítmico golpeteo era como el sonido de un antiguo reloj, tic... tac... tic... tac...
El paso del tiempo ya no era relevante, ya no. Ni tampoco lo era su prisa.
Tic... tac... tic…   
Se sentía como si estuviera muerto también, considerando el dolor en su pecho. No tenía la menor idea de cómo aún estaba vivo cuando le dolía tanto.
Tac... tic...
Más arriba había una curva en el camino, el bosque llegaba al arcén del asfalto. Sin ninguna razón en particular advirtió que los árboles estaban apiñados, sus ramas sin hojas se entrelazaban, dando la impresión de negro encaje.
Tac...
La visión le vino de forma escurridiza y tan sosegadamente, que al principio no supo que había habido un cambio en lo que sus ojos registraban. Pero entonces vio una pared, una pared de sutil textura... iluminada por una brillante, brillante luz. Justo mientras se preguntaba sobre la fuente de iluminación...
Se dio cuenta de que eran los faros de un coche.
El estruendo de una bocina le devolvió rápidamente la atención, y apretó el acelerador mientras giraba el volante a la derecha. El otro vehículo derrapó por el resbaladizo pavimento, luego recobró el curso, desapareciendo por la carretera.
V se centró de nuevo en el bosque y en rápida sucesión recibió el resto de la visión como una película. Con entumecida indiferencia, se vio a sí mismo tomando medidas discutiblemente irracionales, presenciando el futuro mientras se desplegaba ante él, tomando apuntes. Cuándo nada más fue revelado, partió con un desesperado propósito, alejándose de Caldwell superando en dos veces el límite de velocidad.
Cuando el teléfono móvil sonó, extendió la mano hacia el asiento trasero, donde había tirado la chaqueta de cuero, y lo sacó. Lo apagó, se detuvo a un lado de la carretera y rompió la parte de atrás del Razr para abrirlo. Sacando el chip del GPS, lo puso en el salpicadero del Audi y lo aplastó con el puño.

—¿Dónde coño está?
Phury se echó hacia atrás mientras Wrath paseaba por el estudio, los otros hermanos también permanecían fuera del camino del macho. Cuándo el  Rey se alteraba de ésta forma, o te apartabas de su camino o te talaba de la alfombra.
Excepto que aparentemente estaba buscando una respuesta.
—¿Me estoy hablando jodidamente a mí mismo aquí?¿Dónde demonios está V?
Phury se aclaró la garganta.
—Realmente no lo sabemos. El GPS se cayó hace como diez minutos.
—¿Se cayó?
—Simplemente se quedó en silencio. Normalmente da señal cuando lleva el teléfono con él, pero... bien, ni siquiera tenemos eso.
—Fantástico. Jodidamente genial. —Wrath se subió las envolventes gafas de sol y se frotó los ojos mientras hacía una mueca de dolor. Había estado teniendo dolores de cabeza los últimos días, probablemente por intentar leer demasiado, y era obvio que un hermano ASHI[1], no ayudaba a la situación.
En medio de la marcha Rhage maldijo y colgó su teléfono.
—No ha aparecido por lo de Havers todavía. Mira, ¿quizá ha ido a enterrarla en algún lugar? El suelo está congelado, pero con esa mano suya no sería un problema.
—¿Realmente crees que está muerta? —murmuró Wrath.
—Por lo que vi la acertaron justo en el pecho. Cuando volví de matar al lesser, los dos se habían ido, y también su coche. Pero... sí, no creo que sobreviviera.
Wrath miró a Butch, el cual había estado totalmente en silencio desde que había entrado en la habitación.
—¿Sabes cómo encontrar a alguna de las hembras que ha usado para el sexo o para alimentarse?
El poli sacudió la cabeza.
—Ni a una. Mantiene esa parte de su vida muy privada.
—Así que no podemos rastrearlo de esa forma. Más buenas noticias. ¿Hay alguna razón para pensar que ha ido a ese ático suyo?
—Pasé por allí mientras volvía —dijo Butch—. No estaba y honestamente no creo que aterrice allí. No, teniendo en cuenta para lo que usaba el lugar.
—Y sólo quedan dos horas para la salida del sol. —Wrath se sentó tras su escritorio Luis XVI, pero trabó los brazos contra la endeble silla, como si fuera a despegar en cualquier momento.
El teléfono de Butch sonó, y forcejeó para contestar la cosa.
—¿V? Oh... Hey, nena. No... nada todavía. Lo haré. Te lo prometo. Te amo.
Cuando el policía colgó, Wrath se giró hacia el fuego de la chimenea y se quedó quieto durante un momento, sin duda repasando, como todos los que estaban allí, qué clase de opciones tenían. Cuáles eran, como... ninguna. Vishous podía estar en cualquier sitio en este momento, así que si los hermanos se dispersaban en las cuatro direcciones de la brújula, estarían haciendo el rutinario aguja-en-un-pajar. Además, era bastante obvio que V había roto el chip del GPS. No quería ser encontrado.
Eventualmente dijo:
—La espoleta ha salido de la granada, caballeros. Ahora sólo es cuestión de ver qué es lo que va a estallar.

V escogió el lugar para el accidente con mucho cuidado. Quería estar cerca de su destino, pero aún así lo suficientemente lejos por discreción, y justo cuando lo tenía más o menos a su alcance, una curva en el camino se le ofreció para su uso. Perfecto. Poniéndose el cinturón de seguridad, apretó el acelerador y se animó. El motor del Audi rugió, y sus ruedas giraron más y más rápido en el resbaladizo camino. Malditamente pronto dejó de ser un coche, transformándose en nada más que una jodida carga de energía cinética.
En vez de seguir la curva a la izquierda de la ruta 22, se dirigió directamente a la línea de árboles. Como un niño educado sin instinto de supervivencia, el coche voló sobre el arcén y se mantuvo en el aire por una fracción de segundo.
El aterrizaje lo despidió justo fuera del asiento de conductor, golpeándose la cabeza contra el techo solar del coche, lanzándolo hacia adelante. Los airbag estallaron del volante, del salpicadero y de las puertas mientras el sedán se daba golpes a través de los matorrales, de los árboles jóvenes y...
El roble era inmenso. Grande como una casa. Tanto como firme.
El habitáculo del Audi fue todo lo que lo salvó de la aniquilación mientras el morro del coche se arrugaba como un acordeón de metal y mecánica. La conmoción del impacto hizo que la cabeza de V chasqueara sobre su cuello, golpeando su rostro contra el airbag mientras una rama atravesaba el parabrisas.
Los oídos le zumbaban como si tuviera una alarma de incendios sonando en ellos, y su cuerpo hizo un auto examen buscando partes y pedazos rotos. Aturdido, sangrando por los cortes hechos con la rama, se desabrochó el cinturón de seguridad, forzó su puerta a abrirse, y salió tropezando del coche. Mientras tomaba algunas profundas inspiraciones, oyó el silbido del motor y la jadeante deflación de los airbag. La lluvia caía con continuo y elegante desinterés, goteando de los árboles a los superficiales charcos en el lecho del bosque.
Tan pronto como pudo rodeó el coche hacia donde estaba Jane.
El impacto la había lanzado hacia adelante, y su sangre marcaba ahora el parabrisas, el salpicadero y el asiento. Que era lo que quería. Se inclinó y le quitó el cinturón, entonces la recogió tan cuidadosamente como si todavía viviera, acunándola en sus brazos para que pudiera estar cómoda. Antes de empezar a atravesar los árboles, cogió su chaqueta de cuero y la tapó para protegerla del frío.
Empezó el camino como empiezan todas las caminatas. Puso un pie delante del otro. Después lo repitió y lo repitió.
Avanzó a trompicones por el bosque, mojándose más y más hasta que se convirtió en lo que los árboles eran, apenas otro objeto sobre el que el agua caía. Dio un rodeo hacia su destino, hasta que los brazos y la espalda le dolieron de cargarla.
Finalmente subió hasta la entrada de una cueva. No se molestó en comprobar para cerciorarse que no le seguían. Sabía que estaba solo.
Caminó por el barro que se formaba, el sonido de la lluvia desvaneciéndose mientras continuaba alejándose sobre el suelo de lodo. Localizó de memoria la tranca en la pared de piedra y liberó el seguro. Cuando la losa de granito de nueve pies se desplazó, entró al vestíbulo que quedó al descubierto y se acercó a un par de puertas de hierro. Desactivó el mecanismo de cierre con la mente, y la barrera se deslizó sin un sonido mientras la piedra tras él volvía a su sitio.
Dentro, estaba mucho más que oscuro, el aire era denso en este lugar subterráneo, como si el espacio estuviera abarrotado. Con un rápido pensamiento hizo llamear algunas de las antorchas de la pared, entonces empezó a bajar hacia el lugar de cultos y rituales de la Tumba. A ambos lados del vestíbulo, en repisas que alcanzaban unos veinte pies de altura, había millares de frascos de cerámica que contenían los corazones de los lessers asesinados por la Hermandad. No levantó la vista hacia ellos, como generalmente lo hacía. Miraba fijamente hacia adelante mientras llevaba su amada carga, sus botas mojadas dejaban huellas en el suelo de brillante mármol negro.
No mucho después entró en el vientre de la Tumba, la cueva vasta y subterránea abierta en las entrañas de la tierra. A su voluntad, gruesas velas negras se encendieron en los candelabros, iluminando las estalactitas como dagas que colgaban así como las imponentes losas de mármol negro que formaban la pared tras el altar.
Las losas eran lo que había visto en su visión. Cuándo había mirado fijamente los árboles por encima de la ruta 22, se le había representado la pared conmemorativa. Al igual que las ramas entrelazadas de esos árboles, las inscripciones en el mármol, todos esos nombres de guerreros que habían servido en la Hermandad durante generaciones, formaban un diseño sutil y apacible, pareciendo encaje visto de lejos.
Situado frente a la pared el altar era tosco, pero poderoso, un enorme bloque de piedra colocado sobre dos robustos dinteles. En el centro estaba el antiguo cráneo del primer miembro de la Hermandad de la Daga Negra, la reliquia más sagrada que los hermanos poseían.
Lo apartó y colocó a Jane. Había perdido el color y cuando la flácida mano blanca cayó a un lado un temblor le recorrió todo el cuerpo. Con cuidado restituyó, poniéndola sobre su pecho.
Se alejó hasta que su espalda golpeó contra la pared grabada. A la luz de las velas, y con su chaqueta sobre el torso, casi podía imaginarse que dormía.
Casi.
Rodeado por la vista subterránea, pensó en la cueva del campamento de guerreros. Entonces se vio utilizando su mano en el pretrans que lo había amenazado, y en su padre.
Se quitó el guante y lo deslizó sobre su brillante palma.
Lo que se proponía hacer ahora era en contra de ambas leyes, la de la naturaleza y la de su especie.
Reanimar los muertos no era una línea de acción apropiada ni admisible en cualquier caso. Y no simplemente porque fuera dominio del Omega. Las Crónicas de la raza, esos volúmenes y volúmenes de historia, proporcionaban sólo dos ejemplos, y no habían resultado nada más que tragedias.
Pero él era distinto. Esto era distinto. Jane era distinta. Lo estaba haciendo por amor, mientras que en los ejemplos sobre los que leyó se había hecho por odio. Había habido un asesino que alguien había traído de vuelta para usarlo como un arma, y una hembra vuelta a la vida como acto de venganza.
Había más a su favor. Curaba a Butch con regularidad, dragando el mal del policía cuando trataba sus temas con los lessers. Podría hacer lo mismo con Jane. Con certeza podría.
Con férrea resolución, apartó de su mente los resultados de esas otras incursiones en las oscuras artes del reino del Omega. Y se centró en el amor por su hembra.
El hecho de que Jane fuera humana no era un problema, ya que la reanimación era el acto de traer lo que estaba muerto de vuelta a la vida, y la línea divisoria era la misma sin importar la especie. Tenía lo que necesitaba. El ritual requería tres cosas, algo del Omega, sangre fresca, y una fuente de energía eléctrica tal como un relámpago aprovechado al máximo.
O en su caso, su jodida maldición.
V regresó a la antecámara que contenía los frascos y no perdió tiempo en escoger. Tomó uno al azar del estante, la cerámica estaba marcada por finas grietas, era de un color un marrón oscuro, lo que quería decir que era uno de los primeros.
Cuándo volvió al altar, golpeó el frasco contra la piedra, rompiendo la cosa, revelando lo que había albergado. El corazón que había dentro estaba cubierto de un brillo negro y grasiento, preservado por lo que fluía por las venas del Omega. Aunque la naturaleza exacta de la iniciación en la Sociedad Lessening era desconocida, estaba claro que la “sangre” del Omega entraba antes de que el corazón fuera extirpado.
Así que tenía lo que necesitaba de su enemigo.
Miró el cráneo del primer hermano y no se lo pensó dos veces antes de utilizar la sagrada reliquia para lo que era un propósito ilegal. Sacó una de sus dagas, se rasgó la muñeca, y sangró en la copa de plata esterlina que estaba montada en la cima del cráneo. Entonces cogió el corazón del lesser y lo apretó con su puño.
Negras gotas de destilada maldad manaban y caían, mezclándose con el rojo de su sangre. El líquido pecaminoso tenía magia, del tipo que corría contra las reglas de lo correcto, del que convertía la tortura en deporte, del que gozaba con el dolor infligido a un inocente... pero tenía eternidad en ella, también.
Y eso era lo que necesitaba para Jane.
—¡No!
Se dio la vuelta.
La Virgen Escriba había aparecido tras él, con la capucha caída, su rostro transparente era una máscara de horror.
—No debes hacerlo.
Se apartó y aproximó el cráneo a la cabeza de Jane. En un fragmentado pensamiento, encontró un extraño y tranquilizador paralelismo en que ella supiera el aspecto que tenía el interior de su pecho y él estuviera a punto de saber lo mismo de ella.
—¡No hay equilibrio en esto! ¡No se ha pagado un precio!
V apartó la chaqueta de su hembra. La mancha de sangre bajo ella, en su camisa, era como un ojo de buey justo en medio del pecho, entre los senos.
—No volverá como tú la conocías —siseó su madre—. Volverá malvada. Ése será tu resultado.
—La amo. Puedo cuidarla, como cuido de Butch.
—Tu amor no cambiará el resultado, ni tu habilidad con los restos del Omega. ¡Esto está prohibido!
Rodeó a su madre, odiándola a ella y a su estúpida y jodida mierda del yin y el yang.
—¿Quieres equilibrio? ¿Un trato? ¿Quieres cargármelo a mí antes de que pueda hacer esto? ¡Bien! ¿A qué nos va a llevar? Le endilgaste a Rhage su maldición para el resto de su jodida vida, ¿qué es lo que me vas a hacer a mí?
—¡La igualdad no es mi ley!
—¡Entonces de quien es! ¡Y qué es la mierda que debo pagar!
La Virgen Escriba pareció tomarse un momento para serenarse.
—Esto está más allá de lo que puedo dar o no. Se ha ido. No hay regreso una vez que un cuerpo ha permanecido inactivo como lo ha hecho el suyo.
—Tonterías. —Se volvió a inclinar sobre Jane, preparado para abrirle el pecho.
—La condenarás para siempre. No tendrá otro lugar al que ir que no sea el Omega, y tendrás que enviarla allí. Será malvada y tendrás que destruirla.
Miró el rostro inanimado de Jane. Recordó su sonrisa. Trató de encontrarla en su pastosa piel.
No pudo.
—Equilibrio... —susurró.
Extendió la mano y le tocó la fría mejilla con la mano buena y trató de pensar en todo lo que podía dar, todo con lo que podía comerciar.
—Esto no es sólo cuestión de equilibrio —dijo la Virgen Escriba—. Algunas cosas están prohibidas.
Cuando la solución se volvió clara para él, no escuchó nada más de su madre.
Levantó su preciosa y normal mano, con la que podía tocar las personas y las cosas, la que era como debía ser, no alguna maldita carga de destrucción.
Su mano buena.
La puso sobre el altar, extendiendo los dedos y aplastando la muñeca. Entonces tomó la hoja de su daga y la colocó sobre su piel. Cuando la inclinó, el agudo filo de la hoja cortó a través del hueso.
—¡No! –gritó la Virgen Escriba.



[1] Ausente sin haberse ido.



Jane se estaba quedando sin tiempo. Y lo supo de la misma manera que sabía cuándo un paciente estaba empeorando. Su reloj interno sonó, la alarma empezó a pitar.
—No quiero dejarlo marchar —le dijo a nadie.
Su voz no se propagó muy lejos, y notó que la niebla parecía más densa… tan densa que estaba empezando a oscurecerle incluso los pies. Y entonces cayó en la cuenta. No estaban oscurecidos. Con frío pavor comprendió que a menos que hiciera algo, iba a disolverse y ocupar su lugar en el muro de la nada ambiental. Estaría sola para siempre y desolada, añorando el amor que una vez había sentido.
Un triste y cambiante fantasma.
Ahora finalmente la había alcanzado la emoción, y era una que llevaba lágrimas a sus ojos. La única manera de salvarse era dejar marchar el anhelo por Vishous; esa era la llave de la puerta. Pero si lo hacía, se sentiría como si lo hubiera abandonado, dejándolo solo para enfrentarse a un futuro frío y amargo. Después de todo, podía imaginarse cómo sería para ella si él moría.
En una oleada, la niebla se volvió incluso más densa, y la temperatura descendió. Jane bajó la vista. Sus piernas estaban desapareciendo… primero los tobillos, luego las pantorrillas. Se estaba filtrando hacia la nada, desapareciendo.
Jane empezó a llorar cuando encontró su resolución y sollozó por el egoísmo de lo que tenía que hacer.
Aunque, ¿cómo lo dejaba marchar?
Cuando la niebla trepó hasta sus muslos, le entró el pánico. No sabía cómo hacer lo que debía…
La respuesta, cuando le vino, fue dolorosa y simple.
Oh… Dios… Dejar marchar significaba que aceptabas lo que no se podía cambiar. No intentabas agarrarte a la esperanza para coaccionar un cambio en el futuro… ni tampoco luchabas contra las fuerzas superiores del destino ni intentabas que capitularan ante tu voluntad… ni tampoco rogabas por la salvación porque asumías que sabías más que los otros. Dejar marchar significaba que mirabas lo que tenías delante con ojos claros, reconociendo que la libertad de elección era la excepción y el destino la regla.
No regatear. No intentar controlar. Abandonabas y veías que al que amabas no era de hecho tu futuro, y que no había nada que pudieras hacer sobre eso.
Las lágrimas cayeron de sus ojos en la niebla que se arremolinaba cuando dejó de lado toda pretensión de fuerza y abandonó la lucha por mantener vivo el vínculo con Vishous. Cuando lo hizo, no tuvo fe ni optimismo, estuvo vacía como la niebla que la rodeaba: una atea en vida, encontró que en la muerte era igual. Creer en nada, ahora era nada.
Y entonces fue cuando sucedió el milagro.
Una luz apareció por encima de su cabeza, cobijándola, calentándola, cubriéndola con algo que era justo como el amor que había sentido por Vishous: una bendición sacramental.
Mientras era elevada como una margarita cogida del campo por una mano gentil, se dio cuenta de que todavía podía amar al que amaba, aunque no estaba con él. De hecho, sus caminos divergentes no diseccionaban ni profanaban lo que sentía. Tapaban sus emociones con una capa de añoranza agridulce, pero no cambiaban lo que estaba en su corazón. Podía amarlo y esperar por él en el lado lejano de la vida. Porque el amor, después de todo, era eterno y no estaba sujeto a los caprichos de la muerte.
Jane era libre… y flotó hacia arriba.

Phury estaba a punto de perder la cabeza.
Pero tenía que hacer cola si se iba a volver loco, porque todos los hermanos estaban bajo una gran tensión. Sobre todo Butch, que se paseaba por el estudio como un prisionero en aislamiento.
Ninguna señal de Vishous. Ni llamadas. Ni nada. Y el amanecer estaba llegando como un tren de mercancías.
Butch se detuvo.
—¿Dónde haríais un funeral para una shellan?
Wrath frunció el ceño.
La Tumba.
—¿Crees que tal vez la haya llevado allí?
—Nunca ha estado demasiado entusiasmado con todo el asunto del ritual, y con su madre habiéndolo abandonado… —Wrath negó con la cabeza—. No irá allí. Además, tendría que saber que es uno de los lugares donde lo buscaríamos, y V es condenadamente reservado. Asumiendo que la está enterrando, no querrá audiencia.
—Sí.
Butch volvió a pasearse cuando el reloj de la pared sonó marcando las cuatro y media de la madrugada.
—¿Sabéis qué? —dijo el poli—. Voy a ir a comprobarlo, si os parece bien. No puedo estar aquí ni un segundo más.
Wrath se encogió de hombros.
—¿Por qué no? No tenemos nada más en lo que basarnos.
Phury se levantó, también incapaz de seguir esperando más.
—Voy contigo. Necesitarás a alguien que te muestre dónde está la entrada.
 Debido a que Butch no se podía desmaterializar, se metieron en el Escalade, y Phury arrancó el SUV pasando el césped y entrando en el bosque. Con el sol saliendo dentro de tan poco tiempo, no se molestó en dar un rodeo, sino que fue directo a la Tumba.
Los dos guardaron un absoluto silencio hasta que Phury los acercó a la entrada de la cueva y salieron.
—Huelo sangre —dijo Butch—. Creo que los tenemos.
Sí, había un mínimo rastro de sangre humana en el aire… sin duda de V llevando a Jane dentro.
Mierda. Entraron corriendo en la cueva, y se dirigieron a la parte de atrás, deslizándose por la entrada oculta y bajando hacia las verjas de hierro. Un lado estaba abierto, y había un rastro de pisadas húmedas en el centro de la antecámara de jarras.
—¡Está aquí! —dijo Butch, el alivio llevando sus palabras mucho más que su respiración.
Sí, excepto que, ¿por qué V, que odiaba a su madre, enterraría a la mujer que amaba siguiendo las tradiciones de la Virgen Escriba?
No lo haría.
Cuando empezaron a bajar por el vestíbulo, la sensación de fatalidad de Phury se disparó… especialmente cuando llegaron al final y vieron un hueco vacío en las estanterías, donde faltaba la jarra de un lesser. Oh, no. Oh… Dios, no. Deberían haber traído más armas. Si V había hecho lo que Phury se temía, iban a necesitar estar armados hasta los dientes.
—¡Espera! —se detuvo, agarró una de las antorchas de las paredes y se la pasó a Butch. Después de coger una para sí mismo, agarró el brazo de Butch—. Prepárate para luchar.
—¿Por qué? Puede que V esté cabreado porque hayamos venido, pero no se va a poner violento.
—Para la que vas a tener que estar preparado es Jane.
—¿De qué coño estás hablando…?
—Creo que puede haber intentado traerla de vuelta…
Un brillante destello de luz explotó más adelante, convirtiéndolo todo en un mediodía.
—¡Joder! —gruñó Butch después de que pasara—. ¿No me digas que lo haría?
—Si Marissa muriera y pudieras llevarlo a cabo, ¿no lo harías?
Los dos salieron disparados y entraron como una ráfaga en la cueva. Solo para detenerse en seco.
—¿Qué es eso? —susurró Butch.
—No… no tengo ni idea.
Con pasos lentos y silenciosos, caminaron hacia el altar, paralizados por la escena que tenían delante. Sentada en medio de la piedra del dintel, había una escultura, un busto… de la cabeza y hombros de Jane. La composición estaba hecha en piedra gris oscura, el parecido era tan exacto que era como una fotografía. O tal vez un holograma. La luz de las velas destellaba sobre sus facciones, proyectando sombras que parecían darles vida. A la derecha, al final de la losa, había una jarra de cerámica hecha pedazos, el cráneo sagrado de la Hermandad, y también lo que parecía ser un corazón destrozado y cubierto de aceite.
En el lateral más alejado del altar, V estaba apoyado contra el muro de nombres, con los ojos cerrados, las manos en su regazo. Una de sus muñecas estaba vendada fuertemente con una faja de tela negra, y faltaba una de sus dagas. El lugar olía como a humo, pero no había nada en el aire.
—¿V? —Butch se acercó y se arrodilló al lado de su compañero de habitación.
Phury dejó que el poli se encargara de V y se dirigió al altar. La escultura tenía un parecido perfecto con Jane, tan real que podría haber sido ella cuando respiraba. Estiró la mano, obligado a tocar el rostro, pero en el instante que su dedo índice entró en contacto con él, el busto perdió toda la forma. Mierda. No estaba hecha de piedra, sino de cenizas, y ahora no era más que un montón revuelto de lo que debían ser los últimos restos de Jane.
Phury miró hacia Butch.
—Dime que V está vivo.
—Bueno, por lo menos respira.
—Vamos a llevarlo a casa. —Phury miró las cenizas—. Vamos a llevarlos a ambos a casa.
Necesitaba algo en lo que llevar a Jane, y ciertamente no iba a usar una jarra de lesser. Miró a su alrededor. No había nada.
Phury se sacó la camisa de seda y la estiró en el altar. Era lo mejor que podía hacer, y se estaban quedando sin tiempo.
La luz del día se estaba acercando. Y no se podía negociar con su llegada.


Dos días después, Phury decidió ir al Otro Lado. La Directrix había estado dándole la lata para tener una reunión, y no quería aplazarla por más tiempo. Además, tenía que salir de la casa.
La muerte de Jane había puesto un paño mortuorio sobre el recinto, afectando a todos los machos emparejados. La pérdida de una shellan, que es lo que Jane había sido aunque ella y V no se habían emparejado formalmente, era siempre el temor más grande. Pero que la matara el enemigo era casi insoportable. Y peor, que sucediera menos de un año después de que Wellsie fuera asimismo asesinada… todo era un horrible recuerdo de lo que cada uno de los machos sabía: las compañeras de la Hermandad afrontaban un peligro especial por parte de los lessers.
Tohrment lo había aprendido de primera mano. Ahora le había tocado a Vishous.
Dios, uno se tenía que preguntar si V iba a quedarse por allí. Tohr se había marchado justo después de que a Wellsie la matara un asesino, y nadie lo había visto ni tenido noticias de él desde entonces. Aunque Wrath mantenía que podía sentir que el hermano todavía vivía, prácticamente habían abandonado la idea de que reaparecería en esta década o la siguiente. Tal vez en una época futura volvería. O tal vez moriría ahí fuera, solo, en alguna parte. Pero no lo verían en un tiempo cercano, y demonios, el siguiente lugar bien podría ser el Fade.
Mierda… Pobre Vishous.
Ahora mismo V estaba en su habitación en el Pit, tumbado al lado de una urna de cobre en la que Phury había puesto finalmente las cenizas de Jane. El hermano no había hablado ni comido nada, según Butch, aunque aparentemente tenía los ojos abiertos.
Estaba claro que no tenía intención de explicar lo que había sucedido en la Tumba. A Jane. O a su muñeca.
Con una maldición Phury se arrodilló al lado de su cama y se puso el medallón del Primale alrededor del cuello. Cerrando los ojos, viajó directamente al santuario de las Elegidas, pensando en Cormia durante el trayecto. Ella también estaba en su habitación, comiendo poco y diciendo menos. Comprobaba cómo estaba con frecuencia, aunque no sabía qué hacer por ella… salvo traerle libros, algo que parecía gustarle. Sentía preferencia por Jane Austen, aunque no entendía por completo cómo algo podía ser ficción o, como ella decía, una mentira construida.
Phury cobró forma en el anfiteatro porque todavía no conocía demasiado bien la distribución, y pensó que sería un buen punto de partida. Hombre, era extraño estar parado en medio de todo en blanco. Más extraño aún caminar hacia la parte de atrás del escenario y echar un vistazo a los distintos templos blancos. ¡Maldita sea!, el lugar era un anuncio de Neutrex. Nada de color en ninguna parte. Y estaba muy tranquilo. Peculiarmente tranquilo.
Cuando eligió una dirección y empezó a caminar, se preocupó por si lo acosaban un grupo de Elegidas, y además no podía decirse que tuviera prisa exactamente por tener un cara a cara con la Directrix. Para matar algo de tiempo, decidió mirar lo que había dentro de uno de los templos. Escogiendo uno al azar, subió los pequeños escalones de mármol, pero se encontró con que las puertas dobles estaban herméticamente cerradas.
Frunciendo el ceño, se inclinó y miró por el ojo de la cerradura, grande y de forma extraña. Siguiendo un impulso, se sacó el medallón del Primale y lo introdujo en la puerta.
Bueno, quién lo habría dicho. La cosa era una llave.
Las puertas dobles se abrieron sin emitir un sonido, y Phury se sorprendió al ver lo que había en el interior. Alineados a ambos lados del edificio, y hundidos seis o siete pies de profundidad, había cubos y cubos de piedras preciosas. Caminó alrededor de las riquezas, deteniéndose de vez en cuando para poner las manos en las centelleantes gemas.
Pero eso no era todo lo que había en el interior. En la parte de atrás, al final de todo, había una serie de urnas de cristal como las que se encontraban en los museos. Se agachó y las examinó. Naturalmente no tenían polvo, aunque no porque las hubieran limpiado. Simplemente no podía imaginar que hubiera algún contaminante en el aire de este lugar, incluso los de la variedad microscópica.
Dentro de las urnas, los objetos eran fascinantes, y claramente del mundo real. Había un par de anticuadas gafas, un cuenco de porcelana de origen oriental, una botella de whisky con una etiqueta de la década de los treinta, una boquilla para cigarrillos de ébano, el abanico de una dama fabricado con plumas blancas.
Se preguntó cómo habían llegado allí. Algunas de las cosas eran bastante antiguas, aunque estaban en perfecto estado y, por supuesto, todo estaba reluciente de limpio.
Se detuvo sobre lo que parecía un viejo libro.
—Hijo… de puta.
La cubierta de cuero estaba desgastada, pero el título en relieve todavía era evidente:

 DARIUS, HIJO DE MARKLON.

Phury se inclinó, estupefacto. Era un libro de D… probablemente un diario.
Abrió la urna, luego frunció el ceño ante el olor del interior. ¿Pólvora?
Observó los objetos reunidos. En la esquina más lejana había un viejo revólver; reconoció el fabricante y el modelo de un libro de armas de fuego con el que había estado enseñando a los aprendices. Era un Colt Navy de 1890, calibre 36, revólver de seis cilindros. Que había sido usado recientemente.
Lo sacó, abrió la recámara y cogió en la palma una de las balas. Eran esféricas… e irregulares, como si estuvieran fabricadas a mano.
Había visto la forma antes. Cuando había estado borrando los resultados médicos de V del ordenador en el St. Francis, había mirado la radiografía del tórax que se había tomado… y había visto un trozo de plomo esférico y ligeramente irregular en el pulmón de su hermano.
—¿Estaba aquí para verme?
Phury miró por encima de su hombro a la Directrix. La hembra estaba parada bajo las puertas dobles, vestida con esa túnica blanca que llevaban todas. Alrededor del cuello, en una cadena, tenía un medallón como el suyo.
—Bonita colección de artefactos la que tienes aquí —dijo arrastrando la voz, dándose la vuelta.
Los ojos de la hembra se entrecerraron.
—Se pensaría que las gemas le interesarían más.
—En realidad no. —La observó cuidadosamente cuando levantó el libro que tenía en la mano—. Esto parece el diario de mi hermano.
Cuando sus hombros se relajaron, Phury quiso matarla.
—Sí, ese es el diario de Darius.
Phury le dio un golpecito a la cubierta del libro, luego ondeó la mano hacia las gemas.
—Dime algo… ¿este lugar se mantiene cerrado todo el tiempo?
—Sí. Desde el ataque.
—Tú y yo somos los únicos que tenemos las llaves, ¿verdad? Odiaría que le pasara algo a lo que hay aquí.
—Sí. Sólo nosotros dos. Nadie puede acceder aquí sin mi conocimiento o presencia.
—Nadie.
Sus ojos llamearon con fastidio.
—El orden está para ser mantenido. He pasado años entrenando a las Elegidas en las conductas propias de su rango.
—Sí… así que la aparición de un Primale sería un fastidio para ti. Porque ahora yo estoy al mando, ¿no?
Su voz bajó de volumen.
—Es correcto y propio que usted gobierne aquí.
—Lo siento, ¿puedes volver a decir eso? No te escuché muy bien.
Los ojos de la hembra hirvieron con veneno durante una fracción de segundo… lo que le confirmó a Phury sus acciones y motivo: la Directrix había disparado a Vishous. Con la pistola de la urna. Quería continuar gobernando, y sabía condenadamente bien que si venía un Primale, en el mejor de los casos sería segunda al mando bajo un macho. En el peor, podría perder todo su poder simplemente porque al macho no le gustara el color de sus ojos.
Cuando fracasó en el intento de matar a V, desistió… hasta poder intentarlo de nuevo. Sin duda, era lo suficientemente inteligente y malvada para defender su territorio hasta que se acabaran los hermanos o el cargo de Primale empezara a parecer maldito.
—Ibas a decir algo, ¿no es cierto? —apuntó Phury.
La Directriz se tocó el medallón que colgaba de su garganta.
—Usted es el Primale. Es el gobernante aquí.
—Bien. Me alegro de que ambos tengamos eso claro. —Le volvió a dar un golpecito al diario de Darius—. Me lo voy a llevar conmigo.
—¿No nos vamos a reunir?
Phury caminó hacia ella, pensando que si hubiera sido un macho, le habría partido el cuello.
—No en este momento, no. Tengo algo de lo que ocuparme con la Virgen Escriba. —Se inclinó, poniendo la boca al lado de la oreja de ella—. Pero volveré por ti.

 
 

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