sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 52 53 54


Vishous nunca había llorado antes. Durante toda su vida nunca, jamás había llorado. Después de la mierda por la que había atravesado, había llegado al punto en que había decidido que había nacido sin conductos lagrimales.
Los acontecimientos sucedidos hasta ahora no habían cambiado eso. Cuando Jane había yacido muerta entre sus brazos no había llorado. Cuando intento cortarse la mano en la Tumba como un sacrificio y el dolor había sido increíble, allí no hubo ninguna lágrima. Cuando su odiada madre le había recordado el acto que estuvo apunto de cometer, sus mejillas permanecieron secas.
Incluso cuando la Virgen Escriba puso la mano sobre el cuerpo de Jane y había observado aturdido como su amada era reducida a cenizas, no había llorado.
Lo hacía ahora.
Por primera vez desde su nacimiento, las lágrimas rodaban por su rostro y empapaban la almohada.
Habían empezado cuando una visión de Butch y Marissa en el sofá de la salita del Pit llegó a él. Clara… tan clara. V no solo podía oír sus pensamientos en la cabeza, sino que sabía que Butch se estaba imaginando a Marissa en la cama con sujetador negro y vaqueros azules. Y Marissa estaba imaginándolo quitándole los vaqueros azules y poniendo la cabeza entre sus muslos.
V sabía que en seis minutos Butch iba a tomar el zumo de naranja que Marissa tenía en la mano y lo pondría en la mesa de café. Lo iba a derramar, porque el vaso iba a aterrizar en la esquina de un Sport Illustrated, y el zumo iba a caer en los pantalones de Marissa. El poli iba a usarlo como excusa para llevarla más allá del vestíbulo y tenerla dispuesta y desnuda.
Excepto que en el camino, se detendrían frente a la puerta de V y perderían los impulsos sexuales. Con ojos tristes, irían a la cama y se abrazarían el uno al otro en silencio.
V puso un brazo sobre su rostro y lloró incontrolablemente.
Las visiones habían vuelto, la maldición del futuro regresaba a él.
Las encrucijadas de su vida estaban acabadas.
Lo que significaba que esta seria su existencia de ahora en adelante: No iba a ser nada más que una cáscara vacía que yacía cerca de las cenizas de su amada.
Y totalmente seguro, en medio de su llanto escuchó a Butch y Marissa cruzar por el vestíbulo, los escuchó detenerse frente a su habitación, entonces les oyó cerrar su puerta. No le llegó ningún sonido de sexo amortiguado por la pared que había entre las habitaciones, ningún golpe violento de cabecero, ningún sonido de gritos guturales.
Justo como lo había visto. En el silencio que siguió, V se limpió las mejillas, entonces se miró las manos. La derecha aún latía un poco por el daño que se había hecho. La izquierda brillaba como siempre lo hacía…y las lágrimas eran blancas contra el telón de fondo de su iluminación interior, blancas como el iris de sus ojos.
Tomó un profundo aliento y miró al reloj.
Lo único que le mantenía respirando era el anochecer. Seguramente se habría matado a sí mismo a estas horas —habría cogido la Glock, se la habría colocado en la boca y se habría volado la tapa de los sesos—, si no fuera por el anochecer.
Estaba tomándolo como una misión personal el erradicar a la Sociedad Lessening. Iba a llevarle el resto de su vida, pero eso estaba malditamente bien, porque no había nada más allí afuera para él. Y habría preferido dejar a la Hermandad hacerlo, pero Butch se moriría sin él, así que iba a tener que quedarse.
Abruptamente, frunció el ceño y miró hacia la puerta.
Después de un momento se limpió las mejillas y dijo:
—Estoy sorprendido de que simplemente no entraras.
La puerta se abrió sin la ayuda de una mano. En el otro lado, la Virgen Escriba permanecía erguida en el pasillo, la negra túnica cubriéndola desde la cabeza hasta los pies.
—No estaba segura de ser bienvenida —dijo en voz baja mientras entraba en la habitación.
No levantó la cabeza de la almohada. No tenía ningún interés en honrarla de ningún modo.
— Sabes cuál es tu bienvenida.
—Efectivamente. Así que iré directamente al propósito de mi visita. Tengo un regalo para ti.
—No lo quiero.
—Sí. Si lo quieres.
—Vete a la mierda. —Bajo la túnica, su cabeza pareció caer. No es que diera una mierda por no herir sus preciosos sentimientos—. Vete.
—Lo querrás...
Se irguió de forma brusca.
—Tú tomaste lo que quería…
Una forma traspasó la puerta, una forma fantasmal.
— ¿V…?
—Y te la devuelvo —dijo la Virgen Escriba—. En cierto modo.
Vishous no escuchó una palabra de lo que decía, porque no podía comprender lo que estaba contemplando. Era Jane…o algo parecido. Era el rostro de Jane y el cuerpo de Jane, pero era… una aparición transparente.
—¿Jane?
La Virgen Escriba habló mientras se desmaterializaba.
—No necesitas darme las gracias. Solamente debes saber que tu maldición es el modo en que podrás tocarla. Adiós.

De acuerdo, en lo que se refiere a reuniones románticas, esta era extraña e incómoda.
Y no sólo porque Jane sentía que podría ser clasificada como fantasma.
Vishous se veía como si fuera a desmayarse. Lo cual dolía. Era enteramente posible que no le gustase de esta forma, y entonces ¿dónde quedaría ella? Cuando la Virgen Escriba fue a ella en el cielo, o lo que quiera que fuese ese lugar, y le había dado la oportunidad de regresar, la respuesta había sido dada sin pensar. Pero ahora que estaba de pie frente a un tipo completamente aturdido, no estaba tan segura de que haber hecho lo correcto. Quizá había sobre…
Se levantó de la cama, cruzó la habitación, y vacilando un poco puso la mano brillante sobre su rostro. Con un suspiro se inclinó contra su mano y el calor de su carne.
—¿Esta eres tú? —dijo roncamente.
Asintió y se extendió para alcanzar sus mejillas, las cuales estaban un poco rojas.
—Has estado llorando.
Capturó su mano.
—Te siento.
—Yo también.
Le tocó el cuello, el hombro, el esternón. Atrajo su brazo hacia delante y lo miró… bueno, miró a través de él.
—Um... se que puedo sentarme sobre cosas —dijo sin ninguna razón en particular—. Quiero decir… mientras estaba esperando afuera en el vestíbulo me senté en el sofá. También moví un cuadro en la pared, puse un penique de vuelta en tu platillo del cambio, cogí una revista. Es un poco raro, pero todo lo que tengo que hacer es concentrarme. —Mierda. No tenía ni idea de lo que estaba hablando—. La, ah… Virgen Escriba dijo que puedo comer pero que no tengo porqué. Dijo… que puedo beber, también. No estoy muy segura de cómo funciona todo, pero ella parece saberlo. Si. Así que. De cualquier modo, creo que me va a llevar algún tiempo hacerme a la idea, entrenamiento, pero…
El puso las manos en su cabello y se sintió igual que como se había sentido antes. Su cuerpo no existente registraba las sensaciones exactamente como lo había hecho antes.
V frunció el ceño, luego se vio francamente enfadado.
—Dijo que se requería un sacrificio. Traer a alguien de vuelta. ¿Qué le diste? ¿Con qué negociaste?
—¿Qué quieres decir?
—No da nada sin pedir algo a cambio. ¿Qué ha tomado de ti?
—Nada. Nunca me pidió nada.
Sacudió la cabeza y pareció como si fuera a hablar. Pero entonces envolvió sus grandes brazos alrededor de ella y la sostuvo contra su tembloroso cuerpo brillante. No era como en otros momentos cuando tenía que concentrarse para permanecer sólida, con V simplemente pasaba. Contra él, era corpórea sin ningún esfuerzo por su parte.
Podía decir que estaba llorando por el modo en que respiraba y el hecho que se apoyaba en ella, pero sabía que si hacía alguna mención de ello, o intentaba tranquilizarle con palabras, se detendría en un segundo. Así que sólo le abrazó y lo dejo hacer.
Pero entonces, tuvo que ocuparse en mantenerse ella misma de una pieza.
—Pensé que nunca conseguiría hacer esto de nuevo —dijo en con una voz que se quebraba.
Jane cerró los ojos y le apretó, pensando en ese momento en la niebla cuando le dejó ir. Si no hubiera hecho eso, no estarían aquí, ¿verdad?
A la mierda con el libre albedrío, pensó. Había confiado en el destino, sin importar cuánto doliera a corto plazo. Porque el amor en sus diferentes formas siempre perduraba. Era el infinito. Lo eterno. Eso que sostenía. No tenía ni idea de qué o quién era la Virgen Escriba. No tenía ni idea de dónde había estado o cómo había regresado. Pero estaba segura de una cosa.
—Estabas en lo cierto —dijo contra el pecho de V.
—¿Sobre qué?
—Sí que creo en Dios.

La noche siguiente John no tenía clase, así que se sentó a la Primera Comida con los hermanos y sus mujeres. El humor de la casa era considerablemente más alegre de lo que había sido las semanas anteriores. Pero seguro como la mierda, que él no compartía esa frivolidad.

—Así que en definitiva —estaba diciendo Phury— fui a ver a la Virgen Escriba y le conté lo de la bala.

—Jesucristo. La Directrix. —Vishous se inclinó hacia delante, llevando la mano de Jane con él—. Había asumido que había sido un lesser.

V no había soltado a su cirujana desde que se habían sentado juntos, como si tuviera miedo de que fuera a desaparecer. Lo cual era bastante comprensible. John trataba de no mirarla fijamente, pero era difícil no hacerlo. Estaba usando una de las camisas de V y un par de vaqueros, rellenándolos como si fuera normal. Pero lo que estaba dentro era… bueno, suponía, un fantasma.

—Por supuesto que lo hiciste —dijo Phury mientras se volvía hacia Bella y le ofrecía el plato de la mantequilla—. Todos lo hicimos. Pero esa hembra tenía un tremendo motivo. Quería permanecer al mando, y sip, con el Primale en escena, eso no iba a suceder. Un escenario típico de lucha por el poder.

John miró a la silenciosa hembra rubia que se sentaba al otro lado de Phury. Hombre, la Elegida era hermosa… hermosa de la forma etérea en que lo eran los ángeles, con un brillo sobrenatural emanando de ella. Pero no era feliz. Picoteaba la comida y mantenía los ojos bajos.

Bueno, salvo por las ocasiones en que miraba a Phury. Que era generalmente cuando él hablaba o miraba a Bella.

La voz de Wrath sonó dura desde la cabecera de la mesa.

La Directrix tiene que morir.

Phury se aclaró la garganta y tomó el plato de mantequilla que Bella le estaba devolviendo.

—Puedes considerar eso como… hecho, mi Señor.

Santa mierda. ¿Había Phury…?

—Bien. —Wrath asintió como si lo entendiera perfectamente y lo aprobara—. ¿Quién va a reemplazarla?

La Virgen Escriba me preguntó a quien quería en su lugar. Pero no conozco a ninguna…

—Amalya —dijo la Elegida rubia.

Todas las cabezas giraron en su dirección.

—¿Disculpa? —preguntó Phury—. ¿Qué fue lo que dijiste?

Al hablar, la voz de la Elegida era adorable sonaba como campanillas al viento, dulce y melodiosa.

—Si no te ofende, ¿puedo sugerir a la Elegida Amalya? Es cálida y amable y tiene la categoría adecuada.

Los ojos amarillos de Phury se posaron sobre la hembra, pero su rostro era reservado, como si no estuviera seguro de que decirle ni de que hacer con ella.

—Entonces es a ella a quien quiero. Gracias.

Sus ojos se alzaron hacia los de él por un instante, con las mejillas tiñéndose de un tono rosa. Pero entonces Phury apartó la mirada y también lo hizo ella.

—Todos nos tomaremos la noche libre —dijo Wrath abruptamente—. Necesitamos un tiempo para reagruparnos.

En el otro lado de la mesa Rhage se rió burlonamente.

—No nos obligarás a jugar al Monopoly otra vez ¿verdad?

—Sip. —Un gemido colectivo se elevó de la Hermandad, uno que Wrath ignoró—. Justo después de la cena.

—Tengo algo que hacer —dijo V—. Volveré lo más pronto que pueda.

—Muy bien pero entonces serás el zapato o el perro. Ellos siempre juegan primero.

—Puedo vivir con eso.

Fritz entró con un enorme Alaska horneado.

—¿Les apetece postre? —dijo el doggen con una sonrisa.

Cuando un “si, por favor” colectivo, llenó la habitación, John dobló la servilleta y pidió ser excusado. Cuando Beth asintió, salió, dirigiéndose hacia el túnel que había debajo de la gran escalera principal. La caminata hasta el centro de entrenamiento no le llevó mucho, especialmente ya que su paso se estaba nivelando y se estaba sintiendo más cómodo con su cuerpo.

Cuando llegó a la oficina de Tohr, se endureció a si mismo mientras miraba a su alrededor. El lugar realmente no había cambiado desde la desaparición del hermano. Salvo por el hecho de que la horrible silla verde ahora estaba en el estudio de Wrath, todo lo demás estaba prácticamente igual.

John fue hasta detrás del escritorio y se sentó. Esparcidos por toda la superficie había papeles y archivos, algunos marcados con post-it en los cuales Z había escrito cosas a su pausada manera.

 John puso las manos sobre los brazos de la silla de oficina, deslizándolas hacia atrás y hacia delante.

Odiaba la forma en que se sentía en ese momento.

Odiaba sentirse enfadado porque V tenía a Jane de regreso, cuando Tohr había perdido a Wellsie para siempre. Excepto que no era justo. Y no solo por Tohr. A John le hubiera gustado tener un fantasma de Wellsie en su vida. Le hubiera gustado que la única madre que conoció en su vida estuviera allí.

Salvo que Vishous era el que había obtenido la bendición.

Y también Rhage. Con Mary.

¿Qué mierda los hacía tan especiales?

Puso la cabeza entre las manos, sintiéndose la peor clase de persona. Envidiar la felicidad y la suerte de alguien era algo horrible, especialmente si los amabas. Pero era tan condenadamente difícil extrañar tan terriblemente a Tohr y llorar a Wellsie y…

—Hey.

John levantó la vista. Z estaba de pie en la oficina, aunque solo Dios sabía como se las había arreglado para no hacer ni un sonido al salir del armario.

—¿En que estás pensando John?

Nada.

—¿Quieres intentarlo de nuevo?

 John negó con la cabeza y bajó la vista. Ociosamente notó que la carpeta de Lash estaba encima de una pila, y pensó en el tipo. Hombre, ambos recorrían un rumbo destinado a colisionar. El único asunto por determinar era el momento.

—Sabes —dijo Z—, solía preguntarme porque yo en vez de Phury.

John levantó la vista y frunció el ceño.

—Sip, me preguntaba por qué me habían raptado a mi, acabando donde terminé. No fui el único. A Phury aún le atormenta el hecho que fuera yo y no él. —Z cruzó los brazos sobre el pecho—. El problema es que, quedarse atascado en porque algo le ocurre a una persona y no a otra nunca lleva a ninguna parte.

Deseo a Wellsie de regreso.

—Me imaginé que por eso te habías ido. —El hermano se pasó la mano sobre el corte de cabello al ras—. Aunque las cosas son así. Creo que hay una mano que nos guía. Es solo que no siempre es una mano gentil. O que parezca justa en determinados momentos. Pero no sé, ahora trato de confiar en ella. Cuando me espanto, solo trato de… mierda, supongo que confiar en ella. Porque al final del día, ¿qué otra cosa puedes hacer? El libre albedrío solo te lleva hasta cierto límite. El razonamiento y la planificación también. El resto… depende de otra persona. Donde terminamos, a quienes conocemos, que sucede con las personas que amamos… no tenemos mucho control sobre nada de eso.

Extraño a Tohr.

—Todos lo hacemos.

Sip, John no era el único que sufría. Debía recordar eso.

—Así que tengo algo para ti. —Z fue hacia un armario y lo abrió—. Phury me lo dio ayer. Íbamos a guardarlo para dártelo en tu cumpleaños, pero a la mierda con eso. Lo necesitas esta noche.

Z volvió al escritorio con un antiguo y ajado libro forrado en cuero en las manos. Lo dejó sobre la pila de papeles, con la gran palma apoyada en la cubierta superior.

—Feliz cumpleaños, John.

Levantó el brazo y John miró hacia abajo.

De repente su corazón se detuvo.

Extendió la mano temblorosa, y delineó las desgastadas letras que decían:

DARIUS, HIJO DE MARKLON

Suavemente abrió la tapa… En una hermosa y florida caligrafía había palabras y símbolos más allá de lo imaginable, las reflexiones de una vida que había sido vivida hacía mucho tiempo. La escritura de su padre en la Antigua Lengua.

Con brusquedad John sacó la mano y se cubrió la boca con ella, temiendo arrancarse a llorar.

Salvo que cuando levantó la vista avergonzado, se dio cuenta que estaba solo.

Z, con su característica gentileza, le había permitido conservar el orgullo.

Y ahora… habiéndole dado el diario de su padre… también le había dado algo de alegría.

Justo después de la Primera Comida, Vishous se desmaterializó hacia el jardín de la Virgen Escriba. Se sorprendió un poco cuando se le concedió el permiso, considerando como estaban las cosas, pero estaba contento de que así fuera.

Después de tomar forma, frunció el ceño y dio un vistazo a su alrededor a la fuente de mármol blanca, la columnata y el portal que llevaba al área de las Elegidas. Había algo diferente. No estaba seguro de que, pero algo…

—Saludos, Señor…

Se volvió. Una Elegida estaba de pie cerca de lo que siempre había asumido que era la puerta hacia las habitaciones privadas de la Virgen Escriba. Vestida con esa túnica blanca con el cabello recogido en lo alto de la cabeza, la reconoció como la que había ido a ver como estaba Cormia después de la ceremonia de presentación.

—Amalya —dijo.

Pareció sorprendida de que recordara su nombre.

—Su Gracia.

Así que ella era la que Cormia había recomendado como Directrix. Tenía sentido. La hembra ciertamente parecía agradable.

—He venido para ver a la Virgen Escriba —aunque se suponía que ya sabría eso.

—Con todo el debido respeto, Señor, no está recibiendo en el día de hoy.

—¿No me recibe a mi o a nadie?

—A ningún visitante. ¿Hay algún mensaje que quisiera que le hiciera llegar?

—Volveré mañana.

La Elegida hizo una profunda reverencia.

—Con todo el debido respeto, Señor, creo que para ese entonces aún se encontrará indispuesta.

—¿Por qué?

—Yo no pregunto el porque. —Su tono era un tanto desaprobador. Como si él tampoco debiera preguntar.

Bueno, mierda. ¿Qué demonios quería decirle exactamente?

—Podrías trasmitirle… que Vishous, vino a decirle…

Cuando las palabras le fallaron, los ojos de la Elegida se convirtieron en pozos de compasión.

—Quizás, si no es muy atrevido de mi parte, debería decirle que su hijo vino a agradecerle por el generoso regalo y por el sacrificio que hizo en aras de su felicidad.

Hijo.

No, no podía ir tan lejos. Incluso habiendo recuperado a Jane, la etiqueta parecía falsa.

—Solo Vishous. Dile que Vishous vino a agradecerle.

A la Elegida se el entristeció el rostro e hizo otra reverencia.

—Como desee.

Observó a la hembra darse la vuelta y desparecer por la pequeña y recargada puerta.

Espera un minuto. ¿Había dicho sacrificio? ¿Que sacrificio?

Volvió a mirar a su alrededor, concentrándose en la fuente. Abruptamente el sonido del agua le pareció extraño. Cuando había venido antes…

Lentamente V giró la cabeza.

El árbol blanco, con flores blancas estaba vacío. Todos los pájaros cantores se habían ido.

Eso era lo que faltaba. Los pájaros de la Virgen Escriba ya no estaban allí, las ramas de los árboles estaban vacías de color, el aire quieto desprovisto de las alegres proclamas.

En el relativo silencio, la soledad del lugar se hundió dentro de él, el sonido hueco del agua cayendo amplificaba el vacío.

Oh, Dios. Ese verdaderamente era un sacrificio.

Había renunciado a su amor en beneficio del de él.

En sus habitaciones privadas, la Virgen Escriba supo el momento exacto en que V se fue. Podía sentir su forma regresando al mundo exterior.
La Elegida Amalya, se aproximo silenciosamente.
—Si no le ofende, desearía hablar.
—No tienes que hacerlo. Sé lo que dijo. Déjame y vuelve al santuario.
—Si, Su Alteza.
—Gracias.
La Virgen Escriba esperó a que la Elegida se retirara y luego se volvió y miró a través de la blanca expansión de su aposento. Las habitaciones no servían para nada más que pasear. Como no dormía ni comía, el área de la habitación y del comedor eran solo pies cuadrados sobre los que caminar.
Todo estaba tan silencioso ahora.
Flotó de habitación en habitación, inquieta. Le había fallado a su hijo de tantas maneras distintas, y no podía culparlo por rehusarse a llamarla por su nombre. Aún así sentía dolor.
Que se asociaba con otro.
Con temor miró hacia el rincón más alejado de sus habitaciones, hacia el lugar al que nunca acudía. O al menos, que no había acudido en los últimos dos siglos.
Le había fallado a alguien más, en realidad.
Con el corazón oprimido, fue hacia la esquina y deseó que el doble cerrojo que tenía la puerta se abriera. Con un siseo el sello fue roto, y una fina neblina se trasladó flotando desde el húmedo lugar. ¿En verdad había pasado tanto tiempo?
La Virgen Escriba entró y miro la forma envuelta en sombras que flotaba en suspensión animada sobre el suelo.
Su hija. La hermana gemela de V. Payne.
Hacía mucho que la Virgen Escriba sustentaba la idea de que era mejor y más seguro para su hija permanecer reposando de esa forma. Pero ahora se sentía insegura. Las decisiones que había tratado de tomar para su hijo habían terminado de mala manera. Tal vez pasara lo mismo con su descendiente de distinto sexo.
La Virgen Escriba miró fijamente el rostro de su hija. Payne no era como otras hembras, no lo había sido desde su nacimiento. Tenía el instinto guerrero de su padre y la necesidad de luchar y no se sentía más feliz pasando la vida entreteniéndose en juegos con las Elegidas de lo que se sentiría de satisfecho un león si lo enjaularan con ratones.
Tal vez hubiera llegado el momento de liberar a su hija, como había liberado a su hijo. Parecía lo justo. La protección sin duda había probado ser una dudosa virtud.
Aún así, odiaba dejarla ir. Especialmente dado que no había razones para esperar que su hija le tuviera un amor más grande del que le había demostrado su hijo. Así que los perdería a los dos.
Mientras luchaba bajo el peso de sus pensamientos, su instinto le sugirió que saliera al patio a ser consolada por sus pájaros. Sin embargo no había auxilio esperándola allí. No había cantos alegres para calmarla.
Por lo que la Virgen Escriba permaneció en las habitaciones privadas, flotando a través del estático y silencioso aire en un interminable paseo a lo largo de las habitaciones vacías. Mientras pasaba el tiempo, la infinita naturaleza de su no existencia era como una capa de agujas que la cubría, un millar de pequeños pinchazos de dolor y tristeza.
No había escape o alivio a la vista para ella, no había paz ni bondad ni consuelo. Estaba como siempre había estado. Sola en el medio del mundo que había creado.





Jane había estado en el apartamento de Manny Manello una o dos veces. Aunque no muy frecuentemente Cuando habían compartido tiempo juntos siempre había sido en el hospital.
Hombre, en serio este era un lugar masculino. Verdaderamente masculino. Si hubiera más equipo deportivo colgando por ahí se hubiera convertido en un Dick[1].
Le recordaba un poco al Pit.
Recorrió la sala de estar mirando los DVDs, los CDs y las revistas. Sip, indudablemente se llevaría bien con Butch y V. Evidentemente tenía una suscripción de por vida a Sports Illustrated, igual que ellos. Y conservaba las ediciones antiguas, igual que ellos. Y le gustaba tomar alcohol, aunque era partidario del Jack[2], no del Goose ni del Lag.
Mientras se inclinaba, concentró su energía para poder levantar el ejemplar más reciente de 57 y se dio cuenta que hacía exactamente un día que se había convertido en fantasma. Habían pasado veinticuatro horas desde que había aparecido junto con la Virgen Escriba en la habitación de V.
Las cosas estaban funcionando. El sexo como miembro de los no muertos era igual de bueno que cuando había estado viva. De hecho, ella y V se encontrarían en el ático hacia el final de esa tarde. Quería que “trabajara sobre él”, según dijo con los ojos brillando de anticipación… y ella estaba más que dispuesta a consentir a su hombre.
Ab-so-lu-ta-men-te.
Jane dejó la revista y paseó un poco más, luego se quedó esperando junto a una de las ventanas.
Esto iba a ser difícil. Decir adiós era duro.
Ella y V habían hablado de cómo manejar su partida del mundo humano. El accidente de coche que había escenificado proveería una explicación a su desaparición. Seguro, su cuerpo nunca sería encontrado, pero el área donde había dejado el Audi era arbolada y montañosa. Con suerte la policía, después de que se hiciera la investigación, sencillamente cerraría el expediente, ya que no había consecuencias materiales. Nunca iba a regresar. Así que no importaba.
En lo que respectaba a sus pertenencias, el único objeto de valor que tenía en el apartamento era la foto de ella y Hannah. V había regresado y había recuperado la fotografía para ella. El resto de sus cosas eventualmente serían vendidas por el abogado que había nombrado ejecutor de su patrimonio en su último testamento hecho dos años atrás. Las ganancias serían donadas al St. Francis.
Se lamentaba por los libros, pero V le había dicho que le compraría unos nuevos. Y aunque no era exactamente lo mismo, tenía fe que con el tiempo se sentiría conectada a ellos.
Manny era el único asunto sin terminar…
Oyó el sonido de la llave metiéndose en la cerradura, luego la puerta se abrió.
Cuando Manny entró dejando caer una bolsa Nike y dirigiéndose a la cocina, Jane dio un paso atrás adentrándose en las sombras.
Se veía exhausto. Y desolado.
Su primer impulso fue acercarse a él, pero sabía que el mejor curso de acción era esperar a que se fuera a dormir… que era por lo cual había venido tan tarde, esperando que ya estuviera en la cama. Aunque claramente, estaba trabajando hasta que no se podía mantener de pie.
Cuando salió al vestíbulo tenía un vaso con algo de agua en el interior. Hizo una pausa, miró en su dirección con el ceño fruncido… pero luego siguió caminando hacia su dormitorio.
Oyó la ducha. Pisadas. Luego una maldición en voz baja, como si se estuviera estirando en la cama, pero estuviera contracturado.
Esperó y esperó… luego finalmente bajó por el pasillo.
Manny estaba en la cama, con una toalla alrededor de las caderas y los ojos fijos en el techo.
El hombre no iba a dormirse pronto.
Salió a la luz que arrojaba la lámpara del vestidor.
—Hey.
Su cabeza se giró bruscamente hacia ella, luego se sentó de un salto.
—¿Qué…?
—Estás soñando.
—¿Lo estoy?
—Sip, quiero decir, los fantasmas no existen.
Se frotó el rostro.
—Esto se siente real.
—Por supuesto que si. Los sueños se sienten así. —Se abrazó a si misma—. Quería que supieras que estoy bien. Realmente lo estoy. Estoy bien y feliz donde estoy.
No había razón para mencionar que continuaba estando en Caldwell.
—Jane… —su voz se quebró.
—Lo sé. Me sentiría de la misma manera si tu hubieras… sido apartado de mi.
—No puedo creer que estés muerta. No puedo creer que tú… —comenzó a parpadear rápidamente.
—Escucha, está bien. Te lo prometo. La vida… bueno, termina bien, realmente lo hace. Quiero decir, vi a mi hermana. A mis padres. Algunos de los pacientes que perdí. Todavía están por los alrededores, solo que no donde podemos verlos… quiero decir, donde tú puedes verlos. Pero está bien, Manny. No deberías temerle a la muerte. Es solo una transición, de verdad.
—Si, pero ya no estás aquí. Tengo que vivir sin ti.
Le dolió el pecho por el tono de su voz y el hecho de que no había nada que pudiera hacer para aliviar su sufrimiento. Y dolía porque ella también lo había perdido.
—Realmente te voy a extrañar —le dijo.
—Yo también. —Se volvió a frotar el rostro—. Quiero decir… ya te extraño. Estoy enfermo por ello. En algún nivel… demonios, pensé que íbamos a terminar juntos, tu y yo. Parecía ser el destino. Mierda, eras la única mujer que conocía que era fuerte como yo. Pero si… supongo que no estaba predestinado. Los planes de los ratones y los hombres y toda esa mierda.
—Probablemente allí afuera haya alguien aún mejor.
—¿A sí? Dame su número de teléfono antes de irte de regreso al paraíso.
Jane sonrió un poquito, luego se puso seria.
—No harás nada estúpido, ¿verdad?
—¿Hablas de suicidio? Nah. Pero no puedo prometerte que no me emborracharé hasta quedar atontado unas cuantas veces en los próximos meses.
—Solo hazlo en privado. Tienes una reputación de hijo de puta que mantener.
 Sonrió un poco.
—Que pensará el departamento.
—Exacto. —Hubo un momento de silencio—. Será mejor que me vaya.
La miró fijamente a través de la habitación.
—Dios, se siente como si realmente estuvieras aquí.
—No estoy. Esto es solo un sueño. —Se dejo desvanecer lentamente mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. Adiós, Manny, mi querido amigo.
Él levantó la mano y habló a través de lo que obviamente era una garganta estrangulada.
—Ven a verme alguna vez.
—Tal vez.
—Por favor.
—Veremos.
Era gracioso, pensó, mientras se evaporaba, tenía la extraña sensación de que lo vería otra vez.
Sip, era extraño. Igual que la visión del accidente de coche y el presentimiento que había tenido de que ya no iba a regresar al St. Francis, sabía que su camino y el de Manny Manello volverían a cruzarse.
El pensamiento la alivió. Odiaba dejarlo atrás. Realmente lo odiaba.




[1] Tienda de venta de artículos deportivos.
[2] Jack Daniels marca de whisky

No hay comentarios: