sábado, 21 de mayo de 2011

AMANTE DESATADO/CAPITULO 7 8 9


El departamento de Urgencias T. Wibble Jones del Centro Médico St. Francis era una obra de arte gracias a la generosa donación de su benefactor homónimo. Inaugurado hacía apenas un año y medio, el Complejo de cincuenta mil pies cuadrados estaba construido en dos partes, cada cual con dieciséis áreas de tratamiento. Los pacientes de urgencias eran admitidos alternativamente en el área A o B y permanecían con el grupo que les fuera asignado hasta que eran dados de alta, admitidos o enviados a la morgue.
A lo largo del centro de las instalaciones estaba lo que el personal médico llamaba el “box”. El box era estrictamente para admisiones de urgencia, de las que había dos tipos: los “ruedas” que llegaban en ambulancia y los “techos” que venían volando hacia la pista de aterrizaje que estaba once pisos por encima. Los techos tendían a ser casos más difíciles y los traían en helicóptero desde un radio de aproximadamente ciento cincuenta millas a la redonda de Caldwell. Para esos pacientes, había un ascensor exclusivo que los dejaba justo en el box. Era lo suficientemente grande para que entraran dos camillas y diez miembros del personal médico al mismo tiempo.
Las instalaciones de urgencias tenían seis áreas abiertas para pacientes, cada una equipada con rayos X, equipo de ecografías, válvulas de oxígeno, suministros médicos y suficiente espacio para moverse cómodamente. El centro de operaciones, la torre de control, estaba justo en el medio, un cónclave de ordenadores y personal que trágicamente, siempre estaba esperando. A cualquier hora había al menos un médico de admisión, cuatro residentes y seis enfermeras, normalmente tenían dos o tres pacientes en el lugar.
Caldwell no era, ni por casualidad, tan grande como Manhattan, pero tenía mucha violencia de bandas, tiroteos relacionados con drogas y accidentes de tráfico. Además, con casi tres millones de habitantes, veías una interminable variedad de humanos con errores de cálculo: una pistola de clavos se disparaba en el estómago de alguien porque un tipo había tratado de arreglar la cremallera de sus vaqueros con ella; una flecha atravesaba un cráneo porque alguien quería probar que tenía una excelente puntería y estaba equivocado; el marido se imaginaba que sería admirable reparar el horno y recibía una descarga de doscientos cuarenta voltios porque no lo había desenchufado antes.
Jane vivía en el box y le pertenecía. Como jefa del departamento de Trauma, era administrativamente responsable de todo lo que ocurría en esas seis áreas, pero también estaba entrenada tanto como médico en el departamento de Urgencias como cirujana de urgencias, así que tenia mucha práctica. En el transcurso del día a día, tomaba decisiones acerca de quién debía subir al quirófano y muchas veces entraba a hacer el trabajo de hilo y aguja.
Mientras esperaba a su paciente de herida de bala, revisó las historias de los dos pacientes que estaban siendo tratados en ese momento y miró por encima del hombro de los residentes y enfermeras mientras trabajaban. Cada miembro del equipo de urgencias era elegido por Jane, y cuando reclutaba, no iba necesariamente tras los del tipo Ivy League[1] aunque ella misma había estudiado en Harvard. Lo que buscaba, eran las cualidades de un buen soldado, o como le gustaba llamarlo, la disposición mental de “No Jodas, Sherlock”. Inteligencia, vitalidad y sangre fría. Especialmente sangre fría. Tenías que ser capaz de permanecer en calma en una crisis si ibas a conocer el box de la A a la Z.
Pero eso no significaba que la compasión no fuera necesaria en cada cosa que hacían.
Generalmente, la mayor parte de los pacientes de urgencias no necesitaban que les sostuvieras la mano ni que los confortaras. Tendían a estar narcotizados o conmocionados debido a que estaban perdiendo sangre como un colador, tenían una parte de su cuerpo congelada en un frigorífico o tenían el setenta y cinco por ciento de su piel quemada. Lo que los pacientes necesitaban eran carros de reanimación con gente bien entrenada y sensata para manejar las paletas.
Las familias y seres queridos, sin embargo, siempre necesitaban bondad y simpatía, y ser reconfortados si era posible. Vidas eran destruidas o resucitadas todos los días en el box, y no eran sólo las personas que estaban en las camillas las que dejaban de respirar o comenzaban a hacerlo nuevamente. Las salas de espera estaban llenas de otras personas que se veían afectadas: maridos, esposas, padres, hijos…
Jane sabía lo que era perder a alguien que era parte de ti mismo y mientras trabajaba era muy consciente de la parte humana de la medicina y la tecnología. Se aseguraba de que su gente estuviera en su misma sintonía. Para trabajar en el box, tenías que ser capaz de afrontar los dos aspectos del trabajo, necesitabas una mentalidad de campo de batalla y saber empatizar con los pacientes. Como le decía a su personal, siempre había tiempo de tender la mano a alguien, escuchar sus problemas o de ofrecer un hombro en el que llorar, porque en un parpadeo podías estar en el otro extremo de la conversación. Después de todo, la tragedia no discriminaba, por lo que todo el mundo estaba sujeto a los mismos caprichos del destino. Sin importar el color de piel o la cantidad de dinero que tuvieras, si eras homosexual o heterosexual, un ateo o un verdadero creyente. Desde el lugar que ocupaba, veía a todo el mundo como un igual. Que era amado por alguien en algún lugar.
Se le acercó una enfermera.
—El doctor Goldberg acaba de avisar que está enfermo.
—¿Es esa gripe?
—Si, pero le pidió al doctor Harris que lo cubriera.
Dios bendiga el corazón de Goldberg.
—¿Nuestro hombre necesita algo?
La enfermera sonrió.
—Dijo que su esposa estuvo encantada de poder verlo cuando se despertó. Sarah le está preparando sopa de pollo en un absoluto estado de alborozo.
—Bien. Necesita algo de tiempo libre. Lástima que no lo vaya a disfrutar.
—Sip. Mencionó que le iba a hacer ver en DVD todas las películas diurnas que se habían perdido durante los últimos seis meses.
Jane se echó a reír.
—Eso le hará ponerse peor. Oh, escucha, quiero hacer una revisión completa del caso Robinson. No podíamos hacer nada más por él, pero creo que de cualquier forma necesitamos repasar su muerte.
—Tenía el presentimiento de que querrías hacer eso. Lo arreglé para el día después de que vuelvas de tu viaje.
Jane le dio a la enfermera un leve apretón en la mano.
—Eres un sol.
—Nah, es sólo que conozco a nuestra jefa —sonrió—. Nunca los dejas ir sin examinar y volver a comprobar todo el caso por si algo se hubiera podido hacer de forma diferente.
Eso era completamente cierto. Jane recordaba a cada paciente que había muerto en el box, tanto si había sido ella la que lo había admitido como si no y tenía a los fallecidos catalogados en la mente. De noche, cuando no podía dormir, los nombres y rostros desfilaban por su mente como un antiguo microfilm hasta que pensaba que iba a volverse loca de pasar lista.
Su lista de muertos era el perfecto estímulo y estaba condenada si el paciente herido de bala que estaba llegando se sumaba a ella.
Jane se acercó a un ordenador y reprimió la tristeza por el paciente. Esto iba a ser una batalla. Se estaba hablando de una puñalada y una bala alojada en la cavidad torácica y dado el lugar donde había sido encontrado estaba dispuesta a apostar que era o un traficante de drogas que estaba haciendo negocios en el territorio equivocado o un gran comprador que había sido traicionado. En cualquier caso, era improbable que tuviera un seguro sanitario, aunque eso no importaba. El St. Francis aceptaba a todos los pacientes, sin importar si podían pagar o no.
Tres minutos después, las puertas dobles se abrieron y la crisis entró a gran velocidad, como impulsada por una honda. El señor Michael Klosnik estaba inmovilizado en la camilla, era un gigante caucásico con gran cantidad de tatuajes, un par de pantalones de cuero y perilla. El paramédico en su cabecera le estaba insuflando aire con un respirador, mientras que otro sostenía el equipo y lo apretaba.
—En el área cuatro —les dijo Jane a los paramédicos—. ¿Que tenemos?
El tipo que le estaba dando aire con el balón dijo:
 —Le pusimos dos intravenosas con suero. La presión arterial es de sesenta sobre cuarenta y bajando. El ritmo cardíaco está en ciento cuarenta. La respiración es de cuarenta. Esta intubado oralmente. Sufrió fibrilación ventricular de camino hacia aquí. Le dimos doscientos julios. El ritmo sinusal es de ciento cuarenta.
En el área cuatro, los médicos detuvieron la camilla y le pusieron el freno mientras el personal del box se unía. Una enfermera se sentó en una pequeña mesa para registrarlo todo. Otras dos esperaban listas para entregar los instrumentos a Jane y una cuarta se preparó para cortar los pantalones de cuero del paciente. Un par de residentes deambulaban por allí para observar o ayudar si se les necesitaba.
—Tengo la billetera —dijo el paramédico, entregándosela a la enfermera que tenía las tijeras.
—Michael Klosnick, treinta y siete años —leyó—. La foto del documento de identidad esta borrosa, pero… podría ser él, asumiendo que se hubiera teñido el cabello de negro y dejado crecer la perilla después de que se la sacaran.
Le entregó la billetera a su colega que estaba tomando notas y luego comenzó a cortar los pantalones.
—Veré si está en el archivo —dijo la otra mujer mientras tecleaba en el ordenador—. Lo encontré… espera, esto… debe ser un error. No, la dirección es correcta, el año está equivocado.
Jane maldijo en voz baja.
—Puede que haya problemas con el nuevo sistema de registro informático, así que no quiero fiarme de la información que sale allí. Tomad una muestra de sangre y una radiografía del tórax enseguida.
Mientras le sacaban sangre, Jane hizo un rápido examen preliminar. La herida de bala era un limpio agujero justo al lado de una especie de cicatriz que tenía en el pectoral. Un riachuelo de sangre era todo lo que se veía externamente dando pocas pistas del daño que pudiera haber ocasionado en el interior. La herida de cuchillo estaba aproximadamente igual. No había mucho daño en la superficie. Esperaba que los intestinos no hubieran sido perforados.
Le echó un vistazo al resto del cuerpo, viendo cantidad de tatuajes… Wow. Esa era una tremenda y antigua herida en la ingle.
—Dejadme ver los rayos X y quiero una ecografía del corazón…
Un gritó desgarró la sala de operaciones.
Jane giró la cabeza bruscamente hacia la izquierda. La enfermera que había estado quitándole la ropa al paciente estaba en el suelo sufriendo un ataque con convulsiones, los brazos y las piernas se agitaban contra las baldosas. En su mano tenía el guante negro que llevaba el paciente.
Por medio segundo todo el mundo se quedó congelado.
—Sólo le tocó la mano y cayó —dijo alguien.
—¡De vuelta a la diversión! —cortó Jane—. Estevez, ocúpate de ella. Quiero saber cómo está de inmediato. El resto, concentrarse. ¡Ahora!
Sus órdenes hicieron que el personal entrara en acción. Todo el mundo volvió a enfocarse mientras la enfermera era conducida hacia el área contigua y Estevez, uno de los residentes, comenzaba a tratarla.
Los rayos X del tórax salieron bastante bien, pero por alguna razón la ecografía del corazón era de mala calidad. No obstante, ambos revelaban exactamente lo que Jane esperaba. El pericardio taponado por una herida de bala en el ventrículo derecho, la sangre se había filtrado a la bolsa del pericardio y estaba comprimiendo el corazón, comprometiendo su función y causando que bombeara mal.
—Haced una ecografía del abdomen mientras gano algo de tiempo con el corazón. —Habiendo determinado la situación de la herida más apremiante, Jane deseaba más información sobre la puñalada—. Y en cuanto terminéis con eso, quiero que ambas máquinas sean revisadas. Algunas de estas imágenes del tórax tienen una sombra.
Cuando un residente se puso a trabajar sobre el estómago del paciente con la sonda para la ecografía, Jane blandió una aguja para anestesia número veintiuno y la ajustó a una jeringa de cincuenta centímetros cúbicos. Después de que la enfermera hubiera pasado Betadine por el pecho del hombre, Jane atravesó la piel y navegó por la anatomía ósea, abriendo una brecha en la bolsa del pericardio y sacando cuarenta centímetros cúbicos de sangre para aliviar la presión del pericardio.
Mientras tanto, dio órdenes de que prepararan el quirófano dos en la planta superior y que le dijeran al equipo de bypass cardíaco que se preparara.
Le dio la jeringa a la enfermera para que la tirara.
—Veamos el abdomen.
La máquina definitivamente estaba mal ya que las imágenes no eran todo lo claras que debían ser. Sin embargo, mostraban buenas noticias, lo que confirmó al palpar el contorno. Ningún órgano interno parecía estar gravemente afectado.
—Ok, el abdomen parece que está bien. Llevémoslo arriba inmediatamente.
Al salir del box, asomó la cabeza en el área donde Estevez estaba tratando a la enfermera.
—¿Cómo está?
—Se está recuperando. —Estevez negó con la cabeza—. Su corazón se ha estabilizado después de darle una sacudida con las paletas.
—¿Estaba fibrilando? Cristo.
—Igual que el tipo del teléfono que ingresó ayer. Como si la hubiera golpeado una descarga eléctrica.
—¿Llamaste a Mike?
—Sip, su esposo está en camino.
—Bien. Cuida de nuestra chica.
Estevez asintió y miró a su colega.
—Siempre.
Jane alcanzó al paciente que estaba siendo trasladado por el personal hacia el ascensor que llevaba a la planta de cirugía. Ya en el piso de arriba se lavó mientras las enfermeras lo colocaban sobre la mesa. A su petición, un equipo de instrumental para cirugía cardiotorácica y la máquina de bypass habían sido preparadas, mientras que las ecografías y placas hechas en la planta baja brillaban en la pantalla del ordenador.
Con ambas manos enguantadas y mantenidas en alto, separadas del cuerpo, volvió a revisar las pruebas torácicas. A decir verdad, ambas eran defectuosas, granuladas y con esas sombras, pero podía ver lo suficiente como para orientarse. La bala estaba alojada en los músculos de la espalda y la iba a dejar allí. Los riesgos inherentes a su extracción eran mayores que si la dejaba en paz, y de hecho, la mayoría de las víctimas de herida de bala, dejaban el box con el trofeo de plomo en el mismo lugar donde se alojaba.
Frunció el ceño y se inclinó más cerca de la pantalla. Interesante bala. Era redonda, no con la forma oblonga típica de las balas que estaba habituada a ver dentro de sus pacientes. Aún así, aparentemente parecía estar hecha de plomo común y corriente.
Jane se acercó a la mesa donde el paciente había sido conectado a la máquina de anestesia. Su pecho había sido preparado, las regiones que lo rodeaban estaban cubiertas por paños quirúrgicos. El color anaranjado del Betadine lo hacía ver como si tuviera un falso bronceado mal aplicado.
—No haremos bypass. No quiero perder el tiempo. ¿Tenemos sangre de su tipo a mano?
Una de las enfermeras habló desde la izquierda.
—La tenemos, aunque no encontramos su tipología.
Jane la miró por encima del paciente.
—¿No lo encontraron?
—La lectura de la muestra se devolvió como indeterminada. Pero tenemos ocho litros del tipo O.
Jane frunció el ceño.
—Ok, manos a la obra.
Usando un escalpelo láser hizo una incisión sobre el pecho del paciente, luego corto el esternón y uso un separador de costillas para abrir la cavidad del corazón, exponiendo…
Jane se quedó sin respiración.
Santa
—…mierda —otra persona terminó la frase.
—Succión. —Cuando hubo una pausa, levantó la vista hacia el enfermero que la asistía—. Succión, Jacques. No importa como se ve. Puedo arreglarlo… siempre y cuando pueda tener una vista clara de la endemoniada cosa.
Hubo un sonido como de siseo cuando la sangre fue absorbida y luego pudo echarle un buen vistazo a una anomalía física que nunca había visto antes: un corazón con seis cavidades en un pecho humano. Esa “sombra” que había visto en las ecografías era, de hecho, un par extra de cavidades.
—¡Fotos! —gritó—. Pero por favor, hacedlo rápido.
Hombre, el departamento de Cardiología va a volverse loco con esto. Pensó mientras sacaban las fotografías. Nunca antes había visto algo así… aunque el agujero desgarrado en el ventrículo izquierdo le era absolutamente familiar. Había visto muchos de estos.
—Sutura —dijo.
Jacques le puso un par de pinzas en la palma de la mano, el instrumento de acero portaba una aguja curva con hilo negro en el extremo. Con la mano izquierda, Jane tomó la parte de atrás del corazón, tapó el extremo del agujero con el dedo y cosió el impacto que estaba en la parte delantera del área hasta cerrarlo. El siguiente paso sería levantar el corazón sacándolo del saco del pericardio y hacer lo mismo en la parte trasera.
El tiempo total transcurrido era menor a seis minutos. Luego soltó el separador de costillas, las puso donde se suponía que debían estar y usó alambre de acero para unir las dos mitades del esternón. Justo cuando estaba a punto de graparlo desde el diafragma hasta la clavícula, el anestesista habló y la máquina comenzó a sonar.
—La presión arterial es de sesenta sobre cuarenta y está descendiendo.
Jane practicó el protocolo de fallo cardíaco y se inclinó sobre el paciente.
—Ni siquiera se te ocurra pensar en ello —le dijo bruscamente—. Si te me mueres me voy a enfadar mucho.
Desde ninguna parte, y contra toda lógica médica, los ojos del hombre parpadearon hasta abrirse y enfocarse en ella.
Jane se apartó bruscamente. Dios querido… sus iris tenían el incoloro esplendor de los diamantes, brillando tanto que le recordaban la luna de invierno en una noche despejada. Y por primera vez en su vida, se quedó pasmada, incapaz de moverse. Al enlazar sus miradas, era como si estuvieran ligados cuerpo a cuerpo, enroscados y entrelazados, indivisibles…
—Está fibrilando otra vez —ladró el anestesista.
Jane volvió bruscamente a la realidad.
—Quédate conmigo —le ordenó al paciente—. ¿Me oyes? Quédate conmigo.
 Hubiera podido jurar que el tipo asintió antes de cerrar los párpados. Y volvió al trabajo de salvarle la vida.

—Debes tranquilizarte respecto a ese incidente con el lanzador de patatas —dijo Butch.
Phury puso los ojos en blanco y se reclinó sobre la banqueta.
—Rompisteis mi ventana.
—Por supuesto que lo hicimos. V y yo estábamos apuntando hacía ella.
—Dos veces.
—Eso prueba que somos notables tiradores.
—La próxima vez, por favor podríais escoger la de otra persona… —Phury frunció el ceño y apartó el Martini de sus labios. Sin ninguna razón aparente, sus instintos habían cobrado vida, todos aguzados y sonando como una máquina tragaperras. Echó un vistazo a su alrededor en la sección VIP, buscando algo que tuviera aspecto de problemas—. Hey, poli, sientes…
—Algo no va bien —dijo Butch mientras se frotaba el centro del pecho, luego tomó la gruesa cruz de oro que tenía debajo de la camisa—. ¿Qué demonios está pasando?
—No lo sé. —Phury volvió a recorrer con la vista la multitud que había en la sección VIP. Hombre, era como si un repugnante olor se hubiera colado en la habitación, coloreando el aire con algo que hacía que tu nariz quisiera buscarse un nuevo trabajo. Y aún así no había nada fuera de lugar.
Phury cogió el teléfono y llamó a su gemelo. Cuando Zsadist atendió, lo primero que preguntó fue si estaba bien.
—Estoy bien, Z, pero tú también lo percibiste, ¿huh?
Al otro lado de la mesa, Butch levantó el teléfono hacia su oreja.
—¿Cariño? ¿Estás bien? ¿Está todo bien? Sip, no lo sé… ¿Wrath quiere hablar conmigo? Si, seguro, ponlo al… Hey, gran hombre. Sip. Phury y yo. Si. No. ¿Rhage está contigo? Bien. Si, llamaré a Vishous enseguida.
Después de que el poli colgara, presionó un par de teclas y el teléfono regresó a su oído. El poli frunció las cejas.
—¿V? Llámame. En cuanto escuches esto.
Terminó la llamada al mismo tiempo que Phury colgó a Z.
Ambos se reclinaron en sus asientos. Phury se puso a juguetear con su bebida. Butch jugó con la cruz.
—Tal vez fue a su ático a encontrarse con una hembra —dijo Butch.
—Me dijo que iba a hacerlo a primera hora de la noche.
—Bien. Entonces tal vez esté en medio de una pelea.
—Sip. Nos llamará en cualquier momento.
Aunque los teléfonos de la Hermandad tenían chips GPS insertados, el de V no funcionaba si tenía el teléfono con él, así que llamar al Complejo y tratar de rastrear su móvil no iba a ser de mucha ayuda. V culpaba a su mano de entorpecer esa función, asegurando que fuera lo que fuera lo que la hacía brillar causaba una alteración eléctrica o magnética. Seguro que afectaba a la calidad de las llamadas. Cada vez que llamabas a V había una interferencia en la línea, aunque estuviera en una línea de tierra.
Phury y Butch duraron un minuto y medio antes de mirarse el uno al otro y hablar al mismo tiempo.
—Te importa si nos damos una vuelta…
—Que te parece si vamos…
Ambos se pusieron de pie y se dirigieron a la salida de emergencia que estaba en una puerta lateral del club.
Al llegar al callejón de afuera, Phury miró el cielo nocturno.
—¿Quieres que me desmaterialice hacia su casa inmediatamente?
—Si. Hazlo.
—Necesito la dirección. Nunca he estado allí antes.
—Commodore. El último piso, en la esquina suroeste. Esperaré aquí.
Para Phury fue cuestión de un momento ubicarse en la ventosa terraza del elegante ático situado unas diez manzanas más cerca del río. Ni siquiera se molestó en acercarse a la pared de vidrio. Podía percibir que su hermano no estaba dentro y volvió junto a Butch en lo que tarda un latido de corazón.
—Nop.
—Así que está cazando… —el poli se congeló, una extraña y fija expresión golpeó su rostro. Su cabeza giró bruscamente hacia la derecha—. Lessers.
—¿Cuántos? —preguntó Phury, abriendo su chaqueta. Desde que Butch había tenido su encuentro con el Omega, había sido capaz de detectar a los asesinos como si fueran putas monedas para un detector de metales.
—Un par. Hagámoslo rápido.
—Totalmente de acuerdo.
Los lessers aparecieron en la esquina, le dieron un vistazo a Phury y Butch y se pusieron en guardia. El callejón de la parte externa del ZeroSum no era el mejor lugar para luchar, pero con suerte y debido a que la noche estaba muy fría, no habría humanos en los alrededores.
—Estoy a cargo de la limpieza —dijo Butch.
—Entendido.
Ambos arremetieron contra el enemigo.




[1] Ivy League. Una asociación de ocho universidades y colegios del noreste de Estados Unidos que comprende a Brown, Columbia, Cornell, Dartmouth, Harvard, Princeton, la Universidad de Pennsylvania, y Yale.



Dos horas más tarde, Jane abrió la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos Quirúrgicos. Ya había recogido sus pertenencias y estaba lista para irse a casa, el bolso de cuero en el hombro, las llaves del coche en la mano, y el chubasquero puesto. Pero no se iría sin antes ver al paciente herido por arma de fuego.
Al llegar al control de enfermería, la mujer del otro lado del mostrador la miró.
—Hey doctora Whitcomb, ¿vino a controlar a su ingreso?
—Sip, Shalonda. Ya me conoces… no puedo abandonarlos. ¿Que habitación le asignaste?
—La número seis. Faye esta con él, asegurándose que este cómodo.
—¿Veis por que os amo chicas? El mejor personal de UCIQ de la ciudad. Por cierto, ¿ha venido alguien a verle? ¿Encontramos algún familiar cercano?
—Llamé al número que había en su expediente médico. El tipo que respondió dijo que había vivido en ese apartamento los últimos diez años y que nunca había escuchado hablar de Michael Klosnick. Así que la dirección era falsa.
Mientras Shalonda ponía los ojos en blanco, las dos dijeron al mismo tiempo:
—Asuntos de drogas.
Jane sacudió la cabeza.
—No me sorprende.
—Ni a mí. Esos tatuajes en el rostro no encajan con un corredor de seguros.
—No a menos que trabaje para un grupo de luchadores profesionales.
Shalonda aún reía cuando Jane la saludó con la mano y comenzó a bajar por el pasillo. La número seis estaba al final del pasillo a mano derecha, y mientras caminaba comprobó otros dos pacientes a los que había operado, uno con el intestino perforado por una liposucción que había salido mal y otro que había quedado empalado contra la mediana en un accidente de moto.
Las habitaciones de la UCIQ eran de veinte pies cuadrados por veinte de pura actividad. Cada una tenía el frente de cristal, con una cortina que podía ser cerrada para tener intimidad, y no eran el tipo de habitación que contaba con una ventana, un póster de Monet o una TV pasando a Regis y Kelly[1] en ella. Si estabas lo bastante bien como para preocuparte por lo que podías ver en el aparato, no pertenecías allí. Las únicas pantallas e imágenes eran las del equipo de monitores que rodeaban la cama.
Cuando Jane llego a la número seis, Faye Montgomery, una verdadera veterana, que estaba comprobando el suero del paciente, levantó la vista.
—Buenas tardes doctora Whitcomb.
—¿Como estas Faye? —Jane dejó su bolso y tomó el expediente médico que estaba en un casillero en forma de bolsillo colgado junto a la puerta.
—Estoy bien y antes de que preguntes, esta estable, lo que es asombroso.
Jane le echó una hojeada a las estadísticas mas recientes.
—No me digas.
Estaba por cerrar el expediente médico cuando frunció el ceño ante el número que vio en la esquina izquierda. El identificador de diez dígitos asignado al paciente tenía miles y miles de números de diferencia con los que se les daba a las nuevas admisiones. Examinó la fecha en que el expediente había sido creado por primera vez: 1974. Hojeándolo encontró dos admisiones anteriores en el departamento de Urgencias. Una por herida de cuchillo, la otra por sobredosis de drogas. Las fechas eran de los años 71 y 73.
Ah demonios, ya había visto esto antes. Los ceros y los sietes podían parecerse cuando se escribía rápidamente. El hospital no había informatizado los registros hasta finales del 2003 y anteriormente todo se escribía a mano. Claramente este registro había sido trascrito por procesadores de texto que habían malinterpretado los datos. En vez de 01 y 03, la persona había trascrito la fecha en los años setenta.
Salvo que… la fecha de nacimiento no tenía sentido. Con la que figuraba allí, el paciente habría cumplido los treinta y siete años tres décadas atrás.
Cerró el expediente y colocó la mano sobre el.
—Debemos obtener más precisión del servicio de trascripciones.
—Lo se. Noté lo mismo. Escucha, ¿deseas estar algún tiempo a solas con él?
—Sip, sería bueno.
Faye se detuvo junto a la puerta.
—Escuché que estuviste bastante impresionante en el quirófano esta noche.
Jane sonrió un poco.
—El equipo estuvo impresionante. Yo solo hice mi parte. Hey, olvidé decirle a Shalonda que apostaré por UK en la Locura de Primavera[2]. ¿Podrías…
—Sip. Y antes de que lo preguntes, si, apostó de nuevo por Duke este año.
—Bien, podremos insultarnos una a la otra por otras seis semanas.
—Es por eso por lo que los escogió. Está haciendo un servicio público para que el resto de nosotros podamos observaos pelear. Sois muy generosas.
Después de que Faye se marchara, Jane corrió la cortina y se acercó a la cama. La respiración del paciente era asistida por el equipo a través de la intubación y sus niveles de oxígeno eran aceptables. La presión arterial era estable, aunque un poco baja. El ritmo cardiaco era lento y reflejaba una lectura extraña en el monitor, pero bueno, tenía seis cavidades latiendo.
Cristo, ese corazón.
Se inclinó sobre él y estudio sus rasgos. Caucásico, probablemente originario de Europa Central. Guapo, no es que eso importara, aunque la belleza estaba un poco empañada por los tatuajes que tenía en la sien. Se acercó, estudiando la tinta en su piel. Tenía que admitir que estaban bellamente hechos, los intrincados diseños parecían caracteres chinos y jeroglíficos combinados. Se imaginó que los símbolos debían estar relacionados con la banda a la que pertenecía, a pesar de que no pacería un chico que jugara a la guerra; era más feroz, como un soldado. ¿Tal vez los tatuajes fueran algo relacionado con las artes marciales?
Cuando observó el tubo que tenía insertado en la boca, notó algo extraño. Empujó con los pulgares su labio inferior apartándolo. Sus caninos eran muy pronunciados. Curiosamente afilados
Cosmética, no había duda. En estos días las personas hacían toda clase de cosas espeluznantes con su apariencia, y él ya había marcado su rostro.
Levantó la delgada manta que lo cubría. El vendaje de la herida del pecho estaba bien, así que bajo por el cuerpo, apartando las mantas del camino. Inspeccionó el vendaje de la puñalada, luego palpó el área abdominal. Mientras apretaba suavemente para sentir los órganos internos, observó los tatuajes que tenía sobre el área púbica, luego se concentró en las cicatrices que tenía alrededor de la ingle.
Había sido parcialmente castrado.
Dada la desastrosa cicatriz no había sido una extirpación quirúrgica, más bien el resultado de un accidente. O al menos esperaba que hubiera sido accidental, por que la única otra explicación sería la tortura.
Miró fijamente su rostro mientras le cubría. En un impulso, colocó la mano sobre su antebrazo y apretó.
—Has tenido una vida dura, ¿no es así?
—Sip, pero eso me ha hecho bueno.
Jane se giró.
—¡Jesús¡ Manello, me asustaste.
—Lo siento, solo quería echarle un vistazo. —El jefe fue hacia el otro lado de la cama, recorriendo al paciente con los ojos—. Sabes, no creo que hubiera sobrevivido bajo el cuchillo de otro.
—¿Has visto las fotos?
—¿Del corazón? Si. Quiero enviárselas a los chicos de Columbia para que le den un vistazo. Podrás preguntarles lo que piensan cuando estés allí.
Ella lo dejó pasar.
—No dimos con su tipo de sangre.
—¿En serio?
—Si consiguiéramos su consentimiento, creo que deberíamos hacerle un estudio completo, incluso los cromosomas.
—Ah si, tu segundo amor. Genes.
Era gracioso que lo recordara. Probablemente le hubiera mencionado solo una vez como casi terminó siendo investigadora genética.
Con la emoción de un adicto, Jane recordó el interior del paciente, vio el corazón en su mano, sintió el órgano en su puño mientras le salvaba la vida.
—Podría representar una fascinante oportunidad clínica. Dios, me encantaría estudiarlo. O al menos participar en el estudio.
El suave pitido de los monitores parecía aumentar en el silencio entre ellos hasta que momentos después una especie de certeza le cosquilleó la nuca. Levantó la vista. Manello estaba mirándola fijamente, con el rostro solemne, la gruesa mandíbula apretada, las cejas fruncidas.
—¿Manello? —frunció el ceño—. ¿Estas bien?
—No te vayas.
Para evitar sus ojos miró hacia abajo, a la sábana que había doblado y metido bajo el brazo del paciente. Ociosamente alisó la blanca extensión… hasta que le recordó algo que su madre solía hacer.
Detuvo la mano.
—Puedes encontrar a otro ciruj…
—Que se joda el departamento. No quiero que te vayas porque… —Manello se pasó la mano por el espeso cabello negro—. Cristo, Jane. No quiero que te vayas porque te extrañaría como el infierno, y porque… mierda, te necesito, ¿vale? Te necesito aquí. Conmigo.
Jane pestañó como una idiota. En los pasados cuatro años, nunca había habido ni una sugerencia de que el hombre se sintiera atraído por ella. Seguro, estaban unidos y todo eso. Y era la única que podía calmarlo cuando se enfadaba. Y vale, sí, hablaban del funcionamiento interno del hospital todo el tiempo, aún después de hora. Y comían juntos cada noche cuando estaban de guardia y… él le había contado sobre su familia y ella le había contado sobre la suya…
Diablos.
Si, pero el hombre era la propiedad más caliente en todo el hospital, y ella era tan femenina como… bien, una mesa de operaciones.
Ciertamente tenía tantas curvas como una.
—Vamos Jane, ¿que tan despistada puedes ser? Si me dieras un pequeño indicio estaría dentro de tu pijama al instante.
—¿Estas loco? —boqueó.
—No. —Apretó los parpados—. Estoy muy, muy lucido.
Enfrentado la sensual expresión de noche de verano, el cerebro de Jane se fue de vacaciones. Simplemente salió volando de su cráneo.
—No parece correcto —farfulló.
—Seríamos discretos.
—Peleamos. —¿Que demonios salía de su boca?
—Lo se. —Sonrío curvando los carnosos labios—. Eso me gusta, nadie me enfrenta excepto tu.
Le miró por encima del paciente, aun tan atónita, que no sabía que decir. Dios, había pasado tanto tiempo desde que la última vez que había habido un hombre en su vida. En su cama. En su cabeza. Tanto condenado tiempo. Eran años de ir a su hogar en el condominio, ducharse sola, acostarse sola, despertarse sola e ir al trabajo sola. Con ambos padres muertos, no tenía familia y debido a las horas que pasaba en el hospital, ningún círculo externo de amigos. La única persona con la que realmente hablaba era… bueno, Manello.
Mientras le miraba ahora, se le ocurrió que esa era realmente la razón por la que se marchaba, aunque no solamente porque se interponía en su camino en el departamento. En algún nivel sabía que esta conversación íntima llegaría, y había querido correr antes de que lo hiciera.
—El silencio —murmuró Manello—, no es algo bueno en este momento, a menos que estés tratando de expresar algo así como “Manello te he amado durante años, vayamos a tu apartamento y pasemos los siguientes cuatro días en posición horizontal”
—Ya es mañana —dijo automáticamente.
—Puedo decir que estoy enfermo. Decir que tengo esa gripe. Y como tu jefe, puedo ordenarte que hagas lo mismo —se inclinó sobre el paciente—. No vayas a Columbia mañana. No te vayas. Veamos hasta donde podemos llevar esto.
Jane miró hacia abajo y comprendió que estaba mirando fijamente las manos de Manny… sus fuertes y anchas manos, que habían curado tantas caderas, hombros y rodillas, salvando las carreras y la felicidad tanto de atletas profesionales y aficionados por igual. Y no solamente operaba a los jóvenes y atléticos. También había conservado la movilidad de los ancianos, los heridos y los afectados por el cáncer, ayudando a muchos a mantener la función de sus brazos y piernas.
Trató de imaginarse esas manos en su piel.
—Manny… —murmuró— es una locura.

Cruzando la ciudad, en el callejón que estaba en la parte externa del ZeroSum, Phury se alzó por encima del inmóvil cuerpo de un lesser pálido como un fantasma. Con la daga negra, había abierto una enorme herida en el cuello de la cosa y la negra sangre bombeaba sobre el asfalto cubierto por nieve semiderretida. Su instinto era apuñalar a la cosa en el corazón y enviarlo de vuelta al Omega. Pero esa era la antigua forma. La nueva era mejor.
Aunque le costaba a Butch. Muchísimo.
—Este está listo para ti —dijo Phury y retrocedió.
Butch se adelantó, sus botas crujieron al atravesar los helados charcos. Su rostro estaba sombrío, los comillos alargados. Ahora llevaba el olor dulzón a talco de bebé de sus enemigos. Había terminado con el asesino con el que había estado luchando, hecho su asunto especial, y ahora lo haría nuevamente.
Cuando se arrodilló, el poli, lucia al mismo tiempo motivado y dolorido. Plantó las manos a cada lado del descolorido rostro del lesser, y se inclinó sobre él. Abriendo la boca, se colocó sobre los labios del asesino y comenzó a inhalar larga y lentamente.
Los ojos del lesser llamearon cuando una niebla negra se elevó de su cuerpo y fue absorbida por los pulmones de Butch. No hubo pausa en la inhalación, ninguna pausa en la succión, solo una firme corriente del mal pasando de un recipiente a otro. Al final, sus enemigos se convertían en nada más que cenizas grises, los cuerpos colapsaban y luego se fragmentaban convirtiéndose en fino polvo que era arrastrado por el viento frío.
Butch se tambaleó, después cedió del todo, cayendo de costado sobre el nevado suelo del callejón. Phury se acercó y extendió la mano…
—No me toques —la voz de Butch fue un mero resuello—. Te enfermaras.
—Déjame…
—¡No! —Butch se apoyó en el suelo empujando para levantarse—. Solo dame un minuto.
Phury se mantuvo de pie cerca del poli, cuidándolo y manteniendo un ojo en el callejón en caso de que vinieran más.
—¿Quieres ir a casa? Iré a buscar a V…
—Joder, no —el poli alzó los ojos color avellana—. Es cosa mía. Y yo iré a buscarlo.
—¿Estas seguro?
Butch se puso de pie y a pesar de que su cuerpo ondeaba como una bandera, estaba como la luz verde del semáforo.
—Vamos.
Phury se puso a la par del tipo y ambos bajaron por la calle Trade, pero no le agradaba el aspecto del rostro de Butch. El poli tenía la expresión visiblemente perdida de alguien cuyo procesador se hubiera congelado, pero no parecía como que fuera a renunciar a no ser que cayera de bruces.
Mientras los dos recorrían el hoyo urbano de Caldwell y no encontraban una puta mierda. La situación de ausencia-de-V claramente hacía que Butch se sintiera peor.
 Estaban en el mismo límite del centro, cerca de la avenida Redd, cuando Phury se paró.
—Deberíamos volver. Dudo que hubiera venido tan lejos.
Butch se detuvo. Miró a su alrededor. Y dijo con una voz apagada:
—Hey, mira. Este es el viejo edificio de apartamentos de Beth.
—Tenemos que dar la vuelta.
El poli sacudido la cabeza y se frotó el pecho.
—Tenemos que seguir.
—No digo que dejemos de buscar, pero ¿por que se alejaría tanto? Estamos en el borde del área residencial. Demasiados ojos podrían ver la lucha, así que no vendría hasta aquí buscándola.
—Phury, tío ¿y si lo atracaron? No hemos visto a otro lesser esta noche, ¿y si paso algo grande como que lo acorralaran?
—Si estaba consciente, eso sería altamente improbable, dada esa mano que tiene. Un arma tremenda, incluso si hubiera sido despojado de las dagas.
—¿Y si lo derribaron?
Antes de que Phury pudiera responder, la furgoneta de prensa del Canal Seis de noticias dio vuelta a una tremenda velocidad. Dos calles más abajo, las luces de freno brillaron y la cosa giró a la izquierda.
Todo en lo que Phury pudo pensar fue mierda. Las furgonetas de noticias no aparecían con esa prisa por que el gato de alguna anciana se hubiera subido a un árbol. Aun así, quizás solo era mierda humana, como una lluvia de plomo entre bandas.
El problema era que, cierta horrible y aplastante corazonada le dijo a Phury que no era el caso, así que cuando Butch comenzó a caminar en esa dirección, lo siguió. No dijo ni una palabra, lo que probablemente significaba que el poli estaba pensando exactamente lo mismo que él: Por favor, Dios, deja que sea la tragedia de alguien más, no la nuestra.
Cuando llegaron a donde la camioneta estaba estacionada, encontraron la típica convención del crimen, con dos patrullas del departamento de Policía de Caldwell aparcadas a la entrada del callejón sin salida de la Vigésima avenida. Mientras un reportero permanecía en el punto de mira y dirigiéndose a una cámara, hombres uniformados caminaban en el interior de un círculo trazado por una cinta amarilla y los entrometidos se amontonaban juntos alimentando el drama y gritando.
La ráfaga de viento que bajaba desde el callejón llevaba tanto el olor de la sangre de V como el hedor dulzón a talco de bebe de los lesser.
—Oh Dios… —la angustia de Butch se filtró en el frío aire de la noche, agregando un agudo gusto a disolvente a la mezcla.
El poli caminó dando tumbos hacia la cinta, pero Phury le agarró por el brazo para detenerle. Sólo para palidecer. La maldad en Butch era tan palpable que se disparó por el brazo de Phury y aterrizó en su estomago, provocando que se le revolviera.
De todos modos se aferró a su amigo.
—Maldición, quédate apartado. Probablemente fuiste compañero de algunas de esas placas. —Cuando el poli abrió la boca, Phury lo interrumpió—. Levántate el cuello, baja la visera de tu gorra y quédate aquí.
Butch tiró de su gorra de los Red Sox y la bajó hasta la mandíbula.
—Si esta muerto…
—Cállate y preocúpate por mantenerte de pie. —Lo que sería un reto por que Butch era un desgarrado desastre. Jesús… si V estaba muerto, eso no solo mataría a todos y cada uno de los hermanos, si no que el poli en particular tendría problemas. Después de que realizaba esa rutina Dyson[3] con los asesinos, V era lo único que podía sacar el mal de él.
—Vete, Butch. Es demasiada exposición para ti. Vete ahora.
El poli, caminó un par de yardas y se apoyó contra un coche estacionado en las sombras. Cuando pareció que el tipo iba a quedarse allí, Phury se unió a los que curioseaban en el borde de la cinta amarilla. Inspeccionando la escena, lo primero que notó fueron los residuos donde un lesser había sido liquidado. Afortunadamente la policía no les prestaba atención. Probablemente pensaran que el brillante charco era simplemente aceite derramado por un coche y que el espacio chamuscado que había dejado era resultado de la hoguera provisional de algún sin techo. No, los policías se concentraban en el centro de la escena. Donde seguramente Vishous había yacido en un charco de sangre roja.
Oh… Dios
Phury observó fortuitamente al humano que estaba junto a él.
—¿Qué ocurrió?
El tipo se encogió de hombros.
—Disparos. Algún tipo de pelea.
Un chaval vestido con ropas rave[4] le habló, exagerándolo todo, como si esto fuera la cosa más sensacional.
—Fue en el pecho, lo vi ocurrir, y fui el que llamó al 911 —sacudió el móvil como si fuera un trofeo—. La policía quiere que me quede por aquí para que puedan interrogarme.
Phury lo miró.
—¿Que pasó?
—Dios, no lo hubieras creído. Fue exactamente como si lo hubieran sacado del programa Impacto TV. ¿Lo conoces?
—Sip —Phury examinó los edificios a ambos lados del callejón. No tenían ventanas. Probablemente este fuera el único testigo.
—Y entonces ¿que pasó?
—Bueno, todo lo que hacía era caminar por la calle Trade. Mis amigos me abandonaron en el Screamer y no tenía transporte, ¿sabes? De cualquier forma, voy caminando y veo este destello brillante de luz delante de mí. Parecía como un gran estroboscopio saliendo de este callejón. Anduve un poco más rápido, por que quería ver lo que estaba pasando, y fue cuando oí el disparo. Fue como el sonido de una pequeña explosión. En realidad, ni siquiera supe que era un disparo hasta que llegue aquí. Se pensaría que sonaría más fuerte…
—¿Cuando llamaste al 911?
—Bueno, espere un poco, por que pensé que alguien podría salir corriendo del callejón y no quería que me dispararan. Pero como nadie salió, creí que había desaparecido por algún camino trasero o algo. Después cuando llegué hasta aquí vi que no había otra salida. Así que tal vez se disparó a si mismo.
—¿Como era el tipo?
—La vic —el chico se inclinó, acercándose—. Vic es como la policía llama a la victima, los escuché.
—Gracias por la aclaración —murmuró Phury—. Así que ¿cómo se veía?
—Cabello oscuro. Tenía perilla. Mucho cuero. Me detuve junto a él mientras llamaba al 911. Sangraba pero estaba vivo.
—¿No viste a nadie más?
—Nop, solo a ese. Así que, la policía me va a interrogar, de verdad. ¿Te lo había dicho ya?
—Sip, felicidades. Debes estar encantado. —Hombre, Phury tuvo que resistir el impulso de reventar los gordos labios del chaval.
—Hey, no me odies, esto es buen material.
—No, para el tipo al que dispararon no lo es —Phury miró nuevamente la escena. Al menos V no estaba en manos de los lessers y no había muerto en la escena. Era probable que primero el asesino le hubiera pegado un tiro a V y que el hermano hubiera tenido aún sufriente fuerza para reventar al bastardo antes de desmayarse.
Desde la izquierda, Phury escuchó una bien modulada voz.
—Aquí Bethany Choi del equipo líder de noticias del Canal Seis emitiendo en directo desde la escena de otro tiroteo en el centro de la ciudad. De acuerdo con la policía, la victima, Michael Klosnick…
¿Michael Klosnick? Lo que fuera, era probable que V hubiera obtenido la documentación del lesser y que se la hubieran encontrado encima.
—… fue llevado al Centro Médico St. Francis en estado crítico con una herida de bala en el pecho…
Ok, esta iba a ser una larga noche. Vishous herido. En manos humanas. Y solo faltaban cuatro horas para el amanecer.
Momento de una evacuación rápida.
Phury marcó el número del Complejo mientras caminaba hacia Butch. Al mismo tiempo que el móvil comenzaba a llamar, se dirigió al poli.
—Está vivo en el St. Francis. Le dispararon.
Butch flaqueó y dijo algo que sonó como Alabado sea el Señor.
—Entonces, ¿vamos por él?
—Exactamente —¿por que no respondía Wrath? Vamos, Wrath…responde—. Mierda… esos condenados cirujanos se deben haber llevado la sorpresa de sus humanas vidas cuando lo abrieron… ¿Wrath? Tenemos un problema.

Vishous despertó en un cuerpo inmóvil, recobrando totalmente la conciencia a pesar de estar atrapado en una comatosa jaula de carne y hueso. Incapaz de mover los brazos ni las piernas, y con los párpados fuertemente cerrados como si hubiera estado llorando cemento licuado, parecía que el oído era lo único que le funcionaba. Una conversación tenia lugar sobre él. Dos voces. Una mujer y un hombre, ninguno de los cuales reconocía.
No, espera. Conocía a uno de ellos. Uno que le había dado órdenes. La mujer. Pero, ¿por qué?
¿Y por qué demonios se lo había permitido?
Escuchó la conversación sin seguir realmente las palabras. La cadencia de sus palabras era parecida a la de un hombre. Directa. Autoritaria. Dominante.
¿Quien era ? ¿Quién…?
Su identidad lo golpeó como un bofetón, insertando algo de sentido dentro de él. La cirujana. La cirujana humana. Jesucristo, estaba en un hospital humano. Había caído en manos humanas después de… Mierda. ¿Que había ocurrido?
El pánico le dio energía… y lo llevó exactamente a ningún lugar. Su cuerpo era una loncha de carne y tenía la sensación de que el tubo que tenía en la garganta significaba que una máquina estaba haciendo trabajar sus pulmones. Estaba claro que lo habían sedado hasta la mierda.
Oh Dios ¿cuánto de cerca estaba el amanecer? Necesitaba largarse de allí. Como lo haría…
Sus planes de huida llegaron a un demoledor final, cuando sus instintos se dispararon, tomaron el mando y se hicieron con el control.
Sin embargo, no era el guerrero en él emergiendo. Eran todos esos impulsos masculinos posesivos que siempre habían estado latentes, aquellos sobre los cuales había leído, escuchado, o visto en otros, pero que había asumido nacer sin ellos. El detonante fue un aroma en la habitación, la esencia de un macho que deseaba sexo… con la hembra, con la cirujana de V.
Mía
La palabra salio de la nada y con ella llegó una maleta a juego de instinto asesino. Estaba tan enfurecido que abrió los ojos.
Girando la cabeza, vio a una alta mujer humana con el cabello corto y rubio. Usaba gafas sin montura, no llevaba maquillaje, ni pendientes. En la bata blanca se leía JANE WHITCOMB, MD. JEFE DE LA DIVISION DE URGENCIAS en negras letras cursivas.
—Manny —dijo—. Es una locura.
V desplazó la mirada hacia un macho humano de cabello oscuro. El tipo también llevaba una bata blanca con la leyenda MANUEL MANELLO, MD. CIRUJANO JEFE, DEPARTAMENTO DE CIRUGÍA, en la solapa derecha.
—No es ninguna locura. —La voz del tipo era profunda y exigente, sus ojos estaban condenadamente fijos en la cirujana de V—. Se lo que quiero. Y te quiero a ti.
Mía, pensó V. No tuya, MIA.
—No puedo faltar a Columbia mañana —dijo ella—. Incluso si hubiera algo entre nosotros, aun así tendría que marcharme si quiero dirigir un departamento.
—Algo entre nosotros —el bastardo sonrió—. ¿Significa que lo pensaras?
—¿Qué?
—Nosotros.
El labio superior de V se levantó y enseñó los colmillos. Mientras empezaba a gruñir, esa única palabra giraba en su cerebro, como una granada sin seguro. Mía.
—No lo sé —dijo la cirujana de V.
—Eso no es un no, ¿no es así Jane? Eso no es un no.
—No…no lo es.
—Bien —el macho humano miró hacia V y pareció sorprenderse—. Alguien ha despertado.
Es jodidamente mejor que lo creas, pensó V. Y si la tocas morderé tu maldito brazo hasta arrancártelo.




[1] Programa de variedades
[2] Locura de Primavera: En el original Spring Madness que es la época del año en que los equipos de baloncesto de las Universidades tratan de llegar a la final. La gente escoge el equipo que desea que sea el ganador y lo sigue durante toda la temporada. Si entras en una apuesta y tu equipo le gana al resto entonces al final del campeonato ganas todo el dinero que se apostó. University of Kentucky (UK) y Duke son dos Universidades.

[3] Freeman Dyson: Físico anglo-americano.
[4] Ropa informal usada en talla extragrande.

 

Faye Montgomery era una mujer práctica, que era lo que había hecho de ella una gran enfermera. Había nacido sensata, tal y como había salido con cabello y ojos oscuros, y era excepcional en las crisis. Con un marido en la Marina, dos niños en casa y doce años trabajando en la UCI, se necesitaba mucho para ponerla nerviosa.
Sentada tras el control de enfermería de la UCIQ, ahora lo estaba.
Tres hombres del tamaño de un SUV estaban de pie al otro lado del mostrador. Uno tenía el cabello largo, multicolor y un par de ojos amarillos que no parecían de verdad de tan brillantes que eran. El segundo era tan alucinantemente hermoso y tan sexualmente magnético, que tuvo que recordarse que estaba felizmente casada con un hombre que todavía la ponía caliente. El tercero se había quedado atrás, nada más que una gorra de los Red Sox, un par de gafas de sol, y un aire de pura maldad que no pegaba en su apuesto rostro.
¿Había hecho uno de ellos una pregunta? Eso creía.
Como ninguna de las otras enfermeras parecía ser capaz de hablar, Faye tartamudeó:
—¿Perdona? Em… ¿qué fue lo que dijiste?
El que tenía el fantástico cabello —Dios, ¿era de verdad?— sonrió un poco.
—Estamos buscando a Michael Klosnick, el que subieron de Urgencias. Admisión nos dijo que le habían traído aquí después de que fuera operado.
Dios… esos iris eran del color de los botones de oro al sol, de un real, reluciente dorado.
—¿Sois familiares?
—Somos sus hermanos.
—De acuerdo, pero lo siento, acaba de salir del quirófano y nosotros no…
Sin motivo alguno, el cerebro de Faye cambió de dirección, como si cogieras un tren de juguete de una vía y lo pusieras en otra. Se encontró a sí misma diciendo:
—Está bajando por el pasillo, habitación seis. Pero sólo puede ir uno de vosotros y sólo por un ratito. Oh, y tenéis que esperar hasta que sus médicos…
En ese momento apareció el doctor Manello caminando a zancadas hasta el escritorio. Echó un vistazo a los hombres y preguntó:
—¿Va todo bien por aquí?
Faye asintió mientras su boca decía:
—Si, muy bien.
El doctor Manello frunció el ceño mientras le sostenía la mirada fijamente al hombre. Entonces dio un respingo y se frotó las sienes como si le doliera la cabeza.
—Estaré en mi oficina si me necesitas, Faye.
—De acuerdo, doctor Manello. —Volvió a mirar al hombre. ¿Qué era lo que estaba diciendo? Oh, claro—. Sin embargo tienes que esperar hasta que salga el cirujano, ¿vale?
—¿Él está allí ahora?
—Si. Ella está allí ahora.
—Muy bien, gracias.
Esos ojos amarillos se clavaron en los de Faye… y de repente no podía recordar si después de todo había un paciente en la seis. ¿Había uno allí? Espera…
—Dime —dijo el hombre—, ¿cuál es tu usuario y contraseña?
—¿Perdona…?
—Para el ordenador.
¿Para qué querría…? Por supuesto, necesitaba la información. Absolutamente. Y ella debía dársela.
—FMONT2 en mayúsculas es el usuario, y la contraseña es 11Eddie11. E en mayúscula.
—Gracias.
Estaba a punto de decir, De nada, cuando la noción de que era la hora de la reunión de personal surgió en su cabeza. Salvo que ¿por qué sería? Ya habían tenido una al principio de la…
No, definitivamente era la hora de la reunión de personal. Realmente debían tener una reunión de personal. Justo en ese preciso momento…
Faye parpadeó y se dio cuenta de que estaba mirando fijamente al vacío sobre el mostrador del control de enfermería. Qué raro, juraría que había estado hablando con alguien. Alguien masculino y…
Reunión de personal. Ahora.
Faye se masajeó las sienes, sintiendo como si tuviera un tornillo clavado en la frente. Normalmente no tenía dolores de cabeza, pero había sido un día frenético, y había tomado demasiada cafeína y no demasiada comida.
Miró sobre el hombro hacia las otras tres enfermeras, todas parecían un poco confusas.
—Vamos a la sala de reuniones, chicas. Tenemos que hacer una revisión de pacientes.
Una de las compañeras de Faye frunció el ceño.
—¿No la hemos hecho ya ésta noche?
—Necesitamos hacerla de nuevo.
Todas se levantaron y entraron en la sala de reuniones. Faye mantuvo las puertas dobles abiertas y se sentó en la cabecera de la mesa para poder vigilar el vestíbulo así como el monitor que mostraba las estadísticas de cada paciente en la planta…
Faye se tensó en la silla. ¿Qué demonios? Había un hombre con cabello multicolor tras el control de enfermería, inclinándose sobre el teclado.
Faye empezó a levantarse, preparándose para llamar a seguridad, pero entonces el tipo miró por encima del hombro. Cuando los ojos amarillos encontraron los suyos, repentinamente se le olvidó por qué estaba mal que estuviera en uno de los ordenadores. También comprendió que debía hablar sobre el paciente de la cinco en seguida.
—Vamos a revisar el estado del señor Hauser —dijo con una voz que captó la atención de todas.

Después de que Manello se marchó, Jane miró fijamente hacia abajo a su paciente con incredulidad. A pesar de todos los sedantes que corrían por sus venas, tenía los ojos abiertos y la miraba fijamente con el rostro duro y tatuado pleno de conciencia.
Dios… esos ojos. No se parecían a nada que hubiera visto antes, los iris eran antinaturalmente blancos con bordes azul marino.
Eso no estaba bien, pensó. La forma en que la miraba no estaba bien. Ése corazón con seis cavidades latiendo en su pecho no estaba bien. Esos largos dientes en la parte delantera de su boca no estaban bien.
No era humano.
Excepto que era ridículo. ¿Primera regla de la medicina? Cuando escuches sonido de cascos, no pienses en cebras. ¿Cuántas probabilidades había de que hubiera una especie de humanoides sin detectar ahí afuera? ¿Un laboratorio sensacionalista que intentaba crear Homo Sapiens a partir de los golden retrievers?
Pensó en los dientes del paciente. Si, quizás sería mejor decir doberman en vez de retriever.
El paciente volvió a mirarla, arreglándoselas de alguna forma para verse amenazador a pesar de estar sobre la espalda, intubado, y habiendo pasado sólo dos horas de una operación de urgencia.
¿Cómo demonios estaba éste tipo consciente?
—¿Puedes oírme? —preguntó—. Asiente si puedes.
Su mano, la que tenía tatuajes, se arañó la garganta, luego aferró el tubo que salía de su boca.
—No, eso tiene que quedarse dentro. —Mientras se inclinaba para apartarle la mano, él la apartó de ella, retirándola tan lejos como se lo permitió el brazo—. Así está bien. Por favor no me hagas atarte.
Sus ojos se dilataron completamente por el terror, sencillamente se abrieron del todo mientras su gran cuerpo comenzaba a temblar en la cama. Sus labios se movían contra el tubo que le bajaba por la garganta como si estuviera gritando, y su temor la conmovió. Había una agudeza semejante a la de un animal en su desesperación, la miraba de la forma en que te miraría un lobo si tuviera la pata atrapada en una trampa: Ayúdame y quizá no te mataré cuando me dejes libre.
Le puso la mano en el hombro.
—Todo está bien. No tenemos por que seguir esa vía. Pero necesitamos este tubo…
La puerta de la habitación se abrió, y Jane se quedó helada.
Los dos hombres que entraron estaban vestidos de cuero negro y parecían del tipo que llevaría armas ocultas. Uno era probablemente el más grande, más magnífico rubio en el que ella hubiera puesto jamás los ojos. El otro la atemorizó. Llevaba una gorra de los Red Sox calada hasta abajo y lo rodeaba un terrible halo de maldad. No podía ver mucho de su rostro, pero guiándose por su cenicienta palidez, parecía estar enfermo.
Mirando al par, el primer pensamiento de Jane fue que habían venido a por su paciente, y no simplemente para traerle flores y charlar con él.
Su segundo pensamiento fue que iba a necesitar a seguridad, inmediatamente.
—Salgan —dijo—. Ahora mismo.
El tipo con la gorra de los Sox la ignoró completamente y se inclinó sobre la cabecera. Cuando él y el paciente hicieron contacto visual, Red Sox se estiró y entrelazaron las manos.
Con voz ronca, Red Sox dijo:
—Pensé que te había perdido, hijo de puta.
Los ojos del paciente se aguzaron como si tratara de comunicarse. Entonces simplemente sacudió la cabeza de un lado a otro en la almohada.
—Vamos a llevarte a casa, ¿de acuerdo?
Cuando el paciente asintió, Jane no se molestó en seguir escuchando más de esa mierda de Cathy-la-parlanchina-se-tiene-que-ir. Se abalanzó sobre el botón de llamada al control de enfermería, el que indicaba una urgencia cardiaca que probablemente traería a media planta hasta ella.
No lo logró.
El compañero de Red Sox, el hermoso rubio, se movió tan rápidamente que no pudo seguirle el rastro. En un momento apenas estaba entrando por la puerta, al siguiente la había cogido por detrás, levantando sus pies del suelo. Cuando empezó a gritar, le puso la mano sobre la boca y la sometió tan fácilmente como si fuera una niña teniendo una rabieta.
Mientras tanto, Red Sox despojó sistemáticamente al paciente de todo: la intubación, la intravenosa, el catéter, los marcadores cardiacos y el monitor de oxígeno.
Jane fue rápida como una bala. Mientras las alarmas de las máquinas empezaban a sonar, se giró y pateó a su captor en la espinilla con el tacón. El gigante rubio gruñó y luego comprimió sus costillas hasta que estuvo demasiado ocupada intentando respirar y no pudo patearlo más.
Al menos las alarmas podrían…
El agudo pitido se silenció aunque nadie tocó las máquinas. Y tuvo la horrible sensación de que nadie iba a venir por el pasillo.
Jane luchó más duro, hasta que se fatigó tanto que se le humedecieron los ojos.
—Tranquila —le dijo el rubio al oído—. Desapareceremos de tu vista en un minuto. Simplemente relájate.
Si, y un infierno que lo haría. Iban a matar a su paciente…
El paciente hizo una profunda inspiración por sí mismo. Y otra. Y otra. Entonces esos misteriosos ojos de diamante se deslizaron sobre ella, y ella se calmó como si él hubiera deseado que lo hiciera.
Hubo un momento de silencio. Y entonces con una voz áspera, el hombre cuya vida había salvado dijo tres palabras que lo cambiaron todo… cambiaron su vida, cambiaron su destino:
—Ella. Viene. Conmigo.

Permaneciendo en el control de enfermería, Phury hizo un rápido trabajo de piratería en el sistema informático del hospital. No era tan fluido ni veloz sobre un teclado como V, pero era lo suficientemente bueno. Localizó los registros bajo el nombre Michael Klosnick y adulteró los resultados y las notas pertenecientes al tratamiento de Vishous con escrituras aleatorias. Todos los resultados de las pruebas, los exámenes, las radiografías, las fotografías digitales, la planificación, las notas del postoperatorio, todo se convirtió en ilegible. Entonces introdujo una breve anotación de que Klosnick era indigente y había pedido el alta voluntaria.
Dios adoraba los consolidados e informatizados registros médicos. Qué ganga.
También había limpiado los recuerdos de la mayoría, si no, de todo el personal del quirófano. De camino hacia aquí arriba se había pasado por la sala de operaciones y había tenido un pequeño tête-à-tête con las enfermeras de guardia. Había tenido suerte. El turno no había cambiado, así que el personal que había asistido a V estaba todo presente y los había limpiado. Ninguna de esas enfermeras tendría recuerdos claros de lo que habían visto mientras el hermano había sido operado.
No había sido una limpieza perfecta, por supuesto. Había personas a las que no había llegado y quizá algunos registros auxiliares habían sido impresos. Pero ese no era su problema. Cualquier confusión ocurrida tras la desaparición de V sería absorbida por el frenético funcionamiento de un hospital urbano tremendamente ocupado. Seguramente, podría haber una revisión o dos acerca del cuidado de los pacientes, pero para ese entonces no podrían encontrar a V, y eso era todo lo que importaba.
Cuando Phury hubo acabado con el ordenador, trotó por la planta de cuidados intensivos. Mientras marchaba, dañó las cámaras de seguridad que estaban empotradas en el techo a intervalos regulares para que todo lo que mostraran fuera estática.
Justo cuando llegaba a la habitación seis, la puerta se abrió. Vishous era un peso muerto en la calidez de los brazos de Butch, el hermano estaba pálido, tembloroso y dolorido, la cabeza apoyada en el cuello del policía. Pero estaba respirando y tenía los ojos abiertos.
—Déjame llevarlo —dijo Phury, pensando que Butch se veía casi igual de mal.
—Lo tengo. Tú ocúpate de las consecuencias de nuestra gestión y trabaja duro con las cámaras de seguridad.
—¿Qué consecuencias de la gestión?
—Espera por ellas —murmuró Butch mientras se dirigía a una puerta de incendios en la otra punta del pasillo.
Una fracción de segundo más tarde, Phury se hizo una idea del problema. Rhage salió al pasillo sosteniendo con una presa asfixiante a una hembra humana incontrolablemente cabreada. Luchaba con uñas y dientes, los sofocados gritos sugerían que tenía el vocabulario de un camionero.
—Debes dejarla inconsciente, hermano —dijo Rhage, luego gruñó—. No quiero herirla, y V dijo que venía con nosotros.
—No se suponía que esto iba a ser una operación de secuestro.
—Demasiado jodidamente tarde. Noquéala, ¿quieres? —Rhage gruñó de nuevo y estrechó su agarre, apartando la mano de la boca de ella para capturar uno de los brazos que le pegaban.
La voz de ella sonó alto y claro.
—Pongo a Dios como testigo, voy a…
Phury la tomó de la barbilla con una mano y la forzó a levantar la cabeza.
—Relájate —dijo suavemente—. Simplemente tranquilízate.
Fijó su mirada en la de ella y empezó a obligarla a calmarse con la mente… a obligarla a calmarse… a obligarla…
—¡Jódete! —escupió—. ¡No voy a dejar que matéis a mi paciente!
Ok, esto no estaba funcionando. Detrás de esas gafas sin montura y ojos color verde oscuro, tenía una mente formidable, así que con una maldición sacó la munición pesada, cerrándola mentalmente por completo. Se derrumbó como un trapo.
Quitándole las gafas, las plegó y se las metió en el bolsillo del pecho del abrigo.
—Larguémonos de aquí antes de que vuelva en sí de nuevo.
Rhage giró a la mujer, colgándosela como un chal de los fuertes hombros.
—Coge su bolso de la habitación.
Phury se escabulló, recogió el bolso de cuero y la carpeta marcada con el nombre Klosnick, después salió por pies de la habitación. Cuándo volvió al pasillo, Butch mantenía una discusión con una enfermera que había salido de la habitación de un paciente.
—¡Qué estás haciendo! —decía la mujer.
Phury se plantó ante ella como una tienda de campaña, saltando ante ella, mirándola fijamente para atontarla, plantando en su lóbulo frontal la urgente necesidad de llegar a la reunión de personal. Para cuando volvió a alcanzar al grupo de evacuación, la mujer que estaba en brazos de Rhage ya estaba librándose del control mental, sacudiendo la cabeza de aquí para allá mientras se balanceaba al ritmo del agarralo-y-corre de Hollywood.
Cuando llegaron a la puerta de la escalera de incendios, Phury gritó:
—Aguanta, Rhage.
El hermano se detuvo en un santiamén y Phury aferró con la mano un costado del cuello de la mujer, desmayándola con un apretón.
—Se ha desvanecido. Todo ok.
Llegaron a las escaleras traseras y movieron el culo rápidamente. La áspera respiración de Vishous era la prueba de que tanta acción lo estaba matando, pero era tan duro como siempre, aguantando, a pesar del hecho de que se hubiera puesto del color del puré de guisantes.
Cada vez que llegaban a un descansillo, Phury sostenía una pequeña lucha con una cámara de seguridad, administrando una corriente eléctrica a las cosas para cegarlas. Su mayor esperanza era llegar al Escalade sin tropezarse con un grupo de guardias de seguridad. Los humanos nunca eran objetivo de la Hermandad. Es decir, si había riesgo de que la raza de los vampiros quedara expuesta, no había nada que no se hiciera. Y como hipnotizar a grandes grupos de agitados y agresivos humanos tenía una pequeña tasa de éxito, sólo les quedaba la lucha. Y la muerte para ellos.
Tras unos ocho pisos bajando por la escalera llegaron a la base y Butch se detuvo ante una puerta de metal. El sudor le caía por el rostro y caminaba en zigzag, pero su expresión era decidida. Iba a sacar a su compañero y nada iba a interponerse en su camino, ni siquiera su propia debilidad.
—Me encargaré de la puerta —dijo Phury, saltando a la cabeza del grupo. Después de ocuparse de la alarma, sostuvo la plancha de hierro abierta para los otros. Al otro lado, se extendían un montón de pasillos.
—Oh, mierda —murmuró—. ¿Dónde demonios estamos?
—En el sótano. —El poli siguió adelante—. Lo conozco bien. La morgue está en este nivel. Pasé mucho tiempo aquí en mi antiguo empleo.
Unas cien yardas más allá, Butch los condujo a un pasillo bajo que se parecía más a un túnel repleto de tuberías de ventilación y calefacción que a cualquier otra cosa.
Y entonces allí estaba. La salvación en forma de salida de emergencia.
—El Escalade está ahí afuera —le dijo el policía a V—. En una posición ventajosa.
—Gracias a… Dios. —V apretó los labios de nuevo, como si estuviera intentando no vomitar.
Phury dio otro salto hacia adelante, entonces maldijo. La configuración de ésta alarma era distinta de las otras, operando en una red de circuitos más compleja. Lo que debería haberse esperado. Frecuentemente las puertas exteriores estaban mucho más protegidas que las interiores. El problema era que sus pequeñas tretas mentales no iban a funcionar aquí y no era como si pudiera pedir tiempo fuera para desarmar la cosa. V tenía el aspecto de un bicho atropellado en una cuneta.
—Preparaos para el jaleo —dijo Phury antes de darle un golpe al tirador de la barra.
La alarma se puso en marcha como una banshee.
Mientras salían precipitadamente a la noche, Phury dio se dio vuelta y miró hacia arriba al puñetero fondo del hospital. Localizó la cámara de seguridad sobre la puerta, consiguió que leyera mal, y la mantuvo cerrada bloqueando su parpadeante ojo rojo mientras V y la hembra humana eran descargados dentro del Escalade y Rhage se colocaba tras el volante.
Butch se sentó en el asiento del copiloto y Phury saltó a la parte trasera junto a la carga. Verificó su reloj. El tiempo total transcurrido desde que aparcaron en primer lugar aquí hasta que el pie de Hollywood se clavó a fondo en el pedal del acelerador fue de veintinueve minutos. La operación había sido relativamente limpia. Todo lo que quedaba por hacer ahora era llevar a todo el mundo al Complejo de una pieza y abandonar las placas del SUV.
Sólo había una complicación.
Phury dirigió sus ojos a la mujer humana.
Una gran, enorme complicación.

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