martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 10 11 12

Capítulo 10

Lo primero que vio Payne cuando se despertó fue un par de manos masculinas. Aparentemente, estaba sentada con el cuerpo incorporado y dentro de una especie de armazón que le sostenía la cabeza y el cuello. Y las manos en cuestión estaban a su lado al borde de la cama. Hermosas y hábiles, con las uñas bien cortadas, se encontraban sobre unos papeles moviendo en silencio un montón de páginas.
El macho humano al que pertenecían fruncía el ceño mientras leía y usaba un utensilio de escritura para hacer anotaciones esporádicas. El crecimiento de su barba era más abundante que desde la última vez que lo había visto y así fue cómo adivinó que habían pasado horas.
Su sanador parecía estar tan exhausto como ella misma se sentía.
Mientras su conciencia se recuperaba cada vez más se percató del sutil pitido que provenía de al lado de su cabeza… y del leve dolor que tenía en la espalda. Le daba la sensación de que le habían dado pociones para adormecer la sensibilidad, pero no las quería. Mejor estar alerta… como ahora mismo. Se sentía como si estuviera encerrada entre paredes de algodón y eso le resultaba extrañamente aterrador.
Incapaz de hablar todavía, siguió mirando a su alrededor. El macho humano y ella estaban solos y esta habitación no era la misma en la que había sido introducida previamente. Fuera se oían varias voces con el extraño acento humano compitiendo por imponerse contra una corriente continua de pisadas.
¿Dónde estaba Jane? La Hermandad
—Ayúda… me…
Su sanador dirigió la atención bruscamente hacia ella y tiró los papeles encima de una mesa auxiliar con ruedas. Se puso de pie y se inclinó hacia ella, su olor era como un maravilloso cosquilleo en la nariz.
—Hey —dijo.
—No siento… nada.
Él tomó su mano y cuando no sintió ni calidez ni tacto, se alteró considerablemente. Pero ahí estaba él para ella:
—Shh… no, no, estás bien. Solamente son los analgésicos. Estás bien y yo estoy aquí. Shh…
Su voz la tranquilizó con tanta seguridad como una caricia lo habría hecho.
—Dime —pidió con voz aguda—. ¿Cómo ha… resultado?
—Las cosas fueron satisfactoriamente en quirófano —dijo lentamente—. Reconstruí la vértebra y la espina dorsal no estaba completamente comprometida.
Payne levantó los hombros e intentó recolocar su pesada y dolorida cabeza, pero el artilugio que la rodeaba la mantuvo justo donde se encontraba.
—Tu tono… dice más que tus palabras.
No obtuvo réplica inmediata a eso. Él solo la siguió tranquilizando con las manos que no podía sentir. No obstante, sus ojos conversaban con los de ella… y las noticias no eran buenas.
—Di-me —soltó mordazmente—. Me merezco saberlo.
—No fue un fracaso, pero no sé dónde acabarás. El tiempo nos lo dirá más que cualquier otra cosa.
Ella cerró los ojos por un momento, pero la oscuridad la atemorizó. Al volver a abrir los ojos con fuerza, se aferró a la visión de su sanador… y odió el sentimiento de culpa que mostraba su adusto y apuesto rostro.
—Esto no es por tu culpa —dijo toscamente—. Ha ocurrido lo que estaba predestinado.
De eso, al menos, estaba segura. Él había intentado salvarla y hacerlo lo mejor posible, la frustración hacia sí mismo era bastante obvia.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él—. No sé cuál es tu nombre.
—Payne. Me llamo Payne[i].
Cuando frunció el ceño de nuevo, ella estuvo bastante segura de que la nomenclatura no le hizo demasiada gracia y se encontró deseando haber nacido con otro nombre distinto. Pero había otra razón para su desagrado ¿verdad? Él la había visto por dentro y debía saber que era diferente a él.
Debía saber que era una «otra».
—Lo que supones es verdad —murmuró—, no estás equivocado. —Su sanador inspiró profundamente y pareció sostener la respiración durante por lo menos un día entero—. ¿Qué te da vueltas por la cabeza? Háblame.
Él sonrió un poquito y, ah, qué encantadora era su sonrisa. Tan bonita. Sin embargo, era una pena que no fuera de diversión.
—Ahora mismo… —se pasó una mano por el pelo negro y grueso—. Me estaba preguntando si debería dejar de darle vueltas a todo y hacer como si no supiera lo que está ocurriendo. O ser realista.
—Realista —dijo—. Yo no tengo el lujo de ni siquiera permitirme un momento de falsedad.
—Me parece justo. —Sus ojos se encontraron con los de ella—. Creo que tú…
La puerta de la habitación se abrió un poco y una figura completamente cubierta se asomó para mirar dentro. Guiándose por el delicado y encantador olor procedente de ella, era Jane; escondida tras una bata azul y una máscara.
—Ya casi es la hora —dijo.
El rostro de Payne se volvió realmente aterrador.
—No estoy de acuerdo con esto.
Jane entró y cerró la puerta.
—Payne, estás despierta.
—Desde luego —intentó sonreír y esperó que sus labios se movieran—. Lo estoy.
Su sanador se interpuso entre ellas, como si buscara protegerla.
—No puedes moverla. Falta una semana para eso.
Payne miró hacia las cortinas que colgaban del techo hasta el suelo. Estaba casi segura de que había cristaleras tras la blanquecina capa de tela y bastante segura de que si ese era el caso, cada uno de los rayos del sol se colaría por allí cuando llegara el amanecer.
Ahora su corazón latió con fuerza y lo notó detrás de las costillas.
—Tengo que irme. ¿Cuánto tardarán?
Jane ojeó su reloj de muñeca.
—Sobre una hora. Y Wrath está de camino. Eso ayudará.
Quizás por eso se sentía tan débil. Necesitaba alimentarse.
Cuando su sanador parecía estar a punto de hablar, ella lo interrumpió para dirigirse hacia la shellan de su mellizo.
—Me ocuparé de lo de aquí. Por favor, déjanos.
Jane asintió con la cabeza y se encaminó hacia la puerta. Aunque sin duda se quedaría cerca.
El humano de Payne se frotó los ojos como si estuviera esperando que hacer eso cambiara su percepción de la realidad… o simplemente la realidad en la que ambos estaban metidos.
—¿Qué nombre te gustaría que tuviera? —preguntó silenciosamente.
Dejó caer las manos y la consideró por un momento.
—A la mierda con el nombre. ¿Puedes ser, simplemente, sincera conmigo?
En realidad, dudaba de que esa fuera una promesa que pudiera hacerle. Aunque la técnica de ocultamiento de recuerdos era lo suficientemente fácil, Payne no estaba demasiado familiarizada con las repercusiones de hacerlo y su única preocupación era que cuanto más supiera él, más tendría que ser ocultado y más daño se le podría producir a él.
—¿Qué deseas saber?
—Que eres tú.
Sus ojos volvieron a las cortinas cerradas. Por muy protegida que hubiera estado, era consciente de los mitos que la raza humana había construido sobre su especie. No-muertos. Asesinos de gente inocente. Sin alma ni moral.
Difícilmente algo de lo que alardear. O en lo que malgastar los preciados pocos momentos que les quedaban.
—No puedo exponerme al sol —su mirada volvió hacia él—. Me curo rápido, mucho más rápido que tú. Y necesito alimentarme antes de que me muevan… después de hacerlo, estaré lo suficientemente estable como para viajar.
Mientras él bajaba la mirada hacia sus manos, ella se preguntó si estaría deseando no haberla operado.
Y el silencio que se instaló entre ellos se volvió tan traicionero como un campo de batalla y tan peligroso de cruzar. Aún así, ella se oyó decir:
—Hay un nombre para lo que soy.
—Sí. Y no lo quiero decir en voz alta.
Un curioso dolor se concentró en el pecho de ella. Con un esfuerzo supremo, arrastró su antebrazo hasta que la palma de su mano descansara sobre la zona que le dolía. Qué extraño era que todo su cuerpo estuviera dormido y que esto sí que pudiera sentirlo…
La visión de él se volvió borrosa de forma abrupta.
En seguida, su expresión se suavizó y alzó la mano para rozarle la mejilla.
—¿Por qué estás llorando?
—¿Yo?
Él asintió y alzo el dedo índice para que pudiera verlo. Sobre la punta brillaba una simple gota de cristal.
—¿Te duele?
—Sí —parpadeó rápidamente, buscaba volver a estar plenamente enfocada en él, pero no lo consiguió—. Estas lágrimas son bastante irritantes.
El sonido de su risa y la visión de sus perfectos dientes blancos la levantaron el ánimo, incluso aunque siguiera tumbada sobre la cama.
—Entonces no eres de las que lloran, ¿verdad? —murmuró.
—Nunca.
Él se inclinó hacia el lado y cogió un pañuelo de papel que usó para secarle lo que caía por su rostro.
—Por qué las lagrimas.
Le llevó un tiempo decirlo. Y luego ella lo hizo.
—Vampira.
Él se echó hacia atrás para acomodarse en la silla que había a su lado, tuvo especial cuidado al doblar el trozo cuadrado de papel y lo tiró en una papelera pequeña.
—Supongo que es por eso por lo que Jane desapareció hace un año, ¿eh? —dijo.
—No pareces sorprendido.
—Sabía que algo grande estaba pasando. —Se encogió de hombros—. He visto tu imagen por resonancia magnética. He estado dentro de ti.
Por alguna razón, esa fraseología la acaloró.
—Sí, así es.
—Aunque eres lo suficientemente similar. Tu espina dorsal no era tan diferente como para decir que no sabía lo que estaba haciendo. Tuvimos suerte.
En realidad, ella no compartía la misma opinión. Después de haber pasado años sin importarle nada los machos, sentía una fuerza mística que la empujaba hacia este en particular y era la clase de cosa que le habría gustado explorar si ellos no hubieran estado donde estaban ahora mismo.
Pero tal y como había aprendido hacía mucho tiempo atrás, el destino raramente se preocupaba por lo que ella quería.
—Así… —pronunció él—, tú vas a hacerte cargo de mí ¿verdad? Vas a hacer que todo esto se vaya. —Sacudió su brazo de forma distraída—. No recordaré nada de esto. Exactamente igual que cuando tu hermano se recuperó hace un año.
—Quizás tengas sueños, pero nada más.
—¿Es así cómo vuestra especie ha permanecido escondida?
—Sí.
Él asintió y miró alrededor de la habitación.
—¿Vas a hacerlo ahora?
Ella quería más tiempo con él, pero no había razón alguna para que la viera alimentarse de Wrath.
—Lo suficientemente pronto.
Volvió a dirigir su mirada hacia la puerta para luego mirarla a ella directamente a los ojos.
—¿Me harás un favor?
—Por supuesto. Sería un placer servirte.
Una de sus cejas se arqueó rápidamente y ella podía haber jurado que su cuerpo desprendía más de ese aroma suyo tan delicioso. Pero luego él se puso totalmente solemne.
—Dile a Jane… que lo pillo. Que entiendo por qué hizo lo que hizo.
—Ella está enamorada de mi hermano.
—Sí, lo he visto. Allí… donde sea que estuviéramos. Dile que está bien. Entre ella y yo. Después de todo, no podemos evitar de quién nos enamoramos.
Sí, pensó Payne. Sí, eso era una gran verdad.
—¿Tú has estado enamorada alguna vez? —preguntó él.
Como los humanos no leían la mente, se dio cuenta de que había hablado en voz alta.
—Ah… no. Yo no. Nunca.
Aunque incluso estos pequeños momentos con su sanador eran bastante reveladores. Él la fascinaba, desde la forma en que se movía y rellenaba la bata blanca y las vestiduras azules, hasta el olor que desprendía y su voz.
—¿Estás emparejado? —preguntó ella temiendo su respuesta.
Él se rió con una fuerte carcajada.
—Diablos, no.
Su respiración la dejó en un suspiro de alivio, incluso aunque fuera extraño pensar que su estado civil importara tanto como lo hacía. Y luego no hubo más que silencio.
Oh, el paso del tiempo. Qué lamentable era. ¿Y qué debería decirle en estos minutos finales que les quedaban?
—Gracias. Por cuidar de mí.
—Ha sido un placer. Espero que te recuperes bien. —La miró detenidamente como si quisiera intentar memorizarla y ella quería decirle que dejara de intentarlo—. Estaré siempre aquí para ti ¿vale? Si necesitas que te ayude… ven y búscame —su sanador sacó una tarjetita y escribió algo en ella—. Este es mi número de móvil. Llámame.
El acercó su mano y se la colocó en la débil mano que descansaba sobre su corazón. Mientras ella agarraba lo que él le había dado, pensó en todas las repercusiones. E implicaciones.
Y complicaciones.
Con un gruñido, Payne intentó moverse y el sanador estuvo de pie al instante.
—¿Necesitas cambiar de posición?
—El pelo.
—¿Te tira?
—No… por favor, destrénzalo.
*  *
Manny se quedó paralizado y solo miró el rostro de su paciente de hito en hito. Por alguna razón, la idea de deshacer la gruesa trenza aparentaba ser condenadamente parecida a la de dejarla desnuda y qué sorpresa, todo su apetito sexual estaba concentrado en ello.
Jesús… tenía una erección de mil demonios. Justo bajo sus ropas de quirófano.
Ves, pensó, esta era la impredecible regla de la atracción en plena acción, aquí y ahora: Candace Hanson le ofrecía mamársela y él había estado tan interesado en ello como en llevar un vestido azul. Pero esta… ¿hembra? ¿mujer?... le pedía que le desenredara el pelo y no hacía más que jadear.
Vampira.
En su cabeza, escuchaba la palabra dicha con la voz y el acento de ella… y lo que más le sorprendió fue su falta de reacción ante la revelación. Sí, si consideraba todas las implicaciones su placa base empezaría a echar chispas y a sisear: ¿Los colmillos ya no eran sólo para Halloween y las películas de terror?
Y con todo lo friki ahora era lo no-friki.
Eso y esta atracción sexual que tenía entre manos.
—¿Mi pelo? —dijo ella.
—Sí… —susurró—. Me encargaré de él.
Sus manos no temblaban ligeramente. No. No lo hacían.
Se le sacudían como unas cabronas.
La punta de la trenza estaba atada con un trozo de la tela más suave que había tocado nunca. No era algodón, tampoco era seda… era algo que no había visto nunca antes y sus competentes dedos de cirujano parecían ser demasiado descuidados y ásperos sobre ella mientras iba deshaciendo el serpenteante nudo. Y su pelo… Dios, su ondulado pelo negro hacía que el tacto del tejido pareciera en comparación… ortigas
Centímetro a centímetro, fue separando los mechones entrelazados, sus ondulaciones eran suaves y pesadas. Y porque era un cabrón de mierda, en todo lo que podía pensar era en su pelo cayéndole por su pecho desnudo… sus abdominales… su polla…
—Ya es suficiente —dijo ella.
Condenadamente directo. A la vez que traía a su yo pervertido interior de vuelta al terreno de las conversaciones decentes, obligó a sus manos a detenerse. Incluso a medio deshacer, lo que se veía era asombroso. Si con el pelo recogido era hermosa, con aquellas ondulaciones curvándose alrededor de la cintura estaba completamente resplandeciente.
—Trénzalo de nuevo, por favor —dijo mientras sostenía su tarjeta con la mano relajada—. De esa forma nadie la encontrará.
Él parpadeó y pensó: bueno, por supuesto. Ni de coña el Odioso-Señor-Barba-de-Chivo podría estar de acuerdo con que su hermana alargara el brazo y tocara a su cirujano…
Sin tocar, se recordó a sí mismo.
Bueno, quizás solo un poco. Como si solo pudiera hacerle… ehh… tocarla.
Hora de callarse, Manello, incluso aunque no estés hablando en voz alta.
—Eres brillante —dijo él—, realmente inteligente.
Eso la hizo sonreír y archiva eso en la carpeta de los JODER. Esos incisivos suyos eran blancos, afilados y muy largos… diseñados por la evolución para desgarrar gargantas.
Un orgasmo cosquilleaba en la punta de su excitación…
Y justo en ese momento, ella frunció el ceño.
Joooodeeeer tiiiiiooooo.
—Ah… ¿puedes leer mentes?
—Cuando esté más fuerte, sí. Pero es que tu aroma se ha hecho más intenso.
Así que lo estaba haciendo sudar y de alguna manera ella lo sabía. Aunque… tenía el presentimiento de que no tenía ni idea del por qué y eso no era tan tentador como todo lo demás de ella: era tan inocente mientras lo miraba con detenimiento.
Además, podría ser que no pensara en él sexualmente debido a que era humano. Y hola, acababa de salir de quirófano, no es como si esto fueran unas vacaciones primaverales en Myrtle Beach.
Manny cortó su segunda conversación interior y dobló su tarjeta de negocios por la mitad. La buena noticia con todo esto del pelo era que ahora era el momento de camuflarla entre la trenza. Cuando acabó, volvió a atar la tela y a hacerle un lazo. Después, dejó la trenza a su lado, en la cama.
—Espero que la uses —le dijo—. De verdad.
Su sonrisa era tan triste que le decía que sus probabilidades no eran demasiado altas. Pero, venga ya. El contacto entre dos especies obviamente no estaba en su lista de prioridades o si no el término banco de sangre tendría totalmente diferentes connotaciones.
Pero al menos, ella tenía su información.
—¿Qué crees que ocurrirá? —preguntó ella, señalando con la cabeza sus piernas.
Los ojos de él siguieron la indicación.
—No lo sé. Las reglas obviamente son diferentes con vosotros… así que todo es posible.
—Mírame —dijo ella—: Por favor.
Él forzó una sonrisa.
—Nunca pensé que diría esto pero… no quiero —se preparó, pero no pudo alzar la mirada hasta su rostro—. Solo prométeme una cosa.
—¿Qué puedo concederte?
—Llámame si puedes.
—Lo haré.
Sin embargo, ella no lo decía en serio. Manny no era muy consciente de cómo lo sabía, pero sí que estaba jodidamente seguro de ello. Sin embargo ¿Por qué seguía conservando su tarjeta? Ni idea.
Echó un vistazo a la puerta y pensó en Jane. Mierda, debería disculparse en persona por haberle dado un poco el coñazo con todo esto.
—Antes de que lo hagas, necesito ir…
—Ojalá pudiera dejar algo de mí aquí. Contigo.
Manny se echó hacia atrás de forma brusca y la miró directamente a los ojos.
—Lo que sea. Quiero cualquier cosa que puedas darme.
Las palabras salieron como un oscuro gruñido y él fue plenamente consciente de que le estaba hablando sexualmente. ¿Cuán cerdo era por comportarse de esa forma?
—Excepto nada tangible… —negó con la cabeza—. Sería dañino para ti.
Él se la quedó mirando al fuerte y hermoso rostro… y bajó hacia sus labios.
—Tengo una idea.
—¿Qué te gustaría? —La inocencia en su mirada lo hizo parar por un momento. Y encendió su libido como una hoguera.
No era como si necesitara ayuda.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó abruptamente. Él podría ser un sátiro, pero no se llevaba a la cama a las menores. Estaba jodidamente bien construida como una adulta, pero quién sabía cuál era el ritmo de la madurez en ellos.
—Tengo trescientos cinco años de edad.
Parpadeo. Parpadeo. Yyyyyyyyyyyyy uuna más para estar seguros del todo. Condenadamente seguro que sí había superado la edad, pensó.
—¿Entonces estás en edad de casarte?
—Sí, aunque no estoy con ningún macho.
Así que existía un Dios.
—Pues entonces ya sé lo que quiero —Ella. Desnuda. Encima de él. Pero se conformaba con muchísimo menos.
—¿El qué?
—Un beso. —Levantó las manos a modo de defensa—. No tiene por qué ser ni pasional ni ardiente. Simplemente… un beso.
Cuando ella no contestó, Manny quiso patearse su propio culo y pensó seriamente en entregarse voluntariamente a ese hermano suyo para que le zurrara tal y como se merecía.
—¿Me enseñaras cómo? —susurró.
—¿Tu especie no… besa? —Sólo Dios sabía lo que hacían. Pero si algunas partes de las leyendas eran verdad, el sexo estaba en lo más alto del repertorio.
—Lo hacen. Solo que yo nunca lo he hecho antes… ¿estás enfermo? —acercó la mano hacia él—. ¿Sanador?
Él abrió los ojos… los cuales se le habían cerrado de golpe.
—Permíteme preguntarte algo. ¿Has estado alguna vez con un hombre?
—Nunca con un hombre humano. Ni… tampoco con ningún macho.
La polla de Manny se elevó hasta su máximo, lo cual era una locura. Nunca le había importado si otra mujer había estado con alguien… o no. En realidad, el tipo de muchachas tras el que normalmente iba ya habían perdido la virginidad en su temprana adolescencia y nunca miraban atrás.
Los ojos claros y pálidos de Payne lo miraron fijamente.
—Tu aroma es ahora incluso más fuerte.
Quizás porque había estallado en sudores intentando no tener un orgasmo allí mismo.
—Me gusta —añadió ella con una voz más profunda.
Hubo un momento eléctrico entre ellos dos, uno que él no creía que pudiera borrarse con ningún truco mental. Y entonces ella abrió sus labios y su lengua rosada salió para humedecerse los labios… como si se estuviera imaginando algo que la hiciera tener sed.
—Creo que quiero saborearte —dijo.
Genial. A la mierda con el beso. Si ella quería comérselo entero, él estaba de acuerdo. Y eso fue antes de ver las puntas de sus blancos colmillos asomar aún más desde la mandíbula superior.
Manny podía sentirse jadear, pero no pudo escuchar nada ya que la sangre rugía en sus oídos. Maldita sea, estaba a punto de perder el control y no, no en un sentido metafórico. Estaba literalmente a un latido de quitarle las sábanas de encima y montarla. Incluso aunque ella estuviera en tracción, nunca hubiera estado con nadie más y no fuera de su especie.
Le tomó todo lo que tenía en él y más el quedarse quieto y retroceder.
Manny se aclaró la garganta. Dos veces.
—Creo que mejor voy a pasar.
—¿Pasar?
—Para más adelante.
Al instante, su rostro cambió. Sus encantadores rasgos se endurecieron y escondieron la pasión que antes habían desprendido.
—Por… supuesto. Sí.
Odiaba hacerle daño, pero no había forma alguna de explicarle lo mucho que la deseaba sin que la cosa se volviera pornográfica. Y encima era virgen, por el amor de Dios. Se merecía alguien mejor que él.
La miró por una última vez y le encomendó a su cerebro que la recordara. De alguna manera, necesitaba no perderla.
—Haz lo que tengas que hacer. Ya.
Los ojos femeninos viajaron por toda su longitud hasta parar en sus muslos. Cuando él se dio cuenta de que estaba mirando hacia su sexo, el cual estaba tieso y pidiendo atención, discretamente escondió con las manos lo que estaba ocurriendo bajo sus ropas de quirófano.
Su voz se volvió ronca.
—Me estás matando. Ahora mismo no se puede confiar en mí en lo que a ti respecta. Así que tienes que hacerlo. Por favor. Dios, solo haz…




[i] Payne oralmente se pronuncia como la palabra «pain», que significa «dolor» en español

Capítulo 11

Ravasz. Sbarduno. Grilletto. Trekker.
Las palabras desencadenaron un estallido en el cráneo de V en todos los idiomas que podía verbalizar, su cerebro animaba la tarea de denigrarse, porque era eso o se canibalizaría.
Mientras sacudía su Google Traductor, los pies le llevaron a través de su ático del Commodore una y otra vez, su paso implacable convertía el lugar en el equivalente a la rueda de un hámster multimillonario.
Paredes negras. Techo negro. Suelo negro. La vista nocturna de Caldwell no era por lo que venía aquí.
Por la cocina, el salón, el dormitorio y vuelta.
Otra vez. Y otra vez.
A la luz de velas negras.
Había comprado el ático hacía cinco años, cuando el edificio estaba todavía en construcción. Tan pronto como el esqueleto se alzó sobre el río, había estado decidido a poseer la mitad de la parte superior del rascacielos. Pero no como alguna clase de casa, siempre había tenido un lugar aparte de donde dormía. Incluso antes de que Wrath hubiera consolidado la Hermandad en la vieja mansión de Darius, V había tenido el hábito de mantener donde dormía y escondía sus armas separado de sus… otras actividades.
Esta noche, al sentirse como lo hacía, el hecho de haber ido allí era lógico y ridículo a la vez.
Durante décadas y siglos, había desarrollado no sólo una reputación en la raza, sino un establo de machos y hembras que necesitaban lo que él tenía para darles. Y tan pronto como hubo tomado posesión de esta vivienda, los había traído aquí, a este agujero negro para una clase muy específica de sexo.
Aquí, derramaban su sangre.
Y los había hecho chillar y gritar.
Y los había follado y había hecho que los follaran.
V se detuvo al lado de su mesa de trabajo, la madera vieja golpeada y marcada no sólo por las herramientas de lo que hacía, sino por la sangre, los orgasmos y la cera.
Dios, a veces la única manera de saber cuán lejos estabas era volver a dónde habías estado antes.
Estirando la mano enguantada, agarró las ataduras gruesas de cuero que usaba para mantener a sus sumisos donde los quería.
Había usado, se corrigió. Como en el pasado. Ahora que tenía a Jane, ya no hacía esas cosas, no había tenido el impulso.
Echó un vistazo a la pared, evaluó su colección de juguetes: látigos, cadenas y alambre con púas. Abrazaderas, bolas de mordaza y hojas de afeitar. Floggers de múltiples colas. Trozos de cadenas.
Los juegos a los que jugaba -había jugado- no eran para corazones débiles ni para principiantes ni curiosos. Para los sumisos duros, había una fina línea entre la liberación sexual y la muerte… ambos te hacían correrte pero lo último era tú último disparo. Literalmente. Y él era el maestro supremo, capaz de llevar a los otros a donde necesitaban ir… y ni un centímetro más allá.
Por eso todos venían para él.
Habían venido…
A él, se corrigió.
Joder.
Y por eso su relación con Jane había sido una revelación. Con ella en su vida, no había sentido la necesidad abrasadora de nada de eso. Ni por el anonimato relativo, ni por el control que ejercía sobre sus sumisos, ni por el dolor que disfrutaba infligiéndose a sí mismo, ni por esa sensación de poder o liberación rompedora.
Después de todo este tiempo, había pensado que había sido transformado.
Equivocado.
Ese interruptor interno todavía estaba con él y había sido colocado en la posición de “encendido”.
Por otra parte, el impulso de cometer matricidio era estresante como la mierda… cuando no podías hacer nada con él.
V se inclinó y toqueteó un flogger de cuero que tenía bolas de acero inoxidable en las puntas. Mientras las colas se deslizaban entre los dedos de la mano enguantada, quiso sacarlo… porque al estar allí, habría dado cualquier cosa por un trozo de lo que había tenido antes…
No, espera. Cuando miró a la mesa, revisó eso. Quería ser lo que había sido antes. Antes de Jane, había tenido sexo como un Dom porque era la única manera en que se sentía lo bastante seguro para aguantar el acto y parte de él siempre se había preguntado, especialmente mientras hacía restallar el látigo -por decirlo así-, por qué sus sumisos habían deseado lo que él les había dado.
Ahora tenía una buena idea: lo que le golpeaba en el interior de la piel era tan tóxico y violento, que necesitaba una válvula de liberación que fuera abierta en su propia piel...
Caminó hacia una de sus velas negras sin ser consciente de que sus shitkickers cruzaban el suelo.
Y luego la cosa estuvo contra la palma antes de que supiera que la estaba agarrando.
Su ansía levantó la llama… y luego inclinó la punta encendida hacia su pecho, la caliente cera negra golpeó su clavícula y bajó como un rayo bajo la camiseta sin mangas.
Cerrando los ojos, permitió que la cabeza cayera hacia atrás mientras aspiraba un siseo entre los colmillos.
Más cera sobre la piel desnuda. Más escozor.
Mientras se le ponía dura, la mitad de él estaba a bordo y la otra mitad se sentía como un cabrón. Sin embargo, su mano enguantada no tenía problemas con la doble personalidad. Fue a por la cremallera de sus pantalones de cuero y su polla saltó.
A la luz de la vela, se vio bajarla y sostenerla sobre su erección... y luego inclinar la mecha encendida hacia el suelo.
Una lágrima negra resbaló de la fuente de calor y entró en caída libre…
—Joder…
Cuando sus párpados se aflojaron lo bastante como para poder abrirlos, miró hacia abajo para ver la cera endurecida sobre el borde de la punta, la pequeña línea marcaba el camino por donde había caído.
Esta vez gimió con lo profundo de su garganta mientras bajaba la punta de la vela… porque sabía lo que venía.
Más gemidos. Más cera. Una maldición en voz alta que fue seguida por otro siseo.
No había necesidad de amortiguarlo. El dolor era suficiente, la gota rítmica sobre su polla disparaba descargas eléctricas a sus pelotas, a los músculos de los muslos y a su culo. Periódicamente, movía la llama arriba y abajo por su miembro para conseguir disparos limpios sobre carne fresca, su excitación saltaba cada vez que caía… hasta que hubo suficientes caricias estimulantes.
Envolviendo la mano libre bajo el saco, lo puso vertical con su sexo.
La cera golpeó justo en el lugar dulce y la aguda agonía fue tan intensa que casi cayó al suelo, pero el orgasmo fue lo que evitó que se le aflojaran las piernas, el poder de la liberación lo tensó de pies a cabeza mientras se corría con fuerza.
Cera negra por todas partes.
Por toda su mano y su ropa.
Como en los viejos buenos tiempos… excepto por una cosa: fue jodidamente vacío. Oh, espera. Esa había sido la parte de DIOS, también. La diferencia era que antes no había sabido que hubiera algo más. Algo como Jane…
El sonido de llamada de su teléfono le hizo sentirse como si le hubieran disparado a la cabeza y aunque no tenía mucho volumen, la calma se rompió como un espejo, los fragmentos le mostraron un reflejo de sí mismo que no quería ver: felizmente emparejado, sin embargo, estaba aquí en su cámara de perversiones, corriéndose.
Echó la mano atrás y Curt-Shillingueó[i] la vela por la habitación, la llama se extinguió en medio del aire, esa fue la única razón por la que no ardió todo el maldito lugar.
Y eso fue antes de que viera de quien era la llamada
Su Jane. Sin duda con un informe del hospital humano. Joder, un macho de valor habría estado fuera del quirófano, esperando a que su hermana se recuperase, apoyando a su compañera. En vez de eso, había sido desterrado por estar fuera de control y había venido aquí para pasar el tiempo que debía dedicar a su familia, con su cera negra y su erección.
Pulsó contestar mientras se acomodaba la todavía dura polla dentro de los pantalones de cuero.
—Sí.
Pausa. Durante la que tuvo que recordarse que ella no podía leer las mentes y dar jodidas gracias por ello. Cristo, ¿qué había hecho?
—¿Estás bien? —dijo ella.
Ni en lo más mínimo.
—Sí. ¿Cómo está Payne? –Por favor, permite que esto no sean malas noticias.
—Ah... lo ha superado. Estamos camino de vuelta al complejo. Lo hizo bien y Wrath la alimentó. Sus vitales están estables y parece estar relativamente cómoda, aunque no hay modo de decir cuál será el resultado a largo plazo.
Vishous cerró los ojos.
—Por lo menos todavía está viva.
Y luego hubo un montón de silencio, roto sólo por el zumbido callado del vehículo en el que ella viajaba.
Por fin, Jane dijo:
—Al menos, saltamos la primera valla y la operación fue tan bien como podía… Manny estuvo brillante.
V ignoró juiciosamente ese comentario.
—¿Algún problema con el personal del hospital?
—Ninguno. Phury hizo trabajar su magia. Pero en caso de que haya alguien o algo que pasamos por alto, probablemente sea buena idea vigilar los sistemas de grabación por un tiempo.
—Me encargaré de eso.
—¿Cuándo vas a volver a casa?
Vishous tuvo que rechinar los dientes cuando se subió la cremallera. Como en media hora, iba a tener una pelota tan azul como si fuera fan de la U de K[ii]. Una vez nunca había sido suficiente para él. Le llevaba cinco o seis veces de media conseguir lo que necesitaba en una noche y no estaba nada cerca de la media en este momento.
—¿Estás en el ático? —preguntó Jane tranquilamente.
—Sí.
Hubo una pausa tensa.
—¿Sólo?
Bien, la vela era un objeto inanimado.
—Sí.
—Está bien, V —murmuró—. Puedes permitirte pensar que ahora estás bien.
—¿Cómo sabes lo que hay en mi mente?
—¿Por qué habría otra cosa?
Jesús... era una hembra de valor.
—Te amo.
—Lo sé. Yo también. —Pausa—. Quieres… ¿te gustaría estar con otra persona?
El dolor en su voz estaba casi eclipsado por la serenidad, pero para él la emoción fue muy clara por el altavoz.
—Eso está en el pasado, Jane. Confía en mí.
—Lo hago. Implícitamente. Te cortarías la mano buena primero.
Entonces por qué preguntas, pensó él mientras cerraba los ojos con fuerza y dejaba colgar la cabeza.
Bien, obvio. Le conocía demasiado bien.
—Dios... no te merezco.
—Sí, lo haces. Vuelve a casa. A ver a tu hermana…
—Tenías razón al decirme que me fuera. Siento haber sido un gilipollas.
—Se te permite serlo. Esto es algo estresante…
—¿Jane?
—¿Sí?
Intentó formar las palabras y falló, el silencio se estiró entre ellos una vez más. Joder, por más que intentara formar una frase, no encontraba la combinación mágica de sílabas para expresar apropiadamente lo que tenía dentro.
Por otra parte, quizá fuera menos una función de vocabulario y más un caso de lo que acababa de hacerse a sí mismo: sentía como si tuviera algo que confesarle y no pudiera hacerlo.
—Vuelve a casa —dijo Jane—. Ven a verla y si no estoy en la clínica, búscame.
—Bien. Lo haré.
—Va a salir bien, Vishous. Y necesitas recordar algo.
—¿Qué?
—Sé con quién me casé. Sé quién eres. No hay nada que vaya a sorprenderme… ahora cuelga el teléfono y vuelve a casa.
Mientras él se despedía y pulsaba fin, no estaba seguro de eso de no sorprenderse. Él se había sorprendido a sí mismo esta noche y no de buena manera.
Guardando su teléfono, lió un cigarrillo y se palmeó los bolsillos buscando un encendedor antes de recordar que había tirado su mechero bic en el centro de entrenamiento.
Giró la cabeza y vio una de esas malditas velas negras.
Sin ninguna otra opción, fue hasta allí y se inclinó para encender el cigarrillo.
La idea de volver al complejo era buena. Un plan bueno y sólido.
Demasiado malo que le hiciese querer gritar hasta perder la voz.
Después de terminar el cigarro, quiso apagar las velas e ir directamente a casa. Honestamente quería hacerlo.
Pero no lo hizo.
*  *
Manny soñaba. Tenía que estar soñando.
Era débilmente consciente de que estaba en su oficina, boca abajo sobre el sofá de cuero donde solía caer regularmente para atrapar el sueño REM. Como siempre, había un conjunto de ropa de quirófano apretado bajo su cabeza como almohada y se había quitado las Nikes.
Todo esto era normal, lo de costumbre.
Excepto que su pequeña siesta se había torcido… y de repente no estaba solo. Estaba encima de una mujer…
Mientras se enderezaba sorprendido, ella le miró con ojos de hielo que ardían al rojo vivo.
—¿Cómo has entrado aquí? —preguntó en voz ronca.
—Estoy en tu mente. —Su acento era extranjero y sexy como el infierno—. Estoy dentro de ti.
Y entonces él cayó en la cuenta de que debajo de su cuerpo ella estaba muy desnuda y muy caliente… y Dios Santo, incluso con su confusión, la deseaba.
Era lo único que tenía algo de sentido.
—Enséñame —dijo ella misteriosamente separando los labios y haciendo girar las caderas debajo de las de él—. Tómame.
Movió la mano entre ellos y encontró su erección, la frotó haciéndole gemir.
—Estoy vacía sin ti —dijo—. Lléname. Ahora.
Con una invitación así, no se lo pensó ni un segundo. Manoseando, se bajó el pantalón de quirófano por las caderas y entonces…
—Oh, joder —gimió cuando su dura polla se deslizó por su resbaladizo centro.
Un movimiento y estaría enterrado profundamente, pero se forzó a no violar su sexo. Iba a besarla primero y es más, iba a hacerlo bien porque… ella nunca había sido besada antes…
¿Por qué sabía él eso?
A quien coño le importaba.
Y su boca no era el único lugar al que iba a ir con los labios.
Apartándose un poco, le recorrió el cuello hasta la clavícula con los ojos… y fue incluso más abajo… o al menos lo intentó.
Lo cuál fue su primer indicio de que algo estaba mal. Aunque podía ver cada detalle de su hermosa y fuerte cara, y de su largo cabello negro trenzado, la vista de los senos estaba borrosa y permanecía así: por más que frunciera el entrecejo, no conseguía más claridad. Pero no importaba, ella era perfecta para él sin importar su aspecto.
Perfecta para él.
—Bésame —respiró ella.
Las caderas corcovearon por el sonido de su voz y mientras su erección se deslizaba contra su vagina, la fricción le hizo gemir. Dios, la sensación de ella apretada contra él, con la punta de su polla separándola y penetrando, buscando ese lugar dulce…
—Sanador —ella rechinó los dientes mientras se arqueaba, sacaba la lengua y la pasaba sobre el labio inferior…
Colmillos.
Esas dos puntas blancas eran colmillos y se congeló: lo que había debajo de él y preparado para él no era humano.
—Enséñame... tómame…
Vampiro.
Debería haber estado sorprendido y aterrorizado. Pero no lo estaba. Si acaso le hacía desear entrar en ella con una desesperación que le hacía sudar. Y había algo más... le hacía querer marcarla.
Lo que coño significara eso.
—Bésame, sanador… y no pares.
—No lo haré —gimió—. No voy a parar jamás.
Mientras hundía la cabeza para llevar los labios a los suyos, su polla explotó, el orgasmo se disparó por él con fuerza y la cubrió por completo…
Manny despertó con un jadeo lo bastante fuerte para despertar a un muerto.
Y oh, mierda, se estaba corriendo con fuerza, las caderas golpeaban el sofá mientras los recuerdos deliciosos y perezosos de su amante virgen le hacían sentir como si las manos femeninas estuvieran por toda su piel. Súper joder; aunque el sueño claramente se había acabado, el orgasmo seguía hasta que tuvo que apretar los dientes y alzar una de sus rodillas, los bombeos de su polla le tensaban los pesados músculos de los muslos y pecho hasta que no pudo respirar.
Cuando todo acabó, hundió la cara en los cojines e hizo cuanto pudo para atrapar algo de oxígeno, porque tenía la sensación de que la segunda vuelta iba a comenzar pronto. Retazos del sueño le tentaban y le hacían querer volver a ese momento que no había existido y que aún así se había sentido tan real como la consciencia que tenía ahora. Buscando en sus bancos de memoria, tiró de los filamentos de donde había estado, trayendo a la mujer de vuelta a…
El dolor de cabeza se estrelló contra sus sienes noqueándole, seguro como la mierda que si no hubiera estado ya en horizontal, habría aterrizado en el maldito suelo.
—Joooood…
El dolor era increíble, como si alguien le hubiera clavado una tubería de plomo en el cráneo y pasó un rato antes de que tuviera la fuerza para ponerse de espaldas y tratar de incorporarse.
El primer intento en vertical no fue bien. El segundo tuvo éxito sólo porque apoyó los brazos a ambos lados del torso para evitar caerse otra vez. Mientras su cabeza colgaba como un globo desinflado sobre los hombros, miró fijamente la alfombra oriental y esperó hasta que sintió que podía ir derecho al cuarto de baño y dispararse algo de Motrin.
Había tenido muchos de estos dolores de cabeza. Justo antes de que Jane muriera…
El pensamiento de su anterior jefa de trauma causó una nueva oleada de por-favor-que-alguien-me-dispare-entre-los-ojos.
Respirando superficialmente, pensó positiva, absoluta y totalmente en una puta nada que le hiciera atravesar el ataque. Cuando la agonía había pasado casi en su mayor parte, levantó la cabeza de manera experimental... por si acaso en el minuto que cambiara de altitud le causara otro martilleo.
El reloj antiguo detrás de su escritorio marcaba las cuatro dieciséis.
¿Cuatro de la mañana? ¿Qué coño había hecho toda la noche desde que dejó el hospital?
Mientras pensaba, recordó conducir por Queens después de que Glory se recuperara y su intención había sido ir a casa. Claramente, eso no había sucedido. Y no tenía ni un indicio de cuánto tiempo había estado durmiendo en su oficina. Mirando la ropa de quirófano vio gotas de sangre aquí y allá... y sus Nikes pateadas tenían los patucos azules con los que siempre operaba. Aparentemente, había trabajado sobre un paciente…
Una nueva explosión de dolor estalló por su mente, provocando que todos los músculos del cuerpo se tensaran y luchó por controlarse. Sabía que la biorretroalimentación era su única amiga y dejó que todos los procesos cognitivos se relajaran y respiró lenta y uniformemente.
Centrándose en el reloj, miró como la aguja marcaba el diecisiete... luego el dieciocho... el diecinueve...
Veinte minutos más tarde, finalmente pudo levantarse e ir dando bandazos al cuarto de baño. Dentro, su baño privado era tan magnífico como el de Alí Babá, con suficiente mármol, cristal y latón para ser digno de un castillo…. o en el caso de esta noche, para hacerle maldecir por todo ese resplandor.
Alargó la mano hacia la mampara de la ducha, se apoyó en los grifos y luego se dirigió al lavabo para abrir el espejo y agarrar la botella de Motrin. Cinco pastillas a la vez eran más de la dosis recomendada, pero maldita sea, era médico y se aconsejaba tomar más que sólo dos.
El agua caliente fue una bendición, aclarando no sólo los restos de esa increíble liberación, sino también los esfuerzos de las últimas doce horas. Dios... Glory. Esperaba que lo estuviera haciendo bien. Y que la hembra que había oper…
Mientras sentía otro aguijonazo entrando, dejó caer lo que fuera que había estado echando raíces como veneno y se concentró sólo en que el chorro golpeara la nuca, se dividiera en los hombros y cayera por la espalda y pecho.
Su polla estaba todavía dura.
Dura como una piedra.
La ironía de que la maldita cosa permaneciera despierta, a pesar del hecho de que su otra cabeza estuviera totalmente revuelta, no era cosa de risa. Lo último que quería hacer era más ejercicio de palmas, pero tenía la sensación de que esta excitación que le estaba balanceando iba a ser como una escultura de hierba: duraba hasta que te encargabas de ella.
Cuando el jabón resbaló de la jabonera de latón y aterrizó a sus pies como un yunque, maldijo y saltó… luego se agachó y levantó la barra.
Resbaladizo. Oh, tan resbaladizo.
Después de devolver el jabón Dial a donde pertenecía, dejó que la mano fuera al sur para agarrarse el miembro. Mientras movía la palma arriba y abajo, el agua caliente y la rutina resbaladiza y jabonosa fueron efectivas, pero aún así un pobre substituto para lo que había sentido al estar contra la mujer…
Agudo. Directo. Justo a su lóbulo frontal.
Dios, era como si hubiera guardias armados rodeando cualquier pensamiento de ella.
Con una maldición, cerró el cerebro porque sabía que tenía que terminar lo que había comenzado. Apoyando un brazo contra la pared de mármol, dejó caer la cabeza mientras se bombeaba. Siempre había tenido un apetito sexual tremendo, pero esto era algo más, un hambre que le golpeaba a través de cualquier barniz de urbanidad y corría profundamente a su mismo centro lo que era un avance informativo total.
—Mierda... —Mientras el orgasmo golpeaba, rechinó los dientes y se dejó caer contra las paredes húmedas de la ducha. La liberación fue tan fuerte como había sido la del sofá, saqueando su cuerpo hasta que su polla no fue lo único que se movía incontrolablemente: cada músculo que tenía parecía estar participando en la liberación y tuvo que morderse el labio para evitar gritar.
Cuando finalmente emergió del éxtasis, tenía la cara apretada contra el mármol y respiraba como si hubiera corrido de un extremo de Caldwell al otro.
O quizá todo el camino a Canadá.
Girándose hacia el chorro, se aclaró otra vez y salió, atrapando una toalla y...
Manny miró hacia sus caderas.
—Estás. Bromeando.
Su polla estaba tan erecta como la primera vez: Intrépida. Orgullosa y fuerte como sólo un tonto podría estar.
Lo que fuera. Había acabado de servirla.
En el peor de los casos, podía hacer desaparecer la maldita cosa en sus pantalones. Obviamente, el método de "alivio" no funcionaba y no tenía energía. Joder, ¿quizá estaba incubando la gripe o alguna mierda? Dios sabía que trabajando en un hospital podías coger muchas cosas.
Inclusive amnesia, evidentemente.
Manny se envolvió en una toalla y salió a la oficina… sólo para pararse en seco. Había un olor extraño en el aire… ¿algo como especias oscuras?
No era su colonia, estaba seguro.
Cruzando a zancadas sobre la alfombra oriental descalzo, abrió la puerta y se asomó. Las oficinas administrativas estaban oscuras y vacías, y no había ningún olor por allí.
Con un ceño, miró al sofá. Pero sabía que era mejor no permitirse pensar en lo que acaba de suceder allí.
Diez minutos más tarde, estaba vestido con ropa de quirófano limpia y se había afeitado. El señor Feliz, que todavía estaba como el Monumento a Washington, estaba arropado en la pretina y atado en el lugar como el animal que era. Mientras recogía la cartera y el traje que había llevado en las pistas, estaba más que listo para dejar el sueño, el dolor de cabeza y toda la condenada tarde detrás de él.
Saliendo por las oficinas del departamento quirúrgico, bajó en el ascensor al tercer piso, donde estaban los quirófanos. Los miembros de su equipo se ocupaban de sus asuntos, operando en casos de emergencia, instalando pacientes o tratando con su transporte, limpieza y preparación. Cabeceó a su gente, pero no dijo mucho… por lo que ellos sabían, era lo de costumbre. Lo cual fue un alivio.
Y casi llegó al parking sin perderlo.
Sin embargo, su estrategia de marcharse se detuvo en seco con un chirrido cuando llegó a las salas de recuperación. Había tenido la intención de pasar por allí a toda marcha, pero sus pies se detuvieron y su mente se revolvió… y bruscamente, se sintió obligado a entrar en una de las habitaciones. Mientras seguía el impulso, su dolor de cabeza, oh, sorpresa, regresó a la vida, pero lo dejó rodar mientras se empujaba en el espacio aislado que estaba al lado de la salida de emergencia.
La cama contra la pared estaba como los chorros del oro, las sábanas remetidas tan apretadas que era como si estuvieran planchadas a través del colchón. No había anotaciones del personal en la pizarra, ningún pitido en las máquinas y el ordenador no estaba encendido.
Pero el olor a lisol perduraba en el aire. Y también alguna clase de ¿perfume...?
Alguien había estado aquí dentro. Alguien a quien él había operado. Esta noche.
Y ella había…
La agonía le abrumó y Manny se lanzó a otro doblarse y agarrarse, sujetándose a la jamba y apoyándose para mantenerse en pie. Mientras la migraña o lo que fuera empeoraba, tuvo que agacharse…
Así fue cómo lo vio.
Frunciendo el ceño contra el dolor, dio un traspié hacia la mesilla de noche y se acuclilló. Estirando la mano por debajo, palmeó hasta que encontró la tarjeta doblada y tiesa.
Supo lo que era antes que mirarla. Y por alguna razón, mientras la sostenía contra su palma, el corazón se le rompió por la mitad.
Alisando el pliegue, miró fijamente el grabado de su nombre y título, y la dirección del hospital, teléfono y fax. Escrito a mano, en el espacio blanco a la derecha del logo de St. Francis, él había escrito su número de móvil.
Cabello. Pelo oscuro en una trenza. Sus manos deshaciendo…
—Hijo…de puta. –Apoyó una palma en el suelo, pero se cayó de todos modos, golpeando el linóleo con fuerza antes de rodar sobre su espalda. Mientras se acunaba la cabeza y se sostenía contra la agonía, supo que sus párpados estaban muy abiertos pero maldita sea si podía ver algo.
—¿Jefe?
Ante el sonido de la voz de Goldberg, el arponero de sus sienes se desvaneció un poco, como si el cerebro hubiera estirado la mano hacia el salvador auditivo y hubiera sido arrastrado lejos de los tiburones. Al menos temporalmente.
—Hola —gimió.
—¿Está bien?
—Aja.
—¿Dolor de cabeza?
—Nada en absoluto.
Goldberg se rió brevemente.
—Mire, hay algo por los alrededores. He tenido a cuatro enfermeras y dos administrativos abrazando el suelo como usted. He llamado al personal extra y enviado a los otros a casa a la cama.
—Sabio de tu parte.
—Adivina que.
—No lo digas. Voy, voy. —Manny se forzó a incorporarse y luego, cuando estuvo listo, levantó su lamentable culo del suelo usando las barandas de la cama del hospital.
—Se supone que se iba este fin de semana, jefe.
—Regresé. —Afortunadamente, Goldberg no preguntó por los resultados de la hípica. Por otra parte, no sabía si había algo que compartir. Nadie tenía ni un indicio de lo que Manny hacía fuera del hospital, en su mayor parte porque nunca había pensado que fuera lo bastante importante comparado al trabajo que hacían aquí.
¿Por qué sentía su vida tan vacía de repente?
—¿Necesita que le lleven? –preguntó su jefe de trauma.
Dios, echaba de menos a Jane.
—Ah... —¿Cuál era la pregunta? Ah, correcto—. Tomé algo de Motrin, estaré bien. Llámame si me necesitas. —A la salida, golpeó a Goldberg en el hombro—. Estás al cargo hasta mañana a las siete.
No registró la respuesta de Goldberg.
Salir era el asunto. Manny no estaba orientado del todo mientras encontraba el grupo de ascensores de la zona norte y tomaba uno para bajar al aparcamiento, casi era como si la última ronda de “ouchs” hubiera dejado en KO técnico todo excepto al bulbo raquídeo. Dando un paso, puso un pie delante del otro hasta que llegó a su espacio designado...
¿Dónde coño estaba su coche?
Echó una mirada alrededor. Todos los jefes de servicio tenían asignados lugares para aparcar y su Porsche no estaba en su espacio.
Tampoco tenía las llaves en el bolsillo del traje.
Y las únicas buenas noticias eran que mientras se indignaba, el dolor de cabeza retrocedió completamente, aunque fuera obvio que era el resultado del Motrin.
Dónde. Coño. Estaba. Su. Puñetero. Coche.
Joder, no podías romper una ventanilla, hacer un puente y marcharte. Necesitabas la tarjeta de paso que guardaba en su…
La cartera tampoco estaba.
Genial. Justo lo que necesitaba: una cartera robada, un Porsche camino a un desguace y vueltas con los polis.
La oficina de seguridad estaba donde se comprobaba el pase del garaje, así que fue andando en vez de llamar porque mira tú por dónde, su móvil también había desaparecido, naturalmente…
Fue más despacio. Luego se paró. A medio camino de la salida, en la fila donde pacientes y familias aparcaban, había un Porsche gris 911 Turbo. Del mismo año que el suyo. Misma pegatina de NYRA en la ventanilla de atrás.
Misma matrícula.
Se acercó como si hubiera una bomba pegada debajo. Las puertas estaban sin cerrar y fue cauteloso cuando abrió la del lado del conductor.
Su cartera, las llaves y el teléfono móvil estaban bajo el asiento delantero.
—¿Doctor? ¿Está bien?
Vaaale. Aparentemente, había dos temas musicales de la noche: ningún recuerdo y gente haciéndole una pregunta que él tenía garantizado no iba a contestar con sinceridad.
Alzando la mirada, se preguntó qué podría decir al guarda de seguridad: Oye, ¿alguien está jugando con mi mente a “Perdido y Encontrado”?
—¿Qué hace aparcado aquí? —preguntó el tipo de uniforme azul.
No tengo ni idea.
—Alguien estaba en mi sitio.
—Maldición, debería haberme llamado, tío. Lo habríamos arreglado rápidamente.
—Eres el mejor. —Por lo menos eso no era mentira.
—Bien, cuídese y… descanse. No parece tener muy buen aspecto.
—Excelente consejo.
—Debería ir a un médico. —El guardia levantó su linterna gesticulando—. Buenas noches.
—Buenas noches.
Manny entró en su Porsche fantasmal, arrancó el motor y puso marcha atrás. Mientras conducía hacia la salida del aparcamiento, sacó la tarjeta de paso y la utilizó sin problemas para abrir la puerta. Luego la avenida St. Francis, giró a la izquierda y se dirigió al centro, al Commodore.
Conduciendo, estaba seguro de una única cosa.
Estaba perdiendo su siempre adorada mente.



[i] Curt Shilling, bateador de los Red Sox.
[ii] Universidad de Kentucky, su color es el azul


Capítulo 12

V ya debería estar en casa, pensó Butch mirando al vacío, en el Pitt.
—Ya tendría que estar aquí —dijo Jane detrás de él—. Hace casi una hora que hablé con él.
—Los genios pensamos igual… —murmuró Butch mirando su reloj de pulsera. Otra vez.
Se levantó del sofá de cuero y rodeó la mesa de centro para dirigirse a la zona de ordenadores de su mejor amigo. Los Cuatro Juguetes, como llamaban a esos cacharros de alta tecnología, valían por lo menos cincuenta mil de los grandes… y eso era todo lo que Butch sabía de ellos.
Bueno, eso y como usar un ratón para localizar el GPS del teléfono de V.
No tuvo que buscarla. La dirección le dijo todo lo que necesitaba saber… y también hizo que el estómago le diera un vuelco.
—Aún está en el Commodore.
Cuando Jane no dijo nada, levantó la vista de los monitores. La shellan de Vishous estaba de pie junto al futbolín, con los brazos cruzados sobre el pecho, su cuerpo y su perfil traslúcidos, de forma que él podía distinguir la cocina detrás de ella. Después de un año, él ya se había acostumbrado a sus distintas formas y esta normalmente significaba que estaba pensando mucho en algo, concentrada en cosas distintas a hacerse corpórea.
Butch estaba dispuesto a apostar que estaban pensando lo mismo: que V se quedara hasta tarde en el Commodore cuando sabía que habían operado a su hermana y que estaba a salvo en el complejo, era sospechoso… sobre todo teniendo en cuenta el humor del hermano.
Y sus extremos.
Butch se acercó al armario y sacó su abrigo de ante.
—¿Hay alguna forma de que pudieras…? —Jane se detuvo y se rió un poco—. Me has leído la mente.
—Le traeré de vuelta. No te preocupes.
—Vale. Muy… bien. Creo que iré a quedarme con Payne.
—Buena idea.
La rápida respuesta de Butch implicaba más cosas que únicamente los beneficios médicos de que el médico de la hermana de V se quedara junto a ella… y se preguntaba si Jane lo sabía. Además, no era tonta.
Y sólo Dios sabía lo que se iba a encontrar en casa de V. Odiaría pensar que le estuviera poniendo los cuernos a Jane con cualquier mujerzuela, pero la gente comete errores, especialmente cuando los causa el estrés. Y mejor que no fuera Jane quien se encontrara con la visión de lo que podía estar haciendo.
De camino a la salida, dio a Jane un rápido abrazo, el cual ella devolvió inmediatamente, solidificándose y abrazándole de vuelta.
—Espero… —no terminó la frase.
—No te preocupes —le dijo él, mintiendo entre dientes.
Un minuto y medio después, estaba tras el volante del Escalade conduciendo como un murciélago saliendo del infierno. Aunque los vampiros se podían desmaterializar, al ser un mestizo, ese útil truco de Mi Bella Genio no estaba en su repertorio.
Menos mal que no tenía problemas con romper el límite de velocidad.
En pedazos.
El centro de Caldwell seguía en modo sueño cuando llegó y, a diferencia de entre semana, cuando los camiones de reparto y los transportes para madrugadores, suelen empezar a circular hacia el interior antes del amanecer, hoy el lugar iba a permanecer como una ciudad fantasma. El domingo es un día de descanso, o de colapso, dependiendo de lo duro que uno trabaje. O beba.
Cuando era un detective de homicidios en el DP de Caldwell, se familiarizó mucho con los ritmos diurnos —y nocturnos— de este laberinto de avenidas y edificios. Conocía los lugares donde acostumbraban a abandonar o esconder los cadáveres. Y a los elementos criminales que habían hecho una profesión o una afición de matar gente.
Había hecho tantos viajes como este a la ciudad, en una loca carrera, sin tener ninguna pista sobre donde se estaba metiendo. Aunque… puesto así, ¿su nuevo trabajo inhalando lessers con la Hermandad? Tan conocido como una zapatilla vieja en lo que se refería al subidón de adrenalina y la oscura sensación de que la muerte le estaba esperando.
Y hablando de eso, estaba a tan solo dos manzanas del Commodore cuando su sensación de que algo iba a ocurrir de manera inminente se convirtió en algo más específico… lessers.
El enemigo estaba cerca. Y había unos cuantos.
No era una cuestión de instinto. Era conocimiento. Desde que el Omega le había hecho esa cosa, se había convertido en una vara de zahorí con el enemigo; y a pesar de que odiaba tener el mal en su interior y que evitaba a propósito morder ese hueso demasiado a menudo, era una ventaja de cojones en la guerra.
Él era la profecía del Dhestroyer hecha realidad.
Con el pelo de la nuca erizándosele, estaba atrapado entre dos opciones opuestas: la guerra y su hermano. Después de una buena temporada en la que parecía que la Sociedad Lessening se estaba relajando, estaban surgiendo asesinos por todas partes en la ciudad, como si el enemigo fuera un Lázaro reviviéndose a sí mismo con nuevos miembros. Así que era bastante probable que algunos de sus hermanos estuvieran teniendo un especial de final de noche con el enemigo, en cuyo caso pronto sería convocado para ejercer su habilidad.
Coño, ¿quizás era V? Lo que explicaría lo tardío de la rutina. Mierda, a lo mejor esto no era tan desesperado como todos pensaban. Desde luego estaba lo suficientemente cerca del Commodore como para justificar la lectura del GPS y cuando estás en medio de una lucha cuerpo a cuerpo es un poco complicado que puedas apretar el botón de pausa para actualizar tu tiempo estimado de llegada.
Mientras Butch giraba la esquina, los faros del Escalade barrieron un callejón largo y estrecho que era como el equivalente urbano a un colon: los edificios de ladrillo que formaban sus paredes estaban sucios y húmedos y el camino de asfalto regado de charcos repugnantes.
—¿Qué… cojones? —jadeó.
Quitando el pie del acelerador, se inclinó sobre el volante… como si pudiera cambiar lo que estaba viendo.
En el otro extremo había una pelea en marcha, tres lessers cuerpo a cuerpo con un solo oponente.
Que no se estaba defendiendo.
Butch aparcó el SUV rápidamente y salió del lado del conductor, golpeando el pavimento en una carrera mortal. Los asesinos había triangulado a Vishous y el idiota gilipollas estaba girando lentamente en el círculo… pero no para patear culos o vigilar su propia espalda. Estaba dejando que cada uno de ellos tuviera su turno con él… y tenían cadenas.
En la penumbra de la ciudad, la sangre roja resbalaba sobre el cuero negro mientras el inmenso cuerpo de V absorbía los resbaladizos ataques de las cadenas que volaban a su alrededor. Si hubiera querido, habría agarrado los extremos de esas cadenas y tirado de los asesinos hacia él, dominando a sus atacantes, que no eran más que nuevos reclutas que aún tenían su propio color de cabello y ojos, ratas callejeras que habían sido inducidas apenas una hora y diez minutos atrás.
Cristo, con el autocontrol de V, si hubiera querido podía haberse concentrado y desmaterializado fuera del escenario.
En lugar de eso, estaba de pie con los brazos abiertos a la altura de los hombros para que no hubiera barreras entre su torso y los impactos.
El capullo bastardo iba a parecer la víctima de un accidente de tráfico si seguía así. O peor.
Al llegar al lugar de la paliza, Butch se marcó un corre-y-salta y aplastó como una torta al asesino más cercano. Mientras ambos caían al suelo, agarró un puñado de cabello negro, tiró hacia atrás y le rajó profundamente la garganta. Un chorro de sangre negra surgió de la yugular de la cosa y lo manchó todo alrededor, pero no había tiempo de dar la vuelta al asesino para inhalar su esencia hacia sus pulmones.
Ya habría tiempo para limpiar más tarde.
Butch se puso en pie de un salto y cazó el extremo de una cadena voladora. Con un buen tirón, se inclinó hacia atrás y efectuó un giro que sacó al lesser de la zona de flagelación de V y le lanzó dando vueltas como un demonio de Tasmania dentro de un contenedor de basura.
Mientras el no muerto veía las estrellas y hacía de felpudo para futuros lanzamientos de basura, Butch se dio la vuelta, listo para terminar con el asunto… sólo que, sorpresa, sorpresa, V había decidido despertarse y ocuparse del negocio. A pesar de que el hermano estaba claramente herido, era una fuerza a tener en cuenta, mientras lanzaba una patada y luego atacaba con los colmillos desnudos. Acortando la distancia con sus incisivos, mordió al lesser en el hombro y se quedó enganchado como un bulldog, entonces clavó su daga negra en el vientre del cabrón.
Cuando los intestinos de la cosa cayeron sobre el pavimento en una masa resbaladiza, V cortó el agarre Colgate y dejó que el asesino cayera desparramado.
Y entonces no quedó más que sonidos de respiración agitada.
—¿Qué coño… estabas… haciendo? —barbotó Butch.
V se dobló por la cintura y apoyó las manos en las rodillas, aunque claramente no supuso ningún alivio para la agonía que estaba sufriendo, lo siguiente que supo Butch fue que el hermano se dejó caer sobre las rodillas junto al asesino que acababa de apuñalar y sólo…respiró.
—Contéstame, cabrón —Butch estaba tan cabreado que estaba a punto de patear al HDP en la cabeza—. ¿Qué cojones estás haciendo?
Mientras una lluvia fría comenzaba a caer, de la boca de V comenzó a chorrear sangre roja y tosió un par de veces. Nada más.
Butch se pasó una mano por el pelo empapado y levantó la cara hacia el cielo. Cuando las gotas repiqueteantes le golpearon frente y mejillas, la refrescante bendición le calmó un poco. Pero no hizo nada por el agujero de su estómago.
—¿Hasta dónde ibas a dejarlo llegar, V?
No quería una respuesta. Ni siquiera estaba hablando con su mejor amigo. Sólo contemplaba el cielo nocturno con sus desvaídas estrellas y su vasta extensión sin respuesta, esperando algo de fuerza. Y entonces vio la luz. Las débiles chispas que veía arriba no eran sólo a causa de la luz ambiental de la ciudad… eran debido a que el sol estaba a punto de flexionar sus brillantes bíceps y jugar al Lite-Brite con toda esta parte del mundo.
Tenía que moverse rápido.
Mientras Vishous escupía otra carga de plasma al asfalto, Butch se centró y cogió su daga. No había tiempo para inhalar a los asesinos, pero además eso estaba más allá de la situación: cuando terminaba con este rollo del Dhestroyer, o le curaba V o se quedaba revolcándose en el país de las arcadas secas con los sucios restos del Omega consumiéndole. ¿Ahora mismo? Apenas confiaba en poderse sentar junto al hermano durante el camino hasta casa.
Puta mierda, ¿Qué quería V, una buena paliza?
Bien, porque se sentía justo como el capullo adecuado para darle una.
Cuando Butch apuñaló al lesser con las pérdidas intestinales de vuelta al Omega, Vishous ni siquiera pestañeó con el sonido y el resplandor que se produjo junto a él. Y tampoco pareció darse cuenta cuando Butch se acercó e hizo desaparecer al que tenía la raja en el cuello.
El último asesino que quedaba era el Chico del Contenedor de Basura, que había tenido la fuerza suficiente como para alzarse contra el cubo del tamaño de un coche y quedarse colgando del borde como un zombi.
Corriendo hacia allí, Butch alzó la empuñadura de su daga por encima del hombro, completamente preparado para…
Justo cuando iba a atacar, un aroma se le coló en la nariz, uno que no era únicamente “eau de enemigo”… sino algo más. Algo con lo que no podía estar más familiarizado.
Butch siguió adelante con el apuñalamiento y cuando el resplandor remitió, echó un vistazo a la parte superior del contenedor. La mitad de la tapa estaba cerrada. La otra colgaba hacia un lado, como si la hubiera retirado un camión que pasaba por allí y la vaga luz que brillaba en el interior fue suficiente para que se acercara. Por lo visto, en el edificio al que pertenecía el contenedor había algún tipo de negocio relacionado con el metal, porque había innumerables virutas de delgado metal en su interior, como si fuera una de esas ridículas pelucas de Halloween.
Dentro y entre ellas había una sucia y pálida mano de pequeños y finos dedos…
—Mierrrrrda —susurró.
Años de entrenamiento y experiencia le colocaron directamente en modo detective, pero tuvo que recordarse que no tenía tiempo que perder en este callejón. El amanecer se acercaba y si no se ponía a funcionar y volvía al complejo, iba a acabar convertido en humo.
Además, sus días como poli habían terminado hacía tiempo.
Este asunto pertenecía a los humanos. A él ya no.
De un humor absolutamente de perros, corrió hacia el SUV, puso en marcha el puto motor y apretó el acelerador hasta el fondo aunque solo tenía que recorrer unos veinticinco metros. Cuando quitó el pie del freno, el Escalade chirrió y culeó por el pavimento húmedo, deteniéndose a unos pocos centímetros de la forma encorvada de V.
Los limpiaparabrisas se movían adelante y atrás y Butch apretó el botón de apertura de la ventanilla del asiento del pasajero.
—Sube al coche —ordenó, mirando fijamente hacia delante.
No hubo respuesta.
—Sube al jodido coche.
*  *
De vuelta al lugar de sanación de la Hermandad, Payne estaba en una habitación distinta de aquella en la que había empezado, aunque todo parecía lo mismo: yacía inmóvil sobre una cama que no era la suya en un estado de impotente agitación.
La única diferencia era que ahora llevaba el pelo suelto.
Los pensamientos acerca de sus últimos momentos con su sanador se entrometían en su mente y ella se dejó ir, demasiado cansada para luchar contra la oleada. ¿En qué estado le habría dejado? Borrarle los recuerdos había sido como un acto de robo y su posterior mirada inexpresiva la habían aterrorizado. ¿Y si le había hecho daño…?
Él era completamente inocente en esto, le estaban utilizando y luego se deshacían de él sin más y él se merecía mucho más. Incluso aunque no la hubiera reparado, lo había hecho lo mejor posible, de eso estaba segura.
Después de enviarle a donde tuviera que ir a esa hora de la noche, la invadieron los remordimientos… y la noción de que no se le podía confiar ninguna información acerca de cómo ponerse en contacto con él. Esos momentos eléctricos entre ellos habían sido demasiado tentadores como para darles la espalda y lo último que deseaba era tener que robarle más recuerdos.
Con la fuerza que surge del miedo, ella había deshecho la trenza que él le había hecho, hasta que la tarjeta había caído al suelo.
Y aquí estaba ahora.
En verdad, la única posibilidad que ambos tenían, era cortar su relación. Si ella sobrevivía… si de hecho él había conseguido reconstruirla… ella le buscaría… ¿y con qué objeto?
Bah, ¿a quién estaba engañando? El beso que no había llegado a ocurrir. Por eso le buscaría. Y no pararían ahí.
Se acordó de la elegida Layla y se encontró deseando poder volver a tener la conversación que ambas habían tenido junto al lago reflectante tan solo unos días atrás. Layla había encontrado un macho con el que deseaba emparejarse y Payne había pensado que estaba mal de la cabeza, lo que había resultado una postura basada en la ignorancia. En menos tiempo de lo que llevaba alimentarse, su sanador humano le había enseñado lo que se podía llegar a sentir por el sexo opuesto.
Parcas, ella nunca olvidaría su aspecto, de pie junto a su cama, con ese cuerpo tan excitado y preparado para tomarla. Los machos eran magníficos en ese estado, qué sorpresa enterarse de algo así.
Bueno, su sanador era magnífico. No podía creer que se hubiera sentido así de haber sido cualquier otro. Y se preguntaba cómo se sentiría teniendo su boca sobre la de ella, su cuerpo en su interior…
Ay, qué fantasías surgían cuando una estaba sola y sintiéndose melancólica.
Porque en verdad, ¿qué futuro podían tener? Ella era una hembra que no encajaba en ningún sitio, un guerrero atrapado en la cálida piel del cuerpo de una Elegida, por no mencionar el problema de la parálisis. Mientras que él era un macho vibrante y sexual de una especia distinta de la de ella.
El destino jamás consideraría correcto unirlos y probablemente eso era bueno. Sería demasiado cruel para ambos, porque nunca podría existir un emparejamiento, ni de tipo ceremonial ni del físico: ella estaba refugiada aquí en el enclave secreto de la Hermandad y si el protocolo del Rey no les mantenía separados, la vena violenta de su hermano ciertamente lo haría.
Estaban destinados a no ser.
Cuando la puerta se abrió y Jane entró, fue un alivio concentrarse en otra cosa, cualquier otra y Payne trató de sonreír a la fantasmal pareja de su mellizo.
—Estás despierta —dijo Jane, acercándose.
Payne frunció el ceño ante la tensa expresión de la hembra.
—¿Cómo estás?
—Más importante, ¿cómo estás tú?
Jane apoyó una cadera en la cama, sus ojos estudiando las máquinas que monitorizaban cada bombeo de sangre y cada inhalación de los pulmones.
—¿Descansas cómodamente?
En absoluto.
—Por supuesto. Y te agradezco todo lo que se ha hecho por mí. Pero dime, ¿dónde diablos está mi hermano?
—No está… en casa aún. Pero lo estará pronto. Querrá verte.
—Y yo a él.
La shellan de V pareció quedarse sin palabras en ese momento. Y el silencio dijo mucho.
—No sabes dónde está, ¿verdad? —murmuró Payne.
—Oh… conozco el lugar. Perfectamente.
—Así que, entonces te preocupan sus predilecciones —Payne hizo un pequeño gesto de dolor—. Perdóname. Siempre soy demasiado brusca.
—Está bien. De hecho manejo mejor lo brusco que lo educado —Jane cerró los ojos brevemente—. ¿Así que sabes… lo suyo?
—Todo. Absolutamente todo. Y le quería antes de conocerle.
—¿Cómo es que… cómo lo…?
—¿Sé? Es cuestión de un momento cuando eres una Elegida. Los cuencos de ver me han permitido observarle a través de todas las etapas de su vida. Y me atrevería a decir que esta etapa contigo es, con diferencia, la mejor.
Jane hizo un sonido evasivo.
—¿Sabes lo que pasará ahora?
Ah, siempre esa pregunta… y mientras Payne pensaba en sus piernas, se encontró preguntándose algo similar.
—Ay de mí, no puedo decirlo, porque sólo muestran el pasado o el momento estrictamente presente.
Hubo un largo silencio, y luego Jane dijo:
—A veces encuentro tan difícil llegar hasta Vishous. Está justo frente a mí… pero no puedo llegar hasta él —los ojos verde oscuro brillaban—. Odia las emociones. Y es muy independiente. Bueno, yo soy igual. Desafortunadamente, en situaciones como esta, me siento como si nosotros dos no estuviéramos juntos, sino más bien uno al lado del otro, si es que eso tiene sentido. Dios, escúchame. Estoy divagando… y suena como si tuviera problemas con él.
—Al contrario, se lo mucho que le adoras. Y su naturaleza no me resulta desconocida en absoluto —Payne pensó en los abusos sufridos por su mellizo—. ¿Te ha hablado alguna vez acerca de nuestro padre?
—En realidad, no.
—No me sorprende.
Jane mantuvo su mirada.
—¿Cómo era el Bloodletter?
¿Qué contestar a eso?
—Tan solo voy a decir… que le maté por lo que le hizo a mi hermano… y lo dejaremos así.
—Dios…
—Más bien el demonio, si le aplicas las tradiciones humanas.
El ceño de Jane fue lo bastante profundo como para arrugar su frente.
—V nunca habla del pasado. Nunca. Y sólo en una ocasión mencionó lo que le pasó a su…—se detuvo ahí. Sin embargo, en realidad no había necesidad de continuar ya que Payne sabía perfectamente a qué hembra se refería—. A lo mejor tendría que haberle presionado, pero no lo hice. Hablar de temas profundos le entristece, así que lo dejé estar.
—Le conoces bien.
—Sí. Y porque le conozco, me preocupa lo que haya hecho esta noche.
Ah, sí. Las sangrientas amantes que le gustaban.
Payne se estiró para acariciar el brazo traslúcido de la sanadora… y se sorprendió al ver que allá donde tocaba, ella se volvía corpórea. Ante el sobresalto de Jane, se disculpó, pero la compañera de su mellizo negó con la cabeza.
—No, por favor. Y es raro… solo V puede hacer eso conmigo. Todos los demás simplemente pasan a través.
Y eso no era metafórico.
Payne habló con claridad:
—Eres la shellan adecuada para mi mellizo. Y sólo te quiere a ti.
A Jane se le quebró la voz.
—Pero, ¿y si no puedo darle lo que necesita?
Payne no tenía una respuesta fácil para aquello. Y antes de que pudiera formular algún tipo de contestación, Jane dijo:
—No debería estar hablando así contigo. No quiero que te preocupes por él y por mí, ni ponerte en una situación incómoda.
—Las dos le queremos y sabemos quien es, así que no hay nada sobre lo que sentirse incómoda. Y antes de que preguntes, no le diré nada. Nos convertimos en hermanas de sangre en el momento en que te emparejaste con él y siempre mantendré tu confidencia cerca de mi corazón.
—Gracias —dijo Jane en voz baja—. De nuevo un millón de gracias.
En ese momento, llegaron a un acuerdo entre ellas, el tipo de lazo sin palabras que es la fuerza y la base de toda familia, estén unidos por nacimiento o por circunstancias.
Una fuerte hembra de valía, pensó Payne.
Lo que le recordó…
—Mi sanador. ¿Cómo le llamáis?
—¿Tu cirujano? ¿Te refieres a Manny… el doctor Manello?
—Ah, sí. Me dio un mensaje para ti —Jane pareció tensarse—. Dijo que te perdona. Por todo. Sólo puedo suponer que sabes a lo que se refiere.
La compañera de Vishous exhaló aire, relajando los hombros.
—Dios… Manny —sacudió la cabeza—. Sí, sí, lo sé. De verdad que espero que salga de esta sin problemas. Se han borrado muchos recuerdos de esa cabeza suya.
Payne no podía estar más de acuerdo.
—¿Puedo preguntar… cómo sabes de él?
—¿Manny? Fue mi jefe durante años. El mejor cirujano con el que nunca he trabajado.
—¿Está emparejado? —preguntó Payne en un tono que de verdad esperaba que sonara casual.
Ahora Jane se rió.
—De ninguna manera… aunque Dios sabe que siempre hay mujeres rondándole.
La buena doctora parpadeó ante el sutil gruñido que reverberó en el ambiente; y Payne silenció rápidamente la posesividad que no tenía derecho a sentir.
—¿Qué… tipo de mujer le gusta?
Jane puso los ojos en blanco.
—Rubia, de piernas largas y tetas grandes. No sé si sabes quién es Barbie, pero ese fue siempre su tipo.
Payne frunció el ceño. Ni era rubia, ni particularmente tetona… ¿pero piernas largas? Podía apuntarse lo de las piernas largas…
¿Por qué estaba siquiera pensando en esto?
Cerrando los ojos, se encontró rezando porque el macho nunca, jamás, conociera a la Elegida Layla. Pero qué ridículo era esto…
La compañera de su mellizo le palmeó suavemente el brazo.
—Se que estás agotada así que voy a dejarte descansar. Si me necesitas, sólo aprieta el botón rojo de la barandilla y vendré inmediatamente.
Payne se esforzó en levantar los párpados.
—Gracias, sanadora. Y no te preocupes por mi mellizo. Volverá a ti antes de la llamada de la luz del amanecer.
—Espero que sí —dijo Jane—. De verdad que lo espero… Escucha, descansa y al final de la tarde empezaremos con un poco de EF.
Payne deseó un buen día a la hembra y cerró los ojos una vez más.
Dejada a sí misma, se encontró comprendiendo como se sentía la hembra acerca de la idea de Vishous con otra. Imágenes de su sanador con alguien como la Elegida Layla hacían que se sintiera enferma del estómago, aunque no hubiera causa de indigestión.
En menudo lio se había metido. Atrapada en esta cama de hospital, con la mente enredada en pensamientos acerca de un macho sobre el que no tenía derechos en tantos niveles…
Y, aun así, la idea de que él compartiera esa energía sexual con cualquiera que no fuera ella le puso en un estado directamente violento. Pensar que había otras hembras rondando a su sanador, en busca de lo que él parecía haber estado preparado para darle a ella, deseando esa tensa longitud de sus caderas y la presión de sus labios contra su boca…
Cuando gruñó de nuevo, supo que dejar ir esa tarjeta con sus datos había sido lo mejor. De otra forma hubiera provocado una carnicería contra todas las amantes que tomara.
Después de todo no tenía problemas con el asesinato.
Como la historia había probado convenientemente.
 


1 comentario:

Mary Madonna Luce dijo...

Capitulo 10 Adoro a esta pareja!!!
Pobre Manny, menos mal que V no anda cerca!!!

Capitulo 11: Intentó formar las palabras y falló, el silencio se estiró entre ellos una vez más. Joder, por más que intentara formar una frase, no encontraba la combinación mágica de sílabas para expresar apropiadamente lo que tenía dentro.

Sin dudas V es un Macho demasiado complejo. por algo ward, tiene problemas de comunicacion con el.