martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 13 14 15

Capítulo 13

Qhuinn entró en la mansión atravesando el vestíbulo. Lo cual fue un error.
Debería haber entrado por el garaje, pero la verdad era que aquellos ataúdes apilados en la esquina le flipaban. Siempre esperaba que se abrieran las tapas y una especie de «¿qué pasa tío?» al estilo La noche de los muertos vivientes le hiciera cagarse de miedo.
En cualquier caso, necesitaba superar lo de ser un nenaza.
Por cortesía de su caso de mariquita, en el instante en que entró en el vestíbulo, consiguió una toma clara de Blaylock y Saxton bajando la gran escalera, como salidos los dos de la revista GQ para la Última comida. Ambos llevaban pantalones de vestir, no vaqueros y suéteres, no sudaderas y mocasines, no shitkickers. Estaban bien afeitados, encoloniados y peinados, pero no eran afeminados en lo más mínimo.
Francamente, eso habría hecho las cosas mucho más fáciles.
¡Por el jodido amor de Dios!, deseaba que uno de los HDP fuera como la drag queen RuPaul con su mierda y toda boa de plumas y uñas pintadas. Pero no. Ellos sólo seguían pareciendo dos machos, igualmente atractivos, que sabían cómo gastarse el dinero en Saks... mientras que él, por otra parte, se arrastraba por el arroyo en sus pantalones de cuero y sus camisetas sin mangas… y en el caso de esta noche, luciendo un pelo diseñado por el sexo duro y colonia, si es que se le podía llamar así, de la misma línea de productos para el cuidado personal de la guarra de turno.
A pesar de todo, apostaría a que todo lo que los separaba a ellos del estado en el cual se encontraba él era una ducha caliente y jabonosa y una visita al viejo armario: dólares contra castigos a que ellos habían estado en una lucha cuerpo a cuerpo toda la noche. Parecían demasiado satisfechos al dirigirse hacia una comida por la que, sin duda, estaban hambrientos.
Mientras pisaban el mosaico que representaba un manzano en plena floración, el juego de azules de Blay cambió de dirección y le lanzaron una mirada de pies a cabeza a Qhuinn. La cara del tipo no mostraba ninguna reacción. Ya no.
Aquella vieja llama de dolor no se veía por ninguna parte y no porque los entretenimientos de Qhuinn no fueran perfecta y jodidamente obvios.
Saxton dijo algo y Blay apartó la mirada... y allí estaba. Un rubor en aquella adorable piel pálida mientras los ojos azules encontraban unos grises.
No puedo hacer esto, pensó Qhuinn. No esta noche.
Evitando toda la escena del comedor, se dirigió hacia la puerta de debajo de las escaleras y le dio un bueno uso. En el instante en que ésta se cerró tras él, el parloteo casual de la gente hablando se cortó y la oscuridad silenciosa se apresuró a darle la bienvenida. Que fue lo que más le gustó.
Bajó la escalera de peldaños bajos. A través de otra puerta codificada. Hacia el interior del túnel subterráneo que iba de la casa principal al centro de formación. Y ahora que estaba solo, se quedó sin gasolina, haciendo sólo medio metro antes de que sus piernas dejaran de funcionar y tuviera que apoyarse contra la pared lisa. Dejando caer la cabeza hacia atrás, cerró los ojos... y quiso ponerse una pistola en la sien.
Él había gozado de aquel pelirrojo en la trasera del Iron Mask.
Gozado de aquel hetero bien y con dureza.
Y eso había ocurrido exactamente como había previsto, comenzando con el par parloteando en la barra y mirando a las pollitas. No mucho después, un juego de copas talla doble D había aparecido lanzando el anzuelo sobre unas botas de plataforma negras. Habló con ella. Bebió con ella... y con su amiga. ¿Una hora más tarde? Los cuatro estaban en un cuarto de baño, como sardinas en lata.
Lo cual había sido la parte dos del plan. Las manos eran manos en espacios apretados, y cuando había mucho movimiento y te perdías manoseando, nunca podías estar seguro de quién te estaba tocando. Quién te acariciaba. Quién te metía mano.
Todo el tiempo que pasaron con las tías, Qhuinn había estado planeando cómo deshacerse de las mujeres y esto le había llevado mucho más de lo que había querido. Después del sexo, las hembras habían querido pasar un poco más de rato… intercambiar números, cotillear, preguntar si ellos querían salir para picar algo.
Ya, vale. Él no necesitaba ningún dígito, porque nunca iba a llamarlas, no cotilleaba ni siquiera con la gente que le gustaba y la clase de bocado que él podría ofrecerles no tenía nada que ver con la comida de un grasiento restaurante de comida rápida.
Después de archivar las peticiones en «Putas, Complacer» en su cabeza, se había visto obligado a lavarles el cerebro al marcharse lo que le había llevado a un momento raro de compasión por los machos humanos que no disponían de aquel lujo.
Y luego él y su presa se habían quedado solos, el macho humano recuperándose contra el lavabo y Qhuinn fingiendo hacer lo mismo contra la puerta. Finalmente los ojos habían hecho contacto visual, despreocupados por el lado del humano, muy serios por el de Qhuinn.
—¿Qué? —había preguntado el hombre. Pero lo había sabido... porque sus párpados se habían vuelto pesados.
Qhuinn se había llevado la mano a la espalda y había echado el pestillo para que no les interrumpieran.
—Todavía tengo hambre.
Bruscamente, el pelirrojo había mirado fijamente la puerta como si quisiera marcharse... pero su polla había contado una historia diferente. Detrás de los botones de la bragueta de aquellos vaqueros... él se puso duro.
—Nadie lo sabrá jamás —había dicho misteriosamente Qhuinn. Demonios, él podría haberlo hecho de manera que el pelirrojo no lo recordara, aunque, siempre y cuando el tipo no pillara todo el asunto de vampiro, no había ninguna razón para sacar el friega-cráneos Swiffer y limpiar las cosas.
—Pensaba que habías dicho que no eras gay… —El tono había sido lastimero, como si el hombre no se sintiera completamente cómodo con lo que su cuerpo quería.
Qhuinn había reducido la distancia entre ellos, poniendo su pecho contra el del pelirrojo. Y luego había agarrado al tipo por la nuca y había tirado de él hasta su boca. El beso había hecho lo que estaba destinado a hacer: sacar todo pensamiento del cuarto de baño y dejar detrás solamente sensaciones.
La mierda había seguido desde allí. Dos veces.
Cuando se acabó, el tipo no le había ofrecido su número. Él se lo había pasado espectacularmente, pero estaba claro que había sido la primera-y-única cosa experimental por su parte… lo cual le parecía perfecto a Qhuinn. Se habían separado sin una palabra, cada uno para seguir con su vida, con el pelirrojo dirigiéndose de vuelta a la barra... y Qhuinn yéndose a vagar por las calles de Caldwell solo.
Únicamente la llegada inminente del alba le había hecho volver aquí.
—Jodido infierno... —se dijo.
Toda la noche había sido una lección de cómo rascarse con hiedra venenosa… sí, había momentos en la vida en los que actuar por poderes funcionaba: en una reunión del consejo, por ejemplo, cuando enviabas a algún otro para dar tu voto. O cuando necesitabas algo del supermercado y le dabas la lista a un doggen. O cuando habías prometido jugar al billar, pero estabas demasiado borracho como para sostener el taco, entonces conseguías que otro hiciera el saque inicial de tus bolas.
Por desgracia, la teoría de actuar por poderes ciertamente no funcionaba cuando deseabas haber sido el que le quitara la virginidad a alguien, pero no lo habías hecho, y en lugar de ello, tu mejor idea reiterativa era ir a un club, encontrar a alguien con rasgos físicos similares, como... oh, digamos... color del pelo... y follártelo.
En aquella situación por poderes, terminabas sintiendo un vacío y no porque se te hubieran salido los sesos y flotaras en una pequeña nube postcoital de Ohhhhh, sí.
De pie en este túnel, absolutamente solo, Qhuinn estaba completamente vacío en su propia piel. Un pueblo fantasma de cabo a rabo.
Igualmente mal, su libido estaba lejos de las ideas brillantes. En la silenciosa soledad, comenzó a imaginar cómo sería si fuera él en vez de su primo el que bajara con Blay para la comida. Si fuera él, el que compartiera no sólo una cama, sino un dormitorio con el tipo. Si se enfrentara a todo el mundo y dijera, ¡Eh! éste es mi compañero…
El confinamiento mental que siguió a aquella pequeña cancioncilla fue tan completo que sintió como si hubiera sido golpeado en la cabeza.
Y ése era el problema, que no lo fue.
Mientras se frotaba sus ojos disparejos, recordó lo mucho que su familia le había odiado: le habían criado en la creencia de que su defecto genético de tener un iris azul y otro verde significaba que él era un fenómeno anormal y lo habían tratado como una vergüenza para el linaje.
Bien, en realidad había sido peor que eso. Ellos habían terminado por echarle a patadas de la casa y enviando a una guardia de honor para que le enseñara una lección. Que fue como había terminado siendo un wahlker.
Y pensar que ellos nunca habían conocido las otras «anormalidades» que él abrigaba.
Como el desear estar con su mejor amigo.
Cristo, no necesitaba un espejo para verse como el cobarde y fraude que era... pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Estaba prisionero en una jaula sin una llave que poder encontrar, los años de burlas por parte de su familia le encajonaban y constreñían: la verdad detrás de su lado salvaje era que él era un puro marica. Blay, por otra parte, era el fuerte. Cansado de esperar, Blay había proclamado quién era y encontrado a alguien con quien estar.
Jodido infierno, eso dolía...
Con una maldición, cortó el monólogo premenstrual y se obligó a seguir caminando. Con cada paso que daba se controlaba más, sellando su confuso mecanismo interior conjuntamente y reforzando sus tubos agujereados.
La vida iba de cambios. Blay había cambiado. John había cambiado.
Y él, por lo visto, era el siguiente en la lista, porque no podía seguir conduciéndose de esta manera.
Mientras entraba al centro de formación por la parte de atrás de la oficina, decidió que si Blay podía pasar página, él también. La vida era lo que uno decidía que fuera, sin tener en cuenta dónde te ponía el destino, la lógica y el libre albedrío significaban que podías ser o estar cómo y dónde te diera la puta gana.
Y él no quería estar donde estaba: Ni el sexo anónimo. Ni la estupidez desesperada. Ni los celos ardientes, ni las molestas excusas que no le llevaban a ninguna parte.
El vestuario estaba vacío, ya que no había clases de formación en marcha y se cambió, quedándose desnudo antes de ponerse pantalones cortos negros de correr y un par de Nikes negras. La sala de entrenamiento era lo más parecido a una cámara de eco, mejor así.
Encendiendo el sistema de sonido, repasó la mierda con el mando a distancia. Cuando cambió a la canción Clint Eastwood de Gorillaz, se fue hacia la cinta de correr y se subió a ella. Odiaba hacer ejercicio... despreciaba la naturaleza autómata de gerbo que había en todo esto. Mejor era follar o luchar, siempre lo había dicho.
Sin embargo, cuando estabas atrapado dentro debido al amanecer y estabas decidido a intentar probar el celibato, el correr para llegar a ninguna parte parecía lo bastante jodidamente viable como una chupada de energía.
Sacándole todo el jugo a la máquina, subió sobre ella y cantó mientras tanto.
Se concentró en el hormigón blanco pintado a lo ancho del camino y golpeó un pie después del otro, una y otra vez y otra vez, hasta que no hubo nada en su mente o en su cuerpo salvo las pisadas repetitivas, el latido de su corazón y el sudor que se formaba en su pecho desnudo, estómago y espalda.
Por una vez en su vida, no iba como un suicida: la velocidad estaba calibrada de modo que su paso fuera a un ritmo regular, la clase de cosa que podría mantener durante horas.
Cuando tratas de escapar de ti mismo, gravitas hacia lo estridente y desagradable, hacia los extremos, hacia lo imprudente, porque eso te obliga a trepar y agarrarte con uñas y dientes al precipicio de tu propia autoinvención.
Tal como Blay era el que era, Qhuinn, lo mismo: aunque deseara poder estar con el... macho... que amaba, no podía ir por ahí.
Pero por Dios que iba a dejar de huir de su cobardía. Tenía que admitir su mierda, incluso si ésta hacía que se odiara hasta la médula. Porque tal vez si lo hacía, dejaría de tratar de distraerse con sexo y bebida, y entendería lo que realmente quería.
Aparte de a Blay, claro está.

Capítulo 14

Sentado al lado de Butch en el Escalade, V era una contusión de dos metros y ciento trece kilos de peso.
Cuando aceleraron de vuelta al complejo, cada centímetro de él palpitaba y el dolor formaba una neblina que acallaba el grito en su interior.
Así que había conseguido algo de lo que necesitaba.
El problema era que el alivio comenzaba ya a desvanecerse y eso no hizo que el Buen Samaritano de detrás del volante consiguiera cabrearle. Ni que el poli pareciera preocupado. Él había estado marcando aquel teléfono móvil suyo y colgando y marcando otra vez y colgando, como si los dedos de su mano derecha tuvieran un caso de Tourette.
Probablemente estaba llamando a Jane y cambiando de opinión. Gracias joder…
—Sí, quisiera denunciar un cadáver —oyó que decía el poli—. No, no voy a darle mi nombre. Está en un contenedor en un callejón de la Calle Diez, dos bloques más allá del Commodore. Parece ser una hembra caucasiana, final de la adolescencia, principios de los veinte... No, no voy a darle mi nombre… Eh, ¿qué le parece si toma nota de la dirección y deja de preocuparse por mi...?
Mientras Butch se enzarzaba con el operador, V cambió de postura en el asiento y sintió que las costillas rotas de su costado derecho aullaban. Nada mal. Si necesitaba otro golpe de relajación, podría hacer sólo algunos abdominales y regresar a una ronda-de-agonía.
Butch tiró el móvil sobre el salpicadero. Maldijo. Maldijo de nuevo.
Entonces se decidió a compartir la riqueza:
—¿Hasta dónde ibas a dejarlos llegar, V? ¿Hasta que te apuñalaran? ¿Quedando abandonado a la salida del sol? ¿Qué iba a ser lo suficientemente lejos?
V habló, más o menos, con su labio hinchado.
—No finjas, ¿vale?
—¿Fingir? —Butch balanceó la cabeza, sus ojos eran positivamente violentos—. ¿Perdón?
—No pretendas... que no sabes cómo es esto. Te he visto de juerga... he visto… —tosió—. Te he visto borracho hasta las patas con un vaso en cada mano. Así que no te hagas el santo conmigo.
Butch volvió a concentrarse en la carretera.
—Eres un miserable hijo de puta.
—Lo que tú digas.
Sí, eso fue todo en cuanto a conversación.
Para cuando Butch llevó el coche hasta delante de la mansión, ambos estaban estremeciéndose y parpadeaban como si les hubiera golpeado en la jeta el maestro jedi Mace con su sable de luz: El sol todavía estaba sepultado en el lado opuesto del horizonte, pero lo bastante cerca ya como para poner un rubor en el cielo que estaba a sólo unos megavatios al sur de ser mortal para un vampiro.
No entraron en la mansión. Ni de coña. La última comida estaba a punto de coger su cuchillo y tenedor, y dado el humor de ambos, no había razón alguna para alimentar el molino de cotilleos.
Sin decir otra palabra, V anduvo hasta el Pit y tiró directo a su dormitorio. No estaba como para que le vieran Jane o su hermana con esta pinta, de veras. Demonios, considerando lo que parecía su careto, no podría estar visible para ellas ni siquiera después de una ducha.
En el baño, abrió el agua y se desarmó en la oscuridad, lo cual implicó todo lo de sacarse la daga del cinturón de la pistolera de alrededor de su cintura y ponerla sobre la encimera del lavabo. Su ropa estaba asquerosa, cubierta de sangre, cera y otras porquerías y la dejó caer al suelo, sin saber muy bien lo que iba a hacer con ella.
Luego se puso bajo la salida de agua antes de que estuviera caliente. Cuando el agua fría le golpeó en la cara y los pectorales, siseó, el choque dándole un golpe bajo a su polla y le puso duro… pero no sentía ningún interés en hacer algo respecto a la erección. Se limitó a cerrar los ojos mientras su sangre y la sangre de su enemigo regaban su cuerpo y eran succionadas por el desagüe.
Tío, después de lavar su mierda, estaba como para ponerse un cuello de cisne. Su cara estaba machacada, pero quizás eso podría quedar justificado convincentemente porque había tenido una pelea con el enemigo. ¿Convirtiéndose en un lienzo amoratado de pies a cabeza?
No tanto.
Echó la cabeza hacia atrás y dejó que el agua le recorriera la nariz y la barbilla, tratando desesperadamente de volver al flotar entumecido que había tenido en el coche, pero con el dolor desvaneciéndose, su droga de primera calidad estaba perdiendo su agarre en él y el mundo se estaba volviendo demasiado claro de nuevo.
Dios, la sensación de estar fuera de control y cabreado le ahogaba tan claramente como si tuviera unas manos alrededor de su garganta.
Jodido Butch. Hermanita de la caridad, culo-fisgón, hijo de puta entrometido.
Diez minutos más tarde, salió, agarró una toalla negra y se frotó de arriba a abajo con el trapo de felpa mientras se encaminaba al dormitorio. Abriendo de golpe su armario, dispuso una vela negra en él y... tuvo una clara visión de camisetas de tirantes. Y cuero. Que era lo que le llegaba a pasar a tu guardarropa cuando luchabas a lo largo de una vida y dormías desnudo.
Ningún cuello de cisne a la vista.
Bien, tal vez las contusiones no estaban tan mal…
Un rápido giro hacia el espejo de detrás de la puerta y hasta él tuvo que hacer una pausa. Parecía como si la bestia de Rhage le hubiera dado zarpazos, grandes franjas de verdugones rojos inflamados le envolvían el torso y se derramaban sobre sus hombros y pectorales. Su cara era un jodido chiste, un ojo tan hinchado que el párpado era casi inoperativo... el labio inferior estaba profundamente partido... la mandíbula le hacía parecer una ardilla acumulando nueces.
Genial. Se parecía a uno de los chicos de Dana White[i].
Después de agarrar su ropa sucia y meterla al fondo del armario, sacó la cabeza de globo inflado al pasillo y se quedó escuchando. La cháchara del programa de deportes de la ESPN se oía a lo lejos abajo a la izquierda. Algo líquido se estaba vertiendo a la derecha.
Se dirigió al cuarto de Butch y Marissa con el culo al aire. No había razón para esconderle las contusiones a Butch… el HDP había visto cómo ocurrían.
Cuando puso un pie en la entrada, se encontró al poli sentado a los pies de la cama con los codos en las rodillas, un vaso de Lag entre las manos y la botella entre sus mocasines.
—¿Sabes en qué estoy pensando ahora mismo? —dijo el tipo sin alzar la vista.
V podía imaginase que se trataba de una lista tremenda.
—Dime.
—En la noche que te vi. lanzarte desde el balcón del Commodore. La noche que creí que habías muerto. —Butch dio un trago del vaso—. Supuse que habíamos terminado con eso.
—Si te sirve de consuelo... yo también.
—¿Por qué no vas ver a tu madre? Habla de esta mierda abiertamente con ella.
¿Como si hubiera algo que esa hembra pudiera decir sobre ese punto?
—La mataría, poli. No sé cómo lo haría... pero mataría a esa perra por esto. Me abandona a ese sociópata de padre… siendo exactamente consciente de cómo es él, porque, ¡hola!, ella lo ve todo. Y luego, se oculta de mí durante trescientos años, antes de salir a la luz durante mi cumpleaños y querer colocarme de semental para su religión tonta del culo. Pero, yo podía haberle dado la patada a esa mierda, ¿cierto? Sin embargo, ¿mi hermana, mi melliza? mantuvo a Payne encerrada, poli. Reteniéndola contra su voluntad. Durante siglos. ¿Y nunca me dijo que tenía una hermana? Eso también jode mucho. He acabado. —V se quedó mirando la botella de Lag —. ¿Te sobra algo de líquido ahí?
Butch le puso el tapón a la botella y se la arrojó. Cuando V la agarró en su palma, el poli dijo:
—Sin embargo despertar muerto no es la respuesta. Y ninguno estaba consiguiendo patearte el culo de esa manera.
—¿Te ofreces voluntario para hacerlo por mí, entonces? Porque me estoy volviendo loco y necesito sacar esto, Butch. De veras. Soy peligroso así… —V tomó un trago de bebida y maldijo cuando el tajo en su labio lo hizo sentir como si hubiera chupado el extremo equivocado de un liado a mano—. Y no puedo pensar en ninguna manera de sacarlo de mí, porque seguro como la mierda que no voy a caer en mis viejos hábitos.
—¿No estás tentado en absoluto?
V se preparó y luego fue a por otro trago. A través de muecas, dijo:
—Quiero la liberación, pero no voy a estar con nadie salvo con Jane. De ninguna manera voy a volver a nuestro lecho con toda mi polla apestando a alguna guarra… eso lo arruinaría todo, no sólo para ella, sino también para mí. Además, lo que necesito ahora mismo es un Dom, no una sumisa… y no hay nadie en quien yo pueda confiar. —Excepto tal vez Butch, pero esto cruzaría demasiadas líneas—. Así que estoy pillado. Llevo a una arpía gritando en mi cabeza y no voy a ninguna parte con ello... y me está jodiendo mentalmente.
Jesús... lo había dicho. Todo.
Bien por él.
Y la recompensa fue otra chupada de la botella.
—Maldita sea, me duele el labio.
—No te ofendas, pero bueno… te lo mereces. —Los ojos de color de avellana de Butch se alzaron y después de un momento, sonrió un poco, destellando aquella funda en su diente delantero así como sus colmillos—. ¿Sabes?, por un minuto, realmente empecé a odiarte allí, de verdad que lo hice. Y antes de que preguntes, los cuellos de cisne están abajo al fondo de aquella percha. Coge algún pantalón de chándal, también. Tus piernas parece que han sido golpeadas con un martillo de carpintero y esa pelota tuya claramente está a punto de explotar.
—Gracias, tío. —V caminó a lo largo de la fila de ropa que estaba suspendida en finas perchas de cedro. Una cosa que podías decir sobre Butch era que su guardarropa estaba lleno de opciones—. Nunca pensé que me alegraría de que fueras un maniaco de la ropa.
—Creo que el término es vestir con elegancia.
Con ese acento de Boston suyo, las palabras salieron vesstir con eleganccia y V se encontró preguntándose si hubo algún tiempo en el que él no hubiera oído ese sonido vibrante del sur de Boston en su oído.
—¿Qué vas a hacer respecto a Jane?
V puso la botella en el suelo, se metió un cuello de cisne de cachemir por la cabeza, y le irritó ver que apenas le tapaba el ombligo.
—Ya tiene bastante con lo suyo. Ninguna shellan necesita oír que su macho salió en busca de una buena paliza y no quiero que tú se lo digas.
—¿Cómo vas a explicar tu careto, listillo?
—La hinchazón está bajando.
—No lo bastante rápido, vas a ir a ver a Payne así que…
—Ella tampoco necesita el placer de esta visión. Sólo voy a escabullirme un día escaso. Payne está en recuperación y, al menos, está estable, eso es lo que Jane me dijo, así que me voy a ir a mi forja.
Butch le ofreció su vaso.
—Si no te importa.
—Roger a eso. —V vertió un poco para su chico, se sirvió otra copa para él y luego se puso unos pantalones. Extendiendo los brazos, se dio una vuelta—. ¿Mejor?
—Todo lo que veo son tobillos y muñecas, y, PTI, tiras un poco a Miley-fricki Cyrus con ese alarde de vientre. No es atractivo.
—Que te den por el culo. —Cuando V tomó otro pelotazo de la botella, decidió que emborracharse era su nuevo plan—. No puedo remediar que seas un maldito enano.
Butch ladró una carcajada y luego volvió a ponerse serio.
—Si sacas esa mierda otra vez...
—Me pediste que cogiera tu ropa.
—Eso no es de lo que estaba hablando.
V tiró de las mangas del cuello de cisne y no llegó a ninguna parte en absoluto con ellas.
—No vas a tener que intervenir, poli y no voy a matarme. Ese no es el asunto. Sé donde está la línea.
Butch maldijo, su cara se puso severa.
—Eso dices y creo que piensas que es verdad. Pero las situaciones pueden caer en espiral, especialmente las de esta naturaleza. Puedes montar aquella ola de... lo que sea que necesites... y la marea puede volverse contra ti.
V flexionó la mano del guante.
—No es posible. No con esto y de verdad que no quiero que hables con mi chica sobre ello, ¿vale? Prométemelo. Tienes que quedarte fuera de esto.
—Entonces tienes que hablar con ella.
—¿Cómo puedo decirle...? —Su voz se rompió y tuvo que aclararse la garganta—. ¿Cómo coño puedo explicarle esto?
—Cómo puedes no hacerlo. Ella te ama.
V sólo sacudió la cabeza. No podía ni imaginarse diciéndole a su shellan que quería que le hicieran daño físicamente. Eso la mataría. Y él definitivamente no quería que ella le viera de ese modo.
—Mira, voy a encargarme de esto yo mismo. De todo.
—Eso es lo que me da miedo, V. —Butch se tragó el resto de su whisky escocés de un solo viaje—. Ese es... nuestro problema más grande.
*  *
Jane estaba velando el sueño de su paciente cuando su teléfono móvil se disparó en su bolsillo. No era una llamada, sino un mensaje de texto de V: sty casa, voy forja trabjar. QtalP? y tú?
Su exhalación no fue de alivio. Él había vuelto aproximadamente diez minutos antes de la salida del sol, ¿y no había ido a verlas ni a ella ni a su hermana?
Al cuerno con eso, pensó, mientras se levantaba y salía de la sala de recuperación.
Después de hacerle un informe de la paciente a Ehlena, que estaba en la sala de examen de la clínica actualizando los archivos de los Hermanos, Jane se marchó por el pasillo, giró a la izquierda en la oficina y salió por la parte de atrás del armario de suministros. Sin necesidad de perder el tiempo con los códigos de la cerradura se limitó a atravesarla incorpóreamente…
Y allí estaba él, en el túnel, aproximadamente a treinta metros, alejándose de ella... dejando atrás en su camino el centro de formación para adentrarse aún más profundo en la montaña.
Las luces fluorescentes del techo le iluminaban por encima de la cabeza, golpeando sus hombros enormes y la maciza parte inferior de su cuerpo. A juzgar por el lustre, su pelo parecía estar mojado y el olor persistente del jabón que él siempre usaba fue la confirmación de que acababa de ducharse.
—Vishous —dijo su nombre una vez, pero el túnel era una cámara de eco que rebotó las sílabas de acá para allá, multiplicándolas.
Él se paró.
Esa fue la única respuesta que ella consiguió.
Después de esperar a que él dijera algo, se diera la vuelta... para contestarla, descubrió algo nuevo sobre su estado fantasmal: aunque no estuviera técnicamente viva, sus pulmones todavía podían arder como si se estuviera asfixiando.
—¿Adónde fuiste esta noche? —dijo ella sin esperar una respuesta.
Y no consiguió una. Pero él se había parado directamente bajo un aplique del techo, por lo que incluso a distancia pudo ver como sus hombros se erguían tensos.
—¿Por qué no te vuelves, Vishous?
Dios bendito... ¿qué había hecho él en el Commodore? Oh, Jesús...
Curioso, había una razón por la que la gente «construía» vidas en convivencia. Aunque las elecciones que hicieras como marido y mujer no fueran ladrillos y el tiempo no fuera mortero, todavía construías algo tangible y real. Y ahora mismo, mientras su hellren se negaba a ir a ella… demonios, incluso a enseñarle su cara, un terremoto estaba retumbando bajo lo que ella había pensado que era tierra sólida.
—¿Qué hiciste esta noche? —preguntó en tono ahogado.
Ante esto, él giró sobre sus talones y dio dos pasos largos hacia ella. Pero no fue para acercarse. Fue para salir de la luz directa. Aunque, a pesar de eso…
—Tu cara —jadeó ella.
—Me metí en una lucha con algunos lessers. —Cuando ella fue a adelantarse, él levantó su mano—. Estoy bien. Ahora mismo, sólo necesito un poco de espacio.
Ella pensó que algo en esto no cuadraba. Y odiaba la pregunta que le saltó a la mente, hasta el punto de que se negó a dejarla salir.
Salvo que entonces todo lo que tuvieron fue silencio.
—¿Cómo está mi hermana? —dijo él de repente.
Con la garganta atenazada, ella contestó:
—Todavía está descansando sin problemas. Ehlena está con ella.
—Tú deberías tomarte algo de tiempo libre y descansar.
—Lo haré. —Aja, vale. Con cosas como estas entre ellos, Jane no iba a dormir nunca más.
V se pasó la mano enguantada por el pelo.
—Ahora mismo, no sé qué decir.
—¿Estabas con alguien más?
Él ni siquiera vaciló:
—No.
Jane se le quedó mirando... y luego despacio exhaló. Una cosa que era cierta sobre su hellren, una cosa sobre la que podrías jurar siempre, era que Vishous no mentía. De todos los defectos que tenía, éste no era uno de ellos.
—De acuerdo —dijo ella—. Ya sabes dónde encontrarme. Estaré en nuestra cama.
Fue ella la que se dio la vuelta y comenzó a andar en dirección contraria. Aunque la distancia entre ellos le rompía el corazón, no iba a acosarle con algo que él no era capaz de enfrentar y si necesitaba espacio... bien, se lo daría.
Pero no para siempre, eso seguro.
Tarde o temprano, aquel macho iba a hablar con ella. Tenía que hacerlo o ella iba a... Dios, no sabía qué haría.
Sin embargo, su amor no iba a sobrevivir para siempre en este vacío. Sencillamente no podría.

Capítulo 15

El hecho de que José de la Cruz diera con un Dunkin' Donuts con servicio a coches de camino al centro de Caldwel era una mierda de cliché. La sabiduría popular tenía a los detectives de homicidios bebiendo café y comiendo donuts, pero eso no siempre era verdad.
A veces no había tiempo para detenerse.
Y tío, aparte los retorcidos programas de televisión y las novelas de detectives, la realidad era, que él funcionaba mejor con cafeína y con un poco de azúcar en la sangre.
Además, él vivía para las salsas de miel. Así que lo demandaran.
La llamada que le había despertado a él y a su esposa había entrado cerca de las seis de la mañana, que considerando el número de timbrazos nocturnos, fue casi civilizado: los cadáveres, al igual que los vivos con problemas médicos, no seguían las reglas de nueve a cinco... así que la hora casi decente había sido una bendita novedad.
Y eso no fue lo único que se puso en su camino. Por cortesía de que fuera un domingo por la mañana, que las carreteras y autopistas fueran boleras vacías y su coche sin marcas hiciera un tiempo excelente desde los suburbios... así que su café todavía estaba bien caliente mientras se orientaba por el distrito de los almacenes, avanzando a tirones en los semáforos en rojo.
La cola de los coches patrulla anunciaba el lugar donde había sido hallado el cuerpo incluso mejor que la cinta amarilla de advertencia que había sido enrollada por todas partes como la cinta en algún jodido regalo de Navidad. Con una maldición, aparcó en paralelo a la pared de ladrillo del callejón y salió, bebiendo y caminando en dirección al corrillo de uniformados azules de aspecto sombrío.
—Hey, detective.
—Qué tal, detective.
—Hola, detective.
Él saludó con la cabeza a los muchachos.
—Buenos días a todos. ¿Qué tenemos?
—No la hemos tocado. —Rodríguez señaló con la cabeza hacia el contenedor Dumpster—. Está ahí y Jones está tomando las primeras fotografías. El forense y los tipos del CSI están en camino. Así que es la tío-sógina.
Ah, sí, su fiel fotógrafa.
—Gracias.
—¿Dónde está tu nuevo compañero?
—Llegando.
—¿Está preparado para esto?
—Ya veremos. —Sin duda este callejón roñoso estaba más que familiarizado con gente que echaba las galletas. Así que si el novato perdía su proverbial almuerzo, todo estaría bien.
José se metió debajo de la cinta y se dirigió hacia el Dumpster. Como siempre que se acercaba a un cuerpo, le pareció que su sentido del oído se volvía casi insoportablemente agudo: la suave cháchara de los hombres detrás de él, el sonido de las suelas de sus zapatos en el asfalto, el viento silbando en el río... todo era demasiado alto, como si el volumen de todo el maldito mundo hubiese subido hasta la zona roja.
Y, por supuesto, la ironía era que el propósito de su presencia aquí, en esta mañana, en este callejón... el objetivo de todos los coches y los hombres y la cinta... estaba perfectamente silencioso.
José agarró su taza desechable mientras miraba por encima del borde del cubo oxidado. La mano de ella fue lo primero que vio, una pálida alineación de dedos con uñas que estaban rotas y había algo marrón debajo de ellas.
Había sido una luchadora, quienquiera que fuese.
Mientras estaba de pie sobre otra chica muerta, deseaba como el infierno que su trabajo fuera tranquilo un mes o una semana... o al menos por una noche. Demonios, a por lo que iba en realidad era a por una carrera tranquila: cuando se estaba en su línea de trabajo, era difícil obtener satisfacción de lo que se hacía. Incluso si se resolvía un caso, alguien aún tendría que enterrar a un ser querido.
—¿Quiere que abra la otra mitad? —dijo el poli junto a él, sonando como si estuviera en la punta de un megáfono.
José casi le dijo al chico que se callara, pero eso era mejor a que hablara como si estuviera en una biblioteca.
—Sí. Gracias.
El oficial utilizó una porra para levantar la tapa lo suficiente para que la luz se derramara en el interior, pero el tipo no miró dentro. Sólo se quedó allí de pie como uno de aquellos envarados delante del Palacio de Buckingham, mirando fijamente al otro lado del callejón mientras se concentraba en nada.
Cuando José se levantó de puntillas y echó un vistazo, no culpó al uniformado por su reticencia.
Acostada en una cama de rizos metálicos, la mujer estaba desnuda, la piel gris y manchada se iluminaba de un modo extraño en la difusa luz del amanecer. A juzgar por su rostro y cuerpo, parecía estar al final de la adolescencia, al principio de los veinte. Caucásica. El cabello había sido cortado por las raíces, tan cerca en algunos sitios que el cuero cabelludo estaba lacerado. Los ojos... habían sido extirpados de sus órbitas.
José sacó un bolígrafo del bolsillo, se estiró hacia abajo y, con cuidado, separó los labios rígidos de ella. Sin dientes... no quedaba ni uno en las melladas encías.
Moviéndose a la derecha, levantó una de las manos de ella para poder ver la parte oculta de las yemas de los dedos. Completamente quitadas.
Y lo que había hecho para ocultar su identidad no terminaba en la cabeza y las manos... le habían cortado trozos de piel, una en la parte superior del muslo, otra debajo en la parte interna del brazo y dos en el interior de las muñecas.
Maldiciendo en voz baja, estuvo seguro de que se habían deshecho de ella aquí. No había suficiente privacidad para hacer este tipo de trabajo... esta mierda requería tiempo y herramientas... y restricciones para mantenerla quieta.
—¿Qué tenemos, detective? —dijo su nuevo compañero detrás de él.
José miró por encima del hombro a Thomas DelVecchio, Jr.
—¿Ya has desayunado?
—No.
—Bien.
Retrocedió un poco para que Veck pudiera echar un vistazo. Como el tipo era unos quince centímetros más alto, no necesitaba arquearse para ver dentro, todo lo que hizo fue inclinar las caderas. Y luego se quedó mirando fijamente. Nada de tambalearse hacia la pared y vomitar. Ningún jadeo. Ningún cambio en su expresión, tampoco.
—El cuerpo fue arrojado aquí —dijo Veck—. Tuvo que serlo.
—Ella.
Veck miró por encima del hombro, sus ojos azul oscuro inteligentes e imperturbables.
—¿Disculpe?
Ella fue arrojada aquí. Esto es una persona. No una cosa, DelVecchio.
—Correcto. Lo siento. Ella. —El hombre se inclinó de nuevo—. Creo que estamos ante un coleccionista.
—Tal vez.
Las cejas oscuras se alzaron.
—Ha desaparecido mucho... de ella.
—¿Has visto la CNN últimamente? —José limpió el bolígrafo en un pañuelo de papel.
—No tengo tiempo para la televisión.
—Once mujeres han sido halladas de este modo en el último año. Chicago, Cleveland y Philly.
—Mieeeeeerda —Veck se metió un chicle en la boca y masticó con fuerza—. ¿Así que usted se está preguntando si este es nuestro comienzo?
Mientras el tío encajaba las mandíbulas, José se frotaba los ojos contra los recuerdos que burbujeaban.
—¿Cuándo lo dejaste?
Veck se aclaró la garganta.
—¿De fumar? Hace un mes, más o menos.
—¿Cómo te va?
—Apesta.
—Apuesto que sí.
José se puso las manos sobre las caderas y volvió a concentrarse. ¿Cómo demonios iban a averiguar quién era esta chica? Había un incontable número de mujeres jóvenes desaparecidas en el estado de Nueva York... y eso suponiendo que el asesino no lo hubiera hecho en Vermont o Massachusetts o Connecticut y la trajera en coche hasta aquí.
Una cosa era segura: Estaría condenado si algún hijo de puta iba a empezar a cargarse a las chicas de Caldie. Eso no iba a suceder en su guardia.
Cuando se dio la vuelta, le dio una palmada a su compañero en el hombro.
—Te doy diez días, colega.
—Hasta qué.
—Hasta que vuelvas a estar montado en la silla con el Hombre Marlboro.
—No subestime mi fuerza de voluntad, detective.
—No subestimo lo que vas a sentir cuando te vayas a casa y trates de dormir esta noche.
—De todos modos, no duermo mucho.
—Este trabajo no va a ayudar.
En ese momento, la fotógrafa llegó con su clic-clic, flash-flash y su mala actitud.
José señaló con la cabeza en la dirección contraria.
—Vamos a retirarnos y dejar que ella haga lo suyo.
Veck miró por encima y sus ojos se abrieron por completo como si hubiera sido fulminado pero bien. La jodida recepción sin duda era toda una novedad para el chico... Veck era uno de esos tíos sobre el que gravitaban las mujeres, como habían demostrado las últimas dos semanas: abajo en la central, todas las mujeres estaban encima de él.
—Venga, DelVecchio, vamos a empezar a reconocer el terreno.
—Roger, detective.
Normalmente, José podría haber tenido al tipo llamándole de la Cruz, pero ninguno de sus “nuevos” compañeros había durado mucho más de un mes, así que ésa era la cuestión. “José” estaba fuera de dudas, por supuesto... sólo una persona le había llamado así en el trabajo y ese bastardo había desaparecido hacía tres años.
Llevó cerca de una hora que Veck y él escarbaran por los alrededores y no descubrieran absolutamente nada importante. No había cámaras de seguridad en el exterior de los edificios y no se había presentado ningún testigo, pero los chicos del CSI lo rastrearían todo con sus gorras y sus bolsitas de plástico y sus pinzas. Tal vez apareciera algo.
El médico forense se presentó a las nueve e hizo su trabajo y el cuerpo fue autorizado para su traslado más o menos una hora después de eso. Y cuando la gente necesitó una mano con el cuerpo, José se sorprendió al descubrir que Veck se colocó con un chasquido un par de guantes especiales de látex y saltó directamente en aquel Dumpster.
Justo antes de que el forense se fuera con ella, José le preguntó sobre la hora de la muerte y dijo que sobre el mediodía del día anterior.
Genial, pensó mientras los coches y furgonetas comenzaban a marcharse. Casi veinticuatro horas muerta antes de que la encontraran. Bien podía haber sido trasladada desde fuera del estado.
—Hora de la base de datos —le dijo a Veck.
—Estoy en ello.
Cuando el tipo se dio la vuelta y se dirigió a una motocicleta, José le llamó:
—El chicle no es un grupo alimenticio.
Veck se detuvo y miró por encima del hombro.
—Me está invitando a desayunar, detective.
—Simplemente no quiero que te desmayes en el trabajo. A ti te avergonzaría y a mí me daría otro cuerpo por el que pasar por encima.
—Es todo corazón, detective.
Tal vez antes. Ahora sólo estaba hambriento y no tenía ganas de comer solo.
—Me reuniré contigo en la veinticuatro con la cinco.
—¿Veinticuatro?
Eso era, él no era de aquí.
—Riverside Diner en la calle Octava. Abierto las veinticuatro horas del día.
—Lo tengo. —El hombre se puso un casco negro y balanceó una pierna sobre algún tipo de artilugio que era en su mayor parte motor—. Lo compro.
—Haz lo que quieras.
Veck bajó de golpe la pierna para arrancar y animar al motor.
—Siempre lo hago, detective. Siempre.
Cuando arrancó, dejó una estela de testosterona en el callejón y José se sintió en comparación como un minivanner de mediana edad mientras se arrastraba sobre su coche camuflado de color avena. Deslizándose detrás del volante, puso su casi vacía y totalmente fría taza de Dunkin Donuts encajada en el reposa vaso y miró más allá de la cinta del Dumpster.
Cogió el teléfono móvil de la americana y marcó a la central.
—Hola, soy de la Cruz. ¿Puede conectarme con Mary Ellen? —La espera duró menos de un minuto—. M.E., ¿cómo estás? Bien... bien. Escucha, quiero oír la llamada que entró sobre el cuerpo en el Commodore. Así es. Seguro... sólo ponla. Gracias... y tómate tu tiempo.
José metió la llave en la ranura en el volante.
—Muy bien, gracias, M.E.
Respiró profundamente y arrancó el motor por encima de...
Sí, quería informar de un cadáver. Nah, no voy a dar mi nombre. Está en un Dumpstah en un callejón de la Calle Décima, a dos manzanas más del Commahdore. Parece ser una mujer caucásica, al final de los diez, primeros veinte... Nah, no voy a dar mi nombre... Oye, qué tal si apuntas la dirección y dejas de preocuparte por mí...
José apretó el teléfono y empezó a temblarle todo el cuerpo.
El acento del sur de Boston era tan claro y tan familiar que fue como si el tiempo hubiese entrado en un cacharro y saltado al pasado.
—¿Detective? ¿Quiere oírla otra vez? —oyó que decía Mary Ellen en su oído.
—Sí, por favor... —gruñó, cerrando los ojos.
Cuando la grabación terminó, se escuchó a sí mismo dándole las gracias a Mary Ellen y sintió que su pulgar pulsaba el botón fin para terminar la llamada.
Seguro como el agua tragada por el desagüe de un fregadero, él estaba absorbido en una pesadilla desde hacía aproximadamente dos años... cuando había entrado en un reducido apartamento de mierda, que estaba lleno de botellas vacías de Lagavulin y cajas de pizza. Recordó su mano extendida hacia la puerta cerrada del cuarto de baño, la maldita temblaba desde la palma hasta la punta de los dedos.
Había estado convencido de que iba a encontrar un cadáver al otro lado. Colgando en la ducha de un cinturón... o tal vez acostado en la bañera empapado en sangre en lugar de un baño de burbujas.
Butch O'Neal había hecho algo duro de vivir, tanto en su trayectoria profesional como en su trabajo en el departamento de homicidios. Había sido un bebedor de media noche y no sólo un relacionofobo, sino completamente incapaz de establecer una relación.
Excepto que él y José habían estado unidos. Tan unidos como Butch había llegado a estar con alguien.
Sin embargo, no hubo suicidio. Ni cuerpo. Nada. Una noche había estado por ahí, la siguiente... desaparecido.
Durante el primer mes o dos, José había esperado oír algo... ya fuera del propio tío o porque un cadáver con la nariz rota y un diente delantero partido apareciera en alguna parte.
Sin embargo, los días se habían deslizado en semanas, que a su vez se habían amontonado en estaciones del año. Y él supuso que se convirtió en algo así como un doctor que tenía una enfermedad terminal: finalmente sabía de primera mano cómo se sentían las familias de personas desaparecidas. Y Dios, ese espantoso y frío período de No Saber era algo por lo que nunca había esperado deambular... pero con la desaparición de su antiguo compañero, él no acababa de pasar página, compró un terreno, construyó una casa y se instaló en la jodida.
Ahora, sin embargo, después de que hubiera perdido toda esperanza, después de que ya no se despertara en medio de la noche con las preguntas... ahora esta grabación.
Claro, millones de personas tenían acento Southie. Sin embargo, O'Neal había tenido una reveladora ronquera en la voz que no podía ser reproducida.
De repente, José no tenía ganas de ir a la Veinticuatro y no le apetecía nada comer. Pero puso su coche camuflado en marcha y golpeó el acelerador.
En el momento en que había mirado en el Dumpster y vio que faltaban los ojos y el trabajo dental, había sabido que iba en busca de un asesino en serie. Pero no podía haber imaginado que estaría en otra búsqueda.
Hora de encontrar a Butch O'Neal.
Si podía.



[i] Presidente de Lucha Extrema

2 comentarios:

Mary Madonna Luce dijo...

Poruqe mierda Qhuinn no reacciona!!

Cuantas emociones!!!!

Ya extrañaba a jose de la cruz. Me gusta ese personaje!!

&Twinin Cullen& dijo...

haaaaaa pobre Qhuinn me da cosa verlo asi, hooooooo podra jose encontrar al poli eso si es interesante