martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 22 23 24

Capítulo 22

En el Pit, Jane se estaba moviendo con rapidez por su dormitorio. Abriendo las puertas dobles del armario, comenzó a sacar camisetas blancas y lanzarlas a la cama sobre su hombro. En su prisa, las perchas resbalaban de la barra y saltaban al suelo, o se enredaban en torno a esta y quedaban fijas en el fondo del armario… y a ella no le podía importar menos.
No había lágrimas. Algo de lo que se sentía orgullosa.
Pero por otra parte, todo su cuerpo temblaba con tanta fuerza que debía luchar para mantener sus manos corpóreas.
Cuando el estetoscopio se le deslizó del cuello y aterrizó en la alfombra, se detuvo sólo para no pisarlo.
—Dios… maldita sea…
Irguiéndose después de recogerlo, echó un vistazo a la cama y pensó, acertadamente, que quizás era el momento de dejar de usar camisetas blancas. Había una montaña de ellas sobre las sábanas de satén negras.
Cruzando la habitación, se sentó al lado de su Monte Hanesmore y contempló el armario. Las camisetas sin mangas y chaquetas de V aún estaban todas arregladas; en cambio, su lado era un desastre total.
No es que fuera la metáfora perfecta.
Salvo... que él era un lío, también, ¿no?
Dios... ¿qué demonios hacía ella? Mudarse a la clínica, incluso temporalmente, no era la respuesta. Cuando estás casada, te quedas y resuelves las cosas. Así era como las relaciones sobrevivían.
¿Si se marchaba ahora? No podría afirmar donde terminarían.
Dios, ¿que darían por dos horas de-regreso-a-la-normalidad? Genial. Jodidamente genial.
Sacando su teléfono, seleccionó una ventana en blanco y contempló la pantalla. Dos minutos después, cerró el móvil de un golpe. Era difícil poner todo lo que tenía que decir en 160 caracteres. Ni siquiera en seis páginas de 160s.
Payne era su paciente y tenía un deber hacia ella. Vishous era su compañero y no había nada que no haría por él. Y la melliza de V no había estado lista para concederle ningún tiempo en absoluto.
Aunque por lo visto eso era algo que deseaba otorgar a su hermano. Y obviamente, Vishous había ido a donde su madre.
Sólo Dios sabía lo que resultaría de todo esto.
Contemplando el lío que había hecho del armario, Jane repasó la situación varias veces y siguió llegando a la misma conclusión: el derecho de Payne de elegir su destino superaba el derecho de otros para atraparla en su propia vida.
¿Aunque esta decisión fuera dura? Sí.
¿Era justo para aquellos que la amaban? Absolutamente no.
¿La mujer se habría herido a sí misma más gravemente si no hubiera un modo humano de hacerlo? En un cien por cien, sí.
Jane no estaba de acuerdo con la forma de pensar de la mujer o con su elección. Pero ella tenía claro sus opciones éticas, tan aciagas como eran.
Y estaba decidida a que Vishous escuchara su postura.
En vez de huir, se quedaría, así que cuando él llegara a casa, lo estaría esperando y podrían ver si había algo que salvar de sus vidas juntas. No se engañaba. Esto bien podría ser algo que no pudieran superar y no lo culparía si ese fuera el caso. La familia era la familia, después de todo. Pero ella había hecho lo que la situación requería de acuerdo al deber que tenía con su paciente. Lo cual era lo que los doctores hacían, aun cuando esto les costara... todo lo que tenían.
Levantándose, recogió varias perchas del suelo hasta que llegó al armario. Había muchas allí y en torno a las botas y zapatos, se inclinó, metiendo la mano en el fondo…
Su mano golpeó algo suave. Cuero… pero no eran unos shitkicker.
Poniéndose de cuclillas, agarró lo que fuera.
—¿Qué demonios? —Las ropas de batalla de V no podían estar detrás de los zapatos…
Había algo en el cuero… Espera. Era cera. Era cera negra. Y...
Jane se llevó la mano a la boca y permitió que los pantalones se deslizaran de sus manos.
Le había dado suficientes orgasmos para saber qué era aquello sobre su ropa de cuero.
Y no era la única mancha. Había sangre. Sangre roja.
Con una horrible sensación de lo inevitable, metió una vez más la mano en el armario y palpó hasta que sintió una camisa. La sacó y encontró más sangre y cera.
La noche que él había ido al Commodore. Era la única explicación: Esto, no eran antiguas y olvidadas reliquias, el polvoriento remanente de una vida que había llevado antes. Maldición, el olor de la cera aún impregnaba las fibras y el cuero.
Supo el instante en que Vishous estuvo en la entrada detrás de ella.
Sin alzar la vista, ella le dijo:
—Creí que no estabas con nadie más.
Su respuesta tardó mucho en llegar.
—No lo estaba.
—¿Entonces cómo explicas éstos? —Ella sostuvo en alto la ropa, pero vamos, ¿cómo si hubiera algo más en la habitación?
—No estuve con nadie más.
Ella los devolvió al armario y también tiró la camiseta sin mangas.
—Para acuñar una frase que tú has usado, no tengo nada que decir ahora mismo. Realmente, no.
—Honestamente piensas que podría follar a alguien más aparte de ti.
—¿Entonces qué diablos significan esas ropas?
Él no respondió. Sólo se quedó allí cerniéndose sobre ella, alto y fuerte... y extrañamente ajeno, aunque conociera su cuerpo y su rostro también como el suyo propio.
Ella esperó a que hablara. Esperó un poco más. Y con el pasar del tiempo, ella se recordó que la educación de V había sido una mierda y que permanecer estoico e inflexible había sido su única forma de sobrevivir.
Salvo que esa simple razón no bastaba. De cierta forma, el amor entre ellos se merecía algo mejor que el silencio en que se cimentaba su pasado.
—¿Fue Butch? —preguntó ella, esperando que ese fuera el caso. Al menos si había sido con el mejor amigo de V, ella sabría que cualquier liberación habría sido fortuita. Butch era un tipo totalmente fiel a su compañera y actuaría como un Dom sólo porque era la extraña y oscura medicina que V necesitaba para mantenerse. Tan extraño como sonaba, eso podría entenderlo y dejarlo pasar.
—¿Fue eso? —dijo ella—. Porque puedo tratar con eso.
Vishous pareció momentáneamente sorprendido, pero luego sacudió la cabeza.
—No pasó nada.
—¿Entonces crees que estoy ciega? —graznó ella—. Porque al menos que me des una explicación mejor, todo lo que tengo son estas ropas... y unas imágenes en mi mente que me ponen enferma.
Silencio, sólo silencio.
—Oh, Dios... ¿cómo pudiste? —susurró ella.
V simplemente sacudió la cabeza y dijo en el mismo tono:
—Lo mismo te digo.
Bien, al menos ella tenía una razón para lo que había pasado con Payne. Y no había mentido sobre ello.
Después de un momento, V entró en la habitación, recogió una bolsa de lona que estaba vacía de sus ropas de gimnasia.
—Aquí tienes. Lo necesitarás.
Con esto, la tiró... y se alejó.

Capítulo 23

Abajo, en la sala de reconocimiento, el sanador de Payne parecía medio muerto, pero enteramente feliz con su parcial defunción.
Mientras ella esperaba a que respondiera a su pregunta, estaba bastante más preocupada por su condición que él. La sangre había sido sorprendentemente rica en su lengua, el vino negro se deslizaba hacia atrás por su garganta y abría un túnel en su interior, fluyendo no sólo hasta su estómago sino por todo su cuerpo.
Era la primera vez que había tomado de una vena en el cuello. Las elegidas, cuando estaban en el Santuario, no requerían el sustento de la sangre, ni sufrían el ciclo de necesidad. Y eso cuando una no estaba en animación suspendida, como había estado ella.
Y apenas recordaba alimentarse de la muñeca de Wrath.
Extraño... las dos sangres tenían un sabor muy similar, aunque el sabor del rey había sido más marcado.
—¿Qué es llegar? —repitió.
Su sanador se aclaró la garganta.
—Es... ah, lo que ocurre cuando estás dentro de alguien y estás con él.
—Enséñame.
La risa que surgió de él fue aterciopelada y profunda.
—Me encantaría. Créeme.
—¿Es algo que... yo puedo hacer que hagas?
Él tosió un poco.
—Ya lo has hecho.
—¿De verdad?
Su sanador asintió lentamente con la cabeza, sus párpados bajaron.
—Puedes estar segura. Así que necesito una ducha.
—Y luego me enseñarás. —No fue una petición, fue una orden. Y cuando sus brazos se apretaron sobre ella, tuvo la sensación de que estaba excitado—. Sí —gruñó—. Me lo enseñarás todo.
—Ya lo creo que lo haré —dijo él enigmáticamente—. Todo.
Cuando la miró como si conociera secretos que ella no podía empezar a suponer, comprendió que, incluso con su parálisis, valía la pena vivir por esto. Esta conexión y excitación valía más que sus piernas y con un terror puro y repentino pensó que casi se lo había perdido.
Tenía que dar las gracias a su mellizo apropiadamente. Pero ¿cómo podría igualar este regalo?
—Déjame llevarte de vuelta a tu habitación. —Su sanador se levantó con facilidad, a pesar de su peso—. Después de que me limpie, comenzaremos dándote un baño con esponja.
Su nariz se arrugó con aversión.
—Qué clínico.
Había más de un secreto en la sonrisa masculina.
—No del modo en que voy a hacerlo. Confía en mí. —Hizo una pausa—. Oye, ¿alguna posibilidad de que puedas encender las luces para que no me tropiece con algo? Estás brillando, pero no estoy seguro de que eso sea suficiente.
Payne tuvo un momento de confusión... hasta que alzó los brazos. Su sanador tenía razón.
Estaba reluciendo suavemente, su piel lanzaba una débil fosforescencia... ¿Tal vez esta fuera su respuesta sexual?
Lógico, pensó. Dado que lo que él la hacía sentir por dentro era tan incontenible como la felicidad y tan luminoso como la esperanza.
Cuando volvió a encender las luces y abrió las puertas, él sacudió la cabeza y siguió caminando.
—Demonios. Tienes algunos trucos curiosos, mujer.
Tal vez, pero ninguno de los que deseaba. Le encantaría devolverle lo que él había compartido con ella... pero no tenía ningún secreto que enseñarle, ni sangre para darle, ya que los humanos no sólo no requerían tal cosa, sino que podía matarlos.
—Desearía poder recompensarte —murmuró.
—¿Por qué?
—Por venir aquí y mostrarme...
—¿A mi amigo? Sí, es una inspiración.
La verdad, era más por el hombre de carne y hueso que por el de la pantalla.
—Desde luego —vaciló Payne.
De vuelta en la sala de recuperación, la llevó a la cama y la tendió con mucho cuidado, arreglando las sábanas y mantas para que ninguna parte de ella estuviera desnuda... tomándose su tiempo para recolocar el equipo que se ocupaba de sus funciones corporales... acomodando las almohadas tras su cabeza.
Mientras trabajaba, siempre se cubría las caderas con algo. Una parte de la cama. Las dos mitades de su bata. Y luego se quedó de pie al otro lado de la mesa con ruedas.
—¿Cómoda? —Cuando ella asintió, dijo—: Volveré en un momento. Llama si me necesitas, ¿vale?
Su sanador desapareció en el baño y la puerta se cerró casi del todo... pero no completamente. Un eje de luz atravesaba la cabina del agua que caía y vio claramente su brazo cubierto de blanco extenderse, girar un mando y llamar al agua caliente.
Se quitó la ropa. Toda.
Y luego hubo un breve vistazo de gloriosa carne cuando se metió bajo el chorro y cerró la partición de cristal. Cuando el ritmo auditivo del agua cambió, supo que su figura desnuda rompía la caída de la misma.
¿Qué aspecto tendría, regado con agua, resbaladizo, cálido y tan masculino?
Incorporándose de las almohadas, se inclinó de lado... y se inclinó un poco más... y se inclinó más hasta que estuvo casi colgando...
Ah, siiiii. Su cuerpo estaba de perfil, pero veía suficiente. Tallado en músculo, su pecho y sus brazos pesados sobre estrechas caderas y sus piernas largas y poderosas. Una pelusa de vello oscuro se aposentaba bajo sus pectorales y formando una línea que pasaba sobre su abdomen y abajo, abajo... mucho más abajo...
Demonios, no podía ver suficiente y su curiosidad era demasiado desesperada y acuciante para ignorarla.
¿Qué aspecto tendría su sexo? ¿Cómo se sentiría...?
Con una maldición, se arrastró torpemente hasta estar al final de la cama. Inclinando la cabeza, hizo lo mejor que pudo con la exposición limitada de esa rendija de la puerta. Pero para cuando se hubo movido, él también y ahora estaba de espaldas a ella y su espalda y su... parte inferior...
Tragó saliva y se estiró para ver aún más. Cuando él desenvolvió la barra limpiadora, el agua corrió por los omóplatos y formó un río por la espina dorsal fluyendo sobre las nalgas y la parte de atrás de los muslos. Y luego apareció una mano en la nuca, la espuma jabonosa que había creado en su palma siguiendo el camino del agua mientras se lavaba el cuerpo.
—Date la vuelta... —susurró—. Déjame verte del todo...
El deseo de que sus ojos consiguieran más acceso sólo se incrementó cuando sus cuidados jabonosos fueron más abajo de la cintura. Levantando una pierna y luego la otra, sus manos fueron trágicamente eficientes al pasar sobre los muslos y pantorrillas.
Supo cuando atendió a su sexo. Porque su cabeza cayó hacia atrás y sus caderas se tensaron.
Estaba pensando en ella. Estaba segura.
Y entonces se dio la vuelta.
Ocurrió tan rápido que cuando sus ojos se encontraron, ambos dieron un respingo hacia atrás.
Aunque la había pillado infraganti, se dejó caer hacia atrás contra las almohadas, y reasumió su posición anterior, enderezando las mantas con las que él había sido tan cuidadoso. Con la cara en llamas, deseó ocultarse.
Un chirrido agudo resonó por toda la habitación y levantó la mirada. Él había salido de repente del baño, la ducha abierta y corriendo, el jabón todavía se aferraba a sus abdominales y goteaba de...
Su sexo fue una magnífica sorpresa. Sobresaliendo de su cuerpo, la barra era dura, gruesa y orgullosa.
—Tú...
Dijo algo más, pero estaba demasiado cautivada para que le importara, demasiado embelesada para notarlo. Profundamente en su interior, se liberó una fuente, su sexo se hinchó y se preparó para aceptarle.
—Payne —exigió él, cubriéndose con las manos.
Instantáneamente se avergonzó y se puso las palmas contra las mejillas ardientes.
—En verdad, lamento haberte espiado.
El humano se aferró el borde del umbral.
—Eso no... —Sacudió la cabeza como para aclarársela—. ¿Eres consciente de lo que estabas haciendo?
Ella tuvo que reírse.
—Sí. Créeme, sanador mío... era totalmente consciente de lo que estaba evaluando tan concienzudamente.
—Estabas erguida, Payne. Estabas sobre las rodillas al final de la cama.
Se le paró el corazón. Seguramente no podía haberle oído bien.
Seguramente.
*  *
Cuando Payne frunció el ceño, Manny se abalanzó hacia delante... y luego comprendió que estaba puñeteramente desnudo. Condición que se presentaba cuando un tipo no sólo tenía el trasero al aire, sino que estaba total y completamente erecto mientras llevaba puesto su traje de cumpleaños. Metiendo la mano en el baño, cogió una toalla, se la envolvió alrededor de la cintura, y se acercó a la cama.
—Yo... no, debes estar equivocado —dijo Payne—. No podría haber...
—Lo hiciste.
—Apenas me había estirado...
—¿Cómo llegaste al extremo de la cama, entonces? ¿Cómo volviste adonde estás?
Sus ojos fueron a los pies de la cama, la confusión le tensaba el ceño.
—No sé. Estaba... observándote y sólo pensaba en ti.
El hombre estaba asombrado y... extrañamente transformado. ¿Ser tan deseado por alguien como ella?
Pero luego el médico tomó el control.
—Veamos, déjame ver lo que está pasando, ¿vale?
Apartó las sábanas y la manta de los pies de la cama y las subió hasta la parte alta de sus muslos. Utilizando el dedo, se lo pasó por la planta del precioso pie.
Espero que se retorciera, pero no lo hizo.
—¿Algo? —dijo.
Cuando ella sacudió la cabeza, repitió en el otro lado. Luego subió más alto, envolviendo las palmas alrededor de los esbeltos tobillos.
—¿Algo?
Los ojos fueron trágicos cuando se encontraron con los de él.
—No siento nada. Y no entiendo lo que creíste ver.
Él subió más, a sus pantorrillas.
—Estabas de rodillas. Lo juro.
Más alto aún, a sus muslos tensos.
Nada.
Cristo, pensó. Tenía que tener algún control sobre sus piernas. No había otra explicación. A menos... que estuviera viendo cosas.
—No entiendo —repitió ella.
Ni él, pero estaba claro que iba a averiguarlo.
—Voy a ir a revisar tus escáneres. Ahora mismo vuelvo.
Fuera de la sala de reconocimiento, consiguió algo de ayuda de la enfermera y accedió al expediente médico de Payne vía ordenador. Con eficiencia práctica, pasó a través de cosas: constantes vitales, notas, rayos X... incluso encontró lo que le había hecho en el St. Francis, lo cual fue una sorpresa. No tenía ni idea de cómo habían conseguido acceso a esa resonancia original... había borrado el archivo casi tan pronto como entró en el sistema del centro médico. Pero se alegraba de verlo de nuevo, eso seguro.
Cuando hubo terminado, se recostó hacia atrás en la silla y la banda de frío que le atravesó los omóplatos le recordó que no llevaba encima nada más que una toalla.
Lo cual explicaba la mirada asombrada de la enfermera cuando había hablado con ella.
—Qué demonios —masculló, mirando los últimos rayos X.
La espina dorsal estaba perfectamente bien, las vértebras estaban alineadas y rectas, su brillo fantasmal contra el fondo negro le proporcionaba una foto perfecta de lo que estaba pasando bajo su espalda.
Todo, desde la ficha médica al examen que acababa de hacerle en la cama, sugería que su conclusión original al verla otra vez era correcta: había hecho el mejor trabajo técnico de su vida, pero la espina dorsal había estado irreparablemente dañada y eso era todo.
Y bruscamente, recordó la expresión en la cara de Goldberg cuando había resultado obvio que la diferencia entre noche y día se le había escapado.
Frotándose los ojos, se preguntó si de nuevo se estaba volviendo loco. Sabía lo que había visto, sin embargo... ¿lo había visto?
Y luego se le hizo evidente.
Contorsionándose, miró al techo. Desde luego, allá en lo alto de la esquina había una carcasa adjunta a un panel. Lo cual significaba que la cámara de seguridad de dentro podía ver cada centímetro del lugar.
Tenía que haber una en la sala de recuperación. Tenía que haberla.
Poniéndose en pie, fue a la puerta y se asomó al pasillo, esperando que esa amable enfermera rubia estuviera en algún lugar a la vista.
—¿Hola?
Su voz resonó pasillo abajo, pero no hubo respuesta, así que no tuvo más elección que ir descalzo por ahí. Sin un instinto que le dijera que camino escoger, eligió «derecha» y caminó rápido. Ante todas las puertas llamaba y luego intentaba abrirlas. La mayoría estaban cerradas, pero las que no rebelaron... aulas. Y más aulas. Y un enorme gimnasio tamaño profesional.
Cuando llegó a una marcada SALA DE PESAS, oyó el maceo de alguien intentando romper una cinta andadora con unas Nike y decidió continuar. Era un humano medio desnudo en un mundo de vampiros y por alguna razón dudaba que la enfermera estuviera entrenando para una maratón si estaba de servicio.
Además, ¿a juzgar por lo duras y pesadas que eran las pisadas? Corría el riesgo de abrir una lata de super–patada–en–las–pelotas, en vez de sólo una puerta... y aunque tenía suficientes tendencias suicidas para pelear con cualquier cosa que se le echara encima, esto iba de ayudar a Payne, no de su ego o sus habilidades como boxeador.
Volviendo sobre sus pasos, se dirigió en dirección opuesta. Llamó. Abrió cuando pudo. Cuanto más lejos iba, menos aulas había y más salas de interrogatorio policial y toda esa mierda. En el extremo más alejado del pasillo, había una enorme puerta de salida como en las películas, con sus paneles reforzados y fijados con pernos.
Mundo exterior, pensó.
Yendo directamente a ella, lanzó su peso contra la barra, y... ¡sorpresa! Irrumpió en el garaje, donde estaba su Porsche aparcado a un lado.
—¿Qué coño crees que estás haciendo?
Sus ojos saltaron hasta un Escalade con los cristales tintados: ventanas, llantas, parrilla, todo estaba tintado. De pie junto a él estaba el tipo al que había visto la primera noche, el que creyó haber reconocido...
—Yo te he visto en alguna parte —dijo Manny mientras la puerta se cerraba a su espalda.
Del bolsillo, el vampiro sacó una gorra de béisbol y se la puso. Red Sox. Por supuesto, dado el acento de Boston.
Aunque la gran pregunta era, ¿cómo demonios acababa un vampiro sonando como un sureño?
—Hermosa cruz —masculló el tipo, mirando fijamente la cruz de Manny—. ¿Estás buscando tu ropa?
Manny puso los ojos en blanco.
—Sí. Alguien la robó.
—¿De manera que puedan suplantar a un doctor?
—Tal vez sea vuestro Halloween... yo qué coño sé.
Debajo del ala azul de la gorra, apareció una sonrisa, revelando una funda en uno de los dientes frontales... al igual que un set de colmillos.
Cuando el cerebro de Manny se atascó, la conclusión con la que luchaba era inatacable: este tipo había sido humano una vez. ¿Y cómo había pasado eso?
—Hazte un favor —dijo el hombre—. Deja de pensar, vuelve a la clínica y vístete antes de que aparezca Vishous.
—Sé lo que he visto y finalmente voy a unir las piezas. Pero sea lo que sea... ahora mismo, necesito acceso a las grabaciones de las cámaras de seguridad de ahí abajo.
La media sonrisa sarcástica se evaporó.
—¿Y por qué demonios ibas a necesitarlo?
—Porque mi paciente acaba de incorporarse por sí misma... y no estoy hablando de que levantara el torso de las malditas almohadas. No estaba allí cuando lo hizo y necesito ver cómo ocurrió.
Red Sox pareció dejar de respirar.
—¿Qué...? Lo siento. ¿Qué coño estás diciendo?
—¿Tengo que volver a explicarlo con una charada o alguna otra mierda?
—Pasaré eso por alto... porque no necesito que te arrodilles ante mí con sólo una toalla encima.
—Ya somos dos.
—Espera, ¿hablas en serio?
—Sí. De verdad, yo tampoco estoy interesado en hacerte una mamada.
Hubo una pausa. Y luego el bastardo ladró de risa.
—Tienes una boca suelta. Eso te lo concedo. Y sí, puedo ayudarte, pero tienes que ponerte ropa, tío. Como V te pille así alrededor de su hermana vas a tener que operarte tus propias piernas.
Cuando el tipo empezó a caminar de vuelta hacia la puerta, Manny unió las piezas. No era del hospital.
—St. Patrick. Ahí fue donde te vi, te sentabas en los bancos de atrás durante la misa de medianoche y siempre llevabas esa gorra.
El tipo abrió la entrada y se quedó de pie a un lado. Manny no sabía donde estaban posados sus ojos a causa del ala de esa gorra, pero estaba dispuesto a apostar a que no estaban en él.
—No sé de qué estás hablando, colega.
Mentira. Pensó Manny.

Capítulo 24

Bienvenidos al Nuevo Mundo.
Cuando Xcor salió a la noche todo era diferente: el olor no era el de los bosques de alrededor de su castillo, sino el hedor a polución y alcantarilla de una ciudad y los sonidos no eran los del distante trote ligero de los ciervos sobre la maleza, sino de los coches, sirenas y conversaciones a voces.
—A decir verdad Throe, nos has encontrado unos alojamientos estelares —dijo arrastrando las palabras.
—La propiedad debería estar lista mañana.
—¿Y debo pensar que eso será una mejora? —preguntó mirando hacia la casa adosada en la que habían pasado el día escondidos—. ¿O vas a sorprendernos con una grandeza aún menor?
—Lo encontrarás más que conveniente. Te lo aseguro.
En verdad, teniendo en cuenta la magnitud de los problemas de traerlos, el vampiro había hecho un magnífico trabajo. Habían tenido que coger dos vuelos nocturnos, para asegurar que no ocurriese ningún problema con la luz del día y una vez que finalmente llegaron a este Caldwell, Throe lo había arreglado todo de alguna manera. Aquella casa decrépita, sin embargo, tenía un sótano sólido y un doggen para servirles las comidas. La solución permanente al tema de su residencia todavía tenía que hacer su aparición, pero algo así era lo que necesitarían.
—Hubiera sido mejor fuera de esta porquería de ciudad.
—No te preocupes. Conozco tus preferencias.
A Xcor no le gustaba estar en las ciudades. Los humanos eran vacas estúpidas, pero una estampida de sin cerebros era más peligrosa que una con inteligencia… nunca podías predecir a los cabeza-hueca. Aunque había una ventaja: quería explorar la ciudad antes de anunciar su llegada a la Hermandad y a su “Rey”, y no había mayor proximidad que la que ellos tenían.
La casa estaba en pleno centro de la ciudad.
—Caminaremos por aquí —dijo marchando a grandes pasos, mientras su grupo de bastardos lo seguían en formación detrás de él.
Caldwell, en Nueva York, sin duda ofrecería pocas revelaciones. Como había aprendido de los tiempos antiguos y de este presente tan bien iluminado, las ciudades por la noche eran todas iguales sin tener en cuenta la geografía: la gente que estaba fuera no eran los caminantes tranquilos y respetuosos con la ley, sino truhanes, inadaptados sociales e inconformistas. Y con bastante seguridad, mientras avanzaban de bloque en bloque, vio a humanos sentados en el pavimento en sus propios excrementos o grupos de escoria caminando con agresividad o a sórdidas mujeres buscando varones aún más sórdidos.
No obstante, ninguno de ellos pensó en abordar a su grupo de seis espaldas fuertes y él casi lamentó que no lo hubiesen hecho. Una lucha quemaría su energía, aunque con suerte, encontrarían al enemigo y se enfrentarían a un adversario digno de respeto por primera vez en dos décadas.
Cuando él y sus machos giraron una esquina, encontraron una infestación humana: varios establecimientos, parecidos a bares, a ambos lados del camino estaban iluminados alegremente y tenían filas de gente medio vestida que esperaba a entrar en sus límites. No podía leer los signos que colgaban sobre las entradas, pero por la manera en que los hombres y las mujeres pateaban contra el suelo, se movían nerviosamente y hablaban, era obvio que el olvido temporal esperaba al otro lado de su desdichada paciencia.
Él era de la opinión de matarlos a todos ellos y empezó a ser intensamente consciente de su guadaña: el arma descansaba sobre su espalda, doblada en dos, acomodada en su arnés y escondida bajo su abrigo de cuero largo hasta el suelo.
Para mantenerla en su sitio, aplacó la hoja con la promesa de los asesinos.
—Estoy hambriento —dijo Zypher. Como era habitual, el varón no hablaba de comida y su sentido de la oportunidad no era un error: el pie para hablar de sexo estaba en la fila de las humanas junto a la que estaban pasando. En efecto, las mujeres se presentaban a sí mismas para ser usadas, con los pintarrajeados ojos fijados en los varones que equivocadamente pensaban que eran de su raza.
Bueno, fijos en las caras de los varones que había además de Xcor. A él le echaron un vistazo y apartaron la mirada con prontitud.
—Más tarde —dijo—. Me aseguraré de que lo consigas.
Aunque dudaba que él hiciese lo mismo, era bien consciente de que sus soldados requerían el sustento de la variedad de joder y él era más que complaciente a concederlo; los luchadores peleaban mejor si eran atendidos, ya había aprendido eso hacía mucho. Y quién sabe, quizás él mismo tomaría algo si su mirada era atrapada, asumiendo que ella pudiese pasar de lo que él parecía. Aunque eso era para lo que ellos hacían dinero. Muchas eran las veces en las que él había pagado a mujeres que soportasen el tenerlo en el interior de sus sexos. Era mucho mejor que obligarlas a rendirse, para lo que no tenía estómago, aunque nunca admitiría semejante debilidad a nadie.
Tales flirteos no serían hasta el final de la noche, de todas formas. En primer lugar tenían que observar su nuevo ambiente.
Después de atravesar la sofocante densidad de los clubs, salieron exactamente a lo que él había esperado encontrar... un absoluto vacío urbano: bloques enteros de edificios que eran desocupados por la tarde, o quizás aún más tarde; calles desprovistas de tráfico, callejones oscuros y enclaustrados con un buen espacio para luchar.
El enemigo estaría aquí. Simplemente lo sabía: la afinidad entre ambos grupos de la guerra, ése era el secreto. Y aquí las luchas podían suceder con menos miedo a interrupciones.
Con su cuerpo rabiando por un conflicto y los sonidos de los talones de su grupo de bastardos detrás de él, Xcor sonrió en la noche. Esto iba a ser...
Girando otra esquina se detuvo. En un bloque a la izquierda había un grupo de coches en blanco y negro aparcados en un amplio círculo alrededor de la entrada de un callejón... casi como si fuesen un collar sobre la garganta de una mujer. No podía leer los dibujos de las puertas, pero las luces azules encima de sus techos le dijeron que eran la policía humana.
Inhalando, capturó el olor de la muerte.
Una matanza bastante reciente, decidió, pero no tan jugosa como una inmediata.
—Humanos —se mofó—. Si sólo fuesen más eficientes y se matasen los unos a los otros.
—Aye —alguien concordó.
—Adelante —exigió, y siguió caminando.
Mientras marchaban hacia la escena del crimen, Xcor examinó el callejón. Los humanos con expresiones descompuestas y manos inquietas permanecían de pie alrededor de una gran caja de alguna clase, como si esperasen que algo saltara en cualquier momento y los agarrara por las pollas con un zarpazo.
Qué típico. Los vampiros hurgarían en ello y se dominarían, al menos cualquier vampiro que valorase su naturaleza. Sin embargo, los humanos sólo parecían encontrar su valor cuando el Omega intercedía.

*  *
De pie sobre una caja de cartón que estaba manchada en algunos sitios y que era bastante grande como para cubrir una nevera, José de la Cruz encendió su linterna y dirigió el haz de luz sobre otro cuerpo mutilado. Era difícil ver la mayor parte del cadáver, dado que la gravedad había hecho su trabajo y se había tragado en un lío a la víctima bajo un enredo de miembros, pero el pelo salvajemente cortado y el pedazo de piel cortado del antebrazo sugería que esto era el número dos para su equipo.
Enderezándose echó un vistazo alrededor del callejón vacío. Mismo modus operandi que el primero, apostó: hacía el trabajo en otra parte, abandonando los restos en el centro de la ciudad de Caldwell, e iba a cazar a otra víctima.
Tenían que atrapar a ese hijo de puta.
Apagando el haz de luz, comprobó su reloj digital. Los polis de la científica habían estado haciendo su meticuloso trabajo y la fotógrafa había fotografiado su miseria, así que era tiempo de echar un buen vistazo al cuerpo.
—El forense está listo para verla —dijo Veck a su espalda—, y le gustaría tener un poco de ayuda.
José se giró sobre los talones.
—¿Tienes guantes…?
Hizo una pausa y miró fijamente sobre los amplios hombros de su compañero. Una calle más allá, un grupo de hombres caminaba en formación triangular, uno al frente, dos detrás de él, tres detrás de ellos. La disposición era tan precisa y sus pasos tan sincronizados que al principio todo lo que José notó era que parecía una marcha militar y el hecho de que iban completamente de cuero negro.
Entonces notó su tamaño. Eran absolutamente enormes y tuvo que preguntarse qué tipo de armas llevaban bajo sus abrigos largos idénticos: la ley, sin embargo, prohibía a los policías registrar a civiles sólo porque pareciesen mortales.
El del frente giró violentamente la cabeza y José tomó una foto mental de una cara que sólo una madre podría amar: angulosa y chupada, con mejillas ahuecadas, el labio superior deformado por una fisura del paladar que no había sido reparada.
El hombre continuó mirando todo recto y la unidad siguió adelante.
—¿Detective?
José se sacudió.
—Lo siento. Me distraje. ¿Tienes guantes?
—Se los estoy ofreciendo.
—De acuerdo. Gracias —José tomó el par de látex y se los puso—. ¿Tienes la…?
—¿Bolsa? Sí.
Veck era severo y centrado, lo que, José había aprendido, era la velocidad de crucero del hombre: estaba en la parte joven de su vida, sólo en los últimos años de la veintena, pero manejaba la mierda como un veterano.
Veredicto hasta ahora: no era un compañero jodido.
Pero sólo había pasado una semana y media desde que realmente habían empezado a trabajar juntos.
En cualquier escena del delito, quién movía los cuerpos dependía de gran cantidad de variables. Algunas veces Búsqueda y Rescate lo llevaba. Con otras, como en este caso, era una combinación de quién estaba cerca y quién tenía un estómago fuerte.
—Se puede cortar el frente de la caja —dijo Veck—. Todo ha sido empolvado y fotografiado y será mejor que intentar inclinarlo hacia delante y que se rasgue el fondo.
José echó un vistazo al tipo del CSI.
—¿Seguro que lo tienes todo?
—Roger, Detective. Y eso es lo que estaba pensando.
Los tres trabajaron juntos, Veck y José sosteniendo el lado delantero mientras que el otro hombre usaba un cutter. Y luego José y su compañero bajaron con cuidado el panel.
Era otra mujer joven.
—Maldición —refunfuñó el forense—. Otra vez no.
Más bien maldita, pensó José. A la pobre muchacha le habían hecho lo mismo que a las otras, lo que significaba que primero había sido torturada.
—Jodido infierno — refunfuñó Veck por lo bajo.
Los tres tuvieron cuidado con ella, como si en su estado difunto, su maltrecho cuerpo registrase el cambio de lugar de sus miembros. Llevándola a medio metro escaso, la colocaron en la bolsa negra abierta, así el juez de instrucción y la fotógrafa podrían hacer su trabajo.
Veck se quedó en cuclillas con ella. Su cara estaba completamente compuesta, pero sin embargo emitía la vibración de un hombre enfadado por lo que veía.
El brillante fogonazo del flash de una cámara estalló por el oscuro callejón, como un grito en una iglesia. Incluso antes de que la puta luz se desvaneciera, la cabeza de José se movió bruscamente alrededor para ver quién demonios tomaba fotos y él no era el único. Los otros oficiales que estaban de pie inmediatamente prestaron atención.
Pero Veck fue el que explotó y salió en una rápida carrera.
El tipo de la cámara no tuvo ni una oportunidad. En un movimiento totalmente descarado, el bastardo había pasado bajo la cinta de la policía y aprovechado el hecho de que todos estaban concentrados en la víctima. Y en su fuga, fue atrapado por la misma cinta que había violado, tropezando y cayéndose antes de recuperarse y salir disparado hacia la puerta abierta de su coche.
Veck, por otra parte, tenía las piernas de un esprínter y maneras más elevadas que un muchacho blanco medio: sin escurrirse bajo la cinta amarilla, saltó sobre la puta cinta y se lanzó sobre el capó del sedán, echando su peso sobre el lateral del capó. Y luego todo pasó a cámara lenta. Mientras los otros oficiales se precipitaban hacia adelante para ayudar, el fotógrafo lo derribó y los neumáticos chirriaron mientras le entraba el pánico e intentaba alejarse…
Para ir derecho a la escena de delito.
—¡Joder! —gritó José, preguntándose cómo coño iban a proteger el cuerpo.
Las piernas de Veck patinaron cuando el coche atravesó la cinta amarilla y se fue derecho como una flecha hacia la caja de cartón. Pero aquel hijo de puta de DelVecchio no sólo se quedó pegado como el pegamento, sino que logró estirar la mano por la ventanilla abierta, agarrar el volante y estrellar el sedan contra un contenedor un metro por delante de la puñetera víctima.
Cuando los airbag explotaron y el motor soltó un silbido brutal, Veck fue lanzado sobre el recipiente de basura y José sabía que iba a recordar la visión de aquel hombre aerotransportado para el resto de su vida, la chaqueta del traje del tío abierta de repente, su arma en un lado y su insignia en el otro centelleando mientras volaba sin alas.
Aterrizó sobre su espalda. Con fuerza.
—¡Oficial caído! —gritó José mientras corría hacia su compañero.
Pero no hubo nada que decir al HDP sobre permanecer quieto o ninguna posibilidad de ayudarle. Veck brincó en sus pies como el puñetero conejito de Energizer y tambaleándose se dirigió hacia el grupo de oficiales que habían rodeado al conductor con las armas desenfundadas. Apartando a los demás de su camino, abrió violentamente la puerta del conductor y sacó a un fotógrafo freelance parcialmente consciente, que estaba a un último sándwich de pastrami de sufrir un ataque cardíaco. El bastardo era tan gordo como Papá Noel y tenía el rubicundo colorido de un borrachín.
También tenía problemas para respirar, aunque no estaba claro si era de inhalar el polvo del airbag o porque sus ojos habían hecho contacto con los de Veck y sabía claramente que estaba a punto de conseguir que lo tumbase de un golpe.
Sólo que Veck únicamente le dejó caer y se zambulló en el coche, haciéndose camino a través de los airbag desinflados. Antes de que pudiera coger la cámara y mandarla a la basura, José saltó a por ella.
—Necesitamos eso como prueba —vociferó cuando Veck salió y levantó el brazo sobre su cabeza como para golpear la Nikon contra el pavimento.
—¡Hey! —José cogió con las dos manos la muñeca del tío y lanzó todo su peso sobre el pecho de su compañero. Cristo, el hijo de puta era un enorme bastardo, no sólo alto sino también cuadrado y por una fracción de segundo se preguntó si iba a conseguir algo con este destructor gilipollas.
Sin embargo, el impulso cambió las cosas y la espalda de Veck acabó bruscamente en el lateral del coche.
José mantuvo su voz calmada a pesar de tener que usar toda su fuerza para mantener al tío en el sitio.
—Piensa en ello. Rompes la cámara y no podemos usar contra él la foto que tomó. ¿Me oyes? Piensa, joder... piensa.
Los ojos de Veck cambiaron y se enfocaron en el responsable y francamente, la falta de locura en ellos era un poco inquietante. Incluso en medio del frenético esfuerzo físico, DelVecchio estaba extrañamente relajado, completamente enfocado... y sin duda mortífero. José tuvo la sensación de que si dejaba ir al otro detective, la cámara no era la única cosa que iba a ser irreparablemente dañada.
Veck parecía completamente capaz de matar de una manera muy tranquila y competente.
—Veck, compañero, reacciona.
Hubo un momento o dos en los que parecía que no había nada que hacer y José sabía condenadamente bien que todos los del callejón estaban tan inseguros como él de lo que iba a suceder a continuación. Incluso el fotógrafo.
—Oye. Mírame, tío.
Los bonitos ojos azules de Veck fueron cambiando poco a poco y parpadeó. Gradualmente, la tensión en aquel brazo fue relajándose y José lo acompañó hacia abajo hasta que pudo coger la Nikon, sin saber de ninguna manera si la tormenta había pasado realmente.
—¿Estás bien? —preguntó José.
Veck asintió con la cabeza y recompuso la chaqueta. Cuando asintió con la cabeza una segunda vez, José retrocedió.
Gran error.
Su compañero se movió tan rápido que no pudo detenerlo. Y golpeó al fotógrafo con tanta fuerza que probablemente le rompió la mandíbula al cabrón.
Cuando el responsable flaqueó entre el agarre de los otros policías, nadie dijo ni pío. Todos habían querido hacerlo, pero dado el corto paseo en coche de Veck, se había ganado el derecho.
Desafortunadamente, el movimiento de reembolso probablemente le iba conseguir una suspensión al detective y tal vez una demanda al Departamento Central de Policía.
Sacudiendo la mano con la que le golpeó Veck refunfuñó:
—Que alguien me dé un cigarrillo.
Mierda, pensó José. No había ninguna razón para seguir tratando de encontrar a Butch O’Neal. Era como si su viejo compañero estuviese justo delante de sus narices.
Así que tal vez debería dejar de intentar buscar indicios en esa llamada al 911 de la semana pasada. Incluso con todos los recursos disponibles de la oficina central, no había llegado a ninguna parte y el rastro frío probablemente era algo bueno.
Un tipo salvaje con una vena autodestructiva era más de lo que él podía manejar en el trabajo, muchas gracias.

2 comentarios:

Mary Madonna Luce dijo...

—¿Fue Butch? —preguntó ella, esperando que ese fuera el caso. Al menos si había sido con el mejor amigo de V, ella sabría que cualquier liberación habría sido fortuita. Butch era un tipo totalmente fiel a su compañera y actuaría como un Dom sólo porque era la extraña y oscura medicina que V necesitaba para mantenerse. Tan extraño como sonaba, eso podría entenderlo y dejarlo pasar.
—¿Fue eso? —dijo ella—. Porque puedo tratar con eso.

&Twinin Cullen& dijo...

que bien lo de payne pero que mal lo de V y Jane u.u pero seguro que se encontenta, me encanta el poli :D