martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 28 29 30

Capítulo 28

Los colmillos de V se alargaron mientras un círculo de asesinos se formaba alrededor de la abertura del callejón. Estos eran de la vieja escuela, pensó. Media docena por lo menos y claramente sus compañeros asesinos les habían dado las coordenadas. De lo contrario, el mhis les habría ocultado la carnicería.
Dado su estado de ánimo, todos los hola-cómo-estás deberían haber sido algo magnífico.
Problema: la estructura del callejón implicaba que no hubiese ni una sola salida, aparte de la que recorrían las filas de los enemigos… y eso era tirando de un acto de desaparición. Normalmente, eso no habría sido un problema, como luchadores experimentados, podían, incluso en el fragor de la batalla, calmarse lo suficiente para centrarse y desmaterializarse, pero debías estar relativamente ileso y no podías llevarte a ningún compañero caído contigo cuando te ibas.
Así que Butch estaba jodido si la mierda se les iba de las manos. Como mestizo, ese tipo estaba atado a la tierra, literalmente incapaz de dispersar sus moléculas hasta un lugar seguro.
V murmuró en voz baja:
—No seas un héroe, poli. Vamos a manejar esto.
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad? —La mirada feroz que le lanzó fue inmediata y firme—. Tú preocúpate por ti mismo.
No era posible. No iba a perder a los únicos dos puntos de su brújula en la misma noche.
—Ey, chicos —Hollywood llamó al enemigo—. ¿Solo vais a quedaros ahí o vamos a hacer algo?
Yyyyy eso fue la campana del ring. Los lessers avanzaron y se enfrentaron a la Hermandad, cara-a-cara, puño-a-puño. Para asegurarse de que tenían la privacidad que necesitaban, V dobló su barrera visual, creando un espejismo de la nada en caso de que hubiese humanos circulando por ahí.
Mientras empezaba a librarse de uno de los enemigos, mantuvo sus ojos en Butch. El cabrón naturalmente lo estaba haciendo bien, tomando a un recluta alto y desgarbado con las manos desnudas. A él le encantaba pelear y las cabezas eran su saco de boxeo preferido, pero Vishous realmente deseaba que el hijo de puta practicase esgrima o, mejor aún, utilizase un lanzacohetes. Desde el tejado. De modo que no estuviese de ninguna forma cerca de la lucha. Odiaba que el poli estuviese cerca porque quién coño sabía lo que podría salir de un bolsillo o cuánto daño podrían hacerle al tipo con una pistola o con una pieza de…
La patada salió de la nada, saliendo del aire como un yunque y alcanzando a V en la parte derecha del torso. Mientras volaba y se estrellaba de costado contra la pared de ladrillo del callejón, recordó lo que les habían enseñado a sus alumnos cuando los habían tenido: ¿Regla número uno de la lucha? Presta jodida atención a tu maldito oponente.
Después de todo, podías tener el mejor cuchillo del mundo, pero ¿si estabas despistado? Terminarías como una pelota de Ping-Pong. O peor.
V infló sus pulmones con una enorme inhalación y usó la carga de oxigeno para saltar hacia delante y detener la segunda patada del Rockette[i] por el tobillo con las manos. Sin embargo, el lesser tenía habilidades espectaculares y dio un movimiento a lo Matrix, utilizando el agarre de V como un ancla para girar en el aire. La bota de combate le dio a V justo en la oreja, su cabeza giró hacia un lado mientras todos sus tendones y músculos se estiraban y se iban a la mierda.
Lo bueno era que el dolor siempre lo centraba.
Siendo la gravedad como era, el golpe del Rockette marcó la cima de su arco y, después de eso, cayó, extendiendo los brazos hacia el asfalto para evitar plancharse la cara. Y claramente el hijo de puta estaba esperando que su oponente le soltase el pie, gracias a la zumbante bola de nieve que era ahora el cráneo de V.
No. Lo siento, cariño.
Incluso con las consecuencias de los desagradables crujidos-y-estallidos, V aumentó su apretón en ese tobillo y lo lanzó en dirección opuesta a la pirueta.
¡Clac!
Algo se rompió o se dislocó y, dado que V sostenía firme el pie y los huesos inferiores, sabía que probablemente era la rodilla, el peroné o la tibia.
El Señor Trepo-Alto soltó un grito, pero V no terminó cuando el cabrón cayó al suelo. Liberando una de sus dagas negras, cortó a través del músculo en la parte posterior de la pierna y entonces pensó en Butch. Desplazándose más arriba por el cuerpo que se retorcía, agarró un puñado de pelo, tiró y le hizo al HDP un bonito y pequeño collar con su acero.
Simplemente la incapacidad parcial no era suficiente esta noche.
Girándose con el goteante cuchillo en la mano, evaluó las luchas en curso. Z y Phury estaban trabajando con un par de lessers… Tohr estaba sosteniendo a otro… Rhage estaba jugando con uno de los enemigos… ¿Dónde estaba Butch?
En la esquina, el poli había derribado a un asesino y se inclinaba sobre su cara. Su compañero tenía los ojos cerrados y el lesser abiertos, la boca ensangrentada boqueando como un guppy[ii], abriéndose y cerrándose lentamente, como si supiese que lo que iba a venir no podían ser buenas noticias para él.
La bendición y maldición de Butch empezó a trabajar cuando tomó una inhalación profunda y regular. La transferencia se inició con una espiral de humo negro que pasó de la boca del asesino a la de Butch, pero pronto creció un río de mierda, la esencia del Omega fluyendo de uno a otro en una ráfaga repugnante.
Cuando todo terminase, el asesino no iba a ser nada más que un residuo de ceniza. Y Butch iba a estar enfermo como un perro y relativamente inservible.
V corrió hacia allí, esquivando una estrella arrojadiza y empujando a un lesser- molinillo de vuelta a los puños de Hollywood.
—¿Qué coño estás haciendo? —refunfuñó mientras V apartaba a Butch del pavimento y lo arrastraba fuera de la zona de succión—. Espera hasta después, ¿de acuerdo?
Butch se enroscó de lado y tuvo arcadas. Ya estaba semicontaminado, el olor del enemigo emanaba de sus poros y su cuerpo luchaba contra la carga de veneno. Necesitaba ser curado aquí y ahora, pero V no iba a poder tener la oportunidad de…
Más tarde, se maravillaría por haber sido sorprendido dos veces en una pelea.
Pero tal reflexión sería en las horas libres, cuando terminase todo.
El bate de béisbol le dio en un lado de la rodilla y la caída que vino justo después del golpe fue un choque en cadena de la peor forma. Cayó con fuerza, su pierna retorciéndose como un sacacorchos debajo de su considerable peso en un ángulo que giraba su cadera en una dolorosa bola de agonía, cosa que sugería que el karma podría no tratar sobre la venganza, sino sobre la lucha con tus propios pensamientos: cuando fue derribado por el golpe que acababa de recibir, se maldijo a sí mismo y al hijo de puta con el Louisville Slugger[iii] y la puntería de Johnny-desleal-Damon[iv].
Era hora de pensar algo rápido. Estaba de espaldas con una pierna que zumbaba como un motor en marcha directa. Y ese bate podía hacer mucho daño…
Butch salió de la nada, tambaleándose con toda la gracia de un búfalo herido, el pesado cuerpo del cabrón se dirigía a toda velocidad hacia el asesino mientras el bate hacía un arco-por-encima-del-hombro con la cabeza de V como objetivo. Ambos se estrellaron contra los ladrillos y, después de un momento sin moverse, jodido-como-un-picotazo, el lesser sacudió todo el torso y jadeó.
Fue como ver huevos deslizándose por el lateral de un armario de cocina: los huesos del asesino se volvieron líquidos y se derramaron por el pavimento mientras Butch se derrumbaba con su daga manchado de sangre negra en la mano.
Él había destripado al soplapollas.
—Tú… bien… —jadeó el poli.
Todo lo que V podía hacer era mirar hacia su mejor amigo.
Mientras los otros continuaban con la lucha, ambos se quedaron mirándose el uno al otro con el sonido de fondo de los gruñidos, de los golpes de metal-contra-metal y de las ingeniosas maldiciones. Algo debía ser puesto en palabras, pensó V. Había tantas cosas… que decir.
—Lo quiero de ti —espetó V—. Lo necesito.
Butch asintió con la cabeza.
—Lo sé.
—Cuándo.
El poli cabeceó hacia la pierna jodida de V.
—Recupérate primero —Butch gimió y se puso de pie—. Hablando de eso, voy a por el Escalade.
—Ten cuidado. Llévate a uno de los hermanos conti…
—A la mierda con eso. Y quédate quieto.
—No voy a ir a ninguna parte con esta rodilla, poli.
Butch se marchó, su paso sólo ligeramente mejor que el que V podría haber logrado con el lío dislocado que tenía. Estirando el cuello, miró a los demás. Estaban dominando… de forma lenta, pero segura, la suerte estaba volviéndose a su favor.
Hasta cinco minutos más tarde.
Cuando siete asesinos más se presentaron en el callejón.
Claramente, la segunda oleada también había llamado a refuerzos y éstos también eran nuevos reclutas que no estaban seguros de cómo manejar el mhis: obviamente sus camaradas les habían proporcionado una dirección, pero sus ojos no podían ver nada más que un callejón vacío.
Sin embargo, iban a cruzarlo rápido-como-el-infierno y abrirían una brecha en la barrera.
Moviéndose tan rápido como podía, V puso las manos en el suelo y arrastró su culo hacia el quicio de una puerta. El dolor era intenso y su visión momentáneamente se nubló, pero eso no le impidió quitarse el guante y metérselo en la chaqueta.
Joder, esperaba que Butch no diese media vuelta y volviese a pelear. Iban a necesitar transporte tan pronto como esto terminase.
Mientras la siguiente oleada de enemigos avanzaba, dejó caer la cabeza sobre el pecho y respiró tan superficialmente que su pecho apenas se movió. Con el pelo cayéndole sobre la cara, sus ojos estaban ocultos y pudo mirar a través del velo negro el ataque de los asesinos. Dado el increíble número de reclutas frescos, sabía que la Sociedad tenía que estar obteniendo psicópatas y socios de Manhattan, el charco de Caldwell simplemente no era lo suficientemente grande para explicar este aumento de tropas.
Lo que iba a funcionar a favor de la Hermandad.
Y él tenía razón.
Cuatro de los lessers fueron directamente hacía la acción del combate, pero uno de ellos, un bulldog con anchos hombros y brazos colgantes como los de un gorila, se acercó a V… probablemente para comprobar sus armas.
Vishous esperó pacientemente, sin moverse, dándole un jodido montón de próxima-parada-el-ataúd.
Incluso cuando el hijo de puta empezó a inclinarse, V permaneció donde estaba… un poco más cerca… un poco más cerca…
—Sorpresa, hijo de puta —escupió. Luego, le agarró la muñeca más cercana y tiró con fuerza.
El asesino cayó como una pila de platos, justo sobre la pierna mala de V. Pero no importaba, la adrenalina era como un chute de analgésicos y le daba la fuerza suficiente no sólo para soportar la agonía, sino también para mantener al HDP en su lugar.
Levantando su mano brillante, Vishous acercó su maldición a la cara del lesser… no era necesario un manotazo o un golpe; el simple contacto era suficiente. Y justo antes de hacer contacto, los ojos de su presa se abrieron de par en par, la iluminación hizo que el blanco de los ojos se volviera fluorescente
—Seh, esto va a doler —gruñó V.
El chisporreteo y el grito fueron igualmente altos, pero sólo persistió el primero. En lugar del último, un asqueroso olor como a queso quemado flotó en una nube de hollín. En menos de un momento, el poder de su mano consumió la jeta del asesino, la carne y el hueso corroídos mientras las piernas del bastardo se sacudían y los brazos se agitaban.
Cuando se convirtió en un caso de Jinete sin Cabeza, V retiró la palma de su mano y se derrumbó. Habría sido genial soportar el peso con su rodilla de mierda, pero simplemente no tenía la fuerza.
Su último pensamiento antes de desmayarse fue un rezo para que sus chicos pateasen rápido a éstos. El mhis no iba a persistir si él no estaba allí para sostenerlo… y eso significaba que tendrían que luchar en público a gran escala…
Luces. Fuera.




     [i] Bailarinas icono estadounidenses. Mueven las piernas hacia delante como si dieran patadas
[ii] Tipo de pez
[iii]Famosa marca de bates de béisbol
[iv]Jugaba en los Red Sox, pero ahora lo hace en los Yankees


Capítulo 29

Cuando los pies de Payne quedaron colgando a un lado de la cama, flexionó uno y luego el otro una y otra vez, maravillada ante el milagro de pensar algo y que sus miembros la obedeciesen.
—Ten, ponte esto.
Alzando la vista, se sintió momentáneamente distraída por la visión de la boca de su sanador. No podía creer que hubiesen… que él hubiese… hasta que ella…
Sí, una bata estaría bien, pensó.
—No te dejaré caer —le dijo, mientras la ayudaba a ponérsela—. Puedes apostar tu vida en ello.
Ella le creyó.
—Gracias.
—No hay problema. —Él sacudió el brazo—. Venga… a por ello.
Excepto que la gratitud que sentía era tan compleja que no podía dejar de expresarla.
—Por todo, sanador. Por todo.
Él le sonrió brevemente.
—Estoy aquí para hacerte mejorar.
—Lo estás consiguiendo.
Con aquello, Payne se impulsó sobre sus pies.
Lo primero que notó fue que el suelo se sentía frío bajo sus plantas… y luego su peso fue transferido y las cosas se volvieron locas: los músculos se contrajeron bajo su peso y las piernas se le arquearon como plumas dobladas por la mitad. Sin embargo, su sanador estuvo allí cuando lo necesitó, colocándole el brazo alrededor de la cintura y dándole apoyo.
—Estoy de pie —susurró—. Estoy… de pie.
—Y tanto que lo estás.
La parte baja de su cuerpo no se parecía en nada a lo que había sido antes, le temblaban tanto los muslos y las pantorrillas que se le unían las rodillas. Pero estaba de pie.
—Deberíamos caminar —dijo ella, apretando los dientes mientras rayos de calor y frío se disparaban hacia abajo por sus huesos.
—Quizás ir despacio sería…
—Al baño —exigió ella—. Con lo cual me aliviaré sin ayuda.
La independencia era algo absolutamente vital. Que se le permitiese la simple y profunda dignidad de cuidar de las necesidades de su cuerpo parecía como maná caído del cielo, una prueba más de que las bendiciones, al igual que el tiempo, eran relativas.
Excepto que cuando intentó dar un paso adelante, no fue capaz de alzar el pie.
—Cambia el peso —le dijo su sanador mientras la hacía girar y se colocaba tras ella— y yo me ocuparé del resto.
Cuando la sujetó por la cintura, ella hizo como le había pedido y sintió una de sus manos sujetar su muslo y alzar la pierna. Sin ninguna indicación, supo que debía inclinarse hacia delante y colocar el peso suavemente cuando él le colocase la rodilla en la posición correcta, restringiendo la flexión de la rodilla al estirar la pierna.
El milagro fue mecánico en su expresión, pero no menos alentador aunque fuese un paso para delante y dos para detrás: caminó hasta el baño.
Cuando alcanzó su objetivo, su sanador le concedió privacidad en el baño y Payne usó el manillar atornillado a la pared para ayudarse.
No dejó de sonreír durante todo el proceso. Lo que era totalmente ridículo.
Cuando terminó, se levantó usando la barra y abrió la puerta. Su sanador estaba justo por fuera y ella alargó la mano hacia él en el mismo momento en que él le extendía los brazos.
—De vuelta a la cama —dijo él y era una orden—. Voy a examinarte y después te conseguiré unas muletas.
Ella asintió y lentamente rehicieron el camino hasta la cama. En el momento en que se estiró encima de ésta, estaba jadeando, pero más que satisfecha. Con aquello podía lidiar. ¿Paralizada, fría y sin poder ir a ningún sitio? Eso era una sentencia de muerte.
Cerrando los párpados, tragó a través de profundas inspiraciones mientras él monitoreaba sus señales vitales con eficiencia.
—La tensión sanguínea está alta —dijo mientras dejaba a un lado un objeto parecido a una esposa que ella conocía bien—. Pero eso podría ser por lo que… eh, hicimos. —Se aclaró la garganta. Algo que parecía hacer con frecuencia—. A ver qué tal tus piernas. Quiero que te relajes y cierres los ojos. No mires, por favor.
Cuando hizo lo que le pedía, él le preguntó:
—¿Puedes sentir esto?
Frunciendo el ceño, examinó las distintas sensaciones en su cuerpo, desde la suavidad del colchón, la fría brisa en el rostro, hasta las sábanas sobre la que descansaba su mano.
Nada. No sentía…
Sentándose derecha presa del pánico, se miró las piernas, solo para descubrir que él no la estaba tocando: tenía las manos a los costados.
—Me has engañado.
—No. No estoy asumiendo nada, eso es lo que hago.
Cuando ella volvió a la posición de antes y cerró los ojos otra vez, quiso maldecir, pero no le vio el sentido.
—¿Qué tal ahora?
Justo debajo de la rodilla sintió un sutil peso. Podía sentirlo tan claro como el día.
—Tu mano… está en mi pierna… —Entreabrió un ojo y vio que tenía razón—. Sí, me estás tocando ahí.
—¿Alguna diferencia con antes?
Ella frunció el ceño.
—Es ligeramente… más fácil de sentir.
—La mejoría es algo bueno.
Le palpó el otro lado. Luego subió casi hasta la cadera. Después bajo hasta la parte baja de los pies. Y de nuevo dentro de los muslos… por fuera de la rodilla.
—¿Y ahora? —preguntó una última vez.
Ante la oscuridad, Payne se forzó en busca de sensaciones.
—No siento… nada ahora mismo.
—Bien. Hemos acabado.
Cuando ella abrió los ojos, lo miró y sintió que un extraño escalofrío la recorría. ¿Qué futuro les esperaba? se preguntó. ¿Más allá de aquel aislado periodo de la convalecencia? Su incapacidad simplificaba las cosas en gran medida. Pero eso terminaría si ella se ponía bien.
¿Seguiría con ella entonces?
Payne alargó la mano y agarró la suya.
—Tú eres una bendición para mí.
—¿Por esto? —Él sacudió la cabeza—. Esto lo has hecho tú, bambina. Tu cuerpo está sanando solo. Es la única explicación. —Inclinándose hacia ella, le alisó el pelo hacia detrás y presionó un casto beso sobre su frente—. Ahora necesitas dormir. Estás agotada.
—¿No te irás, verdad?
—No. —Miró la silla que había usado para llegar a la lámpara del techo—. Estaré aquí mismo.
—Esta cama… es suficientemente grande para los dos.
Cuando dudó, ella tuvo la impresión de que algo había cambiado para él. Y sin embargo la había tratado con una perfección totalmente erótica y su aroma se había encendido, así que sabía que estaba excitado. Aun así… ahora existía una sutil distancia entre ellos.
—¿Vienes? —preguntó—. ¿Por favor?
Él se sentó a su lado y le acarició el brazo lenta y rítmicamente, y la amabilidad que le estaba mostrando la puso nerviosa.
—No creo que sea una buena idea —murmuró.
—¿Por qué no?
—Creo que será más fácil para todos si la manera en que te trato quedase sólo entre tú y yo.
—Oh.
—Ese hermano tuyo me trajo aquí porque haría lo que fuese para que mejorases. Pero hay una diferencia entre la teoría y la práctica. ¿Y si entra y nos encuentra juntos en la cama? Sólo estaríamos añadiendo otro problema más al montón.
—¿Y si te digo que no me importa lo que piense?
—Te pediría que no seas tan dura con él. —El sanador se encogió de hombros—. Seré honesto contigo. No soy fan de tu hermano, pero por otra parte, tu hermano ha tenido que verte sufriendo.
Payne respiró hondo, y pensó, oh, si esto solo fuera la mitad.
—Es culpa mía.
—Tú no pediste que te hiriesen.
—No me refiero a la herida, sino a la consternación de mi hermano. Antes de que tú llegases, le pedí algo que no debería haber pedido y si a eso le añades… —cortó el aire con la mano—. Soy una lacra para él y su compañera. De verdad, soy una maldición.
Que ella no tuviese fe en la benevolencia del destino quizás era aceptable, pero lo que había hecho pidiéndole a Jane que la ayudase no se podía perdonar. El interludio con su sanador había sido una revelación y una bendición inconmensurable, pero ahora en todo lo que podía pensar era en su hermano y su shellan… y las repercusiones de su egoísta cobardía.
Con una maldición, se estremeció.
—Necesito hablar con mi hermano.
—De acuerdo. Iré a buscarlo.
—Por favor.
Su sanador se puso en pie y fue hacia la salida. Con la mano en la manivela, se detuvo.
—Necesito saber algo.
—Pregunta y te lo diré todo.
—Qué pasó justo antes de que me trajesen de vuelta a ti. Por qué fue a buscarme tu hermano.
Ninguna de las frases fue enunciada como una pregunta. Lo que le hizo sospechar que quizás él bien podía haberlo adivinado.
—Eso es algo entre él y yo.
El sanador entrecerró los ojos.
—Qué hiciste.
Ella suspiró y jugueteó nerviosa con la manta.
—Dime, sanador, si no tuvieses esperanzas de volver a levantarte de la cama y no pudieses conseguir un arma, ¿qué harías?
Él cerró con fuerza los párpados durante un segundo. Entonces abrió la puerta.
—Iré a buscar a tu hermano.
Cuando Payne se quedó a solas con sus lamentos, resistió la urgencia de maldecir. Tirar cosas. Gritar a las paredes. En aquella noche, la de su resurrección, debería estar extasiada, pero su sanador estaba distante, su hermano estaba furioso y temía el futuro.
Sin embargo, aquello no duró demasiado.
A pesar de tener la mente agitada, el cansancio físico anuló la capacidad de pensar y fue absorbida en un oscuro y tranquilo hueco que la consumió, en cuerpo y alma.
Su último pensamiento antes de que todo se volviese oscuro y cesasen todos los sonidos fue que esperaba poder reparar lo hecho.
Y de alguna manera permanecer con su sanador para siempre.
*  *
Fuera, en el pasillo, Manny se dejó caer contra el muro de bloques y se frotó el rostro.
No era idiota, así que en el fondo, sabía lo que había pasado: únicamente el sabor de la verdadera desesperación habría hecho que aquel vampiro matón viniese al mundo humano a buscarlo. Pero por Dios… ¿y si no lo hubiese encontrado a tiempo? ¿Qué hubiese pasado si su hermano hubiese esperado o…?
—Mierda.
Se alejó del muro y entró a la habitación de suministros, cogió una nueva bata, poniendo la usada en el cesto de la ropa sucia después de cambiarse. La primera parada fue en la sala de reconocimientos, pero Jane no estaba allí, así que siguió hasta llegar a la oficina con la puerta de cristal.
Nadie.
De vuelta en el vestíbulo, oyó el mismo ruido de pasos pesados que había oído antes y echó un vistazo dentro, captando la visión de un tío con el pelo cortado a cepillo dejándose la piel en la cinta de correr. El sudor se desbordaba literalmente del hijo de puta, tenía el cuerpo tan delgado que era casi doloroso mirarlo.
Manny se escabulló de nuevo hacia fuera. No había razón para preguntarle a aquel hijo de puta.
—¿Me buscas a mí?
Manny se giró hacia Jane.
—Justo a tiempo… Payne necesita ver a su hermano. ¿Sabes dónde está?
—Fuera, luchando, pero volverá antes del amanecer. ¿Pasa algo?
Se sintió tentando a responder, Dímelo tú, pero se contuvo.
—Eso es asunto de ellos. Yo tampoco sé para qué lo busca.
Jane apartó los ojos.
—De acuerdo. Bien, se lo haré saber. ¿Qué tal está ella?
—Ha caminado.
Jane volvió la cabeza con rapidez.
—¿Sola?
—Con sólo un poco de ayuda. ¿Tienes abrazaderas? ¿Muletas? ¿Algo así?
—Sígueme.
Lo llevó por el gimnasio de tamaño profesional hasta el cuarto de materiales. Sin embargo, no había pelotas de baloncesto o voleibol, ni cuerdas allí. Cientos de armas colgaban de los estantes: cuchillos, estrellas ninjas, espadas y nunchakus.
—Menuda clase de gimnasia que os tenéis montada aquí.
—Es para el programa de entrenamiento.
—Preparando a la nueva generación, eh.
—Así es… al menos antes de los ataques.
Pasaron todo aquel Bruce Willis y Arnold, y Jane empujó una puerta con las iniciales EF, llevándolo a una sala de rehabilitación bien equipada con todo lo que un atleta profesional necesitaría para mantenerse suelto, ágil y rápido.
—¿Ataques?
La Sociedad Lessening mató a docenas de familias —dijo— y los que quedaron huyeron de Caldwell. Van volviendo poco a poco, pero han sido malos tiempos.
Manny frunció el ceño.
—¿Qué diablos es la Sociedad Lessening?
—Los humanos no son la verdadera amenaza. —Abrió la puerta de un armario y pasó la mano por cada muleta, bastón y soporte—. ¿Qué estás buscando?
—¿Es por eso que tu hombre lucha cada noche?
—Sí. Así es. Ahora, ¿qué buscas?
Manny observó su perfil y extrajo una conclusión.
—Ella te pidió que la ayudases a morir. ¿Verdad?
Jane cerró los ojos.
—Manny… no te ofendas, pero no tengo fuerzas para mantener esta conversación.
—Eso es lo que pasó.
—Parte. No todo.
—Payne está mejor ahora —dijo él bruscamente—. Va a estar bien.
—Así que está funcionando. —Jane sonrió un poco—. El toque mágico y todo eso.
Él se aclaró la garganta y se resistió a mover los pies con nerviosismo como un crío de catorce años al que habían pillado besuqueándose.
—Sí, supongo. Ah. Creo que me quedaré con un par de abrazaderas y también un par de muletas. Creo que con eso le valdrá.
Mientras sacaba el material, los ojos de Jane no se apartaron de él, hasta el punto que tuvo que mascullar:
—Antes de que preguntes, no.
Ella rió suavemente.
—No era consciente de que tenía una pregunta.
—No me quedaré. Haré que se levante y camine y luego regresaré.
—De hecho, no es eso lo que tenía en mente. —Jane frunció el ceño—. Pero podrías quedarte por aquí, sabes. Ya ha pasado antes. Yo, Butch, Beth. Y creo que ella te gusta.
—Gustar no llega a abarcarlo —dijo en voz baja.
—Entonces no hagas planes hasta que todo esto termine.
Él negó con la cabeza.
—Tengo una carrera que se está yendo a la mierda…la razón de lo cual, por cierto, es el encendido-y-apagado que tus tipos le han hecho a mi cerebro. Tengo una madre que no me tiene demasiado cariño, pero que sin duda se preguntará porque no ha tenido noticias mías durante las vacaciones. Y tengo un caballo que está en baja forma. ¿Pretendes decirme que tu chico y los de su clase van a estar de acuerdo con que yo tenga un pie en cada mundo? No lo creo. Además, ¿qué coño iba a hacer yo? Servir a Payne es un placer, te lo aseguro, pero no me gustaría hacer de ello una profesión o que ella termine con alguien como yo.
—¿Qué hay de malo en ti? —Jane cruzó los brazos sobre el pecho—. No es por nada pero eres un tío estupendo.
—Buena forma de esquivar el tema.
—Las cosas podrían funcionar.
—Bien, digamos que funciona. Entonces contéstame a algo, ¿cuánto tiempo viven?
—¿Perdón?
—La esperanza de vida de los vampiros. ¿Cuánto es?
—Varía.
—¿En décadas o siglos? —Cuando ella no respondió, él asintió—: Justo lo que creía, seguramente yo duraré ¿cuánto? ¿cuarenta años más? Y comenzaré a marchitarme en diez años. Ya tengo achaques y dolores cada mañana y principio de artritis en la cadera. Ella necesita enamorarse de uno de su especie, no un humano que va a ser paciente del geriátrico en un abrir y cerrar de ojos. —Volvió a negar con la cabeza—. El amor puede conquistarlo todo menos la realidad. La cual ganará cada asquerosa vez.
Esta vez la risa de ella fue dura.
—No puedo discutir con eso último.
Él miró las abrazaderas.
—Gracias por esto.
—No hay de que  —dijo ella lentamente—. Se lo diré a V.
—Bien.
De vuelta a la habitación de Payne, entró en silencio y se detuvo justo en la puerta. Dormía profundamente en la oscuridad, el brillo había desaparecido de su piel. ¿Despertaría otra vez paralizada? ¿O el progreso seguiría con ella?
Supuso que tendrían que averiguarlo.
Apoyando las muletas y las abrazaderas contra la pared, fue hasta la dura silla junto a la cama y se sentó, cruzando las piernas e intentando ponerse cómodo. No iba a dormir de ninguna manera. Tan sólo quería observarla…
—Ven conmigo —dijo ella en mitad del silencio—. Por favor. Ahora mismo necesito tu calor.
Cuando él siguió donde estaba, se dio cuenta de que la rutina de permanecer sentado no era en realidad por su hermano. Era un mecanismo para poder mantenerse separado de ella siempre que pudiese. Estaba seguro de que volverían a acostarse otra vez, probablemente pronto. Y él iba a practicarle sexo oral durante horas si fuera necesario. Pero no podía permitirse perderse en fantasías de que aquello iba encaminado a volverse algo permanente para ellos.
Dos mundos distintos.
Él no pertenecía a su lado.
Manny se inclinó hacia delante, colocó las manos sobre las de ella y le acarició el brazo.
—Shhh… estoy aquí.
Cuando ella giró la cabeza hacia él, tenía los ojos cerrados y él tuvo la sensación de que hablaba en sueños.
—No me dejes, sanador.
—Me llamo Manny —susurró él—. Manuel Manello… D.M.

Capítulo 30

Qhuinn supo que el reclamo estridente había sido hecho por John Matthew, por el silbido fuerte y agudo que traspasó el vestíbulo de la mansión como una bala.
Joder si lo conocía, lo había oído bastantes veces durante los últimos tres años.
Parado con un pie en el escalón inferior de la magnífica escalera, se secó el rostro sudoroso con la estropeada camiseta y luego recuperó el equilibrio en la inmensa barandilla labrada. Tenía la cabeza ligera y esponjosa como una almohada después del entrenamiento, lo cual era un contraste directo con el resto de él: notaba las piernas y el culo como si le pesaran mucho más que esta maldita mansión.
Cuando volvió a sonar el silbido, pensó: Bueno, vale, alguien le estaba hablando. Pivotando obtuvo un vistazo de John Matthew que estaba entre las jambas ornamentadas de la entrada del comedor.
Qué coño te estás haciendo, comunicó por señas el tío antes de señalar su propia testa.
Bueno, revisando su mierda, pensó Qhuinn. En el pasado, una pregunta como aquella habría abarcado mucho más que una cagada de cambio de peinado.
—Se llama estar en forma.
¿Estás seguro? Más bien creo que se llama estar de pena.
Qhuinn rozaba el desvanecimiento que se había propinado.
—No es gran cosa.
Al menos sabes que los peluquines son una opción. Los ojos azules de John se entrecerraron. ¿Y dónde está todo tu metal?
—En mi armario de armas.
Las armas no, la mierda que llevabas en la cara.
Qhuinn solo sacudió la cabeza y se giró para irse, poco interesado en hablar de todos los piercings que se había quitado. Tenía el cerebro hecho un lío y el cuerpo estaba agotado, tan rígido y dolorido por sus carreras diarias.
Se repitió ese silbido y casi le lanzó un “vete a tomar por culo” por encima del hombro. Aunque cortó la mierda, porque ahorraría tiempo: John nunca aflojaba cuando estaba de ese humor.
Echando un vistazo atrás, gruñó:
—¿Qué?
Tienes que comer más. Ya sea en las comidas o por tu cuenta. Te estás quedando en los huesos.
—Estoy bien.
Así que o empiezas a comer o tendré que cerrar el gimnasio y no te daré la llave. Tú eliges. Y convoqué a Layla, está en tu habitación esperándote.
Qhuinn dio un giro completo. Mala idea; convirtió el vestíbulo en una atracción de feria. Agarrándose a la barandilla de nuevo, soltó:
—Podría haberlo hecho yo.
Pero no ibas a hacerlo, así que lo hice por ti, salvo masacrar a una docena de lessers, va a ser mi buena acción de la semana.
—Si quieres ser la Madre Teresa, tendrás más suerte practicando esa mierda con otro.
Lo siento. Te elegí a ti y mejor que muevas el culo, no quieres mantener a la dama esperando. Ah y mientras Xhex y yo estábamos en la cocina, hice que Fritz te preparara una comida y la subiera. Para después.
Mientras el tipo se marchaba en dirección a la despensa del mayordomo, Qhuinn gritó:
—No estoy interesado en ser salvado, imbécil. Puedo cuidar de mí mismo.
La respuesta de John fue un levantamiento del dedo medio sobre su cabeza.
—Que te jodan —refunfuñó Qhuinn.
Ahora mismo no tenía ganas de tratar con Layla.
No tenía nada contra la Elegida, pero la idea de estar en un espacio cerrado con alguien que estaba interesado en el sexo, simplemente lo dejaba frío. Lo cual era una ironía de mierda. Hasta ahora, follar no sólo había sido una parte de su vida, sino que lo había definido. ¿Durante la última semana? La idea de estar con alguien le provocaba náuseas.
Cristo, si esto seguía así y la última persona con la iba a estar en toda su vida era un pelirrojo. Ja-ja, un fuerte ja-ja: estaba claro que la Virgen Escriba tenía un asqueroso sentido del humor.
Obligando a su peso muerto a subir por las escaleras, estaba listo para decirle a Layla tan educadamente como pudiera que ella tenía que seguir con sus asuntos…
El mareo que lo golpeó en el segundo rellano lo paró en seco.
Durante las últimas siete noches, se había acostumbrado a la permanente sensación de flotar que venía con el correr tanto como lo estaba haciendo al igual que con comer tan poco como lo hacía y estaba deseando el colocón de la disociación. Por el amor de Dios, era más barato que emborracharse y no se pasaba… al menos no hasta que comía.
Esto era algo diferente. Se sentía como si alguien lo hubiera derribado desde atrás y le hubiera barrido las piernas desde abajo… excepto que su línea de visión le decía que todavía estaba en pie. Al igual que el hecho de que sus caderas estuvieran contra la barandilla…
Sin advertencia, una de sus rodillas se dobló y se desplomó como un libro de un estante.
Lanzando una mano, se levantó sobre el maldito pasamanos, hasta que casi estuvo colgando de él. Fulminando con la mirada a su pierna, la golpeó un par de veces y respiró profundamente, permitiendo a su cuerpo que se ajustara al programa.
No sucedió.
En cambio, se deslizó lentamente en vertical y tuvo que darse la vuelta así parecería que estaba sólo tomando asiento en la alfombra color rojo sangre. Parecía que no podía respirar… o mejor dicho, estaba respirando pero no servía para una mierda. Dios… maldición… Calma.
Jodido infierno.
—¿Sire? —una voz llegó desde arriba.
Lo hacía doblemente jodido.
Mientras apretaba los ojos bien cerrados, pensó que la aparición de Layla ahora mismo era como la puta Ley de Murphy en vivo y en colores.
Sire, ¿puedo ayudarle?
Bien pensado, tal vez había un lado bueno en esto: mejor ella que uno de los Hermanos.
—Sí. Me falla la rodilla. Me lesioné al correr.
Alzó la mirada mientras la Elegida bajaba flotando hacia él, la túnica blanca impactaba contra el intenso color de la alfombra y el vibrante brillo dorado de los grabados del vestíbulo.
Sintiéndose como un idiota redomado mientras ella se agachaba hacia él, intentó levantarse… sólo para no conseguir nada.
—Yo, eh… te lo advierto, peso mucho.
Su encantadora mano tocó la suya y se quedó helado al encontrar que le temblaban los dedos mientras aceptaba su ayuda. También se sorprendió al ser levantado sobre sus pies en un segundo.
—Eres fuerte —le dijo cuando ella le pasó el brazo alrededor de la cintura y lo levantó en vertical.
—Caminaremos juntos.
—Lo siento estoy sudado.
—No me importa.
Así que se fueron. Moviéndose despacio, subieron las escaleras lentamente y se dirigieron hacia el pasillo de la segunda planta, renqueando por toda clase de puertas felizmente cerradas: el estudio de Wrath. La habitación de Tohrment. La de Blay… sin mirarla. La de Saxton… sin tirarla abajo y pateando a su primo fuera de la ventana. La de John Matthew y Xhex.
—Tendré que abrir el camino —dijo la Elegida cuando se detuvieron en la suya.
Tuvieron que girarse de lado para pasar por el quicio de la puerta a causa de su tamaño y él estaba agradecido como la mierda cuando ella los encerró dentro y lo llevó hasta la cama. Nadie tenía que saber qué estaba pasando y las posibilidades eran buenas la Elegida se tragaría su excusa de-sólo-una-pupa.
Sentarse erguido era el plan. Excepto que en el segundo en que ella lo soltó, cayó a plomo en el colchón y lo hizo como un felpudo. Mirando hacia abajo, a su cuerpo y zapatillas, se preguntó porqué no podía ver el coche que estaba aparcado encima de él. Definitivamente no era un Prius. Más bien un Chevy-puñetero-Tahoe.
Fuera lo que fuera probaría el SUV.
—Eh… oye, ¿puedes ir hasta mi abrigo de cuero? Allí tengo una barrita de proteínas.
De repente, hubo un movimiento de metal sobre porcelana desde la puerta. Y luego un olorcillo a algo comestible.
—¿Tal vez quiera este asado, sire?
El estómago se le encogió duro como un puño.
—Dios… no…
—Hay arroz.
—Sólo… una de esas barritas…
Un sutil sonido chirriante sugería que ella estaba acercando la bandeja y un segundo después, obtuvo mucho más que un mero olisqueo de lo que hubiera preparado Fritz.
—Joder, para… para —dio un bandazo y tuvo arcadas secas en una papelera—. La comida… no…
—Tiene que comer —llegó la sorprendentemente firme respuesta—. Y le alimentaré.
—Ni te atrevas.
—Esto —en vez de la carne o el arroz, le presentó un pequeño trozo de pan—. Abre. Tiene que comer, sire. Lo dijo su John Matthew.
Hundiéndose en las almohadas, él se puso el brazo sobre el rostro. Su corazón jugaba a la rayuela detrás del esternón y a un nivel remoto se dio cuenta que de hecho se mataría si seguía así.
Divertido, la idea le golpeó como no mala del todo. Especialmente cuando el rostro de Blay le vino a la mente.
Tan hermoso. Tan, pero tan hermoso. Parecía ridículo y asexuado llamar así a un tío, pero él lo era. Esos malditos labios eran el problema… bonitos y gruesos en la parte inferior. ¿O tal vez los ojos? Joder, tan azules.
Había besado esa boca y le encantó. Ver esos ojos le volvía loco.
Pudo haber sido el primero… y el único para Blay. ¿En cambio? Su primo…
—Oh, Dios… —gimió.
Sire. Coma.
Sin energía alguna para pelear, hizo lo que le dijeron, abriendo, masticando mecánicamente, tragando por la garganta seca. Y luego lo hizo otra vez. Y otra. Resultó que los hidratos de carbono calmaron la zona de terremotos en su estómago, y más rápido de lo que habría creído posible, ya estaba deseando de verdad algo con un poco más de sustancia. Aunque lo próximo en el menú, fue algo de agua embotellada, la cual Layla sujetaba mientras él tomaba pequeños sorbos.
—Tal vez deberíamos tomarnos un respiro —dijo él, postergando otra tanda de pan por si acaso volvía la marea.
Mientras se ponía de costado, sintió chocar los huesos de sus piernas y se dio cuenta que el brazo cruzado sobre el pecho colgaba de un modo diferente… menos pectorales por en medio. Asimismo sus pantalones cortos de correr Nike le iban holgados en la cintura.
Se había hecho todo ese daño en siete días.
A este ritmo, no se iba a parecer a él en mucho tiempo.
A la mierda, ya no se parecía. Como John Matthew se había dado jodida cuenta, no solo se había rapado la cabeza, se había quitado el piercing de la ceja al igual que el del labio inferior y la media docena de las orejas. También desaparecieron los anillos de los pezones. Todavía llevaba la bola en la lengua y la mierda de abajo, pero todos los visibles estaban fuera, fuera, fuera.
Había acabado consigo mismo a muchos niveles. Harto y cansado de ser la excepción a la regla. Cansado de su puta reputación.
Y sin interés en rebelarse contra una panda de fiambres muertos. Por el amor de Dios, no necesitaba que un loquero le explicara la psicología que lo había moldeado: su familia había sido un cuadro perfecto de la glymera conservadora… y la restitución había sido un golfo bisexual, lleno de metal, con un vestuario gótico y un fetichismo con las perforaciones. ¿Pero cuánta de toda esa mierda era él y cuánta era un motín basado-en-los-ojos-disparejos?
¿Quién coño era él en realidad?
—¿Más? —preguntó Layla.
No era esa la pregunta.
Mientras la Elegida volvía a centrarse en la baguette, Qhuinn decidió cortar esa mierda. Abriendo la boca y pidiendo como un pajarito se comió la maldita cosa. Y algo más. Y luego como si ella le leyera la mente, Layla le llevó a los labios un tenedor de plata de ley con un trozo de asado.
—Vamos a probar con esto, sire… No obstante, mastique despacio.
Grasa. Oportunidad. El hambre inmediatamente se transformó en el nombre del juego y él era el T-rex de la comida, casi mordiendo el metal por la prisa. Pero Layla estaba al caso, alimentándolo con otra ronda tan rápido como él podía tomarla.
—Espera… para —farfulló él, temeroso por si vomitaba.
Se recostó de espaldas de nuevo y dejó una mano descansando en su pecho. La respiración superficial fue su salvación. Algo más profundo e iba a terminar soltando un bostezo en tecnicolor.
El rostro de Layla apareció encima del suyo.
Sire… quizás deberíamos cesar.
Qhuinn enfocó la mirada sobre ella y vio su decoro por primera vez desde que ella había aparecido.
Dios, era atractiva, con todo ese cabello rubio claro recogido en lo alto de la cabeza, su rostro era de una perfección sensacional. Con labios de fresa y ojos verdes, luminosos bajo la luz de lámpara, ella era todo lo que la raza valoraba en términos de ADN… sin ningún defecto a la vista.
Alargó la mano y le rozó el moño. Tan suave. Sin laca; era como si las ondas supieran que su trabajo era enmarcar sus rasgos y estuvieran ansiosas por hacerlo lo mejor posible.
—¿Sire? —dijo ella mientras se tensaba.
Él sabía que había bajo esa ropa: sus pechos serían absolutamente magníficos y el estómago plano como una tabla… esas caderas y la sedosa suavidad de su sexo entre los muslos eran la clase de cosas por las que un hombre desnudo caería sobre fragmentos de vidrio.
Sabía esos detalles porque lo había visto todo, tocado mucho y tenido su boca en unos pocos lugares elegidos.
Aunque a ella no la había tomado. O no había ido muy lejos. Como una ehros, ella había sido entrenada para el sexo, pero sin Primale para servir a las Elegidas de esa manera, ella era todo teoría, nada de “trabajo de campo”, por así decirlo. Y durante un tiempo había estado feliz de enseñarle cómo funcionaba el asunto.
Excepto que no se sentía bien.
Bueno, ella había sentido tanto que había pensado que estaba bien, pero había demasiado en sus ojos y demasiado poco en su corazón para que las cosas avanzaran.
—¿Vas a tomar mi vena, sire? —susurró con voz ronca.
Él simplemente se la quedó mirando.
Aquellos labios rojos se abrieron.
Sire, me… tomarás.
Cerrando los párpados, vio otra vez el rostro de Blay… pero no como era ahora. No el extraño frío que Qhuinn había creado. El viejo Blay, con esos ojos azules que de algún modo siempre apuntaban en su dirección.
Sire… soy suya si lo quiere. De todas formas. Eternamente.
Cuando al final miró a Layla de nuevo, sus dedos habían ido hacia las solapas de la túnica y ella había abierto las mitades bien amplias, mostrándole el largo y elegante cuello, los huesos de su clavícula y todo ese glorioso escote.
Sire… quiero servirle —abriendo lentamente la tela satinada aún más, ella le ofrecía no solo su vena, sino su cuerpo—. Tómeme...
Qhuinn le inmovilizó las manos cuando iban hacia el nudo alrededor de su cintura.
—Para.
Los ojos femeninos cayeron hacia el edredón y ella pareció convertirse en piedra. Por lo menos hasta que se soltó del agarre de Qhuinn y bruscamente se arregló la túnica.
—Entonces tomará de mi muñeca —le temblaba la mano mientras se subía la manga de un tirón y estiraba el brazo—. Tome de mi muñeca lo que tan obviamente necesita.
Ella ni le miró. Seguramente no podía.
Y sin embargo aquí estaba ella… sumida en una vergüenza que no se había ganado y que él nunca quiso para ella… todavía ofreciéndose a él, excepto que no de un modo patético, sino porque había nacido y sido criada para servir a un propósito que no tenía nada que ver con lo que ella quería y todo con la expectativa social… y estaba decidida a estar a la altura. Aunque no fuera deseada por quién era ella.
Cristo, sabía lo que era eso.
—Layla…
—No se disculpe, sire. Me denigra.
La tomó del brazo porque tenía la impresión de que estaba a punto de levantarse.
—Mira, esto es culpa mía. No debería haber empezado jamás esa cosa del sexo contigo…
—Y yo le digo “para” —tenía la espalda tiesa como un palo y la voz estridente—. ¿Me deja irme?
Él frunció el ceño.
—Mierda… tienes frío.
—Sí.
—Vale —le pasó la mano arriba y abajo por el brazo de ella—. ¿Necesitas alimentarte? ¿Layla? ¿Hola?
—Lo he hecho en el Otro Lado, en el Santuario, así que no.
Bien, eso se lo podía tragar. Si una Elegida terminaba aquí, si existía sin existir, su sangre necesitaba cambiarse, y por lo visto renovarse: durante el último par de años, Layla sólo había estado sirviendo a los Hermanos que no podían alimentarse de sus shellans. Ella era la Elegida a quién todo el mundo acudía.
Y entonces cayó en la cuenta.
—Espera, todavía no has subido al norte, ¿no?
Ahora que Phury había liberado a las Elegidas de su rígida y confinada existencia, la mayoría de ellas abandonaron el Santuario en el que habían estado atascadas durante eones y se fueron al enorme campamento de Adirondack para aprender sobre la vida en libertad en este lado.
—¿Layla?
—No, ya no iré más allí.
—¿Por qué?
—No puedo —desdeñó la conversación y se subió otra vez la manga—. ¿Sire? ¿Va a tomar de mi vena?
—¿Por qué no vas allí?
Los ojos de ella se encontraron al final con los de él y estaban totalmente cabreados. Lo cual era un alivio extraño. Su aceptación sumisa a todo le hacía preguntarse lo inteligente que era ella. ¿Pero ahora ateniéndose a su expresión? Había muchísimo de algo bajo el manto que llevaba y no estaba hablando sólo de su cuerpo perfecto.
—Layla. Contéstame. ¿Por qué no?
—No puedo.
—¿Quién lo dice? —Qhuinn no era muy íntimo de Phury, pero conocía bastante bien al Hermano para irle con el problema al tío—. ¿Quién?
—No hay un quién y no se preocupe —señaló su muñeca—. Acéptelo así estará tan fuerte como necesite estar y entonces le dejaré en paz.
—Bien, si quieres participar en una justa de palabras… entonces qué es eso.
La frustración llameó en el rostro femenino.
—No es problema suyo.
—Yo decidiré qué es problema mío. —No iba de matón con las mujeres pero al parecer su dormida caballerosidad se había bajado de su cama-para-mascotas y se había puesto nerviosa—. Háblame.
Él era la última persona en sacar la carta de la vulnerabilidad sobre la mesa, pero aquí estaba, arrojándola. Aunque el asunto estaba en que no consentiría que nada lastimara a esta hembra.
Bien —ella levantó las manos—. Si me quedo en el norte, no puedo suministrarles la sangre que todos ustedes necesitan. Por eso voy al Santuario para recuperarme y espero a ser convocada. Luego vengo a este lado y les sirvo y después de eso es necesario que vuelva. Así que no, no puedo ir a las montañas.
—Jesús… —qué panda de consumidores eran. Deberían haber anticipado este problema… o lo debería haber hecho Phury. A no ser que…—. ¿Has hablado con el Primale?
—Exactamente de qué —espetó ella—. Dígame, sire, ¿iría presuroso a presentarle a su Rey sus fracasos en el campo?
—¿Dónde coño has fracasado? Nos estás manteniendo, como, a unos cuatro de nosotros.
—Exactamente. Y les estoy sirviendo a todos con una capacidad muy limitada.
Layla se levantó de golpe y caminó hacia la ventana. Mientras miraba al exterior, él quiso desearla: en ese momento, lo habría dado todo para sentir por ella lo que ella sentía por él, ella era, después de todo, todo lo que su familia valoraba, la cúspide social para una hembra. Y ella lo deseaba.
Pero cuando miro en su interior, había otro en su corazón. Y nada iba a cambiarlo. Jamás… se temía.
—No sé quién o qué soy, exactamente —dijo Layla, como si estuviera hablando consigo misma.
Bien, parecía que ambos estaban en el mismo tren hacia ninguna parte en ese asunto.
—No lo averiguarás a menos que abandones ese Santuario.
—Imposible si estoy al servicio…
—Utilizaremos a otra. Es así de simple.
Hubo una brusca inhalación y entonces:
—¡Faltaría más! Pueden hacer lo que quieran.
Qhuinn clavó la mirada en la dura línea de su barbilla.
—Se suponía que eso era para ayudarte.
Ella lo fulminó con la mirada por encima del hombro.
—No ayuda… porque entonces me dejarán sin nada. Su elección, mi repercusión.
—Es tu vida. Puedes elegir.
—No hablaremos más de esto —dijo levantando las manos—. Queridísima Virgen Escriba, no tiene ni idea de que esto es como desear cosas que no estás destinada a tener.
Qhuinn soltó una dura carcajada.
—Y una mierda que no. —Mientras ella levantaba las cejas él puso los ojos en blanco—. Tú y yo tenemos más cosas en común de las que piensas.
—Usted tiene toda la libertad del mundo. ¿Qué podría desear?
—Confía en mí.
—Bien, le deseo y no puedo tenerle. Esa no es elección mía. Por lo menos al serviros a usted y a los demás, tengo un propósito aparte de estar de luto por la pérdida de algo con lo que soñaba.
Mientras Qhuinn respiraba profundamente tuvo que respetar a la hembra. No iba a seguir con un festín de lástima allí en la ventana. Ella estaba exponiendo los hechos tal y como los conocía.
Mierda, de verdad era precisamente la clase de shellan que él siempre había deseado. Aún mientras se había estado follando a todo lo que andaba, en el fondo de su mente, siempre se había visto con una hembra, a largo plazo. Una con un linaje impecable y mucha clase, la clase que quizás sus padres no sólo habrían aprobado si no que tal vez lo hubieran respetado un poco por conseguirla.
Ese había sido su sueño. Ahora que aquello había aparecido, sin embargo… ahora que aquello estaba al otro lado de su habitación y mirándolo a la cara… él deseaba algo completamente diferente.
—Desearía sentir algo profundo por ti —dijo bruscamente, enfrentándose a la verdad con la verdad—. Haría casi cualquier cosa por sentir lo que debería por ti. Tú eres… mi fantasía femenina. Todo lo que siempre deseé, pero pensaba que nunca tendría.
Ella abrió tanto los ojos que eran como dos lunas, hermosas y brillantes.
—Entonces por qué…
Él se frotó el rostro y se preguntó qué mierda estaba diciendo.
Qué mierda estaba haciendo.
Cuando alejó las manos, dejó atrás un terreno resbaladizo, uno en el que se había negado a pensar demasiado.
—Estoy enamorado —dijo con voz ronca—. De otra persona. Ese es el porqué.
 

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Mary Madonna Luce dijo...

—No sé quién o qué soy, exactamente —dijo Layla, como si estuviera hablando consigo misma.


—No hablaremos más de esto —dijo levantando las manos—. Queridísima Virgen Escriba, no tiene ni idea de que esto es como desear cosas que no estás destinada a tener.
Qhuinn soltó una dura carcajada.
—Y una mierda que no. —Mientras ella levantaba las cejas él puso los ojos en blanco—. Tú y yo tenemos más cosas en común de las que piensas.
—Usted tiene toda la libertad del mundo. ¿Qué podría desear?
—Confía en mí.
—Bien, le deseo y no puedo tenerle. Esa no es elección mía. Por lo menos al serviros a usted y a los demás, tengo un propósito aparte de estar de luto por la pérdida de algo con lo que soñaba.


Mierda, de verdad era precisamente la clase de shellan que él siempre había deseado. Aún mientras se había estado follando a todo lo que andaba, en el fondo de su mente, siempre se había visto con una hembra, a largo plazo. Una con un linaje impecable y mucha clase, la clase que quizás sus padres no sólo habrían aprobado si no que tal vez lo hubieran respetado un poco por conseguirla.
Ese había sido su sueño. Ahora que aquello había aparecido, sin embargo… ahora que aquello estaba al otro lado de su habitación y mirándolo a la cara… él deseaba algo completamente diferente.
—Desearía sentir algo profundo por ti —dijo bruscamente, enfrentándose a la verdad con la verdad—. Haría casi cualquier cosa por sentir lo que debería por ti. Tú eres… mi fantasía femenina. Todo lo que siempre deseé, pero pensaba que nunca tendría.
Ella abrió tanto los ojos que eran como dos lunas, hermosas y brillantes.
—Entonces por qué…

—Estoy enamorado —dijo con voz ronca—. De otra persona. Ese es el porqué.