martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 34 35 36

Capítulo 34

En el centro de entrenamiento, Manny se despertó en la cama de hospital, no en la silla. Después de una confusión momentánea, los vagos recuerdos volvieron: después de que el mayordomo apareciera con la comida, Manny comió en la oficina, como Jane le dijo... y ahí, en lugar de dentro de su coche, fue donde encontró su móvil, billetera, llaves y portafolio. La pequeña colección de Manellomentos había estado a plena vista, apoyada en una silla y la falta de seguridad le sorprendió, dado como estaba encerrado todo lo demás.
Excepto cuando encendió su móvil y se dio cuenta de que faltaba su tarjeta SIM.
Y estaba dispuesto a apostar que necesitaría una bomba atómica para acceder al garaje sin su permiso. Por lo que sus llaves eran irrelevantes.
¿En el portafolio? Nada más que una barrita PowerBar y algunos papeles que no tenían nada que ver con complejos subterráneos, vampiros o Payne.
Eso explicaba el porqué-molestarse en dejar todo-a-la-vista.
Había estado a punto de tirar la proverbial toalla en lo que se refería a revisar su contestador, pero entonces tomó el teléfono AT&T de oficina que tenía al lado del codo. Levantando el tubo, marcó el 9... y el tono de marcar fue una sorpresa total. Aunque en realidad ¿cuáles eran las oportunidades de que dejaran solo a alguien aquí abajo? De escasas a ninguna.
Excepto el día en que el noventa por ciento de ellos habían sido heridos luchando y el otro diez por ciento estaba preocupado por sus hermanos.
En poco tiempo, Manny había pasado por tres sistemas de correo de voz: el de su casa, del móvil y de la oficina. En el primero tenía dos mensajes de su madre. Nada específico… reparaciones que necesitaba la casa y que había completado el terrorífico hoyo nueve con un golpe por encima del par. En el móvil tenía uno del veterinario que tuvo que escuchar dos veces. Y la oficina... había sido tan deprimente como la mierda de Glory: había siete mensajes de colegas de todo el país y todo era tremendamente normal. Querían que volara hasta allí para realizar consultas, preparar conferencias y abrir puestos para sus hijos y amigos de la familia en su programa de residencia.
La triste realidad era que hacia esfuerzos maratonianos para esconder su vida tras una pantalla glamorosa e insustancial y engañaba a, los pobres bastardos que lo estaban llamando. Y no tenía idea, una vez los vampiros trabajaran de nuevo en su cerebro, si quedaría algo con lo que contar hasta diez y mucho menos para operar a un paciente o dirigir un departamento de cirugía. No había forma de saber en qué condición iba a estar una vez que saliera de todo esto…
El sonido de una cisterna siendo accionada le hizo erguirse de repente.
Mientras se abría la puerta del baño, vio la silueta de Payne iluminada desde atrás, su camisón de hospital desapareciendo en nada más que una capa diáfana.
Dulce... niño... Jesús...
La erección matutina le comenzó a pulsar y eso le hizo desear haber dormido en la maldita silla. El problema fue, que cuando finalmente volvió donde estaba Payne, no tuvo fuerzas para decirle que no cuando le pidió que se uniera a ella.
—Estás despierto —dijo con voz ronca.
—Y tú estás de pie. —Sonrió un poco—. ¿Cómo sientes las piernas?
—Débiles. Pero funcionan. —Miró sobre su hombro—. Me gustaría una ducha...
Mierda, por la forma como se le fue apagando la voz, ella buscaba algo de ayuda… y la mente de él fue directamente a ambos separados por nada más que jabón.
—Creo que hay un banco para sentarse. —Se sentó en el lado más lejano de la cama para poder meter su erección en la cintura de su pijama de cirujano.
Yendo hasta ella, trató de darle el mayor espacio posible mientras se agachaba en la bañera.
—Sip, justo aquí.
Se estiró hacia dentro y abrió el agua, luego giró el banco.
—Prepararé esto...
Mirando sobre su hombro, se quedó congelado. Payne había soltado las tiras de su bata de hospital y lenta e inexorablemente… estaba dejando que la parte delantera… cayera desde sus hombros.
Mientras el agua de la ducha le daba en el brazo y le empezaba a empapar la parte de arriba de su pijama, tragó con fuerza y se encontró queriendo gritar cuando las manos de ella agarraron la parte de arriba y la sostuvo sobre sus senos.
Ella se quedó así, como si estuviera esperando para ver que iba a decir él y mientras sus ojos se trababan, su polla estaba tan tirante que era una maravilla que no rompiera el frente de los malditos pantalones.
Bambina, déjalo caer —se oyó decir.
Y ella lo hizo.
Jodido infierno, nunca antes había querido venerar la ley de gravedad, pero ahora lo hizo: quería postrarse en el altar de Newton y llorar de gratitud por la bendición que hacía que todas las cosas cayeran al bendito suelo.
—Mírate —gruñó, observando cómo se tensaban esas puntas rosas.
Sin ningún pensamiento consciente ni advertencia, el brazo mojado de él se estiró y la agarró, empujándola hasta su boca, agarrándola fuerte mientras chupaba su pezón y lo lamía. Pero él no necesitaba preocuparse por haberla ofendido. Las manos de Payne se sumergieron en su cabello y lo acunó mientras la chupaba, curvando la espalda hasta que era él quien la sostenía erguida y ella era toda una hembra desnuda lista para ser devorada.
Maniobrando para que ella girara, apagó la luz y los puso a ambos bajo el chorro tibio de la ducha. Mientras el cuerpo de ella se iluminaba desde el interior, él se hundió sobre sus rodillas, atrapando con la lengua el agua caliente que chorreaba entre los senos de ella y corría por su estómago.
Cuando ella echó la mano hacia atrás para mantener el equilibrio, él ya estaba en eso, guiándola hasta que estuvo segura sentada en el banco. Arqueándose hacia arriba, le puso la mano en la nuca y la besó profundamente, mientras agarraba el jabón y se preparaba para asegurarse de que ella estuviera muy, muy limpia. Cuando la lengua de ella se encontró con la suya, él estaba tan compenetrado con la sensación de los pezones rozándole el pecho y de sus labios contra los suyos que no notó ni le importó que el cabello se le estuviera aplastando sobre el cráneo o que el pijama de cirujano lo estuviera envolviendo como un film, colgándole del cuerpo.
—Sanador... —jadeó ella, cuando él empezó a enjabonarle la piel.
La parte superior del cuerpo de ella se puso resbaladiza y caliente mientras las palmas de él iban por todos lados, desde su nuca hasta la parte de arriba de los huesos de sus caderas. Y luego empezó con sus piernas, trabajando en sus delicados pies y tobillos, moviéndose hacia arriba, sobre sus pantorrillas y la parte de atrás de sus rodillas.
El agua los rodeaba, cayendo entre ellos, enjuagándola tan pronto como él la enjabonaba y ese sonido del agua cayendo en los azulejos solo se ahogaba por los gemidos de ella.
La mierda iba sonar más fuerte, también.
Succionándole el cuello, le separó más y más las rodillas, empujándose entre ellas.
—Te dije —la mordió un poco—, que te gustaría la hora del baño.
Como respuesta, las manos de ella se clavaron en sus hombros, enterrando las uñas y haciendo que se preguntara si no era hora de empezar a pensar en estadísticas de béisbol, códigos postales… precios de coches.
Eleanor Roosevelt.
—Sanador, tenías razón —dijo ella jadeando—. Lo adoro… pero estás demasiado vestido.
Manny cerró los ojos mientras se estremecía. Y luego tuvo suficiente control sobre sí mismo para poder hablar.
—Nah… estoy bien como estoy. Solo recuéstate y deja que me ocupe de esto.
Antes de que ella pudiera responder, le selló los labios con los suyos y la empujó contra la pared con su pecho. Para alejarla del tema de él desnudo, le deslizó ambas manos entre los muslos y le pasó la punta de los dedos a lo largo del sexo.
Mientras sentía cuan húmeda estaba -y era la clase de humedad que no tenía nada que ver con el agua y sí con todo lo que él quería tener sobre la lengua-, se alejó un poco y miró hacia abajo.
Jodido… infierno… ella estaba tan lista para él. Y, tío, la forma en que se veía, toda reclinada hacia atrás, el agua haciendo que le brillaran los senos, los labios abiertos y un poco magullados por sus besos, sus piernas separadas.
—¿Vas a tomarme ahora? —gimió ella con los ojos relampagueando y los colmillos alargándosele.
—Sí…
Él le agarró las rodillas y fue hacia abajo, poniendo su boca donde sus ojos se habían trabado. Cuando ella gimió, él fue a por ello duro y rápido, tragándose su sexo, conduciéndola con dureza, sin disculparse por cuanto la deseaba. Cuando ella estalló, la lengua de él entró en ella y lo sintió todo, las contracciones, la manera como se sacudió contra su mentón y nariz, el duro apretón de las manos en la cabeza de él.
No había razón para detenerse allí.
Con ella, él tenía una resistencia ilimitada y sabía que, mientras conservara puesto su pijama de cirugía, podía seguir haciendo esto para siempre.
*  *
Vishous se despertó en una cama que no era la suya, pero no le llevó más de un nanosegundo darse cuenta de donde estaba: en la clínica. En una de las habitaciones de recuperación.
Después de frotarse bien los ojos, miró alrededor. La luz del baño estaba encendida y la puerta entreabierta, así que era suficiente para ver y lo primero que destacaba era la bolsa de lona que estaba en el suelo.
Era una de los suyas. Específicamente, la que le había dado a Jane.
Sin embargo ella no estaba aquí. Por lo menos, no en esta habitación.
Mientras se sentaba, sintió como si hubiera estado en un accidente de coche, los dolores y molestias florecían por todo su cuerpo como si fuera una antena y cada una de las señales de radio del mundo estuvieran sintonizadas con su sistema nervioso. Con un gruñido, se giró para que las piernas le colgaran de la cama y entonces tuvo que tomar un pequeño respiro.
Un par de minutos después, fue un caso de empujar y rezar: empujó su peso del colchón y esperó.
Bingo. Las piernas lo sostuvieron.
El lado que había sido trabajado por Manello no estaba exactamente listo para correr una maratón, pero mientras V rasgaba los vendajes y hacía alguna flexión, se quedó impresionado. Las cicatrices de la cirugía de rodilla ya estaban casi completamente curadas, quedando nada más que una fina línea rosa. Pero más importante, lo que yacía debajo era pura magia: la articulación se sentía fantástica. Aún con la rigidez que quedaba, podía decir que estaba funcionando perfectamente.
La cadera también se sentía como nueva.
El maldito cirujano humano era un trabajador milagroso.
En su camino al baño, sus ojos pasaron por la bolsa de lona. Recuerdos de su viaje de morfina se filtraron y fueron mucho más claros de lo que había sido la experiencia real. Dios, Jane era una doctora espectacular. En la rutina de la-noche-a-noche de la vida, lo había olvidado un poco ya que no lo había experimentado por un tiempo. Ella siempre había hecho todo lo posible por sus pacientes. Siempre. Y no trataba tan bien a los hermanos porque estuvieran vinculados a él. No tenía nada que ver con su culo, en ese momento esas personas eran de ella. Podía haber tratado civiles, miembros de la glymera o humanos de la misma forma exactamente.
Dentro del baño, se metió en la ducha y tío, el compartimiento estaba inundado como un establo. Mientras pensaba en Jane y su hermana, tenía la terrible sensación de que había simplificado demasiado lo que había visto cuando entró anteayer por la noche. No se había detenido a considerar que había otras relaciones funcionando entre las dos hembras. Todo había sido de él y su hermana, nada sobre el vínculo doctor-paciente.
Tacha eso. Había sido todo sobre él, nada sobre Payne y por qué quería terminar con su vida.
De pie con la cabeza baja y el agua golpeándole la espalda, miró el desagüe entre sus pies.
No era bueno con las disculpas. O con la charla.
Pero tampoco era un marica.
Diez minutos después, se puso una de las batas de hospital y se fue cojeando por el corredor hasta la oficina. Si su Jane estaba allí, se imaginaba que estaría durmiendo en el escritorio, dado que sin duda había muchas camas de recuperación ocupadas por los hermanos que ella había tratado.
Todavía no tenía idea de lo que le iba a decir de los pantalones de cuero, pero al menos podía intentarlo con lo de Payne.
Excepto que la oficina estaba vacía.
Sentándose en el ordenador, le llevó menos de quince segundos encontrar a su shellan. Cuando había cableado la seguridad para la mansión, el Pit y sus instalaciones, había puesto cámaras en cada una de las habitaciones que había excepto en la suite de la Primera Familia. Naturalmente que el equipamiento se podía desconectar fácilmente desenchufándolo y vete a saber, los dormitorios de sus hermanos aparecían todos negros en la pantalla del ordenador.
Lo que estaba bien. No necesitaba ver todo el disfrute.
Sin embargo la habitación de huéspedes entelada de azul de la casa grande todavía estaba siendo monitoreada y con la luz de la lámpara de la mesilla de noche, vio la figura de su compañera hecha un ovillo sobre la cama. Jane estaba muerta para el mundo, pero estaba malditamente claro que no estaba descansando cómodamente. Sus cejas estaban apretadas como si su cerebro estuviera desesperado por aguantar el descanso que estaba obteniendo. O tal vez estaba soñando con cosas espinosas en vez de cosas que la complacieran.
Su primer instinto fue ir directo para allí, pero cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que lo más amable que podía hacer era dejarla donde yacía para que descansara. Ella y Manello habían estado en pie durante horas, toda la mañana. Además, él se quedaría esta noche: Wrath había sacado a todos de rotación a causa de los heridos.
Cristo... esa Sociedad Lessening. No había visto tantos asesinos en años y no estaba pensando solo en la docena que había aparecido la otra noche. Estaba dispuesto a apostar que en las dos semanas previas, el Omega había convertido a cientos de esos jodidos y tenía el presentimiento de que eran como cucarachas. Por uno que veías, había otros diez que no.
Era bueno que los Hermanos fueran letales como la mierda. Y Butch sanaba con relativa facilidad después de hacer su trabajo de Dhestroyer… infiernos, Vishous hasta había sido capaz de ocuparse del poli después de la operación. No era que recordara mucho de haberlo hecho, pero daba igual.
Sofocado por todo aquello, se palmeó los bolsillos buscando su papel de fumar y su tabaco y se dio cuenta de que estaba usando una bata de hospital: no había mercancía para una bocanada.
Fuera de la silla. De vuelta al vestíbulo. Dirigiéndose a donde había dormido.
La puerta de la habitación de Payne estaba cerrada y no dudó antes de entrar. Había buenas oportunidades de que el cirujano humano estuviera allí con ella, pero no había forma de que el tipo no saliera como una luz. Él iba a apurarle el culo.
Cuando Vishous entró, probablemente debería haber registrado más claramente el aroma en el aire. Y como tal debería haber prestado más atención al hecho de que el agua de la ducha estaba abierta. Pero estaba tan sorprendido de que la cama estuviera vacía y que en la esquina hubiera muletas y soportes ortopédicos.
¿En una paciente paralizada? Necesitas una silla de ruedas, no equipo para ayudar a la movilidad. Entonces, ¿estaba caminando?
—¿Payne?
Levantó la voz:
—¿Payne?
La respuesta que obtuvo fue un gemido. Un gemido muy profundo y satisfecho. El cual no era el tipo de cosa que evocaba incluso la mejor ducha que alguien hubiera tenido.
V salió disparado y casi tiró la puerta abajo mientras entraba de golpe en el baño húmedo y caliente. Y mierda santa, la escena que tenía delante fue mucho peor de lo que pensó.
Sin embargo, la ironía era que lo que ellos estaban —oh Dios él no podía ni siquiera poner en palabras lo que estaban haciendo— salvó la vida del cirujano humano: V estaba tan horrorizado, que tuvo que mirar a otro lado y la rutina del avestruz evitó que hiciera un agujero del tamaño de una alcantarilla en la nuca de Manello.
Mientras Vishous salía a tropezones, escuchó toda clase de barullo que salía del baño. Y luego fue un caso de él volviéndose un comemierda-Ausente-Sin-Permiso: se golpeó con la cama, rebotó, tiró una silla y escoró contra la pared.
A este paso, iba a encontrar la salida en una semana. O algo así.
—Vishous...
Mientras que Payne venía hacia él, mantuvo sus ojos en el suelo y terminó con una vista clara de los pies desnudos de su hermana. Entonces ella había recuperado la sensación en las piernas.
Yupi.
—Por favor dame alguna explicación —escupió las palabras antes de mirar hacia Manello. El bastardo estaba empapado, con el cabello lacio contra la cabeza, su pijama de cirujano pegado al cuerpo—. Y no te acostumbres a ella. Estás aquí hasta que yo no te necesite más ¿y dado lo bien que lo está haciendo ella? No será por mucho tiempo.
—Cómo te atreves… depende de mí elegir con quien me emparejo.
Él negó con la cabeza hacia su hermana.
—Entonces elige a alguien que no sea un humano de la mitad de tu tamaño y un cuarto de tu fuerza. Cariño, la vida aquí abajo no es como la de las nubes y la Sociedad Lessening te pegará un blanco en el pecho justo como el que usamos el resto de nosotros. Él es débil, es un riesgo para la seguridad y necesita volver a donde pertenece… y quedarse allí.
Vaya si eso no hizo enfurecer a su melliza: sus ojos como el hielo se volvieron nucleares y sus cejas negras se fruncieron.
—Sal. De. Aquí.
—Pregúntale que hizo toda la mañana —le ordenó Vishous—. Espera, te lo diré. Nos cosió a mí y a la Hermandad porque estábamos tratando de defender a nuestras hembras y a nuestra raza. ¿Ese humano? En mi opinión, no es más ni menos que un lesser en potencia.
—¡Cómo te atreves! No sabes nada de él.
V se inclinó hacia ella.
—Y tampoco tú. Lo cual es mi jodido punto.
Antes de que la mierda verdaderamente se saliera de control, se giró para irse, sólo para captar el reflejo de ellos en el espejo de la pared. Que jodido cuadro que eran: su hermana, desnuda y sin nada de vergüenza; el humano, mojado y adusto, y él, con los ojos salvajes y listo para matar algo.
La rabia creció tan rápido y alto, que se liberó antes de que siquiera pudiera reconocer el sentimiento.
Vishous dio dos pasos, echó la cabeza hacia atrás para tomar impulso y golpeó la cara contra el vidrio, quebrando el reflejo para joderlo y quitarlo.
Mientras su hermana chillaba y el cirujano gritaba, los dejó que se las apañaran solos y se fue sin decir una palabra.
Fuera, en el corredor, supo con precisión a donde iba.
Fuera del túnel, él era oh, muy consciente de lo que estaba a punto de hacer.
Mientras se iba, la sangre le goteaba por las mejillas y el mentón, las lágrimas rojas cayéndole sobre su pecho y abdominales.

No sentía ningún dolor.
Pero con algo de suerte, lo sentiría. Muy pronto.

Capítulo 35

Para cuando Payne se vistió y salió al pasillo, su mellizo se había ido.
Sin embargo, la sangre en el suelo le dijo en qué dirección se había dirigido y siguió el rastro por el pasillo y entró en el espacio cercado con cristal rotulado como OFICINA. Dentro, las pequeñas salpicaduras rojas cortaban un camino alrededor del escritorio y desaparecían por una puerta, así que se acercó y la abrió…
Sólo un armario. Únicamente provisiones de papeles e instrumentos de escritura.
Sin embargo, había más que esto. Tenía que haberlo. El rastro de gotitas terminaba en una pared de estanterías.
Dando golpecitos alrededor, buscó una palanca o resorte para desplazar la cubierta. Al mismo tiempo que volvía a visualizar la escena del rompimiento del espejo. Ella tenía tal miedo, no por ella, sino por Vishous y mira hacia lo que ella le había conducido. Otra vez.
Había querido una relación con su hermano. Si bien no de esta manera.
Nunca esta dañina interacción.
—¿Llegas a alguna parte?
Miró por encima del hombro a su sanador. Llenaba la entrada de la oficina y todavía estaba mojado, pero ya no goteaba y tenía una toalla blanca alrededor del cuello. Su corto y oscuro cabello estaba ladeado, como si se lo hubiera frotado para secarlo y se lo hubiera dejado como levantado.
—No puedo encontrar la manera de pasar. —¿Y no era eso apropiado a muchos niveles?
Payne perdió algo de tiempo sólo en contemplar las pilas alineadas de blocs amarillos, las cajas de bolígrafos y las ordenadas hileras de cosas, cuyo objetivo sólo podía conjeturar. Cuando finalmente se rindió y salió, su sanador todavía estaba en la entrada de la oficina, contemplándola. Sus ojos eran negros por la emoción, sus labios apretados... y por alguna razón, su expresión la hizo percatarse de cuan totalmente vestido estaba.
Tan totalmente vestido como había estado siempre que se había acostado con ella.
Él no la había dejado tocarle, tenerle.
—Estás de acuerdo con mi hermano —dijo ella sombría—. ¿Lo estás?
No era una pregunta. Y no se sorprendió cuando él asintió con la cabeza.
—Esto no es una cosa a largo plazo —dijo él con una suavidad horrible—. No para ti.
—Así que ese es el porqué yo no he tenido el placer de tu sexo.
Sus cejas se movieron brevemente, como si su franqueza le incomodara.
—Payne... esto no puede funcionar entre nosotros.
—¿Quién lo dice? Es elección nuestra con quien…
—Tengo una vida a la que volver.
Mientras su respiración se volvía tensa, pensó en sí misma... lo increíblemente arrogante que era. Nunca se le había ocurrido que él tenía algún otro lugar al que ir. A pesar de todo, tal y como su hermano había indicado, ¿cuánto sabía ella de él?
—Tengo familia —siguió él—. Un trabajo. Una yegua a la que tengo que ir a ver.
Payne caminó hacia él, acercándose con la cabeza alta.
—¿Por qué das por sentado que esto es un «o lo uno o lo otro»? Y antes de que lo intentes, no malgastes palabras diciéndome que no me deseas. Sé que es verdad… tu aroma no miente.
Él se aclaró la garganta.
—El sexo no lo es todo, Payne. Y cuando esto ha ocurrido entre tú y yo, eso sólo ha sido para llevarte hasta dónde estás ahora.
Ante eso, otro escalofrío la recorrió, seguro como si hubiera una corriente de aire en la habitación. Pero luego ella sacudió la cabeza.
—Me deseaste, sanador. Cuando volviste aquí y me viste en aquella cama… tu aroma no tenía nada que ver con la condición en la cual yo estaba y eres un cobarde si finges lo contrario. Escóndete si lo deseas, sanador…
—Mi nombre es Manny —espetó él—. Manuel Manello. Me trajeron aquí para ayudarte y por si no lo has notado, estás en pie. Así que lo conseguí. ¿Ahora mismo? Sólo estoy esperando hasta que tu gente me ataque el cerebro otra vez y me abandonen liado para separar la noche del día y los sueños de la realidad. Éste es tu mundo, no el mío y sólo hay «o lo uno o lo otro».
Los ojos de ambos se encontraron y en aquel momento, aunque el complejo hubiera ardido, ella no habría sido capaz de apartar la mirada... y comprendió que tampoco él.
—Si esto pudiera funcionar —dijo ella bruscamente—, si te permitieran ir y venir como tú quisieras, ¿te quedarías conmigo?
—Payne…
—Mi pregunta es clara. Contéstala. Ahora. —Cuando él alzó sus cejas, ella no pudo decir si él se sentía excitado o repugnado por su impetuosidad y tampoco le preocupaba eso en aquel momento—. La verdad es tal cual, dicha o no. Así podríamos tener también todo esto.
Él negó despacio con la cabeza.
—Tu hermano no piensa que…
—¡Qué se joda mi hermano! —respondió ella—. Dime lo que piensas .
En el tenso silencio que siguió, ella se dio cuenta de lo que acababa de decir y quiso maldecir nuevamente. Dejando caer la cabeza, se quedó mirando el suelo, no por docilidad, sino por frustración. Las hembras de valía no usaban palabras como esa y no presionaban a la gente por un trapo de cocina, mucho menos algo como esto.
En efecto, una hembra formal se mantendría al margen mientras el macho de más edad de su familia tomaba las grandes decisiones de su vida, dando forma al curso de toda ella desde donde vivía hasta a quién era prometida.
Arrebatos emocionales. Sexo. Blasfemar. Más de esto y ella iba a hacer que los deseos de Vishous se hicieran realidad, porque su sanador, Manuel, eso era, la encontraría tan poco atractiva que pediría que le llevaran lejos de ella sin recuerdos de su tiempo juntos.
¿Encajaría alguna vez en el estándar de la perfección femenina de Layla?
Frotándose las sienes, barbotó:
—Tienes razón… sólo que por las razones equivocadas. Tú y yo nunca podríamos durar, porque no soy una buena pareja para ningún macho.
—¿Qué?
Cansada de todo... de él y de su hermano, de sí misma, de las hembras y los machos en general... le hizo un gesto con la mano y se alejó.
—¿Dices que éste es mi mundo? En eso estás muy equivocado. No pertenezco aquí más de lo que lo haces tú.
—¿De qué demonios estás hablando?
En verdad, bien podría él llevarse en su salida el retrato real de las cosas. ¡Qué demonios!
Le lanzó una mirada por encima del hombro.
—Soy la hija de un dios, Manuel. Una deidad. ¿Ese brillo que provocas en mí? Es su misma esencia como entidad. Eso es lo que ella es. ¿En cuanto a mi padre? Él era solamente un bastardo sádico que me trasmitió el impulso de matar… ese fue su «regalo». ¿Y quieres saber lo que hice con ello? ¿Quieres? —Era consciente de que estaba alzando la voz, pero era singularmente reticente a calmarse—. Lo maté, Manuel. Y por aquel delito contra mí ascendencia, por aquella ofensa contra los estándares de comportamiento de las hembras, fui encarcelada y recluida a la fuerza durante siglos. Así que tienes demasiada razón. Vete… y hazlo ahora. Es lo mejor. Pero no creas que yo encajo aquí en absoluto mejor que tú.
Con otra maldición, pasó por su lado y echó a andar con paso decidido hacia el pasillo, imaginándose que Manuel se encontraría liberado dentro de muy poco…
—Fue tu hermano. ¿No es así?
Las calmadas palabras en voz baja hicieron eco en el árido corredor, parándole, no sólo los pies, sino también el corazón.
—Vi la condición en la que está —dijo Manuel con voz profunda—. ¿Hay alguna posibilidad de que tu padre le hiciera eso al tipo?
Payne se dio la vuelta despacio. De pie en medio del pasillo, su sanador no mostraba ni conmoción, ni horror, sólo la inteligencia que ella esperaba de él.
—¿Qué te lleva a pensar eso? —le dijo en tono seco.
—Cuando le operé, vi las cicatrices, y está bastante claro que alguien trató de castrarle. ¿Extrapolando? De mi limitada interacción con él, yo diría que es demasiado susceptible y agresivo para cualquiera que lo supere. Así que o fue una pandilla de gente o alguien que le cogió cuando él era verdadera y profundamente vulnerable. Creo que esto último es lo más probable porque... bueno, digamos que me sorprendería si los padres maltratadores no tuvieran lugar, también, entre tu especie.
Payne tragó saliva con fuerza y pasó un largo, largo tiempo antes de que pudiera hablar.
—Nuestro padre... lo sujetó en el suelo. Ordenó a un herrero que le tatuara... y luego tomo un par de tenazas.
Manuel cerró brevemente los ojos con fuerza.
—Lo siento. Realmente... lo lamento muchísimo.
—Nuestro padre fue elegido como semental por su agresividad y crueldad, y mi hermano fue encomendado a él siendo muy joven, mientras que yo me quedé en el Santuario con nuestra mahmen. Sin otra cosa en lo que pasar mi tiempo, observé lo que ocurría aquí abajo en la Tierra en los cuencos videntes y cómo... a lo largo de los años en el campamento de guerra, mi hermano era maltratado. Le fui con esto a mi madre una y otra vez, pero ella insistió en plegarse al acuerdo que había hecho con el Bloodletter. —Ella cerró las manos en puños apretados—. Aquel macho, aquel macho repudiado y sádico... no era capaz de engendrar hijos, pero ella le garantizó uno para que él consintiera en aparearse con ella. Tres años después de que naciéramos, nuestra mahmen abandonó a Vishous a la crueldad de nuestro padre mientras que ella hizo todo lo posible para forzarme en un molde en el que nunca encajaría. Y después que el último episodio donde Vishous fue... —Las lágrimas le escocieron en los ojos—. No más… yo no podía pasar más tiempo sin hacer nada. Vine aquí abajo y... y di caza al Bloodletter. Le sujeté en el suelo mientras le reducía a cenizas. Y no lo lamento.
—¿Quién te metió en la cárcel?
—Mi madre. Pero el encarcelamiento fue sólo parcial porque él estaba muerto. A veces creo que esto se trataba más de su colosal desilusión hacia mí. —Se limpió la cara rápidamente y la restregó para quitar la humedad—. Pero ya basta de esto. Basta de... todo. Ahora vete... Hablaré con el Rey y te enviará fuera de aquí. Adiós, Manuel.
En lugar de esperar su respuesta, se marchó una vez más…
—Sí, te deseo.
Payne se paró, y luego volvió a mirar por encima de su hombro. Tras un momento, dijo:
—Eres un sanador estupendo y has hecho tu trabajo, tan acertadamente como has indicado. No tenemos ningún otro motivo para hablar.
Cuando ella reanudó la marcha, las pisadas de él se acercaron rápido y la agarró, haciéndola girar en redondo.
—Si no llego a conservar los pantalones puestos, no podría haberme mantenido fuera de ti.
—¿De veras?
—Dame tu mano.
Sin mirar, puso una en la suya.
—¿Por qué jamás por…?
Él se movió rápido, le llevó la palma de la mano entre sus piernas y la apretó contra la longitud caliente y dura en su pelvis.
—Tienes razón. —Se movió contra ella, ondulando la pelvis con la excitación empujando contra su palma mientras él comenzaba a respirar profundamente—. Incluso cuando trataba de decirme otra cosa, sabía que si me desnudaba, ibas a permanecer virgen sólo el tiempo suficiente para que te pusiera boca arriba. Nada romántico, pero real, total y jodidamente cierto.
Cuando los labios de Payne se separaron, los ojos masculinos descendieron hasta su boca y él gruñó.
—Puedes sentir la verdad, ¿No? Está en tu maldita mano.
—¿No te importa lo que hice...?
—¿Quieres decir con tu padre? —Dejó de frotarse y frunció el ceño—. No. Para ser claro, soy un tipo de la clase Lex talionis. Tu hermano podría haber muerto fácilmente de aquellas heridas… sin importar lo rápido que se cura tu gente. Pero para ser más conciso, estoy dispuesto a apostar que ese momento de vinculación afectiva padre/hijo a él le jodió la cabeza para el resto de su vida, así que, no tengo ningún problema con lo que hiciste.
Justicia vengadora, pensó Payne mientras sus palabras penetraban en ella.
Apretando su agarre, reanudó lo que él había detenido, resiguió arriba y abajo su sexo acariciándolo.
—Me alegro de que sientas de esta manera.
Y ¿no era cierto eso a un sinfín de niveles?: su erección era deliciosa, tan dura y roma en la punta. Quería explorarle como él hizo con ella... con sus dedos... su boca... su lengua...
Por un momento, Manuel puso los ojos en blanco, mientras apretaba los dientes.
—Pero... tu hermano todavía tiene razón.
—¿Es él...? —Ella se inclinó y le lamió los labios—. ¿Estás seguro?
Cuando se retiró, hubo un momento electrizante al encontrarse sus ojos... y entonces, con un gruñido, él la hizo girar en redondo y la empujó contra la pared.
—Ten cuidado —gruñó.
—¿Por qué? —Ella sumergió los labios en su cuello y despacio, inexorablemente recorrió con un colmillo su yugular.
—Ah... joder... —Con una maldición desesperada, él cerró su mano sobre la de ella, manteniendo la palma en el sitio, en su pelvis, obviamente tratando de volver a centrarse—. Escúchame. A pesar de lo bueno que es esto entre nosotros... —Él tragó con fuerza—. Tan bueno... Mierda, mira, tu hermano sabe lo que hace, yo no puedo cuidar de ti apropiadamente y…
—Puedo cuidar de mí misma. —Ella presionó su boca en la suya y supo que lo tenía cuando su pelvis comenzó a empujar hacia adelante y a aflojar hacia atrás de nuevo: puede que él detuviera su mano, pero su cuerpo estaba más que compensando el poco movimiento en la fricción delantera.
—Jodido infierno —gimió él—. ¿Es que quieres que me corra aquí mismo?
—Sí, lo quiero. Quiero saber cómo es eso.
Más besos. Y aunque él era quien la agarraba y la tenía clavada contra la pared, ella era la agresora.
Manuel retrocedió, pero solo, lo pareció, sometido a una gran lucha en su interior. Después de tomar varias inspiraciones profundas, él dijo:
—¿Me preguntaste si me quedaría si pudiera? Al instante. Eres hermosa y sexy y no sé qué demonios hace tu madre o cualquier otro comparándote con algo o alguien. Nada se te acerca ni de lejos... en ningún sentido.
Al hablar, estaba letalmente serio y era pertinazmente sincero... y la aceptación que le ofrecía era tan generosa como única: ella nunca la había conseguido de nadie. Incluso su propio hermano quería negarle su elección de un compañero.
—Gracias —susurró.
—No es un elogio. Esto es sólo tal cual es. —Manuel besó su boca suavemente, y se demoró en el contacto—. Pero, a pesar de esto, el Odioso-Señor-Barba-de-Chivo tiene razón, Payne.
—¿ Odioso…Señor-Barba-de-Chivo?
—Lo siento. Un motecito que me inventé para tu mellizo. —Él se encogió de hombros—. Pero no obstante, creo realmente que él tiene, de corazón, la mejor de las intenciones respecto a ti y que tú necesitas a otro más que a mí a largo plazo, tanto si puedo quedarme aquí como si no, eso es sólo una parte del problema.
—No a mi modo de ver.
—Entonces necesitas ver más claramente. Estaré muerto en otras cuatro décadas. Eso, si tengo suerte. ¿Realmente quieres verme envejecer? ¿Morir?
Ella tuvo que cerrar los ojos y volver la cabeza ante el pensamiento de él pasando a mejor vida.
—Parcas... no.
En la quietud que siguió, la energía entre ellos cambió, cambió de cualquier cosa sexual... a una clase diferente de ansia. Y como si él sintiera lo que sentía ella, la envolvió contra su cuerpo, sosteniéndola fuertemente dentro de sus brazos.
—Si hay una cosa que he aprendido como médico—dijo él—, es que la biología prevalece. Tú y yo podemos tomar todas las decisiones que queramos, pero las diferencias biológicas no son algo que podamos cambiar. Mi esperanza de vida es una fracción de la tuya… como máximo conseguiríamos una ventana de diez años antes de que yo esté en la tierra de la Viagra.
—¿Qué es eso?
—Un lugar muy, muy desinflado y castrado —dijo él secamente.
—Bueno... yo iría allí contigo, Manuel. —Ella se echó hacia atrás para poder examinar sus hermosos ojos marrones—. Dondequiera que sea.
Hubo un latido de silencio. Y luego él sonrió tristemente.
—Adoro el modo en que dices mi nombre.
Suspirando, ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Y yo adoro decirlo.
Mientras permanecían allí de pie, uno contra el otro, ella se preguntó si sería por última vez. Y eso la hizo pensar en su hermano. Estaba preocupada por Vishous y tenía que hablar con él, pero él había decidido abandonarla sin que tuviera modo de encontrarle.
Pues que así fuera. Puesto que encontrarle era difícil, dejaría que Vishous se fuera temporalmente, por el momento... y se concentraría en el macho que estaba con ella.
—Tengo algo que pedirte —le dijo a su sanador, Manuel, se corrigió.
—Dilo.
—Llévame a tu mundo. Muéstrame... si no todo, al menos algo.
Manuel se puso rígido.
—No sé si eso es una buena idea. Hasta este momento, llevas en pie sólo desde hace aproximadamente doce horas.
—Pero me siento fuerte y tengo modos de encargarme del viaje. —En el peor de los casos, podría simplemente desmaterializarse de vuelta aquí, al complejo: Ella sabía por los cuencos de visión que su hermano había rodeado esta instalación de mhis y aquello era un faro que ella podría encontrar fácilmente—. Confía en mí, no estaré en peligro.
—Pero, ¿cómo vamos a salir juntos?
Payne se separó un paso de su abrazo.
—Vuelve a vestir tu cuerpo mientras me encargo de todo. —Cuando pareció que él iba a discutirlo, ella sacudió la cabeza—. ¿Dices que la biología siempre gana? Estupendo. Pero ¿sabes lo que te digo?, que tenemos esta noche, ¿por qué deberíamos malgastarla?
—Pasar más tiempo juntos... sólo va a hacer más difícil el dejarlo.
Oh, seguro que dolería.
—Dijiste que me concederías un favor. Te lo he expuesto. ¿No es tu palabra tu garantía?
Los labios masculinos se apretaron en una línea. Pero luego él inclinó la cabeza.
—Justamente. Iré a cambiarme.
Mientras él se dirigía de vuelta a su cuarto, ella volvió a la oficina y descolgó el teléfono, ya que Jane y Ehlena le habían mostrado cómo se hacía. Lo de marcar fue bastante bien y el mayordomo doggen contestó con voz alegre.
Esto tenía que funcionar, se dijo. Tenía que funcionar completamente.
Soy Payne —dijo en la antigua lengua—, la hermana de sangre del Hermano de la Daga Negra Vishous, el hijo de Bloodletter. Desearía hablar con el rey, si él me concediera la cortesía.

Capítulo 36

Cuando Vishous irrumpió en el Pit desde el túnel subterráneo, tuvo que limpiarse la cara ensangrentada con la palma de la mano para poder seguir hacia los dormitorios. Suponía que era buena cosa que el espejo fuera en su mayor parte un ojo de buey, porque eso significa que había pocos trozos de vidrio en él… pero en realidad le importaba una mierda.
Cuando llegó a la puerta de Butch y Marissa, llamó. Con fuerza.
—Dame un minuto.
Butch no tardó mucho en abrir y todavía se estaba poniendo la bata mientras decía:
—¿Qué…? —Eso fue todo lo lejos que llegó—. Jesucristo… V.
Sobre el hombro del tipo, Marissa se sentó erguida en la cama, sus mejillas estaban ruborizadas, el largo cabello rubio enredado, las mantas subidas hasta el pecho y sostenidas allí. La satisfacción adormecida fue rápidamente reemplazada por la sorpresa.
—Solo debería haber llamado. —V estaba impresionado por el tono calmado de su voz y saboreó cobre mientras hablaba—. Pero no sé dónde está mi teléfono.
Cuando su mirada se cruzó con la de su mejor amigo, se sintió como un diabético desesperado por insulina. O tal vez fuera más como un adicto a la heroína penando por una aguja. Fuera cual fuera la metáfora, tenía que escapar de sí mismo o iba a perder la cabeza y hacer algo criminalmente estúpido.
Como sacar sus hojas y convertir a ese cirujano en mucha carne de hamburguesa.
—Los pillé juntos —se oyó decir a sí mismo—. Pero no te preocupes. El humano todavía respira.
Y luego se quedó allí de pie, la pregunta que había venido a hacer estaba tan clara como la sangre en su cara.
Butch se volvió a mirar a su shellan. Sin dudar, ella asintió con la cabeza, sus ojos se mostraban tristes, amables y tan comprensivos que V se sintió momentáneamente conmovido… incluso en su condición entumecida.
—Ve —dijo ella—. Ocúpate de él. Te amo.
Butch asintió hacia ella. Probablemente formó con la boca las palabras “Yo también te quiero”.
Luego asintió hacia V y masculló bruscamente.
—Ve a esperar en el patio. Yo llevaré el Escalade… y coge una toalla del baño, ¿quieres? Pareces el jodido Freddy Krueger.
Cuando el poli partió hacia el armario y dejó caer su bata para vestirse. V miró hacia la shellan del tipo.
—Está bien, Vishous —dijo ella—. Todo irá bien.
—No estoy anhelando esto. —Pero lo necesitaba antes de convertirse en un peligro para sí mismo y para otros.
—Lo sé. Y yo también te quiero.
Eres una bendición más allá de toda medida —pronunció en el Viejo Idioma.
Y luego hizo una reverencia hacia ella y se dio la vuelta.
*  *
Cuando el mundo volvió a enfocarse algún tiempo después, V se encontró sentado en el asiento del pasajero del Escalade. Butch estaba tras el volante y la rutina del pedal–metal que el tipo estaba llevando a cabo significaba que habían cubierto una cantidad seria de millas. Las luces del centro de Caldwell no estaban en la distancia; estaban por todas partes, brillando a través del parabrisas delantero y trasero.
El silencio en el SUV era tan tenso como una daga de mano. V tenía problemas para comprender este viaje que estaban tomando. Sin embargo, no había vuelta atrás. Para ninguno de ellos.
Abajo en el aparcamiento del Commodore.
Motor apagado.
Dos puertas abriéndose… dos puertas cerrándose.
Y luego el viaje en el ascensor. Que fue como el viaje del complejo al Commodore: nada que se quedara en la mente de V.
Lo siguiente que supo fue que Butch estaba utilizando la llave de cobre para abrir la entrada del ático.
V entró primero y encendió las velas negras en sus candelabros para iluminar. En el instante en que las paredes negras y el suelo se iluminaron, fue de estado zombie a una explosión de sensaciones, sus sentidos volvieron a la vida hasta el punto que cada pisada que daba sonaba como bombas cayendo, el sonido de la puerta cerrándose tras ambos fue como el edificio derrumbándose sobre sí mismo.
Cada inhalación que tomaba era una ráfaga de viento. Cada latido de su corazón era un puñetazo de boxeador. Cada vez que tragaba saliva era un nudo bajando por su garganta.
¿Era así como se sentían sus propios sometidos? ¿Este hormigueo de estar demasiado vivo?
Se detuvo junto a su mesa. Ninguna chaqueta que quitarse. Nada excepto el ahora ensangrentado camisón de hospital sobre su espalda.
Tras él, la presencia de Butch se erguía grande como una montaña.
—¿Puedo usar tu teléfono? —preguntó V con aspereza.
—Aquí tienes.
V se dio la vuelta y cogió la BlackBerry que le tiraban con la mano enguantada. Marcó mensaje de texto en blanco, escogió Doc Jane de la agenda.
Sus dedos se inmovilizaron en ese punto. Su cerebro estaba embotado por la emoción, los gritos que necesitaba dejar escapar estaban en camino y convertían su reserva habitual en un sólido juego de barrotes que lo encerraban dentro de sí mismo.
Pero bueno, por eso estaba aquí.
Con una maldición suave, canceló el mensaje vacío.
Cuando fue a pasarle el teléfono, Butch estaba junto a la cama, quitándose una de sus rimbombantes chaquetas de cuero. Nada de mierdas de motero con púas para el en otro tiempo poli… la chaqueta le llegaba hasta la cadera y había sido adecuada perfectamente a su pecho, el material estaba más allá de la mantequilla y se acercaba a suave como una nube. Cosa que V sabía porque se la había entregado un gran número de veces.
Esto no era algo en lo que el tipo cediera.
Y se la estaba quitando por las razones correctas.
No había razón para manchar de sangre cosas así.
Cuando V dejó el teléfono sobre la cama y retrocedió, Butch dobló la chaqueta con manos cuidadosas y precisas, y cuando tendió el cuero, fue como si estuviera dejando a un niño sobre el edredón negro. Luego esos dedos fuertes y contundentes suyos se colocaron la cintura de los pantalones negros y alisaron la camisa negra de seda.
Silencio.
Y no del tipo cómodo.
Vishous miró hacia las series de láminas de cristal que corrían a lo largo del ático, y observó el reflejo de su mejor amigo.
Después de un momento, la cabeza del poli se giró.
Sus ojos se encontraron en el cristal.
—¿Vas a dejarte eso puesto? —preguntó Butch oscuramente.
Vishous subió la mano hasta su nuca y desató el nudo que mantenía unidas las dos partes de su bata. Y luego hizo lo mismo en su cintura. Cuando el camisón cayó de su cuerpo, el poli observó como golpeaba el suelo desde el otro lado de la habitación.
—Necesito un maldito trago —dijo Butch.
En el bar, el tipo se sirvió un trago de Lagavulin. Y otro. Y a continuación alejó de un empujón el vaso achaparrado, cogió la botella y tragó con fiereza.
Vishous se quedó donde estaba, con la boca abierta, el aliento salía disparado dentro y fuera de él mientras permanecía concentrado en la imagen de su mejor amigo.
Butch bajó la botella, pero la sostuvo, su cabeza cayó hacia atrás como si hubiera cerrado los ojos.
—No tienes que hacer esto —dijo V roncamente.
—Sí… tengo.
La cabeza oscura del poli se alzó y luego se dio la vuelta.
Cuando finalmente se adelantó, dejó la botella en el bar y se detuvo cuando estuvo detrás de Vishous. Estaba cerca… lo bastante cerca para que el calor de su cuerpo se registrara fácilmente.
O tal vez fuera la propia sangre de V empezando a bullir.
—¿Cuáles son las reglas? —dijo el poli.
—No hay. —Vishous estiró su postura y se preparó—. Haz lo que quieras… pero tienes que romperme. Tienes que hacerme trizas.
*  *
En el complejo, Manny se cambió de uniforme de quirófano. Si las cosas seguían así iba a tener que comprar la maldita compañía de uniformes. O una lavandería.
Fuera en el pasillo, se apoyó contra la pared de hormigón y miró sus Nikes. Lo hizo para convencer a las suelas de que no debían entusiasmarse… tenía la sensación de que él y Payne no iban a ninguna parte. Al menos, no juntos.
Hija de una deidad.
Yyyyy…. no le importaba. Podría haber sido la hija de un avestruz, para lo que le importaba.
Frotándose la cara, no pudo decidir si estaba impresionado consigo mismo o aterrado de haber aceptado con tanta facilidad las noticias. Probablemente sería más sano estar sorprendido o mostrar incredulidad y todo eso rollo, pero no. Su cerebro simplemente lo aceptaba… lo cual significaba que se estaba volviendo realmente flexible con lo que consideraba realidad o que su materia gris había caído en un estado de docta impotencia.
Probablemente lo primero. Porque después de todo, se sentía… mierda, se sentía mejor de lo que se había sentido en años: a pesar de haber operado durante diez horas seguidas y haber dormido en una silla parte de la noche… o día, o fuera la hora que fuera… su juego cuerpo/mente estaba fuerte y sano, y tan agudo como una aguja. Incluso mientras se estiraba, no había ninguna rigidez… o crujidos o estallidos. Era como si hubiera estado de vacaciones un mes, dándose masajes y haciendo yoga delante del océano.
No es que nunca hubiera hecho el Perro Descendente[i].
Yyyyyyy en ese punto, una imagen verdaderamente fabulosa y completamente sucia de Payne le vino a la cabeza. Cuando su polla se alzó ante la visión que había evocado, pensó que sin duda sería buena idea no llevarla de gira a, digamos, su dormitorio. En realidad, dado los acontecimientos recientes, que le implicaba a él mismo de rodillas… su baño probablemente también estuviera fuera de límites. ¿Tal vez debieran evitar las habitaciones con azulejos? Así que la cocina tampoco. Su vestíbulo delantero, no…
Payne entró en la oficina saltando y llevaba su maletín y otras cosas con ella.
—¡Somos libres!
Con toda la gracia de un atleta, corrió hacia él, su cabello fluyendo detrás, su zancada tan fluida como esas oscuras ondas de su cabeza.
—¡Somos libres! ¡Somos libres!
Cuando saltó a sus brazos, la cogió y la hizo girar.
—¿Nos dejan marchar? —dijo.
—¡Desde luego! Tenemos el visto bueno para coger tu automóvil y salir de aquí. —Mientras le ofrecía sus cosas, sonreía tan ampliamente que sus colmillos relampagueaban—. Pensé que podrías necesitar esto. Y el teléfono funciona ahora.
—¿Cómo supiste que eran míos?
—Llevan tu olor. Y Wrath me habló de la diminuta tarjeta que quitó mi mellizo.
Estúpido teléfono. El hecho de que le reconociera por el olor le animó, recordándole exactamente lo cerca que habían conseguido estar.
Vale, hora de cortar ese carrete.
Ella le puso la mano en la cara.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Me gusta la forma en que me miras, Manuel.
—Oh, ¿sí?
—Me hace pensar en cuando tu boca está sobre mí.
Manny gimió y casi se perdió. Así que para evitar que las cosas se le escaparan de las manos, le rodeó la cintura con el brazo.
—Vamos. Salgamos antes de que perdamos la oportunidad.
Su risa fue tan despreocupada que por alguna razón le abrió el pecho de par en par y expuso el palpitante corazón que había tras sus costillas. Y eso fue antes de que ella se inclinara y le besara la mejilla.
—Estás excitado.
La recorrió con la mirada.
—Y tú estás jugando con fuego.
—Me gusta ser ardiente.
Manny ladró una risa.
—Bueno, no te preocupes… eres exactamente eso.
Cuando llegaron a la puerta de incendios, él puso la palma en la barra de empujar.
—¿Está realmente abierta?
—Inténtalo y lo averiguarás.
Se inclinó… y vaya por Dios, el pestillo saltó sin más y el pesado panel de metal se abrió.
Cuando no cayeron vampiros con armas y machetes sobre ellos de todas partes, sacudió la cabeza.
—¿Cómo demonios has arreglado esto?
—El Rey no está contento. Pero no estoy prisionera aquí y soy mayor de edad, y no hay ninguna razón por la que no debiera salir del complejo.
—Y al final de la noche… ¿entonces qué? —Su alegría disminuyó, pensó, aja, así es como lo ha logrado. Técnicamente, ella lo estaba escoltando a casa… Este era su adiós.
Le alisó el cabello hacia atrás.
—Está bien. Todo… irá bien, bambina.
Ella pareció tragar con fuerza.
—No debería pensar en el futuro y tú tampoco. Hay horas y horas por delante.
Horas. No días o semanas o meses… o años. Horas.
Dios, no se sentía libre en absoluto.
—Vamos —dijo, adelantándose y cogiéndole la mano—. Hagamos que esto cuente.
Su coche estaba aparcado entre las sombras a la derecha y cuando se acercó, comprobó que no estaba cerrado con llave. Pero vamos, como si alguien fuera a llegar a él.
Abrió la puerta del lado del pasajero.
—Déjame ayudarte a entrar.
Tomando su brazo como un caballero, la colocó y luego estiró el cinturón de seguridad sobre sus pechos, cerrándolo en su lugar.
Cuando los ojos de Payne saltaban por todos lados del interior y sus manos acariciaban los costados del asiento acolchado, creyó que este era su primer paseo en coche. ¿Y cómo de fantástico podría ser eso?
—¿Alguna vez has montado en uno de estos? —preguntó.
—En verdad, no.
—Bueno, me lo tomaré con tranquilidad.
Ella le cogió la mano cuando él se enderezó.
—¿Va rápido?
Manny se rió un poco.
—Es un Porsche. Rápido es lo que es.
—¡Entonces nos llevarás sobre el viento! ¡Será como mis días de montar a horcajadas!
Manny tuvo un disparo mental de la salvaje felicidad en su cara. Ella estaba brillando… y no en el sentido etéreo, sino de simple alegría de vivir.
Se inclinó y la besó.
—Eres tan hermosa.
Ella capturó su cara.
—Y te lo agradezco.
Oh, pero no era por él. Lo que la iluminaba era la libertad, la salud y el optimismo… y ella no se merecía nada menos de la vida.
—Hay alguien a quien quiero que conozcas —balbuceó.
Payne le sonrió.
—Entonces conduce, Manuel. Llévanos a la noche.
Después de un momento más mirándola… eso fue exactamente lo que hizo.


[i] Postura de yoga

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