martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 37 38 39

Capítulo 37

De pie y desnudo en el ático, Vishous esperó algo… lo que fuera.
En cambio, Butch retrocedió y se fue a la cocina. Mientras se quedaba solo, V cerró los ojos y maldijo. Esto era muy mala idea. No se le pedía a un tío católico que jugara con la clase de juguetes que V…
El impacto vino desde atrás, rápido y seguro.
Un golpe cuerpo a cuerpo modificado y ejecutado maravillosamente. Dos brazos enormes lo rodearon por las caderas y el pecho y fue arrojado y sujetado contra la alejada pared que se encontraba junto a la mesa de trabajo. Que era cuando la parte del «golpe» entraba en acción: cada centímetro de su piel hizo colisión, sin embargo, no hubo retroceso. No hubo rebotes.
Estaba inmovilizado contra la pared por la nuca y el culo.
—Brazos por encima de la cabeza.
Ese gruñido era como una pistola apuntando contra la parte trasera de su cráneo y V luchó por obedecer, combatiendo con la presión que mantenía a sus dos brazos atrapados frente a su pecho. El lado derecho se liberó primero… y en el mismo instante en que lo levantó, sintió como le agarraban la muñeca y la obligaban a meterla en unas esposas. El izquierdo siguió igual de rápido.
De nuevo, los polis eran buenos con el acero.
Hubo una breve separación en la que fue capaz de obtener algo de aire. Y luego el sonido de cadenas de metal moviéndose a través de un mecanismo le anunció hacia donde se estaban dirigiendo las cosas: arriba.
De forma gradual, su peso cambió de sus pies a la curva de sus muñecas y la longitud de sus brazos. El ascenso paró justo antes de que los dedos de los pies dejaran de tocar el suelo por completo… y entonces, simplemente se quedó colgando de allí, de frente al ventanal y con el aire entrando y saliendo de sus pulmones mientras escuchaba a Butch colocarse a sus espaldas.
—Abre la boca.
Ante la orden, V abrió la mandíbula, provocando que los pómulos le crujieran; sus ojos se desplazaron hacia el rabillo de los mismos y los cortes faciales resurgían con un coro de gruñidos.
La mordaza fue bajada por su cabeza y se ajustó perfectamente donde debería, la bola le apretaba justo entre los colmillos y lo forzaba a abrir la boca aún más. Con un rápido tirón, la tira de cuero estaba atada fuertemente contra la parte trasera de su cráneo y la hebilla se abrochaba hasta que se hundió en su cuero cabelludo.
Era el sistema perfecto: la suspensión y el asfixiante confinamiento estaban cumpliendo con su cometido, elevándole la segregación de adrenalina, haciendo que su cuerpo se tensara de muchas maneras diferentes.
Un corsé con púas fue lo siguiente. El artilugio no iba por encima de los hombros, sino alrededor del torso y los pinchos de metal que sobresalían dentro del cuero fuertemente hundidos en la piel. Butch empezó con la tira alrededor del esternón, y después fue una secuencia de apretones hacia abajo, y abajo, y abajo… desde la caja torácica de V hacia su estómago y hacia la parte superior de sus caderas círculos concéntricos de un brillante dolor blanco le hormigueaban por toda su espina dorsal, disparándose arriba hacia los receptores de su cerebro y abajo hacia su polla, que estaba dura como una roca.
El oxígeno salió por sus orificios nasales cuando hubo un breve momento de calma y de no contacto, pero justo después, Butch volvió con cuatro largas correas de caucho. Para ser un amateur tenía buenos instintos. La bola de la mordaza y el arnés que llevaba en el pecho tenían aros de acero inoxidable que colgaban centímetro a centímetro, y el poli, claramente, iba a darles buen uso.
Mientras trabajaba a un ritmo constante, Butch deslizó ganchos a través de los aros de la mordaza y estiró la correa hacia abajo, atándola en la parte frontal y trasera del corsé.
Lo que bloqueó la cabeza de V hacia delante de forma muy efectiva.
A continuación Butch lo empujó con fuerza, balanceándolo como si de un tiovivo se tratara. En ese estado de inmovilización, tenía la mente bien jodida y no le llevó demasiado tiempo no estar seguro de si era él el que estaba dando vueltas o si era la habitación la que estaba en movimiento: las cosas pasaban una detrás de otra, el bar, la puerta, la mesa… Butch… la cama, la cristalera… de nuevo otra vez el bar, la puerta, la mesa… y Butch…
Que se había dirigido hacia donde estaban los látigos y las cadenas.
El poli se había quedado parado ahí, con los ojos fijos en Vishous.
Como un tren que entra en una estación, el balanceo fue yendo a menos y a menos hasta que se paró totalmente, dejándolos a ambos mirándose cara a cara.
—Dijiste que no había reglas —Butch rechinó los dientes—. ¿Aún lo sigues sosteniendo?
Sin tener ninguna forma de asentir o negar con la cabeza, hizo lo que pudo con los pies; los movió hacia arriba abajo sobre el suelo.
—¿Estás seguro?
Cuando él repitió el movimiento, los ojos de Butch brillaron bajo la luz de las velas, como si hubiera lágrimas en ellos.
—Está bien, entonces —dijo con voz ronca—. Si ese es el único modo de hacerlo…
Butch se secó el rostro, se giró hacia la pared y caminó a lo largo de toda la fila de juguetes. Cuando se acercó a los látigos, V se imaginó cómo la línea de pinchos le cortaban la piel de la espalda y de sus muslos… pero Butch siguió adelante. Los siguientes eran los látigos de varias puntas y V sólo podía sentir cómo azotaban su carne…, pero Butch no paró. Después estaban las pinzas para los pezones y las esposas de acero inoxidable que podían ser usadas en los tobillos, antebrazos, la garganta…
Cuando pasó cada sección, Vishous frunció el ceño y se preguntó si el poli se estaba comportando simplemente como un provocador y cuán poco convincente era aquello…
Pero sin embargo, Butch paró. Y alargó la mano…
V gimió y empezó a forcejear contra las ataduras que lo mantenían en el aire. Abriendo los ojos fuertemente, hizo lo que pudo para suplicar, pero no hubo ningún movimiento de su cabeza y ni forma de hablar.
—Dijiste sin límites —Butch dijo con voz ahogada—. Así es cómo lo vamos a hacer.
Las piernas de V se contrajeron espasmódicamente y su pecho comenzó a gritar por la falta de oxígeno.
La máscara que el poli había elegido no tenía agujeros, ni para los ojos, ni para boca u oídos. Estaba hecha de cuero y cosida con hilo fino de acero inoxidable. La única manera de que el oxígeno entrara era vía dos mallas a los lados que se encontraban lo suficientemente atrás como para que no hubiera ningún resquicio de luz, además el aire circularía a través de la caliente y asustada piel antes de que llegara a la boca y alcanzara los pulmones. El artilugio era algo que V compró pero que nunca había usado, lo había conservado únicamente porque lo aterrorizaba y esa ya era razón suficiente como para poseer esa cosa.
Ser privado de la visión y el oído era algo que garantizaba que le haría perder su jodida cabeza… que era justo por lo que Butch había elegido la máscara. Conocía demasiado bien los botones que tenía que pulsar… el dolor físico era una cosa… pero todo el rollo psicológico era mucho peor.
Y mucho más efectivo.
Butch caminó lentamente a su alrededor y fuera del alcance de sus ojos. Con furiosos impulsos, V intentó reposicionarse para quedársele de cara, pero los dedos de los pies no tenían buen acceso al suelo, lo cual era otro triunfo para la estrategia del poli. Luchar y retorcerse, pero no llegar a ningún sitio, solamente aumentaba el terror.
De una en una, las luces se fueron apagando.
Moviéndose agitada y descontroladamente, Vishous intentó luchar, pero era una batalla que iba a perder. Con un rápido tirón, la máscara se ajustó alrededor de su cuello, segura y bien fijada.
La hipoxia mental se instaló inmediatamente. No había oxígeno que tomar, no entraba, nada…
Sintió algo en su pierna. Algo largo y fino. Y frío.
Como un cuchillo.
Se quedó completamente paralizado. Donde sus esfuerzos previos lo habían hecho balancearse debido a las cadenas que tenía encima de él, su cuerpo ahora solamente era una estatua colgando de un par de cuerdas de metal.
La inspiración y espiración de V dentro de la máscara eran un rugido para sus oídos mientras se centraba en lo que sentía bajo la cintura. El cuchillo viajaba lentamente e inexorablemente hacia arriba por la pierna y, mientras lo hacía, se movía hacia el interior de su muslo…
En su recorrido, un reguero de un líquido comenzó a manar y bajar hacia su rodilla.
Ni siquiera sintió el dolor del corte mientras la hoja subía y se dirigía hacia su sexo: las implicaciones se parecían bastante a una puñalada por la espalda justo en su botón de autodestrucción.
En un abrir y cerrar de ojos, el pasado y el presente se mezclaron. La alquimia se prendió por toda la adrenalina que surcaba cada vena que tenía. Al instante se vio arrastrado con fuerza muchos años atrás hasta la noche en que los machos de su padre lo habían agarrado y aprisionado en el suelo por orden del Bloodletter. Los tatuajes no habían sido lo peor.
Y aquí estaba, ocurriendo de nuevo. Solo que sin las tenazas.
Vishous gritó alrededor de la bola amordazadora… y siguió haciéndolo.
Gritó por todo lo que había perdido… gritó por la mitad de macho que era… gritó por Jane… gritó por quienes eran sus padres y por lo que deseaba para su hermana… gritó por lo que había forzado a hacer a su mejor amigo…. Gritó y gritó hasta que no tuvo respiración, ni consciencia, ni nada.
Ni pasado ni presente.
Ni siquiera él mismo ya.
Y en mitad del caos, de la forma más extraña, se liberó.
*  *
Butch supo en qué momento se desmayó su mejor amigo. No fue solamente que sus pies se quedaran quietos, fue la repentina relajación de toda su musculatura. Ya no había más tensión en esos enormes brazos y masivos muslos. Ya no había más movimientos frenéticos de ese pecho tan grande. No más tendones desgarrados en sus hombros o en la espalda.
Butch apartó inmediatamente de la pierna de V la cuchara que había cogido de la cocina y asimismo dejó de derramar el agua tibia del vaso que había escogido del bar.
Las lágrimas de sus ojos no lo ayudaron a aflojar la máscara y liberarla. Tampoco hicieron simple el quitar todo el mecanismo inmovilizador. Y luchó más contra la bola amordazadora.
El corsé era bastante jodido para soltarlo, pero por desesperado que estuviera por bajar a V, era muchísimo más fácil quitar todo cuando tenía un tres-sesenta con el que trabajar. Demasiado pronto, el hermano estuvo todo lleno de sangre, pero libre de peso.
Sobre la pared, Butch soltó el cabestrante y lentamente bajó el tremendo e inanimado cuerpo de Vishous. No hubo señales de que registrara el cambio de altitud y el suelo hizo un solo impacto cuando fallaron las ahora sueltas piernas de V, las rodillas se le doblaron mientras el mármol se elevaba para saludar a su trasero y torso.
Hubo más sangre cuando soltó las esposas.
Dios, su amigo estaba hecho un desastre. Las correas de la bola amordazadora le habían dejado rojos verdugones en sus mejillas, el daño causado por el corsé era incluso más penetrante y luego se encontraban las muñecas, que estaban desgarradas de forma irregular.
Y eso era además de la condición en que su rostro se encontraba, cortesía de aquello contra lo que se había golpeado.
Por un momento, todo lo que pudo hacer fue acariciar el pelo negro azabache de V con sus manos, las cuales se agitaban como si tuvieran parálisis. Luego miró el cuerpo de su amigo hasta el tatuaje bajo su cintura, el flácido sexo… y las cicatrices.
El Bloodletter era un cabrón sin medida por torturar a su hijo tal y como lo había hecho. Y la Virgen Escriba un inútil ignorante por haber dejado que ocurriera.
Y había matado a Butch tener que usar ese horrible pasado para quebrar bien a su amigo.
Excepto que no había querido pegar a V físicamente, no era un cobarde, pero no tenía el estómago suficiente para ello. Además, la mente era el arma más poderosa que cualquiera podía usar contra sí mismo.
Aún así, lágrimas habían corrido por sus mejillas mientras cogía la cuchara y la ponía contra el interior de su pierna, porque había sabido la extrapolación que aquello tendría. Y había sido bien consciente de que el agua tibia realmente consolidaría la dislocación del presente.
Los gritos habían sido apagados por la bola amordazadora y la máscara… y aún así el no-sonido había atravesado los oídos de Butch como ninguna otra cosa podía haberlo hecho.
Iba a pasar mucho, mucho tiempo antes de que pudiera superar esto. Cada vez que cerraba los ojos, todo lo que podía ver era el cuerpo de su mejor amigo moviéndose agitadamente y contrayéndose espasmódicamente.
Frotándose la cara, Butch se levantó y fue al cuarto de baño. De un estante del armarito cogió una pila de toallas negras. Algunas de ellas las dejó secas, otras las mojó en agua caliente en el lavabo.
De vuelta al lado de Vishous en el suelo, limpió la sangre y sudor producido por el miedo del cuerpo de su amigo y lo hizo rodar de un lado a otro para que no quedara nada.
La limpieza tardó su buena media hora y varios viajes de ida y vuelta al lavabo.
La sesión había durado una fracción de aquello.
Cuando terminó, recogió el tremendo peso de V en sus brazos, lo llevo a la cama y lo tumbó con la cabeza contra la almohada de satén negro. La esponja de baño, tal y como había sido, había dejado la piel de V como carne de gallina, así que Butch arropó al hermano, desplegando las sábanas y subiéndolas y enrollándolas sobre su cuerpo.
La curación ya estaba teniendo lugar, la piel que había sido desgarrada o cortada se volvía a regenerar y borraba las marcas que habían tenido.
Era bueno.
Mientras retrocedía un paso, parte de Butch quería volver a la cama y sujetar bien a su amigo. Pero no había hecho todo esto para él y, además, si no salía de aquí y se emborrachaba rápido, iba a perder su jodida cabeza.
Cuando estuvo seguro de que V estaba bien acomodado, cogió la chaqueta que había tenido que arrojar antes al suelo…
Espera, las toallas llenas de sangre y el desorden bajo las cadenas.
Moviéndose rápidamente, se lanzó al suelo y recogió el montón de toallas húmedas y pesadas y las llevó hasta la cesta del cuarto de baño… lo cual le hizo preguntarse quién coño hacía la colada aquí. Quizás era Fritz… o a lo mejor era el mismo V el que hacía la rutina de sirvienta.
De vuelta en la habitación principal, le dio un segundo repaso a todo para cerciorarse de que toda evidencia hubiera desaparecido excepto el vaso y la cuchara… y después volvió a la habitación para ver si V seguía dormido… o en ese estado de semicoma.
Frío. Como. La. Piedra.
—Te voy a traer lo que de verdad necesitas —dijo Butch suavemente, preguntándose si volvería a respirar de nuevo. Su pecho parecía tan constreñido como el de V había estado en realidad—. Espera aquí, tío.
De camino a la puerta, sacó su móvil para marcar un número… y se le cayó al suelo el maldito.
Puf. Parecía que sus manos aún estaban sacudiéndose. Qué novedad.
Cuando finalmente pulsó enviar, rezó por que la llamada llegara.
—Ya está hecho —dijo bruscamente—. Ven hacia aquí. No, confía en mí. Te va a necesitar. Esto era para vosotros dos. No… sí. No, yo me voy ya. Vale, bien.
Tras colgar, cerró la puerta con llave y llamó al ascensor. Mientras esperaba, intentó ponerse la chaqueta y manejó tan torpemente la gamuza que desistió y se la colgó en el hombro. Cuando las puertas pitaron y se abrieron, él entró, le dio al botón que tenía la P en él… y bajó, bajó y bajó cayendo de una forma controlada y sin saltos gracias a la pequeña caja metálica del ascensor.
Le mandó a su shellan un mensaje de texto en vez de llamarla por dos razones: no confiaba en su voz y ciertamente, no estaba preparado para responder las preguntas que ella inevitable y justamente tenía.
Todo bien. Voy a casa pra descansar. Te quiero. xxx. B.
La respuesta de Marissa fue muy rápida, estaba bastante claro que había tenido el teléfono en la mano y había estado esperando tener noticias de él: Yo tb te quiero. Estoy en L.S. pro puedo ir a casa?
El ascensor se abrió y el dulce aroma de la gasolina le dijo que había llegado a su destino. Mientras iba hacia el Escalade, le volvió a contestar: No, de vdd estoy bien. Quédate y trabaja, estaré allí cuando acabes.
Estaba sacando sus llaves cuando el móvil vibró. Vale, pero si me necesitas, tú eres lo + importante.
Dios, sí que era una hembra de valía.
Lo mismo para ti. xxx, escribió.
Una vez apagó la alarma del vehículo y abrió la puerta del conductor, entró, cerró la puerta y la bloqueó.
Supuestamente debería comenzar a conducir, pero en su lugar apoyó la frente en el volante y respiró profundamente.
El tener una buena memoria era una de las habilidades más sobrevaloradas. Y por mucho que no envidiara a Manello y todo eso de los borrones de memoria, lo habría dado casi todo por poder quitarse de la cabeza esas imágenes que tenía grabadas en la mente.
Aunque no V. No esa… relación.
Nunca daría por perdido a ese macho. Jamás.

Capítulo 38

—Eh, he pensado que te gustaría un café.
Mientras José de la Cruz ponía el latte grande del Starbucks sobre el escritorio de su compañero, aparcó su culo en el asiento de enfrente del tío.
Veck debería haber tenido el aspecto de un animal atropellado, considerando que llevaba la misma ropa que había llevado cuando la Misión Imposible en la capota del coche la noche anterior. En vez de eso, el HDP se las arreglaba de algún modo para parecer resistente en vez de andrajoso.
José estaba dispuesto a apostar que las otras seis tazas de Java medio bebidas que había alrededor del ordenador las habían traído varias mujeres del departamento.
—Gracias, tío. —Mientras agarraba la ofrenda más reciente de calor humeante, sus ojos no se apartaron del monitor Dell, seguro que estaba buscando en los archivos de personas desaparecidas y sacando a las mujeres entre diecisiete y treinta.
—¿Qué haces? —preguntó José de todos modos.
—Desaparecidas. —Veck se estiró en su silla—. ¿Has notado cuantos de entre dieciocho a veinticuatro han sido registrados recientemente? Hombres, no mujeres.
—Ajá. El alcalde está reuniendo un grupo de trabajo.
—Hay muchas chicas también, pero Cristo, hay una epidemia en marcha.
En el vestíbulo, pasaron un par de uniformados y tanto como él como Veck cabecearon a los oficiales. Después de que los pasos se desvanecieran, Veck carraspeó.
—Qué han dicho los de Asuntos Internos. —No era una pregunta. Y esos oscuros ojos azules permanecieron clavados en la base de datos—. Por eso has venido, ¿verdad?
—Bueno y también para darte el café. Aunque parece como si te hubieran cuidado.
—Recepción abajo.
Ah, sí. Las dos Kathy, Brittany deletreada Britnae y Theresa. Probablemente todas pensaban que el tipo era un héroe.
José carraspeó.
—Resulta que el fotógrafo ya tiene algunos cargos por acoso pendientes contra él porque tiene el hábito de aparecer en sitios donde no es bienvenido. Él y su abogado sólo quieren hacerlo desaparecer porque otro asunto de invadir-la-escena-de-un-crimen no va a ser bueno para él. Asuntos Internos ha tomado declaraciones de todos y la conclusión es que es simple asalto por tu parte… ningún agravante. Además el fotógrafo dice que se negará a cooperar con el fiscal del distrito contra ti si se llega a eso. Probablemente porque piensa que le ayudará.
Ahora esos mirones se movieron.
—Gracias a Dios.
—No te emociones demasiado.
Veck entrecerró los ojos, pero no con confusión. Sabía exactamente cual era el problema
Y aún así no preguntó, sólo esperó.
José miró alrededor. A las diez de la noche, la oficina del Departamento de Homicidios estaba vacía, aunque los teléfonos todavía sonaban, pequeños ruidos de gorgojeo saltando aquí y allá hasta que el buzón de voz se comía las llamadas. En el vestíbulo, el personal de limpieza estaba con el aspirador, el zumbido de múltiples aparatos de esos venían del pasillo, al lado del laboratorio CSI.
Así que no había razón para no hablar directamente.
De todos modos, José cerró la puerta principal. Volvió con Veck, se sentó otra vez y recogió un clip perdido, dibujando una pequeña imagen invisible sobre la falsa madera del escritorio.
—Me preguntaron que pensaba de ti. —Se golpeó la sien con el clip—. Mentalmente. Como de atar estás.
—Y tú dijiste…
José se encogió de hombros y permaneció tranquilo.
—Que ese cabrón estaba sacando fotos de un cadáver. Por beneficio
José levantó la palma para cortar la protesta.
—No vas a discutir eso. Joder, todos quisimos golpearle. La cuestión es que… si no te hubiera detenido… hasta dónde habrías llegado, Veck.
Eso consiguió otro ceño del tío.
Y luego la mierda se quedó realmente inmóvil. Mortalmente inmóvil. Bien, menos por los teléfonos.
—Sé que has leído mi archivo —dijo Veck.
—Sí.
—Sí, bien, yo no soy mi padre. —Las palabras fueron dichas en un tono bajo y lento—. Ni siquiera crecí con el tipo. Apenas le conocí y no soy como él.
Archiva eso bajo: a veces estás de suerte.
Thomas Del Vecchio tenía muchas cosas yendo a por él: había sacado sobresalientes en justicia criminal… el mejor de su clase en la academia de policía… sus tres años en la patrulla eran inmaculados. Y era tan guapo que nunca se compraba su propio café.
Pero era el hijo de un monstruo.
Y esa era la raíz del problema que tenían. Por todo lo que era cierto y apropiado, no era justo colocar los pecados del padre alrededor del cuello del hijo. Y Veck tenía razón: según sus evaluaciones mentales, había salido tan normal como cualquiera.
Luego José lo había tomado como compañero sin pensar ni por un momento en su padre.
Eso había cambiado desde anoche y el asunto era la expresión que había estado en la cara de Veck cuando había ido a por ese fotógrafo.
Tan frío. Tan tranquilo. Sin más emoción que si hubiera estado abriendo una lata de soda.
Habiendo trabajado en Homicidios casi toda su vida adulta, José había visto muchos asesinos. Tenías crímenes de pasión que se perdían por un tío o una mujer, tenías el departamento de imbéciles, con la mente cubierta de droga y alcohol y relacionados también con las bandas y luego tenías los sicóticos sádicos que debían ser eliminados como perros rabiosos.
Todas esas variaciones sobre el tema provocaban una tragedia inimaginable para las familias de las víctimas y la comunidad. Pero ellos no eran los que mantenían a José levantado por la noche.
El padre de Veck había asesinado a veintiocho personas en diecisiete años… y ésos fueron sólo los cuerpos que habían sido encontrados. El bastardo estaba en el corredor de la muerte ahora mismo, apenas a doscientos kilómetros en Somers, Connecticut, y estaba a punto de que le dieran la inyección, a pesar del número de apelaciones que su abogado había introducido. Pero ¿qué era lo realmente jodido? Thomas Del Vecchio, padre, tenía un club de admiradores que era mundial. Con cien mil amigos en Facebook, productos en Café Press y canciones escritas sobre él por bandas de death-metal, era una celebridad infame.
Joder, como Dios que era su testigo que toda esa mierda volvía loco a José. Esos idiotas que idolatraban al cabrón deberían venir a su trabajo una semana. Ver cómo de geniales pensaban que eran los asesinos en la vida real.
Mientras las cosas continuaban, nunca había conocido a Del Vecchio, el viejo, en persona, pero había visto muchos videos de varios fiscales de distrito y entrevistas de policías. En la superficie, el tío era lúcido y tan calmado como un instructor de yoga. Agradable, también. No le importaba quien estuviera delante de él o lo que se dijera para provocarle, nunca gesticulaba, nunca se rompía, nunca daba ni una indicación de algo de que eso importara.
Pero José había visto algo en su cara… y también lo habían hecho algunos de los otros profesionales: de vez en cuando, tenía un brillo en los ojos que hacía que José agarrara su cruz. Era el tipo de cosas que un chico de dieciséis años podría hacer cuando veía una moto rojo cereza conducida por una chica con el culo como una manzana con una camiseta enseñando el vientre. Era como la luz del sol brillando sobre una hoja afilada… un breve destello de luz y delicia.
Sin embargo eso era todo lo que había revelado. La evidencia lo había condenado, nunca su testimonio.
Y ese era la clase de asesino que dejaba a José mirando al techo mientras su esposa dormía a su lado. Del Vecchio padre era lo bastante listo para mantener el control y borrar las huellas. Era independiente e ingenioso. Y tan implacable como el cambio de estaciones… era Halloween en un universo paralelo: en vez de un Joe normal con una máscara, era un demonio detrás de una cara amistosa y guapa.
Veck se parecía al padre.
—Oyes lo que digo.
Ante el sonido de la voz del chico, José se centró.
—Sí.
—Entonces esto somos tú y yo —dijo Veck bruscamente—. ¿Estás diciendo que no quieres trabajar más conmigo? ¿Asumiendo que todavía tenga trabajo?
José volvió al boceto que hacía con el clip.
—Asuntos Internos te dará una advertencia.
—¿De verdad?
—Les dije que tu cabeza estaba donde debía —dijo José después de un momento.
Veck carraspeó.
—Gracias, tío.
José siguió moviendo el clip, el pequeño ruido de arañazos sonó muy alto.
—La presión en este trabajo es asesina. —Ante eso, miró a Veck directamente a los ojos—. No va a volverse más fácil.
Hubo una pausa. Entonces su compañero murmuró:
—No crees lo que les has contado, ¿verdad?
José se encogió de hombros.
—El tiempo lo dirá.
—¿Por qué coño entonces me has salvado el trabajo?
—Supongo que siento que deberías tener una oportunidad de reparar tus errores… incluso si no son realmente tuyos.
Lo qué José se guardó para sí fue que no era la primera vez que había aceptado a un compañero que tenía cosas que solucionar en el trabajo por así decirlo.
Sí y mira como había resultado Butch O’Neal: desaparecido. Presumiblemente muerto. A pesar de lo que José había pensado que había oído en esa cinta del 911.
—Yo no soy mi padre, Detective. Te lo juro. Sólo porque estaba siendo profesional cuando golpeé al tipo…
José se inclinó hacia delante, los ojos perforando los del chico.
—Cómo sabías que eso era lo que me molestaba del ataque. Cómo sabías que la calma era la clave.
Mientras Veck palidecía, José retrocedió despacio. Después de un rato, sacudió la cabeza.
—Eso no significa que seas un asesino, hijo. Y simplemente porque temas algo no significa que sea verdad. Pero creo que tú y yo necesitamos aclararlo. Como te dije, no creo que sea justo que te midan por una regla diferente a causa de tu padre… pero si tienes otro arrebato como ese sobre cualquier cosa y quiero decir multas de estacionamiento —cabeceó hacia la taza del Starbucks— café malo, demasiado almidón en tu camisa... la maldita fotocopiadora... se acabó. ¿Nos entendemos? No permitiré que alguien peligroso use una insignia… o un arma.
Bruscamente, Veck volvió a mirar fijamente su monitor. Allí estaba la cara de una bonita rubia de diecinueve años que había desaparecido en las dos semanas anteriores. Ningún cuerpo todavía pero José estaba dispuesto a apostar que ya estaba muerta.
Después de cabecear, Veck recogió el café y se puso cómodo en su silla.
—Trato hecho.
José exhaló y puso el clip donde pertenecía, en la pequeña caja transparente con el borde magnético.
—Bien. Porque tenemos que encontrar a este tipo antes de que atrape a alguien más.

Capítulo 39

Viajando al sur por la “Northway", como Manuel la llamaba, los ojos de Payne estaban hambrientos por el mundo a su alrededor. Todo era una fuente de fascinación, desde las corrientes del tráfico a ambos lados de la carretera, al vasto cielo negro de arriba y al frío de la noche que entraba de golpe en el coche cada vez que abría la ventanilla.
Lo cuál era aproximadamente cada cinco minutos. Adoraba el cambio de temperatura, del calor al frío, del calor al frío… Era tan diferente al Santuario, donde todo era mono climático. Además estaba la gran explosión de aire que la soplaba en la cara, le enredaba el pelo y la hacía reír.
Y entonces, por supuesto, cada vez que ella lo hacía, miraba a Manuel y se encontraba con que este sonreía.
—No me has preguntado a donde vamos —dijo, después de que acabara de cerrarla.
En verdad, no importaba. Estaba con él, eran libres y estaban solos, lo que era más que suficiente…
Bórrale. Al final de la noche, bórrale y vuelve aquí. Sola.
Payne se guardó el respingo para sí misma: Wrath, hijo de Wrath, tenía esa clase de voz que iba con el trono, la corona y las dagas negras colgadas en el pecho. Y el tono real no era apariencia. Esperaba ser obedecido y Payne no tenía ninguna falsa idea de que porque fuera la hija de la Virgen Escriba, de algún modo no estuviera sujeta a sus reglas. Mientras estuviera aquí, este era el mundo de Wrath y ella estaba en él.
Mientras el Rey pronunciaba esas palabras atroces, ella había cerrado los ojos con fuerza y en el silencio posterior, se dio cuenta de inmediato que Manuel y ella no irían a ninguna parte a menos que ella aceptara.
Y luego…
—¿Te gustaría saberlo? ¿Hola? ¿Payne?
Con un sobresalto, ella forzó una sonrisa en su cara.
—Preferiría ser sorprendida.
Ahora él sonrió profundamente.
—Aún más divertido, como dije, quiero presentarte a alguien. —Su sonrisa se desvaneció un poco—. Creo que ella te gustará.
¿Ella? ¿Cómo una hembra?
¿Cómo?
En verdad, eso sólo sucedería si el "ella" en cuestión tenía cara de caballo y un culo grande, pensó Payne.
—Que encantador —dijo.
—Aquí está nuestra salida. —Hubo un suave clic, clic, clic y luego giró la rueda y los sacó de la carretera más grande a una rampa.
Cuando se pararon en una línea con otros vehículos, miró a lo lejos, a la inmensa y distante ciudad, mientras sus ojos luchaban por comprender: grandes edificios marcados con un incalculable número de luces diminutas que se alzaban desde la cobertura del suelo de estructuras más pequeñas y no era un lugar estático. Luces rojas y blancas serpenteaban en los bordes… sin duda cientos de coches en carreteras semejantes por donde acababan de viajar.
—Estás mirando la ciudad de Nueva York —dijo Manny.
—Es... hermosa.
Él rió un poco.
—Partes de ella ciertamente lo son. Y la oscuridad y la distancia son grandes artistas del maquillaje.
Payne estiró la mano y tocó la ventanilla clara de cristal delante de ella.
—Donde me quedé, arriba, no había grandes vistas. Ninguna grandiosidad. Nada excepto el opresivo cielo lechoso y la asfixiante frontera del bosque. Todo esto es tan maravilloso…
Un sonido áspero sonó detrás de ellos y luego otro.
Manny miró por el pequeño espejo sobre su cabeza.
—Relájate, compañero. Ya voy...
Mientras aceleraba, cerrando rápidamente la distancia con el coche de delante, ella se sintió mal por haberle distraído.
—Lo siento —murmuró—. No quería que pasara.
—Puedes hablar para siempre y te escucharé con mucho gusto.
Bien, saber eso no era bueno.
—Estoy familiarizada con algunas de las cosas que presencio aquí, pero en su mayor parte todo esto es una revelación. Los recipientes de visiones que tenemos al Otro Lado sólo ofrecen fotos de lo que sucede sobre la Tierra, centrándose en personas, no en objetos, a menos que tal inanimado formara parte del destino de alguien. Verdaderamente, proporcionan sólo destino, no progreso... vida, no paisajes. Esto es… todo por lo que quería ser libre.
—¿Cómo te escapaste?
Cuándo, pensó ella.
—Bien, la primera vez... me di cuenta que cuando mi madre otorgaba las audiencias a la gente de abajo, había una pequeña ventana por lo cual la barrera entre los dos mundos era… una especie de malla. Descubrí que podía mover mis moléculas entre los espacios diminutos que se creaban y así fue cómo lo hice. —El pasado la atrajo, los recuerdos estallaron vivos y ardieron no sólo en su mente, sino en su alma—. Mi madre se puso furiosa y salió en mi busca, exigiendo que volviera al Santuario… y le dije que no. Que tenía una misión y que ni siquiera ella podía apartarme del camino. —Payne sacudió la cabeza—. Después de que yo... hiciera lo que tenía que… pensé que viviría mi vida, pero hubo cosas que no anticipé. Aquí abajo, necesito alimentarme y… hay otras preocupaciones.
Su necesidad, específicamente… aunque ella no fuera a explicar la manera en que su tiempo fértil la había golpeado y paralizado. Había sido tal sorpresa. Arriba, las hembras de la Virgen Escriba estaban listas para concebir casi todo el tiempo y así las grandes oscilaciones de hormonas no afectaban sus cuerpos. Sin embargo, una vez que bajaban y pasaban un día o más, el ciclo se topaba con ellas. Gracias a las Parcas que era sólo una vez por década… aunque Payne había asumido erróneamente que tendría diez años hasta que tuviera que preocuparse por ello.
Desafortunadamente, había resultado que eran diez años después de que el ciclo se iniciara por primera vez: su necesidad había empezado no más que un mes después de que hubiera salido del Santuario.
Mientras recordaba los grandes dolores de apareamiento que la habían dejado indefensa y desesperada, se centró en la cara de Manuel. ¿La atendería él en su tiempo de necesidad? ¿Cuidaría de sus violentos anhelos y la calmaría con la liberación de su sexo? ¿Podía un humano hacer eso?
—¿Pero acabaste por volver allí otra vez? –preguntó.
Payne carraspeó.
—Sí, lo hice. Tuve algunas... dificultades y mi madre vino a mí de nuevo. –Verdaderamente, a la Virgen Escriba le había aterrorizado que unos machos con ganas de aparearse se abalanzaran sobre su única hija, quien ya había "arruinado" tanto de la vida que le había sido dada—. Me dijo que me ayudaría, aunque sólo en el Otro Lado. Acordé ir con ella, pensando que sería como antes… y que podría encontrar un modo de salir. Sin embargo, eso no fue lo que sucedió.
La mano de Manny cubrió la suya.
—Pero, ahora estás fuera.
¿Lo estaba? El Rey Ciego estaba intentando gobernar su destino justo como había hecho su madre. Sus razones eran menos egoístas, reconoció, puesto que después de todo, tenía la Hermandad, sus shellans y una niña viviendo bajo su techo y eso era muy digno de proteger. Excepto que ella temía que Wrath compartiera el punto de vista de su hermano sobre los humanos: a saber que eran como lessers esperando ser llamados al servicio.
—¿Sabes que? —dijo ella.
—Qué.
—Creo que podría permanecer en este automóvil contigo para siempre.
—Gracioso... me siento exactamente igual —Más chasquidos de clic–clic y luego giraron a la derecha.
Mientras seguían adelante, había menos coches y más edificios, y ella vio lo que él quería decir acerca de que la noche mejoraba el semblante de una ciudad, no había grandiosidad en este vecindario. Las ventanas rotas estaban ennegrecidas como si hubieran perdido dientes y la mugre que desaparecía en los flancos de los almacenes y tiendas eran arrugas de la edad. Las picaduras hechas por la putrefacción, accidentes o vandalismo estropeaban lo que una vez fueron sin duda fachadas suaves y brillantes, las pinturas se habían desteñido, la frescura de la juventud largamente perdida frente a los elementos y el paso del tiempo.
Y sinceramente, los humanos que se apoyaban en las sombras no estaban en mejores condiciones. Llevaban ropa arrugada del color del pavimento y el asfalto, parecían llevar una carga encima, como si una barra invisible les hubiera forzado a estar de rodillas… y los fuera a mantener allí.
—No te preocupes —dijo Manuel—. Las puertas están cerradas.
—No tengo miedo. Estoy… entristecida, por alguna razón.
—La pobreza urbana te provocará eso.
Pasaron al lado de otra caja podrida con apenas techo ocupada por dos humanos que compartían un único abrigo. Nunca había pensado que encontraría algo de valor en la perfección opresiva de Santuario. Pero acaso su madre había creado el refugio para proteger a las Elegidas contra vistas como estas. Vidas… como esas.
Sin embargo, los alrededores pronto mejoraron ligeramente. Y poco después, Manuel salió de la carretera a un terreno que corría paralelo a un complejo nuevo y extenso que parecía cubrir una gran cantidad de terreno. Las luces dominaban todos los alrededores, brazos estirados que lanzaban una iluminación aterciopelada sobre los edificios bajos, sobre los techos brillantes de los dos vehículos aparcados y sobre los arbustos recortados que bordeaban los senderos.
—Ya estamos —dijo él, parando y girándose hacia ella—. Voy a presentarte como una colega, ¿de acuerdo? Sólo sigue la corriente.
Ella sonrió.
—Intentaré hacerlo.
Salieron juntos y... oh, el aire. Un aroma tan complejo de bueno y malo, de metálico y dulce, de sucio y divino.
—Adoro esto —dijo—. ¡Adoro esto!
Extendió los brazos y dio vueltas, girando sobre un pie que había sido metido en una bota justo antes de salir del complejo. Mientras paraba su vuelta y sus brazos bajaban a los lados, se encontró con que Manuel la miraba y tuvo que reír avergonzada.
—Lo siento. Yo…
—Ven aquí —gruñó él, bajando los párpados, su mirada caliente y posesiva.
Instantáneamente, el sexo de ella despertó, su cuerpo se ruborizó. Y de algún modo, supo que se tomaría su tiempo mientras se acercaba a él, supo alargarlo y hacerlo esperar, incluso si no era mucho.
—Me deseas —arrastró las palabras cuando estuvieron cara a cara.
—Sí. Joder, sí. —Las manos la agarraron por la cintura y la empujaron contra él—. Dame tu boca.
Mientras ella hacía eso, le envolvió los brazos alrededor del cuello y se fundió en su cuerpo sólido. El beso fue posesivo por todas partes, por ambos lados y cuando terminó, ella no pudo dejar de sonreír.
—Me gusta cuando eres exigente —dijo ella—. Me lleva de vuelta a la ducha, cuando tú…
Él dejó salir un gemido y la interrumpió, poniendo la mano suavemente sobre su boca.
—Sí, lo recuerdo. Créeme… lo recuerdo.
Payne lamió su palma.
—Me lo harás otra vez. Esta noche.
—Seré tan afortunado.
—Lo serás. Y yo también.
Él rió un poco.
—¿Sabes qué? Voy a necesitar ponerme uno de mis abrigos.
Manuel volvió a abrir su puerta y se inclinó dentro del coche. Cuando reapareció, sacó una chaqueta blanca ajustada que tenía su nombre en letra cursiva en la solapa. Y ella supo por el modo en que cerró las dos mitades que trataba de cubrir la respuesta de su cuerpo a ella.
Lástima. Le gustaba verlo en esa condición, todo orgulloso y duro.
—Venga, vamos dentro —dijo, tomándola de la mano. Y entonces entre dientes, pareció agregar—, antes de que entre…
Cuando él no terminó la oración, Payne dejó su sonrisa justo donde estaba, en el centro de su cara.
Después de un examen más de cerca, el complejo parecía estar fortificado para un asedio, con discretas barras en las ventanas y una cerca alta que se estiraba en la distancia.
Las puertas a las que se acercaron también tenían barras y Manuel no comprobó sus asideros.
Algo lógico para comprobar la seguridad del edificio, pensó ella. Dado la “maravillosa” parte de la ciudad que habían visto.
Manuel pulsó un botón e inmediatamente una pequeña voz cascada dijo:
—Hospital Equino Tricounty.
—Doctor Manuel Manello. —Giró la cabeza hacia una cámara—. Estoy aquí para ver…
—Hola, doctor. Entre.
Entonces hubo un zumbido y Manuel sostuvo la puerta abierta para ella.
—Después de ti, bambina.
El interior estaba vacío y muy limpio, con un suave suelo de piedra lisa y filas de asientos, como si la gente pasara mucho tiempo en este cuarto delantero. En las paredes, imágenes de caballos y ganado enmarcadas, muchos de los animales tenían cintas rojas y azules colgando de sus ronzales. Al otro lado, había un panel de cristal con la palabra RECEPCION en relieve encima con letras de oro simétricas y había puertas… tantas puertas. Esas con un símbolo masculino y un símbolo femenino... esas con signos como DIRECTOR VETERINARIO... y ADMINISTRACION… y DIRECTOR DE PERSONAL.
—¿Qué es este lugar? —preguntó.
—Un salvavidas. Vamos… por aquí.
Abrió un par de puertas dobles y fue hacia un macho humano uniformado que estaba sentado detrás de un escritorio.
—Hola, doctor Manello. —El hombre bajó un periódico que tenía New York Post en grandes letras en la parte superior—. Hace mucho que no lo veíamos.
—Esta es una colega mía, Pa… Pamela. Vamos a ver a mi chica.
El hombre humano se centró en la cara de Payne. Y entonces pareció sacudirse.
—Ah... está donde usted la dejó. El doctor pasó mucho tiempo con ella hoy.
—Sí. Llamó. —Manuel golpeó el escritorio con los nudillos—.Nos vemos enseguida.
—Claro, doc. Encantado de conocerla… Pamela.
Payne inclinó la cabeza.
—Es encantador conocerle a usted también.
Había un silencio incómodo cuando se enderezó. El hombre humano estaba absolutamente golpeado por ella, la boca ligeramente abierta, los ojos abiertos de par en par… y muy apreciativos.
—Tranquilo, grandullón —dijo Manuel sombríamente—. Puedes seguir parpadeando durante un tiempo… como ahora. De verdad. Sinceramente.
Manuel se interpuso entre ellos y la tomó de la mano al mismo tiempo, bloqueando la vista y estableciendo su dominio sobre ella. Y eso no fue todo: las especias oscuras emanaron de él, el olor era una advertencia al otro hombre de que la hembra que admiraba sólo estaba disponible por encima del cuerpo frío y muerto de Manuel.
Y eso la hizo sentirse como si tuviera un sol ardiendo en el centro del pecho.
—Vamos Pay… Pamela. —Mientras Manuel tiraba de ella y la pareja empezaba a caminar, añadió en un murmullo—: Antes de que la mandíbula del chico caiga de su cara y aterrice en la sección de deportes.
Payne saltó una vez. Y luego lo hizo otra vez.
Manuel la miró.
—Ese pobre guardia de ahí detrás casi tiene una experiencia cercana a la muerte con su insignia siendo empujada por su garganta y ¿tú estás feliz?
Payne le besó en la mejilla rápidamente, viendo detrás de la falsa seriedad en la atractiva cara.
—Me gustas.
Manuel puso los ojos en blanco y la empujó por el cuello, devolviendo el beso.
—Claro.
—Claro —imitó…
Alguien tropezó con los pies del otro, fue difícil decir quien fue y Manuel fue él único que los atrapó evitando que cayeran.
—Debemos prestar atención —dijo su macho—. Antes de que seamos nosotros los que necesitemos resucitación.
Ella le dio un codazo.
—Una sabia extrapolación.
—Me estás golpeando el culo.
Payne miró por encima de su hombro. Y luego le golpeó el culo… con fuerza. Cuando él gritó, ella le guiñó.
—Efectivamente. Indudablemente. Lo estoy. —Dejando caer los párpados y su voz, dijo con amaneramiento—: ¿Te gustaría que lo hiciera otra vez, Manuel? Quizás… ¿en el otro lado?
Mientras ella meneaba las cejas, el sonido de la risa de él estalló y llenó el pasillo vacío, resonando por todas partes. Y cuando chocaron el uno contra el otro otra vez, la hizo parar.
—Espera, debemos hacerlo mejor. —La metió bajo su brazo, le besó la frente y se alineó con ella—. A la de tres, empieza con el derecho. ¿Preparada? Uno... dos… tres.
Ante la indicación, los dos extendieron sus largas piernas derechas y luego la izquierda, la derecha… la izquierda…
Perfectamente emparejados.
Lado a lado.
Recorrieron el pasillo. Juntos.
*  *
Manny nunca había pensado que su sexy vampira podría tener sentido del humor. ¿Y no redondeaba eso su conjunto perfectamente?
Oh, demonios, eso no era todo. Era su maravilla, su alegría, la sensación de que estaba dispuesta a cualquier cosa. Ella no era en absoluto como esas frágiles y quebradizas famosillas de la buena sociedad o las modelos delgadas como fideos con las que se había citado.
—¿Payne?
—¿Sí?
—Si te dijera que me gustaría subir una montaña esta noche…
—¡Oh! ¡Lo adoraría! Debería adorar ver la vista desde…
Bingo. Aunque, Dios, tenía que preguntarse por la crueldad de encontrar finalmente a su pareja perfecta... en alguien tan fundamentalmente incompatible.
Cuando llegaron al segundo par de puertas dobles que llevaban a la parte clínica de caballospital, él empujó una mitad y sin perder el ritmo, giraron de lado y entraron arrastrando lo pies… y fue cuando sucedió.
Ahí fue cuando él se enamoró por completo de ella.
Fue su cháchara feliz, la vitalidad de su paso y los ojos helados que brillaban como cristal. Era la historia que había compartido, la dignidad que mostraba y el hecho de que había sido juzgada contra el estándar al que estaba acostumbrado en sus citas… y ahora no podría soportar sentarse a una mesa para cenar. Era el poder en su cuerpo, la agudeza de su mente y…
Cristo... ni siquiera había pensado en el sexo.
Irónico. Ella le había dado los orgasmos de su vida y ni siquiera estaban en lo alto de su lista de Te–amo–porque.
Suponía que ella era de la clase espectacular.
—Estás sonriendo, Manuel —dijo Payne—. ¿Quizás anticipando algún futuro instante de mi mano sobre tu trasero?
—Sí. Eso es exactamente.
La atrajo para otro beso y trató de ignorar el dolor en el pecho: ninguna necesidad de estropear el tiempo que tenían con el adiós que los esperaba. Eso iba a venir bastante pronto.
Además, casi habían alcanzado su destino.
—Ella está aquí —dijo, dirigiéndose a la izquierda y entrando en el área de establos de recuperación.
En el instante que abrió la puerta, Payne vaciló, apareció un ceño mientras los relinchos y los golpeteos ocasionales de pezuñas se abrían camino en el aire con olor a heno.
—Más allá. —Manny le tiró de la mano—. Su nombre es Glory.
Glory era la última a la izquierda, pero en el instante que él dijo su nombre, se extendió un cuello largo y elegante y una cabeza perfectamente proporcionada surgió de la parte superior de su establo.
—Hola, chica –dijo él. En respuesta, la yegua dejó salir un saludo remilgado, levantando las orejas puntiagudas y hociqueando el aire.
—Parcas misericordiosas —respiró Payne, soltándose de su mano y avanzando por delante de él.
Mientras se acercaba al establo, Glory sacudió la cabeza, las crines negras volando por todas partes y tuvo una visión repentina de Payne siendo mordida.
—Ten cuidado —dijo mientras daba un pequeño salto—. No le gusta…
En cuando Payne puso la mano sobre el morro, Glory se movió adelante en busca de más, golpeando contra la palma, buscando un abrazo apropiado.
—… la gente nueva —terminó Manny de forma poco convincente.
—Hola, bonita —murmuró Payne, los ojos mirando al caballo mientras se reclinaba contra el establo—. Eres tan hermosa… tan grande y fuerte... —Las pálidas manos encontraron el cuello negro y lo acariciaron con un ritmo lento—. ¿Por qué están vendadas sus patas delanteras?
—Se rompió la derecha. Mal. Hace cosa de una semana.
—¿Puedo entrar?
—Ah... —Dios, no se lo podía creer, pero Glory parecía estar enamorada, sus ojos en blanco mientras le rascaban detrás de las orejas—. Sí, creo que estará bien.
Soltó el picaporte de la puerta y los dos se deslizaron dentro. Y mientras Glory retrocedía… sobre el que había sido su lado bueno…
Había perdido tanto peso que las costillas asomaban como estacas de vallas bajo la piel.
Y estaba dispuesto a apostar que cuando la novedad de sus visitantes disminuyera, su explosión de energía se desvanecería rápidamente.
El mensaje del buzón de voz del médico había sido demasiado oportuno: ella estaba fallando. El hueso roto se curaba, pero no lo bastante rápido y la redistribución de masa había provocado que la articulación de la pata opuesta se debilitara y separara.
Glory extendió el hocico hacia su pecho y le dio un empujón rápido.
—Oye, chiquilla.
—Es extraordinaria. —Payne rodeó la potra palmeándola—. Simplemente extraordinaria.
Y ahora él tenía otra cosa en la conciencia: quizá traer a Payne aquí no había sido un regalo, sino una crueldad. Por qué presentarle a un animal que probablemente iba a ser…
Dios, ni siquiera podía pensarlo.
—Tú no eres el único que es territorial —dijo Payne suavemente.
Manny miró alrededor de la cabeza de Glory.
—¿Perdón?
—Cuando me dijiste que iba a conocer a una hembra, yo… yo esperaba que tuviera cara de caballo.
Él rió y acarició la frente de Glory.
—Bueno, tiene eso.
—¿Qué vas a hacer con ella?
Mientras él trataba de formar las palabras, agarró la melena que caía justo encima de los ojos oscuros de la potra.
—Tu falta de respuesta es respuesta suficiente —dijo Payne tristemente.
—No sé por qué te he traído aquí. Quiero decir… —Carraspeó—. Realmente, sé por qué… y es jodidamente patético. Todo lo que tengo es mi trabajo... Glory es lo único que no es mi trabajo. Esto es personal para mí.
—Debes tener el corazón destrozado.
—Lo estoy. —Bruscamente, Manny miró por encima del lomo de su caballo a la cabeza de cabello oscuro de la vampira que había colocado la mejilla contra el flanco de Glory.
—Estoy… absolutamente destruido por la pérdida.

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