martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 4 5 6

Capítulo 4

En el centro de Caldwell, había un montón de edificios altos y llenos de ventanales, pero había pocos como el Commodore. Con sus buenos treinta pisos de altura, estaba entre los más altos del bosque de cemento y los aproximadamente sesenta apartamentos que contenía eran Trump-tásticos, todo mármol, cromados y absoluto diseño.
Arriba, en la planta veintisiete, Jane deambulaba por el apartamento de Manny, en busca de signos de vida y no encontrando… nada. Literalmente. La casa del tipo tenía tanto de pista de obstáculos como una condenada pista de baile, el mobiliario consistía en tres cosas en el salón y una cama enorme en la habitación principal.
Eso era todo.
Bueno y unos taburetes con el asiento tapizado en piel junto al mostrador de la cocina. ¿En las paredes? Lo único que había colgando era una pantalla de TV de plasma del tamaño de una valla publicitaria. Y en los suelos de madera no había alfombras, solo bolsas de gimnasia y… más bolsas de gimnasia… y zapatillas de deporte.
Lo que no significaba que fuera un desordenado. No tenía suficientes cosas como para que se le pudiera considerar desordenado.
Con un ataque de pánico, entró en su habitación y vio media docena de pijamas de hospital azules colocados en pilas sobre el suelo, como charcos después de una tormenta y… nada más.
Pero la puerta del armario estaba abierta y miró en el interior…
—Mal… dita sea.
Los tamaños del juego de maletas alineado en el suelo eran pequeño, mediano y grande… y la de en medio no estaba. También faltaba un traje, como se podía ver por la percha vacía que colgaba entre los demás juegos de americana y pantalón.
Estaba de viaje. A lo mejor de fin de semana.
Sin muchas esperanzas, marcó el número del busca del hospital y le dejó un nuevo mensaje. Le entró una llamada en espera y maldijo al ver el número.
—Hola, V.
—¿Nada?
—Ni en el hospital ni aquí, en su apartamento —el sutil gruñido que llegó a través de la línea intensificó su prisa sin razón—. Y también le busqué en el gimnasio de camino hacia aquí.
—Me he metido en el sistema del St. Francis y he sacado su calendario.
—¿Dónde está?
—Sólo dice que Goldberg está de guardia, ¿no? Mira, ya se ha puesto el sol. Estaré fuera de aquí en como… un…
—No, no… Tú quédate con Payne. Ehlena es genial, pero creo que debes estar allí.
Se produjo una larga pausa, como si él supiera que le estaban manteniendo apartado.
—¿Dónde vas a ir ahora?
Apretó el teléfono y se preguntó a quien debería rezar. ¿A Dios? ¿A su madre?
—No estoy segura. Pero le he dejado mensajes en el busca. Dos veces.
—Cuando le encuentres, llámame e iré a buscaros.
—Puedo llevarnos a casa.
—No voy a hacerle daño, Jane. No tengo intención de abrirle en canal.
Ya, pero a juzgar por ese tono helado, tuvo que preguntarse si los grandes planes de ratones[i] y de vampiros… bla, bla, bla… Estaba bastante segura de que Manny viviría para tratar a la melliza de V. ¿Y después? Tenía sus reservas… sobre todo si las cosas se torcían en el quirófano.
—Voy a esperar aquí un rato más. A lo mejor aparece. O llama. Si no lo hace, ya pensaré otra cosa.
En el largo silencio que siguió, ella prácticamente sintió una corriente helada a través del teléfono. Su compañero hacía muy bien un montón de cosas: pelear, hacer el amor, apañárselas con cualquier cosa que tuviera que ver con la informática. ¿Pero aceptar que le obligaran a quedarse quieto? No era una de sus características principales. De hecho, garantizaba que iba a acabar volviéndose loco.
Aun así, el hecho de que no confiara en ella hacía que Jane se sintiera distante.
—Quédate con tu hermana, Vishous —dijo en tono neutro—. Estaré en contacto.
Silencio.
—Vishous. Cuelga y ve a sentarte con ella.
Él no dijo nada más. Tan solo cortó la comunicación.
Ella maldijo y apretó el botón de colgar.
Apenas un segundo más tarde, estaba marcando de nuevo y en el instante en que escuchó contestar a una voz profunda, tuvo que secarse una lágrima que a pesar de su transparencia era muy, muy real.
—Butch —graznó— Necesito tu ayuda.
*  *
Cuando lo poco que quedaba del atardecer desapareció y la noche fichó para empezar su turno, se suponía que el coche de Manny tendría que haberse dirigido a casa. Se suponía que tenía que haberse conducido él mismo de vuelta al centro de Caldwell.
En lugar de eso, había terminado en el extremo sur de la ciudad, donde los árboles eran grandes y las extensiones de césped ganaban a las de asfalto por diez a uno.
Tenía sentido. En los cementerios tenían que tener grandes extensiones de tierra blanda, porque no es como que se pueda meter un ataúd en cemento.
Bueno, supongo que si se puede… se llama mausoleo.
El cementerio Pine Grove estaba abierto hasta las diez de la noche, con sus inmensas verjas de hierro abiertas de par en par y sus innumerables farolas de hierro forjado iluminando en amarillo el laberinto de caminos. Según entró, giró a la derecha, barriendo con los faros de xenón del Porsche las lápidas de las tumbas y el césped.
El lugar al que se dirigía era como una baliza que, en última instancia, no significaba nada. No había ningún cuerpo enterrado a los pies de la lápida de granito a la que iba, no hubo cuerpo que enterrar. Ni tampoco cenizas que poner en una urna o, por lo menos nada de lo que uno pudiera estar seguro de que no pertenecía en su mayoría a un Audi incendiado.
Después de unos ochocientos metros de giros encadenados, levantó el pie del acelerador y dejó que el coche se detuviera. Por lo que sabía, era el único que quedaba en todo el cementerio y no le parecía mal. No necesitaba público.
Salió del coche y el aire fresco no ayudó a que se le aclarara la cabeza, pero les dio a los pulmones algo que hacer, inhaló profundamente y caminó por la áspera hierba de primavera. Tuvo cuidado de no pisar sobre ninguna de las parcelas mientras avanzaba… vamos, no es que los muertos se lleguen a enterar de que hay gente pisando sobre su parcela de aire, pero no hacerlo parece una cuestión de respeto.
La tumba de Jane estaba justo delante y el redujo la velocidad al acercarse a lo que no quedaba de ella, en este caso. El sonido del silbato de un tren en la distancia rompió el silencio… y el triste y vacío sonido fue como un jodido cliché que le hizo sentirse como si estuviera dentro de una película que jamás se tragaría en casa y desde luego no pagaría por ver en el cine.
—Mierda, Jane.
Inclinándose, acarició con los dedos la parte superior del desigual borde de la lápida. La había elegido de color negro azabache porque ella no hubiera querido nada de color pastel o claro. Y la inscripción era igualmente simple y poco llamativa: tan solo su nombre, fechas y una frase debajo: DESCANSA EN PAZ.
Guay. Se dio a sí mismo un sobresaliente en originalidad por eso.
Recordaba perfectamente donde estaba cuando se enteró de que ella había muerto: en el hospital… por supuesto. Había sido al final de un día muy largo con su noche que había comenzado con la rodilla de un jugador de hockey y terminado con una espectacular reconstrucción de hombro gracias a un drogata que había decidido probar a volar.
Había salido del quirófano y se encontró a Goldberg esperándole junto a los lavabos. Bastó una mirada a la cara cenicienta de su colega para que Manny se detuviera en el proceso de quitarse la mascarilla quirúrgica. Con ella colgando de la cara como un babero, exigió saber qué cojones pasaba, pensando en todo momento que o era un choque múltiple en la autopista o un accidente de avión o un incendio en un hotel… algo que fuera una gran tragedia comunitaria.
Hasta que miró por encima del hombro del tipo y vio cinco enfermeras y tres médicos más. Todos ellos estaban en el mismo estado que Goldberg… y ninguno de ellos andaba corriendo para llamar al personal para rotaciones o para preparar las salas de operaciones.
Vale. Era un acontecimiento comunitario. De su comunidad.
—Quién —demandó.     
Goldberg echo un vistazo a sus refuerzos y en ese momento Manny se lo imaginó. Y aunque se le quedaron las tripas heladas, se agarró a la esperanza irracional de que el nombre que estaba a punto de salir de la boca del cirujano fuera cualquier cosa menos…
—Jane. Accidente de coche.
Manny no dejó pasar un latido.
—¿Cual es su tiempo estimado de llegada?
—No hay ninguno.
Ante eso, Manny no dijo nada. Simplemente se arrancó la mascarilla de la cara, la levantó y la lanzó en el cubo más cercano.
Mientras pasaba, Goldberg abrió la boca otra vez.
—Ni una palabra —ladró Manny—. Ni. Una. Palabra.
El resto del personal tropezó entre sí para quitarse de en medio, separándose de una manera tan limpia y segura como un trozo de tela roto por la mitad.
De vuelta al presente, no recordaba donde había ido o qué había hecho después de eso. No importaba cuántas veces reprodujera esa noche en su mente, esa parte era como un agujero negro. Sin embargo, en algún momento volvió a su apartamento, porque se despertó allí dos días más tarde, llevando todavía el pijama de quirófano lleno de sangre con el que había operado.
Entre las terribles noticias del asunto en general, estaba el hecho de que Jane había salvado a mucha gente que había sufrido accidentes de coche. La idea de que se la habían llevado precisamente de esa forma hacía pensar en una venganza de la Parca por todas las almas que había arrancado a la huesuda mano de la muerte.
El sonido del silbato de otro tren estuvo a punto de hacerle gritar.
Ese y el del soplapollas de su busca.
Hannah Whit. ¿Otra vez?
Quien coño…
Manny frunció el ceño y contempló la lápida. Si recordaba bien, Hannah era la hermana pequeña de Jane. Whit. ¿Whitcomb?
Solo que había muerto joven.
¿No?         
*  *
 Loca. Paseando arriba y abajo.
Dios, tenía que haberse traído los zapatos de trecking para esto, pensó Jane mientras recorría el apartamento de Manny. Otra vez.
Hubiera dejado el apartamento si hubiera tenido otra idea mejor de a dónde ir, pero ni siquiera su cerebro, tan afilado como era, parecía ser capaz de ofrecer otra alternativa.
El sonido de su teléfono no eran exactamente buenas noticias. No quería contarle a Vishous que cuarenta y cinco minutos más tarde aún no tenía nada de que informar.
Sacó el móvil.
—Oh… Dios…
Ese número. Esos diez dígitos que había tenido en marcación rápida en cada teléfono que había tenido antes de este. Manny.
Al presionar contestar, tenía la mente en blanco y los ojos llenos de lágrimas. Su querido y viejo amigo, su colega…        
—¿Hola? —dijo— ¿Señora Whit?
Ella escuchó un leve silbido de fondo.
—¿Hola? ¿Hannah? —Ese tono… era exactamente el mismo de hacía un año: bajo, autoritario—. ¿Hay alguien ahí?
Ese leve silbido otra vez.
Dios Bendito…., pensó. Sabía dónde estaba.
Jane colgó y se impulsó fuera del apartamento, del centro de la ciudad, de las afueras. Viajando en un borrón a la velocidad de la luz, sus moléculas atravesaron la noche en una espiral vertiginosa que recorría kilómetros como si fueran centímetros.
El cementerio de Pine Grove era el tipo de lugar para el que se necesita un mapa, pero cuando eres éter en el aire, puedes revisar 40 hectáreas en un latido y medio.
Mientras surgía de la oscuridad junto a su tumba, hizo una inspiración entrecortada y casi se puso a llorar. Ahí estaba, en carne y hueso. Su jefe. Su colega. Al que había dejado atrás. Y estaba de pie frente a una lápida negra con su nombre grabado.
Vale, ahora sabía que había tomado la decisión correcta no asistiendo a su funeral. Lo más cerca que había llegado fue a leer acerca de ello en el Caldwell Courier Journal y la imagen de todos esos cirujanos, personal del hospital y pacientes casi la parte por la mitad.
Esto era muchísimo peor.
Y Manny aparentaba encontrarse exactamente igual que ella: destrozado por dentro.
Jesús, ese aftershave que usaba seguía oliendo bien… y aunque había perdido algo de peso, seguía siendo guapo como un pecado, con ese pelo oscuro y esa cara de rasgos duros... Llevaba un traje de raya diplomática perfectamente cortado, pero tenía suciedad en los bajos de los pantalones perfectamente planchados. Y los zapatos también estaban sucios de tierra, lo que le hizo preguntarse dónde demonios había estado. Con toda seguridad no se había manchado en la tumba. Después de un año, el suelo estaba ya apisonado y cubierto de hierba…        
Ah, espera. Seguramente su parcela estaba así desde el primer día. Ella no había dejado detrás nada para enterrar.
Al ver como los dedos de Manny reposaban en la piedra, ella supo que tuvo que haber sido él quien la eligió. Nadie más hubiera tenido el detalle de ponerle exactamente lo que hubiera querido. Nada elaborado ni lleno de palabrería. Corto, dulce, directo.
Jane se aclaró la garganta.
—Manny.
Él levantó la cabeza bruscamente, pero no le dirigió la mirada, como si estuviera convencido de que solo la había oído en su cabeza.
Haciéndose completamente corpórea, ella habló más alto.
—Manny.
En otras circunstancias, su respuesta hubiera significado una carcajada. Él se dio la vuelta, pegó un grito, tropezó con la lápida y aterrizó sobre su culo.
—¿Qué… demonios… estás haciendo aquí? —jadeó. Su expresión inicial era de horror, pero cambió rápidamente a completa incredulidad.
—Lo siento.
Era completamente absurdo, pero fue lo único que salió de su boca.
Y menuda forma de hablar sobre la marcha. Al encontrarse con esos ojos marrones, repentinamente se quedó sin nada que decir.
Manny se puso en pie rápidamente y su oscura mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo. Y de arriba abajo. Y arriba… hasta fijarse en su cara.            
Entonces llegó el enfado. Y un dolor de cabeza, a juzgar por su mueca de dolor y la forma de frotarse las sienes.
—¿Esto es algún tipo de broma?
—No —ella deseaba que lo fuera—. Lo siento tanto.
Su ceño malhumorado era dolorosamente familiar y qué ironía ponerse nostálgica sobre un ceño como ese.
—Lo sientes.
—Manny, yo…
—Te enterré. ¿Y lo sientes? ¿Qué coño es esto?
—Manny, no tengo tiempo de explicártelo. Te necesito.
Él la miró durante un largo momento.
—¿Apareces después de llevar muerta un año y me necesitas?
La realidad de todo el tiempo que había transcurrido le pesaba. Por encima de todo lo demás.
—Manny… no sé qué decirte.
—¿De verdad? Aparte de “oh, por cierto, estoy viva”.
Se quedó mirándola. Simplemente mirándola.
Entonces dijo con voz ronca:
—¿Tienes idea de lo que ha significado perderte? —Se pasó rápidamente la mano por los ojos—. ¿La tienes?
El dolor de su pecho le hacía difícil respirar.
—Sí. Porque yo te perdí a ti… Perdí mi vida contigo y el hospital.
Manny comenzó a pasear arriba y abajo delante de su lápida y aunque lo deseaba, ella sabía que no se tenía que acercar.  
—Manny… si hubiera habido alguna manera de volver a ti, lo hubiera hecho.
—Lo hiciste. Una vez. Pensé que era un sueño, pero no lo era, ¿verdad?
—No.
—¿Cómo conseguiste entrar en mi apartamento?
—Simplemente lo hice.
Él se paró y la miró, con la lápida entre ellos.
—¿Por qué lo hiciste, Jane? ¿Por qué fingiste tu muerte?
Bueno, en realidad no lo hizo.
—No tengo tiempo para explicártelo ahora.
—Entonces qué cojones estás haciendo aquí. Qué tal si me explicas eso.
Ella carraspeó.
—Tengo un paciente que es demasiado para mí y quiero que vengas a echarle un vistazo. No puedo decirte donde voy a llevarte y no puedo darte muchos detalles y sé que esto no es justo, pero te necesito. —Ella quería tirarse de los pelos. Tirarse al suelo a llorar. Abrazarle. Pero siguió adelante simplemente porque tenía que hacerlo—.Llevo buscándote más de una hora, así que no tengo más tiempo. Sé que estás cabreado y confundido y no te culpo por ello. Pero enfádate conmigo más tarde, ahora solo ven conmigo. Por favor.
Todo lo que podía hacer era esperar. Manny no era alguien a quien podías convencer de nada, no se podía persuadir. Haría su elección… o no la haría.
Y si se trataba del último caso, desgraciadamente tendría que llamar a los Hermanos. Por mucho que quisiera y echara de menos a su antiguo jefe, Vishous era su hombre y maldita fuera si permitía que nada le ocurriera a su hermana.
De una u otra forma, Manny iba a operar esta noche.



[i] Referencia a “De ratones y de hombres”, de Steinbeck

Capítulo 5

Butch O’Neal no era el tipo de hombre que dejaba a una dama en apuros.
Era la vieja escuela dentro de él… el poli dentro de él… el católico devoto y practicante en él. Dicho esto, en el caso de la conversación telefónica que acababa de tener con la encantadora y talentosa doctora Jane Whitcomb, la caballerosidad no jugaba en su levántate-y-sal pitando. En lo más mínimo.
Mientras salía del Pit y casi corría a través del túnel subterráneo hacia el centro de entrenamiento de la Hermandad, sus intereses y los de ella estaban totalmente alineados incluso sin tener en cuenta toda la cosa de “ser un caballero”: ambos estaban aterrorizados de que V estuviese fuera de control otra vez.
Las señales ya estaban ahí: todo lo que tenías que hacer era mirarle y podías ver que la tapa de su olla Crock-Pot estaba atornillada fuerte sobre la tensión y la confusión que se agitaba debajo. ¿Toda esa presión? Tenía que conseguir salir por algún lado y en el pasado lo había hecho de las maneras más desastrosas.
Caminando a través de la puerta oculta y emergiendo en la oficina, Butch torció a la derecha y salió disparado por el largo corredor que daba a las instalaciones médicas. La ráfaga sutil de tabaco turco en el aire le dijo exactamente dónde estaba su objetivo, pero no era como si hubiese alguna duda.
En la puerta cerrada de la sala de reconocimiento, acomodó los puños de su camisa Gucci y se subió el cinturón.
Su golpe fue suave. Los latidos de su corazón eran fuertes.
Vishous no respondió con un “entra”. A pesar de ello, el hermano se deslizó dentro y cerró la puerta detrás de él.
Mierda, se veía mal. Y le temblaban las manos ligeramente mientras liaba un clavo-de-su-ataúd. Mientras lo lamía para pegarlo, Butch escarbó dentro de su bolsillo y cogió un encendedor, encendiendo la llama y sosteniéndola hacia delante.
Cuando su mejor amigo se inclinó hacia la llama naranja, reconoció cada gesto en esa cara cruel e imperturbable.
Jane estaba totalmente en lo cierto. El pobre bastardo estaba hirviendo con fuerza y manteniéndolo todo dentro.
Vishous inhaló profundamente y luego retrocedió contra el muro de hormigón, los ojos enfocados directamente al frente, las shitkickers plantadas firmemente.
Finalmente, el tipo murmuró,
—No estás preguntando cómo estoy.
Butch tomó la misma postura, justo al lado de su chico.
—No tengo que hacerlo.
—¿Lees la mente?
—Ajá. Ese soy yo.
V se inclinó a un lado y golpeó las cenizas en la papelera.
—Entonces dime en qué estoy pensando, ¿vale?
—¿Seguro que quieres que maldiga tan cerca de tu hermana? —Cuando consiguió una carcajada corta, Butch miró fijamente el perfil de V. Los tatuajes alrededor del ojo del tipo eran especiales y siniestros, otorgándole la nube de control que le rodeaba como un invierno nuclear.
—No quieres que adivine en voz alta, V —dijo suavemente.
—Nah. Dispara.
Eso significaba que V necesitaba hablar pero, de manera característica, estaba demasiado cerrado para sacarlo fuera: El macho siempre había sido cerrado para relacionarse, pero últimamente estaba mejor de lo que había estado. ¿Antes? No lo habría hecho aunque hubiesen hecho estallar esa puerta por completo.
—Ella te pidió que la cuidases si esto no funcionaba, ¿no? —dijo Butch, expresando lo que más temía—. Y no en términos de cuidados paliativos.
La respuesta de V fue una exhalación que duró unos quiiiiiiiiiiiiiince minutos eternos.
—¿Qué vas a hacer? —dijo Butch, a pesar de que sabía la respuesta.
—No vacilaré. —El aunque eso me mate estaba implícito.
Jodida vida. A veces las situaciones que se presentaban ante las personas eran demasiado crueles.
Butch cerró los ojos y permitió que su cabeza cayese hacía atrás contra la pared. La familia lo era todo para los vampiros. Tu compañera, los hermanos con los que luchabas, tu sangre… ese era todo tu mundo.
Y según esa teoría, V sufría como lo hacía él. Y Jane. Y el resto de la Hermandad.
—Esperemos que la cosa no llegue a eso. —Butch miró la puerta cerrada—. Doc Jane ha ido a buscar al tipo. Ella es un bulldog…
—¿Sabes de qué me di cuenta hace unos diez minutos?
—¿De qué?
—Que aunque no hubiese sido de día, ella habría ido sola a buscar al tipo.
Cuando la esencia de macho vinculado flotó, Butch pensó, Bien, obviooo. Jane y el cirujano habían estado unidos durante años, así que si había que convencerle, tendría mejor suerte por su cuenta… asumiendo que ella pudiese superar todo el asunto de volver-desde-la-muerte. Además de que V era un vampiro. Hola. ¿Cómo si alguien necesitara añadir algo más a este lío?
Y en ese apunte, teniéndolo todo en cuenta, sería genial si el cirujano midiese un metro y medio, fuese bizco y su espalda fuese peluda como la de un oso. Ser condenadamente feo sería su único amigo si la parte de macho emparejado de V estaba siendo provocado.
—Sin ofender —murmuró Butch—, ¿pero puedes culparla?
—Es mi melliza. —El tipo se pasó la mano a través del pelo oscuro—. Maldita sea, Butch… mi hermana.
Butch sabía mucho más que un poco sobre cómo se sentía una perdida, así que sí, él podía sentir al macho en ese frente. Y tío, no se iba a apartar del lado del hermano: Jane y él eran los únicos que habían rezado por el descarrilado Vishous cuando había estado así. Y Jane iba a tener sus manos llenas con el cirujano y su paciente…
El sonido del móvil de V les hizo saltar a ambos, pero el Hermano se recuperó rápido y no hubo un segundo tono antes de que lo llevara a su oreja.
—¿Sip? ¿Lo hiciste? Gracias… joder… sip. Sip. Te encontraré aquí en el aparcamiento. Está bien. —Hubo una breve pausa y V echó una ojeada como si deseara estar sólo.
Desesperado por diluirse como el aire, Butch miró sus mocasines Dior Homme. Al hermano realmente nunca le habían gustado las DPA ni hablaba de cosas personales con Jane si había audiencia. Pero dado que Butch era un mestizo, no podía desmaterializarse y, ¿adónde diablos podía correr?
Después de que V murmurase un rápido “adiós”, aspiró profundamente su cigarrillo y farfulló cuando exhaló,
—Puedes dejar de pretender que no estás cerca de mí.
—Es un alivio. Soy desastroso para eso.
—No es tu culpa que ocupes espacio.
—¿Entonces ella lo ha conseguido? —Cuando Vishous asintió con la cabeza, Butch se puso mortalmente serio—. Prométeme algo.
—Qué.
—No matarás a ese cirujano. —Butch sabía exactamente lo que era tropezar fuera del mundo y caer dentro de esta conejera de vampiros. En su caso, había salido bien, ¿pero cuando se trataba de Manello?—. Esto no es culpa del tipo y no es su problema.
V apagó la colilla contra la papelera y echó un vistazo, sus ojos de diamante fríos como una noche ártica.
—Vamos a ver cómo va, poli.
Con eso, se giró y se abrió paso de un golpe a donde estaba su hermana.
Bien, al menos el HDP era honesto, pensó Butch con una maldición.
*  *
A Manny realmente no le gustaba que otras personas condujeran su Porsche 911 Turbo. De hecho, salvo el mecánico, nadie lo había hecho jamás.
Esta noche, sin embargo, Jane Whitcomb estaba detrás del volante porque: uno, ella era competente y podría cambiar de marcha sin machacar su transmisión contra un tocón; dos, Jane había sostenido que el único modo de llevarle adónde iban era si ella hacía la rutina de las manos a las diez-y-dos; y tres, él aún estaba conmocionado por ver a alguien que había enterrado salir de los arbustos con un hola-cómo-estás.
Así que tal vez conducir maquinaria pesada yendo a 110 kilómetros por hora no era una buena idea.
Podía no creer que estaba sentado cerca de ella, dirigiéndose hacia el norte, en su coche.
Pero por supuesto él había dicho que sí a su petición. Era un bobo con las mujeres en apuros… y también era un cirujano yonkie del quirófano.
Obviooo.
Aunque tenía muchas preguntas. Un gran cabreo, también. Y sip, seguro, tenía la esperanza de conseguir un lugar de paz, luz y sol y toda esa mierda ñoña, pero no estaba conteniendo la respiración por el oh dios-todo-geniaaaaaaaaaaaaal. Lo que era un tanto irónico. ¿Cuántas veces había mirado al techo durante la noche, todo repantigado en su sitio de echarse-a-dormir con su nuevo hábito por el Lagavulin, rezando para que por algún milagro su ex jefa de trauma volviera con él?
Manny miró de reojo su perfil. Iluminada por el resplandor del salpicadero, ella todavía era elegante. Todavía era fuerte.
Todavía su tipo de mujer.
Pero eso nunca sucedería ahora. Aparte de todo el mentiroso-mentiroso-cara-de-oso sobre su muerte, había un anillo de bronce gris en su mano izquierda.
—Te has casado —dijo él.
Ella no le miró, simplemente siguió conduciendo.
—Sí. Lo hice.
El dolor de cabeza que había aparecido en el momento en que ella había hecho su aparición, había pasado instantáneamente de malo a espantoso. Y mientras tanto, los recuerdos indefinidos tipo Lago Ness bajo la superficie de su mente consciente, lo atormentaban y le hacían querer esforzarse para revelarlos totalmente.
Sin embargo, tenía que cortar esa búsqueda de conocimiento y recuperación antes de que le estallase un aneurisma por la tensión. Además no estaba llegando a ninguna parte con eso… no importaba lo duro que lo intentase, no podía llegar a lo que sentía que estaba allí y tenía la sensación de que podía hacerse un daño permanente si seguía forcejeando.
Miró por la ventanilla del coche, los esponjosos pinos y los mullidos robles que se alzaban hacia la luna, el bosque que recorría los alrededores de las afueras de Caldwell creciendo cada vez más espeso mientras se dirigían al norte desde la ciudad propiamente dicha y su asfixiante grupo de población y edificios.
—Te mataste aquí —dijo con gravedad—. O al menos fingiste hacerlo.
Un motorista había encontrado su Audi, en y entre los árboles de un tramo de carretera no lejos de allí, el coche se había salido del arcén. Ningún cuerpo, sin embargo, a causa del fuego.
Jane se aclaró la garganta.
—Siento que todo lo que tengo es “lo siento”. Y eso apesta.
—No es una fiesta para mí tampoco.
Silencio. Mucho silencio. Pero él no era el que iba a preguntar si lo único que recibía a cambio era lo siento.
—Me gustaría poder habértelo dicho —dijo ella abruptamente—. Fuiste lo más difícil de dejar.
—Aunque no dejaste tu trabajo, ¿no? Porque todavía sigues trabajando como cirujana.
—Sí, lo hago.
—¿Cómo es tu marido?
Ahora ella hizo una mueca de dolor.
—Vas a conocerle.
Genial. Fantástico.
Reduciendo la velocidad, tomó un desvío a la derecha hacia… ¿un camino de tierra? ¿Qué diablos?
—PTI —murmuró él—, este coche ha sido fabricado para pistas de carreras, no llenas de baches.
—Éste es el único camino.
¿A dónde?, se preguntó.
—Me las pagarás.
—Lo sé. Y tú eres el único que puede salvarla.
Los ojos de Manny brillaron.
—No dijiste que era un “ella”.
—¿Debería importar?
—Teniendo en cuenta lo poco que sé de todo esto, cualquier cosa importa.
A unos diez metros pasaron a través del primero de incontables charcos que eran tan profundos como malditos lagos. Mientras el Porsche salpicaba por ellos, sintió el chirrido en los sensibles bajos de su coche y rechinó los dientes.
—Una vez solucionado lo de este paciente, quiero venganza por lo que le estás haciendo a los bajos de mi coche.
Jane dejó salir una risita y por alguna razón, eso hizo que el centro de su pecho doliese… pero seamos realistas. No era como si ellos hubiesen estado juntos alguna vez. Cierto, había habido atracción por parte de él. Una gran atracción. Y, también, un beso. Sin embargo, eso era todo.
Y ahora ella era Sra. De Otro.
Además de retornada de la jodida muerte.
Cristo, ¿en qué clase de vida se encontraba? Bien pensado, tal vez era un sueño… del tipo que le animaba, porque quizá lo de Glory tampoco había ocurrido.
—No me has dicho que clase de lesión —dijo él.
—Rotura de la columna. Entre la T6 y la T7. No hay sensibilidad por debajo de la cintura.
—Mierda Jane… eso es mucho pedir.
—Ahora ya sabes por qué te necesito tanto.
Aproximadamente cinco minutos más tarde, se acercaron a una puerta que parecía haber sido erigida durante las Guerras Púnicas… la cosa estaba colgando en la perspectiva de Alicia en el País de las Maravillas, la cadena de eslabones oxidada del todo y rota en algunos sitios. ¿Y la cerca que lo dividía en dos? Ese PDM no valía la pena el esfuerzo, nada más que casi dos metros de alambre de púas para ganado que había visto días mejores.
A pesar de todo, la maldita cosa se abrió suavemente. Y, mientras entraban, vio la primera de las cámaras de vídeo.
Mientras avanzaban a paso de tortuga, una extraña niebla apareció de la nada, volviendo el paisaje borroso hasta que no pudo ver a más de treinta centímetros por delante de la rejilla del coche. Por amor de dios, era como si estuviesen en un episodio de ScoobyDoo.
Y luego hubo una curiosa progresión: La siguiente puerta estaba en un estado ligeramente mejor y la de después era aún más nueva y la número cuatro parecía no tener más de un año, como mucho.
La última puerta a la que llegaron era de un resplandeciente escupe-y-brilla, y muy parecida a Alcatraz: la jodida alcanzaba unos ocho metros por encima del suelo y había avisos de alto voltaje por todas partes. ¿Y en cuanto a la pared? Esa mierda no era nada para el ganado, más bien para velociraptores: y qué te apuestas a que la sólida pared de delante estaba hecha con piedras macizas de treinta o incluso cincuenta centímetros de grosor.
Manny giraba la cabeza de un lado a otro mientras Jane y él la atravesaban y empezaban a descender dentro de un túnel que podía haber tenido un cartel de “Holland” o “Lincoln” clavado en ella por su fortificación. Cuanto más bajaban, más grande era la pregunta que se había estado haciendo desde que la había visto aparecer por primera vez: ¿por qué fingir su muerte? ¿Por qué causar ese tipo de caos que le había causado a su vida y a las vidas de las otras personas que habían trabajado con ella en St. Francis? Ella nunca había sido cruel, nunca había sido una mentirosa y no tenía problemas financieros ni nada por lo que salir corriendo.
Ahora lo sabía sin que ella le dijese una palabra:
El Gobierno de los EE.UU.
Ese tipo de instalaciones, con ese tipo de seguridad… ¿escondido a las afueras de una ciudad lo bastante grande, pero no tan enorme como Nueva York, L.A. o Chicago? Tenía que ser el gobierno. ¿Quién más podría permitirse esta mierda?
¿Y quién diablos era esa mujer a la que tenía que tratar?
El túnel terminaba en un aparcamiento subterráneo tipo estándar, con sus columnas y sus pequeños puntos amarillos pintados… y sin embargo, tan grande como aparentaba ser, el sitio estaba vacío excepto por un par de camionetas indescriptibles con ventanillas oscuras y un pequeño autobús que también tenía cristales tintados.
Antes de que ella aparcase siquiera el Porsche, una puerta de acero se abrió de golpe y…
Una mirada al enorme tipo que había salido y la cabeza de Manny estalló, el dolor empezó detrás de sus ojos haciéndose tan intenso que se quedó inmóvil en el asiento, los brazos cayendo a los costados y la cara contrayéndose por la agonía.
Jane le dijo algo. Una puerta de coche se abrió. Después algo se quebró en su interior.
El aire que le golpeó olía a seco y vagamente como tierra… pero había algo más. Colonia. Un olor a especias que estaba entre caro y agradable, pero algo que también le hacía sentir el curioso deseo de alejarse.
Manny se obligó a abrir los párpados. Su visión era condenadamente tambaleante, pero era increíble que pudieras mover tu culo si tenías que hacerlo… y cuando el hombre frente a él entró en su campo de visión, se encontró mirando fijamente al hijo de puta de la perilla que había…
En una nueva ola de jodido dolor, sus ojos se pusieron en blanco y estuvo a punto de vomitar.
—Tienes que liberar sus recuerdos —escuchó decir a Jane.
Hubo alguna conversación en ese momento, la voz de su ex colega mezclada con el tono profundo de ese tipo con tatuajes en la sien.
—Lo está matando…
—Hay demasiado riesgo…
—¿Cómo diablos va a operar así?
Hubo un largo silencio. Y luego de repente, el dolor se retiró hacia atrás como si fuera un velo, toda la presión yéndose en un abrir y cerrar de ojos. En su lugar, los recuerdos inundaron su mente.
El paciente de Jane. De vuelta al St. Francis. El hombre con la perilla… y el corazón de seis cavidades. El que había aparecido en su oficina y cogido los archivos con la anomalía de su corazón.
Manny abrió los ojos y fulminó esa cara cruel.
—Te conozco.
—Sácalo del coche —fue la única respuesta del de la perilla—. No confío en mí para tocarlo.
Menudo comité de bienvenida.
Y había alguien más detrás del enorme bastardo. Un hombre al que Manny estaba totalmente seguro de haber visto antes… Aunque debía haber sido sólo de pasada, porque no podía evocar un nombre o recordar donde se habían encontrado.
—Vamos —dijo Jane.
Seh. Gran idea. A estas alturas, necesitaba algo para centrarse en otra cosa que este ¿qué-me-estás-contando?
Mientras el cerebro de Manny se esforzaba por procesar lo que estaba pasando, al menos sus pies y piernas parecían empezar a funcionar bien. Y después de que Jane le ayudase a salir del coche y a ponerse vertical, les siguió a ella y al Odioso-Señor-Barba-de-Chivo dentro de una instalación que era tan anodina y limpia como cualquier hospital: los pasillos estaban despejados, había luces fluorescentes con paneles en el techo, todo olía a desinfectante Lysol.
Y también estaban las luces parpadeantes de las cámaras de seguridad a intervalos regulares, como si el edificio fuese un monstruo con muchos ojos.
Mientras caminaban, Manny sabía que era mejor no hacer ninguna pregunta. Bueno, eso y que tenía tan perturbada la cabeza, que estaba bastante jodidamente seguro de que la deambulación era todo lo que estaba a la medida de sus capacidades en ese momento. Y luego estaba el de Barba-de-Chivo y su mirada asesina… no era exactamente una oportunidad para chácharas.
Puertas. Atravesaron muchas puertas. Todas ellas estaban cerradas y, sin duda, bloqueadas.
Pequeñas palabras felices como localización secreta y seguridad nacional jugaban a la rayuela en su parque craneal y eso ayudaba mucho, haciéndole pensar que quizá podría olvidar a Jane apareciendo como un fantasma para él… con el tiempo.
Cuando Jane se detuvo delante de un par de dobles puertas batientes, sus manos juguetearon con las solapas de su bata blanca y luego con el estetoscopio en su bolsillo. Y eso lo hizo sentirse como si tuviese una pistola en la cabeza: en el quirófano, en los innumerables desórdenes de trauma, ella siempre se había mantenido fría. Ese había sido su sello personal.
Aunque esto era personal, pensó él. De alguna forma, lo que estaba al otro lado la tocaba de cerca.
—Tengo buenas instalaciones aquí —dijo ella—, pero no todo. No hay RM. Solo escáner, TAC y rayos X. Pero el quirófano debería ser adecuado y no sólo puedo ayudarte yo, sino que tengo una enfermera excelente.
Manny respiró profundamente, llegando hasta el fondo, reforzándose. A fuerza de voluntad, se deshizo de todas las preguntas y del persistente ay-ay-ay en su cabeza y la novedad de este descenso al país de 007.
¿Lo primero en la lista? Deshacerse del toca-pelotas.
Miró sobre su hombro al de la Barba-de-Chivo.
—Tienes que darte la vuelta, tío. Te quiero fuera de la sala.
La respuesta que le llegó como una relampagueante noticia fue… simplemente fang—tástica: El cabrón desnudó un par de caninos espantosamente largos y gruñó, naturalmente, como un perro.
—Bien —dijo Jane, colocándose entre ellos—. Está bien. Vishous esperará fuera de aquí.
¿Vishous? ¿Había oído bien?
Entonces seguro que la mamá del bebote había dado en el clavo, considerando aquel pequeño espectáculo dental. Lo que fuera. Manny tenía un trabajo que hacer y quizá el bastardo podría ir a masticar cuero crudo o algo.
Entrando en la sala de exploración…
Oh… Dios mío.
Oh… Dios del cielo.
La paciente que había en la mesa estaba yaciendo tan calmada como el agua y… era probablemente lo más hermoso que hubiese visto nunca. Su cabello era negro azabache y estaba peinado en una gruesa trenza que colgaba de la parte libre cerca de su cabeza. Su piel era de un tono dorado, como si fuese de origen italiano y hubiese estado recientemente al sol. Sus ojos… sus ojos eran como diamantes, incoloros y brillantes, sin nada más que un borde oscuro alrededor del iris.
—¿Manny?
La voz de Jane estaba justo detrás de él, pero la sintió como si estuviese a kilómetros de distancia. De hecho, el mundo entero estaba en algún otro lugar, nada existía excepto la mirada de su paciente cuando ella levantó la vista hacia él desde su cabeza inmovilizada.
Finalmente había sucedido, pensó mientras buscaba dentro de su camisa y cogía la pesada cruz. Toda su vida se había estado preguntando por qué nunca se había enamorado y ahora conocía la respuesta: Había estado esperando este momento, a esta mujer, este instante.
Esta hembra es mía, pensó.
Y a pesar de que eso no tenía ningún sentido, su convicción era tan fuerte que no podía cuestionarla.
—¿Eres el sanador? —dijo ella en una voz baja que le paró el corazón—. ¿Estás… aquí por mí?
Sus palabras tenían un fuerte acento, precioso y también un poco sorprendidas.
—Sip. Soy yo. —Se arrancó la chaqueta del traje y la lanzó a la esquina, sin importarle una mierda dónde iba a parar—. Estoy aquí por ti.
Mientras él se acercaba, esos impresionantes ojos de hielo se inundaron de lágrimas.
—Mis piernas… siento como si se estuvieran moviendo, pero no puedo hacerlo.
—¿Duelen?
—Sí.
Dolor fantasma. No era una sorpresa.
Manny se detuvo cerca de ella y miró su cuerpo, el cual estaba cubierto con una sábana. Era alta. Medía más o menos un metro ochenta. Y estaba hecha de un impecable poderío.
Era un soldado, pensó, mirando la fuerza de sus brazos. Era una luchadora.
Y, Dios, la pérdida de la movilidad en alguien como ella, le quitaba el aliento. Incluso aunque fueses un teleadicto, la vida en una silla de ruedas era una putada y media, pero en alguien así, podía ser una sentencia de muerte.
Manny estiró el brazo y le sujetó la mano… y en el instante en que hizo contacto, todo su cuerpo fue un ¡vamos despiértate!, como si ella fuese la toma de corriente para su propio enchufe.
—Voy a cuidar de ti —le dijo mientras la miraba directamente a los ojos—. Quiero que confíes en mí.
Ella tragó con fuerza mientras una lágrima de cristal se deslizaba por su sien. Por instinto, se adelantó con la mano libre y la capturó con la yema del dedo…
El gruñido que se filtró desde la puerta era la cuenta atrás para patearle el culo, si alguna vez lo había escuchado. Excepto que cuando le echó un vistazo a Barba-de-Chivo sintió que él le gruñía en respuesta al hijo de puta. Lo cual, una vez más, no tenía sentido.
Sin soltar la mano de su paciente, le ladró a Jane.
—Saca a ese miserable bastardo de mi quirófano. Y quiero ver los malditos escáneres y radiografías. Ahora.
Aunque lo matasen, iba a salvar a esta mujer.
Y mientras los ojos de Barba-de-Chivo relampagueaban de puro odio, Manny pensó, Bueno, mierda, podía reducirse sólo a eso…


Capítulo 6

Qhuinn estaba solo de juerga por Caldwell.
Por primera vez en su puta vida.
Lo cual, cuando pensaba acerca de ello, era casi una imposibilidad estadística. Había pasado tantas noches luchando y bebiendo y follando en y alrededor de los clubes del centro, que de seguro una o dos veces tenía que haber sido volando solo. Pero no. Mientras entraba al Iron Mask, se encontró por primera vez sin sus dos compañeros.
Sin embargo, las cosas ahora eran diferentes. Los tiempos habían cambiado. La gente, también.
John Matthew estaba ahora felizmente emparejado, así que cuando tenía un turno libre, como esta noche, se quedaba en casa con su shellan, Xhex, y le daba a su cama un zarandeo de mil demonios. Y sip, seguro, Qhuinn era el ahstrux nohtrum del tipo y todo eso, pero Xhex era una asesina symphath más que capaz de guardar a su macho, y el complejo de la Hermandad de la Daga Negra era una fortaleza en la que ni siquiera un equipo de SWAT podría penetrar. Así que John y él habían llegado a un acuerdo, y lo mantenían entre ellos.
Y con respecto a Blay…
Qhuinn no iba a pensar en su mejor amigo. No. Para nada.
Examinando atentamente el interior del club, activó su filtro de follables y comenzó a seleccionar entre las mujeres, los hombres y las parejas. Había una razón y sólo una, por la cual venir aquí y era la misma que para los otros góticos del lugar.
Esto no era para buscar una relación. No era ni siquiera para buscar compañía. Esto era todo sobre entrar y salir, y cuando eso se había terminado, sería un caso de, Gracias, ma’am, o señor, dependiendo de su estado de ánimo, Me piro. Porque iba a necesitar a alguien más. O a alguienes más.
No había manera de que ésta noche fuera a ser cosa de un solo intento. Se sentía como si fuera a sacarse la piel a tiras, con el cuerpo prácticamente temblándole por la necesidad de liberación. Hombre, siempre le había gustado follar, pero en el último par de días, su libido se había vuelto como Godzilla...
¿Seguiría siendo Blay su mejor amigo?
Qhuinn hizo una pausa y por un instante buscó una ventana de cristal laminado para atravesarla con la cabeza: por todos los demonios, no tenía cinco años de edad. Los machos adultos no tenían mejores amigos. No los necesitaban.
Especialmente si dicho macho se estaba tirando a alguien más. Todo el santo día. Cada maldito día.
Qhuinn se encaminó resueltamente hacia el bar.
—Herradura[i]. Doble. Y que sea Selección Suprema.
Los ojos de la mujer se encendieron detrás de las falsas pestañas marcadamente delineadas.
—¿Quieres que te abra una cuenta?
—Sip. —Y teniendo en cuenta la manera en que pasaba la mano bajando por su prieto abdomen y cadera, estaba claro que podía haber ordenado una ronda con ella también.
Cuando le pasó su tarjeta negra American Express, sacudió las tetas como loca al aceptar la maldita cosa, inclinándose de tal modo que también podría haber estado intentando recoger una varilla de cóctel del suelo con los pezones.
—Regresaré enseguida con tu bebida.
Qué sorpresa.
—Genial.
Mientras se alejaba meneando las caderas, desperdiciaba su tiempo lastimosamente; no era para nada lo que estaba buscando para esta noche, ni siquiera se acercaba. Género incorrecto, en primer lugar. Y no iba a ir por nadie de cabello oscuro. De hecho, no podía creer lo que deseaba.
Ser ciego a los colores tenía sus limitaciones, pero cuando sólo vestías de negro y trabajabas de noche, la mayor parte del tiempo no era un asunto tan grave. Por otro lado, sus disparejos ojos eran tan agudos y sensibles a las variantes del gris que en realidad podía distinguir los “colores”, todo era una cuestión de grados. Por ejemplo, sabía quiénes eran rubios en el club. Distinguía la diferencia entre el cabello castaño y el pelo negro. Y sí, podía juzgar mal si uno de los jodidos idiotas se había teñido el pelo estando dopado, pero incluso entonces, normalmente podía saber que algo andaba mal, porque el tono de piel nunca parecía encajar.
—Aquí tienes —dijo la camarera.
Qhuinn extendió la mano para alcanzar el vaso, se lo bebió de un trago y lo dejó vacío de vuelta en el bar.
—Intentémoslo un par de veces más.
—Enseguida. —Ella volvió a exhibir sus tetas talla extra grande, esperando sin duda que le metiera mano—. Eres mi cliente número uno. Porque es obvio que sabes aguantar la bebida.
Ajá. Claro. Como si la habilidad para mandarse al gaznate tres caballitos de alcohol, fuera la gran cosa. Dios, la idea de que a alguien con ese esquema de valores se le permitiera votar hacía que quisiera ponerse a buscar de nuevo esa lámina de cristal.
Los humanos eran patéticos.
Aunque, pensó mientras se volvía para mirar hacia la multitud, tal vez fuera una buena jugada moderar su actitud. Él mismo era bastante jodidamente patético esta noche. Especialmente cuando alcanzó a ver a dos hombres apartados en una esquina, separados tan sólo por la ropa de cuero que llevaban puesta. Naturalmente uno era rubio. Justo como su primo. Así que por supuesto, hipotéticas escenas de Blay con Saxton se desplegaron a través de su campo de polo mental, marcando todo su proverbial césped con huellas de cascos y sembrándolo de mierda de caballo.
Excepto que ellos no estaban hipotéticamente juntos ¿no era así? Al final de cada noche, cuando después de la Última Comida, se levantaba la mesa en la mansión de la Hermandad y la gente se dirigía a hacer sus cosas, Blay y Saxton siempre se encaminaban discretamente a la gran escalera y desaparecían por la galería del piso de arriba hasta sus dormitorios.
Nunca se tomaban de las manos. Nunca se besaban delante de nadie. Y tampoco se lanzaban miradas ardientes disimuladas. Pero al fin y al cabo, Blay era un caballero. Y Saxton, la Puta con Clase, ponía en escena una buena actuación.
Su primo era un puto hecho y derecho...
No, no lo es, señaló una vocecita. Sólo lo odias porque se está tirando a tu chico.
—Él no es mi chico.
—¿Qué has dicho?
Qhuinn fulminó con la mirada al entrometido y luego se echó hacia atrás observando al cabrón. Bingo, pensó.
De pie a su lado se encontraba un macho humano, de más o menos uno ochenta de altura, con un magnífico cabello, un rostro agradable y labios muy atractivos. Sus ropas no eran del todo góticas, pero llevaba unas cadenas en las caderas y un par de aros en una de las orejas. Pero fue el color del cabello lo que en verdad lo decidió.
—Hablaba conmigo mismo —murmuró Qhuinn.
—Ah. Yo hago eso todo el tiempo. —Le dirigió una breve sonrisa y luego el tipo volvió a dedicarse a su bebida…
—¿Qué estás bebiendo? —preguntó Qhuinn.
Levantó un vaso medio vacío.
—Vodka tónica. No soporto esa mierda de mariquitas.
—Tampoco yo. Tequila es lo mío. Puro.
—¿Patrón[ii]?
—Nunca. Tomo HD.
—Ah —El tipo se dio la vuelta, y se quedó con la mirada perdida en la multitud.
—Te gusta lo auténtico.
—Sip.
Qhuinn quería preguntar si el señor V&T estaba observando a los tipos o a las chicas, pero se reservó el pensamiento para sí. Hombre, ese pelo era asombroso. Abundante. Ondulado en las puntas.
—¿Estás buscando a alguien en particular? —dijo Qhuinn con una voz grave.
—Quizás. ¿Y tú?
—Sin lugar a dudas.
El tío se rió.
—Aquí hay mujeres sexys a montones. Puedes escoger la que quieras.
Hijo. De. Puta. Suerte perra la mía: un hetero. Por otra parte, tal vez pudieran compartir algo y partir desde allí.
El hombre se inclinó acercándose y le ofreció la mano.
—Me llamo...
Mientras ambos se miraban el uno al otro directamente a los ojos, el tipo dejó que su voz se fuera apagando, pero no importaba. A Qhuinn no le interesaba una mierda cual era el nombre.
—¿Tus ojos son de diferente color? —preguntó suavemente el hombre.
—Sip.
—Eso es realmente... genial.
Bueno, sí. A menos que fueras un vampiro nacido dentro de la glymera. En ese caso era un defecto físico que significaba que eras genéticamente defectuoso y por lo tanto una vergüenza para tu línea de sangre y no emparejable en absoluto.
—Gracias —dijo Qhuinn—. ¿De qué color son los tuyos?
—¿No los ves?
Qhuinn dio un golpecito con el dedo a la lágrima que llevaba tatuada debajo del ojo.
—Ciego para los colores.
—Ah. Son azules.
—Y eres pelirrojo ¿no es así?
—¿Cómo lo sabes?
—Por la tonalidad de tu piel. Además estás pálido y tienes pecas.
—Eso es asombroso. —El tipo dio un vistazo alrededor—. Aquí dentro está oscuro… no hubiera creído que pudieras notarlo.
—Supongo que puedo. —Para sí mismo agregó, Y qué te parece si te enseño alguna de mis otras habilidades.
El nuevo compadre de Qhuinn sonrió ligeramente y volvió a escrutar la multitud. Pasado un minuto, dijo:
—¿Por qué me estás mirando de esa manera?
Porque quiero follarte.
—Me recuerdas a alguien.
—¿A quién?
—A alguien que perdí.
—Ah, mierda, lo siento.
—Está bien. Fue culpa mía.
Una breve pausa.
—Así que... eres gay ¿no?
—No.
El tipo se rió.
—Lo siento. Sólo pensé que... Entonces supongo que era un buen amigo.
Sin comentarios.
—Estaba a punto de pedir otra copa. ¿Por qué no te pido otra ronda a ti también?
—Gracias tío.
Qhuinn se dio la vuelta y le hizo señas a la camarera. Mientras esperaba a que se acercara dando saltitos, planeaba la manera de abordarlo. Un poco más de alcohol. Luego, añadiría algunas hembras al conjunto. El paso número tres sería ir atrás y en uno de los baños, follarse a la(s) chica(s).
Luego... más contacto visual. Preferentemente cuando uno o ambos estuvieran dentro de una mujer. Porque por mucho que este pelirrojo de pelo sensacional pareciera estar interesado en las chicas, el hijo de puta había sentido la conexión cuando se miraron el uno al otro y hetero era un término relativo.
Algo así como virgen.
Lo que hacía dos de ellos ¿no era así? Después de todo, Qhuinn nunca, jamás, follaba pelirrojos.
Pero esta noche iba a ser la excepción.





[i] Marca de Tequila mexicano
[ii] Lujosa marca de Tequila mexicano
 

1 comentario:

Mary Madonna Luce dijo...

Al fin nuestro doctorcito comenzara a hacer magia con su trabajo.

Vishous se las ve negras!!!

Pobre Qhuinn...

Quiero su libro!!!