martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 40 41 42

Capítulo 40

Apenas segundos después de que Butch la llamara, Jane se solidificó en la terraza del ático de V. Mientras su forma tomaba peso dentro de su cuerpo, el aire nocturno le pasó sus fríos dedos entre el cabello e hizo que se le humedecieran los ojos.
O… tal vez eran sencillamente lágrimas.
Mirando a través del cristal, vio todo mucho más claramente: la mesa, los látigos, las fustas y las… otras cosas.
Cuando había ido allí con Vishous en otras ocasiones aquellos artículos representativos de su predilección por el sexo duro no le habían parecido nada más que un telón de fondo tentador y ligeramente atemorizante para el increíble sexo que ellos mismos tenían. Pero su versión de “juego” se parecía lo que un caniche a un lobo.
Y qué claramente lo percibía ahora.
¿Qué había usado Butch? ¿En qué condiciones estaba su compañero? ¿Iba a haber un montón de sangre…?
Espera un minuto. ¿Dónde estaba V?
Cruzando la puerta corredera de cristal ella…
Ni una gota de sangre en el suelo. Ni goteo de instrumentos. Ni un gancho de suspensión colgando del techo. Todo estaba exactamente como había estado la última vez que lo vio, como si nada hubiera sucedido…
Un gemido vino de fuera del círculo de la luz de las velas y el sonido le hizo girar la cabeza de golpe. Por supuesto. La cama.
Mientras atravesaba el velo de oscuridad sus ojos se ajustaron a donde él se hallaba: bajo un lío de sábanas de satén, espatarrado boca abajo, retorcido de dolor… ¿o estaba dormido?
—¿Vishous? —dijo en voz baja.
Con un grito, él se despertó inmediatamente, su torso dio un tirón hacia arriba, los párpados se abrieron de golpe. Inmediatamente ella notó que tenía el rostro lleno de marcas medio desaparecidas… y que había otras cruzando sus pectorales y abdominales también. Pero lo que la asustó de verdad fue la expresión que él tenía: estaba aterrorizado.
De golpe se oyó un ruido como de aleteo cuando él apartó de golpe las sábanas de su cuerpo. Mientras se observaba a sí mismo, el sudor manó de su pecho y hombros, su piel brillando de repente incluso en las sombras mientras se tapaba el sexo… como si se estuviera protegiendo lo que le quedaba de él.
Dejando caer la cabeza, empezó a tomar grandes respiraciones. Inhalar. Exhalar. Inhalar. Exhalar…
El ritmo se convirtió en sollozos.
Enroscándose sobre sí mismo, sus manos protegiendo el trabajo de carnicero hecho hacía mucho, mucho tiempo, lloró mares de emoción, su reserva desaparecida, su control desaparecido, su inteligencia ya no era la gobernante de su reino, sino un sujeto.
Ni siquiera se había dado cuenta de que ella estaba allí junto a él.
Y ella se iría, pensó Jane. Él no querría que le viera de esta manera… ni siquiera lo habría querido antes de que todo se desintegrara entre ellos. El macho que ella conocía y amaba y con el que se había emparejado no querría ningún testigo de esto…
Sería difícil decir qué fue lo que captó su atención… y más tarde ella se preguntaría cómo había pillado el momento exacto en el que iba a desmaterializarse para alzar la vista hacia ella.
De manera instantánea quedó incapacitada: si él ya estaba cabreado por lo que había pasado con Payne, ahora la iba a odiar… no había marcha atrás en esta invasión de su privacidad.
—Butch me llamó —soltó ella—. Él pensó que tú…
—Él me hirió… Mi padre me hirió.
Las palabras eran tan débiles y suaves que por poco ni las capta. Pero cuando lo hizo, su corazón sencillamente se detuvo.
—¿Por qué? —preguntó Vishous—. ¿Por qué me hizo esto? ¿Por qué lo hizo mi madre? Jamás pedí nacer de ese par… y no los habría escogido si alguno me lo hubiera preguntado… ¿Por qué?
Sus mejillas estaban mojadas con las lágrimas que brotaban de sus diamantinos ojos, un incesante derramamiento del que no era consciente o aparentemente le daba igual. Y ella tenía la sensación de que iba a pasar un tiempo antes de que la gotera se detuviera: una arteria interior había sido rajada y ésta era la sangre de su corazón, brotando a mares de él, cubriéndolo.
—Lo siento tanto —dijo ella con voz ronca—. No sé la respuesta a los porqués… pero sé que tú no te lo merecías. Y… que no es culpa tuya.
Sus manos dejaron de autoprotegerse y miró hacia abajo. Paso un rato hasta que habló y cuando lo hizo, sus palabras fueron lentas y pensativas… y tan incesantes como sus silenciosas lágrimas.
—Ojalá yo estuviera entero. Ojalá pudiera darte hijos si los hubieras deseado y los pudieras concebir. Ojalá te hubiera dicho que me mataba el que pensaras que había estado con otra persona. Ojalá me hubiera pasado todo este año despertando cada noche y diciéndote que te amaba. Ojalá me hubiera unido a ti apropiadamente la noche en la que volviste a mí de entre los muertos. Ojalá… —Ahora su brillante mirada voló hasta la de ella—. Ojalá yo fuera la mitad de fuerte que tú y ojalá te mereciera. Y… de esto va todo.
Vale. De acuerdo. Ahora estaban llorando los dos.
—Siento tantísimo lo de Payne —dijo ella con la voz rota—. Quería contártelo pero ella se había decidido. Intenté trabajar con ella, de verdad que sí, pero al final… sencillamente… no… no quise que fueras tú el que lo hiciera. Preferiría haber vivido con la horrible verdad sobre mi conciencia durante una eternidad antes que hacer que mataras a tu hermana. O dejar que se hiciera más daño del que ya tenía.
—Lo sé… lo sé ahora.
—Y para ser honesta ¿el hecho de que esté curada? Me entran sudores fríos por lo cerca que hemos estado de perderla.
—Pero está bien. Ella está bien.
Jane se limpió los ojos.
—Y creo que en lo que tiene que ver… —echó una mirada hacia la pared que estaba cubierta por la luz amarillo crema de las velas que no suavizaba en absoluto los afilados bordes ni las incluso más afiladas implicaciones de lo que colgaba de ahí—. En lo que tiene que ver con… las cosas… sobre tú y el sexo, siempre me preocupó que yo no fuera bastante para ti.
—Joder… no… tu eres todo para mí.
Jane se cubrió la boca con una mano para evitar descontrolarse por completo. Porque eso era precisamente lo que necesitaba oír.
—Jamás me puse tu nombre en mi espalda —dijo V—. Pensé que era algo estúpido y una pérdida de tiempo… pero ¿cómo vas a sentirte emparejada sin eso, especialmente cuando todos y cada uno de los machos de la mansión han sido marcados para su shellan?
Dios, ella no había pensado en eso.
V sacudió la cabeza.
—Me has dado espacio… para estar con Butch y luchar con mis hermanos y hacer mis mierdas en Internet. ¿Qué te he dado yo a ti?
—Por ejemplo, mi clínica. No la podría haber construido sin ti.
—No es precisamente un ramo de rosas.
—No menosprecies tu habilidad con la carpintería.
Al oírlo, él sonrió un poco. Y de nuevo se puso serio.
—Quisiera decirte algo que he pensado cada vez que me he despertado junto a ti.
—Por favor.
A Vishous, el que siempre tenía la respuesta para todo, parecía que se le había comido la lengua el gato. Pero entonces dijo:
—Tú eres el motivo por el que me levanto de la cama cada noche. Y eres el motivo por el que no puedo esperar a llegar a casa cada amanecer. No la guerra. Ni los Hermanos. Ni siquiera Butch. Eres.
Ay, qué palabras tan sencillas… pero el significado. Buen dios, el significado.
—¿Ahora me dejarás abrazarte? —dijo ella con voz áspera.
Su compañero abría de par en par sus enormes brazos.
—¿Y si en vez de eso te abrazo yo?
Mientras Jane se acercaba y se zambullía entre ellos, contestó:
—No tiene por qué ser una cosa o la otra.
Instantáneamente se hizo totalmente corpórea sin ningún esfuerzo en absoluto, esa magia química interna entre los dos llamándola a convertirse en ser y manteniéndola así. Y mientras Vishous enterraba su rostro en su pelo y se estremecía como si hubiera corrido una enorme distancia y finalmente estuviera en casa… supo exactamente cómo se sentía él.
*  *
Con su shellan apretada contra él, V se sintió como si hubiera saltado en pedazos… y luego lo hubieran recompuesto.
Dios, lo que Butch había hecho por él. Por todos ellos.
La ruta que el poli había seguido había sido la buena. Horripilante y terrible… pero absolutamente la buena. Y mientras V ahora sostenía a su hembra, sus ojos buscaron el espacio donde él se había derrumbado. Todo había sido limpiado… excepto por un par de cosas que estaban fuera de sitio en el suelo: una cuchara y un vaso que estaba casi vacío de lo que tenía que ser agua.
Todo había sido una ilusión: en realidad, nada le había cortado. Y apostaría a que Butch había dejado esas dos cosas delante y en el centro para que cuando V se despertara y mirara a su alrededor, supiera lo que había usado para desmoronarlo.
En retrospectiva todo parecía tan jodidamente idiota… no la sesión con el poli, sino el hecho de que V jamás había pensado en verdad sobre el Bloodletter y aquellos años en el campo de guerra. La última vez que aquel retazo del pasado había surgido fue cuando Jane había estado con él la primera vez y eso fue únicamente porque ella le había visto desnudo y él le tuvo que explicar.
Mi padre no quería que me reprodujera.
Eso era todo lo que tenía que decir. Y después de eso, como un cuerpo muerto que se pone boca arriba en las aguas estancas, aquella mierda había vuelto a hundirse, reasentándose en el arenoso fondo de río que era su mismísimo interior.
A.J. o Antes de Jane, sólo había tenido sexo con los pantalones puestos. No por vergüenza o al menos eso era lo que se había dicho a sí mismo, sino porque sencillamente no había tenido interés en ir ahí con los machos y hembras anónimos a los que follaba.
¿D.J.? Había sido diferente. Estar desnudo era más que genial, probablemente porque Jane había mantenido la cabeza fría ante su revelación. Y aún así, mientras pensaba en ello, siempre la había mantenido a un brazo de distancia, aunque ella hubiera estado entre sus brazos. Si acaso, había estado más unido a Butch, pero eso era de macho-a-macho, que en cierto modo era menos amenazante que de macho-a-hembra.
Sombras del tema de mami, sin duda: después de todo lo que su mahmen había sacado, sencillamente no podía confiar en las hembras como podía hacerlo con sus hermanos o su mejor amigo.
Excepto que Jane jamás le había traicionado. De hecho, ella había estado más que dispuesta a batallar con su propia conciencia sólo para ahorrarle a él el inenarrable acto que su melliza había estado exigiendo.
—Tú no eres mi madre —dijo en el pelo de su shellan.
—Totalmente cierto. —Jane se echó hacia atrás y lo miró a los ojos, como era habitual en ella—. Yo jamás habría abandonado a mi hijo. O tratado a mi hija así.
V inspiró profundamente y cuando dejó ir el oxígeno de los pulmones, se sintió como si estuviera sacando los mitos por los que se definía a sí mismo… y a Jane… y a su emparejamiento.
Necesitaba cambiar el paradigma.
Por ellos. Por él mismo. Por Butch.
Jesús, la expresión en la cara del poli cuando las cosas se habían derrumbado había sido más que trágica.
Así que, seh, era hora de dejar de usar la mierda de fuera para automedicar sus emociones. El sexo extremo y el dolor habían parecido soluciones excelentes durante mucho tiempo, pero en verdad habían sido como maquillar una espinilla: la fealdad seguía allí debajo.
Lo que tenía que hacer era tratar la mierda interna para no necesitar que Butch o cualquier otro lo tuvieran que obligar a derrumbarse para dejar ir las cosas. De esa manera las perversiones serían sólo por placer con Jane.
Sacarse de encima la mierda… parecía que finalmente estaba preparado para una versión psiquiátrica de Proactiv[i].
Luego lo que le faltaba era irse a la tele y ponerse delante de una cámara y decir: “Todo lo que se necesita es frotar un poco de auto-conocimiento… y entonces aclararlo con el jabón patentado Defínase-a-usted-mismo y así mi mente y emociones están limpias y brillantes…”
De acuerdo, ahora estaba perdiendo la jodida cabeza, de verdad.
Acariciando el suave cabello de Jane, murmuró:
—Sobre… las cosas que tengo aquí. Si tú estás en el juego, todavía voy a querer jugar… si sabes a lo que me refiero. Pero de ahora en delante, es sólo por diversión y sólo tú y yo.
Diablos, habían tenido una tonelada de sexo rarito del bueno, con cuero y siempre iba a desear eso con ella. Con suerte ella se sentiría igual…
—Me gusta lo que hacemos aquí —sonrió—. Me pone a cien.
Bueno… vaya si no eso no hizo que su polla diera un brinco.
—A mi también.
Y mientras le devolvía la sonrisa, reconoció un problemón en el lío: su resolución de pasar-página era buena y loable pero… ¿Y ahora por dónde tiraba? Mañana por la noche no iba a sencillamente levantarse y dejar de ser el chico que caminaba fuera de las normas.
Mierda, se imaginaba que iba a descubrir cómo. ¿A que sí?
Con una mano amable, rozó la mejilla de su shellan.
—Jamás tuve una relación antes de ti. Debería haberme imaginado que en algún momento nos estrellaríamos contra alguna pared.
—Así es como funciona.
Pensó en sus hermanos y la cantidad de veces que habían tenido caídas y peleas y discusiones entre este atajo de luchadores cabeza de chorlitos. De alguna manera siempre lo habían solucionado, normalmente peleándose entre ellos de tanto en tanto. Era una cosa de chicos.
Claramente a Jane y a él les iba a pasar lo mismo. No por lo de pelearse, por supuesto, pero sí con carreteras con baches y posteriores soluciones. Después de todo, esto era la vida… y no un cuento de hadas.
—¿Pero sabes qué es lo mejor? —preguntó su Jane, mientras le rodeaba el cuello con los brazos.
—¿Qué no me siento como si me hubiera muerto porque no estás en mi vida?
—Vale, sí, eso también. —Estiró el cuello hacia arriba y lo besó—. Dos palabras: sexo dereconciliación.
Ooooooohhhh, siiiiiiiiiiii. Excepto que…
—Espera. ¿No son tres palabras? ¿O es que le has puesto un guión?
—En mi cabeza lo he puesto con guión. ¿Pero no va de las dos maneras?
—O es que es una palabra sola.
—Es una posibilidad. —Pausa—. ¿Te he mencionado que eres el empollón más caliente que he conocido en mi vida?
—Me merezco el mote. —Inclinó la cabeza y rozó su boca con la de ella—. Pero guárdatelo para ti. Tengo una reputación de tipo duro que proteger.
—Tu secreto está a salvo conmigo.
V se puso serio.
Yo estoy a salvo contigo.
Jane le tocó el rostro.
—No puedo prometer que no volvamos a tropezar con grandes baches de nuevo, y tú y yo sabemos que no siempre vamos a estar de acuerdo. Pero de esto estoy muy segura: tú siempre estarás a salvo conmigo. Siempre.
Vishous la atrajo hacia sí y escondió la cabeza en su garganta. Había asumido que no había más niveles a los que bajar después de que ella muriera y volviera a él en su adorable forma fantasmagórica. Pero estaba equivocado. El amor, comprendió, era como las dagas que hacía en su forja: cuando tenías una, ésta era brillante y nueva y la hoja brillaba fuerte a la luz. Sosteniéndola contra tu mano te sentías optimista por cómo sería en el campo y no podías esperar a probarla. Excepto que después las dos primeras noches normalmente eran muy raras hasta que te acostumbrabas a usarla y ella se acostumbraba a ti.
Con el tiempo, el acero perdía su brillo novedoso y la empuñadora se oxidaba y tal vez le hacías un buen par de muescas a la cosa. Lo que a cambio obtenías, de todos modos, te salvaba la vida: una vez los dos os conocíais bien, se convertía en una parte de ti que era como una extensión de tu propio brazo. Te protegía y te daba los medios para proteger a tus hermanos, te daba la confianza y el poder para enfrentarte a cualquier cosa que saliera en la noche y allá donde fueras iba contigo, justo sobre tu corazón, siempre ahí cuando la necesitabas.
De todas formas tenías que mantener la hoja en condiciones. Y volver a envolver la empuñadura de tanto en tanto. Y hacer doble comprobación del peso.
Qué gracia… todo esto era aplicable, obviamente, a las armas. ¿Cómo no se le había encendido la lucecita de que con los emparejamientos era lo mismo?
Poniéndose a sí mismo los ojos en blanco, pensó, Cristo, tal vez Hallmark estaría dispuesto a abrir una línea de tarjetas de San Valentín de inspiración medieval, algo así como del tipo Ligeramente-Santo-y-Gótico. Él sería el jodido proveedor ideal.
Cerrando los ojos y sosteniendo a su Jane, estaba casi contento de haber perdido sus mierdas, solo para que ellos pudieran llegar a este estado.
Bueno, él hubiera escogido una ruta más fácil si la hubiera habido. Sólo que no estaba seguro de que funcionara de esa manera. Uno tenía que ganarse el llegar hasta donde ellos estaban.
—Tengo una pregunta que hacerte —dijo suavemente.
—Lo que sea.
Echándose hacia atrás un poquito, le acarició el cabello con su mano enguantada y pasó un tiempo hasta que le preguntó lo que tenía en la punta de la lengua.
—Tú… ¿me dejarías hacerte el amor?
*  *
Mientras Jane observaba a Vishous y sentía su cuerpo contra el de ella, supo que jamás lo dejaría marchar. Jamás. Y también supo que si podían superar lo de la semana anterior, tenían la fortaleza de permanencia que los buenos matrimonios -o emparejamientos- requerían.
—Sí —dijo—. Por favor…
Su hellren había ido a ella tantas veces desde que estaban juntos: en la noche y en el día, en la ducha y en la cama, vestidos, desvestidos, medio-vestidos, rápido y duro… o duro y rápido. Que él estuviera siempre en el filo había sido parte de la excitación… eso y su imprevisibilidad. Jamás sabía qué esperarse, ya fuera que él le pidiera cosas a ellas o que tomara el control de su cuerpo o que se atara a sí mismo para que ella pudiera hacer lo que quisiera con él.
La constante, sin embargo, era que jamás fue uno de esos a los que les iba lo lento.
Ahora, él sólo le acariciaba el cabello, pasando sus dedos entre las ondas y poniéndoselo detrás de las orejas. Y entonces mantuvo sus ojos fijos en los suyos mientras unía sus bocas suavemente. Acariciando y mimando, le lamió los labios pero cuando ella los abrió, no se metió en ella como siempre hacía. Sólo continuó besando… hasta que se sintió drogada por las succiones y tirones de carne contra carne.
Su cuerpo normalmente rugía por el de él. Ahora, sin embargo, un despliegue delicioso la recorrió, relajándola y suavizándola, trayéndole una excitación tranquila que era tan profunda y aplastante como lo era la pasión desesperada que normalmente sentía.
Cuando él cambió de posición ella siguió su guía, poniéndose por completo de espaldas mientras él se echaba hacia atrás y cubría la parte de arriba de su cuerpo con el suyo. Los besos continuaron y estaba tan puesta en ello que no se dio cuenta de que él había deslizado una mano por el bajo de su camisa. Su cálida palma lentamente fue subiendo, yendo directo a sus pechos… encontrándolos y capturándolos. Sin atormentarlos, sin pellizcarlos ni retorcerlos. Sólo pasándole el pulgar arriba y abajo por el pezón, hasta que ella se arqueó y gimió en su boca.
Ella llevó sus manos a los costados de él y, oh dios mío, allí estaba el diseño de marcas que había visto. Y continuaban por todo su torso…
Vishous le tomó las muñecas y le devolvió los brazos a la cama.
—No pienses en ello.
—Pero qué te ha hecho…
—Shh.
Volvió a los besos, y aunque estaba tentada a luchar contra ello, las caricias anegaron dulcemente su cerebro de sensaciones.
Era algo totalmente acabado, se dijo. Y lo que fuera que había sucedido les había ayudado a llegar donde estaban.
Era todo lo que necesitaba saber.
La voz de Vishous vagó hasta sus oídos, profundo, bajo.
—Quiero quitarte la ropa. ¿Puedo?
—Por favor… sí… Dios… sí.
Él desvistiéndola era parte del placer, los medios y el glorioso final que los hacía estar a ambos piel contra piel. Y de alguna manera, la revelación gradual de lo que él había visto tantas veces lo hizo sentirse como algo nuevo y especial.
Sus pechos se endurecieron todavía más cuando el aire frío los golpeó y ella le observó la cara mientras él la miraba. La necesidad estaba allí, pero era algo mucho más… reverencia, gratitud… una vulnerabilidad que había sentido pero que nunca antes había visto con claridad.
—Tú eres todo lo que necesito —dijo a la par que inclinaba la cabeza.
Sus manos estaban por todas partes, en su estómago, sus caderas, entre sus muslos.
Sobre su empapado sexo.
El orgasmo que le dio fue como una cálida ola chocando contra su cuerpo, radiando hacia fuera, llevándola en una bendita nube de placer. Y en medio de todo ello, él la montó y se deslizó dentro. No machacando, sino como una ola, dentro y fuera, mientras su cuerpo se movía y su erección entraba y salía.
Nada rápido, sólo más amor lento.
Sin urgencias, sólo todo el tiempo del mundo.
Cuando finalmente él se corrió, fue en el último arqueamiento de su columna y pulsación dentro de su centro interno y ella fue con él, los dos estrechamente abrazados, fundidos, en cuerpo… y alma.
Rodando, la puso encima suyo y ella se tumbó, cubriendo su pecho duro y musculoso, lánguida como la brisa veraniega y casi tan pesada. Estaba flotando y cálida y…
—¿Estás bien? —dijo Vishous mientras la miraba.
—Más que bien. —Ella rebuscó en su rostro—. Me siento como si hubiera hecho el amor contigo por primera vez.
—Bien. —La besó—. Ese era el plan.
Descansando la cabeza sobre su latiente corazón, miró a la pared detrás de su mesa. Jamás pensó que se sentiría agradecida por semejante montón de “juguetes”, pero lo estaba. A través de la tormenta… habían encontrado la calma.
Una vez separados… ahora volvían a ser uno.

Capítulo 41

En la mansión, Qhuinn iba de un lado a otro de su dormitorio como una rata buscando la salida de su jaula. De todas las jodidas noches para que Wrath los mantuviera encerrados…
De puta madre.
Mientras hacía otro viaje por delante de la puerta abierta del baño, pensó en el hecho de que la cuarentena le hacía sentir por alguna razón incluso más cabreado: sólo John, Xhex y él no estaban heridos en este momento. Todos los demás habían estado en aquella refriega y habían sido cortados en rodajas, dados o desollados de algún modo.
Esta era la Casa de Curas-los-jodidos-por-aquí.
Pero vamos, los tres podrían haber estado fuera y devolviéndoles el favor.
Deteniéndose delante de las puertas de la terraza, miró los cuidadísimos jardines que estaban a punto de entrar en su primavera. Con las luces apagadas en su habitación, podía ver con total claridad la piscina con la cubierta de invierno estirada sobre su vientre... como el mayor conjunto de Spanx que el mundo había visto nunca. Y los árboles que todavía estaban en su mayor parte desnudos. Y los macizos de flores que todavía no eran...
Blay había sido herido.
... nada excepto recuadros ordenados de tierra marrón oscuro.
—Mierda.
Pasándose las manos por el cabello ahora corto, trató de negociar con la presión en el centro de su pecho. Según John, Blay había sido golpeado en la cabeza y acuchillado en el estómago. La primera estaba siendo monitorizada, el segundo había sido cosido por Doc Jane. Ninguno era mortal.
Todo estaba bien.
Lástima que su esternón no comprara lo de todo-va-de-perlas. Desde que John Matthew le había contado las noticias, este maldito dolor había establecido la tienda, cavando en él y acomodándose en sus bronquios.
Literalmente no podía respirar hondo.
Maldita sea, si él fuera un macho maduro -y dado el modo en que a veces manejaba las cosas, eso era seriamente discutible, por no decir incorrecto- saldría al pasillo, iría a la habitación de Blay y llamaría a la puerta. Metería la cabeza, vería por sí mismo que al pelirrojo le latía el corazón y estaba consciente... y luego se enfrentaría a su noche.
En cambio, aquí estaba, tratando de fingir que no pensaba en el tipo mientras desgastaba una senda en la alfombra.
En ese punto, de vuelta con el paseo. Habría preferido ir al gimnasio y correr, pero el hecho de que Blaylock estuviera aquí, en este ala era como una cuerda que le mantenía atrapado en las cercanías. Sin un propósito más grande que le arrancara, como salir a luchar o... digamos... que la casa estuviera ardiendo, era evidentemente incapaz de liberarse.
Y cuando se encontró otra vez delante de las puertas francesas, tuvo el presentimiento de por qué seguía deteniéndose allí.
Intentó decirle a la palma de su mano que no alcanzara la manilla.
No funcionó.
El pestillo estalló y lanzó una bofetada de aire frío a su rostro. Saliendo con los pies descalzos y en albornoz, apenas notó la helada pizarra o la corriente de aire que subió disparada por sus piernas y se le clavó en las pelotas.
Delante, la luz salía de las puertas dobles del cuarto de Blay. Lo que eran buenas noticias... sin duda cerrarían las cortinas antes de tener sexo.
Así que probablemente era seguro mirar dentro. ¿Cierto...?
Además, Blay se estaba recuperando de una herida, por lo que ellos no podían estar por inclinarse-y-retozar.
Decidiéndose por el rol de Qhuinn el Mirón, se quedó entre las sombras y trató de no sentirse como un acosador mientras se acercaba de puntillas. Cuando llegó al lado de la puerta, él se preparó, se inclinó y...
Respiró hondo, aliviado.
Blay estaba solo en la cama, tumbado todo apoyado contra la cabecera, con la bata negra atada en la cintura, los tobillos cruzados y los pies enfundados en calcetines negros. Tenía los ojos cerrados y la mano descansaba encima de su vientre, como si estuviera cuidando celosamente lo que probablemente todavía estaba vendado.
Un movimiento al otro lado hizo subir los párpados de Blay y desvió sus ojos en dirección contraria a las ventanas. Era Layla que salía del cuarto de baño y caminaba lentamente. Los dos intercambiaron algunas palabras, sin duda él le estaba agradeciendo la alimentación que acababa de tener y ella le respondía que era un placer para ella: no era una sorpresa que estuviera aquí. Ella había estado haciendo las rondas de la casa y Qhuinn se la había encontrado poco antes de la Primera Comida... o lo que habría sido la Primera Comida si alguien se hubiera presentado.
Y cuando ella salió de la habitación de Blay, Qhuinn esperó a que Saxton entrara. Desnudo. Con una rosa roja entre los dientes. Y una puta caja de bombones.
Y una erección que hiciera parecer minúsculo al Monumento Washington.
Nada.
Sólo Blay dejando caer la cabeza hacia atrás y sus párpados cerrándose. Parecía completamente exhausto y, por primera vez, más mayor. Ese de ahí no era ningún muchacho recientemente pasado por la transición. Ese era un macho de sangre pura.
Un imponentemente hermoso... macho… de sangre pura.
En su mente, Qhuinn se vio abriendo la puerta y dando un paso al interior. Blay miraría por encima y trataría de incorporarse... pero Qhuinn le agitaría la mano para que se recostara mientras se acercaba.
Él preguntaría sobre la herida. Y Blay abriría la bata para mostrarle.
Qhuinn extendería la mano y tocaría la venda... y luego dejaría que sus dedos vagaran por la gasa y el esparadrapo sobre la piel cálida y suave del estómago de Blay. Blay se sorprendería, pero en esta fantasía, no apartaría la mano... Él la cogería y la llevaría más abajo, más allá de la herida, hacia abajo sobre sus caderas y su...
—¡Joder!
Qhuinn saltó hacia atrás, pero era demasiado tarde: de alguna manera, Saxton había entrado en el cuarto, se había acercado a las ventanas y empezado a cerrar las cortinas. Y en el proceso, había visto al mamón fuera en la terraza, haciendo de cámara de seguridad.
Mientras Qhuinn giraba y ponía pies en polvorosa de vuelta a su cuarto, pensaba: No abras la puerta... no abras la puerta...
—¿Qhuinn?
Pillado.
Deteniéndose como un ladrón sorprendido con una pantalla de plasma bajo el brazo, se aseguró de que su bata estuviera cerrada antes de darse la vuelta. Mierda. Saxton estaba saliendo y el bastardo también estaba en bata.
Vale, supuso que todos andaban cómodos. Incluso Layla había llevado una.
Cuando Qhuinn estuvo enfrente de su primo, se dio cuenta que no había hablado más de dos palabras con el tipo desde que Saxton se había mudado.
—Sólo me preguntaba cómo estaba. —No había razón para utilizar el nombre propio... era bastante obvio que había estado mirando.
—Blaylock está durmiendo en este momento.
—¿Se ha alimentado? —Aunque Qhuinn ya lo sabía.
—Sí. —Saxton cerró la puerta detrás de él, sin duda para no dejar pasar el frío y Qhuinn trató de ignorar el hecho de que los pies y tobillos del tipo estaban desnudos. Porque eso significaba que había buenas posibilidades de que el resto de él también lo estuviera.
—Ah, siento haberte molestado —murmuró Qhuinn—. Que tengas buenas n...
—Podías haber llamado. Desde el pasillo. —Las palabras fueron pronunciadas con una inflexión aristocrática que hizo que la piel de Qhuinn se tensara por todas partes. No porque odiara a Saxton. Sólo le recordaba demasiado de la familia que había perdido.
—No quería molestarte. A él. A ninguno de vosotros.
Cuando una ráfaga se enroscó contra la casa, el cabello rubio imposiblemente espeso y ondulado de Saxton ni siquiera se despeinó... como si cada parte de él, hasta sus folículos, estuviera simplemente demasiado serena y bien educada para ser afectada por... nada.
—Qhuinn, no interrumpirías nada.
Mentiroso, pensó Qhuinn.
—Estabas aquí primero, primo —murmuró Saxton—. Si deseas verle o estar con él, yo os dejaría a los dos solos.
Qhuinn parpadeó. Así que... ¿la pareja tenía una relación abierta? ¿Qué demonios?
O espera... tal vez había hecho un trabajo magistral en convencer no sólo a Blay, sino a Saxton, de que no deseaba a su mejor amigo para nada sexual.
—Primo, ¿puedo hablar con franqueza?
Qhuinn se aclaró la garganta.
—Depende de lo que tengas que decir.
—Soy su amante, primo...
—Whoa... —Levantó la mano—. Eso no es asunto mío...
—... no el amor de su vida.
Qhuinn volvió a parpadear otra vez. Y luego, por una fracción de segundo, fue absorbido a algún lugar donde su primo se retiraba con elegancia y Qhuinn llenaba algo más que los elegantes zapatos del HDP. Excepto que... había un enorme problema técnico en esa fantasía: Blay había terminado con él.
Él había tramado ese resultado durante demasiados años.
—¿Entiendes lo que te estoy diciendo, primo? —Saxton mantuvo la voz baja, aunque el viento retumbaba y la puerta estaba cerrada—. Me oyes.
Bueno, ésta no era una esquina a la que Qhuinn había esperado llegar esta noche... o cualquier otra noche. Jodido infierno, de repente su cuerpo hormigueaba por todas partes y casi decidió decirle a su primo que fuera a hacerse las cejas o alguna otra mierda... o, aún mejor, que se fuera al diablo.
Excepto que entonces pensó en la edad que Blay había aparentado. El tipo por fin había dado un gran paso en su vida y era injusto de un modo vergonzoso que esto fuese negociado aquí fuera en la oscuridad.
Qhuinn negó con la cabeza.
—No es justo.
No para Blay.
—Eres un tonto.
—No. Yo solía serlo.
—Me permito disentir. —La mano elegante de Saxton tiró de las solapas de su bata para cerrarla—. Si me disculpas, me gustaría volver dentro. Hace frío aquí fuera.
Bueno, si no era eso la metáfora de un azote en el culo.
—No le cuentes sobre esto —dijo Qhuinn bruscamente—. Por favor.
Los ojos de Saxton se estrecharon.
—Tu secreto está muy bien protegido. Confía en mí.
Con esto, se dio la vuelta y volvió a entrar en la habitación de Blaylock, la puerta se cerró con un clic y luego la luz se cortó mientras las pesadas cortinas eran colocadas en su sitio.
Qhuinn se frotó el pelo otra vez.
Una parte de él quería reventar y decir, Cambié de idea, primo... ahora lárgate de aquí para que pueda...
Decirle a Blay lo mismo que le había dicho a Layla.
Pero Blay podría estar enamorado de Saxton y Dios sabía que Qhuinn había jodido a su mejor amigo demasiadas veces.
O no, como era el caso.
Cuando por fin regresó a su cuarto... sólo porque era demasiado condenadamente patético estar aquí fuera contemplando los estúpidos lados de las cortinas... se dio cuenta que su vida siempre había sido sobre él. Lo que él deseaba. Necesitaba. Tenía que tenerlo.
El antiguo Qhuinn habría conducido un autobús por aquella apertura...
Con una mueca de dolor, trató de no tomar ese sentido de la frase de un modo taaaaaaaaan literal.
La cosa era, sin embargo, que el ridículo y afeminado dicho estaba en lo cierto: Si amas a alguien, déjale libre.
En su cuarto, se acercó a la cama y se sentó. Mirando alrededor, vio el mobiliario que no había comprado... y los adornos que eran magníficos, pero anónimos y no de su estilo. Las únicas cosas que eran suyas eran la ropa en el armario, la maquinilla de afeitar en el cuarto de baño y las zapatillas de correr que se había quitado con los pies, antes cuando había vuelto.
Era justo como en la casa de sus padres.
Bueno, aquí, la gente le valoraba de verdad. Pero en lo que a vida se refería, él no tenía una propia, en realidad. Era el protector de John. Un soldado de la Hermandad. Y...
Mierda, ahora que ya no se entregaba a su adicción al sexo, eso era el final de la lista.
Recostándose contra el cabecero de la cama, cruzó los pies en los tobillos y se arregló la bata. La noche se extendía por delante de él con una horrible monotonía... como si hubiera estado conduciendo y conduciendo y conduciendo por el desierto... y sólo tenía noches con más de lo mismo por delante.
Meses de lo mismo.
Años.
Pensó en Layla y en el consejo que le había dado a ella. Tío, los dos estaban en el mismo punto exacto, ¿verdad?
Cerrando los ojos, se sintió aliviado cuando comenzó a ir a la deriva. Pero tenía la sensación de que cualquier sosiego que encontrara no iba a durar mucho tiempo.
Y tenía razón.



[i] Crema para acne


Capítulo 42

En el hospital equino Tricounty, Manny permanecía quieto de pie mientras Glory resoplaba por sus cepilladas y sabía que probablemente debería dejarla. Pero se encontraba incapaz de separarse él mismo o de separar a Payne del caballo.
El tiempo se le escapaba a su Glory y eso lo estaba matando. Pero no podía dejar que se echara a perder, volviéndose cada vez más delgada y lisiada con cada día que pasaba. Se merecía algo mucho mejor que eso.
—La amas —dijo suavemente Payne, su pálida mano acariciando la grupa de la pura sangre y bajándola hacia la cadera.
—Sí, lo hago.
—Es muy afortunada.
No, se estaba muriendo y eso era una maldición.
Se aclaró la garganta.
—Imagino que tenemos que...
—¿Doctor Manello?
Manny se echó hacia atrás y miró por encima de la puerta del establo.
—Ah, hola Doc. ¿Qué tal estás?
Mientras el jefe de veterinarios iba hacia ellos, su esmoquin se veía tan fuera de lugar como un rastrillo de aventar en un palco de la ópera.
—Estoy bien... y a usted se le ve claramente bien. —El tipo se recolocó la pajarita—. El traje de mono es porque voy de camino a casa desde el Met. Sólo quería pararme y ver a su chica.
Manny se apartó y le ofreció la mano.
—Yo también.
Mientras se saludaban, el veterinario echó un ojo al establo y sus ojos se detuvieron cuando vio a Payne.
—Ah... hola.
Cuando Payne ofreció al hombre una pequeña sonrisa, el buen doctor parpadeó como si el sol hubiera aparecido de detrás de un banco de nubes y hubiera brillado sobre él.
De acuerrrrdooooo, Manny estaba súper harto de los bastardos que la miraban fijamente de esa manera.
Poniéndose en medio, dijo:
—¿Hay alguna clase de suspensión en la que la pudiéramos poner? ¿Aliviarle algo de la presión?
—La hemos tenido en suspensión durante un par de horas cada día. —Mientras el veterinario contestaba, se movió unos milímetros hasta que Manny tuvo que seguirle con el torso para seguir bloqueándole la vista—. No quiero correr el riesgo de problemas gastrointestinales o respiratorios.
Cansado del jueguecito de cabezas y deseando ahorrarle a Payne la conversación que se avecinaba, Manny tomó el brazo del tipo y los apartó hacia un lado.
—¿Cuál es nuestro siguiente paso?
El veterinario se restregó los ojos como para darle un segundo a su cabeza para poner las ideas en orden.
—Para serle sincero, doctor Manello, no tengo buenas vibraciones sobre la situación en la que estamos. Esa otra pata está fracasando y aunque he estado haciendo todo lo que puedo para tratarla, no está respondiendo.
—Tiene que haber algo más.
—Lo siento tantísimo.
—Cuánto tiempo hay hasta que estemos seguros de...
—Ya estoy seguro. —La mirada del hombre era positivamente lúgubre—. Por eso vine esta noche... esperando un milagro.
Bueno, pues ya eran dos.
—Por qué no se da su tiempo con ella —dijo el veterinario—. Tómese todo el que necesite.
Lo que era la forma del doctor de decir: empiece a despedirse.
El veterinario puso su mano sobre el hombro de Manny brevemente, luego se giró y se fue. Mientras se iba, miraba en cada una de las cuadras, revisando a sus pacientes, dando golpecitos en un morro aquí y allá.
Un buen tipo. Un tipo cabal.
De la clase que agota todas las vías posibles antes de dejar caer el telón final.
Manny tomó una inspiración profunda e intentó decirse que Glory no era un animal de compañía. La gente no tenía a caballos de carreras como mascotas. Y se merecía algo mejor que sufrir en un pequeño establo mientras él reunía el coraje para hacer lo mejor para ella.
Poniéndose la mano sobre el pecho, se rozó la cruz a través de su traje de quirófano y sintió una necesidad repentina de ir a la iglesia...
Al principio lo que notó fue que las sombras se hacían más potentes en la pared de enfrente. Y entonces pensó que tal vez alguien había encendido las luces del techo. Finalmente comprendió que la iluminación salía del establo de Glory.
Pero... qué...
Deslizándose, reculó... y tuvo que esforzarse para mantener el equilibrio.
Payne estaba de rodillas entre el polvo, sus manos sobre las patas delanteras de su caballo, sus ojos cerrados, las cejas tensas.
Y su cuerpo brillaba con una fiera y hermosa luz.
Sobre ella, Glory estaba completamente quieta, pero su pelaje se crispaba y sus ojos estaban en blanco. Pequeños resoplidos y relinchos subían por su largo cuello y salían por sus fosas nasales... como si estuviera sobrecogida por un sentimiento de alivio, un dolor que desaparecía.
Esas patas delanteras heridas brillaban suavemente.
Manny no se movió, no respiró, no parpadeó. Sólo sostuvo su cruz más fuerte... y rezó para que nadie interrumpiera esto.
No estuvo seguro de cuánto tiempo se quedaron los tres de esa manera, pero al final fue obvio que Payne estaba agotada por el esfuerzo: su cuerpo empezó a vibrar y empezó a respirar irregularmente.
Manny entró en el establo y la liberó de Glory, sosteniendo su cuerpo laxo contra el suyo y apartándola del caballo por si éste empezaba a moverse frenéticamente o hacía algo impredecible.
—¿Payne? Ay Dios...
Sus ojos parpadearon rápidamente.
—¿La... ayudé?
Manny le retiró el cabello hacia atrás mientras él miraba a su yegua. Glory estaba de pie, levantando una pata y luego la otra y luego otra vez como si estuviera intentando imaginarse lo que había causado el repentino alivio. Entonces se meneó... y fue a mordisquear el heno que no había tocado.
Y mientras ese maravilloso sonido del extremo de un morro entre la hierba seca llenaba el silencio, miró a Payne.
—Lo lograste —dijo con voz rota—. Creo que lo lograste.
Sus ojos parecían luchar por enfocarse.
—Deseé que no la perdieras.
Sobrecogido por una gratitud para la que no tenía palabras, Manny la abrazó más cerca de su corazón y la sostuvo un momento. Quería quedarse así durante mucho más tiempo, pero ella no tenía buen aspecto y sólo Jesús sabía quién más había notado el show de luces. Tenía que sacarlos de aquí.
—Vayamos a mi casa —dijo—. Para que puedas reposar.
Cuando ella asintió, la cogió entre sus brazos y maldito fuera si no la sintió perfecta. Mientras cerraba el establo detrás de ellos, le echó un vistazo a Glory. El caballo estaba echándole un vistazo al heno como si fuera algo pasado de moda.
Santo Dios... ¿de verdad había funcionado?
—Volveré mañana —dijo, antes de alejarse, animado por una esperanza incandescente.
Abajo en la caseta del guarda de seguridad, sonrió al saludar al chico.
—Alguien ha estado haciendo doble turno en el hospital. Está rendida.
El hombre se levantó de su asiento como si la mera presencia de Payne, aunque estuviera dormida como un tronco, fuera suficiente para captar su atención.
—Mejor será que la lleve a casa. Tiene que cuidar a una mujer como esa.
Demasiado cierto.
—Ahí es justo donde me dirijo.
Moviéndose rápidamente, salió de la recepción y esperó a que sonara el zzz para poder empujar y abrir las últimas puertas. Con un poco de suerte, el jefe de veterinarios no habría visto nada...
—Gracias, Jesús —murmuró Manny mientras salía y cerraba con un golpe de cadera.
No perdió el tiempo al acercarse al coche, aunque sacarse las llaves evitando que Payne cayera al suelo fue muy complicado. También lo fue abrir la puerta. Pero entonces la puso en el asiento de pasajero, preguntándose todo el tiempo si estaría enferma. Mierda, no tenía ningún modo de ponerse en contacto con alguien de su mundo.
Dando la vuelta y sentándose detrás del volante, pensó, joder, iba a conducirla de vuelta a los vampiros…
—¿Te puedo pedir algo? —le dijo ella arrastrando las palabras.
—Lo que quieras, ¿qué te…?
—¿Puedo tomar de tu vena un momento? Me encuentro... curiosamente mermada.
De acuerdo, correcto. Hablando de gente dispuesta: los cerró con el seguro pero se desnudó el brazo y se lo acercó.
Sus suaves labios encontraron la parte interna de su muñeca, pero su mordisco no fue rápido, como si tuviera problemas para reunir energía. Aún así, hizo el trabajo y él dio un brinco, el agudo dolor clavándosele en el corazón y haciendo que se le fuera un poco la cabeza. O... tal vez era una reacción a la excitación repentina y sobrecogedora que se le disparó no sólo en sus pelotas y polla si no que le recorrió velozmente todo el cuerpo.
Con un gemido, sus caderas se menearon sobre el asiento del Porche y dejó caer la cabeza hacia atrás. Dios, esto se sentía tan bien... el ritmo absorbente en el que ella había caído era como sentirla en su erección e incluso aunque eso debería haber dolido, el tirar y sorber quedaban registrados como sólo placer, un picante y dulce placer por el que estaba malditamente seguro que estaría dispuesto a morir.
Cayó en un estado de felicidad, se sentía como si hubieran pasado siglos desde que ella había unido sus colmillos a su carne. El tiempo no tenía significado y tampoco lo tenía la realidad de que estaban en un aparcamiento en un coche con las ventanillas trasparentes.
Que se jodiera el mundo.
Sólo existían él y ella juntos.
Y eso fue antes de que sus ojos diamantinos se abrieran y lo miraran, viendo no sólo su cara si no también su cuello.
Vampira... pensó. Hermosa vampira.
Mía.
Mientras ese pensamiento se fusionaba con su mente, actuó con el piloto automático, moviendo la cabeza a un lado, ofreciéndole la yugular…
No tuvo que pedirlo dos veces. Con gran ansia, Payne dio un salto, prácticamente echando su cuerpo entero sobre el de él, enterrándole la mano en el cabello y tensándola en su nuca. Mientras ella lo sostenía en su agarre, él estaba completamente inmovilizado, era suyo para que lo tomara... presa para el depredador. Y ahora que lo tenía, ella se movió lentamente, sus colmillos cayendo sobre su piel y arqueando la columna de su garganta, haciéndole tensarse de anticipación por el pinchazo y la chupada...
—¡Joder! —ladró cuando lo mordió—. Oh... sí...
Sus manos la agarraron de los hombros, tirando de ella para acercarla incluso más.
—Tómala toda... tómala... —Oh Dios... oh, mierda...
Algo acariciaba su polla. Y dado que él sabía exactamente dónde estaban sus palmas, tenía que ser ella. Moviéndose, volviéndose directamente un glotón, le dio tanto espacio para moverse como pudo... y vaya si se movió, arriba y abajo contra su tensa erección, sus caderas ayudándola, contrarrestando los golpes.
Su respiración era audible dentro del coche al jadear y también lo eran sus gemidos: no le llevó mucho tiempo antes de que sus bolas se volvieran insensibles y la punta de su polla se tensara contra el creciente placer.
—Voy a correrme —gruñó—. Mejor que pares si no quieres que...
Como respuesta ella desató el lazo del traje de quirófano y se zambulló dentro...
Manny vio jodidas estrellas. En el instante en que la piel de ella estuvo contra la suya, se corrió como jamás en la vida, su cabeza echada hacia atrás con fuerza, sus manos hundiéndose sobre los hombros de ella, sus caderas tironeando como locas. Y ella no dejó de beber o de embestir, así que tal y como antes, él le siguió el ritmo en su liberación, el placer yendo más arriba con cada espasmo de su erección.
Acabó demasiado rápido.
Pero claro, podían haber seguido así durante una década e igualmente se habría quedado hambriento, queriendo más.
Cuando Payne se apartó de él, se echó atrás y se lamió las afiladas puntas de sus colmillos, su lengua rosa contra el blanco. Tío... ese hermoso resplandor estaba de vuelta bajo su piel, haciéndola parecer un sueño.
Oh, espera, es que lo era, ¿verdad?
—Tu sangre es fuerte —dijo con voz ronca mientras se inclinaba de nuevo sobre él y le lamía la garganta hacia arriba—. Muy, muy fuerte.
—¿Sí? —murmuró. Y entonces no estuvo seguro si quiera de haber hablado. Tal vez había pensado las palabras.
—Puedo sentir el poder recorriéndome.
Tío, jamás había sido fan de los SUV… esas malditas cosas eran demasiado toscas y se conducían como rocas cayendo por la falda de una montaña, pero qué no daría por un asiento trasero en el que pudiera meter algo más que un set de palos de golf. La quería extender y...
—Quiero más de ti —murmuró Payne mientras le restregaba la nariz.
Bueno, él todavía estaba duro como una piedra aunque...
—Te quiero en mi boca.
La cabeza de Manny se relajó y gimió mientras su polla tiraba como si se hubiera ido a hacer footing ahí abajo. Pero por mucho que la deseara, no estaba seguro de que ella supiera lo que estaba pidiendo. Incluso sólo de pensar en sus labios sobre su...
La cabeza de Payne bajó hasta su regazo antes de que pudiera encontrar el aliento para hablar y no hubo preámbulos, se lo tragó entero, tirando de él hacia arriba y sujetándolo en su húmeda y cálida boca.
—¡Joder! ¡Payne!
Él le puso las manos sobre los hombros, ostensiblemente para apartarla... pero ella no lo iba a permitir. Aún sin preparación, sabía cómo hacerlo estremecer, tirando hacia arriba y chupándolo hacia abajo antes de lamerle bajo la verga. Y entonces ella lo exploró con una meticulosidad que le daba a entender que lo estaba disfrutando tanto como él y vaya si eso no lo excitaba.
Sólo que entonces él sintió sus colmillos jugueteando alrededor de su cabeza.
Ante eso, él la alzó rápidamente, capturando su boca con un duro beso mientras le tenía agarrada la cara y empezaba a deshacerse entre sus manos. Pero eso no duró.             Ella se salió de entre sus palmas y volvió a donde había estado, agarrándolo en un medio-orgasmo, lamiendo lo que su cuerpo parecía tener con creces para ella.
Cuando los espasmos cesaron, ella se retiró, lo miró... y lentamente se lamió los labios.
Manny tuvo que cerrar los párpados ante esa visión, su erección pulsando al punto del dolor.
—Ahora me puedes llevar a tu casa —gruñó ella.
Nada de peticiones para ella. Y el tono sugería que estaba pensando exactamente lo mismo que él.
Así que eso los iba llevar a una única cosa.
Manny se recompuso de dentro a fuera y entonces abrió los ojos. Alargando la mano hacia ella, le tocó el rostro y le rozó el labio inferior con su pulgar.
—No estoy seguro que debamos, bambina —dijo con voz ronca.
La mano de ella sobre su polla se tensó y él gimió.
—Manuel... creo que ahí es precisamente donde tenemos que ir.
—No… es una buena idea.
Ella tiró más y retrajo su mano, su brillo desvaneciéndose.
—Pero estás excitado, incluso ahora.
No me digas.
—Pues precisamente por eso. —Sus ojos le recorrieron el rostro y se detuvieron sobre sus pechos. Estaba tan desesperado por ella que se sentía tentado de desgarrarle el traje de quirófano por la mitad y tomar su virginidad en el coche—. No voy a ser capaz de controlarme, Payne. Apenas lo estoy logrando ahora...
Ella ronroneó satisfecha y se lamió esos rojos labios de nuevo.
—Me gusta cuando pierdes el control.
Ay Dios, eso no estaba ayudando ni un poquitooooo.
—Yo... —sacudió la cabeza, pensando que aquello era un puto infierno: negarles eso a ambos dolía tremendamente—. Creo que necesitas hacer lo que tienes que hacer y dejarme ahora. Mientras todavía pueda dejarte ir...
El ruido de un golpeteo en la ventana al principio no parecía tener lógica. Sólo estaban ellos dos en el aparcamiento vacío. Pero entonces el misterio quedó resuelto:
—Salid del coche. Y dádmelo todo.
La voz masculina hizo que la cabeza de Manny se girara de golpe hacia la ventana... donde miró al cañón de una pistola.
—Me has oído, tío. Sal del coche o te disparo.
Mientras Manny apartaba a Payne hacia atrás a su asiento lejos de la línea de tiro, le dijo suavemente:
—Cuando yo salga, cierra las puertas. El cierre está justo ahí.
Él movió la mano hacia el salpicadero y señaló el botón.
—Deja que yo me encargue de esto. —Tenía unos cuatrocientos dólares en metálico en su billetera y un montón de tarjetas de crédito—. Quédate dentro.
—Manuel...
No le dio la oportunidad de responder, en lo que a él concernía, esa pistola tenía todas las respuestas y hacía todas las normas.
Tomando su billetera, fue lento en abrir la puerta pero rápido en salir del coche y cuando cerró a Payne dentro, esperó a oír el cierre.
Y esperó.
Desesperado por oír el sonido que tendría a Payne tan segura como fuera posible, sólo medio oyó al tío con la máscara de esquí ladrar un:
—Tu cartera. Y di a la perra que salga del coche.
—Hay cuatrocientos...
La cartera desapareció.
—Dile que salga del coche o se viene conmigo. Y el reloj. Quiero el reloj.
Manny echó un ojo hacia el edificio. Tenía ventanas por todas partes y seguramente el guarda tendría que hacer rondas para vigilar la mierda de tanto en tanto.
Tal vez si era lento entregándoselo...
La boca de aquella pistola empujó directamente a su cara.
—El reloj. Ahora.
No era el bueno… no operaba con su Piaget puesto, por Dios. Pero daba igual, el gilipollas podía quedarse la jodida cosa. Además, mientras fingía que le temblaban las manos, se imaginó que con eso se acabaría.
Sería difícil decir lo que sucedió y en qué orden.
En retrospectiva sabía que Payne tenía que haber abierto la puerta primero. Pero parecía como si el instante en el que oyó el terrorífico sonido de la puerta del acompañante abriéndose, ella estaba ya detrás del ladrón.
Y otra cosa extraña fue que hasta que Manny no maldijo, el bastardo no parecía haberse enterado de que una tercera persona había entrado en el escenario. Sólo que no podía ser verdad, él la habría visto rodeando el coche, ¿no? De cualquier manera, Mascara de Esquí acabó brincando a la izquierda y llevando el arma de un lado al otro, de Payne a Manny.
Ese partido de tenis no iba a durar. Con una lógica casi inspirada por Dios, Manny supo que el tipo iba a detenerse en Payne porque era la más débil de...
La siguiente vez que la punta de la pistola apuntó en su dirección, Payne... desapareció. Y no como si se hubiera agachado o esquivado o huido en una carrera sin fin. Estaba allí, ocupando un espacio en un momento y desaparecida al segundo.
Reapareció una fracción de segundo después y agarró la muñeca del hombre cuando iba a volver a apuntar el arma otra vez a la cara de Manny. Desarmarlo fue igual de rápido: uno, retorció el arma; dos, se la quitó al HDP; tres, se la pasó a Manny, quien cogió la cosa.
Y entonces llegó el momento de la paliza.
Payne volteó al tío, le agarró de la parte de atrás de la cabeza y lo lanzó de cara al capó del Porche. Después pulió la pintura un poquito con su bocaza, lo recolocó y agarró al HDP de sus tejanos de culo ancho.
Levantándolo por el pelo y lo que era o su cintura o su recto, lo echó hacia atrás y lo lanzó... a unos diez metros.
Superman no volaba ni la mitad de bien y el ladrón acabó golpeando el lado del caballospital con la frente. El edificio no tuvo mucho que decir en respuesta y por lo que uno sabía, él tampoco. Aterrizó boca abajo en un lecho de flores y ahí se quedó, con sus miembros hecho puré o algo más.
Ni un movimiento. Ni un gemido. Ni un intento de levantarse.
—¿Estás bien, Manuel?
Manny giró lentamente la cabeza hacia Payne. Ni siquiera le costaba respirar.
—Jesu... cristo... —susurró.
*  *
Mientras las palabras de Manuel se desvanecían con la brisa, Payne se recolocó su top ancho y sus pantalones sueltos. Entonces se atusó el pelo. Parecía que era lo único que podía hacer para ponerse presentable en medio de la violencia.
Qué esfuerzo malgastado intentar hacerse más femenina. Y mientras tanto, Manuel estaba sólo mirándola fijamente.
—¿No vas a decir nada más? —preguntó con un tono bajo.
—Ah... —Manuel se puso la mano libre sobre la cabeza—. Si. Ah... déjame ver si sigue vivo.
Payne se rodeó con sus brazos mientras él caminaba hacia el hombre humano. En verdad, no le importaba en qué condición había dejado al asaltante. Su prioridad había sido sacar aquella arma letal de la cara de Manuel y había cumplido su cometido. Lo que le sucediera al ladrón era irrelevante... pero estaba claro que ella no conocía las reglas de este mundo. O las implicaciones de lo que había hecho.
Manuel estaba a medio camino por el césped cuando la “víctima” se dio la vuelta gimiendo. Las manos que habían estado en la pistola fueron a hacia la máscara que le cubría el rostro y apartó el tejido hasta su frente.
Manuel se arrodilló.
—Soy doctor. ¿Cuántos dedos ves?
—¿Qué...?
—¿Cuántos dedos?
—... tres...
Manuel apoyó la palma sobre el hombro del tipo.
—No te levantes. Fue un golpe infernal en la cabeza. ¿Sientes picores o entumecimiento en las piernas?
—No. —El tipo miró a Manuel—. ¿Por qué... estás haciendo esto?
Manuel desestimó la pregunta con un gesto de mano.
—Se llama escuela médica. Crea una necesidad compulsiva de tratar a los enfermos o heridos a pesar de las circunstancias. Creo que necesitamos llamar a una ambulancia.
—¡Ni hablar, joder!
Payne se desmaterializó junto a ellos. Apreciaba las buenas intenciones de Manuel, pero estaba preocupada porque el asaltante no tuviera otra arma…
En el instante en que ella apareció detrás de Manuel, el tipo del suelo se alejó horrorizado, levantando los brazos y arrastrándose hacia atrás.
Manuel miró por encima de su hombro y entonces fue cuando ella vio que él no era ningún incauto: tenía la pistola apuntando al hombre.
—Está bien, bambina. Lo tengo.
Con un torpe movimiento el atacante se puso de pie y Manuel dejó que la punta del arma lo siguiera mientras el humano tropezaba y buscaba equilibrio contra el edificio. Obviamente se estaba preparando para correr.
—Nos quedamos con el arma —dijo Manuel—. Lo entiendes. Y no necesito decirte que tienes suerte de estar vivo. No agredas a mi novia.
Mientras el humano salía disparado hacia las sombras, Manuel se incorporó del todo.
—Necesito entregar esta arma a la policía.
Entonces le miró.
—Está bien, Manuel. Me puedo encargar de mi presencia con el guarda para que nada se llegue a saber. Haz lo que debas.
Con un asentimiento de cabeza, tomó el pequeño aparato telefónico, lo abrió y tecleó unos pocos botones. Poniéndoselo en la oreja, dijo:
—Sí, mi nombre es Manuel Manello y he sido atracado a punta de pistola en mi vehículo. Estoy en el Tricounty...
Mientras hablaba, ella miró los alrededores y pensó en que no quería que acabara así. Sólo que…
—Tengo que irme —dijo en cuanto Manuel colgó—. No puedo… estar aquí si van a ser más humanos. Sólo complicaría las cosas.
Su teléfono fue bajando lentamente en su costado.
—De acuerdo... sí. —Frunció el ceño—. Ah, escucha… si la policía viene necesito recordar lo que acaba de pasar o... mierda, tengo una pistola en la mano y no tengo un motivo que darles.
De hecho, parecía que estaban atrapados. Y por una vez, ella estaba feliz de estar aprisionada.
—Quiero que me recuerdes —dijo ella suavemente.
—Ese no era el plan.
—Lo sé.
Él sacudió la cabeza.
—Tú eres la pieza más importante en todo esto. Así que tienes que cuidarte y eso significa borrarme...
—¡Doctor Manello! Doctor Manello, ¿está usted bien?
Payne echó un vistazo por encima de su hombro. El primer macho humano que había visto en la recepción corría cruzando el césped aterrorizado.
—Hazlo —dijo Manuel—. Y ya me inventaré algo...
Mientras el guarda correteaba hacia ellos, Payne se enfrentó al recién llegado.
—Estaba en mis rondas —dijo el hombre— y cuando comprobaba las oficinas en el otro lado del edificio, les vi por la ventana y ¡corrí tan rápido como pude!
—Estamos bien —le dijo ella al guarda—. Pero ¿miraría algo por mí?
—¡Por supuesto! ¿Ya ha llamado a la policía?
—Sí. —Ella se tocó por debajo de su ojo derecho—. Míreme, por favor.
Él ya estaba fijo en su rostro y la atención extra sólo hizo su trabajo más fácil, todo lo que tuvo que hacer fue abrir el camino hasta su cerebro y poner un parche mental sobre todo lo que tenía que ver con ella.
Por lo que el humano sabía, su cirujano había llegado y marchado solo.
Mantuvo al hombre en trance y se volvió a Manuel.
—No tienes de que preocuparte. Sus recuerdos son tan a corto plazo que estará bien.
A lo lejos sonó una sirena, estridente y urgente.
—Esa es la policía —dijo Manuel.
—Entonces tengo que irme.
—¿Cómo irás a casa?
—De la misma manera que salí de tu coche.
Payne esperó a que él alargara la mano hacia ella... o dijera algo... o... Pero sólo estuvo allí con la fría y silenciosa noche entre ellos.
—¿Les vas a mentir? —preguntó él—. ¿Y les dirás que me la borraste?
—No lo sé.
—Bueno, en caso que necesites volver y hacerlo, estaré en...
—Buenas noches, Manuel. Por favor, mantente a salvo.
Con eso, levantó la mano y silenciosa e inexorablemente desapareció.
 

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